Capítulo 7
Los empleados de la funeraria se alejaron con su carro en una dirección y los Blake en la otra, siguiendo la larga avenida, con árboles a los lados, que, desde el interior del cementerio, llevaba a la calle. Las aisladas gotas de lluvia empezaban a hacerse más persistentes.
—Vaya por Dios —dijo Maisie, ciñéndose el chal alrededor de los hombros—. Nunca se me ocurrió que fuese a llover cuando salí a la calle. ¡Y tan lejos de casa como estamos! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Maggie y Jem no tenían plan alguno más allá de llegar a Bunhill Fields. Era lo que se habían propuesto. Ahora la lluvia lo oscurecía todo y ya no había ninguna meta que alcanzar, excepto regresar a casa.
Llevada por la fuerza de la costumbre Maggie siguió a los Blake, con Jem y Maisie quedándose más atrás. Cuando la familia salió del cementerio, no regresaron por el mismo camino. En lugar de eso subieron a un carruaje que los estaba esperando y que emprendió la marcha a buen paso. Aunque los chicos echaron a correr, pronto quedaron atrás. La fatiga los detuvo y se quedaron viendo cómo se alejaba hasta meterse por una calle a la derecha y desaparecía. La lluvia caía ya con más fuerza. Apresuraron el paso hasta llegar al cruce por donde habían torcido los Blake, pero no se veía el vehículo por ningún sitio. Maggie miró a su alrededor. No reconoció el lugar donde estaban; el coche había tomado un camino distinto para regresar.
—¿Dónde estamos? —preguntó Maisie—. ¿No deberíamos tratar de seguirlos?
—Da igual —respondió Maggie—. Seguro que vuelven a Soho, mientras que nosotros queremos ir a Lambeth. Podemos encontrar el camino por nuestra cuenta. Vamos. —Emprendió la marcha con toda la seguridad que pudo, sin decir a los Kellaway que en el pasado siempre había venido a aquella parte de Londres con su padre o con su hermano, y que les había dejado que la guiaran. Existían, sin embargo, multitud de puntos de referencia que conocía y a partir de los cuales podría, con toda seguridad, encontrar el camino, como Smithfield, Saint Paul, Guildhall, la cárcel de Newgate, el puente de Blackfriars. Era sólo cuestión de encontrar uno u otro.
Delante de ellos y al otro lado de una extensión de césped, por ejemplo, había un sólido edificio en forma de U, de tres pisos y muy extenso, con secciones más altas en el centro y en las esquinas, donde empezaban las alas.
—¿Qué es eso? —preguntó Maisie.
—No lo sé —respondió Maggie—. Me resulta familiar. Vamos a verlo desde el otro lado.
Caminaron en paralelo a la verja que encerraba el césped y siguieron más allá de una de las alas del edificio. En la parte de atrás, una valla alta de piedra que se desmoronaba, cubierta con hiedra, corría a lo largo de todo el recinto, y otra valla, todavía más alta, se había construido más cerca del edificio, claramente destinada a mantener dentro a quienes allí vivían.
—Hay barrotes en las ventanas —anunció Jem, entornando los ojos para evitar la lluvia—. ¿Es una cárcel?
Maggie miró a las ventanas más altas.
—Me parece que no. Sé que no estamos cerca de Fleet, y tampoco de Newgate; he ido allí para ver ejecuciones y no se parecen a esto. No hay tantos delincuentes en Londres; al menos, no detrás de rejas.
—¿Has visto ahorcar a alguien? —exclamó Maisie. Parecía tan horrorizada que Maggie se avergonzó de reconocerlo.
—Sólo una vez —dijo deprisa—. Fue suficiente.
Maisie se estremeció.
—No soportaría ver matar a nadie, me da igual lo que haya hecho.
Maggie hizo un ruido ininteligible. Jem frunció el ceño.
—¿Estás bien?
Maggie tragó saliva con dificultad, pero antes de que pudiera decir nada, les llegó un gemido desde una de las ventanas altas con barrotes. Empezó muy bajo en tono y en volumen, pero fue ascendiendo, haciéndose más fuerte y más agudo hasta convertirse en un alarido tan poderoso que debió de destrozar la garganta de quien lo lanzaba. Los chicos se quedaron inmóviles. Maggie sintió que se le ponía la carne de gallina.
Maisie se agarró al brazo de Jem.
—¿Qué es eso? ¿Sabes qué es eso, Jem?
Su hermano negó con la cabeza. El grito se detuvo de repente, luego empezó de nuevo desde abajo, para volver a subir cada vez más alto. A él le hizo pensar en gatos peleándose.
—¿Un hospital para parturientas, quizá? —sugirió—. Como el que hay en Westminster Bridge Road. A veces se oyen gritos que salen de allí, de las mujeres que están dando a luz.
Maggie miraba ceñuda la valla de piedra cubierta de hiedra. De repente su expresión cambió a una mezcla de reconocimiento y desagrado.
—Dios santo —dijo, dando un paso atrás—. Bedlam.
—¿Qué es...? —Jem se detuvo. Le había venido a la memoria un incidente en el circo Astley. Una de las costureras, al ver cómo John Astley sonreía a la señorita Hannah Smith, había empezado a llorar con tanto sentimiento que acabó por tener un ataque. Philip Astley le roció la cara con agua y le dio un bofetón.
—¡Cálmate, cariño, o acabarás en Bedlam! —le dijo antes de que las otras costureras se la llevaran. Luego se volvió hacia Fox, se tocó la sien y le guiñó un ojo.
Jem miró de nuevo a las ventanas y vio una mano que se agitaba entre los barrotes, como si tratase de agarrar la lluvia. Cuando el alarido empezó por tercera vez, dijo: «Vámonos», y giró sobre sus talones para caminar en dirección a lo que a él le parecía el oeste, es decir, hacia Soho y, finalmente, hacia Lambeth.
Maggie y Maisie lo siguieron.
—Eso es la muralla de Londres, ¿sabéis? —dijo Maggie señalando con un gesto el muro de piedra a su derecha—. Hay trozos por todas partes. Es la antigua muralla de la ciudad. Eso es lo que me ha hecho reconocer Bedlam. Mi padre me trajo aquí una vez.
—¿Qué camino tomamos, entonces? —dijo Jem—. Debes de saberlo.
—Claro que lo sé. Por aquí. —Maggie eligió la izquierda al azar.
—¿Quién..., quién vive en Bedlam? —balbució Maisie.
—Los locos.
—Ah. Pobrecillos. —Maisie se detuvo bruscamente—. Esperad..., ¡mira! —Señaló a una figura con una falda roja que iba por delante de ellos—. ¡Ahí está Rosie! ¡Rosie! —llamó.
—Maisie, estamos muy lejos de Saint Giles —dijo Maggie—. No puede ser ella.
—¡Quizá sí! Dijo que trabajaba por todas partes. ¡Puede haber venido aquí! —Echó a correr.
—¡No seas idiota! —le gritó Maggie.
—Maisie, no creo... —empezó Jem.
Pero su hermana, en lugar de escucharlo, corría cada vez más deprisa y, cuando la de la falda roja se metió de repente por un callejón, Maisie se lanzó tras ella y desapareció.
—¡Maldita sea! —Maggie empezó a correr, con Jem acompañándola zancada por zancada.
Al llegar a la esquina del callejón, tanto perseguida como perseguidora no se veían ya por ninguna parte.
—¡Lo que nos faltaba! —murmuró Maggie—. ¡Vaya estupidez!
Apresuraron el paso callejón adelante, buscando a Maisie cada vez que llegaban a un cruce. Una de las veces advirtieron un destello rojo en el portal de una casa. Al ver la cara de la chica quedó claro que, efectivamente, no se trataba de Rosie, ni tampoco de una prostituta. La joven de la falda roja entró en su casa y cerró la puerta, y Jem y Maggie se quedaron solos entre unas pocas casas, una iglesia, una ferretería y una tienda de tejidos.
—Maisie debe de haber seguido adelante —dijo Maggie. Corrió de nuevo hasta el cruce, Jem pisándole los talones, y después por el primer callejón, entrando en otros cuando aparecían. Al encontrar uno que no tenía salida, se volvieron; en otro dieron de nuevo media vuelta, perdiéndose cada vez más en el laberinto de calles. Jem apenas hablaba, excepto para detener a Maggie en una ocasión y señalar que habían cerrado un círculo. Maggie pensaba que debía de estar furioso con ella por haberlos perdido sin remisión, pero no manifestaba ni enfado ni miedo: tan sólo una sombría determinación.
Maggie trataba de no hacer planes más allá de sus esfuerzos por encontrar a Maisie. Cuando por un momento se permitía imaginarse a los tres, perdidos por calles diminutas en una zona desconocida de una ciudad gigantesca, sin la menor idea de cómo volver a casa, se sentía tan dominada por el miedo que le pareció que tendría que sentarse. Sólo se había sentido tan asustada en una ocasión, cuando se tropezó con aquel individuo en lo que después se convertiría en el callejón del Degollado.
Mientras corrían de nuevo por otra calle, pasaron junto a un hombre que se volvió y los miró lascivamente.
—¿De qué estáis huyendo si puede saberse?
Maggie gritó, y dio un respingo como de caballo asustado, sobresaltando a Jem y al peatón, que retrocedió y desapareció enseguida por otro callejón lateral.
—Maggie, ¿qué te pasa? —Jem sujetó a su amiga por los hombros, pero ella lo rechazó con un estremecimiento y se dio la vuelta, la mano apoyada en la pared, tratando de tranquilizarse. Jem se quedó mirándola y esperando. Al final, Maggie respiró hondo entre temblores y se volvió hacia él, la lluvia cayéndole sobre los ojos desde el abollado sombrero de paja. Jem examinó su rostro, imagen de la desdicha en aquel momento, y vio la expresión remota, obsesionada, que ya había captado antes en diferentes ocasiones: en algunos casos cuando Maggie no sabía que la estaba viendo, y en otros, como ahora, cuando trataba desesperadamente de ocultarla—. ¿De qué se trata? —preguntó de nuevo—. ¿Qué fue lo que te pasó?
Maggie negó con la cabeza: no estaba dispuesta a contarlo.
—Tiene que ver con aquel hombre en el callejón del Degollado, ¿no es eso? —adivinó Jem—. Siempre te portas de una manera muy rara. Y lo mismo te pasó en Smithfield.
—Fue Maisie quien se mareó, no yo —se defendió Maggie.
—Tú también —insistió Jem—. Casi te mareas porque también viste muchísima sangre en el callejón del Degollado. Quizá incluso... —Jem hizo una pausa—. Viste lo que sucedió, ¿no es eso? Viste cómo lo mataban. —Quería rodearla con el brazo para consolarla, pero sabía que no se lo permitiría.
Maggie le dio la espalda y echó de nuevo a andar por el callejón.
—Tenemos que encontrar a Maisie —murmuró, sin añadir una palabra más.
Debido a la lluvia había poca gente en la calle. Mientras seguían buscando, el aguacero aumentó en intensidad, en un último intento de empapar a todas las personas que estaban a la intemperie; luego, de repente, cesó por completo. De inmediato empezaron a abrirse las puertas. Era una zona aislada y falta de espacio, con casas oscuras y pequeñas que habían sobrevivido a los cambios provocados por el fuego, la moda y la pobreza gracias a que eran extraordinariamente sólidas. La gente que salía de las viviendas era recia y estable, a semejanza de los edificios. Allí no había acentos de Yorkshire ni de Lancashire ni de Dorset, únicamente el habla de familias que llevaban muchas generaciones en el mismo sitio.
En un barrio así, los desconocidos destacan como las primeras amapolas de la primavera. Apenas habían empezado a llenarse las calles con los paseantes del domingo por la tarde, cuando una mujer, al pasar, les señaló el lugar de donde venía.
—Buscáis a la chica con la cofia de volantes, ¿no es cierto? La encontraréis allí, junto a Drapers' Gardens.
Un minuto después salieron a un espacio abierto donde había otro jardín cercado, y vieron a Maisie junto a la verja de hierro, esperando, los ojos brillantes por las lágrimas. No dijo nada, pero abrazó a Jem y escondió la cara en su hombro. Jem le dio consoladoras palmaditas en la espalda.
—Ya se te ha pasado el susto, ¿verdad que sí?
—Quiero irme a casa, Jem —dijo con voz ahogada.
—Es lo que vamos a hacer.
Su hermana echó la cabeza para atrás y lo miró a la cara.
—No; quiero decir a Dorsetshire. En Londres me siento perdida.
Jem podría haber dicho: «Papá gana más trabajando para el señor Astley de lo que ganaba haciendo sillas en Piddletrenthide». O: «Mamá prefiere el circo a los botones de Dorset». O: «A mí me gustaría oír más de las nuevas canciones del señor Blake». O, incluso: «¿Y qué me dices de John Astley?».
En lugar de eso, detuvo a un chico de su edad que iba silbando mientras pasaba a su lado.
—Por favor, ¿dónde está el Támesis?
—No lejos. Ahí mismo. —El muchacho señaló con el dedo, y los tres se cogieron del brazo y echaron a andar en la dirección que les habían indicado. Maisie temblaba y Maggie estaba muy pálida. Para distraerlas, Jem dijo:
—Sé una canción nueva. ¿Queréis aprenderla? —Sin esperar a que le contestaran, empezó a salmodiar:
Cuando camino por las calles
cerca del Támesis y sus navíos,
veo en los rostros de quienes encuentro
huellas de angustia y de impotencia.
Habían repetido juntos tres veces las dos estrofas que conocía cuando se incorporaron a una corriente de tráfico en dirección al puente de Londres.
—Todo irá bien ahora —dijo Jem—. No nos hemos perdido. El río nos llevará de vuelta a Lambeth.