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No todo fue malo con Germán, a pesar de las discusiones, de su seriedad, de la incomodidad que a veces se instalaba en el centro de nuestra cama. También hubo momentos divertidos en los últimos coletazos de nuestra relación. Lo intentábamos… Al menos, yo lo hacía.

A Germán y a mí nos encantaba bailar. Como ya he dicho, él tenía el ritmo en el cuerpo. Siempre que podía me enseñaba un paso nuevo, y yo adoraba aprenderlo con él. Nos recorríamos todos los locales y las discotecas que podíamos, con todo tipo de música. Bailábamos hasta que el amanecer nos sorprendía y, entonces, todavía íbamos cantando y danzando por la calle bajo la sorprendida mirada de los transeúntes. Había algo que nos gustaba mucho hacer, y era bailar ante el enorme espejo del baño de nuestro apartamento recién salidos de la ducha, aún desnudos. No había nada de sexual en esos momentos, simplemente nos divertíamos y reíamos como locos y nos deshacíamos del estrés, la tristeza o el enfado.

Germán solía decir que la música iluminaba su corazón, y me parecía cierto. Creo que en esos instantes era cuando más lo amaba, cuando su camiseta empapada por el sudor se le pegaba al cuerpo y jadeábamos juntos al ritmo de las canciones. Salsa, reguetón, electrónica, baladas… Todas eran perfectas para nosotros. La música nos acompañaba cada día, nos despertaba por la mañana cuando el despertador sonaba y no nos abandonaba hasta que la noche caía.

Me enseñó a bailar salsa cuando íbamos a la universidad. Al principio mi cuerpo se movía solo a un ritmo totalmente diferente, y le di muchísimos pisotones. Nos reíamos tanto que creía que el corazón me estallaría de felicidad. Un año después, Germán y yo bailábamos salsa como unos auténticos expertos y nuestros amigos nos coreaban cada vez que en un local ponían una canción. Ahí estábamos nosotros, en medio de tantísimas personas que nos observaban con una sonrisa en el rostro, y al final todas se unían a nuestra fiesta particular.

Así que, en una locura de esas que a mí me daban, mientras organizaba los preparativos de su próximo cumpleaños —siempre me gustaba celebrarlo a lo grande—, le propuse apuntarnos a clases de baile. Una de mis películas favoritas desde niña era Dirty Dancing, y se me antojó que podríamos bailar al ritmo de su BSO. Ese año quería organizarle un aniversario especial que lo alegrara y que no olvidara jamás.

—¿Me lo estás diciendo en serio, Meli? —Apartó los esquemas que se estaba preparando para la clase del día siguiente y se me quedó mirando con esa arruga en la frente que a mí me ponía nerviosa.

—Claro que sí. ¿No crees que será divertido?

—Hace tiempo que no bailamos… —murmuró con la cabeza gacha.

Era cierto. Por eso quería recuperar lo fantástico de aquellos momentos. Yo los echaba muchísimo de menos. Me moría de ganas por sentir su cuerpo pegado al mío, por sudar junto a él, por cantar dejándome la vida en ello, por enlazar sus manos con las mías al ritmo de la música.

—Precisamente por eso, Germán. Podemos recuperarlo, ¿no crees? Nos lo pasábamos tan bien… —le respondí, rememorando todos esos mágicos instantes.

—Sabes que no tenemos mucho tiempo libre.

—He estado mirando varias escuelas y he encontrado una en la que hay sesiones los sábados por la mañana. Llamé, y la profesora está dispuesta a darnos clases privadas para enseñarnos lo que queramos.

Germán me miró con una sonrisa y, aunque estaba claro que era algo que no le apetecía mucho, cedió. Nada más soltar su suspiro resignado, ya me había enganchado a su cuello y estaba riéndome, llena de felicidad.

—¿Y qué es lo que vamos a aprender? —me preguntó con curiosidad—. ¿Merengue? ¿Pasodoble?

—No… —Negué con la cabeza, arrugando la nariz, sentada en las piernas de mi novio—. Eso es demasiado típico…

—¿Entonces…?

—Vamos a aprendernos los bailes de Dirty Dancing —le anuncié con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿En serio? —Abrió mucho los ojos, totalmente sorprendido. Después se echó a reír, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Madre mía, Meli, eres única.

—Pero no me digas que no es interesante.

—Yo no usaría esa palabra… —Cogió el boli que estaba utilizando y mordisqueó la punta—. No querrás que haga ese paso del final de la película, ¿no?

Se refería al momento en que Patrick Swayze levanta por encima de su cabeza a Jennifer Grey y parece que ella vuele. Creo que todas las chiquillas soñamos alguna vez con vivir algo así. Me abracé más a Germán y le dije al oído:

—Bueno, si no se puede, no se puede. Pero me encantaría.

—Las leches que nos daríamos serían buenas.

—Tenemos un poco de tiempo para practicar —continué, tratando de animarlo. Seguramente después no podríamos hacer ese paso, pero quería intentarlo.

—Creo que el actor practicó mucho más que un poco… —respondió con gesto divertido.

—Y también estaría muy bien que nuestros amigos se unieran a nosotros, como en Dirty Dancing.

Hice caso omiso de lo que me decía, con mi propia historia montada en la cabeza. Ya veía a nuestros amigos danzando a nuestro alrededor, dando palmas y gritando como locos mientras nos besábamos al ritmo de la música, tal como hacían los protagonistas de la peli.

—Sabes que el actor estaba más cachas que yo, ¿no? —me recordó, acariciándome la barbilla para que dejara mis ensoñaciones.

—Pues te apuntas al gimnasio. Si en el fondo, te pareces un poco a él —contesté entre risas.

—Y que lo digas.

El sábado siguiente nos encontrábamos ante la puerta de la escuela esperando a que llegara la profesora. Yo estaba impaciente por empezar a bailar. Germán esa mañana no se había levantado de buen humor, pero lo achacó a otros motivos que no quiso contarme.

Tan sólo había hablado con ella por teléfono, así que no sabía cómo era, y me sorprendió encontrarme con una muchacha de unos veinte o veintidós años. Me molestó sobremanera estar rodeada de jovenzuelas. Miré a Germán de reojo, pero ni siquiera parecía hacerle caso mientras hablaba, de modo que me tranquilicé diciéndome que estaba comportándome como una tonta. De todas formas, no había sabido nada más de la tal Yolanda y, como Germán tampoco me la había mencionado, intenté borrarla de mi mente.

—Hablaste con mi hermana, no conmigo —me dijo la chica una vez que entramos en la escuela.

—¿Ah, sí?

—Es que desde hace un mes no puede dar clases, está embarazada —me explicó al tiempo que se quitaba la sudadera y se quedaba sólo con una camiseta de tirantes—. Pero no te preocupes, que yo también he estudiado danza y baile contemporáneo. Esto nos viene de familia. —Sonrió.

Era muy guapa, con el cabello castaño recogido en una coleta y los ojos marrones y muy vivos. Desde el primer momento me pareció muy simpática y reconozco que las semanas que estuvimos aprendiendo junto a ella fueron especiales.

—Meli se ha empeñado en bailar a lo Dirty Dancing —nos interrumpió Germán en ese momento.

Me molestó un poco que usara un tono un tanto irónico. ¿A qué venía tanta seriedad? Si no quería hacerlo, podía habérmelo dicho antes, pero no comportarse de esa forma delante de la profesora.

—¿En serio? ¡Es una de mis películas favoritas! —exclamó la muchacha, que se llamaba Verónica, dirigiéndose a mí—. Y decidme… ¿queréis aprender para bailar en vuestra boda?

Me quedé muda. Ahí estaba otra vez esa sensación embarazosa de saber que llevábamos juntos tanto tiempo y sentir que era necesario dar el paso. Sin embargo, no habíamos vuelto a hablar de casarnos porque estaba harta de que Germán se mostrara tan nervioso cuando apenas tocaba el tema.

—No… Es para bailarlo en su cumpleaños. —Señalé a Germán.

Verónica sonrió y asintió con la cabeza.

—Vaya, ¡sí que va a ser un cumpleaños diferente!

—Queremos sorprender a nuestros amigos. Y además, nos gusta mucho bailar —le conté—. A Germán se le da muy bien.

Se removió inquieto, como si no le gustara que hablara de él. Era otra de las cosas que habían cambiado de su actitud, puesto que siempre le había encantado demostrar sus habilidades. Verónica nos indicó con un gesto que la acompañáramos al centro de la habitación.

—¡Fabuloso! Porque a veces viene gente que no sabe nada y cuesta mucho más. Pero si vosotros ya tenéis algunas nociones de baile, entonces será mucho más sencillo.

En esa primera clase nos enseñó unos cuantos pasos que Germán y yo aprendimos con rapidez. Durante la semana estuve visionando la película con la intención de acudir a la siguiente sesión con algo más aprendido. Verónica también la vio, grabó la BSO y la llevó a la escuela.

—He pensado que hoy podemos ensayar con la canción Hungry Eyes. ¿Qué os parece? —Nos dedicó una sonrisa radiante. A mí me caía genial, pero a Germán no le hacía ninguna gracia y yo no podía entender los motivos.

—Perfecto —dije juntando las manos y dando una pequeña palmada—. Me encanta ese tema.

Germán se encogió de hombros. Le cogí una mano y se la apreté, demostrándole que estaba agradecida por que me acompañara en algo que, en realidad, me hacía mucha más ilusión a mí que a él. Verónica nos pidió que nos pusiéramos cara a cara y que nos tomásemos de una mano. Él debía apoyarme la otra en la parte baja de la espalda; yo, en su hombro. Esbocé una sonrisa y Germán, a pesar de todo, me la devolvió.

—Vale. Mantened la columna recta y la cabeza alta. ¿De acuerdo?

Puso Hungry Eyes y se colocó detrás de Germán para enseñarle los pasos básicos. Cuando acabó el tema volvió a ponerlo; esa vez se situó a mi espalda y los tres bailamos como en la escena de la película en la que sonaba esa canción. Estaba divirtiéndome y pude notar que Germán también parecía algo más alegre.

«I’ve been meaning to tell you I’ve got this feelin’ that won’t subside… I look at you and I fantasize. You’re mine tonight. Now I’ve got you in my sights with these… Hungry eyes». («He estado intentando decirte que este sentimiento que tengo no desaparecerá… Te miro y fantaseo que eres mía esta noche. Ahora que te tengo ante mi vista con estos… ojos hambrientos»). Al tercer ensayo de la canción Verónica se apartó y nos dejó solos bailando. Estaban volviendo a mí todos esos mágicos sentimientos que me llenaban cuando Germán y yo bailábamos años atrás. No aparté los ojos ni un momento de los de él. Estaba segura de que los míos se mostraban tan hambrientos como los del cantante. Una mano en mi espalda mientras con la otra sujetaba la mía con suavidad, nuestros cuerpos juntos pero sin llegar a tocarse, nuestras miradas… Sinceramente, bailar con Germán era algo muy parecido a hacer el amor. Nos hablábamos en silencio, dejando entrever nuestros sentimientos con la letra de la canción y con cada uno de los pasos.

Decidí que, en lugar del tema del final de la película, en el cumpleaños de Germán quería bailar con él Hungry Eyes; así lo sentía mucho más cercano, tanto que casi podía rozar sus pensamientos.

—Entonces ¿no tendré que levantarte por los aires? —me preguntó, divertido.

—Bueno, podríamos decirle a Verónica que nos enseñe ese paso… si te apetece —bromeé.

Durante las semanas que ensayamos, todo regresó a la normalidad, aparentemente. Al menos así era las dos horas que pasábamos en las clases. El resto de los días actuábamos como siempre: nos levantábamos e íbamos al trabajo y no nos veíamos hasta la noche. Sin embargo, llegaba el sábado y yo estaba más radiante que nunca. También Germán parecía emocionado por haber recuperado las ganas de bailar.

Verónica nos enseñó unos cuantos pasos muy bonitos que al principio me resultaron un poco difíciles, pero gracias a Germán logré aprenderlos. En casa, cuando llegaba antes que él, ensayaba ante el espejo y me veía hermosa. Nos imaginaba a los dos en la fiesta de su cumpleaños, demostrando a todas las personas que acudirían que éramos los mismos de antes.

—Espero que más adelante queráis tomar más clases —nos dijo Verónica el último día de ensayo. Mientras Germán se ponía su sudadera, me llevó aparte y me susurró—: Quizá para vuestra boda… —Me dedicó una sonrisa sincera. Asentí con la cabeza, un poco nerviosa. No quería que nadie más me hablara de eso, por favor.

Llegó la semana del cumpleaños de Germán y los dos días anteriores a la fecha ya estaba nerviosísima. Quería que todo saliera muy bien y que la gente se sorprendiera del baile que íbamos a mostrarles. Decidimos celebrarlo en el chalet de sus padres; era tan grande que contaríamos con espacio suficiente, sin preocuparnos de tropezar con nada. He de reconocer que su madre era un poco pesadita. Siempre tenía que meterse en nuestros asuntos, dar su opinión —a veces de un modo un tanto cruel— y juzgarlo todo.

—Mi hijo me ha dicho que vais a bailar —me susurró al oído mientras me ayudaba a colocar los vasos y los platos de plástico en la enorme mesa que habíamos puesto en el jardín—. ¿Por qué no me lo habíais contado antes?

—Quería que fuera una sorpresa —contesté un poco seria. Ésa era otra cosa que no me gustaba. ¿Por qué Germán tenía que explicárselo todo sin decírmelo a mí?

—¿Y qué es lo que vais a bailar? —me preguntó con una sonrisita. Bueno, al menos eso a mi novio no se le había escapado.

—Ya sabes… ¡sorpresa!

Le guiñé un ojo y me metí en la cocina para ir sacando la comida. Se quedó en el jardín con mala cara. No le caía del todo bien, a pesar de que me conocía desde hacía tantos años… Pero yo tenía claro que para ella era yo quien no daba el paso de casarse con su hijo, y era una mujer tradicional que esperaba nuestra boda como agua de mayo. Sabía que, en alguna ocasión, agobiaba a Germán rogándole que le diéramos nietos pronto… Y, por eso, él la visitaba cada vez menos.

En cuanto comenzaron a llegar los invitados, ya me estaba mordiendo las uñas. Iba de aquí para allá preguntando si les gustaba el lugar, si estaban cómodos o si todo iba bien. Me había convertido en una auténtica anfitriona, madre mía. A Ana no le agradaba ir a los cumpleaños de Germán, pero, de todas formas, siempre acudía.

Mi novio se encontraba en uno de los rincones del jardín, saludando a sus amigos y demás asistentes. Parecía nervioso, confundido, inquieto… Lo achaqué al hecho de que, en un rato, seríamos el centro de atención de todos. No dejaba de repetir en mi mente los pasos del baile una y otra vez.

La velada transcurrió de manera apacible, la gente reía, la madre de Germán no se mostró demasiado pesada y él, poco a poco, parecía estar más desenvuelto. Cuando terminamos de comer y empezó a caer la noche, anunciamos a todos que teníamos algo que mostrarles.

—¡¿No me digáis que vais a…?! —Ésa era la madre de Germán, por supuesto.

—No, mamá, no —lo interrumpió él antes de que pudiera añadir nada más, con el ceño fruncido.

—¡Hola a todos…! —carraspeé—. Ya sabéis que este año ha sido difícil para nosotros dos porque trabajamos mucho y, bueno, estamos estresados… —Me detuve unos segundos, estudiando aquellos rostros—. Pero también sabéis que a Germán y a mí nos encantaba bailar, y hemos querido recuperar esos momentos.

—¡Me acuerdo de que erais los reyes de la pista! —gritó en ese instante uno de sus amigos.

Asentí con la cabeza, riéndome.

—¡Tú lo has dicho…! Por eso queremos ofreceros este baile que hemos preparado y esperamos que, poco a poco, os vayáis uniendo.

Hice una señal a mi hermana para que fuera hacia el reproductor de música y lo conectara. Me volví hacia Germán y él hacia mí. Nos quedamos mirándonos muy serios hasta que le sonreí con todo mi amor.

—Éste es mi regalo para ti —le susurré, para que nadie más nos oyera—. Espero que puedas leer en mi cuerpo todo lo que te quiero.

—Estoy seguro de que lo haré, Meli. —Y, aunque me pareció notar que estaba realmente nervioso, me devolvió la sonrisa.

Se había puesto guapísimo, con un pantalón negro ajustado y una camisa blanca que se le pegaba al cuerpo y me dejaba entrever lo fantástico que era. Por mi parte, me había comprado un vestido similar al que Jennifer Grey llevaba en el final de la película y me había anudado un lazo en el cabello.

Cuando alcé la mano para que me la cogiera, el pulso se me aceleró. Qué tontería… Habíamos bailado juntos en muchas ocasiones. Y, sin embargo, en el segundo en que su otra mano se posó en mi espalda, todo desapareció a nuestro alrededor. Y cuando empezó a sonar la música y nuestros pies iniciaron su marcha, mi corazón ya había echado a volar. Por mi mente pasaron un sinfín de recuerdos: el día en que lo conocí en el instituto, nuestra primera vez, las inolvidables fiestas, los amaneceres, todas las noches en que habíamos bañado las sábanas con nuestro deseo.

«I wanna hold you so hear me out. I wanna show you what love’s all about… Darling, tonight. Now I’ve got you in my sights with these hungry eyes». («Quiero abrazarte, así que escúchame. Quiero enseñarte lo que es el amor esta noche, cariño. Ahora que tengo mi vista en ti… con estos ojos hambrientos»). —«I feel the magic between you and I…»— me cantó Germán al oído.

Ya ni siquiera estábamos siguiendo los pasos que Verónica nos había enseñado, sino que bailábamos a nuestra manera, bien pegados el uno al otro, tal como nos gustaba. Cuando quise darme cuenta, algunos invitados se habían unido a nosotros. Pero no me importó, porque tan sólo podía ver esos ojos que me habían enamorado, ese mar en tempestad del que no quería salir aunque me ahogara. Hungry Eyes… Aparté la mano de su hombro y la llevé hasta su mejilla para acariciarlo.

—Al final no ha estado tan mal el regalo, ¿no? —le pregunté sonriendo.

—Ha estado fenomenal —contestó, alegrándome la noche—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. De verdad, Meli. Me conoces demasiado.

—Te quiero, Germán —le dije en voz muy bajita. Últimamente no nos lo decíamos muy a menudo, y sentí que ese momento era el más adecuado, con la hermosa canción de fondo.

—Y yo a ti. No lo dudes nunca. Ni siquiera en los momentos en los que estoy más serio contigo. —Me abrazó, con su mejilla apoyada contra la mía. Cerré los ojos para aspirar su aroma y perderme en él—. Incluso en ésos, mi corazón te pertenece.

Después empezó a sonar otra canción de Dirty Dancing y continuamos bailando sin hacer caso a los demás, hasta que algunos amigos acudieron y nos sacaron de nuestra mágica burbuja.

—¡Ha sido divertidísimo! Y precioso —exclamó una de la pandilla de Germán—. ¡Qué buena idea habéis tenido!

Incluso Ana y Félix se acercaron a nosotros y nos felicitaron por el baile que, según mi hermana, había sido muy elegante, mucho mejor que las canciones de salsa que en otras ocasiones habíamos bailado.

El resto de la noche lo pasamos un tanto apartados de los demás, rememorando viejos tiempos, bebiendo cerveza y riéndonos como locos. Los ojos de Germán brillaban una vez más, y me alegró haber sido yo la causante. Nos dimos muchos besos, como si quisiéramos recuperar todos los que no nos habíamos dado durante los últimos meses.

Sí… Al fin y al cabo, no todo fueron malos momentos. No todo fueron discusiones y corazones reconstruidos con viejas tiritas. No todo fueron llantos y soledad. Entre la tormenta que se avecinaba, también se asomó un poco de luz para iluminarnos. Y, realmente, deberían ser esos recuerdos, los que nos hacen resplandecer, los que ocuparan nuestro corazón.