Capítulo 3

Los Kellaway tuvieron que esperar media hora en el carro antes de que los visitara en persona Philip Astley, propietario de circo, creador de espectáculos, origen de descabelladas habladurías, imán para expertos y excéntricos, dueño de varios inmuebles, patrocinador de negocios locales y personaje original y desmedido. Lucía una guerrera roja que había utilizado años atrás, en su época de oficial de caballería, con botones dorados y ribetes, y que ahora se abrochaba sólo en el cuello, dejando al descubierto un vientre voluminoso, retenido por un chaleco blanco abotonado. Los pantalones también eran blancos, las botas iban cubiertas con zahones que le llegaban hasta la rodilla y, como única concesión a la vida civil, se tocaba con una chistera negra, utilizada para saludar constantemente con ella a las damas que conocía o a las que le hubiera gustado conocer. Acompañado por su inseparable John Fox, bajó al trote los escalones del anfiteatro, avanzó hasta el carro, alzó su chistera en honor de Anne Kellaway, estrechó la mano de Thomas e hizo una inclinación de cabeza a Jem y a Maisie.

—¡Bienvenidos, bienvenidos! —exclamó, brusco y jovial al mismo tiempo—. ¡Me alegro mucho de volver a verlo, señor mío! Confío en que estén disfrutando de las maravillas de Londres después de su viaje desde Devon.

—Dorchester, señor Astley —le corrigió Thomas Kellaway—. Vivimos cerca de Dorchester.

—Sí, claro, Dorchester..., excelente ciudad. Fabrica usted barriles, ¿no es eso?

—Sillas —le corrigió John Fox en voz baja. Tal era la razón de que fuese a todas partes con su jefe: suministrarle los necesarios codazos y ajustes cuando era necesario.

—Sillas, claro, es cierto. Y, ¿qué puedo hacer por ustedes, caballero, señora? —Hizo una leve reverencia en dirección a Anne, no muy seguro de sí mismo, porque la señora Kellaway estaba más tiesa que un palo, con los ojos fijos en el señor Smart, que recorría ya el puente de Westminster, y la boca más cerrada que la bolsa de un avaro. Toda su persona transmitía el mensaje de que no quería estar donde estaba ni tener nada que ver con el dueño del circo; un mensaje al que Philip Astley no estaba acostumbrado. Su fama lo convertía en un hombre muy solicitado, rodeado de mucha gente que reclamaba de continuo su atención. Que alguien manifestara lo contrario lo desconcertaba y de inmediato se esforzaba al máximo por recuperar su ascendiente—. ¡Díganme lo que necesitan y se lo conseguiré! —añadió, con un amplio movimiento del brazo, gesto del que Anne Kellaway no llegó a enterarse porque seguía con los ojos fijos en el señor Smart.

La mujer del sillero había empezado a lamentar la decisión familiar de abandonar Dorsetshire casi en el momento mismo en que el carro abandonó su casa, y ese sentimiento no había hecho más que aumentar durante la semana empleada en recorrer con muchas precauciones los caminos embarrados de comienzos de la primavera para llegar a Londres. Cuando se encontró en el carro, delante del anfiteatro, sin querer mirar a Philip Astley, sabía ya que por estar en Londres no iba a dejar de pensar en su hijo muerto como había esperado que sucediera; en realidad, incluso pensaba más en él, porque estar allí le recordaba que era de su absurda muerte de lo que huía. Pero prefería culpar a su marido, y también a Philip Astley, de su desgracia, más que al mismo Tommy por haber sido tan estúpido.

—Verá, señor Astley —empezó Thomas—, me invitó usted a venir a Londres, y yo, muy agradecido, estoy aceptando su ofrecimiento.

—¿Es eso cierto? —Philip Astley se volvió hacia John Fox—. ¿Lo invité a venir, Fox?

John Fox asintió.

—Sí, señor.

—¿No se acuerda, señor Astley? —exclamó Maisie, inclinándose hacia delante—. Papá nos lo contó el mismo día. Jem y él asistieron a su espectáculo y alguien estaba haciendo un número con una silla encima de un caballo, la silla se rompió y papá la arregló allí mismo. Hablaron ustedes de madera y de muebles, porque también usted aprendió el oficio de ebanista, ¿no es cierto, señor Astley?

—Calla, Maisie —intervino Anne Kellaway, apartando por un momento los ojos del puente—. Estoy segura de que a este señor no le interesa lo que le estás contando.

Philip Astley contempló a la esbelta muchacha campesina que hablaba con tanta desenvoltura desde lo alto del carro y rió entre dientes.

—Ahora que lo dice, señorita, empiezo a recordar un incidente así. Pero ¿es eso lo que los trae aquí?

—Le dijo a mi padre que si lo deseaba, podía venir a Londres y que usted le ayudaría a establecerse. Eso es lo que hemos hecho y aquí estamos.

—Aquí están, sin duda, señorita Maisie, todos ustedes. —Se volvió hacia Jem, pensando que tendría unos doce años y, por tanto, la edad útil en un circo para hacer recados y echar una mano en lo que hiciera falta—. ¿Y tú cómo te llamas, muchacho?

—Jem, señor Astley.

—¿Qué clase de sillas son las que tienes a tu lado, jovencito?

—Windsor. Las ha hecho mi padre.

—Una bonita silla, Jem, muy bonita. ¿Podría hacerme unas cuantas?

—Por supuesto, señor Astley —dijo Thomas Kellaway.

Los ojos de Philip Astley se volvieron hacia Anne Kellaway.

—Me quedo con una docena.

Anne se sobresaltó, pero siguió sin mirar al propietario del circo, pese a su generoso encargo.

—Vamos a ver, Fox, ¿qué habitaciones tenemos libres en este momento? —preguntó. Philip Astley era propietario de un considerable número de casas en Lambeth, la zona en torno al anfiteatro, justo al otro lado del puente de Westminster y del centro de Londres.

A John Fox le tembló el bigote al mover los labios.

—Sólo algunas con la señorita Pelham en Hercules Buildings, pero es ella quien elige a sus inquilinos.

—De acuerdo, elegirá a los Kellaway; le encantarán. Acompáñalos allí, Fox, llévate algunos muchachos para que los ayuden a descargar. —Philip Astley se destocó una vez más ante Anne Kellaway, estrechó de nuevo la mano de Thomas y añadió—: Si necesitan algo, Fox se lo conseguirá. ¡Bienvenidos a Lambeth!