IV
Llegar a las Ramblas era no sólo un cambio de calle sino también, y sobre todo, de estado de ánimo. Se percibía nada más dejar la plaza de Cataluña, por ejemplo, y dar los primeros pasos bajo la fluida riada de plátanos, pasear acomodándose al paso de los demás, lento y apretado, en pleno juego de miradas buscadoras, de aproximaciones, de roces. Era un clima de ocio y calentura que no hacía sino espesarse cuando, más abajo, el paseo se estrechaba entre los puestos de flores y el aire calmado del largo atardecer olía tibiamente, como a lirios. La gente salía del trabajo y había algo como de ebriedad o fiebre en aquel ir y venir, la ropa leve, la piel transpirada, en aquel ir y venir sin rumbo fijo que tanto podía llevarles a los pórticos de la Plaza Real como a las tascas de Escudillers, a la derecha de las Ramblas, mientras de un modo imperceptible se encendían las primeras farolas, los primeros rótulos relampagueantes. O bien hacia la izquierda, tomando por Conde del Asalto o Arco del Teatro, hacia San Ramón, San Rafael, San Olegario, Tapias, Robadors, callejas intrincadas con sus antros que olían a grifa, callejas donde, según oscurecía, el resplandor de las luces aislaba los bajos, los rojos portales, el pavimento gastado y angosto, las sucias losas de las aceras, zapatos de tacón alto, caderas salientes, escotes, melenas, ojos pintados, una sucesión de bares, de ámbitos avivados por el humo de los cigarrillos. Desde Tapias se podía salir al Paralelo, ancho y luminoso, acartonado, pero aquello no se animaba hasta más tarde, cuando comenzaran los espectáculos, y decidieron volver atrás, todavía tasqueando, bebiendo vino fresco, algo picado. Ahora se veía menos gente; empezaban a escucharse canciones cantadas a coro y había tipos parados en las esquinas, a la expectativa. Sólo las Ramblas seguían tan animadas como antes, como a cualquier hora de cualquier día. Una brisa salobre, oliendo a puerto, inflaba los plátanos afantasmados por el neón, cargados de pájaros quietos entre las hojas. Y allí, en la terraza de algún bar, la hora del cierre les llegó como por sorpresa. Estaban recogiendo y ensordecía el ruido de los coches al arrancar ante las aceras, de las portezuelas que se cerraban. Las bocacalles se habían oscurecido y grupos inciertos invadían la calzada mezclándose al compacto reguero de coches y motos en su agitada marcha Ramblas arriba.
Eran incansables, y después, en la calma desvaída del Ensanche, seguían discutiendo. A veces Leo se complacía en adoptar actitudes sospechosas para espabilar a los serenos adormecidos. Reían. Alargaban. Primero acompañaban a Federico y luego Leo acompañaba a Raúl o Raúl acompañaba a Leo, y acababa tomando un tranvía, claro y vacío. Al entrar en casa se encendió la luz de la habitación de papá y, cuando pasaba ante la puerta entornada, sonó una tos, el agitado girar de una cucharilla contra un vaso. Pero hasta que volvió del lavabo no le oyó llamar: Raúl, dijo. Sí, dijo Raúl. Es muy tarde, hijo. ¿Dónde has estado? Le miraba recostado en la cama, mostrando una lacia camisa de puños desplegados, y aguantaba un vaso de leche. En casa de Federico, papá, dijo Raúl. Y papá diría: ¿del chico Quintana? Diría que él había llegado a conocer al viejo Quintana, un tipo muy célebre, que los Quintana eran gente de mucha posición.
Federico prefería la ginebra y entonces no tardaba en volverse locuaz, en meterse en las conversaciones. Se empeñaba en asomarse a Los Maños, o al bar de los ciegos, La Gran Bodega, donde en torno al vino verde de los porrones, a los cenicientos toneles dispuestos a modo de altas mesas, se reunían pequeños carteristas, chorizos, descuideros, confidentes. Viva la policía, gritó. Y el gris, que explicaba que era de Melilla, se dio la vuelta con mala leche. Tú, ¿qué dices? Los de más cerca callaron y hubo una súbita crispación de actitudes, de manos pálidas, de cabezas juntas, boinas sobadas, cráneos con clapas en la pelusa exigua. Intervino Leo. Que viva la policía, dijo. ¿Por qué?, dijo el gris. Porque mantiene el orden, dijo Leo. Bueno, dijo el gris. Pero a ver si lo dices con otra entonación, que ésta no me gusta. Nos entendemos, ¿no? Se volvió a los suyos. No te jode, esos venados. En la calle Federico se puso a cantar y Leo repetía que la verdad es siempre subversiva. Era él quien guiaba, quien conocía todos los rincones, quien decidía lo que se iba a hacer; Federico no sabía ir a ninguna parte. Que me pongan cadenas, dijo. Quiero que me arresten y que me pongan cadenas. Los Maños era un vasto espacio ahumado, de puerta endeble y mostrador con fogones y cazuelas de guisos. Entró un empleado del matadero y vendió al dueño pesadas vísceras de vaca que traía envueltas en periódicos rosáceos, destilantes. Después se cruzaron con un viejo que recogía papeles y los guardaba en un saco; se incorporó en una esquina y, como surgiendo de su ancha chaqueta de invierno, les contempló dulcemente, con ojos grandes y enloquecidos.
Un conocimiento directo de la realidad, inmediato, tangible, epidérmico, la vida a flor de piel, la vida al desnudo de una casa de putas, una pelea de noche de sábado, una redada de putas, el apaleamiento de un borracho por dos o tres serenos y grises, una discusión entre una puta y su macarra, bares sórdidos, cada uno con sus asiduos, una clientela de ciegos que venden lotería, por ejemplo, o de carteristas y rateros, o de proveedores de grifa, o de putas, o simples pajilleras, o maricas, más putas, más borrachos, las confidencias brumosas de uno que luchó en el Ebro, decía, los ojos de una puta besando a un marine mientras contaba los billetes por detrás del cogote rubio, cosas que no se aprendían en el medio familiar, ni en los barrios residenciales, ni en la universidad, experiencias únicas, frente a las cuales los hábitos y principios propios de su clase eran sólo maquillaje o atavío.
El veintiuno de junio Leo no les había acompañado, quizá pendiente todavía de algún examen. En la parte alta de la ciudad se escuchaban estallidos aislados y, de vez en cuando, el trazo de un cohete se disgregaba en la tarde dorada. Por las proximidades de Los Maños pasó una procesión de barrio, gente tocando música y tipos vestidos de payés, con gigantescas cucharas de madera y cochinillos y corderos cargados sobre el hombro. De cada bar salían a regalarles botellas y dos o tres chicos pasaban la barretina. Detrás de otra orquesta –ahora una banda uniformada–, detrás de la presidencia, de los cirios y estandartes, con el cura, venía una doble fila de niños, y después, precediendo a los uniformes de gala que cerraban la marcha, aislada, altiva, envuelta en velos y olor a retama pisoteada, luciendo los emblemas de la virginidad y el martirio, la Santa, una adolescente sólo traicionada en su papel por el chicle que iba mascando, arrobados el aroma silvestre de aquellos puñados amarillos que, como si fuese oro, echaban a su paso; varias putas se arrodillaron. Lo que está haciendo esta santa se llama competencia desleal, dijo Federico. Siguieron por las calles traspasadas de serpentinas ondeantes, y ya junto a las Ramblas, en un bar recogido y sofisticado, de música suave, alumbrado apenas por bombonas de colores, se encontraron con Adolfo Cuadras. Iba acompañado y les hizo sitio en la barra. Chicos, dijo, bebed algo. A su derecha hubo un girar de pelo lacio, y unos ojos le miraron por encima del hombro, sobre el tirante del vestido.
A éste ya le conozco. ¿No te acuerdas?
No, dijo Raúl.
En casa de Adolfo, tonto. Este invierno.
Este otoño, dijo Adolfo Cuadras. Es Nuria Rivas. Entonces era apenas universitaria, llevaba trenzas y callaba.
Les presentó por lo menos a otros dos y a una chica que se llamaba Luisa o María Luisa y que dijo que estaban celebrando su santo. Es la santa, dijo Federico, pero los demás no le entendieron, y enrojeció. Bromeaban, y Nuria, vuelta de espaldas a la barra, a caballo sobre el asiento, juntaba y abría las rodillas bajo la falda de vuelo. Señaló a Federico. ¿Y éste?, dijo. ¿Es de los que no hablan? Se expresaba libremente, soltando algún taco de vez en cuando, libre de lengua como de maneras. Fue divertido; estuvieron en otro bar, seguramente hacia Escudillers, y todos insistían en que no se fueran. Esta noche que pague Luisa, gritaban. Y Luisa reía y repetía: mira que llegáis a tener pencas. Nuria se colgó del brazo de Adolfo Cuadras.
Lo que no entiendo es por qué tenéis que beber tanto, dijo. A mí me basta con una copa.
Ahí tienes un motivo, dijo Adolfo Cuadras.
Comieron algo en una especie de colmado con montones de bocadillos dispuestos sobre el mostrador y racimos de jamones colgando de lo alto, magros, oscuros, como de caoba. Federico había pedido más ginebra, y Raúl advirtió que Nuria tenía los hombros ligeramente pecosos.
No te perdono que ni me recordaras, decía. Has puesto cara de pensar: ¿me habré acostado con ella?
Es que, realmente, es lo primero que hay que aclarar, dijo Raúl.
Y Federico dijo: ¿entonces eres virgen? Acabaron en casa de Nuria, encerrados en el salón, con las ventanas abiertas. Hablaban de la familia, de los padres. Ella estaba enfrente, sentada en el brazo de una butaca, con un muslo sobre el otro y el codo en el respaldo, junto a la cabeza de Adolfo Cuadras. Se estiraba hasta la boca una mecha de pelo, sin mirar a Raúl ni una sola vez, y de pronto se levantó a cambiar el disco. Adolfo Cuadras apenas intervino en la conversación; fumaba en pipa, escuchaba, el cogote contra el respaldo. En el sofá, Federico explicaba que el momento era solemne, pues sólo pasados otros trescientos sesenta y cinco días volvería el sol a coincidir exactamente con el trópico de Cáncer. Quiso tocar el piano y bailar con Luisa, y al fin se puso a curiosear. El piso parecía espacioso; predominaba la madera y, en el rincón de la chimenea, había estantes de libros y objetos de cobre. Volved cuando os apetezca, dijo Nuria. No tenéis más que telefonear.
Por las verbenas salieron los tres. En la noche de San Juan la ciudad clareaba al resplandor de las hogueras, de los juegos de fuegos artificiales, descomponiéndose en imágenes parciales y discontinuas, fugaces, caóticas, esquinadas, bajo el estallido de los cohetes y la lluvia de chispas y el derrumbarse de los castillos de estrellas y el fulgor de las bengalas y el correr de las tracas, explosiones encadenadas, como zigzagueando entre aquellos bloques compactos sordamente destacados, diseminados como ascuas intermitentes en la negrura. Se respiraba la pólvora y, poco a poco, el cielo bajo se fue aquietando en una esfumación cárdena y humeante. Hacía bochorno y las calles rutilaban recorridas por un gentío revuelto, turbulento, enmarañado por las serpentinas rotas, por las salpicaduras de confetti. A los lados, los bares se ahondaban coloreados por linternas chinescas y vibrantes ristras de flecos y banderitas de papel. Se situaron en un rincón de la barra, junto al ventilador. El dueño llevaba un fez de cartón colorado y la mujer una gorra de papel de seda rosa que sentaba bien a su cara de puta embellecida por el reflejo de las bombonas. La música sonaba más fuerte que de costumbre.
¿Por qué hemos venido aquí?, dijo Federico. Nos encontraremos al pelma del conde Adolfo. Esto es su feudo.
¿Adolfo Cuadras?, dijo Leo. ¿Por qué le tienes rabia?
Es un pijo, dijo Federico.
Pues a mí no me parece mal tipo, dijo Leo. En medio de todo es de lo mejor que corre por la universidad.
Nada, dijo Federico. Es un gilipollas. Además fuma en pipa.
En la plaza del Teatro les regalaron un globo malva de forma más o menos fálica. Había tenderetes de cocas alumbrados con candiles, puestos donde se vendían gorros, flautas de caña, espantasuegras, bigotes postizos, trompetas agudas, y desde todas partes confluían grupos jaleadores. Hubo un amago de pelea colectiva y luego un borracho intentó congregar a la gente, hacerse oír. Estamos en el ombligo del mundo, dijo Leo. Y propuso que al amanecer fueran a los merenderos de la Barceloneta, a ver salir el sol desde la playa, entre familias y parejas y preservativos pringosos tirados en la arena.
Le preguntaron por Teresa. Federico decía que era lista y que estaba muy bien. ¿Por qué no sales con ella?
¿Y tú?, dijo Leo. ¿Por qué no la sacas tú, en vez de quedarte callado en un rincón?
No se fija más que en ti, dijo Federico. Y acabará cazándote. Un día se te tirará en el probador y tendrás que casarte con ella.
Raúl se la había encontrado aquella tarde, cuando hacia última hora pasó a recoger a Leo. Al entrar en el portal oyó que le llamaban y la vio cruzar corriendo, con una percha en la mano. Llevaba una bata clara, sin mangas, abotonada en la espalda, y unas sandalias ligeras que le dejaban el talón suelto. Tú, dijo, a ver si dices a Leo que me deje ir con vosotros. Le precedió en la húmeda penumbra, por los peldaños empinados, y a cada rellano la claridad gris de un reducido arco abierto a ras del suelo destacaba sus pantorrillas demasiado robustas. Estaban todos en la galería; el padre cortaba o hilvanaba en mangas de camisa, con las gafas caladas, y la hermana cosía a máquina. El canario vibraba en la jaula, a un lado de la vidriera, y se divisaba una azotea todavía soleada donde chicos y chicas de medio pelo tendían farolillos y tiras de papel, probaban el tocadiscos. Llegó Federico y, con ojos huidizos, se sentó junto a Leo y encendió un cigarrillo. También llegó el cuñado, oliendo a loción, las mejillas recién rasuradas, azulosas, y el cabello ya cano perfectamente ondulado; escuchaba en silencio. Luego reapareció en camiseta, velludo y taciturno, y fuera sonaron los primeros estallidos. Teresa y la hermana cuchicheaban por su cuenta. Teresa acodada en la máquina, sacando trasero. El padre hizo una pausa y, mirando por encima de las gafas, les propuso beber algo fresco. ¿No tenéis calor?, dijo. Y entonces ellas dijeron sí, y se pusieron a reír. Estamos muy calientes, dijo Teresa. Se tocó la frente, y la otra hizo como que le tapaba la boca.
Va, va, dijo el padre. En vez de hablar, trae unas cervezas. ¿Qué haces con los brazos cruzados?
Tomaron cerveza, y la hermana, gaseosa, y les explicaron que pensaban ir a comer coca a Montjuich, todos, incluso los niños. Teresa dijo: a lo mejor me sale un novio y, mira, pelamos la pava. Volvieron a reír. Venga, tú, ya está bien, dijo la hermana. Mira que llegas a ser de bestia. La mesa era de comedor y había patrones desordenados bajo unas pesadas tijeras. La radio quedaba en el rincón del sofá-catre, entre sillas gastadas, sobre una mesita cubierta por un tapete que colgaba como un chal, desvaído, con flecos de cuentas amarillas. Y el padre decía:
Entiéndeme, Ferrer: yo soy ante todo un humanista. Es decir, que estoy por el ser humano. Creo en el progreso y en que el mundo, tarde o temprano, dará el salto, del mismo modo que el agua, al llegar a los cien grados, se convierte en vapor. Y tras este salto –llámale revolución o lo que sea– empezará una nueva era, nacerá una sociedad sin clases donde a cada uno se le dará según sus necesidades. El mundo va hacia eso, hacia el socialismo, y ustedes, las personas de cultura, los técnicos, los científicos, son los hombres del mañana. Nosotros no, nosotros ya lo intentamos una vez y fracasamos precisamente porque no estábamos preparados. Ya ve, soy el primero en decirlo, yo que he luchado y he pasado por la cárcel. Y mi yerno, que entonces era muy joven, pero tenía un ideal y estuvo siempre en primera línea, le dirá lo mismo. Nosotros ya no servimos para nada y sólo podemos enseñaros, con lo que hicimos, lo que vosotros no debéis repetir.
No te preocupes, que lo que hay que hacer la próxima vez está bien claro, dijo el cuñado. Aquello sí que será una buena verbena. Una de gorda, quiero decir.
Hablaba bruscamente, discrepando, y si le hacían alguna pregunta les miraba con recelo. El padre esperaba, le dejaba acabar, y después, como cerrando un paréntesis, proseguía a partir de la frase en que había sido interrumpido. Contrastaban sus recuerdos, y la conversación terminaba por derivar hacia anécdotas de la guerra civil: el asalto a los cuarteles de Atarazanas, la desorganización en el campo republicano, Teruel, la caída de Alicante, la retirada, las cárceles, los fusilamientos. Y cuando al fin Leo se ponía de pie, el padre también se incorporaba, la voz insegura, los ojos apresurados, escrutadores. Dispensen, decía. Dispensen si les hago perder el tiempo con mis historias. Yo soy una persona que ha tenido poca preparación mental y no me puedo comparar a ustedes ni en estudios ni en cultura, pero todo eso de que les hablo son cosas que puedo transmitir porque las he vivido, y considero que vosotros, que sois los hombres del mañana, tenéis que conocerlas.
Fue una época de incendios. No pasaba día sin que, en algún momento, se oyeran decrecientes las sirenas de los bomberos. Los periódicos comentaban la racha al anunciar que en tal almacén, en una nave de tal industria, en el número tal de tal y tal calle, a pesar de o gracias a la oportuna y eficaz intervención de los bomberos, etcétera. Raúl leía a la sombra del ciruelo, en la parte de atrás del jardín. Se levantaba tarde y, mientras desayunaba, Eloísa recogía las ciruelas caídas. Decía que eran las mejores y se quejaba de los pájaros que, no bien amanecía, venían a comérselas. Cuando tenía ganas de charlar se sentaba en los escalones, con las ciruelas embolsadas en el delantal, y a partir de cualquier pregunta sin importancia le hacía dejar la lectura y conversaban un rato. Contó que en la compra nadie podía creer que su pelo fuese natural, aquella gruesa trenza arrollada como una corona que ahora se toqueteaba con mimo, rechoncha y satisfecha. Raúl le hizo alguna broma acerca de los hombres y ella aseguró que, por más que se metieran con ella, ni se molestaba en mirarles. ¡Amos!, decía. Eran preguntas y respuestas ya sabidas, comentarios ya comentados, una charla siempre mantenida en el tono adecuado. ¿Cuántos años debía tener? ¿Cincuenta y algo, bajo aquella apariencia a la vez infantil y coqueta? Salía misteriosamente los jueves y los domingos por la tarde. A ver unos parientes, decía.
De vez en cuando caía una nueva ciruela y, si Raúl se quedaba solo, no tardaba en oírse el rebullir de los pájaros entre las hojas. Luego daba un paseo, remontaba el barrio hasta donde las calles terminaban cortadas por las vertientes de hierba seca; entonces trepaba por los senderos sinuosos y desde algún repecho de las lomas yermas contemplaba la ciudad inmensa, sumida en una bruma baja, entreverada de sol, con la masa morácea de Montjuich destacándose al fondo.
Hacia media tarde se veía con Federico. Leo estaba fuera desde San Pedro, desde antes incluso, pasando unos días en el pueblo. Y una noche Federico le invitó a su casa; se lo dijo por teléfono, con aparente naturalidad. Pusieron discos, apoltronados en amplias butacas de cuero, y una doncella les sirvió whisky con hielo. Era un salón silencioso, impecable, y el comedor contiguo, a nivel ligeramente superior, también daba la sensación de estar apenas habitado, sin estrenar. Cenaron frente por frente, a la mitad de una larga mesa ovalada, y sobre sus cabezas parecía desplomarse una araña de lágrimas refulgentes. Federico le explicó que su familia se había ido de veraneo; hablaba poco y sonreía, como disimulando una broma, como ateniéndose a una complicidad oculta. Después salieron, pero sin Leo los bares de siempre no eran lo mismo; ellos no sabían intervenir en las conversaciones, provocar con una sola frase la situación más impensada. Se quedaban apagados, al margen, y ya de regreso, con sueño, convinieron en que había que descubrir algún sitio nuevo.
Y acabó decidiéndose. Se puso al teléfono una mujer de voz afectada, y Nuria tardó en acudir. Oh, sí, venid enseguida, dijo. Tengo una tarde de lo más fotuda; leo tres veces el mismo párrafo y ni me entero de lo que pone. Habían bebido bastante y Federico se dejó llevar. Nuria les recibió en pantalones vaqueros y camisa negra, con ojos vivos, de duende; el vestíbulo olía a tabaco rubio y, más adentro, sonaban unos tacones contra el parquet, alejándose. Subieron al ático por una escalera interior. Nuria de una carrera, el pelo lacio y claro barriéndole los hombros. Aquí estaremos más independientes, dijo. Se trataba de una habitación confortable y amplia, con la cama insertada en un conjunto de estanterías y puertas de roble y, ante el cristal de la terraza, una mesa de trabajo cubierta de libros y papeles. Fuera había dos o tres asientos de lona y un tocadiscos portátil, y desde la baranda se dominaba un compacto panorama de azoteas y terrazas. Bebieron ginebra, y Nuria sacó un encendedor que le pesaba en el bolsillo de la camisa, que le desequilibraba la línea del pecho.
Me gusta esta camisa, dijo Raúl.
Es de mi hermano, dijo Nuria. Como está pegando el estirón, sus cosas ya me van bien y me las pongo.
Fumaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas. Federico revolvía los discos por su cuenta, como para matar el tiempo. Leo Ferrer, murmuraba. Te gusta Leo Ferrer. Y de pronto preguntó: ¿si fumas por qué no bebes? Y ella dijo: ¿eres tonto o dices tonterías? Federico se echó a reír. Cómo me maltrata, dijo, y sirviéndose más ginebra les escuchó algo congestionado, con párpados risueños y pesados. ¿De qué hablaron? Nuria bromeaba abruptamente, agresiva, y Raúl seguía el juego. Al hacerse de noche encendieron la luz, bajo el toldo de brezo marrón, y Nuria acariciaba al siamés, un gato afilado y hermético. Alguien mencionó a Adolfo Cuadras. Le quiero mucho, dijo Nuria. Le conozco desde niña, de los veranos, y me parecía tan mayor. Lo dijo ya en la puerta, cuando se iban. Y entonces llegó el señor Rivas, cordial y expansivo, de jugar un rato al tenis o, al menos, con aspecto de haberlo hecho; mantuvo abierto el ascensor mientras les estrechaba la mano como un amigo. Un hombre juvenil, de cabellos bellamente blancos en contraste con la tez curtida, los ojos iguales a los de Nuria, y desde el umbral les sonrió todavía, con una mano tras el cuello de ella, en la nuca.
Federico dijo enseguida:
Te ha gustado, di la verdad.
¿Y a ti?
Nada, primero tú; di la verdad, reconócelo.
Es que realmente no está nada mal. Tiene algo que me pone cachondo.
Pues yo prefiero a santa Luisa, me pone mucho más cachondo. Ésta es una chica discreta: una burguesita catalana, moderna, con sus gatos, sus discos y sus pinitos intelectuales. Seguro que es una discípula del conde Adolfo. Santa Luisa tiene más gracia, es más natural, más cursi. ¿Por qué no salimos con ella?
A la vez siguiente volvió solo, también hacia media tarde, y le propuso dar una vuelta. Fueron a la Plaza Real y tomaron algo bajo los pórticos contemplando el corto revuelo de las palomas que, como aventadas, sombreaban fugaces las amarillas fachadas al toque del poniente. Por lo general charlaban allí, sentados en cualquier terraza de los pórticos, y después rondaban un rato por Escudillers, de tapeo. Pasearon incluso por el otro lado de las Ramblas, hacia Robadors, entre putas que les seguían con la vista y tipos que se paraban a mirarla, frases, estrofas alusivas canturreadas según pasaban. Se adentraron en un bar y, al claror rojizo, les abrieron un hueco con expectación. Raúl fumaba un tanto envarado, oyendo apenas las observaciones que ella le hacía, cubriéndola por detrás con el brazo extendido hasta la barra. Chaval, oyó que decían. ¿Ya podrás tú solo? Nuria, en cambio, se movía con absoluta desenvoltura, colgada de su brazo, riendo, sacando la lengua, haciéndoles pam y pipa. Se soltó y se detuvo detenidamente ante un escaparate de preservativos. Déjales que digan, dijo. No fueron a Los Maños ni, mucho menos, a La Gran Bodega. Con Nuria, Raúl prefería recorrer los bares sofisticados próximos a las Ramblas, las cavas de jazz, los locales de flamenco. Hablaban de los prejuicios sexuales, de las inhibiciones como causa de frigidez, del homosexualismo, de religión. Nuria admitió que creía vagamente, aunque no practicaba; su padre tampoco, y aún recordaba los últimos intentos de su madre para llevarles a misa de doce como a una reunión de sociedad. ¿Por qué el mundo ha de tener un principio creador distinto a sí mismo?, decía Raúl. ¿Por qué Dios no necesita un creador y el mundo sí? Nuria meditaba. Adolfo piensa igual que tú, dijo. Dice lo mismo acerca de casi todo. Una de aquellas tardes salieron los tres. La madre de Nuria había empezado el veraneo con los pequeños; Nuria se había quedado con su padre y una criada. El padre comparecía a lo sumo a las horas de comer, y aquella tarde, cuando ya habían decidido quedarse tranquilamente en casa, a oír discos, se presentó Adolfo Cuadras. No dio muestras de sorpresa ni preguntó nada, no más ensimismado que en otras ocasiones, y encendió la pipa. Sentado laxamente, conversó con Raúl acerca de los exámenes, etcétera. Nuria reapareció cambiada. Vámonos por ahí, ¿no?, dijo, y salieron. Adolfo Cuadras preguntó por Federico, por Leo.
¿Leo qué?, dijo Nuria. ¿Leopoldo?
Leo a secas, dijo Raúl. Nació en agosto y le pusieron Leo. Pero oficialmente se llama Leonardo. Es de los que fueron bautizados después de la guerra.
¿Sois todos del mismo curso?
Federico no; él estudia Exactas.
Y yo soy el ganapia de la clase, dijo Adolfo Cuadras.
Ocupaban exactamente los mismos asientos, con Nuria entre los dos, de espaldas a la barra, igual que entonces. En el espejo de enfrente, tras la barra, por encima de las filas de botellería y de las fotos dedicadas, su pelo claro destacaba ante la turbia penumbra de colores matizados. La conversación fue árida, mantenida como forzadamente sobre cuestiones generales, la importancia de alguna obra de Sartre, de Pavese, la asfixia intelectual y moral en que vivían, la falta de inquietudes del universitario, la mediocridad de todo. Nuria dijo que en Filosofía y Letras aún era peor, que un solo curso había bastado para hartarla de aquel ambiente parroquial de curas y monjas, de jóvenes marchitos, de niñas que únicamente estudiaban para buscar novio o por desesperar de encontrarlo. Deambulaban indecisos, dando rodeos, y las calles intrincadas se agrisaban en el prolongado atardecer. Pero Adolfo Cuadras les descubrió La Venta. Había dos flamencos con tacones rojos y, en un rincón, un guitarrista que no tocaba y un vendedor de cacahuetes, tiras de bacalao y huevos duros. El guitarrista era gitano, craso y canoso, de manos como sapitos. También había un cliente, contra el mostrador, congregando con su gracejo a las camareras emputecidas. Y una de las locas cruzó ante su mesa, altivo, comprimiendo el negro trasero de pera, mirándoles con desplante al prorrumpir en un desgañitado estribillo de fandango. Se olía a urinario, a sótano. Había un falso brocal y una falsa ventana enrejada, con flores de papel, y las paredes estaban recubiertas por un armazón de verdes listones entramados, simulando un patio, todo ello bastante deteriorado, iluminado con pobres bombillas.
Es demasiado pronto, dijo Adolfo Cuadras. Esto se anima de noche, a última hora, cuando cierran los bares.
Podemos volver otro día. Cualquier otra noche que salgamos por ahí.
Sí, tenemos que volver.
Estaban en la terraza, a la sombra del toldo de brezo. Nuria ponía un disco tras otro; decía que la habitación de la criada quedaba justo debajo, que sabía que se sentaba a escucharles junto a la ventana abierta.
Le quiero mucho, dijo. Pero a veces me exaspera. Me mira y me mira y se le ponen ojos de borrego. Pobre Adolfo.
Explicó que estaba enamorado de ella desde siempre, desde que ella era casi una niña, cuando veraneaban en el mismo pueblo. Y nunca se había atrevido a decírselo explícitamente ni a tocarla. Tenía atractivo, con su cara angulosa y sombría, y hubo una época en la que, de ser más atrevido, quizás hubiera conseguido que le hiciera caso. Estuvo enfermo bastante tiempo, tuberculoso, y ella pensó que se le pasaría. Pero no, con la enfermedad no se le pasó más que algún curso de sus estudios. Le prestaba libros y escribía poemas.
¿Y quién no los ha escrito a determinada edad?, dijo Raúl.
Es que los suyos eran buenos de verdad, dijo Nuria. Si estudia Derecho es sólo para justificarse ante la familia, para ir tirando, porque ser escritor es una cosa que no se puede demostrar de antemano. Pero ahora escribe relatos y estoy segura de que a la larga piensa dedicarse a escribir.
Se encaró con él, vacilante, como turbada. Y yo también quisiera hacerlo, añadió. Y desde el borde del asiento, acodada sobre las rodillas juntas, le reveló todos sus proyectos, sus dudas. Había olvidado el cigarrillo en el cenicero y soltaba las palabras con precipitación, nerviosamente. ¿Dejar la universidad? ¿Trabajar como secretaria de su padre? ¿Llevar una librería especializada en ediciones de arte, como su padre había propuesto financiarle? ¿Irse a Inglaterra a estudiar idiomas, y tener así más tiempo para escribir? Razonaron. Raúl le hizo ver que lo de secretaria del padre sería siempre un trabajo ficticio, y que el libro, desde el punto de vista del librero, era, en definitiva, una mercancía como cualquier otra. Si yo pudiera irme a Inglaterra, no lo pensaría dos veces, dijo. A Inglaterra o a donde sea. Y confesó que tampoco a él le interesaba en lo más mínimo la carrera de Derecho, que únicamente la estudiaba porque quería ser diplomático.
Encuentro que es una carrera estupenda, dijo Nuria. Viajar, conocer otros países.
Y sobre todo, te deja tiempo libre para escribir, estudiar o hacer lo que te dé la gana. Por cierto, a ver si me enseñas lo que escribes.
Oh, no, rió Nuria. No pienso hacerlo hasta que tenga algo que valga realmente la pena.
Se dieron cuenta de que era tarde; una brisa ligera soplaba refrescante. Nuria, a su lado, abrió los brazos sobre el respaldo, como desperezándose. Va bien hablar así, de estas cosas, de vez en cuando, dijo. El día había sido caluroso y, después de comer, Raúl paseó hasta las laderas sequizas, al sol declinante, sesgado de polvo. Llegó sudado, y Nuria le preguntó si no quería ducharse. La oía canturrear y, luego, por la puerta apenas entreabierta, le pasó una toalla de baño. Raúl le había regalado una baratija, un elefantito de cartón que compró en un tenderete callejero, rosado y gordezuelo, de una desnudez difusamente obscena. Se sentaron en la terraza, de lado, y puso buen cuidado en no tocarla.
Ellos, intrigados, intentaban tirarle de la lengua. Pero Raúl no se dejó sorprender.
¿Cómo va la nena?, preguntó Leo.
¿Qué nena?
Si ya sé quién es: una discípula del conde Adolfo.
Discutieron de nuevo. Raúl decía que Adolfo Cuadras tampoco estaba tan mal, que era inteligente y muy aprovechable.
Y si el curso que viene queremos hacer algo en la universidad, desde luego habrá que contar con él. Y más como él que hubiera.
Es un metafísico y un dandy, dijo Federico. Vamos, un tipo vacío, un pelma. Es que no hay más que verle, coño. Un dandy.
Si tú te crees que tienes pinta de obrero. No basta quitarse la corbata para dejar de parecer un señorito.
Sonaba una sirena progresivamente próxima, penetrante, y el tránsito se interrumpió a golpes de silbato. De la cafetería salieron dos o tres mirones, y en la terraza se incorporó algún cliente a presenciar el paso veloz de los motoristas por la avenida tan de súbito despejada, los rojos coches de los bomberos. Cuando todo hubo pasado, Leo hizo una seña y repararon en una tertulia de viejos señores que, desde una mesa vecina, escuchaban aburridamente su conversación. Era en el Nebraska o Arkansas o algo parecido, junto a casa de Federico.
Nos ha tocado vivir una época sombría, comenzó Leo.
Habló como meditabundo, pero por lo bajo se entrecruzaron sus miradas maliciosas.
Malos tiempos, sí. Se diría que estamos en el umbral de una nueva Edad Media. De unos años a esta parte, Occidente no va sino que de claudicación en claudicación; primero los asiáticos, luego los africanos y así hasta los papúes. Y al final, ya verás, serán ellos quienes acabarán metiendo las narices en nuestra propia casa.
Bueno, es que de la decadencia de Occidente desde ese punto de vista, de su pérdida de posiciones y de influencias, ni vale la pena hablar. Yo me refería a su propia descomposición interna, a las convulsiones sociales que lo corroen como un cáncer.
Ya. Al triunfo del hombre masa, a esa sociedad de robots a la que poco a poco nos vamos acercando.
Exactamente. Por un camino o por otro, desde arriba o desde abajo, a eso vamos. Un mundo uniforme en el que no habrá lugar para la iniciativa privada, un mundo sin beneficios estimulantes ni alicientes de ningún tipo.
Ni espiritualidad ni religión que sirva de freno a los instintos, a las pasiones más primarias.
Un mundo vulgar y materialista.
Y es lógico. ¿Qué otra cosa cabe esperar cuando desaparecen las élites y las clases bajas se hacen con el poder? Si son gente sin cultura, sin ideales, sin noción de patria ni otro interés que su puñetero salario.
Era agradable aquello de llegar a entenderse con una mirada, con medias palabras o, incluso, sin palabras. Leo había vuelto muy moreno, con mayor vitalidad todavía, fortalecido. Alguna mañana iban a bañarse a la Barceloneta, más bien tarde, cuando la playa se vaciaba de familias y aparecían las putas. La arena era un tanto polvorienta y donde rompía el oleaje flotaba casi siempre una sucia orla de detritus ciudadanos. Pero entraban buceando y nadaban lejos, hasta las aguas limpiamente azules. Entonces se desnudaban, chapoteaban y se dejaban derivar con el bañador en la mano. Tomaban el sol y se entretenían contemplando los atléticos atletas que se lucían cara al público, arrogantes, los músculos tensos, el pequeño bikini bien abultado, con un paquete de rubio semiasomando por encima de la ingle y una medallita de oro entre los pectorales peludos. Y, en la piscina, los exhibicionistas de la palanca y los mariconazos acechantes. Después tomaban una cerveza en el bar, a la sombra del cañizo. Un domingo les acompañó Floreal y ellos le preguntaron una vez más por la huelga general del cincuenta y uno, el boicot a los tranvías, los incendios de coches, la acción directa, las manifestaciones de masas. Había un clima de verdadera exasperación y llegamos a crear una situación prerrevolucionaria. Explicó su trabajo en el banco, la pérdida de conciencia de los empleados que, ganando lo mismo que un obrero, creían ser más por el simple hecho de llevar corbata. Hablaron de los horteras, lo peor de todo.
Cuando era pequeño tenía estudiado un plan para atracar el banco de mi padre, dijo Federico. Está de mandamás desde hace tantos años que ni puede concebir que no me interese por las finanzas. Yo le digo que sí, claro. Pero, por mi parte, la revolución valdría la pena aunque sólo fuera para ver cómo volvía a refugiarse en cualquier barco del puerto con bandera extranjera, para verle subir por la pasarela disfrazado de puta.
La vuelta la hicieron en tranvías, apretados entre gente acalorada y sudorosa, bolsos de lona húmeda, rebozados de áspera arena. La cola era larga y Raúl había sugerido tomar un taxi, pero Floreal dijo que no valía la pena. A Leo tampoco parecía importarle; reía y bromeaba, separado por los apretujones, imitando a los chavas. Cada mañana se llevaba un bocadillo y lo tomaba en el bar, con la cerveza. Raúl prefería aquello, la calma de los días corrientes, cuando la playa no estaba excesivamente llena y en el bar nunca faltaba una mesa libre. Y había dos chicas bebiendo cocacola con una paja y Leo empezó a tontear y a decirles cosas y Raúl lo mismo, y acabaron por ligar. Federico callaba, permanecía al margen, y tuvo que esperarles. Leo salió contento. La de Raúl, en cambio, mientras se cambiaban en una cabina de matrimonio, sólo se dejó tocar y, al besarse, le pasó un residuo de comida, quizás alguna fibra de carne o un tegumento de naranja. Le olía mal el aliento.
Habló por teléfono con Nuria y quedaron como siempre. Cuando llegó, le abrió la puerta ella misma, de un tirón, y le miró significativamente. Sube, sube, que está Adolfo, dijo. En la terraza, Adolfo Cuadras escuchaba algún poema de Les Fleurs du Mal cantado por Ferré. Sonrió apaciblemente.
Se me ha ocurrido venir por si os apetece dar una vuelta, dijo.
Como queráis, dijo Nuria. Salid vosotros. Yo prefiero quedarme en casa.
Se quejó de que no había dado pie con bola en todo el día, uno de esos días en que todo sale del revés. Enumeró las ventajas de ser mujer, un objeto tan respetado que no podía permitirse ninguna de las libertades más elementales para cualquier hombre. Se expresaba burlonamente, intercalando aquí y allá los coños y los caray con la mayor naturalidad. Raúl preguntó a Adolfo por algún libro y cambiaron impresiones acerca de sus compañeros de curso, de la monótona y lánguida vida universitaria. Nuria se apartó, arrastró un almohadón hasta la baranda y se sentó de costado contra los barrotes, en silencio, casi dándoles la espalda. Llevaba un traje claro y ligero, y a Raúl le hizo el efecto de que iba sin sostenes. Me parece que acabaré odiando a Baudelaire, la oyeron decir al poco rato, sin volverse, con la cara dejadamente reclinada en la baranda. Pusieron otro disco, y fue entonces cuando Raúl advirtió que ella le miraba por encima de Adolfo Cuadras. La conversación se fue espaciando, con pausas cada vez más largas entre frase y frase. Raúl respondía con vaguedades; le costaba trabajo decir algo y más aún prestar atención a lo que se decía. Empezaba a oscurecer, pero nadie se levantó a encender la luz. Entonces Adolfo Cuadras recogió su tabaco, su encendedor.
Bueno, dijo. Os dejo.
Nuria no se movió.
Chao, Adolfo, dijo. No te acompaño, ¿eh?
Sin embargo, se incorporó inmediatamente y trasladó el almohadón junto al tocadiscos. Bebió un trago de ginebra, encendió un cigarrillo. Qué pesado es a veces, el pobre, dijo. Se había sentado a sus pies y, por el escote boqueante, Raúl comprobó que, efectivamente, no llevaba sostenes. Estaban casi a oscuras y se hizo un silencio. Luego, Raúl se deslizó hasta el suelo. Lo siento por él, dijo. Se besaron, profundamente, ella abrazada a su cuello, entrelazados, retorcidos, y entre sus manos aparecieron los pechos, muy blancos a la luz desfalleciente. Se encontraron dentro, sobre la cama, y todo sucedió de un modo quizás algo precipitado. Fue en la segunda quincena de julio, un jueves o tal vez un domingo, y estaban solos en la casa, la criada había salido. Él aguardó tumbado en la cama, desnudo, y ella volvió envuelta en una toalla de baño y dijo: me parece que lo conseguiste, Raúl. Por la noche, claro está, hablaron de nuevo por teléfono. La conversación fue larga.
A veces se olvidaban del tocadiscos y entonces Nuria tenía que salir en un santiamén, apenas cubierta, a cargarlo otra vez de discos grandes. Bromeaban, jugaban, probaban, y el tiempo se hacía corto probando, comprobando los efectos de levantarle una pierna hasta doblársela sobre las tetas, o de levantarle las dos, estrechándolas, o de sentarse frente por frente, balanceándose abrazados, o de hacerlo por detrás, a gatas, enlazados como perros, problemas de angulación, de inclinaciones, de aficiones retorcidas, gusto manifiesto por las posturas difíciles. Aquellos juegos y aquellas probaturas que de pronto se transformaban en algo diferente, aquella súbita seriedad que borraba sus risas como en una sorda pelea, aquel paso de las cosquillas y los volteos a un apretado y trémulo abrazo mientras, parado otra vez el tocadiscos, de fuera llegaban las voces y las llamadas, los gritos de los chiquillos. Un súbito sesgo, el brusco cambio de tono cuando en ella y como a pesar suyo, abandonando todo sarcasmo, se quebraba su desenvoltura y, con expresión dolorida, abatía la cabeza sobre el pelo revuelto, cerrando los ojos al contraído ahogo, a la loca respiración, al creciente espasmo orgullosamente conseguido. Después fumaban, tendidos muy juntos, y ella le exponía sus preocupaciones. Se incorporó sobre el codo doblado.
¿Qué te parece, Pipo?
Que no tienes razón, hombrecilla.
No me llames hombrecilla. Y di, ¿por qué no tengo razón?
Y tú, ¿por qué me llamas Pipo?
Y ella: porque me da la gana, coño.
Y entonces se revolvía, y él la inmovilizaba, recomenzaban el juego, cálidamente sudorosos. Pero las horas eran siempre breves y tuvieron que vestirse a toda prisa. Nuria se arregló el pelo, disimuló con polvos los colores subidos de la cara. También rehizo la cama y lavó la toalla, la puso a secar en la terraza. Decía que no se fiaba de la criada, aquella jovencita que, al abrir a Raúl, sonreía como un cómplice y se movía tan silenciosamente.
Acabarán pillándonos, dijo.
Habló de las relaciones con la familia, de su padre, un hombre de carácter extraordinariamente joven y abierto, de un buen gusto instintivo, capaz de simultanear la fábrica de papel con el tenis, y el tenis con una verdadera pasión por el arte y los libros, las exposiciones, los conciertos. La noche anterior habían salido juntos, la llevó a cenar y a un cabaret al aire libre, alegre –aseguró ella– como un chico de veinte años. Mi madre es diferente, dijo.
El señor Rivas parecía sentir simpatía por Raúl y nunca preguntaba lo que habían hecho. Los acogía cordialmente, sin hacer cumplidos, cuando llegaban a casa, y atraía a Nuria contra su pecho diciendo que la Nuri era la mujer más guapa y más inteligente del mundo. Charlaron de caza y el señor Rivas le enseñó fotos de los perros de aguas que tenía en la finca, para el pato. Raúl tuvo que prometerle que el próximo invierno cazarían juntos algún fin de semana.
Para entonces ellos ya sabían que iban a separarse por una quincena, la primera de agosto; que el padre se tomaba unas vacaciones y Nuria tenía que acompañarle. Ahora apenas iban de tasqueo, y hasta de la Plaza Real parecían cansados. Salían poco, todo lo más a tomar una copa en cualquier cafetería de la parte alta de la ciudad. Un día la llevó a su casa, cuando ella le regaló la tortuguita y fueron a soltarla en el jardín. Estuvieron un rato sentados en los peldaños, contemplando sus cautelosos movimientos de exploración. Discutieron su posible sexo, coincidiendo en que más bien se trataba de un macho. Nuria propuso que le llamaran Camarlengo. Pero en razón de que era una tortuga y, sobre todo, del escudo espléndidamente dibujado de su caparazón, acordaron que se iba a llamar Aquiles. Eloísa les había recibido con recelo, como enmudecida, y desapareció enseguida; pero, al marchar, Raúl percibió el delicado chasquido de las tablillas de una persiana y, como una sensación casi física, el peso de la mirada que les siguió hasta la calle.
La víspera de la partida fue él quien le hizo un nuevo regalo: el Pajarraco. Se le había acabado el dinero y tuvo que vender más libros, polvorientos volúmenes encuadernados en pergamino que le compraban en una librería de lance: Subida al Monte Carmelo, Guía de Pecadores, Las Moradas, una edición ilustrada de El Paraíso Perdido, etcétera. Pero el Pajarraco le sedujo en cuanto lo vio, al pasar ante el escaparate, una cerámica de tonos sombríos, mezcla de fraile y de pájaro ganchudo, como diseñada por un esquizofrénico.
Espero que no traiga mala suerte, dijo Nuria. Según y como, tiene algo de cuervo.
No. Es un ser benéfico. Feo, pero bueno.
No fue una tarde como las otras. Ella parecía algo absorta, echada a su lado mirando el techo. De pronto se dio la vuelta sobre Raúl y él le acarició la espalda, las duras nalguitas.
¿Pero tú me quieres?, dijo Nuria.
Claro, tonta, dijo Raúl.
Ella le miraba, inescrutables sus pupilas vistas desde tan cerca; luego la sintió descender, abrazándole. Se vistieron antes que de costumbre y, sentados en la terraza, escucharon alguna canción, le rouge pour naître à Barcelone, le noir pour mourir à Paris.
En realidad podría no ir a Inglaterra, dijo Nuria. Igual puedo aprender idiomas desde aquí.
Pero ¿por qué? Me parece absurdo. Si yo pudiera irme, no lo pensaría dos veces.
Nuria no respondió. Fumaba, con el siamés adormecido sobre sus rodillas. Fuera se destacaban las vivas ventanas de verano, iluminadas, con voces y gente. Se despidieron, y entonces ella le dejó en la mano un sobre cerrado, le apretó los dedos. No la leas hasta mañana, dijo. Prométemelo. Y cerró la puerta sin esperar que se metiera en el ascensor.
La leyó al pie de un farol, atropelladamente, y volvió a casa caminando, cantando por dentro. Allí la leyó de nuevo y sólo al día siguiente decidió si era mejor contestar enseguida o bien esperar, si la respuesta debía ser breve, si debía extenderse. Había quedado con Leo, pero antes se encerró en su habitación y redactó la carta una y otra vez, hasta conseguir que toda ella tuviera el tono adecuado.
Había discusión, y los alambreos del canario en la jaula resultaban crispantes. La revolución ha de ser pacífica, repetía el padre para hacerse oír. Y acabó por terciar la hermana, desde la plancha, inclinada sobre los blancos revuelos de vapor. A ver si habláis más bajo, jolín, que se va a enterar todo el barrio. Entonces, el padre aprovechó para insistir en que con la violencia no se conseguía nada, como ya se demostró en la guerra civil; en que, frente al poder, ellos estaban con las manos vacías.
¡Pues se busca con qué llenarlas, collons!, gritó el cuñado. ¿O es que antes no pasaba lo mismo? ¿Y cómo se ganaban las huelgas? ¡A tiros! ¡Con bombas! Hay que despertar al pueblo. Ahora no piensan más que en el fútbol y hay que despertarles con una buena sacudida.
Los demás se mantenían al margen, Leo, Federico, y Floreal incluso tenía pinta de divertirse. Teresa escuchaba y callaba. Raúl se había situado en el sofá e, inevitablemente, los ojos se le iban al gran cromo de enfrente, reproducción de alguna pintura académica, sin duda, que representaba a Nerón presenciando el incendio de Roma mientras tañía una lira. El padre hablaba de la necesaria difusión de la cultura, de las personas preparadas, y el cuñado volvió a interrumpirle diciendo que el verdadero revolucionario era el que vivía como un perro, que del resto no había que fiarse. Cuando se gire la tortilla arreglaremos cuentas, dijo.
Hubo un momento de tensión, y el padre miró a Raúl y a Federico por encima de las gafas, como apurado. Pero el cuñado continuaba machacando, decía que ni siquiera los obreros se movían mientras tuvieran algo que perder, un salario de miseria o una entrada para el fútbol. Sacudía el índice, golpeaba en la mesa con el puño. Si no, venid a la fábrica y veréis. Yo, que soy técnico de óptica, he visto el cambio de los que llegaban a mi categoría.
Antes de irse se asomaron al cuartucho interior, donde, bajo la cama, en una maleta, el padre guardaba los restos de su biblioteca, obras de Marx y Engels, de Lenin, de Bakunin, en ediciones de antes de la guerra. Hoy día, esto es un tesoro, decía el padre. Y Leo les prestó algún nuevo volumen. Floreal salió con ellos.
Me gusta tu cuñado, dijo Federico.
Es buen tipo, dijo Leo. Pero habla demasiado.
Y Floreal: perro que ladra no muerde.
Dijo que aún tenía la mentalidad de los que habían hecho la guerra, que en el fondo seguía siendo un anarquista. No comprende que la base de todo está en la acción de masas y que la única táctica posible es la de atraerse a la pequeña burguesía e incluso a la burguesía no monopolista, oprimidas por la oligarquía. Ahí está el verdadero enemigo, ahí; en el gran capital, en los feudales latifundistas. Les dejó en la boca del metro con un gesto de mentón, sumiéndose escaleras abajo, una colilla pegada a los labios y las manos en los bolsillos.
Bueno, dijo Federico. Pero este Floreal, ¿es comunista o no es comunista? Si es del partido, quiero decir.
Claro, coño, dijo Raúl. ¿Ahora te enteras?
Leo se echó a reír. Un agente del Kremlin, dijo. Un poco ladrillo, esto era lo malo; demasiado dogmático y simplista, quizá porque fusilaron a su padre. Y se había educado en un ambiente de tal politización que iba por el mundo como si su ideología fuera lo más natural de la tierra, algo que el pueblo, sometido por unos pocos, debía compartir necesariamente, sin problemas ni dudas de ningún tipo. En este sentido, se deja alienar igual que mi padre o mi cuñado. Por lo demás, es la única persona tratable de mi familia. Y le gustaba la juerga, el cachondeo. Si conozco el Barrio Chino palmo a palmo es gracias a él. Ahora no, ahora está casado y su mujer no le deja, es una especie de puritana de izquierdas. Y cuando salen por ahí es para ir al cine o pasear al niño. Así, solo, no va más que al fútbol.
Federico se había quedado meditabundo. Dijo que su interés por el marxismo era puramente racional, desprovisto de sentimentalismos. Los obreros, individualmente, me tienen sin cuidado. Lo que me interesa es su papel histórico, el hecho de que, por ser los únicos que no tienen nada que perder, estén destinados a hacer la revolución.
Es que intentar resolver sus problemas personales es caer en la caridad.
Claro. En realidad, de lo que se trata es de soluciones de clase, no de soluciones individuales.
Y, desde luego, lo peor es la pequeña burguesía.
Exacto. Su papel histórico siempre es objetivamente retrógrado. En cierto modo, casi se podría decir que el capital monopolista es más revolucionario.
Discutían si la revolución era una necesidad histórica, como decía Leo, o si no lo era y precisamente por esto había que hacerla, tesis de Federico. Coincidían en que el objetivo era liberar al hombre de toda clase de alienaciones; no limitarse a elevar el nivel de vida del proletariado, cuya situación objetiva le convertía en sujeto potencial de la revolución: desalienar.
Vagaban, y era estimulante aquella compenetración, aquella unidad de criterio, aquella camaradería de inquietudes compartidas. Era excitante la complicidad creada por sus conversaciones, por el descubrimiento de un mundo secreto de relaciones y actividades, clandestino, subyacente, imperceptible en apariencia, como camuflado bajo la vida de la ciudad, de las realidades más cotidianas. Los primeros contactos, las primeras citas con Marsal, con Escala, las primeras reuniones de célula en lugares de exterior anodino.
Volvieron a los sitios de siempre. Les ofrecieron petardos a duro, y había una puta que iba y venía a lo largo de la barra, más grifada que borracha, eso, eso, a lo loco, gritaba, y bostezaba y se sacudía el pelo y se abanicaba con una revista y se aventaba las faldas y reía a carcajadas. Les miraba; con las ganas que tengo de refrescar la boca, decía. Ni Raúl ni Leo tenían dinero y se hicieron invitar por Federico. A Federico siempre le sobraba, pero no solía invitar y pagaba su parte medio a escondidas, como si le avergonzase. Preguntó a Raúl por la nena. Parecía de buen humor y les decía que estaban jugando con fuego.
¿Y la nena?
Muy bien, gracias.
¿Y Teresa?, dijo a Leo. No entiendo por qué no salís juntos. Los cuatro. Raúl con la nena y tú con Teresa. ¿Tienes prejuicios porque es una asalariada de tu padre? ¿Por qué no sales con ella, si no?
¿Y por qué no la sacas tú? Ya te dije que te la cedía.
Yo prefiero a santa Luisa; es más cursi. Podríamos casarnos los tres: Raúl con la nena, tú con Teresa y yo con santa Luisa. ¿Por qué no lo hacemos? Hay que jugar con fuego.
Divagaron acerca de las mujeres, del matrimonio. Leo decía que se les daba demasiada importancia, que prefería un paisaje. Las mujeres sólo me interesan los sábados por la noche. Convinieron en que lo importante era no casarse.
¿Un paisaje de campo?, dijo Federico. Yo no he estado nunca en el campo. Vamos, sólo de pasada, de verlo así, durante un viaje.
Se le notaba algo ajeno al diálogo, charlando al mismo tiempo con una chica de la barra, atento a su ir y venir según las reclamaban los clientes. Se habían metido en un bar recién reinaugurado, transformado en una cafetería. Federico bebió varias ginebras y terminó por quedar con la chica para cuando cerraran. Me parece que hoy es mi sábado por la noche, dijo. Y había un tipo con fachada de bujarrón ya maduro, el pelo de un azabache aceitoso, formándole una gran onda sobre la frente, un tipo con bigotes y largas patillas rizosas, dientes nicotínicos y ojos morunos, camisa negra y vaqueros ceñidos, muy hundidos en la cintura, marcándole la tripita y el culo; se lucía al recorrer el local para echar monedas en el tocadiscos automático, caminando con las piernas arqueadas, y a cada paso, por encima de los zapatos, afilados como espolones de gallo, enseñaba como a relampagueos sus calcetines rojos, dominante, eufórico. Acodado en la barra, se ladeó hacia Federico.
Búscate otra de más nueva, chico, dijo con voz de cazalla, experimentadamente. Que a esa golfa se la han tirado ya por todas partes.
Por eso, dijo Federico. Por eso me gusta.
Se quedó, y Leo acompañó un rato a Raúl. Hablaron del campo, de Vallfosca, del pueblo de Leo. Cuando se separaron, Raúl siguió a pie calles arriba, considerando si no había llegado el momento de romper con Nuria, de distanciarse poco a poco.
Pero alguna tarde, al pasear por la ciudad semivacía, la echaba de menos, y resolvió seguir con ella al menos por algún tiempo más. Era un estado de ánimo complejo, mezcla de placidez y nostalgia. Tenía encanto aquella calma canicular, sobre todo los domingos, cuando su barrio quedaba casi desierto con sólo algún paseante aislado y algún coche, alguna moto, extemporáneos. Pasaban, y luego volvía a oírse solamente el aliento del aire entre los plátanos de hojas fibrosas, de temblor cada vez más seco. Deambulaba con indolencia, embargado por la sensación de que la calle le pertenecía, de que podía cruzar por donde quisiera, sentarse en el bordillo o contra el tronco de un árbol, y saborear aquella amplitud y aquel silencio. En la bolera de la Bonanova, una clientela de jóvenes, no más de cuatro gatos, intentaba matar el tiempo y compensar su soledad armando el mayor ruido posible. Las terrazas de los bares se veían vacías, a lo sumo algún asiduo leyendo el periódico, buscando compañía para hacer tertulia. Únicamente las Ramblas seguían como siempre.
Hubo un día particularmente agradable, muy probablemente el mismo quince de agosto. El tránsito era apenas existente y los autobuses y tranvías circulaban como fantasmas ante los urbanos ociosos. Las persianas metálicas de los escaparates estaban echadas, con su cartel de cerrado por, cerrado hasta, etcétera, y los porteros sacaban sillas a las aceras, se reunían de charleta. Las ventanas se sucedían herméticas y en la calle se divisaba, a lo sumo, una criada de blanco paseando al perro, un solitario enlutado, sudoroso y mórbido, niños pululando con sus bicicletas y, ya en la Diagonal, algún marica ansioso, alguna puta desafortunada. Era entonces cuando Raúl recordaba a Nuria, cuando pensaba en su inminente regreso.
Luego, acabado el fin de semana, todo cambiaba de nuevo, y hacia media tarde los tranvías ya pasaban abarrotados, faltaban taxis y las aceras eran un interminable desfile de gente tomada por el sol, enarenada, con bañadores, con flojas bolsas de lona, una riada de jóvenes acalorados, de familias, de chiquillos. Y las avenidas de acceso se convertían en un caos de automóviles cargados con trastos de playa, motoristas con la mujer en la grupa, sidecars familiares con bultos, paellas, cañas de pescar, todos pasándose, sobrepasándose, entrecruzándose, insultándose, bifurcándose, desplegados en una brusca invasión.
Y proseguía la racha de incendios; muchos de ellos, forestales. Una mañana, Raúl advirtió una gran humareda que cegaba la falda del Tibidabo, y al día siguiente pudo ver la huella del incendio negreando una vaguada todavía humeante, como braseada. Costeaba aquellas laderas y, a la vuelta, ponía discos en la salita, a todo volumen, y con la ventana abierta los escuchaba desde el jardín, bajo el ciruelo. Conversó con papá, que traía noticias de Vallfosca, de tía Paquita, de Ramona. Ramona estaba prometida, le había salido un excelente partido, un chico bastante mayor que ella, doce a catorce años más, un tal Jacinto Bonet, muy metido en el mundo de los negocios, de gran porvenir, ya que, aparte de su fortuna personal, como había estudiado en Madrid, estaba muy bien relacionado, se movía entre personas de influencia. La pobre Paquita, en cambio, tenía preocupada a toda la familia. Sus jaquecas, sus dolencias de siempre, quizá sólo aprensiones, pero lo cierto es que había pegado un gran bajón. Además, ahora se había consagrado a la tarea de lograr la beatificación de un seminarista muerto prematuramente, un joven de buen apellido, flaco y orejudo, con rasgos de oligofrénico, a juzgar por el retrato de las estampas; y, a partir de ahí, fundar incluso una nueva orden religiosa. Mira, tal vez en el fondo le haga bien. Así se distrae.
Raúl no la había visto desde el verano anterior, los pocos días que pasó en Vallfosca, el mínimo tiempo posible. Fue cuando la Estrella tuvo camada y nadie sabía dónde, vaciada y movediza, escurriéndose como una nutria. Pero ella le guió por el bosque, con paso apresurado, girando la cabeza –se diría que sonriente– como para cerciorarse de que la seguía, y así le condujo hasta una oquedad formada entre unas rocas y se adentró a tenderse junto a los cachorros que se rebullían en busca de sus tetitas rosadas, sobre un lecho de musgo y mantillo removido, mientras ella le miraba desde el fondo, sus ojos luminosos color topacio brillando verdes en la sombra. El Polit y él se los trasladaron al pajar, aunque allí, con sus gruñidos, seguía sin dejar que se acercara nadie más, el morro recogido sobre los dientes.
La familia estaba reunida en la galería, en torno a la chaise-longue de tía Paquita, y se comentaba la inesperada vocación de Felipe, su ingreso en un seminario del Opus. Se repetía infinitamente que, tratándose del primogénito, era triste para el padre, pero que si tenía vocación, etcétera. Tío Gregorio opinó que aquello ya iba bien con Felipe, y papá decía que para él fue un desgarro, pero que no dejaba de ser un consuelo haber traído al mundo un pastor de almas. Es un sacrificio, no cabe duda, pero si Dios le llama, ¿qué mayor honra para un padre que ofrecer a Dios sus primicias? Todos asintieron, resaltando el hecho de que no podía ser una decisión tomada a tontas y a locas, puesto que Felipe ya conocía el mundo, era un hombre de carrera, un abogado, incluso había hecho Milicias. Con esta preparación, seguramente se ordenará enseguida. En eso son como antes los jesuitas: quieren gente preparada. Hubo un debate en torno a las características del Opus; alguien decía que, en el fondo, lo que tenía más mérito era ser cura normal y corriente, de parroquia, en contacto continuo con los feligreses, con los problemas de la vida moderna. Para tía Paquita, ir a Vallfosca ya no era más que cambiar una chaise-longue por otra, una galería por otra, aquella galería de su casa, en la parte de atrás, un lugar de atmósfera agobiante, caldeada como un invernadero por el sol de la tarde.
Hablaban en la habitación de papá, papá tumbado encima de la cama, vestido, las manos cruzadas bajo la nuca, su maletín como de médico antiguo sobre la silla y la gabardina doblada en el respaldo. Dijo que Barcelona le cansaba, que se iba a volver a Vallfosca en cuanto pudiera; había venido sólo para resolver cuatro diligencias. La Anónima, su jubilación, la ingratitud humana, lo de siempre. Cuando dejé aquello, lo hice con la frente muy alta: balance positivo y amplias perspectivas. Y ahora va y me niegan el retiro, como si el fundador y gerente de una empresa tuviera menos derechos que una mecanógrafa. Y yo fui tonto vendiendo mis acciones antes de plantear este asunto. Ésta fue mi equivocación. Ahora ellos tienen el control y harán lo que quieran. Pero, mira, me sentía viejo y cansado, y ellos abusaron de mi confianza. Entonces todo eran sonrisas. No sé; hoy en día se ha perdido toda noción de moral, y ahora soy el primero en reconocerte que, si te quieres evitar quebraderos de cabeza, no te metas en el mundo de los negocios. Dijo que antes, incluso en tiempos de la República, uno podía confiar en sus amistades, en sus relaciones. En cambio, en el curso de los últimos años, había aparecido una fauna de nuevos ricos, fortunas hechas después de la guerra, antiguos don nadie, tipos de esos que, bien apadrinados, con mucho dinero detrás, ligados a los grandes bancos y amparándose en los poderes públicos, cometen toda clase de arbitrariedades.
Ya no hay moral, hijo, no hay moral ni confianza, y la única ley que se respeta es la ley de la selva. Y mira que lo de la Anónima fue un negocio que emprendí con toda mi ilusión, para vosotros, para que algún día me sucedierais. Pero tú, con tu carrera, lo que debes hacer es especializarte en algo. En Derecho Marítimo, por ejemplo. ¿Has reflexionado sobre este asunto? El Derecho Marítimo es una especialidad bonita y en la que hay todavía mucho campo abierto.
Sí, claro. Pero mi idea es más bien ser diplomático.
Tampoco está mal. Hoy en día, todo lo que sea enchufarse, depender del Estado, es un seguro de vida. Y si ésa es tu vocación, síguela. Ya sabes que yo nunca he querido coartar vuestra voluntad.
Llevaba un traje de alpaca bien cortado; pero, visto de cerca, lleno de arrugas y lamparones. Y debajo, una camisa amarilla, de tejido barato, y calzaba sandalias y calcetines. Le preguntó que cuándo iba a ir por Vallfosca.
Quizás en septiembre, para coincidir con tío Gregorio. Precisamente me ha escrito una postal desde el balneario pidiéndome que concretara fechas.
Preferiría que te vinieses conmigo. Me siento un poco solo, sabes.
Se aficionó al jardín, a cuidar las plantas agostadas, estimulado en cierto modo por el ejemplo de Eloísa, que había plantado geranios, margaritas y claveles de moro. En un principio se trataba de una simple distracción, cavar, podar, regar, pero terminó por tomárselo con verdadero interés. Arrancó algunas matas de acacia y pitosporum que había crecido fuera de los arriates, en la escasa grava, y recompuso los macizos de flores; el viento sonaba como un tintineo entre las acacias, sacudía las vainas secas. En la parte de atrás, se extendía una gran parra trepadora, frondosa, de hojas enfermas y racimos que nunca llegaban a madurar, granos pequeños y negrizos. Repintó de verde las sillas del jardín y, por la mañana, se sentaba a leer a la sombra del ciruelo, donde el sol era como un rasgado pestañeo entre las hojas. Charlaba con Eloísa, mientras ella, parlanchina y retozona, repasaba el jardín, le descubría los nuevos brotes, los capullos. Parecía incluso reconciliada con Aquiles y se entretenía mimándole, alabándole sus gracias. ¡Animalito!, decía. De los jardines vecinos, por encima de cada muro, colgaban tallos de rosal, largos y mustios, y estallantes ramas de adelfa roja, de olor melifluo. También se olía a jazmín.
Nuria regresó a finales de agosto. Tenía el pelo todavía más claro, y las pestañas; y la piel, morena y pecosa, casi áspera. Le abrió la puerta ella misma y se le notaba tímida y cortada, como si fueran dos extraños. Luego se le pasó, en la cama, cuando hicieron el amor como locos, y todo volvió a ser igual que antes. El siamés se había colado en la pieza y, juguetón, quiso participar; tuvieron que sacarle. La contempló así tendida, sus muslos estrechos y sus pechos picudos, la boca decidida y obstinada, los ojos dorados, de cejas más oscuras que el cabello. ¿Ves cómo el Pajarraco no nos ha traído mala suerte?, le dijo. Y asimismo, igual que antes, oyeron canciones de Leo Ferré en la terraza.
Nuria le preguntó por sus pasadas experiencias eróticas. Raúl se hizo el misterioso. Santa Luisa, dijo Nuria, se diría que fastidiada. Raúl no dijo ni que sí ni que no, evasivo. Dijo que lo que nunca le había gustado era ir de putas, no sólo porque como institución le parecía degradante, sino porque le humillaba tener que pagar por hacer el amor. Pero no era esto lo que importaba a Nuria. Si alguna vez te gusta alguna más que yo, tienes que decírmelo, dijo. ¿Prometido?
Una tarde volvieron a casa de Raúl, caminando sin prisas, Nuria con la cámara fotográfica. Planeaban una escapada hacia fines de verano, a escondidas de la familia, unos días en algún pueblo de la Costa Brava, Rosas, por ejemplo, o cualquier otro. En el barrio, del Paseo de la Bonanova para abajo, había cada vez mayor número de nuevas construcciones, solares a medio edificar, altas grúas, grises estructuras, y más de una villa antigua había sido sustituida por macizas casas de pisos. Y ellos criticaban la fealdad de las obras, curioseaban desde la verja los viejos jardines sombríos. Raúl se detuvo ante el muro exterior de un convento, un muro soleado, coronado de vidrios relucientes, erosionado, con grietas y hierbajos; a pocos pasos, un niño inmóvil, empuñando su carabina de aire comprimido, escudriñaba los resquicios.
Yo también venía por aquí, a este muro, dijo. A cazar lagartijas.
Pobres, dijo Nuria. Esto es de persona malísima.
No te preocupes, que para esas cosas cada vez tengo el corazón más tierno. Ahora, hasta los conejos empiezan a darme pena.
En las obras ya había cesado el trabajo y las calles se alargaban, tranquilas, solitarias. Caminaban enlazados por la cintura y la tarde era hermosa. Un poniente claro, de irisadas lontananzas.
Después, aquel domingo en que salieron de noche, a recorrer sus bares, y se tropezaron con Floreal y Leo. Raúl les saludó sin presentar a Nuria, como sobre la marcha, y ellos le observaban con ojos divertidos. ¿Y tu mujer?, preguntó entonces a Floreal, y Floreal le contestó con un guiño. Habían tomado algo en la Plaza Real, bajo los pórticos, todavía con luz del crepúsculo, y también tasquearon por Escudillers, ya de noche, animada y rutilante. Cruzaron las Ramblas y se internaron por el lado izquierdo, Conde del Asalto, San Ramón, San Rafael, San Olegario, Tapias, hacia el Paralelo. Desde allí se avistaba la mole de Montjuich, muy cerca, como surgiendo de los bloques de casas, encendido, volcánico. De los bares llegaban canciones cantadas a coro y había tipos parados en las esquinas, a la expectativa. Fue entonces cuando se tropezaron con ellos y Raúl les dijo que se trataba de una sueca, un plan que le había salido.
¿Y cómo os entendéis?
Muy mal; en inglés. Pero eso es lo de menos.
Ella quiso saber y Raúl dijo que, junto con Federico, eran sus mejores amigos. Ahora, Federico estaba fuera, dijo, en Sitges, con su familia.
Me gustan más éstos, dijo Nuria. Federico es, no sé, como raro.
¿Raro? ¿Por qué?
No lo sé. Así, raro.
Se los encontraron de nuevo en el bar siguiente, y en el otro. Y también por la calle, siempre en dirección contraria; seguramente les tomaban la delantera y daban la vuelta a la manzana, corriendo, y al cruzarse otra vez saludaban con una profunda inclinación de cabeza. Volvieron atrás, por Arco del Teatro, y en un quiosco de las Ramblas compraron un periódico sueco. El aire estaba quieto y los plátanos aparecían salpicados de gorriones, como petrificados. Se adentraron nuevamente por Escudillers. Al fin, en La Venta, trabaron conversación.
¿Qué cuenta de Suecia?, dijeron.
Nuria plegó el periódico.
What do you want?
He is a friend of mine and this is your cousin.
Oh, they are very nice.
Leo les miraba alternativamente.
¿Así que ésta es la famosa nena?, dijo.
Y ella se giró en redondo.
¿Qué es esto de la nena? Me llamo Nuria, guapo.
Bromearon, Raúl algo incómodo, pero los otros estuvieron poco rato, el tiempo de tomar una copa; decían que era tarde y que mañana era lunes. Raúl se sintió aliviado, como más a gusto y, sentados en su rincón, pidieron otra media de fino. La barra se había llenado de maricas desatados y los bailaores y las flamencotas taconeaban y batían palmas y cantaban a coro canciones obscenas.
Me vas a convertir en una borrachita, Pipo, dijo Nuria, recostando la cabeza. Pero me encuentro muy bien, como flotante.
Pasada la hora de cierre se llegaron a un horno de bollos y comieron ensaimadas todavía calientes, para echar lastre. Era un local profundo, rojo y negro como una fragua, repleto de trasnochadores. Al remontar las Ramblas, el aureolar de las farolas se esfumaba ya en la aurora. En el paseo central había subasta de claveles, y en un bar recién abierto del mercado de la Boquería pudieron tomar café. Luego siguieron paseo arriba, con las cabezas juntas. Los tranvías circulaban abarrotados y en las bocacalles se sucedían los triciclos, las camionetas de reparto. Apagado el neón y los rótulos y reclamos luminosos, las travesías, vistas en toda su longitud, cobraron un repentino aspecto mísero, el empedrado sucio y las fachadas grises, deterioradas, con estrechas aceras por las que desfilaban obreros, trabajadores, mujeres desaliñadas, cargadas con cestas, todos silenciosos y ensimismados. Y arriba, sobre las cornisas y las azoteas, sobre toda la ciudad, un halo de color malva.
Y cuando el mismo día, con pocas horas de sueño, subieron a la cumbre del Tibidabo, recorrieron las atracciones deliciosamente demodées, se asomaron al mirador, y Nuria se cogió a su brazo, los dos parados ante la baranda metálica, vapuleados por el viento, dominando la ciudad entera, tentadora, tendida, abierta hasta perderse en un acabamiento brumoso, omnia tibi dabo. Al fondo, a partir del puerto, se distinguían los campanarios góticos del casco antiguo, intrincado y prieto, y circundándolo, la cuadrícula del Ensanche con las torres espinosas de la Sagrada Familia en su corazón, el Ensanche ya estrecho que, ciudad arriba, se prolongaba hasta los barrios residenciales, San Gervasio, Bonanova, Sarrià, Pedralbes, ya en las laderas sequizas, y a los lados quedaba bloqueado por los núcleos y barriadas populares, la Barceloneta, Pueblo Nuevo, San Adrián, San Martín, La Sagrera, Santa Coloma, El Clot, San Andrés, Horta, Collblanch, Sants, Hostafranchs, Hospitalet, El Port, Casa Antúnez, distritos proletarios, el cinturón rojo de revueltos humos industriales. Cuando Nuria sacó fotografías de la ciudad, sus cabellos al viento, una ciudad chata, cuadriculada, compartimentada, yuxtapuesta, superpuesta, anárquica, inestructurada, inmensa, sumida en una bruma baja embebida de sol, extendida al pie de las colinas, el Turó de la Peira, la Montaña Pelada, el Monte Carmelo, colinas desnudas, colladas hacia el Besós como estribaciones del Tibidabo, a la izquierda, y a la derecha, Vallvidrera, San Pedro Mártir, lomas en descenso sobre el llano del Llobregat. Y frente por frente, descollando por encima del puerto, por encima de la neblina de brillo salino, Montjuich, penetrando en la ciudad como un cabo acantilado; Montjuich con su Morrot, con sus cimas y simas, ahí, monte de los judíos, con sus canteras y losas, sus fosos y fosas, sus parques y descampados, sus barracas de hojalata y sus palacios artificiales, un monte ahora desvaído, a contrasol, penetrando como un morro amoratado.