REGRESIÓN

L. Sprague de Camp

—¡Hombres que pesan mil libras! —dijo el individuo de corta estatura y aire vivaracho.

El individuo con aspecto de profesor devolvió la botella a su compañero de asiento y se secó la boca con su pañuelo. Habló en voz alta por encima del zumbido de los turboreactores:

—¿No ha estado usted nunca en la reserva de los gigantes?

—No —dijo el individuo de corta estatura—. He visto fotografías en una revista, pero nunca he estado en esos Ozarks. He volado por encima de ellos muchísimas veces, pero nunca había tenido ocasión de acercarme por allí.

—Mi querido amigo, cuando haya fichado a sus jugadores en Springfield, déjese caer por Mushogee y yo le llevaré a la reserva.

—¿Cómo puedo llegar allí? —inquirió el individuo de corta estatura, en tono dubitativo.

—Hay una línea aérea, pero yo le aconsejaría que tomara el tren. Volando a diez millas de altura no podrá apreciar las bellezas del paisaje... —El individuo con aspecto de profesor sacó una tarjeta del bolsillo y garabateó algo en ella—. Tome usted. Me llamo Frybush; enseño antropología en la Universidad de Toronto. Y he venido aquí para ver los gigantes.

—Yo me llamo Grogan, Oliver Grogan —dijo el otro—. Soy el manager de los Lobos de Chicago... —Los dos hombres se estrecharon la mano—. ¿No habrá algún... ejem... peligro? Esos hombres-mono con mil libras de peso no parecen muy de fiar...

El profesor Frybush sonrió.

—En absoluto. El agente del gobierno les vigila, y si alguno no se porta como es debido se procura que no pueda volver a molestar a nadie.

—¿Quiere usted decir que les quitan de en medio?

—¡No! Ya le he explicado que los tribunales han dictaminado que los Gigantunthropus son legalmente seres humanos, con los derechos y privilegios de tales. Se limitan a trasladarles a otra parte de la reserva donde puedan arrancar los brazos o las piernas a los visitantes de tamaño normal cuando se enfurecen —Grogan se estremeció visiblemente y Frybush continuó—: ¿Qué pasa, no quiere usted ir? No está obligado a hacerlo; sólo quería hacerle un favor, a cambio de ese trago que me ofreció cuando de veras lo necesitaba. Y, a propósito...

Grogan le pasó de nuevo la botella.

—¡Oh! Iré, desde luego. De buena gana. Pero, dígame, ¿de dónde proceden esos seres? Yo tenía la idea de que se extinguieron hace un millón de años.

Frybush sonrió.

—Y así fue, en efecto, pero han sido re-creados.

—¿Cómo es posible eso? No me gustaría que alguien recreara un dinosaurio o algo por el estilo en el patio de mi casa.

—¿Ha oído usted hablar de los hermanos Héck? —inquirió Frybush.

—No.

—Eran un par de húngaros que re-crearon los extinguidos uros hace doscientos años.

—¿Los extinguidos qué?

—Los uros, unos grandes bisontes salvajes que vivieron en Europa alrededor del año 1600. Aunque llegaron a desaparecer, se habían cruzado con ganado doméstico, principalmente en España y en Hungría. De modo que los Héck recogieron ganado moderno que mostraba vestigios de aquella ascendencia y lo entrecruzaron para obtener la forma ancestral. Resultó más fácil de lo que habían esperado; en unas cuantas generaciones reunieron un rebaño de verdaderos uros. Actualmente puede vérseles en todos los parques zoológicos de Europa.

—A ustedes, los científicos, se les ocurre cada cosa... —dijo Grogan—. ¿Fue eso lo que hicieron con esos gigan... esos hombres-mono?

—Hasta cierto punto, sí. Cuando la gestación extrauterina se perfeccionó, después de las Guerras Mundiales, un norteamericano llamado Huebner vio una posibilidad de re-crear hombres fósiles por el mismo sistema, de modo que empezó a reunir voluntarios que mostraban vestigios de ascendencia del hombre de Neanderthal, del Gigantanthropus, etcétera. Aquí está otra vez la azafata... La azafata estaba diciendo con voz clara, modulada:

—Estamos a punto de aterrizar en Springfield, Missouri. Los señores pasajeros con destino a Springfield pueden empezar a recoger sus pertenencias. Todos los señores pasajeros deben abrocharse los cinturones de seguridad.

—Continúe —dijo Grogan, recogiendo su sombrero y su impermeable.

—Bien —dijo Frybush—, el proceso fue un poco más largo que en el caso de los uros, debido a que la herencia resulta más difícil de encontrar entre los seres humanos, y debido también a que una generación humana es varias veces más larga que entre el ganado. Sin embargo, terminaron por ver recompensados sus esfuerzos con el éxito. De modo que ahora tenemos una reserva de hombres de Neanderthal en España, una de Gigantanthropus en Oklahoma, etcétera.

—¿Qué hacen esos hombres-mono?

Frybush se encogió de hombros.

—Trabajos agrícolas sencillos, que es lo que la mayoría de ellos son capaces de aprender. ¿Le importa invitarme a otro trago? Estos aterrizajes me fastidian.

Una semana más tarde Oliver Grogan levantó la mirada hacia el profesor Frybush en su hotel de Mushogee y le dijo:

—Oiga, doctor, ¿qué hay de esa visita a los hombres-mono que me ofreció usted?

—Mantengo el ofrecimiento, desde luego. ¿Qué tal le ha ido con sus jugadores de rugby?

—Pésimamente. No he localizado ni uno. Los montañeses de estos andurriales ya no son lo que eran.

En la entrada de la reserva el profesor hizo una seña a Grogan para que pasara. El hombre, con su calva cabeza brillante de sudor, se había mostrado cada vez más nervioso en el curso del viaje, y la vista de un par de rifles en el pabellón del portero no contribuyó a tranquilizarle, precisamente.

—¿A qué distancia se encuentran esos gi... gigantes? —preguntó.

—Hay una aldea a media milla de aquí, siguiendo la carretera. Un simple paseo.

—¿Quiere usted decir que hemos de ir andando?

—Desde luego. No permiten circular a los automóviles por aquí.

—¿No nos acompañará un guardián?

—A nosotros, no. A mí me conocen, ¿comprende?

Grogan empezó a resoplar mientras trataba de que el profesor, con su marcha atlética, no le dejara atrás.

—¿Qué es eso?

"Eso" era un extraño y leve sonido vocal, parecido al rugido de un león.

—Es uno de los muchachos —dijo Frybush; y al cabo de unos instantes—: Aquí están algunos de ellos.

La hierba había sido cortada en una zona de un acre de extensión, aproximadamente, en una pequeña hondonada, y alrededor de aquella zona había cinco grandes seres velludos, cuatro machos y una hembra. Dos de los machos y la hembra estaban tumbados de espaldas y roncaban, en tanto que los otros dos machos jugaban con un balón.

Grogan no se dio cuenta de lo altos que eran hasta que se acercó más y tuvo que levantar la mirada para verles las caras. Medían unos nueve pies, eran mucho más robustos que los hombres normales y mostraban los rostros bestiales y la postura encorvada de los hombres-mono que aparecen en las ilustraciones de los libros sobre la evolución. Grogan comprobó con una sensación de malestar que el balón que se estaban lanzando y recogiendo con una sola mano era un pequeño balón medicinal.

—¡Eh, George! —gritó el profesor.

El hombre-mono más próximo miró a su alrededor, sonrió horriblemente y se acercó a ellos.

—George —continuó Frybush—, quiero presentarle a mi amigo Mr. Grogan. George Ethelbert, ayudante jefe de la tribu septentrional.

Grogan sumergió recelosamente su mano en la del monstruo. Era como estrecharle la mano a un niño de tres años, a la inversa. Grogan, sonriendo un poco estúpidamente, dijo:

—Mi llegar de Chicago. Volar en gran pájaro. Ustedes tener hermoso lugar.

El hombre-mono arrugó el entrecejo.

—¿Qué le pasa, mister? —gruñó—. ¿Acaso es usted extranjero?

—Bueno yo... no sabía que hablasen ustedes tan bien nuestro idioma —dijo Grogan—. Supongo que les gusta más esto que los mamuths y todo aquello, ¿eh?

—¿Eh? —dijo George Ethelbert, volviéndose hacia Frybush—. Profesor, ¿qué le pasa a este individuo? En mi vida he visto un mamuth...

—Perdóneme, perdóneme —dijo Grogan—. Pensé... bueno, ya sabe, que eran ustedes distintos, como esos seres que vivieron... ¡Oh! No he dicho nada. Usted tiene la palabra, profesor.

Frybush dijo:

—¿Quieres acompañarnos a visitar todo esto, George?

—¿Qué le parece si prescinden de mí y se llevan a Zella por una vez? —dijo Ethelbert—. Estaba jugando muy a gusto.

—De acuerdo.

—¡Zella! —rugió Ethelbert.

Al ver que la hembra continuaba roncando, le tiró su balón medicinal, el cual rebotó contra sus costillas con un sonido semejante al lejano retumbar de un trueno.

—¡Maldito...! —aulló la hembra, incorporándose rápidamente—. Ahora verás...

Y se precipitó contra Ethelbert como un elefante furioso. En el último momento, George se hizo a un lado con una agilidad asombrosa en un ser tan enorme, y Zella pasó de largo. Casi se estrelló contra los dos hombres normales, y los dos monstruos se echaron a reír al ver a Frybush y a Grogan eludiendo a duras penas la embestida. La hembra, aparentemente apaciguada, dio una palmada en la espalda a Ethelbert que hubiese derribado a un rinoceronte.

—De acuerdo —dijo—. Llevaré a esos enanos a dar una vuelta por ahí y luego pondré una serpiente en tu camastro para enseñarte cómo se debe tratar a una dama. ¿A dónde quieren ir ustedes?

—Profesor —dijo Grogan en voz baja, mirando cautelosamente la peluda espalda de Zella que avanzaba delante de él—. Esa... lo-que-sea me recuerda a mi segunda esposa. Por lo que usted me dijo, supuse que esa gente sería más bien mentalmente subdesarrollada. Y no parece ser así.

—Eso depende del individuo —dijo Frybush—. En realidad, no son Gigantanthropus puros, ¿comprende? Se tardaría muchas generaciones en eliminar todos los genes actuales. Por otra parte, George es prácticamente un genio entre los gigantes, lo cual significa que es casi tan inteligente como un ser humano de tipo medio.

—Hm-m-m —Grogan ando en silencio, pensativo, mientras Zella señalaba las enormes cabañas de troncos. Al verlas, Grogan dijo—: Tienen un aspecto muy rudimentario, profesor. ¿No sería más sencillo traer casas prefabricadas de la ciudad?

Frybush sacudió la cabeza.

—Ya lo intentaron, y casi echó a perder la regresión. Los gigantes se vuelven perezosos si se les da todo hecho. Y al mismo tiempo se desaniman. Prefieren vivir por su propio esfuerzo, aunque no sean demasiado eficientes. Más adelante, Frybush dijo:

—Mire, Mr. Grogan. He de hablar con Zella de algunos asuntos educativos. ¿Por qué no me espera aquí? Puede sentarse en aquel banco, o pasear por estos alrededores; no corre usted ningún peligro.

—De acuerdo —dijo Grogan en tono resignado. Cuando la pareja se hubo marchado, se sentó en el banco que le había señalado el profesor y cerró los ojos. Estaba aburriéndose; el lugar no era más que una casa de labor donde todo tenía un tamaño doble del normal, y las casas de labor no atraían a Oliver Grogan.

Apenas había cerrado los ojos, cuando una voz dijo:

—¡Eh, tú!

Grogan abrió los ojos y se puso en pie de un salto. Delante de él había otro de aquellos seres. Por su tamaño y su relativa falta de pelo, calculó que debía tratarse de un niño de la especie. Grogan, que poseía muy pocos conocimientos incluso acerca de los niños corrientes, le atribuyó unos doce años. De todos modos, era casi tan alto como él, y pesaba mucho más de sus ciento treinta libras.

—¿Sí? —dijo, apoyándose contra el banco y rogando por que regresara el profesor.

—Eres otro enano, ¿verdad?

—Supongo que sí, si dais ese nombre a la gente normal.

—¿Has venido con el profesor?

—Sí.

—Dame un poco de goma de mascar, ¿quieres?

—No tengo.

—Vamos, vamos... Todos los enanos tienen goma de mascar. ¿Por qué no quieres darme un poco?

—Déjame en paz. Ya te he dicho que no tengo.

Grogan empezó a deslizarse a lo largo del banco?

—Te la he pedido con buenos modos, ¿no?

El chiquillo agarró la manga de la chaqueta de Grogan.

Grogan sacudió el brazo, tratando de soltarse. Al no conseguirlo, el pánico hizo presa en él y soltó un puntapié al azar, golpeando algo duro.

—¡Ay! —aulló el chiquillo, soltando la chaqueta de Grogan para saltar sobre una pierna y frotarse la lastimada espinilla de la otra.

Grogan echó a correr en la dirección por la cual se había marchado Frybush. Oyó el resonar de los enormes pies del chiquillo detrás de él, y su voz aullando insultos. Luego, unos pesados brazos cogieron sus piernas y le hicieron caer boca abajo, y unos grandes puños empezaron a aporrear su espalda.

—¡Socorro! —gritó, enterrando la cabeza en sus brazos.

—¡Sal de ahí! —rugió la voz de Zella, y Grogan notó que el chiquillo era arrancado de su espalda.

Rodó sobre sí mismo a tiempo para ver a Zella que agarraba al chiquillo por el cuello con una mano, en tanto que con la otra le propinaba un terrorífico azote en el trasero que le envió a veinte pies de distancia. El chiquillo se incorporó y se echó a llorar.

—¡Me las pagarás, Zella! —dijo—. ¡Y ese enano también! Lo único que he hecho ha sido pedirle con buenos modos un poco de goma de mascar, y me ha pegado una patada en la espinilla. Voy a arrancarle la cabeza...

Al ver que Zella se disponía a salir detrás de él, el chiquillo, sin dejar de aullar, desapareció por la esquina de la cabaña más próxima.

Grogan sacudió el polvo de su traje mientras Zella y Frybush se deshacían en disculpas.

—No tiene importancia —dijo Grogan—. Es más, me ha dado una idea. Profesor, ¿pueden ésos... pueden nuestros amigos abandonar la reserva si lo desean?

—Desde luego, si no han de representar un peligro. No son ciudadanos, sino pupilos del gobierno, con ciertos derechos garantizados. Algunos han viajado mucho, pero siempre regresan aquí.

—¿Por qué?

—Para estar entre los de su propia raza.

—Sí —dijo Zella—. Y tiene usted que admitir que no resulta muy agradable para nosotros viajar en uno de sus pequeños trenes, o dormir en una de sus diminutas camas. ¡Uf! Y las líneas aéreas se niegan a aceptarnos como pasajeros.

Grogan dijo:

—¿Podría hablar otra vez con George Ethelbert?

—Desde luego —dijo Frybush—. Le veremos cuando vayamos hacia la salida.

Cuando vieron a Ethelbert, que continuaba jugando con el balón, Grogan le llamó aparte y le preguntó:

—George, ¿le gustaría ser jugador de rugby profesional?

—¿Eh? ¿Qué? ¿Se refiere usted a jugar al rugby por dinero?

—Sí. Yo podría convertirle en jugador.

George Ethelbert meditó unos instantes, con la frente arrugada. Finalmente dijo:

—Muchas gracias, Mr. Grogan. Espero que no se molestará si rechazo su ofrecimiento.

—¿Por qué no quiere ser jugador de rugby?

Ethelbert se frotó nerviosamente las manos.

—Bueno, a decir verdad, no quiero ser jugador de rugby; quiero ser un artista.

—¿Un qué?

—Un artista. Ya sabe, un individuo que pinta cuadros.

Grogan se echó el sombrero hacia atrás y se rascó la cabeza, desconcertado.

—Vamos a ver, vamos a ver, déjeme pensar... Tal vez encontremos una solución. Vamos a ver... ¡Ya está! Usted me firma un contrato para jugar al rugby, y yo le pago un curso en el Instituto de Arte de Chicago. Tal vez pueda llegar a ser como Harry Whitehill, el jugador de baseball que enseña matemáticas cuando no está jugando.

—No sé, no sé... —dijo Ethelbert—. Déme veinticuatro horas para pensarlo. Pero, dígame una cosa, ¿cómo me llevaría usted a Chicago? No puedo viajar en tren...

—Supongo que tendré que alquilar un camión de mudanzas. Esto me da otra idea. Le embarco a usted hacia el norte en ese camión sin decírselo a nadie, le entreno en secreto, y luego le presento en nuestro primer partido de la temporada como una sorpresa... ¡Muchacho, qué propaganda! A propósito, ¿tiene algo de ropa? No puede andar por Chicago tal como va ahora.

—Sí, tengo un traje para llevarlo en la ciudad. Tuvieron que hacérmelo a medida, naturalmente.

—Muy bien —dijo Grogan.

El primer partido iba a jugarse contra los Gatos Salvajes de Dallas. Ethelbert, equipado de jugador experimentaba cierto temor y cierta esperanza. Por una parte, nunca se había enfrentado con una multitud tan numerosa de personas "normales", y estaba seguro de que quedaría completamente aturdido al saltar al campo de juego. Le mirarían con asombro, le harían fotografías, y si tartamudeaba o cometía algún desliz, los periodistas se ensañarían con él. Más de una vez había lamentado haber abandonado la reserva donde, en su calidad de ayudante jefe, era una especie de personaje entre los suyos y no tenía que vigilarse a sí mismo continuamente.

Por otra parte, una vez la gente le conociera, no tendría que andar ocultándose en todo el mundo. Estaba viviendo en Cicero, en una tienda de campaña, instalada en un patio perteneciente a Bill Szymczak, el capitán del equipo, y viajando hasta el campo de entrenamiento en el camión cerrado de Grogan. Confiaba también en que Grogan le llevaría finalmente al Instituto de Arte, pues, ya no tendría el pretexto de que la gente podía descubrir su existencia. Otros hombres de la raza de Ethelbert le habían advertido de la falta de escrúpulos que mostraban los enanos cuando se les presentaba la oportunidad de aprovecharse de uno de los de su raza.

Grogan dirigió un pequeño discurso estimulante al equipo, terminando con estas palabras:

—...de este partido dependen muchas más cosas de las que podéis imaginar. De modo que, ¡adelante y a por ellos!

—¡Oh! —murmuró Szymczak junto a Ethelbert—. Eso significa que el viejo anda otra vez apurado de dinero.

—¿Otra vez? —inquirió Ethelbert, inquieto.

—Desde luego, siempre está apostando su camisa y perdiéndola, o haciendo otras tonterías por el estilo. Bueno, confiemos en que no le metan mano antes de que nos haya pagado el sueldo.

—Vamos, muchachos —dijo Day, el entrenador.

El equipo avanzó a través del túnel en fila india, para echar a correr a medida que salían al campo. Ethelbert, la sorpresa del día, cerraba la marcha. Y no tendría que correr, puesto que le bastaba alargar el paso para mantenerse a la altura de los demás.

A medida que el equipo aparecía en el campo, sus partidarios prorrumpían en un rugido de entusiasmo, aunque menos estruendoso que en un gran partido de aficionados, con sus gritos de aliento organizados. Normalmente, el ruido se prolongaba hasta que algunos de los muchachos ocupaban su banco, en tanto que los otros efectuaban ejercicios de precalentamiento.

Sin embargo, en el momento en que Ethelbert salió del túnel, el rugido murió como estrangulado. Ethelbert pudo ver un movimiento fluctuante a través de la masa de cabezas en torno al estadio, mientras los espectadores se volvían hacia sus vecinos para preguntarles algo. Sabía que Grogan había efectuado una inteligente campaña publicitaria para despertar el interés y la curiosidad sobre su nuevo y misterioso defensa, y confiaba en que aquellas personas no quedarían decepcionadas.

Ethelbert se sentó en el banquillo que habían construido especialmente para él y esperó, notando los millares de ojos clavados en él como agujas. Luego, Day se acercó y dijo:

—George, vamos a atacar desde el primer momento. No te adelantes demasiado, y si alguno de los Gatos contraataca no te emplees con demasiada fuerza; podrías matarle. Tómatelo con calma. ¿Qué es eso? Grogan se acercó a ellos y dijo:

—Parece ser que nuestros rivales están conferenciando con el arbitro. Supongo que tratan de protestar por alineación indebida... Aquí está.

El arbitro se dirigió a Grogan:

—Me gustaría conocer a su nuevo defensa. Algunas personas ponen en duda lo legal de su alineación.

—No hay inconveniente —dijo Grogan—. Mr. Rosso, le presento a George Ethelbert. ¿Ve algo anormal en él?

Rosso se encogió un poco cuando Ethelbert le alargó una mano del tamaño de un maletín, pero acabó estrechándola.

—N-no —dijo—, a menos que se llame anormal a tener el tamaño de una casa. Los Gatos Salvajes hablaron de que usted iba a alinear en su equipo a un gorila domesticado. A propósito... ¿sabe hablar su nuevo jugador?

—Desde luego que sé hablar —dijo Ethelbert—. ¿Qué quiere usted que diga?

—Veo que habla perfectamente —dijo Rosso—, pero el asunto no acaba de gustarme. ¿Están preparados?

Martin puso en juego el balón por los Lobos. Un Gato Salvaje se apoderó de él y retrocedió hasta la línea de treinta yardas de su propio campo antes de ser derribado.

Mientras se colocaban para la "melée", Ethelbert pudo ver por primera vez a sus anchas a los Gatos Salvajes, y ellos a él. Lo que vieron no pareció complacerles demasiado. No dejaron de mirarle cuando se suponía que debían estar escuchando a su capitán, el cual daba instrucciones a los jugadores.

Las dos primeras "melées" terminaron con otros tantos saques de banda. En la tercera, uno de los Gatos Salvajes salió disparado con el balón, pasó la primera línea de los Lobos y corrió hacia Ethelbert, el cual, recordando las instrucciones que había recibido, se limitó a extender una mano hacia el contrario, sin demasiada convicción. De todos modos, el balón salió por la línea de banda.

Al ver aquello, la expresión desesperada de los rostros de los Gatos Salvajes pareció relajarse un poco. Sacaron de banda y el balón salió volando en dirección a un delantero que se encontraba desmarcado. Ethelbert se precipitó hacia él, extendiendo sus velludas manos, mostrando sus enormes dientes y gritando: "¡Búú!" El espectáculo mantuvo al jugador tan ocupado en apartarse de Ethelbert, que ni siquiera pensó en recoger el balón, el cual quedó en poder de George.

—¡Muy bien, muchacho! —le gritó Szymczak—. ¡Adelante!

Ethelbert inició la marcha hacia la portería contraria. Un osado Gato Salvaje rodeó una pierna de Ethelbert con los dos brazos, pero Ethelbert sacudió la pierna y envió rodando al jugador a veinte pies de distancia. Cuando otro se lanzó contra él, le cogió con su mano libre y le apartó a un lado. Luego trotó hacia la línea de fondo y obtuvo un ensayo.

Las gradas rugieron; unos hombres vestidos de blanco se llevaron en una camilla al jugador que Ethelbert se había sacudido de la pierna; y los Lobos transformaron su primer ensayo. Siete a cero a favor de los Lobos.

Los Gatos Salvajes estaban tan desmoralizados, que cuando se reanudó el partido perdieron inmediatamente el balón. Este fue a parar a manos de Ethelbert, el cual volvió a iniciar una carrera hacia la línea de fondo. Parecía haber muchos adversarios delante de él, pero ninguno de ellos se atrevió a cortarle el paso, a pesar de los aullidos de su capitán: "¡Placadle! ¡Placadle!" Otro ensayo.

El partido se interrumpió. Ethelbert vio que los Gatos Salvajes se reunían alrededor de su entrenador, agitando los brazos y gritando. Súbitamente, Martin le dijo:

—Dicen que no quieren jugar más. Le has roto una pierna a ese individuo, George.

—¿De veras? Lo siento mucho —dijo Ethelbert.

Ahora, Grogan estaba discutiendo con el entrenador y con el manager de los Gatos Salvajes, acaloradamente.

—Los muchachos dicen que no quieren continuar —aulló el manager de los Gatos Salvajes.

—¿Qué es esto, una huelga? —gritó George—. Creí que tenían ustedes cláusulas de arbitraje en sus contratos.

—¿Cómo vamos a arbitrar una cosa como ésta en pleno partido? Si no se lleva usted a ese gorila, los muchachos no jugarán más. Y no se lo reprocho. Dicen que para equilibrar las fuerzas tendrían que contar con un toro salvaje en su equipo.

—¿Quiere usted decir que dan por perdido el partido?

—Llámelo como quiera...

El arbitro se unió a ellos:

—¡No pueden hacer eso! El público va a armar un escándalo. Tendremos que devolverles el importe de sus localidades. Perderán su...

—¡Y yo digo que no voy a sacar a Ethelbert del equipo! —aulló Grogan—. No pienso renunciar a mis derechos.

La disputa se hizo demasiado general para que Ethelbert se enterase de lo que estaba pasando. Se retiró a los bancos con sus compañeros de equipo y se sentó, hasta que el grupo se disolvió y Grogan se acercó a ellos.

—Vamos, muchachos —dijo—. A la lucha. Hoy cobraremos sin tener que jugar.

—¿Podré ir ahora al Instituto de Arte? —le preguntó Ethelbert.

—Desde luego, desde luego, pediré hora para mañana por la tarde.

—Gracias, Mr. Grogan. Y, oiga, ¿no podría dejar de viajar en el interior de ese viejo camión de mudanzas? Encogiéndome un poco, puedo ir al lado del conductor, y puesto que ahora la gente ya me conoce...

—De acuerdo, de acuerdo... Ahora, no me molestes.

Ethelbert encontró el vestuario lleno de informadores y de reporteros gráficos.

—Mr. Ethelbert, ¿cómo le sienta alternar con seres humanos?

—Mr. Ethelbert, ¿quiere usted volver la cabeza para que pueda retratarle de perfil?

—Oiga, George, ¿cómo se las arregla con las cabinas telefónicas?

Y así por el estilo. Cuando le preguntaron en qué estaba interesado, además del rugby, estuvo a punto de hablar de sus aficiones artísticas. Sin embargo, pensó que podían tomárselo a broma y mantuvo la boca cerrada. Al tratar con enanos, tenía que autovigilarse continuamente.

Ethelbert disfrutó su viaje hasta Cicero a través de una leve llovizna en el asiento delantero del camión de mudanzas, a pesar de que tuvo que sentarse encogido, con las rodillas pegadas a la barbilla, y de que el camión se inclinaba visiblemente a estribor. En un momento determinado se encontraron en un atasco, y un taxista impaciente empezó a insultar a Szymczak, que conducía el camión, acusándole de que le cortaba el paso. Ethelbert abrió la portezuela y se asomó por delante del parabrisas, de modo que el taxista pudiera verle. El hombre abrió unos ojos como platos y volvió a ocuparse de su volante, sin pronunciar una sola palabra más.

Cuando llegaron a la pequeña casa de Szymczak, Ethelbert insistió en llamar por teléfono al hospital al que habían llevado al Gato Salvaje lesionado, para enterarse de que su fractura no era grave. Deseaba incluso hacerle una visita al jugador, pero Szymczak dijo:

—No, George, piensa un poco. Si vas a visitarle y te ve entrar por la puerta de su habitación, puede darle un colapso.

—¡Oh! —gruñó Ethelbert—. Todos los enanos creéis que porque soy mayor que vosotros no tengo sentimientos humanos.

Se retiró al patio a esperar que le sirvieran sus diez libras de cena, preguntándose cuánto tiempo tendría que alojarse aún en aquella tienda de campaña. Aunque estaba acostumbrado a vivir en condiciones difíciles, en las pocas semanas que llevaba en Chicago había podido vislumbrar los atractivos de la civilización. Tal vez algún día podría tener una casa construida especialmente para él, con muebles a la medida...

A la mañana siguiente llamó por teléfono a la oficina de Grogan. Para hacer esto, se colocó al lado de la ventana de la casa de Szymczak, por la parte de fuera. Szymczak marcó el número, ya que los dedos de Ethelbert no cabían en los agujeros del disco, y cuando la oficina contestó Szymczak le pasó el receptor a través de la ventana.

La secretaria de Grogan dijo:

—No, George, Mr. Grogan no está aquí. Ha venido, pero ha tenido que salir corriendo para entrevistarse con su abogado. Creo que se trata de algo relacionado con la reunión que va a celebrarse esta tarde.

—¿Qué reunión? —dijo Ethelbert, sosteniendo el receptor entre el pulgar y el índice.

—¡Oh! ¿No está enterado? El comité ejecutivo de la Liga Nacional de Rugby va a reunirse después de almorzar. Van a tratar del partido de ayer.

—¿Eh? —dijo Ethelbert, y repitió a Szymczak las palabras de la secretaria.

Szymczak silbó.

—Pregúntale si no es una reunión algo precipitada.

La secretario dijo:

—Desde luego. Dos de los miembros del comité han llegado en avión de California esta misma mañana. El partido de ayer traerá cola.

—¿No ha dicho nada Mr. Grogan de su cita conmigo, para ir al Instituto?

—No, nada. Poco después de salir de aquí, se presentó un oficial del juzgado preguntando por él.

—¿Para qué?

—Lo ignoro. Tal vez una de sus ex esposas ha vuelto a presentar una demanda contra él.

Szymczak, cuando Ethelbert le contó aquello, frunció el ceño.

—Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para lanzarse sobre él. Estaba cargado de deudas, y si ahora el comité ejecutivo prohíbe tu alineación, será su ruina.

Ethelbert gruñó:

—¿Por qué no me advirtieron estas cosas antes de que me enredara con un tipo así? ¿Qué hará Mr. Grogan? ¿Huir?

—Es posible. ¿Estás preparado para ir a entrenar? Voy a buscar el camión.

Aquel día, George Ethelbert practicó con sólo la mitad de su mente, mientras con la otra mitad se preocupaba de lo que podía hacer Grogan. A media tarde, el entrenador le llamó desde la banda:

—¡Eh, George!

—¿Sí? —dijo Ethelbert, interrumpiendo su lanzamiento.

—Mr. Grogan quiere verte.

El tono de Day hizo que el corazón de Ethelbert se encogiera mientras se dirigía a los vestuarios. Allí encontró a Grogan, con un rostro tan nublado como el suyo, pensó George.

—George —dijo Grogan—, lamento mucho tener que decirte esto, pero el comité se ha pronunciado en contra de tu actuación como jugador.

—¿Eh?

—Sí, han introducido una nueva norma. A partir de ahora no podrán participar en la Liga gigantes, ni pitecántropos, ni otros productos de los experimentos de Huebner. Para asegurarse, han establecido un límite de peso: trescientas cincuenta libras.

—Vaya —fue lo único que Ethelbert pudo decir.

Day intervino:

—No pueden hacer eso después de haber empezado la temporada, Ollie.

—Tal vez no, pero lo han hecho. George, arreglaré las cosas para que el camión te lleve otra vez a la reserva. Quieres ir allí, ¿verdad? Ethelbert frunció el ceño.

—¿Qué hay de mi curso de arte?

—¡Oh! Olvídalo. Tú no puedes cumplir tu parte del contrato, de modo que no puedes esperar que yo cumpla la mía. Te dejo en completa libertad.

Ethelbert sacudió su enorme cabeza.

—Recuerdo perfectamente el texto del contrato, Mr. Grogan, y decía que yo asistiría al curso, independientemente de si era capaz de jugar o no. Recuerde que insistí en que quedara estipulado así.

Grogan extendió sus manos.

—Sé razonable, George. Me encuentro en una situación económica muy apurada, y si tú no puedes jugar no puedo permitirme costearte el curso. No se le pueden pedir peras al olmo, ¿comprendes?

—Quiere usted decir —gruñó George— que desea quedar libre de su promesa, y éste es un buen pretexto. Es usted un tipo asqueroso, y voy a romperle las costillas, ahora mismo...

—¡Ay! —Grogan se ocultó rápidamente detrás del entrenador y rebuscó en su bolsillo—. ¡No des un paso más o te dejo seco!

Su mano empuñaba una pistola. Mientras Ethelbert vacilaba, Grogan se escurrió hasta la puerta y desapareció.

Ethelbert se dirigió hacia la puerta, pero ésta se cerró delante de sus narices. Regresó al interior del vestuario, sacudiendo el edificio hasta sus cimientos, y se volvió hacia Day. El entrenador palideció.

—No tenga miedo, Mel —rugió Ethelbert—. No estoy enfadado con usted.

—Bueno...

—Sé lo que le pasa. Sólo porque soy grande y feo, cree usted que soy una especie de gorila capaz de destrozarlo todo en un acceso de furor. Pero yo le tenía a usted por un amigo...

—Lo siento, George; por un momento creí que ibas a atacarme. Lo siento mucho. ¿Qué vas a hacer ahora?

—No lo sé. Usted sabe lo mucho que como, comparado con uno de ustedes; esto quiere decir que el dinero que tengo no me va a durar mucho. ¿Qué hace usted cuando alguien no cumple lo que le ha prometido?

—Bueno, en tu lugar, yo contrataría a un abogado y presentaría una demanda.

—¿No hay que pagar a los abogados un montón de dinero por anticipado?

—Normalmente sí, pero algunos de ellos aceptan casos en condiciones especiales. Si ganan el pleito, cobran un tanto por ciento; si lo pierden, no cobran nada.

—¿Conoce usted a algún abogado?

Day cerró los ojos durante unos segundos.

—Bueno, no me gustaría que Ollie se enterara de esto; después de todo, trabajo para él. Pero si vas a ver a Charlie MacAlpine a esta dirección, se encargará de tu caso. Llévate tu contrato.

Ethelbert se marchó con Szymczak, como de costumbre, y a la mañana siguiente convenció a su compañero de equipo para que le dejara en casa del abogado de camino al entrenamiento.

Cuando Ethelbert empujó la puerta de la oficina de MacAlpine, la muchacha que atendía a las visitas profirió un grito y derribó su silla. El ruido hizo salir de su despacho a MacAlpine: un hombre robusto, de aspecto soñoliento, con una abundante mata de cabellos grises. El abogado tranquilizó a la muchacha:

—Cálmese, cálmese, este es Mr. Ethelbert, que me ha pedido hora por teléfono. No hay por qué asustarse. Pase a mi despacho, Mr. Ethelbert, y cuénteme lo que le pasa. Creo que podrá entrar por esta puerta, si pasa de lado.

Cuando Ethelbert hubo contado su historia, MacAlpine dijo:

—Normalmente, no acepto casos a porcentaje; no lo considero equitativo, ni para mí ni para el cliente. Pero voy a aceptar el suyo. Aunque no perciba un centavo, tendré la compensación de una excelente publicidad completamente gratis.

Después de revisar el contrato y de discutir todas sus cláusulas, MacAlpine dijo:

—De acuerdo, hoy mismo redactaré la demanda, y la presentaré mañana a primera hora.

—¿Qué hago yo entretanto?

—¿Qué quiere usted decir?

—No tengo ningún empleo, y no puedo volver a casa de Bill Szymczak. Y no creo que Mr. Grogan me deje utilizar el camión cuando se entere de que voy a pleitear contra él.

—Vamos a ver... Sí, conozco a un hombre que vive cerca de aquí y me debe un favor. Es el director de un hotel. Creo que le convenceré para que le permita alojarse allí. Y me ocuparé de que coma usted hasta que se resuelva el caso.

—No sé cómo agradecérselo, Mr. MacAlpine.

El director del Hotel Elysyan no pareció muy complacido ante la perspectiva de tener a un huésped que pesaba mil libras, y murmuró algo acerca de la resistencia de sus camas.

—No se preocupe —dijo Ethelbert—. No sabría dormir en una cama. Extienda un par de colchones en el suelo y estaré perfectamente.

—¿Y qué pasará si nuestros clientes empiezan a tropezarse con usted en el vestíbulo? Compréndalo, Mr. Ethelbert, no se trata de una discriminación contra las personas de su raza, pero...

—En ese aspecto no habrá problemas —aseguró Ethelbert—. Sólo saldré de mi habitación para ir a ver a MacAlpine. No conozco Chicago lo suficiente como para andar dando vueltas por ahí; me perdería.

A la mañana siguiente MacAlpine telefoneó a Ethelbert:

—Venga en seguida a mi oficina, George. Grogan y su abogado llegarán de un momento a otro.

En la oficina, MacAlpine le dijo:

—Quieren llegar a un arreglo para que el caso no pase al tribunal. Le ocultaré a usted en el despacho interior, y no haga ni diga nada, pase lo que pase. Yo entraré a decirle lo que ofrecen.

—Mr. MacAlpine —dijo Ethelbert—, tal vez estoy siendo demasiado duro con el pobre Mr. Grogan...

—¡Tonterías! Ollie Grogan no le ha dado nunca una oportunidad a nadie, de modo que no se preocupe por él. Ethelbert esperó en el despacho interior, oyendo un leve rumor de voces, hasta que MacAlpine entró:

—George, le ofrece a usted las dos terceras partes del precio de su curso de arte, si retira la demanda. He discutido con ellos. Al principio insistían en que usted no era humano, y he tenido que citarles una docena de casos para demostrarles lo contrario. Querían ofrecerle únicamente una cuarta parte o la mitad.

—¿Qué opina usted?

—Creo que le conviene aceptar. Teniendo en cuenta el estado financiero de Ollie, temo que si tratamos de apretarle las clavijas la cosa se prolongue más de la cuenta y nos encontremos con un hombre completamente arruinado. Corre el rumor de que perdió cincuenta mil dólares en una partida de póquer con un gángster, y que este individuo empieza a presionarle.

Ethelbert meditó unos instantes.

—De acuerdo, Mr. MacAlpine. ¿Qué hago ahora?

—Veremos.

MacAlpine condujo a su cliente a la oficina exterior, donde saludó a Grogan y a su abogado, intercambiando con ellos unas heladas sonrisas. Grogan dijo:

—Si esperas hasta mañana, George, te pagaré...

—¿Por qué no hoy, Mr. Grogan?

Grogan se encogió de hombros.

—Tengo que reunir el dinero...

—Perdone, pero seguramente tiene usted cuenta corriente en un banco. Puede extenderme un cheque.

—No soy partidario de los bancos. Guardo mi dinero en efectivo.

—Bien, entonces iré con usted a su casa, y puede pagarme allí.

MacAlpine dijo:

—Eso me parece razonable, Mr. Grogan. Después de todo...

—De acuerdo —suspiró Grogan—. ¿Están dispuestos a ir ahora mismo?

MacAlpine dijo:

—Creo que George puede ir con usted, y yo estaré en el tribunal dentro de una hora. Vaya con él, George, y yo me pondré en contacto con usted.

Cuando llegaron a la calle, el abogado de Grogan alegó que tenía que atender a otros asuntos y se separó de ellos.

Ethelbert dijo:

—¿Dónde vive usted, Mr. Grogan? —Y cuando Mr. Grogan se lo dijo—: ¿Tiene el camión aquí?

—No —dijo Grogan secamente.

—De acuerdo. ¿Queda muy lejos eso? ¿Un par de millas? Será un simple paseo.

—Pero...

—Vamos, usted me mostrará el camino.

Grogan se rindió y condujo a Ethelbert en zigzag a través de Chicago hasta el distrito de Loop. Llegaron a un pequeño hotel.

—Espere aquí —dijo Grogan.

—Si no le importa, esperaré dentro —dijo Ethelbert—. Si me quedo en la calle la gente se para a mirarme.

—De acuerdo.

Grogan entró en el vestíbulo, y Ethelbert le siguió. Al verle, la recepcionista se tragó la goma que estaba mascando. Grogan desapareció en el ascensor, y Ethelbert esperó.

Esperó un poco más.

Finalmente le preguntó al ascensorista:

—Oiga, mister, veo que tiene usted un teléfono. ¿Puedo llamar al apartamento de Mr. Grogan?

—Sí —dijo el ascensorista, acercándose a él cautelosamente—. Utilice este receptor, y apriete este botón.

Ethelbert apretó el botón y acercó el receptor a su oído. No pasó nada. Volvió a apretar el botón, sin resultado.

—¿Está seguro de que hay que apretar este botón?

—Desde luego —dijo el ascensorista, tras haberlo comprobado.

Ethelbert lo intentó otra vez, sin éxito, y dijo:

—¿Puede usted subirme al piso de Mr. Grogan?

—Bueno... no creo que nuestro ascensor pueda resistir tanto peso.

—¿Cuántas personas caben en él?

El ascensorista consultó la tablilla que colgaba de una de las paredes interiores del ascensor.

—Ocho.

—Bueno, yo peso como seis de ustedes, de modo que puedo subir.

Mientras Ethelbert, encogiéndose, penetraba en la cabina, el ascensorista protestó débilmente:

—¡Oiga, no va a quedar sitio para mí!

—Queda el suficiente para que pueda manejar los botones.

Ethelbert pulsó el timbre de la puerta de Mr. Grogan, sin resultado. Gritó: "¡Eh, Mr. Grogan!", y aporreó la puerta. Silencio. Finalmente, descargó un verdadero puñetazo contra la puerta, la cual se abrió de par en par, medio astillada.

El apartamento mostraba el desorden de una marcha precipitada. Cuando se convenció de que Grogan no estaba allí, Ethelbert regresó al ascensor.

—¿Tiene usted un teléfono desde el cual pueda llamar al exterior?

—Desde luego —dijo el ascensorista—. En la planta baja.

—¿Ha visto bajar a Mr. Grogan después de que subió a su apartamento?

—No.

—¿Hay alguna otra salida? ¿Una escalera de incendios, quizás?

—No. Sólo este ascensor y la escalera, naturalmente.

Una vez en la planta baja, Ethelbert llamó por teléfono a Day al campo de entrenamiento. Después de contarle los acontecimientos del día, terminó:

—...de modo que el individuo ha desaparecido. ¿Qué supone usted que está haciendo?

Day contestó:

—Tengo la impresión de que se ha fugado con todo el dinero del club. Siempre he sospechado que podía hacer algo por el estilo, si las cosas se ponían demasiado feas para él. No se mueva de ahí y mantenga los ojos muy abiertos. Yo iré en seguida con un agente de policía y una orden de detención.

Ethelbert se preguntó si sería conveniente registrar todos los apartamentos del hotel. No, no era posible; si no se pertenecía a la policía, no podía molestarse a un inquilino diciéndole que le permitiera a uno mirar debajo de sus camas. Además, mientras él registraba un apartamento Grogan podía largarse tranquilamente por la escalera.

Mientras Ethelbert esperaba impacientemente en la entrada del edificio, el zumbido de un motor dominando los ruidos de la calle le hizo levantar la mirada a tiempo para ver un helicóptero que parecía a punto de posarse sobre el tejado del mismo inmueble. Inmediatamente supo dónde estaba Grogan. Se precipitó hacia el ascensor, y estuvo a punto de aplastar a un inquilino que en aquel momento salía de la cabina.

—¡Al último piso! ¡Rápido! —aulló Ethelbert. El ascensorista obedeció, sin atreverse a hacer ningún comentario.

Cuando llegaron al último piso, Ethelbert inquirió:

—¿Cómo se sube al tejado?

—Por aquella... pequeña puerta —tartamudeó el ascensorista.

La puerta estaba abierta, pero era demasiado pequeña para Ethelbert, el cual salió al tejado arrastrando con él la mayor parte del marco de la puerta. El helicóptero estaba suspendido a unos cuantos pies de la superficie del tejado, y Oliver Grogan le tendía un maletín al piloto. —¡Eh! —rugió Ethelbert.

Grogan trepó por la corta escalerilla como un mono asustado. La puerta del helicóptero se cerró detrás de él, y el aparato empezó a elevarse.

Ethelbert miró frenéticamente a su alrededor buscando algo con que detenerlo. Pero en el tejado no había ningún objeto suelto. El saliente más próximo era el extremo superior de una tubería de hierro.

Ethelbert agarró el extremo de la tubería con las dos manos y gruñó. La tubería se partió con un seco crujido, y Ethelbert lanzó el trozo de dos pies de longitud contra el rotor principal.

El proyectil dio en el blanco y el helicóptero, como un ave herida en un ala, osciló y cayó sobre el tejado. Al caer, la puerta se abrió y Grogan y su maletín salieron disparados. El maletín se abrió a su vez y mostró su contenido: camisas, calcetines, y dos fajos de billetes de banco atados con una goma. Grogan rodó sobre sí mismo, se incorporó rápidamente y echó a correr hacia el borde del tejado.

Ehtelbert se precipitó hacia él. Grogan se asomó por encima de la barandilla del tejado y vaciló. Miró la calzada de la calle, diez pisos más abajo, luego a Ethelbert, y saltó.

Ethelbert disparó su largo brazo y cogió a Grogan al vuelo. Le atrajo de nuevo hacia el tejado, murmurando:

—Imbécil, no quería hacerle ningún daño.

—¡Eh! —dijo otra voz. Era el piloto del helicóptero, que acababa de salir de entre los restos de su aparato—. ¿Qué pasa aquí? He venido a buscar a ese individuo, para llevarle al aeropuerto, tal como nos ha pedido por teléfono...

—Quédese donde está, amigo —dijo Ethelbert—. Este pasajero suyo es un delincuente.

—Ese no es motivo para destrozar mi aparato. Tendrá usted que entendérselas con el Victory Air Cab Service...

Seguían discutiendo cuando se presentó Day con un agente de policía.

Tres días más tarde, George Ethelbert se presentó en la audiencia para comparecer como testigo de cargo en el juicio previo contra Oliver Grogan, acusado de desfalco. Grogan, pálido y ojeroso, fue introducido en la sala. Mientras esperaban al juez, Grogan llamó a Ethelbert:

—¡Eh, George!

—¿Sí, Mr. Grogan?

—Gracias por haberme salvado la vida.

—¡Oh! Olvídelo, no tiene importancia.

—Yo no opino lo mismo. He estado pensando, ¿sabes? Y he llegado a la conclusión de que es una estupidez suicidarse por una pequeña dificultad financiera.

—Desde luego —asintió Ethelbert.

—Y no tendrás que prestar testimonio contra mí, ¿sabes? Voy a declararme culpable.

—¿Qué?

—Sí. He estado pensando, como ya te he dicho. Entre mis ex esposas, mis acreedores y esos gángsters que me limpiaron cincuenta mil dólares jugando al póquer, creo que la cárcel será el lugar más seguro para mí. Y tú, ¿piensas volver a Oklahoma?

—¿Yo? No, ahora soy policía.

—¿Qué? —exclamó Grogan.

—Sí. Cuando le conté al sargento cómo le había capturado a usted, dijo que había efectuado un brillante servicio, y llamó al teniente, y firmé una solicitud para ingresar en el Cuerpo. Esta mañana he pasado el examen preliminar y el reconocimiento médico, y mañana ingresaré en la Academia de la Policía.

—Me alegro mucho.

—Y yo. ¿No es maravilloso? El mes próximo, cuando empiecen los nuevos cursos en el Instituto de Arte, podré asistir a ellos en mis horas libres. El teniente dice que cuando se sepa que pertenezco a la policía, el problema de la delincuencia en Chicago quedará resuelto de una vez para siempre.