Capítulo 4
Otra sorpresa aguardaba a Maggie en la calle. Ahora que los Kellaway ya no vivían en la casa de Hercules Buildings, apenas se molestaba en mirarla cuando pasaba por delante. Esta vez, sin embargo, oyó que la señorita Pelham alzaba la voz y miró para ver quién era el destinatario de sus malos modos. Se trataba de una chica de la edad de Maisie, de aspecto descuidado, y una falda de satén con varios desgarrones que se tensaba sobre el bulto de la tripa, sólo un poco más pequeño que el de Maisie.
—¡Vete de aquí! —gritaba la señorita Pelham—. ¡Sal de mi jardín! Esa familia no me dio más que disgustos mientras vivió en esta casa e incluso ahora, vaya por Dios, siguen arrastrando mi buen nombre por el barro. ¿Quién te dijo que vinieras aquí, vamos a ver?
Maggie no consiguió oír la respuesta de la interpelada, pero la señorita Pelham le proporcionó enseguida la información.
—Voy a tener unas palabras con John Astley. ¡Con qué derecho se atreve a enviarme a una pelandusca como tú! ¡Su padre no se atrevería a hacer una cosa así! ¡Vamos, márchate! ¡Te digo que te vayas!
—Pero ¿qué hago ahora? —gimió la muchacha—. ¡Nadie me acepta así! —Al darse la vuelta delante de la puerta de la señorita Pelham, Maggie pudo examinarla mejor y, aunque sólo la había visto una vez, reconoció el pelo pajizo, el rostro pálido y el patetismo inconfundible de Rosie Wightman, la amiga de Maisie y de Jem y nacida, como ellos, en Dorsetshire.
—¡Rosie! —le susurró Maggie cuando la chica llegó a la cerca del jardín. Rosie la miró perpleja, incapaz de reconocer el rostro de Maggie entre la larga sucesión de personas con las que se había relacionado a lo largo de los meses desde su brevísimo encuentro—. Rosie, ¿buscas a Maisie Kellaway? —insistió Maggie.
El rostro de Rosie se iluminó.
—¡Sí, sí! —exclamó—. Me dijo que viniera al circo, y es lo que acabo de hacer, pero allí ya no hay ningún Kellaway. Y no sé a quién dirigirme.
La señorita Pelham acababa de ver a Maggie.
—¡Tú! —graznó—. No me sorprende nada verte merodeando con gente de mala vida. ¡Un buen ejemplo de lo que acabarás siendo!
—Chssst —susurró Maggie. Los viandantes empezaban a fijarse en ellas, y Maggie no quería atraer la atención sobre otra joven embarazada.
Nadie, sin embargo, podía silenciar a la señorita Pelham.
—¿Estás diciendo que me calle, granuja? —exclamó, alzando la voz casi como si cantara—. ¡Voy a hacer que te detengan y te den una lección hasta que te arrepientas de estar viva! ¡Voy a hacer...!
—Sólo decía chssst, señora —la interrumpió Maggie, hablando muy alto y pensando deprisa—, porque estoy segura de que no querrá llamar la atención más de lo que ya lo ha hecho. Acabo de oír a alguien decirle a otra persona que tenía usted una visita, su sobrina. —Señaló a Rosie Wightman con la cabeza. Un individuo con una cesta de gambas en la cabeza se detuvo al oír las palabras de Maggie y miró desvergonzadamente a la señorita Pelham y a Rosie.
—¡Se le parece muchísimo, señora! —dijo, para regocijo de Maggie y horror de la señorita Pelham. Esta última miró asustada a su alrededor para ver si alguien más había oído aquello y acto seguido entró en su casa a toda prisa dando un portazo.
Volviéndose satisfecha, Maggie contempló a su segunda sorpresa y suspiró.
—Dios misericordioso, Rosie Wightman, ¿qué vamos a hacer contigo?
Rosie la miró feliz. Le bastaba con haber llegado hasta allí, aunque fuese diez meses después de cuando Jem y Maisie la esperaban. Al igual que con los hombres con los que se relacionaba, desde el momento en que una línea de actuación se ponía en marcha, no tenía inconveniente en rendirse.
—¿Tienes algo de comer? —bostezó—. Estoy hambrienta.
—Santo cielo —suspiró Maggie de nuevo antes de coger a Rosie del brazo para llevársela al número 13 de Hercules Buildings.