Capítulo 2

—Madre, ha venido la señora Butterfield —anunció Maisie, volviendo al jardín—. La madre de Maggie.

—Llámeme Bet —dijo la mujer—. Vengo precisamente a causa de Maggie.

—¿Maggie? —repitió Anne Kellaway, alzándose a medias de su asiento y sujetando los botones que había hecho. Luego se dio cuenta de a quién se refería Bet y volvió a dejarse caer en la silla—. No está aquí.

Bet Butterfield no pareció oírla. Miraba fijamente el regazo de Anne.

—¿Son botones?

—Sí. —Anne Kellaway tuvo que resistir el impulso de taparlos con las manos.

—Fabricamos botones —explicó Maisie—. Los hacíamos todo el tiempo en Dorsetshire, y mi madre se trajo algunos materiales cuando nos vinimos aquí. Piensa que quizá podamos venderlos en Londres.

Bet Butterfield extendió el brazo.

—Déjeme verlos.

Anne Kellaway colocó a regañadientes en la mano roja y áspera de su interlocutora los delicados botones que había hecho aquella mañana.

—Se llaman Blandford Cartwheels —procedió a explicar sin poder evitarlo.

—¡Señor y qué bonitísimos son! —murmuró Bet, empujándolos de un lado a otro con un dedo—. Los veo en los camisones de las señoras y siempre tengo cuidado con ellos cuando los lavo. ¿No es un punto de festón lo que ha utilizado en el borde?

—Sí. —Anne alzó el botón en el que estaba trabajando—. Luego envuelvo el hilo en el interior del anillo para hacer los rayos de la rueda, y después pespunteo una y otra vez alrededor de cada rayo, de manera que el hilo llena el espacio. Al final lo reúno en el centro con una puntada, y ya está terminado.

—Bonitísimos —repitió Bet Butterfield, bizqueando mientras miraba los botones—. Ya me gustaría hacer algo así. No se me dan mal los zurcidos y cosas parecidas, pero no sé si me las arreglaría con algo tan pequeño y delicado. Soy mejor para lavar lo que ya está que para hacerlo. ¿Sólo fabrican botones de esa clase?

—No, no; de muchas —intervino Maisie—. Si son planos como éstos, Dorset Wheels, los hacemos con dibujos de rueda de carro, rueda en cruz y panal. También hacemos High Tops y Knobs, que son para chalecos y Singletons y Birds' Eyes. ¿Qué más hacemos, mamá?

—Basket Weaves, Old Dorsets, Mites y Spangles, Jams, Yannells, Outsiders —recitó Anne Kellaway.

—¿Dónde los van a vender? —preguntó Bet Butterfield.

—No lo sabemos todavía.

—Les puedo echar una mano para eso. O seguro que mi Dick puede. Conoce a todo el mundo, le vendería huevos a una gallina, no crean que exagero. Les colocará los botones. ¿Cuántos tienen listos?

—Cuatro gruesas por lo menos —replicó Maisie.

—¿Y cuánto os dan por gruesa?

—Eso depende de la clase de botones y de lo buenos que sean. —Maisie hizo una pausa—. ¿No quiere sentarse, señora Butterfield? —Señaló con un gesto su propia silla.

—Te lo agradezco, reina. —Bet Butterfield se sentó en la silla Windsor de respaldo curvo que, incluso después de diez años de uso diario, no crujió cuando su poderosa estructura descansó sobre el asiento de madera de olmo.

—Vaya, ¡qué silla tan estupenda! —dijo, recostándose en los barrotes del respaldo y pasando un dedo por el largo brazo curvo—. Sencilla, sin pretensiones y bien hecha, aunque nunca había visto sillas pintadas de azul.

—En Dorsetshire pintamos todas las sillas —explicó Maisie—. Es como les gustan a los de allí.

—Mags me dijo que el señor Kellaway repara sillas y cosas por el estilo. ¿Ésta la ha hecho él, señora...?

—Anne Kellaway. Así es. Pero, dígame, señora Butterfield...

—Bet, corazón. Todo el mundo me llama Bet.

—¡Como «Bouncing Bet»![1] —exclamó Maisie, sentándose en uno de los fríos bancos de piedra de la señorita Pelham—. Acabo de darme cuenta. ¡Qué divertido!

—¿Qué tiene de divertido, reina?

—«Bouncing Bet» es el nombre que damos a la jabonera. Por lo menos en Dorsetshire. Y usted usa jabonera para lavar, ¿no es cierto?

—Sí que la uso. ¿De manera que «Bouncing Bet», eh? —Bet Butterfield rió entre dientes—. No lo había oído nunca. Donde yo nací lo llamábamos Jabón de cuervo. Pero este otro me gusta... «Bouncing Bet». Mi Dick empezará a llamarme así si se lo cuento.

—¿Qué quería preguntarnos? —intervino Anne Kellaway—. Ha dicho que era algo relacionado con su hija.

La expresión de Bet Butterfield se hizo más seria.

—Sí, sí. Es que la estoy buscando. No la hemos visto desde hace algún tiempo y estoy empezando a preocuparme.

—¿Cuánto hace que se marchó?

—Dos semanas.

—¿Dos semanas? ¿Y empieza ahora a buscarla? —A Anne Kellaway no le cabía en la cabeza no hacer nada si Maisie se perdiera una noche en aquella ciudad, y no digamos si se tratara de dos semanas.

Bet Butterfield se removió en la silla. Esta vez crujió.

—Bueno, en realidad no es tanto. Quizá haya sido una semana. Eso es, sólo una semana. —Como a Anne Kellaway no le desaparecía la expresión de horror, siguió justificándose—: Y quizá ni siquiera eso. Falto de casa con frecuencia, ¿sabe? Debido a las coladas trabajo a veces toda la noche en casa de alguien y luego duermo cuando termino. Se me pasan los días sin ver a mi Dick ni a Charlie ni a nadie porque estoy fuera.

—¿Nadie se ha tropezado con ella?

—No. —Bet se removió de nuevo en la silla, que volvió a crujir—. Si he de serle sincera, nos peleamos un poco y se escapó. Tiene muy mal genio, eso es lo que pasa con Mags, como su padre. Tarda en enfadarse, pero cuando estalla... ¡cuidado!

Anne y Maisie no dijeron nada.

—Sé que no anda lejos —prosiguió Bet Butterfield—. Dejo fuera comida para ella y desaparece enseguida. Pero quiero que vuelva a casa. No está bien que pase fuera tanto tiempo. Los vecinos empiezan a hacer preguntas y a mirarme raro..., como ustedes ahora.

Anne y Maisie inclinaron la cabeza y empezaron a dar puntadas en sus Blandford Cartwheels.

Bet se inclinó hacia delante para ver cómo trabajaban con los dedos.

—Mags pasa mucho tiempo con ese chico suyo..., Jem, ¿no es eso?

—Sí, Jem. Está ayudando a su padre. —Anne Kellaway hizo un gesto con la cabeza hacia el interior de la casa.

—Pues eso, he venido a preguntar si él, o cualquiera de ustedes, han visto a Maggie durante los últimos días. Por la calle, o junto al río, o aquí, si es que ha venido de visita.

Anne Kellaway miró a su hija.

—¿La has visto, Maisie?

Maisie sostenía su botón y estaba dejando colgar el hilo, con la aguja en el extremo. Dar puntadas tendía a retorcer tanto el hilo que de cuando en cuando había que parar y dejar que se desenrollara solo. Las tres miraron cómo giraba la aguja muy deprisa, luego más despacio hasta que finalmente se detuvo, balanceándose suavemente al final del hilo.