Capítulo 2

—El señor Blake está trabajando, hijos míos —les explicó la señora Blake—. No se le puede molestar.

—¡Le aseguro que es muy importante, señora! —exclamó Maggie, moviéndose hacia un lado en su impaciencia, como para rodearla. Pero la dueña de la casa bloqueaba sin dificultad la entrada y no se movió.

—Está preparando una de sus planchas y le gusta hacerlo todo de una vez —explicó la señora Blake—. De manera que no debemos interrumpirlo.

—Mucho me temo que es importante, señora Blake —dijo Jem.

—En ese caso me lo puedes decir a mí y yo se lo transmitiré al señor Blake.

Jem miró a su alrededor, deseoso por una vez de que hubiera una niebla muy espesa que los ocultara de los posibles viandantes curiosos. Desde su encuentro poco antes con John Roberts sentía como si hubiese ojos que los siguieran por todas partes, vigilándolos incluso mientras andaban por la calle. Temía que en cualquier momento se descorrieran las cortinas amarillas de la señorita Pelham. De momento, un individuo que pasaba por delante conduciendo un carro cargado de ladrillos examinó el grupito en el umbral, y a Jem le pareció que su mirada se prolongaba demasiado.

—¿Podemos entrar? Se lo contaremos dentro.

La señora Blake estudió la expresión seria de Jem y luego se apartó para dejarlos pasar, cerrando la puerta tras ellos sin mirar alrededor, como podrían haberlo hecho otros. Se llevó un dedo a los labios y los condujo por el pasillo, más allá de la habitación delantera donde estaba la imprenta, más allá de la puerta cerrada del cuarto de trabajo del señor Blake y escaleras abajo hasta la cocina del sótano. Maggie y Jem la conocían ya, porque habían estado allí con Maisie para reconfortarla después de su encuentro con John Astley. Aunque oscura, porque sólo recibía un poquito de luz por la ventana delantera, y con olor a col y a carbón, el fuego estaba encendido y la temperatura era agradable.

La señora Blake les indicó con un gesto que se sentaran a la mesa, y Jem reparó en que las sillas eran las Windsor fabricadas por su padre.

—Vamos a ver, ¿de qué se trata, hijos míos? —preguntó, apoyándose en el aparador.

—Hemos oído algunos comentarios en la taberna —dijo Maggie—. Les van a hacer una visita esta noche. —A continuación describió el mitin en Cumberland Gardens y su encuentro con John Roberts, sin explicar que su padre había firmado la declaración.

Una arruga muy profunda apareció entre las cejas de la señora Blake.

—¿Esa reunión estaba promovida por la Asociación para la Defensa de la Libertad y de la Propiedad contra Republicanos e Igualitarios? —Recitó el nombre como si estuviera familiarizada con él.

—La mencionaron —contestó Maggie—, aunque a la rama local sólo la llaman Asociación de Lambeth.

La señora Blake suspiró.

—Será mejor que vayamos a contárselo al señor Blake. Habéis hecho bien en venir. —Aunque las tenía secas, se limpió las manos en el delantal como si acabase de lavar algo.

El estudio del señor Blake estaba muy ordenado, con libros y papeles en distintos montones sobre una mesa, y el señor Blake en otra, junto a la ventana trasera de la habitación. Estaba encorvado sobre una plancha de metal del tamaño de su mano y no alzó la vista de inmediato cuando entraron, sino que siguió pasando un pincel de derecha a izquierda por la superficie del metal. Mientras Maggie se acercaba al fuego con intención de calentarse, Jem avanzó para ver trabajar al grabador. Tardó un minuto en darse cuenta de que el señor Blake escribía palabras pintándolas en la plancha con el pincel.

—Escribe usted hacia atrás, ¿verdad que sí? —se le escapó a Jem, aunque sabía que no debía interrumpir.

El señor Blake no contestó hasta llegar al final de una línea. Luego alzó la vista.

—Eso es lo que hago, hijo mío, precisamente eso.

—¿Por qué?

—Escribo con una solución que permanecerá en la plancha cuando el resto desaparezca por efecto del ácido. De manera que al imprimirlas las palabras irán en la buena dirección, no al revés.

—En dirección opuesta a la que tienen ahora.

—Así es, hijo mío.

—Señor Blake, siento molestarte —intervino su esposa—, pero Jem y Maggie me han contado algo que deberías oír. —La señora Blake se retorcía las manos al hablar, y Jem no estaba seguro de si la causa era lo que Jem y Maggie le habían dicho o el temor a molestar a su marido sin necesidad.

—Has hecho bien, Kate. Ya que me he detenido, ¿podrías traerme un poco de aguarrás? Hay un frasco en el cuarto de al lado. Y un vaso de agua, si no te importa.

—Claro que no, señor Blake. —La señora Blake salió de la habitación.

—¿Cómo aprendió usted a escribir para atrás de esa manera? —preguntó Jem—. ¿Con un espejo?

El señor Blake contempló la plancha.

—Práctica, hijo mío, práctica. No es difícil cuando lo has hecho las veces suficientes. Todos los trabajos de los grabadores se imprimen en la dirección opuesta. El grabador tiene que ser capaz de verlo todo de las dos maneras.

—Desde el centro del río.

—Eso es. Ahora dime qué es lo que me quieres contar.

Jem repitió lo que Maggie había dicho en la cocina.

—Hemos creído que debíamos avisarle de que van a venir a verlo esta noche —terminó—. El señor Roberts no se mostró nada amable —añadió Jem al ver que el señor Blake parecía no reaccionar ante las noticias—. Hemos pensado que quizá le causen problemas.

—Os doy las gracias por ello, hijos míos —replicó el señor Blake—. Nada de esto me sorprende. Sabía que iba a suceder.

No reaccionaba en absoluto como Maggie había esperado que lo hiciera. Había imaginado que se pondría en pie de un salto y haría algo: preparar una maleta y abandonar la casa, o esconder todos los libros y folletos y las cosas que imprimía, o levantar barricadas en las ventanas delanteras y en la puerta principal. Se limitó en cambio a sonreírles, luego hundió el pincel en un plato que contenía algo semejante a cola, y empezó a escribir nuevas palabras al revés sobre la plancha de metal. Maggie sintió deseos de darle patadas a la silla y gritar: «¡Escúchenos! ¡Quizá está usted en peligro!». Pero no se atrevió.

La señora Blake regresó con un frasco de aguarrás y un vaso de agua que dejó junto a su marido.

—¿Te han dicho que los de la asociación van a venir esta noche, no es eso? —Al menos ella parecía preocupada por lo que Jem y Maggie habían contado.

—Así es, querida mía.

—Señor Blake, ¿por qué quieren visitarlo a usted de manera especial? —preguntó Jem.

El señor Blake hizo una mueca y, dejando el pincel, se giró en la silla para volverse del todo hacia ellos.

—Dime, Jem, ¿sobre qué crees que escribo?

Jem vaciló.

—Niños —sugirió Maggie.

El señor Blake asintió con la cabeza.

—Sí, hija mía; sobre niños, y sobre los indefensos y los pobres. Niños perdidos que pasan frío y tienen hambre. Al gobierno no le gusta que le digan que no se ocupa de su gente. Creen que propongo hacer la revolución, como ha sucedido en Francia.

—¿Es eso lo que hace? —preguntó Jem.

El señor Blake movió la cabeza de una manera que tanto podía significar sí como no.

—Mi padre dice que los franchutes lo han estropeado todo con tanta muerte de personas inocentes —dijo Maggie.

—Eso no es sorprendente. ¿No corre la sangre antes del juicio? Basta con mirar la Biblia para encontrar ejemplos. Mirad en el Apocalipsis y encontraréis sangre corriendo por las calles. Esa asociación que se propone venir esta noche, sin embargo, quiere impedir que hablen todas las personas que dudan de los que ostentan el poder. Pero el poder sin control conduce a la tiranía moral.

Jem y Maggie callaban, tratando de seguir sus palabras.

—Ya veis, hijos míos, que ésa es la razón de que deba seguir componiendo mis canciones y de que no huya ante quienes desean hacerme callar. Y eso es lo que estoy haciendo. —Volvió a girar la silla para situarse de cara a la mesa y empuñó una vez más el pincel.

—¿En qué está trabajando? —preguntó Jem.

—¿Se trata de otra canción que no les gustará? —añadió Maggie.

El señor Blake miró sucesivamente sus rostros ávidos y sonrió. Abandonando el pincel de nuevo, se inclinó hacia atrás y empezó a recitar:

En esa edad de oro,

libres del frío del invierno,

dos jóvenes radiantes

bajo la luz divina,

disfrutaban desnudos de los rayos del sol.

Así una joven pareja,

llenos del más tierno afecto,

en el jardín radiante se encontraron

cuando la luz divina

alzaba las cortinas de la noche.

Allí al amanecer

juegan sobre la hierba,

lejos de allí los padres,

lejos los forasteros,

pronto la niña se olvida de sus miedos.

Ebrios de dulces besos,

prometen encontrarse

cuando el sueño silente

sus ondas derrama sobre el cielo

y lloran los cansados viajeros.

Maggie sintió el calor que le inundaba el rostro, consecuencia de lo mucho que se estaba sonrojando. No fue capaz de mirar a Jem. Si lo hubiera hecho, habría visto que tampoco él la miraba.

—Quizá sea hora de que os vayáis, queridos míos —interrumpió la señora Blake antes de que su marido pudiera continuar—. El señor Blake está muy ocupado ahora mismo, ¿no es cierto, señor Blake?

Su marido movió bruscamente la cabeza y cambió de postura; era evidente que la señora Blake lo interrumpía pocas veces cuando estaba recitando.

Maggie y Jem se dirigieron hacia la puerta.

—Gracias, señor Blake —dijeron juntos, aunque no estaba nada claro cuál era el motivo.

El señor Blake pareció recuperarse.

—Somos nosotros los que deberíamos daros las gracias —dijo—. Os estamos muy agradecidos por la advertencia acerca de esta noche.

Mientras salían del estudio, oyeron murmurar a la señora Blake:

—De verdad, señor Blake, no deberías provocarlos así, recitándoles ésa en lugar de la canción en la que estás trabajando. No están preparados todavía. Ya has visto lo colorados que se han puesto.

Ni Jem ni Maggie oyeron la respuesta del señor Blake.