19

He decidido seguir los consejos de Dania. No me permitiré seguir cayendo en un pozo del que no puedo ver el fondo. Es verano, hace un tiempo maravilloso, la gente sonríe y el sol me acompaña cada día que despierto. ¿Qué más se puede pedir? Estoy viva, y es algo que tengo que agradecer.

Desde hace unos días me siento mejor. No he vuelto a llorar ni a pensar en los errores que he cometido en estas últimas semanas. Tan sólo he intentado dejarme llevar, pero de una manera sencilla, tranquila, en la que trato de encontrar el lado bueno de todo, incluso en los menores detalles.

Y lo mejor es que Dania no me deja sola ni tan sólo un segundo. Viene a mi despacho más a menudo que de costumbre, supongo que con la intención de que no piense. Lo está consiguiendo, y no sé cómo podré agradecérselo.

Aarón todavía no ha terminado de pintar el cuadro. Puede parecer que está tardando mucho, que es un lento o algo por el estilo, pero es que últimamente nos dedicamos más a pasear o a charlar que a que me dibuje.

Ya no intento nada con él. He captado que no le intereso. Soy la modelo para su arte y, ahora, una buena amiga. No sé si puedo conformarme con esto, si aguantaré mucho más sintiéndome así. Lo único que tengo claro es que cuando quedo con él me siento tranquila. No existe esa efervescencia que Héctor me transmite. No me pongo nerviosa con Aarón. Hemos llegado a un punto en el que podemos hablar de todo sin necesidad de silencios o eufemismos. Yo le cuento de mi infancia; él de la suya. A continuación pasamos a la adolescencia y a los primeros chascos amorosos. Y de esa manera transcurren las horas. El minutero del reloj no nos da tregua y, aun así, queremos hablar más.

Hoy hemos decidido acudir a la feria de julio. Hace mucho que no voy, desde que era pequeña y mis padres me llevaban y montaba en todas esas fantásticas atracciones llenas de luces y sonidos.

Nada más llegar, los recuerdos me hacen sonreír. Huele a patatas fritas, a manzanas de caramelo, a algodón de azúcar y a maíz. La noria rueda allá a lo lejos con sus lucecitas titilantes. De la montaña rusa llegan los grititos de aquellos que están a punto de deslizarse por la pendiente. Cuando pasamos por el tren de la bruja, un trabajador vestido de Mickey Mouse nos lanza un chorrito de agua. Me río. Es refrescante; sienta bien.

—¿Quieres montar en algo? —me pregunta Aarón acercándose a mí para hacerse oír entre el ruido, la música y los chillidos de los niños.

Hoy está arrebatador. Lleva una camisa blanca muy elegante que contrasta con su magnífico color de piel. La complementa con unos vaqueros que se ajustan de manera perfecta a su trasero y a sus musculosas piernas. Deslizo mis ojos por su cuerpo hasta llegar a su rostro. Trato de disimular, pero supongo que se da cuenta de todas formas.

—De momento no. ¿Por qué no compramos algo? —Le señalo el puesto de comida.

Se decide por unas patatas fritas y yo elijo una mazorca. Nos lo comemos dando un paseo por la feria, riéndonos de la gente que suelta gritos y exclamaciones en las atracciones más vertiginosas y cada vez que la montaña rusa se desliza por los raíles a toda velocidad.

—Estás más sonriente —me dice en un momento dado, cuando nos paramos ante el saltamontes.

—Alguien me ha dado muy buenos consejos —respondo sin volverme hacia él.

—Vaya, y de los míos no hacías caso… —Lo ha dicho en broma, pero puedo notar cierto resentimiento en su tono.

—A veces se necesita un tiempo para poder aceptarlos.

—Bueno, me alegro de que al final ese tiempo no fuera toda tu vida. —Me acaricia el pelo como si fuera una niña. Supongo que ése es el amor que le despierto: fraternal.

Nos alejamos de la atracción y continuamos recorriendo la feria, por la que corretean niños ansiosos por que sus padres les compren algodón de azúcar o les consigan un juguete de la tómbola.

Cuando estamos cerca de los puestos de tiro, agarro a Aarón del brazo y lo obligo a detenerse.

—¿Por qué no me coges un peluche?

Me mira con una ceja enarcada, como si le diera un poco de vergüenza. Abro la boca, sin saber muy bien qué decir. Imagino que piensa que me estoy comportando como una novia, pero lo cierto es que me dan un poco de envidia esos chicos que tratan de conseguir un regalo a su chica.

—Está bien. Lo intentaré —dice al fin, arrancándome un suspiro de alivio.

Paga al hombre y éste le entrega un rifle. Aarón se coloca en posición y apunta a la diana. Con el primer tiro no acierta, pero le doy unas palabras de ánimo. Con el segundo tampoco da en el blanco, ni con el tercero. Acaba gastándose un porrón de dinero y nos marchamos del puesto sin que haya podido conseguirme el enorme peluche de Bob Esponja que yo quería.

—Bueno, no se puede ser bueno en todo… —le digo riéndome.

—¡Que conste que soy muy bueno en otras cosas! —Hincha el pecho, como mostrándose orgulloso.

—¿Ah, sí? ¿En cuáles? —Decido seguirle el juego, aunque al final siempre acabo muy chafada.

—No sé si puedo mostrártelas… —Se vuelve hacia mí y me observa con sus fascinantes ojos. Y, como siempre, mi corazón apabullándome en el pecho. Por favor, cállate, que incluso te oirá por encima de esta ensordecedora música.

—Quizá esté más preparada para ello de lo que piensas…

Me acerco un poco a él, sin comprender muy bien qué es lo que estoy haciendo. Vamos, Mel, ¿otra vez vas a meterte en uno de esos líos de los que después no sabes salir?

Aarón no se aparta, sino que esboza una sonrisa que sacude mi mundo entero. Alza una mano y, para mi sorpresa, me coge un mechón de cabello y lo enreda entre sus dedos suavemente. Está tan cerca de mí que se me seca la boca. Y entonces me suelta el pelo y apoya las manos en mis hombros, dándome la vuelta.

—Por ejemplo… ¡soy muy bueno en los coches de choque! —exclama junto a mi oído.

Mis ilusiones se desvanecen una vez más. Hale, ahí va la tonta de Melissa de nuevo, corriendo avergonzada por entre el gentío de la feria. Dejo escapar la respiración que había estado conteniendo y niego con la cabeza.

—La gente que sube ahí es muy bestia.

—¡Venga, será divertido!

Me coge de la mano y literalmente me arrastra hasta la atracción. La verdad es que le tengo un poco de miedo porque una vez, cuando tenía unos diez años, me dieron tal choque que me golpeé en la boca y por poco me rompí un diente. Pero como quiero que Aarón se divierta conmigo, al final acepto.

Esperamos a que sea nuestro turno y en cuanto queda libre un coche Aarón corre a ocuparlo. Yo me dirijo en busca de otro, un poco aturdida entre toda esta gente —adolescentes, en su mayoría— que se mueve de aquí para allá. Me quitan un par de coches y oigo a Aarón gritarme algo, hasta que al final consigo hacerme con uno. Dios, yo no debería estar aquí, con las manos en este volante que ha sido toqueteado por tantas personas. Cuando ya todos estamos en nuestra posición, la bocina que avisa de que la atracción empieza retruena en mis oídos. Y todos se ponen en marcha y aquí estoy yo, quieta y asustada. De repente, reparo en que un chaval gordo con aspecto de psicópata se dirige hacia mí a toda velocidad. ¡Me dará un golpe que veré todas las estrellas del firmamento! Sin embargo, alguien se cruza en su camino. Es Aarón. Suelto un suspiro de alivio y, por fin, muevo mi coche. Me deslizo por la pista lejos de todos, intentando que nadie se fije en mí. Pero parece que soy un blanco fácil porque me veo perseguida por unos cuantos coches que van a embestirme.

—¡Ya bastaaa! —grito tratando de escapar.

Uno me da un golpe por detrás que me hace salir disparada hacia delante. El corazón me va a mil por hora. ¡Maldito Aarón! En mala hora le he hecho caso subiendo a este trasto.

El siguiente golpetazo me lo dan de costado y hasta me rechinan los dientes. Al volver el rostro, me encuentro con un Aarón que se parte de risa. Arrugo la nariz y los labios y lo miro con mala cara.

—¡Te vas a enterar!

—¡Ya era hora, Mel, que parecías una anciana al volante! —exclama maniobrando con su auto para alejarse de mí.

Cuando termina la atracción, tengo que reconocer que me he divertido… aunque sólo haya sido durante los últimos minutos. ¡Y he dado un golpe a Aarón bien fuerte, en venganza por los suyos!

Bajamos desternillándonos porque tiene los pantalones manchados del refresco que a alguien se le habría derramado en su asiento.

—Pero ¿cómo no te has fijado antes? —le pregunto entre risas.

—Estaba emocionado, ¿vale?

—La verdad es que me lo he pasado bien.

—Y al final has sacado a la agresiva que llevas dentro —dice al tiempo que intenta echarse un vistazo al trasero. Saco un pañuelo del bolso y se lo entrego, aunque la verdad es que me encantaría limpiárselo yo—. Menudo golpe me has dado por detrás. Creía que iba a salir de la atracción con un ojo morado y un diente menos.

—¡Exagerado!

Tengo una sonrisa en la cara que no puedo borrar. Y así continuamos caminando por la feria, con una calidez en mi pecho que hacía tiempo que no sentía.

—De pequeña siempre venía a la feria con mis padres —le explico al detenernos ante la casa del terror—. No me atrevía a pasar por aquí. Me daba un miedo terrible ese monstruo. —Señalo la figura de un tipo muy feo, un tanto deforme, que sostiene a una mujer medio desnuda que parece haberse desmayado.

—Entonces ¿no has subido nunca?

—La verdad es que no. —Niego con la cabeza, un poco avergonzada—. Un día me dije a mí misma que tenía que superar mis miedos y decidí subir. Mi padre compró dos tiques, uno para él y otro para mí, y cuando vi que se acercaba nuestro turno… Me cagué por la pata abajo y empecé a llorar como una tonta. Mi padre se enfadó mucho; tuvo que regalar las entradas a unos chicos.

—Podría haberlas vendido —opina Aarón con la vista posada en la atracción.

—Sí, pero mi padre es muy buena persona y prefirió darlos sin esperar nada a cambio.

—Entonces ya sé a quién has salido. —Se vuelve hacia mí y me sonríe. Aparto la mirada, sin entender muy bien a qué se refiere.

Al momento siguiente está comprando dos tiques para esta atracción. No sé qué me da más miedo: si lo que habrá ahí dentro o el hecho de que estemos tan cerca el uno del otro en la oscuridad.

Subimos a nuestro vagón, piel contra piel. Su brazo apretado contra el mío, traspasándome todo su calor. No quiero parecer nerviosa, pero lo cierto es que lo estoy, y demasiado. Ojalá crea que es por la atracción y no por el hecho de que me dan calambres por todo el cuerpo cada vez que me toca. Pero, por suerte, me paso todo el trayecto chillando cada vez que una figura aparece. ¡Ni siquiera son personas reales, por favor! Aarón no deja de reírse, y lo hace mucho más cuando me aferro a su brazo y le clavo las uñas.

—Pero ¿cuándo se termina esto? —pregunto casi lloriqueando. Un nuevo monstruito aparece ante nosotros y me uno a los gritos del muñeco.

Cuando bajamos de la atracción, todavía me tiemblan las piernas. ¡En la vida voy a volver a subir! El vagón que venía detrás de nosotros aparece también por la puerta y me doy cuenta de que me están señalando.

—¡Mira, mamá! Ésa es la señora que no paraba de gritar —dice un niño. ¡Será posible! Es la segunda vez en muy poco tiempo que me llaman «señora», y encima este chiquillo también está descojonándose de mí.

—¿Dónde podemos subir ahora? —me pregunta Aarón, desviando mi atención hacia él.

—No estoy preparada para más emociones, en serio —respondo con una mano apoyada en el corazón.

—Pero ¡si todavía quedan muchas atracciones fantásticas! —me grita todo emocionado. Pues ahora mismo prefiero ir a comerme unas patatas fritas, que los sustos me han despertado el hambre.

—¿Fantásticas? —Me lo quedo mirando como si estuviera loco—. La última ha sido una pesadilla.

Sin embargo, lo único que Aarón hace es reírse y, al segundo siguiente, me señala algo que ni siquiera me da tiempo a ver.

—¡Vamos!

Me coge de la mano y tira de mí. Se la aprieto. Echamos a correr. Ya se me han pasado todos los miedos. La energía y la jovialidad que desprende me inundan toda. Me gustaría que este momento no terminase nunca. Me siento como si fuese su pareja. Oh, Dios mío… Me comporto realmente como una adolescente en su primera cita. Este hombre terminará de volverme loca.

—¿Adónde me llevas?

—A la noria. —Señala la enorme maquinaria.

—Uf, mejor que no. No sé si me marearé…

—Vamos, Mel. Deja de quejarte. No me seas aburrida.

Esa palabra es la que me activa. Me hace recordar a mi expareja, a Héctor y a todas esas personas que han pensado de mí que no sé vivir la vida. Y no quiero que Aarón crea lo mismo, así que asiento con la cabeza y dejo que me lleve hasta la atracción. Tenemos que esperar un ratito porque hay bastante gente haciendo cola. Unos diez minutos después estamos metiéndonos en una de las cabinas, la cual se balancea de forma peligrosa.

—Ay, madre mía —digo cuando empezamos a elevarnos.

—No mires abajo y ya está —me aconseja Aarón.

Pero lo hago de todas formas. ¡Así soy yo! Basta que me digan que no haga algo para que desee hacerlo. Me asomo por el costado y, al ver a todas esas personas diminutas allá abajo, el estómago se me contrae. Meto la cabeza con un gritito asustado y cierro los ojos.

—Pero mira que eres cabezota…

—No sé si esto ha sido una buena idea —digo entreabriéndolos.

Ahora estamos en la parte más alta. La noria se ha detenido y supongo que nos quedaremos así un ratito. Desde aquí puede verse toda la ciudad. La contemplo fascinada, recordando al mismo tiempo la primera noche que pasé en la terraza de Aarón. Ladeo la cabeza y suspiro. Ya no me arrepiento de haber subido. Este momento es especial, por mucho que se comporte como un amigo. Puede que lo prefiera así, pues es menos complicado.

Desde abajo me llega una de las canciones del verano que es verdaderamente preciosa. Me siento identificada con lo que Steve Angello canta: «Wasted love… Why do I always give so much? Wasted love… You know I gave you all my heart. Wasted love… Can’t help, but always give too much. But it’s never enough…». («Amor desperdiciado. ¿Por qué siempre doy tanto? Amor desperdiciado… Sabes que te di todo mi corazón. Amor desperdiciado… No puede dejar de dar siempre demasiado. Pero nunca es suficiente…»). Intento apartarla de mi mente porque no quiero que desaparezca la sensación de bienestar que Aarón me provoca. Me dedico a observar el horizonte y me pierdo en él. Aarón está muy callado, pero ni siquiera pienso en ello.

—¡Mira, mira! —Le señalo unas luces que no sé de dónde provienen.

No contesta. Sin volverme hacia él, tanteo con tal de zarandearlo para que me haga caso. Y sin querer, poso la mano en un lugar equivocado.

—Perdón, Aarón… —me disculpo, un tanto azorada.

La cuestión es que eso no era normal. Es decir, yo sé diferenciar cuándo un tío está en reposo y cuándo no. Y Aarón, en estos momentos, no lo está. Pero ¡no lo entiendo! ¿Por qué él está… así? Ni siquiera me atrevo a decir la palabra. Me muero de la vergüenza a pesar de ser una mujer madura.

Miro con el rabillo del ojo y descubro que él también se siente un poco incómodo. Ha puesto una mano sobre sus partes para disimular, pero lo he notado todo… y me gustaría hacerlo mucho más. Rozarlo con mis dedos, demostrarle las maravillas que puedo hacerle sentir.

La noria se pone en movimiento. El silencio aún no nos ha abandonado. No quiero que la situación sea tan incómoda. Somos amigos. Podemos tomarnos esto en broma, es algo totalmente normal. Es un hombre. Es comprensible.

—¿En qué tía buena estabas pensando? ¿En Megan Fox?

Le guiño un ojo. Todavía tengo las mejillas ardiendo, pero creo que parezco tranquila, dentro de lo que cabe.

No responde. Vuelve el rostro para no mirarme. Parpadeo, confundida. Adelanto una mano para cogerlo del brazo, pero me lo pienso mejor. ¡Sólo falta que la noria haga un mal movimiento y que otra vez lo toque donde no debo!

—Estaba pensando en el cuadro.

—¿El cuadro? —pregunto confundida.

—El que estoy pintando de ti.

Me quedo callada. Intento tragar saliva, pero tengo la boca muy seca. Hace demasiado calor. Por suerte, el airecillo nocturno me alivia el ardor del rostro. Aarón pensaba en mi retrato. ¡No entiendo por qué se ha puesto… cachondo! ¿Eso significa que yo le…? Sacudo la cabeza, tratando de deshacerme de esa estúpida idea. No le gusto, me lo ha dejado claro durante todo este tiempo. Ya hace más de un mes que nos conocemos y no ha ocurrido nada. Ni un mísero acercamiento, una palabra con doble sentido o un roce con intenciones. Nada de nada. He estado amargándome la existencia, acostándome con otro hombre para borrar con el cuerpo las huellas que Aarón estaba plantando en mi corazón. ¿Y ahora esto? ¿Cómo no voy a sentirme confundida?

El viaje en la noria llega a su fin. Suspiro aliviada. Espero a que él se apee y a continuación lo hago yo, un poco mareada, aunque no sé si por la atracción o por la confusión. Paseamos por la feria un rato más. Ninguno de los dos dice nada. Se ha instalado entre nosotros un silencio incómodo que no sé cómo romper. Bueno, si yo fuera lo suficientemente atrevida le preguntaría si se siente atraído por mí.

—¿Te apetece que vayamos a cenar? —dice de sopetón, dejándome totalmente sorprendida.

—Sí, claro.

Salimos de la feria otra vez con el silencio como acompañante. Cerca hay unos cuantos restaurantes que ofrecen una buena cocina. Decidimos quedarnos en uno que tiene libre una coqueta mesa en la terraza. Sentados frente a frente ya no podemos escaparnos. Supongo que hay que hablar de lo que ha sucedido, pero no tengo muy claro por dónde empezar. ¿Por qué no lo hace él? Si siempre hemos charlado tranquilamente sobre cuestiones subiditas de tono… Claro, ahora esas cuestiones están relacionadas directamente con nosotros. Pero no puedo creer que Aarón sea una persona tímida. Lo miro acalorada, con una sonrisa azorada en el rostro. Y él… me está escrutando de manera diferente a como lo ha hecho hasta hace un rato. ¿Qué es lo que ha cambiado en tan sólo media hora? De repente, desliza una mano a través de la mesa hasta acercarla a la mía. El corazón empieza a latirme como un loco.

—Vaya, ¡si es la aburrida!

Conozco esa voz… El mundo se me cae a los pies. ¿No hay más restaurantes por la ciudad o qué?