Capítulo 37
La furia que sentía en mi interior, que antes era miedo o ansiedad, apareció; una furia tan ardiente y deslumbrante que casi no creía que fuera mía. De hecho, puede que no lo fuera. Después de todo, eres lo que comes, aunque seas un mago.
—Déjalo, Kyle —dije enfadado—. Tienes solo una posibilidad de salir con vida de esta. Vete ya.
Kyle se rió abriendo las fauces.
—Ya vale de fantochadas, mago —dijo en voz baja—. No más ilusiones. Te lo dejo a ti, hermana.
Kelly llegó corriendo, pero yo ya me lo imaginaba. Levanté mi mano derecha y grité.
—¡Ventas servitas! —Una violenta columna de viento la lanzó como una bolsa de arena, cogiéndola a mitad de su vuelo y lanzándola por toda la habitación contra la pared.
Kyle gritó de furia, apartando su mano de mi garganta y lanzándose contra mí. Esquivé el primer golpe echando a un lado la cabeza y oí como su mano se estrellaba contra la piedra. Al esquivarlo perdí el equilibrio y mientras me tambaleaba me embistió otra vez, hacia el cuello. Lo único que pude hacer fue verlo venir. Y entonces Susan se puso entre los dos. No vi que venía pero vi que cogía el puño con las dos manos. Se giró moviendo las caderas, el cuerpo y los hombros dejando escapar un grito de furia. Lanzó a Kyle al otro lado de la habitación, por el aire, y sin una trayectoria clara. Se estrelló contra su hermana y ambos se dieron una vez más contra la pared. Oí que Kelly gritaba de forma brutal, incoherente. Aquel ser negro, como un murciélago, cubierto de cieno que había bajo la agradable máscara de carne humana se desprendió de ella y fue soltando trozos de piel con las garras mientras se volvía contra Kyle. Él forcejeó con ella, gritando algo inaudible mientras se liberaba de ella. Los dos empezaron a clavarse las garras el uno al otro formando un remolino de fauces, lenguas y garras.
Gruñí y extendí la muñeca, con la mano hacia ellos en un gesto totalmente desconocido para mí. Las palabras salieron de mis labios como a pequeños estallidos, sílaba a sílaba.
—¡Satharak, na-kadum! —Esa energía roja y furiosa que le había robado a Kravos inundó mi ser, soltando una nube de luz roja que se arremolinó en torno a los vampiros. La neblina escarlata giró a su alrededor a una velocidad tal que no se veía, y una llama los envolvió, brillaba cada vez más y con más calor, el conjuro hizo que se vieran envueltos en llamas.
Mientras morían proferían gritos parecidos a los ocasionados al romper láminas de metal y a los de pánico de los niños. El calor nos llegaba a nosotros, casi nos chamusca los pelos de las piernas y del pecho. Empezó a salir un humo negro apestoso por el suelo.
Observé como ambos ardían, aunque no veía nada en aquel amasijo de llamas. Una parte de mí quería bailar de alegría malvada, lanzar mis brazos al aire y enorgullecerme por haber ganado el desafío y despreciar a mis enemigos mientras morían, y rodar por encima de sus cenizas cuando se hubieran enfriado.
Me estaba poniendo enfermo. Mientras contemplaba el conjuro que había lanzado y no podía creer que fuera cosa mía, con el poder recuperado o sin él, puede que incluso fuera algún poder intrínseco de este conjuro, del espíritu devorado de Kravos, la magia había salido de mi interior. Los había matado, tan rápida y eficazmente como se mata a una hormiga, sin pensarlo dos veces.
Eran vampiros, me decía una parte de mí. Se lo habían ganado. Eran monstruos.
Miré a un lado, a Susan, quien estaba jadeando, su camisa blanca estaba manchada de marrón oscuro, de color sangre. Miraba fijamente al fuego, con los ojos oscuros y abiertos de par en par, el blanco de sus ojos estaba inundado de color negro. Vi como se estremecía y los cerraba. Cuando los abrió otra vez, ya eran normales, pero empañados en lágrimas.
Dentro de mi conjuro, los gritos pararon. Ahora ya solo eran crujidos. Estallidos pequeños. Como el sonido que hace el tuétano cuando se calienta mucho y sale del hueso.
Me di la vuelta hacia la puerta y dije:
—Vamos.
Susan y Justine me siguieron.
Las conduje por el sótano. Era grande y estaba húmedo y sin terminar. La sala que había fuera de los servicios tenía un desagüe grande en el centro. Había cadáveres. Eran niños de la fiesta de disfraces. Otros, vestidos con harapos y ropa de desecho. La gente que se había echado de menos en la calle.
Me paré el tiempo suficiente como para que mis sentidos pudieran averiguar algo, pero no se veía que respiraran, no había ningún tipo de latido. Los cuerpos no mostraban ninguna señal de vida. A nuestros pies el suelo estaba húmedo y a un lado había una manguera que todavía goteaba agua.
Ya habían servido la cena.
—Los odio —dije. Mi voz resonó en la sala—. Los odio Susan.
Ella no respondió nada.
—No les voy a dejar que continúen. Ya he intentado mantenerme al margen pero ahora no puedo. No, después de lo que he visto.
—No puedes luchar contra ellos —susurró Justine—. Son demasiado fuertes. Son demasiados.
Levanté una mano y Justine se calló. Moví la cabeza a un lado y escuché un débil golpeteo en los confines de mi clarividencia de mago. Recorrí la habitación, por los cuerpos hasta llegar a un hueco que había en la pared.
Habían colocado en el hueco unas estanterías baratas y en ellas estaba mi brazalete protector, mi varita, la calavera de Bob que todavía estaba metido en el saco de red. Al acercarme, los ojos del cráneo empezaron a brillar.
—Harry —dijo Bob—. Rayos y centellas, ¡estás bien! —Dudó un segundo y después dijo—. Y tienes un aspecto desastroso. A pesar de llevar unos calzoncillos con corazones amarillos.
Bajé la vista e hice todo lo que pude para dar la imagen de un vampiro que llevaba unos calzoncillos con corazones amarillos. Bueno, en realidad la de un mago que llevaba corazones amarillos.
—Bob —dije.
Bob silbó.
—Vaya. Tu aura es distinta. Te pareces un montón a…
—Calla, Bob —dije en voz baja.
Lo hizo.
Me puse el brazalete y cogí mi varita. Busqué y encontré mi bastón metido en una esquina y lo cogí también.
—Bob —pregunté—. ¿Qué hacen aquí todas mis cosas?
—Ah —dijo Bob—. Eso, bueno. Por alguna razón; a Bianca se le ocurrió que tus cosas podrían explotar si alguien andaba con ellas.
Noté la ironía de mi voz, aunque no la sentí.
—Ella lo hizo, verdad.
—No me imagino cómo.
—Te doy el doble. —Cogí el cráneo de Bob y se lo di a Justine—. Lleva esto y no lo dejes caer.
Bob silbó.
—Eh, bombón. Vaya capa más bonita que tienes. ¿Me dejas ver el tejido?
Le di un golpe al cráneo al pasar, lo cual hizo que Bob dijera:
—¡Vaya!
—Deja de hacer gansadas. Todavía estamos en casa de Bianca y tenemos que salir de aquí. —Fruncí el ceño y miré a Justine, después eché un vistazo rápido a izquierda y derecha—. ¿Dónde está Susan?
Justine pestañeó.
—Estaba justo aquí detrás… —Ella se dio la vuelta y miró fijamente.
El agua goteaba.
Había un silencio absoluto.
Justine empezó a temblar como una hoja.
—Aquí —susurró—. Están aquí, no podemos verlos.
—¿Qué quieres decir con que «no podemos»? Kimosabe —murmuró Bob.
El cráneo se giró en su saco de red.
—No veo ningún velo, Harry.
Barrí la zona con los ojos de izquierda a derecha agarrando la varita.
—¿Le has visto irse? ¿O que alguien la cogiera?
Bob tosió.
—Bueno, a decir verdad, estaba mirando a la seductora Justine.
—Ya entiendo, Bob.
—Lo siento.
Negué con la cabeza, molesto.
Entraron ocultos, puede que bajo un velo. Cogieron a Susan y se fueron. ¿Por qué no se quedaron? ¿Simplemente poniéndome un cuchillo en la espalda? ¿Por qué no se llevaron a Justine también?
—Son buenas preguntas —dijo Bob.
—Te diré por qué. Porque no estaban aquí. No podían haberse llevado a Susan tan fácilmente. Al menos no ahora.
—¿Por qué no? —preguntó Bob.
—Confía en mí. Sería muy difícil de llevar. No podían hacerlo sin organizar un lío que no habría pasado desapercibido.
—Suponiendo que tengas razón —dijo Bob—. ¿Por qué se iba a ir ella sola?
Justine me miró y se lamió los labios.
—Bianca podía manejarla. He visto como lo hace. Hizo que Susan fuese a la sala de la lavandería por sí misma.
Gruñí.
—Parece que Bianca ha estado leyendo, Bob.
—Mago vampiro —dijo Bob—. Magia negra. Podría ser muy dura.
—Yo también. Justine, ponte detrás de mí. Mantén los ojos abiertos.
—Sí, señor —dijo en voz baja. Pasé por delante de ella dando grandes zancadas camino de las escaleras. Parte de la energía que sentía antes se había disipado ahora. Notaba más el dolor y la debilidad, eran más perceptibles. Hice todo lo que pude para apartarlos. De repente, noté un estremecimiento en la garganta e intenté gritar. También conseguí vencerlo. Así pues, me acerqué al final de las escaleras y miré hacia arriba.
Las puertas de arriba eran de madera noble, y estaban abiertas. Una suave brisa y el olor del aire de la noche bajaron por las escaleras. Era ya bien avanzada la noche, no era noche cerrada porque ya se veían retazos de un amanecer polvoriento. Miré a Justine y ella se estremeció apartando la vista de mí.
—Quédate ahí —le dije—. Bob, algunas cosas van a empezar a volar. Ayúdala todo lo que puedas.
—Vale, Harry —dijo Bob—. Sabes que esa puerta se ha abierto para ti. Van a estar esperando a que subas.
—Sí —dije—. Ya no voy a conseguir reunir más fuerzas. Puede que lo haga ahora.
—Podrías esperar hasta el amanecer. Entonces ellos…
Le interrumpí.
—Es entonces cuando bajarán aquí a escapar de la luz del sol. Y aún así habría lucha. —Miré a Justine y dije—. Te sacaré si puedo.
Me miró a la cara y después volvió a bajar la vista.
—Gracias, señor Dresden por intentarlo.
—No pasa nada. —Estiré mi mano izquierda, notando el frío de la plata de mi brazalete protector. Agarré con fuerza el bastón y dejé que la varita se deslizara por los dedos, sintiendo las runas que estaban labradas en la madera, las fórmulas del poder, el fuego, la fuerza.
Puse un pie en las escaleras. Mi pie desnudo hizo poco ruido pero la tabla crujió por el peso. Enderecé los hombros y subí al primer escalón, y luego al siguiente. Supongo que con resolución, pero también aterrorizado. Estaba henchido de poder, cada vez más enfadado, dispuesto a volver a perder el control.
Intenté aclarar mis ideas, dejarme llevar por el enfado y disminuir el miedo. Tuve un éxito limitado pero subí por las escaleras.
En lo más alto, Bianca estaba en un extremo del gran vestíbulo junto a las puertas abiertas. Llevaba la túnica blanca que ya había visto, el delicado tejido formaba pliegues y se estrechaba en curvas seductoras, formando sombras encima de ella con una convicción de artista. Susan se arrodilló junto a ella, temblando con la cabeza inclinada. Bianca le puso una mano en el pelo.
Dispersos y detrás de Bianca había una docena de vampiros de miembros flacos, cuerpos negros fofos y fauces que babeaban, las alas de piel que tenían entre el brazo, el costado y el muslo estaban extendidas, por todas partes, como si fueran alas parcialmente funcionales. Algunos vampiros habían subido por las paredes y estaban allí agarrados, como arañas negras larguiruchas. Todos, incluso Susan, tenían ojos oscuros y enormes. Todos me miraban a mí.
Delante de Bianca había una media docena de hombres arrodillados con trajes normales que en sitios como ese resaltaban. En las manos llevaban armas, de gran tamaño y buenas. Pensé que sería algún tipo de arma de asalto. Sus ojos parecían un poco distraídos, como si les hubieran dejado solo ver parte de lo que había en la sala.
Los miré, me incliné sobre mi bastón y me reí. Lo que se oyó fue una risa socarrona, que retumbó en todo el vestíbulo y que hizo que los vampiros se movieran nerviosos.
Bianca curvó sus labios sonriendo levemente.
—Y tú, ¿qué encuentras tan divertido?
Me reí otra vez. No había nada agradable en ello.
—Todo. Un tipo con dos palos y un par de calzoncillos cortos con corazones amarillos, debes de pensar que soy un hombre realmente peligroso.
—En realidad, sí, lo pienso —dijo Bianca—. Si yo fuera tú, lo consideraría un halago.
—¿Sí? —pregunté.
Bianca dejó que su sonrisa se hiciese más profunda.
—Ah, sí, sí. Caballeros —les dijo a los hombres con armas—, fuego.