EL HOMBRE EN EVOLUCIÓN
El fuego nos daba luz después de que el sol se había ocultado, y aprendimos a gozar del enorme placer de reunimos en torno a él cuando se espesaban las sombras, masticando nuestra comida, chupando la médula de un hueso y contando historias. Estas procedían casi siempre del Padre; y la mejor de todas era la historia de cómo conquistó para nosotros el fuego salvaje. La recuerdo palabra por palabra.
"Todos recordáis —decía el Padre, instalándose cómodamente con un palo para aguzar, ya que nunca permanecía ocioso— lo mal que se pusieron las cosas en aquellos días. Estábamos siendo perseguidos y cazados implacablemente... Perdisteis tíos, tías, hermanos y hermanas en la matanza. Los carnívoros se habían vuelto contra nosotros, debido a la escasez de animales vertebrados en esta región. No estoy seguro de los motivos de la escasez. Quizás fue provocada por una serie de sequías que agostaron sus pastos. Quizás: alguna nueva enfermedad había diezmado los rebaños. Sea como fuere, en cuanto los felinos probaron nuestra carne se acostumbraron rápidamente a su sabor y, desde luego, descubrieron que éramos unas presas más accesibles.
"Es posible que os preguntéis por qué no decidí llevaros a unas zonas más seguras. Desde luego, medité muchísimo en esa posibilidad. Pero, ¿a dónde podíamos ir? ¿Hacia el norte, penetrando más en las llanuras, donde los carnívoros podían acompañarnos y comernos mientras avanzábamos?
"¿Hacia los bosques, donde incluso ahora Vanya encuentra cada vez más difícil la existencia? Yo no podía resignarme a sacrificar los esfuerzos de centenares de miles de años de evolución y la cultura de la Edad de Piedra y a empezar de nuevo como hombre-mono. Mi anciano padre se hubiera levantado de su tumba, la cual es un cocodrilo, si yo hubiera traicionado todos sus ideales de progreso. Teníamos que quedarnos, pero teníamos que utilizar nuestros cerebros. Teníamos que encontrar algún medio para evitar que los leones nos comieran de una vez para siempre. ¿Cuál sería ese medio? Al final descubrí que esa era la pregunta clave. Tal es la belleza del pensamiento lógico; le capacita a uno sistemáticamente para eliminar las alternativas hasta dejarle con la pregunta básica”.
Padre cogió una rama chamuscada de la fogata y contempló pensativamente su extremo humeante.
"Sabía, como sabemos todos, que los animales temen al fuego. Nosotros mismos lo tememos, siendo animales como los demás. De cuando en cuando lo habíamos visto llamear y hervir en las laderas de las montañas, incendiando bosques; y todas las especies huían de él, aterrorizadas. Nosotros corríamos casi con tanta rapidez como los ciervos, y el peligro hermanaba a los hombres y a los leones. Hemos visto montañas enteras estallar en humo y llamas, y a todos los animales corriendo enloquecidos de un lado para otro. No sucede a menudo; pero todos sabemos lo que ocurre cuando sucede. No hay ningún dolor tan intenso como el de una quemadura, ni una muerte tan horrible como la que produce el fuego. O, al menos, así parece. De modo que mi problema consistía en conseguir el efecto de un volcán, sin que las consecuencias me afectaran a mí mismo. Lo que yo necesitaba era un pequeño volcán portátil. La idea general se me presentó con repentina claridad una noche, cuando estaba levantando las barricadas. Pero la idea general —la solución teórica— es una cosa; y la aplicación práctica, otra. Las ideas en el cerebro no expulsan a los osos de las cavernas. Yo estaba muy ufano por la bondad de mi teoría, pero me di cuenta de que si no hacía algo más que recrearme en ella no tardaría en ser comido con el resto de mi familia.
"¿Cómo funcionaba el fuego? Mi segunda idea decisiva, que se me ocurrió poco después, fue la de que debía subir a un volcán y ver lo que sucedía allí. Era una cosa obvia, una vez se había caído en ello, y me maldije a mí mismo por no haberlo pensado antes. Tendría que hacerlo en medio de una emergencia. Pero no cabía duda de que mi única esperanza de encontrar la clase de fuego limitado, de tamaño familiar, estribaba en subir a un volcán y tratar de conseguir allí un poco de fuego. De modo que decidí arriesgarme.
"Subí al Ruwenzori, guiándome por las llamas que brotaban de la cumbre. La montaña está rodeada por un cinturón de árboles, en su mayor parte alcanforeros y euforbios, y los crucé lo más rápidamente que pude, en parte corriendo, en parte deslizándome de árbol en árbol. Al principio tenía la compañía de animales, monos, felinos y pájaros; bandadas de pájaros. Pero a medida que los árboles iban aclarándose, me encontré más y más solo. Se oían una especie de rugidos subterráneos, semejantes a los de un león. Al final me encontré en un terreno en el cual se veían rocas ennegrecidas, rodales de hierba y árboles canijos. El frío era allí muy intenso, e incluso podían verse algunos rodales de nieve. El aire estaba cada vez más enrarecido y yo tenía que respirar a boqueadas. Me encontraba completamente solo, y un viento helado empezó a soplar mientras alcanzaba una región desolada en la cual mis hombros temblaban de frío en tanto que las rocas que pisaba despedían un extraño calor que quemaba las plantas de mis pies. Empecé a preguntarme por qué había ido allí; me encontraba ante una extensión de lava solidificada y, en lo alto, debajo de un palio de humo negro, se abrían los agrietados labios del cráter. Confieso que en aquel momento estuvo a punto de fallarme el valor; experimenté unos enormes deseos de dar media vuelta; pero comprendí que regresar con las manos vacías equivalía a no regresar; y lo insólito del escenario me arrastró.
"Mi persistencia se vio recompensada súbitamente. Descubrí que no podía, como había intentado, trepar en línea recta hasta el borde del cráter; las rocas se erguían aun a más de un centenar de pies por encima de mí. Lo único que podía hacer era abrirme camino en espiral alrededor del cráter; pero, al llegar al otro lado de la montaña, vi algo que reanimó todas mis esperanzas. Vi que no sería necesario que trepara hasta la misma cumbre, lo cual podría haberme llevado varios días, suponiendo que pudiera sobrevivir una noche al aire libre en aquel lugar. Ya que acababa de ver en aquel lado de la montaña el humo y el vapor que brotaban del suelo, un poco más arriba del lugar donde me encontraba. En consecuencia, allí tenía que haber fuego. Efectivamente, en aquel paraje la montaña parecía haber sido hendida por un enemigo, y por el boquete brotaban sus rojas entrañas. O quizás la montaña sufría un ataque de bilis y estaba vomitando. Creo que aquello me aproximó sobremanera a la verdad de cómo estaba hecho el mundo; pero, por desgracia, sólo disponía de tiempo para efectuar algunas apresuradas observaciones. Lo que me interesó inmediatamente fue que cuando el rojo vómito alcanzó a un árbol que se erguía en su camino, aquel árbol se incendió con una gran llamarada.
"Aquí estaba, pues, lo que yo deseaba: una conexión entre el fuego básico de la tierra y el fuego portátil que yo estaba buscando. Mientras lo observaba, comprendí súbitamente el secreto de la cosa: ya que cuando un árbol se incendiaba, cualquier árbol que tocara se incendiaba a su vez. Aquí estaba el principio de la transmisión del fuego, demostrado al natural. Si uno toca un fuego con algo combustible, ese algo combustible arde a su vez. Todo esto es muy evidente ahora para vosotros, pero recordad que yo lo estaba viendo por primera vez.
"El volcán era el fuego-padre; los árboles eran hijos e hijas, pero también ellos podían convertirse en fuegos-padres si establecían contacto con otro árbol combustible. Comprendí rápidamente que lo único que tenía que hacer era recoger una rama caída, aplicarla contra uno de los árboles que ardían y llevármela. Hice la prueba inmediata mente, con un éxito total: ¡la rama se encendió! Tenía fuego en mis manos. Grité de alegría mientras me alejaba de los árboles en llamas, sosteniendo la rama en alto. Comprobé que encima de mi cabeza ardía y humeaba un pequeño volcán. Con aquella terrible antorcha en mis manos podía asustar a cualquier león. Sin más demora, emprendí el camino de regreso. Llevaba recorrida una milla cuando descubrí que mi llameante rama había dejado de arder y no era más que un negro tizón que me quemaba la mano".
La rama que Padre había sacado del fuego había dejado de humear, y padre empezó a frotar la ennegrecida punta con un trozo de pedernal, sin tener conciencia de lo que estaba haciendo.
"Tuve que hacer marcha atrás y efectuar otros experimentos. Comprobé que un fuego pequeño no tarda en devorar su alimento; hay que darle más para que no muera. De modo que establecí una especie de relevo. Empecé por encender una rama. Luego la llevé tan lejos como pude hasta que casi se apagó; entonces arranqué otra rama de un árbol, la encendí con la anterior y así sucesivamente. Todo muy sencillo y muy lógico una vez que se ha visto. Y así os traje el fuego con el cual hemos asustado desde entonces a los leones, y que desde entonces no se ha apagado. Pero aunque se apagara, sería muy fácil..."
Padre se interrumpió súbitamente, y se quedó contemplando la rama que sostenía en su mano.
"¡Tiene gracia! —exclamó—. Mientras os he estado hablando, y sin pensar siquiera en ello, he inventado algo todavía más importante: la lanza pesada de caza, con la punta endurecida al fuego..."