IV
Uno de esos momentos que inevitablemente generan el recuerdo de momentos similares ya vividos, el contraste entre la marcha cada vez más lenta del tren que entraba a su derecha y el tren que arrancaba a su izquierda, una sensación de desconcierto, casi de mareo, de vértigo, como si se le fuera la cabeza, el reflejo de sí misma agitando la mano entrecortado por el paso cada vez más rápido de los vagones.
Una mujer diciendo adiós a su hombre, quedándose de golpe como todavía más sola junto al vacío de la vía desocupada, volviendo sobre sus pasos a todo lo largo del andén. Una mujer –atrás ya el contorno inhóspito de la estación de Austerlitz– caminando por las aceras semidesiertas, pisando absorta la hojarasca mojada, su figura como disminuyendo a medida que se distanciaba, el pelo suelto y revuelto, las manos en los bolsillos de la gabardina. Una mujer entrando en el café de siempre, sentándose en la mesa de siempre, pidiendo lo de siempre al camarero de siempre, lo que Luis y ella tomaban siempre a estas horas, antes de que l’Alouette comenzase a llenarse de caras conocidas. Sólo que Luis ya no estaba y ella movía distraídamente el vaso con un crisantemo amarillo que adornaba la mesa, sola frente a una silla vacía. Algo que, aunque no perteneciese a ninguna película concreta, era como para hacer creer a cualquiera que lo había visto en alguna.
La estación súbitamente inanimada y silenciosa no bien el tren hubo partido. Las aceras resbaladizas que, como en un sueño, se alargaban y alargaban según ella iba avanzando, el pelo suelto, las manos en los bolsillos de la gabardina, el olor a llovizna como un aliento que empaña los cristales, y como la mirada de un loco el brillo gris del pavimento. La mirada y la respiración de alguien que la seguía desde siempre, como si desde siempre ella no hubiera hecho otra cosa que dirigirse al encuentro de una silla vacía, o como si cuanto pudiese haber hecho aparte de encaminarse hacia una silla vacía fuera del todo irrelevante.
La dificultad de formular esa sensación. La complacencia que se experimenta una vez captada, una vez definida. Sentarse sola ante un crisantemo amarillo, pasear sola por el Luxemburgo, por los muelles del Sena, como se puede pasear a lo largo de las aceras, pisando la hojarasca empapada, mientras sus compañeros de Bellas Artes se agrupan en torno a otras mesas, mientras bromean entre sí, mientras quedan para más tarde, mientras a todo lo largo de las aceras hay parejas besándose y abrazándose, cuando hasta la llovizna hostil y la animación callejera parecen haberse conjurado para contrastar más aún su soledad, para mejor poner entre paréntesis cuanto en su vida no ha sido una despedida en la estación, ni caminar por las aceras solitarias, ni sentarse ante un crisantemo amarillo, ante una silla vacía. Y, una vez allí, libre aún de la clientela habitual de l’Alouette, introducir una moneda en el automático y, lo mismo que si él ocupara la silla vacía, escuchar el disco y empezar enseguida la carta, ahora que él todavía estaba cerca de París y que ella estaba escuchando Noches de Moscú, la música de siempre, el disco de él y ella en París.
Los problemas de una mujer hecha para un solo hombre, fuera del cual todo es rutina mejor o peor cumplida. Problemas incomprensibles, cuando no ridículos, para quien no sepa lo que es querer a un solo hombre. Problemas que se complican todavía más cuando resulta que el hombre es un militante revolucionario y que su regreso a España implica el riesgo que corre todo aquel que, paralelamente a su normal vida de estudiante, de hijo de la burguesía, desarrolla una actividad clandestina en contra de la supervivencia, justamente, de la clase a la que pertenece. Y cuando la mujer que ama a este hombre se queda en París, a salvo, sí, pero sola y plenamente consciente de la situación en que ambos se encuentran, tiempos difíciles para el amor, tiempos de guerra. Una guerra a muerte entre un puñado de militantes comunistas y la dictadura de Franco, contra cuyo aparato represivo ellos podían oponer, como única arma, el apoyo de las masas populares. Motivaciones morales y planteamientos ideológicos, teoría y praxis, elementos en juego que tal vez ella no supiera expresar correctamente, conceptos que tal vez no manejara con la precisión con que Luis o Jaime o Alejandro los utilizaban en sus discusiones, pero que entendía y compartía en todos sus extremos, persuadida como estaba de la trascendencia de la lucha entablada.
En tales circunstancias, igual que la heroína de un film soviético, la mujer debiera subordinar sus sentimientos personales a los principios ideológicos, a la concepción del mundo por la que luchaba su hombre, anteponer la tarea de transformar el mundo a su tan legítima como egoísta necesidad de amor. Quizá debiera hacerlo, tanto más cuanto que Lucía aceptaba sin reservas la ideología de Luis. Pero el hecho es que no podía. El hecho es que Lucía era, ante todo, una mujer enamorada. Algo que suena también a ridículo, que casi da como vergüenza decirlo.
I feel as though I were surrounded by wolves, do you see?, dijo haciendo girar sobre su base el vaso con el crisantemo amarillo. Una sensación similar a la que había experimentado al llegar a París, a comienzos de curso. Con la diferencia de que entonces sabía que Luis iba a reunirse con ella entre finales de octubre y primeros de noviembre, hacia Todos los Santos, y ahora, en cambio, no había un nuevo encuentro en perspectiva.
Una semana, apenas ocho días, pasados junto a Luis como pasa la sombra de una nube aislada, poco menos que sin que nos demos cuenta. Luis tenía sus citas, sus reuniones con gente del partido. Pero el resto del tiempo, en el recuerdo de Lucía, se amalgamaba formando un todo caótico, una larga jornada en la que, a modo de variaciones en rotación, se sucedían y alternaban salidas con amigos, películas que vieron juntos, paseos que dieron un poco a la deriva, entre noches de amor y mañanas de amor o viceversa, aprovechando que Charlotte, sin que hubiera sido preciso pedírselo, les había dejado el campo libre. También ella tenía derecho, les dijo, a pasarse unos días con un amigo.
Nobody understands these things but you, dijo Lucía. ¿Quién, si no, aparte de Charlotte? ¿Podía entenderla Jaime, para quien ir y venir de España era algo tan normal como para Luis, necesidades de la lucha que había que aceptar sin más? ¿Un Jaime que parecía dar por descontado que, tras la partida de Luis, ella era lo bastante sensata para reincorporarse como si tal cosa a la vida estudiantil, reintegrarse al grupo de amigos y presuntos amigos, dejarse atrapar de nuevo por las nimiedades de aquel mundillo, sus bromas, sus chismes, sus líos, siempre como a tiro de cualquiera de aquellos buscadores de plan y coleccionistas de aventuras que luego se dedicaban a exhibirlas como un cazador exhibe sus trofeos?
Porque probar de hablar en serio con Alejandro carecía de sentido, salvo que lo que se pretendiera fuese, precisamente, ganarse uno de sus sarcasmos. En cuanto a Gina, con sus fervores místico-proletarios o místicocampesinos a lo Danilo Dolci, y a Jacques, que, por muy marxista que se dijera, no tenía la menor idea de lo que significaba serlo –y actuar en consecuencia– en un país como España, ni valía la pena intentarlo.
Sólo Charlotte, con su don de aceptar la normalidad de lo más insólito, podía entenderla. Sólo ella, por distinta que fuera de Lucía en su modo de ser, en sus hábitos, cambiando de amante como se cambia de calcetines, o quizá justamente en razón de tal desemejanza, estaba capacitada para comprender que, por raro que pareciese, había también mujeres de un solo hombre.
Se había dejado caer por l’Alouette para preguntarle si pensaba quedarse en la habitación aquella tarde, forma delicada de pedírsela; aunque, tratándose de Charlotte, entraba asimismo en lo posible una motivación no menos simple en su planteamiento, pero más compleja en su desarrollo. Pensar, por ejemplo, que Lucía, tras despedir a Luis, se dirigiría adonde siempre; encontrarse con ella como por casualidad a fin de darle conversación, de distraerla un poco; pedirle la habitación que compartían para evitar, precisamente, que Lucía se encerrara en sí misma, en el escenario de sus enloquecidos amores, para obligarla a salir, a recuperar un ritmo de vida normal.
Mientras tomaban un último café con leche, Lucía le tradujo la carta de Javier. No se había atrevido a enseñársela a Luis, explicó, no porque Javier le anunciara su llegada, sino porque a Luis podía haberle molestado que siguiese dejándose perseguir por un hombre como Javier, tan rico cuanto falto de interés, tan simpático como intrascendente. El típico tío para llevárselas a cenar al Maxim’s y luego seguir por ahí, recorriendo los sitios más caros. Lo único malo era que Luis no lo soportaba.
Tres cartas sin respuesta desde la partida de Luis constituían un motivo de preocupación más que suficiente. Y la inquietud de Lucía se incrementaba cada vez que recogía una carta de su madre, de su hermano, de quien fuera, pero no de Luis. El beso que se dieron al arrancar el tren, la forma en que él agitó la mano y se retiró de la ventanilla, como para abreviar, para quitar dramatismo a todo aquello; y su regreso a pie desde la estación, oprimida por una atmósfera de llovizna en suspensión que era todo un augurio. Aprensiones que tal vez merecían mejor el nombre de intuiciones, una facultad casi aterradora para quien, como Lucía, estaba habituada a verlas cumplirse en la realidad.
Por la noche, cuando llegaba Charlotte, Lucía le hablaba de sus temores, de sus pesadillas, de las horribles imágenes que, incluso despierta, parecían desarrollarse al otro lado de sus párpados, detenciones, interrogatorios, violencias, detalles alucinantes. Cosas difíciles de entender desde Francia, donde todo parecía tan claro y tan fácil. Porque, en España, la realidad era muy diferente, porque Spain is different, como bien rezaba la propaganda turística. Alejandro, por ejemplo, exiliado simplemente por pensar y actuar como tantos estudiantes franceses actúan y piensan. Y suerte que tuvo de escapar a tiempo, pues la alternativa bien hubiera podido consistir en cosas como tortura, años de cárcel, la vida. Ni siquiera allí, en París, podían los españoles sentirse a salvo. Los agentes del servicio de información franquista estaban en todas partes.
Jaime intentó tranquilizarla. Dijo que si a Luis le hubiera pasado algo, a estas horas lo sabrían de sobras: pas de nouvelles, bonnes nouvelles. Si no ha escrito es porque no ha podido, si no ha podido es porque no ha tenido tiempo y si no ha tenido tiempo es porque tenía otras cosas que hacer.
Creyera o no lo que decía, su actitud era la de un verdadero amigo. En cambio, el cabrón de Alejandro le dijo, sí, debe de estar ocupado. ¿Cómo se llama aquella camarada de Económicas que está tan buena y que milita tanto y que, además, es aristócrata? ¿Irene? Irene, sí. Yo la llamaba Guillermo, su nombre de guerra. Se lo puse yo cuando entró en el partido. Pues será eso: Guillermo.
Alejandro tenía la virtud de irritar a Lucía hasta la exasperación. A veces le parecía, no sé, como medio marica y todo. No matter, dijo Charlotte. I like men who are a bit homosexual.
Lucía la empujó con los pies como si quisiera expulsarla de la cama, una cama que, ya de sí cedida en cada uno de sus lados, tendía a expulsarlas. Charlotte, asida al borde, la cara hundida en la almohada, lejos de oponer resistencia, simulaba chillar aterrorizada. Pero lo cierto es que había conseguido disipar las ideas negras de Lucía, ponerla de buen humor. Y encima estaba en lo cierto: fuera cual fuese el motivo de los retrasos, de la irregularidad de su correspondencia con Luis, ningún simple temor justificaba alteración alguna en su normal ritmo de vida. Tenía que volver a salir, lo necesitaba, aunque pocas cosas le apetecieran menos que volver a entrar en esa especie de jungla de chicos a la caza de chicas, o viceversa. Se impuso la obligación de hacerlo, de acompañar por ahí a Charlotte, aun a costa de regresar sola a casa cuando Charlotte, como un perrito sin dueño, se iba con el primero que se lo proponía. Era poco menos que inaguantable, como para darle de bofetadas, verla comportarse así, ella, la hija de un banquero ginebrino que estaba medio loco, o que había vuelto loca a la mujer, es decir, a la madre de Charlotte, y la tenía internada o incapacitada o lo que fuera; o al revés, que el incapacitado y todo eso era él, el padre. Daba lo mismo: lo trágico era que ella, Charlotte, la hija de la loca o del loco, se tuviera tan en poco. Seguro que los chicos del laboratorio fotográfico donde ella iba a revelar sus cosas la dejaban ir sólo para eso, para pasársela del uno al otro a la luz de la bombilla roja.
También empezó a verse más a menudo con Marina. Lo único malo era que, a diferencia de Charlotte, Marina hablaba demasiado de sí misma. Y no es que sus experiencias careciesen de interés, ni mucho menos. Pero el problema no residía tanto en las cosas que contaba –su infancia entre rusos blancos arruinados, su azarosa carrera en el mundo del ballet clásico, su vida junto a Sergio Vidal– cuanto en el monótono acento francés del español que se empeñaba en hablar, una entonación que daba como sueño.
Generalmente se dejaba caer por l’Alouette a las mismas horas en que iba la gente del grupo. Para desintoxicarse de la Haute, decía. Huyendo de algún compromiso social o de la visita de los marqueses de No Sé Cuántos o de algún millonario tejano con ansias de verse inmortalizado en un cuadro. A Lucía, la presencia física de Marina le había llamado la atención incluso antes de que fueran presentadas por Jaime. El peso específico de esa presencia, la especial cualidad que sobre la belleza exterior, sobre sus atractivos rasgos exóticos, imprime una personalidad madura; su misma elegancia, cuestión de buen gusto natural más que de precio, en fuerte contraste con los asiduos de l’Alouette, un público de estudiantes de Bellas Artes habituados a cultivar un aspecto entre bohemio y proletario. No obstante, más inconcebible todavía que la presencia física de Marina en aquel contexto pequeñoburgués con ínfulas revolucionarias, resultaba, sin duda, el relato de las experiencias por ella vividas, empezando por sus escasos recuerdos de la primera infancia. El palacio de verano en Samarcanda, la imagen de su padre subiendo a caballo las escalinatas de mármol, los servidores chinos, la vez que presenció cómo un hombre era decapitado públicamente, cosas insólitas en exceso para la clientela de l’Alouette.
No hay avestruces en el horizonte, decía Marina para significar que la tarde se presentaba despejada. Y entonces, cuando el campo estaba libre de avestruces, bien telefoneando directamente a Lucía, bien a través de Jaime, la invitaba a tomar el té en su casa, en Montmartre, a dos pasos del Moulin Rouge. La casa era de dos plantas, sencillo el exterior y muy amanerada la decoración interior, con rostros y cuerpos o partes de cuerpos que salían de las paredes, y objetos caros en los rincones, todo muy a lo Cocteau. Sergio Vidal tenía el estudio en el desván, al que se accedía por medio de una escalera de mano, y a veces se bajaba a charlar un rato con ellos, cordial y abierto en apariencia, aunque ni siquiera cuando bromeaba perdían sus pupilas aquel reflejo como de ofidio que las caracterizaba. Vestía invariablemente vaqueros y algún jersey cedido por el uso, pero, a juzgar por diversas fotos tomadas junto a princesas y gente por el estilo, se movía con igual soltura dentro del más clásico de los smokings. Aparte de que pertenecía a una de las familias más adineradas de Barcelona –o justamente gracias a eso–, su tren de vida era el resultado de haberse especializado en retratos de gente de rango internacional, uno de esos pintores cuyo nombre apenas conoce nadie, pero que son los mejor pagados del mundo a fuerza de pintar reinas y multimillonarios atraídos por el talento que Sergio Vidal se daba, dentro siempre del imprescindible realismo, en captar la imagen más favorecedora de la persona retratada. En esto consiste el secreto, dijo Marina. Pero lo fastidioso no es el tiempo que le toma pintar un retrato, sino el tiempo que pierde y me hace perder alternando con la Haute, la parte más importante de su trabajo.
Tomaban el té a la rusa, junto al samovar. Me recogió en una estación de metro, sin dinero siquiera para un café, y me trajo aquí. Luego resultó que me había visto actuar en el Liceo y que me había hecho llegar, acompañada de una orquídea, una nota en la que me invitaba a una fiesta que daba, su cumpleaños o algo así. Y yo me quedé con la orquídea y tiré la invitación a la papelera del camerino. Claro que entonces no sabía que el caballero que me invitaba era, no el industrial con cara de cerdo que yo imaginaba, sino un hombre alto, guapo, delgado y elegante.
La noticia llegó junto con la aclaración: Luis había sido detenido en Barcelona y puesto en libertad a las pocas horas. La policía, al parecer, había irrumpido en una reunión que se estaba celebrando en el bufete de un abogado. Todos los participantes, entre los que se encontraba Luis, fueron trasladados a Jefatura. Pero, al no desprenderse de los interrogatorios actividad ilegal de ninguna clase, la totalidad de los detenidos fueron siendo soltados a lo largo del día siguiente.
Jaime se mostraba muy satisfecho, eufórico hasta el punto de no percibir el escaso entusiasmo manifestado por Lucía cuando él entró en tromba en su habitación, sacándola de un sueño profundo y opresivo. No bien se hubo ido, como con prisas por difundir la noticia, igual que si del nacimiento de un primogénito se tratase, Lucía volvió a hundirse en la cama, la cara contra la almohada.
Más que de júbilo era de estafa la sensación que experimentaba; casi de ridículo. Se había estado preocupando por Luis, por los peligros que le amenazaban en España, por el desamparo en que –cada uno a su modohabían quedado tras su despedida en la estación, por la inquietante falta de respuesta a sus cartas; el insomnio, el desánimo y la angustia habían ido acrecentándose en su interior por mucho que intentase marginarlos o vencerlos saliendo, distrayéndose, viendo gente. Y ahora resultaba que todo había sido una especie de broma sin consecuencias, de inocentada. Algo que, por otra parte, no justificaba ni explicaba el vacío epistolar en que se hallaba, esa sensación como de pesadilla de ir mandando cartas y cartas sin recibir contestación alguna. Sensación no paliada, antes al contrario, por la nota lacónica que le llegó un par de días más tarde; cuatro líneas en las que Luis, como para tranquilizarla, le anunciaba que todo andaba bien. Con Irene, claro: todo andaba bien con Irene; eso era, sin duda, lo que se callaba.
Irene. La Princesa Roja. Aristócrata, guapa y comunista: tres peculiaridades, por lo común irreconciliables, que se daban cita en Irene. Sobre su capacidad intelectual no se ponía especial énfasis, pero sí sobre su temperamento: encendido, apasionado, capaz de encender de pasión a todos los compañeros de militancia. Una histérica desaforada, probablemente. Pero con suficiente gancho como para arrastrar tras su enérgico pandero a cuantos camaradas tuvieran la fortuna de luchar por el socialismo a su lado. ¿Y qué luchador más calificado que Luis para convertirse en su compañero integral, para compartirse mutuamente de pies a cabeza, de cabo a rabo? Exactamente lo que el cabrón de Alejandro había estado prediciendo, tal vez porque conocía a Irene y conocía a Luis, como conocía asimismo determinados incisos íntimos que los propios avatares de la lucha por el socialismo introducen en la vida de partido. En definitiva, el mismo Alejandro no era sino otro caso de señorito comunista, por más que los millones de papá fueran insuficientes para permitirle volver a España por el momento.
Es decir: que mientras ella, Lucía, se preocupaba por Luis, se mantenía fiel a Luis como una imbécil, se volvía cada noche a casa más sola que una novicia, intentando concentrarse aplicadamente, como si de un libro sagrado se tratase, en La Batalla del Puente Milvio, por el simple hecho de que él le había recomendado su lectura, de que, para ella, leer esa novela era una forma de seguir estando en contacto con él aún después de su partida, mientras ella obraba así, como una verdadera imbécil, él campeaba a sus anchas con Irene ad maiorem socialismi gloriam. Una conducta no ya inmoral sino verdaderamente incalificable si se tenía en cuenta la situación de cada uno, los tiempos difíciles que les había tocado vivir. La conducta de un falso revolucionario, de uno de esos tipos que camuflan sus apetitos personales bajo la apariencia de necesidades objetivas. De un cínico.
Otro problema: el alarmante retraso de su regla, los días que, según sus cálculos, estaba tardando en venirle, suficientes como para empezar a considerar si no se trataba más bien de una falta. La seguridad, en caso afirmativo, de que el hijo que llevaba dentro era del cínico de Luis. Un hijo que ella no quería, que no podía tener. Pero la solución de este problema era a ella a quien le iba a tocar enfrentarla, no al cínico, al cobarde del padre.
La incidencia de un problema sobre el otro, de la traición sobre el abandono, y la de ambos sobre su vida cotidiana. La dejadez, el desinterés y el desánimo que la oprimían, que imposibilitaban su asistencia a las clases de la Escuela, con la inevitable pérdida de curso que esto suponía y la consecuente inutilidad de su presencia en París, de su permanencia, de su soledad. Una desgana extensible a todos los órdenes de su vida cotidiana. La falta de apetito, por ejemplo; la costumbre de alimentarse exclusivamente a base de cafés con leche, próxima ya a convertirse en hábito permanente. O el simple esfuerzo de levantarse, de salir de la cama, algo que, por su gusto, no haría nunca más. Una sensación tal vez incrementada, por contraste, ante el espectáculo que cada mañana le ofrecía la vitalidad de Charlotte; su escasa necesidad de sueño, su agilidad al saltar de la cama, su envidiable alegría de vivir.
Una ausencia generalizada de estímulos que la hacía llegar tarde a todas partes, rompiendo con la puntualidad característica de quien ha pasado por un colegio de monjas en régimen de internado. Trámites burocráticos postergados día tras día, colas inútiles, ventanillas que se cerraban como una cruel sonrisa, ya tarde para comer algo al salir, para llegar a tiempo a una cita, para encontrarse en l’Alouette con alguna cara conocida. Era como si fuese incapaz, no ya de calcular el tiempo preciso, sino ni tan siquiera de pensar. Como si tuviese la cabeza invadida de niebla. O interiormente acolchada de una materia algodonosa, embotadora, contrapartida inevitable, sin duda, de sus insomnios nocturnos, contra los que ni siquiera La Batalla del Puente Milvio tenía poder alguno. La principal dificultad al respecto no estribaba en que se desvelara, en que tuviese un sueño agitado y ligero; la principal dificultad residía en conseguir dormirse antes de la madrugada.
En el fondo, lo único que le apetecía realmente era meterse en cama y que alguien la cuidara como si fuese una niña. Y es que, por encima de cualquier otra consideración, lo que Lucía experimentaba era una inmensa necesidad de cariño. El resto, cuanto hiciera o dejase de hacer, cuanto pudiese ocurrir en torno suyo, la tenía sin cuidado sumida como estaba en el agobio y la fatiga, igual que bajo el peso de una mano gigante. Y lo peor, lo más obsesivo, era su regreso a casa cuando cerraban l’Alouette, sola, las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina, poseída por la sensación de que toda su vida podía resumirse en esa acción de irse sola a la cama, mientras los demás se juntaban unos con otros y el mundo en general se disponía a pasarlo bien.
Cheer up!, dijo Charlotte. Ne faites pas l’idiotte, tonto. Amuse-toi! Do the same! Saltó sobre la cama y la obligó a salir a cachetadas, a vestirse de nuevo. Le eligió incluso la ropa: unos pantalones muy ajustados, fuera sostenes, la blusa a medio desabotonar y, directamente encima, el abrigo de mouton italiano, tan aparatoso, que la hacía sentirse como un bicho raro y casi que ni lo llevaba. Le maquilló los ojos, consiguiendo no sólo realzarlos, centrar la cara en torno a ellos, sino hasta dar a esa cara una expresión entre profunda y temerosa, incitante y salvaje al mismo tiempo.
En l’Alouette pidió calvados para las dos en lugar de los habituales cafés con leche, que tenían la culpa, sin lugar a dudas, de que no durmiera de noche, de que se durmiera de día y de todas las cosas que le pasaban. En cualquier caso, tras la segunda copa, Lucía se encontraba realmente mucho mejor, alegre y animada, en un estado próximo a la exaltación.
Jacques y Gina se metían con la pintura de Sergio Vidal, inconcebible en la época de un Paul Klee, de un Mondrian. Justo el tipo de cuadros que gustaban al salope, al cerdo de su padre, decía Jacques. Lo que a la burguesía le gusta comprar; porque si los burgueses compran Picassos no es porque Picasso les guste, sino porque sus cuadros valen dinero, como inversión. A la burguesía le gusta la pintura burguesa. Lo reconozcan o no, los burgueses prefieren un Sergio Vidal a un Picasso. Picasso ataca sus principios estéticos; Sergio Vidal los defiende. Y defender los principios estéticos de la burguesía es defender sus intereses de clase.
Bastaba ver la casa de Sergio Vidal. Todo dispuesto pour épater le burgeois. Cosas poco convencionales pero caras, cosas que, aun teniendo algo de inquietante, corresponden exactamente a la idea que la burguesía, que el cliente se hace del artista que triunfa: un ser original, extravagante, con algo de loco, que lleva una vida al margen de cualquier clase de prejuicio, que puede permitírselo todo –todo: la envidia calenturienta, la añoranza profunda del respetable burgués–, pero que nada tiene en común con esa chusma de pintores que, tras los pelos y la ropa vieja de su bohemia, ocultan únicamente la faz vergonzante del fracaso profesional. No: Sergio Vidal es serio, sólido, solvente. Marina reía, también un poco borracha, y les daba la razón, que todo era un show montado de cara al cliente, que a veces, más que en su casa, se sentía como en un decorado del Liceo.
De un tiempo a esta parte se la veía con más frecuencia en l’Alouette y, sin que hubiese hablado al respecto con Lucía, era como si se hubieran puesto de acuerdo en pasarse al calvados, en dejarse Marina de sus tazas de té como Lucía de sus cafés con leche. Incluso cuando Lucía iba a casa de Marina, bien sola, bien acompañada de Jaime o algún otro amigo, en lugar de té les ofrecía vodka o un aguardiente de pera alsaciano tan fuerte como estimulante.
Tú también debías de ser una niña rara, dijo Marina. Se habían bebido mano a mano cerca de media botella en un cálido clima de intimidad y afecto. Sí, no sé, como extraña, dijo Lucía. Y Marina: es que yo lo era mucho; vivía rodeada de servidores, preceptores y todo eso, y aunque estaba semanas enteras sin ver a mi papá, me pasaba el día pensando en él. Y Lucía: sí, chica, pero es que tu infancia, en sí misma, fue ya de lo más raro, el ambiente, las circunstancias, todo; la mía, en cambio, fue de lo más normal: y, sin embargo, nunca llegué a ser una niña alegre. Yo tampoco; y, bueno, aunque no me diera cuenta, mi forma de querer a papá tenía algo de incestuoso. Igual que yo: lo recuerdo, sobre todo, haciéndome montar sobre sus rodillas, como a caballo. Luego murió, y con mi madre ya todo fue diferente. Mi padre, en cambio, me hacía montar caballos de verdad; y yo nunca tenía miedo a su lado, por mucho que galopásemos. Es que quienes nos meten el miedo en el cuerpo, quienes nos convierten en niñas son siempre las mamás. Exacto: lo que a ti te pasó con tu madre me pasó a mí con la mía, cuando murió mi padre, en el exilio. Pero es que, además, quieren que esas niñas que se han inventado se comporten como señoras. Sí: esto es lo que quiso mi madre hacer de mí una vez llegamos a Francia, afortunadamente sin éxito. Como yo: porque te advierto que aún sigo siendo una niña por dentro. A mí me pasa lo mismo: Sergio me dice que lo que más le gusta de mí es que todavía no soy adulta, que gracias a mí ha descubierto la pederastia, que no quiere que me haga mujer. Y creo que tiene razón; vamos, que es verdad que no soy adulta. Ni yo: puedo parecer, no sé, desenfadada o libre o como se diga, pero, en realidad, sigo siendo la misma niña de antes, una niña sola y cargada de complejos. Como yo, diría –y dijo– Marina; como yo, siempre aquel como yo, yo, yo, yo. Y, decididamente, llegaba a ser abusivo estar hablando todo el rato de sí misma cuando la que tenía que volver a casa desde Montmartre no era ella sino Lucía, sola, las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina.
Sin embargo, aparte del vodka y del licor de pera, había en aquella casa un elemento de confort, de calidad, de calor y limpieza, que, después de la cochambre típica de los medios estudiantiles progresistas, representaba casi una especie de respiro. Algo similar a la sensación que, durante la estancia de Javier en París, podía experimentarse en los sitios caros a los que se empeñaba en llevarlas. La invitada, en principio, era Lucía, pero puesto que Charlotte era su compañera de habitación y Javier era todo un caballero, no hubo objeción alguna por su parte en salir con ambas en lugar de salir a solas con Lucía, como probablemente hubiese preferido. Los problemas más bien los planteó Charlotte: que si no quería estorbar, que si no tenía ropa para ir a sitios caros, etcétera. Esta vez fue Lucía quien tuvo que inmovilizarla sobre la cama para que la escuchase. Don’t be silly tú, tonto, le dijo. Toda su ropa le caía bien a Charlotte, aparte de que Javier, aunque tal vez no fuera un genio, tampoco era un imbécil ni un tío estirado, y sabía de sobras que una mujer con clase como Charlotte podía llevar lo que quisiera sin perder la clase; así que no había problema. Javier era un chico normal, simpático y divertido y de mucho tacto; y, encima de que bailaba muy bien, tenía su atractivo físico. Además, a Lucía le había venido la regla y, disipados sus temores, estaba de excelente humor, llena de vitalidad y alegría. Lo pasaron muy bien los tres y, cuando Javier se hubo marchado, lo único que Lucía sintió es no habérselo llevado a la cama –se ponía cachondo perdido al bailar con ella–, aunque sólo fuese para dar una lección a Luis.
Debido quizás a que Camilo, en cuanto elemento nuevo, había centrado el interés del grupo, o quizá debido a la reiteración con que, durante las últimas semanas, se habían producido incidentes similares entre Marina y Sergio Vidal, lo cierto es que la noticia de que Marina se había ido de casa o de que había sido expulsada por Sergio Vidal –daba lo mismo, en la práctica– pilló a Lucía desprevenida. Unos días antes –¿doce?, ¿quince?–, cuando Marina compareció en l’Alouette con un ojo hinchado y oscurecido a pesar del maquillaje, y ella le preguntó, y Marina dijo Sergio y, sonriendo, le explicó que aquello era sólo lo visible y, luego, en su habitación, les mostró los morados que llenaban su cuerpo, Lucía y Charlotte experimentaron una verdadera crisis de indignación, de rabia incrementada por su sensación de impotencia, por la resignación eslava con que Marina parecía aceptar la situación. Le divierte hacerlo de vez en cuando, les dijo como quien habla de una afición cualquiera, la pesca, el bridge, las mariposas.
La segunda vez, aproximadamente una semana más tarde, el resultado de las diversiones de Sergio Vidal presentaba un aspecto todavía más grave y aberrante: los morados y señales se concentraban especialmente en pechos y nalgas, caras internas de los muslos y quién sabe si en el propio sexo, producto obvio, más que de golpes, de pellizcos retorcidos y calculados mordiscos. Todos, salvo Alejandro, coincidieron en que era un caso de juzgado de guardia, sadismo, tortura pura y simple, vejación denigrante. Que le suceda una vez, pase, había dicho Alejandro. Que le vuelva a ocurrir y Marina no arme un escándalo, ya es más raro. Que ahora resulte, en cambio, que es poco menos que una práctica normal entre ellos, lo aclara todo: si a él le gusta hacerlo, a ella le gusta que se lo hagan, y la verdad es que no veo qué puede pintar un juez de guardia en todo esto. El cinismo de su argumentación y el general regocijo con que fue acogida por el grupo, no dejó de hacer mella, sin duda, en el prestigio de Marina.
Pero cuando Marina le anunció que estaba en la calle y sin dinero, y al presentarse en casa le mostró la marca del sello de Sergio Vidal aplicado al rojo sobre sus nalgas, aquello no podía menos que alterar radicalmente el panorama: marcada como una esclava, como se marca una res. Afortunadamente, el temor a que el oro del sello se fundiera evitó que Sergio lo calentara lo bastante como para dejar una marca indeleble. Acababa de hacérselo, calentando el sello con ayuda de unas tenazas en las brasas de la chimenea; como despedida, le había dicho. Lucía le propuso compartir momentáneamente la habitación con Charlotte y con ella, pero Jaime ya le había buscado un sitio más desahogado.
Por la mañana se encontró de nuevo con Marina a fin de respaldarla moralmente mientras hablaba por teléfono con Sergio Vidal, para reclamar sus cosas, para concretar la hora en que pasaría a recogerlas, pero Sergio le dijo que ya estaban empaquetadas y que, puesto que le llamaba desde l’Alouette, el chófer se las iba a dejar allí de inmediato: y colgó.
Entre todos la ayudaron a llevar los bultos a casa de Jaime. Faltaban muchas cosas, pero Marina cínicamente echaba de menos su elefante birmano, un pequeño elefante de bronce; es mi suerte, tú sabes, dijo. Sin embargo, no quería volver a telefonear a Sergio Vidal y fue Lucía quien tuvo que hacerlo. De hecho, aparte de recoger el pequeño elefante de la suerte, lo que realmente buscaba era la oportunidad de hablar personalmente con Sergio Vidal, hacerle ver la injusticia que entrañaba su comportamiento, su crueldad, su profunda incomprensión. Mira, le dijo Sergio Vidal: si tienes vocación de alcahueta, propónme lo tradicional: una virgen o una monja, nunca une garce. Lucía no supo, tal vez, reaccionar, estar a la altura; rotas sus defensas y como derrotada de antemano, se limitó a decir una y otra vez que Marina siempre le había sido fiel, que ella podía testimoniarlo, que seguramente había un malentendido en todo aquello. Sergio Vidal sonrió casi igual que Marina, difícil saber si con dolor o gozo. Yo de ti no me comprometería a testificar algo que no he visto, dijo.
Sergio Vidal, según Camilo, era un comemierda y un gusano. Y ella, Marina, otra gusana. No es que la Unión Soviética fuese precisamente el modelo. Pero lo seguro es que los contrarrevolucionarios, los blancos, fueron tan gusanos como ahora los de Cuba. Discutía continuamente con Jaime: política, cuestiones ideológicas, condiciones objetivas y todo eso. Para Camilo, los comunistas cubanos habían tenido un papel destacado en el triunfo de la revolución: el de espectadores privilegiados. Jaime decía que una cosa es el derrocamiento de una dictadura y otra muy distinta una revolución y que lo de Cuba quizás acabaría en revolución, pero que todavía no era una revolución; que allí había incluso algunos elementos, algunos rasgos, propios de un movimiento fascista cualquiera. Fíjate tú que entre el 18 de julio y el 26 de julio sólo hay ocho días de diferencia. Y Camilo: pues yo aún veo otra, chico: que el 26 de julio llevó el pueblo a la victoria y el 18 a la derrota.
Jacques y casi todos daban la razón a Camilo. Hasta el mismo Abelardo: eso es una revolución aquí y en Sevilla, niño; no lo que hacemos nosotros. Y Jacques: una revolución en todos los terrenos, con libertad, sin represiones; la revolución con pachanga. Una revolución con todo lo que le faltó a la revolución soviética. Incluso había oído contar, o había leído en alguna parte, que las milicianas bailaban con la camisa abierta, enseñando los pechos. Camilo dijo que nunca vio una compañera bailando así, pero que, al calor de la espontaneidad, todo era posible en Cuba. Jaime se mantenía obstinadamente en sus trece: Camilo, como persona, era un gran tipo. Pero, desde el punto de vista ideológico, era poco serio, le faltaba rigor.
A Lucía le caía muy bien: un revolucionario de verdad que ha participado en una revolución de verdad. Diferente a cuantos había conocido hasta entonces. Y, además, si no guapo, sí muy hombre, muy bien constituido físicamente. Hasta su voz tenía como un peso de lo más peculiar: no nasal y chillona como la de otros cubanos, sino grave, profunda, a lo Paul Robeson. Quizás el hecho de que fuera mulato incrementaba el efecto: las humillaciones que había tenido que soportar hasta que se integró en la lucha revolucionaria, por culpa, únicamente, de su aspecto, del color de su piel. El desprecio implícito en el comportamiento de todos los blancos; no sólo los yankees, no: todos. Incluso allí, en París, donde con frecuencia le tomaban por argelino. La policía, los burgueses y hasta más de un proletario. Y es que, dentro de cada blanco, había en potencia un policía. Nadie que fuera blanco podía imaginar, aunque se lo propusiera, lo que representaba ser, en un mundo de blancos, persona de color.
Como en España ser gitano, niño, dijo Abelardo: su habitual gracejo. Llevaba dos o tres años en París, pero como recién salido de Utrera; un modo de ser agravado por la impertinencia bravucona –más que verdadera seguridad en sí mismo– que, en determinados neófitos, suscita el ejercicio de la militancia. Jaime se lo trajo a l’Alouette como a pesar suyo, como aquel que lleva un perro fastidioso pegado a los talones, sea porque se sentía obligado a prestarle cierta atención, sea porque esperase que en aquel ambiente se sentiría a sus anchas y le dejaría en paz. Consideraciones sólo acertadas en parte, ya que Abelardo parecía sentirse tan a sus anchas que no dejaba en paz a nadie, todo el rato de una mesa a otra, entrometiéndose en todo. Al menos por una vez, Lucía y Jaime estaban de acuerdo en algo: Abelardo tenía un no sé qué viscoso, incluso desde un punto de vista puramente físico.
No habían pasado ni dos semanas de la ruptura de Marina con Sergio Vidal, cuando, como por contagio, fue Gina la que rompió con Jacques. Lucía no consoló sus lágrimas: que llorara cuanto le viniese en gana, por imbécil, por cándida, que se lo tenía bien merecido. Ella, Gina, la hija de uno de los constructores más importantes de Italia, la niña bien de Milán que se había largado de su casa primero a trabajar con Danilo Dolci, como si el Mezzogiorno fuese la India y Danilo Dolci el Mahatma Gandhi, y todo porque el tío con el que se acostaba le había metido esta idea en la cabeza. Y cuando sus papás, tras rescatarla de aquel mangante, la enviaban a París, a ella, a la Loló, como la llamaba el cabrón de Alejandro, no se le ocurría más que juntarse con el puerco de Jacques, el enfant terrible de la Escuela, uno de esos radicales que empiezan la revolución por el procedimiento de vapulear a la asquerosa burguesita con la que se acuestan. ¿Que no podía soportar más el trato que Jacques le daba? Pero ¿y por qué había soportado ya tanto de un marrano como él? ¿Cómo no había caído antes en la cuenta? Un tipo que dice que lo único que no le gusta de España es que las duchas no sean como en Francia; cabinas asépticas con agua de caída vertical, una especie de lluvia boba, en lugar del chorro manual de los baños franceses, ese cepillo de agua cálida con el que uno puede acariciarse todo el cuerpo, hacerse las pajas más enormes, metérselo en el culo a toda presión. ¿Había oído decir algo parecido a un tipo como Camilo, como Jaime, incluso como Alejandro, con todo y ser medio marica? ¿No veía claro aún que Jacques era un marrano y un degenerado? ¿No escuchaba lo que él decía de ella, las cosas de cama que contaba, no a sus amigos, como hacen los hombres cuando se juntan, sino en sus mismas narices, delante de la propia Gina, detalles que, si ya por su propia naturaleza tenían algo de vejatorio, contados en tales condiciones constituían un insulto puro y simple? ¿Así era de tonta?
Porque el problema no residía en que Jacques se hubiera portado con ella como un puerco. El problema era Jacques en sí mismo, como persona: un irresponsable total. ¿Cómo es que nadie se ha atrevido a terminar con el franquismo por medio de un atentado, cargándose directamente a Franco?, preguntaba. Alguien con cojones, como se dice en España. O que tenga un cáncer, una enfermedad incurable, y no le importe lo que pueda pasarle. No era tan difícil: él, Jacques, lo había visto bien de cerca en Madrid, durante una corrida de toros, y cualquiera, desde su sitio, hubiera podido hacerlo. ¡Cualquiera! Pues bien: ¿por qué no lo había hecho él mismo, ya que lo encontraba tan fácil? ¿Se imaginaba que había sido la primera persona en tener la idea? Aparte de que –y en eso sí que Lucía daba la razón a Jaime– actos de este tipo nada tienen que ver con las acciones de masa. Una cosa es acabar con un dictador y otra muy distinta, acabar con una dictadura, por no hablar ya de hacer la revolución. Alejandro dijo que, de todas formas, no veía motivo para desperdiciar entusiasmos; que, si había que esperar a que las masas españolas se lanzaran a la lucha, quizá valía la pena, aunque sólo fuera para matar el tiempo, dar su oportunidad a Jacques.
El cabrón de Alejandro tenía al menos esta virtud: saber poner punto final a cualquier rollo que llevara el camino de alargarse demasiado con una mera observación, un mero comentario dicho sin especial énfasis, sin elevar la voz, pero que casi parecía como esperada por los demás, a modo de sentencia resolutoria y, en calidad de tal, celebrada por todos, con independencia de que su juicio fuese o no el que estaba previsto o el que cabía esperar de una personalidad como la suya. Un fenómeno cuyas raíces habría que buscar, probablemente, más que en su autoridad moral, en un reconocimiento de su capacidad intelectual y de su brillantez expositiva, de forma similar a como el público reacciona ante un reputado cómico, gente dispuesta de antemano a reírse a gusto.
Aquella noche la había tomado con los recuerdos y experiencias de Marina. Ni Marina ni Jaime estaban presentes, y así, en lugar de dedicarse a sonsacarla, interesándose por nuevos datos y precisiones, Alejandro se dedicó a poner en duda todas y cada una de las aventuras que Marina se atribuía. ¿Cómo era posible, por ejemplo, que Marina tuviese recuerdos anteriores a la Revolución Rusa? ¿No daba a entender que tenía alrededor de treinta años, unos treinta y tantos? ¿Y qué historia era ésta de que su padre tenía una finca en Samarcanda y, lo mismo que un Tamerlán, subía las escaleras a caballo? ¿Y lo de los criados chinos? ¿En Samarcanda? ¿Y por qué no suizos, como los del Papa? Y lo de las decapitaciones en la plaza del mercado. Y, sobre todo, el largo lapso que sucede a esos primeros recuerdos: el tiempo que necesita una princesa que vive en Moscú y veranea en Samarcanda para convertirse en Marina Durand, de Carcassonne. El pretexto de que su madre, muerto el príncipe que tenía por marido, sin recursos y con una niña, en el exilio, se había tenido que casar, aunque sólo fuese para sobrevivir, con un viticultor, vinatero o tabernero del Midi. Un segundo papá que, a falta de papeles, la reconoció como hija propia. La oscuridad que rodea a esos años transcurridos en Sète, seguramente trabajando de cantinera, vendiendo vino de arena, como llaman al vino de aquella zona. También de arena eran los castillos construidos por la joven Marina, estimulada sin duda por las historias de los marinos y visitantes que llegaban y volvían a irse. Que después había viajado realmente, era indudable, aunque no tanto, tal vez, como pretendía. En todo caso, conocía nombres de hoteles y sitios elegantes de las principales ciudades del mundo. Y entendía de modas, de música, de vinos, de especialidades gastronómicas, de trasatlánticos. Y, además de tener gran facilidad para los idiomas, no le faltaba cierta cultura general. Y, sobre todo, su gran sensibilidad en la captación de ambientes, en adaptarse a las situaciones. Pues era más que probable que su vida hubiera discurrido en un sentido exactamente inverso al pretendido, justo al revés de como lo contaba. La historia de una joven del Midi, una chica de rasgos exóticos nacida en Sète, en Carcassonne o donde fuera, hija de viticultores o vinateros o taberneros, que había convivido o cohabitado con rusos blancos, fuesen o no de Samarcanda, fuesen o no príncipes, como querida de alguno de ellos, o de un amigo, o de un servidor de alguno de ellos o, más probablemente, con varios de ellos, con gente de diversa condición social, en plan de amante, de compañera, de lo que sea. Como chica de conjunto de una compañía de ballet, por ejemplo, cosa que siempre favorece el trato con rusos o hijos de rusos blancos. Pero, en definitiva, seguía siendo eso: la hija de un vinatero del Midi llamado Durand. Y que ahora está con un comunista como Jaime igual que antes con un pintor de la Haute, como ella dice. Y que, igual que de un tiempo a esta parte engañaba a Sergio Vidal con Jaime, ahora debía de estar engañando a Jaime con otro. De este modo, su historia con Jaime bien pudiera acabar constituyéndose en un nuevo y apasionante episodio de su biografía: los amores de una rusa blanca con un bolchevique español.
Es decir: Alejandro daba por descontado que Jaime y Marina se entendían desde tiempo atrás. Pero, aunque así fuese, y aparte de que Sergio Vidal se lo tenía más que merecido, resultaba irritante oírselo decir en ese tono. Así que Lucía dijo que ella no pensaba que Marina hubiera engañado a Sergio Vidal ni con Jaime ni con nadie mientras estuvieron juntos. Y entonces Alejandro, en lugar de responder, se echó a reír con aquella risa suya que terminaba por contagiarse a todos, desbocada, cascadeante, los ojos brillándole con exaltación, como si Lucía hubiera pretendido gastarle una broma o tomarle el pelo.
Camino de casa, Charlotte le dijo que probablemente Alejandro tenía toda la razón. También se reía, pero en ella, invertida como era, siempre resultaba difícil saber la causa, si Marina, si Alejandro, si la propia Lucía. Una risa que le entraba con independencia de que la situación tuviese o no algo de cómico y que, de forma intermitente, podía prolongarse durante horas, susceptible, en razón de su mismo carácter inmotivado, de sacar de quicio a cualquiera. Hasta cuando le sacaba fotos, cuando Lucía, la modelo, posaba para ella tomándoselo en serio, intentando adoptar las posturas que creía más adecuadas, mientras que Charlotte, la fotógrafa, no paraba de reír, en ocasiones, entre foto y foto, como si aquello fuera de lo más divertido; algo francamente incómodo. Quizás era que había salido al padre, el banquero ginebrino loco. Charlotte le había enseñado una serie de fotos que le sacó justo antes de venirse a París: uno de esos aristócratas suizos con cara de gaviota. Y, a veces, realmente, se diría que también a ella le faltaba un tornillo. Sólo que, en otras ocasiones, parecía que adivinase las cosas y que a esa visión anticipada de lo que había de suceder se debiera su risa.
Cuando lo de Camilo, por ejemplo, hacia Navidad, mientras la mayor parte del grupo andaba dispersándose, cada uno a su país, a su casa, y Lucía, harta de la celebración en familia de esta clase de solemnidades, del clima que se crea y de todo lo que suponía volver a Barcelona, decidió quedarse en París.
La cosa empezó una noche en que l’Alouette estaba casi vacío y Camilo, Charlotte y ella eran todo lo que quedaba del grupo. Habían acordado resarcirse, celebrar por su cuenta el Fin de Año, los tres rondando por ahí hasta la mañana siguiente. A la hora de cierre, Camilo las acompañó a casa enlazándolas por la cintura, las cabezas también juntas, como embistiendo la llovizna. Subió a tomar un último calvados y siguieron charlando y riendo un rato más, por lo bajo, para evitar las protestas de los vecinos. Luego Charlotte dijo que tenía un compromiso y les dejó, y Camilo se puso a pasear por la habitación mientras hablaba, y de pronto Lucía se sintió abrazada contra el respaldo de la silla mientras la cara de Camilo aparecía por encima de su hombro y la besaba. Después ya estaban desnudos, sobre la cama, y él le hacía el amor como envolviéndola, como penetrándola a través de todo el cuerpo.
Fue una relación entrañable. Y nunca mejor aplicado, dijo Camilo. Tenía un sentido del humor que, a veces, en la cama, rayaba en el descaro, pero su misma naturalidad, sana y directa, convertía en delicadeza lo que en boca de otro hubiera podido constituir una grosería. Matices muy de Camilo, con aquel modo de ser donde parecían conciliarse las tendencias, los aspectos más contradictorios; donde su firme carácter de hombre de acción no estaba reñido con una sexualidad intensa, casi obsesiva, ni ésta con la entereza de sus convicciones revolucionarias. Un hombre capaz de pasar de las palabras tiernas, cuando hacía el amor, entre vez y vez, a una enardecida exposición –también como con un algo obsesivo– de los problemas del proceso revolucionario cubano. Una revolución de verdad, con armas de verdad; no como la lucha del pueblo español, que, si heroica en otros tiempos, había dejado ya de serlo.
En otro aspecto se diferenciaba aún Camilo de la mayor parte de los del grupo: en que él no era un bocazas. Si Lucía se hubiera ido a la cama con cualquier otro, a la mañana siguiente l’Alouette entero lo habría sabido. Y pasadas las fiestas, cuando ya todos estaban de vuelta, todos siguieron sin enterarse de lo de Camilo y ella. Salvo Charlotte, claro.
En l’Alouette, en público, ante terceros, Camilo se comportaba con Lucía igual que antes, involucrándola, a lo sumo, en alguna de las bromas con las que tenía por costumbre pautar las discusiones ideológicas que le enfrentaban a Jaime, conforme a ese modo de ser de los caribeños que, como él decía, ríen por no llorar. Y, entonces, era como si Camilo volviese a ser el niño de color sin estudios ni dinero, abocado ab initio a ser limpiabotas de los blancos. Un cambio de rumbo que para él debía ser como un sueño, verse así, convertido en el Camilo de ahora, en el revolucionario victorioso, en el estudiante de agronomía becado por su gobierno para seguir en París un curso intensivo sobre plagas tropicales. Aunque tampoco faltaba quien afirmase que aquello era una simple tapadera, que Camilo estaba allí en misión secreta, compra de armas, posiblemente. Un argumento más, caso de ser cierto, en favor de la superioridad de la revolución cubana sobre la española, de los militantes de una y otra en París, donde, para los españoles, la palabra arma se diría que era, sencillamente, una palabra olvidada en el diccionario.
La carta de Luis llegó a mediados de enero, cuando ella ya había decidido no responder a la última, la de antes de Navidad. Ahora le proponía un breve encuentro, dos días o así, a mitad de camino entre Barcelona y París, hacia mediados de febrero. Seguro que lo hacía para aprovechar un viaje que hubiera tenido que hacer de todos modos, establecer un contacto a este lado de la frontera, sacar papeles, volver a España con una maleta de doble fondo, o algo por el estilo. ¡Y aún cómo no le había propuesto Perpignan!
Lucía contestó afirmativamente. Una nota escueta, en la que puntualizaba que el encuentro debía tener lugar en Sète, en el Grand Hotel. La elección del hotel fue hecha tras consultar a Marina: el mejor hotel de Sète, tipo fin de siglo, con mucho encanto. Lo que no precisó en su carta era que pensaba hacerse acompañar por Charlotte.
El viaje resultó de lo más divertido. Primero en un expreso nocturno, haciéndose pasar por inglesas, bromeando con los viajeros, con el revisor, que debía de ser español y les decía cosas que, a todas luces, no esperaba que entendiesen. De madrugada cambiaron de tren y llegaron al Grand Hotel a primeras horas de la mañana.
Luis no llegaba hasta más tarde, de modo que se dieron una vuelta por Sète, bordeando los canales, calentándose de vez en cuando con un café con leche, cuchicheando y riéndose por lo bajo, cosa que siguieron haciendo durante los dos días escasos de su estancia. Sète era una especie de Venecia de arrabal con cierto aire de puerto atlántico, lo que le daba una personalidad propia incluso para quien nunca ha estado en Venecia. Eso sí: carente por completo de sitios donde ir; además, ni que todos los chicos fueran homosexuales. El Grand Hotel era uno de esos hoteles anticuones y simpáticos, internamente desarrollado en torno a un amplio patio central cubierto por una bóveda encristalada, con plantas y tresillos de sabor colonial. Preguntaron aquí y allá por Marina Durand, pero nadie parecía conocerla.
Con Luis todo fue mal desde el principio; ni en el aspecto más mecánico del amor las cosas iban como antes, debido, quizás, a que Luis tenía el pensamiento puesto en Irenita, su princesita roja. El caso es que, curiosamente, no pareció sorprendido o afectado por la presencia de Charlotte o, al menos, no dejó adivinar reacción alguna. Pero, tras las defensas de su habitual impasibilidad, Lucía lo vio de pronto como un algo no ya distante sino también mediocre. Y quién sabe, asimismo, si no más tocado, más vulnerable de lo que aparentaba. Cuando le preguntó qué tal le iban las aventuras amorosas, él escurrió el bulto, dijo que no tenía demasiado tiempo para estas cosas. Lucía dijo que ella tampoco, pero que lo pasaba muy bien en París. Y, cambiando de tema, le habló de la superioridad de la revolución cubana: Fidel y unos cuantos más empezaron por asaltar el palacio presidencial, cosa que no podía decirse respecto a los comunistas españoles y el palacio de El Pardo. Pero ni siquiera tal observación pareció sacar a Luis de su estéril impasibilidad.
La única nota verdaderamente discordante corrió a cargo de Charlotte, tan contradictoria como siempre, cuando, en un aparte, dijo que Luis le gustaba mucho, que estaba okay. Lucía, como es natural, reaccionó más bien violentamente, con tanta mayor razón cuanto que no se lo dijo hasta el tren, ya de vuelta. Por ella, dijo Lucía, se lo regalaba; pero ¿no creía que se lo estaba pidiendo un poco tarde? Únicamente entonces Charlotte pareció comprender que Lucía estaba enfadada de verdad y optó por hacerse la niña: que si sólo buscaba que la gente le hiciera caso, que si nadie se interesaba por ella, que si siempre tenía la sensación de que sobraba, que si su padre la había enviado a París para sacudírsela, que si todo el mundo le hacía lo mismo, etcétera, etcétera. A veces, verdaderamente, se portaba como una completa irresponsable.
La otra agarrada la tuvo con Alejandro durante uno de los bailes del Carnaval, el que organizaron los estudiantes de Filosofía, probablemente. Había llegado con un antifaz blanco y unos bigotes como de gato pintados con lápiz de maquillaje, hecho una especie de Jean Marais disfrazado de Chat Botté, y sudaba más que de costumbre. Se acercó a Lucía con su habitual aire de coña y le preguntó que cómo le iba con Camilo. Lucía lo mandó a hacer puñetas y, aunque no recordaba si había conseguido abofetearlo, estaba segura de que al menos lo había intentado, marica, marica de mierda.
Cada Facultad organizaba sus bailes y Lucía y Charlotte fueron a un montón, el de Medicina, el de Filosofía, y también a fiestas privadas donde la gente se escabullía para hacer el amor por los rincones. Pero la mejor de todas fue la de Bellas Artes, más imaginativa, más exuberante. También allí se podía bajar a un sótano cuya existencia, cuando menos para Lucía, era totalmente desconocida. Lo malo era que, sin darse una cuenta, se bebía demasiado –sobre todo en la de Bellas Artes– y al día siguiente, con la resaca, resultaba imposible moverse de la cama hasta bien entrada la tarde.
En relación a su agarrada con el chismoso de Alejandro, lo más tonto del caso era que Lucía empezaba a estar realmente harta de Camilo. Le molestaba la seguridad con que Camilo se manifestaba respecto a todo, sus exhibiciones de virilidad, su machaconería y empecinamiento en las discusiones ideológicas, siempre con que si aquello era o no era dialéctico, si las condiciones objetivas se modifican o no se modifican, y cosas por el estilo; en el fondo, como bien decía Jaime, era más dogmático que comunista, sin estar provisto, en cambio, del bagaje científico de los comunistas. Y, en sus anécdotas sobre la revolución cubana, lo cierto es que empezaba a repetirse. Además, a la larga, ni siquiera podía decirse que hiciera bien el amor, demasiado directo, demasiado al grano, chis-chás, chis-chás, chischás. A veces, incluso la dejaba dolorida para todo el día, y era un problema que no se le notara al caminar, al sentarse. Si seguía acostándose con él era casi porque no sabía cómo dejar de hacerlo, poco menos que por obligación o cortesía.
El pretexto, por suerte, se lo ofreció en bandeja el mismo Camilo un día en que se puso excesivamente pesado y sermonero, y Lucía aprovechó para decirle que se fuese a la porra. Seguro que Camilo, con sus famosos análisis de las condiciones objetivas, esperaba que ella se volviese atrás, que buscase la reconciliación. Pues bien: ¡a esperar, compañero!
Puestos a despejar situaciones equívocas e incómodas, relaciones que no tenía por qué seguir aguantando, también le puso las peras al cuarto a Jacques. Por bocazas.
Su reaproximación a Jaime se había producido a raíz de la noticia de la detención de Luis en Barcelona, esta vez, por lo visto, muy en serio, uno de esos casos en los que, aun sin tener noticias precisas, dada la amplitud de la caída y, sobre todo, la personalidad de los caídos, se presentaba con mal cariz. Jaime la despertó muy de mañana con las primeras informaciones y también con un plan de acción, basado en la idea de que, al margen de los órganos de difusión del partido, había que movilizar como fuera los medios de comunicación franceses, prensa y radio, no sólo para ayudar a Luis y a los restantes detenidos, sino también para sensibilizar la confortablemente asentada opinión pública francesa respecto a la represión en España. Tuvieron un montón de entrevistas conjuntas con periodistas y corresponsales de agencias de prensa; primero hablaba Jaime, luego ella decía que era la novia de uno de los detenidos y que compartía sus ideas. También fueron entrevistados por corresponsales en París de periódicos extranjeros, especialmente ingleses y escandinavos, y entonces Lucía iba traduciendo al inglés las palabras de Jaime, con lo que las declaraciones adquirían un tono como más oficial, más de comunicado.
La noticia apareció en diversos periódicos y semanarios, generalmente trivializada y, al mismo tiempo, cargada de alarmismo, como si Luis y los demás corriesen el riesgo de ser fusilados de un momento a otro. Sólo por radio, al ser entrevistados en directo para las emisiones en lengua castellana de la RTF, consiguieron dar una versión correcta, sin exageraciones ni inexactitudes. Jaime le había dicho que no temiera, que la policía española no disponía de medios técnicos para identificar su voz, y Lucía dijo que esto era lo de menos. Pero lo que sí le puso nerviosa al principio fue la presentación, los términos utilizados por el locutor, franquismo, represión policíaca, torturas, y cosas así. Y, aún más, la idea de que iba a ser escuchada desde toda España, pensar en la de millares y millares de sufridos radioyentes –los tímpanos machacados por las interferencias a fuerza de pegar la oreja al receptor– que, mientras ella se aclaraba la garganta, estaban ya a la escucha. Pero, no bien se vio ante el micrófono, fue como si se transformara en otra persona. Y habló y habló hasta que el locutor la cortó dándole las gracias, a fin de que también Jaime pudiera decir algo. Al acabar, el presentador la felicitó, y, en opinión de Jaime, un lenguaje espontáneo y emotivo como el que ella había empleado calaba más y resultaba diez veces más eficaz que cuantas exposiciones sobre el momento político español pudieran hacerse.
Lo que estaba fuera de duda, conforme iban llegando nuevos datos, era que Abelardo, el viscoso Abelardo, ocupaba un lugar destacado en los eslabones iniciales de la caída, quién sabe si en su mismo origen. Al parecer, fue detenido con anterioridad a Luis y a casi todos, de forma que, establecida la evidencia de que había cantado, quedaba por aclarar, a lo sumo, si se trataba, además, de un agente provocador, de un infiltrado al servicio de la policía. Y en esto sí que tanto Lucía como Jaime se sentían hasta cierto punto responsables: no haber puesto objeción alguna a que un tipo como él marchase a Barcelona para integrarse en la lucha clandestina; haber cometido la ligereza de sentirse poco menos que aliviados, por razones subjetivas, de repugnancia, cuando se produjo su partida. ¿Por qué Barcelona, por otra parte? ¿Por qué Barcelona y no Sevilla, siendo él sevillano?
Una consecuencia imprevista de las actividades desplegadas en torno a la detención de Luis, dentro de la campaña de visitas domiciliarias destinadas a obtener firmas para un documento en que se pedía la libertad de Luis y demás presos políticos, fue la reconciliación de Lucía con Sergio Vidal, quien, tratado de cerca, resultó ser un hombre encantador y lleno de esprit. Con Lucía, cuando menos, fue extraordinariamente amable y la invitó a cenar una noche. Por supuesto que ni mencionaron a la mala puta de Marina, que estaba engañando al pobre Jaime con el primero que se le ponía por delante.
Jaime se había negado a ir a casa de Sergio Vidal, a pedir su firma para nada. Pero Lucía, tras su visita, creyó que había llegado el momento respecto a la verdadera personalidad de Marina, sus trampas, su narcisismo, su mitomanía. Y, aunque inicialmente Jaime opusiera todas sus resistencias, tuvo que acabar aceptando las pruebas de que Marina, de un tiempo a esta parte, se entendía por lo menos con Jacques; tal para cual, por otra parte, dadas sus respectivas propensiones eróticas. Al menos por esta vez –preciso era reconocerlo–, el instinto de bruja de Alejandro había funcionado a la perfección.
Con la vuelta de Javier a París el panorama se animó de nuevo. Javier la invitó a subir a la suite, a tomar una copa, ya la primera noche, pero Lucía no aceptó hasta pasados varios días. Y entonces todo se desarrolló de maravilla, en el propicio ambiente de calidad y recogimiento que siempre ofrece la suite de un hotel como el George V; lo que se dice una verdadera delicia. El resto del tiempo que duró la estancia de Javier en París siguieron saliendo a solas, sin Charlotte, quien, ni que decir tiene, se guardó bien no ya de pedir explicaciones innecesarias sino hasta de hacer comentario alguno.
El entusiasmo que ponía Javier en su relación con Lucía era cada vez más intenso, y más absorbente su entrega. Y Lucía, por su parte, descubrió un placer nuevo: la excitación de excitarle, de hacerle retorcerse en la cama como si le estuviese dando tormento. Poco antes de su partida, Javier le pidió que se casara con él. Lucía dijo que no, pero como quiera que él insistiese, dijo que se lo pensaría.
El único contratiempo, por suerte sin consecuencias, se produjo justamente la última noche, mientras estaban cenando, cuando Lucía vio entrar en el restorán a Sergio Vidal, acompañado de un grupo de amigos. Ella correspondió cariñosamente a su saludo, en tanto que él se les aproximaba, pero el susto llegó cuando, tras besarle la mano, Sergio Vidal y Javier se abrazaron como viejos amigos. Al despedirse, Sergio Vidal volvió a besarle la mano al tiempo que le guiñaba un ojo.
La nota original, como siempre, corrió a cargo de Charlotte; por fortuna, cuando Javier ya se había ido. ¿Por qué no me lo pasas?, tuvo la ocurrencia de decirle; es joven, rico y atractivo. Te advierto que no sabe hacer el amor, dijo Lucía. Charlotte sonrió, estirando, al mismo tiempo, en divertidos pliegues, sus párpados superiores, una sonrisa que Lucía conocía bien y cuyo alcance la inquietaba. ¿Y eso qué importancia tiene?, dijo Charlotte. Respuesta difícil de interpretar tratándose de una mujer como ella, que aseguraba que nada más fácil que complacer a un hombre, que bastaba con gritar ah, ah, ah, y estremecerse un poco mientras él se corría. Pero ¿y si ahora resultaba que realmente le gustaban los hombres?
Otra decepción fue la que tuvo con Camilo y Gina. Que Camilo insistiese en salir con Gina cuando, en l’Alouette, todos menos Camilo sabían que Gina se acostaba con Sergio Vidal, resultaba, como mínimo, penoso. Pero, en fin, tanto peor para Camilo, que hacía el ridículo, y tanto mejor para Gina, que parecía empezar a reaccionar contra esa actitud de hija de papá que se larga con el primer presunto revolucionario que la llama burguesita de mierda, tipos como Jacques y, de un tiempo a esta parte, como Camilo, tíos pesados que no saben sino pasarse las horas discutiendo acerca de si tal o cual persona tiene o no mentalidad pequeñoburguesa, si alguien es metafísico en lugar de dialéctico, si las condiciones objetivas pueden o no pueden ser cambiadas, y cosas así. Quien salía ganando, en definitiva, era Gina, la Loló, como bien la llamaba el cabrón de Alejandro, ya que Sergio Vidal aventajaba a Camilo en todos los terrenos; más sabio y, por encima de cualquier otra consideración, menos bruto. Y si Lucía pudiese hacer algo más para facilitar su relación con Gina, desde luego que lo haría.
¿Por qué no casarse con Javier, después de todo? No estaba enamorada, es cierto. Pero eso era debido, sin duda, a su falta de vehemencia afectiva. A su imposibilidad –cabreos y euforias momentáneas aparte– así de odiar como de querer intensamente a nadie. Y, con mayor motivo todavía, de exteriorizar sentimientos que en el fondo no sentía sin tener la sensación de estar como en escena, representando algo. No creía, en realidad, que algún día pudiera llegar a enamorarse de alguien. No se veía, no se imaginaba siquiera verdaderamente enamorada. Javier, en cambio, la adoraba en el sentido más estricto: como se adora a una diosa; y había captado en ella cualidades y valores para cuyo aprecio la mayor parte de los hombres parecían negados. Una predisposición a la entrega lo bastante fuerte como para compensar, con creces, el vacío de entusiasmo que Lucía aportaba a la unión, para estabilizar de sobras el peso de las relaciones entre ambos.
Por otro lado, estaba claro que Lucía ya no aguantaba París. Tenía el curso perdido de antemano, ni que decir tiene, dada su falta de asistencia a las clases y su mínima dedicación al estudio. Pero esto, más que una causa, era una consecuencia. Pues lo que verdaderamente no soportaba por más tiempo era Bellas Artes, la Escuela en sí, el ambiente de mediocridad creadora y mezquindad moral que allí se respiraba. Ni menos aún el trato con sus compañeros, así de Escuela como de l’Alouette, los tíos y tías que formaban parte de lo que entre todos habían dado en llamar el grupo: falsos bohemios y falsos revolucionarios, hijos de papá bajo cuya buscada apariencia radical ocultaban apenas sus miedos, sus mezquindades, sus frustraciones. Ni ellos ni, sobre todo, su modo de ser, de comportarse, sus líos, sus chismes, sus maledicencias, sus traiciones. No: el problema no estribaba en que su permanencia en París careciese de futuro. El problema era que carecía incluso de presente.
Pero si la razón principal de que hubiera decidido estudiar Bellas Artes en París no fue otra que la de alejarse de Barcelona, sustraerse al opresivo mundo familiar en que allí se hallaba envuelta, librarse de los clásicos condicionamientos económicos y morales imperantes en toda familia burguesa que viene a menos, estaría por completo desprovisto de sentido que ahora volviese a Barcelona para reinsertarse en el escaso margen de autonomía que le brindaba ese mundo dominado por la presencia de una madre neurótica y autoritaria, una hermana corroída por la envidia y un hermano estremecedoramente mitómano. Así pues, también bajo esta perspectiva, la de una joven que pugna por sacudirse las ataduras impuestas por el medio social en el que se desarrolla su vida, su matrimonio con Javier representaba una solución. Un género de vida distendido, desahogado y libre, respecto al cual los prejuicios del medio que había dejado en Barcelona y la cochambre del ambiente en el que se había desenvuelto desde su llegada a París en breve habrían de parecerle tan sólo una pesadilla. Lucía tenía derecho a este género de vida. Y no ya por afán de confort cuanto por una simple necesidad de higiene mental.
La aceptación, el sí, se lo comunicó a Javier por teléfono. Javier le pidió que se viniera enseguida y le escribió de inmediato en el mismo sentido, pero ella le había dicho que, puesto que Pascua se les estaba viniendo encima, prefería terminar el trimestre, igual que una buena colegiala, aunque sólo fuera por principio. A partir de entonces Javier la llamó a diario, cada vez con mayor impaciencia.
Lucía llegó a Barcelona en vísperas de Semana Santa, a bordo de un avión repleto de turistas. Javier la esperaba en el aeropuerto. Se casaron a mediados de junio en la capilla de la casa pairal de la familia de Javier, en Camprodon.