9

Al final no hemos ido a tomar esa copa. Estábamos a punto de salir cuando mi estómago ha soltado un gruñido que debe de haberse oído en todo el edificio. Aarón se me ha quedado mirando con los ojos muy abiertos —yo tenía las orejas como dos cerezas—, y se ha echado a reír y me ha preguntado si tenía hambre. La verdad es que, como no había comido desde mediodía, sí que estaba hambrienta.

—Entonces habrá que ponerle remedio, ¿no? —ha dicho con su inquebrantable sonrisa.

El corazón se me ha acelerado pensando que iba a sugerirme que fuéramos a un restaurante. Ya nos imaginaba como una auténtica parejita, haciéndonos ojitos y todo. Sin embargo, ha propuesto quedarnos en su casa, cosa que me ha parecido mucho mejor porque me habría puesto nerviosa.

Hemos pedido comida rápida, y ahora mismo estamos devorando unas suculentas hamburguesas en la enorme terraza de su ático. Nos encontramos sentados en unas sillas de plástico disfrutando del sabor de la carne.

—¿Te gusta este tipo de comida? —me pregunta observándome con curiosidad.

Tengo la boca llena y con un gesto le pido que me deje tragar.

—La verdad es que para algunos momentos no está mal.

Se echa a reír y da un gran bocado. Lo cierto es que están buenísimas, para qué mentir. A un par de calles de la suya hay un local en el que preparan hamburguesas y pizzas caseras. La mía tiene un sabor estupendo, ¡por favor…!

—No suelo estar con mujeres que disfrutan de una buena hamburguesa con todos sus ingredientes —me dice de repente.

—¿Ah, no?

Parpadeo, fingiendo sorpresa, aunque ya me había formado una idea de sus compañías. ¿Qué pasa? Una tiene derecho a montarse su propia historia, ¿no?

—A mí también me gusta, pero cuido mi dieta —me explica al tiempo que observa una patata frita. Se la mete en la boca y la saborea.

—Ya, se nota —respondo sin pensar demasiado.

Me escruta con curiosidad. Bueno, ¿qué? ¿Ahora va a fingir que no se ha dado cuenta de cómo lo miro desde que lo conocí? Agacho la cabeza con timidez.

—Quiero decir que te mantienes bien. Supongo que irás al gimnasio —me apresuro a contestar.

—Un par de veces por semana, pero no es que me entusiasme hacer pesas y todo eso. Prefiero la natación; es un deporte que combina cuerpo y mente.

—Ah, claro. —Asiento como si tuviera mucha idea. Espero que no me pregunte si hago ejercicio, porque me paso el día con el culo pegado a la silla del despacho.

No quiero mostrarme demasiado curiosa con él, pero lo cierto es que me apetece mucho saber sobre su vida, así que me atrevo a preguntarle algo más íntimo.

—¿Por qué no te dedicas a pintar a tiempo completo?

Me llevo a la boca el último bocado de hamburguesa y lo hago bajar con un trago de cerveza. Aarón también bebe de la suya, tomándose su tiempo para contestar. Cuando lo hace no me mira a mí sino al firmamento estrellado que nos vigila desde arriba. Alzo también la vista y me siento cautivada por el brillo de los astros.

—Triunfar en el arte es difícil hoy en día —responde al fin—. Cuando era más joven intenté dedicarme a tiempo completo, pero no podía vivir sólo de eso. De modo que… como me gustaba la noche, su ambiente y la música… Decidí iniciar mi propio negocio.

—Eso es de ser muy valiente.

Me quedo mirándolo con una sonrisa. Desliza sus ojos a mí y me la devuelve. Uf, es tan… guapo. Me encanta cómo la luna se refleja en su rostro aceitunado. Es perfecto, con esa fina barba en su mandíbula masculina. Pero, sin duda, lo mejor son esos ojos tan mágicos y expresivos.

—Y tú ¿qué? —me pregunta señalándome.

—A mí también me habría gustado dedicarme a otra cosa —le confieso.

Ladea el rostro hacia mí, esperando a que conteste. Me cambio de mano el botellín. Vuelvo la cara a él. Sus ojos me recorren de forma curiosa.

—Trabajo de correctora para una revista, pero lo que me habría gustado es ser escritora.

—Todavía estás a tiempo. Eres joven.

—No, tengo ya casi treinta años.

—Perdone usted, señora centenaria —se burla de mí.

Le salpico con unas gotas de cerveza. Se ríe, divertido, y me echa unas pocas a su vez. Es curioso que estemos actuando de este modo: somos dos personas adultas, un hombre y una mujer, que hablan con sinceridad y sin mostrar atracción sexual. Bueno, al menos en este momento no estoy pensando meterme en su cama.

—¿Y no te gusta tu empleo? —me pregunta de repente.

—No está mal, pero a veces resulta muy aburrido. Todos los días es lo mismo.

—¿Qué tipo de textos corriges?

—Entrevistas, artículos, columnas de opinión… De todo un poco. Ya sabes que trabajo para la misma revista que Dania.

—No sé mucho sobre ella. —Se encoge de hombros como si realmente mi amiga no le importase.

—¿Por qué decidiste pintarla? —Me muestro curiosa.

—Bueno, porque es guapa y necesitaba una modelo así.

Da un trago a su cerveza y se la acaba. Se inclina para coger otra del cubo lleno de hielo, pero acaba sacando dos y me ofrece una. Me apresuro a terminar la mía antes de aceptársela. Hace mucho calor y la cerveza, tan fresca, está sentándome genial.

—Pero… ahora me alegro mucho de que al final hayas venido tú.

Abro la boca con sorpresa. Vaya, esa respuesta sí que no me la esperaba. Tampoco es que vaya a hacerme ilusiones por esa tontería, claro está. Lo que pasa es que me ha desarmado por completo por la forma en que me lo ha dicho. Debería concienciarme de que es un hombre muy seguro de sí mismo, atractivo y seductor… así que está claro que debe de gustarle coquetear con las mujeres, aunque después no se acueste con ellas.

Como ve que no contesto, continúa hablando.

—Dania es guapa, sí. —Lo ha dicho más para sí mismo que para mí, con la vista otra vez en el cielo. Ahora que no me ve, aprovecho para observar ese pecho que le asoma entre la ropa… ¿Cómo será acariciarlo? A ver, Mel, ¿no asegurabas que eras capaz de hablar con él sin pensar en nada sexual?—. Pero es un tipo de belleza que no acaba de atraerme del todo. Cuando pinto, necesito algo más discreto. Sí, ésa es la palabra: una hermosura discreta, pero una hermosura que termina por atrapar todas las partes de tu cuerpo y de tu mente. —Me mira de nuevo con los ojos entrecerrados.

Trago saliva, nerviosa por lo que acaba de decir. Una belleza que atrapa. ¿Ésa soy yo? ¿Significa eso que lo atraigo o qué…? No me atrevo a preguntárselo. No viene a cuento y tampoco tenemos suficiente confianza.

Nos quedamos callados un ratito, simplemente escudriñando el firmamento. Esta noche hay muchas estrellas. A decir verdad, tampoco es que yo suela fijarme en eso. Pero lo cierto es que hoy me parece que el cielo está diferente. Lo noto más cercano, lo que me hace pensar en lo diminutos que somos Aarón y yo ante todas esas constelaciones que nos observan desde arriba.

Me termino la cerveza y alargo la mano para pedirle otra. Suelta una risita y me la entrega. Las puntas de nuestros dedos se rozan tan sólo una milésima de segundo, pero no puedo evitar sentir un cosquilleo en el estómago.

Me doy cuenta de que empiezo a ponerme contentilla. Los labios se me ensanchan esbozando una sonrisa que no puedo controlar. ¡Y seguro que ya se me han achinado los ojos! Espero que no se percate de que el alcohol me sube tan deprisa.

—Oye, ¿y qué tal de amores?

La pregunta de Aarón llega de improviso. Por nada del mundo habría pensado que iba a interrogarme sobre algo así. De haber estado con una amiga me habría parecido normal, pero viniendo de él me resulta imposible no ponerme nerviosa.

—Nada serio —me limito a contestar.

—¿Estás viéndote con alguien?

Sé que me mira, pero me da un poco de vergüenza hacerlo a mi vez. Al final, para no quedar mal, ladeo un poco el rostro hacia él. No sé por qué me ha preguntado eso… ¿Realmente le importa o lo hace por tener un tema de conversación?

—No… Bueno, sí… —Me muerdo el labio inferior. ¿Por qué he dicho algo así? Sólo me he acostado una vez con Héctor. ¿Lo he soltado porque inconscientemente creo que le daré celos? ¡Menuda tontería! Seguro que Aarón es un alma libre.

—¿Y no es nada serio?

—Supongo que… no. Es mi jefe. —Hale, ya se lo he contado. ¿Qué pensará ahora de mí?

—¿Tu jefe? —Esboza una sonrisa sorprendida. Después suelta una risita y se me queda mirando con curiosidad.

—La verdad es que jamás había pensado tener nada con él —le confieso, notándome algo más atrevida. Son los efectos del alcohol, que siempre me hace hablar más de la cuenta. ¡Y no siempre es bueno! Y claro, como antes de que nos trajeran la cena me sentía nerviosa, pues me he tomado unas cuantas cervezas. Creo que con la de ahora debo de ir por la sexta o… ¿la séptima? No sé, pero vamos, que estoy un poco borracha. ¿Un poco…? Uf, no es la palabra correcta.

—¿Por qué?

—Pues porque no. Porque es mi jefe y ya está.

—¿Y qué ha pasado entonces? —Lo pregunta como si de verdad le interesara. A lo mejor es una de esas personas que se excitan oyendo hablar de los escarceos sexuales de los demás.

—Pues… Hace nada entró en mi despacho y, así porque sí, coqueteó conmigo y después me envió un correo invitándome a cenar.

—Y aceptaste. —Aarón me señala con su botellín de cerveza sin borrar la sonrisa.

—Sí. Estaba aburrida en casa y me dije que por qué no. —Me quedo callada unos segundos, sopesando si debo contarle que estaba en una sequía sexual muy mala. No, no, mejor no se lo explico—. Acudí allí y, nada, tonteamos un poco durante la cena…

—¿Ésa fue la noche en la que te vi en el local?

Asiento con la cabeza. Doy otro trago largo a mi cerveza y después recuerdo a la suertuda que estaba con él. Por supuesto, no se lo menciono, y él tampoco parece abierto a soltar prenda sobre ella.

—La cuestión es que nos fuimos a su casa y… Me asusté.

—¿Cómo que te asustaste? —Aarón arquea una ceja, sin comprender.

—Pues que… A ver, ¿cómo te lo explico…? —Me muerdo el labio, pensativa. Al recordar la situación, se me escapa una risa. Aarón también sonríe, aunque todavía no sabe nada. Me vuelvo hacia él y, sin poder evitar reírme, le digo—: Empezamos a liarnos, ambos muy emocionados, y va y me sienta en la mesa… Se baja los pantalones hasta los tobillos, supercontento, y entonces… Pues eso, que me asusté. Salté de la mesa y me fui hacia la puerta mientras me gritaba que no le hiciera eso.

A medida que hablo, Aarón se echa a reír también. Acabamos los dos a carcajadas. Pronto me siento un poco ridícula, así que me callo, pero él continúa aún con sus risas. Sí, debo de parecerle una loca, por Dios. Sin embargo, cuando me mira no lo hace con gesto de burla, y me tranquilizo un poco.

—¡No puedo creerlo! —Se limpia una lágrima del ojo—. ¿De verdad lo dejaste con todo el calentón?

Agarro una patata que ha sobrado y lo apunto con ella.

—Sí, pero en realidad al día siguiente me comporté bien. —Oh, no, de verdad que estoy hablando demasiado. Ay, tengo que callarme, no puedo decir esto, no—. Follamos en mi despacho como locos. —¡Bomba vaaa! Aquí llega la Melissa sin pelos en la lengua.

Aarón mueve la cabeza de un lado a otro sin borrar la sonrisa de la cara. ¿Qué espero confesándole estas cosas? ¿Que piense que soy una loba en la cama para que quiera acostarse conmigo? Pues entonces ¡soy patética!

—Los despachos son un lugar muy común para practicar sexo —suelta de repente con una voz muy sensual.

Lo miro como si fuese un bicho raro. Sonríe.

—¿Tú lo has hecho mucho en uno? Para mí fue la primera vez —le confieso.

—Para mí también fue la primera… Una de tantas. —Sus ojos tienen un brillo pícaro. No entiendo qué ha querido decir—. Pero esa primera fue con mi profesora de literatura, cuando yo tenía diecisiete años. Lo hicimos en su despacho.

—¡Eras menor! —Me llevo una mano a la boca.

—Y ella una profesora muy joven y atractiva. —Me guiña un ojo y se termina la hamburguesa.

Doy un trago a mi cerveza pensando en lo que me ha contado. No puedo evitar acordarme de nuevo de mi primera vez. Incluso con la cantidad de alcohol que llevo en el cuerpo, es doloroso. No, no es algo que pueda contarle así de buenas a primeras, no voy a ser capaz…

—Pues creo que ya no puedes quejarte de que tu trabajo sea aburrido —dice con malicia.

Chasqueo la lengua y suelto una carcajada. Me pongo colorada sin comprender los motivos.

—¿Cómo es él?

—¿Quién? ¿Héctor? —Lo miro sorprendida.

Aarón asiente con la cabeza. Se termina el botellín de cerveza y me pide con un dedo que espere. Entra en el apartamento en busca de más bebida, supongo. Espero durante un buen rato, observando las estrellas, perdida en los misterios que pueden esconderse allá arriba. Por fin aparece con dos copas. Me entrega una. No me gusta mezclar, pero ésta tiene tan buena pinta… Ni siquiera le pregunto qué es. No entiendo muy bien por qué, pero si voy a hablarle de Héctor me parece como que necesito un poco de ayuda. Me la bebo de un trago y acabo tosiendo. ¡Madre mía, qué fuerte estaba!

—Vaya… Espero que no tengas problemas con el alcohol —dice con tono sardónico.

Me recuesto en la silla, cerrando los ojos y notando el ardor de la bebida en el paladar, en la garganta y, al cabo de unos segundos, en el estómago. En cuatro, tres, dos, uno… estaré muy borracha.

—Héctor es guapo —respondo con voz grave a causa de la quemazón que noto en la boca.

—¿Sólo eso? —Aarón me mira divertido.

—Tiene buen cuerpo. Y un tatuaje en el hombro que me encanta. —Sonrío con los ojos cerrados, recordando el dibujo.

—¿Y de personalidad?

—No lo conozco mucho. Tan sólo sé de él como jefe. —Empieza a trabárseme la lengua—. Es autoritario y siempre me ha tratado como a una empleada más. Bueno, quizá conmigo ha sido más mandón que con los otros.

—Y vuestra relación ha cambiado tan de repente…

Vuelvo la cabeza hacia él y lo miro con mala leche. Niego una y otra vez.

—No, no y no. Nada ha cambiado. Todo seguirá igual. Me pedirá correcciones, me chillará cuando no estén terminadas a tiempo… y yo agacharé la cabeza y callaré. Bueno, alguna vez le contestaré, en especial si me ha bajado la regla.

—No creo que eso sea posible. —Aarón mueve su copa y los cubitos tintinean en el interior.

—¿Por qué no?

—No te conozco mucho, pero creo que intuyo cómo eres. —Aguarda a que diga algo, pero en realidad no me salen las palabras. Tan sólo lo miro con cautela y con una expresión interrogativa en el rostro—. Cuando vuelvas a verlo, te pondrás roja como un tomate y no podrás ni saludarlo. Y eso a él le pondrá más.

—¡Para nada!

Niego de forma rotunda, pero en mi interior hay algo que me dice que quizá tenga razón. Ahora mismo no quiero planteármelo.

—¿Te gusta mucho? —me pregunta tras dar un sorbo a su bebida.

—No sé, normalillo. Es atracción física y ya está.

—¿Por qué no hay un más allá? —Parece interesado de verdad, aunque no entiendo por qué.

—Somos muy diferentes. Él se mueve en otra esfera, ¿sabes? Tan guapo, tan seguro de sí mismo, rodeado de mujeres y de hombres con éxito… A su edad tiene una carrera consolidada. —Me detengo, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla. Suelto un suspiro—. Y yo soy una simple correctora aburrida. —Me muerdo el labio mientras pienso—. Pero no es sólo eso: es que no conozco nada de él y tampoco creo que me apetezca hacerlo. Y me da que él tampoco lo pretende conmigo. Ha sido sexo y ya está.

—Tú no eres de ésas —musita mirándome fijamente.

No respondo. En realidad no lo soy, pero con Héctor me dejé llevar. Y el catalizador fue Aarón. Me excité pensando en él y eso me llevó a mantener sexo con otro hombre. Qué vergonzoso…

—Yo me he acostado con muchas mujeres —me informa. Vale, de acuerdo, aunque no quería saberlo. Tendría que haberlo imaginado—. Pero nunca he repetido.

—¿En serio? —Abro los ojos—. Con tus parejas sí, ¿no?

—Yo no las llamaría «parejas». —No aparta la vista de mí. Es como si estuviera esperando mi reacción—. Cuando me acuesto con alguien, no deseo volver a repetir porque puede suceder algo que no sea bueno para ninguno de los dos. Me cuesta sentir algo por alguien.

—¿Nunca te has enamorado?

—Sí. —Me sonríe mostrándome sus perfectos dientes y yo me quedo atontada—. Pero a ellas no les gustaba mi forma de vida. Ya sabes: la noche, un local, muchas mujeres…

—Dania dice que nunca te has acostado con tus clientas. —Se me escapa lo que mi amiga me explicó.

—¿Eso te ha contado? —Se echa a reír como si le resultara muy gracioso—. Entonces será que no las veo como clientas.

Se las tira. Dania me mintió. Pero ¿por qué? La muy perra quiere que me deshaga de mi Ducky y no sabe cómo conseguirlo. Le he dicho mil veces que no me van los mujeriegos.

—Yo estuve muy enamorada durante muchos años. —Oh, no. Ya estoy otra vez confesándome. ¿No me había prometido que no le contaría nada al respecto? Pero la mirada de Aarón me incita a sincerarme más y más. Es como si me comprendiera. Me parece conocerlo desde hace tiempo—. Para mí, él era todo mi mundo. A ver, eso no significa que no fuera una mujer independiente… Me refiero a que lo amaba, en serio. Lo amaba tanto que pensaba que estaríamos juntos toda la vida. —Poso la vista en el suelo, un poco avergonzada. El alcohol se me está subiendo a la cabeza y me noto mareada—. Pero no todo puede ser perfecto siempre… Eso es algo que, quizá, aprendí tarde.

Siento un pinchazo en el corazón. No debería estar hablando de esto; es tan doloroso…

Y de repente, sin poder evitarlo, los recuerdos me sacuden con tanta fuerza que, durante unos segundos, tengo unas ganas tremendas de llorar.