III

Tío Gregorio les había tomado la delantera. Se lo dijo el Polit en la estación, cuando subían a la tartana, y efectivamente, como cualquier otra tarde de cualquier otro verano, se lo encontraron en el jardín, sentado junto al velador, con su café ya frío, sus periódicos, su paquete de picadura. No avisaba, lo decidía súbitamente, y a veces pasaba eso, que se lo encontraban esperándoles; todo dependía del tiempo que hiciera en Barcelona, del calor excesivo y, en última instancia, de un simple deseo que basaba, pongamos por caso, en la prolongada belleza de los atardeceres. Generalmente, sin embargo, los primeros en llegar eran ellos. Después llegaban tía Paquita y los primos, a principios, de julio, y tía Paquita se quedaba hasta septiembre, aunque Ramona y Pedro seguían pasando en la playa todo el agosto, igual que cuando vivía tío Pedro. Tío Gregorio también se iba pronto y no regresaba hasta septiembre, en la época de la uva; se iba siempre al mismo sitio, un balneario de clima fresco. En agosto, en cambio, venían Montserrat y Juanito, y el día quince Montserrat daba una fiesta; había muchos invitados y hacia la hora de la merienda empezaba a presentarse más gente, grupos de veraneantes, algunos casi desconocidos. Montserrat se traía la niña, pero la dejaba casi siempre al cuidado de tía Paquita, de la familia. Tanto Ramona y Pedro como Felipe salían también con los chicos y chicas de la colonia.

En la tartana, mientras remontaban la riera, el Polit les puso al corriente, habló de la sequía, explicó que el Jaumet ya no trabajaba en la casa y que la Chispa había muerto de moquillo y que la Estrella había parido catorce cachorros. Le preguntaban y él resumía los acontecimientos más destacados del año, contaba los chismes de las masías vecinas, del pueblo, se quejaba de las cosechas. Cogía suavemente las riendas y, de vez en cuando, ahuyentaba los tábanos con la vara. Contestaba con reticencia, sonriente, y entornaba las pestañas ralas y rubias mientras Raúl, sentado frente por frente, miraba las colinas matizadas, las viñas, los cerezos cargados de roja fruta, doblegados, reventones. ¡Cuántas cerezas!, dijo Eloísa. Detrás, a paso más lento, distanciándose progresivamente, subía el carro de los equipajes con un mozo al pescante –el Ramón o el Jaumet o el Mario–, un carro cargado de baúles y maletas, todo lo necesario para pasar el verano. Pronto las cañas se irían cerrando hasta rozar el toldo y después el camino se saldría de la riera, y entonces, por un momento, se vería, como un fulgor, el tejado de la casa, justo antes de meterse en el bosque. Allí las ramas se enmarañaban y el tejado de la casa no volvía a despuntar más que al final, ya casi en el jardín. Tío Gregorio se incorporó y a pocos metros se alzaron dos vistosas abubillas, con un aleteo como de abanico; tenía la camisa manchada de café y llevaba unos pantalones de rayadillo algo colgantes, el cinturón flojo, la bragueta mal abrochada. Le dio con un periódico plegado, le tomó del hombro explicándole, por ejemplo, que aquella mañana había presenciado una interesante pelea entre un lagarto y una serpiente. Entraron charlando. Luego llegaba la hora de los primeros paseos, de inspeccionar sus dominios, la quieta habitación que olía como a deshabitado, la cálida galería, el desván, los rincones oscuros del jardín.

Con el Mallolet se veía al anochecer, cuando regresaba del campo. Generalmente se veían en casa del Polit, sentados a la entrada, entre los mozos que aguardaban la cena. El Polit se ocupaba de los animales y no comparecía hasta última hora; se destacaba bajo el dintel, descalzo y despechugado, sacando abdomen, moviéndose pesadamente. Si estaba de buen humor empezaba metiéndose con alguien, el que hablaba en aquel momento. A veces callaba; bebía un largo trago del porrón y liaba un cigarrillo. Había mosquitos y sólo encendían la luz de fuera para juntar varias mesas desiguales, disponer los platos, el pan y el vino, las fuentes de ensalada. Se sentaban a la mesa y entonces el Mallolet se iba, pero Raúl se quedaba charlando hasta que le llamaban para cenar. Can Mallol quedaba más arriba, en un repecho del valle. También allí se reunían al fresco, en la era, pero estaban los hermanos mayores y no les dejaban en paz. Se metían con el Mallolet, pero las bromas también apuntaban a Raúl. Espera que vengan los rusos y verás cómo te espabilan, gandul, que es lo único que haces bien, el gandul. Sonaba como un vago timbreo el canto de los grillos y a partir de la canícula comenzaría a dejarse oír el gallo carbonero, el gamarús, que anunciaban, decían, el otoño. La Mallola repitió que esperaban a Emilio. Lo decía en una carta, vamos, que sí, que llegaba pasado mañana. Se lamentó de que la comida no le luciera, de que sus padres pudieran pensar de que no lo cuidaban bien. A media mañana se tomaba una buena rodaja de pan con tomate y una tortilla, y ella le reñía porque al mismo tiempo leía una novela. Tragaba sin mascar apenas, los brazos sobre la mesa, rodeando el plato, la mirada descendiendo fijamente, de línea en línea. A estas horas en la casa quedaban sólo las mujeres, la madre y la cuñada de Mallolet, y Raúl las escuchaba esperando a Emilio, asegurándoles cada día que ya había desayunado. Tanto estudiar, se quejaban, tanto libro. Emilio se levantó bruscamente. Maldición, dijo, se me ha encasquillado el revólver. Y la Mallola, posiblemente medio dormida sobre sus labores, pegó un respingo, le dijo que era un poca solta. Emilio dejó la novela sobre el aparador, con las páginas dobladas, y tomó su escopeta. Era más alto y más flaco que Raúl y nunca acababa de ponerse moreno; llevaba camisa de ciudad, con las mangas cortadas para el verano, y tenía por cinturón una envidiable correa de cuero oscuro y macizo. Cazaban toda la mañana, por los bosques, por los torrentes, tirando a los mirlos, a los grajos, a las urracas, como si todavía salieran con carabinas de aire comprimido. Había guarda jurado y no se atrevían a recorrer los sembrados y las viñas, el monte bajo, la solana de piedras calientes y matorrales crepitantes, aromáticos, de donde siempre acababa levantándose algún bando de perdices. El Mallolet les acompañaba los domingos; Raúl le prestaba una escopeta a escondidas y salían los tres. El Mallolet tiraba muy al tuntún, como sin apuntar, y luego buscaba inútilmente al pie de los árboles, entre las matas. Emilio, en cambio, tiraba por lo menos tan bien como Raúl. Se adentraban separados, sin ruido, escuchando, atentos a las ramas, un súbito remolino entre las hojas. Cazarían.

La mejor de las escopetas era la de tío Pedro, decían. Una Holland antigua, de gatillos, pero mejor que las de ahora. Tío Pedro cazaba al acecho, en la riera, cuando hacia el mediodía las palomas iban a beber a la balsa del molino. Tía Paquita se empeñó en acompañarle y volvió encantada, contando que había conseguido espantarlas a todas. Tío Pedro hacía como que aparentaba reñirla, como que protestaba en broma, pero disimulaba mal, se le veía irritado de verdad. Le hizo alguna carantoña y se puso a pasar la baqueta, a mirar por los cañones contrayendo la cara. Tía Paquita suspiraba recostada en un banco de la glorieta, se abanicaba. Lo que no entiendo, entonces, es que te pases el día con la mancha de flit arriba y abajo, le dijo tío Gregorio. ¿Por qué las palomas sí y los mosquitos no, si también son criaturas del Señor? Reía con el estómago, los ojos maliciosos, empequeñecidos por las gafas de miope, el cabello gris y despeinado, como pelaje. Y explicó que, precisamente, se había orinado en la boca de un hormiguero hasta que las fastidiosas hormigas lo desalojaron por completo, en torrente. Tía Paquita terminó enfadándose. Por Dios, Gregorio, no seas majadero, dijo. Se levantó y cuando volvió a salir fue para sacudir el polvo y limpiar el cristal de un cuadro ovalado, de tamaño mediano, un cromo de la Asunción. Lo había descubierto tío Gregorio: la Mercè rezaba ante una reproducción de la Gioconda –una hoja de calendario, seguramente– que tenía enmarcada en el comedor. Fue un domingo, al volver de misa. No había sitio en la tartana y Raúl regresó a pie, con tío Gregorio, y se sentaron a la sombra de los plátanos, delante de la casa del Polit. La Mercè también regresaba a pie, con Eloísa, pero se entretenían charlando a la salida de la iglesia y llegaban más tarde. Por el atajo se ganaba tiempo y ellos ya estaban allí cuando la tartana pasó de largo a buen trote y se internó en la espesura del jardín. Saludaron con la mano. El Polit venía del campo, los pies terrosos, los pantalones arremangados, en camiseta de incierto color desteñido; algún mozo le acompañaba. La Mercè les enseñó el cuadro, la virgen celeste, el coro de ángeles, y acariciaba la suavidad del marco; decía que era precioso, mejor que el otro. Se mostraron circunspectos. Oh, prou, dijo el Polit. Charlaban bajo los plátanos mientras los perros se mordisqueaban y lamían, juguetones, adormilados, en estado de semierección.

Una mañana luminosa, de viento limpio y seco. La Mercè recogía la ropa tendida, el blanco restallante de las sábanas secas, los anchos pantalones hinchados, llenos de remiendos, como acartonados, igual que las camisas.

Aparecieron el Mallolet y Emilio con sus carabinas de aire comprimido y se sentaron también en el poyo, contra la pared, como desganados. La casa era de piedra, parecida –las puertas y ventanas enmarcadas en ladrillo– más que a una masía, a un edificio industrial o a una pequeña estación de principios de siglo. Las dependencias estaban dispuestas perpendicularmente, a los lados del cuerpo central: la vaquería, una larga nave con siete u ocho vacas alineadas en un extremo; las pocilgas, una sucesión de encierros bajos, desocupados en su mayor parte, aireados y vacíos, agrisados por el polvo; las cuadras de suelo blando, tibias y oscuras; los lagares y las bodegas, los cobertizos de uralita, los almacenes excesivamente grandes, donde, junto a las tolvas para cereales y a los sacos de nitrato, se amontonaban incubadoras anticuadas, artefactos complicados, de utilidad imprecisa. El conjunto formaba un patio rectangular cerrado por tres de sus lados y desde allí, bajo los plátanos, la visibilidad era poca. Se divisaban apenas los anchos campos del fondo del valle, el rastrojo, y más allá, las colinas y los bosques, las viñas, el verde oscuro y polvoriento de agosto.

Seguían un rato por el fondo del torrente y luego remontaban el bosque, desplegándose en silenciosos avances, de matorral en matorral, reptando hasta aquella roca, saludándose a veces con la carabina en ademán de inteligencia, igual que cuando va el protagonista y le sale un soldado alemán por la espalda, o asoma un japonés que está escondido, y en el momento en que lo apuntan se oye un disparo, y el protagonista se vuelve a tiempo de ver cómo el japonés se desploma y, desde otra roca, un compañero le saluda en silencio, sonriente, alzando el fusil. Algún domingo, a la vuelta, se bañaban en una balsa, asegurándose primero de que no hubiera ninguna serpiente en el fondo. Fumaban un cigarrillo tumbados al sol y se entretenían enumerando los colores que veían con los ojos cerrados, según apretaran los párpados. Rojo, amarillo, morado, negro.

Se cansaron pronto de los torrentes. Sobre sus cabezas, el follaje estaba quieto, aflojado por el sol, y los pájaros parecían haber desaparecido. Treparon por un talud, entre matorrales, y salieron a una viña de cepas jóvenes y bien cuidadas. Comieron uva ácida y caliente, algo verde todavía; apartaban las hojas, elegían los granos más gruesos de cada racimo, de cada cepa. Después dejaron a un lado las carabinas de aire comprimido y divagaron un rato. Emilio había confeccionado unas boleadoras y discutieron la forma de lanzarlas con mayor eficacia, intentaron sin éxito enrollarlas alrededor de un tronco. Se hizo tarde. Hostia, tú, dijo Emilio. Sus padres habían venido a pasar el fin de semana y le esperaban para comer, dijo, tenía que estarse con ellos. Por la tarde, sin embargo, le dejaban libre para ir con el Mallolet al baile del pueblo. Quien entonces no podía era Raúl. Había invitados, gente de la colonia, y debía quedarse en casa. O bien devolver una visita o acompañar a Felipe y a los primos a una merienda de jóvenes, en bici. Emilio y el Mallolet llegaban ya de noche, a la hora de la cena, los dos muy alborotados y como cómplices. Contaron que la Rosalía se dejaba meter mano por todo el mundo.

Veraneantes. Bromeaban, curioseaban por el jardín, por la casa, se acodaban en la baranda de la galería. En la glorieta había bandejas de canapés, de pan con tomate y jamón, y jarras de limonada y horchata y, para los mayores, sangría. Los mayores se concentraban allí y en el campo de croquet, de donde llegaba el seco chocar de las mazas. También paseaban hasta el estanque, en lo más escondido, un breve surtidor que escurría sobre el agua transparente, cuajada de algas sombrías. Los senderos se entrecruzaban irregulares, con algún peldaño aislado, y en las plazoletas había bancos mazacotes, hechos de obra, imitando troncos partidos. La hiedra cubría los parterres, extendida como un césped; trepaba por los troncos, colgaba de las ramas. El arbolado era espeso y oscuro, tilos, cedros, tejos, cipreses, palmeras enanas, pinos, las ramas cerrándose, apretándose contra la casa apenas visible, envolviéndola como un nido enmarañado. Se trataba de un edificio de tres plantas, airoso, de color salmón, y el tejado, de vertientes muy pronunciadas, era de cerámica azul, acharolada. La capilla quedaba a un costado de la casa, con entrada independiente, aunque también había comunicación interior desde el zaguán. Ahora no se utilizaba, pero cuando los tíos eran pequeños tenían un cura fijo todo el verano y había misa diaria. La última vez que se utilizó fue para la boda de papá.

A partir del zaguán ascendía la escalera en un tenso giro, desnuda, de barrotes grises, iluminada por una claraboya. Arriba había vidrieras opalinas y los cuartos quedaban en la penumbra, al amparo de las estrechas persianas desplegadas, levemente listadas de luz. El piso era de pequeñas baldosas, un dibujo geométrico, concéntrico, en tonalidades apagadas. Las paredes y techos estaban blanqueados y la cal disimulaba las molduras, las orlas de estuco, hacía casi imperceptibles los resaltes, en otro tiempo coloreados. En el salón, dispuestos simétricamente con respecto a una mesita de mármol rosa, había un sofá y dos amplias butacas con fundas de cretona. También había rinconeras, sillas isabelinas, sillones de mimbre, un piano, una mecedora, y sobre la consola, ante el espejo, una campana de cristal con un ramo de cardos secos, piezas de nácar y siemprevivas. Dos siluetas se destacaron deformes tras el vidrio esmerilado y se oyó una risa. Raúl siguió subiendo hasta las golfas. Las piezas interiores eran oscuras, con alacenas y estantes empotrados, y el agua sonaba en los depósitos de uralita. Alrededor, bajo el plano inclinado del tejado, se alargaba una angosta galería con ventanucos a ras del suelo, abiertos al ramaje de los árboles. La parte de poniente era cálida y en el piso polvoriento abundaban los cadáveres de moscas y mariposas. Había pocos trastos, algún mueble, baúles y, arrinconado, el aterrador sillón de tío Raúl, un sillón articulado, con ruedas como de bici, cubierto de telarañas. Por una empinada escalerilla de madera se podía subir aún al mirador, una pequeña torre con cuatro ventanas desde la que era posible salir al tejado y, agarrándose a los cables del pararrayos, alcanzar las claraboyas translúcidas y resbaladizas. Abajo se entreveían los recovecos del jardín y, en segundo término, sumida entre los plátanos, la casa del Polit; luego, las vertientes replegadas tras el rastrojo, los compactos pinares, los alcornoques. En el campo de croquet había una discusión y los jugadores se agrupaban en torno a un aro, apoyados en sus mazas.

La fiesta más importante era el cumpleaños de Montserrat, en agosto, el quince. Así celebramos la Asunción de Montserrat, decía. Fue ella quien hizo pintar de blanco las sillas del jardín, los hierros de los veladores, y compró gandulas de lona a rayas y cojines de tonos vivos. Charlaban en la glorieta, y Juanito habló de un amigo que había llegado a ver una partida de maquis a cien metros del balneario, paseando tranquilamente con sus metralletas. Se quejaba de la ineptitud del gobierno, de todo. Vestía como de ciudad, un traje de hilo, perfectamente planchado, por lo general azul marino o blanco, y los zapatos eran blancos y negros, de rejilla. Se sentaba con las rodillas muy juntas y las puntas de los pies convergentes; de vez en cuando montaba una pierna sobre otra y entonces aprovechaba para tironearse el calcetín, para alisarse los tobillos. Con tío Gregorio, a la hora del café, la conversación se encendía y generalizaba. Por lo regular se prolongaba hasta que, hacia media tarde, tío Gregorio les azuzaba por última vez y se iba a dar un paseo. Raúl llamaba a los perros y le acompañaba. Los dejaban enzarzados, Juanito muy exigente, atacando al Régimen, explicando el desplante de la duquesa de algo a la mujer de Franco, destacando los ideales traicionados de Renovación Española, coincidiendo con tío Pedro, ambos monárquicos por encima de todo. ¿Pero vosotros de qué coño os quejáis?, oyeron que gritaba Montserrat. Si os hubierais pasado la guerra como yo, de hospital en hospital, aún podríais opinar. Pero los únicos que realmente tienen derecho a quejarse son los que, como nuestro hermano, dieron su vida por la causa. Hablaba exaltada, echando para atrás su cabellera castaña, bruscamente, con cara de rugido, y seguramente tío Pedro tuvo que volver a resaltar la importancia vital de que alguien se quedara en la retaguardia, organizando. Por favor, querida sobrina, no seamos tan simplistas. Se formaban bandos, se establecían alianzas; si hubieran dejado que los rusos y el Japón, si los americanos no fueran tan estúpidos, si en vez de arrasar Alemania, Alemania, Alemania. A tío Pedro la palabra le llenaba la boca, la paladeaba como si fuera una cucharada de miel o mermelada. Juanito era anglófilo y discrepaba. Se volvió hacia Raúl.

Bien, muchacho. ¿Y cómo van esos estudios?, dijo. ¿Ya aprendes griego?

No escuchaba la respuesta. Sin mirar, pensativo, tarareaba unos compases, sacudía el pie derecho montado sobre la pierna izquierda. Al sonreír mostraba una dentadura muy pulcra. Se levantaba tarde y ocupaba el cuarto de baño durante media mañana; tío Gregorio aseguraba que se teñía el pelo. Iba impecablemente afeitado, pero lo más sospechoso era que estuviese tan moreno sin tomar el sol. Desayunaba únicamente una taza de café, bajo los tilos. Buenos días a todos, dijo agitando la mano. Pronunciaba siempre con cierta dificultad, como esmerándose. Papá y tío Gregorio discutían las posibilidades de intentar una explotación racional de la finca.

Mira, Jorge, dijo tío Gregorio. Una cosa es echar las cuentas de la lechera y otra montar una vaquería, una granja modelo o lo que se te antoje. Si no piensas vivir aquí todo el año y llevar el negocio directamente, es mejor que dejes de fantasear.

¿Fantasear?, dijo papá. ¿Tú crees que papá fantaseaba cuando construyó todo esto? Sabes tan bien como yo que lo hacía, precisamente, con vistas a crear una colonia agrícola. ¿Y ahora resulta que son fantasías?

Juanito carraspeó, dijo que lo importante era tener en cuenta la rentabilidad de la inversión; se toqueteaba la punta del pañuelo que asomaba por el bolsillo superior de la americana. Por cierto, añadió. ¿Y dónde venden sus productos los labradores?

Después de cenar salía al jardín con tío Gregorio si la noche era buena, lejos del deslumbre de la casa, y se tumbaban a mirar el cielo en alguna plazoleta: despejada de árboles. Miraban las estrellas, las constelaciones y sus giros, según pasaba el verano. A veces también salía Montserrat y canturreaba flojito, por su cuenta, los brazos cruzados bajo la nuca haciéndole de almohada. Papá sólo se asomaba para volver a entrar enseguida; decía que hacía fresco. Y Raúl se ponía a mirar fijo a lo alto, sin ninguna referencia próxima, y acababa cogiendo vértigo hacia arriba. La tierra estaba fresca y se oía en los hondos correr el agua entre los árboles, y el canto de los búhos y de los ruiseñores, y el de los grillos, que sonaban como astros caídos.

Luego, cuando Montserrat y Juanito ya se habían ido, les criticaban. Papá más a Juanito, y tía Paquita más a Montserrat, a Monsina, como la llamaba; sus costumbres, que saliera por ahí con militares y jefazos. Además, tiene un léxico y utiliza unas expresiones y términos totalmente impropios de una mujer. El que su matrimonio haya sido un fracaso no justifica nada. ¿Qué educación puede dar a la niña con la vida que lleva actualmente? ¿Qué va a aprender, la pobre, amén de expresiones cuarteleras? Aparte que lo del alemán, que ha sido su ruina, ya era de prever. Un aventurero, un don nadie. Se veía venir que un día iba a desaparecer igual que había llegado, por las buenas. Estaban en el comedor, sentados a la mesa, y tío Gregorio se servía ensalada.

En eso Montserrat es como yo, dijo, muy ocupado en elegir las mejores hojas de lechuga. Le gusta lo verde y lo picante.

Pues yo nada más te digo que, si la niña le sale una mujer como Dios manda, no será por el ejemplo y los desvelos de su madre.

¿Y él?, dijo papá. ¿Cómo va a tener autoridad sobre su hermana, si es el primero en llevar una vida de crápula, cada noche por cabarets y todo eso, con fulanas? Estos excesos sólo conducen a la ruina moral, económica y hasta física. El abuso sexual es de lo que más desgasta al hombre; hay quien de tanto hacerlo se volvió memo.

No creo que en el caso de Juanito estos efectos fueran apreciables, dijo tío Gregorio, risueño como una gárgola maléfica. Y, a fin de cuentas, en un hombre es cosa natural. Peor sería que fuese invertido.

Papá sonrió, incrédulo.

¿Invertido? Yo vi uno hace años, en un tranvía. Hablaba en femenino y tenía ademanes así, como de mujer.

Dijo que, en vez de gastar energía, lo que había que hacer era acumularlas, que por eso Juanito era un gandul, una persona sin voluntad. Cuidarse, divertirse, no dar golpe en todo el santo día… Eso sí que es vida.

Si de paso quieres aludirme a mí, Jorge, pierdes el tiempo, dijo tío Gregorio. Tus consideraciones me resbalan. De haber hecho como yo, es decir, de no haber hecho nada, a estas horas serías mucho más rico.

Inevitablemente, alguien sacaba a relucir lo del chalet de la calle Mallorca. La millonada que valdría ahora si no se hubiera vendido y derribado para edificar una casa de pisos, en uno de los cuales seguía viviendo tía Paquita. La millonada que ahora valdría el solar. La responsabilidad de Raúl, de tío Raúl, el padre de Monsina y Juanito, en cuanto hermano mayor. El disparate.

Salieron de paseo, con los perros, y tío Gregorio le puso en antecedentes. Doc, Chisa, Estrella, nem, nem, gritaba Raúl. Acudió incluso el cargante Balet, que nunca se despegaba de sus talones, un perro rubio, mezcla de setter irlandés, de perfil regio, hocico rosado y ojos amarillos, de maricón. Los otros dos trotaban por su cuenta, olisqueando. Y le contó el secreto, la historia de cuando Juanito casi pierde la herencia, de cómo un día compareció en casa de tío Raúl una especie de corista diciendo que estaba embarazada, y cómo Juanito, aunque aseguraba que él no tenía nada que ver, tuvo que acabar pagando. Entonces tío Raúl ya estaba paralítico, pero se enteró de todo; dijo que Juanito no podía heredarle mientras estuviese en pecado mortal y lo envió a Montserrat, de ejercicios espirituales. Tío Gregorio llevaba unos prismáticos en bandolera y, por bastón, una vara de acacia descortezada. Generalmente tomaban la riera y luego seguían por algún camino frondoso hasta cualquier fuente. El caño era de hierro y el agua caía sobre una pila circular, hundida a ras de suelo, semiembozada por la hojarasca. Había toscos bancos de piedra, ceñidos a la sinuosidad del talúd, y tomaron asiento al pie de los altos plátanos, contemplando el rameo estremecido. Los troncos estaban llenos de inscripciones y había restos de hogueras, cenizas, piedras renegridas, alguna lata oxidada y retorcida. Tío Gregorio sacó pan con chocolate, las pastillas algo ablandadas dentro del papel de plata.

América, dijo.

Le alentaba a irse, a emigrar como el abuelo, pero no a Cuba, ni siquiera a la Argentina, donde prácticamente ya estaba todo hecho, sino a Venezuela o al Brasil, país de verdadero porvenir. En el interior, el clima es bueno y se puede criar ganado. ¿Qué vas a hacer en España? Si yo volviera a ser joven… Hablaban del Mato Grosso o de los Llanos como de un recuerdo compartido, de un paisaje conocido por ambos. Nada de eso, en cambio, parecía interesar ni a Emilio ni al Mallolet; echaban apenas un vistazo a sus mapas y la idea de emigrar los tres juntos no les atraía más que cualquier otro tema de conversación. Y Raúl se encerraba con sus atlas, con sus tratados de ganadería. Al concluir la merienda, tío Gregorio bebía un poco de agua fresca y después liaba dos cigarrillos.

¿Y África?, preguntó Raúl.

El molino quedaba algo más abajo, en una hondonada. Allí iba solo, siguiendo un camino de carro poco utilizado, con las roderas casi ocultas por la hierba. El edificio estaba en ruinas, sin tejado, sembrado de piedras derrumbadas, y entre los muros crecía matorral de encina, maraña. Sin embargo, había una pieza reconstruida, y bastaba desatar un cordel para abrir la puerta maciza. Dentro, el suelo estaba cubierto por un lecho de hierba seca y olorosa, una pieza desnuda, con argollas en las paredes. La ventana daba al arroyo, a una esponjosa masa de helechos sobre los que volaban mariposas, y la luz llegaba verde, filtrada; un lugar ideal. Cerró la puerta.

Una vez se trajo al Mallolet y a Emilio y, ocultando su excitación, les propuso convertir aquello en su cuartel general. También es un lugar apropiado para sacar los malos espíritus, dijo Emilio. El Mallolet era el más indiferente: a mí cualquier sitio me va bien, tú. Raúl se arrepintió enseguida, pero afortunadamente ellos parecían haberlo olvidado y se guardó de insistir. Emilio no les hacía caso; dialogaba solo, a gritos, como si representara una comedia, recitaba clasificaciones de Botánica. El Mallolet terminó por enviarle a hacer puñetas. A veces parece que estés sonado, le dijo. Y Emilio soltó una carcajada estentórea. Su madre había venido a pasar unos días y cada tarde le hacía estudiar. Ella cosía a máquina en el comedor, con la Mallola, y charlaban rato y rato. La Mallola salpicó el suelo en zigzag, vaciando el cántaro, y se sentó a enhebrar, la ropa sobre sus rodillas. Cosían muy juntas, con las gafas caladas, haciendo largas pausas para reír a gusto, mientras la nuera, algo retirada, se limitaba a sonreír. Luego volvía a sonar la máquina. Los postigos estaban entornados; por el sol y las moscas.

El noi está pegando el estirón, dijo la madre de Emilio. Y será tan peludo como mi marido. Si le vieras…

Hablaba con lentitud, concentrada en su trabajo. La Mallola habló de su hija, que ahora tendría la edad de Emilio. Ahora, ahora que decían que había un remedio contra la tuberculosis. Calla, calla, dona, dijo la madre de Emilio. Se conocían desde jóvenes, desde que la Mallola estuvo en Barcelona, sirviendo. Evocaban, y cuando al fin bajaron los dos, forcejeando retozones, como si se hicieran cosquillas, les miraron. El Mallolet y sus hermanos trabajaban para el Polit en la trilla y se fueron todos juntos, con los perros. Aventaban en la era, envueltos en un revuelo de briznas ásperas y soleadas, y un mozo valenciano que sostenía el girar de los caballos sobre la paja extendida, cantaba jotas. Raúl y Emilio acompañaron a los que iban al campo, a cargar gavillas. Alguien intentó bobamente meterles miedo con historias de escorpiones ocultos entre los haces. A media tarde reposaron un poco y el porrón pasó de mano en mano. El tejado de la casa destacaba allá lejos, sobre la verde masa del jardín, brillando al sol. Y mientras el Mallolet se entretenía masturbando a su perro, Raúl preguntó al Polit. El Polit contrajo la comisura de los labios. Mal asunto, dijo. Los Mallol, dijo, habían padecido mucho. Durante la guerra, cuando la partida del hijo mayor, el Polit prometió celebrar su regreso con una cena, con una buena cena. Tardó algunos años en regresar, en regresar de los campos de concentración, hecho un fantasma, en regresar por poco tiempo y para arrastrar con él, además, a su hermana, también contagiada de tuberculosis; y no celebraron nada. Les habían molestado mucho y, aún ahora, ninguno de la familia tenía licencia de armas. Han padecido mucho, repitió. El Mallolet no se llamaba Mallolet, ni su padre Mallol. Pero como eran de can Mallol, al viejo le llamaban así, y a la mujer la Mallola, y al más pequeño, el Mallolet, aunque su nombre era Quim.

Continuaron acarreando, y ya era casi de noche cuando el Polit se irguió y, con los brazos en jarras, dijo que a plegar. Venga, nois, dijo. Volvieron en carro por los caminos ensombrecidos, recostados sobre las gavillas, contemplando el cielo cada vez más incoloro. Luego, en el poyo, proseguían las historias, las divagaciones. Aquella misma noche, probablemente, el Polit recontó las circunstancias de su encarcelamiento, subsiguiente a la entrada de los nacionales, las diversas anécdotas de su reclusión en la escuela del pueblo hasta que fue puesto en libertad vigilada, gracias tanto a la decidida intercesión de tía Paquita y del sargento como a la habilidad de su propia defensa, argumentada en el sentido de que, si bien podía considerársele parte responsable de que la iglesia hubiera sido convertida en almacén, no era menos cierto que tal medida suponía un mal menor, puesto que así, de hecho, al menos la estructura propiamente dicha se había salvado de una irremediable quema. El sargento era Montserrat, mote que databa, decía el Polit, de la época en que iba y venía con el uniforme de jefa de la Cruz Roja. Aún ahora siempre se acercaba a charlar un rato, a encararse con el Polit, y el Polit le seguía la corriente, sabían entenderse. De vez en cuando le entraba el arrechucho de las compotas y entonces la veían llegar resollando, cargada de fruta. Soltó el cesto y se sentó con las piernas extendidas, el pelo suelto, la cara sudorosa.

Usted rai, que tiene temperamento, dijo el Polit.

Coño, ¿y usted?, dijo Montserrat. Si tuviera más temperamento no tendría tanta pancha.

Raúl se quedó con ellos mientras cenaban, hasta que le pegaron un grito desde la torre. Juanito, por el contrario, como Ramona y Pedro y hasta como Felipe, se marchaba en ocasiones sin haberse acercado ni a saludar. Además, todos ellos venían cada vez con menor frecuencia y por menos tiempo; Juanito, a lo sumo, unos pocos días alrededor de la Asunción. Ramona y Pedro preferían la playa, y tía Paquita se lamentaba de su soledad, pero seguía dejándoles pasar largas temporadas en Palamós, con la familia de tío Pedro. Felipe hacía igual, apenas paraba; iba a Puigcerdà, a casa de un amigo, y papá decía que allí tenía una medio novia.

Una chica Roura, gente de posición. Empezó a irle detrás y, por lo que parece, ella no le hace mala cara.

Qué quieres, dijo tía Paquita. Están en la edad de pollear.

¿Pollear?, dijo tío Gregorio.

Es que no lo digo porque sea hijo mío, pero realmente Felipe es un chico excepcional. Bueno, y Raúl lo mismo, claro. Esperad, esperad, y veréis como también sale adelante. ¿Verdad que sí, Raúl?

Felipe se negaba a dar explicaciones, pero se encerraba y escribía cartas. Transformó su habitación, sustituyó la cama por un catre, la mesita de noche por una banqueta, retiró el espejo y dejó las paredes desnudas, sin recortes ni fotografías. Cuando se quedaba en casa apenas salía de allí; todo lo más, una vuelta por el jardín. Una tarde entró en la habitación de Raúl. Sigue, sigue, le dijo, y Raúl intentó reanudar la lectura –un estudio sobre la adaptación de diversas razas europeas de ganado vacuno a los climas tropicales– bajo la mira de Felipe. Felipe se había tumbado en la cama y fumaba un cigarrillo. Al poco, no obstante, le preguntó si no le gustaría jugar al tenis. A tu edad se aprende enseguida. Tengo raquetas de sobra y podríamos ir juntos. Sienta muy bien, ¿sabes? Y, mira, además charlas con la gente, y eso. También preguntó qué pensaba estudiar cuando acabara el bachillerato.

No sé, dijo Raúl, cerrando el libro. A lo mejor Derecho.

Claro, hombre. Derecho está muy bien, dijo Felipe. Es una carrera con muchas salidas.

Luego propuso llegarse hasta el pueblo en bici, a echar un vistazo. Le arregló la raya del pelo, le hizo ponerse una camisa limpia. Pero, hombre, quítate esta pescadora, que es feísima.

Tardaron en localizar a los del grupo, reunidos bajo los pinos de una torre, a las afueras del pueblo. Estaban proyectando una exploración nocturna del cementerio y las chicas chillaban. Lo que hay que hacer es organizar otro día de playa, dijo una. Hablaron de la última excursión; el mar no estaba lejos, se divisaba al doblar la collada, pero la cuesta era fuerte y había que pedalear de firme. Alguien les recordó la caída de Celia.

Hizo unas vistas de campeonato.

Frescos, sois todos unos frescos.

Pasaba lo mismo cada septiembre. Todos estaban un poco hartos de las excursiones, de ir a comer a tal o cual fuente, las de siempre, en definitiva, y de tener que pedalear más de dos horas para llegar a la playa, y de las fiestas y meriendas que cada familia iba dando, ocasiones en las que irremediablemente Javi Solans acabaría por cantar aquellos ojos verdes, lindísima amapola, es imposible, mi vida, tan separados vivir. Mirando a Celia al abrir los brazos, en los momentos más significativos. Se cansaban de los paseos de media tarde, de las bromas y hasta de los piques y chismes que se habían ido produciendo a lo largo del verano, y las charlas se hacían cada vez más aburridas y divagantes. Y entonces llegaba septiembre y, aunque todavía tuvieran el mes por delante, ya casi era como si el verano se hubiera acabado. Los cateados en alguna asignatura tenían que empollar y, en algunos casos, irse ya a Barcelona, a tomar clases particulares. Es que de mates voy pez, dijo uno mayor, casi tan mayor como Javi Solans. Y charlaban de las películas recién estrenadas o de las que anunciaban los periódicos, todavía por estrenar. Y pese a que todo eso suponía el comienzo de un nuevo curso, las ganas de marcharse, de estar ya en Barcelona, de ver a los otros amigos, a los compañeros de estudios, de ir al cine, de compras, a equiparse para el otoño, eran como contagiosas. El mismo proceso que en junio, cuando todo el mundo iba llegando, pero al revés.

Sólo a Raúl parecía gustarle septiembre y, ahora que no tenía que acompañar a Felipe a un pueblo que se iba vaciando de veraneantes y que Emilio se había ido y que el Mallolet estaba ocupado con la vendimia, salir a caminar solo y descubrir que los lugares que años atrás parecían míticamente lejanos, que cuando iba con los primos requerían un día de excursión, con mochilas, fiambreras, platos de baquelita, cubertería plegable, termos, ahora los alcanzaba con una autonomía y rapidez que ni la misma Mercè acababa de creer al verle llegar antes de la comida, ya de vuelta.

Pavero, más que pavero.

Sirvieron más bebidas, horchata, cerveza. Raúl escuchaba sin soltar el vaso, en segundo término. De pronto su mirada se cruzó con la de Felipe y adivinó que iba a ser mencionado. Este sí que es un donjuán, oyó decir. Tiene enamorado a un colegio entero de niñas. Todos le miraron. Probó de aguantar la expectación, las sonrisas de simpatía y estímulo; bebió precipitadamente. Nada de aquello era verdad. Tal vez, al cruzarse con un grupo de colegialas, ellas reían y alborotaban, o bien, si se cruzaba con una sola, la veía pasar muy tiesa, crispada en su uniforme, sacando pecho, mirando fijo al frente; pero nada más. Y ni siquiera le gustaban, nada en ellas llamaba su atención, las piernas demasiado gordas, el pecho chato, el culo grande, pero no apretado y hermoso sino solamente grande y, en todo caso, informe, la cara poco cuajada, de expresión inhibida, con algún irritante granito, fruto tanto de los cambios propios de la edad como de una desenfrenada pasión por los pasteles. No, no resultaban a pesar de sus esfuerzos al acercarse y pasar de largo, hieráticas en apariencia, pero tensas, con el oído anhelante: inútil, todo inútil. La que a él le gustaba era Celia, tostada por el sol, con su pelo revuelto y su boca pintada exageradamente. Llevaba un cuerpo amarillo, de manga japonesa, y cuando levantaba el brazo se le veía el vello del sobaco, el suave arranque de la teta. Ella, evidentemente, lo había advertido y repetía el ademán con frecuencia; se echaba para atrás, juntaba las manos en la nuca y reía.

También la observaba durante la misa, los domingos. Celia se situaba siempre en los últimos bancos, entre sus amigas, con rebeca y mantilla. A ratos tomaba el misal y hacía como si leyera, pero lo más atractivo era la expresión de su cara cuando volvía de comulgar, su grueso labio inferior algo húmedo, sus párpados entrecerrados. Raúl se quedaba con los jóvenes, de pie, contra la pared del fondo. Papá y tía Paquita, en cambio, ocupaban invariablemente el primer banco de la izquierda. Iban en tartana con la anticipación debida para que, según deseos de tía Paquita, no fuese necesario fustigar al caballo. Raúl prefería ir caminando, por el atajo. Salía más tarde pero llegaba antes, a tiempo de presenciar –uno de tantos entre los mirones– la irrupción de la tartana en la plaza de la iglesia, tía Paquita sentada delante, negra y erguida frente al mozo, cubierta de velos como una santa. El mozo saltaba a tierra y ayudaba a bajar, mientras algún conocido, alguna señora de edad, acudían afectuosos. El caballo se agitó, inquieto por la multitud que les rodeaba, por los automóviles que seguían apareciendo, y el mozo tuvo que correr a tomarlo de la brida. Los veraneantes formaban corrillos, intercambiaban saludos, y la gente del pueblo, algo aparte, les comentaba, se fijaba en los vestidos. Luego volvió a escucharse el toque de las campanas y fueron entrando. Raúl se quedó en último término, arrimado al portillo del atrio y, no bien penetró un rezagado, aprovechó la lentitud del mecanismo de cierre para escurrirse. Encendió un cigarrillo y, deslumbrado por el sol, se metió en un bar, al otro lado de la calle mayor. Tomó asiento junto a un ventanal desde el que se dominaba toda la plaza. La sala era profunda, con ecos, con transparencias fluidas –como de acuario– a partir del fondo, donde una pequeña puerta se abría al patio, a una violenta cascada de campanillas azules. Había veladores alineados y, ante el mostrador de mármol, dos hombres mezclaban sus voces. Más cerca, con un vermut sobre la mesa, tío Gregorio le miraba en silencio, por encima del periódico desplegado. Caramba, Raúl, dijo. Le invitó a sentarse a su lado, a pedir también su vermut; no acababa de sosegarse.

Qué calor, ¿eh?

Sí, dijo Raúl. Pero aquí se está bien.

Sonrieron a un tiempo y tío Gregorio le palmeó la espalda, encantado.

Mira, la verdad es que no me he movido de aquí. ¿De qué color eran hoy los arreos?

Creo que verde.

Contemplaban los gorriones adueñados de la calle desierta, ampliamente sombreada, y la conversación discurrió con placidez hasta que empezó a salir gente de la iglesia. Entonces tío Gregorio pagó y se dejaron ver por la plaza. La gente salía despacio, buscándose, quedando para más tarde, las señoras de la colonia cerrando el bolso y doblando la mantilla, congregándose al amparo de los plátanos, floreadas y aparatosas, mientras algunos principiaban a dispersarse reanimando las callejas, el pueblo viejo por el que, otros domingos, Raúl se dedicaba a vagar en tanto no acabara la misa. Vagaba por el pueblo en calma, entre hondos portales y ventanucos, muros color de liquen, rincones con girasoles, geranios colgantes, radiantes trepadoras, y era como de siesta aquella cálida quietud que inevitablemente sería destruida cuando, por encima de los imprecisos arrullos de corral, se elevara el repentino vocerío de la plaza y Raúl tuviera que reintegrarse.

En Barcelona no había problema, y cuando alguna vez acompañó a Mireya a misa de once, al monasterio de Pedralbes, bromeaba por lo bajo implacablemente, le hacía observaciones mordaces. Ella decía que, más que nada, iba por lo maravilloso del sitio, por la música del órgano, y luego, durante el paseo por los alrededores, se dejaba magrear. Por la tarde la llevaba a un bar con reservados y poca luz y música de ambiente. Se compró un encendedor y unas gafas de sol y se apropió de una pitillera dorada que Felipe no usaba nunca. Habitualmente fumaba negro, pero cuando salía con Mireya compraba cigarrillos rubios sueltos y rellenaba la pitillera. Ya en el bar, abría la pitillera y le ofrecía un cigarrillo y, como había visto en una película, encendía al tiempo que ella, de la misma llama. Soltaba una lenta y penetrante bocanada de humo, le pasaba un brazo por los hombros.

Entre semana apenas podían verse; Mireya tenía clases de danza clásica a última hora de la tarde y su padre le había prohibido entretenerse después, llegar pasadas las nueve en punto. La tía estaba muy bien; llevaba una trenza gruesa y larga, y parecía mayor. Hablaba de los palcos del Liceo, de otros chicos, de un antiguo ingeniero. Me encantas porque se te ve tan crío, dijo. Y una tarde, al salir del colegio, Raúl se atrevió, entró en Madame Rita, donde –se decía– no preguntaban la edad. Aguardaba fuera hasta que entraba alguien y, al pasar a la sala, se sentaba a su lado para hacer como que iban juntos. Se quedaba un rato, hundido en el sofá de terciopelo gastado y muelles flojos, observando a las putas una por una, fijándose sobre todo en la forma de llevárselas, en la actitud que había que guardar, en las convenciones propias del sitio, en las palabras y los gestos. Las putas parloteaban y reían, se sobaban, aireaban las sudadas desnudeces que se traslucían bajo los pliegues de nylon, acercándose de vez en cuando, repitiendo el fragmento de alguna canción. Demasiado tarde. Era época de exámenes, finalizaba el curso, y Mireya se resistía, se mostraba obstinada y distante; dijo que estaba harta de bares oscuros, de altillos y reservados, de escuchar siempre los mismos discos, aquello de caminemos y tal vez nos veremos después. La vio en moto, asida suavemente al tipo, y procuró que ella no le viera cuando frenaron a pocos metros en espera de que cambiaran las luces. Atardecía y Raúl continuó dando vueltas por las calles endomingadas, asomándose a los bares de más jaleo, parándose ante la entrada de los cabarets, de las casas de putas, atisbando. Se decidió en su rincón de terciopelo cedido: una mujer muy morena, de cejas gruesas y párpados hinchados, los labios casi azules, con una sombra de bigote en las comisuras. Subieron al otro piso; los corredores silenciosos y antiguos, levemente alumbrados por globos grises, olían como a colada tibia. Raúl entabló conversación con cualquier frase, sin duda premeditadamente cínica, destinada a facilitar los preliminares, el problema de si debía desnudarse o desnudarla o las dos cosas a un tiempo y en qué orden y empezando por dónde, adelantándose así a toda pregunta por el procedimiento de comportarse como si en modo alguno se tratara de la primera. Pero ella no preguntó. Se colocó encima, a gatas, dándole el culo, abrazándole los muslos, cálida, deslizante, adhesiva, húmeda, sus pechos colgando matizados por la penumbra enrojecida.

Te haré una cosa que te gustará, dijo.

Se lo contó al Mallolet a la primera oportunidad y el Mallolet, con cejas taimadas, dijo que él también. Explicó cómo eran aquellas casas en los pueblos de la comarca, y entraron en los detalles de cada cuándo, de cuántas veces, de durante cuánto rato. Yo voy a lo mío, rápido, dijo el Mallolet. Llamó a sus hermanos y siguieron hablando con entera libertad, como entre compañeros. Estaban en el pretil de la era y los hermanos relataron sus experiencias, anécdotas de cuando la mili principalmente, hasta que la Mallola les llamó para cenar. Y cuando pocos días más tarde llegó Emilio le recibieron muy exaltados, soltándole alusiones, discriminando, retardando en lo posible el aclararle de qué iba. Emilio protestó, les aseguró que ya sí, que lo había hecho y que todo salió muy bien aunque, justo después, le entró un dolor. La historia no era coherente y le hicieron la vaca. El forcejeo les dejó cansados y conciliadores, y cambiaron de tema. Faltaba un solo curso para acabar el bachillerato y era agradable hacer proyectos, pensar en el futuro, en que todo se reducía a saber aguantar otros nueve meses. Nueve meses y ya no habría más formaciones ni misas ni batas de chiquillo ni cigarrillos fumados en los retretes ni domingos pasados haciendo multiplicaciones ni –lo más importante– nada de lo que implicaba, incluso fuera del colegio, ser todavía colegial. A Emilio, sin embargo, aquellas consideraciones parecían importarle poco; lo que le preocupaba era su carrera, su porvenir, y hablaron seriamente. Había llegado muy cambiado, más alto, y desde luego se afeitaba a diario. Se decía que su padre estaba ganando mucho dinero, que había tenido suerte, que la lampistería llevaba el camino de convertirse en una verdadera empresa de instalaciones eléctricas. Pero Emilio insistía en que su verdadera intención era estudiar medicina. Va, va, cantamañanas, dijo el Mallolet. Hojeaba tebeos sin prestar demasiada atención a lo que decían, se impacientaba. Y pasearon, igual que otros veranos. Aún quedaba alguna cereza pendiendo de las ramas despojadas y en la higuera de la viña había grandes brevas, frutos pálidos e insulsos, no como los higos de septiembre, dulces y rezumantes, de piel como cuajada, resaltando, fisurados de rojo, entre las hojas ásperas y oscuras. Discutieron acerca de las fiestas del pueblo; San Ireneo caía en viernes, pero el Mallolet aseguraba que lo bueno siempre era el sábado por la noche. Acordaron darse una vuelta, asomarse al baile.

En la glorieta, tío Gregorio hacía bascular su silla con los pies apoyados en otro asiento, meditabundo, el vello canoso asomándole por la camisa entreabierta. ¿Miraría quizá las nubes, ajeno a la conversación? Sobre el velador, sus gafas plegadas, el periódico, el paquete de picadura, la taza vacía, con amarillentos churretes de café.

Huía del ruido de las verbenas. O del calor húmedo de Barcelona. O de la Leonor, la raspa, mandona y gruñona, siempre riñéndole por despistado, por no lavarse y cambiarse lo suficiente, por su afición a meterse en la cocina, por sus manías. Siempre tiene que estar quejándose de algo, dijo. Tan buena mujer como insoportable. Se estaba mejor en Vallfosca.

¿Fiestas?, dijo. Eso para el que trabaja.

Se quejaba del calor de Barcelona, de las verbenas, del resplandor de las hogueras y los fuegos artificiales, de la música y los estallidos que no le hubieran dejado pegar un ojo en toda la noche. He venido huyendo. Con lo que no contaba es con que aquí, este año, se dieran tanto los mosquitos. También estaba tía Paquita, fatigada por el viaje, cada vez más estricta, cumpliendo sus devociones, una práctica –la precisa– para cada ocasión: la hora Santa, los cinco sábados de la Purísima, los cinco domingos en honor de las llagas de san Francisco, los seis domingos de san Luis Gonzaga, los siete domingos de san José, los nueve primeros viernes de mes, los quince martes de san Antonio… Cumpliendo, acumulando indulgencias, hablando de la particular protección que gozan los que usan escapulario e, incluso, los que llevan un simple rosario en el bolsillo, siempre dispuesto, discretamente enfundado, refiriendo todavía la horrorosa muerte de Voltaire o la condenación irremisible de Isabel de Inglaterra. Las cuentas de su rosario eran huesos de olivas de olivo del Getsemaní, y las pasaba. Después tocaría el piano, un piano alto y negro, con apliques para cirios, desafinado de año en año, las teclas estropeadas por los sucesivos aporreos de las visitas; tocaría –Lizt, Chopin, Beethoven– con sus dedos céreos, como delgados bambús, y papá diría invariablemente que Paquita tocaba con mucho sentimiento.

El día de san Ireneo era primer viernes de mes. Tía Paquita y papá fueron al pueblo en tartana, a comulgar. Probablemente fue entonces, al concluir el oficio, cuando empezó a correr la noticia de que la Rosalía había abortado. A Raúl se lo contó Emilio, muy excitado. Por la noche, en casa del Polit, ya se conocían más detalles; que estaba de tres meses, que la hemorragia había sido contenida, que la hemorragia continuaba, que lo hizo con una aguja de hacer media, con un tallo de ruda, con una hoja de hiedra, que el médico se lo diagnosticó abriendo una rana y examinando las entrañas, que como en el caso de la Toni, que al contrario que en el caso de la Mariona, etcétera.

Pues claro, dijo el maño. ¿A quién cojones podían pedir cuentas si la noia, de su hermano para abajo, ha puteado más que una gallina?

Sí, jugando, jugando, y mira, dijo la Mercè.

Trajinaba los platos, los cubiertos. Habían encendido, y el Polit, en el poyo, bostezaba huecamente, con los brazos crispados. Raúl escuchó las ranas, el croar que llegaba de la balsa como un gorgoteo discontinuo. Y yo que contaba con ella para el baile de mañana, dijo el Mallolet. Se la estaba tocando a través del bolsillo.

Lo pasaron bien en la fiesta mayor. Vieron al Polit con su hija y su yerno, que vivían en la costa; llevaba boina nueva y camisa blanca, el cinturón por debajo de la barriga. Les llamó, les invitó a coñac; las mesas de fuera estaban abarrotadas y tuvieron que tomarlo en el mostrador. Había gente de toda la comarca, veraneantes, grupos llegados de otros pueblos que desfilaban apretadamente ante los puestos de feria. En el entoldado, en cambio, la animación era todavía escasa: filas y filas vacías y la orquesta tocando para unas pocas parejas. Se acercaron dos o tres niñas de la colonia y saludaron a Raúl, traviesas y retraídas a un tiempo, mientras Emilio y el Mallolet permanecían a la expectativa. Adoptaban aires desenvueltos, pretendidamente impertinentes, pero se notaba que se aburrían, que querían hacerse invitar. Luego siguieron tropezándose con ellas, demasiadas veces para que aquello fuese casual, y Raúl acabó por hacer como que no las veía. Volvieron a los barracones de tiro y sacaron más cigarrillos y algún botellín de horribles brebajes alcohólicos. Tomaron cerveza y almejas, y en otro bar les invitaron a vino; el Mallolet decía que la almeja era lo que más le gustaba del mundo. Hacía calor, sudaban. Ya de noche, en el entoldado deslumbrante, el Mallolet bailó, con una chica del pueblo vestida de rosa, pero no tardaron en verle regresar abriéndose paso, riendo como un loco, contagiándoles la risa. Reían y se empujaban, y Raúl se sentía invencible. A la vuelta coincidieron con el Polit y el Polit les dejó subir al carro de vela, cargar las bicis. ¡Dioses que me escucháis!, gritaba Emilio desde atrás, dándoles la espalda, con las piernas para fuera, colgantes y traqueteadas. El Polit sabía habaneras y terminaron por cantar los cuatro, saludando a coro el paso de los coches que encendían las sombrías revueltas de la carretera. Fue como el verano anterior, cuando se incendiaron los montes y todo el mundo acudió a apagar el fuego; el Polit llevaba un tonelete de vino con pitorro de caña y bebieron y también entonces volvieron cantando y Raúl no se dio cuenta de cuánto se habían divertido hasta que ya todo hubo pasado.

El domingo hizo todavía más calor, una mañana bochornosa, anubarrada, de resol quieto y árido, como de ceniza. Raúl les prestó las escopetas y salieron, él con la de tío Pedro. Hablaron de lo de anoche, de la Rosalía. Y cazaron algo; Raúl un grajo viejo que tuvo que rematar a culatazos, entre los alcornoques de ramas grises. Se reunieron en la linde del bosque. A sus pies, en algún lugar de la viña ondeante y turbia, cantaban las perdices. Fue a los pocos pasos, apenas iniciado el descenso, cuando oyeron el alto y, enseguida, un disparo, breve y cortante. El guarda convergía hacia ellos también descendiendo, arrollando los sarmientos, el cañón del rifle humeando levemente.

¡Alto!, repitió.

Se miraron. El guarda, dijo Emilio. Lo vio correr a su lado, sorteando las vides, escurriéndose. Sonó otro disparo y Raúl miró hacia atrás, saltando de lado, zambulléndose entre las cepas retorcidas. El Mallolet no se había movido, seguía en el mismo sitio, delante del guarda, con los brazos levantados. Oyó crujir la tierra y un revuelo de hojas, y vio a Emilio arrastrándose hacia él desde algo más abajo. Lo ha cogido, le oyó decir. Escucharon un tercer disparo y la voz del guarda gritándoles que dejaran las escopetas y se levantaron. ¡Venga, para arriba! Raúl notó sabor a tierra seca, entre los dientes. Se incorporaron, tal vez alzando las manos. Los otros se acercaron despacio, el Mallolet delante, pálido, la boca entreabierta, la cara floja, como sin verles. El guarda, algo retirado, venía con el rifle encarado al nivel de la cintura. Resoplaba, contraído y sudoroso bajo la gorra de plato descolorida. De Vallfosca, ¿eh?, dijo. Cargó con las escopetas y emprendieron la marcha, ellos precediéndole, callados.

Encontraron a papá en el jardín, a la sombra de los tilos. Tío Gregorio acudió inmediatamente, calándose las gafas, y también tía Paquita, todavía con sus mantillas. Papá empezó a lamentarse, a decir que ya se lo había dicho. Dijo que no lo harían más, habló al guarda del alcalde del pueblo, del párroco, de un gobernador civil amigo suyo, le ofreció una copa, algún refresco. El guarda meneaba la cabeza; dijo que, aparte de que ninguno de los tres tenía licencia, cazar en aquella época era un crimen, en plena veda, cuando las bestias aún estaban con las crías. Eloísa, con ojos espantados, seguía la escena desde un respetuoso segundo término. Entonces intervino tío Gregorio, se lo llevó aparte. Vamos, hombre, que hablando es como se entiende la gente, dijo. Hablaron un rato. Luego vieron a tío Gregorio echar mano de la cartera.

Se fueron hacia la casa del Polit.

Burro, dijo Raúl. No se hubiera atrevido a tirar contra nosotros.

Cagado, dijo Emilio. Maricón.

Todos salieron a su encuentro. ¿Cómo ha sido?, preguntó la Mercè. Los mozos, como recién llegados del campo, todavía sin mudar, alguno afeitándose junto al estanque. Y el Polit, sudoroso y barrigudo, descalzo, los pantalones arremangados, en camiseta.

Éste, que es un maricón.

De pronto el Mallolet se apartó, corrió a meterse en una cuadra abierta. Le siguieron, y en la repentina penumbra pudieron apenas distinguirle arrodillado sobre el lecho de paja, llorando contra la pared del fondo. A su espalda apareció el Polit, en el umbral, aureolado de rubio, con los brazos en jarras y una paja entre los dientes.

Hale, dijo. Vosotros dos, fuera.