El hijo del burdel
(L’Enfant du bordel, 1800)
Tomo primero
Capítulo I
Tanto el hijo del potentado como el del zapatero son obra de un golpe de culo, y alguno que ocupa un trono debe su nacimiento al lacayo que le sirve. Grandes de este mundo, no os jactéis tan alto de vuestro ilustre origen, porque yo que os hablo soy padre de un duque y de dos marqueses; y, sin embargo, ¿quién soy? El hijo del burdel.
Mi creación fue el polvo de un paje de dieciséis años, bello como el amor, y de una pequeña vendedora de modas de quince, tan lozana como la más joven de las Gracias.
El conde de B…, mi padre, estaba desde hacía un mes entre los pajes del rey. Educado en provincias por su padre, jansenista a ultranza, al llegar a Versalles tenía el pudor de una Agnès[1]; mas un mes de la vida de paje le hizo perder su preciosa inocencia; sus castos compañeros supieron adoctrinarle tan bien que quince días después de su llegada la teoría del amor ya no le ofrecía novedad alguna. Al cabo de un mes de servicio, tuvo dos días de libertad, y, tomando por compañero de armas a uno de sus camaradas, más instruido que él, fue a París para poner en práctica las preciosas lecciones que le habían grabado en el corazón.
El proyecto de nuestros dos atolondrados era ir, primero, a un burdel situado en la calle Saint-Martin[2], enfrente de la calle Grenier-Saint-Lazare; llegaron por la calle Michel-le-Comte; ya veían a lo lejos en una de las ventanas del casto convento a una antigua belleza que mostraba a los transeúntes las tres cuartas partes de sus fofas tetas que, replegadas y sostenidas por una ancha cinta, parecían tener una lozanía desmentida por la cara amarilla y flaca de la Venus a veinticuatro sous por cabeza. Al verse la enharinada belleza mirada por dos jóvenes, les sonríe; ellos responden; ella les hace una señal con la cabeza y deja la ventana; ellos se abalanzan, van a franquear el umbral de la puerta; de pronto Théodore, ése es el nombre de mi padre, Théodore, digo, frena a su camarada… ¿Quién puede impedirles satisfacer su deseo?… ¿Quién? Una pequeña vendedora de modas que está en el quicio de su tienda.
Imaginaos lo más delicado y seductor que puede formar la naturaleza y tendréis una idea de la bonita Cécile; quince años, abundante pelo rubio, una de esas caras redondeadas que prolonga la infancia más allá incluso de su término corriente; pequeña pero formada, de blandos contornos, con un pecho naciente que un doble lino velaba lo justo sin ocultar no obstante su forma; eso fue lo que Théodore vio a la primera ojeada y lo que le hizo despreciar la belleza vulgar y sus marchitos encantos.
–¡Ah!, ¿qué encantadora criatura? –exclama Théodore.
–¿Dónde? –le dice su camarada.
–Aquí.
–¿Esa pequeña tendera de modas?
–Sí.
–No está mal, en efecto.
–¡Oh!, qué delicioso debe de ser ver totalmente desnuda a una niña tan amable.
–¡Bah!, muchas veces lo que oculta la tela no merece la pena verlo.
–Estoy seguro de que ésta es perfecta de cualquier manera.
–Pienso que un lindo y pequeño monte muy moreno debe realzar más todavía los encantos de esa linda rubia.
–Yo preferiría que ese encantador monte fuera rubio.
–Estoy seguro de que es moreno.
–Estoy convencido de que es rubio.
–Apostemos.
–Apostemos.
Y ya tenemos a nuestros dos atolondrados apostando un almuerzo a discreción a que los encantos secretos de Cécile estaban recubiertos por una pelambrera rubia; mas ¿cómo dilucidarlo? Tras un instante de incertidumbre el amigo de mi padre le dijo:
–Me fío de ti, y estoy seguro de que tendrás suficiente buena fe para aceptar que has perdido.
–Palabra de honor.
–En tal caso mira.
Entonces, sin preocuparse de las consecuencias, se lanza sobre Cécile, la agarra por un pie, la derriba con la mitad del cuerpo dentro la tienda y la otra mitad en la calle; le levanta enseguida las faldas casi hasta la cara, echa a correr y desaparece.
Mi padre, a quien seguía de cerca su amigo, vio una bellezas que debían causar tanta más impresión sobre sus sentidos y su corazón cuanto que era la primera vez que los encantos secretos de una mujer se ofrecían a sus ojos. Vio también que su amigo había adivinado el color del monte, y que la encantadora rubia, lejos de perder con ello, ganaba por el contrario nuevos encantos.
Una ojeada había bastado a mi padre para hacer su descubrimiento; pero la inmovilidad de Cécile, que seguía expuesta a las miradas de la gente, le alarmó. Ella estaba sin conocimiento, volvió a taparla; la cogió en brazos, la metió en la tienda, cerró la puerta y echó las cortinas; los curiosos, que creyeron que Théodore era de la casa, desaparecieron poco a poco y dejaron a mi afortunado padre con su linda presa.
El estado de Cécile exigía pronta ayuda; mi padre, queriendo aflojarle la ropa, aparta el velo que cubría su seno. ¡Dioses!, ¡qué espectáculo para él! Un pecho naciente que habría podido disputar en blancura con la nieve, salvo por el ligero tinte sonrosado que corregía lo que los lirios tenían de excesivamente blanco e impedía que se los tomara por dos bloques de mármol. Un pequeño capullo de rosa deshojada lo embellecía aún más.
Olvidando que la joven belleza tenía más necesidad de ayuda que de caricias, Théodore se entretuvo paseando sus manos por el lindo pecho de Cécile. ¡Oh poder de la atracción! Apenas Théodore hubo cosquilleado unos instantes el capullo naciente que tenía ante los ojos, Cécile se estremece, suspira y parece volver en sí; Théodore redobla sus caricias, ella abre sus grandes ojos azules y los clava en mi padre; pero, pronto, al darse cuenta de su desorden, se sonroja, le rechaza dulcemente y se ajusta la ropa.
–¡Cuánto me ha preocupado vuestro estado! –le dice mi padre con voz emocionada y temblorosa.
–Señor…
–Un mal sujeto ha intentado heriros peligrosamente provocando la caída que ha causado el desmayo del que yo he tenido la dicha de sacaros.
–Os quedo muy agradecida, señor, por vuestros atentos cuidados.
–Mas ¿cómo es que estáis sola en esta casa?
–Hoy es domingo, mi madre y mis compañeras han salido y soy la única guardiana de la tienda.
Seguro de que ningún importuno podía interrumpirle, Théodore empieza a contar a Cécile todo lo que la vista de sus encantos le había hecho sentir. La joven Cécile quedó desconcertada ante el ardiente elogio que mi padre le hizo. No pudo, sin embargo, reprimir una sonrisa ante la delicadeza de sus alabanzas; llegó incluso a confesarle que no era insensible a ellas.
Como Cécile parecía sufrir, Théodore se informa con acento interesado por la causa. Tras ser presionada unos instantes, confiesa que creía tener los riñones algo magullados por la caída. Théodore le dijo que, como era cirujano, no le costaría mucho recetarle los remedios necesarios si ella tenía a bien mostrarle el lugar donde le dolía; y, tras las protestas de Cécile, Théodore le asegura haber visto lo suficiente para que sin temor pudiera dejarle ver el resto; lucha de una y otro; finalmente Théodore resulta vencedor.
La bella pasa, ruborizándose, a la trastienda, se coloca en una esquina para no ser vista desde la calle, se arrodilla en el borde de una silla, echa la parte superior del cuerpo hacia delante y entrega el resto al felicísimo Théodore. Sus temblorosas manos levantan dos faldas de una blancura deslumbrante, una camisa más blanca todavía, y descubren el más lindo culito que se pueda imaginar. ¡Oh!, M…[3], si este delicioso culo hubiera impresionado una sola vez tus miradas, nada te habría costado renunciar por él a los atractivos masculinos de tus ganímedes[4]. Imaginad una rabadilla deliciosa, unas nalgas rollizas en las que no se podía posar la mano sin que fuese rechazada por la elasticidad de las carnes; dos muslos moldeados y que iban disminuyendo hasta una rodilla perfectamente modelada, todo ello sostenido por una pierna de admirable perfección; recubrid todos estos atractivos con una piel fresca y aterciopelada como la del melocotón, y tendréis una idea del culo de Cécile.
Extasiado a la vista de tantos encantos, Théodore no sabía dónde fijar los ojos; a un lado el delicioso culo del que acabamos de hablar, y un poco más abajo la linda gruta sombreada por un musgo de ébano que huía entre los muslos de alabastro de la joven belleza.
Théodore admiraba el delicioso espectáculo cuando bruscamente se abre la puerta de la tienda y Cécile reconoce aterrorizada la voz de la vieja Geneviève, criada de la casa. Un movimiento más raudo que el relámpago hace caer las faldas de Cécile sobre la cabeza de Théodore cubriéndola por completo. Geneviève entra, y, como Théodore estaba entre la pared y Cécile, la vieja criada no puede ver el volumen que formaba bajo las faldas de la joven.
La causa del regreso de Geneviève era su perro. Había ladrado en la iglesia durante todo el introito, y en especial durante la bendición del Santo Sacramento. Geneviève volvía con él refunfuñando, por miedo a que lo apaleasen los pertigueros de la parroquia, que tienen vara alta sobre todos los cuadrúpedos que el azar lleva a su iglesia.
Al entrar en la trastienda, Geneviève ve a Cécile arrodillada en la silla, pues no había abandonado esa posición. Y cree que Cécile está recitando sus oraciones.
–¡Ah!, esta querida señorita –farfulla entre dientes–… Es un ángel… Es un ángel… Seguid, hija mía… Seguid. Estáis en el camino de la salvación, tratad de no desviaros nunca de él…
–Sí, querida –responde con acento sincopado la linda Cécile.
–Seguid, hija mía, en la disposición en que estáis; yo vuelvo a la iglesia a terminar mis oraciones; pero, por más que haga, veo en vuestro tono convencido que nunca serán tan fervientes como las vuestras.
Y la vieja Geneviève vuelve renqueando al Dios de misericordia al que había abandonado por su perro.
¿Qué hacía Théodore durante la conversación? Sus labios se habían pegado para empezar a dos nalgas encantadoras. También había querido depositar un beso en la joya rizada de Cécile; ella había apretado el trasero, de manera que, al no poder alcanzarla su boca, su lengua había intentado maquinalmente penetrar en ella; y había encontrado la manera de introducirse. Cécile no se atrevía a rechazar a su agresor por miedo a ser descubierta; y eran las titilaciones de aquella lengua ágil las que habían provocado en los sentidos de Cécile aquel desorden que Geneviève había tomado por un arrebato de devoción.
En cuanto Geneviève estuvo fuera, Cécile se despegó de los amorosos labios que los ardientes deseos soldaban a sus encantos. Fue a dejarse caer en un sillón a unos pasos de allí, y el felicísimo Théodore pronto estuvo a sus rodillas. Ella se quejó con amargura de la traición que le había hecho. Él se defendió con aquella voluptuosa elocuencia que su emoción volvía más persuasiva aún. No tardó la joven virgen en ser aplacada; perdonó y terminó por admitir todo el placer que había sentido.
En resumen, ambos sintieron la necesidad de volver a verse, y Cécile dejó a Théodore el cuidado de provocar las ocasiones.
Capítulo II
Théodore no pudo reunirse con su amigo hasta la noche, en Versalles. Admitió sinceramente que había perdido la apuesta; pero guardó un profundo silencio sobre las deliciosas secuelas de su aventura.
La noche que siguió a ese venturoso día la empleó toda entera en soñar con los encantos de Cécile. Y como hacía bien que mal coplillas, he aquí las que hizo sobre su aventura; desconozco la melodía, pero pueden cantarse con la deliciosa música que canta Mme. Saint-Aubin en Le Chapitre second [5]:
Si la diosa del amor
quiere tener mi homenaje,
de mi Cécile por siempre
tomaría el semblante;
por más que a sus atractivos,
dé un lápiz perfección,
no puede su culo tan elogiado
ser al lindo de mi Cécile comparado.
Intérprete del sentir
que hay de mi alma en el fondo,
mi boca en el lindo culo
cien ardientes besos puso;
vosotros que la virtud ponderáis,
si vuestra alma está tranquila,
es que no habéis visto nunca
de mi Cécile el gran culo.
Precioso y delicioso objeto,
Cécile, guárdate de creer,
que ese delicioso culo un día
de mi mente ha de borrarse;
mas si debo renunciar
a mi frágil existencia,
¡gran Dios!, quiero expirar besando
de mi Cécile el gran culo.
Pero no todo consistía en cantar a Cécile, había que pensar en volver a verla. Théodore no encontró nada más de su agrado que abrirse a su amigo. Al día siguiente, cuando pagaba el almuerzo de la apuesta, le contó punto por punto lo que había ocurrido la víspera. Éste, que no carecía de malas amistades, dirigió a Théodore a una tal señora Florimond, especie de buscona intrigante que sabía conseguir una pasable renta protegiendo amores ajenos. Provisto de una nota de su amigo, Théodore entró en contacto con la Florimond. Esta mujer se encargó de atraer a Cécile. Cumplió su promesa, y ocho días después de su primera entrevista Théodore se encontró cara a cara con su linda conquista, a quien una hábil mentira dejaba poco más o menos tres o cuatro horas de libertad.
Imaginad cuál debió de ser la ebriedad del feliz Théodore al estrechar entre sus brazos y apretar contra su corazón a la joven e interesante virgen que venía a entregarse a él. Sus labios ardientes se unieron a los de su amada. Su amorosa lengua buscó la de Cécile, quien, con los ojos cargados por una nube de voluptuosidad, se abandonó blandamente en brazos de Théodore. La llevó a una elegante cama, que no era la pieza menos necesaria del aposento. No tardó mucho en vencer la débil resistencia que le oponía el moribundo pudor de Cécile. Le quitó las ropas; todo se lo quitó, hasta la camisa.
Théodore, ardiendo de amor, trabaja por su parte en ponerse el traje de nuestro primer padre. Aprovecharé el tiempo que emplea en desnudarse para trazar rápidamente las bellezas de Cécile.
¡Dios, qué delicioso espectáculo! ¡Qué riqueza y qué pureza de formas! Con los ojos entornados y tapados por su brazo izquierdo, estaba tendida de espaldas; sus lindas tetitas jadeantes de deseos parecían haber adquirido más perfección que la primera vez. El delicioso capullo de rosa que hacía resaltar su extremada blancura parecía esforzarse por salir de su envoltura de nieve e invitar a los amorosos labios de Théodore a aspirar la embriaguez de la voluptuosidad. Un vientre, unas caderas como se le pueden suponer a la joven Hebe[6]; pero lo que sobre todo atraía las miradas era el delicioso vellón cuyo resplandeciente color negro contrastaba de manera tan excitante con el rubio ceniciento de sus hermosos cabellos. Aún no estaba tan tupido como prometía estarlo un día, pero su escaso espesor ofrecía un espectáculo aún más atrayente, un espectáculo hecho para hacer delirar al alma más indiferente a los placeres del amor.
Atravesando ese joven bosquecillo se percibía una raja cuya extremada pequeñez probaba su lozanía y su virginidad. Cécile, que tenía los muslos algo separados por la postura, dejaba vislumbrar el interior del santuario donde brillaba el encarnado más vivo. Un ligero movimiento convulso que agitaba el vientre y los muslos de la linda víctima demostraba sobradamente que gozaba por adelantado de los placeres que estaba a punto de conocer con alguna amplitud mayor.
El embriagador espectáculo de tantos encantos había puesto a Théodore en un estado cercano a la furia. Pero, me dirán mis lectores, ¿cómo Théodore, que aún no conoce a las mujeres, va a arreglárselas para desvirgar a Cécile? Tendríais razón, lector, si llegase de su provincia; pero pensad, por favor, que hace seis semanas que vive con los pajes del rey; y que en esa casta escuela un neófito no tarda en ser consumado maestro; además, Théodore ya ha tenido ante la vista varios actos de priapismo protagonizados por sus virtuosos camaradas; y, aunque no ha participado en ningún acto de virilidad, sabe de sobra cómo debe arreglárselas. Antes de acudir a la cita, Théodore, que preveía lo que iba a ocurrir, tuvo la precaución de recibir nuevas instrucciones; y si aún no es consumado maestro, tiene todos los conocimientos necesarios para llegar a serlo. Perdón por la digresión, pero la he creído necesaria.
Théodore, ebrio de deseos, se lanza sobre su linda presa, la toma en brazos, la coloca al pie de la cama e intenta hacer penetrar la flecha del amor en el carcaj que la naturaleza le ha destinado. Pero vivos dolores hacen desaparecer la nube de felicidad que rodeaba a Cécile. Los gritos hicieron detenerse a Théodore; a fuerza de caricias consigue animar a Cécile a soportar un intento más. Y, precipitándose con furia en el estrecho del placer, rompió todos los obstáculos a pesar de los gemidos y quejas de su cómplice. Y los gritos no tardaron en volverse menos violentos: Cécile pareció sentir una chispa del placer que devoraba a su amante. Sus ojos se turbaron, y una copiosa eyaculación de una y otra parte consumó el sacrificio.
«¡Ah!, qué cruel sois», dice Cécile al recuperar el sentido, «para hundirme en el precipicio ¿me mostrabais tanto afecto?». Théodore la tranquiliza con esas caricias tan ardientes y persuasivas cuando se ama. Olvidando tanto los dolores pasados como las penas futuras, no tardaron en perder nuevamente uno en brazos del otro la conciencia de estar vivos.
En resumen, después de que Théodore hubiera dado a Cécile media docena de pruebas de su vigor se separaron, no sin haber concertado la manera de volver a verse.
Pasaron cuatro meses. La complaciente Florimond, a la que Théodore pagaba generosamente, siempre prestaba su virtuosa mediación para favorecer las entrevistas de los dos amantes. Sus retozos tuvieron las secuelas habituales; y un día, la desolada Cécile anunció a su amado que tenía la seguridad de estar encinta. Imaginad la insensata alegría de Théodore ante esta noticia. Iba a ser padre, y ¿gracias a quién? Gracias a la única criatura que le era querida, gracias a su linda e interesante Cécile. ¡Ah!, aquello era más que la felicidad.
Théodore, que por un sentimiento de celos había ocultado hasta ese momento su conquista a todos los ojos, convencido de que el respetable estado en que ella se encontraba debía apagar los deseos de cuantos no fueran él, no tuvo ya dificultades para confesarle todo a Saint-Firmin, el amigo que tenía en los pajes y a quien debía el conocimiento de Cécile. Ya no tuvo, he dicho, dificultad alguna para confesárselo todo.
Saint-Firmin prometió ser el padrino del futuro niño y dar por comadre a Cécile la bella hija de un soldado de la guardia con quien estaba en ordenada relación. Quiso ver a la mujercita de su amigo; sin embargo, una cosa con la que Théodore no había contado fue que Saint-Firmin, que tenía principios como todo paje, se enamorase de Cécile.
No encontró medio más cómodo para satisfacerse que interesar a la Florimond en esos amores mediante algunos luises; porque esta mujer, de la familia de los Basilio[7], no sabía resistir a argumentos de esa especie. La Florimond atrajo a Cécile a su casa so pretexto de una entrevista con Théodore; y en lugar de a su amado encontró al tunante de Saint-Firmin, quien en tono muy honesto le hizo proposiciones muy deshonestas; ella las rechazó indignada. Tras varias tentativas inútiles, Saint-Firmin se arrojó sobre Cécile; y, ayudado por la Florimond, la violó.
¿Qué hacía el pobre Théodore mientras tanto? Retenido por su servicio, estaba lejos de pensar que la amistad le traicionaba de manera tan infame. Repasaba en su imaginación la perfección de los atractivos de su Cécile, la constante fuente de felicidad que Cécile sería para él; y, por último, los placeres siempre nuevos que con ella había conocido, y de los que dos días más tarde esperaba cosechar una amplia provisión.
La víspera del día en que esperaba ver a la preciosa madre de su futura progenitura fue llamado a las siete de la mañana, y un recadero le entregó el siguiente billete:
Amado mío,
Tu amiga ya no existe para ti; ha perdido por siempre la felicidad, y espera perder pronto la vida. ¡Ay!, quién me hubiera dicho que nuestra unión había de tener duración tan breve. ¡Qué bárbaros!… Intenta estar esta tarde, a las 4, en casa de Mme. D…y[8], en la calle Neuve-des-PetitsChamps. Esta dama es una parroquiana de mi madre, que ha accedido a facilitar una entrevista… ¡Ay de mí! ¡La última sin duda!
Tu fiel amiga,
Cécile de…
Atónito ante la misiva, Théodore no pudo imaginar otra cosa sino que la madre de Cécile había descubierto su relación con la hija. Se propuso tranquilizar a su joven amiga, e incluso apoderarse totalmente de ella para sustraerla a los malos tratos de su familia. Ya imaginaba una deliciosa escena de la vida patriarcal que ambos llevarían.
No le costó mucho conseguir del preceptor de los pajes permiso para ausentarse hasta el día siguiente, y, montando a caballo, galopó hacia París.
Cuando llegó al lado de Cécile supo horrorizado lo que había ocurrido. Acuciado por la sed de la venganza, abraza tiernamente a Cécile y sale con aparente calma para no asustar a su amada, a la que promete estar pronto de vuelta.
Vuela a casa de la Florimond, la obliga, poniéndole la pistola sobre el pecho, a escribir un billete a Saint-Firmin, que estaba en París por haber conseguido permiso para quedarse ocho días. Saint-Firmin llega dos horas después. Théodore le reprocha furioso su atentado, le hace sacar la espada, le hiere mortalmente, dispara a la Florimond un tiro de pistola, que por desgracia sólo le rompió la muñeca, y se retira dejando a los dos culpables nadando en su propia sangre.
Para terminar, en pocas palabras, esta serie de escenas trágicas, Saint-Firmin murió de su herida; la Florimond salió de la suya con una muñeca lisiada. Théodore se vio obligado a huir a países extranjeros. Cécile no quiso regresar a casa de su madre, y Mme. D…y, que no era más que una alcahueta ya bastante famosa, le ofreció asilo, esperando sacar partido de sus encantos en cuanto se hubiera repuesto del parto. Mas esa esperanza resultó frustrada, porque la desdichada Cécile, tras haber languidecido durante cuatro meses, murió al traer al mundo un niño extremadamente delicado… Ese niño soy yo.
Capítulo III
Así pues, ya tenemos al pobre hijo del burdel privado en el instante de su nacimiento de aquella que le dio a luz. Tal vez penséis que, entregado a la indigencia, va a engrosar la lista demasiado numerosa de esos infortunados niños que, tras haber pasado una desdichada juventud en oscuros orfanatos, arrastran una vida lánguida y mueren con frecuencia en la flor de la edad sin haber conocido otra cosa que el infortunio. Desengañaos, el Cielo me destinaba a una carrera más brillante; y, aunque esté sembrada de muchas espinas, de vez en cuando me permite recoger algunas rosas.
Aunque la muerte de mi madre aniquiló las especulaciones que Mme. D… y había hecho sobre sus encantos, no se le ocurrió abandonarme. Al contrario, atendió todas las necesidades de mi infancia; pero como los catorce primeros años de mi vida no son muy recreativos, me los salto a pies juntillas; sólo diré que recibí una educación pasable y que, vestido con un uniforme de jockey[9] muy bonito, fui útil en la casa de mi bienhechora. En resumen: tengo catorce años, bellos rasgos, cara espabilada, grandes ojos negros que no prometen sino la castidad. Empiezo a sentir que sirvo para algo; las escenas de que he sido testigo hasta ese instante han vuelto precoz mi temperamento. A solas en la cama, no me acuerdo impunemente de los encantos de las sacerdotisas de Venus, a las que tengo la costumbre de obedecer, y mi mano me procura goces que me hacen suspirar por otros más reales.
Por su parte, mi ama ya no parecía verme con la misma indiferencia. Tiene treinta años, es la edad en que se empieza a amar la fruta verde; ella está todavía muy lozana; ve el fuego que la vista de sus encantos provoca en mis ojos; por eso, con mil pretextos, ofrece a mi vista, unas veces unas tetas todavía pasablemente firmes y de extremada blancura; otras, una pierna muy bien dibujada, y la mayor parte de un muslo torneado; en ocasiones se cambia de camisa en mi presencia; se desnuda totalmente y no vuelve a ponerse su blanca camisa sino después de haber regalado a mis ojos el tiempo de recorrerla en todos los sentidos.
Por fin un día decidió satisfacer su capricho; me llama a las siete de la mañana. Aunque estuviéramos en las más hermosas jornadas de verano, toda la casa estaba sepultada en un profundo sueño.
Entro, pues, en el cuarto de Mme. D…y; estaba en la cama. «Acércate, Querubín», me dice, «ayer me dieron esta canción; cántamela». Como yo tenía una voz muy bonita, no me hice de rogar. Voy a reproducir esta canción, que podrá cantarse con la melodía Il faut quitter ce qui j’adore (del Jockey)[10].
Hay mujeres que en este bajo mundo piden
riquezas o grandezas,
mas yo siento que sólo un hombre empalmado
tiene sobre mi corazón derecho alguno;
jodeos, grandes señores de la tierra,
a mis ojos todo hombre es igual;
y el héroe que prefiero
es el que mejor me folla.
Follar es mi dicha suprema,
gozar mi primera ley;
y la polla del hombre que amo
siempre para mí gran cetro fue;
del cielo con grandes alardes
la dicha constante se elogia;
esa dicha no vale, os lo aseguro,
la que yo jodiendo disfruto.
Si del Dios que rige la tierra
tuviera los derechos un momento,
de ellos me serviría para hacerme
una polla en cada uno de mis dedos;
y para satisfacer mis ganas
antes de morir querría,
joder mi sangre, joder mi vida,
y joder mi último suspiro.
Imagínese mi estado mientras cantaba esta canción; estaba colorado, mis arterias palpitaban con violencia. Mme. D…y, que con el rabillo del ojo calculaba el progreso de mi turbación, ya había puesto al descubierto, so pretexto del calor, aquel par de tetas de cuyo goce tenía yo tantas ganas; la sencilla sábana que cubría la cama también estaba en desorden; a mis ojos se ofrecían su pierna y su muslo. Cuando hube terminado la canción, la dejé sobre su mesilla de noche. «Cantas como un ángel», me dijo ella cogiendo mi cabeza con sus dos manos y apoyando su boca en la mía. Enardecido por aquella muestra de amistad, le devolví los besos que me prodigaba. No tardó su lengua en abrirse paso e ir a unirse a la mía. Imposible describir lo que sentí en ese momento.
Mientras tanto, mis manos, trémulas de deseos, vagaban por el pecho de mi bella dama. Pronto sentí que una de las suyas se deslizaba a lo largo de mi muslo y parecía tratar de descubrir si yo servía para algo; debió de quedar contenta, porque estaba empalmado… empalmado… como cuando a uno se le empalma por primera vez. Me aventuré a llevar yo también las manos hacia el centro de los placeres. Tras haberlas paseado por un vientre firme y liso las guié entre los muslos de mi diosa; encontré allí un espeso vellón en el que se perdieron mis dedos; ella misma cogió mi dedo y lo colocó sobre una pequeña eminencia carnosa. Aquel dedo, guiado por la naturaleza, empezó a moverse con una agilidad inconcebible; mi institutriz no tarda en voltear los ojos, balbucea algunas palabras ininteligibles, los miembros se le ponen rígidos y suelta la eyaculación más copiosa que nunca se haya emitido en memoria de mujer.
Mientras, su mano había desabotonado mi calzón y no había soltado el dardo del amor cuyas necesidades anunciaba su extrema rigidez. «¡Oh!, mi Querubín», me dice, «ven a mis brazos, ven sobre mi corazón, te haré conocer los placeres con los que acabas de embriagarme».
En unos instantes fui despojado de todas mis ropas, y heme aquí en la cama de Mme. D…y. Pocos segundos después ella misma se afana en iniciarme en los misterios más secretos del amor. Ella se encargó de colocarme y de introducirme en el templo del placer; la naturaleza hizo el resto, y yo ofrecí mi primer sacrificio a Venus con gran satisfacción de la moderna Mesalina que sirvió de altar.
Cuatro veces renové mi homenaje, y Mme. D…y no permitió retirarme hasta que vio que yo ya no tenía mucho más que decirle. Casi sin poder sostenerme sobre mis piernas subí a mi cuarto y me dejé caer en la cama, y un sueño reparador derramó a manos llenas sus adormideras sobre mi cabeza.
Dormía desde hacía una hora poco más o menos cuando fui despertado. Era Mme. D…y, que me traía en persona alimentos de los que sabía que yo debía de tener gran necesidad. Un consomé, una perdiz fría y excelente vino de Pomard. Eso componía mi modesto almuerzo; lo devoré como hombre que se lo había ganado, es decir, como un hambriento.
Mientras comía, Mme. D…y me prodigó las más dulces palabras y las caricias más seductoras; fue en ese momento cuando me dio a conocer la historia de mi origen, la desaparición de mi padre y el fin de mi infortunada madre. Su recuerdo me hizo soltar algunas lágrimas, y dediqué una dulce sonrisa a mi benefactora. Recibí de ella un tierno beso; ese beso hizo renacer mis fuerzas; Mme. D…y fue sensible al poder de sus encantos; mas no quiso aprovechar mi buena voluntad, y se retiró invitándome a tomar un reposo que necesitaba.
Durante unos días fui fiel a Mme. D…y; pero en última instancia mi carácter voluble terminó imponiéndose. Me fijé en lo que me rodeaba; vi unas caras deliciosas que parecían sonreírme. Mi intriga con Mme. D…y, que yo creía un secreto impenetrable, era conocida por toda la casa; esa intriga parecía valorarme a ojos de las que, hasta ese momento, apenas se habían dignado prestarme atención. Terminé por darme cuenta de que la primera felicidad para una mujer es quitarle un amante a su compañera, y que la desolación de una rival es uno de sus principales goces.
En medio de la multitud de lindas caras que me rodeaban, distinguí de manera particular la de una joven morena de dieciocho años. Nunca ojos más negros y más brillantes adornaron una cabeza tan bonita. En fin, puedo decir sin exagerar que era difícil sostener el brillo de los ojos de Félicité: maciza, rolliza, pero con esa gordura que no hace sino dar más voluptuosidad al conjunto de su persona; de la cabeza a los pies, Félicité relumbraba de deseo; era la joven Hebe adornada con el cinturón de Venus.
Félicité era una de las que con más ardor me perseguía desde que se había sabido mi relación con Mme. D…y, y le pareció divertido entregarse a mí delante de su rival sin que ésta sospechara nada. Para conseguirlo se las arregló de la siguiente manera:
Una mañana que estaba yo en la alcoba de D…y ordenando distintas cosas, y esta señora, todavía en la cama, hablaba de cosas indiferentes, Félicité entró, cerró con cuidado la puerta, y sin que Mme. D…y se diese cuenta, me hizo una seña de discreción poniéndose el dedo sobre la boca. Fue a la cama de Mme. D…y, la abrazó diciéndole que tenía algo que confiarle y Mme. D…y me dijo que saliera. «No», replicó Félicité, «Querubín puede quedarse; os hablaré bajito». Entonces, echando las cortinas del lecho, se colocó de manera que su busto quedaba en la cama, y su grupa se hallaba en mi lado. Gracias a sus cuidados, las cortinas se cruzaban justo en sus riñones; luego, mediante un mecanismo preparado sin duda de antemano, su única falda cayó a sus pies; no tenía camisa. ¡Ah, qué culo!… ¡qué delicioso culo!… El mármol no es más firme… no es más blanco el alabastro.
Frenético ante aquella visión, fui a arrodillarme despacio ante aquel culo divino, le apliqué sin ruido tiernos besos, aparté el magnífico vellón que cubría la gruta del amor; separé los preciosos y bermejos labios, mi libertina lengua penetró en ella y fue a sorber el néctar ardiente de la voluptuosidad.
No tardé en pasar a placeres más sólidos: dirigí mi dardo a aquel antro encantador; penetró sin esfuerzo, gracias a la saliva que en él había depositado mi lengua. No creo haber jodido con tanta delicia en toda mi vida; aquella especie de molestia que estaba obligado a imponerme parecía añadirle un grado más. Sin embargo, fui lo bastante dueño de mí para no traicionarme; pero no ocurrió lo mismo con Félicité; había seguido hablando con Mme. D…y: en el instante supremo desvarió de forma tan visible que Mme. D…y le preguntó riendo si estaba loca. Por toda respuesta, Félicité pegó su boca a la de su rival, y empezó a masturbarla para distraer su atención. Esta última, que nunca se rebelaba ante un ataque de esa especie, se entregó a él por completo, y los tres llegamos casi al mismo tiempo al final de la carrera.
En cuanto me recuperé, recogí la falda de Félicité y volví a ponérsela de la forma menos torpe posible. Ella prosiguió su conversación con Mme. D…y, a quien oí darle fin con estas palabras: «¡Ay!, querida, ¡qué temperamento tienes!». Félicité descorrió las cortinas y salió riendo como una loca del éxito de su extravagante empresa. En cuanto a mí, que farfullaba la letra de una canción, había adoptado un aire calmo y frío que hubiera engañado a los ojos más expertos.
Así pues, compartí mis favores entre Félicité y Mme. D…y hasta el suceso que nos separó, y fue esa loca de Félicité la que provocó nuestra ruptura.
Mme. D…y planeaba darme una noche entera, verosímilmente para entregarse sin estorbos a su capricho amoroso. Mas, por una fatalidad inconcebible, la casta Félicité también había resuelto pasar la noche conmigo. Félicité tenía cabeza, y lo que aquella cabeza había decidido siempre era un decreto irrevocable que debía tener pleno y entero cumplimiento. Por más que le advertí que me era imposible librarme de Mme. D…y, de quien dependía absolutamente mi existencia, nada pudo hacerla cambiar de resolución.
Frente a la casa de Mme. D…y había un pagador de rentas, cuyo portero, zapatero de profesión, era poco más o menos de mi estatura, aunque tenía unos cuarenta y cinco años. Aquel señor feo, y además repulsivo, era un verdadero sátiro que perseguía a todas las ninfas hortelanas del barrio.
Fue a ese Adonis de nueva planta a quien la extravagante Félicité destinó los favores de Mme. D…y. Mis advertencias más vivas no sirvieron de nada. Jacquet, el zapatero, adoctrinado por Félicité, prometió lleno de alegría tratar a Mme. D…y como a una recién casada. En efecto, desde su primer acto de virilidad, el restaurador de los calzados humanos aún no había disfrutado de un goce tan alto.
A las dos de la mañana, Jacquet, lavado a fondo y con camisa blanca, fue introducido en la cama de Mme. D…y; ¿por quién?: por la propia Félicité. Quiso incluso ser testigo auricular; porque todo esto se hacía sin candela; quiso, digo, ser testigo de los tiernos retozos de aquella pareja mal emparejada.
Sólo al cabo de una hora y media, y cuando el ilustre Jacquet estaba en su séptimo asalto, fue cuando mi loca compañera volvió para colocarse a mi lado; me parodió las tiernas palabras de la pareja que acababa de dejar con tanto ingenio, con tanta alegría, que me vi obligado a reírme con ella; luego nos entregamos a nuestro amoroso delirio, no sin remordimientos de mi parte, por haber contribuido con mi debilidad a hacerle una jugarreta tan sangrante a una mujer que no sólo me había dado las primeras lecciones amorosas sino a la que debía además las dulzuras que habían rodeado mi existencia desde el primero de mis días.
Llegó la fatal mañana siguiente; el señor Jacquet, a fuerza de dar pruebas de sus prolíficos talentos a su compañera, había caído en un sueño letárgico a su lado; fueron sorprendidos por la aurora. Mme. D…y, la primera en despertarse, exclama: «Querubín, Querubín». Mientras dice estas palabras, sus ojos se dirigen sobre el malhadado zapatero… Dioses… qué metamorfosis… ya no es el fresco, el vivaracho, el lindo Querubín; es una vil cara negra y picada de viruelas que adornan dos ojos redondos y bordeados de rojo así como una boca amueblada con cinco o seis raigones.
Si el rayo hubiera caído en pedazos sobre la cama de Mme. D…y la habría aterrorizado menos que aquella extraña aparición. Maese Jacquet por su parte, despertado por los movimientos de Mme. D…y, se había incorporado y la miraba con todo el tamaño de sus ojillos para tratar de leer en los de la dama el efecto que producía su presencia.
Interrogado por Mme. D…y acerca de lo que todo aquello significaba, el secuaz de san Crispín[11] no creyó que debía tener consideración alguna con su introductora; declaró, pues, que Mlle. Félicité le había propuesto acostarse con Mme. D…y, que esa proposición era demasiado honorable para que él se atreviera a rechazarla; que había aceptado; que la misma Mlle. Félicité le había llevado hasta la cama de la señora, y que él había hecho cuanto estaba en su mano para agradecer un favor del que se confesaba indigno.
Júzguese la furia de Mme. D…y ante el extraño descubrimiento; consiguió, sin embargo, dominarse, ordenó fríamente a maese Jacquet que se vistiera, le puso un luis en la mano y le recomendó silencio so pena de la vida; lo cual prometió Jacquet tanto por temor como por necesidad.
Mme. D…y subió acto seguido a mi cuarto; al no encontrarme, fue al de Félicité y nos sorprendió uno en brazos del otro; fue entonces cuando estalló su furia, nos inundó con los reproches más ultrajantes, que escuchamos, yo muy desconcertado, Félicité riéndosele en las narices. Nos conminó a salir inmediatamente de su casa, cosa que hicimos tras envolver en un exiguo paquete nuestros comunes efectos.
Félicité se retiró a una habitación amueblada, en la calle d’Argenteuil[12]; me fui a vivir con ella. Heme, pues, convertido con catorce años y medio en el mantenedor jefe de una de las jóvenes más bonitas de París.
Capítulo IV
El propósito de Félicité al instalarse en la calle d’Argenteuil había sido proseguir con su comercio; acostumbrado desde la infancia a la imagen de la prostitución, no me opuse a sus proyectos; pero como no quería que la viesen con un joven cuyo tipo bastaba para espantar a la clientela, Félicité decidió vestirme de mujer y ocultar mi sexo bajo el atuendo femenino. El proyecto me pareció muy divertido, y consentí con alegría en la metamorfosis; supo incluso convencerme tan bien que me decidió a secundarla en un comercio del que ya tenía yo profundo conocimiento.
Heme, pues, con un ajustado vestido de lino rosa, sombrero y zapatos blancos, y tratando con ella bajo las galerías del Palais-Royal. Mi primera prueba fue reclutar a un viejo caballero de Saint-Louis; lo llevamos a nuestra casa; era yo quien más había gustado al hombre; quiso cogerme las tetas y pareció sorprendido al no encontrar nada; Félicité le dijo que yo era demasiado joven para estar formada. El caballero se asombró de aquella falta de formación que contrastaba con mi estatura esbelta y mis miembros fuertemente constituidos; quiso inspeccionar mis atractivos más secretos; pero Félicité, que era precavida, había colocado en esa parte una ancha venda y detuvo al temerario diciéndole que yo no estaba segura de mi salud. Entonces el caballero se apoderó de mi compañera y, a pesar de sus cincuenta años, la explotó vigorosamente con gran dolor de corazón del pobre Querubín, nada satisfecho con un placer en el que no participaba. El caballero se marchó, prometiendo venir a vernos de nuevo, y dejó dos luises bajo el candelero.
No referiré las distintas aventuras que nos ocurrieron durante los tres meses que ejercimos nuestro casto comercio; se parecen demasiado para que me tome la molestia de relatarlas; sólo citaré tres, contando la que me devolvió a mi estado natural; se salen del marco ordinario de las aventuras, y sólo su originalidad les otorga preferencia.
Un joven muy alto, de unos treinta y dos años, vino un día a casa; cuando inspeccionamos sus piezas, nos sorprendió ver que estaban tan marchitas y tan gastadas como las de un hombre de setenta años. En vano empleamos todo nuestro arte para resucitarlo, pues yo me había vuelto experto en el de procurar goces a otros. Finalmente, nuestro joven inválido nos confesó que el único medio de devolverle una parte de sus fuerzas era instrumentarle con una de esas herramientas de monjas que se llaman consoladores.
Félicité, que no perdía ocasión de divertirse a expensas de los tontos que caían en nuestras redes, le hizo la confidencia de que yo era la que más le convenía, que la naturaleza me había hecho un doble regalo, dándome los dos sexos, en una palabra, que yo era hermafrodita. Ante declaración tan singular quedé petrificado; mas nuestro joven, encantado, saltó a mi cuello diciéndome que yo era la mujer que estaba buscando inútilmente desde hacía mucho tiempo. Me echó sobre la cama, me levantó las faldas, me arrancó la preservadora venda de la que siempre iba provisto y descubrió la herramienta más rígida y mejor acondicionada.
Cayó de rodillas ante aquel magnífico trozo, llevó a él las manos y la boca, y, sin entretenerse en inspeccionar si efectivamente allí había dos sexos, me urgió a servirme en su persona del que tenía ante los ojos.
Quieras que no, hube de contentarle. Se colocó cómodamente y, por primera vez, hice mi entrada triunfante en la ciudad de Sodoma. Mas, ¡oh prodigio!, apenas hube dado tres o cuatro empujones, la clavija de nuestro héroe empezó a tomar consistencia, y bastaron pocos minutos para hacerla llegar al colmo de la gloria. Félicité se colocó a los pies de la cama, mi hombre la ensarta, yo me pongo a instrumentarlo de nuevo, y los tres llegamos, casi al mismo tiempo, al colmo de la felicidad.
La segunda aventura quizá es más original todavía, aunque se haya puesto en juego la misma argucia.
Paseábamos una tarde por el Palais-Royal cuando fuimos abordadas por una joven guapísima, poco más o menos de la edad de Félicité; se alegró mucho al verla, le pidió sus señas y prometió visitarla a la mañana siguiente.
Pregunté a Félicité quién era aquella joven que, por la riqueza de sus ropas, por el brillo de las joyas que la cubrían, y, sobre todo, por su aspecto honesto no parecía una mujer pública. Me informó que la había conocido en casa de Mme. D…y, adonde iba a menudo, pero con precauciones extremas para no comprometerse, y que debido a esas precauciones yo no la había visto durante mi estancia en la casa, que era tríbade, que, engañada por un amante al que había adorado, detestaba a los hombres y se entregaba apasionadamente a las mujeres. «Déjame hacer», continuó Félicité; «quiero que mañana te diviertas como aún no te has divertido».
Efectivamente, a la mañana siguiente oímos un carruaje detenerse a la puerta de la casa; pocos instantes después llamaron a la de nuestro cuarto. Félicité aún estaba en la cama, yo estaba levantado, y fui a abrir. Era la desconocida: fue a arrojarse en brazos de Félicité, le dio varios besos en la boca con un ardor que denotaba la fuerza de su pasión y la de su temperamento.
Félicité respondió tiernamente a aquellos vivos abrazos, y yo vi asombrado que le gustaba el juego. No tardó la desconocida en despojarse de todas sus ropas; y allí estaba, desnuda, en brazos de Félicité, a quien arranca corsé y camisa.
–¿Y esa chica alta no viene con nosotras? –dijo la forastera, a quien llamaré Julie.
–Todavía no está iniciada en nuestros misterios –replica Félicité.
–¿Por falta de gusto?
–No, por falta de uso.
–¿Cómo que por falta de uso?
–Sí… No está hecha como nosotras; y, aunque infinitamente más adecuada que yo para esta clase de ejercicio, todavía es inexperta.
–Explicaos con más claridad.
–Tal como la veis, está dotada de un clítoris que avergonzaría a la más bella clavija humana.
–Es sorprendente.
–Imaginaos, querida, el placer que debe saborear una mujer a la que le meten un clítoris de seis pulgadas de largo y de razonable grosor.
–¿Seis pulgadas de largo?…
–Seis pulgadas. Añadid que la extravagante naturaleza se ha complacido en dar a ese clítoris la forma de un miembro viril.
–¿Estáis bromeando?
–No, os digo la pura verdad.
–Eso hay que verificarlo –dice la curiosa Julie.
–Ven aquí –me dice Félicité.
Entonces me acerco con un aire torpe y tímido que hace reír a carcajadas a mis dos locas. Me levantan la falda hasta la cintura; mi pretendido clítoris es besado apasionadamente por la tríbade Julie; se lo mete en la boca y lo cosquillea amorosamente con la lengua. Casi frenético por aquel tipo de caricias que aún no conocía, me arrojé sobre ella, la coloqué a mi gusto y me puse a trabajarla con vigor.
Las dificultades que sentí no hicieron otra cosa que excitarme más; ella lanzó algunos gritos que le arrancó el dolor; pero pronto embriagada ella misma por el placer, no hizo más que secundarme, y unos instantes después, caímos inmóviles uno en brazos del otro.
Félicité, que temía que nuestra artimaña fuera descubierta, me hizo una seña para que me arreglara la ropa enseguida, mientras Julie aún no había recobrado sus sentidos.
No tardé en estar arreglado, y, por más súplicas que Julie me hizo para conseguir algunas caricias más, resistí y la rechacé absolutamente.
Félicité la convenció, no sin esfuerzo, para dejar la partida para otra jornada. ¡Por desgracia era el siguiente al día en que nos ocurrió la dolorosa catástrofe que me separó de Félicité!
Cruzábamos las dos la calle de Richelieu, a las ocho y media de la noche, para dirigirnos a nuestro domicilio, cuando fuimos abordadas por dos elegantes petimetres que nos hicieron proposiciones muy seductoras, que aceptamos. Nos ofrecieron el brazo; nada más cogerlo, ellos empezaron a toser. En ese mismo instante fuimos rodeadas por varios soplones de la policía, y por dos escuadras de la ronda que se apoderaron de nosotras. Félicité estaba trémula, yo furioso; y en el momento en que los dos malos sujetos que nos habían hecho detenernos se reían de nuestra sorpresa, le pegué a uno de ellos una patada en el vientre que le hizo caer sin conocimiento en mitad de la calle. Dos guardias se lanzaron sobre mis manos; toda la banda deliberó si era necesario ponerme las esposas; sin embargo, por consideración a mi sexo, no se llegó a tal extremo: los dos más fuertes me agarraron, y fuimos conducidas al cuerpo de guardia de la Barrière des Sergents[13].
Ya ocupaban el cuerpo de guardia una docena de putas que habían sido detenidas como nosotras. Nos llevaron a pie a Saint-Martin[14]. El viernes siguiente pasamos a manos de la policía; fuimos condenadas… Ya tenemos al hijo del burdel en el hospital.
A los dos días de estar en esa casa de dolores, se procedió a la inspección de las que estaban enfermas. Ese momento era terrible para mí; podía ser reconocido como hombre, y una detención tan larga como ignominiosa debía ser el fruto de mi travestimiento. Pues bien, fue de nuevo Félicité la que me salvó de ese mal paso. Fue una de las primeras en sufrir el examen, y, haciéndome ocupar su sitio con habilidad, pasó la inspección por segunda vez con mi nombre.
¡Qué singular puta era la tal Félicité! Estaba desesperada, maldecía la luz; sus ojos se volvían hacia mí, olvidaba enseguida su dolor y estallaba en carcajadas como una loca.
Hacía ya ocho días que estaba en esa temible casa cuando en medio de nosotras se presentó un hombre de unos cuarenta años, que parecía ser hombre de calidad. Paseó largo rato sus miradas por mis compañeras, luego las detuvo sobre mí, y, tras haberme mirado fijamente durante unos instantes, dijo a la monja que le acompañaba:
–Ésta es.
–Seguidnos, señorita –dijo la monja–, y agradeced al señor barón las bondades que tiene con vos.
Hice una profunda reverencia al barón, que respondió con una ligera sonrisa. Besé a Félicité, diciéndole al oído: «Si yo consigo la libertad, tú la conseguirás pronto». Seguí a la monja y al barón, y llegamos al cuarto de la superiora.
«Acercaos, señorita», me dijo aquella superiora, «y dad las gracias al señor barón. Tiene la costumbre de retirar del vicio, para hacer de ellas mujeres honestas, a infortunadas cuya cara promete algo. Dad gracias al Cielo de que su elección haya recaído sobre vos; id en paz y no pequéis más». Tras este elocuente discurso, la grave superiora me hizo ponerme de rodillas, me dio su bendición y me puso en las manos del señor barón, que salió con paso ligero de aquel recinto de dolores y me hizo subir con él en la carroza de remise [15] que lo había traído.
El señor barón de Colincourt gozaba de una fortuna magnífica gracias a un matrimonio de conveniencia que había contraído con la hija de un rico financiero. Hacía ocho años que se había unido con los lazos del matrimonio, y sólo tenía en común con su esposa alojamiento y mesa. Aquella esposa era entonces una mujer de treinta años, bellísima, que había empezado por afligirse de la frialdad de su esposo y había terminado por consolarse de él con amables coadjutores.
No es que el señor barón fuera enemigo del bello sexo, al contrario; pero no podía resignarse de la mala boda que había hecho, y, a pesar de la abundancia de que gozaba, conservaba una frialdad extrema hacia su mujer; simples atenciones suyas era todo lo que ésta conseguía. Sin embargo, el barón tenía necesidades; no quería hacer alarde de las bellezas de moda, su método era diferente; había conseguido del ministro permiso para sacar de las cárceles a jóvenes arrastradas por el vicio en una edad sin experiencia, a fin, decía, de devolverlas a las buenas costumbres y a la honestidad. Utilizaba ese permiso para obtener lindas caras de fantasía, de las que luego se desembarazaba fácilmente.
En cuanto el barón estuvo fuera de la vista del hospital me detalló sus planes sobre mí, y me propuso vivir en su casa en calidad de jockey. Le respondí que era una desgraciada a la que la maldad de un tutor había reducido a aquel estado de miseria; que, sin embargo, aceptaba su proposición, convencida de que era demasiado honesto para abusar de la desdichada casualidad que me ponía a su merced.
El barón aparentó que me prometía cuanto le pedí. Me llevó a otra casa, donde quedé confinada hasta el momento en que mi indumentaria estuviese lista, cosa que se me prometió para el día siguiente. Quiso tomarse ciertas libertades, pero supe frenarle, y me entregó una carta que me encargó llevarle en cuanto mi ropa estuviera preparada. Se suponía que esa carta debía ser la recomendación que me colocaba en su casa.
No dejé de ir el día siguiente a presentar mi carta al barón; la abrió muy serio, me dijo que las recomendaciones de las que era portadora le parecían suficientes, y que me admitía a su servicio. Vi una sonrisa diabólica pintarse en la cara de algunos criados que estaban presentes. Me pareció que la gravedad del barón no engañaba a nadie en el asunto del jockey, y que todo el mundo estaba más o menos al tanto de la metamorfosis.
Fui presentado a Mme. de Colincourt por el mayordomo. Me recibió con bastante desprecio, me exhortó irónicamente a tener contento a mi amo, y me dio la espalda. Hasta entonces nadie me había acostumbrado a los desdenes de las mujeres, y fui muy sensible al aire despectivo de Mme. de Colincourt.
El mayordomo quiso requebrarme al acompañarme y se permitió distintas pullas sobre mi disfraz; pero lo acogí con tanta aspereza que, temiendo que me quejase a nuestro común dueño, terminó por rogarme que guardase profundo silencio sobre todo aquello, y yo se lo prometí.
Sin embargo, me resultaba más difícil librarme de las persecuciones del barón que de las de su mayordomo. Mi cama estaba en un pequeño gabinete al lado de su dormitorio. Cuando su ayuda de cámara le metió en la cama, yo me retiré a mi gabinete y me acosté. Hacía poco más o menos una hora que dormía con un sueño tranquilo cuando fui despertado por los tocamientos de una mano que se paseaba por mi pecho; la rechacé severamente.
–Pero, hija mía, ni lo sueñes –me dijo M. de Colincourt; pues era él.
–No quiero –le respondí.
–Hermosa mía, sé sensible a mi amor, a las obligaciones que tienes conmigo.
–No mancilléis vuestros favores con una acción a la que nunca consentiré.
–Yo me encargo del cuidado de tu fortuna.
–Yo sólo quiero tranquilidad.
–¡Por favor!
–Soy inflexible –repliqué elevando la voz.
–Silencio –continuó él muy bajo–, el aposento de mi mujer está cerca de aquí.
–Pues bien, retiraos a vuestro cuarto, en caso contrario temed todo de mi resentimiento.
–Pero, amiga mía, no piensas que estás totalmente a mi disposición y que nada puede impedir satisfacerme.
–Eso no ocurrirá.
–Ya lo veremos…
Entonces el barón, mucho más fuerte que yo, se hace con mi persona de tal forma que vi llegado el momento en que mi sexo sería descubierto. Pensando que ya no tenía nada que perder, pedí socorro con todas mis fuerzas. Una puerta situada al fondo de mi gabinete se abre bruscamente y la señora baronesa, con una palmatoria en la mano, se ofrece a nuestras miradas.
–¡Ah!, señora –exclamé al verla–; salvadme de los intentos de vuestro esposo.
–Me parece, señorita –dijo la baronesa–, que sois más honesta de lo que al principio había sospechado. Pasad a mi aposento, os quedaréis allí. Estad segura de que es un asilo que nadie se atreverá a violar.
Mientras, el barón se había quedado estupefacto ante la repentina aparición de su esposa. La baronesa me cogió de la mano, me hizo pasar a su aposento y se encerró allí conmigo antes de que M. de Colincourt hubiera recuperado la suficiente fuerza para cambiar de sitio.
Capítulo V
La baronesa de Colincourt era realmente una mujer magnífica, alta, majestuosa, de trazos regulares, con una piel de satén y unos cabellos de ébano, de brazos y piernas perfectos, y con un pie como podría desearse en China.
–Señorita –me dijo Mme. de Colincourt en cuanto estuvimos en su cuarto–, compartiréis mi cama esta noche, y mañana daré órdenes para que se os aloje con mayor comodidad.
–El honor que me hacéis, señora, y el peligro del que me sacáis, os aseguran durante toda mi vida mi respeto y mi gratitud –y le besé la mano con aire convencido.
–Tenéis sensible el corazón a los favores; tanto mejor, sentiréis con mayor viveza lo que quiero hacer por vos… Pero acostémonos, porque es tarde.
Por orden de la baronesa me metí en la cama, y pocos minutos después ella vino a colocarse a mi lado.
Una lamparilla de noche encendida sobre la mesilla, en la alcoba, difundía una suave claridad; una mujer divina, tallada como la Venus de Médicis, estaba a mi lado; yo veía una parte de sus encantos, tenía ante mis ojos un seno de alabastro; un brazo y una espalda que hubieran servido de modelos a Praxíteles[16] estaban a seis pulgadas de mí; ¿habría podido ser insensible? Un profundo suspiro salió del fondo de mi corazón y fue a morir casi en los labios de la bella Eugénie. (Era el nombre de soltera de la baronesa.)
–¿Qué os pasa, amiga mía? –me dijo.
–¡Ay de mí!
–Confiadme el motivo de vuestras penas; ved en mí una consoladora, una amiga.
–Ay, señora, me resulta imposible confesaros una cosa como ésta.
–¿Por qué, querida?
–Me echaríais inmediatamente de vuestra presencia.
–¿Habéis sucumbido a los ataques del barón? Es una lástima, pero, en fin, no es culpa vuestra.
–El señor barón no tiene nada que ver con mi temor; era imposible que obtuviese nada de mí.
–Explicaos con más claridad.
–Sólo de vos, señora, tengo todo que temer.
–¿De mí?
–No soy lo que parezco.
–¿No sois… y qué sois entonces?
–Un desgraciado joven…
–Un joven… –y la mano de la señora baronesa, más rauda que el relámpago, fue a buscar entre mis piernas la prueba de mi sexo. Por suerte para mí, la principal pieza del proceso se hallaba en un estado que no dejaba ninguna duda sobre la veracidad de mi informe–. Qué audacia –prosiguió la baronesa.
–¡Ay!, señora –le dije alargando una tímida mano que coloqué sobre un globo que hubiera creído de mármol de no ser por el dulce calor que en él reinaba y la intermitente palpitación que lo hacía levantarse–, señora, no perdáis a un desdichado que sólo tiene en su contra la desgracia de haberos desagradado.
Si mi mano no abandonaba el sitio que había usurpado, la suya tampoco había soltado la joya de la que se había apoderado primero; osé acercarme un poco y pasar mis brazos alrededor de su cuello.
–En qué posición crítica me pone –dijo con voz alterada; y me dio un dulce beso en la frente. A esta señal, por la que no podía equivocarme, perdí toda contención; pegué mis labios ardientes a su boca fresca y bermeja, y pronto sentí que la baronesa respondía a mis ataques. Mi lengua se unió a la suya, mis manos recorrieron encantos de una lozanía y una firmeza que serían todo un honor para la casta Diana. ¡Qué elasticidad de carnes! ¡Qué aterciopelado de piel! ¡Qué pureza de formas! Una de mis manos se deslizó suavemente hasta el vientre de mi divinidad. Pronto alcancé el altar del amor; nada tan perfecto como el leve montículo que precede a su entrada; nada tan voluptuoso como el ligero musgo que tapiza sus bordes. Con dedo libertino agité el clítoris de la encantadora baronesa; se apretó contra mí estremeciéndose y, en pocos instantes, llegó al colmo de la voluptuosidad.
Tras esta primera experiencia del temperamento de mi amable baronesa ya no tenía nada que temer de su cólera; además, dejando de lado cualquier contención, se entregó a mí por completo. Esa deliciosa noche nunca se ha borrado de mi memoria: ¡cuántas veces morimos!, ¡cuántas veces resucitamos! Una voluptuosa fatiga nos durmió al fin en brazos uno del otro.
Al día siguiente, el primer cuidado de la baronesa fue preguntarme quién era y qué aventuras me habían llevado hasta su casa. Sobre la marcha inventé para ella la novela más bonita y más interesante. Me hice pasar por hijo de un gentilhombre del Delfinado. Podría divertir a mis lectores dándoles cuenta de esa pequeña obra maestra de la imaginación; pero como el librero quiere que todas mis aventuras sólo ocupen dos volúmenes, me veo obligado a saltar a pies juntillas sobre esos supuestos acontecimientos de mi juventud.
Pasé con mi querida baronesa días tranquilos y noches deliciosas; pero el diablo, que nunca duerme, y que no quería permitir que yo pudiera gozar de algún reposo, hizo que el maldito barón se cruzase en nuestros amores.
Aunque yo estuviera bajo la protección de su esposa, el queridísimo barón no había renunciado por ello a sus pretensiones sobre mí; al contrario, el disgusto que había sentido no había hecho más que aumentar su capricho. Una noche que creyó que dormíamos se sirvió de su llave maestra para entrar en nuestro cuarto. Lo más verosímil es que su propósito fuera saciar sus ojos con mis jóvenes atractivos… ¿Qué vio?, o, mejor, ¿qué no vio? Yo estaba desnudo, mi camisa levantada hasta el cuello, y un sueño que había puesto a la libertina Félicité en mis brazos hacía levantarse recto como una I un miembro que cada día adquiría mayor consistencia… ¡Oh, venganza! ¡Oh, furor!… Es un hombre el que se ha escondido con la baronesa, y él mismo lo ha introducido.
Furioso, el barón vuelve a su cuarto para coger armas e inmolar al infame que había osado mancillar su noble cuna; pero olvidó las precauciones que había tomado al entrar, y su brusca marcha expulsó el sueño de nuestros párpados.
Nos dimos cuenta del peligro que nos amenazaba; nuestro primer cuidado fue cerrarnos a cal y canto; volvió el barón, la puerta estaba bien cerrada, podía echarla abajo; mas me parece que el barón tuvo la sensata idea de que, propalando aquel asunto, iba a cubrirse de ridículo y a ser blanco de la comidilla del día. Tras un instante de profundo silencio me dice: «Abrid, el primer impulso de cólera ya ha pasado y siento que en todo esto tengo tanta culpa como vos. Abrid, os doy mi palabra de honor de no dejarme llevar por la violencia». Yo aún dudaba, pero la baronesa me dijo que abriese, que el barón era incapaz de faltar a su palabra.
Abrí pues la puerta, aunque no muy tranquilo; el barón tenía dos pistolas que dejó sobre un mueble; luego, dirigiéndonos la palabra, dijo: «No he dominado un impulso de furia; pero por suerte la reflexión ha venido en mi ayuda; todos tenemos errores que reprocharnos, perdonémonoslos recíprocamente, no hagamos reír a nuestra costa con un escándalo que no serviría de nada. Y vos, señor, aquí tenéis veinticinco luises que os doy para que atendáis a las necesidades del momento. Vestíos, yo mismo os acompañaré hasta la puerta, y, si estáis interesado en conservar la vida, olvidad hasta el nombre del barón de Colincourt».
Mientras me decía estas palabras, el barón me presentó la bolsa que contenía los veinticinco luises; la acepté. En un abrir y cerrar de ojos me puse mi indumentaria de jockey. Eché una mirada de pena a la baronesa que, hundida en una tumbona, y con el rostro oculto entre las manos, guardaba un silencio fúnebre. El barón me acompañó sin pronunciar una sola palabra hasta la puerta de la calle y volvió a cerrarla cuando la hube traspasado; heme, pues, sin asilo a las cuatro de la mañana y con un frío muy penetrante; pero la galera boga, soy joven y tengo buena salud; y veinticinco luises en el bolsillo; con estos recursos todavía se puede llegar lejos.
Mi primer afán fue buscar un asilo para el resto de la noche; un honrado fiacre me lo concedió en su carruaje a cambio de un escudo de seis francos, y por esa suma me prometió pasearme hasta que llegara el amanecer.
Por la mañana quise ir al alojamiento que había ocupado con Félicité para ver si seguían allí nuestros efectos; la huéspeda se había apoderado de ellos y negó haberme visto nunca; le repliqué a gritos; el marido quiso entrometerse en la disputa y ponerme en la puerta; le crucé la cara con mi fusta, ellos gritaron que los mataba, llegó la guardia, me detuvo… Heme aquí una vez más en manos de la justicia.
Nos llevaron a presencia del comisario, que me preguntó quién era y por qué había maltratado a los demandantes. Le respondí que había ido a reclamar unos efectos que habían dejado en uno de sus cuartos dos señoras amigas mías.
–¿Dónde están ellas? –replicó el comisario.
–En una casa de campo, cercana a París.
–Bonita casa –dijo la posadera.
–Silencio –exclamó el pasante.
–¿Cómo os llamáis? –continuó el comisario.
–Querubín.
–¿No tenéis otro?
–Basta con ése.
–¿Qué hacéis?
–Soy jockey.
–¿De quién?
–Ahora de nadie; pero ayer aún estaba al servicio del señor barón de Colincourt.
–¿Dónde vive?
–En la calle de Varenne, barrio de Saint-Germain.
El comisario nos hizo sentarnos en el estudio, escribió unas letras al barón, que envió con uno de los escribanos, y volvió a su despacho.
Al cabo de una media hora llegó la respuesta del barón; verosímilmente no era favorable para mí, porque, sin decirme ni una palabra, el comisario ordenó que trajeran un fiacre, escribió una carta, en la que metió la del barón, la entregó a un sargento de la ronda al que dijo unas palabras al oído; el sargento me hace montar en el fiacre, con él y con uno de sus soldados, ordena al cochero ponerse en marcha, y llegamos, ¿adónde? A Saint-Lazare[17].
Nos hacen pasar por varios portillos, atravesar diferentes corredores, y llegamos ante el superior. El sargento le entrega las cartas de que era portador; tras haberlas leído, el superior tiró del cordón de una campanilla que había a su lado, y no tardaron en llegar cuatro corpulentos lazaristas, altos como torres. El superior me soltó un sermón muy patético sobre los peligros del mundo, y sobre la suerte que tenía de estar en una casa donde iban a trabajar eficazmente en la corrección de mis costumbres y la redención de mi alma. Luego me dijo que siguiera a los reverendos hermanos, cosa que hice con simpatía para no ganarme malos tratos.
Me condujeron a una pequeña celda donde por todo mobiliario había un mezquino catre, una silla de madera, un reclinatorio, un crucifijo y una calavera. Dos de ellos se separaron y volvieron al momento con un cántaro de agua, un pan y el uniforme de la casa, que consistía en una camisa de gruesa tela amarilla, un pantalón y una chaqueta de sayal oscuro y unos zuecos. Me obligaron a ponerme todo, y, con gran pena, les vi salir con mis ropas de jockey, en las que todavía estaban los veinticinco luises del barón.
Por suerte para mí, estoy dotado de un carácter poco susceptible a dejarse arrastrar por la pena. Inmediatamente traté de encontrar algún medio para salir de mi cárcel. La ventana del cuarto donde me habían encerrado daba al cercado de los lazaristas; pero unos enormes barrotes, con una distancia de cuatro pulgadas entre sí, no me dejaban esperanza alguna por ese lado; no había chimenea, nada, en fin, de lo que en una novela favorece la fuga de un prisionero. ¿Qué hacer?… no encontré ningún expediente, no había más recurso que intentar cambiar de sitio. La enfermería no debía de estar guardada con tanto rigor, por eso no se me ocurrió nada mejor que estar enfermo. En cuanto tomé esta resolución, me puse a lanzar agudos gritos y a rodar por el suelo de mi cuarto; este violento ejercicio no tardó en poner mi sangre en una agitación que podía pasar por fiebre; en pocos instantes acudieron a mis llamadas; seguí lanzándolas con violencia, fingiendo que no podía responder a las distintas preguntas que me hacían; me limitaba a golpearme en el estómago y en el vientre, como para designar el foco del mal.
Llegaron el superior y el cirujano; este último me tomó el pulso y declaró que me atacaba un violento cólico nervioso, causado sin duda por la revolución que me había producido el traslado a la casa; que mi estado era de los más peligrosos, que necesitaba prontos remedios que sólo podían serme administrados en la enfermería, y, por lo tanto, pidió que fuera trasladado a ella; el superior lo permite. Cuatro de los presentes me cogieron en brazos y me llevaron a aquella enfermería tan deseada. Me desvistieron y me prometieron una cama excelente; al menos era un pequeño alivio a mi suerte.
Me vi obligado a tomar los distintos remedios prescritos por el médico para no despertar sospechas. No tardé en fingir que necesitaba descansar; todo el mundo se retiró, y heme aquí solo… Pero no estaba solo, porque había cuatro enfermos y el enfermero; quiero decir que ya no soy objeto de la atención general.
Apenas estuve seguro de que ya no me observaban, paseé los ojos por la sala; tenía cuatro ventanas que, protegidas por rejas de hierro, daban al cercado. Veinticuatro camas la adornaban, de las que sólo cinco estaban ocupadas; en cada extremo, una amplia chimenea, con un gran fuego en una de ellas.
El enfermero salió un instante, mis cuatro cofrades ocultos por sus cortinas dormían o soñaban con su enfermedad. Aprovecho ese momento de libertad para ir a mirar en la chimenea que estaba apagada… ¡Oh!, sorpresa… ¡Oh!, dicha…, no hay barrotes… Estoy salvado.
La jornada transcurre sin acontecimientos notables, el cirujano, encantado del efecto que sus remedios habían producido en mí, duplicó la dosis para expulsar incluso, decía él, el germen de la maldad.
La noche siguiente fue la que destiné a la recuperación de mi libertad; hacia medianoche, mientras todo el mundo duerme, me levanto muy despacio, retuerzo mis sábanas alrededor de mi cuerpo y, al débil resplandor de una lámpara que ardía en el otro extremo de la sala, me dirijo hacia la compasiva chimenea.
Trepo con facilidad y llego al techo; busco un punto solido donde poder atar la sábana; encuentro una barra de hierro que, encastrada por un extremo en el techo y por otro en la chimenea, parecía destinada a sostener esta última frente a los esfuerzos del viento. Ato pues las dos sábanas juntas, y el extremo de una de ellas a la barra de hierro. Por desgracia le faltaban unos doce pies. ¿Qué hacer?… La noche era oscurísima y me resultaba totalmente imposible distinguir lo que había debajo de mí. Estuve sin saber qué hacer unos momentos; pero, colgado de las manos, como me encontraba, no podía seguir sosteniéndome; lo cierto es que, a riesgo de matarme, solté el extremo de la sábana y me abandoné al azar.
Por suerte para mí caí sobre un pequeño tejado de tablas soportado por dos tablones que servían de refugio a un enorme perro, guardián nocturno del cercado de los lazaristas. El desdichado can, en lugar de hacer su ronda, estaba durmiendo tranquilamente en su camastro de paja, de modo que el peso de mi cuerpo aplastó techo y perro; salí del paso con algunas contusiones y unos instantes de aturdimiento, tras los cuales volví a ponerme en pie.
Pero, al aplastarse, la caseta había hecho mucho ruido, el perro, que no estaba muerto del todo, lanzaba unos aullidos espantosos; sentí la necesidad de alejarme cuanto antes y, ligero como el céfiro, empecé a recorrer el recinto para tratar de hallar un modo de salir.
Ya había hecho un largo camino sin haber descubierto otra cosa que grandes muros cuando, a mi derecha, vi una luz que salía de una casa situada sobre el recinto. Me puse a decir en voz bastante alta: «¿Hay alguien en esta casa?». Se abrió la ventana, una voz de mujer preguntó quién había hablado.
–En nombre de la humanidad, señora –le dije–, socorred a un infortunado que no es culpable.
–¿Quién sois? –me dijo.
–Un prisionero que se escapa.
–Y ¿qué puedo hacer por vos?
–Proporcionarme los medios para huir.
–Pero ¿no tendré que arrepentirme de haberos ayudado?
–¡Ah!, no temáis nada, a los quince años y medio se han podido cometer faltas, pero raramente se cometen crímenes.
–Aguardad un instante –y la luz desapareció.
Transcurrieron unos diez minutos que me parecieron diez siglos; mi impaciencia crecía, además, porque a lo lejos oía hablar a gente que los ladridos del perro habían atraído; por fin, en el momento en que empezaba a perder la cabeza, un «chist» sale de la compasiva casa y algo cae a mi lado; era una cuerda de pozo, me aferro a ella y, en un momento, me veo en el patio y fuera de las garras de los lazaristas.
Capítulo VI
La persona que me había socorrido era una preciosa mujer de la que después supe que era bailarina de la Ópera; por orden suya, su criado me había arrojado la cuerda que me había servido para llegar hasta ella. Me hizo pasar a un comedor y pareció quedar satisfecha, al ver mi linda cara, de la ayuda que me había prestado. Sin embargo, mi apariencia no tenía nada de atractivo: pantalón de buriel, y camisa de tela amarilla, sin chaqueta ni zapatos.
La forma en que me expresé para manifestarle mi agradecimiento pareció agradarle, pues le demostraba que yo no era un patán. Mandó traer agua caliente para lavarme los pies, me dio unas zapatillas, ropa interior fina y una bata; luego me hizo pasar al dormitorio donde había un gran fuego, que me agradó mucho. Como, debido a mi ficticia enfermedad, no había comido nada desde por la mañana, hice un infinito honor a una deliciosa sopa que nos fue servida por orden de Mlle. S… Tras levantar la mesa, ordenó a su criado que me preparara una cama en la habitación contigua. Él se fue para cumplirlo y nos dejó frente a frente.
En cuanto estuvimos solos, Mlle. S… hizo recaer la conversación en los motivos de mi arresto. Le conté la historia de mi vida, cosa que le hizo reír mucho, sobre todo la aventura de la baronesa. Mientras, mi bella anfitriona me miraba con unos ojos que parecían abarcar algo más que la atención de mi relato; cierto amoroso interés reinaba en ellos, y me arriesgué a cogerle la mano, que apreté tiernamente en las mías y llevé a mis labios; Mlle. S… hizo un movimiento para retirarla, yo lo hice para retenerla, y me la dejaron.
¿Qué puedo decir? De uno en otro me apoderé sucesivamente de la boca, de los senos, de la pierna, del muslo y del culo; la recliné sobre su butaca y, colocando sus piernas debajo de mis brazos, la ensarté con todo el ardor de mis recursos de quince años y medio.
¡Oh!, vosotros que habéis follado, vosotros no conocéis el placer si no habéis gozado de Mlle. S…
Era en la cama sobre todo donde Mlle. S… no tenía precio; temperamento fogoso, caricias seductoras, atractivos, una lozanía realmente sorprendente para una bailarina de la Ópera. En esa noche bienaventurada agotamos todo lo que tiene de más voluptuoso y más variado el código libertino.
Sin embargo, mi fuga había hecho ruido, se habían descubierto los medios que había empleado para evadirme y, como no se suponía que, dadas mis notables ropas, hubiera podido ir muy lejos, se ordenó una inspección de las casas que bordean el recinto de los lazaristas; después de haber inspeccionado varias, la jauría de lazaristas llegó a la de Mlle. S… y ordenó abrir la puerta en nombre del rey. ¿Qué hacer? ¿Qué inventar? Era como para perder la cabeza. Mlle. S…, que no la perdía nunca salvo en brazos de su amante, no halló otro medio que meterme de cabeza en la cama y acostarse exactamente sobre mí; mis pies estaban sobre el cabezal, de modo que mi cabeza quedaba precisamente entre sus piernas.
A pesar de que el criado les hubo dicho que su ama estaba enferma, los cancerberos entraron en la habitación de Mlle. S… y se pusieron a fisgonear por todas partes. Mientras, como la posición que el azar me había dado era demasiado apetitosa para no intentar sacarle partido, a pesar del peligro mi lengua trató de introducirse en el reducto amoroso que acabábamos de festejar con tanto placer. Mlle. S…, que no sabía rechazar un instante de goce, se prestó a pesar del peligro que nos amenazaba a mis deseos, de manera que en el momento en que los secuaces de Saint-Lazare, tras haber inspeccionado todo, le preguntaron si no sabía nada de un prisionero que se había escapado, lo que les respondió tenía tan poca ilación, tan poco sentido común, que no dudaron de que estaba muy enferma, ni de que su desorden mental fuese una secuela de la fiebre; así pues, se retiraron llevándose la íntima convicción de que yo no estaba en aquella casa.
Llegó el día, y hubo que pensar en la huida; porque, a pesar del placer que habíamos saboreado, Mlle. S… y yo nos dábamos cuenta del peligro que suponía permanecer más tiempo cerca de los lazaristas, donde mil circunstancias imprevistas podían hacer que me descubrieran; por otra parte, ¿cómo recorrer la comarca sin ropa, y sobre todo sin dinero? ¡Ay!, si hubiera tenido los veinticinco luises del barón de Colincourt… Pero la generosa Mlle. S… se encargó de cubrir todas mis necesidades. Por orden suya, su criado salió y, media hora después, volvió trayendo a un ropavejero acompañado de su mozo cargado de trajes, sombreros, botas y, en general, de todo lo que podía formar el atuendo masculino. En pocos instantes quedé vestido de pies a cabeza de una manera tan sólida como agradable y cómoda. Una vez pagados y retirados los proveedores, deliberamos sobre la decisión que iba a tomar. Mlle. S… me preguntó si sabía algún oficio o si sentía en mí disposiciones para el teatro. Le dije que tenía una voz bastante bonita, ella quiso juzgarla y, acto seguido, le canté la siguiente canción:
MÚSICA: He visto por donde he viajado
Me preguntas, Justina mía,
dónde debe nuestra alma residir;
en la polla cuando me empalmo,
en el dedo si he de masturbarte.
Para cantar el objeto que me toca,
tengo en mi espíritu el alma;
pero pronto a tu boca pasa
cuando me chupas la polla (bis).
El sincero la tiene en sus promesas,
el usurero en su cálculo la tiene,
un latigazo en sus dos nalgas,
un puto en el culo la mantiene,
un borracho en su botella,
un cobarde en el talón,
un buen jodedor en la picha,
y en el coño la que es un putón (bis).
De divinas transmigraciones
desvelaré los resortes,
pues, jodiendo, los brahmines
las almas cambian de cuerpo.
Aunque cada una distinta,
a menudo las juntamos;
nuestras dos almas son una
en el instante en que nos corremos.
Mlle. S… se había quedado estupefacta al oír esta canción de granadero; luego saltó a mi cuello dándome mil besos a los que respondí de buena gana; y poco después juntamos nuestras almas a la manera de los brahmines.
Mlle. S…, tras haberse recobrado de su éxtasis amoroso, me hizo cumplidos sobre la belleza de mi voz, asegurándome que se convertiría en un recurso seguro. Me incitó a dirigir mis pasos hacia Lyon, escribió una carta al director del teatro de esa ciudad, y me la entregó declarándome que, con aquella recomendación, el director me admitiría sin dificultad en su compañía y me daría unos honorarios suficientes para sobrevivir.
Hubo que pensar, sin embargo, en la despedida; tras cien besos dados y devueltos, la dejé, crucé todo París y fui a salir por la barrera de los Gobelins, no sin dirigir mil lamentos a esa famosa ciudad, cuna de mis primeros días y de mis primeros placeres, donde dejaba a Mme. D…y, a Félicité, a la baronesa de Colincourt y, sobre todo, a la generosa Mlle. S… No tardó en disiparse esa ligera nube, y el placer de recorrer comarcas nuevas para mí consoló mi alma afligida.
Vestido de azul, chaleco de piqué de Marsella[18], pantalón de terciopelo gris, botinas, sombrero redondo, todo ello cubierto por una inmensa levita de alpaca oscura adornada con terciopelo negro; diez luises en mi bolsillo, un relojito esmaltado de oro, un paquete bajo el brazo con varias camisas de tela de Holanda, pañuelos de la misma tela y corbatas de muselina.
Heme, pues, en pleno campo, con el cierzo en la cara, echando pestes contra el barón de Colincourt, que no quería que un muchacho honrado follase con su esposa y que, como secuela de su mal proceder, me obligaba a viajar con un tiempo tan crudo.
Me hacía estas pesarosas reflexiones cuando un carruaje de cuatro caballos que oía rodar a mi espalda desde hacía unos minutos me adelantó a gran velocidad; estaba envidiando en mi interior la suerte de esos a quienes su fortuna permite procurarse semejantes comodidades cuando la rueda rechina, se rompe, y ya tenemos al carruaje volcado. El postillón hacía mil esfuerzos para frenar a sus caballos y del carruaje salían unos gritos horribles. Corro como el relámpago, me lanzo a la cabeza de los caballos y, ayudado por el postillón, consigo hacer que se detengan; vuelo luego al carruaje: a través de los cristales rotos veo a dos mujeres con el culo desnudo al aire y la cabeza sepultada bajo los cojines del carruaje; intento pasar mis brazos al interior para ayudarlas y una esquirla de cristal que sobresale me corta la mano. Mi sangre corre, pero no me doy cuenta; consigo abrir la portezuela, y ya tenemos a las damas de pie. Su atuendo anunciaba a una señora y su doncella; la señora se había desmayado, pero no tardó en recuperarse al aire libre.
Aquella dama empezaba a darme las gracias por los servicios que le había prestado cuando vio mi mano ensangrentada; lanzó un grito; por más que traté de convencerla de que sólo era una desolladura, tuve que dejarle curar mi mano; la lavó con agua de Colonia y la envolvió en dos pañuelos empapados en ese licor.
Pero aquellas damas no podían estar así; había que remediar el accidente. El postillón desenganchó un caballo y fue a Villejuif en busca de ayuda. Tras un cuarto de hora de ausencia, durante el que la dueña del carruaje me dijo mil cosas razonables, volvió el postillón, no con una rueda, sino con una berlina que había ido a pedir a la posta; le acompañaban unos aldeanos. Los baúles y paquetes del carruaje roto fueron colocados en el que no lo estaba; a los aldeanos se les pagó generosamente y se les encargó llevar el carruaje inválido a Villejuif, donde la dama prometió recogerlo a su vuelta. Luego me invita a subir con ella, al menos hasta la primera posta. No me hago rogar; heme aquí a su lado, y partimos.
La señora de Senneville me preguntó hacia dónde dirigía mis pasos, le dije que iba a Lyon.
–¿Cómo? ¿A pie? –me dijo.
–Sí, señora. Soy filósofo y me gusta observar la naturaleza.
–Ni lo penséis, joven amigo, la naturaleza es muy agradable de observar en el mes de mayo, cuando la tierra está cubierta con sus dones; pero en el mes de diciembre es una locura falta de sentido común.
–¿Creéis, señora, que el invierno no tiene sus encantos igual que la primavera?
–Tenéis razón, se tiene el placer de soplarse los dedos… Pero quizá vuestra bolsa está poco provista, podría arreglarse.
Esto fue dicho con un aire tímido. Por toda respuesta me llevé la mano al bolsillo y le enseñé mis diez luises de oro.
–Vamos –continuó ella–, sobre gustos no hay disputa. Espero sin embargo que, pese a vuestra inclinación por los viajes pedestres, tengáis a bien acompañarme hasta Fontainebleau.
Di las gracias a Mme. de Senneville y me felicité para mis adentros por poder pasar un día con ella.
La señora de Senneville tenía unos treinta y dos años, el pelo castaño, la piel extremadamente blanca, poco pecho pero bien puesto; esposa de un presidente de investigaciones[19] que se había casado con ella cuando era una joven de dieciocho años. Aquel hombre, frío como un golilla, sólo había servido para desarrollar el fogoso temperamento de su mujer, que, pronto abandonada por él, se había entregado a todos los extravíos y había cometido todas las locuras sin por ello poner en evidencia a su marido. En una palabra, Mme. de Senneville estaba tan hastiada que sólo podían contentarla las cosas extraordinarias.
Sin embargo, aquella mujer tenía un corazón excelente, el mejor tono, mucha instrucción, una forma de expresarse encantadora; su cuerpo estaba dividido en dos partes muy distintas: de la cintura para arriba, era el de una de las Musas; y de la cintura para abajo, el de la mesalina más desvergonzada.
Llegamos sin tropiezos a una posta a la hora de la comida. La señora de Senneville encargó una suculenta y delicada cena, a la que hice todos los honores. La bonita doncella estaba sentada con nosotros; yo había rogado a su ama que se lo permitiese. En efecto, Jeannette merecía que se tuvieran atenciones con ella.
Jeannette era una rubia preciosa, hecha como una ninfa y, sin embargo, con un pecho de un volumen sorprendente y de una firmeza más sorprendente todavía. Pero era su piel, sobre todo, lo que sorprendía por esa blancura rosada que constituye el encanto de las rubias; el brazo perfecto, el pie gracioso, la pierna bien torneada. La señora de Senneville era muy adorable, pero perdía mucho comparada con su doncella.
Después de comer subimos de nuevo al carruaje; fue entonces cuando Mme. de Senneville me dijo que iba a pasar unas semanas en una finca que tenía tres leguas más allá de Fontainebleau, y que, si mis asuntos me permitían pasar allí algunos días, haría cuanto estuviera en su mano para hacer agradable mi estancia.
Acepté llevado por la amabilidad del ama y por los encantos de la doncella, de los que me proponía de una manera u otra sacar algún provecho; llegamos a las cuatro de la tarde a un encantador castillo amueblado con elegancia. Como estaban advertidos de la llegada de la dueña, encontramos encendidas las chimeneas en todos los aposentos; pero lo que más me encantó fue un jardín de invierno, de una dimensión muy razonable. Estaba acristalado; reinaba en él un dulce calor gracias a varias estufas que calentaban la atmósfera y que, artísticamente hechas, servían de pedestales a unas estatuas de mármol que decoraban el jardín. Un delicioso aroma embalsamaba el aire que en él se respiraba. Había toda clase de flores, desde la modesta violeta hasta la brillante azucena; desde la sencilla margarita hasta la rosa bermeja; había arbustos olorosos, e incluso un bosquecillo de lilas que parecía ofrecer su sombra a los misterios del amor.
Sentí un escalofrío de placer recorriendo aquel delicioso jardín. La señora de Senneville se dio cuenta de mi emoción, sonrió e interiormente se prometió sacar buen partido de mis sensaciones. Volvimos luego al salón, donde pasamos la velada.
Cenamos; a los postres los criados fueron despedidos, y nosotros nos divertimos descorchando algunas botellas de champán. La señora de Senneville, que se daba cuenta de que yo miraba hacía mucho tiempo a Jeannette, hizo bromas divertidas sobre mi inclinación. Respondí con torpeza, sus carcajadas aumentaron: «Vuestros ojos no pueden apartarse del pecho de Jeannette, sabéis que lo tiene magnífico. Enséñaselo, hija mía». Jeannette y yo nos sonrojamos; ella de vergüenza, yo de deseo. Mientras seguía riéndose, Mme. de Senneville la desabrochó, desanudó los cordoncillos y terminó por quitar la pañoleta de la pobre Jeannette, que trató de esconder con sus dos pequeñas manos, aunque inútilmente, unas tetas soberbias. Juana de Arco no las tenía más firmes; Agnès Sorel no las tenía más blancas.
Imaginad unos pechos como los que a veces ofrece el Franco Condado, en forma de pera pero puestos casi horizontalmente a ras de los hombros; cada pecho, de extraordinario volumen, se sostenía solo, sin artificio alguno y sin que su peso le hiciese siquiera inclinarse hacia tierra. Añádase el pezón más fresco y más delicioso, añádase la piel, de una blancura resplandeciente, y tendréis una idea del pecho de Jeannette.
Mientras, la visión me había excitado y estaba empalmado. ¡Sí!, estaba empalmado… y eso era lo que quería Mme. de Senneville. «¿Estás empalmado, amigo mío?», me dijo apoyando su boca en la mía e introduciéndome una lengua con la que la mía no tardó en entablar conocimiento. Por toda respuesta cogí su mano, y la apoyé sobre mi polla; me desabotonó los calzones y sacó al aire un miembro de una rigidez que le prometía más de un asalto. «Vamos», exclamó Mme. de Senneville, «a la faena». Las dos mujeres se dedicaron entonces a despojarse de su vestimenta, y me pidieron que hiciera lo mismo. Alimentan el fuego, para que la ausencia de nuestras ropas no permita que nos demos cuenta del rigor de la estación.
Ya estamos desnudos los tres. La señora de Senneville ganaba al ser vista así; y no estaba fuera de lugar comparada con Jeannette, que era de pies a cabeza un compendio de gracias.
Yo creía simplemente que iba a joder a las dos mujeres, una tras otra, o por lo menos a Mme. de Senneville; ¡qué equivocado estaba! La cojo en mis brazos y, tras un voluptuoso beso, meto mi mano entre sus muslos… ¡Oh!, sorpresa…, no es un coñito, ni siquiera un coño, es un abismo en el que creo que habría podido caber entero; y se me habría ablandado totalmente de no ser por la vista de los encantos de Jeannette, que reafirmaron mi coraje.
Pero la frase de Mme. de Senneville, «a la faena», tenía una significación que no me esperaba. Jeannette busca en un armarito cuya llave acaba de darle su ama; saca un consolador, cubierto de terciopelo, que, sin exagerar, tenía seis pulgadas de diámetro por diez de largo; tras atárselo alrededor de los riñones con un cinturón de marroquín, fue a tumbarse en una chaise-longue que había en el salón. La señora de Senneville se puso encima de Jeannette, y, con gran asombro de mi parte, se lo metió todo entero en el cuerpo. «Mirad lo que os queda», me dijo; yo sólo veía su culo… y eso era lo que pedía Mme. de Senneville; por ello, sin hacerme rogar me puse a encularla. Era la única forma en que Mme. de Senneville podía alcanzar el placer; y se entregó a ello de tal forma durante dos horas que los goces se multiplicaron. La señora de Senneville atendía a sus intereses permitiendo que Jeannette fuera de la partida; los encantos de aquella fogosa criada reafirmaban maravillosamente mis fuerzas.
También debo confesar una marrullería que me había permitido: había pagado mi tributo al trasero de Mme. de Senneville regándolo una sola vez con una leche ardiente; pero luego me había limitado a contenerme y había reservado para Jeannette unas fuerzas que prefería perder con la criada antes que con el ama. Por fin cesamos nuestros castos entretenimientos y cada cual volvió a ponerse su ropa; no sin que Mme. de Senneville hubiera dado varios besos a la joya que acababa de trabajarla tan bien por la parte inversa.
La señora de Senneville pasó a un pequeño gabinete para hacer las abluciones necesarias. Aproveché ese momento para preguntar a Jeannette si no podía concederme una hora durante la noche.
–No me atrevo –me dijo–, la señora es celosa; quiere que me vean, pero no que me toquen, todo debe aprovecharlo ella.
–Pero, hermosa mía, ya debe estar saciada.
–¿Saciada?, no la conocéis.
–Pues que le hable quien quiera, yo estoy mudo para ella; pero siento, amiga mía, que aún tendría muchas cosas que decirte a ti.
–En fin…
–En fin, ¿qué?
–Acostaos y estad tranquilo, trataré de ir a veros.
–¿Lo prometes?
–Lo prometo.
–Tu palabra.
–¡Aquí tienes la prenda! –y apoyó su boca bermeja en la mía y me dio un beso que me llegó hasta el corazón.
La señora de Senneville volvió; tomamos algunos licores y, después de habernos prometido renovar con frecuencia la escena que acababa de ocurrir, llamó a un criado que me acompañó al cuarto que me estaba destinado, donde no tardé en encontrar, gracias a un profundo sueño, la reparación de mis fuerzas.
Fin del primer volumen
Tomo II
Capítulo VII
Hacía unas dos horas que estaba sepultado en un sueño letárgico cuando un leve ruido que oí me despertó. Tanteo en la cama, mi mano atrapa una camisa de mujer; subo un poco más arriba y encuentro aquel delicioso pecho que tanto me había hecho empalmarme dos horas antes. ¡Era Jeannette! La atraigo suavemente hacia mí y no tarda en estar a mi lado la lozana criada. ¡Y que no pueda describir los ardientes transportes, las inagotables fuerzas que aquellos encantos perfectos me inspiraron!… ¡Oh, sí, totalmente perfectos! Aquel pecho de alabastro parecía más firme todavía a cada instante; el pezón que lo coronaba cruzaba bajo mis amorosos labios; unos miembros voluptuosos, que la madre de las Gracias no habría desaprobado, un vientre pulido como el marfil, unos muslos, una pierna…
Pero lo que estaba por encima de cualquier elogio era la gruta de los placeres. Un pelo suave como la seda adornaba su entrada, una fragancia dulce y balsámica emanaba de todo el cuerpo de la adorable Jeannette.
Queriendo compensar su complacencia y las muestras de amistad que me daba rindiéndose a mis deseos, me sentí en el deber de darle pruebas de mi agradecimiento… Era el día de las sorpresas: aquella Jeannette, que era la doncella de Mme. de Senneville, a la que esta mesalina obligaba a prestarse a sus caprichos amorosos, Jeannette, en fin, era virgen… ¡Cuán querida se me hizo al saberlo, cuánto valor dio a los inestimables favores que consentía en prodigarme!
Los suspiros profundos de la joven virgen anuncian tanto sus deseos como sus temores; el aire ya resuena con las quejas de la víctima, que en vano trato de ahogar con mis ardientes besos. No tarda en volar el grito del pudor, el relámpago de la voluptuosidad brilla ante nuestros ojos, y ambos expiramos uno en brazos del otro.
¡Ah!, cómo manifesté mi amor a la hermosa y lozana Jeannette; con cuántas caricias la inundé, con cuántos besos saturé sus encantos; nunca, no, nunca sentí tantas delicias; mis fuerzas, exasperadas por la perfección de unos atractivos que ella entregaba a mis libertinas manos, hicieron de mí un Hércules, y desde ese semidiós de vigoroso recuerdo nunca virginidad fue con tanta acritud festejada.
Tal vez muchos de mis lectores no comprendan cómo es posible que Jeannette hubiera conservado su virginidad en una casa cuya dueña la sometía a sus libertinos caprichos; les debo la explicación de este singular problema.
Jeannette era hija de un granjero de una de las tierras de M. de Senneville, criada por un padre cuyas patriarcales virtudes hacían la felicidad de una familia numerosa y habían mantenido en ella las costumbres de la edad dorada. Jeannette había alcanzado sus dieciocho años sin que nada alterase esa inocencia preciosa. La señora de Senneville la vio en uno de sus viajes, se la pidió al padre. Éste, que no conocía las depravadas costumbres de la mujer de su señor, consintió en dársela, pese a la repugnancia que sentía en alejar a uno de sus hijos del seno paterno. Adoradora de todo lo que podía lisonjear sus extravagantes aficiones, Mme. de Senneville se había vuelto extraordinariamente celosa de Jeannette; durante el año que hacía que estaba a su servicio, la había vigilado estrechamente hasta el momento en que recogí aquella preciosa flor.
Pasé cinco meses en aquella deliciosa morada, que embelleció para nosotros una serie ininterrumpida de placeres. Mis días estaban dedicados al paseo, a la caza, a la pesca; mis veladas a los desenfrenados placeres de Mme. de Senneville; mis noches al goce del alma y de la felicidad en brazos de la celestial Jeannette.
Uno de los primeros días del mes de mayo, Jeannette y yo habíamos pasado una noche deliciosa; contábamos con que para nosotros se sucediera una larga serie de noches semejante; bajamos a las nueve de la mañana, sorprendidos de que Mme. de Senneville, por lo general muy tempranera, aún no hubiese aparecido; dan las diez, dan las once, y no se levanta; impacientes, inquietos, llamamos, no hay respuesta; por último, ya sin saber qué pensar, los criados me ayudan a echar la puerta abajo. Las cortinas del lecho estaban echadas; las abrimos…, la infortunada Mme. de Senneville estaba muerta…
Desde hacía tiempo sufría violentos ataques de gota. Esa noche fatal la gota había subido hasta su estómago y la había ahogado.
Corramos un velo sobre este funesto cuadro, nuestras sinceras lágrimas la acompañaron a la tumba; nuestra pena sobrevivió a sus despojos mortales, y su recuerdo se grabó en nuestros corazones con imborrables trazos.
En el momento de esta desgracia, mandé un criado a M. de Senneville; llegó éste, y sin parecer sorprendido, sin abandonar su aire de frialdad, ordenó las disposiciones de la casa. En uno de los cajones del escritorio de Mme. de Senneville encontró una especie de testamento, que contenía sus últimas voluntades.
Rogaba a su marido, en caso de que la muerte dispusiera de ella, que asegurase a Jeannette con qué vivir el resto de sus días sin verse obligada a servir a nadie. Le rogaba darme a mí un buen caballo, cincuenta luises, su retrato, que estaba enriquecido con brillantes, y dejarme ir a donde se me antojara; luego hacía algunas donaciones a sus criados.
El señor de Senneville no desmintió su carácter frío e impasible; sin informarse sobre cuál podía ser la clase de mis relaciones con su esposa, qué había podido motivar la larga estancia que había pasado yo en su casa, me dio los cincuenta luises, el retrato de su esposa, me alentó a elegir el mejor caballo de su cuadra y me dejó la libertad de vivir en el castillo o irme.
La muerte de Mme. de Senneville me había afectado demasiado profundamente para consentir en prolongar mi estancia allí; Jeannette, a quien aquella muerte había reducido como a mí a la desesperación, me rogó que la acompañase hasta la casa de su padre, que vivía a seis leguas de allí; y al día siguiente los dos nos alejamos llevando en nuestros corazones el recuerdo de la buena amiga que habíamos perdido.
A medio camino entre el castillo y la granja cruzamos un bosquecillo donde descansamos; hablamos de nuestra bienhechora, nos abrazamos, mezclando nuestras lágrimas; pronto aquellos besos provocaron el nacimiento de otros deseos. El césped florido sobre el que estábamos parecía invitarnos a hollarlo; nuestras bocas se encontraron, se extraviaron nuestras manos y la llama del amor brilló en nuestros ojos; pero la sombra de Mme. de Senneville, que sin duda planeaba sobre nuestras cabezas, no debió de ofenderse por nuestros deseos. En el momento supremo, un mismo sentimiento nos hizo exclamar: «¡Ay! ¡Y que no esté ella con nosotros! ¡Que no pueda seguir gozando de los placeres con que la embriagábamos tan a menudo!». Una prueba es que luego hablamos de ella con el mismo respeto y la misma veneración. No tardé en montar de nuevo a caballo, y, llevando a Jeannette a la grupa, tras dos horas de marcha llegamos a casa de su padre.
El padre de Jeannette estaba hecho de la mejor pasta humana que pueda existir; me acogió con bondad paternal; me agradeció los cuidados y complacencias que yo había tenido con su hija. Jeannette se unió al autor de sus días para incitarme a pasar algún tiempo en la granja; la bondad del padre y los encantos de la hija era lazos que habría sido demasiado difícil romper; no cedí, y, tras dos días dedicados a su amistad durante los que festejé con el mayor vigor posible los encantos de Jeannette, partí con un buen caballo entre las piernas y cincuenta luises en el bolsillo.
Como aún tenía la carta de Mlle. S…, decidí sacarle provecho y tomé de nuevo la ruta de Lyon pensando que, si cada doce leguas, descansaba seis meses, llegaría a Lyon de viejo.
Estábamos en la más hermosa estación del año, la naturaleza era risueña, los árboles estaban cubiertos de hojas y flores, me rodeaba una atmósfera embalsamada. ¡Ay, cómo sentía la dulzura de mi existencia! Conservé el entusiasmo que me animaba hasta Charité-sur-Loire. Llegado a esta ciudad, caí enfermo. Como no me gusta insistir en las horas de dolor, me limitaré a decir que, bien por la revolución que me había causado la muerte de Mme. de Senneville, bien por cualquier otra causa, estuve enfermo los meses de junio y julio; que, gracias a la caterva médica gasté cuarenta y tres de mis cincuenta luises, que vendí mi caballo por quince y que, hacia mediados de agosto, proseguí mi viaje a pie con veintidós luises por toda fortuna.
Hacía un calor extremo, los campos estaban cubiertos de segadores: fue entonces cuando me sucedió una aventura embriagadora, una aventura cuyo recuerdo aún me hace estremecer de ebriedad y de dicha.
Era mediodía, iba a dejar el dique del Loira, que está entre la Charité y Nevers. Me acerqué despacio a esta última ciudad, admirando la deliciosa perspectiva que tenía ante los ojos, y que es, sin disputa, una de las más hermosas de Francia: divisé en el valle un grupo de árboles que parecía atravesar un riachuelo que veía serpentear a lo lejos y desembocar luego en el Loira.
Me entraron ganas de descansar allí una o dos horas y dejar que pasase el gran calor que hacía. Me encamino pues hacia el bosquecillo, llego; al entrar oigo el ruido que hacían la conversación y las carcajadas de varias muchachas. Curioso por saber cuál era el motivo de aquella conversación, avanzo en silencio, me escondo tras unos matorrales y veo en la orilla del riachuelo, que en ese lugar formaba una especie de estanque, a tres muchachas desnudas, como la palma de la mano, que se disponían a refrescar sus jóvenes atractivos en un baño que la estación volvía tan útil como agradable.
Aparté despacio el ramaje que me ocultaba la vista de las que hablaban: ¡qué delicioso cuadro! Nunca produjo el pincel de Albano[20] nada tan voluptuoso. Las tres muchachas podían tener entre diecisiete y diecinueve años; una era rubia y las otras dos morenas. Hablaban de sus encantos; su conversación me pareció lo bastante excitante para merecer que la traslade a esta verídica obra. Durante la conversación supe que se llamaban Rose, Claire y Sophie.
CLAIRE: Por más que digas, querida Sophie, tus tetas son más perfectas que las mías.
SOPHIE: Te equivocas, Claire; mi pecho no puede compararse con el tuyo; el mío es algo más blanco, cierto, pero no tan firme; el pezón de tu seno es de un rosa mucho más brillante que el mío; además, tengo que confesároslo, mis queridas amigas, vosotras sois vírgenes, y yo ya no lo soy.
ROSE: Tampoco lo soy yo.
CLAIRE: Yo sí, pero os confieso que me gustaría no serlo.
SOPHIE: ¿Qué ha podido darte ese deseo?
CLAIRE: Ése es mi secreto.
ROSE: Anda, dínoslo, mi pequeña Claire.
SOPHIE: Sí, confidencia absoluta entre las tres; para empezar, voy a contarte la historia de la pérdida de mi virginidad.
»Las dos conocéis al señor cura, ¿verdad? Pues bien: fue él quien me la quitó el día de mi primera comunión. Mi madre me había vestido y adornado con mucho cuidado; me dirigí a la iglesia; fue entonces cuando me acordé de uno de los pecadillos de mi infancia, que se me había olvidado. Pasé a la sacristía y pedí que hicieran venir al cura; él mandó a decirme que fuera a su aposento por el jardín: fui allí. Se encerró en su cuarto conmigo. Le confesé el pecado que había vuelto a mi memoria; ese pecado era que, a los dieciséis años, estando un día sola en casa con mi hermano, que entonces tenía once, nos habíamos desnudado por completo para ver la diferencia que había entre nosotros. El señor cura se enfureció contra aquel pecado al que llamaba incesto; me dijo que no había remisión para mí más que bendiciendo todos los lugares que la vista de mi hermano había mancillado, y que, para hacer eso, era preciso que me quitase las ropas; lo hice con total inocencia. Como sabéis, hace cuatro años, aunque solo tenía catorce, casi estaba tan formada como ahora; mientras yo me quitaba la ropa, los ojos del cura se inflamaban al ver mi joven pecho, que entonces tenía yo duro como el mármol. Quise quedarme en camisa, pero hizo que me la quitase; me colocó sobre su cama con los muslos separados, y me dijo que iba a hacer la imposición de manos: las puso primero sobre mis tetas, fingiendo mascullar algunas oraciones; cosquilleó ligeramente los pezones: las rosas surgieron bajo sus dedos. Luego paseó sus bienaventuradas manos sobre mi vientre, sobre mis muslos; las detuvo en mi raja, que empezaba a vestirse de un lindo pelo rubio, y su ágil dedo empezó a meneármelo de una forma deliciosa. Poco acostumbrada a aquel tipo de caricias, no tarde en desmayarme, y por primera vez conocí la felicidad de correrme.
»Fui devuelta a la vida por los vivos dolores que sentí en el lugar mismo que acababa de hacerme sentir tantas delicias.
»El señor cura, aprovechando el momento en que estaba desvanecida, se había desabotonado los calzones, había sacado un miembro de un tamaño muy razonable, me había colocado a su capricho y se entretenía en desvirgarme para devolverme a la vida. Cuando volví en mí ya tenía la mitad de su herramienta dentro del cuerpo, y, a pesar de mis gemidos, alojó todo el resto.
»Mientras, el tiempo pasaba; el señor cura, después de haber echado dos polvos, me creyó bastante purificada; me hizo vestirme de nuevo, me recomendó silencio, e hice mi primera comunión.
»Volví a ver al señor cura; me instruyó sobre lo que debía saber para no comprometernos. Yo le perdoné todo: él me la metió de nuevo; sentí un gran placer. Mi madre murió hace un año; el señor cura me tomó como su ama de llaves: me acuesto todos los días con él. Ésa es mi historia.
CLAIRE: ¿Y sigue haciendo siempre el mismo daño?
SOPHIE: Sólo sufrí las dos o tres primeras veces; pero luego, no puedo expresar el placer que he disfrutado.
CLAIRE: Y tú, Rose, ¿cómo perdiste la tuya?
ROSE: La pérdida de la mía es bastante singular; me la quitaron a la edad de diez años.
CLAIRE: ¡A los diez años!
ROSE: A los diez años; y fue de la siguiente manera: estaba yo un día en el campo, a la edad en que acabo de deciros, cuando pasó un joven a caballo; el caballo debió de ver algo que le inspiró desconfianza, porque se encabritó y el jinete cayó a tierra. Corrí hacia él, que ya estaba medio levantado; le pregunté si estaba herido, con tanto interés que me cogió en sus brazos y me dio más de cien besos en los ojos y en la boca. Inocente como yo era, le devolví sus caricias; él metió la mano por debajo de mi saya, me dio ligeras palmadas en las nalgas y me acarició el vientre y los muslos.
»Aquellas caricias debieron de hacerle mucho efecto, porque se quitó los calzones y me enseñó su cosa. A mí me pareció muy divertida, y me puse a jugar con ella. Queriendo sin duda que aquel juego tuviera un sesgo más serio, ató su caballo a un árbol, me cogió en brazos y me llevó a la entrada del cobertizo que hay en el campo de Robert. Llegados allí, nos sentamos en la hierba; volvió a desabrocharse los calzones, me hizo empuñar su herramienta, me metió la mano bajo las faldas y cosquilleó mi pequeña raja. Yo sentía placer y se lo dije; olvidando entonces toda contención, echó saliva en su aparato, lo puso en la entrada de mi raja, me colocó sobre el tronco de un árbol caído, y buscó el placer.
»Las piezas eran demasiado desproporcionadas para que la cosa pudiera tener éxito enseguida. Yo gritaba de una manera espantosa; sin preocuparse por mis gritos, que no podían ser oídos, él continuó con sus esfuerzos y, tras diez minutos de inútiles tentativas, la serpiente empezó a penetrar. Yo sufría de una manera tan cruel que me desmayé; no por eso dejó él su tarea.
»Es probable que, cuando su operación terminó, él mismo se asustase de la atrocidad de su atentado; porque, cuando volví en mí, ya no lo encontré. Salí del cobertizo; aunque mi vista se extendía muy lejos no descubrí hacia dónde había dirigido sus pasos.
»Mas que volver me arrastré hasta casa; le conté todo a mis padres; me inspeccionaron y me encontraron en un estado lamentable; pero guardaron silencio, por prudencia. Estuve entonces mucho tiempo enferma, y sólo me recuperé gracias a los extremados cuidados que tuvieron conmigo.
»Desde entonces me horrorizan los hombres; me procuro el goce yo misma; pero empiezo a sentir su vacío, y creo que no falta mucho para que vuelva a entablar una relación con alguien que me guste.
CLAIRE: ¡Ah!, querida amiga, cuánto lamento lo que has sufrido… Lo que acabas de contar me quita una parte de las ganas que tenía por experimentar por mí misma lo que son los placeres del amor.
SOPHIE: No tienes que temer más que unos instantes de dolor, que serán bien compensados por unos placeres de los que ni siquiera puedo darte una idea.
ROSE: Pero, Claire, nos debes una confidencia; nuestra confianza en ti merece que respondas con la tuya.
CLAIRE: No sé cómo contaros lo que tengo ganas de deciros.
SOPHIE: Nadie nos escucha y tus secretos quedarán sepultados en nuestros corazones.
CLAIRE: En tal caso, prestadme toda vuestra atención; ayer, después de comer, como sentía unas tremendas ganas de dormir y no quería que me interrumpieran, trepé por el heno de nuestro granero, convencida de que allí no irían a buscarme. Empezaba a adormecerme cuando oigo abrir la puerta del granero: reconocí la voz de mi hermano y la de dos de sus amigos. Curiosa por saber qué iban a hacer allí, avancé de tal manera que podía verlos perfectamente sin ser vista.
»Mi hermano sacó de su bolsillo una canción, que cantaron y de la que no comprendí gran cosa; luego se desabotonaron los calzones, y se enseñaron el trozo de carne que les cuelga entre las piernas. Cada uno de ellos se puso a sacudir el suyo, y en pocos instantes se pusieron rígidos como palos. No sabía yo muy bien cómo iba a terminar aquella extraña ceremonia cuando, pocos instantes después, dieron la impresión de desfallecer, y de su aparato cayó un licor blanco y espeso.
»Mientras tanto, no sé lo que me pasaba, pero sentía un fuego interior que me recorría todo el cuerpo; me llevé la mano a la raja; cosquilleé su parte superior y pronto sentí un total desfallecimiento.
»Cuando volví en mí, estaba sola; los tres héroes de la fiesta se habían retirado; la escena que acababa de ocurrir me había quitado las ganas de dormir. Bajé, curiosa por saber qué era la materia líquida que había visto caer de su aparato. Habían tenido la precaución de pisarla, de modo que no pude descubrir qué era; pero, a cambio, encontré un papel; lo abrí; era la canción que habían cantado. Voy a enseñárosla, y ya me diréis si la entendéis mejor que yo.
Tras decir esto, Claire corrió a coger la canción de su bolsillo y se la entregó a Sophie, que la cantó.
Música: Es un niño [21]
Lucas un día en el prado
donde el rebaño pastaba,
decía a la joven Sylvie:
«¿Sabéis, mi hermosa niña,
lo que una pastora
prefiere en todo tiempo
a la inteligencia, al oro o al dinero?
Una polla así de gorda (bis).
A Hélène, vuestra amiga,
le gustan las mujeres; eso está muy mal;
pues, creedme, de una tríbade,
antes o después el destino es fatal.
–¡Ah!, responde Sylvie,
lo siento por mi amiga;
pues yo por herramienta prefiero
Una polla así de gorda (bis).
Para no ser burlado, Lucas
se pone junto al pimpollo;
enseguida su falda levanta
y le mete la polla en el coño.
La bella se desvanece
y desde el fondo del alma,
dice mientras va corriéndose:
«¡Vivan las pollas bien gordas!» (bis).
Después de esta canción, las tres muchachas, a las que esta letra había excitado, empezaron a masturbarse. Mientras, sus relatos y el cuadro que tenía ante mi vista me habían puesto fuera de mí. Sin perder un instante me despojo de todas mis ropas y me quedo desnudo como nuestro primer padre; escondo las ropas en el matorral que me servía de refugio y acto seguido me abalanzo sobre las tres jóvenes bellezas como la ágil pantera se arroja sobre el tímido cervatillo.
Ellas lanzaron un grito de espanto y trataron de escapar, pero yo me había apoderado de la linda Claire. La estreché entre mis amorosos brazos, le robé mil y mil besos de su linda boca; devoré sus deliciosas tetas; iba a ser más emprendedor, pero ella se puso a gritar y me detuve. Sus compañeras, que se habían refugiado a diez pasos de nosotros, esperaban temblando el fin del suceso.
–Hermosas mías –les dije–, no temáis nada; soy un forastero al que el azar ha traído a este lugar; he oído toda vuestra conversación y me han entrado ganas de enseñar a la joven Claire qué son los placeres que se pueden disfrutar con un hombre.
»Y si, haciendo ruido, atraéis hasta aquí a indiscretos, estoy al corriente de vuestras intimidades; las descubro y os convierto en el hazmerreír de toda vuestra aldea.
Ante esta amenaza, Sophie y Rose se acercaron; yo empecé de nuevo a acariciar a Claire, que ya casi no se atrevió a oponerme resistencia; la tumbé sobre la hierba y, tomando mis precauciones para hacerle el menor daño posible, empecé a metérsela.
Se le escaparon algunos gemidos; pero Sophie, que había pasado su mano por debajo de mi cuerpo, le puso el dedo sobre el clítoris y se entretuvo en meneárselo para hacerla callar.
El remedio fue tan rápido como infalible en cuanto Claire sintió el dedo de su amiga; lejos de seguir quejándose, se puso por el contrario a mover la rabadilla con inconcebible agilidad; pronto sentí que el momento de la dicha no estaba lejos para mí; por su parte, Claire empezaba a desfallecer: redoblé mis esfuerzos y, en pocos instantes, nos quedamos ambos inmóviles.
Durante este tiempo, la casi virgen Rose se meneaba el coño con todas su fuerzas. «¡Ah!», me dijo cuando estuve algo repuesto, «¿no tenéis algo que decirme a mí también?». Y tras estas palabras, se precipita sobre la clavija que acababa de instrumentar tan bien Claire, y la cubre de besos; no tardó en recobrar toda la firmeza necesaria para un nuevo asalto. Me pongo, pues, junto a la linda y lozana Rose, y empiezo a trabajarla a base de bien.
En verdad, si Rose hubiera sido violada, como decía, a los diez años, bien se había cerrado la herida desde entonces, porque no aparecía: fue más difícil de vencer que la ex virgen Claire; sin embargo, lo conseguí gracias a Sophie, que prestó a Rose el mismo servicio que ésta había prestado a Claire; le hizo una paja, y el resultado fue el mismo. Rose no hizo más que secundarme; nos corrimos los dos y me retiré cubierto con los mirtos sangrantes que al amor le gusta cosechar en las tierras de su hermano.
No queriendo que se dijera que Sophie era la única en no ser follada, también tuvo su oportunidad. No diré nada de las locuras que hicimos antes de volver a vestirnos; por fin, hacia las dos y media, viendo que el juego al que habíamos jugado nos había dado apetito, cada cual se puso sus ropas, no sin que yo hubiera prodigado un millón de besos a todas las partes del cuerpo de mis castas compañeras.
Nos preguntamos adónde íbamos. Mis compañeras eran las tres de un pueblo bastante bueno a medio cuarto de legua del lugar en que nos encontrábamos, y que yo tenía que cruzar para seguir mi camino. Rose era la hija del posadero del lugar; prometí alojarme en su casa durante unos días a fin de dar una última mano a la educación de las preciosas niñas a las que acababa de ofrecer tan instructivas lecciones.
Me adelanté para no dar lugar a sospechas; no tardé en llegar a la posada de las Tres Doncellas, donde encargué una excelente cena, que bien me había ganado.
Poco después llegaron mis tres conquistas; la cereza de mediados de junio no tiene colores más brillantes que los que hermoseaban sus lindas caras; se quejaron del calor y quisieron refrescarse. La señora Coulis, madre de mi Rose, era una buena mujer en toda la extensión del término; compadeció a las muchachas, las riñó por haberse acalorado de aquel modo; mientras tanto, yo les hacía, con la mayor sangre fría del mundo, unos cumplidos que ellas no podían oír sin reírse a carcajadas, como locas.
Papá Coulis, que estaba ausente durante el día, tenía en su casa un violín desafinado que rascaba despiadadamente todos los domingos por la tarde para gran castigo de las orejas que tenían la desgracia de oírle. Yo lo tocaba bastante bien; cojo el instrumento, lo afino y me ofrezco a las damiselas para hacerles bailar en cuanto la cena acabe; aceptan; cenamos como muertos de hambre; luego avisan a unos cuantos chicos, invitan a algunas chicas, y, en un abrir y cerrar de ojos, el baile empieza. La música del violín atrajo nuevos espectadores, y, una hora después de la primera contradanza, toda la juventud danzante del pueblo saltaba bajo los tilos de M. Coulis, comerciante de vinos que vivía a pie y a caballo.
Entre las bellezas aldeanas que se ofrecieron a mi vista, había caras encantadoras a las que, a solas, les habría hecho bailar otra danza, y a las que bien habría querido tener en el bosquecillo de las aventuras galantes.
Eran las siete de la tarde; se bailaba desde hacía cuatro horas cuando unos campesinos anunciaron al señor del lugar y a su esposa. Veo entrar a un hombre alto y seco, todo cubierto de encajes, dando la mano a una mujer muy bonita. La miro. ¡Oh!, sorpresa…, aquella mujer…, ¡era Félicité!…, la misma Félicité a la que yo había dejado en París en el hospital.
Al verla, el violín se me escapa de las manos, cae al suelo, y yo quedo petrificado como si me hubiera mirado la cabeza de Medusa[22].
También me reconoció Félicité; pero, mejor comedianta y más dueña de sí, su cara no se alteró; se comportó con frialdad y calma, como si me viera por primera vez.
Entre tanto, el baile se había interrumpido: los sorprendidos aldeanos abrían los ojos de par en par y no podían concebir la causa de mi estupor. No tardé en darme cuenta de los inconvenientes que podía acarrear mi torpe éxtasis; recogí mi instrumento y me puse a tocar como antes, no sin lanzar sobre mi Félicité unas miradas que parecían preguntarle qué significaba tan extraña metamorfosis.
Félicité se mostró impasible: me miró, pero sin dar la impresión de conocerme. A las nueve, todo el mundo se despidió dándome las gracias por aquel baile improvisado.
En cuanto nos quedamos solos me informé del nombre del señor al que había oído llamar señor vizconde; me dijeron que era el vizconde de Basseroche, cuyo castillo estaba en el otro extremo del pueblo. Me informé luego de si hacía mucho que estaba casado. «Se ha casado este invierno», me dijeron, «en París, con una señorita de alto rango; y desde hace un mes viven en el castillo del que la señora vizcondesa había venido a tomar posesión…».
¡La vizcondesa!… ¿Me habría engañado? ¿Sería otra y no Félicité? Es ella, desde luego…, son sus mismos ojos negros, es esa bonita marca suya que hace resaltar la blancura de la piel de su cuello; es su pecho alto, firme, que sube y baja con la respiración, sobre el que tantas veces he expirado con tanta delicia. Pero ¿cómo se ha convertido Félicité en alta y poderosa dama?… Esperemos que el tiempo nos descubra la clave del enigma.
El padre de Rose llegó a las nueve y media; se enteró con alegría del baile que había tenido lugar, y, sobre todo, de la cantidad de vino cuya venta había causado. Me senté a la mesa con aquellas honradas gentes, y, tras una buenísima cena durante la que Rose me causó algunas distracciones, fui a buscar, en una excelente cama, un descanso que verdaderamente necesitaba.
Esperaba dormir de un tirón toda la noche; pero Rose había decidido otra cosa: hacia las dos de la mañana entró en mi cuarto y sin ceremonias se metió en mi cama; casi la odié, porque un feliz sueño acababa de poner a Félicité en mis brazos; pero tan pronto como mi mano hubo recorrido aquel pecho elástico, aquellos brazos dulces y torneados, aquellos muslos de una firmeza tan poco frecuente, mi cólera se desvaneció para dejar paso a la gratitud.
Agotamos en esa feliz noche todas las posturas extravagantes o voluptuosas que indica el Aretino[23]; nuestros labios, resecos por la fiebre del placer, no encontraban sino más dulzura al unirse; nuestros cuerpos enlazados no podían separarse uno de otro, e, invadidos por una fatiga deliciosa, nos dormimos uno en brazos del otro.
Nos despertamos bien entrado el día. Rose se levantó despacio y regresó a su cuarto.
Tras la marcha de mi compañera de noche, volví a dormirme con nuevos bríos y no fui despertado sino a las diez por la voz del posadero, avisándome de que uno de los criados del señor vizconde de Basseroche solicitaba hablar conmigo para entregarme una nota de parte de su amo.
No tardo en levantarme, bajo, y un gran tunante de seis pies de alto, vestido con una brillante librea, me entrega la siguiente nota:
Perdón, señor, si ayer no os miré; pero mis ojos no podían detenerse en un ministril de aldea. Mi esposa, que entiende, pretende haber descubierto en vuestro rostro irrefutables señales de una elevada cuna. Si, como ella sospecha, sois un hombre como es debido, os ruego que aceptéis un asilo en mi castillo y creáis que me mostraré solícito para procuraros todas las diversiones que estén en mi mano. En caso de que no fueseis más que un plebeyo, os beso las manos[24] y os deseo buen viaje.
Vizconde de Basseroche,
barón des Vieux-Grès, marqués des Carrières,
señor de Chaux-Vive y otros lugares.
Me hizo reír la original carta del señor vizconde; comprendí enseguida que era una argucia de Félicité para tenerme a su lado; por eso, para apoyar la estratagema de mi dulce amiga, di a la galante nota la siguiente respuesta:
Me molesta, señor vizconde, que la sagacidad de vuestra esposa haya desgarrado el velo con que quería cubrirme; sin embargo, como no hay nada más deshonroso que ser tomado por plebeyo, acepto vuestros atentos ofrecimientos, y dentro de pocas horas iré a agradecéroslos en persona.
Príncipe Poleski
Entregué esta nota al criado y deslicé en su mano un luis. Estupefacto, da dos o tres veces la vuelta al luis, me mira boquiabierto y se marcha haciéndome profundas reverencias, pero sin haber encontrado fuerzas para darme las gracias.
Heme aquí, pues, príncipe polaco. En la habitación de mamá Coulis, que está en el mismo plano que la cocina, veo una virgen de escayola adornada con un hermoso cinturón de muaré amarillo a rayas. Como en ese momento estoy solo, cojo el cinturón, subo a mi cuarto, me pongo en bandolera la cinta amarilla, por debajo del chaleco, y me visto.
Un cuarto de hora después, un carruaje de cuatro caballos se detiene en la puerta; cuatro criados vienen detrás; en la posada resuena el nombre del príncipe Poleski; me invitan a subir a la carroza, me siento en ella, y ya tenemos al hijo del burdel camino del castillo de Basseroche.
Capítulo VIII
El castillo del vizconde era realmente magnífico; él me esperaba en la escalinata con su esposa y rodeado por sus criados. No hablaré del aburrido y ridículo ceremonial de la recepción, baste saber que se me instaló en el aposento más hermoso del castillo. Al ver mi banda amarilla el vizconde se inclinó con respeto. Está convencido de que soy hijo de uno de los Grandes de Polonia.
Algo que me importaba infinitamente más era saber cómo Félicité se había convertido en dama de parroquia; y no tardé en saberlo. Tras una espléndida cena a la que fueron invitados todos los gentilhombres del vecindario me permitieron retirarme. El vizconde me acompañó en persona a mi aposento, me puso al tanto de todas las comodidades y me dejó deseándome una buena noche.
Me habría gustado conocer a las personas del castillo, habría tratado de deslizarme hasta Félicité; pero no debía cometer ninguna indiscreción, y una tontería podía, no sólo perderme, sino arrastrar a Félicité al precipicio.
Me parecía que Félicité estaba tan impaciente como yo, pues una linda doncellita, confidente sin duda de su ama, entró en mi cuarto y me invitó a seguirla; no me hice rogar, y a los pocos instantes me encontré en la habitación y en los brazos de mi Félicité.
«Por fin», me dijo, «por fin está aquí mi Querubín; puedo estrecharte contra mi corazón, y dime, amado mío, lo que te ha pasado desde que nos separamos». La doncellita se había retirado discretamente a uno de los gabinetes del aposento, donde estaba su cama. En lugar de responder a Félicité, la tomo en mis brazos, le quito una parte de sus vestidos, hago llover besos sobre todos sus encantos, nuestros corazones palpitan, nuestras bocas se juntan, nuestras lenguas se unen, un complaciente sofá nos recibe, no podemos seguir resistiendo a nuestros fogosos deseos, realizamos el acto, el placer brilla y quedamos desfallecidos uno en brazos del otro.
Cuando nos recuperamos, respondí a las primeras preguntas de Félicité contándole cuanto me había ocurrido desde que me había separado de ella. El relato le hizo morirse de risa; luego le pregunté cómo era que una encantadora pícara como ella se hubiera transformado en alta y poderosa dama; en una palabra, qué aventuras habían metamorfoseado a mi Félicité en la señora vizcondesa de Basseroche. Le rogué que diera satisfacción a mi curiosidad, y ella lo hizo en estos términos.
Historia de Félicité
Mi historia es breve, pero bastante original. Soy realmente de alta cuna. Pertenezco a la familia de L. R., en la que hay duques. Nacida de un gentilhombre de ese apellido, pero poco afortunada, me criaron hasta los doce años en una de las provincias remotas de Francia. En esa época empezaba a sentir necesidades cuya existencia había ignorado hasta ese momento. Era alta y ya estaba formada para mi edad, y a los doce años todo el mundo me echaba quince.
Un proceso que tenía mi padre, y de cuyo resultado dependía la mayor parte de sus bienes, nos obligó, a mi madre y a mí, a ir a París para solicitar de nuestros jueces.
Dada la penuria de dinero, nos vimos obligadas a ir en un coche público. Nos metimos, pues, en el carruaje, en el que, además de distintos viajeros de los que no hablaré, había un joven capuchino de unos veintidós o veintitrés años; el azar me colocó a su lado, y por el contento que vi brillar en sus ojos me pareció que le complacía. Por mi parte, aunque muy inocente, admiraba su piel blanca, sus vivos colores, su barba ligera y graciosamente rizada, y sobre todo una mirada expresiva que tan bien pintaba las sensaciones de su alma.
Mi madre, para rejuvenecerse, siempre me trataba delante de gente como a una niña, a pesar de unas tetitas que empezaban a ser ya muy aparentes; dijo a la compañía que sólo tenía diez años; se admiraron de mi precocidad; pero la mirada del joven capuchino me dijo a las claras que no creía nada de la mentira de mi madre.
Después de comer volvimos a subir al coche; era la estación en que las noches son más largas, de manera que a las cinco estábamos en tinieblas. Pronto sentí la mano de mi capuchino buscando la mía; se la entregué porque, hablando con franqueza, me había gustado. Aquella mano indiscreta no tardó en pasearse por mi pecho buscando la abertura de mis ropas; por desgracia… o por suerte, las había aflojado yo después de la comida, de manera que aquella libertina mano no tardó en penetrar hasta mis lindas tetitas; por ellas paseó largo rato con deleite. Uno de los dedos de mi capuchino trató de hacer eclosionar el ligero capullo que ningún cosquilleo amoroso había agitado todavía. ¿Cómo describirte la sensación que experimenté? Fue embriagadora.
Mientras tanto, el seráfico personaje se había apoderado de una de mis manos, que trataba de introducir por la abertura de su ropa; pronto la depositó sobre un grueso trozo de carne totalmente rígida; porque el reverendo capuchino estaba empalmado como un carmelita.
No sé qué clase de encanto residía en el miembro del hijo de san Francisco; pero en cuanto mi mano empuñó aquel talismán, me fue imposible soltarlo y oponerme a las acciones del reverendo.
En el coche hablaban con bastante vehemencia, de manera que la atención de los viajeros, concentrada en una conversación sin duda interesante, nos dejaba total libertad.
La mano del capuchino, que hasta ese momento se había paseado por mi joven pecho, abandonó ese delicioso sitio; pero fue para apoderarse de otro mucho más agradable; sentí que trataba de introducirse por la raja de mi falda; opuse una débil resistencia que no tardó en vencer; me levantó la camisa, se deslizó por mis muslos y se apoderó de esa preciosa joya que ninguna mano había inspeccionado todavía y que, desde hacía unos meses, se había revestido con un ligero vello que guardaba un gran parecido con la barba del joven monje.
Pronto un ágil dedo se fijó sobre mi joven clítoris y me hizo saborear un placer desconocido para mí hasta ese momento; pero resultó tan vivo que, tras varios suspiros enérgicos, que costó mucho sofocar al capuchino tosiendo con voz estentórea, mi cabeza se apoyó en su hombro y allí permanecí sin conocimiento. Así fue cómo conocí la felicidad y me corrí por primera vez.
Mi mano, sin embargo, no había soltado la firme herramienta de su enclaustrada excelencia; había adquirido una rigidez extrema. No era extremadamente gorda, pero tenía esa honesta carnosidad que tanto convenía a una chica de mi edad. De vez en cuando, su reverencia ayudaba a mi mano a ir y venir para mantener el rito de su asunto: supuse que aquel movimiento le daba placer, y continué el impulso que me había sido dado. Pronto mi capuchino suspiró a su vez, se vio agitado por movimientos convulsos, y yo sentí mis dedos inundados por un cálido y viscoso licor que brotó de aquel miembro sagrado.
Repetimos dos veces el bonito ejercicio; en la segunda, el hermano Ángel, pues así se llamaba, el hermano Ángel, digo, quiso meter su dedo en mi pequeña raja; pero un grito de dolor que contuve le demostró que era virgen, y no siguió adelante en sus pesquisas.
Llegamos a la cena, mi madre quedó sorprendida por mi estado; yo tenía las mejillas púrpura, los ojos abatidos, la respiración entrecortada; una violenta jaqueca que pretexté me sirvió de excusa. Un viejo matasanos de aldea, de esos que se ocupan lo mismo de la salud de los animales que de la gente, me tomó el pulso; decidió que yo tenía una violenta fiebre, que debía meterme en la cama de inmediato, y que el reposo calmaría mi agitación; describió mi enfermedad con estas palabras latinas que recitó con énfasis: Proxima pubertatis index.
Me obligan, pues, a acostarme a pesar del devorador apetito que sentía. Mientras tanto, el hermano Ángel rezaba en un rincón su breviario con la tranquilidad de un bienaventurado; se adelantó en el momento en que yo iba a salir, me dirigió con aire compungido algunas palabras de consuelo sobre mi mala salud y los votos que hacía al cielo por mi pronto restablecimiento. Mi madre, ayudada por la criada, me metió en la cama; pese al devorador apetito que sentía no tardé en quedar sepultada en el más profundo sueño.
Me despertó la criada, que me traía un caldo. Le imploré con tanta insistencia que me trajese algún alimento más sólido que fue a decirle a mi madre que me moría de hambre. El esculapio[25] de aldea subió, y, a pesar de su oposición, conseguí que me dejaran comer la mitad de un pichón que mi madre prometió enviarme enseguida.
El pichón fue devorado entero; luego un sueño reparador terminó devolviéndome las fuerzas; y, con gran asombro del médico de aldea y a pesar de sus predicciones, me levanté al día siguiente más lozana y más guapa que nunca.
Durante los cuatro días que duró el viaje, las amables manos del hermano Ángel me hicieron saborear los placeres de los que eran instrumentos y dispensadoras. Debíamos separarnos por la noche, él iba al convento de los capuchinos de Soissons, donde estaba su residencia. A las cinco de la tarde debíamos cruzar un camino transversal que el hermano Ángel había de tomar para dirigirse a su destino.
Teníamos que subir una montaña de media legua, y todo el mundo se había apeado del coche para aligerarlo; yo me había quedado sola dentro con el hermano Ángel: yo porque nuestros ejercicios manuales me habían puesto pálida y cambiada, y porque mi madre, temiendo que la fatiga me hiciese enfermar, había exigido que me quedase; y el reverendo, porque la víspera uno de los caballos de nuestro pesado viaje le había pisado en el pie, y, aunque no muy herido, el hermano Ángel estaba lo bastante para no caminar sino con dificultad.
–Voy a verme obligado a dejaros –me dijo en tono dolorido.
–¡Ay!, estoy tan apenada como vos.
–Amable Félicité, echaré mucho tiempo de menos los dulces momentos que he pasado a vuestro lado.
–Y yo los placeres que me habéis hecho conocer.
–¿Qué va a ser de mí? Pues ya no es hora de disimular, os adoro. El primer latido de mi corazón fue para vos, y para vos será el último; siento que, alejado de vos, una pronta muerte me liberará de la desdicha de no poder consagraros mi existencia.
A estas palabras, algunas lágrimas corrieron de sus ojos:
–No hay ninguna esperanza –continué yo.
–Ninguna.
–No hay modo alguno de que estemos juntos.
–Conozco uno; pero tiene tan pocas probabilidades de que consintáis en utilizarlo que es casi inútil proponéroslo.
–¿Cuál es?
–¡Ah!, ¿por qué es preciso que juramentos criminales, arrancados a mi inexperiencia, me cuesten la felicidad?
–Veamos el medio que decís.
–De no ser por esos horribles juramentos, de no ser por esos juramentos que detesto, habría podido consagraros cada instante de mi vida.
–Pero, en fin, ¿cuál es vuestro medio para volver a estar juntos?
–Antes de decíroslo, permitidme una pregunta.
–Hablad.
–¿Estáis muy unida a vuestra madre?
–No de forma excesiva; mientras sólo fui una niña siempre me dio muestras de cariño; pero desde que he crecido, es severa conmigo hasta la dureza.
–¿Y vuestro padre?
–¿Mi padre? ¡Ah!… es un buen hombre, eso es todo.
–Y… ¡No me atrevo a decirlo!
–Explicaos, por favor.
–¿Consentiríais en dejarla para seguir al amante más tierno?
–¿Qué me proponéis?…
¿Qué puedo decirte? En fin, el hermano Ángel supo enloquecerme tan bien que me arrancó mi consentimiento, y le prometí no vivir desde entonces más que para él.
Me dio determinadas instrucciones; para evitar toda sospecha, él debía dejarnos donde había anunciado, que era el término de su viaje. Yo debía seguir a mi madre a París, y al día siguiente de mi llegada ir sola, por la mañana, a casa de una tal señora Grosset[26], vendedora de tejidos, en la calle Neuve-Saint-Eustache, junto al Petit Carreau[27]. Esa señora Grosset debía proporcionarme los medios de reunirme con él.
No puedo expresarte su delirio cuando tomamos todas nuestras disposiciones: me prodigó las caricias más ardientes; fue en esa ocasión cuando conocí la dulzura de un beso en la boca y el placer que hace sentir la unión de dos lenguas amorosas.
Al amable hermano Ángel le habría gustado tomar mi virginidad en el acto; pero un vehículo público es un lugar demasiado incómodo para una operación de esa naturaleza.
Se contentó, pues, con hacerme sentir un tipo de goce nuevo para mí; me hizo adelantar el culo en el borde del asiento, me remangó la ropa, me hizo poner los pies en los asientos de las portezuelas, con las rodillas levantadas y los muslos lo más separados posible. Después de haberse recreado unos instantes los ojos con el espectáculo de mis nacientes encantos, se deslizó entre mis piernas, se arrodilló, y su lengua se introdujo en el santuario del amor.
No, es imposible describir el fuego que ese tipo de caricias incendió en todo mi ser. Yo meneaba la rabadilla con tanta agilidad que tenía que sujetarme con fuerza las caderas para impedirme escapar de las caricias de la deliciosa lengua, de la que mi tonsurado amante sabía hacer tan delicioso uso.
Acomodamos luego nuestras ropas y, cuando los viajeros subieron al coche, el hermano Ángel leía en un rincón y yo dormía en el otro. En resumen, el hermano Ángel nos dejó por la tarde, y al día siguiente llegamos a París.
Pasaré por alto las amables o apenadas reflexiones que hice durante todo ese tiempo sobre la próxima reunión con mi capuchino; veinte veces estuve a punto de renunciar; pero el recuerdo de sus embriagadoras caricias era un lazo que me ataba a él y que me resultaba imposible romper; además, sentía que aquellas caricias se habían vuelto, sin que me diera cuenta, una necesidad para mí, y el vacío que dejaba en mi corazón la marcha del hermano Ángel me hacía sentir lo mucho que necesitaba su presencia.
Tomé pues la decisión de cumplir mi promesa, y al día siguiente de mi llegada, mientras mi madre salía para hacer algunas visitas y reanudar relaciones con algunas de sus antiguas amigas, me dirigí a casa de Mme. Grosset. No te haré el retrato de esa mujer, el vicio personificado no es más feo que ella.
Tenía una tienda de reventa; dos o tres chicas bastante amables parecían ocuparse allí de modas; pero su verdadero oficio era dar placer al público a cambio de dinero.
Pregunté tímidamente a aquella mujer si no esperaba a una joven. «Sí», me dijo, «pasad, corazón»; y me hizo penetrar en una trastienda que adornaban dos o tres camas bastante sucias.
–El hermano Ángel me ha informado de todo –me dijo Mme. Grosset en cuanto nos sentamos–; vuestros hábitos están preparados, tenéis que probároslos. Hay una plaza reservada para vos en la diligencia de Soissons, partiréis esta tarde, a las cuatro, con una carta que os daré para el reverendo padre guardián del convento de los capuchinos de esa ciudad.
–Pero –le dije–, señora, ¿qué hábitos vais a darme? ¿Y a título de qué me enviáis a Soissons?
–Como monaguillo, corazón –me dijo la vieja alcahueta; y en ese mismo instante me mostró medias, calzones, una chaqueta morada, levita del mismo color y el resto del atuendo. En un paquete metió dos sotanas, una negra y otra morada, ropa interior, medias, zapatos… Todo me quedaba un poco largo y un poco ancho; pero era de suponer que yo crecería. La señora Grosset también quería cortarme el pelo como los abates; como tenía unos cabellos muy hermosos, me opuse; se vio obligada a elegir para mí una peluca de su tienda; la corta, me la pongo, y heme aquí monaguillo.
Comí con Mme. Grosset, y a las cuatro me embarqué en la diligencia. Sólo había cuatro viajeros: una vendedora de telas, mujer gorda de cuarenta y cinco años, bastante jovial; su hijo, un gran pánfilo de veintidós años, tan nuevo y tan fatuo como si hubiera nacido en una de las tiendas de la calle Saint-Denis; finalmente una alemana, cómica de profesión, llamada Mlle. Claranson, que, a pesar de su acento, iba a cantar con los Dugazon[28] en la buena ciudad de Soissons, cuyos habitantes son entendidos como no los hay y tienen un teatro como no se ve en ninguna parte.
Debíamos pasar la noche en la diligencia y llegar al día siguiente, a las once, a nuestro destino. La noche pasó de manera bastante tranquila, a excepción de los diferentes ataques que dirigió Mlle. Claranson contra mi pudor, bien cogiéndome la mano como por casualidad, bien poniendo la suya en mi muslo y paseándola lentamente por él, bien, en fin, aprovechando un falso sueño para apoyar su cabeza en mi hombro y colocar una boca bastante fresca a dos dedos de la mía; pero resistí a todos sus arrumacos; y José, de casta memoria, no salió más puro de los brazos de Mme. Putifar[29] que yo de las trampas de la cómica alemana, que, en lugar de voulez-vous bien, decía con mucha galanura foutrez-vous-bien[30].
Un pequeño accidente nos retrasó unas horas; nuestros postillones, que habían bebido más de lo que la ordenanza permitía, lanzaron la diligencia a una cuneta. Las dos mujeres, que se creyeron muertas, gritaron de un modo horroroso, y, mientras, fueron libres para enseñarnos sus culos; el gran pánfilo se rompió la nariz contra el hombro de su mamá; yo salí con una desolladura en la pierna. Los postillones, después de hartarse de soltar juramentos, fueron en busca de ayuda; se levantó el pesado vehículo, que volvió a ponerse en movimiento, y a las tres de la tarde hicimos nuestra triunfal entrada en la ciudad de Soissons.
Capítulo IX
El portero de los capuchinos me admitió sin dificultad; hice llevar mis efectos al convento y me instalaron en el recreativo empleo de servir a misa y ayudar a los reverendos padres a cantar bien que mal sus oficios.
Hasta la noche del día de mi llegada no pude ver al hermano Ángel; estaba revestido con el lucrativo empleo de limosnero; y como tenía el arte de conseguir abundantes limosnas, gozaba en el convento de muy buena reputación.
Nada más acostarme, el hermano Ángel, a quien esa tarde sólo había entrevisto, vino a llamar a la puerta de mi modesto cuarto; le abro, y henos aquí uno en brazos del otro. La yedra no se une más estrechamente al olmo de lo que me uní al hombre por el que acababa de cometer la más insigne locura. Él hacía llover una granizada de besos sobre todos mis encantos; dándose cuenta de que dentro de poco no sería ya dueño de sus transportes, me invitó a seguirle a su celda, situada en un lugar mucho más aislado que la mía. En efecto, estaba al final de un largo pasillo, uno de cuyos lados estaba ocupado por un guardamuebles y el otro por la sala capitular.
Nada más llegar, el hermano Ángel me tomó en sus brazos y me llevó a la capuchina cama. En pocos instantes estuvo a mi lado, y sentí la piel dulce y fresca de mi amante unirse a la mía, mis manos temblorosas recorrieron todas las partes de su cuerpo. Las suyas se hicieron dueñas del mío; mis pequeñas tetas, mis brazos, mi vientre, mis muslos, todo fue devorado a caricias y a besos. Su lengua, aquella lengua deliciosa, se introdujo en mi gruta y volvió a encender en ella aquellos deseos ardientes que ya me había hecho probar en la diligencia.
No tardamos ambos en sentir la necesidad de unirnos más estrechamente todavía. El hermano Ángel, cuya rígida herramienta no había soltado mi mano, se acostó sobre mí y se dispuso a metérmela; pero aunque la herramienta del hermano Ángel no fuera de un tamaño gigantesco, yo era tan joven que las partes eran realmente desproporcionadas.
Pero el hermano Ángel no quería llevarse un chasco, y el queridísimo hermano empujaba como un loco furioso; me costó los mayores esfuerzos refrenar los gritos. Mis dientes cortaron el lienzo doblado en cuatro que me había metido en la boca; y, por fin, un último y vigoroso empujón de mi amante remató la tarea y alojó su herramienta entera en mi cuerpo.
Si algo puede repugnar a una mujer de los placeres amorosos es, sin discusión, lo que sufre al perder la virginidad; pero ¡cómo la compensan los innumerables placeres que siguen a unos pocos instantes de dolor! Pasamos el resto de la noche en la misma tarea; yo sufrí mucho menos y por la mañana tuve incluso un relámpago de dicha. Los dos nos habíamos dormido; él se despertó antes que yo y, aprovechando mi profundo sueño, quiso procurarme un momento de goce; me meneó el coño lo bastante fuerte para producir el efecto que esperaba y lo bastante suave para no destruir mi sueño. En ese momento yo estaba bajo el dominio de un sueño feliz, soñaba que estaba en brazos del hermano Ángel, completamente desnudo; pero era todavía más digno de su nombre, pues de sus hombros salían unas brillantes alas. Aquel hermoso ángel me la metía y el placer fue tan vivo que me desperté al correrme.
Mi amante quiso darme una prueba más de su vigor; pero yo estaba tan cansada, tan dolorida que le rechacé de plano y volví a mi cama, donde me disponía a dormir un buen sueño cuando el alba y el primer toque de campana me obligaron a levantarme para empezar las augustas funciones de las que estaba revestida.
Dos meses transcurrieron en medio de una felicidad sin mezcla. En esa época, el guardián recibió una carta de París, tras cuya lectura reunió al capítulo. El hermano Ángel, desde su relación conmigo, tenía cuidado de examinar atentamente cuanto de extraordinario ocurría en el convento; supo enseguida la convocatoria del capítulo, al que él no estaba admitido porque sólo era lego. Se dirigió a su celda que, como he dicho, era contigua a la sala capitular. Hacía tiempo que la curiosidad le había llevado a practicar una abertura imperceptible para cualquiera que no fuera él; se puso a la escucha y oyó con espanto que se hablaba de mí, y que había sido descubierto el secreto de mi sexo.
Parece que Mme. Grosset, la revendedora de ropa de la calle Neuve-Saint-Eustache, no había sido discreta, y que, yéndose de la lengua, había contado nuestra historia a algunas de sus parroquianas, y que a aquellas bromistas de mal gusto les había parecido divertido escribir al padre guardián que el monaguillo conocido con el nombre de Alexis era una chica muy guapa, destinada a los placeres de la comunidad.
El hermano Ángel, tras haber oído la lectura, viendo que no se trataba de él, y que las sospechas de los reverendos tampoco le alcanzaban, se apresuró a buscarme para ponerme al corriente de nuestra desventura.
Yo estaba en la sacristía preparando los ornamentos de la iglesia para las fiestas de Pascua; me lo contó todo de manera precipitada, me entregó algunos luises y una carta para una dama de Soissons, a la que verosímilmente podía confiar aventuras semejantes, y me incitó a marcharme inmediatamente. Yo sentía el peligro, no me lo hice repetir dos veces; en dos saltos estoy en la calle, y en cuatro, en casa de la dama protectora de los amantes descubiertos.
Tras haber leído la carta, me dijo que estuviera tranquila, que en su casa no me ocurriría nada; que, además, iba a trabajar en mi metamorfosis, según las órdenes que había recibido.
Salió y me dejó sola durante una media hora; volvió con un paquete de ropa de mujer de distintas tallas; me las probé y me quedé con una vestimenta de griseta muy bonita y que me sentaba perfectamente bien.
Como aquella mujer era una de las proveedoras del serrallo de Mme. D…y, me propuso si quería ir allí. ¿Qué hacer? No podía vivir con mi capuchino, ya no podía volver a casa de mis padres, estaba sin recursos: acepté.
Así pues, fui enviada a Mme. D…y, en cuya casa estuve hasta el momento en que la locura que pasó por mi cabeza hizo que nos pusieran en la calle, tras lo cual nos metieron a los dos en el hospital.
Ya sabes lo que allí nos pasó, ya sabes de qué manera saliste; pero lo que no sabes es la pena que me causó tu marcha; lo que desconoces son los acontecimientos que me sacaron de aquel lugar de dolores.
Doce días habían transcurrido desde tu marcha, y de mi alma se había apoderado la desesperación más profunda. Mi cabeza sólo pensaba en los medios que debía utilizar para abreviar unos días que eran odiosos para mí cuando un cardenal aliado de mi familia, y que llevaba el mismo apellido que mi padre, vino a inspeccionar la casa. No puedo decirte lo que sentí ante esa noticia, cuando oí que monseñor el cardenal de L. R. debía venir por la mañana.
Era tan desgraciada que no dudé en sincerarme con él. Cuando llegó, me arrojé a sus plantas para pedirle una entrevista en privado, en la que prometí revelarle cosas que le interesaban vivamente. Me la concedió; pasamos a la celda de la superiora: allí le conté todo, ocultándole únicamente el convento donde estaba mi seductor.
Imagina el asombro del buen prelado al encontrar a su prima convertida en una de las prostitutas condenadas a un justo arresto. Sin revelar no obstante lo que acababa de contarle, recomendó a la superiora que tuviera el mayor cuidado de mí hasta el momento en que enviara a recogerme al día siguiente con mi orden de salida.
Tras su marcha, la superiora me interrogó sobre la clase de mis relaciones con el cardenal de L. R. Me negué a satisfacer su curiosidad. Aquella orgullosa mujer habría querido castigarme por mi reserva; pero la especial protección que me había otorgado el cardenal y los cuidados que había recomendado que tuvieran conmigo le infundían respeto.
Al día siguiente llegó un carruaje, y con él una dama de unos cincuenta años, a la que daba la mano un caballero de Saint-Louis; después supe que este hombre era el caballerizo mayor del cardenal, que gozaba de toda su confianza y era digno de ella.
El cardenal sólo se había confiado a él sobre el deplorable estado en que había encontrado a su pariente. El caballerizo había invitado a la dama con la que iba a ayudarle en una buena obra, sin decirle sin embargo quién era yo. Esta persona, una de las damas de caridad de Saint-Sulpice, había consentido en recogerme en su casa hasta que me hubieran vestido decentemente.
Para no aburrirte, te diré en pocas palabras que me metieron en el convento de Pantemont[31] con el nombre de Mlle. de L. R.; que, tras una estancia de dos meses, durante los que el cardenal me había hecho frecuentes visitas, me presentó al vizconde de Basseroche como el esposo que me destinaba mi familia. Consentí en casarme con él para ser libre. El propio cardenal bendijo nuestra unión. Encontré en mi esposo, al que una fuerte dote y un gran apellido hacían muy respetuoso conmigo, un extravagante bastante ridículo, pero buen tipo, sin embargo, y del que hago casi todo lo que quiero. Aquí me tienes convertida en gran dama; pero mi corazón me dice que, si mi familia me da fortuna y lustre, sólo Querubín puede darme la felicidad.
Yo sólo podía darle las gracias a Félicité follándola, y por eso la follé con todas mis fuerzas. Mis facultades parecían centuplicarse para darle pruebas de mi ternura, y, nuevo Anteo[32], recuperaba mis agotadas fuerzas con sólo tocar aquella tierra de delicias.
Durante el día siguiente y los que luego vinieron me fueron prodigados todos los placeres por el vizconde de Basseroche, que seguía creyéndome el príncipe Poleski. De vez en cuando iba en el carruaje del vizconde a visitar a papá Coulis; y Rose, pese a mi dignidad postiza, siempre me veía con renovado placer. Algunas veces iba ella al bosque con sus dos amigas. Yo también iba allí, y allí pasábamos momentos siempre demasiado breves; las noches estaban consagradas a Félicité, a la que el queridísimo vizconde no importunaba mucho en materia de deberes conyugales.
Un mes transcurrió de este modo, y tal vez aún estaría en el castillo de Basseroche de no ser por un acontecimiento que me obligó a dejarlo de manera algo precipitada.
Una tarde en que la cena se había prolongado hasta bastante entrada la noche, me retiré a mi cuarto aturdido por los vapores del vino de Champagne. Quise ir a reunirme con mi Félicité; el dormitorio del vizconde se hallaba un piso más abajo que el de su esposa, y el interior estaba distribuido de la misma manera. En mi borrachera, tomo una puerta por otra y me encuentro en el dormitorio de M. de Basseroche. Los vapores báquicos me impiden darme cuenta de mi error; me quito la escasa ropa que llevo encima y me meto en la cama del vizconde, a su lado. Le abrazo tiernamente; le llamo mi querida Félicité. Le doy las gracias por los inapreciables placeres con que me había embriagado desde mi estancia en el castillo. Suelto sobre todo amargos sarcasmos sobre el bondadoso marido que acogía con tanta amabilidad, bajo el apellido de un príncipe imaginario, al amante de su mujer.
Al oír esta declaración, el vizconde se libera de mis brazos, salta de la cama y se abalanza sobre sus pistolas; el terror que me causa la inesperada presencia de M. de Basseroche expulsa los vapores del vino que turbaban mi cabeza. Me doy cuenta de la amplitud de los peligros que corro; me lanzo hacia la ventana, que sólo está a seis pies del suelo. La abro, salto, y corro por el jardín a toda la velocidad que me permiten mis piernas. El vizconde dispara dos veces sobre mí y no me da; los perros ladran; la casa está en movimiento; hay que huir o perecer.
Llego al final del jardín; un enrejado me sirve de escala. Aunque en camisa y sin medias ni zapatos, trepo rápidamente; la delantera de mi camisa se engancha; son inútiles mis esfuerzos por soltarla; yo tiro, la tela se desgarra; la delantera se queda en el enrejado; alcanzo lo alto del muro; detrás hay unos grandes árboles; me agarro a una rama, me dejo caer. La rama me lleva sin peligro hasta el suelo, y sin detenerme empiezo a huir corriendo a campo través.
Tras un cuarto de legua recorrido por tierras labrantías con la rapidez de un hombre que huye de la muerte, me detuve un instante para meditar sobre la decisión que debía tomar; los relojes de los pueblos circundantes daban las dos. Estaba desnudo, y la delantera de mi camisa arrancada hasta la mitad de mi vientre. Sin ropas, sin dinero, la perspectiva no era muy halagüeña.
Decidí proseguir mi camino, dispuesto a declarar en el primer lugar que entrase que había sido robado por los ladrones. No tardé en encontrar un camino transversal, y lo seguí; el día empezó a alborear a las tres y media, y a doscientos pasos vi la puerta de un convento; la campana llamaba a maitines: llamé. Una voz estentórea preguntó:
–¿Quién anda ahí?
–Abrid –dije–, por humanidad.
–¿Quién sois?
–¡Un desdichado al que han robado los ladrones!
La puerta se entreabrió, y un capuchino me hizo pasar.
Avisado, llegó el padre guardián. Oí que le llamaban reverendísimo padre Ángel. «¿No será éste», me pregunté a mí mismo, «el primer amante de mi Félicité?». Le pedí una entrevista en privado. Cuando estuvimos a solas, le dije:
–Mi reverendo padre, ¿no habéis conocido a una persona llamada Félicité de L. R.?…
El padre guardián se puso pálido al oír la pregunta.
–Tranquilizaos –le dije–, soy amigo suyo, y no dependerá de mí que no lo sea vuestro.
–¿Quién os ha dicho?…
–Ella misma. Acabo de dejarla hace unas horas, me ha contado vuestra historia.
–¿La dejáis con esa indumentaria?
–Esto es la consecuencia de un suceso que voy a contaros.
Di cuenta al padre Ángel de los acontecimientos que habían hecho de Félicité la señora vizcondesa de Basseroche, y de la desdichada aventura que me había obligado a escapar del castillo. El prior estaba maravillado por todo aquello, recordaba la perfección de los encantos que hacía tiempo había palpado, y la esperanza de sacarles todavía partido hacía brillar sus ojos de lujuria.
–No puedo daros las ropas que os faltan –me dijo–, porque nosotros no las utilizamos; no llevamos ni medias, ni zapatos, ni calzones, ni camisa; lo único que puedo hacer es prestaros una capa de capuchino y unas sandalias. Aquí tenéis un luis, es el único dinero de que puedo disponer. En el primer pueblo podréis comprar ropas. Yo me encargo de hacer que os devuelvan cuanto os pertenece por el señor vizconde de Basseroche, a cuya casa iré esta misma mañana; haré llegar vuestros efectos a nuestros hermanos de Moulins. En cuanto lleguéis a esa ciudad, id al convento de los capuchinos, allí recogeréis vuestras cosas y les devolveréis la capa que consiento en confiaros. ¿Os conviene este acuerdo?
Agradecí vivamente al padre Ángel sus bondades conmigo y, después de un almuerzo mejor de lo que es de ordinario la capuchina pitanza, me despedí vestido con la bienaventurada capa, unas seráficas sandalias y un luis en la mano.
Acababan de dar las cinco, a lo lejos veía un pueblo; yo seguía la tapia de un jardín que, verosímilmente, era el de la casa señorial. Seguía esa tapia desde hacía unos diez minutos cuando llegué a un ángulo formado por un elegante pabellón; dispuesto a seguir mi camino, una voz fresca y melodiosa que oigo me hace volver la esquina de la tapia para ver de dónde salía aquella voz.
Veo en una de las ventanas del pabellón a una mujer de unos veinticuatro años, lozana como la rosa y con un desorden en las ropas propio de una persona que sale de la cama; su camisa no abotonada dejaba ver su hombro, la mayor parte del brazo y un par de tetas como hay pocas.
Aquella joven, sorprendida al verme con las piernas desnudas y con capa de capuchino, dio un gritito de espanto.
–Tranquilizaos, señora –le dije–, no soy ningún malvado. Mis enemigos me han reducido a esta situación. Por suerte, un religioso caritativo me ha prestado la capa para cubrir mi desnudez.
–¡Cómo!, ¿estáis desnudo bajo esa capa?
–Ya lo veis, señora.
Abro entonces la capa. Mi herramienta, que a la vista de las tetas de la linda joven se había empalmado, fue lo primero que sorprendió sus miradas.
–¡Ay, pobre desdichado! Tomad, aquí tenéis una llave para abrir la puertecita verde, voy en vuestra ayuda.
Me tira la llave. Abro la puerta, y heme aquí dentro del jardín.
Capítulo X y último
No tardó la joven en estar a mi lado; me guió al pabellón del que salía; se mostraba tan solícita para cumplir con los deberes de la hospitalidad que aún no había pensado en reparar el desorden de sus ropas.
Por mi parte, bien por distracción, bien por otro motivo, había dejado de mantener los bordes de mi capa cruzados sobre mi pecho; se habían separado, y la parte saliente, que había sorprendido al principio las miradas de mi compañera, adquiría a cada instante más consistencia y más firmeza. Con el rabillo del ojo cada uno de nosotros miraba lo que se ofrecía a sus miradas; suspiros ardientes cuyo nacimiento provocaba el deseo escapaban de nuestros pechos; nuestro paso era incierto. Aquel violento estado no podía durar; y no duró.
Una vez en el pabellón me invitó a meterme en su cama mientras se hacía todo lo posible por conseguirme ropa. No me hice de rogar, y mi introductora vino a sentarse en un sillón a mi lado.
Me preguntó qué aventura me había obligado a pasear de noche con una indumentaria tan grotesca. Le conté cuanto acababa de ocurrirme en el castillo de Basseroche. Mi relato la hizo reír mucho.
Por su parte, me dijo que era la sobrina y heredera de un recaudador general de impuestos, extraordinariamente rico, que en ese momento se encontraba en París; que el recaudador vendría dentro de poco con un hombre de calidad, con el que se proponía casarla; que durante la ausencia de su tío solía acostarse en aquel pabellón porque la vista era infinitamente más agradable que la del castillo; por último, que se felicitaba de su traslado, porque le había servido para ser útil a un joven tan amable como yo parecía ser. Dijo estas palabras con voz temblorosa, sonrojándose y bajando los ojos. Yo le cogí la mano, que llevé a mis labios; ella la retiró; una encantadora sonrisa vino a embellecer su amable rostro.
Mi joven compañera se levantó, me rogó que tuviera paciencia, que volvería en cuanto le fuera posible. Tras decir estas palabras, salió dejándome encerrado con doble vuelta de llave.
Hice no sé cuantas reflexiones sobre la extravagancia de mi estrella, que sólo me colocaba sobre un pináculo para arrojarme de él enseguida; pero, como en todos los sucesos enojosos que habían ocurrido en mi vida, siempre había llegado un momento de felicidad tras el del infortunio, sentía que hacía mal en quejarme, hay tantos seres que valen mucho más que yo y que sólo han conocido la desdicha.
Laure, tal es el nombre de mi protectora, no tardó en volver; traía media botella de licor, galletas y ropas de su tío. Imagínese un traje marrón, adornado con un ancho galón de oro; calzones del mismo color, con las jarreteras también galoneadas de oro; la chaqueta de raso blanco, brocada en oro, lentejuelas y seda; medias de seda blancas, zapatos anchos y redondos; pequeñas hebillas de oro cuadradas; sombrero galoneado. Júzguese la pinta que debía de tener el pobre Querubín con sus dieciséis años y medio bajo semejante atuendo.
Así pues, me vestí mientras la loca de Laure reía como una extravagante ante mi aspecto de financiero, al que sólo le faltaba la peluca a la brigadière [33] y el bastón con puño de pico de ave. Tomé a Laure en mis brazos y, mientras le expresaba mi gratitud, apliqué un sabroso beso sobre su boca bermeja. Mi mano se atrevió a deslizarse bajo una pañoleta anudada con bastante descuido. Laure me rechazó, pero con cierta blandura que me anunció que no sería mucho tiempo rebelde a mis caricias.
Iba a aventurar alguna cosa decisiva cuando vino a llamar al pabellón un criado, y anunció a Laure que el carruaje de su tío estaba entrando en la avenida; me enojó lo indecible aquel contratiempo, pero ¿qué hacer? Otra vez sería. Laure se dirigió al castillo para recibir al queridísimo tío y, verosímilmente, al ilustre pretendiente. Me quedé dueño del pabellón, donde ella había prometido visitarme en cuanto pudiera disponer de un instante; y de nuevo quedé encerrado.
Bastante inquieto por los medios que utilizaría para ocupar mi tiempo, me entretuve contemplando el jardín a través de los barrotes de una persiana que estaba cerrada; de pronto vi llegar a un pequeño ayudante de jardinero, de más o menos dieciséis años, que traía de la mano a una linda aldeanita de su misma edad. Fueron a sentarse en un banco de piedra al pie de la tapia, frente al pabellón. Una hornacina de follaje en la que estaba colocado impedía que el banco se viera desde el castillo.
–Geneviève –dijo el aldeano–, ven a mi lado.
–¿Qué quieres, Jacquot?
–Decirte muchas cosas, Geneviève.
–¿Y qué más?
–En el castillo todo el mundo está ocupado en recibir a M. Duremont; la señorita está allí con los demás; por lo tanto no hay nadie en ese pabellón; así que nadie nos interrumpirá.
–Bueno, ¿adónde quieres llegar con tus preámbulos?
–A enseñarte algo que te asombrará mucho.
–¿Qué es?
–Antes tienes que enseñarme lo que tienes debajo de tu pañoleta.
–No quiero.
–Entonces no verás lo que quería enseñarte.
–Pero ¿qué te importa lo que tengo debajo de la pañoleta?
–Tengo que verlo antes de enseñarte lo que quiero decir.
–Bueno, mira debajo de la pañoleta.
–¡Oh!, qué bonito…, y qué firme…
–No frotes así la punta, me haces cosquillas.
–¡Qué bonito!
–Bueno, y ahora tienes que mostrarme lo que querías enseñarme.
–Sí.
–¿Te desabrochas los calzones?
–Es necesario… Toma, mira.
–¡Oh!, qué cosa tan divertida.
–¿Verdad que es divertido, Geneviève?
–Y… ¿qué son esas cosas que cuelgan debajo?
–Son los huevecillos.
–Hay como unas bolitas que están encerradas dentro, y ruedan.
–¿Sabes para qué sirve este aparato, Geneviève?
–No, Jacquot.
–Sirve para meterla en la rajita que tienes entre las piernas.
–¡Bah!…
–¿Quieres probar?
–No, me haría demasiado daño.
–¡No, que no!
–Te digo que un día quise meterme la punta de mi dedo pequeño, y me hizo mucho daño.
–Te digo que será bastante ancha.
–Te digo que no. Mira y verás.
–¡Oh!, ¡qué pelo tan bonito! ¡Y qué negro!
–Aparta el pelo, y verás que no es bastante ancha.
–Tienes razón, es muy pequeña; sin embargo, tu prima Javotte hizo que se la metiese ayer en la suya, y esto entró solo.
–¿Mi prima Javotte te ha hecho poner esa cosa en su raja?
–Sí, en la raja.
–Me extraña mucho, es más pequeña que yo, tengo un año más.
–Como ves, si la he metido en la raja de tu prima Javotte, que es más joven que tú, bien puedo meterla en la tuya.
–Escucha, Jacquot, quiero que pruebes, pero si me hace daño, te lo digo enseguida.
Júzguese mi estado durante este diálogo, y sobre todo la pantomima que lo acompañaba. El señor Jacquot se empeñaba en metérsela a la señorita Geneviève; en materia de placeres amorosos soy bastante egoísta: no quise que el aldeano gozase tranquilamente de su conquista, y en el momento en que ella empezaba a gritar, cogí una naranja y se la tiré con todas mis fuerzas. La naranja, lanzada en serio, golpeó con violencia la espalda del patán. No cierro la persiana con suficiente rapidez, Jacquot se vuelve, me ve, reconoce las ropas y echa a correr gritando: «¡El señor Duremont! Estamos perdidos». Geneviève echa a correr hacia el otro lado, y yo me quedo solo riéndome de su susto.
Pero no iba a tardar en arrepentirme de haber interrumpido los placeres de Jacquot. Corriendo, había ido a parar, tras el recodo de una alameda, en medio del grupo: chocó contra M. Duremont. Al verle, lanzó un grito de terror y a punto estuvo de caer patas arriba. Le preguntaron qué le pasaba; se hizo rogar largo rato, y al fin confesó que su terror venía de que acababa de ver a M. Duremont en el pabellón y que volvía a encontrarlo en medio de la compañía. Le dijeron que estaba loco, pero afirmó con tal insistencia que en ese mismo momento M. Duremont estaba en el pabellón que el grupo, curioso por descubrir aquel misterio, se encaminó hacia aquel lado.
Laure siguió a todo el mundo, pálida y temblorosa, sin saber qué decidir. Al llegar al pabellón, M. Duremont le pidió la llave, ella dijo que no la tenía. «Algo pasa», dijo el tío mirando a su sobrina con aire severo, «algo que voy a tratar de aclarar; y mientras un criado va al castillo en busca de las herramientas necesarias para echar abajo la puerta, vamos a quedarnos aquí, para que quien esté encerrado dentro no pueda escaparse».
Yo estaba muy inquieto durante ese coloquio, sobre todo porque, además de cuatro o cinco personas, había un coronel de dragones, hombre enorme, de treinta y tres a treinta y cuatro años; y porque aquel oficial había echado mano a la espada para guardar la puerta del pabellón.
Yo no tenía armas. Buscaba por todas partes para ver si encontraba algo que me pudiera servir. En un pequeño guardarropa descubrí una vieja espada de duelo; y decidí arrostrar todo; abrí la ventana.
–¿Qué me queréis? –exclamé.
–¿Qué hacéis en mi casa? –me dijo Duremont.
–Estoy aquí a consecuencia de una aventura que sería demasiado larga de contar; por el momento ha de bastaros saber que la señorita es totalmente inocente de lo que podáis acusarla; que sólo ha escuchado la voz de la humanidad al introducirme en este pabellón. Si esta explicación no os contenta, soy gentilhombre; tengo una espada y ahora mismo bajo.
De dos saltos llegué al pie de la escalera y abrí la puerta. Laure, desmayada, estaba en brazos de un criado.
–A vos, señor conde, toca vengarnos de un embaucador –dijo Duremont dirigiéndose al coronel.
El conde mira hacia mí.
–¡Qué veo!… –exclama poniéndose pálido–. Esos rasgos…
–Os quedáis inmóvil –dice el fogoso Duremont–. Esta conducta es indigna del conde de B…
–¿El conde de B…? –exclamé a mi vez–. ¡Ah, mi corazón no me había engañado! ¡Sois mi padre!… –y me lancé a sus brazos.
–Vuestro padre –dice él con voz emocionada y retrocediendo un paso.
–Sí, vos sois mi padre, no arrojéis de vuestro seno al hijo de la infortunada Cécile…
–Cécile –dice con voz moribunda, y sus piernas se doblaron. Corrí hacia él y le sostuve en mis brazos.
Efectivamente, se trataba de mi padre, que venía a casarse con Laure. Tras la pendencia en que había matado a Saint-Firmin, había pasado a Suecia, donde ingresó en la milicia; había mantenido correspondencia con un amigo que le había hecho saber que Cécile había expirado al dar a luz un niño muerto; que aquella nueva era la razón de que, a su vuelta, no hubiera hecho ninguna pesquisa para encontrarme.
Me preguntaron por qué aventura me encontraba en el castillo. Conté la historia de mi vida entera ocultando los acontecimientos que tenían necesidad de serlo. Se rieron mucho, sobre todo de mi viaje con capa de capuchino, y Laure quedó totalmente justificada.
Por fin, lectores, he encontrado a mi padre; Laure es mi madrastra; el hermano Ángel me ha escrito que, gracias a sus cuidados, Félicité está en perfectas relaciones con su esposo, quien está convencido de la falsedad de sus sospechas, y que él, capuchino indigno, es el amigo de la casa.
Mi padre me ha dado un tenientazgo en su regimiento. Aún no tengo diecisiete años y ya soy oficial de dragones; es un vivero de aventuras. Si me ocurren nuevas, y acogéis favorablemente las que pongo ante vuestros ojos, me apresuraré a comunicároslas. Y con esto, ruego a Dios que os tenga en su santa y digna guarda.
Fin
Nota de los editores
En este momento tenemos entre manos la continuación de las Aventuras de Querubín; son infinitamente más variadas, más originales y más picantes que las primeras. Si éstas tienen el éxito que esperamos, nos apresuraremos a entregar las otras a la impresión.