12
La tormenta me despierta. Agarro el móvil y le echo un vistazo: tan sólo son las nueve de la mañana de un domingo. Pero sé que no podré dormirme otra vez. Tengo algo en el estómago que me apretuja. Los pinchazos en el corazón me impiden descansar.
He pasado dos semanas sumida en un estado de irrealidad total, tratando de llegar a Aarón por todos los medios posibles. A la siguiente sesión acudí con ropa mucho más elegante: un traje chaqueta que me regaló mi madre y que me encanta porque me marca las curvas pero, al mismo tiempo, hace pensar que soy una mujer con gusto, respetable y seria. Tampoco funcionó.
—Hola, Mel…
Le puse mala cara. Ya le había pedido que no me llamara por el diminutivo, pero por lo visto le encanta. Me hizo pasar con un gesto al estudio en el que pinta. Avancé por el pasillo contoneando las caderas. Junto con mis pechos, son lo que más destaca de mí. Pude notar los ojos de Aarón clavados en mi cuerpo y, sin embargo, cuando me senté en el lugar que ya se había convertido en uno de mis preferidos, se echó a reír.
—¿Pasa algo? —pregunté parpadeando, confundida.
—Debes de tener un fondo de armario bien grande. —Me señaló el traje—. Vistes de manera diferente cada vez que nos vemos.
Y no añadió nada más. Ni un «me gusta» ni un «qué bien te queda ese traje». Simplemente se puso a pintar, como en las otras sesiones, y allí me quedé con cara de tonta… Espero que no me retrate así porque, si no, de bello no tendrá nada el cuadro.
Cuando recuerdo que esa misma noche me propuso ir a la playa, los pinchazos que siento en el pecho se acentúan. De camino en su coche no pude pronunciar ni una palabra. Estaba nerviosísima. Vamos, que me sentía como la primera vez que había salido con un hombre, incluso peor, porque esa noche el que iba a mi lado me pone cardíaca.
—¿Has vuelto a hablar con tu jefe? —me preguntó.
Ambos estábamos sentados sobre la arena a las doce de la noche. Si eso no podría formar parte de una cita romántica, entonces no hay nada que pueda. Había luna llena y se mostraba ante nosotros en todo su esplendor. Redonda, enorme, brillante. Parecía la escena de una de esas películas en las que el final es feliz. Creo que a partir de ahora las odiaré aún más, y eso que ya les tengo una gran tirria. En la vida real no es todo tan fácil; no todos los hombres guapísimos e interesantes desean tener algo contigo. Aunque no quiero que sean todos, tan sólo el que tuve a mi lado. Únicamente ese irresistible pintor.
—Iba a estar de viaje durante una semana, pero al final ha retrasado su vuelta —le respondí, atrapando un pelín de arena en mi mano. En otras circunstancias me habría molestado ensuciarme el traje tan bonito, pero esa noche no pensaba más que en los ojos y en los labios de Aarón.
—¿Lo echas de menos? —preguntó de repente.
Volví la cara para mirarlo. La luz de la luna le daba en todo el rostro aceitunado y, más que nunca, sus rasgos exóticos me cautivaron. Era un hechizo. Sin ninguna duda, Aarón se convirtió en un hechicero en esos momentos. En uno con un poder inmenso. ¡Estaba completamente atrapada!
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque puede que me molestara un poco.
No dije nada. No sabía qué responderle. El silencio se acomodó entre nosotros y ya no nos abandonó hasta veinte minutos después, cuando decidimos regresar a la ciudad. Esa noche no pegué ojo.
Si de verdad le gusto, ¿por qué no se lanzó? Y no sirve la excusa de que querrá ir despacio, ya que sabemos que no es de ésos. Además, estoy segura de que sabe que me muero por él, y está jugando de forma maliciosa conmigo.
Me hizo regresar a su estudio dos días después porque me insinuó que quería terminar el cuadro cuanto antes. Estuve pensando qué podía hacer para captar su atención, así que no se me ocurrió otra cosa que comprarme un par de libros de arte y llevarlos a la sesión. Sí, pretendía simular que sé mucho de pintura, aunque no tengo ni puñetera idea.
—Buenas, Mel —me saludó con una abierta sonrisa—. ¿Qué es lo que llevas ahí?
Le mostré los libros. Los cogió y les echó una ojeada. Después alzó la vista y me miró con sorpresa.
—¿Te gusta Leonardo da Vinci?
—¡Claro! —respondí, intentando parecer muy segura de mí misma. Como es evidente, tan sólo sé de ese pintor que era el típico hombre del Renacimiento capaz de dedicarse a un montón de cosas. Eso y que pintó ese cuadro tan famoso llamado La Gioconda.
—Vaya, no me habías dicho nada… —Me cogió de la muñeca y, todavía con los libros en una mano, me hizo entrar en el apartamento, llevándome hasta el estudio—. Cuando era más joven lo admiraba muchísimo, y es inevitable no reconocer su talento, pero después me incliné por otros estilos.
—Ah, qué bien.
—¿Cuál es tu corriente pictórica preferida? —me preguntó mientras me indicaba que ocupara mi puesto.
—Pues… no tengo una. Me gustan todas.
Puf, pero ¡si no me acordaba de ninguna! Tan sólo recordaba unos pocos nombres de pintores que estudié en el bachillerato para la selectividad.
Aarón me miró con una arruga en la frente, como si no me creyera. No quería que me hiciera más preguntas —¡tendría que haberme empollado los apuntes que aún conservo!—, de modo que le insinué que tenía prisa y dejamos de hablar de arte. Mi intento por agradarle quedó frustrado, si no algo peor, porque cuando me marché Aarón tenía una expresión divertida en el rostro.
Me pidió que regresara al día siguiente. Yo ya estaba que no podía más. ¿Cuándo iba a terminar el cuadro, por Dios? Se estaba alargando demasiado. La cuestión fue que estuve pensando qué hacer para insinuarme un poco más. Recordé la jovenzuela con la que se había morreado en el local. Si le gustaban con aspecto inocente y, al mismo tiempo, guarrindongo, entonces ya sabía qué debía hacer.
Rebusqué en mi armario y encontré una falda negra de tablas y una blusa blanca. La falda era muy corta, pero que conste que no me la pongo para ir a trabajar. Y no se me ocurrió otra cosa que hacerme una coleta y dejarla caer a un lado. Al verme en el espejo de mi lavabo me pareció que iba guapísima, pero cuando salí a la calle y noté las miradas de algunos hombres empecé a pensar que me había equivocado. Como no quería darle más vueltas, aguanté el tipo y continué mi camino hacia el piso de Aarón. Llamé al timbre y quise actuar de manera sexy, así que apoyé la mano en la puerta, inclinada hacia delante, con el culito arriba y un mechón de pelo entre los dedos.
Como era de esperar —pero mi cabeza parecía haberse vuelto tonta de repente—, en cuanto abrió la puerta mi mano dejó de tener un asidero y caí hacia delante, golpeándome la nariz contra su pecho, que ahora ya he descubierto lo duro que está.
—¿Mel? ¿Te encuentras bien? —Me agarró de los hombros. Su voz sonaba realmente preocupada.
Alcé la frente y lo miré con lágrimas en los ojos. Parte de ellas se debía al dolor en la nariz y la otra parte a lo ridícula que me sentía. Me llevé las manos a la cara y traté de aguantar el picorcillo, pero al final acabé estornudando.
—¿Qué estabas haciendo? —Me apartó las manos para observarme—. Bueno, al menos no te sangra. Has tenido suerte de que yo no fuera una pared. —Soltó una risita.
—Pues no dista mucho, ¿eh? Dios, estás durísimo —murmuré con voz gangosa.
Entré en el apartamento sin decir nada más, con la faldita subiéndoseme a cada paso y la blusa demasiado ceñida. Temí que en cualquier momento se me saltara un botón y terminara en un ojo de Aarón. Por suerte, no comentó nada acerca de mi atuendo. Simplemente se colocó tras el caballete y empezó a pintar como cada día.
—Me parece sorprendente que no te importe la ropa que lleve. ¿Es que sólo estás dibujando mi cara?
—No. Pero eso me da igual. No necesito un tipo de ropa. Ya te pondré después la que más me guste.
Me imaginé en el lienzo con un vestido vaporoso como en los cuadros antiguos y no pude evitar esbozar una sonrisa.
Tras ese encuentro, no hemos tenido ninguno más porque él está muy ocupado. Pero lo cierto es que agradezco un parón para poner mis pensamientos en orden. Sin embargo, lo único que he conseguido es sentirme más inquieta si cabe, con un montón de recuerdos rondándome como sombras oscuras.
Me incorporo en la cama para mirar por la ventana. ¿Por qué me siento tan triste? ¿Y por qué he tenido que pensar ahora mismo en mi ex otra vez? Sé que la culpa la tiene Aarón porque me ha hecho recordar tantísimas cosas… Y me duele, no lo puedo evitar. Qué estúpidas que somos las personas a veces, queriendo atrapar en las manos al amor de nuestra vida para que nunca se escape. Y entonces ese amor encuentra una minúscula rendija entre nuestros dedos y se marcha sin despedirse.
Que Aarón me trate como a una amiga y no como a una mujer ha conseguido que me sienta desnuda y débil. Me ha hecho pensar, como tantos meses atrás, que nadie va a enamorarse de mí, que no merezco la pena. Sentirme así es patético, lo sé, pero es más de lo que mi corazón curado con tiritas baratas puede aguantar.
Me creía protegida, pero me he engañado. En el peor momento de mi vida ha empezado a interesarme un hombre que no quiere nada conmigo. Quizá eso es lo que hace que todavía sienta más ardor en mi interior. Ansío atraparlo, lograr que sea mío. Cuando me fijo en algo, no puedo detenerme hasta que lo consigo. Claro que esta vez no son unos zapatos o un trabajo, sino un tío al que no se puede controlar tan fácilmente. Y con esto volvemos a lo mismo de antes: las películas y los libros de amor nos engañan. Por mucho que trates de conquistar a alguien, si no le entras por el ojo, no habrá manera de que caiga. Forzar a alguien a quererte es algo impensable, y es lo que he estado intentando hacer. ¡Maldita sea, qué gilipollas!
Salgo de la cama con intención de ducharme para despojarme de todos esos malos pensamientos. Sin embargo, bajo el agua sólo doy vueltas a mis encuentros con Aarón, por si algún gesto, palabra o detalle que recuerde me indica que está interesado en mí, aunque sólo sea un poquito. Al menos de esa forma, podría tener esperanza.
Al salir de la ducha me doy cuenta de que el móvil suena. Me enrollo en una toalla. No me da tiempo a secarme el pelo, así que voy dejando una estela de gotas por el pasillo. Cuando descubro el número de teléfono en la pantalla, el corazón me da un vuelco. Hoy es domingo. Es festivo. ¿Qué quiere Héctor ahora? ¿Acaso va a pedirme que haga unas correcciones de última hora que se le habían olvidado?
—Dime —contesto de mala gana.
—Melissa Polanco…
Me ha llamado por mi apellido, como siempre. ¡Menos mal! Mucho mejor así. Quizá hasta se le haya olvidado que tuvimos sexo. No es una posibilidad tan extraña, ¿no?
—¿Qué?
—Regreso mañana.
—Estupendo. ¿Y qué quieres?
—¿Tengo que querer algo? —Su voz por teléfono es muy ronca. Sensual… Eh, espera, Melissa, ¿qué haces pensando eso?
—Pues si me llamas, supongo que sí.
—Vale, me has pillado. —Noto que está sonriendo al otro lado de la línea.
—Héctor, tengo el pelo chorreando. ¿Puedes decirme de una vez qué quieres?
—Deduzco que si estás mojada es porque acabas de ducharte.
—Exacto. Así que ya sabes, date prisa.
—¿Sólo estás mojada por la ducha?
Su pregunta me coge desprevenida. Entonces… no ha olvidado lo del otro día. Y parece que quiere seguir jugando. Pero yo no puedo, no puedo… Mucho menos ahora. Estoy sensible, enfadada y dolorida.
—Te estoy imaginando… con tu piel brillante a causa del agua —continúa.
—Nos veremos mañana en el trabajo —murmuro un tanto molesta, dispuesta a colgarle.
—Ábreme la puerta, aburrida.
Contengo la respiración. ¿He oído bien? Suelto una carcajada nerviosa. Me cambio el móvil de oreja y exclamo:
—¿No decías que venías mañana?
—Estoy en la calle, bajo tu casa. Ábreme.
Me lanzo a la ventana. Descorro la cortina con disimulo para que no se dé cuenta. Lo descubro en la calle, sin paraguas, más mojado que yo. Noto una cosquilla en el estómago, cálida y agradable. ¡Esto no me puede estar pasando a mí! Sin embargo, de inmediato me convenzo de que sólo ha venido para acostarse conmigo y me enfado.
—Héctor, no pienso hacerte el juego.
—¿Y permitirás que me empape aquí abajo?
No quiero abrirle, pero me sabe mal dejarlo en la calle con lo que llueve. Las tormentas de verano a veces son muy molestas.
—Espera a que me vista.
He acabado rindiéndome. Lo que haré es dejarle una toalla y permitirle que se seque. Después… que se marche. No sé por qué ha venido a mi casa.
—No.
Su negación ha sido rotunda. Por un momento, hasta me tiemblan las piernas. Y no sé muy bien por qué, pero obedezco. Camino hacia la puerta como una sonámbula. Cuando la abro, Héctor ya ha llegado arriba. Me aprieto la toalla contra el cuerpo. Me mira muy serio, calado hasta los huesos. El pelo mojado le cae por la cara, y le da un aspecto demasiado sensual. La camisa se le pega al cuerpo, permitiéndome apreciar sus fantásticos músculos.
—¿Por qué sabes dónde vivo?
—Bueno, soy tu jefe y tengo acceso a toda tu información. ¿Lo recuerdas?
—Has estado cotilleando. Me parece terrible. Te estás convirtiendo de verdad en un acosador.
Esboza una sonrisa ladeada, esa que hace que mi piel se encienda. Me recorre con los ojos, deteniéndose en mis piernas desnudas. Trato de taparme, pero esta toalla es demasiado pequeña. Si hay una próxima ocasión, le abriré con el albornoz de invierno, aunque me achicharre.
—Tal como imaginaba, Melissa… —Esta vez, me llama sólo por mi nombre.
—¿Sólo has venido para echarme un polvo, Héctor? —pregunto con amargura.
No contesta. Cierra la puerta con fuerza y me atrapa entre sus brazos, sorprendiéndome. Forcejeo para escapar de él, pero de nada sirve. La toalla cae al suelo con un ruidito similar al de un soplo. Me doy cuenta de que he sido yo la que ha suspirado. Los labios de Héctor se pegan a los míos sin ninguna piedad.
—Dos semanas en las que he pensado en cada parte de tu cuerpo —murmura en mi oído. Su respiración me hace cosquillas—. Lo recordaba a la perfección, pero necesito memorizar hasta tu último lunar. —Sus manos se pierden por mi espalda. Me la recorre como si lo hiciese por primera vez. Me aprieta la carne de los costados, se inclina y me huele la piel—. Me encanta tu olor… —susurra con voz ronca.
—Pues el único que podrás percibir en este momento es el del gel.
Intento poner un poco de comicidad al asunto, a ver si le quito las ganas y se marcha. Sin embargo, él me coge con más fuerza y noto su mano perdiéndose en la parte baja de mi espalda.
—No. Desprendes un aroma muy tuyo que no sabes cómo me pone. —Sus ojos almendrados están muy cerca de mí, al igual que sus labios. Entreabro los míos, dándome cuenta de que la respiración se me ha acelerado—. Y ahora mismo hueles también a excitación.
Me siento arrastrada por este hombre. No, la palabra adecuada es, más bien, «invadida». Sus dedos no se pierden un detalle de mi cuerpo. Me coge los pechos con fiereza, arrancándome un grito de dolor y placer al mismo tiempo. Me empuja contra la pared sin dejar de toquetearme. Me pellizca un pezón, luego se agacha para metérselo en la boca. Lo lame con urgencia, tira de él, lo coge entre sus dientes. Cierro los ojos, aturdida ante sus ataques.
—¿Por qué me haces esto, Héctor…? —murmuro.
Deja mis pechos y alza la cabeza. Advierto preocupación en su mirada. De repente, me acaricia la mejilla con una ternura que jamás habría sospechado en él. Abro mucho los ojos y siento miedo. Es Héctor. Es mi jefe. Juega con las mujeres. Y no puedo más.
Para distraerlo, me engancho a su cuello y lo beso. Húmedo, salvaje, rabioso. Le transmito todo el dolor y la furia que hay en mí. Mientras su lengua se hunde en mi boca, pienso que los hombres o no me quieren o lo hacen sólo para poseer mi cuerpo. Estoy aburrida de todo esto. Y, sin embargo, caigo una vez más en las artes de Héctor. Yo misma lo estoy provocando.
—¿Dónde está tu cama? —pregunta casi sin respiración.
Le señalo la dirección. Me toma en brazos y me lleva hacia ella. En cuestión de segundos estamos enredados en las sábanas. Deseo apretarlo contra mí, pero me aparta y me coloca boca abajo. Ladeo la cara y apoyo la mejilla en la almohada. Me coge de la cintura y me alza el trasero un poco.
—Eres muy bonita, Melissa —dice al tiempo que traza un sendero con su dedo por mi espalda—. ¿Dónde te habías metido hasta ahora?
—En mi despacho. No está tan lejos del tuyo… —contesto de forma atrevida. ¿Por qué me siento tan enfadada de repente? No tendría que dejarle hacer todo esto. ¿Por qué no puedo evitarlo?
Héctor no contesta. Su mano se desliza por mi vientre, acariciándomelo delicadamente. Va depositando pequeños besos por toda mi espalda, recorriéndome la columna vertebral desde la nuca.
Me estremezco. Mi sexo se humedece con cada uno de sus roces. Ahogo un gemido en la almohada cuando me acaricia la parte interna de los muslos. Sube muy despacio, recreándose en cada centímetro de mi piel, convirtiendo los segundos en eternidad. Y de repente me separa los labios con dos dedos mientras me introduce un tercero. Mi cuerpo se arquea al saberme invadida por él. Pero a la vez me siento bien. Su peso en mi espalda se me antoja familiar.
—Quiero oírte gemir, Melissa —dice con la voz cargada de deseo.
Pega el pecho a mi espalda, mojándome con su camisa aún húmeda. Se balancea sobre mí al tiempo que continúa sacando y metiendo el dedo en mi sexo. No deseo complacerlo, pero ya no puedo controlar los jadeos. Se me escapa uno tras otro, al unísono de sus movimientos circulares en mi interior. Me llena la espalda de besos, me la lame, la muerde con delicadeza. Acto seguido se centra en mi clítoris hinchado, provocando que grite. He perdido el control de mi cuerpo. El orgasmo me llega con tal violencia que me sacude entera. Los espasmos que recorren mis entrañas son como las olas del mar embravecido. Segundos después, me dejo caer en la cama, agotada y sudorosa.
Héctor no quiere darme tregua. Yo tampoco. Necesito que me devore para librarme de todo el dolor que llevo dentro. Me coloca boca arriba y se despoja de la ropa. No soporto que sea tan lento, así que me incorporo y literalmente le arranco el bóxer. En otra situación esto me haría gracia; jamás habría pensado que pudiera tenerse sexo de un modo tan violento. Sin embargo, cuando Héctor se coloca sobre mí, alzándome una pierna y llevándola a su cintura, descubro que es real. Al igual que la presión de su pene en mi entrada. Dejo que se adentre en mí de manera pausada. Noto que mi sexo se va abriendo a él, amoldándose, recibiéndolo con ganas. En cuestión de segundos ha vuelto a asediarme; esta vez son mis entrañas las colonizadas.
—¿Qué es lo que quieres de mí…? —susurro entre jadeos. Noto cierta humedad en mis pómulos. ¿Por qué estoy llorando ahora? ¿Es que acaso espero que me dedique alguna palabra bonita?
Héctor me mira confundido, aunque no detiene su avance. Al fin su miembro excitado y duro llega hasta el fondo de mi cavidad. Se paraliza. Me coge del trasero y lo aprieta, aunque con suavidad. Subo la otra pierna a su cintura y uno ambas en torno a sus caderas. Lo atraigo hacia mí y lo beso con apremio, le muerdo los labios y lo acoso con la lengua. Dios, jamás me había sentido de esta forma. Tan sucia y al mismo tiempo tan deseada.
—Fóllame. Como a ninguna —le pido. Ni yo misma sé a qué me refiero.
Héctor no dice nada; tan sólo obedece mi escueta orden. Empieza a balancearse hacia delante y hacia atrás. Su sexo entra y sale de mí arrancándome escandalosos gemidos. Me sujeto a la almohada, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Cuando te estoy follando, tienes que mirarme —dice él de repente con voz grave.
Lo hago. Su intensa mirada me inunda toda. Cada vez me corren más lágrimas por la cara. Héctor continúa sin decir nada, y se lo agradezco. Quizá sea tan chulito que piense que estoy llorando de placer. Y en cierto modo es verdad, pero me estoy resquebrajando al tiempo que me acerco a otro orgasmo fantástico.
Apoya las palmas a ambos lados de mí para penetrarme con más ímpetu. El sexo que mantenemos es violento, salvaje, húmedo, intenso, lujurioso, caótico. Somos dos cuerpos en combustión. Pronto estallaremos. Arderemos con las llamas de nuestra propia rabia. No entiendo por qué él también está furioso. Pero me gusta; es la única forma en la que permitiré que me posea.
Se introduce en mí una y otra vez de manera frenética. Clavo mis uñas en su espalda; a continuación, en sus magníficos pectorales. Gruñe y hace lo mismo en mi trasero. Nos arañamos, nos mordemos. Nos devoramos con las bocas y las miradas.
Gime junto a mi oído; hago lo mismo junto al suyo. No me parece real todo esto, pero mi cuerpo sumido en contracciones me indica que sí lo es. Me aferro a su espalda mirándolo con los ojos muy abiertos. Da un par de sacudidas, expandiendo aún más mi sexo, a pesar de que yo no lo creía posible.
Nos corremos casi al mismo tiempo. Él, jadeando y soltando palabrotas; yo, gimiendo y llorando.
Esta vez no se queda dentro de mí como sucedió en el despacho. Habrá entendido que no es lo que quiero. Se deja caer a mi lado con un suspiro. Su pecho sube y baja a un ritmo desenfrenado. A mí también me cuesta respirar; tengo la boca seca y dolorida por sus besos.
—Márchate —digo, de repente, cuando me he calmado.
No contesta. Tiene la vista clavada en el techo y lo único que hace es incorporarse. Se viste en silencio mientras me pongo de lado en la cama como un feto. ¿Por qué no habla? ¿Por qué no me pide disculpas por haber acudido a mi casa de esta manera? ¿Acaso cree que puede ningunearme en lo personal como lo hace en el trabajo?
—Vete de una puta vez —suelto al descubrirlo plantado a los pies de la cama.
—Soy tu jefe. No te consiento que me hables así.
Sus palabras me dejan estupefacta. Me levanto de la cama, aún desnuda, y me sitúo a su altura. Tiene los labios apretados; respira con dificultad.
—Lo serás mañana en la oficina, pero no aquí. Ésta es mi casa y no quiero que estés en ella.
—¿A qué viene esto, Melissa?
—A que has acudido a mi apartamento sin avisarme, invadiéndolo con tu arrogancia.
—Tú me has abierto la puerta —responde con mala cara.
—¿Acaso tenía otra opción?
El corazón me da un vuelco en el pecho. No aguanto más su presencia aquí.
Aprieta los puños. Supongo que no entiende mi actitud. El dolor me invade cada vez más. Ladeo el rostro, tratando de ocultar las lágrimas. Hace un amago de secármelas, pero le aparto la mano con brusquedad. Se queda algo más frente a mí; sigo sin mirarlo. Al fin se separa, pasa a mi lado y sale de la habitación.
No puedo con la rabia que siento en mi interior. Abro uno de los cajones. Había guardado en él la corbata que me dio el otro día. Corro por el pasillo y se la lanzo con un grito de frustración. Se vuelve, descubre lo que hay en el suelo y lo recoge con gesto asustado.
—No quiero acordarme —murmuro con voz temblorosa—. Odio los recuerdos.
Estruja la corbata entre los dedos. Va a decir algo, aunque se lo piensa mejor.
Cuando sale dando uno de sus clásicos portazos, me derrumbo. Me dejo caer al suelo y lloro. Pienso en Aarón; en lo mucho que me habría gustado que hubiese sido él quien hubiese acudido.