18

Tal como supuse, el último encuentro con Héctor no lo fue en realidad. He intentado por todos los medios poner terreno de por medio entre ambos, aunque no lo consigo. Mi mente me envía señales de alarma una y otra vez, pero mi cuerpo me asegura que lo necesita, que anhela sus hambrientas caricias, sus apasionados besos y sus silencios. Sí, sobre todo eso. No sé cómo escapar de esta extraña relación que no me traerá nada bueno. Aun así, nuestros encuentros se multiplican y yo no sé cómo detenerlos. A veces me gustaría gritarle que se largue, que desaparezca de mi vida y que me permita intentar sonreír como antes. Pero en cuanto sus dedos rozan mi piel… hay algo que se me revuelve por dentro y entonces sale la bestia que permanecía oculta en mí, y quiero morderle los labios, arañarle la espalda y que nos devoremos hasta que este dolor que me inunda se convierta en un rumor sordo junto a mi oído. Es tan complicado entender por qué estamos haciendo esto… ¿Se siente él tan perdido como yo?

Me gustaría pensar que así es porque entonces podría exculparlo. Pero si tan sólo lo hace porque es su forma de ser, porque le gusta jugar y destrozarme… Jamás podré dejar de odiarlo. ¿Por qué no me habla? ¿Por qué no me explica cuál es el sentido de todo esto? Quizá la culpa es mía por pedirle que no me mirara y que continuáramos este juego en silencio. Alguna vez he pensado que… Me gustaría saber más de él, entender qué piensa cuando está dentro de mí de una forma tan violenta. Pero entonces obligo a mi mente y a mi cuerpo a endurecerse, y tan sólo permito que se reblandezca cuando él lo recorre con su respiración.

Y, a pesar de todo, siento que me rompo con cada uno de los gemidos que me saca. No, no estoy hecha para ninguna vida. Sexo. Amistad… ¿Dónde se encuentra el amor? Porque, de verdad, no lo encuentro. Soy sólo una tonta que se refugia en un sexo primitivo y despiadado y en una amistad que no irá más allá.

Hace nada que he terminado las correcciones y he decidido poner la radio para distraerme un rato. Sin embargo, es la voz de Lady Gaga la que aparece por los altavoces y hace que mi estómago se contraiga. Tal como ella dice… estoy atrapada en un mal romance. «I want your love… Love, love, love. I want your love». No… Eso no es lo que quiero de Héctor. «You know that I want you. You know that I need you. I want it bad, your bad romance». Él, en cambio, sí sabe que estoy atrapada en su romance —si es que puede llamarse así— y que, realmente, lo quiero de esa forma tan sucia, en la que no pueda colarse ni un ápice de cariño. Está alimentando todo ese dolor y toda esa rabia que yo intentaba hacer a un lado. Tengo que deshacerme de él, tengo que terminar con estos encuentros que me están destrozando. No debo permanecer en el pasado. Tan sólo quiero avanzar hacia delante, como me dijo Aarón.

El reloj del despacho opina que son las doce del mediodía. Apago la radio y el ordenador, como si mi cabeza supiera lo que va a suceder. Minutos antes de que se esté acercando, ya puedo oír sus pasos en mi mente.

La puerta se abre sin previo aviso. Héctor entra sin saludar y antes de cerrarla ya está quitándose la camisa. Ha decidido no ponerse corbata para no perder tiempo. O quizá le trae malos recuerdos por cómo lo traté cuando estuvo en mi casa. Me levanto muy tensa, pero sin apartar la mirada de él.

Supongo que nos odiamos, pero al mismo tiempo necesitamos nuestros cuerpos. Detesto esta dependencia que, sin embargo, tiene que ser una mentira. Porque a quien realmente anhelo es a Aarón, ¿verdad? Entonces ¿cómo puedo estar haciéndome esto?

Desde aquella primera vez, no habíamos vuelto a hacerlo en mi despacho. Sin embargo, parece que Héctor hoy ha decidido que no puede aguantar más. Y sé que no está bien que practiquemos sexo en la oficina, pero todos sus gestos me empujan a hacerlo. Me da la vuelta sin mediar palabra. Ahí esta otra de las reglas silenciosas que hemos establecido: no mirarnos a la cara… Bueno, sí, fui yo la que se lo pedí un día, pero él ha hecho que sea una norma fija. Se lo agradezco porque así puedo llorar en paz. Supongo que debe de molestarle que sea una llorica que le corta el rollo.

Oigo que se despoja del cinturón y, a continuación, se baja el pantalón. Antes de que pueda darme cuenta, me ha subido el vestido. No me quita las bragas: echa la tela a un costado. Sus dedos me palpan con afán, empapándose de mi humedad. Se dedica a deslizar el índice por mi entrada, hace círculos en ella con lentitud. Mi sexo empieza a palpitar ante la inminencia del deseo. Me contoneo de forma atrevida, echando el trasero hacia arriba y hacia atrás. Apoyo los codos en la mesa para estar más cómoda, para ofrecerle una mejor postura.

—Ya, Héctor. Por favor, ya.

No quiero las caricias de sus dedos. Me parecen mucho más íntimas y hacen que me sienta mal. Lo único que anhelo es que me embista con fuerza, que me haga perder la conciencia por unos segundos.

Obedece. Se aprieta contra mi trasero. Noto su estupenda erección, húmeda y caliente. Enseguida la percibo introduciéndose en mí con parsimonia. Me muevo, pidiéndole más. Gruñe y, al fin, me penetra de una sola vez. Suelto un gemido de dolor y agacho la cabeza. El cabello me cae desordenado, rozando la madera del escritorio.

Héctor se balancea a mi espalda sujetándome de las caderas. Cierro los ojos con tal de imaginar que es Aarón quien explora los rincones más secretos de mi intimidad. Lo veo, lo siento en mí: sus ojos rasgados, azules y felinos; su boca de labios gruesos y rosados; sus manos grandes y al mismo tiempo suaves… Pero, después, son los ojos almendrados de Héctor los que aparecen en mi mente.

No, joder, no. ¿Por qué? Intento atraer a Aarón a mi conciencia otra vez. Lo consigo… Y, en ese momento, Héctor me saca de mi ensueño. Sale de mí y me obliga a darme la vuelta. Me sienta en la mesa como aquella primera vez, abriéndome de piernas y colocándomelas alrededor de su cintura. Se adentra en mi oscuridad una vez más. Lo noto tan fuerte, tan dentro, tan duro… que gimo. Me penetra con tal violencia que creo estar a punto de romperme. Cierro los ojos, dispuesta a perderme en mi imaginación otra vez.

—Ábrelos —dice él entre jadeos.

Obedezco, pero como no soporto su insistente mirada, ladeo la cabeza. Suelta una de mis caderas y me coge de las mejillas, clavándome los dedos. Me obliga a mirarlo.

—Estoy cansado de no ver tu expresión de placer cuando te corres —dice con voz ronca. Un escalofrío me recorre la espalda. Me aprieta las mejillas con más fuerza—. ¿Por dónde coño anda tu cabecita cuando estoy devorándote, Melissa? ¿A qué estamos jugando? Porque empiezo a cansarme.

No contesto. Una lágrima se desliza por mi cara, cayendo en uno de sus dedos. Se lo lleva a la boca y lo lame. A continuación, me besa con una rabia increíble. Entrelazo los brazos alrededor de su cuello, luchando con su lengua. Quiero que se dé cuenta de que no va a conseguir de mí más que esto.

—A partir de ahora te miraré cada vez que esté entre tus piernas —continúa, sin dejar de entrar y salir de mí. Siento que estoy a punto de irme, pero se detiene para hacerme sufrir. Me mira con rabia—. Te quiero toda, no por partes ni en silencios. —Su respiración se acelera.

Tampoco ahora contesto. Me embiste de tal forma que me cuesta respirar. Ni él ni yo podemos hablar. Continúa devorándome con su sexo sin palabras, entre gemidos y miradas que me hacen temblar. Aun así, reconozco que esto me encanta. Me vuelve loca con sus movimientos, y mi cuerpo anhela más y más. Tengo hambre de él, después de todo. Nunca me había sentido así. Antes pensaba que el sexo sólo se practicaba si había amor de por medio. Sin embargo, con Héctor hay algo más: es pura pasión y deseo que me sacuden desde muy dentro. Pero luego la mente se me llena de imágenes de Aarón y me siento confusa y culpable. Debería ser él quien estuviese otorgándome placer, no Héctor. Porque esto no es sano, porque lo único que hago es comportarme como una masoquista que se ha acomodado en el dolor.

El vientre se me encoge. Por las piernas me ascienden unas deliciosas cosquillas. Estoy a punto de llegar al orgasmo y voy a hacerlo con toda mi rabia. Me sujeto a los hombros de Héctor y clavo mis uñas en ellos. Se inclina para besarme, jadea contra mi boca, la inunda con su lengua. Lo aprieto contra mí con más fuerza, para que llegue muy adentro y borre esta sinrazón. Al fin alcanzo al orgasmo de manera escandalosa. Me pone la mano en la boca para tapar mis gemidos; nadie debe oírnos. Todo mi cuerpo tiembla mientras me deshago entre sus brazos.

Me quedo totalmente sorprendida cuando sale de mí. Él no se ha ido. En silencio, se pone los pantalones. No entiendo a qué viene todo esto. Lo único que sé es que tengo que terminarlo. La rabia vuelve a inundarme y, sin pensar mucho en ello, le suelto:

—No te quiero.

Héctor se detiene en su proceso de abrocharse el cinturón, se vuelve hacia mí y se me queda mirando con gesto huraño. Arquea una ceja. Me doy cuenta de que por sus ojos pasa un rayo de preocupación. ¿En serio? ¿Por qué ahora parece estar triste?

—¿Quién te ha preguntado, Melissa Polanco?

—No me acuesto con alguien a quien no amo —suelto, toda decidida, aunque me tiembla la voz.

Héctor sonríe moviendo la cabeza. Ese aire chulesco es el que me pone nerviosa. Pero a pesar de todo, no parece contento, ni tampoco seguro.

—Podrías haber dicho mucho antes que no —murmura con voz grave—. Llevamos haciéndolo un par de semanas. Pensé que te gustaba.

Me quedo callada. En realidad, sí. Pero también me provoca este dolor inhumano y no entiendo los motivos. ¿Es porque, en cierto modo, anhelo que Héctor me quiera para algo más que para sexo? Sí, me gustaría que fuese así, y después dejarle claro que yo no quiero nada más. Me encantaría hacerle daño, al igual que aquél a quien amé me lo hizo a mí.

—¿Acaso estás enamorada de alguien? —me pregunta con ojos burlones mientras acaba de abrocharse el cinturón.

Tardo en contestar, pero cuando lo hago es con rotundidad.

—Sí.

Héctor se me queda mirando con expresión extraña. Le tiembla la nuez en el cuello. He conseguido ponerlo nervioso. Ni yo misma me entiendo. ¿Por qué estoy comportándome así, como una chiquilla caprichosa, a mi edad? Fui yo quien aceptó participar en este juego erótico… y, en el fondo, me ha gustado.

Asiente un par de veces sin apartar la vista de mí. Su mirada se ha oscurecido y puedo percibir la tensión que flota en el ambiente ahora mismo. Ladeo la cabeza, un tanto incómoda.

—¿Has estado acostándote conmigo mientras amas a otra persona? —pregunta con una voz que me asusta.

—Él no me corresponde —contesto, como si realmente fuese una excusa.

—¿Y te desahogas conmigo, Melissa? —Oír mi nombre, dicho así con tanta rabia, me causa escalofríos.

No puedo responder porque en cierto modo es verdad que lo he usado. Pero no para desahogarme, como él piensa. Sólo necesitaba descargar la rabia y el dolor que llevaba dentro. Y me pareció que a Héctor le ocurría lo mismo, que nuestros oscuros sentimientos podían fundirse en uno hasta convertirse en otro más grande pero, al menos, compartido, ya que yo sola no podía soportarlo.

—No habrá más encuentros entre nosotros —suelta de repente con voz decidida.

—Perfecto —respondo haciéndome la dura.

—Te lo he dicho: no te quiero por partes. —Se dirige hacia la puerta—. No quiero tenerte si sólo puedes pensar en otro hombre. —Ni siquiera me mira a la cara—. Ten listas las correcciones para las dos.

—No voy a quedarme sin pausa —me quejo, acercándome a él—. No te vengues de mí de esta manera.

—¿Crees que necesito vengarme? —Esta vez sí se da la vuelta y me clava su ardiente mirada. Está furioso—. Tan sólo te estoy pidiendo que hagas tu trabajo. Buenos días, Melissa Polanco.

Cierra con su característico portazo. Me quedo allí plantada, observando la puerta. ¿Qué es lo que estoy haciendo? Me coloco el vestido y voy hacia mi silla, en la que caigo rendida. Me echo a llorar sin poder contenerme. Las lágrimas me escuecen por todo el rostro y entran en mi boca. Saben a locura y a soledad. Apoyo un codo en la mesa, tapándome los ojos con la mano. Lo único que quiero es sentirme amada. ¿Es tan difícil lo que pido? ¿Es que no soy una persona de la que enamorarse? ¿O acaso soy yo quien ha propiciado todo esto?

Abro el correo con los textos que Héctor me ha enviado. Intento hacer mi trabajo, pero las lágrimas me impiden ver las letras con claridad. Me equivoco una y otra vez, a pesar de que corregir siempre se me ha dado muy bien. Estoy cansada, deprimida y atontada por el llanto. Ahora que Héctor me ha dicho que ya no continuaremos con nuestro juego, tengo la sensación de haberme quedado sin una parte de mí que se ha llevado de forma egoísta. Pero ¿qué tonterías estoy pensando? Es lo mejor para los dos. Y si no lo es para él, al menos para mí sí.

Le envío los textos ya revisados con el presentimiento de que, cuando les eche un vistazo, me escribirá para decirme que están fatal y que tengo que rehacer el trabajo. Sin embargo, no ocurre nada de eso. Y su falta de respuesta me deja todavía peor. Ni siquiera me tomo la pausa que había planeado, sino que me quedo en el despacho… con la vista fija en la pantalla del ordenador, que al final se torna borrosa.

A las tres decido ir a tomar algo a la cafetería. Un té me reconfortará. Salgo al pasillo a trompicones, perdida en mis pensamientos. Ni siquiera me preocupa ya que los compañeros puedan opinar de mí que actúo como una loca. Quizá sí haya llegado al límite de mi cordura. No cojo el ascensor por si me encuentro con Héctor o con cualquier otra persona. No tengo el cuerpo para hablar con nadie. Tampoco puedo hacerlo conmigo misma. Entro en la cafetería frotándome las manos de manera compulsiva. Me recuerda a los primeros meses que pasé sin Germán, en los que me comportaba como si la auténtica Melissa me hubiera abandonado y tan sólo fuese ya una cáscara vacía. Estoy pidiendo un té cuando alguien se sitúa a mi espalda. Doy un respingo y me vuelvo asustada imaginando que es él, que viene a pedirme explicaciones, a reprocharme mi actitud o incluso a despedirme. Sin embargo, son los preocupados ojos de Dania con los que me topo.

—¿Mel? —me pregunta alargando una mano y cogiéndome del brazo.

Me desmorono una vez más. Se me escapa un sollozo que la pone en alerta. Ocupa mi lugar y paga el té al camarero. Después me coge de la mano y me lleva hacia la mesa más apartada. Por suerte, tan sólo hay dos ocupadas, y quienes están sentados a ambas son empleados de las otras oficinas del edificio. Dania me acomoda en una silla y después va hacia la otra sin dejar de mirarme. Se queda callada unos instantes y me mira mientras lloro. Me siento completamente ridícula. Debo de parecerle una muñeca rota. Me gustaría ser tan fuerte como ella, pues jamás la he visto soltar una lágrima por ningún hombre. Estoy segura de que son ellos los que van lloriqueando por los rincones.

—Mel… ¿Vas a contarme qué te pasa?

Niego con la cabeza, sorbiéndome los mocos. Rebusca en el bolsillo de sus pantalones, pero no encuentra un pañuelo. Se levanta y se dirige a otra mesa, de la que coge un par de servilletas. Me las trae y las pone en mi mano con expresión preocupada. Nunca la había visto así… Dania, que siempre tiene una sonrisa en su rostro y una palabra alegre, ahora está tan seria que me asusta. Y lo está por mi culpa; debo de parecer una muerta en vida.

—Esperaré a que te tranquilices, pero no me iré de aquí sin que me expliques qué te ha ocurrido.

—No… puedo… —murmuro entre gemidos. Me sueno la nariz con fuerza, haciendo un ruido tremendo. La tengo tan taponada que apenas puedo respirar.

—Bébete el té y te acompañaré a tu despacho. —Empuja la taza hacia mí con suavidad. Intento dar un sorbo, pero en cuanto noto su sabor, el estómago me da una sacudida. Oh, Dios mío, no quiero vomitar delante de Dania. Aparto el té con mala cara y mi amiga se me queda mirando con curiosidad—. Diré al camarero que nos lo ponga para llevar.

Minutos después estamos regresando a mi despacho. Dania me lleva sujeta del brazo como si yo fuera una enferma que no puede caminar. Uno de nuestros compañeros se fija en nosotras y se levanta de su mesa para preguntarnos qué sucede.

—¿Está bien? ¿Queréis que diga al jefe que le dé el resto del día libre?

—No, no… —susurro con los ojos cerrados, presa de la vergüenza.

—No le ha sentado muy bien la comida, pero se le pasará dentro de un rato —me excusa Dania.

Cuando llegamos al despacho, me suelto de ella y me dejo caer en la silla. La verdad es que estoy algo mareada. Mi amiga pone el vasito de plástico encima de la mesa y se acuclilla a mi lado. Me tapo la cara con una mano, tan abochornada que ni siquiera puedo mirarla.

—Eh… Mel. Creo que nos conocemos lo suficiente para que confíes en mí.

Trata de apartarme la mano, pero hago fuerza para mantenerme en esa postura. Al final desiste con un suspiro y se queda quieta, esperando a que me calme. Al cabo de unos minutos vuelve a hablarme.

—Sabes que no voy a juzgarte. Creo que necesitas desahogarte. Y te aseguro que puedes hacerlo conmigo.

Tiene razón. Sé que ella no me echará un sermón, que no me mirará mal como lo haría Ana y que jamás contaría nada a nadie. Lo que sucede es que estoy tan cerca del desastre que no quiero avanzar un paso más hacia él.

Consigue apartarme la mano de la cara y me dedica una sonrisa preocupada. Me coloca un mechón de pelo tras la oreja y chasquea la lengua.

—Héctor y yo…

—¿Estás avergonzada?

Asiento con la cabeza y me cubro el rostro una vez más. Espera a que se me pase y, cuando me atrevo a mirarla, sus ojos muestran enfado.

—Pues no tienes que sentirte así. ¿Qué hay de malo en que dos personas se acuesten? —Parece pensar unos segundos en algo y después añade—: Si lo que te preocupa es lo que pueda decir la gente, quédate tranquila. No circula ningún rumor por la oficina. Nadie sospecha que tú y el jefe mantengáis relaciones.

—Sólo ha sido hoy… aquí. Pero antes… en mi casa… —Las palabras se me enroscan en la lengua y no consigo formar una frase con auténtico sentido.

—A ver, Mel, ¡que no eres la primera ni la última que se acuesta con su jefe! —Intenta hablarme en un tono neutro, pero lo cierto es que parece estar regañándome como si fuera una niña—. ¿Que lo habéis hecho aquí? Pues bueno, ya está. No te preocupes más por eso. No es un delito.

—No es eso, Dania. —Niego con la cabeza, bajando la vista hasta los pies.

—¿Entonces…?

—Héctor y yo hemos discutido —le confieso en voz baja. Bueno, no sé si lo que hemos tenido puede llamarse una discusión.

—¿Por qué?

—Le he dicho que no lo quería.

—¿Y por qué le has dicho eso? —me pregunta en tono confundido.

—Pues no lo sé. Necesitaba hacerlo. Pensé que le causaría daño y…

—¿Y se ha enfadado?

—Eso parece. Aunque supongo que es normal.

—Bueno, tan sólo le has dicho la verdad, ¿no?

Dania se queda callada, esperando a que conteste. El brinco que da mi corazón me sorprende. Noto la boca seca, así que alargo la mano y cojo el vaso con el té. Lo bebo con ansia, con los ojos apretados, intentando hacer desaparecer los tremendos botes que noto en el pecho.

—¿Mel? —insiste ella, aún acuclillada a mi lado.

—Sí, sí. Claro que sí —me apresuro a responder, aunque los pinchazos del corazón me están cortando la respiración.

—Entonces ya está. —No suena muy convencida, y tengo miedo de que lleve la conversación a un terreno por el que no sabré moverme.

—Pero me siento muy mal.

—Eso es porque eres una tonta que se preocupa demasiado por los demás. Que se joda, y punto.

—Tan sólo quiero que me quieran —le confieso. No me gusta parecer una de esas mujeres que necesitan a un hombre a su lado, pero me siento tan tan sola… Horriblemente vacía y helada por dentro.

—Pues primero debes empezar por quererte a ti misma. —Dania estira el brazo y me da unos golpecitos en la sien con una de sus largas uñas—. Y deja de comerte el coco por algo que no puedes remediar.

—Nadie me quiere, Dania…

Dios, qué patética soy. ¿Cómo puedo estar diciendo estas cosas?

—En serio, tú eres muy tonta. —Se levanta y me mira desde arriba con los puños apoyados en las caderas—. A todas nos han dado calabazas alguna vez y no vamos lloriqueando por los rincones. No me gustaría sonar dura, pero tienes que superarlo, ¿entiendes? Supéralo. Ábrete a los demás.

—No sé si puedo.

—¡Pues claro que sí! Todos lo hacemos. Ya no se muere por amor, Mel.

Me froto la frente y los ojos intentando hacer caso de sus palabras. Dania se separa de mí, coge la silla y la arrastra para sentarse a mi lado. Me toma de las manos, acariciándomelas con cariño y mirándome de una forma que me hace sentir muy pequeña.

—No puedes pasarte la vida huyendo de los hombres. Si uno no te sabe valorar, pues ya llegará el que lo haga.

—Estoy cansada de esperar —murmuro en tono derrotado.

—Ése es precisamente el problema: que no tienes que esperar nada de nadie.

—Necesito que Aarón me quiera.

—¿Por qué? ¿Por qué precisamente él? —Me mueve las manos para que le conteste, pero soy incapaz de hacerlo—. Eres una mujer adulta que sabe llevar las riendas de su vida. ¿O no es así? —Como ve que no digo nada, lanza un suspiro—. Nadie es imprescindible, y mucho menos un hombre. Mel, nadie te querrá de la forma en que tú puedes hacerlo.

Me pregunto si ésa es la razón por la que ella no elige nunca a un solo hombre. ¿Es que acaso su amor por sí misma es tan grande que es imposible que encuentre otro igual? No sé si es la solución más acertada, pero la verdad es que ahora mismo me gustaría pensar así, porque entonces no estaría completamente derrotada.

—Así que saca fuerzas de donde no creas tenerlas, alza esa cara tuya tan bonita… —Me coge de la barbilla y me la levanta, obligándome a posar la vista en ella—. Y camina por la vida como si no hubiera otra persona igual que tú. Porque no la hay, de verdad. —Esboza una ancha sonrisa que ilumina todo el despacho. La fuerte Dania… Ojalá hubiera una máquina que me trasplantara parte de sus ánimos y de su alegría por vivir—. Ponte unos tacones. Suéltate el pelo. Vístete con la ropa más chula y colorida que tengas. Permite que entre en tu corazón un poco de luz.

—Parecen frases sacadas de un libro de autoayuda —le digo entre risas. Se echa a reír también y me guiña un ojo.

—Así es como quiero verte. Y no amargada por unos gilipichis que no saben lo que es una auténtica mujer.

—Me da completamente igual lo que Héctor piense de mí —susurro. Es cierto, ¿no? Por eso lo he echado de mi vida. No hay otras razones ocultas… No es porque me tiemblen las piernas cada vez que lo veo o porque el corazón me va a mil cuando me habla. No puede ser que él se haya metido en mi piel…

—Pero no lo que Aarón piense, ya. —Se da una palmada en una pierna—. Pues, Mel, deja que suceda lo que tenga que ser. Y si no, es que no es hombre para ti.

Entonces ¿quién lo será? Es algo que cruza mi mente de vez en cuando pero que, por supuesto, no pronuncio en voz alta. Dania ya está haciendo bastante por mí para que yo continúe soltando frases derrotistas. Y es que tiene toda la razón. Tengo a mi Ducky, así que no necesito a nadie más. Y, por descontado, me tengo a mí: la persona con la que verdaderamente pasaré el resto de mi vida.

—¿Quieres que salgamos de fiesta esta noche?

Niego con la cabeza. Sé qué pretende, pero no soy de esas personas que piensan que un clavo saca a otro clavo. Quizá así se consiga sólo introducir un poco más el clavo anterior, pero a veces acaba saliendo otra vez porque las paredes no son lo suficientemente fuertes.

—No tengo ganas. —Apoyo la espalda en la silla con un suspiro—. Pero podríamos ver una peli.

—Vale. Aunque no aceptaré que sea uno de esos dramas románticos.

—Una de terror —propongo dibujando una sonrisa en mi rostro que no es del todo sincera.

Dania asiente y se levanta de su silla. Antes de abandonar mi despacho, se da la vuelta y me lanza un beso. Le agradezco en silencio todo lo que ha hecho por mí en este breve ratito. Pero, a pesar de sus esfuerzos, cuando cierra la puerta la oscuridad vuelve a cernirse sobre mí.