Capítulo 3
Jem no les dijo ni a sus padres ni a Maisie adónde iba. Anne Kellaway le prohibiría adentrarse tanto en Londres; Maisie se empeñaría en acompañarlo. De ordinario a Jem no le importaba que su hermana fuese con Maggie y con él. Hoy, sin embargo, estaba nervioso y no quería responsabilizarse además de su hermana. De manera que, sencillamente, dijo que salía y, aunque no miró a su hermana a los ojos, sintió su súplica muda.
Quizá fuese porque el día anterior había dormido más tiempo, pero lo cierto es que Maggie estaba más chispeante que cualquier otro domingo desde hacía mucho tiempo. Se había lavado, pelo incluido, de manera que, excepto por las rayas de las manos, su piel tenía un color más normal. Se había puesto una blusa limpia, además de atarse un pañuelo azul al cuello; llevaba incluso un sombrero de paja de ala ancha, ligeramente abollado, que se adornaba con una cita de color azul marino. Su silueta también era distinta —cintura y pecho más marcados, más definidos— y Jem se dio cuenta de que usaba corsé por vez primera.
Cogió a Jem del brazo al tiempo que reía.
—¿Nos lanzamos a la ciudad, entonces? —preguntó, alzando la nariz hacia el cielo.
—Estás muy guapa.
Maggie sonrió y se alisó la blusa sobre el corsé, un gesto que Maisie hacía con frecuencia pero que sin duda era una novedad para Maggie, ya que tuvo poco efecto sobre las arrugas y bultos bajo los brazos y en el talle. Jem contuvo el impulso de pasarle las manos por los costados y apretarle la cintura.
Luego él se miró los pantalones, remendados y polvorientos, la camisa basta y la sencilla chaqueta marrón que había sido en otro tiempo de su hermano Sam. No se le había ocurrido ir a Londres con la ropa que llevaba a la iglesia; aparte de la preocupación por que pudiera estropearse o ensuciarse en la ciudad, habría tenido que dar explicaciones a su familia.
—¿Me tengo que poner una chaqueta mejor? —preguntó.
—No importa. A mí es que me gusta vestir bien si se presenta una oportunidad. Los vecinos se ríen cuando me engalano. Ven, será mejor que volvamos a casa de los Blake. He estado vigilándola, pero todavía no ha salido nadie.
Para esperar frente al número 13 de Hercules Buildings se instalaron detrás de un seto bajo que separaba el campo de la calle misma. El tiempo no era tan soleado como el día anterior: todavía cálido, pero brumoso y pesado. Se tumbaron en la hierba y de cuando en cuando uno de los dos se levantaba para mirar por encima del seto y ver si aparecía el señor Blake. Vieron a la señorita Pelham marcharse con una amiga, en dirección a Apollo Gardens, en Westminster Bridge Road, como hacía a menudo los domingos por la tarde, para beber agua de cebada y contemplar los arreglos florales. Vieron a John Astley salir a caballo. Vieron a Thomas y Anne Kellaway abandonar con Maisie el número 12 y pasar por delante de ellos camino del Támesis.
Inmediatamente después de que pasaran los Kellaway, se abrió la puerta del número 13 y salieron el señor y la señora Blake, que torcieron por Royal Row para llegar por calles secundarias al puente de Westminster. Iban vestidos como siempre: el señor Blake llevaba una camisa blanca, pantalones negros recogidos en las rodillas, medias de estambre, chaqueta negra y un sombrero negro de ala ancha como un cuáquero; la señora Blake llevaba un vestido marrón oscuro con un pañuelo blanco, su sombrero abollado y un chal azul oscuro. De hecho más parecía que fueran a dar un paseo de domingo por la tarde que a un funeral, excepto que caminaban un poco más deprisa que de costumbre, y con más decisión, como si supieran exactamente adónde iban, y que su punto de destino era más importante que el trayecto. Ninguno de los dos parecía triste o disgustado. Quizá el rostro de la señora Blake resultaba un tanto inexpresivo y los ojos del señor Blake se fijaban en el horizonte con más decisión que nunca. Dada su apariencia de normalidad, ningún vecino les dijo nada, ni se quitó el sombrero como podría haber hecho si hubiera sabido que estaban de luto.
Maggie y Jem pasaron por encima del seto y se dispusieron a seguirlos. Al principio se quedaron muy atrás, pero los Blake nunca se volvían para mirar, de manera que cuando cruzaron el puente de Westminster se habían acercado tanto que podrían haber oído lo que decían. Los Blake, sin embargo, guardaban silencio; sólo el señor Blake tarareaba para sus adentros y en ocasiones entonaba fragmentos de canciones con voz muy aguda.
Maggie le dio un codazo a Jem.
—Eso no son himnos, como los que esperarías que cantase en un día como hoy. Creo que son las canciones que ha puesto en su libro. El que se llama Cantos de inocencia.
—Quizá. —Jem estaba prestando más atención al espectáculo a su alrededor que a los Blake. Habían pasado ya Westminster Hall y la abadía, rodeada de multitudes que acababan de salir después de un servicio religioso o se disponían a entrar para asistir al siguiente, y avanzaban en línea recta por la calle que nacía en el puente. Pronto llegaron a un amplio espacio verde salpicado de árboles, con un estanque largo y estrecho en el centro.
Jem se detuvo boquiabierto. La gente que paseaba por los senderos de grava bien rastrillados lucía ropa de mucha más calidad que todo lo que había visto en Lambeth. Las mujeres llevaban vestidos tan complicados que casi parecían dotados de vida propia. Sus amplias faldas eran de colores brillantes —amarillo canario, burdeos, azul celeste, oro— y a veces a rayas o bordadas o con adornos de franjas o de volantes. Enaguas con complicados ribetes redondeaban las figuras femeninas, mientras que sus cabellos, amontonados hasta gran altura a manera de torres y cubiertos con enormes creaciones de tela que Jem se resistía a llamar sombreros, les hacían parecer barcos inestables que podrían zozobrar fácilmente con el viento más ligero. Era la clase de ropa que nadie se pondría para hacer un trabajo de cualquier tipo.
Pero aún le sorprendió más la apariencia de los hombres, porque sin duda la función de su ropa era en cierto modo similar a la de las prendas que llevaba el mismo Jem; había un reconocimiento implícito de la finalidad utilitaria de todo aquello, aunque estaba claro que los hombres que paseaban por el parque tampoco trabajaban. Jem estudió a uno que llevaba una chaqueta de seda marrón y oro con elegantes aberturas que permitían ver los pantalones del mismo diseño, un chaleco crema y oro y una camisa adornada con volantes en el cuello y en los puños. Las medias eran blancas y estaban limpias, y las hebillas de plata de los zapatos, resplandecientes. Si Jem o su padre se pusieran aquella ropa, los clavos se engancharían en la seda, las virutas de madera se pegarían a los volantes, las medias se ensuciarían y se rasgarían y las hebillas de plata durarían poco porque se las robarían.
Rodeado de personas tan bien vestidas, Jem se sintió aún más avergonzado de sus pantalones con remiendos y de las mangas deshilachadas de su chaqueta. Incluso el intento de Maggie de ponerse elegante —su gastado sombrero de paja, su arrugado pañuelo para el cuello— allí resultaba ridículo. También ella lo sintió así, porque se alisó la ropa una vez más, como desafiando a los demás a menospreciarlos. Cuando alzó los brazos para enderezarse el sombrero, le crujió el corsé.
—¿Qué sitio es éste? —preguntó Jem.
—El Saint James's Park. Mira, allí está el palacio, del que recibe el nombre. —Maggie señaló, al otro lado del parque, un edificio alargado de ladrillos rojos, con torres almenadas a los lados de la entrada y, suspendido entre ambas, un reloj en forma de rombo que marcaba las dos y media—. Vamos, se nos van a escapar los Blake.
A Jem le hubiera gustado quedarse un poco más para asimilar la escena: no sólo el desfile de trajes, sino las sillas de mano que llevaban de aquí para allá lacayos vestidos de rojo; los niños que daban de comer a los patos y jugaban al aro engalanados casi con tanta esplendidez como sus padres; las lecheras que pregonaban: «¡Prueben nuestra leche, señoras! ¡Prueben nuestra leche, caballeros!», y que procedían a ordeñar en tazas a unas vacas atadas muy cerca. Pero en lugar de hacerlo Maggie y él apresuraron el paso.
Los Blake se dirigían hacia el norte, bordeando el lado este del parque. Al comienzo de una amplia avenida adornada con cuatro hileras de olmos («El Mall», explicó Maggie), y que llegaba más allá del palacio, torcieron a la derecha para tomar un callejón estrecho que desembocaba en una calle llena de tiendas y teatros.
—Van a pasar por Haymarket —dijo Maggie—. Será mejor que te coja del brazo.
—¿Por qué? —preguntó Jem, aunque sin apartar el codo cuando ella metió la mano por el hueco.
Maggie rió entre dientes.
—No podemos permitir que las mozas de Londres se aprovechen de un chico del campo.
Al cabo de un minuto Jem entendió a qué se refería. Al avanzar por la calle más ancha, hubo mujeres que empezaron a saludarlo con la cabeza y a decirle «hola», aunque hasta entonces nadie se había fijado en él. Las de ahora no iban vestidas como las de Saint James's Park: llevaban ropa más barata y llamativa, que dejaba al descubierto buena parte del pecho, y el cabello recogido bajo sombreros sin plumas. No eran tan bastas como la prostituta con la que se había encontrado en el puente de Westminster, pero quizá se debiera a que aún era de día y no estaban borrachas.
—Qué chico tan guapo —dijo una, que iba del brazo con otra—. ¿De dónde eres, dime?
—Dorsetshire —respondió Jem.
Maggie le tiró del brazo.
—¡No hables con ella! —le susurró—. ¡Te clavará las garras y no te soltará nunca!
La otra prostituta llevaba un vestido con flores estampadas y una gorra a juego, lo que podría haber parecido elegante si no fuera acompañado de un escote tan vertiginoso.
—¿Dorsetshire, eh? —dijo—. Conozco a una chica o dos por aquí que son de Dorsetshire. ¿Quieres conocerlas? ¿O prefieres más bien una de Londres?
—Déjalo en paz —murmuró Maggie.
—¡Cómo! ¿Ya la tienes? —dijo la del vestido estampado, cogiendo la barbilla de Maggie—. No creo que te dé lo que yo te puedo dar.
Maggie apartó con brusquedad la barbilla y soltó el brazo de Jem. Las dos mujeres se echaron a reír y luego se apartaron, para pegarse a un posible cliente más prometedor, mientras Maggie y Jem se alejaban con paso inseguro, envueltos en el silencio de la vergüenza. La niebla se había hecho más espesa, el sol había perdido fuerza y sólo se asomaba unos instantes de cuando en cuando.
Haymarket, por suerte, era una calle corta, y pronto llegaron a otras más tranquilas y estrechas, donde los edificios estaban amontonados, lo que hacía más oscuro el camino. Aunque las casas estaban más juntas no eran de mala calidad y las personas que pasaban por la calle tenían un aspecto algo más próspero que los vecinos de Maggie y de Jem en Lambeth.
—¿Dónde estamos? —preguntó Jem.
Maggie evitó una bosta de caballo.
—En Soho.
—¿Bunhill Fields está cerca de aquí?
—No; todavía queda lejos. Irán primero a casa de la madre para llevarla desde allí al cementerio. Mira, acaban de pararse. —Los Blake estaban llamando a la puerta de una tienda en cuyos escaparates se habían colgado paños negros.
—James Blake, Mercero —leyó Jem en el rótulo encima del establecimiento. La puerta se abrió, entraron los Blake, y el señor Blake se volvió para cerrar la puerta. A Jem le pareció que alzaba la vista un momento, pero no lo suficiente para reconocerlos. De todos modos retrocedieron calle abajo hasta que ya no se los veía desde la tienda.
No había ningún carruaje esperando cerca de la puerta, ni advirtieron señal alguna de movimiento después de que desaparecieran los Blake. Se recostaron en la pared de un establo unas cuantas puertas más abajo, pero como provocaban las miradas inquisitivas de las personas que entraban y salían de las casas vecinas, Maggie optó por caminar hacia la tienda.
—¿Qué te propones? —le preguntó Jem en voz baja cuando consiguió alcanzarla.
—No podemos quedarnos ahí esperando: llamamos demasiado la atención. Vamos a dar una vuelta pero sin dejar de estar atentos al carruaje de la funeraria.
Pasaron por delante de los escaparates de la tienda y caminaron arriba y abajo por las calles vecinas, encontrándose muy pronto en Golden Square, nombre que les facilitó una violetera. Para tratarse de una plaza de Londres no era especialmente elegante, pero las fachadas de las casas eran más amplias, y resultaba más luminosa que las calles circundantes. La plaza misma estaba cercada por una verja de hierro, de manera que Maggie y Jem dieron la vuelta por fuera, contemplando la estatua de Jorge II colocada en el centro.
—¿Por qué me han hecho eso a mí? —preguntó Jem mientras caminaban.
—¿Quién te ha hecho qué?
—Las..., las mujeres de Haymarket. ¿Por qué me han preguntado esas cosas? ¿No ven que soy demasiado joven..., para eso?
Maggie rió entre dientes.
—Puede que los chicos empiecen antes en Londres.
Jem enrojeció y se arrepintió de haber hablado, sobre todo porque Maggie parecía disfrutar tomándole el pelo con aquello. Le sonreía de una manera que le hizo dar una patada a la grava del suelo.
—Será mejor que volvamos —murmuró.
Cuando llegaron, un carro estaba parado delante de la mercería y habían abierto la puerta de la tienda. También los vecinos empezaron a abrir sus puertas y a salir a la calle, y Jem y Maggie se mezclaron con ellos. Apareció el señor Blake con los hombres de la funeraria y dos de sus hermanos, uno de ellos la persona que Jem había visto el día anterior en Hercules Buildings. Los seguía la señora Blake con otra mujer que tenía las mismas cejas pobladas y la nariz ancha de los Blake y que debía de ser su hermana. Mientras los hombres sacaban el ataúd de la casa y lo cargaban en el carro, los grupos reunidos en la calle inclinaron la cabeza y los varones se destocaron.
Una vez colocado el féretro, dos empleados de la funeraria subieron a los asientos delanteros y, dando un leve toque a los caballos con las riendas, pusieron el vehículo en marcha muy despacio, con los familiares caminando detrás, seguidos de los vecinos. El cortejo subió por la calle hasta llegar a un estrechamiento; allí los vecinos se detuvieron y se quedaron mirando hasta que el carro torció por una calle todavía más pequeña y se perdió de vista.
Jem se detuvo.
—Quizá deberíamos volver a Lambeth —sugirió, tragando saliva para intentar quitarse el nudo que se le había hecho en la garganta. Ver el ataúd en el carro y a los vecinos quitándose el sombrero le había recordado el entierro de su hermano, cuando las gentes de Piddletrenthide habían salido a las puertas de sus casas y habían inclinado la cabeza mientras pasaba el carro con el féretro de Tommy, guiado hasta el cementerio por el tañido de una sola campana en la iglesia del pueblo. La gente lloró sin rebozo, porque Tommy le caía bien a todo el mundo y a Jem le costó mucho recorrer aquel breve trayecto entre su casa y la iglesia delante de todos. Si bien ahora pensaba en su hermano con menos frecuencia, aún había momentos en que los recuerdos le tendían emboscadas. Londres no había enterrado por completo a Tommy para ninguno de los Kellaway. De noche Jem aún oía llorar a veces a su madre.
Maggie no se detuvo con Jem, sin embargo, sino que corrió calle arriba en el momento en que los vecinos se dieron la vuelta para regresar a sus casas. En el cruce donde el cortejo había desaparecido se volvió para mirar a Jem y le hizo gestos imperiosos. Al cabo de un momento, su amigo la siguió.