EL CIUDADANO DE SEGUNDA CLASE
Aunque estaba acostumbrado al sol tropical, una astilla de luz reflejada por una de las ventanas del laboratorio hirió la cabeza de Craven mientras cruzaba la calzada al frente del pequeño grupo de continentales. Se sentía intranquilo y febril. Ojalá no se confirmaran sus temores. Era un mal momento, con el resto del personal en Charlotte Amalle pasando el fin de semana.
—¿A qué hora ha dicho usted que llegaba ese avión de Miami? —preguntó el hombre panzudo del bigote gris, consultando su reloj—. En estos momentos tendría que estar en Nueva York. Tal como está la situación, no me gusta estar lejos de casa.
—A las dos y cuarto —dijo Craven secamente—. Le queda a usted mucho tiempo.
—¿Qué opina usted de la crisis, doctor Craven? —preguntó una de las mujeres. Era regordeta y tenía los cabellos grises—. ¿No le preocupa estar aquí solo? A mí me preocuparía...
—¡Oh! Espero que todo se arregle —dijo Craven en tono indiferente—. Siempre se llega a un acuerdo de última hora.
—Bueno, es cierto, siempre han llegado a un acuerdo —dijo el hombre panzudo, como si el recordarlo le aliviara. Se detuvo, mirando más allá de los encerraderos de hormigón blanco—. He visto algo que saltaba por allí... Ahí va otro. ¿Son algunos de los animales?
—Sí, son los delfines —dijo Craven, avanzando hacia la puerta abierta del laboratorio—. Por aquí, por favor.
Dentro hacía más frío que en el exterior, pero la estancia estaba bañada por la luz del sol que penetraba por los grandes ventanales que daban al mar. En la pared había un cartel con dibujos en brillantes colores de objetos sencillos. El suelo era de hormigón, y en el extremo más apartado formaba un canal abierto por los dos lados. A Craven empezaba a dolerle la cabeza.
—Aquí es donde realizamos la mayor parte de nuestro trabajo con los delfines —dijo—. Un momento. Veré si puedo hacer venir alguno para ustedes. —Se acercó a un tablero encajado en la pared, pulsó un interruptor y habló por el micrófono—. Pete, soy Charles. Ven, por favor.
Le respondió una especie de gorgoteo a través del altavoz.
—De acuerdo, puedes venir —dijo Craven, desconectando el micrófono.
—¿Qué ha sido eso? —inquirió una de las matronas—. ¿Acaso era uno de los delfines, hablando?
Craven sonrió.
—Exactamente. Era Pete, nuestro discípulo más aventajado. Miren por la ventana, y manténganse un poco apartados del canal, por favor.
Se produjo un nervioso arrastrar de pies mientras algunos de los visitantes se apartaban del borde y otros se agrupaban más cerca de las ventanas. Por el canal de hormigón que enlazaba directamente los encerraderos con la pared del laboratorio avanzaba algo gris a sorprendente velocidad. Estaba sumergido, pero de cuando en cuando levantaba un chorro de agua con su chapoteo. Los visitantes empezaron a murmurar, alarmados; algunos se apartaron de la ventana.
—¡Ahí está! —aulló alguien.
La forma gris penetró en la estancia; el agua del canal se levantó como si fuera a sobresalir, y luego volvió a caer ruidosamente. Se produjo un movimiento general de retroceso, y luego una risa nerviosa.
En el canal, balanceándose medio fuera del agua, había una forma aerodinámica. Habló, con el mismo gorgoteo de antes.
—De acuerdo, Pete —dijo Craven—. Puedes salir.
—¿De veras estaba hablando? -preguntó alguien detrás de él—. ¿Puede usted comprender lo que dice?
Craven, sin molestarse en contestar, pulsó un interruptor del tablero de control. De un hueco de la pared surgió una grúa eléctrica que sostenía una curvada y robusta plataforma de metal. La plataforma descendió hasta el agua, y el delfín se colocó encima de ella. Craven pulsó otro interruptor; la plataforma se levantó, chorreando agua. La grúa se movió otra vez hacia adelante, y luego depositó a su pasajero en una armazón con ruedas que se erguía al lado del canal. Se oyó un click. Los brazos de la grúa, desenganchados de la plataforma, retrocedieron.
Sobre la plataforma, que ahora formaba el lecho de la armazón con ruedas, yacía un mamífero de ocho pies de longitud. Uno de sus ojos no perdía de vista a Craven. La boca, abierta en lo que parecía ser una agradable sonrisa, estaba llena de afilados dientes cónicos.
—¡Dios mío! —exclamó una de las mujeres—. ¡Espero que no muerda!
—No se sabe de ningún delfín que haya atacado a un ser humano —aseguró Craven. Apretó un botón del tablero de la pared—. Saluda a nuestros visitantes, Pete.
El delfín dirigió una mirada vivaz a las personas que se encontraban detrás de Craven y emitió uno de sus chorros de sonido. Para los oídos adiestrados de Craven, las palabras resultaban borrosas pero comprensibles. Para los otros no eran más que ruido.
Apretó otro botón del tablero. Al cabo de unos instantes, la voz grabada del delfín, más lenta y más estridente surgió por el altavoz:
—Hola, damas y caballeros.
Se produjo un murmullo general, alguna risa nerviosa, y alguien comentó suspicazmente:
—Su boca no se ha movido mientras hablaba.
Craven hizo una mueca.
—No la utiliza para hablar: eso es para los peces. Habla a través de su respiradero, situado en la parte superior de su cabeza. Acércate, Pete, deja que te echemos una mirada.
Obedientemente, el delfín se deslizó sobre su carretilla, arrastrando una larga manguera de plástico. Unos chorros de agua habían empezado a brotar de los perforados tubos situados a ambos lados de la carretilla, haciendo brillar de humedad la piel del delfín, el cual contemplaba a los visitantes con amistoso interés.
—¡Tiene la misma forma de un avión a reacción! —observó uno de los visitantes masculinos—. Miren la curva de su cabeza, el hocico...
Craven dirigió una sonrisa al hombre.
—Soluciones similares para similares problemas —dijo—. Pete tiene una forma aerodinámica, como un avión a reacción. Es un delfín de hocico de botella —Tursiops truncatus—, perteneciente a la misma familia que utilizó Lilly en sus primeros trabajos. Pesa alrededor de cuatrocientas libras; su cerebro es un poco mayor que el de un hombre. Pete es más inteligente que un perro o un mono. No sólo puede entender órdenes en inglés: puede contestarnos. Por eso consideramos tan importante esta investigación. Lo que estamos haciendo es enseñar a otra especie a formar parte de la comunidad humana.
Hubo unos instantes de impresionado silencio.
—¿Para qué son todos esos artilugios? —preguntó finalmente un hombre.
—Pete controla los motores de la carretilla con esas palancas situadas debajo de sus aletas —dijo Craven—. Las otras palancas de los lados son para la conducción: las maneja con sus aletas delanteras. La gran desventaja de Pete estriba en que no tiene manos ni pies, pero nosotros estamos tratando de compensarla. Vamos, Pete, demuéstrales lo que sabes hacer.
—De acuerdo, Charles —dijo el delfín alegremente.
La carretilla se deslizó a través del suelo hacia un banco situado en un extremo del laboratorio, dejando un rastro húmedo detrás de ella. Unos brazos articulados se extendieron delante de la carretilla, y sus pinzas metálicas cogieron un puntero.
—Señala la manzana, Pete —dijo Craven.
El puntero se levantó, osciló en el aire y fue a apoyarse en la manzana dibujada en el cartel de la pared.
—Ahora el niño —dijo Craven. Hubo murmullos de admiración mientras el delfín señalaba al niño, al perro, a la barca—. Ahora, deletrea gato, Pete —dijo Craven—. El puntero señaló las letras G-A-T-O. —Buen muchacho, Pete. Hoy tendrás una buena ración de pescado.
El delfín abrió la boca y estalló en una ruidosa carcajada. Entre los visitantes se produjo una especie de revuelo, provocado por el nerviosismo.
—Antes ha dicho usted que no se sabía de ningún delfín que hubiera atacado a una persona —dijo una muchacha de ojos grises.
Era la primera vez que hablaba, pero Craven ya se había fijado en ella; una muchacha delgada y bonita, que se mantenía muy erguida.
—Es cierto —dijo Craven—. Y no será porque no puedan: no ignora usted que son capaces de matar a un tiburón. Pero nunca lo han hecho.
—¿Ni siquiera cuando la gente les ha lastimado? —inquirió la muchacha.
Sus ojos grises tenían una expresión muy seria.
—Ni siquiera entonces —respondió Craven.
—¿Y es cierto que muchos delfines han resultado muertos en el curso de esta investigación?
Craven se sintió ligeramente irritado.
—Se produjeron algunos accidentes fatales, antes de que aprendiéramos a manejarlos —replicó secamente—. Ahora, vamos a intentar algo más difícil. Muéstrales el experimento de química, Pete.
Mientras el delfín se volvía de nuevo hacia el banco, Craven comentó:
—Esto es algo que Pete acaba de aprender. Estamos muy orgullosos de ello.
Sobre el banco había un estante con varios frascos tapados, un cubilete de cristal y una hilera de tubos de ensayo. Controlando los brazos articulados con sus aletas delanteras, el delfín los extendió, cogió un frasco y lo destapó. Un juego de pinzas metálicas sostuvo el frasco; el otro cogió un tubo de ensayo. Lentamente, Pete vertió el contenido del frasco en el tubo, llenándolo del todo y derramando un poco de líquido. El delfín se removió nerviosamente en su carretilla.
—Tranquilo, Pete —dijo Craven—. No te pongas nervioso. Todo marcha bien. Adelante.
El delfín soltó el frasco y vertió el contenido del tubo de ensayo en el cubilete. Las pinzas se extendieron hacia otro frasco, resbalaron y probaron de nuevo. Lo cogieron al segundo intento, pero fallaron al ir a coger el tubo de ensayo. Al rectificar, el delfín hizo entrechocar el frasco y el tubo, y este último se rompió.
El delfín hizo retroceder su carretilla y se acercó a Craven.
—Demasiado difícil, Charles —se lamentó—. Demasiado difícil.
Craven crispó los puños, decepcionado. El animal lo había hecho perfectamente en las tres últimas tentativas.
—No importa, Pete —dijo—. Lo has hecho muy bien. Ahora puedes marcharte a jugar.
—¿Terminado? —preguntó Pete.
—Sí. Hasta luego.
—Hasta luego.
El delfín hizo girar su carretilla y la condujo hasta el borde del canal. Los brazos articulados se contrajeron. La plataforma osciló ligeramente; el delfín se deslizó hasta el agua, casi sin un chapoteo. Unos segundos después el canal estaba vacío.
Mientras se dirigían hacia el hidroavión, Craven se encontró andando al lado de la muchacha de ojos grises.
—Bueno, ¿qué le ha parecido? —le preguntó.
—Lo he encontrado patético -dijo la muchacha. Sus ojos grises tenían una expresión indignada—. Hablaba usted de hacerles formar parte de la comunidad humana. ¡Es un error! Se trata de un delfín, no de un hombre. Se esforzó en llevar a cabo el experimento, pero a mí me produjo la misma impresión que me hubiera producido un niño tullido y mentalmente retrasado. ¡Me dio mucha lástima!
Horas después de que los visitantes se habían marchado, Craven se sentía aún roído por la inquietud. Recordaba lo que la muchacha había dicho; había en ello mucho de verdad. Craven echó una ojeada a los negros titulares del periódico de Miami del día anterior, y finalmente conectó la televisión.
«...las iniciales corresponden a "emisores de calor no-radioactivo" —estaba diciendo un hombre de cabellos grises, articulando claramente cada palabra—. Ahora, el problema estriba en saber cuáles serán las consecuencias para nosotros si esas armas...»
Su voz se interrumpió bruscamente y un letrero llenó la pantalla: NOTICIA ESPECIAL. Durante unos instantes no ocurrió nada. Craven encendió un cigarrillo y esperó pacientemente. Probablemente se trataba de algo más acerca de las interminables conversaciones de paz de Nueva Delhi.
Una voz dijo súbitamente:
«Interrumpimos este programa para comunicarles...»
Luego se interrumpió, y el letrero se desvaneció. En la pantalla no quedó nada, y del altavoz sólo surgía un leve zumbido.
Al cabo de unos instantes Craven aplastó su cigarrillo contra el cenicero y manipuló en el selector de canales. No había nada en ninguno de los canales, excepto en el 13: por un momento apareció en la pantalla una borrosa imagen gris, y luego se desvaneció.
Craven contempló fijamente el aparato, y de pronto se sintió asustado. Si el televisor tenía alguna avería, ¿por qué el canal 13...?
Descubrió que estaba temblando. Sin tratar de comprender lo que hacía, se despojó rápidamente de su camisa y sus pantalones. Una vez desnudo corrió hacia el armario y sacó la mascarilla, las aletas, los tanques de aire y el regulador.
El cielo estaba azul y vacío mientras Craven corría hacia el muelle: ni siquiera un avión a la vista. Craven se equipó rápidamente y se sumergió en el agua.
Cuando se hallaba a medio camino de la estación submarina, nadando a dos brazas de profundidad, Craven supo que no se había equivocado. Un súbito zumbido resonó por encima de él y, al levantar la mirada, vio descender una lluvia de chispas doradas, cada una de ellas en su furiosa nube de burbujas. Una llegó tan cerca que casi notó su calor en su piel. Apartándose con rapidez, contempló sin dar crédito a sus ojos cómo caía hasta el fondo, diez brazas más abajo.
A su alrededor, las chispas doradas estaban desapareciendo en la arena, cada una de ellas marcada aún por un hirviente remolino de burbujas. El agua estaba ahora un poco más caliente.
Craven comprendió, desconcertado, que lo que no tenía que ocurrir había ocurrido: alguien había utilizado las armas que eran demasiado terribles para ser utilizadas.
La estación submarina se hallaba a dieciséis brazas de profundidad, la máxima que permitía la presión del agua sobre la cúpula. Se apoyaba en un fondo rocoso, y aunque varias de las chispas doradas habían caído a su alrededor, ninguna de ellas parecía haber alcanzado a la cúpula. Craven nadó hasta la compuerta, la abrió y penetró en la estación.
Dirigió una desesperada mirada al desierto lugar: las dos literas, los instrumentos de observación, las estanterías de suministros... El aire era opresivamente cálido y Craven se inclinó a mirar el termómetro, dispuesto a cortar el suministro de aire exterior y poner en marcha los tanques: pero la temperatura era normal.
Se oyó a sí mismo decir en voz alta: «¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?»
Recordó retazos de información de otras emisiones de TV. Aquellas infernales bolitas emitirían calor durante meses enteros. Y ésta debía de haber sido únicamente una dispersión accidental: en los centros poblados del interior habrían caído tan espesas como granizo. Y en todas partes donde habían caído, el suelo no tardaría en ser demasiado caliente para que pudiera vivirse sobre él. Únicamente el océano podía arrastrar tanto calor...
En la estación submarina había un compresor y un generador que funcionaba aprovechando el flujo y reflujo de las mareas, de modo que Craven podría recargar sus tanques indefinidamente. Pero, ¿qué comería, cuando se agotaran las provisiones almacenadas en la estación?
Pescado.
Craven se ajustó de nuevo la mascarilla y salió a través de la compuerta.
No parecía haber más bolitas en el fondo, y no caía ya ninguna. Reuniendo todo su valor, Craven nadó hasta la superficie. Levantando su mascarilla, miró hacia la isla.
Los laboratorios estaban envueltos en llamas. Detrás de ellos, la montaña era una masa de humo amarillento: toda la isla era una hoguera.
El cielo parecía estar vacío, pero Craven no pudo soportar su gigantesca mirada azul. Bajó su mascarilla y volvió a sumergirse.
En las claras profundidades azules, Craven oyó conversar a unos delfines, y una o dos veces vio sus grises formas deslizándose a lo lejos. Una manada de cipseluros azules surgió delante de él. Craven nadó hacia los peces.
En la estación había fusiles submarinos, pero Craven no había pensado en llevarse uno. Nadó hacia los peces, tratando de agarrarlos con las manos, pero se dispersaron fácilmente a su alrededor.
Tengo que aprender -pensó Craven—. Este es ahora mi elemento, el mar... Tengo que adaptarme...
Algo grande y gris nadó hacia él. Craven se envaró, pero luego se dio cuenta de que era Pete, que le observaba con amistosa curiosidad.
La manada de cipseluros había vuelto a reunirse no lejos de allí. Súbitamente, el delfín se apartó de Craven y salió disparado en dirección a la manada. Al cabo de unos instantes regresó, con un gran cipseluro azul entre sus mandíbulas.
—¿Has visto, Charles? —dijo amablemente—. Así es como se captura un pez...