DESDE LUEGO

Chad Oliver

En Berna, Suiza, a hora muy temprana de la mañana, el Presidente despertó con un espantoso dolor de cabeza. Llevaba tres semanas sin dormir con un sueño regular, y la última noche había sido peor que de costumbre. Permaneció unos minutos en la cama, contemplando el techo con el ceño fruncido. No podía negarse que la situación era muy desagradable. Sin embargo, el Presidente tenía confianza. Con su historial desde el Congreso de Viena, en 1815, la perspectiva era buena para su país. El Presidente esbozó una sonrisa. La escogida sería Suiza, desde luego.

En Moscú, Rusia, sentado al extremo de una larga mesa, el Primer Ministro escuchaba atentamente a sus principales asesores militares. No le gustaba lo que oía, pero no permitió que asomara a su rostro ninguna expresión. No le gustaba la posición en la que se encontraba, pero no estaba realmente preocupado. No podía haber duda de que el elegido sería el Soviet Supremo. ¡Desde luego!

En Londres, Inglaterra, el Primer Ministro salió del número 10 de Downing Street con aire decidido. Subió a su automóvil para dirigirse a Palacio, y entrelazó sus fuertes manos. Podía haber su pequeño tira y afloja, pero el Primer Ministro estaba tranquilo. Inglaterra, con su gloriosa historia, era la única elección posible. ¡Desde luego que sería Inglaterra!

Al este del Lago Victoria, en África, el alto y delgado Sumo Sacerdote de los Masai, el Laibon, extendió la mirada sobre los rebaños que pastaban en los prados y sonrió. Había un solo Dios verdadero, Em-Gai, y los bucólicos Masai eran orgullosos. ¡Por fin, los antiguos errores serían corregidos! Los Masai eran la única elección lógica. Desde luego... Y así por el estilo, alrededor del mundo.

El orondo caballero de las gafas sin montura y el traje cruzado tenía un nombre: Morton Hillford. Y tenía un título para acompañar al nombre: asesor presidencial.

En aquel momento, paseaba de un lado para otro.

—¿Dice usted que ha investigado todas las posibilidades, general? —preguntó—. ¿Todos los... um-m-m... ángulos?

El general, cuyo nombre era Larsen, tenía un porte erguido y unos cabellos de color gris-hierro, dos características muy útiles cuando había que impresionar a los senadores. Era un general que conocía su negocio. Naturalmente, estaba trastornado.

Dijo:

—Han sido exploradas todas las posibles líneas de acción, Mr. Hillford. Todos los ángulos han sido estudiados minuciosamente.

Morton Hillford dejó de pasear. Apuntó con su dedo índice al general, como si fuera un "45". Su expresión indicaba claramente que si hubiese habido un gatillo podría haberlo apretado.

—¿Quiere usted decirme, general, que el Ejército de los Estados Unidos es impotente?

El general frunció el ceño. Carraspeó.

—Bueno —dijo—, dejémoslo en que el Ejército de los Estados Unidos está indefenso en esta ocasión.

—¡No me importa la clase de palabras que utilice! ¿Puede usted hacer algo?

—No —dijo el general—, no podemos. Y lo mismo puedo decir de la Marina, de la Aviación...

—...y de los guardacostas —le interrumpió Morton Hillford en tono sarcástico. Reanudó sus paseos—. ¿Por qué no puede usted hacer nada? Ese es su trabajo, ¿no?

El general Larsen enrojeció.

—Lo siento, Mr. Hillford. Nuestro trabajo, como usted dice, consiste en defender a este país. Estamos preparados para realizarlo del mejor modo posible, a pesar de las dificultades...

—¡Oh! Olvídelo, Larsen. Nunca he puesto en duda su capacidad. Y comprendo su posición en este asunto. Pero creo que esta mañana no me ha sentado bien el desayuno. La situación resulta... engorrosa.

—Es lo menos que puede decirse —asintió el general Larsen—. Pero me atrevo a decir que hemos pensado en todo, desde las bombas de hidrógeno hasta la guerra psicológica. No tenemos absolutamente nada que signifique una remota posibilidad de éxito. Un movimiento hostil por nuestra parte sería el suicidio para todos nosotros, Mr. Hillford. Detesto el melodrama, pero los hechos son los hechos. No debemos permitir que la gente sepa hasta qué punto estamos en su poder, pero es evidente que estamos atrapados y que no disponemos de ningún medio para soltarnos. Seguiremos intentándolo, naturalmente, pero el Presidente debe conocer los hechos en su verdadera dimensión. Y en los actuales momentos no hay nada que podamos hacer.

—Bien, general, aprecio su sinceridad, aunque tenga usted poca cosa más que ofrecer. Al parecer, tendremos que limitarnos a mantener los dedos cruzados, esperando que la suerte nos sea propicia. Al Presidente no va a gustarle, Larsen.

—Tampoco a mí me gusta —dijo Larsen.

Morton Hillford se detuvo junto a una ventana y miró a través de ella hacia las calles de Washington. Era verano, y el calor del sol mantenía a la mayoría de la gente en el interior de sus hogares, aunque podían verse unos cuantos helicópteros y automóviles. Los antiguos y familiares edificios y monumentos estaban allí, no obstante, y le infundían a Hillford cierta sensación de estabilidad, ya que no de seguridad.

No es el calor -pensó—, es la sumisión.

—Supongo que tendremos que confiar en su buen criterio —dijo Morton Hillford en voz alta—. Podría ser peor.

—Mucho peor —asintió el general—. La posición actual de los Estados Unidos en el mundo...

Hillford le interrumpió bruscamente.

—¡No cabe la menor duda! Ese es nuestro problema. Los Estados Unidos serán los elegidos, desde luego.

—Desde luego —repitió el general.

—Y luego todo volverá a la normalidad, ¿no es cierto, Larsen?

—¡Desde luego!

—De todos modos —dijo Morton Hillford—, encuéntrenos un arma que dé resultado, y hágalo aprisa.

—Lo intentaremos, Mr. Hillford.

- Hágalo, general. Eso es todo, de momento.

El general se marchó, reservándose su opinión.

Morton Hillford, asesor presidencial, reanudó sus paseos. Catorce pasos hasta la ventana, catorce pasos en sentido contrario. Encendió un cigarrillo. Catorce pasos hasta la ventana...

—Desde luego —dijo en voz alta—, serán los Estados Unidos.

Y su mente añadió una posdata:

Es MEJOR que sean los Estados Unidos.

Hacía tres semanas, la nave había surgido del espacio.

Era una nave enorme, al menos desde el punto de vista de la Tierra. Tenía media milla de longitud, y era gruesa y reluciente, como un pez bien alimentado navegando por un mar profundo y solitario. No hizo absolutamente nada. Se limitó a permanecer suspendida en el aire, a una gran altura, directamente encima del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York.

Esperando.

Como un enorme cigarro trucado a punto de estallarle a uno en la cara.

Coincidiendo con su aparición, todos los gobiernos de la Tierra recibieron un mensaje. Todos los gobiernos recibieron el mismo mensaje. La nave no se mostró exigente a la hora de definir los "gobiernos". Estableció contacto con toda clase de divisiones políticas. En algunos casos en que los receptores eran analfabetos, el mensaje fue entregado verbalmente.

Todos los mensajes fueron enviados en el idioma nativo. Este simple hecho bastaba para darle qué pensar al hombre. En la Tierra se hablaban muchísimos idiomas, y muchos de ellos no habían sido nunca escritos.

Los ocupantes de la nave, por lo que pudo verse de ellos, tenían un aspecto completamente humano.

La aparición de la nave espacial y los mensajes provocaron numerosos comentarios y una frenética actividad. En primer lugar, hasta entonces nadie había visto una nave espacial. Sin embargo, aquella novedad dejó pronto de serlo. La gente había estado esperando más o menos una nave espacial, y la aceptaron filosóficamente, como habían aceptado la electricidad, los aviones, el teléfono y las bombas atómicas. Un excelente logro, naturalmente. ¿Qué vendría a continuación?

El mensaje era harina de otro costal.

Las Naciones Unidas y los Estados Unidos acogieron a la nave del espacio con una satisfacción plagada de reservas. El contacto con otros mundos era muy dramático e importante, pero planteaba una serie de desagradables problemas.

Resulta difícil negociar a menos de que uno tenga algo que ofrecer, o sea lo bastante fuerte para no verse obligado a claudicar.

Supongamos que la nave no llegara en plan amistoso...

Los Estados Unidos rebuscaron en su bolsa de artilugios militares e investigaron. No actuaron precipitadamente. Nadie perdió la cabeza y trató de dejar caer una bomba de hidrógeno sobre una entidad desconocida. Se admitió inmediatamente que dejar caer una bomba sobre la nave podría ser lo mismo que cazar un tigre con una pistola de juguete.

Los militares estudiaron el asunto sutilmente.

Efectuaron algunas pruebas en el mayor de los secretos.

Los resultados no fueron alentadores, precisamente.

La nave estaba rodeada por una especie de campo magnético. Al menos, ése fue el nombre que se le dio, a falta de otro mejor. En concreto, era una especie de pantalla de energía... y nada fue capaz de atravesarla. Era absolutamente inexpugnable. El último grito en corazas.

Si un hombre dispone de una armadura a prueba de penetraciones y otro no, este último puede decir que está perdido.

Los militares no podían luchar.

Después de digerir el mensaje, tampoco los diplomáticos parecían encontrarse en condiciones de hacer algo útil.

El mensaje no contenía ninguna amenaza explícita; era simplemente una declaración de intenciones. En todo caso, pecaba de una fastidiosa vaguedad que hacía difícil imaginar con exactitud qué iba a hacer la nave.

El mensaje decía:

"NO OS ALARMÉIS, POR FAVOR. HEMOS VENIDO EN SON DE PAZ EN UNA MISIÓN DE BUENA VOLUNTAD. NUESTRA TAREA CONSISTE EN DECIDIR CUÁL DE VUESTROS PUEBLOS POSEE UNA CIVILIZACIÓN MÁS AVANZADA SERÁ NECESARIO QUE NOS LLEVEMOS A UN REPRESENTANTE DE VUESTRA CIVILIZACIÓN MÁS AVANZADA, CON FINES DE INVESTIGACIÓN. A CAMBIO DE ÉL, NOS COMPROMETEMOS A AMPLIAR SU CULTURA EN LA MEDIDA DE SUS DESEOS Y DE NUESTRAS POSIBILIDADES. CONFIAMOS SINCERAMENTE EN QUE NO OS CAUSAREMOS NINGUNA MOLESTIA MIENTRAS TRABAJAMOS. SUGERIMOS QUE NO TRATÉIS DE ESTABLECER COMUNICACIÓN CON ESTA NAVE HASTA QUE HAYAMOS ANUNCIADO NUESTRA ELECCIÓN. Y SUGERIMOS TAMBIÉN QUE EVITÉIS CUIDADOSAMENTE CUALQUIER ACTO DE HOSTILIDAD. HEMOS VENIDO EN SON DE PAZ, Y DESEAMOS MARCHARNOS DEL MISMO MODO CUANDO HAYAMOS COMPLETADO NUESTRA TAREA. GRACIAS POR VUESTRO CONSENTIMIENTO.

Nada más.

El mensaje, aunque significara un hecho sin precedente, no resultaba demasiado alarmante. Sin embargo, provocó una serie de reacciones en cadena.

Supongamos, pensaron los Estados Unidos, que la nación elegida era Rusia. Y supongamos que "la medida de los deseos" de Rusia fuera la posesión de un arma infalible para utilizarla contra los Estados Unidos.

Supongamos, pensó Rusia, que la nación elegida eran los Estados Unidos...

La situación era decididamente incómoda.

Y la empeoraba el hecho de que los contendientes no podían hacer absolutamente nada para modificarla.

Lo único que podían hacer era esperar.

Desde luego, cada uno de los gobiernos estaba completamente seguro de que la elección favorecería a su país. Y de que los demás países quedarían muy sorprendidos.

No se equivocaban en lo de la sorpresa.

Morton Hillford, asesor del Presidente, se enteró de la noticia a través del jefe de la delegación norteamericana en las Naciones Unidas. El jefe de la delegación no había confiado a nadie aquella primicia; se presentó en persona, y quemando etapas, como suele decirse.

Cuando se enteró de la noticia, Morton Hillford se dejó caer sobre una butaca, asombrado.

—Eso es absurdo —dijo.

—Lo sé —admitió el delegado.

Había digerido parcialmente la noticia, y se mantuvo de pie.

—No lo creo —dijo Morton Hillford—. Lo siento, Charlie, pero no lo creo.

El delegado le entregó el mensaje.

—Léalo.

Hillford lo leyó. Su primer impulso fue el de echarse a reír.

—¡Esos individuos están locos!

—No lo creo.

Hillford consiguió ponerse en pie y reanudó sus paseos. Sus gafas sin montura se estaban empañando a causa del calor, de modo que las frotó con su pañuelo.

—Estoy hecho un verdadero lío —dijo finalmente. Sacudió el mensaje, casi rabiosamente—. ¿Está seguro de que no se trata de una broma, Charlie?

—La cosa va muy en serio. Mañana exhibirán al hombre en Nueva York. Después, le exhibirán en todas las otras capitales de la Tierra. Después...

Se encogió de hombros.

Morton Hillford notó una especie de vacío en la boca del estómago.

—¿Quiere usted decírselo al Mandamás, Charlie?

—No —dijo el delegado—. Mil veces no. Tengo que regresar a las Naciones Unidas, Morton. Usted se lo dirá.

—¿Yo?

—¿Quién, si no?

Morton Hillford aceptó la carga con todo e! estoicismo que pudo reunir.

—Antes, echemos un trago, Charlie —dijo—. Lo necesito.

Resultó que se lo dijeron los dos.

El Presidente les miró como si no diera crédito a sus oídos.

Le mostraron el mensaje.

El Presidente no era un hombre guapo, pero había firmeza en sus facciones. Sus fríos ojos azules tenían una expresión despierta e inteligente, y rara vez seguían el impulso de su boca cuando sonreía.

Aunque ahora no sonreía.

—Bueno —dijo Morton Hillford—, ¿qué vamos a hacer ahora?

El Presidente frunció el ceño.

—Hay que preparar una emisión especial por la TV lo antes posible —dijo, hablando con autoridad—. Tenemos que decirle algo a la gente. Que Doyle y Blaisie se ocupen de eso inmediatamente, Mort... y dígales que subrayen los aspectos positivos del asunto, si pueden. Que hablen de la ciencia desconocida, de los factores misteriosos, etcétera. Después de eso, tendremos que estudiar a fondo todo este asunto —Leyó de nuevo el mensaje—. Hm-m-m... Dicen que volverán dentro de cien años para discutir el problema con nosotros. ¡Muy bien! Confío en que para entonces dispondremos de argumentos más convincentes que los que ahora podríamos esgrimir. Compadezco al hombre que ocupará mi puesto cuando vuelvan... y espero que sea un miembro de la oposición. Ahora, vamos a averiguar qué hay detrás de todo esto.

El delegado se aventuró a preguntar:

—¿Cómo?

El Presidente se sentó delante de su escritorio y encendió un cigarrillo. Exhaló el humo a través de sus apretados labios, lentamente. Era una buena pose, y le gustaba. En realidad, al Presidente le gustaba enfrentarse con problemas difíciles... incluso con este. Le gustaba la acción, y la rutina le fastidiaba.

—Necesitamos un científico —anunció—. Y esta vez no ha de ser un físico nuclear. Necesitamos a alguien que pueda decirnos algo acerca de esa gente. Un científico social.

Morton Hillford advirtió:

—No deje que se enteren los del Tribune. Le crucificarían a usted.

El Presidente se encogió de hombros.

—Actuaremos con prudencia —dijo—. Bueno, tal como he dicho, necesitamos un científico social. Pero, ¿de qué tipo?

—Un psicólogo, no —murmuró Morton Hillford—. Todavía no, en todo caso. Temo que necesitamos un sociólogo. Si los del Tribune se enteran...

—¡Olvídese de los periódicos! Esto es importante.

El Presidente marcó un número en su teléfono privado.

—¿Henry? Hay novedades. Quiero que venga aquí inmediatamente y que se traiga a un sociólogo. Eso es, un sociólogo. ¿Cómo? ¡Sí, sé lo del Tribune! Entren por la puerta de atrás.

A su debido tiempo se presentó Henry (que era el Secretario de Estado). Le acompañaba un sociólogo. El sociólogo tenía un aspecto inesperadamente normal, y escuchó respetuosamente lo que el Presidente dijo. Le sorprendió oír en quién había recaído la elección de los de la nave, pero se repuso rápidamente.

El sociólogo era un hombre honrado.

—Lo siento mucho, señor Presidente —dijo—. No me importaría ocuparme del asunto, pero lo que usted necesita es un antropólogo.

El Presidente se volvió hacia el Secretario de Estado.

—Henry —le dijo—, tráigame en seguida un antropólogo.

Henry salió apresuradamente.

Cuatro horas más tarde el antropólogo era introducido en el despacho del Presidente. Se llamaba Edgar Vincent, llevaba barba y fumaba en una pipa de aspecto extranjero.

—¿Es usted antropólogo? —preguntó el Presidente.

—Eso creo —dijo el Dr. Vincent.

—¡Muy bien! —dijo el Presidente. Se retrepó en su sillón y entrecruzó las manos—. Ahora estamos llegando a alguna parte.

El Dr. Vincent le miró, desconcertado.

—Dígame, doctor —inquirió el Presidente—, ¿qué sabe usted de los esquimales?

El desconcierto del antropólogo fue en aumento.

—¿Quiere usted decir...?

Para ahorrar tiempo, el Presidente le tendió el mensaje que la nave había enviado a las Naciones Unidas.

—Puede leerlo, doctor —dijo—. De todos modos, dentro de una hora será enviado a los periódicos, y todo el mundo se enterará.

Edgar Vincent leyó el mensaje:

"ESTE ES UN MENSAJE DE SALUTACIÓN Y DESPEDIDA. LA TAREA QUE NOS TRAJO A VUESTRO PLANETA HA SIDO REALIZADA. HEMOS DESCUBIERTO QUE LA CULTURA MÁS AVANZADA ENTRE VOSOTROS ERA LA DE LOS ESQUIMALES DE BAFFIN LAND. HEMOS ESCOGIDO A UN MIEMBRO DE AQUELLA CULTURA QUE NOS ACOMPAÑARÁ COMO OBJETO DE ESTUDIO. TAL COMO SEÑALÁBAMOS EN NUESTRO ANTERIOR MENSAJE, LE RECOMPENSAREMOS AMPLIANDO SU CULTURA EN LA MEDIDA DE SUS DESEOS. EL REPRESENTANTE DE LA CIVILIZACIÓN MÁS ELEVADA DE VUESTRO PLANETA SERÁ EXHIBIDO EN TODOS VUESTROS CENTROS POLÍTICOS, A LAS HORAS QUE SE INDICARAN EN OTRO COMUNICADO, PARA DEMOSTRAROS QUE NO HA SUFRIDO EL MENOR DAÑO. REGRESAREMOS A VUESTRO MUNDO DENTRO DE CIEN AÑOS TERRESTRES, PARA DISCUTIR CON VOSOTROS PROBLEMAS MUTUOS. GRACIAS DE NUEVO POR VUESTRA AMABILIDAD".

—¿Bien? —inquirió el Presidente.

—Apenas sé qué decir —murmuró el antropólogo—. Es fantástico.

—Eso ya lo sabemos, doctor. Diga algo.

Edgar Vincent encontró una silla y se sentó. Se acarició la barba pensativamente.

—En primer lugar —dijo—, yo no soy el hombre que usted necesita.

Henry gruñó:

—Es usted antropólogo, ¿no es cierto?

—Sí, sí, desde luego. Pero soy un antropólogo físico. Ya sabe: huesos, evolución, tipos sanguíneos y todo esto. Temo que no sea eso lo que ustedes buscan... —Alzó una mano, conteniendo una oleada de protestas—. Lo que ustedes necesitan es un etnólogo o antropólogo social, y el mejor de todos es Irvington. —Alzó de nuevo la mano—. ¡Un momento, caballeros, por favor! Necesitan ustedes a Irvington. Pero no podrán disponer de él inmediatamente. Sugiero que le envíen un telegrama —actualmente está en Boston—, y entretanto yo les informaré lo mejor que pueda. Sé un poco de antropología cultural; nosotros no estamos tan especializados como todo eso.

Henry salió a poner el telegrama y regresó apresuradamente. Vincent se permitió una leve sonrisa. ¡Hacía mucho tiempo que no tenía un auditorio tan atento!

—¿Se le ocurre a usted algún posible motivo para que haya sido escogido un esquimal? —preguntó Morton Hillford.

—Francamente, no.

—¿Una civilización secreta? —sugirió el delegado en las Naciones Unidas—. ¿Una tribu perdida? ¿Algo por el estilo?

Vincent se encogió de hombros.

—Sabemos que los esquimales viven en igloos —dijo el Presidente.

Vincent sonrió.

—Ni siquiera eso es completamente cierto —dijo—. Perdone que le contradiga, señor Presidente, pero los esquimales no viven en igloos la mayor parte del tiempo. En verano viven en tiendas confeccionadas con pieles, a principios del invierno en casas de piedra y tierra...

—Eso no tiene importancia —dijo el Presidente.

—¿Cómo lo sabe? —inquirió Vincent.

—¿Qué? ¡Oh! Sí, comprendo lo que quiere decir.

—Me alegra oírle decir eso, señor Presidente —dijo Vincent.

—Perdone —intervino Morton Hillford—. No pretendo discutir sus conocimientos en la materia, doctor, pero no creo que sea descabellado afirmar que los esquimales no representan la civilización más avanzada de este planeta. Nuestra tecnología está centenares de años por delante de la suya, ignoran lo que es la ciencia... ¡Les aventajamos en todo! Los esquimales no están a nuestra altura, ni muchísimo menos.

Vincent volvió a encogerse de hombros.

—Para usted, no —dijo—. Pero no es usted quien ha de decidirlo.

Morton Hillford insistió.

—Supongamos que usted tuviera que elegir, doctor. ¿Escogería a un esquimal?

—No —admitió el antropólogo—. Probablemente no. Pero yo veo el asunto con los mismos ojos que usted. Yo también soy norteamericano.

—Creo que comprendo el problema —dijo el Presidente lentamente—. La gente que iba en aquella nave tiene que estar mucho más adelantada que nosotros, pues de no ser así no viajaría en una nave como esa. En consecuencia, su escala de valores es distinta de la nuestra. No ven las cosas como las vemos nosotros. ¿No es cierto, doctor?

Vincent asintió.

—Eso es lo que yo diría, si tuviera que aventurar una hipótesis. Resulta razonable. Tal vez nuestra cultura ha descuidado algo importante: algo que tiene más valor que los grandes edificios, y la producción en masa, y el sufragio universal, y todo lo demás. ¿Cómo podemos saberlo?

El Presidente tamborileó con los dedos sobre su escritorio.

—Vamos a enfocarlo de este modo —sugirió—. ¿Es posible que los valores espirituales sean más importantes que el progreso tecnológico?

Vincent meditó unos instantes.

—No creo que sea eso —dijo finalmente—. Puede ser algo por el estilo, pero, en tal caso, ¿por qué escoger a los esquimales? Hay muchos pueblos inferiores a ellos en el aspecto tecnológico: los esquimales poseen notables aptitudes mecánicas. Han inventado una serie de cosas, tales como anteojos contra la nieve, técnicas de caza y complicadas puntas de arpón. No creo que podamos arrojar por la ventana a la tecnología; no es tan sencillo como todo eso. En cuanto a los "valores espirituales", yo no me atrevería a decir que los esquimales los posean en mayor medida que otros pueblos. En la India, por ejemplo, existe una profunda religiosidad.

El delegado en las Naciones Unidas intervino.

—¿Entonces, ¿qué es lo que tienen los esquimales?

—Sólo puedo dar una respuesta a esa pregunta —dijo Vincent—. No lo sé. Tendrán que esperar a Irvington, y sospecho que él quedará tan sorprendido como nosotros. Por mi parte, no tengo la menor idea del motivo por el cual han sido escogidos los esquimales. Tendremos que averiguarlo... y eso significa que tendremos que aprender un poco más de lo que ahora sabemos acerca de iodos los grupos humanos de nuestro planeta, para descubrir qué tienen los esquimales que los otros no tengan.

—Más dinero —suspiró el Presidente, con una mueca que quería ser una sonrisa—. Doctor, ¿no puede darnos algo para empezar, una teoría provisional? Dentro de una hora he de reunirme con los miembros del gobierno, y tendré que decirles algo. Después vendrán la televisión, y los periódicos, y los diplomáticos extranjeros, y el Congreso... Todo un problema. ¿No se le ocurre nada, doctor?

Vincent meditó unos instantes.

—Los esquimales han sabido adaptarse perfectamente a su entorno —dijo finalmente—. A menudo son presentados como ejemplo de adaptación al medio. Recuerdo que un antropólogo mencionaba el hecho de que en su idioma no figuraba ninguna palabra que designara el concepto de "guerra". Esto podría ser un buen punto de partida para elaborar una teoría. Pero insisto en que Irvington podrá resolver el problema mejor que yo.

—Muchas gracias, doctor Vincent —dijo el Presidente—. Aprecio su ayuda en lo que vale. Y, ahora, vamos a echar un trago. Creo que nos lo hemos ganado.

Pasaron a otra habitación. Morton Hillford fue el último en salir del despacho del Presidente.

—Esquimales —dijo tristemente, sacudiendo la cabeza—. Esquimales.

A la mañana siguiente, de acuerdo con el plan previsto, una nave más pequeña despegó de un costado de la enorme nave espacial posada muy alta en el cielo encima del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York.

Para los millones de espectadores, presentes y vía televisión, fue como si un cigarrillo surgiera de un gran cigarro plateado.

La pequeña nave aterrizó en el centro exacto de la zona prevista. Una burbuja de energía, brillando ligeramente al sol matinal, rodeaba la nave. Se abrió una escotilla circular y empezó la exhibición.

Dos hombres de elevada estatura y facciones correctas salieron de la nave, sin traspasar el escudo de energía. Iban vestidos exactamente igual, en un estilo más bien conservador. Se inclinaron hacia la escotilla, como si hablaran con alguien.

Un poco a regañadientes, el esquimal salió al exterior. Llevaba un traje nuevo y parecía sentirse incómodo dentro de él. Era bajito, más bien rechoncho y sus cabellos aparecían revueltos, como si nunca se hubiese peinado.

Contempló la ciudad de Nueva York con la boca abierta.

Sonrió con ingenuo placer.

Luego agitó alegremente la mano en dirección a la multitud que se había reunido para verle. Permaneció allí, sonriendo, durante un par de minutos, y después volvió a entrar en la nave.

La exhibición había terminado.

De acuerdo con lo previsto, se repitió en otras partes.

En Berna, Suiza.

En Moscú, Rusia.

En Londres, Inglaterra.

En el territorio de los Masai, en el África Oriental.

En China, Suecia, Australia, Méjico, Finlandia, Brasil, Samoa, Turquía, Grecia, Japón, Tibet...

En todo el mundo.

Y, desde luego, en todas partes la nave provocó enojosas preguntas. Desde luego, iodos los gobiernos sabían que se había cometido algún error.

De un modo tan súbito como había llegado, la enorme nave espacial se marchó. Dejando detrás de ella una estela de fuego atómico, se desvaneció en el oscuro mar del cual había llegado.

Se dirigía hacia Procyon, a once años-luz de distancia, para comprobar los resultados de un experimento que se había iniciado cien años antes.

El esquimal andaba de un lado a otro de la nave, masticando pescado y tratando de imaginar lo que iba a ocurrir. Dos hombres le observaban, divertidos pero no impresionados.

—Bueno —dijo uno de ellos—, a su gente no les faltarán las focas a partir de ahora.

—Es cierto —asintió su compañero—. Y podremos dejarle en Armike: se sentirá como en su propio hogar.

—Ya era tiempo de que le echáramos un vistazo a la Tierra —dijo el primero—. Ese planeta se está convirtiendo en la pesadilla de nuestro sector.

—¡Oh! La Tierra rectificará —dijo el segundo—. Estoy convencido de ello.

El esquimal escogió otro pescado de su cubo particular y miró a los dos hombres sin el menor interés.

—Supongo que se llevarían una gran sorpresa cuando le escogimos a él. Es un tipo simpático, aunque un poco primitivo.

—Un ligero estímulo nunca está de más, amigo mío. Mientras tratan de descubrir los motivos de que hayamos escogido a ese esquimal, construirán una nueva y verdadera ciencia.

El primer hombre bostezó y se desperezó.

—Y cuando regresemos, dentro de cien años —dijo—, sabremos cuál de sus pueblos posee una civilización realmente avanzada, para que podamos ofrecerle un puesto en la CIVILIZACIÓN.

El segundo hombre asintió.

—Desde luego —dijo, y sonrió.

El esquimal cogió otro pescado del cubo y empezó a masticarlo lentamente.