Capítulo 1
No era frecuente que a Maggie le dieran la tarde libre. En las fábricas se empezaba a las seis de la mañana, se trabajaba hasta el mediodía, luego se disponía de una hora para comer, y se volvía al tajo hasta las siete de la tarde. Si no se trabajaba las horas estipuladas, a uno lo despedían, como le había sucedido en la fábrica de mostaza después de que se refugiara en el jardín de los Blake para echarse una siesta. De manera que cuando el propietario, el señor Beaufoy, anunció que los obreros de la fábrica de vinagre se podían marchar después del almuerzo, Maggie no gritó «¡hurra!» ni aplaudió con los demás. Estaba segura de que se les ocultaba algo.
—Ya verás como nos lo descuenta del sueldo —le murmuró a la chica sentada a su lado.
—Me tiene sin cuidado —replicó la otra—. Voy a poner los pies en alto junto al fuego y a dormir toda la tarde.
—Y a no comer mañana en todo el día por haber perdido esos seis peniques —replicó Maggie.
Resultó que perdieron el sueño junto al fuego además de los seis peniques. A mediodía el señor Beaufoy hizo otro anuncio mientras los trabajadores se sentaban a almorzar.
—Sin duda estáis al tanto —empezó, dirigiéndose a las largas mesas llenas de hombres y mujeres que se abalanzaban sobre platos de salchichas y col— de las continuas atrocidades que se cometen al otro lado del canal de la Mancha, en Francia, y del veneno que envían para contaminar nuestras costas. A algunos de los individuos que viven en este país difícilmente se los puede llamar ingleses por cuanto han prestado oídos a ese insensato llamamiento a la revolución y difunden basura sediciosa para socavar los cimientos de nuestra gloriosa monarquía.
Nadie levantó la vista ni hizo mucho caso de aquella alocución: estaban bastante más interesados en terminar lo que tenían en el plato y en marcharse antes de que el señor Beaufoy cambiara de idea y les retirase el medio día de asueto. Pero después de una pausa el propietario apretó los dientes y se le marcaron los músculos de la mandíbula. Estaba decidido a hacer entender a sus empleados que, si bien su apellido era francés, él era inglés de los pies a la cabeza. Renunció al lenguaje altisonante.
—¡Nuestro rey está en peligro! —dijo con una voz atronadora que hizo detenerse a muchos comensales a mitad de un bocado—. Los franceses han encarcelado a su rey y ofrecen ayuda a quienes quieran hacer lo mismo aquí. No podemos permitir que semejantes llamamientos a la traición encuentren eco. Terminad cuanto antes de comer para que podáis seguirme: vamos a renunciar a nuestra paga de esta tarde para asistir a un mitin y demostrar nuestra lealtad al rey y a la patria. Todo aquel que no venga —añadió, alzando la voz sobre las protestas—, todo aquel que no venga no sólo perderá el trabajo y el sueldo, sino que se le incluirá en una lista de sospechosos de sedición. ¿Sabéis qué es sedición, amigos míos? Es incitación al desorden. Más aún, ¡es el primer paso en el camino a la traición! ¿Y sabéis cuál es el castigo de la sedición? Como mínimo, una larga visita a Newgate o, más probablemente, la deportación a Van Diemen's Land.[2] Y, en el caso de continuar por ese camino hacia la traición, esa visita termina en una cita con el verdugo. —Esperó a que cesara el estruendo—. La elección es muy sencilla: o me seguís hasta Vauxhall para declarar vuestra lealtad a nuestro rey u os marcháis ahora para enfrentaros después con la cárcel o algo peor. ¿A quién le apetece irse? No voy a impediros el paso. Marchaos, pero permitid que os gritemos «¡Traidores!» cuando nos deis la espalda.
Maggie miró a su alrededor. Nadie se movió, aunque unos pocos, la vista fija en el plato, respondían con cara de pocos amigos al chantaje del señor Beaufoy. Movió la cabeza, sin entender por qué algo que sucedía en Francia podía traducirse en que ella perdiese su salario. No tenía sentido. Qué mundo tan raro, pensó.
Se encontró, sin embargo, caminando con tres docenas de personas por las calles heladas que corrían a lo largo del Támesis, más allá del puente de Westminster, más allá del anfiteatro de Astley —ahora cerrado a cal y canto y sin vida—, y más allá de las torres de ladrillo del Lambeth Palace, hasta llegar a Cumberland Gardens en Vauxhall, precisamente junto a la fábrica de vinagre de un competidor. A Maggie le sorprendió la multitud que se había reunido, y se preguntó cómo era posible que tantas personas estuvieran dispuestas a soportar el frío invernal a pie firme para escuchar a un montón de individuos hablar de su amor al rey y de su odio a los franceses. «¡Apuesto a que le encanta el olor de sus propios pedos!», le fue susurrando Maggie a su vecina de cada uno de los oradores, lo que hacía que las dos se muriesen de risa.
Afortunadamente el señor Beaufoy perdió todo interés por sus obreros en cuanto los instaló en Cumberland Gardens, cumplida ya la finalidad de aumentar el número de participantes en el mitin. A continuación se apresuró a reunirse con el grupo que dirigía la reunión para poder así sumar sus frases llamativas a las de todos los que estaban deseosos de demostrar su lealtad. A la larga también desapareció el capataz y, una vez que los trabajadores de la fábrica Beaufoy se dieron cuenta de que nadie los estaba vigilando, empezaron a marcharse.
Aunque no le hacía ninguna gracia perder el salario de la tarde, Maggie se alegró del cambio y celebró su buena suerte, dado que por aquel camino tal vez se tropezara con Jem en compañía de su padre. Dick Butterfield había llevado a los Kellaway a ver al encargado de un almacén de maderas en Nine Elms, precisamente junto al río a la altura de Vauxhall, con la esperanza de encontrar allí madera más barata, así como posibles compradores para sus sillas, dado que el dueño del almacén era además mueblista. Por primera vez en su vida, y debido a la insistencia de su mujer, Dick Butterfield iba a hacer gratis una presentación. La lavandera había visitado varias veces a los Kellaway durante la enfermedad de Maisie, movida por el sentimiento de culpabilidad que le producía no haber hecho nada para impedir que se fuera de la taberna con John Astley aquella tarde de niebla. En una visita reciente había vislumbrado la torre de sillas sin vender y la sopa casi transparente de Anne Kellaway, y a continuación ordenó a su marido que ayudase a la familia. «Tienes que olvidarte de esa chica, cariñito», había dicho Dick Butterfield. Pero no rechazó la orden de su media naranja, de todos modos. A su manera, también él sentía lo que le había pasado a Maisie.
Maggie sospechaba que a esas horas ya habrían terminado su visita al almacén de maderas, y que redondearían el negocio con una visita a una taberna, donde su padre, sin duda, le sacaría a Thomas Kellaway todas las pintas de cerveza que pudiese. Maggie se escabulló de entre la multitud en cuanto llegó a la calle y entró primero en Royal Oak, la taberna más próxima al lugar del mitin. Como era de esperar, el recinto estaba abarrotado de gente que se había ausentado de la concentración para calentarse, pero ni su padre ni los Kellaway estaban allí. A continuación se dirigió hacia Lambeth, y entró en White Lion y en Black Dog antes de encontrarlos por fin en un rincón de King's Arms con sus respectivas cervezas. El corazón le latió con más fuerza al ver a Jem, y empleó los momentos previos a su encuentro en estudiar cómo se le rizaba el pelo alrededor de las orejas, la blancura de la piel de su nuca, y la amplitud de sus hombros, que se habían ensanchado desde que se conocían. Maggie estuvo tan tentada de acercarse por detrás, echarle los brazos al cuello y acariciarle la oreja con la nariz que dio incluso un paso al frente. Pero en aquel momento Jem alzó la vista y Maggie se detuvo, perdido su momento de audacia.
Su amigo se sobresaltó al verla.
—Hola. ¿Estás bien? —Aunque el tono era despreocupado, no había duda de que se alegraba de su aparición.
—¿Qué haces aquí, Mags? —preguntó Dick Butterfield—. ¿Beaufoy te ha pillado afanándole una botella de vinagre y te ha puesto de patitas en la calle?
Maggie cruzó los brazos sobre el pecho.
—Hola también a ustedes. Supongo que tendré que buscarme mi cerveza, ¿no es eso?
Jem señaló con un gesto su asiento y su jarra de cerveza.
—Quédatela. Voy a por otra.
—No, papá, Beaufoy no me ha dado la patada —dijo Maggie con tono brusco, dejándose caer en el taburete de Jem—. Si quisiera robar su puñetero vinagre sabría cómo hacerlo sin que me pillara. No; nos ha dado la tarde libre para que fuésemos al mitin de Cumberland Gardens en favor del rey. —Acto seguido describió la reunión.
Dick Butterfield hizo gestos de asentimiento.
—Los hemos visto cuando pasábamos por allí. Nos hemos parado un minuto, pero ya teníamos mucha sed, ¿no es cierto, amigo Kellaway? —Buscó la aprobación de Thomas, que asintió con la cabeza, aunque apenas había tocado su pinta de cerveza. No era muy aficionado a beber durante el día—. A mí, además, esos mítines no me interesan nada —continuó Dick Butterfield—. Todo lo que dicen sobre la amenaza de Francia es una tontería. Los franchutes tienen más que suficiente con su propia revolución para intentar traerla también aquí. ¿No le parece?
—No sé si lo entiendo bien —respondió Kellaway, su frase habitual en casos como aquél. Había oído hablar de la revolución en Francia cuando trabajaba con los otros carpinteros en el circo, pero, como le sucedía cuando se discutían cuestiones importantes en la taberna de Piddletrenthide, por lo general escuchaba sin ofrecer su opinión. No es que Thomas Kellaway fuese estúpido: bien al contrario. Simplemente, entendía demasiado pronto los dos lados de un debate para tomar partido. Aceptaba que el rey fuese una manifestación en carne y hueso del alma y el espíritu de Inglaterra, que diera unidad y esplendor al país, y que fuera, por lo tanto, esencial para el bienestar de todos los ingleses. Pero también estaba de acuerdo cuando otros decían que el rey Jorge era una sangría para las arcas del Estado; una presencia inestable, caprichosa y terca de la que Inglaterra haría bien en librarse. Dividido entre opiniones en conflicto, prefería guardar silencio.
Jem regresó con otra jarra y un taburete, y se hizo un hueco al lado de Maggie de manera que sus rodillas se tocaran. Los dos sonrieron ante el hecho extraordinario de sentarse juntos a media tarde de un lunes, y se acordaron además de la primera vez que estuvieron juntos en una taberna, cuando Jem conoció a Dick Butterfield. Su capacidad para encontrar taburetes y su manera de estar en una taberna habían mejorado mucho en los últimos nueve meses.
Dick Butterfield observó el intercambio entre los jóvenes con una sonrisita cínica. Su hija no estaba todavía en edad de mirarse a los ojos con aquel muchacho que no era más que un chico de pueblo, aunque estuviera aprendiendo un buen oficio.
—¿Habéis vendido las sillas, entonces? —preguntó Maggie.
—Quizá —respondió Jem—. Le hemos dejado una. Y nos va a conseguir madera de tejo más barata que en el otro almacén, ¿no es así, papá?
Thomas Kellaway asintió. Desde la marcha de Philip Astley a Dublín había vuelto a fabricar sillas Windsor, pero ahora que el dueño del circo no estaba en Londres para conseguirle clientes tenía menos encargos. Llenaba sus días fabricando sillas de todos modos, y empleaba para ello restos de madera sin utilidad para el circo. La habitación de atrás se les estaba llenando de sillas todavía sin compradores. Thomas Kellaway había regalado dos, incluso, al matrimonio Blake, en reconocimiento por haber ayudado a Maisie en aquella neblinosa tarde de octubre.
—Os irá mucho mejor con este tipo de Nine Elms, muchacho —intervino Dick Butterfield—. Os lo podría haber dicho hace meses cuando fuisteis a ver al amigo de Astley para el asunto de la madera.
—Nos ha ido bien durante un tiempo —se defendió Jem.
—Déjame adivinar..., ¿hasta que se marchó el circo? Los tratos con Astley sólo duran mientras él los vigila.
Jem guardó silencio.
—Las cosas son siempre así con Astley, muchacho. Te colma de atenciones, te consigue clientes, gangas, empleos y entradas gratis..., hasta que se marcha. Y está cinco meses ausente: casi medio año; se va y te deja abandonado durante media vida. ¿Te has dado cuenta de lo silencioso que se queda Lambeth sin él? Todos los años pasa lo mismo. Llega y te ayuda a salir adelante, da trabajo, hace que la gente se instale y se sienta feliz y luego viene octubre y ¡cataplum!, de un día para otro ya se ha marchado, dejando a todo el mundo con las manos vacías. Construye un castillo para ti, y luego lo derriba. Mozos de cuadra, panaderos, carpinteros, cocheros o putas: les pasa a todos. Se organiza un gran revuelo para conseguir trabajo y después la gente se dispersa: las putas y los cocheros se van a otros barrios de Londres, algunos de los que han venido de fuera se vuelven a casa. —Dick Butterfield se llevó la cerveza a los labios y dio un trago muy largo—. Vuelve a llegar marzo, de nuevo empieza todo, y las grandes ilusiones construyen su castillo una vez más. Pero algunos de nosotros ya hemos escarmentado y no hacemos tratos con Philip Astley. Sabemos que no duran.
—De acuerdo, papá, ya has dicho lo que querías decir. Habla y habla, ¿verdad que sí? —le dijo Maggie a Jem—. A veces me duermo con los ojos abiertos mientras habla.
—¡Descarada! —exclamó Dick Butterfield. Maggie se escabulló riendo cuando su padre intentó darle un manotazo.
—¿Dónde está Charlie? —preguntó cuando las aguas volvieron a su cauce.
—No lo sé; dijo que tenía algo que hacer. —Dick Butterfield movió la cabeza, escéptico—. No me importaría nada que ese hijo mío volviera un día a casa, dijese que había hecho un negocio y me enseñara el dinero.
—Quizá tengas que esperar mucho tiempo, papá.
Antes de que Dick Butterfield pudiera responder, un hombre alto, de cara cuadrada y ancha, que estaba de pie junto al mostrador, empezó a hablar con voz grave y resonante, y todos los clientes de la taberna guardaron silencio.
—¡Escuchadme, compatriotas! —Maggie lo reconoció como uno de los oradores menos alambicados del mitin en Cumberland Gardens. Tenía en la mano lo que parecía un libro de contabilidad de tapas negras—. Me llamo Roberts, John Roberts. Vengo ahora mismo de una reunión de la Asociación de Lambeth, formada por residentes de la zona leales al rey y opuestos a que agitadores franceses organicen algaradas. Deberíais haber estado allí como yo, en lugar de pasar la tarde bebiendo.
—¡Algunos hemos estado! —gritó Maggie—. Y ya le hemos oído.
—Muy bien —dijo John Roberts, acercándose a su mesa—. Entonces ya saben qué estoy haciendo aquí, y serán los primeros en firmar.
Dick Butterfield le dio una patada a Maggie por debajo de la mesa al mismo tiempo que le lanzaba una mirada furibunda.
—No le haga caso, amigo, sólo está siendo impertinente.
—¿Es su hija?
Dick Butterfield guiñó un ojo.
—Un castigo por mis pecados, si entiende lo que quiero decir.
El otro no dio señal alguna de tener sentido del humor.
—Pues ocúpese entonces de que controle la lengua, a no ser que le apetezca un catre en Newgate. Esto no es ningún motivo de risa.
Dick Butterfield alzó las cejas, convirtiendo su frente en un campo de arrugas.
—Quizá pueda usted tomarse la molestia de explicarnos qué asunto es ese del que no debemos reírnos.
John Roberts se lo quedó mirando, con la duda de saber si Dick Butterfield le estaba tomando el pelo.
—Es una declaración de lealtad al rey —dijo finalmente—. Vamos de taberna en taberna y de casa en casa para pedir a los residentes de Lambeth que la firmen.
—Conviene saber qué es lo que se firma, ¿no es cierto? —dijo Dick Butterfield—. Léanosla.
En la taberna reinaba el silencio. Todo el mundo vio como John Roberts abría el cuaderno de tapas negras.
—Quizá quiera usted leerlo en voz alta, en beneficio de todos, puesto que está tan interesado —dijo, empujándolo hacia el padre de Maggie.
Si pensaba que con aquella petición humillaría a su interlocutor estaba equivocado. Dick Butterfield se apoderó del cuaderno y leyó con razonable fluidez, e incluso con un calor que probablemente no sentía, lo siguiente:
Nosotros, los habitantes del distrito de Lambeth, hondamente conscientes de las bendiciones que recibimos de nuestra actual forma de gobierno, tan admirada y envidiada, constituida por el rey, la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes, consideramos un deber ineludible, en este momento crítico, no sólo declarar nuestra sincera y entusiasta adhesión, sino, por añadidura, manifestar nuestra total repulsa contra todos los audaces y desvergonzados intentos por socavar y destruir nuestra inestimable Constitución, que ha demostrado ser, con la experiencia de los años, el fundamento más sólido de la felicidad nacional.
Resolvemos, de manera unánime,
que hemos decidido constituirnos en asociación para contrarrestar, hasta donde nos sea posible, todas las reuniones tumultuosas e ilegales de personas perversas e intrigantes, y adoptar las medidas más eficaces que estén a nuestro alcance para la supresión de publicaciones sediciosas, evidentemente calculadas para desorientar a los ciudadanos e introducir la anarquía y la confusión en este reino.
Cuando Dick Butterfield terminó de leer, John Roberts colocó un tintero sobre la mesa y empuñó una pluma.
—¿Firmará usted, señor mío?
Para asombro de Maggie, Dick Butterfield tomó la pluma, destapó el tintero, la mojó y empezó a firmar al final de la lista de nombres.
—Papá, ¿qué estás haciendo? —le susurró. Detestaba la actitud amenazadora de John Roberts y la de su patrón, el señor Beaufoy; a decir verdad, la de todos los oradores que habían intervenido en el mitin, y daba por sentado que su padre compartía su opinión.
Dick Butterfield se detuvo.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué tiene de malo firmar? Sucede que estoy de acuerdo, aunque las palabras sean un poquito rebuscadas para mi gusto.
—¡Pero acabas de decir que en tu opinión los franchutes no son una amenaza!
—Esto no tiene nada que ver con los franchutes. Se trata de nosotros. Apoyo al rey Jorge, a mí me ha ido bien con él. —Colocó de nuevo la pluma sobre el papel. En el silencio reinante, toda la taberna se concentró en su chirrido. Cuando hubo terminado, Dick Butterfield miró a su alrededor y fingió sorpresa por la atención que se le dispensaba. Se volvió hacia John Roberts—. ¿Desea algo más?
—Añada dónde vive.
—En el número 6 de Bastille Row. —Dick Butterfield rió entre dientes—. Pero quizá York Place quede mejor para un documento así, ¿no le parece? —Lo escribió junto a su nombre—. Ya está. No necesitarán hacerme una visita, ¿eh?
Maggie se acordó en aquel momento de varias cajas de botellas de oporto que habían aparecido de la nada pocos días antes y que estaban escondidas debajo de la cama de sus padres, y sonrió: Dick Butterfield había firmado con tanta celeridad porque no quería que aquellos individuos hicieran una visita a Bastille Row.
Cuando terminó de recoger los datos de Dick Butterfield, John Roberts empujó el cuaderno, todavía abierto, hacia Thomas Kellaway, al otro lado de la mesa.
—Ahora usted.
Thomas Kellaway examinó la página, con la declaración cuidadosamente escrita —su texto, redactado de manera tan retórica, casi incomprensible, decidido en una reunión anterior, en la que habían participado muchas menos personas, y sus mensajeros, con otros tantos cuadernos, que se habían abierto en abanico por las tabernas y mercados de Lambeth antes incluso de que concluyera el mitin de Cumberland Gardens— y sus firmas variopintas, algunas confiadas, otras indecisas, además de varias equis acompañadas de nombres y direcciones garrapateados a continuación con la letra de John Roberts. Todo aquello era demasiado complicado para él.
—No entiendo —dijo—. ¿Por qué tengo que firmar esto?
John Roberts se inclinó hacia delante y golpeó la mesa con los nudillos junto al cuaderno de tapas negras.
—¡Lo va a firmar en apoyo del rey! Está usted diciendo que quiere que sea su rey, y que luchará contra aquellos que pretenden deshacerse de él. —Miró fijamente el rostro perplejo del sillero—. ¡Cómo! ¿Es usted idiota, señor mío? ¿No es su rey el rey de Inglaterra?
Thomas Kellaway no era idiota, pero las palabras le preocupaban. Su norma de conducta había sido siempre firmar el menor número posible de documentos, y sólo por razones comerciales. Ni siquiera firmaba las cartas que Maisie escribía a Sam y le pedía además que no contase nada sobre él. De esa manera, pensaba, quedaban pocos rastros suyos en el mundo, aparte de sus sillas, y nadie lo malinterpretaría. Aquel documento que tenía delante —lo captó con una nitidez que lo sorprendió— estaba expuesto a malentendidos.
—No estoy seguro de que el rey se encuentre en peligro —dijo—. Aquí no hay franceses, ¿no es cierto?
John Roberts entornó los ojos.
—Le sorprendería saber de qué cosas es capaz un inglés mal informado.
—¿Y a qué se refieren ustedes con publicaciones? —continuó Thomas Kellaway, dando la sensación de que no había oído a John Roberts—. Yo no sé nada sobre publicaciones.
John Roberts miró a su alrededor. La buena voluntad que la firma de Dick Butterfield había generado en el resto de los parroquianos disminuía rápidamente con cada palabra que Thomas Kellaway pronunciaba sin apresurarse.
—No tengo tiempo para esto —dijo entre dientes—. Hay otras muchas personas que están esperando para firmar. ¿Dónde vive usted, caballero? —Pasó la página y esperó con la pluma preparada para anotar la dirección—. Alguien le visitará más tarde para explicárselo.
—En el número 12 de Hercules Buildings —respondió Thomas Kellaway.
John Roberts se puso tenso.
—¿Vive en Hercules Buildings?
Thomas Kellaway hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Jem sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—¿Conoce a un tal William Blake, impresor, que vive en esa calle?
Jem, Maggie y Dick Butterfield cayeron en la cuenta al mismo tiempo, en parte gracias a que Thomas había mencionado la palabra «publicaciones». Maggie dio una patada al taburete del padre de Jem y lo miró ceñuda, al tiempo que Dick Butterfield fingía un ataque de tos.
Desgraciadamente, Thomas Kellaway era de los que no soltaban la presa cuando se trataba de dejar algo en claro.
—Sí, conozco al señor Blake. Es vecino nuestro. —Y, como no le agradó la expresión hostil en el rostro de John Roberts, decidió manifestar sus sentimientos—. Es un buen hombre que ayudó a mi hija hace uno o dos meses.
—¿Eso hizo, eh? —John Roberts sonrió y cerró de golpe el cuaderno—. Muy bien; teníamos intención de hacer una visita esta noche al señor Blake, y también podemos ir a verlo a usted. Buenas tardes. —Recogió la pluma de ave y el tintero y pasó a la mesa vecina. Mientras iba por la taberna recogiendo adhesiones (Jem se fijó en que nadie, a excepción de su padre, se negó a firmar), John Roberts miraba de vez en cuando a Thomas Kellaway, siempre con gesto desdeñoso. Aquello hizo que a Jem se le revolviera el estómago.
—Vámonos, papá —dijo en voz baja.
—Espera a que me acabe la cerveza. —Thomas Kellaway no tenía intención de apresurarse por nadie, sobre todo si aún le quedaba media pinta de cerveza, aun cuando estuviera aguada. Siguió bien sentado en su taburete, las manos sobre la mesa, a los lados de la jarra, la mirada fija en su contenido, y la cabeza en el señor Blake. Se estaba preguntando si su vecino le iba a causar problemas. Aunque no lo conocía tan bien como parecía ser el caso con sus hijos, estaba seguro de que el señor Blake era un buen hombre.
—¿Qué te parece que hagamos? —le preguntó Jem en voz baja a Maggie. También él pensaba en el señor Blake.
—Dejadlo estar —intervino Dick Butterfield—. Blake lo firmará probablemente —añadió, mirando de reojo a Thomas Kellaway—. Como la mayoría de la gente.
—Vamos a avisarle —afirmó Maggie, sin hacer caso a su padre—. Eso es lo que vamos a hacer.