VI

Tres o cuatro veces a la semana de salir por ahí de noche es lo máximo que, normalmente, se puede resistir. Y, mientras duró el carnaval, salieron cada noche; de modo que, al no disponer siquiera de ese día libre intercalado entre vez y vez, cuando el carnaval llegó a su término, estaban todos –al menos Lucía lo estaba– completamente agotados. No era sólo el hecho de pasarse la noche entera de aquí para allá, el cansancio y la falta de sueño; lo peor era lo que inevitablemente se bebía y, más aún, lo que se llegaba a fumar, cigarrillo tras cigarrillo. La resaca de este alcohol y de esta nicotina al día siguiente, el dolor de cabeza, y esa sensación como de asco que únicamente se iba al empezar a beber y a fumar para poder volver a salir, para entonarse lo suficiente como para tener fuerzas para poder volver a salir.

Eso sí: había que reconocer que hizo todas las locuras que le vino en gana. But, is there anything wrong in it? En definitiva, una tiene que hacer lo que le gusta hacer, y la única forma de saber qué es exactamente lo que a una le gusta hacer es probarlo todo primero. Son cosas sobre las que resulta imposible pronunciarse hasta que las has hecho, hasta que las has probado. Y si das un no de antemano, quiere decir, no ya que tienes prejuicios, sino que, inconscientemente, estás temiendo el sí, su atracción sobre ti. Para la gente, piensen como piensen, hay siempre una norma moral a la que debes adecuar tu conducta. Yo, en cambio, pienso que es la moral la que se debe acomodar a ti, a tus gustos, a tu manera de ser. Cualquier otra norma de conducta supone la aceptación de algo que es ajeno a ti, algo que se te impone desde fuera, que beneficia vete a saber a quién; no a ti, desde luego.

Hablaron de los hombres, de sus torpezas, de sus manías. Charlotte dijo que ella los prefería románticos. De esos con problemas, que tienen problemas y te los cuentan: la mujer, por ejemplo, si están casados; un ser que no les comprende en absoluto, con el que nada tienen en común, el gran error de su vida. Pero están los hijos, unos hijos a los que quieren mucho porque son igual que ellos cuando eran niños, y por eso no envían el matrimonio a hacer puñetas, para no traumatizarles y todo eso. O los hombres que vivieron un gran amor cuyo rescoldo todavía persiste y, aunque imposible o frustrado, buscan la imagen de la amada dondequiera que se encuentren, o la imagen de la amada les persigue y creen verla por todas partes, hagan lo que hagan. O los homosexuales que quieren rehacerse, que no están esperando sino a la mujer que les salve, que les haga caso y les dé el cariño que les daba su madre. O los que saben, a fuerza de experiencia, lo que es una aventura, y por eso mismo no quieren herirte, conocen demasiado bien las dolorosas consecuencias del amor, lo fácil que prende, las cenizas que luego quedan; saben que lo mejor es guardar el buen recuerdo de lo que pudo ser una maravillosa aventura. Y entonces no se te joden: so they don’t fuck at all. No se acuestan contigo aunque estén a punto de hacerlo, y así es mejor para todos.

Lucía dijo que a ella le daba lo mismo que fuesen de una forma o de otra: ella los trataba como le daba la gana, con independencia de si eran así o asá, según le cayera el tipo, según le conviniese a ella. Incluso había descubierto que, de cara a los hombres, lo mejor era hacerse la frígida en general y, encima, decírselo a cada uno en particular, tratarles despectivamente; eso la situaba en posición de superioridad, y el que perdía el culo era el tío en sus esfuerzos por conseguir algo, por hacerla cambiar de criterio, por salvarse de la quema al menos él. Y es que, en general, la única manera de que le hiciesen caso a una era no hacer caso a nadie. Con Charlotte, sí; Charlotte era una persona con la que podía hablar y comportarse con naturalidad, tal cual, conforme a su modo de ser. Se conocían, se entendían, sabía que podía confiar en ella. Pero no con los demás. Con los demás se había endurecido, no menos con las mujeres que con los hombres: ahora sabía cómo tratarles. No eran sólo los otros quienes parecían haber cambiado desde que llegó a París, en otoño; también ella había cambiado.

El rapapolvo que le pegó a Marina, por ejemplo, la noche en que ésta tuvo la ocurrencia de acercársele otra vez con sus problemas y sus historias. El modo casi brutal de enfrentarla a la realidad como si la enfrentase a un espejo; el corte, la sacudida que debió significar para Marina. No seas mitómana, le dijo Lucía; deja de vivir en las nubes. No me vuelvas con tus cuentos, que la única persona a la que engañas es a ti misma. ¿Te crees que alguien puede llegar a creerse tus historias de príncipes rusos y de palacios en Samarcanda y de criados chinos decapitados? Los tíos te dirán que sí, que sí. Pero ni te creen ni les importa, en el fondo, creerte o no creerte. Lo que les importa de veras es acostarse contigo, lo que hagas en la cama. El resto, para ellos, tendrá valor o no lo tendrá en función de lo que hagas en la cama. Y ten en cuenta, estúpida, que el tiempo juega en tu contra, que cuentes lo que cuentes, a los hombres, el argumento les va a interesar un poco menos cada año. Que tu capacidad de fabulación, que tu credibilidad, dependen, en última instancia, de tu físico, de tu aplicación en la cama, de tus aptitudes eróticas, del gusto que seas capaz de darles. ¿Comprendes? ¿O no lo comprendes?

A veces, eso sí, dijo Lucía, valía la pena hacer un poco de comedia: cuando ese poco de comedia tenía sus compensaciones. Como con Javier, que la llevaba a todas partes, que la trataba como a una reina. Es decir: un poco de comedia, pero sólo cuando lo que se lograba, lo que se resolvía, inclinaba la balanza en beneficio de una. Y, ni que decir tiene, siempre sin excederse.

Se dice que hay experiencias que marcan la vida de una persona, que fijan decisivamente el rumbo que ha de tomar a partir de entonces. Pues bien: las experiencias vividas por Lucía en el curso de los últimos meses eran tantas y de signo tan diverso, que ni con varias vidas le hubiera sido posible llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Su misma relación con Charlotte, sin ir más lejos. Un tipo de relación no enteramente nueva, es cierto, como era lógico en quien como ella, de niña, había estudiado interna en un colegio de monjas. Claro que ahora, ni Charlotte ni ella eran ya precisamente unas niñas.

Lucía cayó en la cuenta de lo que pasaba a los pocos días de invitar a Charlotte a compartir la habitación que había alquilado, antes de prestarse a posar de modelo para sus fotos, casi desde la primera noche; bastaba percatarse de cómo la miraba cuando se desnudaba. Charlotte se desvestía con rapidez y, tendida sobre la cama, como con pereza de ponerse el pijama, no le quitaba el ojo de encima mientras ella se iba desnudando sin exhibicionismos gratuitos, pero también sin recatos tontos, con naturalidad. Y justamente por eso, por el descaro con que Charlotte la contemplaba, para darle una lección, Lucía decidió hacerlo con calma, por partes: los zapatos, los calcetines, el jersey, los pantalones, los sujetadores, las braguitas, conforme a un orden eminentemente estético. A veces, de tres cuartos, casi como dándole la espalda. O como medio cubriéndose con el camisón, como con vergüenza. Y, al mismo tiempo, como distraída por la charla que mantenían, alargando el tránsito entre una y otra fase, enriqueciendo tales intermedios con un estudiado dominio de actitudes y posturas, de expresiones, de gestos. Así, no ya tenderse de lado sobre la cama, medio tapándose los pechos que asomaban colgantes por el escote desabotonado del camisón, mientras reía cualquier broma más o menos improvisada; o moverse por la habitación manteniendo el ángulo adecuado para que su figura adquiriese matizados relieves a ojos de alguien que la contemplara desde la cama; o, de nuevo tendida, con la proximidad de quien hace una confidencia, dejar que, tras un impremeditado movimiento, los pliegues del camisón se abriesen descuidados sobre los muslos juntos, sobre el pubis. No: no ya eso, sino, incluso, determinadas maneras de reír, de fumar, de mirar.

Una de aquellas noches, Charlotte le dijo que siguiera moviéndose, hablando, y empezó a sacarle fotos. Lucía la interrogó acerca del alcance de aquello, el destino de las fotos, la gente que iba a verlas y demás, y Charlotte le dio toda clase de seguridades. O, al menos, Lucía hizo como que quedaba convencida de que nadie, sin su previo consentimiento, tendría acceso al material en cuestión. Pero, en el fondo, estaba convencida de que los tíos del laboratorio se iban a quedar de piedra.

El paso siguiente por parte de Charlotte, que por su gusto –según ella– dormiría siempre desnuda, consistió en aprovechar que aquella noche llevaban a cuestas una ración extra de calvados para hacerse la niña una vez acostadas, ya las dos dentro de la cama. Le daba patadas por debajo de la sábana, fingía como ataques de pánico, se le abalanzaba y, a continuación, se encogía y ovillaba, se replegaba como un caracol diciendo que tenía frío, que tiritaba. Y, en el curso de uno de esos forcejeos, le dio por besar en profundidad un pecho de Lucía, haciendo como que la devoraba, succionando. Todo se desarrollaba igual que en un juego y, también haciendo como que seguía el juego, Lucía tuvo que apartarla de sí tras hacerle una presa, inmovilizarla, declararla vencida y prisionera, únicamente traicionada en su papel por la excitación experimentada, por una turbadora sensación como de que le faltaba el aire, que resultaba difícil de disimular. Pues ésta era la verdad: Charlotte, con una precisión o maña realmente diabólica, había conseguido excitarla. Y eso no podía ser, había que parar el juego antes de que, en razón de su misma intensidad, las cosas llegaran demasiado lejos. Dominarse, recuperar el control justo en la medida en que, sea por el factor sorpresa, sea por lo que fuere, había llegado a perderlo, a sentirse confundida o, pura y simplemente, fundida.

Una actitud absolutamente necesaria. A Charlotte, sin duda, no le debió de sentar muy bien, ya que fue aproximadamente hacia esa época cuando empezó a reír como una cabra al sacarle fotos, como si lo hiciera en coña, mientras que, hasta entonces, cada vez que le daba al disparador, se había hartado de jalearla con todo género de expresiones de satisfacción, interjecciones, silbidos, soplidos, chasquidos de lengua y cosas así. De ahí que Lucía decidiese acabar también con lo de las fotos; por los equívocos que, con independencia de cuanto ella hiciera o dejase de hacer, pudieran crearse. En definitiva, y por sensible que fuese, Lucía no tenía nada de lesbiana. Charlotte, con sus maniobras y sus juegos, llegó a excitarla, lo reconocía: pero esto no significaba que hubiera en ello nada de anormal o insano. Muy al contrario: tan sólo los reprimidos –y sería interesante dilucidar la causa de tal represión– se cierran a cuanto, aún atrayéndoles, es considerado anormal cuando no perverso. Pues ya nadie discute que todo el mundo tiene algo del otro sexo, que la sexualidad no es más que una cuestión de proporciones.

Por eso, justamente, puestos a cortar, Lucía cortó no ya lo de los jueguecitos sino, asimismo, lo de las fotos. Y no por prejuicios ni nada parecido; lo hizo, sencillamente, porque a ella le gustaban los hombres y, sobre todo, para evitar líos.

Bastante revuelto andaba ya todo. Había cosas, además, que –Charlotte aparte– nadie parecía dispuesto a comprender. Y no porque fueran en sí mismas de tal complejidad que hicieran imposible su entendimiento, sino porque se diría que, en ocasiones, lo más simple y lo más natural era lo que con mayor dificultad, por los condicionamientos que sean, aceptaba la gente. La de cosas que una Gina, por ejemplo, nunca llegaría a entender. O que nunca entrarían en la cabeza cuadrada y milimetrada de Jaime, con todo y lo buen tío que era. O que un Alejandro, con sus reacciones histéricas, rechazaría inevitablemente. Por no hablar ya de esos tipos viscosos que creen que con la militancia resuelven todos sus problemas, el sexual incluido.

Lo cierto es que Lucía estaba más que hastiada de tanta verborrea seudorrevolucionaria, lo de las condiciones objetivas y todo eso. Palabrería que, si aburrida pero inocua en el ambiente de l’Alouette, se convertía en peligrosa trasladada a otra clase de contextos, sobre todo si incluían su realización práctica, como Luis, mejor que nadie, podía seguramente dar buen testimonio. Y ahora Luis pagaba los platos rotos, mientras los demás seguían charla que te charla repartidos por las mesas de l’Alouette. Claro que, según y como se mirase, se lo tenía bien merecido. Por dejarse enredar.

Pero es que, realmente, era como para hastiar a cualquiera tanto teórico del ultraizquierdismo que si se entrega a sus radicales especulaciones, es sólo para compensar de algún modo su esencial impotencia, desplazando de terreno sus ejercicios onanistas. Y tanto falso héroe como Camilo, el negrazo cebón, el sodomita barrigudo, fogoso tan sólo en este aspecto, desde este punto de vista, por historias que pudiese contar acerca de la revolución cubana.

En este plan, habría que acabar considerando l’Alouette como una especie de epicentro de todos los movimientos revolucionarios, un lugar lleno de gente dispuesta a cambiar el mundo, como si de caballeros andantes en busca del mal se tratase. O de guerreros que, desde el último rincón de la Hélade convergen hacia un solo objetivo: el asedio de Troya. De ellos podría decirse, en palabras de Safo, aquello de: Y emprendieron todos camino hacia Ilión, y la flauta de voz delicada mezclaba sus sones con los de la lira y el ruido de los cascabeles, mientras las doncellas, con voz aguda, entonaban un canto sagrado, y su eco divino llegaba hasta el cielo.

En lo que atañe a Lucía, por lo menos, ella tenía suficiente. Estaba harta de compartir una cama, aunque fuese con Charlotte; de compartir un baño con los restantes inquilinos del piso; del olor a mazout de la estufa; del olor a perro mojado de las ropas y pelos de sus compañeros de l’Alouette; del olor a colillas, a pringues íntimos, a miseria. Lucía experimentaba una elemental necesidad de confort, ese confort que todo el mundo busca y que nada más en un ambiente como el de l’Alouette se convierte en una grotesca extravagancia. O mejor aún: no confort: lujo, lo que se entiende –y todo el mundo lo entiende– por lujo. Lo necesitaba, lo merecía, y basta.

Lucía no era precisamente una Marina, la mitómana. Ni tenían nada en común ni pensaba seguir el camino que Marina había decidido tomar. Un camino que terminaba en los muelles del Sena, bajo los puentes, durmiendo la mona entre otros andrajosos y andrajosas como salidos de una novela de Victor Hugo, seres embotados por el vagabundeo, hinchados y enrojecidos por el vino tinto que empapaba sus cuerpos. Actualmente, agarraba ya una castaña cada noche, y cada noche le daba invariablemente triste. Parecía haberse distanciado del onanista de Jacques. O si no se había distanciado –y tanto peor para ella en este caso–, sí, al menos, apenas se les veía juntos. Ahora salía con una croata o algo así, otra mitómana que pretendía ser poco menos que directora de Éditions Gallimard y que la acompañaba en sus trompas. Tal para cual; un buen par de viragos.

No: su camino era otro; exactamente opuesto al de Marina. Y ni valía la pena tomarse la molestia de aconsejarla, de animarla ni consolarla cuando le venía a llorar encima con sus historias: que no había tenido infancia y que su juventud no podía haber sido más dura. Que había en ella una especie de fuerza autodestructiva que la impulsaba cada vez, irreprimible, a desbaratar cuantas posibilidades se le ofrecían de enderezar su suerte. Escenas que, por llegar demasiado tarde, dejaban por completo indiferente a Lucía; su vocación no era, que digamos, la de reconstruir ruinas humanas. Como Alejandro tenía por costumbre decir: que los muertos entierren a los muertos.

Y eso con tanta mayor razón cuanto que, gracias a las confidencias de Sergio, Lucía estaba al cabo de la calle acerca de la clase de pájaro que resultó ser Marina. Confidencias que, debido a su especial carácter y a las personas implicadas –nombres archiconocidos–, Lucía no podía divulgar en modo alguno. Lo que sí podía hacer –y desde luego lo hizo– era tomar buena nota y tenerlo muy en cuenta, ya que la mitomanía de Marina no se proyectaba tan sólo sobre su pasado, sino también, y hasta con preferencia, sobre su vida cotidiana. Sergio y ella intercambiaron información desde la primera noche, poniéndose mutuamente en antecedentes.

Después del remojón, pero todavía calada hasta los huesos, ya en el Jaguar, camino de París, a Lucía, sin saber bien por qué, le dio por exagerar una pizca la nota, por tiritar como presa de unos escalofríos que en realidad no sentía. Pero, curiosamente, como si algo de eso hubiera en el fondo, acabó que le castañeteaban los dientes de veras, por más que Sergio, conduciendo con una sola mano, pese a la lluvia que no dejaba de caer, la cobijase contra su hombro.

Una vez en el estudio, tras el baño de agua hirviente, Sergio la despojó con suavidad y lentitud del ruso color púrpura que le había brindado, ambos ante la chimenea, sobre una piel de oso polar. Una noche tan inolvidable como lo había sido el día: la piel de oso polar, el aguardiente de pera, las sombras de ambos cuerpos proyectándose al capricho de las llamas.

A partir de entonces, siguieron viéndose con regularidad. Pero Lucía, que cada vez iba conociendo mejor a Sergio, pronto se dio cuenta de que él, sin menoscabo del perfecto entendimiento existente entre ambos, antes al contrario, en virtud de la confianza que de semejante clase de entendimiento se deriva, de la complicidad que se establece, él, Sergio, se hallaba vivamente atraído por el recuerdo de Gina; al parecer, Gina había despertado su interés ya en la época en que, junto con Lucía y otros del grupo, acudían a su casa invitados por Marina y él se bajaba a charlar un rato con ellos. Y como Lucía podía serlo todo menos exclusivista, como estaba muy por encima de necios vedetismos y actividades egoístas, no tuvo inconveniente alguno en facilitar en lo posible su mutua aproximación. Tanto más cuanto que, a juzgar por la positiva respuesta de los sondeos realizados, tampoco Gina parecía del todo indiferente –como suele decirse– a Sergio, una vez sustraída de la nefasta influencia del onanista Jacques; y que, tal si el azar junto con Cupido hicieran de las suyas conjurados, se habían encontrado los tres de modo enteramente casual, casi absurdo por lo oportuno, en la casa-museo Delacroix. Al salir, se llegaron a la terraza de Aux Deux Magots y charlaron un rato mientras miraban pasar la gente.

Cuando Sergio las invitó a cenar con él en un restorán vietnamita realmente genial, y luego a su casa, a beber algo al calor de la chimenea, fue Lucía la que se encargó de mantener siempre llenos de licor de pera los pequeños vasos, hasta conseguir que Gina se soltase como se suelta quien ha bebido lo suyo o como quien hace ver que ha bebido lo suyo para soltarse. A todas ésas, Sergio andaba organizando un ceremonial en honor de una pequeña imagen que había dispuesto en lugar destacado, la diosa Ochún o algo así, una especie de Afrodita brasileña, según les dijo. Había encendido los siete cirios de un candelabro hebreo, y en los inciensarios humeaban esencias brasileñas; brasileñas, según él, ya que Lucía hubiera jurado que se trataba simplemente de alguno de esos productos, como sándalo y demás, que venden los chinos.

Todo parecía indicar que había llegado el momento de irse, de dejarles a solas, pero fue Sergio quien se lo impidió insistiendo en que no, en que interrumpir la ceremonia traía mala suerte, maldiciones horribles. Y empezó a maquillarlas y maquillarse, o mejor, a pintarlas de cuerpo entero, como salvajes, con materiales de maquillaje. Gina reía como una loca, decía que le hacía cosquillas. Al concluir su obra, en la que se ponía de manifiesto la exquisita sensibilidad plástica de Sergio, los tres cuerpos estaban pintarrajeados de cabo a rabo; y en estado de completa erección el sexo del autor. Les hizo el amor a las dos, pero invitándolas a que también ellas se amaran entre sí como se aman las diosas. Lucía, tras su experiencia con Charlotte, sabía sobradamente lo que tenía que hacer, y todo salió a la perfección, aunque los tres acabaron embadurnados de todos los colores, cosa que, a decir de Sergio, proclamaba el fausto resultado de la ceremonia. Una nota de humor muy de Sergio, quien, por otra parte, se comportó con una delicadeza exquisita en todo momento.

Pasada esta noche, Lucía se fue distanciando, auto-marginando, dejándoles que vivieran su gran aventura, un amor cada vez más apasionado por ambas partes. Gina, al menos, parecía en verdad como deslumbrada, confusa, así, tan bruscamente introducida en un mundo tanto más dulce que el de Danilo Dolci y su imaginería visionaria de cuando se conocieron. Para Lucía, en cambio, Sergio era tal vez demasiado cerebral. Supongo que todo el mundo entiende lo que quiero decir con eso, dijo a Charlotte.

Por otro lado, llegaba Javier; un motivo más para distanciarse. Y Javier y ella, como de tácito acuerdo, ya que nada habían convenido explícitamente, tomaron a su vez distancias respecto a Charlotte. A fin de cuentas, Javier se interesaba por Lucía, no por Charlotte. Y Lucía no estaba obligada en modo alguno a llevarla con ella a todas partes, como si de una escopeta se tratase. Así que, con no decirle nada, todo resuelto. Y es que estas salidas a tres, aparte de carecer de sentido, a la larga no traen más que disgustos. Bastante que hicieron invitándola a cenar una noche; y luego, ella ya se creyó con derecho a soltar una de esas ideas de bombero que la caracterizaban. Una cosa es compartir una habitación y otra muy distinta compartir a Javier. Con Charlotte de por medio, la suite del George V pronto se hubiera convertido en una pajarera.

Javier la llevó a todas partes y en todas partes se divirtieron como críos. En Maxim’s, cuando el violinista preguntó a Lucía si deseaba alguna pieza concreta, ella pidió La Internacional. En el Crazy Horse, al acabar el espectáculo, cuando la gente ya salía, inició un striptease por su cuenta que, rápidamente, fue secundado por un montón de americanas borrachas, subidas a la barra del fondo. En el Carroussel invitaron a su mesa a un travestí que resultó ser un pied-noir, de origen español, llamado Manolo y, al amparo de la penumbra, les hizo tal exhibición particular de sus cualidades que hasta la propia Lucía acabó, como se dice vulgarmente, por ponerse cachonda. Y así en cada sitio, la suite del George V a modo de santuario final de sus correrías.

Pero si ella vivía como nunca hubiese siquiera podido soñar, si llevaba una vida verdaderamente ideal, más entusiasmado aún parecía Javier. En otras palabras: que se ponía como un loco con Lucía y Lucía era plenamente consciente de ello, así como de que, en consecuencia, sería capaz de hacer lo que ella le pidiera con tal de complacerla. Por eso mismo y, más en general, para no malacostumbrarle, procuraba no acceder nunca a lo que él le proponía o, al menos, no de inmediato ni en el orden propuesto. Que cambiara sus planes, que se habituase a seguir sus caprichos a sabiendas de que eran caprichos, pura arbitrariedad a la que él debía plegarse sin reservas, y se plegaba.

Una noche incluso se hizo llevar a l’Alouette, a que sus antiguos compañeros les vieran juntos; y que Camilo fuese analizándolo desde un punto de vista dialéctico. Después, en algún lugar confortable, le hizo saber de qué clase de gente se trataba. Hasta con Charlotte tuvo que ponerse seria y pararle los pies –dijo–, ya que era medio lesbiana o, cuando menos, algo ambidextra. Desde que rompió con Luis, al que se mantuvo fiel mientras estuvieron juntos, puso buen cuidado en seguir teniendo a raya a todos los demás, que la rondaban como obsesos. Es que no es sólo una cuestión de atracción o repulsión física, dijo; es casi una cuestión de mundos, de que ellos y yo pertenecemos a mundos diferentes. Javier elogió su actitud; le dijo que había hecho muy bien guardándose, que tenía toda la razón. Déjate de historias, dijo; y aunque le faltaba inventiva para que la frase pudiera ser de acuñación propia, o tal vez precisamente por eso, porque no podía ser suya, Lucía la encontró de lo más acertada, de lo más acorde con su manera de pensar: la izquierda es de admirar por su idealismo, por sus buenas razones, había dicho; la derecha, por sus obras.

Una mañana, al volver a su habitación para cambiarse, Charlotte le salió con que, cuando Lucía se cansase de Javier, se lo pasara, que ella hasta estaba dispuesta a casarse con él: el clásico numerito, la idea de bombero. Y Lucía le dijo, ni más ni menos, lo que pensaba: que no parecía sino que Charlotte sólo fuera capaz de interesarse por los hombres que salían con ella y que ahí había algo de malsano, de enfermizo; esto en primer lugar. Y luego, que por mucho que Charlotte estuviese dispuesta a casarse con Javier, ella, Lucía, tenía motivos más que razonables para dudar de que Javier estuviera dispuesto a casarse con Charlotte, de que semejante ocurrencia hubiera entrado, ni de lejos, en sus proyectos. Más claro, agua.

De hecho, esta típica salida de Charlotte, justo al día siguiente de que Lucía hubiera tenido la amabilidad de permitir que Javier la invitase a cenar con ellos, jugó un papel, en cierto modo decisivo, en su resolución de dar el sí a las reiteradas propuestas matrimoniales de Javier. Ni que decir tiene que, por el momento, no obstante, juzgó preferible no comunicárselo a Javier, por regalos y regalos con que la colmara, desde el perfume o la prenda cara, hasta la más tonta de las chucherías que venden por la calle. Javier insistía en sacarla de aquel ambiente, en que una mujer como Lucía no podía seguir sola en París por más tiempo, pero ella se limitaba a contestar que ya se lo pensaría.

Porque, además, estaba el problema de Helena, la actual novia de Javier. Y era mejor que él se volviese a Barcelona como con rabia, dispuesto a despacharla a cualquier precio. Si regresaba demasiado seguro de Lucía, siempre se iba a encontrar más al alcance de Helena, más vulnerable a sus maniobras, por mucho que cualquier comparación que se estableciera entre una y otra no podía sino actuar en perjuicio de Helena, que así es como ella escribía su nombre, con hache. Este simple detalle –que Lucía averiguó gracias a una de estas casualidades que ahora no viene al casobastaba para calificarla, sobradamente significativo respecto a lo que cabía esperar de una mujer que hacía cosas así. Para empezar, Javier y ella no habían tenido relaciones propiamente sexuales, según el mismo Javier confesó a Lucía; por hábito, por prejuicios, por eso de que con la novia oficial hay que aguardar hasta la boda y todas esas costumbres que aún subsisten en determinados ambientes de la burguesía. Algo que Javier, justamente en razón de que ni tan siquiera se lo había planteado antes, ahora comprendía que no era precisamente una buena señal. ¿Por qué sí con otras pero no con quien iba a ser su mujer? Ahora lo encontraba hasta inmoral, le dijo. Éstas fueron textualmente sus palabras: ahora lo encuentro, no sé, hasta inmoral.

Y seguro que tampoco Helena se lo había planteado, que semejantes ideas no pasaban por su cabecita dorada, tonta y de lujo toda ella como un perro afgano. Una chica tan mona como tonta y, por descontado, con el típico acento de las niñas bien barcelonesas, esa pronunciación nasal y afectada que tienen en común con los maricas profesionales que se concentran en determinados bares del área de las Ramblas, en la parte baja de Barcelona.

Javier: su discreción, su tacto, su delicadeza; sus obras, como él diría. Ya que, si Lucía le habló de sus relaciones con Luis, no lo hizo, en modo alguno, respondiendo a preguntas o comentarios de ningún género; menos aún, ni que decir tiene, buscando alguna clase de contrapartida. Si lo hizo, fue con toda ingenuidad, aunque acaso dio pie, eso sí, a que Javier le hablase de Helena y luego se sintieran como más unidos. Pero sin que Javier abandonara su actitud de no entrar en detalles, de no hacer confidencias susceptibles de atañer la intimidad de otra persona.

Y es que Javier, por encima de todo, era lo que se dice un caballero de verdad. Palabras que hoy suenan anacrónicas en la medida en que designan un concepto que ya no existe. Especialmente para el tipo de mentalidad dominante en sitios como l’Alouette. Pero que a Lucía le sonaban con la familiaridad que supone haberlas oído pronunciar desde niña cada vez que era evocada la figura de su padre, a manera de título inexcusablemente ligado a la personalidad del señor Trías, un caballero de verdad. Un título cuyo valor y trascendencia rebasaba el ámbito puramente honorífico, para repercutir también en la consideración económica de la familia, incluso tantos años después de la muerte del padre, cuando los Trías no eran ya lo que habían sido, un emblemático pasado de prosperidad y abundancia del que Lucía no guardaba ni tan siquiera el recuerdo. Pues, al margen de cualquier clase de consideración, lo cierto era que el patrimonio de la familia, por obra y gracia de la tan escrupulosa como catastrófica administración de la señora Trías, había ido a menos de año en año. ¡Las viudas!, no desperdiciaba ocasión de exclamarse la señora Trías. ¡La manera infame con que la gente se aprovecha de las viudas, de su ignorancia en materia de negocios, de su desamparo! Y lo que callaba en sus lamentaciones: de su estupidez.

Los escrúpulos. Lucía siempre había oído decir que su madre tenía escrúpulos; ella, la madre, era la primera en decirlo delante de Lucía a quien quisiera oírla, igual que si Lucía fuese un ramo de flores o un animal doméstico. Y, durante años y años, Lucía pensó que, con eso de los escrúpulos, su madre significaba que le remordía la conciencia por un crimen que había cometido o que, de no haberle faltado valor, hubiera cometido. Sólo a fuerza de tiempo, y no sin cierto desencanto, supo que lo de los escrúpulos tenía un sentido, no moral o religioso, sino sicológico. Que simplemente quería decir que su madre era una especie de mojigata, cosa que Lucía sabía de sobras.

Más mojigata que una monja. Y eso sí que Lucía estaba en condiciones de poder asegurarlo, ya que no en vano había pasado nueve años de su vida en un colegio de monjas. Hasta cierto punto, cabía incluso afirmar que, para Lucía, no hubo período más feliz en toda su vida que aquellos dos últimos cursos de bachillerato, con las monjas. Para entonces, convertida ya en la única niña de Trías del colegio, sin la sombra de una hermana mayor precediéndola siempre, pudiendo expandir sin trabas su propia personalidad, se sentía ya, decididamente, mucho más a gusto allí, en el colegio, que en casa. Mejor el trato con las monjas que con una madre cargada de escrúpulos, por llamar de algún modo sus manías. Mejor, también, que soportar las envidias mezquinas de la hermana o los delirios mitómanos del hermano.

Recordaba aún el último día de colegio, cuando fue a recoger su título de bachiller. El trauma de la salida, esa sensación como de encontrarse desnuda de repente: una niña de flequillo lacio, con gafas de sol recién estrenadas y el título de bachiller en la mano. Se detuvo a la puerta, consciente, de pronto, de lo feliz que allí dentro había llegado a ser, sin haberlo percibido siquiera. En aquel recinto ajardinado, campeando a sus anchas por todas partes, paseando con alguna monja o alguna amiga, monjas que ya eran como amigas en los últimos tiempos, un mundo privilegiado lleno de rincones que sólo ahora que se iba los veía como de cuento, los patios de juego, el huerto y, sobre todo, el jardín, aquel jardín umbrío con estanques y surtidores y la gruta de falsas estalactitas y el puente colgante bajo el cual –lo sabían– podía haber algún chico acechando su paso desde los macizos de laurel; y el edificio en sí, con su entrada como de castillo medieval, y los vitrales de colores del salón de actos, y el olor a esencia de trementina del llamado museo de historia natural, y la cocina donde la hermana Marta le preparaba meriendas especiales, torrijas, tazas de chocolate, mantecadas. Y ahora, definitivamente, fuera del recinto ajardinado, le aguardaba, como para tragarla, el sórdido mundo familiar, la cortedad de miras y los prejuicios timoratos propios de una familia que viene a menos, el quiero y no puedo de su vida social, los recatados veraneos en Viladrau, todo estrecho y menudo, por debajo, muy por debajo de la talla de una chica como la chica que ya entonces estaba hecha Lucía. Se había sentado en la acera, a la sombra de una acacia, sin caer siquiera en la cuenta de la impresión que su imagen podía suscitar en la mente de cualquiera que la contemplase, así, tal cual estaba, vestida de colegiala, sola, sentada en la acera, con su flequillo y sus gafas de sol, adorable en su perplejidad inerme; una joven, casi una niña, quieta y absorta, solitaria como el arco iris y así de hermosa.

Y como entonces, igual que a su salida del colegio de monjas, con la misma vigencia, el panorama de ahora, las perspectivas que le hubiera ofrecido regresar a Barcelona para reinsertarse de nuevo en el medio familiar. Una madre cada día más debilitada mentalmente; un hermano mitómano y una cuñada cretina; una hermana mayor que seguía considerándose Mayor, con mayúscula, no ya respecto a Lucía sino también respecto al mundo considerado en su conjunto. Una de esas personas que hablan del aspecto carnal del amor, de la sexualidad, como quien habla del surrealismo; de algo divertido y extravagante que no puede ser visto sino desde fuera, poco menos que como el hallazgo de un clown. Ni que decir tiene que sería ocioso entrar en conjeturas relativas a las particularidades de su vida conyugal.

Ante un mundo así, Lucía era capaz, a lo sumo, de sentir nostalgia de las tristezas perdidas.

Hecha la elección, se imponía llevarla hasta sus últimas consecuencias sin pérdida de tiempo. Incluso a costa de forzarse a ver sus renuncias como ventajas o como renuncias tan sólo aparentes. Y las ventajas que hubieran podido derivarse de cualquier otra opción, como inconvenientes y limitaciones.

Asimismo, proceder a una reconversión total de hábitos y actitudes, adecuados, quizás, a un mundo como el de l’Alouette, pero no a la clase de vida que le aguardaba junto a Javier, a los ambientes que le tocaría frecuentar. Un cambio que empezaba por la forma de arreglarse y acababa por la forma de moverse y hasta de sonreír. El paso de los pantalones de pana y suéter de cuello alto a un sencillo modelo de Chanel. Del maquillaje de ojos copiado de cualquier revista de moda, y el pelo más o menos cepillado, a la consideración de cara y peinado como un todo estéticamente inseparable. Cosas que sólo eran nuevas para Lucía en la medida en que puede sonar a nuevo lo que ha sido olvidado. Porque, en definitiva, lo que Lucía estaba haciendo no era sino reintegrarse al medio ambiente en el que había nacido, en el que normalmente se hubiera desenvuelto de no ser por las consecuencias que, en todos los órdenes, supuso la muerte de su padre cuando ella no era más que una niña. Un hecho que no dejó de influir, sin duda, en la convulsión que para ella supuso la entrada de Luis en su vida, en su aceptación inmediata y sin reservas de las ideas revolucionarias por las que Luis luchaba, en su buena o, mejor, entusiasta disposición, conforme a tales ideas, en lo que a una completa ruptura con la sociedad en que vivía se refiere. Una sociedad que, por otra parte, parecía tender a expulsarla de su seno o, al menos, no hacer absolutamente nada para paliar la impresión que Lucía experimentaba de estar cada vez más lejos del epicentro, apartada más y más según se acentuaban o persistían las dificultades económicas de la familia.

Claro que, bien mirado, no era tanto de la sociedad cuanto de su madre. Y no dejaba de ser sintomático que hubiera necesitado pasar por una experiencia como la de su relación con Luis –acaso facilitada por la similitud de sus respectivas trayectorias: común origen de clase y posterior declive familiar–, y el trastorno en la concepción del mundo que de tal clase de relación se desprende, justo en las antípodas del ambiente en que había sido educada, para saber a ciencia cierta dónde estaba su puesto, cuál era realmente su sitio. Este período de su vida le parecía ahora algo así como un túnel en el que se había metido llevada tan sólo de su amor por Luis. Y, como a la salida de un túnel o una cueva, la realidad presente casi la cegaba de puro deslumbrante.

De un tiempo a esta parte, Lucía apenas si se dejaba ver por l’Alouette, pero a los pocos días de la partida de Javier, no bien éste le comunicó su ruptura formal con Helena, se presentó allí de inmediato, a pillar al vuelo a Charlotte. Necesitaba comentarlo con alguien, necesitaba compañía, y Charlotte era la única que podía ofrecerle ambas cosas en aquellos momentos. La llevó a un sitio caro que conocía gracias a Javier, y allí lo celebraron con una botella de Moët Chandon. Luego –el dinero no daba para más– siguieron con sus habituales calvados, y acabaron agarrando una castaña memorable. No era su victoria, por supuesto, lo que se celebraba, sino la caída de Helena. Y ello, no porque Lucía pensara que algo podía salir mal; pero todo el mundo sabe que trae mala suerte precipitarse, brindar por algo que no es del todo seguro, que no se ha conseguido todavía. Aparte de esto, y teniendo en cuenta que Charlotte estaba como una cabra, le convenía seguir entendiéndose con ella, llevándose bien. Le había reclamado las pruebas y negativos de las fotos que le fue sacando durante sus meses de convivencia, no fueran a seguir en circulación y terminaran por aparecer en alguna revista. Ni que decir tiene que Charlotte se las entregó sin rechistar. Pero con este tipo de personas nunca se sabe.

Contempló el avance de su figura a lo largo de los escaparates, caminando bien tiesa y a pasos breves, levantando los ojos como a fogonazos, rápidas y tímidas miradas, con unción y desamparo y un deje de tristeza o infantil seriedad, entre azorada y firme, lo mismo que avanzaría un ángel hacia sus jueces. Hay que decir, al respecto, que el gusto exquisito de Sergio Vidal, conjugado al natural instinto y a la facilidad de captación de Lucía, había sido de un valor en verdad inestimable.

Vistas las cosas desde otro ángulo, lo importante no era tanto lo que se ganaba cuanto lo que se perdía de vista, lo que se dejaba atrás. Un ambiente que no era el suyo, como tampoco lo eran las formas de vida ni los problemas que allí se llevaban, las preocupaciones, las discusiones, el mismo léxico. Y, sobre todo, la gente, las personas que poblaban ese no mundo sino submundo. Gente, en el mejor de los casos, como Jaime, como Federico, como Gina, como la misma Charlotte, seres que, al igual que Lucía, habían dado en recalar allí poco menos que incidentalmente, por error, por desorientación, por un malentendido, por las razones que sean, con todo y no pertenecer a ese submundo. Pues quienes formaban la población propiamente autóctona de ese submundo eran verdaderos enfermos desde el punto de vista moral, mental y hasta físico. Tíos como Jacques o como Abelardo, el sevillano; bueno, sevillano, valenciano o lo que sea. Tíos así, viscosos. Esos eran los habitantes propiamente dichos de aquel submundo.

Desde luego que con Abelardo había sido dura, despiadada. Le iba diciendo: pero ¿qué te pasa? ¿Que no puedes? ¿Entonces por qué te quieres acostar conmigo? ¡Vamos, espabila! Y un montón de cosas desagradables del mismo estilo. Por eso es justo lo que se merece un tipo cuya virilidad se le va por la boca, en palabras, en gracejo de mal gusto. Un ser viscoso, lo bastante cretino como para creer que hablando de su éxito con las mujeres, de su capacidad copulativa y del tamaño de su sexo, aparte de las consabidas y estúpidas alusiones a técnicas secretas y pretendidas virtudes ocultas, arreglaba algo; que hablando suplía la necesidad de demostrarlo con hechos. Y todo para que, a la hora de la verdad, quedase aún más de manifiesto su condición de medio impotente. Porque, si en lo del tamaño del sexo había tal vez algo de cierto, su consistencia, en cambio, dejaba mucho que desear.

Un desgraciado, en definitiva; un pobre desgraciado, de esos que le hacen a una sentir vergüenza por él. Pues, para colmo, tras todos sus esfuerzos y penalidades, se las arregló para correrse fuera, para ensuciarla. Y eso ya es de verdadero desgraciado. Como también lo es que él, entonces, se creyera en la obligación de contarle sus penas, que tenía un hijo ilegítimo, o que el hijo ilegítimo era él, hijo de una especie de puta borracha que había denunciado a su padre por rojo; o que la puta borracha era su mujer. Bueno, cosas así; Lucía había bebido demasiados calvados para recordarlo con exactitud. De hecho, ya le daba como lástima desde antes, y tal vez por eso dejó que llegara tan lejos, que lo intentara, después de haberle tratado tan mal, peor que a un perro.

También por eso le permitió que luego se llevara unos cuantos libros, obras de Marx y Lenin que Luis y ella compraron en Le Globe, y que Luis le pidió que se los guardara por motivos de seguridad, por los subrayados y notas que había tomado al margen. Asimismo, se llevó La Batalla del Puente Milvio, de Claudio Sáinz de la Mora, una novela que dejó sin acabar tantas veces como empezó a leerla, por buena voluntad que puso, ya que se trataba de un regalo de Luis con dedicatoria y todo, una de esas frasecitas irónicas tan suyas ante las que una dudaba entre picarse o echarse a reír. Pero era como si la fatalidad se hubiera interpuesto entre aquel libro y ella, que lo habría acabado con la calma que requería si aquel cabrón, si aquel aprovechado, no se lo hubiera quitado sin siquiera consultárselo, robándoselo por las buenas, como quien dice. Un tipo que, si habló del partido y todo eso a la policía española como en l’Alouette hablaba de sus conquistas amorosas, no tenía nada de extraño que hubiese acabado cantando jotas valencianas, o sevillanas, o lo que sea.

En fin, cosas que ni a Charlotte se atrevió a contar. Pues lo mejor que se puede hacer con historias tan penosas es olvidarlas.

Del tren al avión: toda una época. Lucía llegó a París en couchette de segunda y ahora se volvía a Barcelona en avión. Y en primera clase.

Había dos vuelos casi a la misma hora: uno de Iberia y otro de Air France; Lucía eligió el de Air France. Viajar en primera, aparte del privilegio que ya en sí supone, tiene una doble ventaja: la comida es mejor y hay barra libre. De modo que Lucía llegó a El Prat algo colocada, y si sólo lo estaba un poco fue gracias a que, cuando ya andaba por su cuarto champán, le dijeron que se abrochase el cinturón, que aterrizaban.

En El Prat, mientras esperaba que apareciese el equipaje, vio a Javier aguardándola al otro lado del control aduanero, agitando la mano, mandándole besos. De repente, alguien le tapó los ojos por la espalda. Lucía tuvo un fuerte sobresalto, que sólo se le pasó al reconocer la risa cantarina de Francisca, su mejor amiga durante los últimos años de colegio y también después; era, realmente, como si todo volviese a ponerse en su sitio. Francisca le dijo que llegaba de Londres, que ahora tenía una especie de galería de arte o de antigüedades. Quedaron en verse cualquier día.

Puigcerdà, agosto de 1963