TODOMUNDISMO EN LA CIUDAD DE LOS GATOS
—Dime —pregunté—, ¿qué es el "Todomundismo"?
—Es una especie de sistema político —me explicó mi marciano informador— en el cual todo el mundo vive para todo el mundo. Bajo este sistema, todo el mundo trabaja, todo el mundo es feliz, todo el mundo goza de seguridad. La sociedad es una gran máquina, y todas las personas están integradas en ella como mecanismos que funcionan alegremente. ¡Un gran sistema!
—¿Y hay países en Marte que practican este sistema?
—Los hay.
—¿Y en tu país?
Mi informador hizo una larga pausa, y finalmente confesó de mala gana:
—Bueno, nosotros hemos estado jugando con él. Eso es, jugando con él. Pero en realidad nunca hemos llegado a practicar el sistema.
—No acabo de entenderlo —dije.
—Trataré de explicártelo —dijo el marciano—. Desde los tiempos más remotos siempre hemos tenido un emperador que gobernaba el país. El pueblo no tenía voz ni voto. Un día, llegó hasta nosotros la noticia de que los pueblos de otros países manejaban de un modo real sus propios asuntos, y pensamos que aquella era una gran idea. De manera que la tomamos prestada y decidimos implantarla. Los Gatos son así. En cuanto oyen hablar de una reforma en otro país, se apresuran a imitarla. Con el resultado de que las reformas en los otros países son verdaderas reformas, y nosotros continuamos siendo los mismos de siempre: más desordenados, cuanto más acudimos a unos sistemas políticos tomados de prestado.
—Lo que tratas de decirme es que vosotros, los Gatos, no os dedicáis a construir vuestras propias casas sino que alquiláis siempre la casa de otro, ¿no es eso?
—¡Exactamente! Y lo mismo ocurrió con el Grupo Todomundista.
—¿Grupo? —inquirí, intrigado.
—Sí, lo que vosotros, los terrestres, llamáis un partido político.
—¡Oh! —dije.
Mi informador continuó:
—El Todomundismo empezó a actuar, y después de años y años de revolución su Grupo consiguió finalmente que el Emperador fuera destronado. Todo empezó con la cuestión económica, y la idea era matar a todo el mundo excepto a los obreros y campesinos, para que el poder cayera en manos del pueblo trabajador.
—Y los miembros que gobernaban ese Grupo —pregunté—, ¿procedían de las masas?
—¡Santo cielo, no! Ni pensarlo. Las masas no tenían educación, ni conocimientos, ni cultura. ¡Nada! Sin embargo, la idea era exterminar a todos los que no pertenecieran a ellas, y dejar que las masas manejaran sus propios asuntos. El matar no era ninguna novedad: los Gatos nunca han tenido escrúpulos para eso. Y el plan de eliminar a todos los que no fueran auténticos obreros o campesinos era perfectamente realizable. Pero los Gatos son Gatos, a fin de cuentas. Y si uno sobornaba a alguien no le mataban, y si uno tenía a alguien que intercediera por él no le mataban.
Los que tenían que haber muerto no murieron, y viceversa. Y los que no murieron se introdujeron en el Grupo y corrompieron toda la idea de la cosa. La idea era tomar de cada uno según su capacidad de trabajo, y dar a cada uno según sus necesidades sobre una base de igualdad. Pero en el Grupo Todomundista no había nadie que entendiera en asuntos económicos, y todavía menos en reformas educativas, destinadas a enseñar a todo el mundo a vivir para todo el mundo. El resultado fue que todos los días eran eliminadas muchas personas sin el menor motivo. Se armaron un lío con la reforma agraria, debido a que en el Grupo Todomundista no había nadie que supiera una palabra sobre campesinos y agricultura; los obreros, por su parte, estaban dispuestos a trabajar, pero no había suficientes puestos de trabajo industriales. De modo que la solución consistía en eliminar gente para librarse de un molesto exceso de población.
—Eso equivale a afirmar que si a uno le pica la piel tiene que arrancársela —comenté.
—Exactamente —asintió mi informador—. Eso es lo que ocurrió con el Todomundismo. Y es lo que ocurre siempre cuando tomamos prestada alguna teoría política nueva. Ahora, el jefe del Grupo Todomundista se ha convertido en Emperador. No es de extrañar en un país como el nuestro. El Todomundismo no ha dado el resultado que se esperaba, pero al menos nos ha proporcionado un Emperador.
El marciano se echó a llorar.