V

REINSERCIÓN SOCIAL DEL CABALLERO ANDANTE. No sé –ni tengo por otra parte especial interés en saberlo– si mi antiguo barrio conserva todavía esa costumbre más bien pueblerina de celebrar su fiesta mayor. Lo seguro es que los terrenos que en mis años escolares solía ocupar la feria durante los días de fiesta mayor, están hoy –en la mejor tradición de esa pugnacidad especulativa tan típicamente barcelonesa– literalmente edificados palmo a palmo. Y por aquel entonces, al menos para mí, fiesta mayor quería decir feria de atracciones, y más concretamente, pista de autoschoque, y más concretamente todavía, la posibilidad de entrar en contacto con una serie de chicas a las que, pese a vivir en el mismo barrio, los tres o cuatro años de más que me llevaban situaban por completo fuera de mi alcance, siendo como debía ser a sus ojos un crío que, no por la divertida insistencia con que las miraba al cruzarse con ellas en la calle, dejaba de ser un crío. La fiesta se celebraba a finales de septiembre o primeros de octubre, cuando la belleza de aquellas hijas de familia, tras los estímulos de un saludable verano, se hallaba en todo su esplendor, superable tan sólo por la que previsiblemente habían de alcanzar al año siguiente.

Dado que las conocía tan sólo de vista, esto es, que no las conocía en absoluto, que me limitaba a contemplarlas desde un vigilante anonimato, mis preferencias se basaban en consideraciones estrictamente físicas, o mejor, en la consideración de las posibilidades que parecía ofrecer el físico de cada una de mis preferidas, un físico susceptible –a falta de otros elementos individualizadores– de oscilar enormemente, ora deportivo y arisco, ora con la pureza rubia y celeste de un Botticelli, ora provisto de todos los dejes que en la apariencia exterior suele imprimir una sugestiva sexualidad aberrante. Acudían a la pista hacia última hora de la tarde, en pequeños grupos, y por lo general las chicas que constituían mi diana tomaban un coche acompañadas de alguna amiga menos favorecida, si bien más de una parecía preferir la relevancia siempre mayor de la actuación solitaria. La cuestión, en cualquier caso, era embestirlas con el máximo de violencia, aviesamente, en los laterales traseros a ser posible, justo el punto donde un buen golpe las hacía girar en redondo, con revuelo de pelos y risas y grititos y grandes pestañas, inermes frente a uno en sus desmadejados intentos de salir del mal paso, de esa inmovilidad y descontrol de la máquina que no hace sino atraer sobre las chicas que se encuentran en tales circunstancias nuevos encontronazos y redobladas sacudidas. El magnetismo que de por sí dimanaban parecía expandirse entonces a la pista entera y, a semejanza del calentamiento que produce el choque reiterado del eslabón con el pedernal, de los llamativos chispazos que saltan, así, de modo semejante, caldeada la atmósfera bajo las chispas vivaces, se hacía contagioso el fenómeno y se generalizaba el alocado impulso de chocar y entrechocar con la máxima contundencia, buscando el efecto más aparatoso posible. Una actitud a todas luces vinculada a la que se produce en torno a una violación, donde el desahogo que supone un acto consumado puede ser inferior a los incentivos que ofrece el no consumado, a la sobrecarga de libido que genera una violación frustrada, al igual que en estas circunstancias y en virtud de similares motivaciones, también en una pista de autos-choque, desde el punto de vista de nuestro pequeño violador, más que una presa fácil, mucho más, puede contar la dificultad del contacto, la insatisfacción que engendra el acoso inútil de una diestra conductora, al seguir y seguir por todos los rincones de la pista a tan fugitivo objetivo, tanto mayor el deseo de darle alcance cuanto mejor rehúye y dribla, cuanto más impertérrita resiste el impacto, estólida como una Amazona, olímpica como una mismísima Diana Cazadora.

¿Ha variado sustancialmente mi posterior comportamiento erótico? ¿Tan alejada está la conducta amorosa de nuestro pequeño violador de la vida amorosa del adulto? Yo diría que no, que menos, en todo caso, de lo que pudiera parecer a primera vista. Pues, si lejos de limitarse a considerar en qué acabaron mis relaciones con Rosa, con Magda, con Margarita, o si, a partir precisamente de esa consideración, me remonto en el tiempo y reconstruyo lo que fueron nuestros primeros encuentros, la toma de contacto con las mujeres que en definitiva más han contado en mi vida, el esquema de comportamiento resultante no será muy distinto del que con su actitud nos ofrece el pequeño violador de la pista de autos-choque. Y es que, como la visión de ese lelo con el que no nos habíamos tropezado desde chicos, de cuando lo veíamos al ir al cole, ese tonto del barrio idéntico a sí mismo a través de los años, igual que a los dieciocho a los cuarenta y ocho, con el mismo andar animoso y emprendedor, el andar de alguien que lleva camino de hacer algo aunque no sepa exactamente qué, como ese lelo cuya visión nos retrotrae de súbito a una impresión ya vivida y con respecto al cual no es él quien ha cambiado sino nosotros, así, a semejanza de ese lelo que en su incapacidad de razonar tiene tanto en común con la respuesta sexual del sujeto, si algo ha experimentado un cambio en lo que a nuestra vida amorosa se refiere, son las circunstancias en las que se ha desarrollado, no el esquema de comportamiento. Y si la figura de Rosa, trasladada a la pista de autos-choque, se correspondería con la de esa chica que ríe con la sacudida, revuelto el pelo, Magda se correspondería con la que nos mira temerosa y muda, como bajo el efecto de un susto del que todavía no se ha repuesto, quedando para Margarita el papel de Diana Cazadora, mi verdadera diana, la muchacha imposible que nos esquiva con destreza, que sin mayor respuesta emocional rehúye vez tras vez un nuevo choque, casi como sin quererlo, como si ni tan siquiera hubiese advertido nuestro propósito, más aún, como si ni tan siquiera nos hubiese visto. ¿No había, en efecto, en el comienzo de mi relación con Rosa algo de la actitud de ese violador que intuye la orgía a la que ha de acabar entregándose juntamente con la víctima, emulado si cabe el violador por la violada? ¿De ceremonia ritual, de sacrificio, de la fascinación que embarga así al sacrificante como al sacrificado en el caso de Magda?

El que ahora estas consideraciones sean admisibles no sin esfuerzo, se deberá, supongo, no ya a que la repetición del esquema parece poco probable a estas alturas, a que, de repetirse, su impacto en mi vida difícilmente iba a ser equiparable al de otras veces, sino sobre todo a la mutación que desde hace ya bastantes años experimentaron mis relaciones tanto con Rosa como con Margarita y Magda, esa pérdida de la libido, como extraviada en los entresijos de mi trato con cada una de ellas, eclipsada de forma no sólo súbita sino también recíproca y, lo que es más curioso, poco menos que simultánea, como ganados todos, se diría, por la engañosa creencia de que la sexualidad no es más que la idea previa que uno se ha hecho a este respecto. Y ello tanto más profundamente cuanto mejor se sostuvieron los elementos no eróticos de la relación, más respecto a Margarita que respecto a Magda, y más respecto a cualquiera de las dos que respecto a Rosa. Ignoro si para que se produzca el fenómeno es preciso haber visto en los demás, como en un espejo, los cambios en la presencia física que no parecen sino preparar el camino a tales cambios de actitud, haber visto convertirse a nuestros amigos y amigas de cuando nos conocimos en lo que son ahora, chicas afiladas como un siamés que se transforman –uno diría que de repente– en un siempre más mullido gato de angora. De ahí que, llegados a este punto, el hombre, más a la defensiva, tienda a una irónica y civilizada misoginia, mientras que la mujer, en la medida en que sabe que acusar el paso del tiempo le supone un verdadero cambio de condición, tiende a posturas más combativas, a desarrollar los aspectos más posesivos, afirmativos y maximalistas de su carácter, predispuesta por naturaleza a posiciones tipo feminista, a análoga militancia reivindicativa, cuyos planteamientos por fuerza han de calar más hondo en ella que en la joven universitaria, toda vez que cuanto en ésta es apasionada entrega al puro placer especulativo, en la mujer ya hecha responde a una experiencia vivida, algo así como participar en una representación teatral para encontrarse de pronto con que no tiene papel. Hay entonces una crispación de actitudes, e incluso cuando se pretende probar de nuevo, volver a empezar desde el principio, lo que se repite es el ensayo general que precede a la representación propiamente dicha, esa representación que no llegó a celebrarse o que fue suspendida o que salió mal, un ensayo bajo el que no obstante aún subyace –irreconocible tras tantos maquillajes superpuestos– el mismo esquema de comportamiento del pequeño violador de la pista de autos-choque, aquel lamentable adolescente que se pregunta escandalizado cómo es posible que las mujeres anden por la calle tan tranquilas, como si bajo la ropa que llevan no hubiera las desnudeces que hay, cuerpos acaso recién salidos del escarceo erótico, dilatadas aún sus partes húmedas, haciendo gala de un inconcebible cinismo ante el cual, nuestro adolescente, obnubilado, como cargados de dioptrías sus ojos, se siente una vez más del todo inerme y descalificado, incapaz de hacerles frente como no sea en una pista de autos-choque, y, al volante de un pequeño bólido, caer como un ave de presa sobre sus inasibles bellezas del barrio.

Hablar de hombres y mujeres poniendo todo el énfasis en su diferenciación erótica no es más que una de tantas clasificaciones que cabe establecer cuando se echa un vistazo al mundo que nos rodea; hay otras más intrincadas en la medida en que, confuso su origen no menos que su naturaleza, parecen menos susceptibles de dar lugar a generalizaciones simplificadoras, sin que por ello sea menos radical la dicotomía resultante. Así, la división entre personas que despiertan de inmediato el afecto de cuantos entran en contacto con ellas, que de antemano generan en los demás la necesidad, necesidad más que simple impulso, de hacerles objeto de sus atenciones, de mantener desde el principio una actitud comprensiva y protectora, y personas que no suscitan nada de eso. Por ejemplo: Rosa, Magda y Jaime, sí; Joaquín, Margarita y yo, no. Evidente para cualquiera que nos conozca. La razón, sin embargo, es ya más imprecisa. ¿Qué tenemos en común los que no frente a los que sí o viceversa? Como preferir verse en la necesidad de tener que tomar, por las razones que sean, una o dos aspirinas con un sorbo de agua, a ese último recurso contra los atascos digestivos que es la cucharadita de bicarbonato, experiencia repulsiva para unos lo que para otros –entre los que me cuento– es gesto rutinario, una división que no por su apariencia superficial o frívola deja de implicar, según tengo observado, una bien definida serie de rasgos de carácter comunes a los componentes de cada bando. Pues el conflicto reside, no en encontrar una explicación individual, caso por caso, sino en encontrar un denominador común a esas explicaciones individuales en cada una de las series propuestas, conflicto que se complica cuando, al considerar dos o más series, establecidas conforme a diferentes propuestas, nos encontramos con que se entrecruzan, con que Margarita y Magda también prefieren el bicarbonato, mientras que Rosa, Joaquín y Jaime son adictos a la aspirina.

En lo que a Jaime se refiere, la explicación más elemental de ese don que tenía de hacerse querer, como se dice vulgarmente, podría estar fundada en su afabilidad, en su incapacidad de decir no, en el insistente sí, sí, sí, que tenía de entrada para todo y para todos, aunque a continuación y de la forma más respetuosa, fuese a exponer argumentos diametralmente opuestos a lo que inicialmente parecía haber dado por bueno con sus síes de cortesía. En el mismo sentido, su tendencia a disculparse continuamente, a dar explicaciones innecesarias, cosas que ni preocupaban ni podían interesar a nadie. Complementariamente, su necesidad de regalos, de ser obsequiado con algo que no se espera, el regalo navideño de algún cliente agradecido, por ejemplo, un regalo que, por convencional y rutinario que fuese, él valoraba en más, en mucho más que la relación profesional o económica que lo justificaba, valoración sólo superada por la del regalo, no ya inesperado, sino también inmotivado, ese pequeño presente mandado por una persona cuya identidad es localizada no sin esfuerzo, una persona a la que apenas si se conoce y que sin embargo, como bien lo atestigua ese pequeño presente, tiene por nosotros un singular aprecio; una propensión que, suplementariamente, no podía conducirle sino a la mitomanía, a inventar regalos, a llamar regalo a lo que era producto de una compra, y, en ocasiones, a la cleptomanía, a robar sus regalos. Motivos sobrados, en cualquier caso, para tomarle todo el afecto al que se hace merecedora una persona que es un encanto, sí, pero que, al mismo tiempo, resultaban más que suficientes para hacerle inaguantable, crispante como ese conductor dominguero que, tras haber recorrido sus buenos kilómetros de autopista junto a otro coche, adelantándose alternativamente y recíprocamente el uno al otro, ambos con deportividad y compañerismo, casi que siente que al fin se hayan separado sin conocerse, sin charlar un rato y contarse sus respectivos problemas, sin haber intimado. Pues, a semejanza de ese estado de ánimo del conductor dominguero, propiciado por la digestión pesada, el aroma del puro y los carajillos tomados, así el humor de Jaime en su relación cotidiana con la gente. ¿Acaso el hecho de ser inaguantable acababa asimismo contando en su haber a la hora de hacerse acreedor al afecto de los demás? Sin lugar a dudas, pues lo cierto es que no era yo el único en rehuirle, que todo el mundo lo hacía, como suele pasar con los pesados, y que tal vez esta reacción, por lo que tenía de injusta en la medida en que Jaime no era propiamente un pesado, contribuía, efectivamente, a reforzar esa especie de cariño a distancia que despertaba, a manera de cuota extra o compensación.

El caso de Magda era completamente distinto, más directo, más inmediato en su manifestación, ya que el afecto que parecía liberar en la gente con su mera presencia física era difícilmente separable del atractivo que ejercía esa presencia física, un atractivo basado, más que en la belleza de rasgos, o además de ella, en la apacible desolación que traslucían sus ojos incluso cuando sonreían divertidos. A esa primera impresión favorable habría que añadir la irrupción de los impulsos protectores que suele inspirar una actitud ante la vida como la suya –firmeza de carácter y obstinada independencia de criterio actuando a manera de resorte o fleje, tal el cuerpo de una danzarina bajo los tules, de una apariencia exterior frágil y asustadiza, de animalito del bosque–, impulsos que si en virtud de su propia naturaleza se desdoblan y decantan con enorme facilidad, tratándose de Magda, las iniciales ansias de dar a la criatura aquella todo el cariño que se merecía, se trocaban con especial rapidez en deseos más imperiosos, proyecto de desahogo sexual incluido, circunstancia ésta a la que probablemente no era ajena su conocida condición de lésbica; reacciones que no podían sino potenciar en Magda su tendencia al retraimiento, justificar su sensación de ser víctima de un verdadero acoso, y ello con tanto mayor motivo cuanto más se repetía la experiencia, cuanto más generalizado se mostraba el fenómeno. El obvio esfuerzo que le suponía, la dificultad que para ella entrañaba hacer frente a una visita cualquiera cuando se hallaba en Vilasacra haciendo compañía a Jaime, el sobresalto ante el simple anuncio de la visita, su forma de mirarse al espejo antes de hacerla pasar, como con temor a que el espejo reflejara lo que los visitantes podían creer que era su vida sexual, a que sus ojos, como pequeñas pantallas, reprodujeran las escenas desenfrenadas que sin duda ellos le atribuían, escrutándose acechante, con la conciencia de extrañeza de un ave nocturna que vuela llamativa a plena luz del sol y como ella de ciega. En consecuencia, complejidad creciente de las prácticas rituales a las que ya se entregaba cuando la conocí, pequeñas manías, supersticiones como ella las llamaba, que con el paso del tiempo no habían hecho sino proliferar y extremarse hasta regir la práctica totalidad de sus actividades cotidianas: tocar ambos lados del vano con la punta de los dedos al franquear una puerta; lavarse las manos tras haber empuñado un picaporte, gesto que procura evitar abriendo con el codo cuando la forma del picaporte lo permite; lavarse asimismo las manos después de haber tocado dinero; tener un cenicero para su uso exclusivo, que lava siempre que ha sido tocado por otra persona; dejar habitualmente levantada la tapa del retrete, cuyos bordes, por otra parte, presentan señales de desgaste producidas por las suelas de los zapatos; disposición rigurosamente simétrica de los cubiertos sobre el mantel, de las tazas de café sobre una bandeja, etcétera, detalles que pillo al vuelo en la medida en que los reconozco, afines como son a ciertos hábitos que adquirí en la cárcel –contar los pasos, los peldaños, hacer siete abluciones al lavarme la cara, etcétera–, aunque, probablemente, más que adquirirlos, lo que hice fue advertir su existencia, igual que aún ahora tienden a reaparecer, irreprimibles, en mis peores momentos o períodos, desde la muerte de Margarita, por ejemplo.

De primera intención, al contrario que Magda, Rosa más bien asusta. Y acerca del tipo de sentimientos afectivos que despierta en la gente, más que de afecto propiamente dicho, habría que hablar de aprecio, un aprecio que se mantiene a prudencial distancia: su apasionamiento, su vehemencia, su opinión voluble, cuya potencial peligrosidad está en el aire, así parecen aconsejarlo. Sobre todo cuando su manifiesta generosidad es intuida como arma de dos filos, expansividad posesiva a la vez que capacidad de entrega, maniobra invasora a la vez que desinteresada ayuda. Su total falta de sentido de la realidad, la ilusión que es capaz de poner en una solución inviable, no hacen sino trabajar en el mismo sentido: crearle un contorno fantasmagórico donde nadie la contradice, todos como siguiéndole la corriente igual que se hace con los locos. El problema de Rosa consiste entonces en cómo apuntalar esa seguridad en sí misma que todo el mundo le supone, que ella misma ha llegado a creerse en ocasiones, sea con la ayuda de un lema, Osar, construido con las mismas letras que Rosa, su divisa de cuando nos conocimos, sea con ayuda de algún estimulante, fármacos, alcohol, etcétera, sea, como en los últimos tiempos, buscando refugio y encontrándolo en un aislamiento que viene a ser el negativo del aislamiento en que vive Magda: no es que el mundo la hostigue, lo que al mundo le pasa es que no se merece que ella lo trate.

De las diversas soluciones adoptadas, el recurso al alcohol ha sido sin duda la de mayor trascendencia, al incidir durante más tiempo y con mayor intensidad tanto en las oscilaciones emocionales de Rosa como en su seguridad o falta de seguridad y hasta en la realidad o irrealidad del mundo circundante. Los altibajos propios del consumo del alcohol se hicieron crónicos del modo más natural del mundo, y luego, con la misma naturalidad, según los efectos nocivos iban predominando sobre los benéficos y los deprimentes sobre los estimulantes, según las recaídas seguían a los tratamientos y a las curas, el equilibrio quedó restablecido en sus altibajos merced a una crónica supresión del alcohol, todo como a resultas de uno de esos saltos cualitativos tan caros al materialismo dialéctico. Las vicisitudes a que da lugar la introducción del alcohol en la vida de una pareja, las tensiones y erosiones que produce, han servido de tema a un sinnúmero de aburridas novelas en las que el autor, con esa manía por la minuciosidad digna en efecto de un dipsómano arrepentido, parece empeñado en no perdonarnos ni un solo detalle acerca de lo que eso representa en la convivencia diaria. Ofuscados por tal obsesión, son incapaces de advertir que lo que cuenta no es la secuencia cotidiana sino su interrupción, la solución de continuidad provocada por la irrupción de una tercera persona, producto del desdoblamiento del miembro de la pareja afectado de etilismo, una persona más parecida a Mr. Hyde, la Bête o el Hombre Lobo, sea cual fuere su sexo, que a esos pobres amargados que deambulan con sus tics por las páginas de las novelas a las que me refiero. El fallo está en el enfoque, en que equivocan el género, tratando en tono analítico y realista lo que más bien pertenece al ámbito de la novela de terror. El momento de la transfiguración, cuando Nabucodonosor presenta los primeros síntomas de su transformación en alimaña: el párpado que se crispa, la mueca que aflora entre los pelos, su receloso gruñido justo antes de saltar desde el trono, palacio afuera, derribando a cuantos no se apartan a tiempo de su trayectoria en fuga hacia el yermo.

La metamorfosis solía coincidir con el crepúsculo, cuando Rosa desaparecía como a caballo de una escoba y en su lugar quedaba un ser progresivamente agresivo, que si había empezado moviéndose como un duende, bebiendo a escondidas, no tardaba en convertirse en expresión misma de la rudeza más incoherente, ya más desafiante que furtiva y pronto iracunda, una especie de troglodita que arremetía contra cuantos testigos hallase de su peculiaridad, vociferando, abofeteando, pataleando, bebiendo a gollete, para terminar devorando a mordiscos un salchichón o zampándose una tableta entera de chocolate igual que un ogro se zampa la casita del cuento; empapado el alcohol ingerido, satisfecha esa necesidad de nutrirse más que de comer, de asimilar alimentos pesados y espesos y, a ser posible, caros, el sopor la vencía como a un cíclope y quedaba adormecida durante un rato, presa de agitados sueños, tras lo que volvía a espabilarse intermitentemente, a beber y a engullir y a revolverse, ahora con el pavor y el desamparo del oso que se sabe acorralado, que busca inútil refugio entre los peñascos, en sus ojos el reflejo de las antorchas de los campesinos que con palos, forcas y escopetas estrechan el cerco.

Para Rosa, como para cualquiera, el panorama retrospectivo de esta clase de celebraciones sabáticas, la impresión que prevalece durante el día y medio largo que suele tomar despertarse mínimamente, salirse del túnel del sueño, difiere bien poco, sin duda, de la impresión producida por un tren que se cruza a toda máquina con el tren en que viajamos, imágenes cuya verdadera identidad, de tan fugaces, resulta imposible dictaminar, y que, sea por su celeridad martilleante, sea por la naturaleza de las instantáneas registradas, constituyen en su conjunto una verdadera invitación a seguir durmiendo, a ver si resulta que esos recuerdos forman parte de un sueño y luego se despierta uno con otras ideas, más acordes con el desayuno y el periódico y el reconfortante tráfago callejero. En cuanto a la escenografía que sirvió de marco al desarrollo de la acción, es algo que el protagonista o la protagonista, Rosa en este caso, sólo puede imaginar por analogía, por haberle tocado hacer en otras ocasiones, conmigo, con un amigo cualquiera, el papel de espectador, de igual forma que tampoco el pasajero que viaja en nuestro tren es capaz de apreciar la impresión de movimiento que produce ese tren en el contorno paisajístico que recorre, embarcado como se halla en ese movimiento del que es parte imperceptible a ojos de un eventual observador que desde fuera contemple el paso del tren, la larga línea que se desplaza en la quietud del paisaje, o incluso, por qué no, las líneas de dos trenes que se cruzan. Más que un simple intervalo, este período de recuperación constituye un verdadero interludio: no un vacío entre dos períodos sino un período en sí, distinto al que le precedió y al que le seguirá, dotado de entidad propia. Rasgo común a los tres períodos es la virtud que tienen de mantener en vilo a toda la casa, ahora, en las negras horas de recuperación, ante el temor de que el coloso despierte, igual que en el período precedente, durante el nunca mejor llamado mal trago, la casa se mantenía en vilo no ya por miedo a lo que el coloso aquel pudiera decir o hacer, gritar, tirar al suelo, sino a su temible fragilidad, a sus bamboleos de reina de ajedrez basculante, a que perdiera el equilibrio y les alcanzase a todos al hacerse añicos, o como después, pasada la recuperación, se mantendrá en vilo a la espera de los primeros y sigilosos signos de una inminente recaída. Para volver a las andadas vale cualquier pretexto: poner un poco de orden en la casa, por ejemplo, a fin de tener la sensación de que se ha ganado –¡y bien ganado!– un trago. El buen humor que entonces la embargaba, su animación al empezar a beber, los largos y precipitados tragos que se servía como diciéndoles, esperad, esperad que ponga gasolina, que ahora vuelvo, y volvía en efecto con renovados ímpetus y la satisfacción del que ha cumplido todos los requisitos, lo primero es lo primero. Y a continuación, como era de prever, las expresiones de amor más encendidas que, sobre todo a horas crepusculares, no son sino el peligroso anuncio de una inminente avalancha de invectivas. El aviso definitivo, no obstante, estaba en sus ojos, en la calidad húmeda que adquirían, la mirada resbaladiza y culpable que, a modo de un alerta, desencadenaba la escampada general. Entonces, la crisis, Rosa poniéndose como a crepitar sobre el propio asiento.

El hueco que al dejar de beber se abre en los hábitos de una persona obliga a la remodelación de esos hábitos, tanto en lo que se refiere a encontrar un sucedáneo de los estímulos suprimidos, como, más en general, a un nuevo planteamiento de la vida que uno lleva o quisiera llevar. La insistencia de Rosa durante esa fase en autodefinirse y caracterizarse, pongamos por caso, en delimitar lo que ella es y marcar distancias respecto a lo que no es. Por de pronto está enferma; no una enfermedad propiamente dicha sino tal o cual función, tal o cual órgano que hacen el tonto, la vesícula, el riesgo de una lipotimia, una mala circulación periférica, nada grave, molestias, tonterías que hay que cuidar, acorde el arsenal de fármacos con la diversidad de síntomas. Pues como esas personas que un buen día resuelven que han salido al abuelo, aquel ser ogroide que atemorizaba a cuantos le rodeaban, o bien que han heredado el genio de la madre, una mujer de genio, como se decía en la familia, o de carácter insoportable, como era generalmente admitido fuera de tal ámbito, esto es, convertirse en personaje, con una línea de comportamiento que defina lo que acaso el temperamento no basta para definir por sí mismo, así, a semejanza de esas personas que optan por convertirse en personajes, así Rosa en su condición de establecerse como enferma, de asentarse en la condición de persona de salud delicada, de forma tampoco muy distinta, en definitiva, de como su propia madre, su denostada madre, le había hecho en su día. Un status, por otra parte, que encierra cierta tendencia a la retrospección, pues, igual que esa genealogía de lo que le pasa lleva a hurgar en los rasgos hereditarios, a remitirse, por ejemplo, a la figura de la madre o a la del abuelo, la lleva también, en sus pesquisas, a una búsqueda en el propio pasado, a una reinterpretación de sí misma a partir de la infancia, ya que, en definitiva, cosas similares le han pasado desde niña, desde siempre, como quien dice. La contemplación de las posibilidades que ofrece una explicación de este género, la exploración de las diversas opciones que permite, incluida la de volver a sentirse por dentro como cuando tuvo la primera regla, contribuyó, sin duda, a mantenerla en esa especie de estupor ensimismado en el que tan frecuentemente se hallaba sumida, siempre como pensando en otra cosa, olvidando dos y hasta tres cigarrillos encendidos en distintos ceniceros, dejándose las puertas abiertas a su espalda y encendidas las luces.

A veces, en el curso de los conflictos a los que de por sí da pie la vida conyugal, cualquiera de los cónyuges, ella, él, en ocasiones los dos, aunque por separado, se ven conducidos, en su absorta contemplación global y simultánea de lo que es transcurso, y a manera de estímulo resolutivo del estado de atemporalidad en el que se hallan sumidos, a la contemplación de una sugerente alternativa: la eventual posibilidad de represalia, poder, en un momento dado, darle la vuelta a la situación, y entonces, invirtiendo el sentido de las heridas recibidas a consecuencia de una relación de este género, tener al otro cónyuge a su disposición lo que le quede de vida para ir haciéndole pagar todos sus agravios, del primero al último. Más a menudo, esto es, sin llegar a tales extremos en la medida en que se trata de una posibilidad no sólo más inmediata sino también más esperanzadora, se opta por otra clase de intento alternativo, lo que Rosa llamaba hablar, aclarar cosas, intento que, indefectiblemente, no hacía sino añadir un motivo más de reproche –incomprensión, indiferencia– a la ya larga lista que, una vez más remitiéndose ab initio, pretendía que repasáramos juntos, y una vez más iba yo a resistirme a ser sometido a semejante baño, su habitual enumeración de mis innumerables traiciones –las suyas, decía, no eran más que un desesperado intento de hacerme reaccionar–, de sus ocasiones perdidas, la de hombres que habían llegado a estar enamorados de ella sin ella saberlo, lo distinto que hubiera sido todo con cualquiera de ellos, sin una presencia nociva como la mía, capaz de anularla aún sin hacer nada deliberado en este sentido, sin siquiera darme cuenta. El valor catalizador, o mejor, liberador, que para ella tenían este tipo de sesiones era evidente, al hacer precipitar, a manera de desahogo, todos los malos humores acumulados, y, descargada de ese lastre, a impulsos de un insólito rebrote de vitalidad, emprendía una tarea cualquiera, ordenar sus cosas, por ejemplo, es decir, extender el desorden a la casa entera en una exhibición de su voluntad de cambio, que también podía ser entendido como esfuerzo compensatorio de la imposibilidad en que se hallaba de poner en orden su mente, y así hasta que se cansaba y terminaba por recogerlo todo de nuevo, ya que, en definitiva, estaba enferma, ya que, en definitiva, su salud no le daba para tanto.

Algo parecido podría decirse, probablemente, acerca de su personal sentido del tiempo, un sentido al que aún hoy parece seguir ateniéndose: las fluctuaciones de valor que para ella ofrece su transcurso, esa tendencia que tiene a calcularlo avaramente, así cuando es cuestión de minutos –los que hacen falta para llegar puntualmente al cine, a una cita– como cuando es cuestión de fechas –la de salir o volver de un viaje, que se procura retrasar en lo posible–, unidades temporales valiosas, se diría, en función de su proximidad al límite. Y supongo que igualmente habrá que atribuir a ese movimiento hacia atrás, a ese ahondar en el propio pasado, a manera de adherencias residuales, inevitables en un proceso de esta índole, el apego de Rosa a determinadas actitudes, adoptadas en diferentes épocas y a menudo contrapuestas, que con el tiempo han de ir quedando –en su calidad de cuestiones de principio– completamente fuera de lugar: su aversión a las cosas provisionales que luego terminan en definitivas, por ejemplo, y, en general, a las medias tintas; el asco que le inspiran ora la cabronería de los burgueses, ora la hijoputez de los obreros, etcétera, etcétera. Similar carácter recurrente, de verdadero leitmotiv, su actitud para con las personas, rígida, inamovible, como fijada cada persona para siempre en un concreto instante de su vida. Rigidez que no es sinónimo de sinceridad. Su obsesión con Margarita, por ejemplo. Los intentos de Rosa para ganársela, por convertirla en su amiga, a los que Margarita siempre correspondió cordialmente pero a distancia, todo ello encubriendo un fuerte antagonismo conforme al cual, y por lo bajo, Rosa acusaba a Margarita de no ser una mujer de verdad o de serlo poco, y Margarita a Rosa de terminar por agobiar a cualquiera. Rosa la buscaba, le hacía regalos, y Margarita más bien la esquivaba; el tiempo y sus posiciones respectivas jugaban a su favor.

Así como en los libros de caballerías el caballero es definido por sus hazañas, quedando para la dama una caracterización basada en sus cualidades, excelsas no menos en lo físico que en lo espiritual, así, aún hoy en día, la mujer acostumbra a ser explicada en función de lo que es y el hombre de lo que hace. La deformación es no sólo moral y cultural sino también específicamente literaria; en las novelas, por ejemplo, la caracterización de la protagonista suele superar en relieve a la del protagonista, más coherente en sus líneas maestras, más acabada en los detalles, más convincente. El hecho se debe, a mi juicio, a que mientras la protagonista constituye el objeto inequívoco del relato, el protagonista se identifica más bien con el objetivo mediante el cual el autor desarrolla ese relato, la lente a través de la cual se nos ofrecen las diversas vicisitudes de su desarrollo. Y ello se cumple incluso cuando, a falta de ese protagonista-visor, el autor la suplanta implícitamente, subrogándose en el papel de lente observante –caso de Madame Bovary–, o cuando el autor es autora, una mujer que, asumiendo las convenciones propias del género, trabaja la caracterización de sus heroínas igual que pudiera hacerlo un hombre. En este sentido, la protagonista de una novela suele ser más afín a los personajes secundarios que al protagonista, algo así como un personaje secundario tratado en extenso, redonda como en ellos la caracterización, pulcra, bien perfilada, figuras que se diría pertenecientes a un bajorrelieve, convexas más que cóncavas, a diferencia del protagonista, cuya peculiar profundidad más bien parece resultar de una paciente labor de vaciado.

Un fenómeno, en definitiva, que no hace sino reproducir en el plano de la ficción lo que sin duda el autor ha experimentado previamente en su vida cotidiana: la dificultad que entraña resumir la personalidad de alguien que nos es próximo, que conocemos en sus contradicciones, frente a la ductilidad propia de la imagen externa, de la persona que irrumpe desde fuera, más susceptible de ser esbozada con decisión y brillantez, de que sus firmes rasgos resulten convincentes, gracias, justamente, a los escasos motivos de duda que nos ofrecen, al amplio margen de iniciativa que permiten a nuestra enérgica intuición. Y conste que por persona próxima entiendo no sólo la que lo es en el terreno afectivo sino también a la que lo es en virtud de una mera proximidad física, sin que ni siquiera sea necesaria una especial afinidad de carácter. El caso de Joaquín, por ejemplo, posiblemente la persona cuyo desarrollo he seguido desde más cerca, más próximo en este aspecto que papá –una figura que el niño ve como algo que le es impuesto, la figura de un hombre que siempre fue viejo– o que Rosa, una mujer a la que me era posible aceptar o rechazar tal cual era cuando nos conocimos, una mujer cuya personalidad podía evolucionar en el futuro, pero ya no cambiar. Por eso, ni siquiera en el marco de estas notas, de lo que uno escribe para sí mismo, ni siquiera aquí, me resultaría más sencillo introducir una semblanza biográfica de Joaquín que de papá o de Rosa. Una cosa es conocer la personalidad de alguien en sus diversas facetas, y otra organizar esos datos parciales en un todo coherente; y hasta me atrevería a decir que, cuanto más coherente sea la imagen resultante, más motivos hay para poner en duda el que además respondan a realidad alguna. De ahí que sea en el ámbito de la autobiografía –el caso límite, el punto en el que los papeles superpuestos de autor y protagonista coinciden de un modo absoluto– donde esa labor de vaciado, ese sistema de definir la figura indirectamente, a partir de su contorno, se manifiesta de forma más patente. Incluso cuando todo ese despliegue reflexivo tan sólo responde, conscientemente o no, a la voluntad de trucar, alterar y soslayar la realidad con el máximo de perfección técnica posible, de inventar la más verosímil de las ficciones.

Salvo que olvidemos la idea misma de semblanza. Que dejemos a un lado los detalles que impiden apreciar el conjunto, así como la propia idea de que tal conjunto tiene entidad real, en favor de la llamita que, súbitamente encendida, como iluminando el cuadro desde dentro, dará a la composición la vida que le falta. Se trata, en suma, de un problema de luz. De hacer visible una imagen que, al tiempo que expresión de lo que por ejemplo es Joaquín, permita vislumbrar en un solo plano, de manera simultánea, lo que Joaquín hace, hizo y hará: la imagen de alrededor de cincuenta años que parece un muchacho disfrazado de hombre de alrededor de cincuenta años, como es frecuente en los actores que representan el papel de una persona con muchos más años de los que en verdad tienen. De ahí el fastidio y la indisimulable preocupación que le producen los lapsus que en número creciente se abren, de un tiempo a esta parte, en su discurso, los fallos de una memoria proverbialmente excepcional, superior desde luego su disgusto al respecto que el que pudiera ocasionarle el blanco prematuro de los cabellos, al que siempre se le puede ver un lado bueno, el atractivo que esto tiene para muchas jóvenes y todo eso. Pero ¿se daba cuenta cabal de hasta qué punto se repetía contando siempre las mismas anécdotas a las mismas personas, la anécdota correspondiente a cada persona, se diría, en su particular registro? ¿De que de la reiterada introducción de la misma tarjeta perforada en una computadora no podía sino resultar inevitablemente la misma respuesta tantas cuantas veces insistiera? ¿De la desfavorable impresión que eso acaba causando, del todo contraproducente si su propósito era el de ser ameno, lo que se dice un gran conversador?

Joaquín y yo nos hemos llevado siempre como dos buenos hermanos que, con tal de no dejar de serlo y aun a costa de sacrificar un eventual mayor grado de intimidad, procura, cada uno por su lado, mantenerse al margen de la vida del otro, evitando no ya las intromisiones sino incluso la tentación de hacer a ese otro partícipe de las propias preocupaciones, de forzar la mano en busca de un entendimiento que si no se ha producido es porque carece de base. De chicos, apenas tuvimos trato; los seis años que me lleva, para un niño, suponen un verdadero abismo. En líneas generales, podría decirse que fue un joven más ejemplar que yo: en el colegio era de Acción Católica, y después tuvo novia formal y se casó por la Iglesia; cosas todas ellas, por otra parte, muy comunes entre los jóvenes de su edad –las primeras hornadas del sistema educativo franquista– y ya muy poco entre los de la mía, de acuerdo con una evolución que nada tiene de insólita ni de sorprendente. Había estudiado Derecho, la carrera de moda por aquel entonces, y trabajaba en una agencia de publicidad. Cuando, a través de conocidos comunes, tuvo noticia de mis actividades políticas, decidió entrar en contacto con el partido de inmediato, un poco perplejo de haber tardado tanto en caer en la cuenta; un caso asimismo frecuente entre quienes como él se habían visto pillados de lleno por la educación imperante en la inmediata posguerra, acostumbrados a dar por bueno cuanto se les enseñaba, así en el terreno religioso como en el sexual o en el político, hechos a una pauta de comportamiento y a un criterio de normalidad con los que luego costaba romper en razón de lo que tal rompimiento –de llegar a producirse– tenía de desafío a la colectividad. Pidió el ingreso y adoptó el nombre de Fortuny; yo no tenía ni idea de que admirase a Fortuny como entonces me dijo, en un innecesario intento de razonar su elección, pero esa elección, a la luz de su futura vinculación con el mundo de las artes plásticas, no dejó de resultar premonitoria. Aunque como Fortuny realizó una destacada labor en el aparato de propaganda del partido, el factor decisivo de su ascenso a puestos de responsabilidad cada vez mayor fue sin duda su capacidad de identificarse y aun de adelantarse a los puntos de vista de la dirección. Cuando mi encarcelamiento, se exilió preventivamente –luego diría que lo hizo para huir de su mujer– y permaneció cerca de tres años en París, con viajes frecuentes a países del Este. Yo sabía que había llegado a formar parte del comité central, pero cuando regresó, convertido de nuevo en Joaquín, expulsado posiblemente no ya sólo del comité central sino también del partido, antes que frustrado por la vertiginosa trayectoria de su carrera política, parecía más lleno de ideas que nunca, seguro de sí mismo como suele estarlo aquel que acaba de pasar por una experiencia estimulante. Basta de hacer el burro, me anunció: la única realidad es la que uno pisa. Y, en efecto, tal un Quijote que tras su derrota en la playa de Barcelona decidiera volver a su tierra y, una vez allí, no tardara en llegar a ser uno de los principales terratenientes de La Mancha, con importante producción de grano, vino y ganado lanar, curado de su anterior locura gracias al golpe recibido al caer del caballo, así Joaquín en la nueva vida que había emprendido, lejos, cada vez más lejos del modesto marco de joven matrimonio progresista y frugal en el que se había desenvuelto con anterioridad a su partida. Se metió en diversos negocios, pero lo que le dio dinero de verdad fue la galería de arte, su afortunada participación en el auge de la pintura moderna, casi como si, guiado por el mismo buen olfato que en su anterior vida política, más que adivinar la evolución del gusto del público y, consiguientemente, de los precios, propiciaria esa evolución a su mejor conveniencia. En cierta manera, también él se había puesto de moda; se codeaba con el Todo Barcelona y, como él decía, evitaba el riesgo de tener mujer teniendo mujeres. Incluso empezó a pintar: creo que debiéramos delimitar con toda claridad los campos, me dijo entonces; dejar bien sentado quién es el arquitecto y quién el artista. Porque has de saber que yo pinto, y que las pocas personas –todas ellas muy entendidas– a las que he mostrado mis cuadros, han sido taxativas: genial.

No era sólo la seguridad en sí mismo que había adquirido; era, sobre todo, la plena conciencia de esa seguridad. Pues así como en los partidos revolucionarios o supuestamente revolucionarios hay dos niveles de actitud moral y hasta de lenguaje, el de la dirección y el de la base, tan distintos en ocasiones que los miembros de ésta probablemente no darían crédito a sus oídos si pudieran escuchar a los de aquélla sin ser advertida su presencia, así, de forma similar, también en nuestra sociedad hay dos niveles o categorías cuyo reflejo más preciso lo encontraremos en el mundo de la moda: la moda para los demás, que se hace variar cada año a fin de incrementar al máximo el giro de los negocios, y la moda para uno mismo y sus pares, la moda secreta –contrapuesta por entero a la moda vulgarque, a manera de código cifrado, sirve justamente para que los iniciados se reconozcan entre sí, relojes de tal marca, cuero de tal otra, encendedores, etcétera, contraseñas que sólo a la que empiezan a vulgarizarse, a ser captadas por trepas, gigolós, y demás inevitables intrusos, habrá que ir modificando conforme a una línea en cualquier caso mucho más estable; y era este descubrimiento, o mejor, el acceso a ese privilegiado nivel superior, lo que se hallaba en la base de la seguridad de Joaquín. La actitud, en definitiva, del que ha triunfado en la vida, sin complejos, sin torpes prejuicios ni estúpidos sometimientos al rasero de una moral mezquina. Le complacía contar, por ejemplo, cómo yuguló una huelga del personal de unos grandes almacenes en los que tuvo un importante cargo poco antes de empezar con la galería de arte. No se preocupe, dije al director, yo sé cómo se resuelven este tipo de situaciones. Y convoqué a los delegados de aquella gente y les dije: si estuviéramos en un país libre no habría problema; desgraciadamente, hoy por hoy, en este país no hay libertades democráticas, y una huelga laboral se transforma automáticamente en un delito políticosocial, de modo que si no deponéis ahora mismo vuestra actitud no tendré más remedio que telefonear a la policía. Y volvieron al trabajo. ¿Cómo te crees que hubieran solucionado este problema en la Unión Soviética?

¿Te das cuenta?, dijo Jaime. Se ha creído lo que de niños nos contaban acerca del ateo; se comporta como uno de esos ateos de los que nos hablaban en los ejercicios espirituales, una persona capaz de todo, un verdadero malvado del que se puede esperar cualquier canallada, libre como se siente de hacerla o dejar de hacerla. Y es que, contrariamente a Joaquín, Jaime, como un Ignacio de Loyola que si abandona las armas es para entablar una lucha más alta, como ese Ignacio de Loyola en el acto de ofrendar su espada a la Virgen de Montserrat, así Jaime, forzado a retirarse de las actividades clandestinas, no parecía sino que en la enfermedad hubiera encontrado una nueva razón para perseverar aún con mayor ahínco en sus convicciones. Acorde con este obligado y paulatino alejamiento de la acción, con la paralela reafirmación de los inamovibles principios ideológicos, Jaime fue desplazando el centro de su interés hacia nuevos ámbitos, campos de actuación asequibles incluso a las mermadas facultades de un enfermo en la medida en que, a manera de pantalla, le permitían proyectar y resolver sus insatisfechas ansias de socialismo. Así, el vehemente interés por el teatro que se le despertó en sus últimos tiempos, las cualidades catárticas que le atribuía, consecuencia, sin duda, al igual que para esos fervorosos revolucionarios que con frecuencia son los actores, del gran espectáculo teatral y catártico que adivinan en el desarrollo de una revolución. O su indagación apasionada en la tipología del campesino ukraniano, en su no siempre fácil adaptación a la sociedad soviética, problemas que seguía mucho más de cerca que los que afectaban a la familia de andaluces que ahora cuidaba Vilasacra. Pero los numeritos, como él decía, de Joaquín, tenían la virtud de hacerle volver a la realidad incluso cuando, atónito, me observaba por encima de las gafas, como si ya no recordara con exactitud por qué me miraba así de atónito.

La libertad moral de la que Joaquín gustaba hacer exhibición tenía no obstante sus fisuras, resquicios que, si insuficientes para que su conciencia se resquebrajase como un dique bajo el embate de las aguas turbulentas, no por ello dejaba de reflejarse en su precaria estabilidad nerviosa. Pues, como ese inspector de policía que, tras ser relevado en el tan largo como duro interrogatorio al que está siendo sometido un presunto militante comunista, se toma un café ristretto al salir de Jefatura con el pensamiento aún puesto en las palabras del detenido, en su fe en la victoria final, en el carácter inexorable de esa victoria, una fe que el inspector, víctima de una deformación profesional adquirida a fuerza de andar siempre en las mismas, comparte a pies juntillas, no menos obsesionado al respecto uno que otro, sólo que, lo que para el detenido será el paraíso, para el inspector será el infierno, inevitable como la muerte y por el momento no menos lejano, ya que, mientras el cuerpo del detenido va adquiriendo tonalidades moradas, él, el actual verdugo y eventual futuro reo, ayuda con la cucharilla a que se disuelvan los terrones de azúcar en el cafetito caliente y, en cuanto se lo haya tomado, a casa con la mujer y los críos, así, como ese policía en la enfática delectación con que se toma el reconfortante cafetito, así Joaquín en su forma de sacarle gusto a la vida. Y de igual modo que el natural campechano del policía se crispa y agarrota y su frágil irritabilidad salta en añicos de furia ante aquel futuro verdugo al que ahora patea y apalea, así, de modo semejante, la virulencia verbal de Joaquín cuando perdía los nervios ante los abundantes casos de incompetencia que nos depara la vida cotidiana. Estaba también esa serie de exigencias y manías, a veces simples reacciones instintivas, que, escapando a su control, irreprimibles, atestiguaban la presencia de ese mar de fondo al otro lado del dique. Muchas de ellas afloraron y quedaron plasmadas en los arreglos y reformas de Santa Cecilia. La limpieza del bosque en los alrededores de la casa, por ejemplo, un bosque sin sotobosque ni ramas bajas, a fin de que los troncos de los árboles destacaran con la máxima nitidez posible. O su preocupación por la simetría, sea respecto a una cuidada disposición de las luces, o la alineación de las ventanas o al perfecto paralelismo de diversos elementos decorativos, zócalos, molduras, etcétera. Y, en general, la repugnancia que le inspira cuanto huele a viejo, cuanto se ve usado o, en sus palabras, podrido, cosas, en consecuencia, que hay que tirar o, mejor aún, quemar y sustituir por otras nuevas.

Cuando digo –lo he dicho más de una vez– que, si por una parte mi relación con Margarita provocó la boda de Jaime con Ana –Análoga al Ánade, como la llamaba Margarita–, precipitó, por otra, la separación de Joaquín y su mujer, no sólo exagero sino que mi enunciado es inexacto, ya que el factor decisivo no reside en que yo tuviera o dejara de tener una relación amorosa con alguien sino en que ese alguien fuese precisamente Margarita. Mi relación con Rosa, por ejemplo, nunca se hubiera prestado, nunca se prestó, a este tipo de frases. No en vano, incluso para mí mismo, la relación que mantuve con Margarita fue del todo diferente a la que mantuve con Rosa. Tenemos, así pues, una peculiaridad de Margarita, algo que Margarita irradiaba y que era captado por cuantos entraban en su contorno físico como si de un campo magnético se tratara; y tenemos, asimismo, el particular influjo que sobre mí ejercía su persona, así como mi personal respuesta a ese influjo. Se me ocurre a este respecto que quien leyera estas notas sin conocernos, quien me viera escribiéndolas en esa fonda de Gorgs próxima a Vilasacra, que ese eventual lector se iba tal vez a preguntar qué demonios podía haber encontrado yo en Margarita, ya que, si algo había encontrado, no parecía sino que prefiriese callármelo.

No se trata sólo de una imagen retrospectiva, de la típica glorificación póstuma de quien ya no está entre nosotros. Es algo, por el contrario, específicamente vinculado a la presencia de Margarita dondequiera que se encontrara, independiente del grado de intimidad que la gente tuviera con ella, del alejamiento que con el tiempo hubiera podido producirse. La reacción de Rosa ante la desaparición definitiva de su antagonista, por ejemplo, o la de Magda, o la de ese amigo que tuvo en la época parisina y que, desde París, donde ha optado por establecerse, harto de España no menos que de la militancia política, me escribió, a raíz de su muerte, que con ella se esfumaba una de las pocas cosas vivas que quedaban en nuestro tétrico país; y como él, un inacabable número de amigos y hasta de simples admiradores que hubieran dado lo que fuera por ser algo más que eso. No, esta reacción general hay que relacionarla, no con la muerte, sino con la vida, con los sentimientos que Margarita había despertado en cuantos tuvieron ocasión de conocerla. Algo que nada tiene que ver con las manifestaciones de dolor a las que usualmente da lugar la muerte de alguien, la ceremonia que entonces se organiza, la puesta en escena de ritual y la no menos ritual respuesta que suscita entre los asistentes, una atmósfera similar, por lo ilusoria, a la que se respira en un teatro cuando acaba la función, ese silencio, esa emoción contenida que embarga al público al término del drama, variante triste, en definitiva, pero no por ello menos efímera, de esa especie de sentimiento de fraternidad y armonía que posee a los espectadores de una revista musical cuando, tras el desfile final, se encienden las luces y todo el mundo empieza a moverse hacia la salida, todavía sonrientes y satisfechos, cómplices todos ellos, partícipes anónimos de un risueño mensaje, de un canto a la alegría de vivir, que sólo comenzará a disiparse, como el vaho que resopla, con el frío de la calle y la oscuridad hostil, en busca del maldito coche.

En lo que a mí respecta, basta echar un vistazo a lo que vienen siendo estas notas, al rumbo que han tomado desde que las inicié, más como reflexión sobre una realidad que como reflejo de esa realidad, para comprobar hasta qué punto el recuerdo de Margarita es capaz de generar otros recuerdos, recuerdos que se diría rescatados del desván, dada su condición de cosa usada o, por el contrario, superflua, sin que, por otra parte, ni yo mismo alcance a ver qué relación guardan con Margarita, si es que guardan alguna. Más aún: es el propio recuerdo de Margarita lo que en ocasiones parece perderse bajo la avalancha de impresiones a la vez inesperadas y persistentes como esos dibujos y palabras que los niños garabatean en los cristales empañados, y que, años más tarde, al recorrer la casa deshabitada, reaparecerán burlones ante nuestros ojos con la humedad de la noche. Subsidiariamente, que el trato que Margarita recibe en estas páginas se corresponde con lo que fueron nuestras relaciones a partir del momento en que empezaron a enfriarse, cuando mi frustrada aventura erótica con Magda.

Entre Margarita y yo el amor era algo que se sobreentendía, que se daba por supuesto, que ni siquiera se mencionaba. Una vez, durante nuestros eufóricos comienzos parisinos, me dijo que se había enamorado de mí, y entonces le dije que también yo lo estaba de ella, ambos un poco borrachos; y eso fue todo. Por aquella época yo tendía a establecer una firme identidad entre amor y sexualidad, convencido no sólo de que era la única forma de asentar sólida y saludablemente una relación íntima, por episódica que fuese, sino también de que las mujeres compartían plenamente tal criterio. Nada tiene de raro, en consecuencia, que, tras lo de Magda, las primeras fisuras entre Margarita y yo aparecieran en el terreno erótico, como si de pronto ambos hubiéramos cobrado conciencia de nuestro diverso modo de entender el sexo, dicotomía de conceptos que forzosamente debía repercutir en la práctica amorosa, en lo que hasta entonces había sido despreocupada entrega al placer licuante: lo que para mí constituía un fin en sí mismo, relación íntima en el más estricto de los sentidos, significaba para ella ejercicio de poder; eso quedó claro entonces –sólo un malentendido, el que se crea cuando cada parte atribuye a la otra sus propios sentimientos, evitó que cayéramos antes en la cuenta–, y nuestra evolución posterior, el camino tomado por cada uno, no ha hecho sino confirmarlo. Así, en lo que se refiere a Margarita, basta repasar la lista de sus principales amantes: uno de los más prometedores arquitectos del país, el escritor más brillante de la joven generación, un conocido actor de cine, un importante hombre de negocios con un gran futuro político, y así siguiendo, todo como si el atractivo que veía en cada uno de ellos residiera fundamentalmente en su condición de figura, como si la excitación obtenida fuese producto, más que de una relación sexual, del impacto que en su sexualidad provocaba el hecho de acostarse con el cabeza de serie, con el número uno de cada campo. Efecto multiplicador de semejante coleccionismo selectivo: no ya tener por amante al primero del ramo, sino darle además la impresión de ser un pobre hombre que, encerrado en su estrecho círculo, había perdido de vista la rica variedad de sugestiones que ofrece el mundo, el rito celeste de la vida. Y junto a eso, cuando coincidían, como era frecuente, varios amantes o ex amantes en una reunión, en una fiesta, la sensación que sabía dar a todos de que cada palabra, cada sonrisa, cada mirada, iba dirigida a él en particular.

En el mismo sentido, su afición a las sorpresas, a los movimientos secretos, imprevistos: una cena en Londres, un curso de surf en California, un viaje relámpago a Tahití, organizar una exhibición y venta de obras de Picasso, Miró, Tàpies, etcétera, en París, al objeto de recabar fondos para la campaña pro-amnistía de los presos y exiliados políticos españoles. Maquillaje, peinado, forma de arreglarse y vestir, acordes con la agilidad y urgencia del tipo de actividades que desarrollaba, con los ambientes que frecuentaba y, en definitiva, con la dinámica de su vida. En cuanto a ropa, preferencia por una línea deportiva de corte más bien clásico, propio de una mujer segura de sí misma, que se movía con decisión y elasticidad: predilección por la lana, el lino, la seda, el cuero y, en general, los modelos diseñados por las grandes firmas con materias primas naturales, artículos en los que la calidad resplandecía por sí misma. Contraste entre su gusto y el de Rosa, más exagerado en todo, lindante en ocasiones con el gran disfraz, propensa como es Rosa a los toques extremados de mujer fatal; lo contrario del ideal de belleza anónima, de esa belleza que nos sorprende y desaparece al instante, tan arraigado en Margarita. Afición asimismo a los secretos, a los escondites, al incógnito, ese cofre del tesoro que guardaba en alguna Cueva del Sésamo con todos sus recuerdos, mis cartas, las cartas de cada uno de sus amantes, fotografías, pequeños objetos de valor simbólico y rememorativo, aquella cinta que me hizo oír, obsequio de un locutor de radio madrileño con el que sin duda tuvo una aventura erótica, la grabación del reportaje que le había dedicado, el tierno canto de un hombre enamorado que, si a los radioyentes habituados al folletín debió de parecerles de lo más normal, lo que ya no tenía tanto de normal era que también a ella se lo pareciese. ¿Habría salido de aquel cofre del tesoro la fotografía de su habitación de Vilasacra que llevaba en el bolso el día del accidente?

Cuando nos distanciamos por un tiempo y nuestra relación cambió de signo, tal vez yo ignorase –mi convivencia con Rosa apenas si había comenzado– en qué medida ese inocente y libre fin en sí mismo que para mí era lo que la gente llamaba amor, escondía una informulada pero real voluntad de dominio de la persona amada, susceptible de acentuarse tanto más cuanto mayor fuese la resistencia opuesta. Pero tampoco Margarita debía de saber en qué medida el poder logrado sobre su amante, sobre cada uno de sus amantes, constituía para ella tan sólo un medio, un elemento aislado dentro de un conjunto más amplio, un punto más de irradiación que con su influjo potenciaba el influjo total del conjunto, esa red de influencias recíprocas incidiendo simultáneamente desde diferentes planos que, a manera de telón de fondo, daba realce a su personalidad, de modo similar a como la blanca sábana realzaba la euforia de su entrega, nítida y disponible, abierta como una estrella de mar. La impresión resultante era de enorme control no ya personal sino social, de estar al tanto de todo, en áreas próximas a la omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia, impresión externa sólo traicionada, en ocasiones, por la insistencia excesiva, la innecesaria afirmación del propio yo, ese yo, fui yo, yo estaba allí, yo lo vi, yo ya lo sabía, yo, yo, yo, se hablara de lo que se hablase, ella en el centro de todo, por encima de todo, dominándolo todo, ella, ella, una mujer que sin duda necesitaba apreciar el efecto, recoger el eco, cuando ni toda su decisión bastaba para compensar la esencial seguridad en sí misma que, contra cualquier apariencia, le faltaba.

La localización del malentendido, comprobar la distancia que mediaba entre dos actitudes que habíamos llegado a creer coincidentes, supuso una doble sorpresa: para mí, el que Margarita, tras una apariencia de desinterés, de desprecio hacia toda clase de convencionalismos, se mostrara súbitamente dispuesta, no ya a aceptarlos, sino a situarlos bajo su control; para Margarita, el que de veras no me interesara ese contexto, contexto si no componente clave, de la sexualidad –su dimensión de triunfo social–, algo que se resistía a considerar seriamente, inclinada más bien a pensar que yo, con astucia suprema, disimulaba mis objetivos profundos bajo un exterior de indiferencia, cuando no de olímpico desprecio. Si luego volvimos a intimar –aunque no en el mismo sentido que antes– fue porque, en definitiva, algo subsistía entre nosotros, afinidad, atracción mutua, qué más quisiera yo que poder precisarlo; decir que Margarita necesitaba un testigo de excepción de su grandeza, por ejemplo, testigo a la vez que juez y augur, sería repetir una broma sólo válida entre ella y yo, acorde con nuestra tendencia a trivializar lo que nos hubiera resultado incómodo dicho de manera no trivial.

¿Tiene algún sentido hablar de afinidad imprecisa y profunda entre dos personas? Porque no se trata de meros puntos de contacto. Puntos de contacto también los había, a fin de cuentas, entre Margarita y Rosa, similares ambas en su capacidad de desdoblarse, de convertirse de golpe en Cochise, en un pintarrajeado jefe piel roja que danza clamando por las cabelleras de sus rivales, de mis amantes, todas, de la primera a la última, como un cumplimiento de una inmemorial venganza. Pero entre Margarita y yo, como entre Rosa y yo, la relación siempre fue algo más que una mera acumulación de puntos de coincidencia. Pues ¿no cabe acaso calificar de afinidad imprecisa y profunda el vínculo que me une con Rosa, ese antagonismo que nos enfrenta como a San Jorge y el Dragón, condenados ambos a un continuo combate definitivo, a morir y ser muertos una y otra vez, ora por un tesoro, ora por una princesa, ora por la inmortalidad, ora por la transmutación salvadora, esa fuerza que nos conduce una vez más a la conjunción, a ese indefectible sacrificio del Dragón a manos de San Jorge? ¿Cómo si no explicar una relación de este tipo, en la que cada parte responde a un esquema de comportamiento que se diría preestablecido, a una norma de conducta que funciona con la exactitud fatal de un mecanismo en acción? ¿Qué otra cosa es la búsqueda del complementario, de lo que nos complementa en la medida en que nos falta? Esa necesidad de Rosa de estar segura de ser amada y esa resistencia mía a reconocérselo, a pronunciar siquiera la palabra amor, a decir algo más que un tópico: claro que te quiero, sin que parezca rutina o tópico. Esa insistencia por su parte en seguir preguntándomelo una y otra vez, y el consiguiente agobio, más que justificado, por la mía. Esa sensación suya de estar inhibida y bloqueada frente a todo, y ello en tanto mayor grado cuanto más se obstina en obtener una garantía amorosa. Esa convicción mía, a la vista de los hechos, de que mi presunción inicial fue acertada, de que lo correcto era impedir que se hiciera falsas ilusiones, salvarla del peso del desengaño que tarde o temprano hubiera terminado por aplastarla. Y así siguiendo. Ahora bien: ¿es concebible que Rosa se hubiera interesado por otro tipo de hombre y, sobre todo, que ese interés le hubiera durado? ¿O que yo siguiera con ella de no existir por su parte esa dependencia?

La reticencia afectiva implícita en mi relación con Rosa no constituye un caso aislado. Al contrario: es casi una constante, algo que tiende a repetirse en cuanto la relación sobrepasa los límites de la aventura episódica. Se trata de una atracción poco menos que de orden químico, una actitud reacia a la entrega amorosa que las mujeres sensibles a su atractivo adivinan de inmediato, igual que a otras les atraen los homosexuales o la locura, y detectan su presencia con los ojos cerrados. En semejante contexto, la única excepción de importancia sería Margarita, que rehusó jugar un papel que nada tenía que ver con lo que andaba buscando. ¿Será este punto la clave de nuestra especial relación, similar a la del lagarto y la serpiente que se observan como mutuamente fascinados? Pues lo que desde luego no explica nada son las pequeñas vicisitudes, incidentes como el de Magda, por mucha que parezca haber sido su trascendencia. Y es que, así como de cuantos elementos componen una obra de ficción son los que se refieren a la anécdota los más irrelevantes, reemplazables unos por otros sin que los ejes y núcleos del relato tengan que verse afectados, así, en la realidad, las distintas opciones que ofrece la vida cotidiana, acorde como ha de resultar su elección con lo que la persona es.

EL OJO. Así como los accidentes orográficos irán cobrando entidad según los vayamos remontando y recorriendo, y lo que parecía una ladera en forma de plano inclinado se desdoblará en nuevas hondonadas y ondulaciones serpeantes, y lo que parecían cerros se revelarán como meros repechos de cimas más altas, destacando en torno al caminante, a medida que se mueve, relieves normalmente imperceptibles, matados por la luz cenital que es propia de las áreas mediterráneas, así, de modo semejante, la realidad presente de una ciudad respecto al proyecto que estuvo en su origen o la escritura de una novela respecto al plan inicial de la obra. Y de igual forma que nuestro caminante, con todo y disponer de un detallado mapa topográfico, comprobará hasta qué punto difiere la mera lectura de las cotas de pisar realmente el terreno escabroso, así, de igual forma, al leer un texto de ficción descubrimos aspectos no sólo imprevistos por el propio autor sino también insospechados, ajenos por completo a sus planes. Ello es así no ya porque cuanto el autor se ha propuesto escribir encierra significados no propuestos, y así se refleja en la obra, sino, además, porque leer un libro es como subrayarlo con un lápiz, como destacar, señalizar y aun añadir comentarios al margen, no tanto acerca de lo que es importante respecto al texto en sí, cuanto acerca de lo que es importante para nosotros, motivo que explica el que nos fastidie prestar libros subrayados en la medida en que nuestra intimidad puede verse afectada. Leer sin subrayar no deja huellas materiales, pero los supuestos de la operación a la que nos entregamos siguen siendo los mismos. Como en un paisaje: todo está ahí, pero reconocerlo toma tiempo.

La ambigüedad de la obra de ficción, la oscuridad que preside sus orígenes y el resultado final no menos que la interpretación de ese resultado, una oscuridad consustancial a la luz que libera y sin cuya presencia simultánea sería inviable el proceso creador. Pues así como pensar no es ni mucho menos una actividad puramente racional, ya que pensamos con todo el cuerpo –yo preferentemente con los pies–, y esa idea que nos viene de golpe, sin que sepamos por qué, responde a una coherencia que poco tiene que ver con la razón, así, el lector de una obra de ficción encuentra siempre una serie de significados que el autor no sabría decir por qué están ahí, en el supuesto de que se hubiera dado cuenta de que están, por muy pensado que creyera tenerlo todo, tanto en lo que se refiere al plan de la obra, a las líneas maestras que lo informan, como a los menores detalles de su realización, sopesada palabra por palabra. Y lo que es válido respecto a la operación de leer, lo es también, ni que decir tiene, respecto al proceso resumido en el acto de escribir. El desarrollo de tal proceso no hay que referirlo, en definitiva, a la voluntad del autor, a lo que el autor quiso escribir, sino a lo que el autor ha escrito, deliberadamente o no, como algo que se le impuso sin saber del todo por qué, como exigencia de la propia dinámica de la obra, casi como si, al dictado de la materia narrativa, su papel en esa obra no fuese otro que el de un elemento fundamentalmente instrumental. Pero si el lector se proyecta sobre la obra que lee como sobre una superficie reflectante, ¿no serán, de forma similar, proyecciones de sí mismo esos componentes de la obra que, cuando el escritor escribe, parecen imponérsele desde fuera?

Consecuentemente, la obra como punto hacia el que convergen autor y lector, ámbito en el que se reflejan sus respectivas actitudes. De ahí la dificultad que entraña trasladar esa obra a otra forma de expresión, representación plástica que ilustre el texto, por ejemplo, o bien adaptación cinematográfica de ese texto, una dificultad tanto mayor cuanto más profundamente la materia narrativa se halle encarnada en el lenguaje, cuanto más intraducible sea, por tanto, a otros lenguajes. La frustración que experimenta el autor ante esa objetivización de una obra que no reconoce como propia, comparable a la que experimenta el espectador que antes fue lector, que ya conocía la obra, frente a esa representación concreta y objetiva de lo que él había imaginado diferente, de lo que cada lector había imaginado diferente. Sucede como con una sinopsis, con un resumen de la obra y demás formas de extracto, forzosamente incompletas, limitativas y desenfocadas en la medida en que la materia narrativa tampoco es susceptible de reducciones, en la medida en que, lo que está expresado con determinadas palabras no puede expresarse ni con otras palabras ni con menos palabras sin que la imagen resultante se resienta de semejantes mutilaciones.

De primera intención, así pues, la clave última de una obra está en el autor y la clave última del autor está en la obra. Pero sólo de primera intención, ya que a partir del momento en que la obra se objetiviza, en que tiene un lector, en que éste se proyecta en la obra como antes lo hizo el autor, la verdadera clave del fenómeno que genera la obra de ficción reside, no en cualquiera de los elementos que integran el proceso, sino en la relación que los vincula. Y esta relación se mantiene aunque con el tiempo mude de contenido, aunque la apreciación de la obra, por lo general bajo la guía de esa idea imperante acerca de lo que la obra es que la crítica establece y cuya reiteración mecánica termina convirtiendo en lugar común, tienda a modificarse, aunque un nuevo lector, unos nuevos ojos, supongan cada vez una nueva lectura. Pues lo que no está sujeto a cambio alguno es la estructura de la relación existente entre los elementos que la componen, el papel que cada uno de ellos, dentro de tal estructura, juega respecto a los otros dos. Tampoco el autor, en definitiva, desaparece cuando muere, persistiendo como persiste su presencia en la obra, en las zonas sombrías de ésta con motivo no menor que en las luminosas. ¿Hay algo de casual en la composición de Las Meninas? ¿En ese autor integrado en el cuadro en el acto de pintar y en ese espectador cuya imagen virtual nos la ofrece el espejo del fondo, quedando en consecuencia fuera del cuadro la real, la de los reyes y la de quienquiera que a semejanza de los reyes lo contemple, la de cada uno de los espectadores silenciosos que se apiñan en la verde penumbra del Prado?

¿Cuántas veces, de chico, no me había dicho que la explicación final de algo se encuentra siempre fuera de ese algo, y como aquel que actúa movido por poderes superiores que cree propios, así un dios puede ser a su vez simple creatura de un dios superior a él, cuya existencia desconoce? Aquellas consideraciones que me hice una tarde, al borde de una balsa, mientras algo más allá mis compañeros jugaban a guerras: la posibilidad de que así como aquella balsa redonda reflejaba igual que una pupila mi figura contra los cielos soleados, mi propia pupila resultase ser, de modo semejante, imagen misma del universo; si una célula cualquiera de mi ojo, una simple célula, no contendría realmente esos cielos reflejados, y los planetas, astros y galaxias que esos cielos encerraban en su pálido azul, así como los cielos de otras galaxias, incluidas las que, debido a su lejanía, ya ni resultaban visibles o calculables desde ninguno de ellos; y si yo, el niño que contemplaba los cielos reflejados en una balsa, si yo, y conmigo esos cielos reflejados y sus planetas, astros y galaxias, no constituiríamos sin saberlo una insignificante célula del ojo de un chico inconcebiblemente superior, un chico igual a mí en aquel momento, un chico que, al igual que yo, se hallaba contemplando el reflejo de su propia figura contra el cielo soleado en las aguas de una balsa. Y si, a semejanza del origen de esa célula, la de mi ojo, la del suyo, ese nacimiento producido por partenogénesis en un momento determinado, a semejanza de ese instante primigenio y de su posterior expansión, el final de su existencia no respondería a un pequeño accidente traumático, un accidente casual y sin importancia, esa contusión en un ojo que uno de mis compañeros había producido involuntariamente a otro en el curso del juego, un pelotazo, una pedrada, sin más consecuencia que una breve interrupción del juego y la aplicación, a modo de compresa, de un pañuelo mojado en el agua de la balsa, antes de reemprenderlo con renovadas energías; y si este incidente traumático que pone fin a la vida de la célula, a manera de paréntesis que se cierra, simétrico y contrapuesto al que se abrió en el instante en que la célula se constituyó en entidad autónoma, el trauma propio de lo que se es al irrumpir en lo que no se es, si este incidente, decíamos, que para el chico que recibió la pedrada en un trauma insignificante que se salda en algo pronto olvidado, si este incidente no significará el cataclismo final de todo un universo, culminación de las miríadas de siglos luz que supone el paulatino enfriamiento de los astros, la pérdida de su rotación, la ruptura del equilibrio que los sostiene, apenas una fracción de segundo para nuestro niño infinitamente superior perteneciente a un mundo inimaginablemente más grande, todopoderoso a la vez que inerme respecto al otro niño que se contempla contra los cielos reflejados en la balsa en la medida en que uno y otro se ignoran mutuamente, uno y otro meros elementos consecutivos, a escala infinitamente diferente, de una serie indefinida de niños que se contemplan contra el cielo todavía soleado de la tarde reflejado en una balsa. Tener en cuenta también que no se trata sólo del ojo del niño que se hace estas consideraciones mientras se contempla en las aguas de una balsa en forma de pupila; está asimismo el ojo del niño contusionado por la pedrada, y el del niño que, acaso con una malicia que no confiesa, le apuntó certeramente antes de tirar la piedra, así como los ojos de ese paseante solitario que desde la carretera contempla las vicisitudes del juego, y hasta los de una pareja que circula en automóvil como están en la contemplación del amor que les une, camino de la ciudad tras un día de campo.

Secuela probable de estas consideraciones acaso sea mi habitual resistencia a dar por buena la explicación más en boga relativa a otra clase de traumas, los de carácter síquico, esa tendencia maniática, todavía imperante, a referirlos a un acto reprobable de los adultos presenciado durante la infancia –mentiras, adulterios, asesinatos–, como si los actos moralmente neutros fueran menos susceptibles de ocasionar un trauma en quien, como el niño, es incapaz de apreciar, no ya su calificación moral, sino incluso su significado. Asimismo, estrechamente asociado a aquellas ensoñaciones de infancia, mi proyecto de novela, un proyecto desarrollado de modo paralelo a mi trabajo como arquitecto, prácticamente desde que dejé la universidad. El posible título me vino después, en Rosas: La Ciudad Ideal. Un título que hace referencia no tanto al contenido cuanto a la impresión que me produjo el plano del mismo nombre que allí tuve ocasión de ver y que creo haber mencionado ya más arriba. Y es que, como el plano de La Ciudad Ideal para quien lo contempla, así la obra de ficción ha de ser susceptible de despertar en el lector, sea o no consciente de lo que sucede, las sugestiones más recónditas.

Importancia de saber dar a los temas centrales de una obra de ficción una primera apariencia menor o marginal respecto a lo que parece constituir el flujo principal de la obra. Ejemplo del Contre Sainte-Beuve: así como Proust juzga oportuno darnos a través de un pretendido ensayo las claves de su estética, el método adecuado de ponerla en práctica –exactamente opuesto al de Sainte-Beuve– y hasta sus modelos, los escritores que, como Virgilio para Dante, había tomado como guías en su particular recherche –Nerval o la ensoñación, Baudelaire y sus infiernos, Balzac o la recreación de la realidad–, así, de modo semejante, cabe afirmar que no menos valiosa que una prefiguración de esta clase, valiosa y complementaria, es susceptible de serlo una oportuna posfiguración que arroje luz sobre determinados aspectos de una obra que inicialmente no parecían sino anodinos, mero trámite o ambientación preparatoria de los temas centrales de la obra, y que sólo gracias a este rescate realizado por medio de la posfiguración, se revelan en todo su valor significativo, de forma similar a como el rostro de una persona determinada con la que nos tropezamos al salir de casa, un rostro desconocido que no es la primera vez que vemos, únicamente cobrará trascendencia y sentido cuando lo identifiquemos con el rostro de uno de los ejecutores del secuestro en el que nos hallamos metidos, siendo perfección de cálculo y realización sincrónica lo que en un principio no pasaba de irrelevante coincidencia. En otros términos: prefiguración y posfiguración como variantes de un mismo procedimiento.

Imaginar la aplicación de este procedimiento a la propia estructura de la obra. Se dice que el pensamiento del que muere, incluso reducido a instantes, semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otras que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto. Esta fue mi idea primitiva de la obra en proyecto, una idea que no tardó en completarse y definirse hasta quedar concretada en lo que es ahora, el proyecto de una obra compuesta por diversos libros articulados conforme al siguiente esquema: a partir de un relato A, que se ofrece al lector como un todo acabado, explorar el contorno real de B, el autor de A, considerándolo exclusivamente desde fuera, a modo de personaje visto por otros personajes; aproximarse, a continuación, a los orígenes de A, al proceso de gestación de la obra, las notas tomadas, los escritos previos, a ser posible en el contexto en que fueron escritos –realidad cotidiana, sueños, etcétera–, para concluir, finalmente, con una reconstrucción de la vida de B. Esto es: incluir al autor en la obra y, con el autor, el tiempo, el tiempo que torna a ese autor el desarrollo de la obra. Pensar, por ejemplo, en las catedrales, los rigurosos planos a los que en un principio se ajustaba la ejecución de las obras, las modificaciones a las que obligaba el transcurso del tiempo, los imprevistos detalles ornamentales que, con los años, van siendo introducidos por el incontrolable artesano en los relieves de los capiteles y de las gárgolas, en las tallas del coro, guiada su mano, se diría, más por el diablo que por un dios. Y ahora que el papel del arquitecto es hacer lo que durante milenios no necesitó para nada del arquitecto, ahora que el arquitecto intenta imitar lo que nunca fue hecho por arquitectos, esto es, la casa donde la gente vivía de acuerdo con sus necesidades, y el arquitecto no es capaz de lograr lo que antaño era trabajo, a lo sumo, de un maestro albañil, ahora que el arquitecto se ha quedado sin papel porque es la propia arquitectura lo que carece de papel, este proyecto de obra ha tenido para mí, durante todos esos años, un claro valor compensatorio.

No me refiero, cuando hablo de la presencia del autor en la obra, a lo que es susceptible de quedar reflejado en la propia estructura de esa obra, una estructura que, al vertebrar la obra en un conjunto, debe ser entendida como proyección de lo que el autor es, con sus luces y sombras, del mismo modo que el plano de La Ciudad Ideal es, en primer término, el plano de la mente de su autor, o que la organización de una catedral pretende ser, en su estructura, representación visible del Creador por antonomasia. Tampoco a esa otra presencia, más subrepticia, que lo involucra –emboscado en sus personajes, diluido en ellos– en el argumento de la obra, y que a determinada crítica tanto le complace rastrear: ese adolescente a la vez sublime y repulsivo que acaso hubiera querido ser, ese hombre que quisiera parecer que es, ese viejo admonitivo al que acaso odia, sin siquiera saberlo, en la medida en que se le parece. No: me refiero a la presencia irrefutable del autor en el acto de escribir la obra, sujeto a los influjos que sobre él se abaten en este preciso momento, al aparente azar que le lleva a introducir elementos nuevos no previstos en el plan inicial, sea por imposición de la propia dinámica de la obra, por las sugestiones que esa dinámica dispara por debajo de los niveles de su conciencia –las diabluras de nuestro artesano al picar la piedra de los capiteles–, sea como respuesta a una incitación del mundo exterior, el mundo que nuestro autor pisa en el momento de redactar la obra, imposiciones no del texto pero sí del contexto. Esto es: la consideración del autor sometido al tiempo de la obra, al tiempo que requiere su realización y que, con todo y no ser visible en el producto final, con todo y no quedar reflejado en sus páginas, condiciona decisivamente el resultado por lo mismo que su transcurso es preciso, no tanto como vehículo de variantes y modificaciones en apariencia casuales, cuanto como período de maduración del proyecto inicial y de todo aquello que potencialmente –como la semilla el árbol– éste contenía; ese fluir del tiempo que se hace perceptible cuando la nota que teníamos previsto desarrollar, por el mero hecho de materializarse en un texto, no sólo se desarrolla sino que se enriquece y define con nuevas e insospechadas precisiones iluminadoras, fruto maduro de aquella breve nota que, casi sin saber cómo, nos vino a la cabeza igual que la semilla algodonera traída por el viento desde un árbol distante. Incluir el contexto en el texto, presente el autor no menos que el lector entre los personajes, y como ellos insertos uno y otro en la trama, un lector que conoce tanto el autor como lo que éste escribe y que lee dentro de la obra lo que luego todo lector leerá fuera de ella, similar, en su equiparación virtual al lector real, a esas imágenes que aparecen reflejadas en el espejo del fondo del cuadro, contemplando al autor, que, en alto el pincel y la paleta, les contempla a su vez desde un segundo término.

Apreciar el instante como fijación ilusoria del transcurso, de ese fluir del tiempo: una foto tomada del hongo atómico, distinta a cuantas otras la precedieron o seguirán en una simple fracción de segundo, coagulación de un proceso para quien contemple la foto, lo que, considerado desde el hipotético punto de vista de un observador situado sobre el tope de la nube, supondría un irrepetible paisaje de cimas y simas y eternidades retumbantes. Subjetividad no menor la del espacio que la del tiempo, referidos como están uno y otro en su manifestación al movimiento. De ahí que, en la obra de ficción, el transcurso del tiempo no menos que el movimiento en el espacio, sólo pueden ser resueltos –en razón de que un simple enunciado de ese transcurso, de ese movimiento, es únicamente eso: un enunciado– por medio del lenguaje, un lenguaje que siempre es más, mucho más, que mera jerga formal. El lenguaje no es, en efecto, un código autónomo de símbolos neutros que permita realizar operaciones similares a las que cabe realizar con las cifras, irreprochables por su misma naturaleza; el lenguaje constituye una malla significativa además de formal, un entramado de símbolos que, más o menos rico, mejor o peor articulado, se encuentra por entero, como un todo, en cada uno de nosotros, y el escritor es escritor en la medida en que lo que ha escrito reaviva en cada lector la estructura de esa malla, en la medida en que la estira dándole tensión, intensidad, polivalencia significativa. Inanidad de todo intento de reducir el interés de una obra a su interés lingüístico desde una perspectiva puramente formal, juegos de palabras, etcétera: hacer que lo que en sí mismo es sólo materia parezca el más sutil de los aspectos de la obra. Papel similar del papel en blanco: un tema para que determinados epígonos filosofen como bebés que patalean panza arriba, pataleos que sólo en su imaginación terminan por convertirse en inspiradas fintas; algo que carece de sentido para el novelista aunque sólo sea por una cuestión de cantidad, con tantas hojas como guarda en el escritorio, espacios que las palabras tienden a invadir se diría que espontáneamente, como los sueños invaden al que duerme. Espacio vacío que ni siquiera existe si no es como intervalo en la medida en que, a semejanza de la pantalla que, descorridas aún no del todo las cortinas, se puebla de inmediato de las primeras imágenes, a semejanza de esa pantalla, también las palabras parecen aflorar del papel ya extendido sobre el escritorio, nuestro autor haciendo a duras penas las veces de ese anfitrión que ve comparecer uno tras otro, en el banquete que celebra, a todos y cada uno de los invitados y hasta a más de uno que no ha sido invitado.

¿Una prueba? El hecho de que recoger de la mesa los papeles y la estilográfica no equivale a ese momento en que se encienden las luces del cine y la gente se va levantando; el hecho de que guardar los utensilios no signifique acabar, de que los materiales sobre los que se ha trabajado o se ha de trabajar permanecen, siguen rodeándonos como figuras amigas, ni tan siquiera forzosamente amigas, acaso todavía torvas o incluso amenazadoras, como a la busca de un desquite, mientras, paseando con creciente simpatía la idea de abandonar todo esto, la habitación, la fonda, Gorgs, Vilasacra, este sucio paisaje de final de otoño, carente aún de la serenidad que las labores de poda y labranza le otorgarán para todo el invierno. Empiezo a echar de menos la presencia invariable del horizonte marino, ese azul cambiante de Port de la Selva que resta importancia, aunque no los suprima, a los efectos, en ocasiones deprimentes, de un cambio estacional. Si antes necesitaba esto para pensar, ahora necesito aquello para pensar en esto. La lejanía, la perspectiva que da la lejanía.

Una prueba que es también un objetivo: La Ciudad Ideal, la obra en proyecto.