Capítulo 2

Maggie no estaba segura de lo que podía valer una cucharita de plata para medir el té, pero sospechaba que bastaría para pagar dos pasajes en diligencia hasta Dorchester, y que aún sobraría un poco para ayudar a Maisie.

Decidió abordar a Charlie directamente. Dejó a su amiga en el jardín de los Blake y se dispuso a recorrer los locales donde iba a beber su hermano, empezando por Pineapple y Hercules Tavern, para pasar después por Crown and Cushion, Old Dover Castle y Artichoke, antes de que se le ocurriera volver a Canterbury Arms. Charlie Butterfield sentía debilidad por una de las camareras que trabajaban allí, y que, además, le había curado cuando Maggie lo llevó de vuelta del callejón del Degollado en el mes de diciembre. Canterbury Arms era una taberna que estaba discretamente en contra de la asociación: quienes trabajaban allí hacían esperar a los miembros del grupo mucho más que a los demás clientes antes de servirles, y terminaban dándoles cerveza agria. Charlie había procurado distanciarse un tanto de la asociación desde que se produjo el enfrentamiento ante la casa de los Blake.

Maggie lo encontró junto al mostrador, charlando con la chica que le gustaba.

—Tengo que hablar contigo —le dijo—. Es importante.

Charlie sonrió con suficiencia y puso los ojos en blanco mirando a la camarera, pero permitió que su hermana lo llevara a un rincón tranquilo. Desde la noche en el callejón del Degollado, se llevaban mejor, como si hubieran alcanzado un entendimiento sin necesidad de palabras, resultado del golpe de Jem y sellado al sacarlo Maggie, cubierto de sangre y mareado, de la zona oscura donde se encontraban hasta las luces de la taberna. Maggie no lo culpaba ya de lo sucedido en el callejón y él no era tan cruel con ella. De hecho, pese a lo dolorosa que le había resultado su confesión a Jem aquella noche, Maggie se había sentido después más madura y ligera, como si se hubiera quitado de encima un saco lleno de piedras.

—Necesito el dinero de la cucharita —le anunció a su hermano cuando se sentaron. Había descubierto en los últimos tiempos que con él era mejor ser directa.

Charlie alzó las cejas, las dos con cicatrices, porque el golpe de Jem había dejado su marca.

—¿Para qué lo quieres?

—Maisie. —Le explicó lo que había sucedido.

Charlie dio un golpe en la mesa con su jarra.

—Ese hijo de puta. Tendría que haberle roto los dientes aquella noche.

—Bueno, ya es demasiado tarde. —Maggie se asombraba de lo deprisa que Charlie se enfurecía por cualquier motivo. Incluso sus intentos de coquetear iban acompañados de violencia: de ordinario fanfarronadas sobre con qué pretendiente de la chica se pelearía y sobre la eficacia de sus puñetazos.

Charlie se recostó en el asiento y bebió un buen trago de cerveza.

—De todos modos, ahora no tengo el dinero.

—Consíguelo.

Cuando él se rió, Maggie repitió la frase.

—Consíguelo, Charlie. Me da igual cómo lo hagas, pero lo quiero mañana o pasado. Por favor —añadió, aunque eran unas palabras de poco valor para su hermano.

—¿Por qué tanta prisa? Maisie ha pasado aquí todos estos meses: podrá esperar un poco más.

—Quiere tener al niño en su pueblo. Le apetece que sea una criatura del valle del Piddle, que Dios la ayude.

—De acuerdo. Dame un día o dos y te conseguiré lo que necesitas para pagar la diligencia.

—Y un extra para Maisie.

—Y el extra. —Aunque a Charlie ya no le interesaba Maisie (ver la boca de John Astley en su pecho le había curado de su debilidad), el recuerdo de su atractivo parecía animarlo a ser generoso por una vez.

—Gracias, Charlie.

Su hermano se encogió de hombros.

—Una cosa más: no se lo digas a nuestros padres. No lo entenderían, y tratarían de impedírmelo, dirían que es tirar el dinero y que no es asunto mío. Se lo puedes contar cuando ya no esté: adónde he ido y por qué.

Charlie asintió con la cabeza.

—Y cuándo volverás.