73
Las luces de la ciudad de Mónaco refulgieron a sus pies mientras Ben bajaba por la escarpada y serpenteante carretera con la bolsa en el hombro. Llamó a un taxi que lo llevó hasta el puerto. Se sentó en un muro bajo y se fumó un Gauloise, contemplando las oscuras aguas y escuchando el suave chapaleo de las olas contra el muro del puerto y el balanceo de los yates y catamaranes en la marina. Estaba celebrándose una fiesta en la cubierta iluminada de un mega yate de billones de dólares, con música en directo y mujeres con vestidos largos desfilando en procesión por el muelle donde estaba atracado. Mientras los observaba desde la distancia, Ben pensó en Darcey Kane. No había tenido otra opción que mentirle sobre la reunión con Shikov en Berlín, al igual que tampoco había tenido otra opción que encerrarla en la bodega. Era demasiado inteligente y tenaz. Y su siguiente paso era uno que tenía que dar solo, a su manera.
Luego pensó en lo que había estado a punto de ocurrir entre ellos. De acuerdo, allí sí había tenido opción.
Suspiró y decidió dejar de pensar tanto.
Lejos, sobre el mar, un pequeño avión se estaba acercando. Ben observó cómo las luces del hidroavión descendían hacia el horizonte y tocaban las aguas a pocos kilómetros de distancia. Shikov había mordido el anzuelo.
Instantes después, una lancha fueraborda surcó las aguas hasta el puerto y Ben supo que era para él. Caminó por el muelle hasta llegar a la lancha y dos tipos lo metieron a toda prisa dentro. Uno de ellos lo apuntó en el estómago con un revólver Smith & Wesson mientras el otro lo cacheaba y registraba la bolsa en busca de armas escondidas. Entonces la lancha se marchó del puerto hasta mar abierto, donde el tipo con el revólver hizo gestos con los brazos al avión anfibio Bombardier que los aguardaba. Más hombres silenciosos y armados lo flanquearon mientras se sentaba en su asiento y se ponía el cinturón de seguridad. El avión ganó velocidad, dio un bote y luego despegó.
Desde la Costa Azul, el Bombardier sobrevoló el lugar entre vibraciones y zumbidos. Con rumbo noroeste, dedujo Ben por las estrellas, aunque no preguntó, consciente de que no obtendría respuesta. Pasó bastante tiempo hasta que finalmente llegaron a un aeródromo privado que bien podría haber estado en cualquier parte entre Ginebra, Milán o incluso Zúrich. Un Mercedes lo llevó a él y a sus escoltas por la pista de aterrizaje mientras el Bombardier se alejaba rodando. Había un Gulfstream blanco esperándolos. Ben fue subido a empujones por la pasarela y posteriormente lo condujeron hasta un asiento en la parte trasera. Era un poco más lujoso que el barco volador. Ben se puso cómodo en el asiento de cuero, ignoró a sus anfitriones, y cerró los ojos.
Perdió la cuenta de cuántas horas estuvo el jet privado en el aire (tal vez seis, quizá más). Para cuando el Gulfstream descendió de debajo de las nubes, habían atravesado un par de franjas horarias y el alba rayaba sobre el salvaje paisaje de la montaña y el pinar que Ben podía ver desde la ventanilla.
Tras sobrevolar bajo por un valle boscoso, el jet descendió de repente hasta una pista que parecía como si la hubieran levantado apresuradamente años antes de que existieran los ingenieros militares. Ben se percató de que el cemento tenía marcas de cohetes y se preguntó en que antigua zona de guerra europea se encontraban. En Georgia, quizá.
Cuando bajó del avión privado, las matrículas georgianas del Humvee negro aparcado que los aguardaba a los pies de la pista de aterrizaje le dijeron que sus suposiciones habían sido correctas. El mismo par de gorilas armados lo empujaron hacia el vehículo mientras sus puertas se abrían y otros dos hombres salían. Ninguno de ellos parecía ser Grigori Shikov. Ben supuso que tendría que esperar para ese honor. El pasajero del Humvee llevaba un Kalashnikov con culata plegable y un cargador alargado y curvado. Bramó una orden y uno de los escoltas de Ben sonrió y sacó una capucha de tela del bolsillo de su chaqueta. Se acercó hasta él y se la puso con brusquedad en la cabeza. Ben sintió cómo una enorme mano lo cogía del brazo y lo metía al asiento trasero del Humvee.
Luego más viaje, con baches y botes por carreteras irregulares conforme el vehículo ponía rumbo al este, hacia el sol, cuyo brillo Ben podía ver a través del material de la capucha. El trayecto en coche duró otros veinte minutos aproximadamente; para cuando el Humvee paró para atravesar unas verjas y luego se detuvo en seco, los ojos de Ben estaban cansados de intentar discernir qué había a su alrededor a través de la capucha. Oyó que la puerta se abría y los hombres lo sacaron del vehículo. Lo hicieron andar por una franja de pavimento y luego lo metieron por una puerta que daba a un edificio fresco y aireado. Recorrieron un pasillo y luego accedieron a otra habitación que olía a cuero antiguo y aceite de armas. Fue empujado a una silla. Había voces a su alrededor. Percibió una ráfaga de aliento pestilente cuando alguien se le acercó para arrancarle la capucha.
Y Ben se encontró sentado al otro lado de un amplio escritorio, cara a cara con Grigori Shikov.
El anciano llevaba un traje de color gris claro que le quedaba demasiado estrecho en los hombros y en su ancha espalda. Sus manos, alargadas y recias, como las de alguien que trabajaba con ellas, estaban cerradas en puños sobre el protector de cuero del escritorio. Tenía los ojos separados, ocultos bajo unas cejas fruncidas y fijos en los de Ben. A la izquierda de Shikov había un hombre más joven, a punto de abandonar la cuarentena, con calvicie incipiente y que vestía traje, gafas y un ceño fruncido y nervioso.
El anciano, grande, ancho y entrecano, contempló a Ben durante largo tiempo. Ben le mantuvo la mirada, mientras que con su visión periférica ya había contado a los otros hombres presentes en la habitación dispuestos en un semicírculo a ambos lados de él. Además de los dos corpulentos que lo habían acompañado en el avión privado, estaban los otros dos del Humvee y otro par que era la primera vez que los veía. Hasta donde podía decir, esos hombres llevaban pistolas ocultas. Los Kalashnikov eran más obvios, y dos de ellos estaban apuntándole a Ben a la cabeza. Se sentó muy quieto.
—Sabe quién soy —dijo Shikov con la voz crispada.
—Sé quién es —respondió Ben.
Shikov señaló al hombre que tenía a su lado.
—Este es mi socio, Yuri Maisky. —Luego se volvió y lanzó una mirada a la bolsa de Ben, que habían dado la vuelta y dejado sobre una silla al otro lado de la habitación—. Parece que viaja ligero, señor Hope —murmuró.
—Lo haremos de la forma que convinimos por teléfono —dijo Ben—. Me da la mitad del dinero por adelantado. A continuación le llevo al lugar donde dejé el huevo y me da el resto.
Shikov soltó el aire durante largo tiempo, con la expresión de un profesor paciente que le habla a un pupilo lento.
—Podría hacer que cualquiera de estos hombres le sacaran la información que necesito.
—Estoy seguro de que no sería la primera vez que torturase a un hombre —dijo Ben mientras miraba a Maisky, cuyo ceño se había fruncido más profundamente mientras escuchaba de pie—. Pero si algo me ocurre y no hago una llamada en las próximas dos horas, mi colega sabrá que algo va mal. Y entonces solo verá ese huevo en sueños.
Los ojos de Shikov se clavaron más todavía en los de Ben, como si estuviera escudriñando los contenidos de su mente. Ben no apartó la vista. Tras unos segundos, Shikov asintió lentamente.
—Muy bien. Enséñaselo, Yuri.
Maisky le indicó a Ben que se levantara. Con los fusiles todavía apuntándolo a la cabeza, Ben siguió al hombre por la habitación hasta un aparador con la encimera de mármol, donde había un maletín cerrado. Ben siguió mirando a Shikov mientras Maisky movía los números de la combinación del cierre del maletín.
—Lo he contado yo mismo —dijo Maisky. Los cierres del maletín se levantaron. Ben levantó despacio la tapa. Recorrió con la mirada los fajos de billetes cuidadosamente dispuestos en su interior. Sacó uno de los fajos, luego otro, y los hojeó con los dedos.
—¿Y bien? —dijo Shikov, rompiendo el silencio.
—Todo correcto —dijo Ben. Asintió a Maisky.
Entonces metió la mano en el hueco que había entre los fajos. Sus dedos acariciaron el frío acero. Su puño se cerró alrededor de una enorme Colt del calibre 45 oculta en el interior del maletín. Estaba amartillada y con el seguro y tendría que confiar en que hubiera una bala en su interior. Apoyó la boca de la pistola contra el interior de la tapa superior del maletín y apretó el gatillo.
El arma se estremeció en su mano y el estruendo del disparo llenó la habitación cual onda expansiva. La pesada bala atravesó el maletín e impactó en el primero de los hombres con fusil de Shikov en el pecho. Para cuando el hombre había salido disparado hacia atrás por el estudio, Ben ya se había acuclillado tras el antiguo aparador y estaba apuntando al segundo fusilero.
Qué maravilloso era el factor sorpresa. Incluso con el Kalashnikov en ristre y listo para apuntar, aquel tipo no dispuso de tiempo suficiente para procesar lo que estaba ocurriendo con la suficiente rapidez como para apretar el gatillo antes de que la segunda bala de Ben le atravesara el cráneo y lo mandara de bruces contra la alfombra. Dos menos. Cuando el caos se apoderó del lugar, los demás hombres sacaron sus pistolas y las balas empezaron a volar por todas partes.
Pero Ben no estaba solo. Yuri Maisky se había sacado del bolsillo del traje una pistola compacta. Apuntó y la pequeña arma detonó. El tipo que había conducido el Humvee cayó abatido.
La Colt retumbó tres veces más en la mano de Ben en una rápida sucesión.
Maisky efectuó dos disparos más.
Entonces, en un segundo, la habitación pasó de un caos ensordecedor a un silencio sepulcral. Los seis hombres de Shikov yacían desperdigados por el suelo. El agujero en el maletín seguía humeante.
Ben miró a Maisky. Hasta el momento en que había abierto el maletín no había sabido si podría contar con la ayuda del ruso. El hombre parecía nervioso, y la adrenalina hacía que el arma le temblara en la mano. Ben pudo ver por la expresión de sus ojos que jamás antes había disparado a un hombre.
Shikov no se había movido de su escritorio. Miró boquiabierto a Ben y luego a Maisky y a continuación a Ben de nuevo.
—Supongo que se estará preguntando qué demonios acaba de ocurrir, Grigori —dijo Ben.