30

Siempre me ha sorprendido la capacidad que los hombres tienen para superar rencillas. Me parece que las mujeres somos un poco más rencorosas y que damos vueltas y vueltas a la cabeza a asuntos que quedaron atrás pero que nos empeñamos en mantener en el presente. Si digo esto ahora es porque jamás habría imaginado que Héctor y Aarón pudieran llevarse tan bien y que, poco a poco, se hayan convertido en grandes amigos. En realidad, la gente tiende a pensar que las mejores y más sinceras amistades son las que se forjan en la niñez, pero a veces, en los momentos más inesperados, aterrizan personas en tu vida que se convierten en el apoyo que necesitas. No conservo a ninguna de mis amigas de la infancia y de la juventud puesto que cada una vive en una parte del mundo y, poco a poco, la relación se fue enfriando. Sin embargo, Dania y Aarón llegaron como de la nada y se han convertido en dos de las personas más importantes para mí. Y me he dado cuenta de que Héctor también necesitaba una amistad sincera y parece que la ha encontrado en Aarón, aunque todavía me resulta un poco extraño.

Al principio juro que pensé que se habían aproximado para hacerse la vida imposible el uno al otro, y me preguntaba qué habría hecho yo en su lugar. Así de maquiavélica es mi mente, madre mía. No obstante, he ido acostumbrándome a verlos charlar, reírse y bromear juntos. Y la compañía de ambos me hace sentir bien, para qué mentir. Durante el último mes hemos quedado los cuatro —Dania y Aarón parecen ir más en serio de lo que quieren demostrar— y nos hemos ido de juerga, a tomar cervecitas o a ver el fútbol, que a Aarón y a Héctor les encanta. A veces se tiran los trastos cuando no están de acuerdo en alguna jugada, pero a los dos minutos ya están tan contentos como siempre, compartiendo birra y cacahuetes. Dania y yo aprovechamos para contarnos nuestras cosillas de mujeres, aunque es cierto que últimamente soy yo quien se sincera más; ella, sin embargo, no me confiesa nada sobre su relación con Aarón. Me estoy planteando tirarle de la lengua porque esto no puede ser. ¡Con lo aficionada que era a relatarme con pelos y señales todas sus aventuras! ¿Será que no ve a Aarón como un ligue más?

También debo decir, aunque me dé un poco de vergüenza reconocerlo, que la primera semana estuve un poco de morros debido a la nueva relación entre mis dos amigos. Quise pensar que era porque no me lo habían contado antes, pero lo cierto es que me molestaba un poco —tan sólo una pizquita muy pequeña, ¿eh?— que Aarón me hubiese olvidado tan pronto. Me amonesté a mí misma, ya que no era normal que me comportara como el perro del hortelano y porque yo había elegido a Héctor. Y es realmente con quien quiero estar. Cada día que pasa voy descubriéndolo, y redescubriéndome a mí misma, y vamos conociéndonos más y más, instalándonos en esa confianza que te da la persona que sabes que está hecha para ti.

Supongo que Aarón se sentía un poco inquieto con respecto a todo esto, así que una tarde en la que Dania no nos acompañó y Héctor fue al baño, aprovechó para confesarse.

—Mel, no quiero que pienses que fuiste un juego para mí. —Me lo dijo mirándome fijamente a los ojos para que no me pudiera escapar de esa charla que, en cierto modo, había estado postergando—. No fuiste una más. Has sido una persona importante, me has enseñado muchísimas cosas… Y, qué cojones, todavía sigues siendo importante, y eso no va a cambiar.

Me mostré un poco avergonzada, para qué mentir. Aarón es un hombre imponente y cuando me habla mirándome a los ojos de esa forma me siento pequeñita. Le sonreí y me apresuré a ocultar mi nerviosismo tras el botellín de cerveza.

—Lo sé, Aarón.

—Y estoy contento porque ahora se te ve muy bien con Héctor —añadió, cambiando ya de tema—. Por lo menos no te pasas el día quejándote.

Le di un pellizco cariñoso en el brazo y después nos fundimos en un abrazo que me despejó muchas dudas. Para mí él tampoco fue un hombre más en mi vida, sino aquel que consiguió abrirme los ojos y hacerme luchar por algo que había dejado atrás: el amor. Y le estaré eternamente agradecida.

Mientras pienso en todo esto, me encamino hacia el piso de Héctor dispuesta a pasar otro fantástico sábado con él. Esta semana no nos hemos podido ver antes, como acostumbramos hacer, porque ha tenido muchísimo trabajo. He aprovechado para escribir al salir de la oficina y así avanzar en la novela que tengo entre manos. Estoy pensando en enviarla a alguna editorial cuando la termine, pero lo cierto es que todavía no lo tengo claro. Y Héctor no para de insistir en que debo hacerlo, que soy buena y que puedo conseguir algo. Y eso que sólo ha leído parte de ella. Me encanta que se interese por mi pasión pero, al mismo tiempo, me pone nerviosa que se muestre tan seguro cuando a mí esto de ser escritora se me antoja difícil.

Hoy no he cogido el coche; quería disfrutar de esta soleada mañana de octubre. Ya no hace calor, pero esta temperatura sienta la mar de bien. Incluso voy tarareando una canción por la calle, sonriendo como una tonta que, poco a poco, está enamorándose de la vida. No le he dicho a Héctor a qué hora llegaré porque quiero darle una sorpresa. Seguro que ya está con la nariz pegada al ordenador, así que le prepararé un baño de agua calentita y espumosa y le haré rozar las estrellas. Sin embargo, cuando pulso el timbre, nadie me contesta. Arqueo una ceja, extrañada, y miro el móvil por si me ha mandado algún whatsapp. Como veo que no, decido telefonearle.

—¿Dónde estás? —le pregunto en cuanto lo coge.

—En casa, ¿por?

—Acabo de llamar y no me has abierto —contesto.

—No me he enterado. Espera, que ahora te abro.

Chasqueo la lengua, sonriendo para mis adentros. Debía de estar encerrado en el despacho para concentrarse mejor. Pero cuando subo hasta la última planta, entro en su apartamento y llego al salón, la barbilla casi se me descuelga hasta el suelo. ¿Qué hace Aarón aquí? El tío se levanta y se acerca con una sonrisa de oreja a oreja. Me alza en brazos y me da un sonoro beso.

—¿Qué haces tú aquí? —repito, esta vez en voz alta, poniendo voz a mis pensamientos.

—He venido a hacer compañía a tu Héctor.

El aludido sale de la cocina con un cuenco de patatas fritas. Me coge de la cintura y me planta otro beso; él en la boca, claro. Lo miro sin comprender nada.

—¿No estabas trabajando?

—Pues sí. Pero Aarón ha traído el partido de baloncesto de anoche y me he tomado un descanso.

¡Será posible! Vamos, que se han hecho uña y carne y ahora hasta Aarón se presenta en el piso de Héctor. Me parece genial, pero ¡yo quería pasar un fin de semana romántico, no uno repleto de deporte! Ambos se han sentado ante el enorme televisor y están contemplando el partido con atención. Me quedo de pie detrás de ellos, parpadeando como una tonta.

—¡Mel, ven a verlo con nosotros! —Aarón palmea el lado libre a su derecha.

Me deshago del bolso y de mi chaquetita y me siento, pero junto a Héctor, quien está señalando la pantalla con gesto enfurruñado.

—¡Mira eso! Pero ¿cómo no le ha quitado el balón?

No entiendo ni jota; no me gustan los deportes. Ni practicarlos ni verlos, para qué mentir. Mi novio me tiende el cuenco de patatas y cojo algunas; al menos me distraeré con algo.

—Esta noche podríamos quedar los cuatro, ¿no? —propone Aarón sin apartar los ojos de la tele.

—Di a tu hermana que se venga —interviene Héctor, también con la vista puesta en todos esos jugadores sudados.

—No creo que quiera. La llamé hace un par de días y tiene mucho trabajo —respondo masticando una patata—. Pero la verdad es que continúa rara. Voy a tener que quedar con ella y enterarme de lo que le pasa. Me tiene un poco preocupada.

Me parece que no me escuchan. Aarón da una palmada y chasquea la lengua con disgusto. Después hacen un descanso en el partido y se vuelve hacia mí con una sonrisa.

—Va siendo hora de que yo también conozca a tu hermana. ¿Os parecéis?

—Pues no, Aarón. —Pongo los ojos en blanco al intuir qué se propone—. Déjame informarte de que Ana tiene pareja desde hace tropecientos años. Y te recuerdo que tú te cuelas en la cama de Dania.

—Tú lo has dicho: me cuelo. —Se echa a reír.

—Vamos, tío, no restes importancia a algo que sabéis que la tiene —interviene Héctor.

Los miro con los ojos muy abiertos. ¿Qué pasa, que ahora hasta mi novio sabe más de la relación entre Aarón y Dania?

—Esta noche Héctor y yo vamos a pasarla juntitos en la cama, ¿verdad? —Le hago un guiño disimulado para que nuestro amigo no lo vea.

—¡Claro!

Héctor se encoge de hombros y me dedica una sonrisa. Uf, menos mal, pensaba que iba a decirme que no, que mejor saliéramos todos juntos. A ver, está claro que me gusta ir de parranda los cuatro, pero esta vez me apetece quedarme en casa y ver una película, cenar, apretujarnos entre las sábanas…

El resto de la mañana lo pasamos viendo el partido de baloncesto hasta que, por fin, cuando es casi la hora de comer, Aarón decide marcharse.

—Ya que casi me estás echando, pues… —me suelta, divertido.

—Oye, que no es eso… —me quejo con los puños apoyados en las caderas.

—Que ya lo sé, Mel. Tenéis que pasar tiempo como dos tortolitos. —Me coge de la barbilla y me mueve la cabeza de un lado a otro como si fuera una cría.

—Nos vemos pronto. —Héctor se despide de él con un afectuoso apretujón de manos que me hace sonreír.

Una vez que nuestro amigo se ha marchado corro a la cocina en busca de ingredientes para prepararle algo a Héctor. Antes no me gustaba cocinar, pero ahora me siento tan fantásticamente bien cuando él se relame con mis platos… Estoy hirviendo agua para echar la pasta, cuando entra en la cocina y me coge desde atrás posando las manos en mi vientre y haciéndome cosquillas en el cuello con la nariz.

—¿Celosita de Aarón? —bromea.

—Me parece maravilloso lo buenos amigos que sois. —Me vuelvo hacia él y apoyo las manos en su pecho—. Pero estaba dispuesta a matarte si no aceptabas pasar la noche a solas conmigo. —Le doy unos golpecitos con el dedo.

Héctor ensancha su sonrisa, y desliza las manos hasta mi trasero y me lo apretuja con ganas.

—¿Perderme una sesión de sexo maravilloso contigo? —Me mira como si estuviera loca—. Creo que Aarón y yo no somos tan amigos como para que renuncie a eso.

Echo la cabeza hacia atrás y suelto una carcajada. Me coge de la nuca y me acerca a sus labios. En cuanto su lengua se pierde en la mía, tengo claro que lo único que comeremos es el uno al otro.

Tanteo buscando el fuego, hasta que por fin lo encuentro y lo apago. Héctor sonríe contra mi boca y, a continuación, me coge en brazos y me saca de la cocina.

—Tengo una sorpresa para ti —murmura sobre mis labios mientras me lleva al dormitorio.

—¿En serio? ¿Y qué es?

—Tendrá que esperar… —Me da un suave mordisco en el cuello, al que respondo con un gritito de júbilo.

Me deposita en la cama con cuidado y se quita la camiseta lentamente, permitiéndome apreciar cada uno de los movimientos de sus músculos. Me muerdo el labio inferior… Se coloca sobre mí y me besa de nuevo, cogiéndome de las mejillas, un gesto suyo que me encanta y que me excita más. Le acaricio el tatuaje con la yema de los dedos y después permito que me despoje de la camiseta. La lanza por los aires y me río como una tontita.

—Vamos a ver qué hay aquí… —me dice en un tono juguetón. Me incorpora un poco para desabrocharme el sujetador. En cuanto cae en la cama, se lanza sobre mis pechos y los lame, los estruja y se pierde en ellos un buen rato, arrancándome un gemido tras otro—. ¿Y aquí…?

Me mira con avidez al tiempo que baja una mano hasta mis vaqueros. Me acaricia por encima de ellos; aun así, tiemblo entera, presa del placer. Dios, qué ganas tengo de que me los quite para que sus dedos me exploren. Muevo las caderas y el trasero insinuándole lo que quiero. Sonríe y me los desabotona, y me pide con un gesto que alce el trasero. Me baja la prenda con toda la parsimonia del mundo, aumentando mi deseo.

—No me hagas sufrir —le pido poniendo morritos.

Se echa a reír y termina de quitarme el pantalón. A continuación le ayudo con el suyo y, en cuanto nos quedamos en ropa interior, lo agarro del trasero y lo obligo a colocarse sobre mí. El roce de su erección contra mis braguitas me saca un suspiro. Nos frotamos durante un buen rato, como dos adolescentes que ansían dar el siguiente paso y no se atreven. En nuestro caso es todo lo contrario: nos vuelve locos sentir cómo nos humedecemos cada vez más, y a mí me pone tremendamente cachonda apreciar cómo su miembro se agranda sobre mí.

—Tan mojada… —jadea contra mi cuello. Le revuelvo el pelo y me apodero de un mechón—. Tan dispuesta para mí…

Dos de sus dedos se meten en mis braguitas, rebuscando, jugueteando entre mis muslos. Un maravilloso calambre se adueña de mis piernas cuando me roza el clítoris con una yema. Me baja la ropa interior con la otra mano y la lanza por los aires. Después se chupa los dos dedos y vuelve a colocarlos sobre mi clítoris, arrancándome un lastimero gemido. Quiero más, mucho más…

—Héctor, me correré pronto si sigues así…

—¿Y qué crees que deseo? —Para mi sorpresa, me introduce ambos dedos y los mueve en círculos, provocando que mi vientre se contraiga. Cuando estoy en lo mejor, los saca y vuelve a lamérselos sin dejar de mirarme—. Saborearte enterita, eso es lo que deseo.

Su erótica voz es como un mechero para mi cuerpo. Me enciende de tal forma que tengo que coger la almohada y ponérmela sobre la cara para no empezar a gritar como una loca. Sus dedos se meten en mí otra vez y me tocan con movimientos expertos que me acercan a la explosión más y más. Acto seguido es su boca la que se posa sobre mi sexo, cubriéndolo todo. Mientras sus dedos se mueven en mi interior, su lengua juega con mi clítoris.

—Oh, Dios… No podré aguantar más —exclamo entre jadeos, retorciéndome, ahogando mis palabras y mis gemidos con la almohada.

Héctor me la retira con la otra mano y la lanza por los aires.

—Quiero verte cuando te corras —gruñe, acelerando el movimiento de sus dedos.

Apoyo una mano en su pelo y tiro de él, contoneándome, mientras me devora con sus dedos y con su lengua. Pocos segundos después noto unas maravillosas cosquillas que me ascienden desde las plantas de los pies. El grito se me escapa antes de que lo haga el orgasmo, y me deshago en la boca de Héctor sin dejar de mirarlo, tal como me ha pedido. Desde aquí aprecio la tremenda erección que tiene, que apenas puede contener su bóxer.

—Voy a follarte como te gusta, mi aburrida —gruñe colocándose sobre mí.

Lo cojo del culo y me apresuro a bajarle la ropa interior. Ni siquiera acabo de quitársela cuando, enseguida, su pene roza mi palpitante vagina y, un segundo después, se está metiendo en mí. Lo hace a lo bestia, arrancándome otro grito.

Poco a poco, las paredes de mi sexo se van acomodando al suyo, aunque no puedo evitar que me escueza al principio, a pesar de lo húmeda que estoy. Héctor me penetra a sacudidas, de esa forma tan violenta que me enganchó desde el principio y que, aún hoy, me encanta. Lujuria y calidez… Los dos sentimientos que me acompañan desde que iniciamos esta relación. Cierra los ojos un instante y lo cojo de las mejillas para que los abra.

—Más fuerte, Héctor, más… —le ruego en un gemido.

Se coloca de rodillas en la cama y me abre de piernas a ambos lados de sus caderas. Lo siguiente que hace es alzarme el trasero. Suelto un gritito cuando noto que su pene entra aún más en mí, ya que creía que no sería posible. Pero lo noto casi rozando mis entrañas y es una sensación totalmente indescriptible. Me da libertad y, al mismo tiempo, me sé deseada por esas manos que me sujetan los muslos con fuerza, por esos ojos que recorren cada milímetro de mi cuerpo y por esa boca húmeda que se entreabre a causa del placer. Héctor entra y sale a embestidas, arrancándome un gemido tras otro. Tengo que llevarme las manos a los pechos para contener sus movimientos.

—¿Te gusta así, Melissa? ¿Eh…? —Tras hacerme la pregunta se muerde el labio inferior y suelta un gruñido.

—Sí, sí… —acierto a decir entre jadeos.

Casi no puedo hablar. Tengo la boca seca y cientos de hormigas de patas diminutas corretean por mi cuerpo.

—No me queda mucho…

Sus dedos se clavan en mi piel con más fuerza, tanto que pienso que me la traspasará.

—Ni a mí… No pares, Héctor, por favor —le suplico alargando una mano para acariciarle el pecho y el abdomen, contraído por el placer.

Y tras unos cuantos movimientos más, se corre soltando un gemido que reverbera en mis oídos.

Notar su calidez en mi interior hace que me descontrole y que, segundos después, explote a mi vez entre sus manos. Grito su nombre, le clavo las uñas y siento que me rompo y que me vuelvo a componer. Da un par de sacudidas más para soltarlo todo, y a mí el orgasmo me tiembla en el vientre y asciende hasta mi pecho, sorprendiéndome. Otro grito se me escapa y comprendo que estoy corriéndome una vez más. Jamás había pensado que fuera posible. Héctor se queda en la posición en la que estamos unos segundos más; yo aprisionándole su sexo con el mío, hasta que me suelta y se deja caer sobre mí. Le acaricio el cabello y deposito un beso en el lóbulo de su oreja.

—Joder, Melissa… Eres estupenda.

Se incorpora un poco, ayudándose de las palmas de las manos, para contemplarme. Lo hace de una manera que consigue que me sienta única. Sé que no hay nadie más para él, pero cada vez que me observa con esos ojos almendrados me coge de nuevas. Esbozo una sonrisa y le acaricio la mejilla con mucha suavidad.

—¿Qué? —me pregunta al darse cuenta de que estoy pensativa.

—He recordado cuando te pedí que no me hablaras ni me miraras al hacerlo —susurro, un tanto avergonzada. Ríe y deposita un beso en la punta de mi nariz—. No estuvo nada bien.

—Pude entenderlo, Melissa. Aunque también te digo que me molestó un poquito, ¿eh?

—Ahora me encanta que me susurres cuando estás dentro de mí. Y que me mires.

—Estaría haciéndolo cada segundo de mi vida. —Se aparta y se tumba a mi lado, pasándome un brazo por encima y acariciándome el costado—. Es lo único que quería desde hace tiempo.

Permanecemos un rato en esa postura, abrazados, sintiendo nuestros cuerpos que, poco a poco, se van quedando fríos. En un momento dado mi estómago gruñe de hambre y Héctor se echa a reír, acariciando mi vientre.

—Creo que va siendo hora de comer algo.

Se incorpora. Entonces su gesto cambia y se pone serio. Me levanto también y me lo quedo mirando con curiosidad.

—¿Pasa algo?

—Antes te dije que tenía una sorpresa para ti —me susurra.

Asiento con la cabeza, sin imaginar lo que puede ser. Se queda pensativo, algo que me provoca un poco de inquietud y, al cabo de unos minutos, se levanta, se coloca un pantalón de estar por casa y va hacia uno de los cajones de la cómoda ante mi atenta mirada. Lo abre de espaldas a mí y regresa a la cama con las manos atrás, ocultándome algo.

—¿Qué es lo que llevas ahí? —le pregunto esbozando una sonrisa nerviosa.

Cuando me lo enseña, mi corazón da un estruendoso latido. Alzo el rostro y lo miro boquiabierta.

Después dirijo de nuevo los ojos hacia el juego de llaves que hay en la palma de su mano. Son las del apartamento, puedo reconocerlas. Sé lo que va a decirme ahora, pero no sé si estoy preparada.

—Melissa, esto es para ti. —Las coloca en mi mano y me la cierra en un puño—. Puedes entrar en mi casa cuando quieras. —Se me escapa un suspiro silencioso. Y entonces añade lo que me daba miedo oír—: Pero lo que deseo, de verdad, es que te vengas a vivir conmigo.

Y, una vez más, mi corazón palpita y palpita y en el estómago se me coloca un peso que había dejado atrás desde que empecé a salir con él. Héctor repara en que me muestro confusa y se apresura a calmarme.

—Piénsalo, aunque te aseguro que me encantaría que me dieras tu respuesta ya. —Me acaricia la barbilla en un gesto muy cariñoso—. De todas formas, sé que puede ser duro para ti.

—Héctor, yo… —No encuentro las palabras adecuadas. No me está pidiendo que le baje la luna, pero para mí esto requiere mucho más esfuerzo—. No… comparto piso con ningún hombre desde que…

—En serio, no tienes que decir nada en este momento. —Me dedica una sonrisa que se me antoja algo preocupada—. Si consideras que es demasiado pronto, lo entenderé. Nos quedan muchos días juntos, ¿no? —A pesar de que está intentando mostrarse animado, no lo parece en absoluto. Si le digo que no puedo, ¿lo echaré todo a perder?—. Te necesito a mi lado, Melissa. Pero sé por lo que has pasado, así que…

—No sé qué responder… —Niego con la cabeza—. Sólo… necesito un poco de tiempo para pensarlo.

—Lo tienes. —Me coge la mano en la que aún tengo las llaves y me la aprieta—. Y ahora también tienes esto para ti. Es mi forma de demostrarte que mi hogar es el tuyo.

Dejo que me bese. Lo hace de manera tierna, suave, sincera. Pero yo, ahora mismo, estoy tan nerviosa que ni siquiera acierto a devolverle el beso con ganas. Supongo que se da cuenta, porque se aparta rápidamente y me dedica una mirada extraña.

—Voy a preparar la comida —dice mordiéndose el labio inferior.

Sale del dormitorio y me deja en la cama, abrazada a las sábanas, dando vueltas a lo que acaba de proponerme. Noto de pronto que estoy apretando las llaves, así que abro la mano y me las quedo mirando. No quiero más dudas en mi vida, pero… ¿estoy preparada para construir un nuevo hogar?