28

Parpadeo un tanto confundida, intentando ocultarme de los rayos de sol que se cuelan por la ventana sin demostrar piedad por mis doloridos ojos. Me doy la vuelta en la cama y entonces, al abrirlos, me topo con los ojos almendrados de Héctor. Esbozo una sonrisa remolona impregnada de sueño. Estiro un brazo y lo apoyo en el pecho desnudo de mi novio. Se arrima más a mí y deja un beso en mi frente. Creo que no hay una muestra más sincera de cariño.

—Buenos días, mi aburrida —susurra.

Suelto un gemido que se asemeja al de una niña y vuelvo a cerrar los ojos, instalándome en esta comodidad que está haciendo que recupere la felicidad.

¡Cómo pasa el tiempo! Lo hace mucho más rápido cuando estás con alguien que logra que cada día te despiertes con ganas de comerte el mundo. Me cuesta creer que haya pasado un mes desde la tarde en que me atreví a buscar a Héctor. Y la verdad es que no me arrepiento por nada del mundo. Todos dicen que estoy cambiando, que la Melissa sonriente, divertida y optimista está regresando, y eso es algo que aún me otorga más fuerzas.

Héctor se porta demasiado bien conmigo. Durante estos treinta días he estado conociendo a un hombre cariñoso, amable, interesante, sofisticado, inteligente y divertido. Vale que tenemos algunos gustos diferentes, pero a pesar de todo, sabemos complementarnos. La segunda noche que pasé con él, nos tiramos un buen rato simplemente observándonos, reflejándonos en los ojos del otro, y comprendiendo que teníamos que estar juntos. Al fin y al cabo, antes de encontrarnos éramos dos personas sumidas en el dolor y la tristeza; ahora hemos hallado un modo de superarlos.

La tercera noche nos la pasamos hablando de nosotros mismos, de aquello que nos gustaba o que nos causaba mal humor, de nuestra infancia, de nuestra juventud, de nuestros anhelos e inquietudes.

Yo toqué por encima el tema de Germán porque he llegado a la conclusión de que no merece la pena estancarse en algo que pasó y ya no regresará, y Héctor, por su parte, apenas me contó un par de cosas acerca de su novia fallecida. Tampoco quise preguntarle más, ya que imaginé que aún le provoca dolor, y es normal.

—¿Café o té? —quise saber mientras nos tomábamos en su cama la comida china que habíamos pedido por teléfono.

—Creo que té —respondió sorbiendo sus tallarines.

—¿Playa o montaña?

—Montaña. Mis padres tienen una casa por Gandía y te aseguro que aquello es precioso. —Me sonrió.

—¿Qué tipo de música te gusta?

—De todo un poco. Pero prefiero la clásica, me hace sentir bien.

—¿Te gusta bailar?

—Creo que no soy muy buen bailarín… Parezco un mono loco cuando me pongo en serio.

Por poco manché la cama de la risa ante su respuesta. Aparté el recipiente de mi pollo con almendras y me quedé mirándolo con una ancha sonrisa.

—Pues a mí me encanta bailar, así que vas a tener que aprender.

—Por ti aprendería hasta a hablar suajili. —Alargó una mano y me acarició los labios manchados de aceite.

—¿Cuántos idiomas hablas?

—Cuatro. Español, inglés, francés e italiano.

—¿En serio? —Abrí los ojos, asombrada ante su respuesta—. Pues nada, yo te enseño a bailar y tú me das clases de italiano. Es una lengua que me encanta.

—¿A qué se debe este interrogatorio? —Dejó también su cena en la mesilla de noche y se colocó de lado para abrazarme.

—A que quiero saber todo de ti —contesté.

Posé mi mano en su mejilla, un poco áspera debido a la barba que empezaba a asomarle; no habíamos salido de la cama en todo el fin de semana. Bueno, nos habíamos duchado y habíamos pedido comida, por supuesto, pero lo único que nos apetecía esos primeros días era estar mucho más que juntos… Era apretujarnos hasta casi fundirnos en uno.

—Vas a saberlo todo, Melissa. Tenemos cientos y cientos de noches para hacerlo. —Y dicho esto, me abrazó y me besó con una ternura que me sorprendió.

La semana siguiente Héctor empezó a trabajar en la nueva revista y yo regresé a la oficina. Aunque esté escribiendo más que nunca, de algo hay que vivir. Héctor sabe de mi pasión por la escritura y, desde que puse los dedos sobre las teclas, no ha dejado de animarme. Incluso se ofreció a leer el manuscrito que tengo entre manos, aunque prefiero que lo haga cuando esté terminado.

Los días con él son mucho más sencillos de lo que habría creído. No hay oscuridad, sino lo contrario: si un día amanece nublado, me parece que me acompaña una aureola de luz. Supongo que eso es lo que sucede cuando inicias una relación con alguien que te hace sentir querida, aunque lo había olvidado por completo. Pero siempre que Héctor me mira, siento que soy yo, y todo lo demás desaparece y comprendo que, esta vez, no me he equivocado.

Apenas pienso en Germán. Es más, podría decirse que he conseguido ahuyentarlo casi del todo. Hay algún gesto de Héctor que quizá me recuerde a él, y cuando quedo con Aarón es inevitable que aparezca algo de nostalgia… Pero es una nostalgia serena que ya no me provoca dolor. También estoy aprendiendo a encontrar todas las diferencias entre Aarón y mi exnovio. No, no son iguales; yo me monté esa historia en la cabeza.

—¿Sabes qué día es hoy? —me pregunta Héctor de repente, sacándome de todos esos pensamientos.

—¿Cuál? —Me desperezo en la cama.

—Me toca conocer a tu hermana. —Se incorpora y apoya un codo en el lecho, mirándome con una sonrisa.

—Vaya, es verdad.

Observo el techo poniendo morritos. ¡Con lo que me habría gustado quedarme el resto del día en la cama! La verdad es que Héctor y yo estamos aprovechando todo lo que podemos para estar juntos y recuperar el tiempo perdido, por lo que cuando salimos del trabajo tomamos algo juntos. Sin embargo, son los fines de semana cuando de verdad podemos refugiarnos en nuestros cuerpos y disfrutar de cada minuto.

—Pues no me apetece nada de nada… —Suelto un suspiro.

—Me dijiste que se lo habías prometido.

—Es que no sabes lo pesada que se pone. —Ladeo el rostro para mirarlo y dedicarle una sonrisa—. Siento mucho que tengas que pasar por esto.

—Pero ¿qué dices? Si me parece estupendo…

Se levanta de la cama de un salto y me ofrece una magnífica panorámica de su cuerpo desnudo.

Madre mía, si es que es perfecto.

—¿De verdad no te molesta tener que conocerla cuando sólo hace un mes que estamos juntos?

Pongo cara de preocupación. Detesto establecer vínculos tan pronto, pero desde que Ana se enteró de que estaba saliendo con alguien, ha estado insistiendo en que tenía que presentárselo porque cree que es Aarón, aunque le haya asegurado que para nada.

—Pues no. De hecho, me hace feliz saber que confías tanto en mí.

Apoya las manos en la cama, se inclina y acerca su rostro al mío, ofreciéndome sus labios. Los saboreo, deleitándome en las cosquillas que han aparecido en mi vientre.

—¿Crees que nos da tiempo a…?

—Melissa, eso va a tener que esperar. —Me muestra una sonrisa picarona que me vuelve loca—. Créeme cuando te digo que ahora mismo me lanzaría sobre ti y te devoraría, porque estás preciosa. Pero mira la hora que es. Y tú misma me has asegurado que a tu hermana no le gusta esperar.

Suelto otro suspiro resignado. Héctor me guiña un ojo y se marcha al cuarto de baño. Minutos después, el sonido del agua llega hasta mis oídos. Me quedo un ratito más en la cama, oliendo las sábanas y la almohada que están impregnadas de nuestros aromas. Estoy acostumbrándome al de él y, aunque me causa un poco de inquietud que todo esté avanzando tan aprisa, lo cierto es que, por otra parte, me parece maravilloso que esté tan implicado. Está enamorado de mí, y me sorprende no haberme dado cuenta porque me ha asegurado que hacía tiempo que me guardaba en su corazón.

Al cabo de un rato sale del cuarto de baño con una toalla alrededor de la cintura. Me pongo de lado para contemplar todos sus movimientos y me regocijo en ese tatuaje que siempre me saca un jadeo cuando lo tengo delante. Se percata de que lo observo y sonríe, orgulloso. ¡Qué tío! Si es que sabe que vuelve locas a las mujeres. Saca de su armario unos vaqueros y una camisa celeste y empieza a vestirse. Y yo todavía remoloneando en esta cama que hemos fabricado con nuestras huellas.

Justo ahora suena mi móvil. Antes de cogerlo sé que es Ana quien llama. Al descolgar, ni siquiera me saluda, sino que me ataca con su nerviosa voz:

—Mel, no te has olvidado de nuestra cita, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Es más, Héctor ya se está arreglando.

Lanzo una mirada a mi novio, indicándole que es Ana.

—Al final Félix no puede venir porque a su padre se le ha estropeado el coche y tiene que ir a echarle un vistazo —me explica, un poco triste. Si es que ella y mi futuro cuñado apenas se despegan. De verdad, no sé cómo aún no se han casado. Es totalmente incomprensible.

—Pues si quieres lo dejamos para otro día…

—¡Ni hablar! —No me da tiempo a terminar la frase. Ahogo una risa y observo a Héctor, el cual me mira con la cabeza ladeada—. Llevo tiempo esperando este momento, así que ahora nada ni nadie me lo va a quitar.

—Lo dices como si fueran a entregarte el premio Nobel o algo así —bromeo.

Me levanto de la cama para ir al baño. Cuando paso por delante de Héctor, me da un cachetito juguetón en el trasero.

—Deberían hacerlo por todo lo que te he aguantado. —Oigo una voz conocida al otro lado de la línea—. Oye, que Félix dice que lo siente mucho, pero que en cuanto pueda quedamos los cuatro.

—Claro, descuida.

—¡Nos vemos en una hora!

Ana me cuelga, como ya es habitual en ella, sin despedirse. Cierro la puerta del baño y me meto en la enorme y estupenda ducha de mi novio. Me tiro un buen rato en ella, deleitándome en el agua caliente y usando los múltiples geles que este hombre tiene, todos bien espumosos y con un olor magnífico. Héctor sabe cómo cuidarse, y es algo que me encanta porque así yo también puedo disfrutar.

Cuando estoy saliendo del cuarto de baño, entra para peinarse. Intenta que su rebelde cabello se ajuste al peinado que él quiere. Me enrollo la toalla alrededor del cuerpo y lo abrazo por la espalda.

—¿Por qué te arreglas tanto? —le pregunto, juguetona.

Me mira a través del espejo y enarca una ceja de manera seductora. Me echo a reír sin poder evitarlo.

—Quiero estar perfecto para tu hermana.

—Oye, que a la que tienes que seducir es a mí, no a ella.

Permito que se dé la vuelta y que me ponga las manos en la cintura. Me observa de arriba abajo con esa mirada que me provoca más de un temblor.

—Melissa, tu hermana va a enamorarse de mí en cuestión de minutos —dice, sacando al Héctor que a mí me caía un poco mal antes de conocernos.

—¡No seas engreído! —Le doy un cachete en el hombro.

Lo dejo en el baño y me deslizo hasta el dormitorio para vestirme. Suelo pasar los fines de semana aquí, así que me traje unas cuantas prendas por si algún día salimos. Me decido por una falda de tubo negra y una blusa de color magenta. Cuando regreso al aseo para terminar de acicalarme, él está terminando de arreglarse el pelo. Tiene el mismo aspecto rebelde de siempre, pero me encanta. Me maquillo bajo su atenta mirada: un poco de rímel, colorete y mi pintalabios rojo, que nunca me abandona. Lanzo un beso al espejo. Oigo una risa a mi espalda.

—No sabía que eras tan coqueta —dice Héctor, divertido.

—¿Nos vamos?

Asiente con la cabeza. Levanta un brazo y me lo ofrece. Paso la mano por él y salimos por la puerta como si fuésemos una dama y un caballero de otra época. Una vez abajo nos dirigimos a su coche; siempre me traerá bonitos recuerdos de nuestra primera cita. Héctor abre la puerta y se inclina hacia delante, como haciendo una reverencia.

—Suba, bella señorita.

Me echo a reír. Le lanzo un beso al aire y él lo atrapa. ¿Desde cuándo somos tan moñas? Madre mía, pero si dentro de poco nos saldrán arcoíris y corazones por la boca. En fin, supongo que es lo que sucede cuando eres feliz. Antes me burlaba de esas parejas que se pasan el día pegadas o que se tiran quince minutos dándose un morreo en pleno centro. Pues creo que ahora soy una de esas personas, ¡por Dios!

—¿Tenemos que recoger a tu hermana? —me pregunta ya en la carretera.

—No. Vendrá con el coche de Félix.

—Sólo me has dicho que es pesada… ¿Algo oscuro que deba saber? —Esboza una sonrisa con la vista posada en el frente.

—Pues… Ana es… seria. —Me encojo de hombros, sin saber qué más decirle.

—Pero ¿no eras tú la aburrida de la familia?

Chasqueo la lengua y lo miro con expresión divertida. Le señalo una plaza libre que nos hemos pasado, y enseguida da la vuelta a la rotonda para regresar.

—Lo que sí te digo es que es una tía muy legal y que se preocupa mucho por los demás.

—Entonces nos llevaremos bien —me asegura.

Y eso espero, porque a medida que se acerca la hora de presentarlos voy poniéndome más y más nerviosa. ¿Y si Héctor no le cae bien a mi hermana? ¿Y si, después de la cita, me llama para decirme que no es el hombre adecuado para mí?

—¿Vamos? —Cuando quiero darme cuenta, Héctor no sólo ha aparcado sino que incluso se ha quitado el cinturón y me está esperando—. ¿Estás bien? —me pregunta con cara de preocupación.

—Venga.

Me desabrocho el cinturón yo también y abro la puerta. Al salir una vaharada de poniente me da de lleno. Ya estamos casi a finales de septiembre, pero el calor parece no querer abandonarnos. En cierto modo me alegra, ya que soy muy friolera. Pero ¡esto ya es pasarse! Enseguida empiezo a sudar y me echo un vistazo disimulado a las axilas, para comprobar que no ha aparecido ninguna mancha.

Ana y yo hemos quedado en uno de nuestros restaurantes preferidos, La Tagliatella. Hacen una pasta y unas pizzas buenísimas, y los precios no están nada mal. En cuanto me llega el olor a comida, mi estómago se lanza a la carrera soltando un gruñido. No he desayunado nada, así que me muero de hambre.

—Estará dentro ya —digo a Héctor, haciéndole un gesto para que pasemos nosotros también.

Un camarero se acerca a nosotros y nos pregunta si deseamos una mesa para dos. Niego con la cabeza y le explico que estamos buscando a una chica con la que hemos quedado. Nos indica con la mano que lo acompañemos y, unos segundos después, descubro a mi hermana toqueteándose el pelo de manera nerviosa. Creo que eso es en lo único que nos parecemos. Nadie diría, por nuestro aspecto físico, que somos hermanas. Ella es rubia; yo soy morena. Ella tiene los ojos azules; yo los tengo negros. A ella le va más la naturaleza y a mí los bichos me dan asco. Es reservada y piensa mucho antes de actuar, a diferencia de mí, que siempre me lanzo a la primera, sobre todo cuando algo me molesta.

Me estrecha con fuerza entre sus brazos. Sonrío al notar la calidez que me traspasa y su perfume a azahar me recuerda a aquellos meses de verano en los que jugábamos juntas de pequeñas. Siempre será mi hermana mayor, a pesar de que ya seamos adultas. Siempre será la que me ayudó tanto a superar lo de… Bueno, ni siquiera me apetece mencionar su nombre. ¡Y eso no significa que no esté curada! Sólo es que no quiero estropearme el día.

—¿Cómo estás, cielo? —me pregunta, separándome un poco para echarme un vistazo—. Vaya, pues muy guapa. Se te ve bien.

—Estoy contenta —afirmo.

—Bueno, pues preséntame a tu chico, ¿no?

Ana se asoma por mi hombro para mirar a Héctor. Aprecio la sorpresa en sus ojos. Vamos, que le ha gustado aunque imagino que está pensando lo mismo que todas las mujeres que lo vemos por primera vez: que tiene pinta de engreído.

—Encantado, Ana. —Héctor se me adelanta. Se inclina sobre ella, cogiéndola por la nuca, y le planta dos besos. Cuando se separa, mi hermana tiene la boca abierta—. Melissa me ha hablado mucho de ti, pero se ha quedado muy corta. Eres mayor que ella, ¿no? Pues déjame decirte que estás estupenda.

—Gracias… —responde Ana; no puede articular más palabras. Se ha puesto roja como un tomate, así que tengo que apartar la cara para disimular la risa.

Al principio y hasta que nos traen los entrantes, ninguno de los tres hablamos mucho. Es como si mi hermana se hubiera quedado sin argumentos ante Héctor, y me preocupa porque no sé qué está pensando. Pero, una vez que se ha acabado su primera copa de vino, la lengua se le suelta. Se inclina hacia Héctor, le pide con un dedo que se aproxime y le sonríe.

—No te conozco casi nada, y Mel nunca me había hablado de ti hasta que empezasteis a salir, pero creo que eres perfecto para ella.

—¿Ana? —Estoy sorprendida.

—Bueno, supongo que yo tampoco intenté ser nadie en su vida durante mucho tiempo —responde Héctor, y vuelve el rostro para mirarme. Me pongo un poco nerviosa; me preocupa que se sienta molesto porque nunca hasta ahora había hablado a Ana de él.

—¡Y resulta que eras su jefe! —Mi hermana lo señala con la mano abierta y una gran sonrisa en la cara—. Cariño, lo has tenido delante de ti todo el tiempo… ¡Y pasabas de él! —Me hace un gesto para que le rellene la copa, pero Héctor se me adelanta de nuevo. Ana bebe más de la mitad sin dejar de mirarnos—. Mira que puedes llegar a ser tonta a veces… —Ladea los morros, poniéndome mala cara.

—Voy a ir al baño. ¿Me acompañas?

La miro de manera que se dé cuenta de que no tiene otra opción. Asiente con la cabeza. Nos levantamos y nos marchamos en dirección a los servicios. Una vez en ellos, cruzo los brazos ante el pecho y espero a que me diga algo, pero como se mantiene callada, lo hago yo.

—Oye, no empecemos. ¿Vamos a tener la fiesta en paz?

—Sólo decía que me parece fatal que estuvieras lamentándote de que nadie te quisiera y tenías a ese hombre que…

—¡No lo sabía! —exclamo un poco enfadada. Mi hermana se me queda mirando con los ojos muy abiertos y, en ese momento, comprendo que algo no marcha como debería—. Oye, ¿estás bien?

—Claro que sí —contesta, aunque aparta la vista y la posa en sus zapatos—. ¿Por qué me preguntas esa tontería?

—No sueles beber, y me parece que hoy vas a meterte entre pecho y espalda la botella de vino entera tú solita.

—Estoy pasándomelo bien con mi hermana y con su maravilloso novio nuevo.

¿Lo ha dicho con retintín?

—¿Va todo bien entre Félix y tú? —Por un momento se me pasa por la cabeza que él no ha venido porque han discutido.

—Esa pregunta no tiene sentido. —Me mira con los ojos entrecerrados, poniéndose a la defensiva. Alzo las manos y me encojo de hombros. Estoy a punto de salir cuando me explica—: Es que trabajamos mucho y estamos cansados. Sólo eso.

—Está bien.

Regreso al comedor sin esperarla. Sé que me está mintiendo, pero no insistiré porque cuando se le pregunta por algo que la incomoda se pone de muy mala leche, y no me apetece estropear la cita con Héctor.

—¿Pasa algo? —quiere saber él cuando me siento enfrente.

—Nada. Que a veces a Ana se le va la pinza.

—Parece una chica muy maja. —Alarga una mano y la pone sobre la mía.

En ese momento mi hermana acude hasta nosotros y toma asiento con la mirada gacha. Me fijo en que tiene los ojos rojos y no puedo evitar preguntarme si ha estado llorando. Sin embargo, a los pocos segundos alza el rostro y nos dedica una sonrisa espléndida. Así es ella: capaz de ocultar lo que siente.

—En serio, chicos, que estoy muy contenta por vosotros. —Mira a Héctor, el cual pone toda su atención en ella—. Sólo espero que trates bien a mi Mel, que ha sufrido demasiado.

—Ana…

—Lo sé. Y por eso te aseguro que cuidaré de ella. —Mi novio le sonríe a su vez, y Ana casi se queda patidifusa—. Y ella lo hará de mí. Ambos nos necesitamos.

Posa su mirada en la mía, y yo no puedo más que parpadear y soltar todo el aire que había estado conteniendo. Y Ana parece estar a punto de llorar.

Cuando terminamos de comer y salimos a la calle, me fijo en que ya se le saltan las lágrimas. Miro a Héctor con cara de susto, y él se encoge de hombros como preguntándome qué sucede. Me acerco a Ana y ella se agarra a mí como una lapa, apoyando su cara en mi hombro y mojándomelo todo.

—¿De verdad estás bien? Porque no me lo parece…

—Sí, sí… —dice entre sollozos. Alza el rostro y me mira con la nariz enrojecida—. Es que, después de todo lo que hemos pasado, aún no puedo creer que estés sonriendo, tan contenta… —Vuelve a abrazarme y yo no puedo más que sonreír. ¡Será tonta!

—Pues aplícate el cuento y deja de llorar. —Esta vez la regaño yo, ¡y lo bien que me sienta!

Antes de marcharnos, decidimos tomar algo en una heladería cercana. Ana y Héctor charlan animados: ella no deja de lanzarle una pregunta tras y otra y él contesta a todas sin borrar la sonrisa del rostro. Y lo único que soy capaz de hacer es observarlos y sentir que sí, que todo va bien y que, por fin, me ha llegado la oportunidad.