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Llego al trabajo con más mala leche que de costumbre. Aunque, de todas formas, ya me he ganado la fama de ser la empleada que menos sonríe. Es más, el año pasado, durante la cena de empresa de Navidad había organizada una sorpresa en la que unas cuantas empleadas entregaban a cada uno de sus compañeros una especie de diploma con un mensajito divertido. A mí me tocó el de «Para la tía más avinagrada». No me hizo ni puñetera gracia, pero supongo que tienen razón.
Mis tacones resuenan en el linóleo aumentando el dolor de cabeza con el que me he despertado esta mañana. Cuando paso al lado de los hombres de la oficina se oyen algunos cuchicheos. También tengo fama de ser un poco estrecha. Imagino que eso está relacionado con lo anterior. Los tíos de la empresa temen acercarse a mí, incluso en las fiestas. En esa de Navidad en la que recibí el puñetero diplomita, uno se atrevió a coquetear conmigo. Estaba muy borracho y a mí no me gustaba para nada, así que cuando intentó besarme a pesar de que le había estado dando largas, le derramé el cubata por encima y me disculpé alegando que había bebido demasiado y estaba mareada. Recuerdo que Dania rio como una loca ante mi ocurrencia y me dijo que a ver si me deshacía ya de toda la mala leche y me acostaba con alguien, que la falta de sexo me estaba convirtiendo en la señorita Rottenmeier.
Al darme la vuelta, compruebo que un par de tíos todavía están murmurando. Les lanzo una mirada mortífera que automáticamente les hace callar y volver a su trabajo. ¡Será posible…! Me pregunto sobre qué cuchicheaban. Lo hacen día sí y día también, y ya empieza a molestarme ser la comidilla de la empresa. Bueno, lo somos Dania y yo, pero a ella le parece fantástico estar siempre en boca de todos. A mí me encantaría pasar desapercibida, y mira que lo intento con faldas largas, pantalones sobrios y blusas que me cubren hasta el cuello.
Antes de ir al despacho giro a la derecha y me dirijo a la salita del café. En ella hay dos mujeres y uno de los becarios con una tremenda cara de sueño. Ellas me sonríen, removiendo con la cucharita el café. Las saludo con una inclinación de la cabeza y me sirvo una taza.
—Melissa, el jefe te estaba buscando —me dice Julia, la asistente editorial. Lleva trabajando aquí hace eones. No sé cuántos años tiene, pero imagino que unos cuarenta y pico. Y es mucho más divertida que yo. Hasta parece más joven (de espíritu, claro, que no físicamente). Pero se nota que sabe divertirse y eso me molesta un poco. ¿Cuándo dejé de ser yo el alma de la fiesta? Ya ni me acuerdo.
«Joder», murmuro para mis adentros. Sé por qué me busca y no sé qué voy a responderle. Doy un sorbo a mi café y contesto a Julia:
—¿Puedes decirle que me ha bajado la menstruación y me encuentro fatal? —Ella niega con la cabeza. Le suplico con la mirada hasta que lanza un suspiro y sé que la he convencido. Le doy un beso en la mejilla—. ¡Gracias!
—Me debes ya muchas cenas —me advierte poniendo los ojos en blanco.
—Te prometo que te invitaré a lo que te apetezca. Si quieres, esta semana. —Le sonrío, tratando de parecer maja—. Ve pensando dónde te gustaría.
También dedico una sonrisa a Marisa, la otra mujer. Es periodista y se encarga de realizar las entrevistas y demás. Sé que no le caigo nada bien y que no entiende por qué Julia es tan permisiva conmigo. Ellas se conocen desde hace mucho y son muy amigas. Pero son el día y la noche. Marisa tiene tanta mala fama como yo. Bueno, quizá un poco menos porque como es una señora se le permite ser más seria. Yo debería comportarme como una mujer joven alocada o qué sé yo. No entiendo aún los mecanismos de la empresa, a pesar de llevar tres años en ella.
Las dejo en la salita con el becario, que está dormitando con su taza de café en la mano. Me recuerda tanto a mí cuando tenía su edad… Salía cada noche y llegaba a las prácticas con unas ojeras hasta los pies. ¡En esa época no me habrían llamado «cara avinagrada»!
Saco del bolso la llave del despacho. No obstante, antes de introducirla en la cerradura, noto una presencia a mi espalda. Ah, vaya… ya está aquí. A Julia no le habrá dado tiempo de decirle que estoy enferma —algo que es mentira, claro está—. Antes de que pueda abrir la boca, oigo una grave voz masculina:
—Melissa Polanco, te estaba buscando.
No lo miro. Giro la llave y abro la puerta, entrando en mi despacho seguida de él. Dejo mi bolso en el perchero y, dándole la espalda todavía, respondo:
—Me ha bajado la regla.
—Perfecto. Pues ve al baño y ponte una compresa —dice aún muy serio.
—Tengo mucho dolor…
—Tómate algo. En el botiquín hay ibuprofeno.
Me limito a sentarme tras el escritorio y a conectar el ordenador. Espera a que todo esté listo para continuar hablándome.
—Melissa Polanco, ¿dónde están las correcciones? —Se cruza de brazos—. No las he visto en mi correo, y quedamos en que me las enviarías ayer por la noche.
—Eso es explotación —me quejo sin apartar la mirada del ordenador—. ¿Por qué los demás no tienen que trabajar hasta tan tarde?
—Quizá es que tú pospones demasiado tus tareas —se mofa.
—No es cierto. Sólo ha pasado esta vez. —Por fin me siento capaz de alzar la mirada y la clavo en la suya.
Héctor es el único hombre que se atreve a dirigirme la palabra. Claro, es mi jefe, un jefe muy joven y muy atractivo. Tiene treinta y un años, y puedo asegurar que la mayoría de las mujeres de la compañía están loquitas por él. Corren rumores de que alguna que otra se ha enredado en sus sábanas. En las mías no, desde luego. Para estas cosas soy muy tradicional. Sé que Héctor está para lamerse los dedos después de habérselo comido, pero yo no mezclo el trabajo con el placer. Además, él tampoco parece interesado en mí. No al menos en ese aspecto. Se dedica a acosarme sólo para pedirme una corrección tras otra, para denegarme las vacaciones o para ordenar que me quede una hora más.
—¿Me las vas a pasar o qué? —insiste rodeando el escritorio y situándose ante mí.
—No las he terminado —respondo mientras me encojo a la espera de un rapapolvo. No llega. Alzo la cabeza con un ojo abierto y el otro cerrado. Héctor aún tiene los brazos cruzados, pero me observa con expresión divertida. Tiene la boca entreabierta y, poco a poco, se le va formando una sonrisita que se me antoja peligrosa.
—¿Has estado divirtiéndote esta noche acaso? —pregunta de repente.
—¿Perdona? —Doy media vuelta en la silla giratoria hasta quedar frente a él.
—Te perdono la tardanza, si tienes una buena excusa. Como que estuviste trincando hasta la madrugada o algo así.
Me quedo con la boca abierta. Héctor nunca me había dicho algo así. Vuelvo el rostro, tratando de entender lo que sucede. Ah, claro, está llegando el verano. Supongo que la sangre se altera en esta época, y no en primavera. Aun así, ¿cómo puede hablarme de este modo mi jefe? ¿Y qué clase de persona utiliza todavía la palabra «trincando»? ¡Qué horrible, por Dios! O sigue en la época de los noventa o a saber qué se le pasa por la cabeza.
—Siento decepcionarte, pero me dormí —respondo. Es una verdad a medias. Cuando llegué a casa me propuse terminar las correcciones y olvidarme de todo lo sucedido por la tarde, pero fue meterme en la ducha, recordar las manos del pintor en mi cuerpo y desatarme. Me pasé un buen rato usando a mi Ducky y luego, del cansancio, me quedé traspuesta. Pero eso es algo que jamás contaría a mi jefe, por supuesto.
—Entonces estás castigada —dice Héctor señalándome con un dedo que casi roza mi nariz.
—¿Qué? ¿Hemos vuelto a primaria y no me he enterado?
—A la hora del almuerzo las terminas —ordena muy satisfecho. Le encanta mandarme. Seguro que así se siente superior. Pues ni de coña pienso perderme el almuerzo, uno de mis momentos favoritos del día.
—¡Eh! Pero quiero mi bocadillo… —Hago un mohín con los labios.
—No te morirás por un día que no almuerces. —Se separa del escritorio y se acuclilla ante mí. Lo miro bizqueando un poco. Pero ¿qué está haciendo ahora?—. Así te deshaces de esta tripita. —Me da una palmadita en el vientre.
Le lanzo una mirada furiosa. ¿A santo de qué este atrevimiento?
—Héctor, ¿qué cojones haces tocándome la barriga? —Me levanto de golpe de la silla y casi lo hago caer al suelo—. Eres mi jefe, ¿recuerdas? Hasta hace unas veinticuatro horas me tratabas como lo que soy: tu empleada.
Se levanta también, observándome con una media sonrisa. Da un paso hacia atrás y me echa una mirada de arriba abajo, una que me parece que es diferente a las anteriores. No entiendo nada de lo que está pasando.
—Cualquier otra mujer se habría enfadado por haberle dicho que tiene tripita. En cambio, tú lo haces porque estoy coqueteando contigo.
—¡Y es totalmente comprensible! —exclamo alzando los brazos en un gesto de exasperación—. Eres mi jefe y lo único que tienes que hacer es mandarme más correcciones, no intentar ligar conmigo. Ni siquiera funcionaría. —Me cruzo de brazos y pongo mi mejor cara de enfado, aunque en realidad me siento totalmente sorprendida.
—Eres única, Melissa Polanco. —Y, a pesar del atrevimiento que ha tenido hace un minuto, continúa sin llamarme sólo por mi nombre. Se dirige hacia la puerta con esos andares tan seguros que lo caracterizan—. Ya sabes: termina las correcciones. Las quiero en mi correo a las doce. ¡Ni un minuto más tarde! —Sale y cierra con un portazo.
Me siento otra vez, soltando maldiciones. En ese momento la puerta se vuelve a abrir. Es él de nuevo. Lo miro con fastidio.
—Te he oído —dice sin borrar la sonrisa. Alarga un brazo y me señala—. Por cierto, bonito escote. No sabía que tenías… —Y cierra, esta vez sin el portazo.
Dirijo la mirada a mi camiseta. Vale, quizá sea un poco atrevida. Pero no tenía más ropa limpia en casa. Soy un desastre. Eso sí: mañana no vuelvo así. Prefiero que todos en la empresa sigan pensando que soy la Vinagres; en especial, que lo crea Héctor.
Tal como me ha ordenado, me paso la hora del almuerzo en el despacho corrigiendo sin parar. En ocasiones este trabajo es muy aburrido. Este texto en concreto es un coñazo. ¡Y luego dicen que soy una sosa! Pues no quiero ni pensar cómo ha de ser la persona que ha escrito esto. El estómago me ruge una y otra vez, echando en falta el bocadillo que le regalo todas las mañanas, ese de tortilla recién hecha con mahonesa que es mi favorito.
La puerta se abre una vez más. Voy a soltar un gruñido cuando descubro que no es Héctor, sino Dania, mi compañera. Bueno, podría decirse que somos más que eso: a veces nos vamos de copas juntas y nos contamos nuestra vida a menudo; además, intentó ayudarme con lo de mi ruptura, así que imagino que es justo que la llame «amiga».
Durante aquella cena de Navidad a Dania le regalaron un diploma que decía que era la pelirroja más ardiente. No le molestó ni un pelo; más bien, hizo que se sintiera orgullosa. En realidad, no es pelirroja natural, pero eso a nadie le importa porque no es precisamente la parte que más atrae de ella —aunque es un complemento—. Dania tiene unos pechos descomunales, mucho más grandes que los míos, y ya es decir. Si a eso le añadimos su cintura de avispa, sus piernas infinitas y su rostro sensual, el conjunto es una mujer explosiva. Según las malas lenguas, ha sido una de las que se ha revolcado en las sábanas de Héctor. Pero nunca me lo ha contado, así que supongo que es mentira, ya que me sé con pelos y señales todas sus aventuras. Muchas veces acabo gritándole que se calle, por favor, porque suele ser demasiado explícita con las imágenes y no siempre son agradables.
—¿Por qué no has venido a almorzar? —pregunta sentándose encima de la mesa. Le veo todo el tanguita debido a lo minúscula que es su falda.
—Héctor me ha castigado —contesto casi con un gruñido. Desvío la vista del ordenador a ella—. ¿Por qué no llamas a la puerta?
—Bueno, hoy no estás con Ducky, ¿a que no? —Suelta una risita. Me pilló una vez con el pato en la mano. Por suerte, aún no había empezado la tarea. Desde entonces me recuerda que necesito un hombre en mi vida.
—Creo que Héctor me ha tirado los trastos —le confieso. Dania puede aconsejarme. Sabe de estas cosas más que yo.
—¿En serio? —Da una palmada en la mesa y se inclina hacia delante—. ¿Nuestro Héctor?
—Tu Héctor será, porque el mío no. —Continúo tecleando para terminar las correcciones cuanto antes. Faltan sólo diez minutos para las doce, y él es capaz de ponerme otro castigo si no las recibe a esa hora.
—Madre mía, Mel, ¡cómo estás últimamente…! —Al oírla alzo la vista y me doy cuenta de que me mira con los ojos brillantes.
—¿Qué insinúas?
—Esta mañana he hablado con Aarón… —Ah, se refiere al pintor, el hombre que tuvo la culpa de que no hiciera las correcciones. Insto a Dania a continuar. Sonríe y acerca su rostro al mío—. Me ha dicho que fuiste una buena modelo… y que espera que vuelvas el viernes.
—Lo de que regrese el viernes ya lo sé; casi me lo ordenó. —Reanudo mi trabajo, pero ya no puedo concentrarme. Dirijo la vista de nuevo hacia Dania y le pido—: Ve tú.
—¿No comprendes que ahora eres tú su modelo? ¿Cómo va a pintarme a mí? —Agacho la vista y suelto un suspiro. No puedo encontrarme otra vez con esos ojos que me han desarmado por completo. Mi amiga da un chasquido con los dedos para que la mire—. ¿Verdad que está cañón?
—No sé —respondo encogiéndome de hombros.
—Vamos, Mel, ¡que tienes ojos en la cara! —Dania frunce las cejas—. Y sé que no quieres volver porque te pone perraca.
—¡Dania, calla! —exclamo notando que las orejas se me tiñen de rojo.
—Aarón podría haberse tirado a un montón de mujeres —continúa ella, aunque no le he pedido ninguna explicación—. Vale, en realidad seguro que se las habrá tirado. Pero, por lo que sé, es muy selectivo.
—¿Y eso por qué? —pregunto con curiosidad. Bueno, supongo que tan sólo se acostará con mujeres atractivas; vamos, con tías que estén a su altura.
—Pues porque mira que he intentado veces algo con él y no…
—No quiero saberlo, Dania. —Me tapo las orejas.
Me señala con un dedo y una sonrisa más ancha que su cara. Se remueve encima de la mesa, enseñándome más su tanga. A veces pienso que lo hace a propósito, que debe de sentirse muy orgullosa del amplio surtido de ropa interior que tiene en casa.
—¡Ajá! No quieres porque hace que se te caigan las bragas.
—¡Vete ya, que tengo que terminar esto! —le grito agitando una mano.
Da un saltito para bajar de la mesa y se dirige hacia la puerta con sus tacones de infarto. Me mira en silencio mientras continúo dándole a las teclas.
—Ya sabes, el viernes te espera. Tira a Ducky a la basura de una vez. ¡Necesitas carne entre tus piernas, no plástico!
Sin darme tiempo a contestar, Dania sale del despacho entre risitas. Está tan loca… Le encanta el sexo. Y eso me parece maravilloso, a pesar de que a veces me saca los colores con las cosas que dice. A mí también me gusta, por supuesto, pero no voy por ahí contando mis escarceos sexuales. Vale, escarceos inexistentes. Pero ¡podría hablarle de todo lo que hago con Ducky!
Termino las correcciones unos minutos antes de la hora indicada. Se las envío a Héctor con una sonrisa de alivio y orgullo. Inclino la silla hacia atrás, estirando los brazos y esbozando una sonrisita. Ahora no podrá echarme en cara que no he cumplido con mi trabajo.
Voy a desconectar el ordenador para tomarme un pequeño descanso, pero entonces me llega un correo electrónico. Es de Héctor. Lo abro para ver qué quiere. Lo mismo le da por decirme que las correcciones están mal… ¡Qué sabrá él!
De: hectorplm@love.com
Asunto: Tu escote
Melissa Polanco:
Quiero que tú y yo vayamos esta noche a cenar. La dirección: Sueños de sabores. Avenida de la Hispanidad, 5. A las nueve y media allí.
Trae tu escote. Quizá pueda ser mi postre.
H.
Releo el correo sin poder dar crédito a lo que la pantalla me muestra. Pero ¿qué…? Entonces ¿de verdad estaba coqueteando conmigo? ¿Ha sido culpa de mi escote que se haya fijado en mí? Intento subirme rápidamente la camiseta, a pesar de que en el despacho no hay nadie. Estoy actuando como una tonta, lo sé. ¡Ni que estuviera viéndome por webcam! La cuestión es que Héctor jamás me había sugerido nada y ahora, de repente, me envía este mensaje que tiene mucho de insinuación. Si cree que voy a acudir a la cita, es que no me conoce nada. Y puede que así sea, porque las pocas frases que cruzamos son para hablar sobre trabajo o para discutir porque yo quiero salir antes o porque él me exige demasiado.
Echo otro vistazo a la pantalla con los ojos entrecerrados, notando que el pulso se me acelera. Suelto un bufido rabioso y, a continuación, cierro el correo sin responder a Héctor.
¿Se ha vuelto loco todo el mundo o qué?