EL FUTURO DE LAS RAZAS DEL HOMBRE
Cada Hombre un Genio, y el Retorno de Centauro
Cada dos o tres años, el suplemento dominical del New York Times publica el pronóstico de algún famoso antropólogo acerca del aspecto que tendrán nuestros descendientes en una época más o menos lejana. En el pronóstico en cuestión suele incluirse una lámina con la figura de un hombre de cráneo voluminoso, mandíbulas pequeñas y cuatro dedos en cada pie. Los escritores de Ciencia-Ficción son menos conservadores, lo mismo que nosotros.
Pero no se necesita un escritor de Ciencia-Ficción para predecir lo que puede suceder. Herman Muller, Joshua Lederberg, J. B. S. Haldane y otros renombrados científicos, algunos de ellos Premios Nobel, lo han demostrado claramente. El doctor Muller desea establecer bancos de esperma en los cuales pueda conservarse a baja temperatura el semen de hombres geniales, para fecundar eventualmente a mujeres bien dotadas. En realidad, la inseminación artificial de mujeres casadas incapaces de concebir por los esfuerzos de sus propios maridos se ha estado realizando discretamente desde hace algún tiempo, y el proceso de conservación de la esperma a baja temperatura fue desarrollado con éxito hace varias décadas, con células de ranas, por Hudson Hoaglan y Gregory Pincus, el inventor de la píldora que lleva su nombre. No hay nada de impracticable en la idea del doctor Muller.
Joshua Lederberg ha hecho varias propuestas más bien desconcertantes, las cuales pueden ser absolutamente factibles. Una de ellas es la de aumentar el número de neuronas en el cerebro humano inyectando hormonas adultas en el cerebro de los fetos, antes de que quede fijado en ellos el número de neuronas. Otro es la de utilizar un virus para introducir los modernos mensajes DNA en las células reproductoras humanas, y de este modo cambiar permanentemente los genes de la persona. Lederberg lo ha realizado ya con microorganismos. Y los DNA pueden ser extraídos de las células somáticas de un genio mediante una simple biopsia.
Un poco más remota es la posibilidad de cortar cromosomas vivos con diminutas cuchillas llamadas Nanaknives, o con lasers, y combinarlas de nuevo. Esta innovación exige una gran habilidad técnica y conocimiento más profundo que el que ahora tenemos del mapa genético de los cromosomas humanos. El difunto J. B. S. Haldane, un poco en broma, sugirió en 1962 que podían realizarse cruces intergenéricos combinando piezas de cromosomas, incluso cruzando seres humanos con focas para conseguir hombres-rana.
Lo malo de todos esos planes, por muy inteligentes que puedan resultar, es que la gente tiene que dar su consentimiento para su puesta en práctica. Las iglesias, sinagogas y mezquitas del mundo no están dispuestas a permitir esos juegos frankensteinianos con las fuerzas de la naturaleza. Los comunistas podrían seguir el esquema de Lederberg, pero la mayoría de ellos sólo han empezado a trabajar en genética moderna. Esto puede dejar atrás a los rusos y a los chinos continentales, al menos en el futuro inmediato. Pero los japoneses, que son excelentes genéticos, bioquímicos y fabricantes de microscopios, y lo bastante disciplinados como para haber introducido en el mundo el control de la natalidad, podrían dar un salto y colocar su rama de la subespecie mongoloide delante del resto de nosotros.
Una ciencia que puede encontrar muy poca o ninguna oposición será la geriatría. La gente vive más tiempo a cada generación que transcurre. Pero hay muy pocas personas, si es que hay alguna, que sobrepasen los ciento quince años. Con muy escasas excepciones, los nonagenarios y centenarios no son unos ciudadanos muy productivos. El segundo objetivo de la geriatría, más útil que la simple prolongación de la vida, es el de controlar y detener el proceso de envejecimiento. Si podemos conservar nuestros tejidos y procesos fisiológicos en una edad óptima, digamos treinta y cinco años, y luego continuar aprendiendo en la medida máxima de nuestra capacidad mental, el hombre encontrará finalmente la fuente de la eterna juventud y vivirá en la belleza y el conocimiento hasta que muera a consecuencia de un accidente que no admite un transplante de órganos. Predecimos que la prolongación de la vida y la conquista de la decadencia senil son perspectivas reales que pueden ser alcanzadas antes de que el público acepte esquemas que afecten a los cromosomas y a la materia gris fetal.
Si esos triunfos de la geriatría llegan lo bastante pronto como para afectar a personas que en la actualidad tienen más de cincuenta años, esos individuos continuarán reaccionando desfavorablemente a las innovaciones genéticas. Los hombres capaces de vivir indefinidamente no querrán ceder el control del mundo a una nueva y mucho más brillante generación. Si la conquista de la senilidad se demora hasta que ellos estén muertos, los futuros Muller, Lederberg y Haldane pueden tener su oportunidad.
Hasta ahora hemos mencionado algunas de las posibilidades corrientemente conocidas que podrían afectar al género humano en su conjunto en el futuro, pero, ¿qué hay acerca de la raza? A cada día que pasa puede mencionarse menos el problema de la raza. Predecimos que durante las dos próximas décadas, como mínimo, los estudios raciales continuarán declinando. Predecimos también que en algunos aspectos se acentuarán las diferencias raciales debido a que los geriatras y los genéticos son en su mayor parte europeos, norteamericanos, japoneses y chinos. ¿Querrán esos brujos tratar de prolongar las útiles vidas de miembros de razas que no sean la suya, o aumentar su capacidad intelectual? Los antropólogos podrían optar por la conservación y el mejoramiento intelectual de los antiguos aborígenes australianos, para que sirvieran de informadores permanentes a las futuras generaciones de estudiantes, pero los antropólogos pesan muy poco en el campo de la política.
Los negros, entretanto, pueden esperar otra innovación. Recientes investigaciones sobre los efectos de dos hormonas segregadas por la glándula pineal permiten afirmar que dentro de poco la gente podrá cambiar el color de su piel por medio de simples inyecciones. Una mujer de color, podrá convertirse en blanca con menos esfuerzo que el que requiere el cepillado y peinado de sus cabellos. Esto será particularmente eficaz para aquellas personas que tienen las facciones pequeñas y la piel oscura.
Cuando los genéticos portadores de cromosomas y los hombres del DNA obtengan luz verde para practicar su magia, las diferencias raciales podrán desaparecer, no sólo en el terreno de la anatomía y la fisiología, sino también en el campo amargamente debatido de la inteligencia. Todo el mundo que lo desee podrá tener un Cociente de Inteligencia de exactamente 199,95. Y una gente tan brillante como esa podrá adoptar las medidas necesarias para disminuir la natalidad, estabilizar la población mundial, restablecer los paisajes naturales de la tierra, dar a todo el mundo un trabajo que esté de acuerdo con sus aptitudes, y comprobar que la división del hombre en razas es un maravilloso regalo de la naturaleza, más bien que una fuente de animosidad.
Al contrario de los redactores del suplemento dominical del Times, serán capaces de decidir si quieren cuatro dedos o cinco en los pies, y los que se sientan suficientemente diabólicos podrán andar sobre pezuñas. Los centauros negros podrán jugar al polo contra los centauros blancos, con gnomos y duendes alentándoles ruidosamente desde las bandas. Esto suena como un sueño, o, si se prefiere, como una pesadilla. Pero, ¿lo es?
Computadoras, Biotecnología, Educación y Sentido Común
Los fabricantes de computadoras están profundamente interesados en las investigaciones de los cirujanos neurólogos, a fin de poder mejorar sus máquinas. No pasará mucho tiempo sin que podamos saber exactamente cuanta "inteligencia" está determinada genéticamente y cuánta está inducida ambientalmente. Una vez establecido este conocimiento, el problema de las diferencias interraciales en la capacidad genética de los individuos para el aprendizaje, toma de decisiones y ciertos aspectos de la conducta podrá ser leído directamente del propio cerebro. Esta nueva ciencia será para la frenología lo que la física atómica es para la alquimia. Habiendo determinado la capacidad de los individuos, los expertos en esta nueva ciencia podrán relacionar fácilmente sus hallazgos en términos de poblaciones y razas. Entonces podrá ser de interés académico resolver el problema de la validez de los Cocientes de Inteligencia y otras pruebas psicométricas. Los fabricantes de computadoras serán felices, y el problema de las diferencias raciales podrá ser trasladado del campo de batalla político al imperio de ingenieros y educadores.
Tal como B. F. Pierce ha señalado brillantemente, los ingenieros especializados en lo que ellos llaman biotecnología, han realizado minuciosos estudios sobre la utilización de los recursos naturales en la industria y el perfeccionamiento de máquinas para tratarlos, pero han prestado mucha menos atención a la utilización eficaz del tercero y más importante componente: el ser humano, que es a la vez productor y consumidor de su producto. La utilización eficaz de los seres humanos requiere un conocimiento tan exacto de sus órganos y funciones como el que los físicos, químicos, biólogos e ingenieros poseen ya de las materias primas y de las máquinas. Una parte esencial del conocimiento necesario puede ser proporcionado por las investigaciones en neurología que tanto interesan a los fabricantes de computadoras. Aunque Pierce ha enfocado su trabajo desde el punto de vista de la utilización eficaz de las diferencias culturales, es evidente que las diferencias raciales están inevitablemente implicadas en la cuestión.
En este punto de la historia de la humanidad las ramas más avanzadas de la ciencia empiezan a reunirse para estudiar al hombre, ocupando el lugar de los antropólogos y sociólogos, que trabajan con herramientas, técnicas y conceptos más elementales. Sus esfuerzos combinados deben conducir a lo que ahora es una conclusión impopular. En vez de tratar de homogeneizar las culturas del mundo mediante el "desarrollo" de los pueblos y naciones "subdesarrollados" —y en vez de continuar ignorando las diferencias raciales del mismo modo que estamos acostumbrados a evitar el mencionar el cáncer—, los científicos prácticos y responsables planearán y recomendarán unos sistemas encaminados a que a todos los miembros de todas las razas y culturas les sean asignadas unas tareas interesantes y que estén de acuerdo con sus aptitudes, o bien se les permita vivir tranquilamente de acuerdo con sus propias normas tradicionales mientras ellos lo deseen.
El éxito de los educadores sería un triunfo mayor que la conquista de la muerte, el éxito del DNA, u otra propuesta moderna: los cruces en masa para eliminar las razas. Y sus posibilidades serían también mayores que las de cualquiera de los otros equipos. Hay más gente interesada en educar a sus hijos que en construir Frankensteins o incluso en vivir indefinidamente. Ninguna iglesia importante, ningún partido político, se oponen a la educación. Nadie desea el desempleo o la pobreza, que en la mente pública van unidos a la inferioridad de oportunidades educativas. Gane quien gane, nuestra predicción acerca del futuro de las razas del hombre continua siendo la misma. Nosotros predecimos que si las cosas continúan como hasta ahora, los Australoides y los Capoides serán eventualmente absorbidos por sus vecinos, aunque su desaparición como razas puras puede tardar en producirse más de lo que algunos antropólogos creen. Predecimos también que los Caucasoides, los Mongoloides y los Congoides estarán con nosotros como unidades independientes durante mucho, muchísimo tiempo. No hay nada asombroso en estas predicciones, y confiamos en que nadie quedará decepcionado por ello.