EL HOMBRE DEL AÑO UN MILLÓN

Herbert G. Wells

No cabe duda de que la literatura está muy bien, a su manera, aunque para el hombre contemplativo resultan mucho más fascinantes los libros que no han sido escritos. A estos últimos no hay que molestarse en sostenerlos; no hay páginas que volver. Pueden leerse en la cama las noches de insomnio sin una vela. Centrando la cuestión en otro tópico, el hombre primitivo, en las obras de los antropólogos descriptivos es ciertamente un personaje muy curioso y divertido; pero el hombre del futuro, si dispusiéramos de los hechos, nos atraería muchísimo más. Pero, ¿dónde están los libros? Tal como Ruskin ha dicho en alguna c, parte, hablando de Darwin, lo que debería interesarnos no es lo que el hombre ha sido, sino lo que será.

El hombre contemplativo, sentado en su cómoda butaca, meditando en esta última afirmación, ve súbitamente en el fuego, a través del humo azul de su pipa, uno de esos grandes volúmenes sin escribir. Es de gran tamaño, y debajo del nombre del autor —un tal Profesor Holzkopf, al parecer Catedrático de la Universidad de Weissnichtwo—, figura el título: «Las Características Necesarias del Hombre del Remoto Futuro Deducidas de la Corriente de Tendencias Existentes». El erudito Profesor es rigurosamente científico en su método, y cauteloso en sus deducciones, descubre el hombre contemplativo a medida que le sigue en su tesis, y sin embargo las conclusiones son notables. Es lo menos que puede decirse de ellas. Debemos imaginar al excelente Profesor exponiendo la materia con toda amplitud, voluminosamente técnico, pero el hombre contemplativo —dado que tiene acceso al único ejemplar— goza de absoluta libertad para extractarla a su gusto en beneficio del lector poco versado en cuestiones científicas. Aquí, por ejemplo, hay algo de factible lucidez que él considera digno de ser citado.

»La teoría de la evolución —escribe el Profesor— es aceptada ahora universalmente por zoólogos y botánicos, y se aplica sin reservas al hombre. Algunos discuten que sea válida para su alma, pero todos están de acuerdo en que tiene validez para su cuerpo. El hombre, se nos asegura, desciende de unos antepasados simiescos, moldeados por las circunstancias en hombres, y aquellos antepasados descendían a su vez de formas ancestrales de un orden más inferior, y así sucesivamente hasta llegar a la original gelatina protoplástica. Por lo tanto, es evidente que el hombre, a menos de que el orden del universo haya llegado a su fin, continuará modificándose en el futuro, hasta que dejará de ser hombre, para dar paso a otro tipo de ser animado. O Inmediatamente surge la fascinante pregunta: ¿Qué será ese ser? Contemplemos brevemente las influencias plásticas actuando sobre nuestra especie.

»Del mismo modo que las aves son los animales alados, moldeados y modificados para volar, y los peces son las animales que nadan, y tuvieron que enfrentarse con un problema de hidrodinámica, el hombre es el animal del cerebro; vivirá por su inteligencia, y no por su fuerza física, si es que tiene que vivir. De modo que lo que hay en él de puramente «animal» está siendo, y debe ser, incuestionablemente, suprimido en su desarrollo definitivo. La evolución no es una tendencia mecánica a la perfección según las ideas en boga en el año de gracia de 1892; es simplemente la adaptación continua de la vida plástica para bien o para mal a las circunstancias que la rodean... Nosotros observamos esta decadencia de la parte animal que nos envuelve en la pérdida de dientes y pelo, en la degeneración de las manos y los pies de los hombres, en sus quijadas más pequeñas. El hombre realiza ahora a través de ingenio, máquinas y acuerdos verbales, lo que en otras épocas realizaba a base de rudos esfuerzos; ya que en otros tiempos tenía que capturar su alimento, cazar a su esposa, huir de sus enemigos, y continuamente se ejercitaba a sí mismo, por amor a sí mismo, para cumplir bien aquellas obligaciones. Pero ahora todo ha cambiado. Los carruajes, los trenes y los tranvías han hecho innecesaria la velocidad, la adquisición de alimentos resulta más fácil; su esposa no es ya cazada, sino que por el contrario, tal como se encuentra el mercado matrimonial, es ella la que trata de pescar marido. La actividad física se ha convertido en una droga, en una trampa: el atletismo agota a un hombre y le incapacita para los negocios. En un medio donde lo esencial es la inteligencia, sólo sobreviven los que están mejor adaptados a él.»

El hombre del futuro, por tanto, tendrá evidentemente un cerebro mayor y un cuerpo ligeramente menor que el actual. Pero el Profesor hace una excepción a esto.

«La mano humana, dado que es la profesora y la intérprete del cerebro, se hará cada vez más poderosa y sutil, en tanto que el resto de la musculatura decaerá.»

La fisiología de nuestros descendientes, con sus cerebros en expansión, sus manos grandes y sensibles y sus cuerpos en decadencia, experimentará grandes cambios.

«Vemos ahora —dice el Profesor— en los sectores más intelectuales de la humanidad una creciente sensibilidad a los estimulantes, una mayor incapacidad para el consumo de alcohol, por ejemplo. Los hombres ya no pueden beberse toda una botella de oporto; algunos no pueden beber té; es demasiado excitante para sus delicados sistemas nerviosos. Estos hechos conducen lógicamente a la comprensión de otros. En otros tiempos, la carne cruda era un manjar digno de un rey. Ahora, las personas refinadas no prueban la carne si no se les presenta astutamente disfrazada. Los nabos se han convertido en una hortaliza incomible, pero hubo una época en que eran devorados con una especie de éxtasis. Y llegará el momento en que el cambio afectará a todos los otros frutos de la tierra. Incluso ahora, solo los más jóvenes comen manzanas crudas: los jóvenes siempre conservan características ancestrales después de su desaparición en los adultos. Algún día, incluso los niños contemplarán las manzanas sin la menor emoción. El niño del futuro contemplará una manzana con la misma indiferencia con la que ahora contempla un trozo de pedernal.

»Además, los nuevos descubrimientos químicos ejercerán su influencia modificativa sobre los hombres. La boca del hombre ha dejado de ser un instrumento para agarrar la comida; cada día es menos prensil, sus dientes son más pequeños, sus labios más delgados y menos musculares; posee un nuevo órgano, una mandíbula que no es de tejido irreparable, sino de hueso y acero: un cuchillo y tenedor. No hay ningún motivo para que las cosas se detengan en la parcial división artificial que se ha alcanzado; todo permite creer, por el contrario, que el proceso continuará hasta que aparezca algún ingenioso mecanismo que mastique e insalive la comida del hombre, haciéndolos completamente innecesarios.»

Siguiendo por este camino, ¿qué es lo que no desaparecerá? ¿Para qué servirán las orejas, la nariz y las cejas? Estas últimas protegieron en otros tiempos los ojos de lesiones provocadas en peleas o caídas, pero en el futuro el hombre se mantendrá firme sobre sus dos piernas y vivirá en paz. Así, el lector puede evocar súbitamente una borrosa y extraña visión del rostro del hombre del futuro:

»Ojos grandes, lustrosos, bellos, espirituales; encima de ellos, sin la separación de las cejas, se encuentra la parte superior de la cabeza, una cúpula reluciente y desprovista de pelo, cilíndrica y bella; no hay ninguna nariz que destruya la simetría de aquel rostro apacible, y lo mismo puede decirse de las orejas; la boca es una pequeña abertura, completamente redonda, sin dientes y sin encías, sin mandíbulas; ninguna emoción vulgar afectará a su redondez mientras reposa, como una luna llena o el lucero vespertino, en el amplio firmamento del rostro.

»Desde luego, el cuerpo y las extremidades sufrirán modificaciones similares.

»Todos los días se gastan muchas horas y muchas energías en la digestión; una especie de letargo se apodera de los hombres mortales después de las comidas. Esto puede y debe ser evitado. El hombre aumenta cada día sus conocimientos de la química orgánica. Actualmente, puede ya ayudar artificialmente a las glándulas gástricas. Tenemos pepsina, pancreatina, ácido gástrico artificial. ¿Por qué no podemos llegar a prescindir del estómago? Un hombre que no tuviera que masticar ni digerir sus alimentos gozaría de grandes ventajas sociales. En este sentido, los siguientes hechos pueden estimular quizás vuestra imaginación. No puede caber duda de que los artrópodos, una categoría de animales más antiguos e incluso ahora más comunes que los vertebrados, han experimentado más modificaciones filogenéticas —una hermosa frase— que los más modificados de los animales vertebrados. Formas simples como la langosta muestran una estructura primitiva similar a la de los peces. Sin embargo, en formas tales como el degenerado Chondracanthus, la estructura se ha diversificado mucho más de su tipo original que en el caso del hombre. Entre algunos de esos crustáceos más modificados, la totalidad del canal digestivo forma un sólido cordón completamente inútil: el animal se alimenta —es un parásito— absorbiendo el líquido nutritivo en el cual nada. ¿Existe alguna imposibilidad absoluta en la suposición de que el hombre está destinado a un cambio similar? ¿En imaginar que llegará a nutrirse sumergiéndose en un baño de líquido alimenticio?

»Imaginemos un edificio, una cúpula de cristal, a través de cuya superficie transparente pasan, palidecen y cambian unos chorros de los más puros colores del prisma. En el centro de aquella cúpula transparente y camaleónica hay un estanque circular de mármol lleno de un líquido ambarino, en el cual se sumergen y flotan unos extraños seres. ¿Son aves?

»Son los descendientes del hombre... cenando. Contempladles cómo saltan sobre sus manos —un sistema de avanzar preconizado ya por Björnsen— alrededor del blanco suelo de mármol. Tienen unas manos grandes, unos cerebros enormes, unos ojos suaves, líquidos, espirituales. Todo su sistema muscular, sus piernas, sus vientres, se han reducido a la mínima expresión»

Las visiones ulteriores del Profesor son menos halagüeñas.

«Los animales y las plantas se extinguirán antes que los hombres, a excepción de los que él conserve para su alimento o deleite. Los bichos y las plagas sucumbirán tarde o temprano en virtud de su incansable inventiva y de su disciplina en incesante crecimiento. Cuando aprenda (los químicos están acercándose ya al secreto) a hacer el trabajo de la clorofila sin la planta, su necesidad de otros animales y plantas sobre la tierra desaparecerá. Tarde o temprano, donde no existe capacidad de resistencia ni necesidad, se produce la extinción. En los días finales, el hombre estará solo sobre la tierra, y su alimento será ganado por la química a las rocas muertas y a la luz del sol.

»Y la irracional camaradería del hombre se convertirá en una cooperación intelectual, y la emoción caerá dentro del esquema de la razón. Indudablemente, falta todavía un largo espacio de tiempo, pero un largo espacio de tiempo no es nada en relación con la eternidad, y todo hombre que piense en estas cosas debe mirar a la eternidad cara a cara.

»Además, la tierra está irradiando siempre calor en el espacio, nos recuerda el Profesor. De modo que al final llega una visión de querubines terrenales, cabezas saltarinas, grandes inteligencias insensibles, y pequeños corazones, luchando juntos contra el frío cada vez más intenso. Ya que el mundo se está enfriando: lenta e inevitablemente, va haciéndose más frío a medida que transcurren los años.

»Debemos imaginar a esos seres —dice el Profesor— en galerías y laboratorios hundidos profundamente en las entrañas de la tierra. El mundo entero estará cubierto de nieve y de hielo; todos los animales, toda la vegetación, se habrán desvanecido, a excepción de esta última rama del árbol de la vida. Los últimos hombres tendrán que hundirse más profundamente aún, a menudo que vaya en aumento la disminución de calor en el planeta, y tendrán que construir ventiladores cada vez mayores para obtener el aire necesario.»

Así termina el horóscopo del Profesor, con una visión de aquellos topos humanos enterrados en sus profundas galerías, con sus enormes máquinas y ventiladores funcionando ininterrumpidamente, zumbando sin cesar, y las luces artificiales brillando y proyectando negras sombras. La humanidad en desalentada retirada ante el frío, ha cambiado más allá de todo posible reconocimiento.

Sin embargo, el Profesor es bastante razonable, sus hechos son ciencia admitida, sus métodos ordenados. El hombre contemplativo se estremece ante la perspectiva, empieza a hurgar el fuego, y el conjunto de este notable libro que no ha sido escrito se desvanece como por arte de magia entre el humo azul de su pipa. Esta es la gran ventaja de la literatura sin escribir: no hay que molestarse en cambiar de libro. Nuestro hombre contemplativo se consuela a sí mismo por el destino de la especie con los fragmentos perdidos del Kublai Khan.