Su desnudez
Si fueran ustedes unos respetables monos antropoides echándole la vista encima por primera vez a un ejemplar de hombre, su recato quedaría horrorizado ante el espectáculo de su impúdica desnudez. En realidad, resulta un espectáculo insoportable incluso para el propio hombre, a menos que se trate de un salvaje desprovisto de cultura, o de un nudista desprovisto de sensibilidad. Ya que se trata de un mamífero anormal, que carece de la habitual envoltura de piel o de pelo, y muestra solamente matas y mechones que brotan desagradablemente en zonas inadecuadas. ¿Qué extraña dolencia capilar ha atacado a este animal para desposeer así a su cuerpo del abrigo de pelo que protege la delicada epidermis de arañazos y abrasiones, aísla los órganos vitales, y evita también la rápida pérdida de calor o el rescaldado de los tejidos por los rayos actínicos del sol? ¿Por qué ha conservado el hombre abundante pelo únicamente en lugares donde es relativamente inútil, tales como la caja cerebral, que se encuentra ya protegida adecuadamente por un sólido caparazón de hueso, y la cara, donde barba y bigote son un inconveniente para la llegada de los alimentos a la boca? Para cubrir su desnudez corporal, el hombre se ha visto obligado a sacrificar a animales más afortunados a fin de taparse con sus pieles, o a tejer telas con fibras vegetales para confeccionarse incómodos, antihigiénicos y generalmente ridículos vestidos. Por otra parte, para librarse del pelo superfluo y molesto de su cabeza y de su rostro, el hombre ha tenido que inventar muchos aparatos apara arrancar, cortar y afeitar. El macho adulto Blanco no ha cesado de hacer experimentos a través de varios milenios, probándolo todo, desde una lámina de pedernal hasta una cortadora eléctrica, a fin de limpiar su rostro de pelo sin lastimar su epidermis. Cada mañana se inmola a sí mismo durante diez minutos sobre el altar de la ineficacia evolutiva, hasta que a la edad de sesenta y tantos años ha pagado un tributo de 3050 horas de sufrimiento: tortura física, si se la ha infligido él mismo; tortura física y mental, si ha acudido a un barbero. Y en esta cuenta no figuran los cortes de pelo.
Probablemente, las teorías sugeridas para explicar los caprichos del crecimiento del pelo humano han sido elaboradas por los científicos durante sus períodos de afeitado matutino. Podemos descartar rotundamente la ingenua suposición de que amplios sectores del cuerpo han sido desposeídos de pelo por la fricción de las ropas. La menor cantidad de pelo corporal se encuentra, por una parte, en grupos negroides que han ido desnudos durante más de 30.000 años, y, por otra parte, en mongoloides que han ido tapados de pies a cabeza durante una parte considerable de ese período. No recuerdo el origen de la sugerencia de que la falta de pelo en el hombre se desarrolló en los trópicos para permitirle librarse de los parásitos externos vulgarmente llamados piojos. Sólo quiero señalar que, de ser cierta, el mecanismo evolutivo ha fracasado lamentablemente.