PARA LOS QUE VENGAN DETRÁS

Dean Mc Laughlin

La Historia se convierte en fábula; los hechos son objeto de dudas y controversias; las inscripciones se borran de las tablillas; las estatuas caen de los pedestales. Columnas, arcos, pirámides, ¿qué son sino montones de arena? Y sus epitafios, ¿qué son sino signos escritos en el polvo?

La ciudad ha sido construida para que permanezca a través de toda la eternidad. Pero el tiempo transcurre lentamente y los años son largos.

Las ruinas no eran simplemente viejas. Eran antiguas. Habían sido viejas cuando las pirámides estaban aún por construir. Pertenecían a una época anterior a Babilonia y a la Ur de los Caldeos. Se desmoronaban ya cuando las ciudades de Persia eran construidas con el barro de unos ríos que hace muchísimo tiempo se secaron y abandonaron sus cauces al polvo y al desierto.

Johnathan Millar podía intuir la antigüedad de las ruinas, aunque no hubiese podido analizar de un modo racional sus sensaciones. Era, quizás, el conocimiento de que esta ciudad derruida había sido joven en la época anterior a aquella que presenció cómo un animal, en las selvas prehistóricas, se alzaba y andaba sobre dos patas, en vez de hacerlo sobre cuatro. Eso, y la vista de aquellas inmensas colinas de escombros que continuaban revelando las huellas de un inteligente arquitecto. El hecho de que las huellas permanecieran después de tantos siglos era en sí mismo un testimonio de capacidad profesional.

Millar se movió entre las torres derruidas, proyectando la luz de su linterna sobre las profundas sombras, preguntándose dónde debía empezar el trabajo. La ciudad había esperado durante cien mil años: podía esperar otra semana mientras se dibujaban los planos para una excavación sistemática.

La arqueología no resultaba fácil, ni en su país natal, ni allí. Especialmente allí. Deducir toda una cultura de unos cuantos fragmentos de alfarería con una antigüedad de milenios y una herramienta rota; estudiar una espada oxidada y elaborar una teoría acerca de los hombres que la habían empuñado. Tratándose de la propia raza ya resultaba bastante difícil. Tratándose de una raza extranjera, ahora desaparecida por completo, ¿era posible hacerlo?

De modo que Millar examinaba las ruinas con una extraña mezcla de sentimientos: anticipación, curiosidad y pesimismo.

Johnathan Millar había planeado consigo mismo su caminata a través de las ruinas; abandonar su campamento y a sus compañeros arqueólogos y estudiantes para penetrar en las ruinas por la orilla occidental, luego dar la vuelta hacia el norte y regresar al campamento ladeando el contorno.

Desde arriba, las ruinas habían parecido grandes. Ahora, en medio de la mampostería y de los destrozados esqueletos de metal, Millar comprobó su verdadera inmensidad. Cuando estaban recién construidas, hacía milenios, las estructuras, habían sido aún mayores, y más armónicas. Entonces habían sido una ciudad; ahora eran escombros: montaña tras montaña de escombros. Sus constructores habían sido una gran raza: tenían que haber sido grandes para construir con tanta maestría. Pero ahora aquella raza había desaparecido. ¿Por qué? Y sus obras se habían derrumbado, como se había derrumbado la propia raza.

«Lo malo que hacen los hombres vive después de ellos. Lo bueno queda enterrado a menudo con sus huesos».

No, eso no era cierto. ¿Qué era, entonces? ¿Qué palabras podían ser dignas de este monumento de una raza muerta mucho antes del nacimiento del hombre? Esto no era algo malo. Aquellas ruinas eran un tributo, un epitafio y un panegírico al mismo tiempo.

Millar pasó más allá de la orilla de la antigua metrópoli, a través de la periferia de menos escombros, para salir a los campos cubiertos de verdor. Empezaba a oscurecer —en este globo extranjero los días eran más cortos que en la Tierra—, y desde el lugar en que ahora se encontraba su campamento era invisible, tapado por unos cerros. Para comprobar su situación, Millar ascendió por una colina que se erguía al oeste de él mismo y en consecuencia, suponía Millar, al norte del campamento.

Y así era, en efecto. Desde la cima de la colina, localizó rápidamente el campamento a través de sus prismáticos de campaña. Se hallaba casi en el lugar exacto que él había previsto. Se felicitó mentalmente a sí mismo mientras descendía por la ladera meridional.

Llegó a la caverna situada cerca de la base de la colina. En el primer momento creyó que era natural, pero luego vio que su contorno era demasiado regular. Iluminó el orificio con su linterna. La luz penetró hasta muy adentro, pero no reveló la pared del fondo. Y el interior era un círculo perfecto. Aquella cueva no se había formado sola; había sido construida.

Millar sintió la tentación de explorar la cueva en aquel momento, pero la razón le aconsejó en sentido contrario. Los días eran demasiado cortos, y el sol, que no era El Sol, avanzaba rápidamente hacia su cita astronómica con el horizonte. Tenía que llegar pronto al campamento, si no quería extraviarse en la oscuridad.

—Yo diría que fue evolución —declaró uno de los arqueólogos más viejos—. Los dinosaurios evolucionaron hasta el punto de desaparecer. Superespecialización. Tal vez fue eso lo que les ocurrió a ellos.

Era un hombre dé pelo canoso aunque robusto, y su nombre era corriente: Robert Smith. Su voz era recia y expresaba un convencimiento que él no sentía. Pero la discusión tenía la mecha prendida.

La claridad de la fogata iluminaba los rostros de los hombres instalados a su alrededor. Smith miró aquellos rostros, uno detrás de otro, buscando el que replicaría a su afirmación.

Tomó la palabra un joven recién graduado, Alfred Nieheimer.

—Creo que ha olvidado usted una cosa. Ellos tenían algo que los saurios no poseían. Ellos tenían cerebros pensantes. Me remito a esas ruinas como prueba. Yo opino que desaparecieron porque no evolucionaron, precisamente.

Smith sonrió. Aquel muchacho tenía ideas. Y era más ágil mentalmente que sus más expertos camaradas. Nieheimer haría grandes cosas.

—De acuerdo, joven —le retó—. Explíquese.

Nieheimer extendió las manos delante de él, con las palmas hacia abajo.

—Bueno —dijo—, ya conoce usted la ley de selección natural: supervivencia de los más aptos. Únicamente aquellos que son aptos para sobrevivir y propagar la raza. Los más aptos tienen más posibilidades de supervivencia y, por tanto, de propagación. De ese modo, las características de no-supervivencia quedan eliminadas, y las características de supervivencia más poderosas son heredadas por la generación siguiente.

»Pero la regla sólo se aplica a los animales. El hombre, y ellos —quienquiera que fuesen— se distinguen de los animales por su inteligencia. Pueden aplicar su inteligencia a la medicina, capacitando así a los no aptos —los que son susceptibles de enfermedad o deformación, o simplemente inferiores— para sobrevivir y transmitir sus características. Eso puede aceptarse desde el punto de vista de la ética, pero perjudica a la evolución. Las malas características no son eliminadas. Se transmiten. Paulatinamente, la raza queda contaminada con esas malas características. De modo que una raza inteligente no evoluciona de un modo continuo. Evoluciona hasta que alcanza un grado de civilización en el cual la medicina está muy desarrollada. Entonces se produce la degeneración; la civilización sufre un colapso y la raza retorna a la barbarie. Luego empieza de nuevo la evolución. La raza se levanta y vuelve a caer. En una raza inteligente, la evolución no sigue una línea recta. Forma un círculo, un ciclo.

Smith se sintió complacido. La idea tenía su mérito. Pero tenía también sus fallos.

—Una excelente exposición, Mr. Nieheimer, pero ha omitido usted varios puntos —Smith hizo una pausa y contempló la primitiva fogata... mucho más satisfactoria que la eficaz estufa del campamento—. En primer lugar, ha pasado por alto las posibilidades del control genético, y en segundo lugar, da por sentado que su ética era similar a la nuestra.

Pero Nieheimer no se dio por vencido.

—Su teoría es indefendible, Mr. Smith —replicó—. El control genético impediría la Superespecialización, tanto como la degeneración; y en cuanto a la ética —hizo una breve pausa, dando forma a su argumento—, en cuanto a la ética, en una raza inteligente sería más parecida a la nuestra que a la del dinosaurio. Una raza que pudo construir una ciudad como esta tuvo que tener forzosamente una ética similar a la nuestra. Resulta imposible un alto grado de civilización sin tener en cuenta a los individuos como tales. Un breve repaso a la Historia le mostrará los resultados de la ética totalitaria.

Smith buscó otro punto débil.

—Dice usted que la degeneración se detiene al llegar a cierto punto y empieza de nuevo la evolución. ¡Le recuerdo que esta raza ha desaparecido!

Como un actor de segunda categoría, extendió un brazo hacia las silenciosas ruinas, ocultas ahora en la oscuridad bajo las constelaciones que eran sutilmente distintas de las que se veían desde la Tierra.

—Eso no apoya su teoría —replicó Nieheimer—. Una serie de ciclos degeneración-evolución produciría, a largo plazo, una tendencia general decadente, dado que las características de no-supervivencia son más predominantes que las pro-supervivencia. Sólo hay un camino correcto, y muchos, muchos caminos erróneos.

Smith frunció el ceño. Seguían habiendo fallos, pero no pudo encontrarlos inmediatamente. Dirigiéndose al grupo tanto como a Nieheimer, dijo:

—Eso es una lógica resbaladiza, hijo. Hay en ella demasiados «quizás». Tendremos que comparar notas dentro de cinco años y comprobar quién está en lo cierto: usted, yo o algún otro individuo. Sin embargo, sospecho que había algo de ignorancia por su parte, en uno u otro sentido.

Leyendo entre líneas, Nieheimer le devolvió la sonrisa a Smith y la discusión se interrumpió.

Poco después, el campamento quedó en silencio. Todos los miembros de la expedición se guarecieron en sus tiendas ya que las noches, al igual que los días, eran cortas.

Y la noche era oscura, ya que al contrario de la Tierra este mundo no tenía luna.

Millar volvió a la cueva —o al túnel, como lo consideraba ahora— por la mañana. Había confiado en traerse a un estudiante, preferiblemente Nieheimer, con él, pero tuvo que renunciar a la idea debido a que los equipos y suministros no habían terminado de llegar. Y no invitó a ninguno de sus colegas, ya que cada uno de ellos tenía sus propios intereses.

Cuando se puso en marcha, completamente equipado para un día entero de exploración, se divirtió a sí mismo con un lema para arqueólogos, y particularmente para los miembros más jóvenes de una expedición: «Nosotros hacemos el trabajo sucio de la Historia». Pero el lema fue olvidado rápidamente mientras, al cruzar las lomas que separaban el campamento de la cueva, se detuvo a contemplar las ruinas. Predominaba el color blanco, aunque aquí y allá aparecían el rojo, el azul, el gris y el púrpura formando un diseño irregular en los montones de escombros. Y Millar pensó súbitamente que los cimientos de aquellas antiguas estructuras tenían que haberse corroído por completo, desde que la ciudad fue abandonada y antes de la llegada del hombre. Nada más podía explicar la extensión de las ruinas, ya que no quedaba en pie ninguna pared.

Y tuvo, también, el súbito convencimiento de que la ciudad haba sido construida para resistir a todas las amenazas, menos aquella. Aquellas torres habían sido construidas para aguantar los peores golpes —los vientos huracanados, el fuego de los volcanes, los propios terremotos—, ya que incluso ahora veíanse los esqueletos de los edificios, retorcidos por su repentina y antigua caída, pero enteros y fuertes y sin oxidar bajo el cielo abierto.

Ya que ellos habían sido una raza de constructores, y conocían su arte.

Pensaba aún en esto cuando llegó a la cueva. ¿Cuántos millares —o millones— de años debe permanecer deshabitada una ciudad antes de que el terreno sobre el cual se asienta sea barrido por los elementos? Millar lo ignoraba, pero los cálculos aproximados le produjeron una especie de vértigo.

La colina en la cual penetraba la cueva estaba salpicada de rocas pizarrosas, desgastadas por el tiempo. ¿Qué altura tendría la colina cuando la ciudad era nueva?, se preguntó Millar. Y luego comprobó que las ruinas habían reposado sobre su ladera, hacía muchísimo tiempo.

Millar desenfundó la linterna que llevaba al cinto y entró en el túnel. Este era muy espacioso, y su diámetro no parecía disminuir a medida que el arqueólogo continuaba avanzando.

Cuando hubo recorrido varios centenares, de pies, Millar se volvió para calcular lo que había avanzado, y vio que el túnel se había desviado ligeramente hacia la derecha y hacia abajo, como una espiral descendente. Cuando volvió a mirar atrás, la entrada había desaparecido y no había más luz que la de su linterna eléctrica y nada que ver, aparte las negras paredes lisas del pasadizo.

Sus pasos despertaban ecos a lo lejos, precediéndole en vanguardia y resonando detrás de él. Y, súbitamente, Millar se sintió muy solo. Existía allí una sensación de tiempo y de ausencia de tiempo, de juventud y de vejez, de lo que era pasado y de lo que aún tenía que ser. Y, como un contrapunto, el eco de sus pasos, un continuo y persistente sonido de cíclica intensidad.

No pudo calcular la extensión de su avance ni de su descenso por el túnel en espiral. No encontró ningún pasadizo lateral, un hecho que le tranquilizó, ya que un túnel con ramificaciones hubiera dificultado su regreso. En un momento determinado su linterna disminuyó la intensidad de su luz, y Millar se vio obligado a reemplazar sus descargadas baterías a oscuras antes de proseguir su avance.

Finalmente, sin embargo, llegó al final de su paseo. Una pared bloqueaba todo el pasillo. En ella, llenando la mayor parte de su superficie, había una cuadrada y maciza puerta... cerrada. Pero en la pared, al lado de la puerta, había una rueda, y debajo de la rueda y conectados con ella, una serie de ejes entrelazados. Millar lo identificó como un mecanismo para abrir la puerta, pero vio también que faltaba uno de los ejes. Lo encontró en el suelo, a sus pies. Colocándolo en su lugar hizo girar la rueda.

La puerta se abrió muy lentamente. Más allá, Millar encontró otra puerta similar, abierta, y después de aquella, una serie de puertas semejantes.

Y más allá de la sucesión de puertas, una sala muy amplia.

Era de forma rectangular, del tamaño de una sala de espera de una estación del Metropolitano. Millar entró por una de las paredes más largas y, un momento después, había luz. No pudo localizar la fuente de iluminación, pero toda la sala se le reveló de golpe. Apagó su linterna y volvió a colgársela al cinto. Luego empezó a examinar la sala.

La característica más sorprendente se hallaba al pie de la pared opuesta. Allí, una zanja semicircular recorría toda la longitud de la sala y desaparecía bajo un arco en cada uno de sus extremos. Y reposando en la zanja, como un buque en su dique, había un objeto en forma de cápsula, de un diámetro ligeramente menor que el de la zanja y, en consecuencia, equivalente al del túnel exterior.

Los extremos de la cápsula eran hemisféricos, y su cuerpo central un cilindro. Faltaba una sección del cuerpo, dejando al descubierto el interior, hueco. Proyectando la luz de su linterna en aquel interior, Millar no pudo encontrar nada que pudieran ser unos mandos, aunque estaba seguro de que aquello era algún medio de transporte. Tal vez era automático. Pero lo más asombroso era que la cápsula no tocaba en ningún punto la zanja sobre la cual reposaba. Había varias pulgadas de espacio libre entre el vehículo y el camino. Millar supuso que había sido utilizada la repulsión magnética, pero el procedimiento exacto se le escapaba.

Intrigado, examinó otras características de la sala. Como telón de fondo de la cápsula y de su carril, había una pintura que cubría toda la longitud y altura de la pared. Millar la había visto antes, pero el extraño vehículo acaparó su atención. Ahora estudió el cuadro.

Una ciudad reposaba sobre la suave ladera de una vieja y erosionada montaña, una montaña que era poco más que una gran colina, en su forma y en su aspecto. Las torres de la ciudad revelaban una maestría arquitectónica; su atrevida angularidad y los teñidos dedos de piedra se amalgamaban en una composición de belleza funcional y estética. Así, pensó Millar, había aparecido la ciudad antes de que el tiempo iniciara su tarea.

Súbitamente, Millar recobró la conciencia del presente y, consultando su reloj, comprobó que la tarde estaba muy avanzada. Decidió aplazar una exploración más minuciosa del lugar. Su tarea inmediata era la de regresar al campamento antes de que se hiciera de noche, cosa que no tardaría en producirse.

A pesar de su apresuramiento, la estrella vespertina del planeta brillaba en el cielo antes de que Millar llegara al campamento.

Y cuando por fin se tendió bajo su manta a la luz de las estrellas en una anticipación del sueño, pensó en los extraños caprichos del destino. He aquí una raza que había sido, según todas las apariencias, más avanzada de lo que la humana era ahora. Pero no había conquistado las estrellas, como las habían conquistado los hombres, y ahora estos últimos estaban hurgando en las ruinas de las mayores estructuras de aquella raza desaparecida desde hacía muchísimo tiempo.

¿Por qué no habían emprendido la conquista del espacio, a pesar de sus evidentes capacidades científicas? ¿Y por qué se habían desvanecido? ¿Por qué estaban los hombres aquí, y ellos no?

Tal vez conocía la respuesta. Tal vez le había sido dada la noche anterior por Nieheimer.

Millar empezó a sentirse soñoliento, y se alegró súbitamente de que este mundo no tuviera una luna que se reflejara en sus ojos vueltos hacia el cielo.

Despertó al amanecer; una fría llovizna mojaba su rostro. Recogió sus mantas y fue a guarecerse en una de las tiendas.

Volvió a quedarse dormido.

Cuando se hizo de día, continuaba lloviendo. Sin embargo, Millar decidió visitar el túnel otra vez. Pero no lo haría solo, ni a pie. Su vehículo, construido para viajar por toda clase de terrenos y en las peores condiciones climatológicas, daba continuos saltos y se encabritaba mientras recorrían el terreno que se extendía entre el campamento y la entrada de la cueva. Nieheimer, el estudiante, conducía, en tanto que Millar trataba de conservar en su sitio su desayuno, apresuradamente engullido. El vehículo había sido construido para andar por terrenos difíciles, pero este no era el caso del estómago del arqueólogo.

—¿Por qué no dejó que los otros vinieran? —inquirió Nieheimer—. Lo estaban deseando, desde luego.

—¿Para qué? —replicó Millar—. Al fin y al cabo, yo soy el único que va a bajar.

—¡Eh, un momento! Creí que me permitiría acompañarle...

—Me gustaría mucho, pero no sabemos en qué estado se encuentra el tubo. Un centenar de miles de años no es precisamente anteayer.

Cuando se acercaron a la entrada de la cueva Nieheimer encendió los faros y penetró por la abertura, siguiendo las indicaciones de Millar.

Dejaron la máquina delante de la primera puerta y continuaron a pie; en total, había ocho puertas. La sala situada al final del túnel se iluminó cuando penetraron en ella.

Millar dejó a Nieheimer allí.

—Tome fotografías de este lugar y todas las notas que considere oportunas —le dijo—. Si no he regresado una hora antes de la puesta del sol, regrese al campamento y dé la voz de alarma. ¿De acuerdo?

Nieheimer asintió. Parecía decepcionado.

Millar se introdujo en la cápsula. Examinó el interior más minuciosamente que el día anterior, utilizando su linterna.

—No sé si funcionará —le dijo a Nieheimer—. No puedo encontrar ningún mando.

Pero, en el preciso instante en que pronunciaba aquellas palabras, Nieheimer desapareció de su campo visual y una especie de dosel se tendió sobre la abertura. Se oyó un click y el vehículo empezó a moverse suavemente, aunque no en la dirección que Millar esperaba. Perdió el equilibrio y cayó sobre el acolchado suelo.

Cerró los ojos mientras la cápsula proseguía su avance en dirección descendente, al parecer. Súbitamente, el vehículo se detuvo. El dosel volvió a deslizarse, esta vez en sentido contrario, y Millar se incorporó trabajosamente.

Salió por la abertura de la cápsula y se encontró en una cámara cuyo tamaño no era mucho mayor que el de la propia cápsula. Delante de él se extendía un pasadizo abovedado, el final del cual se hallaba oculto en una semipenumbra.

Avanzó por aquel pasadizo, y cuando hubo recorrido varios centenares de metros se encontró bruscamente en una sala inmensa. En la pared del fondo había una gigantesca estatua adosada a una especie de nicho. La forma de aquella estatua era claramente animal, pero Millar la encontró extraña y fea. A pesar de todo, echó a andar hacia ella. Inmediatamente, la esfera de luz que rodeaba a la figura esculpida se hizo más amplia, permitiendo a Millar observar la sala a sus anchas.

Su extensión era enorme. Medía al menos un kilómetro de anchura por dos de longitud. Y estaba llena de máquinas, todas ellas de un raro diseño. A lo largo de las paredes había una hilera de pesados ficheros metálicos. Su objetivo era evidente: el conocimiento de una raza desaparecida.

Construyeron esta bóveda, pensó Millar, confirmando sus sospechas, como un monumento a sí mismos.

La cuarta pared, parcialmente eclipsada por la estatua, contenía una inscripción. La escritura era de un tipo completamente desconocida para Millar.

Para ver la totalidad de la inscripción, aunque no pudiera leerla, Millar se situó en un punto que coincidía exactamente con el centro matemático de la estatua. Y, bruscamente, los símbolos de la pared adquirieron significado para él, como si una voz hablara en su mente, repitiendo las palabras, traducidas.

¿Telepatía? ¿Con una raza muerta? Mecánica, quizás. ¿O era simple imaginación? En aquel momento, tales detalles carecían de importancia, y Millar no se interrogó al respecto. Su mente estaba concentrada en comprender lo que había sido escrito por los que construyeron y llenaron esta bóveda.

Leyó:

A ti, que por tu inteligencia y tu curiosidad has alcanzado esta bóveda, nosotros, como agentes de nuestra raza y de nuestra civilización, ofrecemos lo que has encontrado aquí. No podemos saber si estas reliquias serán de alguna utilidad para ti y para tu pueblo, ni podemos conocer tu identidad. El futuro no nos pertenece, y la solución debe darla el destino.

Pero la raza no tiene importancia para nosotros. Aunque nuestra raza puede existir todavía, nosotros ya estaremos muertos. Es posible que sea la vanidad lo que nos empuja a enterrar estos residuos de nuestra cultura. En parte, al menos, es así. Pero también confiamos en que este detritus de nuestra moribunda civilización pueda ayudar a aquellos a quienes pertenece el futuro.

Te ofrecemos nuestra historia, nuestras artes y nuestra ciencia. Pero nuestra ciencia puede ser primitiva para ti, y nuestro arte puede ser ingenuo o deforme. En tal caso, sólo podremos ofrecerte nuestra historia. Ojalá te revele las verdades ocultas para nosotros. Pues, aunque vemos desintegrarse a nuestro alrededor nuestra cultura, como se desintegraron otras culturas anteriores de nuestra raza, no se nos alcanzan los motivos de esa desintegración. Nuestra cultura está viciada; el vigor de la juventud la ha abandonado en la vejez. No sabemos por qué. Y realmente, si conociéramos nuestras deficiencias, procuraríamos superarlas, en vez de erigir este monumento. Y si, como es muy posible, posees ya ese conocimiento que nosotros no supimos encontrar, acepta esta bóveda como lo que es: un gesto inútil y vacío de una cultura que no sobrevivió al juicio de la existencia.

Aunque sabemos que para nosotros no fueron suficientes, confiamos en que nuestros ofrecimientos puedan ayudaros, a ti y a los tuyos, en vuestra lucha por la supervivencia. Es posible que nos mueva la vanidad, pero eso no empequeñece la sinceridad de nuestra esperanza. Ya que ninguna cultura ni ninguna raza ha fracasado del todo si su recuerdo permanece.

La bóveda era tan inmensa que sus pasos no despertaron el menor eco cuando dio media vuelta y echó a andar; mientras pasaba por delante de la gigantesca estatua que ya no era fea, sino que estaba llena de dignidad y grandeza; mientras pasaba por delante de las largas hileras de máquinas silenciosas, un tesoro arqueológico; mientras cruzaba, finalmente, los portales, dejando atrás los archivos de una raza muerta, el sueño de un enciclopedista.

Y una vez más allá del umbral, se detuvo como obligado por una orden silenciosa, se volvió y contempló una vez más aquella espléndida semejanza de un hombre que no era humano. Y mientras la contemplaba, la luz se apartó de ella, dejando sombras y oscuridad detrás. La luz se desvaneció lentamente, hasta que sólo quedó iluminada la pared más lejana. Como un planeta en tránsito, la estatua permanecía erguida, una sombra mayestática, una masa negra contra la inscripción grabada en la pared.

Ellos no conocían sus propias mentes, pensó Millar, como nosotros conocemos las nuestras.

El portal se cerró ante sus ojos.

Nieheimer estaba esperándole cuando llegó a la cámara superior. El estudiante ayudó a Millar a salir de la cápsula.

—¿Ha encontrado algo? —le preguntó en tono deliberadamente casual, que no conseguía ocultar la impaciencia de su mente.

La respuesta de Millar fue sobria.

—He aprendido por qué estamos aquí nosotros, y ellos no —dijo, y empezó a desgranar en voz alta los pensamientos que llenaban su mente—. Para tener éxito, una raza inteligente ha de fijarse una frontera, o, a falta de ella, comprenderse a sí misma. Nosotros tenemos las dos cosas: hemos alcanzado las estrellas y conocemos nuestras mentes. Ellos no tenían ninguna luna que les hiciera señas, de modo que no conquistaron el espacio y en consecuencia perdieron su frontera. Y no poseían el conocimiento que les hubiera permitido sobrevivir sin una frontera. De modo que ahora han desaparecido.

Luego, como recordando algo de repente:

—¿Qué antigüedad tiene este lugar?

—No lo sé —respondió Nieheimer—. La máquina estaba parada.

—¿Parada?

—Sí. No estaba estropeada, y tenía abundante energía. Pero... —Nieheimer se encogió de hombros— se paró.

—¿Por qué? ¿Lo sabe usted?

—Bueno, ya sabe cómo funciona un reloj de radio. Encierra usted un poco de radio en una caja y calcula el tiempo por el descenso de la radiación. Matemáticamente, la radiación es perpetua. Así es como su máquina medía el tiempo. Y esto es todo lo que queda.

Y le mostró a Millar un pequeño ladrillo de color gris oscuro: plomo puro.

Ellos habían construido su monumento para que durase a través de todos los tiempos. En eso, al menos, habían tenido éxito.