25

Vamos, Mel, ¿estás lista ya o qué? —Ana se asomó a mi habitación y arrugó las cejas cuando se dio cuenta de que ni siquiera me había puesto la falda.

—Se me ha roto una media —murmuré lloriqueando. Me pasaba el día haciéndolo por todo: se me rompía la yema del huevo y lloraba. Se me caía un vaso y se me saltaban las lágrimas. En el trabajo me ponían mala cara por alguna tontería y corría a mi despacho para poder desahogarme. Veía un perro abandonado por la calle y se me hacía un nudo en la garganta. Todo me parecía terrible, incluso algo tan tonto como lo que me había pasado en ese momento. Tenía muchas más medias, pero quería ponerme ésas.

—Venga, que te cojo otro par. —Ana se lanzó al cajón de la ropa interior y rebuscó en él.

—Me gustan éstas —me quejé con los ojos rojos de tanto llorar.

Mi hermana me tendió otras, unas que en verdad eran muy bonitas, pero en cuanto me las dio las dejé sobre la cama haciendo pucheros. Desde luego, Ana estaba comportándose conmigo como una bendita. Soltó un suspiro y se colocó delante de mí con los brazos cruzados.

—Pues si no quieres ningunas otras, te pones un pantalón —me regañó.

—Lo que no quiero es ir a esa horrible cita a cuatro que has planeado —contesté mirándola de reojo, enfadada.

—¿Y qué es lo que quieres? Ah, sí, pudrirte en este apartamento que ni siquiera limpias ya. En serio, Mel, me contengo para no darte una bofetada.

—Has organizado esto a mis espaldas… y no tenías ningún derecho.

Hice ademán de tumbarme en la cama, pero Ana me cogió del brazo y me levantó al tiempo que me llevaba hasta el cuarto de baño. Grité y pataleé, creo que incluso intenté morderla, pero al final consiguió meterme bajo la ducha, aún con la ropa interior puesta.

—Creo que tengo mucho derecho a no permitir que mi hermana se convierta en un fantasma —dijo alzando la voz para que la oyera bajo el chorro de agua caliente.

Por unos instantes me sentí muy mal, porque estaba intentando hacer todo lo posible para que despegara los pies de ese pantano en el que me había metido. No obstante, la rabia que sentía por que mi hermana tratara de juntarme con otro hombre tan pronto me superaba. No dejaba que me lamiera las heridas y tampoco que guardara luto por alguien que, como ella decía, no había muerto, sino que se había comportado como un cabrón.

—¿No entiendes que no puedo verme con ningún tío? —insistí una vez que me sacó de la ducha.

Me quitó la ropa interior empapada y me trajo otra mucho más bonita. Me ayudó a secarme y me cepilló el cabello como hacía cuando éramos pequeñas.

—¿Y tú no entiendes que no puedes seguir enclaustrada entre estas paredes?

Me dejó en el baño sola de nuevo para regresar al cabo de unos minutos con unos vaqueros y una blusa negra que Germán me había regalado en uno de mis cumpleaños.

—¡Ésa no! —le chillé tapándome los ojos con las manos.

La verdad era que me comportaba como una loca y que quizá debería haberme deshecho de todo lo que tenía que ver de algún modo con él, pero me resistía a ello, como si conservando sus regalos fuese a conseguir que regresara.

Ana soltó un bufido y fue otra vez a mi habitación. Cuando volvió al cuarto de baño, llevaba otra blusa, pero una que, por suerte, había comprado yo. Me fijé en que no me había traído sujetador y se lo hice saber.

—Tienes que estar muy seductora esta noche, Mel. De lo contrario, ahuyentarás a ese hombre.

Sus palabras me molestaron tanto que estuve a punto de arrancarme la ropa en ese instante.

—No quiero seducir a nadie.

—¿Ah, no? ¿Vas a ser una solterona el resto de tu vida?

Me empujó hasta la habitación para que eligiera unos zapatos.

—¿No te das cuenta de que es demasiado pronto para todo esto?

—¿Y tú no te das cuenta de que él no volverá?

Se me escapó un sollozo y caí sentada en la cama, tapándome el rostro con las manos, ahogada en el dolor. Ana comprendió que había sido muy dura conmigo y se situó a mi lado, rodeándome con los brazos y acunándome en su pecho. Me acaricio el pelo hasta que conseguí calmarme un poco.

—Sólo quiero que estés bien, por favor. Necesito que sonrías otra vez. —Me cogió de la barbilla y me la levantó para que la mirase—. Eres joven y preciosa. No lo eches todo a perder.

—Me voy a morir, Ana —susurré, pasándome la lengua por los labios salados a causa de las lágrimas.

—Para nada. De amor sólo se morían las damiselas en los grandes clásicos de la literatura. Y que yo sepa, de momento tú no eres una de ellas.

Me sonrió y a mí se me escapó una risita acompañada de unos cuantos mocos que Ana se apresuró a limpiarme con un pañuelo.

Su móvil empezó a sonar y se levantó para sacarlo de su bolso. Me mostró la pantalla. Era Félix.

Chasqueé la lengua, imaginando que ya venía a buscarnos. No quería ir, no me sentía con fuerzas para nada, pero Ana insistiría una y otra vez, y estaba segura de que terminaría por sacarme a rastras del piso.

—Vale… Ahora bajamos. A Mel le falta poco. —Colgó y se me quedó mirando muy seria, hasta que esbozó otra sonrisa—. Venga, cariño, Félix ya está abajo. Sólo inténtalo, ¿vale? No he planeado esto por nada, simplemente para que disfrutes de una cena con tu hermana, tu futuro cuñado y un amigo suyo. ¿Qué hay de malo en ello?

Negué con la cabeza, dejándole claro que de hecho no había nada malo, que era yo quien no estaba bien. A pesar de todo fui en busca de unos zapatos y cuando los tuve puestos dejé que me maquillara lo justo, hasta que logró que mi aspecto fuera lo bastante decente para que nadie saliera huyendo al verme.

—Es un hombre muy simpático y te tratará bien. No sabe nada de ti ni de lo que te ha ocurrido, así que no te preocupes —continuó explicándome mientras bajábamos la escalera.

—No quiero nada con él.

Le lancé una mirada asesina. Tenía la esperanza de que no le hubiera insinuado que yo estaba soltera.

—Sólo vamos a cenar y a reírnos un rato, de verdad.

Me acarició la barbilla y me empujó con suavidad para que recorriera el último tramo hasta la puerta de la calle.

Saludé a Félix con un gruñido al tiempo que me instalaba en el asiento trasero. Se volvió hacia mí y me miró con preocupación, pero desvié la vista y la posé en las luces de fuera. Por suerte, el novio de mi hermana siempre había sido un tipo cabal y estaba segura de que había regañado a Ana por aquella treta.

Cuando llegamos al restaurante en el que íbamos a cenar, ya me había concienciado de que iba a ser la mujer más arisca y antipática del mundo. No quería mostrarme ante ningún tío como una persona amable. Y además, de esa forma molestaría a Ana y le haría pagar por su juego sucio. Mi actitud era patética, lo sé, pero en ese tiempo nada ni nadie me importaba, mucho menos yo.

—Melissa, éste es Hugo.

Reparé en que ante nosotros había un hombre; Félix estaba presentándomelo.

Posé la vista en él y descubrí que el tal Hugo era bastante guapo. Tenía la mandíbula ancha y unos rasgos duros pero, al mismo tiempo, un tanto aniñados. Sus ojos, marrones verdosos, eran muy bonitos, y llevaba bien peinado el cabello, tirando a rubio. Vestía de manera elegante, con unos pantalones de color azul oscuro y una chaqueta a juego bajo la que se entreveía una camisa blanca.

Alargué mi mano para saludarlo y percibí que él vacilaba entre darme dos besos o ceñirse a mi gesto.

Al final optó por estrecharme la mano y sonreírme.

—Encantado, Melissa. ¿Cómo estás?

Ni siquiera le contesté. Pasé por su lado y me metí en el local, ante las estupefactas miradas de mis acompañantes. Una vez dentro, Ana me dedicó una con la que supe que me mataría si no me comportaba de forma educada, pero hice caso omiso de su advertencia. No tenía nada que perder. Ese hombre no me interesaba en absoluto.

—¿A qué te dedicas, Melissa? —me preguntó el tal Hugo una media hora después, cuando ya estábamos cenando.

—Soy correctora —contesté mirando hacia otra parte.

No había apartado sus ojos de mí desde que habíamos llegado, y estaba empezando a molestarme.

—También escribe. Novelas —intervino mi hermana. ¿Quién le había dado vela en aquel entierro?

—¿En serio? Eso es muy interesante —opinó Hugo dejando el tenedor y el cuchillo a ambos lados de su plato para escucharme.

—En realidad no lo es. —Esa vez sí clavé mi mirada en él, y creo que se dio cuenta de que estaba molesta, ya que carraspeó y apartó la suya—. Hace tiempo que no escribo. De hecho, no es que haga mucho en mi día a día. Me limito a sobrevivir.

—¿Y eso por qué? —me preguntó con curiosidad. Bueno, al menos era cierto que Ana no le había contado nada de lo ocurrido.

—No es asunto tuyo —contesté con malas maneras.

Hugo abrió la boca sin saber muy bien qué decir, y vi que Félix y mi hermana se miraban asustados. Minutos después, ella me arrastraba hasta los baños con la intención de soltarme un sermón.

—¿Podrías ser un poco más amable con él? No te ha hecho nada.

—No es Germán.

Desvié la vista hacia el espejo y me contemplé en él. Me veía ridícula con aquel maquillaje y ardí en deseos de quitarme allí mismo el colorete y el carmín.

—Nadie lo es, Mel. Y es mejor así —dijo con un tono de enfado más acentuado que de costumbre—. Porque si todos fueran como Germán, el mundo se iría al traste.

—¡No hables así de él! —le grité, notando que, una vez más, me sobrevenían las ganas de llorar.

—Pero ¿por qué lo defiendes? ¿Eres tonta o qué? ¡Te dejó con excusas baratas cuando estabais a punto de casaros! ¿Es que eso no te hace abrir los ojos y ver qué clase de hombre es?

Alcé una mano, rogándole en silencio que se detuviera. No iba a aguantar que me dijera de nuevo cuántas veces me lo había advertido. Estaba harta de sus reproches y de lo único que tenía ganas era de largarme de allí. Sin embargo, regresé con ella a la mesa e intenté comportarme durante el resto de la cena. Hugo se mostró muy atento conmigo todo ese rato y, por suerte, no me preguntó nada acerca de mi pasado, ni siquiera si tenía novio o si estaba buscando algo, sino que se dedicó a hacer bromas que me sacaron una leve sonrisa.

Cuando terminamos en el restaurante, Ana y Félix decidieron que todavía era pronto, así que fuimos a tomar una copa. Intenté sentarme entre ellos, pero mi hermana me lo impidió y me tocó ocupar el asiento contiguo al de Hugo. Tener a un hombre tan cerca me ponía enferma y, a cada minuto que pasaba, el corazón se me encogía en el pecho más y más.

—Ana estaba en lo cierto, Melissa. Eres preciosa —me dijo en un momento dado arrimando su rostro al mío.

Me eché hacia atrás con la respiración acelerada, pero no porque ese hombre despertara en mí algún deseo, sino todo lo contrario: estaba convencida de que nadie, nunca más, podría hacerlo.

—¿Estás casado? —le pregunté en un intento por desviar la conversación.

Se echó a reír y negó con la cabeza para enseguida dar un sorbo a su bebida. Jugueteé con mi vaso, centrándome en una mancha de la mesa para evitar que los nervios me consumieran.

—No. De hecho, la que era mi pareja me dejó.

—¿En serio? —Ladeé el rostro hacia él, un tanto sorprendida. Me fijé en que, de repente, parecía triste.

—Llevábamos juntos mucho tiempo. Pero ya ves, decidió que no debíamos continuar. —Se encogió de hombros como restándole importancia.

Y entonces pensé que si Hugo podía proseguir su vida sin la mujer a la que había amado, ¿por qué yo no? Melissa siempre había sido una mujer fuerte, así que tan sólo era cuestión de intentar recuperarla. Ana nos observaba con una sonrisa en el rostro, pero decidí pasar de ella y centrarme en Hugo; ya no me ponía tan nerviosa.

—¿La querías? —le pregunté en un susurro con la boca seca.

—Por supuesto que sí, Melissa —respondió con una sonrisa ladeada—. Pero lo que no puede ser… hay que dejarlo ir. Aquello que nos impide avanzar es necesario expulsarlo de nuestras vidas.

Desde ese instante Hugo me pareció un hombre interesante al que quizá valiera la pena conocer. Y por eso, lo intenté. Y porque creí que me merecía una segunda oportunidad en la vida, ya que la primera me había dejado por los suelos. Así que Hugo y yo nos vimos unas cuantas veces más, salimos a comer o a dar un paseo y conseguí reírme. Ana se mostró más contenta que nunca hasta que… ocurrió. Estaba claro que, más tarde o más temprano, él querría tener un acercamiento conmigo. Y lo hizo una noche en la que habíamos ido a un cine al aire libre. En cuanto oí su respiración acelerada y noté su aliento cerca de mi rostro, las náuseas se apoderaron de mí. Ni siquiera le dio tiempo a besarme porque yo ya había salido del coche y estaba tratando de recuperar la respiración y de borrar todas esas motitas que veía ante mis ojos. Un ataque de pánico, como los anteriores, pero mucho más fuerte, fue el diagnóstico del médico.

Hugo no volvió a aparecer en mi vida y yo se lo agradecí con un mensaje al que no respondió.

Ana estuvo un tiempo sin atreverse a presentarme a nadie más.

Y un mes después —o más, o menos, quién sabe, ya que no tenía conciencia del tiempo porque se había convertido en algo totalmente ajeno a mí— se produjo el encuentro que propició que me decidiera a olvidar a Germán.

Mi hermana se había empeñado en sacarme a pasear, bajo la promesa de que no habría ninguna sorpresa de última hora. Las ojeras me llegaban hasta los pies debido a que me pasaba muchas noches enteras mirando fotos, reteniendo frases en la memoria, capturando todos aquellos momentos en los que creí ser feliz.

—Mel, tienes que hacer algo. ¿No entiendes que no merece la pena? —me dijo Ana en la terraza de una heladería.

—No soy tan fuerte. Ha pasado muy poco tiempo. —Jugueteé con el cacharro de las servilletas—. Germán era el hombre de mi vida.

Ella ya estaba cansada de oírme pronunciar esa frase, pero lo cierto era que yo no podía dejar de repetirla.

—Por supuesto que no lo era —negó mirándome un poco enfadada—. Te dejó de manera cobarde. Lo hizo en el último momento, cuando se dio cuenta de que después no habría remedio.

—Bueno, al menos no fue en la ceremonia. Eso habría sido peor.

Ana chasqueó la lengua. La camarera se acercó a anotar nuestro pedido y, mientras mi hermana hablaba con ella, dirigí la vista alrededor, observando a las personas que tomaban un té, un café o un helado. Entonces el alma se me congeló. En la otra terraza se encontraba él. Pero no estaba solo. Lo acompañaba una chica.

Mi hermana reparó en mi mirada y dirigió la suya al mismo lugar.

—No hagas algo de lo que puedas arrepentirte, Mel —me dijo en cuanto vio que me estaba levantando.

—Sólo quiero saludarlo.

Ana no trató de impedírmelo porque, al fin y al cabo, sabía que no iba a conseguirlo. Me dirigí a ellos como una autómata, con la mente a mil por hora, con el corazón brincando en mi pecho. Ya había perdido el control aun sin saber nada.

Germán abrió los ojos con sorpresa en cuanto me acerqué. Se levantó como impulsado por un resorte. La chica ladeó la cabeza para saber qué ocurría. Era realmente joven. Debía de tener alrededor de dieciocho años. Guapísima. Cabellos oscuros, piel tostada, ojazos azules. La reconocí de inmediato. Era aquélla con la que lo había visto charlar en un aula cuando una vez fui a buscarlo al instituto, de la que me había hablado con tan buenas palabras. Su alumna…

—Meli —dijo muy nervioso—. ¿Cómo estás?

Hizo amago de darme dos besos, pero me eché hacia atrás. No podía respirar. Las náuseas me invadieron en el momento en que ella se movió de su silla para saludarme con una sonrisa.

—¿Qué tal? Soy Yolanda, la novia de Germán.

Parpadeé para recuperar la visión. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. No quería mostrarme débil; mucho menos delante de esa jovencita que se había metido en medio de una pareja a punto de casarse. Ella pareció fingir que no se acordaba de mí… Pero estaba claro que lo hacía; su sonrisa no podía ser más ancha. Él… me había dicho que no me había engañado, que no había ninguna otra mujer… Todo alrededor se estaba desmoronando.

—Yo una amiga de Germán. —Logré sonreír.

—¿Cómo estás, Meli? ¿Bien? —insistió él.

—Sí, sí lo estoy. Y tú también, ¿no?

Los miré con cara larga, controlándome como nunca en mi vida. El pecho me dolía tanto que creí que se me abriría en aquel momento.

—Sí, estamos muy bien —contestó Yolanda en su lugar.

Asentí con la cabeza. Nos quedamos en silencio, observándonos con disimulo.

—¿Quieres quedarte a tomar algo? —preguntó ella, intentando ser amable.

—Mi hermana me espera. Pero gracias.

Me despedí. No les di dos besos. Si lo hacía, mis lágrimas se desbordarían bañando sus rostros. Y no, débil era lo último que tenía que mostrarme. Germán no podía saber que cada noche pensaba en sus manos recorriendo mi cuerpo, en sus besos explorando mi piel, en sus palabras haciéndome arder.

—Vámonos, Ana, por favor. Sácame de aquí —supliqué a mi hermana en cuanto regresé a nuestra mesa.

No me reprochó nada; no me regañó. Supongo que se dio cuenta de que si lo hacía, me pondría a gritar allí mismo, rasgándome en cientos de tiras de piel.

Esa noche me prometí que iba a superarlo, que yo también merecía estar bien. Pero continué un tiempo más guardando un recuerdo falso de un hombre que, más que nunca, se había convertido en alguien a quien antes conocía.