EL GUSANO VOLADOR

Brian W. Aldiss

Cuando la nieve empezó a caer, el viajero estaba demasiado absorto en sus ensueños para darse cuenta. Andaba lentamente, con sus rígidas y elaboradas vestiduras, pliegue sobre pliegue, adorno sobre adorno, separándose de su cuerpo como la tienda de un hechicero.

El camino a lo largo del cual andaba se había ido hundiendo en un gran valle, y cada vez quedaba más cercado por paredes montañosas. En varias ocasiones había parecido que no podía encontrarse un camino de salida de aquellas enormes acumulaciones de materia terrestre, que el enigma geológico era insoluble, pero entonces valle y cerro pequeño creaban entre ellos una nueva dirección, una sorpresa, un escape, y el camino tomaba nuevo aliento y se hundía más profundamente aún en el solevantamiento circundante.

El viajero, cuyo nombre era Tapmar para su esposa y Argustal para el resto del mundo, seguía esta armonía natural en completa parestesia, tan cerca estaba en espíritu de la atmósfera que reinaba aquí. Este lazo era tan fuerte, que la caprichosa nevada no hacía más que intensificar la comunicación.

Aunque sólo era mediodía, el cielo mostraba el intenso gris azulado del atardecer. Las Fuerzas anidaban de nuevo en el sol, obscureciendo su luz. En consecuencia, Argustal apenas fue capaz de detectar el momento en que la mole fracturada de roca que se erguía a su lado izquierdo, y cuya cima invisible se hallaba a una milla por encima de su cabeza, quedaba parchada por medios artificiales y se penetraba en el dominio de los Hombres-árbol de Or.

En otra revuelta del camino, Argustal vio a otro viajero delante de él, caminando en dirección a él. Era un gran pino, inmóvil hasta que el calor penetró de nuevo el mundo y la savia se removió lo suficiente en sus entrañas para hacerle progresar lentamente hacia adelante una vez más. Agitó sus faldas verdes, apologético pero sin hablar.

Aquel encuentro bastó para levantar su conciencia por encima del nivel del trance. Su mente extendida, que se había alargado para abarcar la espléndida discordancia terrestre de los alrededores, se encogió para concentrarse de nuevo en las particularidades de su situación, y vio que había llegado a Or.

El camino se bifurcaba, incapaz de elegir entre dos quebradas poco prometedoras; Argustal vio un grupo de humanos de pie como estatuas en la bifurcación de la izquierda. Avanzó hacia ellos, y permaneció allí silencioso hasta que ellos reconocieran su presencia. Detrás de él, la nieve húmeda se deslizaba en las huellas de sus pisadas.

Aquellos humanos estaban muy avanzados en la Nueva Forma, tal como Argustal había sido advertido. Eran cinco, con sus grandes extensiones branquiales soportando un tierno follaje parduzco, y uno de ellos alcanzaba una altura de casi veinte pies. La nieve se alojaba en sus ramas y en su pelo.

Argustal esperó durante un largo espacio de tiempo, hasta que estimó que la tarde estaba muy avanzada, antes de comenzar a impacientarse. Haciendo bocina con sus manos, gritó:

—¡Hombres-árbol de Or, despierten de vuestro sueño arbóreo y conversen conmigo! Mi nombre es Argustal para el mundo, y he viajado desde mi hogar en el lejano Talembil, donde el mar tiene un color rosado con el plancton de primavera. Necesito de ustedes un componente para mi paraproyector, de modo que les suplico que hablen.

Ahora, la nieve había desaparecido. Una lluvia abrasadora había disuelto sus huellas. El sol brillaba de nuevo, pero su ojo desfigurado no miraba nunca al fondo de aquella quebrada. Uno de los humanos sacudió una rama, esparciendo a su alrededor gotas de agua, y se preparó para hablar.

Era un humano pequeño, de no más de diez pies de estatura, y la antigua forma primate que había empezado a abandonar hacía un par de millones de años, tal vez, era todavía evidente. Entre los nudos y verticilos de su carne, podía discernirse su boca; la abrió y dijo:

—Nosotros hablamos contigo, Argustal-para-el-mundo. Eres el primer hombre-mono que ha recorrido este camino en mucho tiempo. De modo que te damos nuestra más cordial bienvenida, aunque hayas interrumpido nuestra búsqueda de nuevas ideas.

—¿Han encontrado alguna idea nueva? —inquirió Argustal, con su acostumbrada osadía—. He oído decir que no había ninguna en todo Izazys.

—Es cierto. Pero es mejor que nuestro decano te hable de ellas, si lo estima oportuno.

Argustal no estaba seguro de querer oír lo que eran las nuevas ideas, ya que los Hombres-árbol eran conocidos por sus desviaciones a lo incomprensible. Pero hubo una especie de furor entre los cinco, como si unos vientos particulares se agitaran en sus ramas, y Argustal se sentó en un peñasco, disponiéndose a esperar. Su propia investigación era tan importante que todos los impedimentos para su realización parecían desdeñables.

El hambre le asaltó antes que hablara el decano. Rebuscó a su alrededor y encontró unas raíces arrancadas debajo de unos troncos, y recogió un puñado de diminutos peces en el arroyo y otro puñado de bayas de un arbusto que crecía junto al arroyo.

Cayó la noche antes que hablara el decano. Mientras se aclaraba la nudosa garganta, una estrella marchita se encendió en el cielo. Era Hrt, la piedra llameante. Ella y el sol de Izazys ardían solos en el mismo borde de la catarata de fuego que era el Universo. Todo el resto del cielo nocturno, en este hemisferio, estaba lleno del ilimitado terror del vacío, una nada amenazadora que se prolongaba sin final ni principio.

Hrt no tenía mundos que la esperasen. Era la última cosa del Universo. Y, por el parpadeo de su luz, los ciudadanos de Izazys sabían que estaba infestada ya por las Fuerzas que habían brotado a enjambres de sus nidos en el corazón de la moribunda galaxia.

El ojo de Hrt parpadeó muchas veces en la vacía calavera del espacio antes que el decano de los Hombres-árbol de Or se dirigiera a Argustal.

Alto y nudoso, sus cuerdas vocales estaban encastradas dentro de su retorcido cuerpo, y hablaba curvando sus ramas hasta que sus tallos más finos, situados contra su boca, permitían soplar a través de ellos una susurrante versión de lenguaje. El gesto le confería el aspecto de una solterona hablando con un dedo pegado a los labios.

—En realidad tenemos una nueva idea, Argustal-para-el-mundo, aunque es posible que esté más allá de nuestras posibilidades de expresión o de tu capacidad de comprensión. Hemos percibido que existe una dimensión llamada tiempo, y de ello hemos extraído una deducción.

»Te explicaremos el tiempo dimensional de un modo muy simple. Sabemos que todas las cosas han vivido tan prolongadamente en Izazys que sus orígenes se han olvidado. Lo que podemos recordar nos lleva desde aquella cosa perdida-en-la-niebla hasta el momento presente; es el tiempo en que vivimos, y nosotros estamos acostumbrados a pensar en él como en todo el tiempo que existe. Pero los hombres de Or hemos razonado que no es así.

—Tienen que existir otros tiempos pasados en las perdidas distancias del tiempo —dijo Argustal—, pero no son nada para nosotros, debido a que no podemos tocarlos como podemos tocar nuestros propios pasados.

Como si esta observación no hubiese existido, el susurro plateado continuó:

—Del mismo modo que una montaña parece pequeña cuando se contempla desde otra montaña, las cosas de nuestro pasado que recordamos parecen pequeñas desde el presente. Pero, supongamos que retrocedemos a aquel pasado para mirar a este presente... No podríamos verlo, aunque sabríamos que existe. De esto deducimos que existe aún más tiempo en el futuro, aunque no podamos verlo.

Durante largo rato le fue permitido a la noche existir en silencio. Luego, Argustal dijo:

—Bueno, no me parece un razonamiento demasiado maravilloso. Sabemos que, si las Fuerzas lo permiten, el sol volverá a brillar mañana, ¿no es cierto?

El pequeño Hombre-árbol que había hablado en primer lugar dijo:

—Pero «mañana» es tiempo expresional. Nosotros hemos descubierto que mañana existe también en tiempo dimensional. Es ya real, tan real como ayer.

«¡Espíritus sagrados! —pensó Argustal—. ¿Por qué me he dejado enredar en filosofías?»

Y en voz alta, dijo:

—Háblenme de la deducción que han extraído de todo esto.

Otra vez el silencio, hasta que el decano reunió sus ramas y susurró desde un emparrado de vástagos:

—Nosotros hemos demostrado que el mañana no es una sorpresa. Es tan inalterado como el hoy o el ayer, otra yarda del sendero del tiempo, simplemente. Pero nosotros comprendemos que las cosas cambian, ¿no es cierto? Tú comprendes eso, ¿verdad?

—Desde luego. Ustedes mismos están cambiando, ¿no?

—Ciertamente, aunque ya no recordamos lo que éramos antes, porque ello se ha hecho demasiado pequeño en el tiempo. Consecuencia: si el tiempo es todo de la misma calidad, no hay cambios posibles. Consecuencia: existe otro elemento desconocido en el mundo que fuerza los cambios.

Así, en sus fragmentarios susurros, volvían a introducir el pecado en el mundo.

Debido a la oscuridad, Argustal experimentó la necesidad de dormir. Con permiso del Hombre-árbol decano, trepó a sus ramas y permaneció allí completamente dormido hasta que el alba retornó al fragmento de cielo que se recortaba entre las montañas y se filtró hasta su retiro. Argustal saltó al suelo, se despojó de sus ropajes exteriores y realizó sus acostumbrados ejercicios. Luego habló otra vez a los cinco seres, contándoles lo de su paraproyector, y preguntó por ciertas piedras.

Aunque no era probable que comprendieran lo que andaba buscando, le concedieron permiso, y Argustal inició su recorrido por los alrededores, tratando de encontrar una piedra necesaria.

La quebrada estaba bloqueada en su extremo más lejano por un desprendimiento de rocas, pero el arroyo conseguía filtrarse a través de los intersticios. Trepando trabajosamente, Argustal escarbó sobre la masa rocosa hasta encontrarse en un pasadizo húmedo y frío, una simple cavidad entre dos lomos de montaña. Allí la luz era escasa, y apenas podía verse el cielo, debido a las rocas que colgaban sobre los numerosos anaqueles pétreos por encima de su cabeza. Pero Argustal apenas miraba hacia arriba. Seguía el arroyo desde donde fluía en la propia roca, hasta desvanecerse para siempre de la vista humana.

Llevaba tanto tiempo en su negocio, adiestrado a través de tantos milenios, que las piedras casi le hablaban. Y estaba más seguro que nunca de encontrar una piedra que encajara en su gran proyecto.

Estaba allí. Inmediatamente encima del agua, con la parte superior pulimentada. Cuando la hubo librado de los guijarros y la grava que la rodeaban, la levantó y pudo ver que por debajo estaba ligeramente mellada, como si a una goma lisa le crecieran dientes negros. Quedó sorprendido, pero se agachó para examinarla y se dio cuenta que para su proyecto de paraproyector era necesaria precisamente cierta rugosidad. Inmediatamente se le reveló la fase siguiente del proyecto, y por primera vez vio la cosa tal como sería en su totalidad. La visión le desconcertó y le excitó.

Se sentó donde estaba, con los dedos alrededor de la piedra lisa-rugosa, y por algún motivo desconocido empezó a pensar en su esposa Pamitar. Se sintió invadido por una cálida sensación amorosa, hasta el punto que se sonrió a sí mismo y enarcó las cejas.

Cuando se puso en pie y trepó fuera del desfiladero, sabía mucho acerca de la nueva piedra. Su olfato-para-las-piedras intuyó la época en que su tamaño era mucho mayor, cuando ocupaba una gran posición en una montaña, cuando se sumió en las entrañas de la montaña, cuando había sido un componente de un lecho de roca, cuando aquella roca había sido légamo, cuando había sido una lluvia suave de sedimento volcánico, filtrándose a través de una atmósfera irrespirable y a través de mares cálidos en un lugar cercano y desconocido.

Con tierno respeto, se guardó la piedra en un bolsillo y emprendió el camino de regreso. No se despidió de los cinco de Or. Estaban juntos, mudos, con las ramas entrelazadas, soñando en el oscuro pecado del cambio.

Argustal se dirigía ahora rápidamente hacia su hogar, viajando primero a través de las tierras fronterizas de la Antigua Crotheria y luego a través de la región de Tamia, donde sólo había barro. Existían leyendas que decían que Tamia había conocido la fertilidad en otras épocas, y que peces de abigarrados colores habían nadado en arroyos que discurrían entre bosques; pero ahora el barro lo había conquistado todo, y las pocas aldeas eran de barro cocido, en tanto que los caminos eran de barro seco, el cielo era del color del barro y los escasos seres humanos color-de-barro, que decidieron quedarse a vivir allí por sus propios motivos manchados de barro, tenían apenas astas creciendo en sus hombros y parecían a punto de licuarse en barro. No había una sola piedra decente en toda la región. Argustal encontró a un árbol llamado David-junto-al-foso-que-seca que estaba moviéndose en su propia región natal. Deprimido por el interminable color pardo de Tamia, Argustal suplicó al árbol que le condujera un trecho y trepó a sus ramas. Era viejo y nudoso, con ramas y raíces igualmente retorcidas, y hablaba espaciando mucho las sílabas de sus pocas ambiciones.

En tanto escuchaba, esforzándose en recordar cada sílaba mientras esperaba la siguiente, Argustal vio que David hablaba tal como lo había hecho la gente de Or, cubriendo con vástagos sibilantes un orificio en su tronco; pero en tanto que parecía que los Hombres-árbol estaban perdiendo el uso de sus cuerdas vocales, el árbol-hombre estaba desarrollando algunos de los tegumentos de sus fibras, de modo que se convertía en un atractivo problema averiguar quién inspiraba a quién, quién copiaba a quién, o si —ya que ambas partes parecían tan absortas en sí mismas que esto era también una posibilidad— habían llegado a una imagen-espejo de perversidad independientemente.

—El movimiento es la belleza primordial —dijo David-junto-al-foso-que-seca, y tardó muchos grados del sol a través del cielo de lodo en decirlo—. El movimiento está en mí. En el suelo no hay movimiento. No hay movimiento en el suelo. El suelo permanece quieto, y reposar en el suelo equivale a no ser. La belleza no está en el suelo. Más allá del suelo está al aire. El aire y el suelo hacen todo lo que existe, y yo soy producto del suelo y del aire. Yo era del suelo y del aire, pero seré sólo del aire. Si existe suelo, existe otro suelo. Las hojas vuelan en el aire y mis anhelos están con ellas, pero ellas sólo son parte de mí debido a que soy de madera. ¡Oh, Argustal, tú no conoces los pesares de la madera!

Argustal no pudo asentir, ya que mucho antes que David completara su discurso la luna se había levantado y la silente noche de lodo había caído con Hrt parpadeando por encima de sus cabezas, y él estaba dormido en las retorcidas ramas de David, con la piedra en su bolsillo.

Dos veces más se durmió, dos veces más contempló su lento progreso a lo largo de los caminos secos, dos veces más trabó conversación con el melancólico árbol. Y cuando despertó de nuevo, todos los cielos estaban cubiertos de nubes algodonosas que mostraban el azul entre ellas, y a poca distancia se divisaban unas colinas bajas. Argustal se bajó de un salto. Allí crecía el césped y el camino estaba empedrado de guijarros. Aulló y gritó de placer. El barro había desaparecido.

Expresando a voces su gratitud, echó a andar a través del brezal.

«... crecimiento...», dijo David-junto-al-foso-que-seca.

El brezal terminó bruscamente y dio paso a la arena, bordeada de hierba que rozaba las ropas de Argustal mientras éste avanzaba. Este era su propio país, y Argustal se regocijó, orientándose por los ocasionales montones de piedras que apuntaban un dedo de sombra a través de la arena. En un momento determinado una de las Fuerzas voló por encima de él, de modo que por un instante de terror el mundo quedó sumido en la noche, retumbó el trueno y un centenar de gotas de lluvia descendieron del cielo; luego se encontraba ya en los lejanos confines del dominio del sol, sumergiéndose en otra parte..., no importa dónde.

Pocos animales, y menos aves, sobrevivían aún. En los suaves desiertos de Talembil Exterior eran particularmente raros. Sin embargo, Argustal pasó junto a un ave posada sobre un montón de piedras, con su ojo anublado por millones de años de peligro. Al verle agitó una de sus alas, en tributo a antiguos reflejos, pero Argustal respetaba demasiado el hambre en su estómago para tratar de aplacarla con entrañas y plumas, y el ave pareció reconocer el hecho.

Estaba acercándose a su hogar. El recuerdo de Pamitar le precedía agudamente, de modo que podía seguirlo como un rastro. Pasó junto a otro individuo de su raza, un viejo mono que llevaba una máscara roja colgando casi hasta el suelo; apenas se dirigieron un gesto de reconocimiento. Poco después, Argustal vio los bloques que señalaban Gornilo, el primer pueblo de Talembil.

El ulcerado sol viajaba a través del cielo. Estoicamente, Argustal viajó a través de las interyacentes dunas y llegó a la sombra de los blancos bloques de Gornilo.

Nadie podía recordar ahora —el recuerdo era una de las cosas perdidas cuya pérdida era considerada por muchos como un privilegio— qué factores habían determinado ciertas características de la arquitectura de Gornilo. Este era un pueblo simiesco-humano, y tal vez para construir un monumento conmemorativo de cosas todavía más lejanas y terribles, los primeros habitantes del pueblo se habían hecho esclavos de sí mismos y de los otros seres que ahora ya no existían, y habían erigido aquellos grandes cubos que ahora mostraban huellas de desgaste, como si estuvieran cansados de proyectar diariamente sus sombras alrededor de sus bases. Los simio-humanos que vivían aquí eran los mismos simio-humanos que siempre habían vivido aquí; se sentaban bajo sus poderosos bloques tan incansablemente como habían hecho siempre —llamando ahora a Argustal mientras pasaba tan lánguidamente como se arrojan piedras a través de la superficie de un lago—, pero eran incapaces de recordar si y cómo habían arrastrado los bloques a través del desierto; es posible que aquel olvido formara una parte integral del ser tan permanente como el granito de los bloques.

Más allá de los bloques se alzaba el pueblo. Algunos de los árboles eran visitantes, que se movían como David-junto-al-foso-que-seca, pero la mayoría crecían al modo antiguo, contentos con el suelo e indiferentes al movimiento. Anudaban sus ramas así y retorcían sus troncos asá, proporcionando ingeniosos y siempre cambiantes hogares a los habitantes de Gornilo.

Por fin Argustal llegó a su hogar, en el extremo opuesto del pueblo.

El nombre de su hogar era Cormok. Lo palmeó y lo lamió cariñosamente antes de encaramarse por su tronco hasta la vivienda.

Pamitar no estaba allí.

No quedó sorprendido, ni siquiera decepcionado, tan sereno era su estado de ánimo. Anduvo lentamente alrededor de la habitación, saltando de cuando en cuando hasta el techo para divisarlo mejor, lamiendo y olfateando mientras avanzaba, persiguiendo las últimas imágenes de la presencia de su esposa. Finalmente, se echó a reír y cayó en el centro de la habitación.

—¡Tranquilízate, muchacho! —dijo.

Sentándose en el lugar donde había caído, vació sus bolsillos, sacando las cinco piedras que había adquirido en sus viajes y dejándolas a un lado de sus otras pertenencias. Sin levantarse, se desvistió, disfrutando con la dificultad que significaba su postura. Luego trepó al baño de arena.

Mientras Argustal yacía allí, se levantó un gran viento aullante y la habitación quedó sumida en una enfermiza semioscuridad. Una plegaria brotó en el exterior, una plegaria que la gente dirigía a las Fuerzas para que no destruyeran el sol. El labio inferior de Argustal se movió en un gesto de satisfacción y de enojo al mismo tiempo; había olvidado las plegarias de Talembil. Esta era una ciudad religiosa. Muchos de los seres sin clasificar se reunían aquí procedentes de los lugares más remotos, personas o animales cuyas mentes les habían arrastrado oblicuamente de lo que fueron, convirtiéndolos en formas rococó que definían de un modo más exacto sus cualidades inherentes, hasta conferirles el aspecto de formas olvidadas o extinguidas, o de formas que no habían sido hasta ahora, y que no tenían causa común con ningún otro ser viviente..., excepto en este deseo de preservar la alegre luz del sol de una posterior ruina.

Bajo los fragantes granos del baño, sumergido del todo a excepción de la cabeza, una rodilla y una mano, Argustal abrió de par en par sus percepciones a todo lo que podía llegar: y finalmente sólo pensó lo que había pensado a menudo mientras yacía allí (ya que los armarios de la cerebración habían sido vaciados desde hacía mucho tiempo de toda munición nueva, a pesar de lo que pretendían los Hombres-árbol de Or): que en tales baños, bajo un viento tan impredecible, las formas de vida más importantes de Izazys, hombres y árboles, habían experimentado por primera vez, quizás, los impulsos del cambio. Pero, el cambio en sí..., ¿había existido algo más antiguo soplando alrededor del mundo que todos habían olvidado?

Por algún motivo, la pregunta despertó cierta inquietud en Argustal. Intuía vagamente que existían otros aspectos de la vida además del contento y de la felicidad; todos los seres experimentan contento y felicidad; pero, aquellas cualidades, ¿eran una unidad, o no constituían más que una sola cara de un..., de un escudo?

Argustal gruñó.

«¡Empieza a pensar tonterías como ésas, y acabarás siendo humano, con astas sobre los hombros!»

Sacudiéndose la arena, salió del baño, moviéndose con una rapidez inusitada para él, y bajó de su hogar, sin molestarse en vestirse.

Sabía dónde encontrar a Pamitar. Estaría más allá del pueblo, protegiendo al paraproyector de los harapientos y furiosos vagabundos de Talembil.

Soplaba un viento frío, transportando ocasionalmente un polvo fangoso, muy molesto, que hacía parpadear. Mientras caminaba a través del verde y elegante centro de Gornilo, Argustal levantó la mirada hacia el sol. Era visible por fragmentos, desgarrado a través de árboles y nubes. Su rostro aparecía manchado, y se oscurecía y encendía alternativamente. Parecía soplar un viento que laceraba la piel y helaba la sangre.

De modo que Argustal llegó a su propia pieza de terreno en pleno desierto, lejos del pueblo, y vio a su esposa Pamitar, para el resto del mundo llamada Miram. Estaba agachada, dando la espalda al viento, los agudos granos voladores de arena chocando contra sus peludas caderas. A unos pasos de distancia, uno de los vagabundos gambeteaba entre las piernas de Argustal.

Pamitar se puso en pie lentamente, quitándose el chal de la cabeza.

—¡Tapmar! —exclamó.

Argustal la envolvió entre sus brazos, enterrando su rostro en el hombro de Pamitar. Se susurraron mutuamente palabras tiernas, tan absortos que no se dieron cuenta que la brisa se apagaba, y el desierto perdía su movimiento, y la luz del sol se hacía más intensa.

A una señal oculta, Argustal se separó de Pamitar, saltando casi por encima de su hombro, y se precipitó sobre el vagabundo que merodeaba en la arena.

Era un ser deforme, con brazos creciendo de sus brazos, una cabeza como la de un lobo y las piernas arqueadas como las de un gorila, vestido con un centenar de trozos de tela. Mientras rodaba por el suelo soltó una carcajada y gritó, con voz chillona:

—Tres hombres tendidos bajo un arbusto y nadie para oír lo que dice el primero: «Aquí se arrastran las mieses». El segundo se acuesta con monstruos. Contesta, amigo: ¿Cuál es el nombre del tercero?

—¡Lárgate de aquí, viejo cuervo!

Y mientras el viejo cuervo se alejaba corriendo, llegó su respuesta, envuelta en una risa:

—¡El nombre es Tapmar, porque no habla en ninguna parte!

Argustal y Pamitar se volvieron a mirarse, aprovechando la intensa luz del sol para escudriñar mutuamente sus rostros, ya que ambos habían olvidado la última vez que estuvieron juntos, tan largo era el tiempo, tan confuso el recuerdo. Pero existían recuerdos, y mientras Argustal escudriñaba volvieron. La nariz chata de Pamitar, la morbidez de sus fosas nasales, la redondez de sus ojos, la curva del borde de sus labios: todo esto, porque era querido, fue recordado, convirtiéndose en algo más que belleza.

Se hablaron cariñosamente el uno al otro, sin dejar de mirarse. Y, lentamente, algo de aquello que Argustal había sospechado acerca de la cara oscura del escudo le penetró, ya que el semblante de su amada no era el que había sido. Alrededor de sus ojos, y especialmente debajo de ellos, había sombras, y unas finas arrugas se ahondaban en las comisuras de su boca.

Su inquietud creció hasta el punto que se vio obligado a hablar a Pamitar de aquellas cosas, aunque no existía ningún medio adecuado para expresarlas. Ella pareció no comprender, a menos que comprendiera sin saberlo, ya que su excitación fue evidente, hasta el punto que Argustal decidió interrumpir su interrogatorio y se dirigió hacia el paraproyector para disimular su inquietud.

Se extendía sobre una milla de arena, y se alzaba varios pies en el aire. De cada una de sus largas expediciones, Argustal no había traído más de cinco piedras, pero allí había reunidas centenares de miles de piedras, tal vez millones, todas cuidadosamente colocadas. Muchas eran sostenidas en el aire a diversas alturas por estacas o pértigas, pero la mayoría reposaban en el suelo, donde Pamitar las conservaba siempre a salvo del polvo y de los hombres salvajes; y de las del suelo, algunas se erguían aisladas, en tanto que otras aparecían en grupos, pero todas en un diseño que sólo era aparente para Argustal. ¿Tendrían también un lugar dentro del diseño las arrugas del rostro de su esposa?

¿Tenía algún sentido lo que el vagabundo había gritado, que él hablaba a ninguna parte?

Preocupado, tomó a su esposa del brazo y regresó con ella a su hogar, en las alturas del árbol sin hojas.

—Tapmar mío —dijo Pamitar aquella noche, mientras comían un plato de fruta—, es bueno que hayas regresado a Gornilo, ya que el pueblo alberga extraños sueños, como el lecho de un viejo río, y estoy asustada.

Al oír aquellas palabras Argustal se alarmó en su fuero íntimo, ya que el lenguaje que Pamitar había utilizado parecía encajar con las arrugas que acababa de descubrir en su rostro; de modo que le preguntó a su esposa qué sueños eran aquellos, con una voz más tímida de lo que solía hacer.

Mirándole de un modo extraño, Pamitar dijo:

—Los sueños son tan espesos como pieles, tan espesos que se encallan en mi garganta al hablarte de ellos. Anoche soñé que andaba por un terreno que parecía estar cubierto de pieles hasta los más lejanos horizontes, pieles de colores sombríos, especialmente negras y azules. Y mientras contemplaba intrigada aquel raro fenómeno, me convertí...; bueno, descubrí la palabra en mi sueño: me convertí en una niña.

La mirada de Argustal se distendió por encima de la vegetación del pueblo y dijo:

—Esos sueños no pueden ser de Gornilo, sino solamente tuyos, Pamitar. ¿Qué es niña?

—No existe una cosa así en la realidad, que yo sepa, pero en el sueño la niña que era yo, era pequeña y lozana, y en sus actos lista y torpe al mismo tiempo. Era ajena a mí, sus movimientos y sus ideas no me pertenecían..., y sin embargo me resultaba familiar. Yo era aquella niña, Tapmar. Y ahora que estoy despierta, estoy segura que en otro tiempo fui una niña.

Argustal repiqueteó con sus dedos sobre sus rodillas, sacudiendo la cabeza y parpadeando con súbito furor.

—¡Este es tu mal secreto, Pamitar! ¡Supe que tenías uno en el momento en que te vi! ¡Lo leí en tu cara, que ha cambiado de un modo maligno! Sabes que no has sido otra cosa que Pamitar en todos los millones de años de tu vida, y que niña tiene que ser un fantasma maligno que te posee. ¡Tal vez te convertirás ahora en niña!

Pamitar profirió un grito y tiró una fruta verde que acababa de morder. Argustal la cazó en el aire antes que se estrellara contra él.

Hicieron las paces, provisionalmente, antes de acostarse. Aquella noche, Argustal soñó que también él era pequeño y vulnerable y apenas capaz de manejar el lenguaje; sus intenciones eran como una flecha y su dirección clara.

Despertando, sudó y tembló, ya que sabía que había sido niño en su sueño, de modo que había sido niño en otra época de su vida. Y esto ahondaba en él más profundamente que la enfermedad. Cuando sus apenadas miradas se dirigieron al exterior, vio que la noche era como seda tornasolada, con un efecto moteado de luz y de sombra en la oscura cúpula azul del cielo, lo cual significaba que las Fuerzas se estaban divirtiendo con el sol mientras éste viajaba a través de Izazys; y Argustal pensó en sus viajes a través del rostro de Izazys, y en su visita a Or, cuando los Hombres-árbol habían hablado de un elemento desconocido que fuerza el cambio.

«¡Me prepararon para este sueño!», murmuró.

Ahora sabía que el cambio había operado en sus mismos cimientos; en otra época, había sido aquella cosa extraña y diminuta llamada niño, y su esposa lo había sido también, y posiblemente otros. Pensó de nuevo en aquella pequeña aparición, con sus delgadas piernas y su voz chillona; el horror puso escalofríos en su corazón; estalló en prolongados gemidos, y Pamitar pasó el resto de la noche tratando de tranquilizarle.

Dejó a Pamitar triste y pálida. Se llevó las piedras que había reunido en su viaje, la de forma extraña del desfiladero y las que había adquirido antes de aquélla. Sujetándolas fuertemente contra él, Argustal cruzó el pueblo en dirección a su instalación espacial. Durante mucho tiempo, había sido su principal preocupación; hoy, el extenso proyecto quedaría completado; sin embargo, debido a que ni siquiera podía decir por qué le había preocupado tanto, se sentía desmoralizado. Algo había penetrado en él, matando su alegría.

El viejo vagabundo se hallaba junto al paraproyector, con la cabeza apoyada sobre una piedra azul. Argustal estaba demasiado decaído para echarle de allí.

—Cuando tu armazón de piedras forme palabras, las palabras se convertirán en piedras —dijo el vagabundo.

—¡Te romperé los huesos, viejo cuervo! —gruñó Argustal, pero en su interior se maravilló de lo que acababa de decir el vagabundo, y de lo que había dicho el día anterior respecto a que Argustal no hablaba en ninguna parte, ya que Argustal no había discutido el objetivo de aquella estructura con nadie, ni siquiera con Pamitar. En realidad, él mismo no había reconocido el objetivo de aquella estructura hasta sus dos viajes anteriores... ¿O habían sido tres, o cuatro? El diseño había empezado simplemente como un diseño, y sólo mucho más tarde la obsesión se convirtió en un objetivo.

Colocar correctamente las nuevas piedras requería tiempo. Dondequiera que se dirigiera Argustal, el vagabundo le seguía, a veces sobre dos patas, a veces sobre cuatro. Otros personajes del pueblo se reunieron para curiosear, pero ninguno se atrevió a pisar el perímetro interior de la estructura, de modo que permanecieron lejos, como pequeños tallos creciendo en los bordes de la mente de Argustal.

Algunas piedras tenían que ser tocadas, otras simplemente apartadas. Argustal anduvo, se detuvo y anduvo, respondiendo al gran diseño que ahora sabía que contenía una ley universal. La tarea le envolvió en un deslumbramiento estético similar al que había experimentado siguiendo el camino laberíntico que conducía a Or, aunque con mayor intensidad.

El hechizo quedó roto cuando el vagabundo habló desde unos pasos de distancia con una voz muy distinta de su sonsonete habitual:

—Te recuerdo perfectamente colocando la primera de esas piedras, cuando eras un niño.

Argustal se estremeció.

Se sintió invadido por el frío, a pesar que el bilioso sol brillaba ahora con fuerza. No pudo encontrar su voz. Mientras la buscaba, su mirada se clavó en los ojos del viejo vagabundo.

—¿Tú sabes que en otro tiempo fui un fantasma..., un niño? —preguntó.

—Todos somos fantasmas. Todos hemos sido niños. Del mismo modo que hay jugo en nuestros cuerpos, en otro tiempo nuestras horas fueron pocas.

—¡Viejo cuervo! Estás describiendo un mundo distinto..., no el nuestro.

—Cierto, muy cierto. Pero, en otro tiempo, ese mundo fue el nuestro.

—¡Oh, no! ¡No!

—¡Habla de ello con tu máquina! Su lengua es de roca y no puede mentir como la mía.

Argustal recogió una piedra y la lanzó contra el vagabundo.

—¡Eso es lo que haré! ¡Ahora, aléjate de mí!

La piedra golpeó al viejo en las costillas. Gimió dolorosamente, retrocedió unos pasos, tropezó y cayó sobre la arena.

Argustal corrió inmediatamente hacia él.

—¡Perdóname, viejo cuervo! El miedo que hay en mis pensamientos me hizo atacarte..., y existe una especie de horror en tu presencia.

—¡Y en tu modo de lanzar las piedras! —murmuró el viejo, luchando por incorporarse.

—¡Tú sabes algo de niños! En todos los millones de años que he trabajado en mi proyecto, nunca has hablado de esto. ¿Por qué?

—Hay un momento para cada cosa..., incluso en Izazys.

Se miraron a los ojos mientras el viejo vagabundo se incorporaba lentamente, con los brazos y la capa extendidos de un modo que sugería que iba a lanzarse sobre Argustal o que se disponía a emprender la huida. Argustal no se movió. Con los nudillos hundidos en la arena, dijo:

—...incluso en Izazys... ¿Por qué has dicho eso?

—¡Tú eres de Izazys! Nosotros, los humanos, no lo somos, si puedo llamarme humano a mí mismo. Miles de millares de años antes que tú fueras un niño, yo llegué del corazón de las estrellas con otros muchos. ¡Ahora no hay vida allí! ¡La raíz se extiende desde el centro! ¡Las chispas vuelan de sol a sol! Incluso para Izazys, ha llegado la hora.

Súbitamente cayó al suelo, volvió a levantarse y huyó apresuradamente, retorciendo sus miembros de un modo que le desposeía de toda semejanza con la especie humana. Se abrió paso a través de la hilera de espectadores y desapareció.

Durante largo rato Argustal permaneció agachado en el mismo lugar, como distorsionado por la tormenta que soplaba en su interior. Cuando finalmente llegó a la conclusión que lo único que podía hacer era completar el paraproyector, temblaba aún con el nuevo conocimiento: sin ser capaz de comprender por qué, sabía que el nuevo conocimiento destruiría el mundo antiguo.

Todo estaba ahora en posición, excepto la piedra de extraña forma de Or, la cual transportó firmemente sobre un hombro, apretada entre la oreja y la mano. Por primera vez, se dio cuenta de lo gigantesco de la estructura que había labrado. Había sido un atisbo comercial, sin involucrar el sentimiento. Ahora, Argustal no era más que una burbuja rodando a través de los vastos intersticios que le rodeaban.

Cada una de las piedras conservaba su propia crónica temporal, así como su posición espacial; cada una de ellas representaba distintas tensiones, distintas épocas, distintas temperaturas, materiales, elementos químicos, intensidades... Todas las piedras juntas representaban un anagrama de Izazys, su entera composición y continuidad. La última piedra era simplemente un punto focal para el conjunto dinámico, y mientras Argustal caminaba lentamente entre los vibrantes arcos, aquella dinámica alcanzó su punto culminante.

Argustal la oyó crecer. Se detuvo. Siguió ahora este camino, ahora aquél. Y mientras lo hacía se dio cuenta que allí no había una posición focal sino una miríada de ellas, según la posición y la dirección de la piedra clave.

Muy suavemente, dijo:

—...que mis temores puedan ser confirmados...

Y a su alrededor, muy suavemente, llegó una voz de piedra, balbuciendo antes de hacerse más clara, como si conociera las palabras desde hacía mucho tiempo pero nunca las hubiese practicado.

—Tú...

Un largo silencio.

—Tú, tú artista; oh, tú artista gusano tú artista enfermo en la aullante tormenta tú artista en la tormenta. Artista gusano has descubierto que lo que vuela en la noche destruye la vida. El gusano invisible, el gusano invisible que vuela en la noche, en la aullante tormenta, ha descubierto un oscuro secreto de amor..., el secreto de amor que destruirá tu vida.

Argustal huía ya precipitadamente de aquel lugar.

No pudo encontrar consuelo en los brazos de Pamitar. Aunque se apresuró a ir allí, al hogar en lo alto de las ramas, el gusano que vuela le roía por dentro. Finalmente, se apartó de Pamitar y dijo:

—¿Quién oyó nunca una voz tan terrible? No puedo hablar otra vez con el Universo.

—Tú no sabes que era el Universo —trató de excitarle Pamitar—. ¿Por qué tendría que hablar el Universo con el pequeño Tapmar?

—El viejo cuervo dijo que yo hablaba con ninguna parte. Ninguna parte es el Universo, donde el sol se oculta por la noche, donde se ocultan nuestros recuerdos, donde nuestros pensamientos se evaporan. Yo no puedo hablar con él. Debo buscar al viejo cuervo y conversar con él.

—¡No hables más, no hagas más preguntas! ¡Todo lo que descubras aumentará tu miseria! Mira: ni siquiera te fijas en mí, tu pobre esposa... Apartas tus ojos.

—¡Por encima de todo, debo descubrir lo que nos atormenta!

En el centro de Gornilo, donde vivían muchos de los seres sin clasificar, la madera desnuda surgía del suelo, creando cuevas y guaridas y extraños miembros sobre los cuales y en los cuales los viejos vagabundos, de otro modo sin hogar, podían refugiarse. Allí se presentó Argustal al caer la noche, en busca del vagabundo.

El viejo cuervo estaba tendido al lado de una olla rota, sujetando unos harapos contra su cuerpo. Dio vueltas en su pequeña celda, tratando de huir, pero Argustal le agarró por el cuello y le mantuvo inmóvil.

—¡Quiero tu conocimiento, viejo cuervo!

—¡Búscalo en los hombres religiosos: ellos saben más que yo!

Esto hizo que Argustal se calmara un poco, pero no aflojó la presión de su mano.

—Ahora te tengo a ti, y tú debes hablarme. Sé que el conocimiento es dolor, pero también lo es la ignorancia cuando uno ha intuido su presencia. Dime algo más acerca de los niños y de lo que hacían. Háblame de lo que llamas el corazón de las estrellas...

En tono febril, el viejo cuervo dijo:

—Lo que yo sé es muy poco, tan poco como una brizna de hierba en un campo. Y los lejanos tiempos pasados son como briznas de hierba. A través de todos esos tiempos llegan los manojos de cuerpos ahora sobre esta Tierra. Ahora no hay cuerpos nuevos. Pero en otro tiempo, antes incluso de aquellos tiempos pretéritos..., tú no puedes..., no puedes comprender...

—Lo comprendo perfectamente.

—¡Tú eres un científico! Antes de los tiempos pretéritos existió otra época, y entonces..., entonces había niños y distintas cosas que ya no existen, muchos animales, y aves...

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué se produjo el cambio, viejo cuervo?

—Unos hombres..., científicos..., estudiaron el jugo de los cuerpos y otorgaron a todas las personas y animales y árboles la vida eterna. Seguimos viviendo desde aquella época, hace muchísimo tiempo... Tanto tiempo, que hemos olvidado lo que entonces se hizo.

Argustal le preguntó:

—¿Y por qué no hay niños ahora?

—Los niños no son más que pequeños adultos. Nosotros somos adultos y procedemos de unos niños. Pero antes de aquellos tiempos pretéritos, antes que los científicos llegaran a Izazys, los adultos producían niños. Igual que los animales y los árboles. Pero, con la vida eterna, esto no puede ser: aquellas partes del cuerpo productoras de niños tienen menos vida que la piedra.

—¡No hables de piedras! De modo que viviremos siempre... Dime, viejo cuervo, ¿me recuerdas como niño?

Pero el viejo vagabundo estaba sumido en una especie de trance, haciendo girar los ojos en sus órbitas.

—¡Peor aún! Me recuerdo a mí mismo como un niño, corriendo como una flecha... ¡Estoy loco, ya que recuerdo! —Empezó a gritar y a sollozar, y los vagabundos que le rodeaban le hicieron coro.

—¡Todos recordamos! ¡Todos recordamos! —gimieron, fuera cierto o no.

Aplastando su mano sobre la boca del vagabundo, Argustal inquirió:

—Pero tú no fuiste niño en Izazys... ¡Háblame de eso!

Temblando, el otro replicó:

—Ya te lo he dicho antes: todos los humanos llegaron del corazón de las estrellas. ¡Izazys está colgado de un extremo del Universo! En otros tiempos había tantos mundos como días en la eternidad; ahora todos se han desvanecido como el humo por la chimenea. Sólo este último lugar era seguro.

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué?

—¡No ocurrió nada! La vida es vida, excepto cuando el cambio se introduce en ella.

Y, ¿qué era esto sino un eco de las palabras de los Hombres-árbol de Or, los cuales habían hablado de algún elemento desconocido que forzaba el cambio? Argustal se agachó con la cabeza inclinada, mientras el vagabundo temblaba a su lado, y en el exterior los otros vagabundos repetían sus últimas palabras como una especie de salmodia:

—¡El cambio se introduce en ella! ¡El cambio se introduce en ella! ¡La luz del día humea y el cambio se introduce en ella! ¡El cambio se introduce en ella!

Sus horribles aullidos actuaron como lanzas en el flanco de Argustal. Más tarde recordaba su demencial huida a través del pueblo, de paredes y troncos y suciedad y caminos, pero en aquel momento todo fue tan insustancial como más tarde el recuerdo. Cuando finalmente cayó al suelo, jadeando, ignoraba dónde se encontraba.

Luego vio que yacía en medio de su gran estructura, con su mejilla contra la piedra de Or en el lugar donde la había dejado caer. Y mientras su atención se concentraba en ella, la gran estructura que le rodeaba respondió sin que él tuviera que hablar.

Se encontraba en un nuevo punto focal. La voz que resonó era nueva, tan fría como insegura había sido la anterior. Sopló sobre él en un viento helado.

—No existe ningún amaranto en este lado de la tumba, oh Argustal, ningún nombre repetido con el mayor énfasis de apasionado amor que no acabe por enmudecer. El experimento X dio vida para la eternidad a todos los seres vivientes del mundo, pero incluso la eternidad está marcada por períodos de alivio y de sufrimientos. La antigua vida tenía su infancia y su final, la nueva no posee esa lógica. Ha encontrado su propia lógica después de muchos milenios, basándose en las mentes individuales. Un hombre se convierte en lo que era; un árbol se convierte en lo que era.

Argustal levantó su cansada cabeza de su almohada de piedra. De nuevo la voz cambió de tono, como en respuesta a aquel pequeño gesto.

—El presente es una nota en la música. La nota no puede ser sostenida mucho tiempo. Incluso la inmortalidad debe tener un final. La vida ha pasado como un prolongado fuego a través de la galaxia. Ahora arde rápidamente incluso aquí, el último refugio del hombre.

Argustal se puso en pie y arrojó lejos de sí la piedra de Or. Voló, cayó, rodó..., y antes de detenerse había despertado un gran coro de voces universales.

Todo Izazys se irguió y un viento sopló del oeste. Mientras Argustal empezaba a moverse de nuevo, vio que los hombres religiosos del pueblo estaban en marcha, vio a las Fuerzas que anidaban en el sol sobre su ala de medianoche, vio a Hrt, la piedra llameante, rodando por encima de su cabeza, vio a todas las cosas más activas de lo que nunca habían estado.

Pero Argustal caminaba lentamente sobre sus pies planos de simio, en busca de Pamitar. Nunca más se sentiría impaciente entre sus brazos. A partir de ahora, el tiempo sería demasiado breve.

Conocía ahora al gusano que vuela y anidaba en la mejilla de Pamitar, en su propia mejilla, en todas las cosas, incluso en los Hombres-árbol de Or, incluso en las poderosas Fuerzas impersonales que habían expoliado al sol, incluso en las entrañas sagradas del Universo a las cuales él había prestado una lengua temporal. Ahora sabía que había regresado aquella Majestad que anteriormente dio razón de ser a la vida, la Majestad que había estado alejada del mundo durante tanto tiempo, la Majestad llamada Muerte.