Capítulo 2
Thomas Kellaway se sentía muy insignificante y tímido mientras caminaba entre las altas columnas a la entrada del anfiteatro. Era un hombre de poca estatura, enjuto, de cabellos muy rizados y muy cortos, como el pelo de un terrier. Su presencia apenas se hizo notar en aquella magnífica entrada. Al dirigirse al interior, después de dejar a su familia en la calle, encontró el vestíbulo oscuro y vacío, aunque oía, más al fondo, un resonar de pezuñas y el restallar de un látigo. Siguiendo los ruidos penetró en el circo propiamente dicho y se encontró entre hileras de bancos, mirando boquiabierto la pista, donde trotaban varios caballos, con sus jinetes de pie en las sillas de montar. En el centro, un joven hacía restallar un látigo mientras daba instrucciones. Aunque los había visto hacer lo mismo en una función en Dorchester un mes antes, Thomas Kellaway seguía sorprendiéndose. Y le resultaba aún más increíble que los jinetes repitieran la hazaña. Una vez podía ser una afortunada casualidad; dos indicaba verdadera pericia.
Alrededor del escenario se había construido una estructura de madera con palcos y galerías, que proporcionaban asientos y espacio desde donde ver de pie el espectáculo. Por encima de todo ello colgaba una enorme lámpara hecha con ruedas de carro a tres alturas diferentes, y el techo redondo con postigos abiertos en lo más alto también dejaba entrar la luz.
Thomas Kellaway no estuvo mucho tiempo mirando a los jinetes, porque enseguida se le acercó alguien del circo y le preguntó qué quería.
—Me gustaría ver al señor Astley, caballero, si tiene a bien recibirme —replicó Thomas Kellaway.
Su interlocutor, John Fox, era el ayudante de dirección de Philip Astley. Lucía un bigote con guías y unos ojos de abultados párpados que de ordinario mantenía medio cerrados y que sólo abría por completo en presencia de algún desastre, de los que ya había habido, y aún habría, unos cuantos en la larga carrera de Philip Astley como empresario circense. La repentina aparición de Thomas Kellaway en el anfiteatro no era lo que John Fox consideraría un desastre, de manera que contempló al sillero de Dorset sin sorpresa a través de los párpados caídos. Estaba acostumbrado a que la gente quisiera ver a su jefe. Tenía además una memoria prodigiosa, lo que siempre es útil en un ayudante, y recordaba haber visto a Thomas Kellaway en Dorchester hacía un mes.
—Espere fuera —dijo—, y tarde o temprano supongo que el señor Astley irá a verlo.
Desconcertado por los ojos somnolientos de John Fox y por su respuesta displicente, Thomas Kellaway regresó junto a su familia en el carro. Había conseguido llegar con los suyos a Londres, pero carecía de medios para lograr nada más.
Nadie habría pronosticado —y menos aún él mismo— que Thomas Kellaway, sillero de Dorset, de una familia establecida en el valle del Piddle desde hacía siglos, fuese a dar con sus huesos en Londres. Hasta que conoció a Philip Astley todo en su vida había sido ordinario. Su padre le había enseñado a fabricar sillas y heredó el taller a su muerte. Se había casado con la hija del íntimo amigo de su padre, leñador, y la relación entre ellos, si se exceptúan los desahogos que se permitían en la cama, era más bien fraternal. Vivían en Piddletrenthide, el pueblo en el que los dos habían crecido, y tenían tres hijos varones —Sam, Tommy y Jem— y una hija, Maisie. Thomas iba dos veces por semana a la taberna Five Bells, a la iglesia los domingos y a Dorchester todos los meses. Nunca había llegado hasta la costa, aunque estaba a menos de veinte kilómetros, ni había manifestado ningún interés, como hacían a veces otros en la taberna, por cualquiera de las catedrales a pocos días de camino —Wells, Salisbury o Winchester— ni por visitar Poole, Bristol o Londres. Cuando iba a Dorchester se ocupaba de sus asuntos: aceptaba encargos, compraba madera y se volvía a su casa. Prefería llegar a su hogar, aunque fuese tarde, que quedarse a pasar la noche en una de las posadas de Dorchester para comerciantes y beberse el dinero que había ganado. Eso le parecía más peligroso que los caminos sin luz. Era una persona cordial que nunca levantaba la voz en la taberna, y que disfrutaba sobre todo cuando trabajaba las patas de silla en su torno, concentrándose en una pequeña ranura o en una curva, olvidando incluso que estaba haciendo una silla y admirando sencillamente las vetas o el color o la textura de la madera.
Así vivía y así era como se esperaba que viviera Thomas Kellaway hasta que, en febrero de 1792, el Espectáculo Ecuestre Itinerante de Philip Astley se instaló durante unos días en Dorchester, exactamente dos semanas después de que Tommy Kellaway se cayera del peral. Parte del circo Astley estaba de gira por el sudoeste de Inglaterra, ligeramente desviado en su camino de regreso a Londres después de pasar el invierno en Dublín y Liverpool. Aunque se le hacía amplia publicidad por medio de carteles, programas de mano y de comentarios elogiosos acerca del espectáculo en el Western Flying Post, Thomas Kellaway sólo se enteró de que el circo actuaba en la ciudad durante uno de sus viajes. Había ido a entregar, llevándolas en su carro, un juego de ocho sillas Windsor de respaldo alto, junto con su hijo Jem, que estaba aprendiendo el oficio, igual que él lo había aprendido de su padre.
Jem ayudó a descargar las sillas y vio como su progenitor trataba al cliente con esa difícil mezcla de deferencia y confianza necesaria para los negocios.
—Padre —empezó, cuando terminó la operación y Thomas Kellaway se embolsó una corona extra, regalo del cliente satisfecho—, ¿qué tal si fuésemos a ver el mar?
Desde una colina al sur de Dorchester se podía ver el mar a una distancia de ocho kilómetros. Jem había estado allí varias veces y esperaba llegar algún día hasta la misma costa. En los campos por encima del valle del Piddle, escudriñaba a menudo el sur, con la esperanza de que, tarde o temprano, el paisaje de colinas estratificadas se hubiera corrido para permitirle vislumbrar la línea azul del agua que llevaba al resto del mundo.
—No, hijo, será mejor que volvamos a casa —replicó Thomas Kellaway de manera automática, lamentándolo acto seguido al ver que el rostro de Jem se cerraba como cuando se corren las cortinas sobre una ventana. Se acordó de un breve período de su vida en el que también quiso ver y hacer cosas nuevas, romper las rutinas establecidas, hasta que la edad y la responsabilidad lo devolvieron a la conformidad que necesitaba para vivir una existencia tranquila en Piddletrenthide. Sin duda Jem también llegaría a la misma situación de manera natural. En eso consistía crecer. Pero de todos modos sintió lástima por él.
Aunque Thomas no dijo nada más, cuando en las afueras de la ciudad atravesaban los prados junto al río Frome, donde se había levantado una estructura redonda de madera con un techo de lona, Jem y él vieron, junto al camino, a los hombres que hacían malabarismos con antorchas para atraer espectadores; Thomas Kellaway se acordó entonces de la corona extra que llevaba en el bolsillo y torció con el carro para entrar en la campa donde se alzaba el circo. Era la primera cosa imprevisible que había hecho en su vida y por un momento pareció que algo se aflojaba en él, como cuando se quiebra el hielo en un estanque al llegar la primavera.
También le fue más fácil —al regresar Jem y él tarde a casa aquella noche con el relato de los espectáculos que habían visto, así como del encuentro que habían tenido con Philip Astley en persona— a Thomas Kellaway enfrentarse al gesto de amargura en el rostro de su esposa que le juzgaba por haberse atrevido a pasarlo bien cuando la muerte de su hijo estaba todavía tan reciente.
—Me ha ofrecido trabajo, Anne —le dijo—. En Londres. Una vida nueva, lejos de... —No terminó la frase. No hacía falta. Los dos pensaban en la tumba del cementerio de Piddletrenthide.
Para su sorpresa —porque no había pensado en tomarse en serio aquella oferta— Anne Kellaway lo miró a los ojos y asintió.
—De acuerdo. Iremos a Londres.