7

Ese gesto me ha puesto cardíaca. Asiento con la cabeza, poso una mano en su nuca y atraigo su rostro al mío con impaciencia. Cuando nuestros labios se juntan, no puedo evitar un jadeo. Él me abre de piernas con violencia y se sitúa entre ellas. Jamás me había besado de esta forma tan ardiente con un hombre… al menos desde hace mucho tiempo. Pero no, ni siquiera fue así antes. Mi sexo se está humedeciendo con tan sólo el movimiento de su lengua en mi boca. Lo aprieto más contra mí.

Muevo la pelvis hacia delante para notar su erección en mi cuerpo. Héctor gruñe y me muerde el labio inferior. Hacía tanto que no me dejaba tocar por nadie que tengo miedo de que se me haya olvidado cómo se hace el amor. Creo que hasta he vuelto a ser virgen. Pero claro, eso no se lo diré porque entonces le estaría confirmando que soy la tía más aburrida del mundo.

Trato de desabrocharle el pantalón, pero me tiemblan tanto las manos que no atino. Me las retira con suavidad y hace el trabajo por mí. Se quita los zapatos, y después su pantalón cae al suelo, permitiéndome ver todo lo que anoche me perdí. Contengo la respiración y mis dedos hablan por mí: lo agarro de las nalgas sin poder contenerme. Uf, qué glúteos más duros… Podría pasarme el día acariciándoselos y clavando mis uñas en ellos. Madre mía, pero ¿ésta soy yo? Es lo que pasa cuando tienes delante un hombre así, que pierdes la vergüenza.

—No eres tan aburrida… —se burla, hablando sobre mis labios.

—Soy decente, que es diferente —respondo un poco molesta.

—No tanto… Vas a acostarte con tu jefe en tu despacho —dice con un brillo juguetón en los ojos. ¡Será posible…!

—Podría ser peor… Podría hacerlo en el tuyo. —Lo reto. No va a ser él el último que tenga la palabra. A contestona no me gana nadie.

Para que se calle lo beso una vez más. Sus labios son carnosos, húmedos y calientes. Nuestros cuerpos están ardiendo. Le acaricio toda la espalda, deleitándome con las contracciones de sus músculos cada vez que se mueve. A continuación paso las manos por delante y toco su esbelto torso, sus cincelados abdominales, su vientre plano… ¡Madre mía! No sabía que existían hombres tan perfectos. Lo rozo por encima del bóxer sin apartar la mirada de la suya. Cierra los ojos y suelta un pequeño jadeo que me pone a cien. Me atrevo a meterle la mano. Está húmedo, como yo. Esbozo una sonrisa tímida cuando me clava la mirada. Por un instante entreveo algo en sus ojos que me pone nerviosa, como si supiera demasiadas cosas de mí, como si conociera mi alma a la perfección. Ladeo la cabeza para que el cabello me tape la cara. Me acaricia un mechón y oigo que lo aspira. Segundos después me sitúa al borde de la mesa con una sacudida y me sube la falda hasta las ingles. Al ver que se va a agachar, se me alteran los nervios. Sí, sé que suena raro, pero me pone histérica que me hagan un cunnilingus. Bueno, en realidad que lo haga él porque me parece algo demasiado íntimo. Héctor se da cuenta y se detiene, observándome con cautela.

—¿Pasa algo?

—No quiero que hagas eso.

—¿Qué?

—Pues… ya sabes… —Hasta me da vergüenza decirlo. La antigua Melissa lo habría cogido de la cabeza y se la habría puesto entre sus piernas con todo el descaro del mundo.

—¿Estás loca o qué?

—No me gusta.

Pero lo que pasa de verdad es que, aunque estoy excitada, todavía lo veo como mi jefe. Eso… y que me da miedo que los recuerdos vuelvan a atosigarme y no pueda disfrutar. ¡Menuda frustración!

—Debe de ser porque no te lo han hecho bien hasta ahora.

Pongo los ojos en blanco. ¿Cuántas veces he oído eso de boca de un hombre? La cuestión es que muy pocos, durante mi vida, me lo han hecho. Y cuando los tíos son adolescentes no es que tengan un máster en cunnilingus. Pensaba que tenía un problema hasta que mi exnovio me lo hizo. Estoy en esos pensamientos cuando me doy cuenta de que Héctor se ha puesto de cuclillas y me está quitando los zapatos.

—¡No! —exclamo, pataleando con suavidad para no darle un golpe en la cara.

Alza la vista y chasquea la lengua como si mi actitud empezase a molestarle. Puede que sea así y que al final me quede sin tenerlo entre mis piernas. De modo que permanezco quieta, con el pecho agitado y el corazón a la carrera, observando sus oscurecidos ojos. De repente noto su lengua en mi tobillo; va ascendiendo poco a poco, lentamente. ¡Oh, Dios!

Vale… Me estoy excitando. Y mucho. La manera en que me está lamiendo es demasiado sexy. Mis braguitas están tan húmedas que se me pegan al sexo. Cuando llega a mi rodilla, ya estoy que no puedo más. Me contoneo hacia delante, tratando de arrimar mi ropa interior a su boca. Héctor me sujeta de los muslos, alza la cabeza y sonríe.

—¿No decías que no te gustaba?

—Cállate y haz lo que tengas que hacer —contesto de forma muy mandona. Eso parece gustarle porque suelta una risita.

Agacha la cabeza otra vez. Tan sólo puedo ver su cabello y su maravillosa espalda. Y de pronto uno de sus dedos me roza por encima de las braguitas. Se me escapa un gemido. Me tapo la boca, sorprendida por mi reacción. Pero entonces es su lengua la que serpentea sobre mi ropa interior y dejo que mi grito de placer sea mayor.

—Chis… No querrás que nos oigan, ¿no? —Lo ha dicho con el semblante serio, pero su mirada sonríe. Se siente orgulloso de estar dándome placer.

Con una palmadita me anima a levantar el trasero. Entonces me quita las bragas, las baja por mis piernas y también las tira al suelo. Mi corazón empieza a palpitar a una velocidad increíble. El estómago se me contrae en cuanto sus labios besan el interior de mis muslos. Vuelvo a gemir, no puedo evitarlo. Hacía tiempo que no sentía tanto deseo. Es la situación: mi jefe, mi despacho, que puedan pillarnos. ¡Demasiado morbo para mí! Es con lo que disfrutaba tanto tiempo atrás…

Héctor me abre más de piernas y clava los dedos en mis muslos. Doy un brinco al notar su lengua en mi ingle. La desliza con suma lentitud, suavemente, y yo me retuerzo buscándola. Está haciéndome sufrir demasiado. Necesito sentirlo en mi sexo, y lo necesito ahora. Sus manos suben y bajan por mis muslos, acariciándomelos. Acerca la nariz a mi vulva, y al notar su respiración hay algo que se desboca en mí. No quiero porque será demasiado vergonzoso, pero mi cuerpo no responde a mis órdenes. Casi contra mi voluntad, me deshago en olas de placer, conteniendo los gemidos que pugnan por salir de mi garganta. ¡Por Dios santo! Tan sólo le ha dado tiempo a rozarme el clítoris con la punta del dedo.

—¿Tú…? —Me mira con los ojos muy abiertos. Retiro los míos con las mejillas ardiendo. Madre mía, qué vergüenza… No sé si las mujeres podemos serlo, pero si la respuesta es sí, me he convertido en una eyaculadora precoz. Con lo que me burlaba yo del novio de mi hermana porque al principio sólo tardaba tres minutos en irse. ¡No sé si habré llegado siquiera a los cincuenta segundos!

Héctor se levanta y me observa desde arriba con una expresión indescifrable. Quiero decir algo, pero no se me ocurre nada. Ya sabía yo que no iba a gustarle tener sexo conmigo. Ahora estará pensando que soy también una aburrida en la cama, que soy de esas que sólo hacen el misionero y que no son capaces ni de moverse un poquito.

Pienso que se va a marchar y que me dejará aquí despatarrada. Sin embargo, camina hacia la silla giratoria y, todavía de pie, se deshace del bóxer ofreciéndome una vista fantástica. Bajo de la mesa con la boca abierta, todavía muda por la sorpresa. Su miembro palpita; una gota de excitación brilla en la punta. La rodea con su mano con un gesto que me deja seco el paladar y, a continuación, se sienta.

—Quítate la blusa.

De inmediato, hago lo que me pide. Esa orden me indica que todavía tiene ganas de hacerlo. Pues por una vez haré caso a Dania y continuaré con todo esto. ¡Me lo merezco! Sin que diga nada más, me desabrocho también el sujetador y lo lanzo por los aires. Sonríe y se acomoda en la silla. Su cuerpo al completo se muestra desnudo ante mí. Creo que estoy empezando a adorar ese abdomen y ese vientre marcado en los costados que me indica el camino que tengo que recorrer. Jadeo y trago saliva.

—Ven. —Me hace un gesto con el dedo.

Camino hacia él aún con la falda puesta. No quiero quitármela, quiero hacerlo con ella. Y quizá a él le excite. Cuando me acerco, extiende los brazos y me acoge en ellos. Me siento a horcajadas sobre sus piernas, un tanto tímida. Coge uno de mis pechos, mirándolo con deseo, y se inclina para besarlo. Lame el pezón con lentitud y termina con un mordisco.

—¿Sabes que tienes unas tetas maravillosas?

Creo que me sonrojo. Puede que esté pensando que esto es una fantasía y por eso me dejo llevar. Aún me parece increíble que Héctor me esté diciendo esas palabras tan calientes.

Con la otra mano me acaricia las nalgas. En un momento dado, se pone nervioso y me las aprieta con ganas. Sin darme tiempo a hacer o decir nada, sube hasta mi boca y me besa con ansia. Su lengua parece un látigo que no me da tregua. Pero me encanta su sabor… Ese sabor a excitación que vuelve loca a una mujer. Me apoyo en sus hombros y froto mi sexo contra el suyo. Me coge del culo, tratando de bajarme. Quiero hacerle sufrir un poco más. Me muevo hacia delante y hacia atrás, rozándome con su erección una y otra vez. Entrecierra los ojos y suelta un suave jadeo. Nuestros sexos están tan húmedos que se deslizan a la perfección.

Me agarra del pelo, enroscándolo en su mano, y me da un mordisquito en el labio. Se lo devuelvo de manera juguetona.

—Vamos, siéntate sobre mí. Déjate caer. —La voz le tiembla.

Acaricio su pecho desnudo mirándolo con una sonrisa traviesa. Me atrapa el otro pecho y lo estruja a la vez que se muerde los labios. Rozo mi entrada con su puntita, sacándole otro jadeo. Pero yo tampoco puedo aguantar más. Separo las piernas, me apoyo en su vientre y me deslizo hacia abajo muy lentamente.

—Más… Baja más —gruñe alzando las caderas.

Me dejo caer de golpe. Su dura excitación se clava en mí. Suelto un gritito al tiempo que él abre mucho los ojos y me mira con sorpresa. Pero no le doy tiempo a respirar. Me contoneo arriba y abajo. Su miembro entra y sale de mí provocándome gemidos que intento evitar para que no nos descubran.

—Joder, cómo te mueves, Melissa…

Oír sólo mi nombre, sin mi apellido, me sorprende. Siento un cosquilleo en el estómago que desciende. Quiero demostrarle que aún puedo hacerlo mejor. Muevo las caderas adelante y atrás, y a continuación en círculos. Me coge de ellas con fuerza para ayudarme e intenta atrapar mis pezones con los dientes, pero mis rápidos movimientos se lo impiden. Me echo a reír. Ambos estamos sudando y nuestros cuerpos resbalan el uno con el otro.

Sin soltarme ni salir de mí, me lleva en volandas, una vez más, hasta la mesa. Me sube la falda hasta la cintura. Sus dedos se hincan en mi piel con tanta fuerza que incluso me hace daño. Pero estoy tan enloquecida como él. Lo cojo de la nuca y lo atraigo a mis pechos, levantándolos hacia su boca. Me lame un pezón con delectación, sopla en él, lo mordisquea. Lo único que puedo hacer es echar la cabeza hacia atrás y gemir como una posesa.

—Chis… Te… van… a… oír… —Apenas ha podido formar una frase.

Me incorporo y bajo las manos hasta sus prietas nalgas. Se las cojo para acercarlo más a mí y le clavo las uñas. Entre nuestros cuerpos el aire no puede pasar. Estamos tan pegados que vamos a fundirnos en uno. Estrujo su trasero con más fuerza y me contoneo hacia delante y hacia atrás, sumándome a sus intensas embestidas.

—Joder, nena, ¡qué bien…! Qué… bien…

Nunca me ha gustado que me llamen «nena», pero en su boca, con su voz, resulta muy excitante.

Héctor me coge del culo con una mano mientras con la otra se apoya en la mesa para acelerar las sacudidas. Su pene entra y sale de mí a una peligrosa velocidad. Mi sexo se contrae con cada uno de sus avances. Se abre más a él causándome sorpresa. Sus dedos me aprietan la nalga al tiempo que lo noto bombear en mi interior. Alzo la cabeza. Tiene la mirada perdida y la boca entreabierta. Se le escapa un suspiro de goce. Doy un golpe seco con mi cadera, introduciéndomelo una vez más hasta el fondo. El placer que siento es demasiado intenso para detenerme. Sé que es difícil, pero creo que voy a correrme otra vez.

—Melissa… —susurra de forma grave. Es la segunda vez que me llama sólo por mi nombre. Me gusta. Siento que me ve de otra forma.

Se aprieta a mi cuerpo con un gruñido. Su sexo explora en mi interior con avidez. Me está devorando con él, y yo lo único que puedo hacer es sentir que estoy a punto de explotar. Llevo mis manos a sus hombros para apoyarme porque el sudor que baña nuestros cuerpos me hace resbalar.

De repente, se inclina sobre mí, me coge de la barbilla y me besa con ardor, pero también con una dulzura que me trastoca. Gime sobre mi boca. Lo noto desbordarse en mi interior con un suspiro. Clavo las yemas de mis dedos en sus hombros y cierro los ojos.

Sin entender muy bien por qué, de repente en mi mente se dibujan los ojos de Aarón. Su mirada caliente en el bar de anoche. Su forma de tocar a la chica. Mi cabeza me repite una y otra vez que quien me está follando de manera salvaje es él. Y es vergonzoso, pero me corro como nunca con esos pensamientos. Todo mi cuerpo tiembla y arde. Lanzo un grito escandaloso. La mano de Aarón… No, espera, la mano de Héctor me tapa la boca para que nadie nos oiga. Abro los ojos con sentimiento de culpa y bochorno. Pero oye, ¡qué más da! Héctor es tan sólo mi jefe, no alguien a quien le deba fidelidad. Puedo pensar en otros hombres si quiero. ¡Y ha sido de forma inconsciente!

Todavía tiene la respiración agitada. Estoy intentando recuperar la mía y que mi corazón funcione a su ritmo normal porque parece encontrarse al límite de estallarme. Los maravillosos calambres que recorren mis piernas tardan en abandonarme. Jamás un orgasmo me había acompañado durante tanto tiempo. Héctor se queda unos segundos dentro de mí, todavía sujetándome del trasero con una mano y observándome de un modo demasiado intenso. Hay algo en mi interior que se encoge ante su mirada. Empiezo a ser consciente de lo que hemos hecho, y siento ganas de bajar inmediatamente de la mesa y fingir que nada ha sucedido.

Me doy cuenta de que tiene la intención de besarme, pero mi cuerpo reacciona rechazándolo. Lo empujo con suavidad para sacarlo de mí. Su semen resbala por mis muslos y una gota mancha la mesa. ¡Hale, y encima lo hemos hecho sin condón! Tomo la píldora, pero eso no significa que no haya sido una inconsciencia por nuestra parte. Héctor me mira sin comprender muy bien mi reacción. La verdad es que ni yo misma la entiendo.

Me cubro los pechos con las manos y me apresuro a buscar el sujetador. Me lo pongo sabiéndome observada por él, que todavía sigue desnudo a mis espaldas.

—¿Por qué tanta prisa? —pregunta un tanto molesto. Por un instante se me ocurre que quiere otro polvo. Pero vamos, ni de coña me apetece otro.

Termino de abrocharme la blusa. Me agacho para recoger las bragas. El ardor que me sube por la cara no es normal. Ahora mismo me siento completamente avergonzada. He mantenido relaciones con mi jefe en mi despacho. Eso no está bien. Aunque Dania batiría palmas si lo supiera.

—La gente notará que tardas mucho en salir —respondo como excusa, cubriéndome el rostro con el pelo. No me apetece que nadie vea lo roja que estoy.

—¿Crees que no habrán pensado algo ya?

No me atrevo a darme la vuelta. Cierro los ojos y los aprieto con fuerza.

—¡Por favor, vístete! —le suplico.

No contesta. Durante unos segundos, no se mueve. Empieza a buscar su ropa y un minuto después se coloca ante mí con el pantalón y la camisa puestos. Lleva la corbata en la mano. Me observa muy serio. Desvío los ojos mordiéndome el labio inferior. No me atrevo a devolverle la mirada. Estoy nerviosa, aturdida y avergonzada. Nunca me había comportado de forma tan provocativa. Bueno, no al menos con alguien con quien antes no había tenido ningún acercamiento. Y encima siendo mi jefe… ¿Qué pensará de mí ahora? Pues eso, que soy una más de las mujeres de la empresa que han caído en su juego de seducción. Debería haberme mostrado un poco más dura.

—¿Hay algún problema en lo que hemos hecho, Melissa?

Continúa llamándome sólo por mi nombre y, la verdad, echo de menos en este momento que no añada mi apellido. No deseo tanta familiaridad entre nosotros. ¿No sería mejor que volviésemos a la anterior situación, en la que él se dirigía a mí para encargarme trabajo? ¿Qué es lo que me pedirá a partir de ahora, por Dios?

—No, claro que no… —contesto, aún con la mirada gacha. «¡Por favor, Melissa, deberías dejar de comportarte como una adolescente tonta!». Estoy segura de que ninguna de las otras mujeres con las que se ha acostado se ha mostrado de esta forma. Pero ¡no puedo evitarlo! Lo único que quiero es que se vaya y me deje reflexionar.

Con un movimiento rápido me coge de la muñeca. No sé lo que pretende ahora, pero mi corazón vuelve a acelerarse. Deposita en mi mano su corbata negra. La observo con curiosidad. Su voz ronca y rabiosa me sorprende.

—Confío en que no olvidarás lo que ha ocurrido en este despacho.