10
Me mentía una y otra vez. Quería convencerme de que nuestra relación funcionaba a las mil maravillas. En ocasiones estamos demasiado ciegos para ver la realidad, pero nosotros mismos nos tapamos los ojos. Ésa es una actitud cobarde, porque te aleja del problema que, quizá, podría haberse solucionado con un enfrentamiento.
Sí, Germán y yo habíamos tenido alguna discusión que otra, pero yo siempre pensaba que, al fin y al cabo, se trataba de algo normal. Llevábamos juntos mucho tiempo, conviviendo en la misma casa, viéndonos el rostro el uno al otro cada mañana al despertar. Yo suponía que las parejas tenían sus baches, aunque el nuestro llegó muy tarde. Pero como todas mis amigas me explicaban que alguna vez tenía que aparecer, daba por sentado que también se marcharía pronto.
Germán empezó a mostrarse más taciturno, menos cariñoso y bastante aburrido. Alegaba que las oposiciones lo habían convertido en un hombre amargado y que el instituto en el que impartía clases tampoco le hacía feliz, a pesar de que había estado soñando con ese empleo desde que lo conocí. No obstante, me convencí de que todo seguía igual. Transformaba cada queja suya en una frase optimista; cada mala palabra, en un susurro tierno al oído… ¿Cómo podía estar tan ciega? Sinceramente, no lo sé, porque hasta Ana y mis padres se habían dado cuenta de que en público no nos mostrábamos como antes, y eso era algo que les parecía muy raro a todos, acostumbrados como estaban a vernos tan cariñosos y apasionados.
Como los dos trabajábamos mucho, apenas podíamos dedicarnos tiempo. A veces teníamos que llevarnos tareas pendientes a casa y pasábamos horas encerrados cada uno en su despacho hasta que había que cenar o acostarse.
En alguna ocasión yo tenía ganas de hacer el amor, pero Germán no. Lo único que veía de él por las noches en la cama era su ancha espalda y su nuca, que se me antojaba un interrogante. Justo en esos momentos acudía el miedo y, para ahuyentarlo, lo abrazaba y me apretaba contra su cuerpo, a lo que él contestaba con un murmullo apagado.
Por aquel entonces estaba escribiendo la novela que creía que me llevaría al triunfo. Como entre semana apenas tenía tiempo que dedicarle, me entregaba en cuerpo y alma a ella los fines de semana. Sabía que a Germán eso no le gustaba, pero a mí me molestaba que no apoyara el sueño de mi vida. Parecía que le pusiera de mal humor que estuviera tan feliz rodeada de mis personajes, y en alguna ocasión pensé que quizá era algo que le provocaba celos.
Sin embargo, mi cabeza, mis dedos y mi corazón cada vez pertenecían más a la novela. No podía apartarme de ella ni un día. Incluso en el trabajo intentaba escribir durante las pausas o a escondidas, lo que me reportó regañinas por parte de mi jefe. Pero era incapaz de dejarlo, como si una euforia mística me hubiera invadido, y quería aprovecharla por todos los medios.
Una tarde de sábado me encontraba en el despacho de casa tecleando como una loca cuando oí que se cerraba la puerta de la entrada. Germán había salido a dar una vuelta con unos amigos suyos, pero yo había preferido quedarme para avanzar. Ni siquiera aparté la vista de la pantalla en el momento en que él entró en el despacho. La colonia que solía regalarle en su cumpleaños, One de Calvin Klein, impregnó la estancia y se intensificó cuando él se acercó al escritorio. Aparté la mirada del ordenador cuando depositó frente a mí una cajita de mis bombones favoritos, Ferrero Rocher.
—¿Y esto? —pregunté con una sonrisa volviendo la cabeza.
—No sé… ¿Tiene que haber algún motivo para que quiera traer a mi chica los bombones que más le gustan? —Se inclinó y me besó con suavidad en los labios. Después arrimó una silla y se sentó a mi lado, contemplando la pantalla con curiosidad—. ¿Qué tal lo llevas?
—Bueno, ahí vamos. Estoy en una escena difícil —le expliqué, un tanto sorprendida de que se interesara por mi novela.
—¿Te queda mucho para terminarla?
Me sentí un poco molesta porque pensé que eso era lo único que le importaba, que por fin acabara el libro y volviera a ser la misma Melissa de antes que sólo se dedicaba a corregir en el trabajo. Para que se me pasara la sensación de malestar, antes de contestarle cogí la cajita, la abrí y me comí un bombón. Germán no me quitaba ojo de encima, así que le ofrecí otro, que rechazó.
—No me queda demasiado, pero ya sabes… Luego toca revisar, corregir, dejarlo todo perfecto. Y ésa es la parte que menos me gusta —contesté una vez que me hube tragado el bombón. Tomé otro, lo desenvolví y me lo llevé a la boca, pero Germán me lo quitó. Lo miré con expresión confundida.
—Si comes muchos, luego no tendrás hambre.
—¿Y qué?
Me encogí de hombros sin entender nada. Traté de arrebatarle el bombón, pero echó el brazo hacia atrás, impidiéndomelo.
—Me gustaría que esta noche cenáramos en algún lugar especial —me propuso.
Lo observé un instante con la boca abierta y luego me volví hacia el ordenador, negando con la cabeza.
—Hoy no… Quiero terminar este capítulo, y todavía me queda… —Acerqué los dedos al teclado y, un tanto pensativa, me concentré en la pantalla—. Pero mañana, si te apetece, vamos a comer por ahí. —Lo miré de nuevo con una gran sonrisa.
—Mañana tenemos comida en casa de mis padres, ¿es que no lo recuerdas? —Noté que se había molestado.
—Ah, sí… Vale, pues podemos ir la semana que viene, que ya estaré menos agobiada.
—Pero yo quería ir hoy, Meli —protestó como un niño pequeño, con una arruga en la frente, esa que siempre le aparecía cuando algo lo ponía nervioso—. Esta semana he tenido mucho trabajo y quería olvidarme un poco de todo.
—Bueno… Luego en la cama puedo hacerte olvidar… —le dije de manera coqueta.
Hice amago de acariciarle el brazo, pero se echó hacia atrás. Parpadeé, confundida.
—¿Qué pasa?
—Nada, Melissa. No pasa nada.
Se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta, pero lo llamé antes de que pudiera salir.
—Oye, no me digas que te has enfadado por esa tontería…
—No, claro que no —respondió sin siquiera volverse.
Me levanté del asiento también, fui hacia él y apoyé las manos en su espalda.
—Hay muchas más noches para salir. Cuando acabe la novela, iremos todas las veces que quieras. —Permanecí en silencio unos segundos, sintiéndome un poco nerviosa—. Es que hay un concurso dentro de unas tres semanas y he decidido presentarla.
Se dio la vuelta y me miró muy serio. Me di cuenta de que realmente se había enfadado y me dije que quizá había actuado mal y que podía dejar de escribir por una noche y darle el gusto de salir a cenar con él. Sin embargo, fueron sus posteriores palabras las que me hicieron callar y mantenerme en mis trece.
—No es eso, Melissa. Es que ni siquiera buscas un rato para estar conmigo —contestó de manera seca.
—¡Claro que sí! —Me quejé abriendo los brazos—. Además, cuando tienes que preparar tus clases o corregir exámenes, no te digo nada, y mira que siempre quieres estar solo.
—No es lo mismo. Eso es trabajo.
—Y esto, aunque no lo creas, también lo es. —Me puse muy seria, sin poder dar crédito a sus palabras.
—Pero todavía no lo es —insistió dedicándome una fría mirada.
—Estoy intentando que lo sea —respondí con un nudo en la garganta. Debería apoyarme y darme ánimos, como hacía antes. Sin embargo, sólo me atacaba donde más me dolía.
—Desde hace un tiempo te pasas el día pegada al ordenador —continuó con un extraño brillo en los ojos—. Puedo llegar a entenderlo… Pero debes preocuparte también por lo que tienes alrededor.
—¿Es que acaso no lo hago? Pues sí, sí me preocupo —lo contradije. Soltó una risa sardónica y volvió la vista hacia otro lado con un suspiro—. ¿Qué es lo que te molesta de todo esto, eh? —Lo cogí de la barbilla para que me mirara—. Soy yo la que debería estar enfadada.
—¿Ah, sí? Pues explícame por qué tendrías que estarlo. —Me miró en toda su altura, con los labios apretados y expresión enfadada.
Tragué saliva y negué con la cabeza. No me apetecía empezar una discusión por una chorrada. Tenía demasiado que hacer y sabía que, si iniciábamos una pelea, mi mente se marcharía a otra parte y habría perdido un tiempo muy valioso. Fui a sentarme de nuevo, pero Germán me cogió del brazo e insistió para que le contestara.
—Vamos, Meli, dime por qué estás molesta conmigo. Es lo que hacen las parejas, ¿no? Hablar.
Me solté bruscamente y decidí que si quería saber, entonces se lo explicaría todo. ¿Deseaba hablar? Pues allá íbamos, porque tampoco era algo que hiciéramos a menudo en los últimos tiempos.
—También las parejas se apoyan entre sí… —Eso fue lo primero que me salió y, a los pocos segundos, me arrepentí porque quizá, de otro modo, la bronca no habría sido tan fuerte.
—¿Qué insinúas? ¿Acaso no estoy siempre contigo, Melissa? ¿No suelo decirte que eres una buena escritora y que tienes futuro?
—Pues no has querido leer la novela… Puede que ni siquiera sientas de verdad eso que me dices. Te importa un comino lo que desee —proseguí, con la rabia encendiendo mi cuerpo. Sí, era justo ese sentimiento el que hablaba por mí.
—Sabes que no me gustan ese tipo de novelas, pero eso no significa que no te apoye…
—¿Y cuáles te gustan? —Me llevé las manos a las caderas y fingí que pensaba—. ¡Ah, sí, las históricas! Como esa de Alejandro Magno que querías escribir y que dejaste de lado porque te desbordaba…
—No te pases, Meli. —Alzó un dedo en señal de advertencia, pero me dio completamente igual.
—Y ése es tu problema, que a pesar de todas tus palabras, no eres tan valiente como crees. No te has atrevido a perseguir tus sueños como yo estoy haciendo. ¡Y pretendes echarme la culpa a mí para no sentirte mal con tu frustración! Antes no eras así, Germán. Antes querías hacerlo todo y jamás dudabas de no poder hacerlo… Antes no eras un hombre amargado…
—¡Y tú antes no eras una maldita egoísta! —me gritó.
Sin darme cuenta de lo que hacía, mi mano ya se había movido y estaba aterrizando en la mejilla de mi novio. Germán abrió los ojos muy sorprendido, y me llevé la mano culpable a la boca, asustada y con ganas de llorar. Me fijé en que su mirada también brillaba.
—Lo siento… No quería… —intenté disculparme, pero él alzó las manos para detenerme y salió del despacho en silencio.
Me senté en la silla, tapándome aún la boca, sin comprender lo que había hecho. Aunque Germán y yo discutiéramos, jamás nos perdíamos el respeto, nunca nos habíamos insultado y mucho menos había pensado en abofetearlo. Sin embargo, esa vez hubo una fuerza en mí que casi me obligó a ello y que después provocó que me sintiera demasiado culpable.
Dirigí la mirada a la pantalla y, por unos instantes, tuve unas terribles ansias de borrar todo lo que había escrito. Pero por suerte la cordura no me abandonó y lo único que hice fue guardar el documento y apagar el ordenador. Cogí los bombones y acaricié los bonitos envoltorios. Por fin, las lágrimas empezaron a salir y, mientras lloraba, me zampé un chocolate tras otro. Cuando creí que había pasado tiempo suficiente abandoné mi silla y me acerqué a la habitación. Germán no se encontraba en ella y, un minuto después, lo descubrí en su despacho rodeado de un montón de papeles. Comprendí que se trataba de todas las notas que había tomado sobre Alejandro Magno, una extensa y exhaustiva documentación que había tenido que abandonar por falta de tiempo.
Al verlo allí, entre todos esos folios y con un aspecto tan desolado, se me escapó un sollozo. Alzó la cabeza y rápidamente se puso a guardar las notas, como si le avergonzara que lo hubiese pillado de esa forma. Sin embargo, me abalancé sobre él y con los brazos rodeé su cuello, donde enterré mi nariz y aspiré el perfume que tanto nos gustaba a los dos.
—Eh, Meli… No llores. No me gusta verte así. —Me separó y trató de enjugarme las lágrimas con los dedos.
—Lo siento, no quería pegarte.
Enterré mi cara en su pecho. Me frotó la espalda y apoyó la barbilla en mi cabeza.
—Ni yo decirte eso —murmuró.
—Sé que eres capaz de hacerlo. —Levanté la cabeza y me lo quedé mirando. Frunció las cejas sin entender, y le señalé los papeles que todavía había en la mesa—. Eres valiente, atrevido y ambicioso… tanto como Alejandro Magno, ¿te acuerdas? —Ambos nos reímos y aproveché para acariciarle la mejilla—. Hazlo si con eso vas a ser feliz.
—No puedo, Meli. —Negó con la cabeza. Su voz sonó derrotada, muy diferente a la del hombre del que me había enamorado—. Estoy bloqueado, y el instituto me quita todo el tiempo y las ganas.
Lo abracé con más fuerza y aspiré todo su aroma. Lo amaba tanto… No quería soltarme de él jamás.
—No discutamos, por favor —murmuré contra su camisa.
—A mí tampoco me gusta. —Me cogió de la barbilla y me obligó a mirarlo—. Odio verte llorar.
—¡Vayamos a cenar y se me pasará! —Se me ocurrió de repente que así estaría contento.
—No tengo muchas ganas ya… —respondió sacudiendo la cabeza.
—Vamos, no seas así… Querías ir a un lugar bonito, ¿no? Pues venga, busca uno mientras me ducho y me pongo mi mejor vestido.
Le guiñé un ojo y me separé de él para ir al baño. Antes de salir, me volví para echarle un último vistazo y lo descubrí sonriendo, pero no vi esa sonrisa suya tan iluminada, que era capaz de arrasar con todo y con todos a su paso.
Fuimos a cenar, aunque no fue divertido, ni romántico, ni especial. Más bien fue incómodo porque apenas hablamos, y Germán contestaba a todo lo que le decía de manera escueta. Le propuse ir a bailar, pero no quiso, así que regresamos temprano a casa y nos acostamos sin dedicarnos una caricia o un beso.
El lunes siguiente quise recompensarlo y demostrarle que iba a pasar más tiempo con él. Ese año le había tocado un segundo de bachillerato nocturno en el pueblo de al lado, así que decidí ir a buscarlo y cogí el autobús en cuanto salí del trabajo. Entré en el instituto con una ilusión enorme puesto que en casa nos esperaba una bandeja de sushi que había encargado, una de sus comidas preferidas. Pregunté a la conserje por él y, en cuanto me dijo dónde estaba, subí los escalones de dos en dos. Me detuve en el último al oír unas risitas. Sin duda se trataba de la de Germán, pero también había otra femenina.
Me asomé al aula de manera tímida y lo vi solo con una de sus alumnas. Ella se había inclinado ante el escritorio, con el libro y un lápiz entre los dedos. Germán parecía estar explicándole algo; aun así, había demasiada cercanía entre ellos y una confianza que me puso nerviosa.
No habían reparado en mi presencia, de manera que di un paso hacia delante y llamé a la puerta.
Cuando Germán alzó la cabeza y me vio, al principio se mostró un tanto sorprendido, pero después sus ojos destellaron y dibujó una ancha sonrisa. La chica se me quedó mirando muy seria, y escudriñé atentamente a aquella niña que coqueteaba con mi novio. Era muy joven, desde luego. No es que Germán y yo no lo fuéramos, pero para mí en ese momento ella lo era de un modo insultante.
Tenía la piel muy morena, unos cabellos muy oscuros y largos, de esos abundantes que caen en cascada por la espalda, y unos ojazos azules que me observaban con curiosidad. Al cabo de estar tan sólo unos segundos delante de ella supe que poseía esa inocencia y, al mismo tiempo, ese descaro juvenil que gustan tanto a los hombres un poco más mayores.
—Cariño… —Hacía tiempo que Germán no me dedicaba ese apelativo—. ¿Cómo es que has venido? —Dejó su mesa y se encaminó hacia mí.
—Quería darte una sorpresa —contesté sin apartar la mirada de la chica, que bajó la suya.
—¡Y me la has dado! —respondió, posando las manos en mis hombros y dándome un suave y rápido beso en la mejilla. ¿Por qué… por qué en esa parte del cuerpo y no en la boca? ¿Le avergonzaba besarme delante de su alumna?
—Bueno, pues hasta mañana —interrumpió la chica en ese momento.
Germán se volvió hacia ella y le hizo un gesto de despedida con la cabeza. Cuando pasó junto a mí el corazón se me aceleró. Era tan joven… Tan guapa. Unos rasgos infantiles y exóticos. Una nariz respingona. Unos pechos pequeños pero redondos y firmes.
Cuando se marchó, Germán y yo estuvimos unos minutos en silencio, hasta que él lo rompió:
—Es Yolanda. Le gusta mucho la historia.
—Qué bien…
Intenté forzar una sonrisa, pero no lo conseguí. Germán y yo siempre habíamos tenido tantas cosas en común… Pero no la historia. No su pasión.
Como vio que no iba a decir nada más, empezó a recoger sus cosas de manera apresurada. Una vez en el coche, mi cabeza empezó a dar vueltas al asunto. No pasaba nada, era normal que una chica de esa edad se sintiera atraída por un profesor joven y atractivo como Germán. Y también podía entender que a él le pareciera gracioso tontear un poco con ella. Me convencí de que no haría nada que me dañase, que jamás me engañaría con otra mujer, mucho menos con una casi diez años menor que él.
No hablamos sobre ello, así que, como necesitaba desahogarme, se lo conté a mi hermana. ¡Qué estupidez! Quería oír justo lo contrario de lo que me dijo.
—La crisis de los cuarenta —murmuró con mala cara mientras tomábamos un café.
—Ana, Germán ni siquiera tiene treinta.
—Pues le ha llegado antes. ¡Mira que te tengo dicho que no es de fiar…! Media vida llevo advirtiéndotelo. Pero ¡si en el instituto tonteaba con todas!
—Eso no es cierto —negué con una presión en el pecho. ¿Por qué Ana no podía darme ánimos simplemente? Si tenía que equivocarme, al menos sería por mi decisión.
—Pues lo que tú digas. Pero si luego te hace daño, ¡le rompo las cerezas!
Mi hermana jamás decía palabrotas, y era algo que me hacía gracia, pero en ese momento ni siquiera pude esbozar una leve sonrisa.
—Nunca haría eso. Germán no me haría daño jamás. —Alcé los ojos para clavarlos en ella—. Sólo es una alumna con la que se lleva bien.
—Ay, Mel, allí rodeado de jovencitas que lo enseñan todo y con las hormonas a flor de piel…
—Que no, Ana. Él me ama.
—Entonces ¿para qué me has llamado? —protestó.
Y pasamos a hablar de lo bien que estaba con Félix y del viaje que iban a hacer por Indonesia. Caí en la cuenta de que hacía mucho tiempo que Germán y yo no viajábamos. Ni siquiera hacíamos ya todas esas cosas divertidas que antes convertían nuestra vida en algo diferente y luminoso.