VII

La humanidad se idiotiza progresivamente en virtud de la creciente ignorancia que atrofia las facultades intelectivas del hombre. El problema viene de lejos y, de querer remontarnos a sus fuentes, no habría más remedio que llegar al origen mismo de la palabra filosofía, inventada en mala hora por aquellos nefastos amantes de la sabiduría, que mejor hubieran hecho dejando en paz lo que no es susceptible de ser amado ni odiado en la medida en que, por definición, puesto que no la poseemos, no sabemos qué es; en la medida en que la sabiduría no es algo que se ofrezca a nuestras percepciones como el cuerpo desnudo de una mujer o la representación plástica de una mujer o de cualquier otra cosa, sino, antes bien, como un libro cerrado cuyo contenido desconocemos o como un camino que hay que recorrer, caso de estar interesados en saber a dónde conduce, si es que realmente conduce a alguna parte. Pues ¿y si la sabiduría no fuese a la vez bondad y belleza como parecían dar por supuesto? ¿Y si la sabiduría supusiese, por el contrario, el horror, el conocimiento de todo el horror concebible? ¿Seguirían amándola? ¿O ni siquiera habían previsto semejante contingencia desagradable? Como una mujer que, al abrazarla, comprendiéramos que está momificada y hueca.

Los únicos pensadores que merecen tal nombre son los presocráticos y, en especial, Pitágoras; ellos aún olfateaban los rastros de una sabiduría desaparecida, los restos del naufragio. Sólo esa ignorancia a la que acabo de referirme justifica el que se les conozca bajo la denominación genérica de filósofos de la naturaleza, ya que, por suerte para ellos, ni la naturaleza a la que se refieren tiene nada que ver con lo que por tal entiende no ya el vulgo sino asimismo el científico. Bastó, no obstante, la aparición de ese producto de la imaginación llamado Sócrates, para que el pensamiento de aquéllos pasase a la prehistoria y la imbecilidad sentase sus reales con el nombre de filosofía. Las reglas gramaticales de esta nueva forma de imbecilidad las estableció Aristóteles, pero es principalmente a partir de Descartes cuando empiezan a proliferar y expandirse las escuelas filosóficas, a fragmentarse y ramificarse en tendencias y contratendencias, y a salir como duendecillos filósofos y más filósofos –la responsabilidad alemana en lo que a la participación de sus nibelungos se refiere es incalculable–, no sólo sin el más mínimo rubor sino incluso con orgullo, a cuál con mayor originalidad en sus planteamientos y sistematizaciones. Consideradas en su conjunto, esta suma de teorías constituye una recopilación de curiosidades que en su día pretendieron explicar el mundo, a mitad de camino entre las ansias de notoriedad de todo fabulador y las convicciones maníacas de un perturbado.

La historia de la filosofía es, así pues, la historia de la imbecilidad humana, que culmina en la propia iniciativa de organizar los diversos materiales de que se dispone en una historia, por orden cronológico, articulándolos conforme a ciertas pautas de afinidad, una empresa que no puede dar otros resultados que los que invariablemente da: una especie de antología de ocurrencias y extravagancias que rivalizan en el empeño de lograr una idea sobre el mundo que suene a nueva. El equivalente de uno de esos museos o pinacotecas donde, en el corto tiempo que toma recorrer las diversas salas, al visitante le está permitido contemplar las grandes obras que el genio del hombre ha creado en el curso de los milenios, ficticio el tiempo no menos que el espacio en que se agrupan esas obras huérfanas de todo contexto. Ahí reside, no obstante, una de las principales diferencias que median entre un museo de arte y una historia de la filosofía, entre las obras que en aquél se exhiben y las sandeces que en ésta se coleccionan: las pinturas, aunque desviadas de su propio destino, pueden conservar cierto significado; las sandeces coleccionadas por el autor de uno cualquiera de nuestros manuales, en cambio, no sólo siguen siendo sandeces, sino que tal carácter acostumbra a verse incrementado por acumulación y contraste, por el hecho de hallarse yuxtapuestas las unas a las otras, excluyéndose a la vez que complementándose en su común inanidad, disparates que si alguna vez fueron aceptados por alguien, así expuestos, superponiéndose sus respectivos reflejos como en los cristales de una vitrina, pierden tal posibilidad, potenciada al máximo como resulta su naturaleza insustancial. Pero entre el manual y el museo aún hay otra diferencia si cabe más irrelevante: la que se deriva de relacionar el concepto de sucesión cronológica con el concepto de progreso, con la idea de que el pensamiento se perfecciona con el paso del tiempo de igual modo que los guijarros de un río se afinan y pulen tanto más cuanto más ruedan; como si, jalonadas por determinadas cumbres señoreantes del saber, las ideas del hombre, inicialmente obtusas, toscas o rudimentarias, hubieran ido evolucionando hacia formas de expresión superiores, como bien lo demuestra, sin ir más lejos, el manual que tenemos en las manos, resumen a la vez que remate de esa positiva evolución del conocimiento humano.

Variante o superación de tal despropósito, suele ser una actitud intelectual asimismo muy extendida hoy en día: la consideración de que el desarrollo de la ciencia ha hecho innecesaria, si no inviable, la filosofía; que, en cuanto especulación pura, la filosofía parece más propia de épocas en las que la relación del hombre con el mundo en que vive se basaba más en la conjetura que en la verificación, práctica, antigualla o reliquia de otros tiempos. Como si las ciencias, la física, la química, las matemáticas, la biología, la economía, todas, hubieran seguido asimismo una línea ascendente, como si ese ilusorio movimiento hacia arriba no fuese producto de una continua rectificación de errores antaño tenidos por verdades, pretendidas verdades que, a su vez, venían a reemplazar anteriores aserciones o interpretaciones tenidas en su momento por correctas, y así siguiendo, un montoncito de pequeños cadáveres al que hay que trepar cada vez, siendo esta acción de encaramarse lo que está en el origen de semejante impresión de movimiento ascensional. Más aún: como si ese aparente movimiento ascensional afectase no sólo al aspecto teórico de tal o cual ciencia concreta, sino también, por desgracia, a su verificación práctica, a los efectos de esa verificación en la realidad, y la ciencia, no consistiera sustancialmente en ir poniendo apaños a las catástrofes provocadas por apaños anteriores, las naturales catástrofes que resultan de aplicar a la realidad los principios de la ciencia en sus más diversas manifestaciones. Algo así como tener que correr y correr porque a cada paso que damos hundimos el suelo, porque no seguir corriendo equivaldría a caer en los abismos que dejamos abiertos a nuestra espalda.

Soy un autodidacta; cuanto sé lo he aprendido por mí mismo. No he tenido estudios, y en lo que a los conocimientos adquiridos a través de los libros concierne, nunca he contado con otra guía ni criterio que el de mi propio instinto. Un sistema, a mi modesto entender, que no representaba más que ventajas, desde el rigor y la disciplina que en semejantes circunstancias son consustanciales al ejercicio del intelecto, hasta la salvaguarda que supone frente a toda clase de influencias funestas, lejos de los prejuicios, envidias y mezquindades que prevalecen en el mundillo intelectual, ofuscando el entendimiento de cuantos en este mundillo se desenvuelven. Tampoco he viajado; incluso cuando por algún motivo he tenido que ir a Barcelona, siempre he procurado volver al pueblo antes de la noche. Los viajes largos nunca me han atraído; ni tengo tiempo ni creo que viajar hubiera podido aportarme nada nuevo; la verdad es la verdad aquí y en la Conchinchina. En consecuencia, como es de suponer, no sé idiomas; las obras de los grandes pensadores las conozco exclusivamente a través de traducciones, en ediciones tipo Austral o Bergua. De esta forma, ni el mejor o peor manejo de una lengua puede influir en mi juicio respecto a su riqueza conceptual, siendo como son medidas todas por el mismo rasero. Quiero significar con lo dicho que cuando me refiero a la creciente ignorancia que aqueja a la humanidad, lo hago con conocimiento de causa, desde una sólida posición de dominio.

Conviene aclarar, por otra parte, que cuando hablo de la degradación del saber, de la merma que de continuo retraen los conocimientos del ser humano, no lo hago pensando tan sólo en los pretendidos avances de la ciencia o en las especulaciones filosóficas; esto no constituye más que una pequeña parte del problema, la punta del iceberg. Lo realmente grave del fenómeno es su extensión a todos los estratos de la sociedad, su proliferación desordenada, sus repercusiones en avalancha, como si de una epidemia incontrolable se tratase. No ya los ricos y poderosos, sino también –y esto es lo grave– los más humildes, reducen paulatinamente el alcance de sus conocimientos, reduciéndose consecuentemente su capacidad mental no sólo en el orden intelectivo sino también en el sensitivo, más tontos a cada nueva generación, más torpes y embotados. En lo que al campo se refiere, por poner un ejemplo: ¿qué sabe de menos el campesino de hoy respecto al de hace unos años, qué sabe de más? Llevar un tractor y las marcas de cuatro fertilizantes, herbicidas, etcétera: esto es todo lo que sabe de más. Lo que sabe de menos, en cambio, es casi imposible de resumir y menos aún de evaluar: desde los nombres de las plantas que hay en el monte, al igual que sus usos, hasta la influencia de las fases de la luna en las faenas agrícolas, pasando por el conocimiento de las peculiaridades concretas de cada trazo concreto de terreno y la previsión de las variaciones meteorológicas. El agricultor joven cree saber de números, de rendimiento por hectárea, de producción en toneladas, y se equivoca hasta en esto, porque lo que no sabe calcular es la amortización de los instrumentos y materiales que utiliza, con lo que gana mucho menos de lo que cree y acaba pagando mucho más de lo que temía tener que pagar. ¿Qué queda de sus conocimientos si los comparamos con los que tenía su abuelo o el abuelo de su abuelo?: fragmentos irrecomponibles, jirones sueltos, a partir de los cuales, a semejanza de lo que sucede con una prenda de ropa, resulta imposible, no ya rehacer nada, sino incluso adivinar su hechura, diluida por entero como se halla su antigua capacidad de discernimiento. Y semejante efecto del mal, aunque reflejo, aunque subsidiario, es más funesto a la larga, en sus repercusiones, que los estrepitosos fracasos de la ciencia, normalmente rectificables, saldables mediante un nuevo error –no siempre trágico– que de momento lo compensa o contrapesa, sin otro problema que el del amor propio pasajeramente herido de su inventor.

Otro factor enormemente regresivo, por más que se intente revestirlo de todo lo contrario, es el que se deriva de todos esos planes de divulgación cultural y científica en los que, al margen de diferencias ideológicas, la práctica totalidad de los dirigentes de los países más avanzados –y, sobre sus huellas, una recua de pequeños tiranuelos dispuestos a erradicar cuanto de valioso subsista en sus respectivos pueblos, teóricamente primitivos– parecen empeñados en ver la panacea de cuantos males afectan a la humanidad: enseñar al pueblo, darle cultura, ésta es la gran solución ideada por los más esclarecidos cerebros de nuestro tiempo; que todo el mundo sea culto, educado, civilizado, con opinión propia, esto es, más libre, más creador y, en definitiva, más feliz. Es decir: que mientras por una parte se expone a la gente la necesidad de especializarse en algo, en algún campo concreto del conocimiento, debido a que la misma complejidad de la vida moderna hace inviable una formación global de la persona, se insiste, por otra, en la necesidad de que cada una de esas personas tenga una buena cultura general y una información en consonancia con el mundo de hoy. El carácter forzosamente regresivo de tal planteamiento me parece obvio: no se trata sólo de la merma que el presunto saber sufre según se extiende de una mente a otra; se trata de que semejante intento es susceptible de convertir en un torpe galimatías incluso lo que en su concepción original acaso no lo era, situándolo así en un mismo plano, a un mismo nivel, respecto a lo que ya en su origen era un verdadero galimatías.

Tantas cuantas veces, en el curso de alguna reunión familiar, me he referido al legado que pienso hacer a la humanidad, los presentes han imaginado de inmediato que les estaba haciendo víctimas de una de mis famosas bromas. Mi descendencia es tanta que ni sé ni me interesa saber cuántos y quiénes la forman; pero, aun así, mi patrimonio es lo suficientemente grande como para que haya para todos, y ellos lo saben. Por eso ni a uno solo de mis herederos le preocupa seriamente la posibilidad de tener que repartir su porción alícuota con el resto de la humanidad, aunque sólo sea por un problema de orden práctico, de procedimiento; a lo sumo, un escalofrío pasajero al pensar en organizaciones internacionales de carácter humanitario tipo Cruz Roja. Tampoco entienden lo que digo cuando afirmo que el valor de ese legado es eterno, sabiendo como saben por propia experiencia lo fácil que se dilapida una fortuna por importante que sea; en este sentido, lo de eterno más bien les tranquiliza en la medida en que parece respaldar la tesis de la gran broma. Y es que ellos piensan en términos de dinero, en propiedades, en bienes materiales, y yo hablo de otra cosa: del valor de las verdades aquí recogidas, fruto de la experiencia de toda una vida. Pensamientos como los de un Dante, un Milton, un Goethe, verdades que siempre serán verdades, cosas para las que el tiempo no pasa. ¿De qué mejor patrimonio dispone la humanidad? El único valor que de algún modo contrapesa la creciente proliferación de inventos, especulaciones filosóficas y teorías falsamente científicas, un lastre que con su peso amenaza el precario equilibrio que mantiene en órbita al globo terráqueo.

No es sólo mi descendencia. Es el ser humano en general, cada día más negado a entender el sentido profundo de las cosas. En relación a mi fortuna, por ejemplo: la de cábalas que se hacen, la de murmuraciones que se llegan a rumiar y rumiar en la intimidad de los hogares, al calor del fuego, dando vueltas y más vueltas en la oscuridad atufante del lecho. Y todo por una frase mía de hace años: el que tiene oro, dije entonces, no pierde el tiempo preocupándose por las fluctuaciones en el precio de las cosechas. Resultado: el secreto de mi fortuna, la piedra angular de mi patrimonio, así como el agente impulsor del proceso acumulativo desarrollado a partir de ese punto de origen, quedaban satisfactoriamente explicados mediante una sola palabra: oro; yo había encontrado un tesoro, y esto lo aclaraba todo. Sus mecanismos cerebrales, obturados en grado no menor que los oídos, les hicieron entender lo que nunca podían haber escuchado: el hallazgo de un tesoro, de un oro que se hallaba, no dentro de mí, al término del viaje emprendido por mi mente, sino bajo tierra, oculto en algún escondite que yo había acertado a descubrir. La Pascualina fue la única persona que ya entonces supo captar el verdadero significado de mis palabras. De ahí que haya terminado por convertirse en mediadora única entre la gente del pueblo y yo.

Nada hay más previsible que la reacción del ser humano ante las diversas contingencias de la vida. Cuando alguien pide a la Pascualina una entrevista conmigo, por ejemplo, lo hace convencido de que la solución de su caso está en mis manos, de que yo resolveré su problema o le curaré del mal que le aqueja mediante una infusión de hierbas; por eso viene. Es decir: cree en mí en la medida en que desconoce la naturaleza del remedio, en la medida en que no entiende, en la medida en que para él es magia. En cambio, si lo que hago es darles un consejo acerca de algo que no conocen pero creen conocer, una enseñanza que no encierra mayor secreto que cualquiera de mis infusiones, pero que choca con lo que ellos creen saber al respecto, ya no les parece magia sino manías de viejo, producto de la resistencia que las personas de edad suelen manifestar respecto a cuanto suponga una innovación. Mis consejos relativos a la salud, por ejemplo, a cómo mantenerse en perfecta forma física y síquica, mis normas para lograr una nutrición equilibrada del organismo. Así, que se olviden de la nevera y eviten en lo posible el consumo de congelados, precocidos, etcétera. Para conservar alimentos sólo hay tres vehículos idóneos: aceite, alcoholes vínicos y sal. Entre los aceites, el de oliva es el único aconsejable, por más teorías en contra que se inventen. Rechazar toda clase de carne y demás productos derivados de animales criados con ese veneno que son los piensos compuestos. Lo mismo podría decirse de verduras y frutas tratadas con pesticidas y herbicidas, sustancias que, además de acabar con multitud de insectos y parásitos útiles, terminan por esterilizar la tierra, obligando a un uso cada vez mayor de fertilizantes que, por su parte, no hacen sino acelerar el proceso de conversión de la tierra en materia muerta. Los alimentos deben ser considerados desde un punto de vista no sólo nutritivo sino también profiláctico: con una dieta rica en aceite de oliva, miel, jugo de limón y leche, pueden ser evitadas las enfermedades más comunes –acidez, estreñimiento, resfriados, etcétera– y conjuradas algunas de las más graves. Sustituir, al menos una vez al día, las proteínas de origen animal por legumbres; nada menos recomendable que el consumo simultáneo de ambas, la famosa butifarra con judías que tanto gusta a la gente de por aquí. Beber –el agua tomada directamente del manantial es la mejor de las bebidas– exclusivamente entre horas; durante las comidas, un vaso –dos a lo sumo– de vino, blanco si se padece del estómago, blanco y no tinto, contra lo que suele creerse. En cuanto al ejercicio, nada más estimulante que un paseo por mis propiedades bien de mañana, en ayunas.

La mayor parte de conocimientos que posee el ser humano no tiene otra base que el hecho de que le fueron enseñados como ciertos, y en tal concepto son tenidos hasta que es comprobada su falsedad, igual que lo de los Reyes Magos para los niños. Por esta razón, en la vida práctica, los hombres adoptan una prudente actitud de escepticismo, de la que ni tan siquiera suelen ser conscientes. Hasta que se sienten seguros de algo, hasta que mi juicio adverso tropieza con lo que para ellos constituye una evidencia: entonces interpretan mi criterio como una muestra de senilidad, y esto les remonta la moral. No hay más que verles cuando les hablo de según y qué cosas, para ellos incomprensibles, riéndose por dentro mientras hacen como que me siguen la corriente; percibo su reacción como si escuchara los pequeños latidos de sus pensamientos, como si lo leyera en el humo que escapa de sus hogares mientras se carcajean en familia a la hora de la cena.

Luego, que el Moro se complazca en el pesimismo de mi visión del mundo en contraposición a su fe en el futuro. ¿Qué optimismo puede experimentar el arquitecto que presencia la demolición de la obra que ha diseñado, a manos de los propios hombres empleados en su construcción? ¿Y cuál puede ser la fe en el futuro de un pobre diablo como él que hasta el mal hace mal, una fe tan sólo justificable a partir de la imposibilidad de empeorar su desdichada condición presente?

Se me objetará que los grandes pensadores siempre se han lamentado de la miseria espiritual propia del tiempo que les ha tocado vivir, con la bajeza de miras que caracteriza el comportamiento individual y colectivo de sus respectivos pueblos. Una objeción que sería válida si nos limitásemos a considerar la distancia que en tal o cual época separa o enfrenta cabeza espiritual y cuerpo social; pero que deja de ser válida si comparamos además una y otra época en su conjunto, si contrastamos el valor global de una con el de la otra. Así, es a todas luces evidente que Platón y sus personajes, como, antes que Platón, Moisés y los suyos, ambos en conflictiva relación con la plebe, se hallan insertos en una fase ascensional en el cuarto creciente de uno de esos ciclos –más próximos a lo que antes se entendía por edad que a lo que ahora se entiende por era– que la humanidad recorre a través de los milenios; y ahora estamos en el menguante, cuando no en plena luna nueva.

El alto concepto en que tengo tanto a Moisés como a Platón atañe, no obstante, más que a su relevancia como pensadores, a su relevancia como novelistas. El pensador, a semejanza de ese gran afluente que se integra en un río, tiende al anonimato que resulta de enriquecer con el caudal que aporta la corriente de pensamiento a la que pertenece en su permanente aproximación a lo indecible. Mientras que el novelista, por el contrario, tiende a destacar por todos los medios a su alcance del ámbito circundante a fin de realzar al máximo su individualidad. En este sentido, Moisés y Platón no son sólo dos grandes novelistas; Moisés y Platón son el modelo mismo de lo que todo novelista, sea o no consciente de ello, aspira a realizar. Convertir su principal personaje en único dios, extrapolarlo hasta el extremo de que sea el lector quien esté en sus manos y no al revés; hacer de aquel irascible anciano del Sinaí no ya el verdadero creador del libro sino también del mundo; abdicar no sólo de su inicial condición de autor, sino incluso, reducido su papel al de un mero personaje, terminar por inmolarse en las propias páginas del libro, el relato de su muerte simple accidente dentro de un relato mucho más vasto. Pero ¿y Platón, ese insigne narrador que desde las páginas de una obra de ficción, no contento con inventarse un Sócrates, proscribe toda obra de ficción dentro de los confines de su república, erigiéndose así en privilegiado fabulador único, a la vez dentro y por encima del espacio de la ficción, al frente de la nueva realidad por él propuesta? ¿Se ha detenido alguien a levantar el plano del Banquete como si de una construcción arquitectónica se tratase, a estudiar la estructura narrativa de esa reunión de amigos que conversan acerca del amor igual que podrían comentar un chisme cualquiera, uno de esos escándalos que de pronto se convierten en la comidilla de todo el pueblo?

Novelas que nada tienen de imitación de la realidad, de mímesis, ni tampoco de insustancial rechazo de toda realidad, como tan vanamente se pretende a veces; no, nada de eso: novelas que son una metáfora de la realidad, esto es, que proceden por analogía, única vía de aproximación al objetivo propuesto, un objetivo que, como en el caso del pensador, tiene más de recorrido que de meta, o mejor, un objetivo cuya meta es justamente el recorrido, impulso creador que, al tiempo que reflejarse a sí mismo en las obras que genera, sea reflejo analógico del proceso creador por excelencia. Impulso que es a la vez condena en la medida en que todo creador se halla inexorablemente constreñido a crear, a convertir en reino el ámbito cerrado que constituye su prisión. De ahí la atracción por la cautividad que tanto Moisés como Platón manifestaron incluso en su vida real, reclusión que no hay que entender sino como metáfora exterior y visible de la cárcel interior que constituía su residencia, ese oscuro paisaje que servía de escenario a su actividad creadora, libres en él como en la noche un pájaro nocturno. El fuego negro que llevó a Moisés a dejar los palacios egipcios para asumir la esclavitud a la que se hallaban reducidas las doce tribus de Israel; que incitó a Platón a venderse como esclavo y, desde el más bajo estrato de su república, emprender la reorganización de la vida del hombre sobre la tierra; que impulsó a Esopo, similarmente, a posar para el artista cargado con un pesado libro, a fin de mostrarnos en qué consiste el mágico talismán que permite sobrevolar la condición de esclavo.

¿La raíz de ese impulso creador o, si se prefiere, su designio final? Desentrañar el sentido último de esa experiencia que al niño se le ofrece en forma de banquete, asistido por la dócil puntualidad de los pechos maternos, un banquete cuyos ecos el adolescente se dispone a encontrar en la vida, que el adulto no desespera de encontrar y que el viejo quisiera haber encontrado.

¿Cuál es el peor enemigo del pensamiento de un maestro? ¿Quiénes son los responsables de que se degrade y degenere? Sus discípulos, sus seguidores, sus intérpretes y protagonistas, sus imitadores, sus epígonos. Como sucede en las dinastías con los herederos, con la descendencia. Y en los imperios. Y, en las familias, con lo que fue su patrimonio. Como los chupones de los árboles, esos vástagos desordenados que roban grandeza al viejo tronco. Estos son los verdugos.

¿Qué hay de mi descendencia? Su número es considerable. Pero nadie lleva mi nombre, que se pierde conmigo. Ninguno de mis hijos supo darme a su vez hijos varones, y así hoy me encuentro rodeado de nietos y biznietos cuyos nombres ni siquiera conozco porque no tengo tiempo ni ganas de aprendérmelos. Así es mejor. Pues, a semejanza de lo que pasa con los retratos de los diversos reyes de determinada dinastía, en los que a simple vista se detecta el comienzo de la decadencia, también la mera presencia física de toda esa gente que ronda por ahí es suficiente para hacer comprender la suerte que representa el que, en su regresión –se diría que hacia el hermafroditismo original–, su nombre sea diferente al mío. ¿Qué fruto puede esperarse de la cópula de un nieto o biznieto como ese Roca, o tal vez Riera, o comoquiera que se llame, con una mujer como la que tiene? Basta verla en el lecho, durmiendo obscenamente, caldeada por la virtud de su propia tripa llena, de los gases y líquidos retenidos, del laxo volumen del peso sobrante. Y la indecencia no menor de sus despertares, el problema planteado, pongamos por caso, cada vez que se empeñan en llevarla de excursión; la sensación de acoso que entonces la posee aunque no le den prisas, cuando se da cuenta de que la están esperando, de que así, sabiendo que están pendientes de ella, no podrá ir al retrete, nerviosa como se siente después de una noche tan agitada en esta maldita fonda donde todo el mundo parece confabulado, los huéspedes que se levantan temprano, viajantes y comisionistas en su mayor parte, las cañerías y desagües, los portazos, y luego, las camareras que hacen la limpieza, sus malintencionados canturreos, su risa pueblerina, y así horas y horas, caso de que, por suerte, nadie haya tenido la ocurrencia de organizar una excursión o cualquier otra murga matutina, de modo que, cuando baja al comedor, las mesas ya están preparadas para el almuerzo y ella tiene que embarullarse una vez más con penosas explicaciones para justificar el desayuno que pide al chico aquel que parece como medio lelo.

Imaginan que voy a morir y esto les ha convocado a mi alrededor. Una muerte que, como si de una misa se tratase, se les ofrece a modo de tedioso pero inexcusable ritual previo a lo que para ellos constituye el verdadero motivo de su presencia aquí: mi herencia, su reparto. No estos textos en los que se recoge mi pensamiento, una verdadera autobiografía de carácter conceptual traducida en términos de pensamiento puro, la obra de la que hago legado a la humanidad. No, nada de eso: mi patrimonio, algo demasiado importante para que no se tenga que hablar de ello bajando la voz. Lo más curioso es que, por otra parte y al mismo tiempo, se temen que mi fortuna sea menor de lo que yo creo. ¡Los cálculos calenturientos a los que da lugar una noche de ávido insomnio! ¿Qué saben ellos acerca de lo que yo puedo creer o dejar de creer? Piensan que el trazado definitivo de la autopista, al no cruzar mis propiedades, representa un gran revés, una gran pérdida económica; que yo no estoy al tanto de la aprobación de ese trazado que por algún motivo consideran contrario a mis intereses, a mis proyectos, y ni siquiera se atreven a darme lo que, a su corto entender, es para mí una mala noticia. ¿Qué saben ellos de mis proyectos, de mis intenciones? ¿Qué ventaja o beneficio encuentran en el paso de una autopista que no representa sino una servidumbre que hipoteca el destino de las tierras colindantes? ¿Qué clase de idea o de ausencia de ideas ha podido llevarles a atribuirme semejante desatino?

¿Qué saben, no ya de mí, sino de la muerte? Supondrían que bromeo si les dijera que sólo se muere el que ya está muerto. Que la muerte, como el cáncer, es una reacción alérgica, la respuesta del yo a un estímulo exterior negativo, algo que, pese a responder a tal estímulo, es en el yo donde tiene su raíz. Y, no obstante, como esa cara que nos suena y no sabemos de qué, hasta que, días más tarde, la identificamos con la de uno de los secuestradores que nos están conduciendo a punta de pistola, dentro de un coche, a un lugar desconocido –la cara del que nos pone la venda negra–, así la muerte cuando se presenta, para sorpresa de los mortales.

No me quejo de la soledad. Tampoco la celebro. ¿Por qué habría de celebrar lo que no puede ser de otra forma, siendo como es resultado de la distancia insalvable que me separa de mis descendientes?

Hay, eso sí, un problema de confianza. La suerte de mi legado me preocupa. Grabo mis palabras en cintas, pero alguien tiene que encargarse de trasladar al papel el contenido de esas cintas, de transformarlas en texto escrito. Y excluyendo por razones obvias a la Pascualina, Carlos me ha parecido la persona más idónea, Carlos no sé qué, el único entre cuantos familiares me rodean que merece mi confianza. Ni siquiera es un descendiente propiamente dicho; está casado con una nieta o biznieta llamada Aurora o algo así. Pero el hecho de que no sea de mi sangre, sumado a otras características que veo en él, para mí imprescindibles, constituye un dato que, lejos de representar un obstáculo, ha pesado decisivamente a la hora de hacer recaer en él mi designación.

El pensamiento aquí expuesto, aunque en ocasiones roce lo autobiográfico, nada tiene en común con los libros de confesiones al uso, obras cuyo propósito se ve implícitamente traicionado por la propia palabra confesión, la trampa de un viejo zorro que, en sus rememoranzas desde la perspectiva global de los años vividos, remoza y rehace a placer; confesiones que, sea proclamadas abiertamente como tales, sea solapadamente camufladas bajo la etiqueta de cualquier otro género –novela, memorias, anotaciones, intercambio epistolar–, enturbian y embrollan, antes que aclaran, todo un panorama de pequeñas travesuras y pequeños latrocinios –espárragos, manzanas y cosas así– que reseña casi escandalizándose de sus propias diabluras y pretendidas maldades, culpable y cándido intento de ocultar su íntima realidad perversa, de modo similar a como la proyección cósmica de todo ello, la imagen del mundo elaborada a partir de semejante esquema, no hace sino cubrir con una corteza de naturaleza idílica la esencial naturaleza devoradora del universo. Los textos que recogen mi pensamiento, por el contrario, cuando dentro de milenios sean hallados junto a un mar muerto, están destinados a revelarse como el eslabón perdido del pensamiento que para entonces prevalezca, relegadas por completo al olvido las creencias hoy imperantes. Y Carlos habrá sido mi depositario.

No se me oculta el recelo que todo esto ha de suscitar en el resto de mi descendencia: el contraste entre el enérgico tecleo que, al dictado de mi voz, les llegará desde la habitación de Carlos, y el grosero parloteo que ellos mantienen ante la chimenea, atipados por la copiosa cena, potaje de habichuelas y cosas así, platos de esos que hinchan las tripas, uno de esos manjares a los que suelen ser tan aficionados los invertidos, conforme, sin duda, a un elemental mecanismo traslatorio que remite el efecto de una experiencia a otra clase de experiencia de similares efectos. Y eso, después de haberse pasado la tarde en el salón de la Rectoría, como a la espera de que la Pascualina bajase la guardia, la por todos odiada en la medida en que insobornable Pascualina, siempre anteponiendo mi tranquilidad a cualquier otra consideración. Contagiados todos en sus apetencias por la señora Riera, entregados al cultivo de determinados placeres fisiológicos cuya gestación y descarga suele sustituir tarde o temprano a los desahogos propiamente físicos, son capaces de pasarse la tarde entera torrando castañas en la chimenea para matar el tiempo, hasta la hora de la cena, y así, caldeados, indigestados, adormecidos, hacer más opaco el sueño y más emocionante la pugna por liberar el cuerpo a la mañana siguiente.

Hoy, 18 de diciembre, el día me ha parecido propicio para dar comienzo a las grabaciones; por la noche, cada noche, Carlos irá pasando a máquina lo que yo haya grabado durante el día. Esta mañana, la casa estaba agradablemente tranquila; mi descendencia en peso, niños incluidos, la ha desalojado voluntariamente con el pretexto de una excursión, de llevar a la Font de les Delícies a un épicier amigo de alguien que se ha dejado caer por aquí, de hacerle probar el agua burbujeante. El alborozo de los excursionistas era grande, de antemano estimulados por los habituales preparativos de una excursión, los tenedores de aluminio, los vivos colores de los platos de baquelita, los termos y fiambreras, las cestas de mimbre. Como si estuviéramos en junio y no en diciembre; como si el espectral entramado de los álamos desnudos, pálido, desdibujado en el aire neblinoso, fuera fronda resplandeciente, ora verde, ora puro destello, a merced de la brisa; como si hubiera fresas y violetas silvestres y flabelados helechos, y no hierba yerta, quemada por el frío; como si el agua brotara diamantina y violenta y no entre carámbanos, descolgándose sobre las piedras ennegrecidas por el musgo helado. Quelle belle journée!