13
—Hola —saludo con una vocecilla que apenas reconozco.
—¡Hola, Mel! —Dania, como siempre, tan animada.
Echo un vistazo al reloj. Son las siete de la tarde de un sábado y quizá ella ya tenga algún plan. Es más, sería raro que no lo tuviera.
—Me preguntaba si podríamos quedar.
—¿Hoy? —Guarda silencio unos instantes y, después, responde muy contenta—: ¡Claro que sí! Fíjate que no sabía qué hacer… Y tengo ganas de cazar. —Se le escapa una risita traviesa.
—¿Qué podríamos hacer? Necesito pasármelo muy bien, Dania.
—Entonces déjamelo a mí. Sabes que soy capaz de conseguir que te diviertas mucho, nena —dice de manera pícara, y me echo a reír.
—¿Te apetece que vayamos a cenar también? —le propongo. Lo único que quiero es estar acompañada de alguien porque la soledad se abalanza sobre mí. A pesar de ser verano, me parece que la casa está demasiado fría.
—Claro que sí. ¿De qué tienes ganas? ¿Chino? ¿Japonés? ¿Italiano? ¿Burger King?
—Lo que tú prefieras.
—Pues ya lo veremos después. ¿Quedamos a las nueve y media?
Contesto con un suave «sí». Sé que esta noche hablaremos sobre lo que me está sucediendo y, aunque tengo un poco de miedo, necesito contárselo.
—¿Te molesta si viene Ana con nosotras?
—Por supuesto que no. Llámala. Oye, cuelgo ya, ¡que quiero ponerme bien guapa! —Antes de que pueda despedirme, oigo el pitido al otro lado de la línea.
En realidad, no voy a decirle a Ana que también iremos a cenar porque no me apetece que esté delante cuando explique a Dania lo que me ocurre con Héctor y con Aarón. Marco el número de mi hermana. Después de dos tonos, lo coge.
—Sólo me llamas cuando te interesa —dice de inmediato. La noto un poco ofendida.
—Te juro que quería quedar, pero he estado muy ocupada —me disculpo. Ana me llamó varias veces para tomar juntas un café o para comer, pero estuve evitándola.
—No sé si creerte. Seguro que has estado viéndote con ese hombre.
—Pues sí. Pero sólo porque me está pintando.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso? —pregunta ella en tono sorprendido.
—Es pintor. Luego te lo explico.
—¿Luego?
—Dania y yo hemos quedado para ir de fiesta. ¿Te apuntas o qué?
—¿Hoy? Preferiría que me hubieras avisado con un poco más de antelación… —Ya le está saliendo la vena protestona.
—¿Vienes o no? —le digo con impaciencia.
—¿Puede acompañarnos Félix?
—Ana, ésta va a ser una noche de chicas. —Pongo los ojos en blanco, aunque ella no me ve—. ¡Decídete ya!
—Vale, está bien. Voy un ratito, pero porque quiero que me cuentes todo, y la única forma en que seas sincera es viéndote la cara.
—Pasaremos a por ti alrededor de las once.
Esta vez soy yo la que no le concede tiempo para despedirse. Me apresuro a ir al baño para darme una buena ducha y quitarme de encima este aspecto de moribunda. No sé si lo conseguiré, pero al menos voy a intentarlo. Me apetece estar deslumbrante; después de todo, me lo merezco. Trato de relajarme bajo el agua, pero lo cierto es que al cerrar los ojos lo único que consigo es que aparezcan los de Aarón o los de Germán. Y, si los abro, las gotitas me recuerdan a las que Héctor tenía en el rostro en nuestro último encuentro. Y me sorprendo deseando lamerlas, ansiosa por que él vuelva a recorrer mi cuerpo con su mirada.
Una vez fuera de la ducha, escarbo en el armario como una loca para encontrar el mejor atuendo. Al final me decanto por unos pantalones cortos ajustados y una camisa de tirantes de color negro que realza mis ojos y mi cabello. En los pies me calzo unos zapatos sin demasiado tacón; no quiero que luego me duelan las plantas. Regreso al cuarto de baño y me aplico base en la cara. Después me curvo las pestañas, me pinto la raya, me pongo colorete en las mejillas y carmín rojo en los labios.
Bueno… ¡al final no estoy tan mal! Me dejo el cabello sin secar, con la intención de que se me ondule un poco al contacto con el aire.
Antes de salir de casa, me doy cuenta de que no hemos quedado en ningún sitio, así que me veo llamando otra vez a Dania. Ella contesta con voz agitada.
—Mel, estoy llegando a tu casa.
—Ah, entonces ¿vienes tú a por mí?
—En cinco minutos estaré ahí —dice muy alegre. Me cuelga de nuevo antes de que yo pueda añadir nada más. ¡Qué manía tiene!
Y justo cinco minutos después el timbre suena. Como sé que es ella, no me molesto en contestar.
Cojo un bolsito pequeño y meto en él el móvil, el pintalabios, la cartera y un paquete de pañuelos. ¡Hay que ver, hasta en los más pequeños nos caben un montón de cosas! Espero el ascensor con impaciencia; por lo que parece, alguien lo ha cogido antes que yo. Como me canso muy pronto, acabo bajando por la escalera. En cuanto Dania me ve, me saluda desde fuera de manera muy efusiva.
—Tienes un vecino buenorro y no me lo habías dicho… —Ésa es su forma de recibirme.
—¿Un vecino buenorro? Que yo sepa, no. —Me quedo pensativa, porque ahora mismo no se me ocurre ninguno.
—¡Que sí! Castaño tirando a rubito, ojos claros, buen cuerpo… —me explica al tiempo que echamos a andar. Caigo en la cuenta de que se está refiriendo al del segundo.
—Pero Dania, ¡a ese chaval no le echo más de veinticuatro años!
—¿Y qué? Si está bien, hay que reconocerlo.
A ver, Pablo —que así se llama— es bastante guapete, pero es un yogurín. Pero si le di clases de repaso cuando todavía era un crío, por favor…
—Sabes lo que dicen, ¿no? Que si te acuestas con niños, te despiertas meada.
—Bueno, quizá no es algo tan malo —responde Dania con una sonrisita.
—¡Mira que eres cerda!
Le doy un cachetito amistoso en el antebrazo. Se echa a reír y me coge del bracete, estudiando mi atuendo.
—¿Por qué no te has puesto más destroyer, chica?
—Porque entonces tendría que pasar a llamarme Dania —le contesto en broma. Esta vez es ella quien me da una sacudida amistosa.
Echo un vistazo a su ropa. Como es de esperar, mi amiga no se ha podido poner más sexy. Lleva un vestido de color plateado muy sencillo que, sin embargo, en su cuerpo es una bomba a punto de estallar. No se ha puesto sujetador, así que sus pechos se balancean de un lado a otro en su mejor expresión de la libertad. Con esos tacones me hace parecer una enana a su lado, a pesar de que soy una mujer de estatura normal tirando a alta. Y lo mejor es que es capaz de caminar con una desenvoltura que ya quisiera yo.
—¿Vamos a ir a cenar a un Burger King contigo de esta guisa? —le digo señalándole el minúsculo vestido.
—No. He pensado que me apetece algo más sofisticado. ¿Por qué no vamos al japonés que hay en el centro? El Osaka… o algo así.
—Por mí perfecto.
Y allí que acabamos. Nada más entrar, todos los hombres alzan la cabeza y se quedan mirando a Dania. Se les van a salir los ojos de las órbitas, por favor. Una mujer da un golpecito en la mano a su marido —o quizá su pareja— para que aparte la vista; me aguanto la risa. Dania va delante de mí con sus andares de gata salvaje, sintiéndose muy orgullosa de las pasiones que va levantando. Nos pedimos un montón de comida porque mi amiga dice que después va a darle bien a la bebida y que es mejor tener el estómago lleno. Pues lleva razón.
—¿Por qué no ha venido tu hermana? —me pregunta con sus uñas rojas apoyadas en el cristal de la copa de vino.
—Después. Prefería estar contigo a solas en la cena —le contesto con un sushi a medio morder en la mano.
—Quieres contarme algo, ¿eh? —Me mira con una sonrisita, inclinándose hacia delante—. ¿Sobre Aarón o sobre Héctor? Porque, chica, ya no sé quién es quién…
Se está burlando de mí, la jodía. Pero advierto cierto resquemor en sus palabras. Seguro que le gustaría ser ella la que estuviera en mi situación. Pues se la daba encantada.
—De Aarón… Nada de nada. No sabes cuántas tonterías he hecho para llamar su atención.
—Ya te dije que era selectivo.
Echa un vistazo a todo el restaurante hasta posar la mirada en un hombre de mediana edad, bastante atractivo, que va acompañado de otro hombre y de una mujer. Alza la mano y agita los dedos de manera disimulada.
—¡Por favor, no hagas eso! —la regaño, completamente avergonzada—. Puede que ésa sea su esposa o su novia… o algo.
—No lo creo. Si no, no estaría mirándome así. —Vuelve la mirada de nuevo hacia mí. Antes de continuar hablándome, mastica su comida—. Oye, que con lo de «selectivo» no quiero decir que tú no estés bien…
—Mira, me da igual. ¡No pasa nada! Ya soy adulta y puedo soportar unas calabazas.
—Pues nuestro jefe no te da calabazas precisamente… —Tiene un brillo malicioso en los ojos. Se inclina hacia mí, y su perfume me da en toda la cara. Pero ¿cuántos litros se ha puesto?—. Dime, ¿habéis vuelto a follar?
—¡Dania, baja la voz o te dejo aquí sola! —me quejo.
Observo a nuestro alrededor por si alguien la ha oído. Pero únicamente el hombre que miraba a Dania antes tiene su atención puesta en nosotras.
—Esta semana te has comportado de forma muy rara en la oficina. ¡Si no has salido de tu despacho ni a mediodía!
La verdad es que me llevé comida de casa todos los días para no tener que aparecer por los pasillos. Pensaba que si me encontraba con Héctor, todo se iría al traste. He estado esquivándolo, y él tampoco ha dado señales de vida. Vamos, sé que ha regresado a la oficina, pero no ha venido a visitarme ni nada. Tan sólo me ha enviado correos en los que me encargaba correcciones y más correcciones. Creo que alguna se la ha inventado y todo.
—Eso es porque no quiero cruzarme con Héctor.
—Pero ¿eres tonta o qué? Yo habría acudido a su despacho y le habría dicho que estaba dispuesta a todo en su mesa, en su silla o donde fuese. —Dania ladea la cabeza con gesto de disgusto, como si mi actuación hubiera sido reprochable.
—Pues ya sabes.
—Es que, a ver, no lo entiendo. Te acostaste con él y estuvo bien, pero huyes como una loca.
—Vino a mi casa. —Tenía que soltarlo. Dania pondrá el grito en el cielo, pero no podía guardármelo más.
—¡¿Perdona?! ¿Y eso por qué? Fue a darte mambo, ¿verdad? —Se me queda mirando, pero no contesto; estará montándose su propia fantasía. Da una palmada y un grito tan fuerte que me asusta a mí y a los comensales de las mesas cercanas—. ¡Vaya, lo sabía! Después de tanto tiempo sólo con plástico entre tus piernas… ¡ahora estás convirtiéndote en una ninfómana!
—¡Por supuesto que no, Dania! —exclamo un tanto ofendida y avergonzada.
El hombre en el que se había fijado nos está mirando con gesto divertido.
—¿Lo llamaste tú?
—¡No! Fue él quien, de repente, acudió sin avisar.
—Ya estás contándomelo todo con detalles. —Se lleva otro sushi a la boca, pero lo hace con el rostro vuelto hacia ese hombre que la observa con deseo.
—Te lo cuento si dejas de comportarte como una mujeruca.
—¿Mujeruca? Esa palabra se utilizaba en la Edad Media. —Pero me hace caso y, de nuevo, se vuelve hacia mí y se pone a comer de forma decente.
—Nos acostamos otra vez. Y ya está. Ésa ha sido la última porque yo no estoy dispuesta a entrar en su juego. —Me limpio los dedos con la servilleta y doy un trago al delicioso vino.
—¿Qué juego? ¿Ha sacado su cinturón al final?
Suelto un suspiro, un tanto resignada. Está claro que no es posible mantener una conversación normal con Dania. Se ríe y coge su copa, inclinándola de un lado a otro.
—Mel, a veces está bien tener un follamigo. O dos, si después se da el caso. —Sé que se refiere a Aarón.
—A mí no me apetece nada que Héctor me quiera sólo para sexo —respondo, molesta. A ver, no soy como Ana. Lo tradicional me da igual. Me parece perfecto el sexo libre de compromisos. Sin embargo, creo que no estoy preparada para tenerlo con Héctor. Y encima me siento culpable por acostarme con él y luego pensar en Aarón.
—¿Y puedes explicarme por qué no?
Dania ladea el rostro y escudriña el mío con curiosidad. Su pelo de fuego le cae por el escote, otorgándole un aspecto de lo más irresistible. El hombre de la otra mesa también se ha dado cuenta porque está pasando por completo de sus amigos.
—No, no puedo explicártelo. —Me encojo de hombros. Realmente ni yo misma sé lo que me pasa con ese hombre.
—¡No me digas que el jefe te gusta más de lo que creíamos! —Abre mucho los ojos, completamente sorprendida.
—Por supuesto que no.
Agacho la vista, posándola en mi plato con el pato a medio probar. ¿Cómo va a gustarme Héctor? Vale que me atrae, que es guapísimo, sexy y todo lo que queramos, pero de ahí no pasa la cosa.
—¿Entonces…?
—Necesito que me den mimos.
—Me parece que Héctor no es de ésos. —Dania se queda pensativa.
—No, creo que no.
Recuerdo la manera en que hemos tenido sexo; tan bestial, tan primitivo y lleno de rabia. Es de la única forma en que parece querer dármelo. Y detesto reconocer que yo también se lo entrego así. Me gusta el sexo duro, claro que sí, pero también con algo de ternura. No estaría mal que después de hacerlo la otra persona se quedara abrazada a mí. Pero es algo que con Héctor no puede ocurrir. Es más, ni siquiera se lo permitiría.
Dania ya se ha cansado de hablar de mí y ahora pasa a contarme alguna de sus experiencias. Nunca son iguales. Si tuviera que hacer una lista con los tíos con los que ha estado, rellenaríamos libretas y libretas. Debería escribir un nuevo Kama Sutra porque estoy segura de que ha inventado nuevas posturas. Estamos con el postre cuando me doy cuenta de que alguien se ha acercado a nuestra mesa. Es el hombre con el que Dania ha estado tonteando durante toda la cena.
—Buenas, señoritas… —Parece muy educado y viste de manera elegante. Así, a ojillo, le echo unos treinta y cinco o treinta y seis años. Quizá tenga cuarenta, pero la verdad es que se mantiene bastante bien. Es moreno, y lleva un corte de pelo moderno y desenfadado. Tiene los ojos y la piel muy oscuros—. Estaba cenando con mi hermano y mi cuñada… —Señala la mesa en la que se han quedado sus acompañantes, que cuchichean entre ellos—. Y no he podido evitar fijarme en lo bonitas que son ustedes.
—¿En serio? Pues muchas gracias. —Dania finge inocencia, a pesar de que es evidente que ha estado provocándolo todo el rato—. Pero tutéanos, por favor, que todavía somos jóvenes. —Le dedica una de sus sonrisas devastadoras.
—Me llamo Samuel. ¿Y vosotras sois…? —Alarga una mano, pero la espabilada de Dania se levanta con toda su gracia y le planta dos besos bien cariñosos.
—Yo soy Dania. Y ésta es mi amiga Melissa. —Me señala.
Me limito a estrechar la mano del hombre. Si en realidad en quien está interesado es en ella, ¿para qué voy a ser más amable?
—Me preguntaba si, después de la cena, os apetecería tomar una copa conmigo.
Dania se me queda mirando como interrogándome. A ver, ¡si al final ella aceptará por las dos! Por un momento se me ocurre que a este tío le ponen los tríos, y estoy a punto de decirle a mi amiga que conteste que no.
—Claro que sí… En cuanto acabemos aquí, nos vamos a un local de moda que se llama Dreams. ¿Lo conoces?
Cuando dice el nombre, casi escupo el vino que tenía en la boca. Pero consigo tragarlo y le dedico una mirada asesina.
—Pues la verdad es que no. Pero no os preocupéis. Lo buscaré en mi GPS… —Samuel se vuelve hacia la mesa de sus acompañantes, que ya están levantándose para marcharse—. Voy a acompañarles a su casa, pero nos vemos dentro de un rato, ¿no?
—Claro. Te esperamos allí. —Dania le guiña un ojo y apoya una mano en su hombro para despedirse con otros dos besos. Y yo otra vez con mi mano.
—¿No puedes ser más simpática? —me reprocha una vez que Samuel se ha marchado.
—Como me dejes sola esta noche, te mato.
—Tranquila que no. No al menos hasta la madrugada, claro. —Parpadea, poniendo ojitos—. Además, si viene también tu hermana… —Se lleva a la boca una cucharada enorme de helado.
Terminamos nuestros postres, y cuando ya estamos fuera del restaurante le canto las cuarenta. Vamos calle abajo mientras le chillo como una posesa.
—¡¿Qué quiere decir eso de que vamos al local de Aarón?! Tú quieres joderme pero bien.
—Mel, Mel… Tranquilita. —Alza una mano para que me calme, pero ahora mismo tengo ganas de matarla—. Llamé a Aarón en cuanto te colgué y me dijo que hoy no iba a estar allí. Así que no te preocupes, loca.
—Estás mintiendo. Como me lo encuentre, ¡te despellejo viva!
—Deberías escribir novelas de terror y no amorosas.
Cogemos mi coche para ir a por Ana. Le pediré que se quede a dormir en mi casa porque quiero beber y no pienso conducir para llevarla a la suya. Y si no, que venga Félix a buscarla.
Comparada con nosotras, mi hermana parece una monja de clausura. No me explico que, siendo verano y con el calor que hace, lleve unos pantalones largos y una camiseta de manga corta.
—Ana, ¿sabes que vamos a bailar? —le digo para picarla.
—¿Y…?
—Pues que podrías haberte puesto algo más bonito, ¿no?
—¿Estás insinuando que mi ropa es fea? —La veo arquear una ceja a través del retrovisor.
Por el camino Dania se apodera del control de la radio y va cambiando de emisora una y otra vez hasta que da con una canción que le gusta. Las dos acabamos cantando a grito pelado Naughty Girl de Beyoncé.
—«I’m feelin’ sexyyy. I wanna hear you say my name, boyyy…».
—Este tema es un poco subidito de tono, ¿no? —nos interrumpe mi hermana en el mejor momento.
—¡Pues espero que aún lo sean más los del Dreams! —exclama Dania moviendo los hombros de manera sensual al ritmo de la música—. Quiero bailar con ese tal Samuel. Me ha puesto perraca total.
Ana se la queda mirando con expresión asustada y vuelve a acomodarse en su asiento, en absoluto silencio. Me cuesta encontrar aparcamiento cerca del local, así que dejo el coche dos calles más allá, un poco preocupada por si me lo rayan o le hacen cualquier cosa.
—Este barrio no está tan mal —me dice Dania.
Me coge del brazo para obligarme a andar. Se enlaza también al de mi hermana y literalmente nos arrastra. La tía tiene unas ganas de juerga alucinantes. Yo, antes de saber que veníamos aquí, también. Tendría que haberme opuesto con más fuerza, aunque no sé si podría haber evitado que Dania me trajera.
—En serio, como Aarón esté ahí dentro… Más vale que corras a donde no te alcance —la amenazo medio en broma, medio en serio, al oído porque no quiero que Ana se entere.
Dania chasquea la lengua y vuelve a empujarnos para que entremos en el local.
La música nos envuelve. En cuanto avanzamos por la pista, Dania ya se pone a bailar. Ella es así, no puede evitarlo. El ritmo enseguida la descontrola. A mí antes me pasaba lo mismo. Con lo que me gustaba bailar… y lo que me cuesta ahora.
—¡Voy a la barra! —nos grita para hacerse oír—. ¡Sentaos allí! —Nos señala un par de silloncitos que se encuentran libres—. ¡Decidme qué queréis beber!
—¡Yo un gin-tonic! —digo también entre gritos. Observo a mi hermana y, antes de que ella pueda decir nada, le pido una cerveza. Ana me mira con mala cara—. Oye, que es sólo un tercio, por eso no va a pasar nada.
Nos sentamos en los sillones y no puedo evitar recordar la noche en la que estuve aquí con Héctor. Si es que ya sabía yo que era una mala idea haber venido. Anda que no hay locales en la ciudad, no… Pues Dania ha tenido que traernos aquí. Está más claro que el agua que lo ha hecho a propósito.
Al cabo de unos cinco minutos regresa con nuestras bebidas y las deja en la pequeña mesa que hay en el centro.
—¡Venga, niñas, por nosotras! —Alza su copa, y Ana y yo la imitamos—. ¡Chin, chin!
Al principio hablamos sobre cosas serias, algo que me parece sorprendente estando Dania presente. Pregunta a mi hermana por el trabajo y qué tal le van las cosas con Félix. En realidad, ésta es sólo la segunda vez que salimos las tres juntas, ya que Ana y Félix tienen su propio grupo de amigos. No sé cuándo, pero al final me doy cuenta de que la conversación ya se ha ido por otros derroteros.
—¿Tu novio es guapo, Anita? —le pregunta así porque sí Dania. Le doy un codazo. ¿A ella qué le importa?
—Para mí sí —responde mi hermana, un tanto avergonzada. Además, me he dado cuenta de que lo que ella quería era interrogarme acerca de Aarón, pero Dania no la deja hablar.
—Sí lo es —corroboro.
—¿Y…?
Antes de que pueda continuar, me levanto y finjo que voy a caerme. Dania se me queda mirando con las cejas enarcadas. Sabía que su pregunta tendría un interés sexual, y es mucho mejor que Ana no sepa del todo cómo es Dania.
Una hora y media después a mi hermana se le cierran los ojos mientras aguarda a que Félix venga por ella, y Dania se ha perdido por la pista a saber con quién. Quizá se ha encontrado con el tipo aquel del japonés, aunque la muy cabrona me había prometido que no iba a dejarme sola. Por suerte, no he visto a Aarón, así que en eso no me ha mentido. De repente, Ana da un brinco en su asiento. Se saca el móvil del bolsillo y le echa un vistazo.
—Es Félix. Me había dicho que me haría una perdida cuando estuviera aquí fuera.
—Te acompaño.
Nos encaminamos hacia la puerta del local. Cuando salimos, el bochorno nos da en toda la cara. Uf, este verano va a ser muy caluroso.
En la acera de enfrente vemos a Félix en el coche. Alza la mano para saludarme; aun así, decido acompañar a Ana hasta el automóvil. Me inclino sobre la ventanilla y doy dos besos al que espero que sea mi futuro cuñado, que ya es demasiado tiempo el que mi hermana lleva de novia con él, leñes.
—¿Se lo ha pasado bien Ana?
—Bueno… —Ladeo los labios y me encojo de hombros.
Me despido de ellos rápidamente porque Ana se está cayendo de sueño. Sé que trabaja mucho, pero es sábado. Eso le pasa por beberse sólo una cerveza.
Acudo al Dreams de nuevo, con intención de buscar a la traidora de Dania. Empujo a unos y a otros hasta que la encuentro bailando tan contenta —y lo que no es contenta— con el hombre del restaurante. Creo recordar que se llamaba Samuel. Ella me pide con un gesto que me acerque. Me pasa una mano por el hombro y me abraza. Ya va un poco borracha. El tal Samuel me mira con una sonrisa de oreja a oreja. Sí, estoy segura de que le gustan los tríos.
—Eeeh, Meeel, ¿te quedas a bailar un rato? —Mi amiga me da un beso baboso en la mejilla. Niego con la cabeza y la aparto con suavidad.
—Voy a pedir algo de beber, que tengo mucho calor. —Alzo la barbilla hacia él y los dejo allí, bailando cada vez más arrimados. En fin, ya sabía yo que mi querida Dania iba a abandonarme, así que me tomaré un gin-tonic más y me marcharé a casa. Supongo que ella se irá a la de ese tío.
Estoy pidiéndome la copa cuando empieza a sonar uno de esos temazos que te dan subidón. «I want your body… Won’t live without it…». («Quiero tu cuerpo. No quiero vivir sin él…»). Es de Inna, una de las cantantes del verano, y la verdad es que me encanta. Tengo ganas de bailar, pero me da vergüenza salir sola a la pista. Así que me quedo en la barra, observando el trajín de las camareras, mientras muevo los pies disimuladamente. Entonces, de repente, casi sin darme cuenta de lo que sucede, noto que alguien me coge de las manos y me arrastra a la pista. Es Aarón quien está delante de mí. Me quedo perpleja en cuanto lo reconozco, totalmente cohibida y sin moverme un milímetro. Maldita Dania, me había dicho que él no estaría aquí.
—Vamos, Mel, muévete, que estoy seguro de que lo haces genial —me susurra al oído, pasándome un brazo por su cuello y pegándome a su cuerpo.
«All I desire… You’re real like the fire. Just come with me, come with me. Just gonna let it go tonight… All I want is you… Thousands shades of blue dancing in your eyes…». («Todo lo que deseo… Tú eres tan real como el fuego. Sólo ven conmigo, ven conmigo. Esta noche voy a soltarme… Todo lo que quiero eres tú. Miles de sombras azuladas danzando en tus ojos…»). Al final me dejo llevar por el pegadizo ritmo de la canción de Inna y me descubro bailando con Aarón, muy arrimada a él. Nos movemos de una manera tan sensual que no puedo creerlo. Tal como canta Inna, tan sólo tengo ante mí el brillo de sus ojos, a él bailando conmigo de una forma que se me antoja demasiado atrevida. Y yo también me estoy moviendo así. Pronto noto que se me sube el alcohol que he bebido y que aún estoy más desinhibida. Me agarro a su cintura y trazo círculos con la mía a la vez que me sujeta de las caderas.
—Así me gusta, Mel, que disfrutes —vuelve a susurrarme al oído con una mano apoyada en mi nuca.
Un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies. Estoy a punto de echarme hacia atrás para alejarme de esta situación, pero me aprieta con más fuerza y no hago más que caer en el tormento de sus ojos. «Stay close to me, I’ll be all that you need. Don’t deny what you want, baby. I want your body». («Quédate cerca de mí. Seré todo lo que necesites. No niegues lo que quieres, cariño. Quiero tu cuerpo»). Aarón me hace dar un par de vueltas y me echo a reír como una loca. Realmente lo estoy pasando bien. Ahora mismo, como la chica de la canción, no quiero parar. Me gustaría que este momento durara para siempre. Sin embargo, al igual que ha sucedido las ocasiones anteriores, él rompe la magia que se había creado.
—Debo volver al trabajo. Espero verte pronto… Tengo que acabar tu cuadro. —Su aliento en mi oreja me causa unas cosquillas irresistibles. Apoyo las manos en sus hombros sin saber muy bien lo que estoy haciendo—. Pero me gustaría encontrarte por aquí y bailar más contigo.
Se suelta de mí, acariciándome el brazo hasta llegar a mi mano. Nuestros dedos se entrelazan apenas unos segundos… Nos quedamos mirando y, al fin, se aparta y me deja allí sola como una tonta.
Sí, me quedo quieta en la pista mientras las demás personas bailan alrededor, con el corazón a punto de salírseme del pecho.
Y la cabeza… La cabeza dándome vueltas. Viaja. Viaja tanto en el tiempo…