Capítulo 11
Maggie estaba sentada en el peldaño más alto de la escalerita, a modo de portillo, en una cerca que dominaba el primer valle por donde pasaba la senda. Verla allí subida le resultó tan fuera de lugar que casi se echó a reír. Lo que hizo en cambio fue contener la risa y decir su nombre en voz baja para no asustarla. Maggie volvió la cabeza muy deprisa.
—Jem —dijo, la boca en tensión—, quién hubiera pensado que nos encontraríamos en un sitio así, ¿eh?
Jem avanzó hasta la escalera y se recostó contra ella.
—Es raro —reconoció él, mirando hacia el valle, en gran parte de color morado, debido a las sombras, ahora que ya se estaba poniendo el sol.
Maggie volvió a mirar hacia el valle.
—He llegado hasta este sitio y no he podido ir más allá. Llevo sentada aquí todo este tiempo tratando de hacer de tripas corazón para seguir adelante, pero no he podido. Fíjate, no hay ni un alma en ninguna parte excepto nosotros dos. No es normal. —Se estremeció.
—Uno se acostumbra. Nunca me he fijado en eso, excepto cuando nos mudamos a Londres y lo eché de menos. Allí nunca podías alejarte de la gente.
—La gente es todo lo que hay, ¿no? ¿Existe algo más?
Jem rió entre dientes.
—Todo. Los campos y los árboles y el cielo. Me paso el día entero con ellos y soy feliz.
—Pero nada de eso tendría sentido si no hubiera gente con quien estar.
—Supongo que no. —Siguieron contemplando el valle en lugar de mirarse ellos—. ¿Por qué no has venido a casa? —preguntó Jem finalmente—. Haces todo el camino y luego te das la vuelta en el último kilómetro.
Maggie respondió con otra pregunta.
—¿Las chicas han llegado bien?
—Sí.
—¿Maisie no ha tenido a su niño en mitad de la calle?
—No; entró en casa.
Maggie asintió con la cabeza.
—Me alegro.
—¿Cómo encontrasteis a Rosie?
—Nos encontró ella, o a la vieja bruja, más bien. —Le contó cómo había descubierto a Rosie en casa de la señorita Pelham.
Jem gruñó.
—A ésa no la echo de menos. —Su tono dejaba claro que había otras cosas que sí echaba de menos. Maggie sintió una opresión en el pecho—. Gracias por traerlas de vuelta —añadió Jem.
Maggie se encogió de hombros.
—Me apetecía ver el famoso Piddle-di-di. Y dada su situación necesitaban alguien que las acompañase.
—No..., no sabía lo de Maisie.
—Claro que no. No me lo podía creer cuando la vi. Menuda sorpresa. —Hizo una pausa—. Tengo que contarte algo, Jem. Maisie es ahora Maisie Butterfield.
Jem la miró con tal horror que Maggie soltó una risita.
—Ya sé que Charlie es un desastre —dijo—, pero nos ha resultado útil. —Le explicó la historia que había inventado, añadiendo—: Y Rosie está casada con el señor Blake.
Jem rió entre dientes, y Maggie se unió a él con la sonora carcajada que su amigo había echado de menos durante los meses que llevaban separados.
—¿Qué tal está el señor Blake? —preguntó cuando pararon de reír—. ¿Y la señora Blake?
—La asociación todavía le hace pasar malos ratos. Nadie puede decir nada sobre el rey o sobre Francia, ni cualquier cosa que se salga de lo corriente sin que se le echen encima. Y ya sabes que el señor Blake dice cosas muy poco corrientes. Lo ha pasado bastante mal. Maisie te lo podrá contar, es quien más ha estado con él.
—¿Es un regalo suyo? —Jem se sacó el libro del bolsillo.
—Lo es. Bueno, en cierto modo. —Al notar la mirada de Jem, añadió—: No, ¡no lo he robado! ¿Cómo puedes pensar una cosa así? ¡Nunca le quitaría nada! No; es sólo que me dio dos libros, los dos envueltos en papel marrón, y del mismo tamaño. Y, bueno, los junté en mi bolsillo y ahora no sé cuál es el tuyo y cuál el mío.
—¿No son iguales?
—No. —Maggie se bajó de lo alto de la escalera (ahora ella estaba en un lado de la cerca y Jem en el otro), alzó su hato y sacó el segundo libro—. ¿Ves? —Lo abrió por la página del título, donde dos niños leían un libro en las rodillas de una mujer. Cantos de inocencia —dijo—. Lo recuerdo de antes. No supe lo que decía el otro, de manera que elegí éste. ¿Cómo se titula, entonces?
—Cantos de experiencia. —Jem abrió el libro por la página del título y se la mostró.
—¡Ah! Opuestos, entonces. —Se sonrieron—. Pero ¿cuál crees que es el tuyo y cuál el mío? Me refiero a qué idea tenía el señor Blake. Insistió mucho en que uno era especialmente para ti y el otro para mí.
Jem negó con la cabeza.
—Podrías preguntárselo.
—No; no podría. Sería decepcionante para él enterarse de que los he confundido. Tenemos que decidirlo nosotros.
Contemplaron los libros en silencio. Luego Maggie habló de nuevo.
—Jem, ¿por qué te fuiste de Lambeth sin decir adiós?
Jem se encogió de hombros.
—Tuvimos que marcharnos deprisa por culpa de la señorita Pelham.
Maggie examinó su perfil.
—Podías haberme buscado para despedirte. ¿Fue porque no podías..., porque no me puedes perdonar por..., por hacer lo que hice, lo que te conté, en el callejón del Degollado? Porque cuando aquello me sucedió..., bueno, durante un tiempo pensé que el mundo nunca estaría ya a derechas. Una vez que haces algo como eso, las cosas no pueden volver a ser como antes. Lo pierdes, y es difícil recuperarlo. Pero entonces llegasteis tú y Maisie y el señor Blake, y me sentí mejor, por fin, después de contártelo..., excepto que me da miedo la oscuridad y el estar sola.
—No importa —respondió Jem después de un rato—. Me sorprendió, eso es todo. Hizo que pensara en ti de otro modo. Pero no tiene ninguna importancia.
Miraron sus libros cuando ya casi era de noche. Luego Maggie se inclinó sobre la página del libro de Jem.
—¿Es eso un tigre?
Jem asintió y leyó las palabras.
—«Tigre altivo...»
—«Ardiente luz» —siguió Maggie, para sorpresa suya.
en las selvas de la noche,
¿qué manos inmortales o qué ojos
tu terrible belleza concibieron?
—Me lo enseñó Maisie —añadió—. No sé leer..., todavía.
—¿Maisie te lo enseñó? —Jem reflexionó sobre aquello, preguntándose hasta qué punto había cambiado su hermana a causa de su estancia en Londres—. ¿Qué quiere decir el señor Blake con «terrible belleza»?
—No lo sé; tendrás que preguntárselo a ella.
Jem cerró el libro y se aclaró la garganta.
—¿Adónde ibas a ir, a oscuras, completamente sola?
Maggie se dio golpecitos en la palma de la mano con el libro.
—Quería alcanzar en Piddletown al tipo de los botones y ofrecerme a hacerlos para él y así ganarme el viaje de vuelta a Londres.
Jem arrugó la frente.
—¿Cuánto cuesta?
—Una libra en la diligencia si voy en el pescante, a no ser que encuentre un carro que me lleve.
—Maggie, ¡tendrías que hacer por lo menos mil botones para pagarte el pasaje!
—¿Mil? ¡Dios bendito! —Maggie se unió a la risa de Jem. Aquello fue como una liberación, y muy pronto los dos se reían tanto que tuvieron que sujetarse el estómago.
Cuando por fin dejaron de reír, Jem dijo:
—Entonces, ¿qué ibas a hacer, sentada en ese escalón?, ¿quedarte ahí toda la noche?
Maggie pasó los dedos por la cubierta del libro.
—Sabía que ibas a venir.
—Ah.
—A ver, si yo estoy a un lado de la cerca y tú al otro, ¿qué hay en medio?
Jem puso la mano en la escalera.
—Nosotros.
Al cabo de un momento Maggie se la apretó con la suya, y sus manos permanecieron así unidas durante un rato, calentándose mutuamente.
El valle que tenían delante iba quedando en sombras, el río y los árboles del fondo invisibles ya.
—No me puedo quedar aquí, de todos modos, Jem —dijo Maggie en voz baja—. No puedo. —Derramó algunas lágrimas, pero enseguida se las secó.
—Iré contigo hasta Piddletown, si quieres —dijo Jem al cabo de un rato.
—¿Cómo vas a hacer eso? ¡Mira lo oscuro que está!
—La luna saldrá pronto..., nos dará luz suficiente.
—¿Seguro? ¿Cómo lo sabes?
Jem sonrió.
—Es una de esas cosas que sabemos por aquí. No disponemos de faroleros que vayan arriba y abajo por las calles. —Le entregó a Maggie su libro mientras pasaba al otro lado de la cerca. Cuando Maggie quiso devolvérselo después, Jem negó con la cabeza—. Guárdalo con el otro. Fíjate qué bien te caben juntos en la mano. Son exactamente del mismo tamaño.
—No, no, ¡eso sí que no! Guárdalos tú. Si no, no los verás nunca.
—Podría ir a Londres para verlos.
—No, eso no es justo. No; guárdalos tú y vendré yo de visita a Piddle-di-di.
Jem se echó a reír y la cogió de la mano.
—En ese caso tendrás que aprender a cruzar sola este campo.
—No si vienes tú a recogerme a la diligencia.
Discutieron sobre aquello durante todo el camino hasta Piddletown.