La reina de Golconda

(La reine de Golconde, 1761)

Cuento

Epístola

Por orden vuestra, Élianthe,

del suave Hamilton voy,

con voz más que gemebunda,

a intentar coger el tono.

Tenía una tierna lira

que con destreza tocaba,

incluso si deliraba;

yo no tengo más que un sistro

alemán, y su agrio son

a mi parecer no puede

acompañar bien mi voz.

Mas, sin detenerme más,

voy la manera a contaros

en que Aline, junto a su aldea,

en delicioso valle trocó

su leche y su inocencia

por un mísero niñito.

Sí, vos no lo habríais hecho,

la leche os habríais bebido,

y guardado la inocencia;

En cambio Aline, ese niño

del que padre me nombró

a sus padres ocultó,

mas al fin habló su talle.

Su madre llegó a saber

que pronto abuela sería;

de los padres he observado

un capricho singular:

quieren que se les avise

antes de hacer a los niños;

pero es raro que se pueda.

Mi Aline a nadie avisó

por no haber previsto el caso;

su mala madre, furiosa,

cien palos pega a mi hermosa,

golpea su dulce cara

y su pecho de alabastro;

y, colmo de crueldad,

mi brutal suegro irritado,

de su patria echa por siempre

a Aline y a mi ahijado.

Mas, pese a tanto jaleo,

por Aline tranquilizaos.

Amable ser suele el cielo

con la belleza imprudente,

y nunca tan lindo rostro,

fue, dicen, manjar de lobos.

De Aline, una ignota villa

tuvo un nuevo ciudadano;

bien acogida fue allí;

nunca le faltó de nada:

gentes que luego la han visto

me han dicho que bien estaba.

Me entrego a vos, pluma mía; hasta ahora mi mente os ha guiado; guiad vos hoy mi mente, y ordenad a vuestro amo.

El sultán de Las mil y una noches pedía a Dinarzade, y el gigante Molinos[1] a su ariete, que les contaran historias: contadme pues vos alguna que no sepa. Me da igual que empecéis por el medio o el final[2].

En cuanto a vosotros, lectores míos, de antemano os advierto que, si escribo, es para mi placer, no para el vuestro. Vosotros estáis rodeados de amigos, queridas y galanes; no me necesitáis para divertiros; pero yo estoy solo, y quisiera hacerme buena compañía a mí mismo.

Arlequín, en igual caso, llama al Imperator romano Marco Aurelio en su ayuda para dormirse[3]; yo llamo a la reina Golconda para despertarme.

Estaba yo en la edad en que un universo nuevo se despliega ante unos órganos apenas desarrollados, en que nuevas relaciones nos vinculan a los seres que nos rodean; en que unos sentidos más atentos y una imaginación más ardiente nos hacen encontrar deseos más verdaderos en ilusiones más dulces: en una palabra, tenía quince años, y, lejos de mi preceptor, montaba un caballo inglés siguiendo a veinte perros que corrían para dar caza a un viejo jabalí: júzguese si era feliz. Al cabo de cuatro horas, aquellos perros cayeron derrengados, y yo también. Perdí la pieza, después de haber corrido mucho tiempo a rienda suelta, y, como mi caballo estaba sin aliento, me apeé: rodamos los dos sobre la hierba; luego, él se puso a pacer y yo a dormir.

Almorcé pan y una perdiz fría en un ameno valle, formado por dos laderas coronadas de verdes árboles. La panorámica ofrecía a mis ojos una aldea alzada sobre la pendiente de una lejana colina, de la que me separaba una vasta llanura cubierta de ricas mieses y agradables vergeles.

El aire era puro, sereno el cielo, la tierra aún brillaba con las perlas del rocío, y el sol, apenas en el tercio de su carrera, aún no provocaba más que templados fuegos que un dulce céfiro moderaba con su aliento.

¿Dónde están esos amantes de la naturaleza que tan bien saben gozar del buen tiempo y de un bello paisaje? Para ellos hablo; pues, por lo que a mí se refiere, estaba entonces menos preocupado por esa materia que por una aldeana con corpiño y refajo blanco a la que de lejos veía venir con un cántaro de leche en la cabeza. Con secreto placer la vi pasar sobre una tabla que servía de puente al riachuelo, y seguir un sendero que debía llevar sus pasos junto al lugar donde estaba yo sentado. Al acercarse, me pareció de una gran lozanía, y, sin imaginar nada de lo que pasaba dentro de mí, me levanté para salir a su encuentro. Cada paso que daba la embellecía a mis ojos, y pronto lamenté todos los que habría podido yo dar para verla cuanto antes. Georgia y Circasia[4] no producen más que monstruos en comparación con mi pequeña lechera, y nunca criatura tan perfecta adornó el universo. No sabiendo qué cumplido hacerle para entrar en conversación, le pedí que me diera a beber un poco de su leche para refrescarme. Luego le hice algunas preguntas sobre su aldea, su familia y la edad que tenía; me respondió con una ingenuidad y una gracia que volvían sus palabras dignas de salir de su boca.

Supe que era de la aldea vecina, y que se llamaba Aline.

–Mi querida Aline –le dije–, querría ser vuestro hermano –no era eso desde luego lo que quería decir.

–Y a mí, a mí también me gustaría ser vuestra hermana –me respondió ella.

–¡Ah!, os amo tanto por lo menos como si lo fueseis –añadí yo abrazándola.

Aline quiso defenderse de mis caricias, y en los esfuerzos que hizo el cántaro cayó y la leche corrió a grandes oleadas por el camino[5]. Ella se puso a llorar y, librándose bruscamente de mis brazos, recogió su cántaro y quiso echar a correr. Sobre la vía láctea resbaló su pie, y ella cayó patas arriba; volé en su ayuda, mas fue en vano. Un poder más fuerte que yo me impidió levantarla y me arrastró en su caída… Yo tenía quince años y Aline catorce[6]. Era a esa edad y en aquel lugar donde el amor nos esperaba para darnos sus primeras lecciones. Mi dicha se vio turbada al principio por el llanto de Aline, mas pronto dejó su dolor paso a la voluptuosidad, ¡que también le hizo derramar lágrimas! ¡Y qué lágrimas! Fue entonces cuando conocí verdaderamente el placer, y el placer mayor de dárselo a alguien que se ama.

El tiempo, que parecía haber dejado de existir para nosotros, seguía su curso para el resto de la naturaleza, y el sol, inclinándose hacia el horizonte, llamaba a los pastores a sus cabañas y a los rebaños a sus establos: el aire resonaba con el sonido de las cornamusas y los cantos de los jornaleros que volvían al descanso.

–Es tiempo de que me vaya –dijo Aline–, porque mi madre me pegaría.

En esa época, aún respetaba yo a mi madre; no tuve valor para desengañarla del respeto que ella tenía por la suya.

–He perdido mi leche y mi honra –añadió–; pero os lo perdono.

–Marchaos –le respondí–, sois más blanca de lo que vuestra leche era, y el placer vale mucho más que la honra.

Le di el poco dinero que llevaba encima, y un anillo[7] que tenía en el dedo; me prometió no perderlo nunca. Nuestras caras, que seguían pegadas la una a la otra, se separaron húmedas de lágrimas y besos. Volví a montar a caballo, y, tras seguir con la vista tan lejos como pude a mi querida Aline, di mis últimos adioses a los lugares consagrados por mis primeros placeres, y volví al castillo de mi padre, muy enfadado por no ser un pequeño aldeano de la aldea de Aline.

Había decidido no ir de caza a otra parte que no fuera aquel encantador valle y perdonar la vida, en favor de la bella Aline, a todas las piezas de la comarca; mas estos planes, tan caros a mi corazón, se desvanecieron como un sueño. Supe, al llegar, que noticias imprevistas obligaban a mi padre a partir al día siguiente para París. Me llevó consigo; abracé llorando a mi madre, pero era a Aline a quien lloraba.

El tiempo corroe el acero y el amor; estaba inconsolable al partir, me consolaron al llegar; a medida que me alejaba de Aline, Aline se alejaba de mi mente, y la alegría de entrar en un mundo nuevo me hizo olvidar las delicias del que abandonaba. El libertinaje y la ambición sustituyeron al amor en mi corazón. Serví durante seis penosas campañas, en las que recibí grandes heridas y magras recompensas; volví a París para resarcirme, sirviendo a las bellas, de cuanto había sufrido sirviendo al Estado.

Al salir un día de la Ópera, me encontré por casualidad al lado de una hermosa mujer que esperaba su carroza; tras ser mirado atentamente, me preguntó si la reconocía; le respondí que tenía la dicha de verla por primera vez.

–Miradme bien –dijo ella.

–La orden no es dura –respondí–, y vuestra cara sabrá haceros obedecer; pero cuanto más os miro, más diferencia encuentro entre todo lo que hasta el presente he visto y lo que ahora veo.

–Ya que mis rasgos mismos nada os recuerdan –dijo–, quizá mis manos tengan más suerte.

Y entonces, quitándose el guante, me mostró el anillo que antaño había dado yo a la pequeña Aline: el asombro me privó de la palabra. Llegó su carroza, me dijo que montase en ella, la seguí. Ésta es su historia:

–Quizá os acordéis todavía de mi cántaro de leche y de todo lo que con él perdí. No sabíais lo que hacíais, ni yo tampoco; mas pronto supe que aquello era un niño; mi madre se dio cuenta también, y me echó de casa; me marché, pidiendo limosna, a la ciudad vecina, donde una vieja mujer me retiró. Ella me servía de madre, yo le serví de sobrina; se preocupó de embellecerme y de educarme; por orden suya yo repetía a menudo las lecciones que vos me habíais dado; y como tuvisteis por sucesor inmediato al cura del lugar, vuestro hijo le cayó en suerte. Hizo de él más tarde un guapísimo monaguillo. Como mi tía esperaba que mi belleza me sería más útil todavía en una gran ciudad, me trajo a París, donde, tras haber pasado por diversas manos, caí en las de un viejo presidente; era una de las primeras personas del Estado por la dignidad, y una de las últimas para el amor, y quedaba reducido a muy poca cosa cuando se despojaba de su peluca, su zamarra y su cartera. Sin embargo, lo poco que le quedaba me amó hasta la locura, y nos colmó, a mi tía y a mí, de dinero y pedrerías. Mi tía murió, yo la heredé; tenía cerca de veinte mil libras de renta y mucho dinero contante; el oficio que hasta entonces había ejercido me pareció aburrido, y quise ejercer el de mujer honrada, que también tiene sus melancolías. Por dos luises que di a un genealogista, fui una joven de cuna bastante noble. Algunas relaciones que trabé con gente de letras, y quizá incluso un poco de inteligencia, me valieron la reputación de inteligente. Por fin, un hombre de alcurnia, con más de cien mil libras de renta, creyó pagar mi virtud casándose conmigo, y la pobre Aline es ahora para el público la marquesa de Castelmont; pero, para vos, la marquesa de Castelmont quiere seguir siendo Aline.

–¿Y a quién habéis amado más –le dije– de todos los que habéis conocido?

–¿Podéis preguntármelo? –me respondió–; yo era simple cuando me visteis; y no lo era cuando he visto a otros. Había empezado a adornarme, ya no era tan bella, necesitaba agradar, ya no podía amar. El arte lo echa todo a perder; el carmín que nos ponemos decolora nuestras mejillas y nuestro corazón lo enfrían los sentimientos que fingimos. Sólo os he amado a vos, y aunque sea fácil ser más fiel que yo, sería imposible ser más constante; la idea de vos siempre estaba presente en mi mente cuando os era infiel, y envenenaba casi siempre mi placer. Confesaré, sin embargo, que de vez en cuando le prestaba cierto encanto.

Sentí verdadera alegría al ver de nuevo a mi querida Aline; nos abrazamos con el mismo ardor que en aquellos felices tiempos en que nuestros labios no habían conocido aún otros labios, y en que nuestros corazones respondían a las primeras invitaciones de la voluptuosidad. Llegamos a su casa; me quedé a cenar; y como M. de Castelmont estaba ausente, sobreviví a todos los comensales y usé de mis derechos. El amor huye de las alcobas doradas y de las camas magníficas, le gusta revolotear sobre el esmalte de los prados y a la sombra de los verdes bosques. Mi dicha se limitó pues a pasar la noche entre los brazos de una hermosa mujer; pero ella no se llamaba y ya no era Aline.

Amantes que queréis conocer el amor o incluso sólo la voluptuosidad, no vayáis a ninguna aventura llevando en vuestro bolsillo cartas del ministro que os obligan a partir para el ejército. En esa circunstancia fue como vi a Mme. de Castelmont, y perdí mucho. ¿Hasta cuándo la engañosa voz de la gloria volverá odiosos ese dulce descanso y esos tiernos placeres? ¿Hasta cuándo se preferirá la guerra al amor? No me hacía yo entonces estas sabias reflexiones; cuando uno es brigadier como yo era, se piensa más en llegar a ser mariscal de campo que filósofo, y, a pesar de toda la severidad de los ministros, por lo general uno está más cerca de aquella condición que de ésta. Entré pues en mi silla de posta nada más salir de casa de Mme. de Castelmont, y volé con placer a nuevos hastíos.

Después de estar quince años lejos de mi patria, después de haber soportado al mismo tiempo disparos de fusil y muchas injusticias, pasé a las colonias en calidad de teniente general.

Dejo a los poetas y a los gascones la tarea de sufrir y describir tempestades; yo llegué sin accidente alguno; todo estaba tranquilo a mi llegada, y mi estancia en la India se parecía más a un viaje de placer que a una comisión militar. Así pues, sin tener nada que hacer, recorrí los diferentes reinos que dividen ese vasto país y me detuve en Golconda[8], entonces el Estado más floreciente del Asia. El pueblo era feliz bajo el imperio de una mujer que gobernaba al rey con su belleza y al reino con su sabiduría. Los cofres de los particulares y los del Estado estaban igualmente repletos. El campesino cultivaba su tierra para él, cosa rara; y los tesoreros no recogían las rentas del Estado para ellos, cosa mucho más rara todavía. Las ciudades, adornadas con magníficos edificios y más embellecidas aún por las delicias que en ellas se juntaban, estaban llenas de felices ciudadanos orgullosos de habitarlas; la gente de los campos se veía retenida en ellos por la abundancia y la libertad que allí reinaban, y por los honores que el gobernador rendía a la agricultura; en fin, los grandes estaban fascinados en la Corte por los bellos ojos de su reina, que conocía el arte de recompensar su fidelidad sin agotar los tesoros públicos: arte infalible y delicioso, que las reinas utilizan demasiado poco para mi gusto, y que el rey su esposo ignoraba que emplease. Llegué a esa Corte y fui recibido en ella con toda la pompa imaginable. Para empezar tuve una audiencia pública del rey, luego de la reina, que, al verme de lejos, se bajó el velo. Dada su reputación, yo había supuesto que no velaría nada; me sorprendió mucho aquella recepción, aunque por lo demás se me acogió muy bien, y no tuve más queja que no haber visto su cara, que me moría de ganas de ver, porque decían que era muy bella; y en segundo lugar, porque todo lo que tiene relación con una gran reina es muy curioso.

De vuelta a mi alojamiento encontré a un oficial que se ofreció a enseñarme al día siguiente los jardines y parques que rodeaban el palacio; acepté la excursión; nos levantamos con el sol, y me llevó por magníficas alamedas hasta una especie de tupido bosque donde mirtos, acacias y naranjos mezclan sus fragancias y ramajes. Encontramos un caballo atado a uno de aquellos árboles; mi guía montó ágilmente en él y, tras hacer sonar una fanfarria con la trompeta que consigo llevaba, huyó a rienda suelta. Yo seguí el camino por donde iba, muy sorprendido de la conducta del oficial y sin poder imaginar que hubiese un país donde tuvieran la costumbre de acompañar a la gente para perderla, en lugar de llevarla de paseo; pero ¡cuál no fue mi sorpresa cuando, llegado a la linde del bosque, me encontré en un lugar totalmente semejante a aquel donde antaño había conocido por primera vez a Aline y el amor! Era la misma pradera, las mismas laderas, la misma llanura, el mismo pueblo, el mismo riachuelo, la misma tabla, el mismo sendero; sólo faltaba una pequeña lechera, que vi aparecer con ropas parecidas a las de Aline, y el mismo cántaro de leche.

–¿Es un sueño? –exclamé–. ¿Es un encantamiento? ¿Es una sombra vana que hace ilusión a mi vista?

–No –me respondió ella–, no estáis dormido ni embrujado, y ahora mismo veréis que no soy un fantasma; soy Aline, la misma Aline que ayer os reconoció y no quiso ser vista por vos sino bajo la forma con que la amasteis. Viene a descansar con vos del peso de su corona trayendo su cántaro de leche; vos le hicisteis el estado de lechera más dulce que el de reina.

Olvidé a la reina de Golconda, y no vi más que a Aline; estábamos entonces a solas, las reinas son mujeres; recobré mi primera juventud y traté a Aline como si ella hubiera conservado la suya, porque se dice que las reinas jamás la pierden.

Tras este agradable reconocimiento, Aline volvió a ponerse sus ropas de reina que una esclava íntima que la había seguido le trajo. Volvimos a palacio, donde la vi recibir a toda su corte con una gracia y una bondad que fascinaban a cuantos se le acercaban. Miraba a unos, hablaba a otros, sonreía a todos; en una palabra, parecía ser dueña de todo el mundo, y no reina de nadie.

Tras la cena, durante la que todo el mundo comió con ella, la seguí a una sala apartada, donde, tras haberme hecho sentar a su lado, me contó también sus últimas aventuras.

«El marqués de Castelmont resultó muerto en duelo unos tres meses después de vuestra partida, y dejó a su afligida viuda con cuarenta mil escudos de renta por todo consuelo. Una parte de sus bienes estaba en Sicilia, y exigía, según dijeron, mi presencia. Me embarqué alegremente para hacer el viaje; mas un viento contrario obligó a mi fragata a hacer escala en una lejana costa donde un bajel más contrario todavía se apoderó de ella y la llevó consigo. Era un bajel turco cuyo capitán dio a la tripulación todos los malos tratos y a mí todos los buenos de que los turcos son capaces; me llevó a Argel, y de allí a Alejandría, donde fue empalado. A mí me vendieron como esclava con toda su casa, y caí en suerte a un mercader indio que aquí me trajo y que me hizo aprender la lengua del país, en la que en poco tiempo hice grandes progresos. Había conocido la miseria, pero no la desgracia, y no pude soportar la esclavitud; escapé de casa de mi amo sin saber a dónde iba; me encontraron unos eunucos que, por parecerles hermosa, me llevaron ante el rey. Por más que pedí gracia para mi virtud, fui encerrada en el serrallo, y desde el día siguiente recibí de cuantos me rodeaban los honores de sultana favorita que el rey me había concedido durante la noche; pronto la pasión del rey no tuvo límites, y mi autoridad tampoco tuvo más. Golconda, acostumbrada a obedecer los decretos que yo dictaba desde el fondo del serrallo, me vio sin asombro convertirme en esposa de su soberano, que no era desde hacía mucho más que mi primer súbdito. En mi pequeño palacio me acordé de la pequeña aldea donde conservé mi inocencia, y de aquel delicioso valle sobre todo donde la perdí; quise volver a trazar para mis ojos la amada imagen de mis primeros años y mis primeros placeres. Fui yo quien construí la aldea que habéis visto en el recinto de mi parque; lleva el nombre de mi antigua patria, y en ella todos sus habitantes son tratados como mis padres, como mis amigos; todos los años caso a cierto número de sus jóvenes, y a menudo admito al más viejo de esos habitantes a mi mesa para imaginarme el cuadro de mi viejo padre y de mi pobre madre, a quien me gustaría respetar si aún la tuviese; las hierbas del prado nunca han sido holladas más que por las danzas de los muchachos y muchachas de la aldea; mientras yo viva, el hacha siempre respetará esos árboles que imitan a los que prestaron su sombra a nuestros amores, y mis ropas de aldeana conservadas junto a mis ornamentos reales no cesan, en medio del esplendor que me rodea, de recordarme mi primera oscuridad. Me obligan a respetar una condición en la que fui menos despreciable que en todas aquellas otras a que después me he elevado; me enseñan a reconocer la humanidad en todas partes; me enseñan a reinar».

¡Qué deliciosa princesa la de Golconda! Era a la vez buena reina, buen rey, buena mujer y buen filósofo; era todavía más: era buen goce. Pero, ¡ay!, sólo lo supe durante quince días, al cabo de los cuales fui sorprendido con ella por el marido mismo y obligado a salir del reino por la ventana de su dormitorio. Poco tiempo después partí de nuevo para Francia, donde alcancé las mayores dignidades y las mayores gracias, no mereciendo ni unas ni otras. He vagado después, sin fortuna ni esperanza, de país en país; por último os he encontrado en este desierto, donde pienso asentarme pues encuentro soledad y compañía al mismo tiempo.

Tal vez mi lector haya creído hasta ahora que estaba contándole a él esta historia; pero como él no me lo ha pedido, me permitirá que este relato vaya dirigido a una viejecita vestida con hojas de palmera, antigua habitante del desierto en que vivo retirado, y que me había pedido el relato de mis aventuras más interesantes. Han podido aburrir a quienes las han leído; pero fueron escuchadas por la vieja con singular atención; no se perdió una palabra, y cuando hube terminado me dijo:

–Lo que más me gusta de vuestra historia es que no hay una sola palabra que no sea verdad.

–¿Qué sabéis vos? –le dije–. Quizá os haya mentido de principio a fin.

–Estoy totalmente segura de lo contrario –me dijo.

–¿Acaso es algo entendida en magia la señora? –repliqué.

–No mucho –contestó ella–; pero tengo un anillo que me hace juzgar la verdad de cuanto me habéis contado.

–No conozco –le dije– más anillo que el de Salomón que pueda tener esa virtud[9].

–¿Conocéis el de Aline? –me replicó sonriendo, y mostrándome su mano–. Aline, la misma a la que hicisteis subir al trono de Golconda, y a la que del trono hicisteis bajar, que fugitiva y proscrita vino a buscar en estos alejados lugares un asilo contra la cólera de su marido, de la que vos escapasteis saltando por la ventana.

–¡Cómo!, ¿vos otra vez? –exclamé–. Soy ya muy viejo, pues si no recuerdo mal tengo un año más que vos; pero es imposible tener un año más que vuestra cara.

–¿Qué importan –dijo ella en tono grave– nuestra edad y nuestras caras? Antaño fuimos jóvenes y hermosos; seamos sensatos ahora, seremos más felices. En la edad del amor nos disipamos en lugar de gozar; ahora estamos en la edad de la amistad; gocemos en lugar de añorar. Sólo hay momentos para el placer, y quizá toda la vida para el placer permanente; el uno se parece a la gota de agua, y el otro al diamante; los dos brillan con el mismo esplendor; mas el menor soplo hace desvanecerse a uno, mientras el otro resiste los esfuerzos del acero; el uno toma prestado su brillo de la luz; el otro lleva su luz en su seno y la difunde en las tinieblas. Así todo disipa el placer, y nada altera la felicidad.

Luego me guió hacia una alta montaña cubierta de árboles frutales de distintas especies; un arroyo de agua viva y clara descendía de la cima haciendo mil meandros, y venía a formar un estanque en la entrada de una gruta excavada al pie de la montaña.

–Ved si esto basta a vuestro contento –me dijo ella–: ésta es mi morada, que será la vuestra, si queréis; esta tierra sólo exige un pequeño esfuerzo para pagar con profusión los afanes que en ella os hayáis tomado. Esta agua transparente os invita a beberla; desde lo alto de esa montaña vuestra vista podrá descubrir varios reinos a la vez; subid a ella, respiraréis un aire más vivo y saludable; allí estaréis más lejos de la tierra y más cerca de los cielos; considerad desde allí lo que habéis perdido, y después me diréis si queréis recuperarlo.

Caí a los pies de la divina Aline, lleno de admiración por ella y de desprecio por mí; nos amamos más que nunca, y nos volvimos uno y otro nuestro universo. Ya he pasado aquí varios años deliciosos con esta sabia compañera. He dejado todas mis locas pasiones y todos los prejuicios en el mundo que abandoné; mis brazos se han vuelto más laboriosos, mi inteligencia más profunda, mi corazón más sensible. Aline me ha enseñado a encontrar encantos, dulces reflexiones y tiernos sentimientos en un ligero trabajo; y sólo al final de mis días he empezado a vivir.