16
Me pregunto qué estoy haciendo aquí. Acalorada, con el sudor empapándome la piel, con la respiración agitada y el corazón palpitando en mi pecho como en una carrera de relevos. Avergonzada y, al mismo tiempo, alegre. También un poco furiosa. No debería estar haciendo esto porque no se me da nada bien… y porque no soy una mujer acostumbrada a estos lugares y situaciones. Pero Aarón me dijo que me divertiría, que sería una forma de desprenderme de todo el malestar, la rabia y el estrés que he estado acumulando durante las últimas semanas. Reconozco que tenía razón, aunque ahora mismo, de todos modos, me gustaría matarlo por haberme traído hasta aquí. Pero claro, he aceptado: mi parte de culpa es mayor que la de él.
Estoy concentrada en ganar velocidad y, de repente, se coloca a mi espalda y me propina tal cachete en el culo que me lanza hacia delante. Tengo que sujetarme al manillar de la bicicleta estática para no darme de morros con ella. Sí, Aarón me convenció para que lo acompañara al gimnasio. Y aquí estoy, consciente de que el corazón se me saldrá del pecho de un momento a otro y caeré tiesa en el suelo ante todas estas personas de cuerpo perfecto.
—Venga, con más ímpetu, por favor. Pareces una viejecita —me anima Aarón, pero sus palabras tienen el efecto contrario.
—¡Hago todo lo que puedo! —exclamo, atragantándome casi con mi propia saliva.
—Pedalea con más ganas. —Se me queda mirando con una sonrisa divertida, pero niego con la cabeza, asustada.
—Si lo hago, moriré —contesto jadeando.
—¡Qué exagerada! —Se limpia el sudor del rostro con la toalla que lleva en el cuello—. Esto es alimento para el cuerpo y el espíritu, Mel.
—¿Puedes… llamarme… Melissa? —Apenas me salen las palabras. Me están dando unos pinchazos en el costado que caeré redonda, en serio. ¡Quiero bajar ya de aquí!
—Cinco minutos más y termina.
Desde el principio, ha sido él quien ha establecido el tiempo que yo tenía que pedalear. Y la verdad es que me ha parecido que podía hacerlo y que no sería tan difícil, pero luego, cuando ya llevaba diez minutos, me he dado cuenta de que ha sido uno de los errores más estúpidos de mi vida. ¡Mientras todas esas mujeres pedaleaban a mi alrededor radiantes, con el maquillaje intacto y sin una gota de sudor en sus cuerpos, yo…! Parezco una superviviente de la Tercera Guerra Mundial.
Aarón se aleja de mí y se va a hablar con un tío cuyos músculos son más grandes que mi cabeza. ¿Cuánto tiempo —y a saber qué más— se necesita para ponerse así? Lo que me gusta de Aarón es que, aunque tiene el cuerpo definido, no se le ve… artificial. Pero en este gimnasio hay gente que parece estar muy mal de la cabeza, por favor. En serio, con las venas de los brazos de algunos hombres de aquí podrían hacerse carreteras. No los critico, de verdad, que cada cual tiene sus aficiones y sus gustos, pero… me dan miedo. Las mujeres, en cambio, despiertan mi envidia. ¡Y no de la sana, precisamente! Tienen el culo prieto, alto y con forma de melocotón; los pechos erguidos y la cintura estrechita. Por no hablar de esas piernas tan maravillosas… Vamos, están en un estado físico perfecto. A mí, por el contrario, me sobra algún michelín por alguna parte… Pero pequeño, que conste. A ver, tampoco estoy tan mal… Lo que pasa es que las tetas me molestan si pedaleo con ímpetu.
—¡Lo has conseguido!
Aarón se acerca de nuevo a mí y apaga la bici. Alza la mano para que choque los cinco con él. Una vez que lo hago, me bajo de este chisme, apoyándome una mano en el costado, tratando de recuperar la respiración. ¡Ay, que no puedo! Tendrá que sacarme de aquí en una ambulancia con las luces de emergencia.
—En serio… Ésta… te la guardo… —Me inclino hacia delante; noto arcadas.
—Tienes que hacer más deporte, Mel. Al menos, sal a correr…
Le lanzo una mirada asesina y me indica con un gesto que lo acompañe a las duchas. No, no son unisex. Él se meterá en las de los hombres y yo en las de las mujeres. De lo contrario, mi vida sí que estaría en auténtico peligro porque podría darme un patatús al verlo desnudo. Si ahora mismo estoy contemplando cómo se le pega la camiseta empapada en sudor y me parece que la lengua se me va a salir, y no por el cansancio. Dios mío… Hay hombres que son demasiado atractivos después de haber hecho deporte con esa piel brillante, ese pelo revuelto y…
—¿Mel?
—Dime. —Parpadeo, fingiendo que estoy muy concentrada en sus ojos.
—Que nos vemos en un ratito.
—Prométeme que después de esto me llevarás a un restaurante en el que pueda atiborrarme —le pido agarrándome a su brazo. ¡Menos mal que ya empiezo a recuperarme!
Se echa a reír y me da un pellizco en la mejilla. Últimamente se ha mostrado un poco más cercano a mí, pero continúo sin verle ningún gesto que me indique que le intereso… más allá de la amistad.
Ya en la ducha, me pongo a pensar en lo ridícula que estoy siendo. ¿Qué más haré para despertar su deseo por mí? De todos modos, no sé si eso llegará a suceder, ahora que me ha visto en este estado tan deplorable. Y yo que antes me reía de la gente que hacía tonterías por seducir a alguien… Me he convertido en una de esas personas, y por si fuera poco no lo hago nada bien.
Abro los ojos bajo el agua y me doy cuenta de que una mujer que se encuentra en otra de las duchas me está mirando con curiosidad. La observo de reojo, empezando a sentirme incómoda. Una vez que he cerrado mi grifo y estoy secándome con la toalla, se me acerca y se presenta.
—Me llamo Sonia. Soy una de las encargadas del gimnasio —me dice con una sonrisa. Tiene el cabello castaño y corto y los ojos azules. No puedo evitar fijarme en su desnudez, que me muestra tan tranquila. Me ciño la toalla al cuerpo, un poco avergonzada. No me gusta que la gente que no conozco me vea desnuda.
—Soy Melissa.
—Has venido con Aarón, ¿no? —Coge su toalla y empieza a secarse también.
—Sí —respondo con un hilo de voz.
—Es maravilloso, ¿eh?
Su sonrisa se ensancha y me descubro pensando que seguro que se ha acostado con él. No puedo evitar sentirme un poquitín celosa. ¡Vamos, Mel, no seas tan tonta!
Asiento con la cabeza y me apresuro a terminar de secarme para largarme de allí. Mientras me visto, la tal Sonia regresa a mi lado. Pero ¿qué quiere? ¡No me apetece charlar!
—Espero que vuelvas pronto. —Se inclina y, para mi sorpresa, me da dos besos.
Lo peor es que aún va desnuda. Le dedico una sonrisa, pero omito decirle que seguramente no voy a regresar. Quiero vivir un poco más… Al menos, llegar a los sesenta años.
Cuando estoy saliendo del vestuario, ladeo el rostro y la miro de reojo. Se está aplicando aceite corporal y se percata de mi mirada, así que la aparto con rapidez.
—¡Por cierto, tienes unos pechos preciosos! —exclama.
No respondo, sino que salgo casi corriendo. Aarón ya está esperándome fuera con su bolsa de deporte a la espalda. Me encamino a la taquilla y cojo la mía.
—Bueno, ¿qué? ¿Qué te ha parecido la experiencia? —me pregunta una vez que estamos en la calle dirigiéndonos a mi coche.
—No pienso levantarme del sofá en dos semanas —contesto con mala cara—. Mañana voy a tener tantas agujetas que no podré ni mear.
—Eso es porque se trata de tu primer día… Después vas acostumbrándote, y es genial.
Me desliza una mano por la cabeza y me acaricia la nuca, que aún tengo húmeda. Otro escalofrío me recorre el cuerpo. Me dan ganas de decirle que no está bien que haga eso si, acto seguido, no va a hacerme el amor como una fiera.
Nos metemos en el coche y espero a que me indique la dirección del restaurante en el que ha pensado que comamos. Puesto que es sábado y es temporada de rebajas, las calles están repletas de personas que pululan en busca de chollos. Quizá me pase después por alguna tienda, a ver si veo algo que me guste.
—He conocido a la tal Sonia —le digo mientras busco un hueco para aparcar.
—Muy maja, ¿verdad?
—Y muy segura de su cuerpo —apunto, concentrada en la circulación.
—Así deberíamos sentirnos todos —opina Aarón, echando también un vistazo para ayudarme—. Al menos, yo pienso que estoy perfecto.
—¡Claro! Es que ambos lo estáis… —Se me escapa una risita.
Aarón me señala un hueco y aprieto el acelerador para que nadie me lo quite.
Me quedo esperando una respuesta por su parte: ¿por qué no dice que yo también estoy perfecta? Nada, que no llega. Y del cabreo acabo aparcando como el culo. Aarón se da cuenta y me mira de manera curiosa y divertida. Me desabrocho el cinturón, giro la llave en el contacto y abro la puerta, saliendo a toda velocidad. Ahora de lo que tengo ganas es de comer y comer, sin pensar en nada más.
—Si se te ha pasado por la cabeza que me he acostado con Sonia, la respuesta es afirmativa —dice de repente conforme caminamos hacia el restaurante.
Hace un calor terrible, y con su respuesta sudo todavía más.
—Se me ha quedado mirando durante mucho rato.
—Le habrás gustado.
Lo observo como a un bicho raro. Se encoge de hombros con una sonrisa de oreja a oreja. Abre la puerta del local y me invita a pasar. Me vuelvo mientras lo hago.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que Sonia es bisexual.
Y ahora mi cabeza ya está otra vez montándose sus propias historias. Imágenes de Aarón acostándose con dos mujeres. Imágenes de Aarón acostándose con un hombre y una mujer. ¡Imágenes de Aarón en plena orgía! La sacudo para ahuyentar todas esas tonterías y me apresuro a sentarme a la mesa que el camarero nos indica.
—Tráeme un doble bien frío, por favor. —Casi me he arrodillado ante el chico, suplicándole. Me estoy muriendo de sed y necesito una cerveza que me refresque el cuerpo.
—A mí otro. —Aarón coge las cartas que el camarero le tiende y me pasa una a mí.
Intento leer los nombres de los platos, pero lo cierto es que no hay manera. Miro a Aarón con disimulo por encima de la carta, pero se da cuenta y esboza una sonrisa sin apartar la vista de la suya.
—¿Qué pasa, Mel?
—Melissa.
—¿Por qué no te gusta que te llame Mel? —Esta vez sí que posa los ojos en mí; se me queda la boca aún más seca de lo que la tenía.
—Porque mi ex me llamaba Meli, y que otro hombre me llame Mel me trae malos recuerdos. Sólo se lo permito a mi padre. —Arrugo el entrecejo y me concentro otra vez en la carta.
—Como te dije, eres muy divertida… Pero también un poco rara. —Se echa a reír y después da las gracias al camarero, que ya nos ha traído las cervezas. Yo doy un enorme sorbo a la mía. Me hace un gesto para que me limpie la espuma blanca del bigote.
—Tomaré una Black Angus Burger —digo al camarero, aunque la verdad es que pediría también un perrito caliente porque tengo un hambre canina, pero no quiero parecer un monstruo devorador.
—Yo, un sándwich Mississippi.
Aarón devuelve la carta al chico, pero yo me quedo pensando un poco más.
—¿Podemos pedir unas alitas de pollo con barbacoa? —le pregunto con los ojos brillantes de la emoción. Aarón asiente y las encarga al camarero, que nos deja solos otra vez poco después—. Me encanta el Peggy Sue’s —le explico, tratando de excusarme. Recorro el local con una sonrisa nostálgica… ¡Cuánto me habría gustado vivir en la época en la que está ambientado, como la prota de Grease!—. ¿No es una maravilla? Todo rosa y azul por aquí y por allá, y estos asientos tan divinos…
—Antes me estabas mirando de un modo un poco raro —me interrumpe él.
—¿Ah, sí? ¿Cuándo? —Me hago la inocente, aunque sé que se refiere al momento en el que me ocultaba tras la carta.
—¿Qué maquinaba esa cabecita tuya?
Me da vergüenza contárselo, pero, como me observa de esa manera tan intensa, al final tengo que confesárselo, ya que tampoco se me da bien mentir.
—Pues como me has dicho eso de la chica del gimnasio… —Asiente con la cabeza y me anima a que continúe—. Vamos, que me preguntaba si has hecho un trío alguna vez. —Lo suelto muy deprisa, casi sin vocalizar.
Aarón se carcajea… Se lo pasa genial conmigo, el tío. ¡Y cuánto me gustaría a mí divertirme con él, pero en otra parte…!
—En una ocasión…
Se queda callado porque el camarero ha regresado con las alitas. Apenas deja el plato en la mesa, ya estoy cogiendo una y quemándome la lengua.
—La verdad es que no me sorprende —respondo con la boca llena y los dedos impregnados de aceite. Pero lo que sí es una sorpresa para mí es que Aarón y yo siempre terminemos hablando de sexo y que todo fluya de un modo tan natural—. ¿Y te gustó?
—No está mal. —Se encoge de hombros y se hace con una alita—. Pero… os prefiero de una en una. Me gusta daros el máximo placer, concentrarme en vosotras. Y con dos a la vez, resulta difícil.
Sus ojos se clavan en mí y por poco se me cae el trozo de pollo que tengo en la boca. Cojo la cerveza y le doy otro sorbo bien largo. Ya me han entrado los calores. Cada vez que quedo con Aarón, entro en una menopausia prematura. ¡No debería decirme esas cosas y quedarse tan tranquilo!
—Yo creo que es algo con lo que todos los hombres fantaseáis. No sé, nunca he hecho un trío, pero quizá no estaría tan mal… Aunque a mí no me gustan las mujeres.
—¿Acaso estás pensando en hacer uno con dos hombres? —Aarón se inclina hacia delante y se me queda mirando con una sonrisa ladeada… Una sonrisa que hace que me replantee todas mis creencias.
—¿Qué? ¡No! —Lo he soltado como si eso de hacer tríos fuese algo terrible y, como no quiero que piense que soy una cerrada de mente, me apresuro a explicarme—. Lo que quiero decir es que no tengo a nadie con quien…
—Tienes ya a uno: tu jefe.
Lo miro con la boca abierta y los ojos a punto de salírseme del cráneo. ¿Por qué ha de mencionar a Héctor ahora? Desde que nos acostamos antes de ayer, había luchado por no pensar en él. Bastante mal lo pasé cuando se marchó para tener que acordarme otra vez. Por no mencionar el hecho de que ayer estuve evitándolo de nuevo en el trabajo… Aunque tuve mucha suerte porque se tiró todo el día de reunión en reunión. Pero el lunes tendré que enfrentarme a él y quiero pasar el fin de semana sin tenerlo en mi cabeza ni un instante.
—Y encontrar el segundo hombre… no es tan difícil.
Aarón se muerde el labio inferior y me guiña un ojo. Pero ¿qué…? ¿Por qué me está diciendo ahora estas chorradas mientras comemos alitas grasientas embadurnadas de salsa barbacoa? ¿Y por qué me lo imagino a él untado también de aceite mientras recorro cada milímetro de su piel con mi lengua?
El pedazo de hamburguesa que trae el camarero me salva. En cuanto la deposita ante mí y Aarón tiene su sándwich frente a él, le ruego que me deje probarlo. Y así la conversación se desvía y terminamos hablando de comida, que me parece una opción muchísimo mejor. No volvemos a tocar el tema de los tríos ni tampoco nada relacionado con el sexo. Cuando hemos terminado el postre salimos a la calle y decidimos dar un paseo por la ciudad, a pesar del bochorno que hace. Caminamos por los Jardines del Turia charlando de un montón de cosas, hasta que nos sentamos ante la fuente del río para reposar la comida.
—Creo que el ejercicio que hemos hecho hoy no ha servido de mucho con lo que hemos tragado —digo riéndome.
—No ha sido muy responsable por nuestra parte. —Aarón mete los dedos en el agua y se refresca el cuello y la nuca—. Siempre acabamos zampando comida basura.
—A mí eso me enriquece más el espíritu que el deporte… —bromeo.
Se me queda mirando con una gran sonrisa. Luego se pone serio, y yo no entiendo muy bien por qué motivo.
—Entonces ¿cómo estás, Mel?
¡Y dale! Voy a tener que acostumbrarme a que me llame así porque no parece tener intenciones de cambiarlo. Me encojo de hombros y dirijo la mirada al frente, observando a unos cuantos chicos que dan gritos muy emocionados mientras juegan con una pelota.
—Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
—Me preocupo por ti, simplemente.
Ladea el rostro hacia mí y me mira con una sonrisa. El sol le da directamente en los ojos; se le ven mucho más claros. Jamás había visto unos de ese color… Son impresionantes. Y su piel, tan morena… Bastante más desde la última vez que quedé con él. Y ese contraste entre cabello y piel oscuros y ojos claros le da un aspecto exótico que me vuelve loca.
—Pues gracias —respondo devolviéndole la sonrisa, aunque no es tan ancha como la suya.
—Eso es lo que hace un amigo, ¿no? —Me parece que ha alzado el tono de voz cuando ha pronunciado esa palabra, «amigo».
Ya, es lo que somos y está tratando de dejármelo claro. Pero… ¿seré capaz de continuar con esto? ¿Podré mantener el tipo al saber que está con otras mujeres o cuando me hable de ellas? Porque también es eso lo que los amigos hacen.
Desvío la vista y me fijo en que una chica se acerca corriendo. Lleva un pantalón ajustado muy corto y tiene unos pechos bastante grandes, con lo que es difícil que los ojos no se vayan en esa dirección. Es más, hasta los muchachuelos de la pelota han detenido su juego y están cuchicheando entre ellos. Observo la reacción de Aarón con el rabillo del ojo y, como es evidente, también su atención está puesta en la chica.
—Menudo movimiento más hipnotizador, ¿eh? —le suelto en broma. Bueno, si al final consigo llegar a ser sólo su amiga, mejor será que vaya practicando y concienciándome.
—Mel… Mel… ¡Crees que todas las mujeres del mundo me gustan! —dice de repente con una sonrisita, sorprendiéndome.
—Ésa me gusta hasta a mí. —Sigo a la corredora con los ojos hasta que desaparece Turia abajo.
—Y eso nos lleva otra vez al tema de los tríos…
—¡Eh, no! ¡Ni se te ocurra!
Arrugo la nariz y le doy un pequeño empujón. Ríe durante un buen rato, hasta que me pide con un gesto que nos levantemos y volvamos a caminar.
—¿Te has encontrado con él otra vez? —me pregunta en un momento dado.
—No quiero hablar de eso, Aarón.
—¿Por qué no, Mel? Nunca quieres hablar sobre lo que te preocupa. —Se detiene y me mira—. Y te digo que es la mejor manera de enfrentarse a los propios fantasmas.
Vuelvo el rostro, incapaz de sostenerle la mirada. Me asusta que sepa tanto de mí, a pesar de conocernos desde hace tan poco tiempo. Pero es como si pudiera adentrarse en mi cabeza y, no sólo en ella, sino también en mi corazón… lo cual es mucho peor.
—En ocasiones es muy difícil enfrentarse a los fantasmas, en especial cuando son demasiado oscuros —murmuro, un tanto nerviosa e incómoda.
—Entonces nunca avanzarás, y eres muy joven todavía para que te suceda eso. —Alarga una mano y apoya el dorso en mi mejilla, acariciándomela suavemente.
Mi corazón, como tantas veces en las últimas semanas, palpita frenético. Pero está tan desgastado que duele… «Por favor, Aarón, dame sólo un poco más de ti», pienso con los ojos puestos en los de este hombre que me provoca tantos recuerdos.
Algunos seres humanos somos un poco masoquistas. Nos aferramos a una especie de sentimiento que tiene tanto de placer como de dolor. Escuchamos canciones que nos entristecen el corazón y hacen asomar lágrimas a nuestros ojos. Releemos pasajes de libros que nos traen recuerdos muy lejanos. Miramos películas en las que imaginamos que somos las protagonistas y que vivimos un amor de ensueño. Visitamos calles en las que paseamos con esa persona que no regresará. En un gesto, en una mirada, en una risa, en un árbol, en un banco, en el lunar de otro con el que intentamos sustituir a quien ocupó todos los rincones de nuestro corazón… así es como, a veces, vivimos; dejamos pasar el tiempo sin situarnos en él. Colores, sabores, aromas, luces, melodías, voces… todo ocurre a nuestro alrededor sin que, en realidad, seamos conscientes porque lo relacionamos con algo o con alguien que ya no está en nuestro día a día. Y quienes somos así… Intentamos enamorarnos de manera cíclica, una y otra vez, como en una especie de reencarnación maldita.
Estoy permitiendo que los viejos recuerdos me sometan a su voluntad. Y la única manera de evitarlo habría sido alejándome de Aarón, tal como Ana me recomendó. Pero ahora ya es demasiado tarde. Y en lugar de avanzar… estoy retrocediendo. Aarón tiene razón: si continúo así, no podré crear mi propio camino que me lleve al futuro. Pero siento que estoy andando a tientas. Y la oscuridad es demasiado densa para mí.
—No sé qué es lo que te ocurrió realmente, Mel, pero déjame decirte que, si quieres, te ayudaré para que tus ojos vuelvan a sonreír. —Desliza sus dedos hacia mis párpados, causándome un cosquilleo delicioso.
Ya, claro, pero lo hará apoyándome sólo como amigo. Y lo que necesito es que me devore y que me saque estos pinchos que tengo clavados en todo el cuerpo.
Nos quedamos mirando durante un buen rato, completamente en silencio. Estoy intranquila porque imagino que oirá los latidos de este triste corazón. Esto es mágico. Lo que despierta en mí este hombre lo he mantenido oculto durante muchísimo tiempo. Si me ofreciese alguna palabra de amor o, simplemente, una caricia… quizá despertara. Puede que me sacara del letargo en el que me acomodé.
—En serio, preciosa, espero que algún día llegues a confiar en mí y te abras.
Voy a morir aquí mismo, bajo su atenta mirada. Está demasiado cerca de mí, y no puedo evitar repasar cada una de las palabras que me ha dedicado en la extraña cita que estamos teniendo.
¿Amistad? ¿Atracción? ¿El principio de un amor apasionado e intenso? ¿Qué es esto? Necesito que me lo diga, que dejemos claro qué es lo que hacemos cada vez que quedamos y qué es lo que quiere de mí. Sumida como estoy en mis pensamientos, no me doy cuenta de que se ha inclinado sobre mí. Trago saliva, sin comprender del todo qué es lo que sucede. ¿Se propone besarme? Oh, Dios mío… ¿Es exactamente eso lo que va a hacer?
Cierro los ojos, dispuesta a dejarme llevar por esta locura. Será lo que tenga que ser, y no voy a luchar más. Espero mi beso con el corazón rompiéndome el pecho y con el cuerpo tembloroso. Y cuando puedo notar su aliento en mis labios… Algo sucede. Un extraño dolor en mi cabeza… ¿He dicho «extraño»? ¡No, joder, es un dolor horrible! Suelto un grito y abro los ojos, y entonces, cuando veo a los chavales de antes acercándose a nosotros, comprendo lo que ha pasado. ¡He recibido un pelotazo! Malditos enanos, ¡han saboteado mi única oportunidad para besarme con Aarón! Por un momento pienso que voy a echarlo todo a perder, que me pondré a gritarles como una desquiciada y Aarón pensará que soy una mala persona. Sin embargo, logro controlarme y permito que sea él quien hable con ellos.
—¡Eh! Debéis tener más cuidado con la pelota —exclama, cogiéndola y pasándosela a uno de ellos.
—¡Lo sentimos mucho! —El chico que la recoge se vuelve hacia mí—. ¿Se encuentra bien, señora?
¿Perdón? ¿Me ha llamado «señora»? Pero ¿cuántos años se ha creído el mocoso este que tengo? Primero me destroza el cráneo y después me trata como a una vieja. Más vale que nos vayamos de aquí porque puedo cometer un asesinato.
Aarón se queda patidifuso cuando lo cojo del brazo y echo a andar sin responder siquiera a ese crío. Inspiro con fuerza, intentando calmarme. Vamos, Mel, que no pasa nada. Si Aarón iba a besarte, aún querrá hacerlo, ¿no? Pero cuando me detengo y me vuelvo hacia él, me doy cuenta de que algo ha cambiado. Parece el mismo Aarón de siempre, ese que es divertido y atento, aunque… tan sólo como amigo. ¿Por qué los hombres tienden a cambiar de actitud tan rápidamente?
—Casi te quedas sin cabeza, ¿eh? —dice entre risas.
Intento unirme a ellas, pero lo cierto es que tengo ganas de llorar. Me duele, me saldrá un chichón y, para colmo, la magia que había entre nosotros ha desaparecido. Me digo a mí misma que jamás iré con un tío que me gusta cuando haya niños cerca jugando al fútbol.
—Hace tiempo que sucedió eso —respondo muy seria, notando que voy a volar muy lejos… Y no quiero. Quiero permanecer aquí con él, pero…
—Mel…
—¿Alguna vez has pensado en casarte, Aarón? —le pregunto con la atención puesta en el horizonte.
—¿Casarme? —Parece sorprendido. Se coloca a mi lado y me mira fijamente, pero continúo observando más allá—. La verdad es que no. Como te dije, me cuesta establecer lazos afectivos. No me veo creándolos durante toda una vida. Pero ¡quién sabe!, quizá más adelante…
—A lo mejor tienes alergia al compromiso —digo con voz monocorde, sin apenas parpadear.
—Podríamos definirlo así.
Noto que está intentando ser bromista, quizá porque se ha dado cuenta de que estoy más seria que de costumbre.
—¿Sabes? Una vez estuve a punto de casarme —le confieso. Lo hago porque Aarón me inspira confianza y porque necesito liberarme de este dolor. Lo hago porque, en este mágico atardecer, me parece que vuelvo a estar con él… con la persona que me entregó más amor, pero también más dolor.
—¿Qué sucedió? —me pregunta, a sabiendas de que no podré contestarle. No aún…
—Que tenía una especie de alergia al compromiso. Como tú. —Esbozo una sonrisa triste, preñada de nostalgia.
—Muchos hombres somos así, no es algo que debas dejar que te afecte.
Sus palabras ya no me causan efecto. No me alegran; no me entristecen. Todo alrededor ha desaparecido, y no puedo más que nadar por recuerdos que tienen mucho de prisión y nada de libertad.
—Pero fue bonito… Lo fue durante el tiempo en que creí que él se convertiría en mi marido. Y durante los instantes en que pensé que lo nuestro podía ser eterno. —Me cubro los ojos con la mano para poder observar con más atención la puesta de sol.
Pero no. Nada lo es. Nada es eterno. Ni siquiera este atardecer en el que Aarón y yo nos bañamos.
Aun así, mis angustiosos recuerdos parecen tener la voluntad de quedarse toda una vida.