27
Miro alrededor con la boca abierta sin poder creer lo que estoy viendo. Me llevo una mano al pecho, estrujando la blusa entre mis dedos. No puedo respirar. Me apoyo en la mesa tratando de conciliar los exagerados latidos de mi corazón. Pero cada vez se acelera más. ¿Era esta mi última oportunidad y la he perdido? ¿Dónde se ha metido? ¡Dania me había dicho que sus cosas todavía estaban aquí! ¿He llegado tarde por tan sólo un par de horas?
No logro controlar las lágrimas. Lloro como una desquiciada y me dejo caer al suelo. Podría llamarlo, pero sé que no serviría de nada. Estoy segura de que él esperaba que regresase, que acudiese a su despacho para despedirme o cualquier otra cosa. Pero lo único que he hecho ha sido encerrarme en casa, evitando enfrentarme a todo aquello que quería conseguir sin atreverme a hacerlo. ¿Cómo puedo ser tan estúpida y cobarde?
Oigo un ruido fuera del despacho. Me levanto como impulsada por un resorte, movida por la ilusión. Al asomarme, mis esperanzas se esfuman. Se trata de Carmen, la mujer de la limpieza. Ella se vuelve y me dedica una sonrisa.
—Pero chiquilla… ¿aún estás aquí? ¿Héctor te ha mandado otra vez un montón de trabajo? Mira que es malo, dejarte aquí mientras el resto celebra su despedida…
—¿Su despedida? —Me acerco a ella con los ojos muy abiertos.
—Claro. ¿Que ni te has enterado? Están en la cafetería, que entre todos habían decidido darle una fiesta sorpresa. Qué pena que se vaya, ¿eh? Si en el fondo es tan buen chico…
No me quedo a escuchar más. Le grito «¡Gracias!» y salgo corriendo. Ésta es mi última oportunidad, lo sé. No voy a dejarla escapar. Correré el riesgo aunque me equivoque otra vez. Para eso está la vida: para aprender de los errores. Bajo por la escalera; casi me caigo al saltar los escalones de dos en dos. Pero no puedo aguantar más: el corazón se me va a escapar del pecho para correr a su encuentro. Ya oigo la música desde aquí. «Ya está ahí la luna, qué perra la vida y esta soledad. No quisiera perderme otro tren y saber lo que es malgastarte. Podría coger cualquier autobús con tal de un beso más…». Vaya, qué canción más adecuada para el momento. Los pies se me enredan cuando estoy llegando a la cafetería. Trastabillo, a punto estoy de caer, pero por suerte mantengo el equilibrio. Ya puedo rozar la puerta… El volumen de la música aumenta… La abro.
En la fiesta hay un montón de personas. Creo que hasta se ha unido gente de las otras empresas del edificio. Todos charlan animadamente, con su cerveza o su copa de vino en la mano. Me abro camino en su busca. Al pasar por delante de algunos compañeros, me saludan sorprendidos; se supone que estaba de vacaciones. Pero no me importa. Lo único que quiero es encontrarlo.
Alguien me hace cosquillas en la cintura. Suelto un grito y me vuelvo pensando que es él. Me topo con la entusiasta sonrisa de Dania. Me estruja con todas sus fuerzas.
—Pero ¿tú no estabas fatal?
—He venido a buscar a alguien.
Abre mucho los ojos, con sus bonitos labios dibujando un «oh» de sorpresa. Alza una mano como si fuese a contarme algo, pero al final prefiere quedarse callada.
—Hace un rato que no lo veo —responde. Me ha entendido a la primera.
—No me digas que se ha ido, porque entonces… —El tono de mi voz es lastimero.
—No lo sé, amor —contesta encogiéndose de hombros.
—¿Melissa? —oigo de repente.
Dania se da la vuelta y la aparto de un empujón. En cuanto lo veo el corazón me da un vuelco.
Quizá estoy loca, pero lo encuentro más guapo que nunca. No lleva su traje ni su corbata habituales, sino unos sencillos vaqueros y una camisa azul. Su naturalidad me atrapa al instante. No sé qué decirle; ni siquiera puedo moverme. Se me vienen a la cabeza todas las palabras que escribió en el correo.
—Chicos, nos vemos luego. —Dania se despide de nosotros con un agitar de dedos.
No le presto atención. Estoy ocupada observando los ojos de Héctor, tan grandes, tan brillantes, tan… tristes. Quiero ser yo la que cambie ese sentimiento y que él despierte en mí la ilusión que se agazapó en un cuarto bien oscuro. Me acerco a él en silencio.
«No soy una niña, no soy ese duende, no soy luchadora, no soy tu camino. No soy buena amante ni soy buena esposa. No soy una flor ni un trozo de pan. Sólo soy… Esa cara de idiota… Idiota…», canta Nena Daconte. «¡Gracias, gracias por componer una canción así!», pienso.
—Quiero bailar —digo a Héctor toda decidida.
—¿Aquí? ¿Ahora? —Echa un vistazo alrededor—. Nadie lo hace.
—Me da igual. Quiero hacerlo. Quiero sentirme como la protagonista de una de las novelas que leo y escribo. —Me muestro totalmente convencida.
Héctor esboza una sonrisa que me paraliza el corazón. Mueve la cabeza de izquierda a derecha sin creerse mis palabras, pero al final se acerca, me toma por la cintura y me arrima a él. Estoy tan nerviosa que empiezo a temblar entre sus brazos.
—Pensé en llamarte al enterarme de lo de tus vacaciones, pero no sabía si te apetecería hablar conmigo… —empieza a decir.
Apoyo dos dedos en sus labios.
«Idiota por tener que recordar la última vez que te pedí tu amor. Idiota por colgar tus besos con un marco rojo por si ya no vuelvo a verlos más. Idiota por perderme por si acaso te marchabas ya, y tirar tu confianza desde mi cama hasta esa ventana».
La canción no puede ser más perfecta para apretujarme contra él y bailar como si no hubiese nadie más en la cafetería. Sé que nos están mirando, puedo notarlo. Seguramente también están cuchicheando, pero ¿qué más da? Por primera vez en mucho tiempo me da igual lo que piensen los demás.
—¿Por qué has venido, Melissa? —me pregunta.
Y una vez más poso los dedos en su boca. Tan sólo los aparto para sustituirlos por mis labios.
Héctor se muestra sorprendido ante mi respuesta, pero a los pocos segundos se deja llevar. El beso se va tornando más y más pasional. Sin embargo, al mismo tiempo hay algo que no sentí las veces anteriores: ternura. Ahora no hallo la rabia con la que nos besábamos en nuestros primeros encuentros. Cuando nos separamos, nos miramos con la respiración agitada, sorprendidos. Su corazón palpita a toda velocidad contra mí.
—¿Y esto…?
—Espero que tu estómago todavía se ilumine al mirarme —le digo rememorando su correo.
Esboza una sonrisa.
—Ahora mismo tengo decenas de luciérnagas en él.
Me echo a reír. Apoyo la cabeza en su pecho y me acaricia el pelo con suavidad. Me estremezco ante ese simple contacto.
—Tengo miedo… —Me aferro a su espalda.
—Yo también. Pero no es algo malo, Melissa. Forma parte de la vida, al igual que el dolor. Tan sólo las personas que conocen el dolor viven plenamente. A veces hay que convivir con él durante un tiempo, no rechazarlo ni huir… porque sólo así seremos más fuertes después.
Alzo la cabeza y lo miro con la boca abierta. Dijo que no se le daban bien las palabras, pero jamás había oído algo tan profundo y cierto.
—Creo que estoy enamorado de ti, Melissa, pero no sé si sabré amarte como mereces. Hace mucho que mi corazón se olvidó.
—Quizá el mío pueda recordártelo. —No estoy completamente segura de ello, pero al menos necesito intentarlo. Y ahora, viéndome reflejada en sus ojos, comprendo quién quiero ser: la mujer a la que este hombre ame.
Me acaricia la barbilla con suma ternura. No puedo creer que estemos en esta situación, confesándonos todos estos sentimientos, enfrentándonos a ellos. Bailamos en silencio el resto de la canción. Al terminar la de Nena Daconte, empieza una con más ritmo. Decido que es el momento adecuado para escaparnos. Lo cojo de la mano y echo a correr con él detrás. Me despido de Dania con un gesto y me guiña un ojo con una gran sonrisa en su rostro. El resto de los compañeros nos miran: unos asombrados y serios; los otros divertidos. Corremos por el pasillo como dos adolescentes que han abandonado la fiesta de fin de curso para dar rienda suelta a su pasión.
A mitad de camino, Héctor me detiene y me aprieta contra él, besándome con ardor. Su lengua se funde con la mía de manera deliciosa. Me acaricia la nuca; sus dedos me provocan escalofríos.
Cuando ya no podemos respirar, nos separamos y corremos una vez más hacia los baños. Entramos en el de las mujeres, que por suerte está vacío. Cualquiera podría entrar, pero ahora mismo es lo de menos. Lo necesito en lo más profundo de mí, otorgándome todo su deseo. Se apresura a echar el cerrojo y después se une de nuevo a mí.
Me sube al lavamanos y me sienta en el mármol. De inmediato, rodeo su cintura con mis piernas.
Lo atraigo, ansiosa por seguir besándolo. Mientras su lengua explora mi boca, me va desabotonando la blusa. Sus manos acarician de forma experta mi piel, arrancándome un gemido. Lo ayudo a desabrocharse el pantalón. Su erección se clava por encima de mis braguitas. Aprieto su trasero, ardiendo toda yo.
—Esta vez seré yo quien te dibuje, Melissa —dice entre jadeos pegado a mi cuello.
Echo la cabeza hacia atrás, presa del deseo. Separo las piernas al tiempo que me sube la falda y se deshace de mis braguitas. Su sexo palpita en mi entrada. Muevo el trasero para que se meta en mí.
—Pero lo haré con trazos de placer.
Se introduce con mucha suavidad, no como en nuestros encuentros anteriores. Me apoyo en sus hombros mientras se desliza, lento pero sin pausa. Las paredes de mi sexo empiezan a acogerlo, a comprender que es él, sin duda, el que está hecho para acariciarlas. Gimo sin poder evitarlo en cuanto se mueve, sacándola unos centímetros para volver a meterla… hasta el fondo.
—Es diferente, Héctor… Es muy diferente a las otras veces…
Le clavo las uñas en los hombros. Decido desabrocharle la camisa y bajársela para contemplar su torso perfecto.
—Porque nos hemos deshecho del miedo, Melissa. Y de la rabia.
Lo miro con los ojos entrecerrados, velados por el placer. Sentirlo dentro de mí me parece lo más correcto del mundo.
—Ahora conocemos otra manera de amarnos… —Apenas puede articular la frase.
—Entonces hazlo, Héctor. Ámame como tenga que ser.
Se introduce más en mí con toda su fuerza. Pero también con delicadeza. Nos miramos en silencio, con tan sólo nuestros jadeos por acordes musicales. Me sonríe abiertamente, con sinceridad, y yo también lo hago apoyando mi frente en la suya.
—Ahora… Sí… Ahora te… entregas toda… a mí… —Y me embiste con un ritmo cada vez más rápido.
Hinco mis dedos en su espalda, intentando atraparlo con todo mi ímpetu. Por un momento me asusto, pensando que me asaltará la rabia de nuevo, que me echaré a llorar, pero no es así. Lo único que siento es el corazón trotando a mil por hora, unas cosquillas que me ascienden desde los dedos de los pies y la conciencia de que esto es justo lo que había estado evitando por miedo. Sí, era el miedo a ser feliz. Pero aquí están la tranquilidad y la satisfacción, y no voy a abandonarlas.
—Melissa… Yo… —gime rozándome los labios con los suyos.
—Me quieres —termino por él.
Se inclina y me besa. Me impregna con su sabor. Me dejo arrastrar por el huracán de placer que está a punto de izarme. Vuelo… Sus manos recorren mis muslos, los aprietan, rodean mi cintura, suben por mis costados… Sí… Vuelo con sus trazos de placer. Y me derrumbo entre sus brazos en un escandaloso orgasmo. En un orgasmo que es casi como un milagro. Sagrado, luminoso, sorprendente. Todo mi cuerpo vibra junto al suyo. Héctor se deja llevar también, abrazándome con fuerza. Alzo el rostro para mirarlo, tal como me pidió. Nuestros ojos sonríen, se dicen tantas cosas que la garganta no sabe… Una vez que terminamos, se queda muy quieto en mi interior. Lo abrazo y apoyo la cabeza en su hombro, tratando de recuperar la respiración.
—¿Y ahora qué, Melissa? Porque espero que no me digas que esto ha sido una despedida…
—Por supuesto que no —respondo con una ancha sonrisa—. Es una bienvenida.
—¿Bienvenida? —Me mira confundido.
—Te estaba esperando en mi vida, Héctor. Ha habido piedrecitas en el camino… Puede que algunas las pusiera yo… Pero al fin has llegado.
Se echa a reír, besándome una vez más.
—¿Entonces…?
—¡Por qué no! Necesito intentarlo. No… Lo necesitamos.
—Te quiero, Melissa Polanco. —Me acaricia la mejilla.
—¿Ya no soy la aburrida?
—Por supuesto que sí. Pero eres mi aburrida.
Ambos reímos. Nos miramos… Me veo reflejada en sus ojos. Quizá el miedo aún tarde un tiempo en desaparecer, pero, al menos, que el camino sea menos duro. Y ahora mismo me parece que esas luciérnagas que habitan en su estómago están abatiendo la oscuridad.
Supongo que, alguna vez, todo el mundo ha sentido que no está hecho para su vida. Pero siempre se encuentra un motivo para aterrizar en ella de nuevo. Y puede que el paracaídas sea justo la persona que menos nos esperamos, aquélla a la que en un principio no le dimos importancia o la que nos parecía más contraria a nosotros.
—¿Significa esto que podemos iniciar una relación que vaya más allá del sexo duro? —me pregunta con una sonrisita.
Me echo a reír y asiento con la cabeza.
—Ahora mismo lo único que quiero es que te aprendas mi cuerpo de memoria y que me dibujes, cada noche, con tus trazos de placer.
—Es lo que he querido hacer desde hace mucho tiempo, Melissa.
Me abraza con una ternura que provoca que esté tan iluminada como su estómago. No me sentía así desde hacía tanto… Y había olvidado por completo que, en realidad, esto es la vida. Son momentos como éste los que hacen que valga la pena.
Alguien llama a la puerta y nos apresuramos a colocarnos la ropa, aunque está claro que quien sea que entre se va a imaginar que aquí ha ocurrido algo. La antigua Melissa se mostraría totalmente avergonzada; no obstante, la de ahora tan sólo puede sonreír como una tonta. Echo un vistazo para comprobar que Héctor ya está listo y quito el pestillo con cuidado. Al abrir, nos topamos con una Dania con los ojos como platos. Bueno, al menos no es otro de los empleados de la oficina.
—Hola… —susurra esbozando una sonrisa. Me mira y luego mira a Héctor—. Es que me estoy meando…
—Ya hemos terminado.
Héctor se coloca a mi lado y me apoya una mano en el hombro. Dejamos pasar a Dania y salimos del cuarto de baño. Al volverme, descubro que todavía nos mira con la sorpresa dibujada en el rostro, pero me doy cuenta de que está contenta por mí.
—¡Pasadlo bien! —nos grita antes de cerrar la puerta.
—¿Cómo podríamos pasarlo bien? —me pregunta Héctor, ambos detenidos en medio del pasillo.
La música aún llega de la cafetería, así que me imagino que la fiesta no ha terminado, pero no me apetece regresar allí.
—Bueno… —Apoyo una mano en su pecho y me hago la coqueta—. Quizá podríamos ir a tu piso, ya que aún no lo conozco y tú el mío sí… —Le guiño un ojo.
Me observa con una sonrisa radiante, como si mi respuesta le hubiera hecho el hombre más feliz de la tierra. Asiente con la cabeza y, segundos después, estamos corriendo otra vez, bajando por la escalera como dos locos que no quieren perder ni un segundo. Me lleva hasta su coche, en el que subí en la primera cita que tuvimos, y no puedo evitar sonreír. Cuando llegamos a su casa, ni siquiera me fijo mucho en ella, aunque puedo apreciar que se trata de un apartamento precioso con un amplio ventanal desde el que se ve toda la ciudad. Sin embargo, lo que hago es enroscarme a su cuello y permitir que me conduzca a su dormitorio en brazos, como si fuéramos una pareja de recién casados.
Me entra la risa cuando me lanza a la cama, pero enseguida me la acalla con un beso que me hace ver las estrellas sin necesidad de asomarme a la ventana de su salón. Pasamos el resto de la noche explorando nuestros cuerpos, conociéndolos, memorizándolos. Y nuestros jadeos, nuestras miradas, nuestras sonrisas, nuestras palabras silenciosas van dejando huella en cada uno de los rincones de esta habitación.