Capítulo 4
De ordinario Maisie se hubiera quedado más tiempo en el anfiteatro, viendo ensayos toda la tarde si podía, pero después de que Laura Devine hablara con ella estaba deseosa de irse. No quería quedarse y ver ensayar a la bailarina de la cuerda floja con la persona que iba a reemplazarla. También John Astley había desaparecido, y Maisie dudaba de que fuera capaz de convencer a la señorita Hannah Smith para que volviera a montar a caballo. Por otra parte, ella debería estar ayudando a su madre a encurtir coles, o adelantando la costura que las Kellaway habían aceptado para reemplazar su trabajo con los botones. Porque Bet Butterfield les había comprado todos los que ya habían terminado y los materiales para hacerlos, y consiguió que le enseñaran a fabricar varios modelos distintos. Maisie se mostró sorprendida cuando su madre aceptó renunciar a los botones, pero Anne Kellaway había sido categórica.
—Ahora vivimos en Londres, no en Dorsetshire —dijo—. Tenemos que dejar atrás las cosas de Dorset.
Al principio Maisie se había alegrado del cambio, pero recientemente empezaba a echar de menos los botones de Dorset. Zurcir la ropa de otros no era tan satisfactorio como la emoción de hacer algo completamente nuevo a partir de nada: un botón delicado, semejante a una tela de araña, sin más elementos que una anilla y unos metros de hilo, por ejemplo.
Ahora se detuvo en los escalones de la entrada al anfiteatro e intentó ver a través de la niebla que envolvía Londres. Los Kellaway habían oído hablar mucho de aquel manto espeso y asfixiante, pero habían tenido la suerte de no sufrirlo de verdad hasta entonces, porque la primavera y el verano habían sido ventosos, lo que impedía que la niebla se asentara. En otoño, sin embargo, los fuegos de carbón estaban encendidos todo el día en las casas, y lanzaban humo a las calles, donde flotaba, inmóvil, difuminando luces y amortiguando sonidos. Era sólo media tarde, pero los faroles ya estaban encendidos: Maisie los veía desaparecer en la oscuridad del puente de Westminster. Por costumbre examinaba a las personas que surgían de la niebla al salir del puente y que caminaban hacia ella, tratando de reconocer a Rosie Wightman en todas las figuras. Maisie llevaba un mes esperando que apareciese, pero su antigua amiga no se había presentado.
Vaciló en los escalones. Desde que se había perdido en Londres un mes antes, había dejado de utilizar calles poco frecuentadas entre el anfiteatro y su casa, pese a que conocía el camino y a personas que vivían por allí, así como algunas tiendas. Prefería caminar por Westminster Bridge Road, que estaba más concurrida y el camino bien expedito. La niebla, sin embargo, se había espesado tanto desde su llegada al anfiteatro horas antes, que se preguntó si debería volver a casa por allí. Estaba a punto de volverse y preguntar a Jem si querría acompañarla cuando John Astley salió muy deprisa del circo y tropezó con ella.
—¡Oh! —exclamó Maisie.
John Astley le hizo una reverencia.
—Le ruego me disculpe, señorita. —Se disponía a seguir su camino, pero la miró a la cara y se detuvo. Porque John Astley vio en sus facciones una expresión que hacía de contrapeso al fuego de Laura Devine y a las lágrimas de Hannah Smith. Maisie lo contemplaba con la absoluta adoración primitiva de una muchacha de Dorset. Era alguien que nunca lo miraría furiosa ni lo llamaría hijo de puta, ni tampoco le daría un bofetón, como acababa de hacer Hannah Smith al seguirla él entre bastidores. Maisie no lo criticaría, sino que lo apoyaría; no tendría exigencias, sino que lo aceptaría; no lo rechazaría, sino que se abriría a él. Aunque no tan refinada como la señorita Hannah Smith —después de todo no era más que una campesina sin pulir de nariz roja y cofia de volantes—, tenía unos ojos llenos de vida y una agradable figura esbelta a la que ya empezaba a responder una parte de su cuerpo. Era exactamente el tónico que necesitaba un hombre después de ser blanco de la indignación y de los celos de otras mujeres.
John Astley adoptó su expresión más amable, más servicial; pareció, aún más importante, interesado, lo que, para una chica como Maisie, era la cualidad más seductora de todas. John Astley la estudió mientras ella vacilaba al borde de la densa niebla sulfúrea que todo lo envolvía.
—¿Puedo serle de ayuda? —preguntó.
—¡Cuánto se lo agradezco, señor Astley! —exclamó Maisie—. Es sólo que..., necesito volver a casa, pero la niebla me da miedo.
—¿Vive cerca?
—Sí, sí, muy cerca. Dos puertas más allá de usted en Hercules Buildings.
—Ah, de manera que somos vecinos. Por algo me resultaba usted familiar.
—Claro, señor Astley. Nos conocimos en el incendio, este verano, ¿no se acuerda? Y..., bueno, mi padre y mi hermano trabajan aquí para el circo. Vengo a menudo, les traigo la comida y cosas así.
—También yo me dirijo hacia Hercules Buildings. Permítame acompañarla. —John Astley le ofreció el brazo. Maisie lo miró como si le estuviera ofreciendo una corona adornada de piedras preciosas. Era algo excepcional en la vida de una chica modesta como Maisie que se le diera exactamente aquello que había estado soñando. Extendió la mano y le tocó el brazo tímidamente, como si esperase que se derritiera. Pero la tela de su chaqueta azul, con la carne del brazo debajo, era real, y un estremecimiento la sacudió de manera visible.
John Astley colocó su otra mano sobre la de Maisie, y se la apretó, animándola a poner la suya en el interior del codo.
—Perfecto, señorita...
—Maisie.
—Estoy a su servicio, Maisie. —John Astley bajó con ella los escalones y luego la llevó hacia la izquierda y hacia la oscuridad de Stangate Street, en lugar de conducirla hacia la derecha y hacia la niebla un poco más luminosa de Westminster Bridge Road. Maisie se había hundido en una cálida niebla toda suya que permitió al caballista llevarla, sin un murmullo de protesta, por el atajo que evitaba desde hacía un mes. De hecho Maisie ni siquiera se dio cuenta de por dónde iban. Caminar con el hombre más apuesto, más hábil y más elegante que conocía (e incluso poder tocarlo) hacía realidad todos sus sueños. Era el momento más importante de su vida. Avanzó al lado de John Astley con paso ligero como si la niebla hubiera ido a situarse bajo sus pies y le sirviera de cojín, protegiéndola del suelo.
John Astley advertía perfectamente el efecto que causaba en Maisie, y tenía la experiencia suficiente para hablar muy poco al comienzo de su recorrido. En un primer momento sólo abrió los labios para orientarla a través de la niebla. «Cuidado con ese carro»; «Permítame que la aparte del arroyo, ¿puedo?»; «Desvíese un poco a la derecha para evitar ese montón de estiércol». John Astley había crecido con la niebla londinense y estaba acostumbrado a navegar por ella, recurriendo a sentidos distintos de la vista: la nariz para localizar caballos o tabernas o basuras, los pies para notar la pendiente del arroyo en los lados de la calzada o los adoquines en las callejuelas. Aunque la niebla amortiguaba los sonidos, era capaz de averiguar si lo que venía en su dirección era un solo caballo, o si se trataba de dos o de cuatro, y también si tenía delante un calesín y un coche cerrado. De manera que caminaba entre la niebla seguro de sí mismo; despacio, también, porque Hercules Buildings no estaba lejos y él necesitaba tiempo.
Una vez que hubo ganado la confianza de Maisie, inició amablemente una conversación.
—¿Les has traído hoy la comida a tu padre y a tu hermano? —se interesó.
—Sí, señor Astley.
—¿Y qué les has traído? Espera, déjame que lo adivine. ¿Empanada de carne?
—Sí, señor Astley.
—¿La has comprado o la has hecho tú?
—Ayudé a mi madre. La tapa la hice yo.
—Estoy seguro de que haces muy bien la masa, Maisie, con esos dedos tuyos tan delicados..., los más delicados de Lambeth.
Maisie dejó escapar una risita.
—Muchas gracias, señor Astley.
Caminaron un poco más, hasta pasar por delante de Queen's Head en la esquina donde Stangate Street se cruzaba con Lambeth Marsh, y donde la luz amarilla de la taberna manchaba la niebla, dándole el color de las flemas. No había nadie bebiendo fuera con un tiempo como aquél, pero al pasar ellos se abrió bruscamente la puerta y un hombre salió tambaleándose, riendo y maldiciendo al mismo tiempo. Maisie se agarró con más fuerza al brazo de su acompañante.
John Astley puso de nuevo su otra mano sobre la de Maisie, y se la apretó, tirando algo más del brazo de la muchacha de manera que sus cuerpos estuvieran más cerca.
—Vamos, Maisie, no hay motivo para preocuparse. Estás conmigo, no lo olvides. No se atrevería a tocarte. —De hecho aquel hombre ni siquiera había reparado en ellos, y echó a andar a trompicones por Lambeth Marsh arriba, mientras John Astley y Maisie tomaban la dirección opuesta—. Supongo que ha ido Marsh arriba porque tiene que comprar hortalizas para su mujer. ¿Qué te parece que comprará, nabos o nabas?
Maisie dejó escapar una risita pese a lo nerviosa que estaba.
—Nabas, pienso yo, señor Astley. Son mucho mejores.
—¿Y puerros o coles?
—¡Puerros! —Maisie rió como si su acompañante hubiera hecho un chiste, y John Astley se sumó a su risa.
—Esa de ahí es una taberna desagradable —dijo—. No debería haberte traído por aquí, Maisie. Te ruego que me disculpes.
—No se preocupe, señor Astley. No me puede pasar nada yendo con usted.
—Estupendo. Me alegro, querida. Claro está que no todas las tabernas son como ésa. Algunas están muy bien. Pineapple, por ejemplo. Pueden ir hasta las señoras y sentirse como en su casa.
—Supongo que sí, señor Astley, aunque no he entrado nunca. —Al oír el nombre de aquella taberna, el rostro de Maisie perdió su evidente alegría, porque se acordó de haber esperado fuera para, al final, ver salir a John Astley con una de las costureras. Sin proponérselo realmente, retiró un poco el brazo que él le sujetaba con el codo. John Astley notó el cambio y se maldijo interiormente. Pineapple no, entonces, pensó; era evidente que a Maisie no le gustaba. Quizá no fuese el mejor sitio, en cualquier caso: aunque muy conveniente para llegar a las cuadras de Astley, el lugar donde John se proponía llevarla después, era muy posible que estuviera llena de gente del circo que conocía a Maisie.
Antes de que el caballista mencionara Pineapple, Maisie había logrado flotar feliz sin pensar en otra cosa que en el amable coqueteo que entrañaba aquella charla y en sus ensueños románticos. La mención de la taberna, sin embargo, la forzó a reconocer cuáles eran las intenciones de su acompañante. Después de todo, una visita a una taberna con John Astley era una cosa bien concreta. Maisie vaciló.
—Acabo de verlo montando a caballo con la señorita Smith —dijo—. Hacen ustedes muy buena pareja.
A John Astley no le interesaba nada aquel tema de conversación. Su propósito era volver a reírse con las hortalizas.
—La señorita Smith monta muy bien —se limitó a responder, preguntándose cuánto habría visto Maisie durante el ensayo. ¿Habría escuchado además lo que su padre le gritaba a Laura Devine?
Por su parte, también Maisie pensaba en lo que había visto y oído, en la pieza del rompecabezas que ligaba a su acompañante con la señorita Devine. Pensó sobre ello y descubrió que la presencia de John Astley a su lado en carne y hueso, sus hombros anchos y su cintura estrecha bajo la chaqueta azul bien cortada, sus ojos alegres e incansable sonrisa, su paso seguro y elástico y la fuerza de sus manos, incluso el inconfundible olor a sudor de caballo que lo acompañaba, eran cosas mucho más importantes para ella que nada de lo que hubiera hecho con cualquier otra persona. Pese a una leve punzada de remordimiento por lo amable que la señorita Devine había sido con ella y por la advertencia que le había hecho, Maisie se quitó de la cabeza el recuerdo de las aventuras de John Astley y pensó en el momento presente. Quizá se interesase por muchas mujeres, pero ¿por qué no tendría que corresponderle a ella una parte de aquel interés? Maisie lo deseaba.
Incluso le facilitó las cosas. Cuando salieron del callejón por donde caminaban para desembocar en Hercules Buildings, con las habitaciones de los Kellaway inmediatamente a su derecha, Maisie dijo: «¡Qué pronto hemos llegado!» con el tono más triste que le fue posible.
John Astley lo aprovechó al instante.
—¡Pensaba que te gustaría llegar a casa sana y salva! ¿Te están esperando?
—No —respondió Maisie—. Todavía no. Tengo que ayudar a mi madre con las coles, pero en realidad no tiene demasiado trabajo.
—¡Cómo! ¿Ni puerros ni nabas para ti?
Maisie sonrió, pero él ya la estaba haciendo cruzar la calle, de manera que se le hizo un nudo en el estómago ante la idea de que muy pronto la depositaría delante de su puerta y quizá nunca más volviera a hablar con él o a tocarlo.
—Ha sido tal placer acompañarte a casa, Maisie, que me cuesta renunciar a tan agradable sensación —anunció John Astley, deteniéndose antes de llegar a casa de la señorita Pelham—. Quizá podríamos beber algo juntos antes de separarnos.
—Eso..., estaría..., muy bien.
—Tal vez la taberna al comienzo de la calle sea lo más conveniente. Está cerca, no queremos ir lejos con tanta niebla, y tiene un rinconcito muy acogedor que creo que te gustará.
—De..., de acuerdo, señor Astley. —Maisie apenas pudo pronunciar las palabras. Por un momento una embriagadora mezcla de culpa y miedo le hizo sentirse mareada. Pero se agarró otra vez con fuerza al brazo de John Astley, dio la espalda a su casa, apenas visible, y caminó en la dirección en la que él, y ella, deseaban ir.