Le sirvieron un líquido caliente, oscuro, en una escudilla abollada y roñosa; se lo bebió. Más tarde le entregaron un paquete en el cuerpo de guardia. El gris que le hizo subir hasta allí, un gallego, no aclaró previamente el motivo, como complaciéndose en hacerle creer que se trataba de un nuevo interrogatorio. Camina delante, le había dicho, a modo de quien cumple una penosa obligación. Abrieron el paquete en su presencia y examinaron cuidadosamente el contenido. Una manta. Una almohada. Cigarrillos. Chocolate. Galletas. Leche condensada. Le hicieron firmar un recibo.
No creía haberse dormido, pero era obvio que se despertó con el estrépito de los que repartían el rancho. Después empezó a recorrer una y otra vez, en diagonal, el espacio que mediaba entre la puerta y el banco de obra. Cuatro pasos, o mejor, pisadas, y media vuelta, tocando el ángulo de la puerta con los codos en cada giro. De vez en cuando mascaba chocolate. La orden de subir coincidió con el rancho de la cena.
Desde el principio se hizo evidente que algo había cambiado en la actitud de la policía, el clima, las maneras, de forma semejante a como cambian en las relaciones eróticas del libertino cuando éste pone en juego esa facultad que tiene de desinteresarse de golpe del placer ya gozado. Y no simplemente –o pese a ello– porque el inspector le invitara a sentarse frente al escritorio ni porque le ofreciera un cigarrillo. Era más bien –se respiraba en el ambiente– como si la policía estuviera aburrida del asunto, como si quisiera despacharlo de una vez como se despacha una cosa que ya fatiga y fastidia. Mira, chico, dijo. Aquí hay unos hechos innegables: conoces a un miembro del comité central y suplente del buró político del partido comunista. Conoces a un miembro del comité de Barcelona, metido hasta el cuello en lo de las comisiones de barrio. Dices que no conoces al Folías, pero en su piso hemos encontrado un libro de Marx que lleva tu nombre escrito con tu letra.
Soltó el libro sobre la mesa. La Sagrada Familia. ¿Lo habías olvidado? Pasa mucho con los libros cuando se prestan. Pero es tuyo. Pusiste tu nombre como en tantos otros que tienes en tu casa. Sólo que éste no estaba en tu casa. Estaba en la de Modesto Pírez. Además, os hemos seguido. Os hemos visto juntos. En el patio de la universidad, concretamente. Seguro que lo recuerdas. Y sabemos que os conocisteis en París: a través de Guillén, otro comunista, como sabes de sobras; que, aunque ahora esté exiliado, bien erais compañeros de estudios. En fin, comprenderás que todo eso son cosas que no pueden quedar sin aclarar. Que a todo eso tú tienes que darnos una explicación que sea coherente.
Escuchó a Raúl con cierta impaciencia, como si de antemano supiera lo que iba a decir, más aún, lo que estaba pensando en aquel momento: bueno, esto ya es otra cosa. De acuerdo. Antes te acusaban de otras cosas, de más cosas. Y en el mismo piso del Folías no hemos encontrado ni un solo escrito que corresponda a tu caligrafía o a tu máquina. Y antes te acusaban de redactar las publicaciones de las comisiones de barrio. ¿Y qué? Que te acusen de tal o cual cosa es lo de menos. Lo que tú tienes que hacer es dar una explicación coherente a unos hechos concretos e innegables. Como abogado, sabrás que lo que vale, salvo prueba en contra, es lo que tú digas o declares. O sea, que vamos a ver: admites conocer a Modesto Pírez, ¿no es eso? Muy bien. Pero esa relación entre un profesor de universidad y un elemento como el Folías, ¿en qué se basaba, cuál era su objetivo? Buscar un trabajo en Barcelona al amigo de un amigo. Bien. Pero ese común amigo resulta que es comunista. No querrás hacerme creer que no hablabais de política. Eso es, hablabais de política. ¿Y no hablasteis, o no te habló él alguna vez de pasar a la acción? Sólo problemas teóricos. Pero marxistas, claro.
El calvo de las gafas les escuchaba en silencio, sentado en la esquina de otro escritorio. Se dio una palmada en el muslo. Bueno, basta por hoy. Mañana empezáis desde el principio, lo vais pasando a máquina y que lo firme. Y que hable del Conesa y del Tarrés. Se volvió a Raúl. ¿No quieres un vaso de leche? Te sentará bien.
Desde aquel momento hasta el traslado a la cárcel en el canguro, al otro día, pasó casi tanto tiempo en las oficinas como en el calabozo. En el calabozo dormía, aunque no de forma continuada ni profunda. Quizá por eso, en las oficinas, el tiempo se hacía más largo. Y por más que su declaración fue breve, hubo muchas interrupciones, y entonces siempre se acercaba algún policía con ganas de charlar, como por curiosidad, o porque no tuviera otra cosa que hacer, y hasta se diría que para mejorar la impresión que pudieran haberle causado. Sobre todo después de firmar la declaración.
Preguntado si está afiliado o pertenece al partido comunista, responde que no. Preguntado si conoce a Floreal Conesa bajo el nombre de Matías u otro apodo, responde que no. Preguntado de qué forma conoció al mencionado Floreal Conesa, responde que de frecuentar el domicilio de su amigo y antiguo compañero de curso Leonardo Tarrés, primo hermano de Floreal Conesa. Preguntado si tales reuniones tenían cariz político, responde que no, aunque a veces se hablara de política.
Un anciano asomó la cabeza. Qué, ¿ya va hablando el chico?, dijo. También se acercó el calvo de las gafas y releyó por encima los folios. Bueno, bueno, pero que no vaya a quedar como simpatizante y nada más. Que aquí hay materia de complicidad o, al menos, de encubrimiento. Nada más faltaría que el instructor nos tomara encima por idiotas.
Si todo eso es verdad, si no estás intentando engañarnos otra vez, no sabes de lo que te has salvado, dijo otro policía, apuntándole con un bolígrafo. Tú no conoces bien a los comunistas. Y si creyeras en Dios, que no haces cara de creer, debieras darle gracias de que te hayamos detenido a tiempo. Fíjate tú, sin ir más lejos, el caso que hemos tenido días atrás. Un tranviario. Un buen hombre, en el fondo. Pero se metió en líos, se dejó engañar. Y se ve que ahora, al darse cuenta de lo que había hecho, le entró tal desesperación que empezó a darse trompadas contra las paredes. Quedó como un Cristo. Suerte que el guardia de abajo se maliciaba algo y pudo impedir que hiciera el disparate.
Entró uno de los que fueron a detenerle, el que entonces parecía llevar la voz cantante. Bueno, no te quejarás de cómo te hemos tratado, ¿no? Ya ves que aquí no nos comemos a nadie. Hombre, no te diré que a veces no se nos escape un revés, como con el Conesa este, que acaba con la paciencia de cualquiera. Pero, más que nada, es la fama que tenemos. Y no creas que nos moleste. Así la gente se asusta y habla sin que tengamos que tocarle ni un pelo.
Y el del bolígrafo: eso, sí, aquí todo el mundo habla. Al principio, siempre dicen que no saben nada o, los más gallitos, que no dirán nada. Pero esto es sólo el plumaje. Al final acaban hablando.
Y si alguna vez somos un poco duros es porque no tenemos otro remedio. La policía es igual en todas partes. ¿Cómo te crees que actúa en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos?
El del bolígrafo: ¿Y en Rusia? ¿Cómo crees que me tratarían si algún día me cogen allí de misión?
Intervino uno muy joven, casi como un quinto. Raúl le identificó como el que le golpeaba con el canto de la mano. ¿Y los chinos?
Aún peor. El ruso no es malo. De por sí es un hombre de corazón, como nosotros, los españoles. En cambio, el chino odia al blanco. El chino es cruel. En todo el mundo son famosos los suplicios chinos.
Pero ¿qué hacen?
El que había tomado a Raúl la declaración definitiva palmeó al otro en el hombro. No quieras saberlo. Te daba un par de detalles y ni dormías.
No era como los otros, esos policías de ahora que no parecen policías, gente de aspecto bisoño y vagamente deportivo, como de jugadores de un club de barrio. No, él no era de ésos. Era de los veteranos, de los de antes, tal como Raúl los recordaba o tal como uno tiende a imaginarlos, aun sin haber sido detenido años atrás: el bigote entrecano, la mueca amarga, el ralo cabello en retirada, con el aliento nicotínico y la tez malsana de ese cincuentón que acelera su decadencia física y moral jugando a los dados en la barra de una cafetería, problema no de juego o de alcohol o tabaco y, mucho menos de mujeres, sino simplemente de tiempo pasado en la barra de una cafetería.
Otra vez el calvo de las gafas. Venga, a trabajar. ¿Qué hacéis todos aquí? ¿Ya ha firmado, no? Pues a otra cosa. Y tú, cuando salgas, explica a tu gente que no hay para tanto. Y que no te beneficia en nada que se arme todo este barullo en torno a ti. Claro que esto es lo que les importa menos. Lo que quieren son pretextos para el barullo. Intelectuales, catedráticos, abogados, curas, hasta curas del Opus. La Acción Católica, los curas, siempre ha de haber quien meta el morro. Espera que se levante la veda del cura y ya verás qué pronto lo arreglamos. Como estos cuatro gilipollas de monárquicos. Nosotros mantenemos el orden para que puedan gozar de la vida y de sus dividendos, y ellos aún protestan. Quieren que se haga lo que hacemos, pero no quieren enterarse de cómo se hace. Se olvidan de la guerra civil, de que ellos volverían a ser los primeros. Muy por delante de nosotros, esto te lo aseguro. ¿Y tú? ¿Qué crees que estarías haciendo en Rusia? Nosotros, en cambio, hacemos falta en todas partes. Hay compañeros que ya eran policías con la República, que lo son ahora y que, si cambiara el Régimen, seguirían siéndolo. ¿Qué te imaginas? No te hagas ilusiones.
En la penumbra del canguro, al comienzo de aquel recorrido que había de concluir en el interior de la cárcel, rodeados ya todos los viajeros por fosos y muros que poco tienen que envidiar a los de la ciudad de Dite, el clima de desconfianza y escrutación mutua era general, todos con algo en común así en la actitud como en el aspecto. Junto a Raúl, un sujeto envuelto en exhalaciones pódricas al parecer irretenibles, sobre todo con las sacudidas de la furgoneta, efluvios no menos maléficos por lo silenciosos en su difuminación persistente, como apegados a los pliegues de sus ropas, mísero y sobrecogido, con toda la facha de un pobre caco, aunque sería poco correcto, poco elegante, excluir sin más la posibilidad de que fuera un detenido político. Luego, entre los sentados al fondo, dos o tres empezaron a referirse a los malos tratos recibidos, a cómo habían llegado a ensañarse con ellos, a que todos tenían que hacerlo constar ante el juez instructor. Alguien se inclinó hacia Raúl. Y tú, ¿por qué estás aquí? Pues todavía no lo sé, dijo Raúl. Frente a él, silencioso, como alelado, como si le costara entender lo que se decía, creyó reconocer al tranviario. ¿El juez instructor pega?, le oyó preguntar al fin, cuando ya llegaban.
¿Nombre?
Raúl Ferrer Gaminde Moret.
¿Hijo de?
Jorge y Eulalia.
¿Algún otro nombre o apodo? ¿Alguna peculiaridad física?
Las mismas preguntas, aproximadamente, que cuando le ficharon en Jefatura. La foto, las huellas digitales. Y, en cierto modo, hasta el mismo tipo humano. El que le tomó las huellas, justamente; sólo que aquí –menos afortunado– con el uniforme marrón del que está cumpliendo condena. Yo, a los rojos, los colgaría a todos de los cojones, dijo mientras le entintaba los dedos no sin cierta violencia. Hablaba torciendo el clásico bigotillo gris del ex combatiente, de ese producto de la guerra civil que a partir de su posición de vencedor, considerada al pie de la letra, en sentido absoluto, ha ido adentrándose exageradamente, o sin la debida maña, por las sendas de la corrupción y el cohecho, según las oportunidades del momento –estraperlo, licencias de importación, especulación inmobiliaria– hasta dar, cada vez con mayor frecuencia y duración, con sus huesos en la cárcel, sin que sus antiguas amistades, relaciones y méritos le sirvan ya para obtener algo más que cierta situación de privilegio, suficiente, no obstante, para que, así como en libertad se encontró siempre entre los incondicionales a la hora de participar en concentraciones conmemorativas, demostraciones de adhesión o recibimientos de carácter oficial, tampoco en cautiverio desperdicie ocasión de manifestar su fervor combativo –como ese mal alumno de colegio religioso que, muy equivocadamente, cree compensar con una conducta piadosa las malas notas habitualmente obtenidas– de marcar distancias respecto a quienes, en idéntica condición de recluso, no pueden presumir de su pasado –la mayoría de los comunes– y, con mayor motivo, respecto a los que están allí por razones políticas, a fin de identificarse en lo posible con los poderes establecidos así fuera como dentro de la cárcel, de defender sus pequeños privilegios y, de un modo más general, poder justificar la propia desgracia, atribuyendo al enemigo todos los males que, como a la Madre Patria, le aquejan.
El registro, en cambio, practicado también por unos cuantos reclusos bajo la supervisión de un funcionario, fue mucho más riguroso. Le dejaron la estilográfica y el cinturón, los fósforos y los cordones de los zapatos, pero le hicieron desnudarse completamente y revisaron a conciencia las costuras de la ropa, escrupulosidad similar al detenimiento –que aunque acaso reglamentario, bien podía ser interpretado como exceso de celocon que le habían examinado el culo y los testículos. Le abrieron algún cigarrillo y el bote de leche condensada, y le devolvieron la almohada descosida y medio vacía. También le faltaba chocolate y tabaco, pequeñas rapiñas practicadas por unos presos comunes que no por desempeñar determinadas funciones de orden interno dejan de ser lo que, con obvio sentido de predeterminación, se suele llamar carne de presidio, ese pequeño delincuente que roba en la cárcel y que, por seguir haciéndolo en cuanto salga, volverá a entrar sin tardanza, tal vez el mismo día de su salida, ni más ni menos –se diría– que si la policía le estuviera esperando o que si él hubiera ido a su encuentro, recalcitrante como ese sodomita que, ya de rodillas ante el verdugo, al reparar en el grosor del paquete que abulta bajo aquellos leotardos morados, ajustados hasta el extremo de permitir adivinar claramente las nervaduras esenciales del miembro, solicita con humildad, a modo de última gracia, licencia para una mamada.
Los del Peculio le canjearon por vales doscientas cincuenta pesetas del dinero que llevaba. Del resto le dieron un resguardo. Se incautaron igualmente de cuantos papeles y tarjetas llevaba en la cartera con palabras y números escritos a mano. Y una foto de Nuria en la playa, en traje de baño, de cuando estuvieron en Rosas. Un ceremonial de ruptura respecto al mundo exterior parecido, en su significación preparatoria, al estado de ánimo que se hace experimentar a los escolares que inician una tanda de ejercicios espirituales cuando entran en la residencia donde tendrá lugar el retiro. Uno de esos retiros como los que se desarrollan en Manresa y que suelen terminar con una visita a la cueva de san Ignacio de Loyola.
Impresión redoblada en el caso de Raúl, camino ya de la celda por una sucesión de corredores desnudos y galerías como desiertas pero llenas de resonares, por un detalle tan tonto como su provisión de chocolate y galletas y leche condensada, lo que un escolar se lleva más a más cuando va de ejercicios, aparte del alcohol, el tabaco y los libros prohibidos. Una celda, por otra parte, no muy diferente en lo esencial –recogimiento y soledad– a las de una casa de ejercicios. Incluso los grafismos e inscripciones murales, pese a la diversidad de su contenido –aquí estuvo P. P. ciento veinte días por tomar goma, aquí estuve yo por grifa– respondían al mismo sentido expiatorio y purificador que las profesiones de fe y propósitos de enmienda que podían leerse en el interior del cajón de la sobria mesa de pino, en la celda de Manresa. Antes de volver al Mundo quiero escribir con mi propia sangre: prometo no volver a pecar jamás.
Primero aquel lóbrego lugar, en el subsuelo, que con todo no dejaba de representar una mejora en relación a los calabozos de Jefatura. Seis pasos en vez de cuatro. Lo regentaba un sujeto en cuya sombría presencia medieval sólo se echaba de menos la capucha. Su trato era, no obstante, acogedor, y hablaba casi como excusándose. Son celdas de castigo. Pero vosotros no estáis en régimen de castigo sino de incomunicación. Se ve que arriba faltaba sitio. Y me han dicho que ya están acondicionando toda una planta de la sexta para vosotros. Allí estaréis mejor. Las celdas son menos húmedas.
Una celda que iba a ser la 243, en la planta tercera de la sexta galería. Y en la que se iba a ir habituando a la liturgia de la vida penitenciaria, a sus ritmos, a sus rumores, siempre a la espera del juez instructor. Y después de prestar declaración, lo que se llama el período, es decir, otros cinco o seis días de aislamiento, quizá ni eso, en opinión de Pedro Botero, teniendo en cuenta los que ya llevaban. Y entonces, la libertad dentro de la cárcel. Un juez instructor que cada día iba a llegar mañana.
Inestimable la ayuda de Pedro Botero, el cabo de la tercera planta, verdadera encarnación, en su condición de recluso a la vez que carcelero, de la ambigüedad del sistema, un sistema conforme al cual, mucho más que acatar el cumplimiento de las normas establecidas, importa acatar –como en toda sociedad, por otra parte– la convención de que se están cumpliendo. ¿Un pobre diablo, un demonio abyecto y subalterno? ¿Un Belial? Posiblemente, pero no por ello de menor alcance y eficacia sus poderes. De hecho, uno de esos seres serviciales que saben cobrarse sus servicios. De esas personas que te ponen sobre aviso, que te previenen contra los ladrones –aquí no se fíe usted de nadie, lo que se dice de nadiemientras te están limpiando la cartera. Gente endurecida y a la vez sinceramente humana. Y, cosa que en ellos no deja de ser un fallo, con cierta debilidad por las personas cuyo desconocimiento del sistema, lindante casi con la candidez, va unido, como en el caso de Raúl, a una intuición y un sentido de la oportunidad –su adecuada largueza en las propinas, por ejemplo– que no tardan en hacerle digno del respeto y la estima de todos. Una buena disposición dominada, en cuanto efímera y superficial, por ese realismo inapelable del antiguo pecador convertido en propietario de un restorán típico de la costa, que, requerido por la policía de tráfico para transportar en su coche los cuerpos de dos accidentados, reconoce en ellos a la amorosa pareja que comió aquel día en su establecimiento y, a la vista de aquellos vientres ya inertes, no puede evitar el pensamiento: lástima de langosta.
Otro rasgo estimable: la discreción. No hacía preguntas y, obviamente, a diferencia de la mayoría de los presos comunes, tampoco deseaba ser preguntado. Ya que, como el niño solitario que interpone un comportamiento de adulto entre su persona y la de sus aterradores compañeros, como la mujer declinante que encuentra la justificación precisa en las enfermedades que inventa, como el viejo que se proclama víctima de la adversidad, como el adulto aferrado a una niñez que le protege de sus responsabilidades, así, en la cárcel, con el mismo desamparo, todo el mundo tiende a contar su caso, todo el mundo asegura haber hecho lo suyo, salvo, justamente, el delito por el que cumple condena o ha de ser juzgado. Reacción infantil, de cualquier modo, en la medida en que ignora que lo que el adulto castiga no es tal o cual acto del niño, sino el niño en sí. Pero es que así como en determinados bares frecuentados por homosexuales no es extraño verles entregados a canciones y juegos colectivos netamente infantiles, cuando el ambiente es bueno y se encuentran a sus anchas, aquello de voulez vous planter de choux cantado alegremente a coro, estribillos que sin duda les retrotraen a la edad clave de su conflicto personal –el simple hecho de haber presenciado escenas semejantes, en cuanto supone haber frecuentado uno de esos bares, bien puede resultar ya un indicio de tal conflicto–, así la mera condición del preso, tan similar a la del colegial y el soldado, suelen provocar una marcada regresión hacia actitudes y hábitos típicamente infantiles. Un fenómeno que sin duda viene propiciado por la misma estructura de la organización penitenciaria, por su esencial formalismo, ya que a semejanza de la mili o el colegio, donde el elemento básico de toda clasificación reside en datos tales como la edad o la estatura o el orden alfabético de los apellidos, así, en la cárcel, aunque cada uno de los que allí se encuentran lo está en función de lo que ha hecho, por el delito concreto que ha cometido o se presume que ha cometido, en la práctica, los reclusos son clasificados y distribuidos o agrupados conforme a categorías previas, independientes de toda consideración ajena a la organización penitenciaria en sí, de acuerdo puramente con la pertenencia objetiva del preso a cualquiera de las categorías en que, de forma apriorística, se articula el sistema. De ahí la división por galerías en blancos, invertidos, políticos, bujarrones, fuguistas, etcétera. División que responde a una concepción no sólo idealista sino también artificial, ya que así como la soberanía no excluye la lujuria, la pertenencia a determinada clasificación penitenciaria no impide que existan motivos suficientes para pertenecer a cualquiera de las otras.
Raúl golpeó la puerta.
¿Número?
243.
Y en el umbral, como surgido de una botella, aparecía Pedro Botero con sus nuevas, sus confidencias, sus orientaciones, sus servicios. Le tenía al corriente no ya de cuanto pasaba en la galería, sino de la marcha general de la cárcel. De aquel Perdón, oh Dios mío, por ejemplo, que se oía cantar a coro lejanamente. Son los de la quinta, dijo. Ejercicios espirituales. Al final siempre cantan eso. Aquí, en la sexta, la tanda empieza el lunes. No es de obligación, pero muchos van por eso de estar bien con el padre mercedario. Y es que, después del director, quien tiene aquí más influencia es el padre. Desde luego, mucha más que el jefe de servicios y que el médico. Nosotros le llamamos la madre Mercedes o, con que es de Madrid, la Merche. No es mala persona. Las niñas lo adoran.
A veces, sus consejos eran espontáneos. Cuando Raúl hacía un pedido al economato para complementar o suplir la cíclica monotonía del rancho, lentejas, judías, garbanzos, lentejas. Bistec o un par de huevos fritos, le dijo, como el maître que se permite recomendar las especialidades de la casa; es lo más claro. Le traía vino, su propia ración, según él, ya que los incomunicados quedaban excluidos del reparto. Y no cabía duda de que bajo un régimen menos severo, levantada la incomunicación, era él, Pedro Botero, el camino más indicado para proveerse de alcoholes de más grado y hasta de grifa. Le proporcionó Redención, una especie de hoja dominical, la única clase de prensa autorizada para reclusos, así como una de esas novelas policíacas introducidas bajo mano que van circulando por las celdas hasta que junto con algún abrelatas, algún hornillo de alcohol hecho con un bote de nescafé y alguna baraja de fabricación casera, son confiscadas para cubrir el expediente en el curso de algún chequeo. También le proporcionó un tintero y papel higiénico, pues el papel de escribir, a diferencia de la estilográfica, estaba prohibido a los reclusos en régimen de incomunicación. Un tipo de ayuda que, unido a la disciplina ritual autoimpuesta y a los ritmos aritméticos propios del sistema, había contribuido, sin lugar a dudas, a su rápida familiarización con la celda, a que en ocasiones necesitara el anuncio de un recuento o el eco de un movimiento inusitado en la galería para caer en la cuenta de que estaba en una celda de la Cárcel Modelo y no en su habitación, trabajando, ni menos aún en su cuarto de Vallfosca, donde, de niño, se encerraba a pensar.
El 242 cantaba tangos. Sobre todo, Confesión. Y a diferencia del 244, retraído y silencioso, se comunicaba de vez en cuando con Raúl a través del muro. Naturalmente, fue asimismo Pedro Botero quien le informó de su nombre: casi como usted, Farré, Ferrer, Farrés o algo así. Político; dicen que un pez gordo. Y era casi seguro que de haberle interesado a Raúl, si Raúl se hubiera fiado suficientemente no ya de Pedro Botero, sino también del 242, se habría prestado a transmitir mensajes. Pero desde todos los puntos de vista parecía preferible continuar con aquellos diálogos de brevedad forzada, por incómodos y difíciles, que el 242 había sido el primero en iniciar. Como por teléfono. Un golpeteo a modo de llamada. Para hablar, hacer pantalla con las manos en el punto exacto donde han sonado los golpes. Para escuchar, pegar la oreja en el mismo punto del muro. ¿Te gustan los tangos? Sí. Menos mal; yo hasta los bailo. ¿Y tú? ¿No cantas? Sólo por dentro. Es mejor hacerlo en voz alta. Y bailar. ¿Tienes mal las cosas? No creo. ¿Y tú? Hombre, supongo que para unos cuantos años.
Hasta el domingo anterior no tuvo oportunidad de saber cuál era su aspecto, cuando les sacaron a la galería, cada uno frente a su celda y con un guardián a la espalda, para asistir a la misa que se celebraba en el centro. Era de mediana edad aproximadamente, aunque con el pelo ya blanco, y parecía avispado y de buen humor. Señaló hacia el altar con una mueca como de asombro admirativo, meneando afirmativamente la cabeza. Raúl no recordaba haberle visto antes. Claro que Felipe, de entrada, al comienzo de la visita, tampoco pareció reconocerle a él. Y a él mismo, cuando se hizo de noche, trepado en la litera superior para contemplarse en el cristal de la ventana, también le costó trabajo reconocerse. Pelos, ojeras, palideces hinchadas: Montecristo.
La visita tuvo lugar después de misa, poco antes del rancho. Por jueces, igual que cuando las visitas a Leo, sólo que al otro lado de la reja. ¿Cómo estás? ¿Te tratan bien? Es que parece que salgas de una catacumba. Hablaba excitadamente. Había costado Dios y ayuda obtener un permiso para poder visitarle antes de que el juez instructor le tomara declaración. Pero todo el mundo se había movido mucho. Papá recoge firmas. Y Montserrat dice que está dispuesta a retirar el saludo a todos los amigos que se desentiendan del asunto. Pero la gestión más eficaz ha sido la del abogado de la familia de tu novia, este García Fornells, que se ve que tiene mucha influencia. Parece que Jacinto Bonet, en cambio, no ha querido saber nada. Eso que las perspectivas son estupendas. Tu detención ha desencadenado una verdadera avalancha de protestas, estudiantes, catedráticos, abogados, todos pidiendo tu libertad. Y lo más importante es que hasta en las fábricas los obreros saben que junto a sus camaradas encarcelados hay un intelectual, un profesor de universidad. Tu caso se ha convertido a la vez en una denuncia y un ejemplo a seguir. Una denuncia de la injusticia social y un ejemplo de solidaridad. No palabras. Un ejemplo.
Le observaba con ese deslumbrante dominio profesional, no muy diferente, en definitiva, del que hace gala cualquier otro joven clérigo, más tradicional en su proselitismo, cuando pregunta a sus feligreses: ¿Por qué tenéis que andar siempre con prisas? ¿Por qué todo el mundo ha de tener prisa? Yo nunca la tengo. ¿Por qué habría de tenerla? Queriendo significar con ello: ésta es la paz interior de quienes hemos sabido elegir la vida eterna. Y no obstante, una vez acabada la plática, para cualquier observador atento, la leve crispación de su sonrisa al retirarse, la ligereza un tanto forzada de sus andares, la volatilidad de sus ademanes, parecen más bien contradecir la firmeza del enunciado implícito, comprometiendo gravemente el valor de una seguridad más aparencial que profunda, permitiendo vislumbrar el resquicio de lo que bien pudiera ser una sima de incertidumbres e interrogaciones.
Y con el mismo humor inefable: te advierto que yo también tengo mis dificultades con el sector reaccionario de la Obra, con los carcas. Y tapándose la risa con la mano: cuando salgas, igual te encuentras con que también a mí me han puesto de patitas en la calle. Con ese humor, con esa exaltación eufórica que en ciertas personas suscita la acumulación de obstáculos. ¿Otro contratiempo? ¡Magnífico! Un problema más que resolveremos. En un plano teológico, incluso. No, Dios no ha muerto, podría llegar a decir, por ejemplo. Está simplemente beodo, durmiendo la mona como el viejo Noé.
Antes de despedirse cambiaron de reloj. La correa del de Felipe olía a cura.
Por la tarde, una tormenta providencial desbarató aquel ambiente como de casino de pueblo o de peña taurina que se había enseñoreado de patios y galerías, reclusos deambulando endomingados, algunos hasta con sombrero y fumando un puro, achispados con la cerveza más o menos libre del economato y los pasodobles ubicuamente repetidos por los altavoces, depresivos compases de En un Mercado Persa como única variante de aquel fondo musical que ambientaba el aire festivo con que los reclusos discutían en corrillos y jugaban a los chinos y cruzaban apuestas sobre los partidos de frontón, todos mágicamente inmovilizados y en silencio cuando la retransmisión se interrumpía para ir dando anuncio a los resultados de la Liga. Si la tormenta no acabó con el jolgorio, sirvió al menos para vaciar los patios; y sentado en la litera superior, la cara contra la ventana, uno casi podía olvidar el colmeneo de la galería. Rayos y truenos en las oscurecidas alturas, aun antes de que se abatiera la lluvia desde las nubes turbulentas, y la sensación de que en instantes pasaban años, de que el tiempo corría hacia atrás y las imágenes acababan por superponerse, como si se encontrara no en la celda, sino en Vallfosca, y fuera otra la música que hacía vibrar el cristal en que apoyaba la frente, contemplando el paisaje incierto bajo uno de esos aguaceros de finales de agosto o primeros de septiembre, en lugar de aquellos cielos retorcidos sobre la arquitectura rectilínea de la cárcel, revueltos tal un amasijo de músculos y esfuerzos en titánico combate, hercúleas arremetidas, centauros enzarzados alejándose entre centelleos y atronaciones, dejando tras de sí tensiones rotas, espacios aligerados, claridades renovadas, hasta que a poniente se abriera un cráter de blancuras solares, glorias celestes desvelando, según escampaba, un panorama de magnitud creciente, cúmulos encastillados, templos en formación, catedrales en marcha con sus torres violentas y sus naves afiladas y sus criptas laberínticas como ciudades en ruinas, formas violáceas que se decoloran y terminan por esfumarse cuando la sierra de Collcerola no es más que un tenebroso recorte negro contra el poniente apagado. El violáceo de Barcelona, una tonalidad que está más en su luz que en la ciudad en sí, en sus coloraciones materiales, a modo de un vaho que, del malva al morado, emana de sus calles, de sus construcciones, producto quién sabe de qué, posiblemente de la conjunción de factores tales como la proximidad del mar, el reverbero sombrío de la sierra circundante, la humedad estancada y la atmósfera industrial, aires contaminados que filtran la transparencia del cielo, es difícil saberlo, tono crepuscular, de día que se acaba.
¿Y el morado litúrgico? Color cuaresmal, propio del tiempo, pero sobre todo de las circunstancias. Color penitenciario, de carne atormentada, de cardenales, hematomas, quemaduras y tumefacciones, resultante de una adecuada combinación del rojo del fuego y el azul del hierro, atributos característicos de la condenación. La misa morada, la misa de los iniciados, una misa respecto a la cual las misas vulgares, las otras misas, son sólo la escenificación que enmascara un espectáculo de mucha mayor entidad. Pues ¿qué otra conclusión podría sacar un espíritu analítico de aquella celebración del santo sacrificio en lo alto del Centro, sobre la torre de control, una encristalada oficina circular cuyo sótano es el ámbito donde suele cumplirse la pena capital, por el procedimiento del garrote, en los reclusos condenados a muerte? ¿A qué podía responder el hecho de que se celebrara precisamente allí, so pretexto de máxima visibilidad, sino al grandioso propósito, digno de una creatividad delirante, de conferir a la representación un carácter más ejemplar y auténtico, de realzar el simbolismo conmemorativo, renovando sobre la presencia intangible de cuantos allí han sido realmente ajusticiados, la muerte del Redentor entre dos ladrones en lo alto del Gólgota? Sí, justamente allí, en el centro geométrico no sólo de aquella sucesión de fosos y muros exteriores, sino también de aquella disposición radial, donde confluían las diversas galerías que configuraban la estructura interna de la cárcel. Y asimismo, en cuanto ceremonia, eje o punto central de la vida de la cárcel en su desarrollo cotidiano, de igual manera que la comunión es resumen y esencia del santo sacrificio de la misa, y la misa, esencia y resumen del año litúrgico entero. Galerías concéntricas, y en cada una de ellas, sin duda, una similar distribución de los asistentes. Así, en la sexta, a lo largo de la planta baja, los ancianos y enfermos en primer término, más próximos al altar y con derecho a banco en atención a su edad y estado. Detrás, ya de pie, el resto de los reincidentes. Y, convenientemente separados, las niñas, ataviadas y maquilladas de acuerdo con la importancia del acto, su oportunidad semanal de exhibirse ante los demás reclusos. Y arriba, a lo largo de la barandilla de la tercera planta, los incomunicados, inmóviles ante las puertas de sus respectivas celdas, con un guardián a la espalda.
Y mientras el celebrante leía para sí el evangelio, los altavoces difundían, amados hermanos, las palabras de la madre Mercedes, sólo unas palabras, amadísimos hijos, para recordaros que las prisiones de los hombres no son las verdaderas prisiones, como la muerte del cuerpo tampoco es la verdadera muerte. Sólo la muerte del alma es muerte y sólo la condenación eterna es prisión. Y no son los juicios de los hombres, sus sentencias, lo que debe importaros. Pues ¿qué cuentan los juicios humanos frente al de Dios? ¿Frente a ese Juicio Final que inexorablemente ha de preceder a la instauración definitiva de la Ciudad de Dios, cuando suenen los clarines anunciando el fin del mundo, de un mundo sometido a la esclavitud del pecado, y se abran las tumbas y la carne resucite y legiones de ángeles eleven a los bienaventurados hasta la presencia del Altísimo y hordas de demonios precipiten a los réprobos en el fuego eterno? ¿Qué ocultar a su terrible mirada, cómo escapar a su espantosa voz cuando Él os convoque a su presencia y, a todos simultáneamente a la vez que a cada uno en particular, os pregunte: qué has hecho de mis barcos? ¿Dónde está mi escuadra? ¿Cómo soportaréis entonces una pregunta que ya es en sí una condenación? Porque habéis pecado y por esto estáis aquí. Porque habéis desoído a san Pablo al no someteros a los poderes. Porque habéis desoído a san Juan al amar el mundo. Porque habéis incumplido todos los mandamientos y conculcado todos los preceptos. Porque vosotros habéis pecado contra el cielo y contra Mí. Vosotros, maricones y herejes, reincidentes y fuguistas, comunistas, suicidas, adúlteros, adivinos, terroristas, traidores. Como Fra Garí cedisteis al Tentador, al Ángel Caído, y como él habéis sido condenados. Como Fra Garí o Garín, el santo ermitaño que violó Montserrat, ese templo expiatorio que la propia naturaleza ha levantado en el corazón de Cataluña; el santo profanador convertido en alimaña errabunda de aquellos pétreos cerros, de aquellas rígidas efigies reales. Condenado como la ramera Riquilda, la putilla, la lolita. Y como el padre de ella, Jofre o Wilfredo, primer conde de Cataluña, cegado, como un Rey Lear, por su amor incestuoso. Y como santa Eulalia, culpable de la mentira original. Y como san Jorge, que inventó un dragón. Y como Santiago apóstol, el farsante. Y como Tirant lo Blanch, la proyección de un cobarde. Y como Don Quijote, la creación de un trastornado. Y como Cide Hamete el Campeador. Henos, pues, todos aquí, en las profundidades vaginales de Proserpina, en los penetrantes dominios de Plutón, donde sabiduría y oligofrenia, debilidad y fuerza, se confunden en la oscura ambigüedad de lo elemental. Todos, Prometeo el pirómano, Sísifo el fullero, Vulcano el cornudo, Saturno el castrado, y junto a ellos el forzudo Herakles y el colérico Aquiles, y Orfeo y Áyax y Ulises y Laertes y Anquises y Eneas y Virgilio y Dante y Milton y la Merche. Y Yo, desde el centro de todos los círculos, me dirijo a vosotros, y especialmente a mis compañeros más próximos, a quienes habéis pecado con la inteligencia además de con el sexo, a los enemigos de Dios, de la Patria, de sus gobernantes y bienhechores, a vosotros os hablo y particularmente a ti, Raúl Ferrer Gaminde i Moret. A ti y a todos, príncipes, potestades, guerreros, esplendor del cielo en que morabais y que ahora habéis perdido. ¿Es posible que semejante estupor pueda apoderarse de vuestro espíritu? ¿De vosotros, que en otro tiempo destrozasteis aquellos gigantes que parecían molinos de viento? ¿Es esto ahora posible? El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo. ¿Cuántas veces no se ha complacido el propio Altísimo en reinar entre negras y densas nubes, sin por ello oscurecer su gloria, en rodear su trono con la majestad de las tinieblas de donde brotan los retumbantes truenos de concentrada rabia, hasta el punto que el cielo se asemeja entonces al infierno? ¿Qué tememos, pues? Ya no hay profundidad que pueda contener en sus abismos nuestro vigor inmortal. Aquí, al menos, estaremos libres. Vivamos, así pues, en este vasto retiro para nosotros mismos, libres, sin tener que dar cuentas a nadie de nuestras acciones, prefiriendo una dura libertad al ligero yugo de una pompa servil. ¿Pues qué es el mundo sino cárcel de tinieblas? ¿Qué es el mundo sino tierra estéril, campo pedregoso, prado verde lleno de serpientes? En lo cual veréis, como dijo fray Luis de Granada, cuánta semejanza tiene este mundo con el infierno. ¿Y qué otro nombre merece el paraíso –si es que alguna vez existió–, que nos redujo a nuestra actual condición? Despertad pues, levantaos, o permaneced caídos para siempre. Construiremos aquí nuestro propio paraíso.
No ya el serpeo de la multitud, las riadas entrecruzadas de transeúntes, máscaras y trompetas de colores, gorros de papel y onánicas zambombas, en promiscua danza, yendo y viniendo, entrando y saliendo y rondando, entre las serpentinas y el confetti, entre los destellos y fulgores callejeros, deambulando sobre las uvas pisoteadas a modo de bienaventurados que, hartos de contemplación, hubieran resuelto trocarla –capitaneados por el propio Todopoderoso bajo la forma de estatua de un Pitarra súbitamente puesta en movimiento, su encrespado pedestal de la Plaza del Teatro convertido en pódium de animador– por emociones y placeres más sustanciosos, no ya todo eso, sino, más concretamente, el mismo horrendo espantajo de La Venta, el mismo marica maquillado y marchito y depilado, taconeando y cantando y batiendo palmas, meneando las caderas caídas y flojas, casi un viejo, seguramente, más espantoso que obsceno con su deprimente síntesis residual del romancero y la poesía mística, sus desgañitadas rimas, Españia, mi vida, cariñio, mi ser, amores, primores, morir, mi existir, olvido, perdido, entrañias, volver. Y las carcajadas demoníacas de las lesbianas y los ojillos de buda bribón del guitarrista. Lo mismo y los mismos, los Adolfos y la Rivas y la Oller y Pluto y Federico y hasta Fortuny y hasta el pelma de Eme Eme. Todos, bien por la inercia de la rutina, el como cada año de cuando quedaban por teléfono, bien por exactamente lo contrario, como si todos presintieran que, visto el deterioro de las relaciones que les unían, aquel fin de año iba a ser el definitivo, el último fin de año que celebraran juntos.
Pluto venía solo. Mariculo se ha quedado con el niño. Me parece que voy a tenerla embarazada toda la vida. El embarazo coge ya nueve meses y entre cuarentena y demás, cuenta un año. Ella encantada y yo también. La gran ventaja que tiene Mariculo es que es muy tonta. Hoy, por ejemplo, le he dicho que tenía una cena de negocios y lo ha encontrado muy natural. Mira, ya se sabe que en España hay tres formas de pagar: pagar, no pagar y pagar con una letra de cambio. Y Mariculo es como una letra de cambio.
Fortuny, añadido un poco a pesar de todos, reía bobamente. Se nota que eres lo que se llama un hombre de letras, dijo. Y Pluto: ¿Ves? A Mariculo le hubiera convenido un tipo como tú, así, sensato, tirando a paradote. Tengo que arreglármelas para que Mariculo me ponga cuernos contigo lo antes posible. Así me dejará en paz doce sobre doce. ¡Lo que este tío me está proponiendo es uno de sus peloteos! (Fortuny). No me has entendido, chaval (Pluto). Endoso puro y simple. Y con aval bancario si quieres.
También Federico estaba bastante soplado. La Rivas le llamaba Federica, no sin algo de libidinoso en la provocación, pero él no le hacía caso. Como era habitual cuando bebía, su conversación giraba, recurrente, en torno a la política. Cogió a Raúl por su cuenta. ¿Pero tú por qué no te das de baja del partido? Es absurdo dejar que las cosas mueran por sí mismas. Estas situaciones deben quedar siempre claras, como cuando te divorcias. Yo quiero que Leo me prepare una entrevista con Escala para pedir la baja oficial. Y decirle que el proletariado es una especie de Frankenstein, un ser construido con los desechos de todas las clases sociales.
Cabrear a Escala, producirle un ataque de nervios, un cólico hepático, la coronaria. Y es que, con el indignado estupor propio de la fiel esposa que tras varios años de matrimonio averigua casualmente, gracias a las confidencias de sus amigas, que la frecuencia con que su marido ejerce el acto sexual es apenas digna de un eunuco y, tras una primera fase en la que no atina más que a ocultar su vergüenza, tras esa fase, igual que el seminarista que a punto ya de cantar misa decide colgar los hábitos, pero sólo al encontrarse en plena calle acaba de cobrar conciencia del equívoco en que ha vivido, y entonces se entrega a excesos de todo género, así la esposa defraudada, una vez repuesta, cae fácilmente en la ninfomanía, y así Federico, desvinculado de toda actividad política, parecía complacerse no obstante en adoptar, aunque sólo fuera en un plano verbal, las actitudes más provocadoras en todos los órdenes. Lo que da pena, dijo, es pensar que la humanidad haya tenido que esperar tantos miles de años el comienzo de la verdadera Historia. La pobre gente a la que le ha tocado vivir en una sociedad feudal, o teocrática, o capitalista. ¡Qué tragedia, por ejemplo, haber nacido hitita!
De hecho, como siempre que se produce cualquier acontecimiento que parece dar a la noche un algo de insólito, todos estaban bastante a tono. Seguramente fue con lo del tipo aquel del otro bar cuando se calentó el clima. Un tipo que recorría la barra arriba y abajo, parándose a veces frente a ellos. Les miraba entre amistoso y desafiante, con una sonrisa de amplitud variable. Al cerciorarse de que había captado su atención, se abrió la camisa, ya con la mirada triunfal de un escorpión, mostrándoles las cicatrices como de metralla que le salpicaban el pecho, clapas coloreadas en el vello cano. Encendió una cerilla y, con énfasis como de prestidigitador, empezó a socarrarse el vello con la breve llama, repasando meticulosamente las áreas mal socarradas, encendiendo una cerilla con otra, el vientre estremecido de risa sorda. Ni el de la barra ni nadie más le hacían caso. Le invitaron a una copa. Cuando yo hacía la guerra, vosotros erais unos críos, dijo. Bilbao, el Cinturón de Hierro. El Ebro. Le preguntaron de qué lado. ¡De qué lado! Rió y rió. Sacó una cartera oscura y sobada, dejándoles entrever, como quien despliega una baraja, los papeles que la hinchaban, billetes, documentación. Corrió a la calle y, justo ante la puerta, la coló por una boca de la alcantarilla. Y luego hizo lo mismo con cuanto llevaba en los bolsillos, monedas sueltas, un llavero, el tabaco, el pañuelo, las cerillas. Reía, y al observar que había conseguido cierta audiencia, volvió a entrar lentamente, mirándoles a todos a un tiempo. Le invitaron a otra copa. Les pidió, además, un celta y aspiró el humo con delectación. No hubo forma de que siguiera con ellos. Se hacía el vivo, de esos que no se dejan levantar la camisa así como así. Pero para entonces ya todos estaban disparados.
¡Vivan las revoluciones!, gritó Federico. Había venido con una pareja argentina, ella prima o pariente en grado próximo, o al menos eso decía Federico. El marido, o lo que fuese, iba disfrazado de inglés; un rollista de físico carnoso, acarnerado. La prima no estaba mal, pero hablando se hacía pesada, con su afición a las frases trascendentes. Pidió excusas por haberse traído a una amiga que también estaba de paso. Al contrario, con dos mujeres es más divertido; lo importante es que sea un poco bollera (Federico). La amiga parecía con más nervio o, al menos, con más ganas de juerga, todo el rato procurando que le cayeran los tirantes del vestido, y entonces reajustárselos lo más llamativamente posible, dilatada toda ella al mandarle besos al buda de la guitarra. Pluto la rondaba. Cursilita, pero cabalgable (Pluto). La prima, en cambio, tiene todo el aspecto de ser como un supositorio. Lo difícil es sacarlos una vez puestos.
Y había otra, una especie de putilla, traída también por Federico. Modelo, según ella. La prima parecía como tensa con su pareja, o tal vez irritada con Federico, y miraba de ligar con Adolfo. Y Adolfo, sea por atracción morbosa, sea por esquivar las insinuaciones de la Rivas, le seguía la corriente.
En el Jamboree, Raúl se apartó con Aurora. ¿Cuántos años hace que no hablamos? (Raúl). No sé, ya tantos (Aurora). Se recostó en el hombro de Raúl, cerrando los ojos. Pienso que fue una lástima que se estropeara todo; no me atrevería a decírtelo si no estuviera un poco borracha (Aurora). Pues acabemos de emborracharnos (Raúl). Oh, Raúl, es que hago tantas tonterías. Pero es que no puedo más. Estoy harta de él, de sus números, de su gusto por rodearse de cretinos, de la vida cretina que llevamos. Hay días en que llego a pensar si no será un cretino de verdad que sólo puede brillar entre cretinos todavía mayores. Y que si llevamos esta vida no es por debilidad de carácter, sino porque se siente incapaz de un trabajo realmente creador, y dejarse comer por el medio en que nos movemos le sirve de excusa. Pero yo no puedo soportarlo. Y entonces hago tonterías. Mira que acostarme con Federico sólo para fastidiarle a él (Aurora). No te preocupes, no eres la única. Ya me dirás qué hago yo acostándome con la Nuria Oller (Raúl). Se besaron en el pasillo de los lavabos. Luego se encerraron en uno. Aurora le abrió la bragueta y se arrodilló delante. Ven, ven, dijo después, bajándose la ropa, dándole la grupa, los codos apoyados en la tapa del retrete, él y ella como espoleados por las sacudidas del tirador de la puerta cuando alguien quería entrar.
¿Les había visto la Rivas o había notado algo? En todo caso, era no tanto la Oller como Aurora con quien la había tomado aquella noche. Quizás únicamente porque la Oller, que no podía atribuir la súbita frialdad de Raúl para con ella más que a un excitante cinismo, a un deseo de guardar la intimidad del secreto compartido –su encuentro de aquella tarde en el Pedralbes–, se dedicaba, con cómplice disimulo, a timarse preferentemente con Eme Eme. Y también para la Rivas debía ser obvio que Adolfo la estaba rehuyendo, un motivo más de malhumor.
Esta mala pécora, con sus aires enigmáticos, es que me crispa los nervios (la Rivas). ¿Y tus nervios? ¿Te parece que no crispan? (Raúl). Defiéndela, defiéndela. Estaríais tan bien juntos. Tú con Aurora y yo con Adolfo (la Rivas). Ya te acostaste con él una vez, ¿no? Por mí, ningún problema (Raúl). Habla la picha de oro. Pues te advierto que a mí tampoco me costaría nada levantarme a un tipo cualquiera. Si no fuera porque tengo la regla, me iba con uno (la Rivas). Hazlo igual. Siempre podréis hacer algo (Raúl). La Rivas se dio la vuelta. Tocada. Las defensas de Raúl, su capacidad de ser lapidariamente desagradable, de responder con aspereza a sus histerias y sus historias, contundente como ese policía que, apenas iniciado el interrogatorio, corta por lo sano con un seco par de bofetadas.
Como la argentina de los tirantes. Sólo que en la Rivas los efectos del alcohol eran de mayor violencia. Salió a bailar con alguien, ciñéndose al máximo, las tetas casi fuera. Y después, la escena, la necesidad compulsiva de acabar armando bronca. Algún tío sobón, o una palmada en el culo o algo parecido. ¡A tocar a tu madre!, gritaría o gritó. La vieron abrirse paso entre las mesas. ¿Qué se creen? ¿Que las mujeres somos como las mulas? Se sentó con inseguro equilibrio. Nervios, zozobra, naufraga, hace agua.
Cargante en sus escenas no menos que en sus parloteos, capaz en ambos casos de exacerbar hasta el límite, como todo lo que se repite y repite. Cuando, voluble y apasionada, se soltaba a charlar, o mejor, a discursear con un taxista, con el camarero, con quien fuera, a explicarles su posición ante cualquier problema, temas por lo general que les había visto desarrollar con propósitos proselitistas en otras épocas, cuando se conocieron, la injusticia de la caridad, las mejores condiciones de trabajo fuera de España, la necesidad de libertades políticas, etcétera, regresión deprimente en razón directa a la frecuencia del asunto elegido, como ese disco que estuvo de moda en otros tiempos, en unos tiempos que para nosotros no guardan más que penosas evocaciones.
Por una parte, era evidente en ella la tentación de la aventura. Bien por emanciparse de Raúl, bien por todo lo contrario, para evitar que Raúl se emancipara de ella. Con preferencia, una aventura inesperada y feliz y obligadamente episódica por imposición de las circunstancias. Dicho y hecho y luego cada cual por su lado con sus compromisos, con el buen recuerdo que deja todo amor interrumpido, frustrado antes de que se disipe el malentendido en que se ha basado la unión, no tanto compenetración real como ocasión de que cada yo se exponga ante el otro, se proyecte en el otro como ante un espejo, se contemple en el otro, se estreche en el otro. Antes de terminar por descubrir que el otro era otro, un otro con quien nada tenía en común.
Por otra, la irrealización de sus tentaciones. Su pérdida de velocidad, algunos días hasta quedar poco menos que en ralentí. Como si desconfiara de la vitalidad que antes le sobraba, del poder de sus impulsos; como si le hubiera cogido miedo a la vida. La sensación de ir en camino, de estar a punto de pegársela. Como si de pronto hubieran cobrado validez para ella los aspectos represivos en que había sido educada, por mucho que la propia realidad familiar se hubiera encargado de desmentirlos: la inexorabilidad del castigo, el clásico ejemplo de la loca de la familia, de su destino ejemplar, esa tía o prima apenas conocida de la que cuentan que fue de las primeras en fumar en público y en salir sola de noche con hombres, hermosa y desenvuelta entonces, y ahora avejentada y empobrecida y, sobre todo, sola, una de esas personas que al principio pueden divertir y resultar amenas con el relato de sus andanzas, pero que, a la larga, todo el mundo termina por sacudirse porque a nadie le atraen las ruinas y los finales no felices.
Un proceso de inhibición paulatina, cuya ocasional ruptura una noche cualquiera, a fuerza de alcohol, no hacía más que agravarse después, al despertar y con resaca, ante un nuevo día. Un proceso cuya relación con Raúl, cada vez más difícil, no explicaba suficientemente. No unidos como la luz de dos ventanas en una pieza, o como el agua de un arroyico en la mar, o como la lluvia caída sobre un río o una fuente, ni siquiera como dos velas juntadas en tal extremo que, aun siendo dos, la llama pareciera una. Como el agua y el aceite.
En modo alguno simple resultado de problemas cotidianos o de una concreta situación conflictiva, era como si la Rivas se sintiera anulada por algo más general, como si algo se le impusiera y condicionara su propio comportamiento, quién sabe si la personalidad de su madre. Como si sus recuerdos infantiles relativos a las relaciones entre doña Dulce y Amadeo, cuyo carácter había tardado en comprender, lejos de haberle servido de ejemplo a seguir, de norma de conducta, a la larga le hubieran quitado arrestos, seguridad en sí misma; cuando veraneaban en Lloret y por las tardes doña Dulce se hacía acompañar por ella a casa de Amadeo y la dejaba jugando en el jardín con la niña del chófer. Una dependencia que se traslucía incluso físicamente. No porque doña Dulce se conservara bien, porque casi pudieran parecer hermanas. La diferencia estaba sobre todo en la actitud, en el porte. Sabia y madura, madura y grave plenitud, impecable presencia y espléndida estampa, como la de una de esas jacas con fustas en la mirada.
No ya ella. La propia madre de Amadeo, perfectamente acorde con su legendario pasado amoroso. Viuda también, autoritaria, lúcida, tacaña, vestida con sobriedad diamantina, encargándose todavía personalmente de la dirección de sus negocios, con la clase y la desenvoltura de quien se mueve como si el mundo no fuera más que un vasto Ritz. La cara empolvada, con tersura de cirugía estética. Los cabellos recogidos bajo un turbante de seda y los ojos tras unas gafas oscuras. El interior de su coche negro tapizado de madera y cuero capitoné, y ella, dando órdenes al chófer, mirando apenas al exterior entre las cortinas semicerradas, imperturbable y solitaria como un general o la muerte. ¿Qué iban a aprender de una mujer como ella o como doña Dulce la Rivas y la Oller, hijas de una época difícil por anodina y amorfa, de transición, como ese salteador callejero que no posee ni la precisión profesional del antiguo gángster, ni la naturalidad del drogadicto que sale a cobrarse su diaria ración de inyectables? ¿Era concebible en ellas, en las viudas, en sus buenos tiempos, un comportamiento semejante al de las Nurias? ¿Lo hubiera sido? ¿Aunque sólo fuera por razones de standing?
La extrañeza del matrimonio, la sensación que puede suscitar de súbito, pese a los daños de convivencia, una expresión cualquiera del otro cónyuge. La incomodidad de una mirada, por ejemplo, aunque sea amorosa, la incredulidad con que uno se pregunta quién es ella, quién es él y, sobre todo, qué coño están haciendo juntos. Una transustanciación episódica de lo familiar tan imprevista como inevitable, igual que cuando en la pantalla aparece la luna llena tras unas nubes y el atormentado hombre lobo no puede impedir que se dispare el fatal mecanismo. Así, como en uno de esos paréntesis de irrealidad propios de la vida conyugal, se ofreció la Oller a Raúl en el Pedralbes, la última tarde del año.
Quizá Raúl empezaba a cansarse. Quizás empezaba a buscarle defectos: las flexiones destempladas de su risa, un timbre de voz propenso a los gallos, la excesiva avidez de su mirada, expresiva de ese perpetuo estado de agitación –siempre como sobre ascuas, con ansias de afán– que la caracterizaba. Y la costumbre de reír tapándose los labios con la mano, residuo, sin duda, de cuando en alguna época le arreglaban la boca y llevaba un puente.
Pero nada de todo eso hubiera bastado. Lo decisivo fue la transformación de la Oller en la Hyde. Cuando tras semanas, meses, años, de hablar bien de Peter, atractivo, encantador, buen compañero, una de esas personas con las que sabes que siempre puedes contar, todo cambió de repente. Peter era sucio. Peter era torpe. No sabía hacer el amor. Roncaba. Y ella tenía sus planes, todo estaba pensado hasta en sus más mínimos detalles. Y los expuso, no con el simple cálculo perverso de la lolita que, haciendo autostop, es recogida por tres taciturnos cuarentones, y entonces, una vez dentro, pregunta sugerente, ¿no me irán a violar, verdad? No, no con esa clase de cálculo, sino con algo realmente infame en la aviesa victoria de su sonrisa: el divorcio, la seguridad de obtener, según las leyes inglesas, una buena pensión, se había asesorado bien, tenía todos los triunfos en la mano. Contemplaba su desnudez en los espejos, radiante como la diosa de la venganza, sin darse cuenta al parecer, de que, al menos por parte de Raúl, aquella última tarde era efectivamente la última. Pues así como el niño que oye relatar a las mujeres de la casa la muerte repentina de algún sombrío vecino, comentar que dijo que tomaría un poco más de tortell y se lo estaban sirviendo cuando empezó a deslizarse de la silla, de modo que para el niño la palabra tortell guardará durante años las horrendas connotaciones de un maleficio cuya fórmula intentará en lo posible no pronunciar, así para Raúl había en la Oller ciertos dejes, ciertas actitudes, de las que sólo tomó conciencia aquella tarde, no menos traumáticamente oscuras.
Quizá nunca hayan sido debidamente ponderadas las mujeres de la burguesía barcelonesa. No ya esa juventud actual, libre y estética, que tantos convencionalismos ha sabido superar por sí misma. No estas chicas de hoy, o cuando menos no ellas en especial, sino sus madres, sus abuelas, esas mujeres que hoy las jóvenes juzgan frecuentemente con severidad por simple desconocimiento de causa. ¿Qué saben ellas de las difíciles condiciones de otras épocas? ¿Las formas que había que guardar, la apariencia de recato, los obstáculos hasta de lugar con que tropezaba la simple realización de un adulterio? Y en otro terreno, el familiar, sus excelentes cualidades organizativas, sus dotes administradoras, su perfecto control del ropero y la despensa, sus llaves. Y su conciencia del valor del dinero, en nada inferior al de la mujer de condición trabajadora, ya que si ésta procurará sacar el mejor partido posible de la cantidad que destina a la cesta de la compra, nuestra consciente esposa de un adinerado hombre de negocios se empleará no menos a fondo, salvando las distancias, en el nivel de actuación que le corresponde, de obtener en los comercios los descuentos que se merece en tanto que buena clienta, de hacerse con verdaderas gangas en los anticuarios por el procedimiento de pagar al contado, de sacar el máximo de renta a la villa de veraneo los meses que no la utilizan y a los apartamentos amueblados previsoramente puestos a su nombre.
Claro que en un mundo en perpetuo movimiento –y el de hoy lo está más que nunca– hay siempre unas familias que suben y otras que bajan. Y es en el seno de éstas, en las que el descenso en lo económico no deja de traslucirse a la larga en lo social, donde esa aptitud y ese mordiente, contrariamente a lo que cabría suponer, empiezan a embotarse. No es ya la mujer, sino la familia entera la que, falta del adecuado respaldo material, empieza a perder pie, y junto con el ritmo de actividad, la noción de los precios, encerrada en un círculo vicioso que no hace sino incrementarse en espiral. Y es entonces cuando esa familia se convierte a su vez en víctima de los anticuarios, de los especuladores, de las letras, de las hipotecas. Pues como en el marido energuménico que llega a casa vociferando contra la juventud –¡todos maricas!– con la idea de ir preparando sicológicamente a su esposa, de mejor subrayar la fortuna que a ella le espera en cuanto objeto del subsiguiente abrazo carnal al que tan torpemente va a ser sometida, así, en las familias en declive, el progresivo repliegue sobre sí mismas suele ir acompañado de una despectiva teorización de lo imposible que se está poniendo el mundo, juicio que, más en general, suele ser asimismo tema predilecto de toda persona cuando envejece. De ahí ese señor que, a sus años, retirado hace tiempo de los negocios, cada mañana que va al banco a cambiar, más que otra cosa, cuatro palabras con el subdirector y, si el subdirector está muy ocupado, con el interventor, o con el cajero, o con el ordenanza, con la obsesión, ahora que ni el movimiento de su cuenta ni de sus rentas son lo que eran, de ser conocido y considerado, de reafirmar su respetabilidad, de mencionar sus amistades y relaciones, de proclamar una vez más sus ideas conservadoras, así en lo político como en lo económico, lo mal que está todo, la suerte que tenemos con Franco, etcétera, y de paso –los bancos se enteran de todo– de quitar importancia al hecho de que su hijo esté en la cárcel, cosas de estudiantes, ya se sabe, en mi época era lo mismo.
Cábalas, construcciones. Y es que como el chiste viejo que acaba convirtiéndose en anécdota real y, con los años, para aumentar el efecto, es relatado por todos como algo que le sucedió a un amigo y hasta, por increíble que parezca, a uno mismo, en la sincera creencia de que así fue y que sólo por un fallo de la memoria le resulta difícil a uno concretar las circunstancias, así la historia de las familias, su desarrollo en el pasado desde el presente. Los lazos de sangre, la herencia de un carácter, ya que no de una fortuna. Tendencias a sacralizar el código cifrado del clan frente a cualquier explicación menos genética. Una explicación que excluyera el parentesco, por ejemplo, del por qué la muerte de tía Paquita pudo afectar a Raúl más allá de toda previsión. Que refiera ese por qué, pongamos por caso, al hecho de que, para Raúl, con ella desaparecía un nexo de relación entre el pasado consciente y recordado de los veraneos en Vallfosca, y aquel otro más olvidado, pero no menos intenso en sus destellos, del Montseny durante la guerra civil.
De hecho, una sola cosa comparten esa antigua alta burguesía barcelonesa, hoy en declive, y la nueva gran burguesía: su común desarraigo, salvo en lo económico, respecto a la tierra en que han nacido. En un caso, por apego a una tradición que les permite seguir creyendo que son todavía lo que fueron. En otro, por la coincidencia de sus intereses con los del poder central, a cuya sombra han medrado, en el seno de esa oligarquía monopolista de la que forman parte. Y tanto en un caso como en otro, aunque de manera remota e informulada, su común sentimiento de identidad perdida, uno de esos destinos nacionales abortados como aborta un orgasmo merced al coitus interruptus.
El destino de un pueblo que con sus expediciones a Oriente, con sus pugnaces almogávares, reconquistadores sin trabajo, en paro técnico, debía prefigurar, la conquista de un nuevo mundo a Occidente, en la que no le sería permitido participar. Un pueblo que con sus marinos, sus cartas de navegación y hasta su dinero, iba a sentar las bases de ese descubrimiento, de esa empresa de la que iba a quedar excluido. Un pueblo que de la unión con Castilla, forjada por sus dirigentes, sólo iba a conseguir quedar marginado de todo verdadero centro de poder. O lo que viene a ser lo mismo: tomar el partido, en sus luchas dinásticas, del archiduque Carlos como antes del príncipe de Viana, abrazar la causa que no puede triunfar antes de que, eligiendo la contraria, se acabe igualmente perdiendo. Y así, al menos, conservar la carta del mito, de la empresa inacabada. Pues así como la pretensión sociológica de que el contexto social explica al hombre en cuanto lo conforma no pasa de ser una petición de principio, ya que, muy al contrario, es la relación del hombre con los distintos contextos sociales en que se ha desarrollado desde su niñez, su comportamiento en cada circunstancia, lo que nos ha de llevar a la comprensión de lo que el sujeto era ya esencialmente incluso antes de sus primeros recuerdos, comprensión que a su vez nos lleva a esclarecer lo que en general es el hombre fuera de todo contexto particular, como componente de una misma civilización, así, remontándonos a un punto cualquiera de la historia de Cataluña, su reveladora identificación con el príncipe de Viana, por ejemplo, un pobre diablo, el clásico perdedor nato que infaliblemente conjurará uno tras otro los diversos componentes de cada fracaso, encontraremos ya –en este punto como en cualquier otro– cuantos elementos configuran y encarnan la suerte de la propia causa, del destino final de Cataluña.
Pues ¿a qué motivos puede obedecer si no, pongamos por caso, el hecho de haber adoptado por patrón a san Jorge? ¿De haber tomado como emblema la lucha victoriosa del caballero con el dragón? ¿De qué forma interpretarlo, si no es como proyección de un problema interior, como expresión simbólica de un deseo, de sus ansias de resolver mediante un combate quimérico, el combate real que Cataluña sigue librando consigo misma? Un combate, de resultado mucho más incierto, que postula el triunfo del orden y del rigor formal, el dominio de la razón y la soberanía de la sensatez, sobre las sórdidas ruinas de un tenebroso inconsciente colectivo. Impulso similar, en definitiva, al que lleva a un pueblo a construir catedrales o templos expiatorios y votivos.
Dragones, princesas, imágenes muy al nivel de la pequeña y mediana burguesía, el núcleo más sólido de esa personalidad conflictiva llamada Cataluña. Ya que, como esa joven mecanógrafa formada emocionalmente entre seriales radiofónicos y fotonovelas, así, en Cataluña, la mentalidad plañidera y ñoña de sus clases medias. ¿Y con qué otro material podemos contar si prescindimos de un proletariado de inmigración y de una alta burguesía que ha renunciado a su papel histórico de clase dirigente, desde el punto de vista de la nacionalidad catalana?
El mito, el tópico literario, las esdrújulas de la retórica. Barcelona, ciudad proclamada espejo, farol, estrella y norte de toda la caballería andante, epítetos aceptados sin siquiera un mal repliegue de ironía, por cuanto se aplican a una ciudad exultante, en pleno solsticio de sus fiestas, que pocas líneas después recibirá a tan ilustre huésped metiéndole una aliaga bajo la cola de su cabalgadura y reirá a sus espaldas colgándole un sambenito, llufas, mofas, befas y cabronadas que sólo pueden pasarle por alto al lector papanatas o al balbuceante edil que, lector de oídas, recurre una vez más al lugar común, en el curso de cualquier pleno, recepción, homenaje o cuchipanda municipal. Archivo de chorizadas y puterías, ciudad que goza como de una verbena del espectáculo que puede ofrecer el caballero descabalgado, el caído, el naufragado en sus playas, destroyación o fin, forma o propósito de entretenerse, de matar el tiempo como se mata a un bandolero, como se le descuartiza y decapita en un cadalso. Una ciudad que injuria y escupe al que cae, escupe, aplástalo, que se encarniza y mata, una mata de pelo sanguinolento, y el público lo celebra con salvas y fuegos artificiales y hogueras, escuela de cortesanías, sepultura de extraños y exilio de propios, capital de un pueblo que tal vez se enfrentó a las huestes de los mayores caudillos de la historia, Aníbal y César, Almanzor y Napoleón, quizás a todos ellos, y perdió. Historia repetida en el tiempo como la de una doncella reiteradamente violada por sucesivos salvadores, entre apasionadas promesas, cada vez, de amor eterno.
Esta ciudad que tan bien se contempla en su vastedad desde lo alto del Carmelo, las hierbas negras en primer término, contra el rescoldo rutilante de allá abajo, y el mar inmenso al fondo y las grises unidades de la Sexta Flota ancladas en el puerto, y las chimeneas de las fábricas, y las banderas y gallardetes ondeando al sol, y los soldados desfilando con palmones al hombro, conmemorando el feliz advenimiento de la Epifanía, el restablecimiento de la calma, el fin de los incendios, de las iglesias en llamas, como si los cielos hubieran accedido a las plegarias de los obispos, a sus Petendam Pluviam, y una lluvia salvadora hubiese anegado la ciudad desde el Llobregat al Besós, desde Montjuich al Tibidabo, convirtiéndola en una planicie de reflejos mortecinos, agua terrosa, lodo germinativo, ciénaga de aspecto seguramente no muy distinto al original, cuando Montjuich era un abrupto cabo que se adentraba en el mar, colosal Alcides de cuyo costado debía nacer Barcelona, y como Moisés, salida de las aguas, nacida y renacida como Ilión o Troya o Hissarlik.
En las laderas del Carmelo se encuentra el gaudiniano Parque Güell, y al pie de sus estribaciones, de hecho a escasa distancia, aunque ya en plena cuadrícula del Ensanche, el visitante podrá apreciar las no menos gaudinianas torres de la Sagrada Familia, alzándose, se diría, como escabrosos riscos de un monte sagrado. Una obra que si algún día fuera terminada tendría probablemente muy poco que ver, como las catedrales tardías, con el proyecto original, lo mismo que suele ocurrir con el plan urbanístico de una ciudad, siempre superado en su desarrollo por las nuevas realidades no previsibles ni previstas. Una de estas empresas preinacabadas –al menos conforme a la imagen que de ella se habían hecho sus fundadores– en la medida en que el peso de su realización suele encomendarse o dejarse a cargo de las generaciones futuras. Sacralización del medio, mediatización del fin. Templos dominantes, destacados por lo general –sea por su situación sea por su propia altura– del conjunto urbano, como para que desde allá arriba, en el caso más bien excepcional de que no sea un viajero quien se anime a remontar las altas torres, el ciudadano obtenga un panorama inédito de su ciudad, al que, de acuerdo con su gusto, le pueda añadir la dosis de futuro que prefiera.
Una ciudad roja, por ejemplo, como bajo los fuegos del poniente. Paralizada por una huelga general de trascendencia mucho mayor que la del 51. Una huelga general que, mediante un salto cualitativo, desemboca en verdadera coyuntura revolucionaria. Una breve noticia, un pequeño recuadro en Le Monde, que, de golpe, se apodera de los titulares de la prensa del mundo entero.
Noviembre revolucionario en Barcelona. Barcelona, 9. La huelga general ha triunfado. Tras la industria, los transportes públicos y los bancos, también los comercios han cerrado sus puertas. Las manifestaciones se multiplican en toda la ciudad. Por la Vía Layetana descendieron más de 50.000 obreros y estudiantes cantando la Internacional. Las tropas han sido acuarteladas y los edificios públicos aparecen protegidos por alambradas y fuertes contingentes de policía. A partir de media tarde, la ciudad ha quedado a oscuras debido a una brusca interrupción en el suministro de fluido eléctrico. Rumores sin confirmar aseguran que ha sido proclamado el toque de queda. En el momento de cerrar esta crónica se oyen disparos aislados. La situación es muy grave.
Barcelona, 10. La huelga revolucionaria iniciada ayer en Barcelona parece haber revestido especial virulencia en el cinturón industrial de la ciudad. Testigos presenciales aseguran que han sido asaltadas diversas comisarías y cuartelillos. Se habla de centenares de víctimas entre muertos y heridos. En un patético mensaje difundido por radio a primeras horas de esta mañana, el gobernador civil de la provincia ha pedido un inmediato cese el fuego, ofreciendo explícitamente su dimisión, al mismo tiempo, si ello ha de contribuir a calmar los ánimos.
14h. El Consejo de Ministros, reunido en Madrid en sesión extraordinaria, tras desmentir la dimisión del gobernador civil de Barcelona, anuncia la proclamación de la Ley Marcial en las cuatro provincias catalanas. Fuentes dignas de crédito aseguran que, en Barcelona, el pueblo ha tomado la sede central de la Telefónica, de Correos y Telégrafos y diversas emisoras locales.
19h. Las masas toman por asalto cuarteles y centros oficiales. Se mencionan entre otros, el Ayuntamiento y la Diputación. Resisten todavía el Gobierno Civil, Capitanía y la Jefatura Superior de Policía. Se asegura que, por el contrario, en los cuarteles, los soldados confraternizan con el pueblo. Las emisoras de radio transmiten sin cesar proclamas y llamamientos revolucionarios.
21h. Según noticias de última hora, el Gobierno ha procedido ya al envío de fuerzas aerotransportadas a Cataluña.
Revolución en España. Madrid, 11 La huelga revolucionaria iniciada anteayer en Barcelona se ha extendido a diversos puntos de la nación, Asturias, Guipúzcoa, Bilbao, Valencia, Sevilla y la propia capital. La acción de las masas parece haber adquirido especial violencia en Asturias y el País Vasco.
Fuentes oficiosas aseguran que el Gobierno se dispone a proclamar el estado de guerra en todo el territorio nacional.
Aunque las noticias que llegan de Barcelona son muy confusas, parece que los hospitales están abarrotados y las calles sembradas de cadáveres. La situación de los últimos focos de resistencia se califica de desesperada.
21h. Madrid, urgente. Rumores sin confirmar aseguran que unidades de la Sexta Flota se dirigen a toda máquina hacia Barcelona.
¿Y después? Un holocausto, posiblemente. Pero también el inicio de una guerra no ya civil sino insurreccional, la larga marcha que supone el desarrollo de la revolución europea.
El viaje a Madrid aquel noviembre, los frustrados intentos de establecer entre las dos organizaciones locales un contacto más directo y ágil que los habituales mecanismos del partido, con objeto de coordinar al máximo las acciones de masa proyectadas. La premonitoria sensación de fracaso que le asaltó al descender sobre Barajas, entre dos luces, aquella sorprendente proliferación urbana brotada en la sequedad erosionada del atardecer, en el centro de un desértico horizonte de relieves aborregados, confiriendo un carácter de verdadero prodigio al súbito aflorar de tan inmensa luminaria, neones y rascacielos que daban abrigo al Madrid de siempre, penurias y estrecheces, subdesarrollo moral a la par que económico, la misma propensión al tasqueo como forma predilecta de relación humana y a la solución en un plano verbal de todas las represiones, negros humores y elemental comercio, fárrago a la vez que quintaesencia, en cuanto crisol de España, de casticismos llanos, chatas simplezas y campechanería, dichoso dechado de dicharacherías charadescas y redichas.
La reunión con los camaradas encargados del contacto. Mentes de entrañable carga noventayochesca empobrecida por otros residuos ideológicos remotamente traducidos, una mentalidad propensa al estreñimiento intelectual en su extenuante búsqueda de la tópica tipicidad, más populistas que socialistas científicos, más pueblerinos que puritanos, más beatos que dogmáticos, aunque también dogmáticos y puritanos y socialistas científicos, con la agudeza de la meseta en sus ideas y la fecundidad del yermo. Encarnación viva, pese a su condición universitaria, de ese héroe positivo del realismo socialista, de ese militante ejemplar, de ese obrero normalmente llamado Juan o José o Pedro, nombres sencillos como el pueblo mismo, un hombre honesto y abnegado así en la fábrica, entre sus compañeros de trabajo, como en el barrio, con el vecindario, siempre dispuesto a prestar ayuda a quien la necesite, sea con su esfuerzo sea con sus consejos, a mostrar con el ejemplo cuál es la línea correcta. El positivo, un tipo que es capaz de sacrificar un domingo entero de merecido descanso y vida familiar, recorriendo media ciudad para entregar a su destinatario un paquete que ha encontrado casualmente en la calle, recorrido que es ocasión para que la novela nos ofrezca una verdadera panorámica de los diversos ambientes que nuestro héroe se ve obligado a conocer, guardando en todo momento una conducta intachable. Un tipo que consigue calmar los ánimos, justamente soliviantados, de los vecinos de un inmueble deshauciado por el Ayuntamiento, evitando así que los empleados municipales sufran vejación o mal alguno ya que, en definitiva, esos agentes no son los verdaderos responsables, sino simples asalariados como ellos. Un tipo, en fin, cuya humanidad le lleva a mediar entre huelguistas y policías, para evitar violencias innecesarias, y que acaba atropellado accidentalmente por la ambulancia que él mismo ha llamado para que se haga cargo de un niño alcanzado por una bala perdida. Y entonces su compañero Antonio, el individualista, el obrero de temperamento anárquico y casi disoluto, toma conciencia y entra en el partido.
Y como quien un buen día se para a pensar que su apego a un paisaje, a una gente, a un olor, a un vino, nada tienen que ver con la palabra patria, por más que quieran hacerle creer lo contrario, que en todo eso se juega con un gran malentendido, y que, de hecho, más real que el patriotismo, es su adscripción a tal o cual equipo deportivo por lo que al menos tiene de voluntario, así la indiferencia de Raúl, cuando no el impaciente desagrado, ante el curso de los problemas allí evocados, y no ya por su temática sino hasta por la forma de plantearlos.
De repente, el desánimo absoluto, ese desánimo que en lo físico se confunde con el cansancio, consecuencia de toda actividad desarrollada en torno a un equívoco. Darse cuenta que del mismo modo que él había sobrevalorado la capacidad de movilización de masas del partido en Madrid, sus camaradas madrileños daban por descontado que, a diferencia de lo que pasaba en Madrid, en Barcelona bastaba que el partido diera la señal para que las masas salieran a la calle. ¿Cómo intentar siquiera hacerles entender que, al igual que el despertar de la siesta en un anciano, su vuelta a la realidad en plena somnolencia calenturienta, su conciencia de la imposibilidad de ir más lejos con aquella fláccida semierección, destinada a desaparecer no sólo ante el menor ejercicio físico inherente al acto sexual sino ante el simple hecho de abandonar la tibieza de la butaca, así, en la práctica, parecían esfumarse los impulsos revolucionarios de las masas barcelonesas? Pues ¿quién pone en duda que del mismo modo que los deseos se basan en realidades, las realidades se basan en deseos? ¿No se refieren las ideologías más que a ideas, a la exclusión de ideas? ¿No son los principios ideológicos más que razones, actos de voluntad cuando no de fe?
La lucha final, la fase de transición, y luego, las armonías preestablecidas de la nueva sociedad, principios inducidos o deducidos del curso de la Historia, en una ocasión revelados y desde entonces diariamente remachados a macha martillo. Pero es que si además de esa confianza en el futuro, sucede que el hijo de uno se ha casado con una buena chica que también trabaja y también es de ideas socialistas, y entre los dos reúnen lo suficiente, y los terrenos que la familia tenía en el pueblo resulta que, con todo eso del turismo, ahora valen dinero, y la marcha general del mundo es buena, y uno puede finalmente jubilarse tranquilo, ¿qué más puede entonces esperar de la vida? De ahí el bajón, en lo que a claridad de mente se refiere, dado por el padre de Leo en los últimos tiempos, ya que así como una larga permanencia en la cama no suele convenir a la gente de edad, de igual modo una excesiva sensación de felicidad puede acabar afectando su normal fluidez del pensamiento.
A semejanza de ese antiguo cliente de determinada marca de automóviles, a cuyos sucesivos modelos, en la medida en que se lo permitían sus limitados medios, permaneció fiel desde el principio, convirtiendo la elección casual en hábito, el hábito en principio, el principio en orgulloso rasgo de su personalidad y ese rasgo en motivo de solidaridad para con los restantes usuarios de la marca, y ahora, después de tantos años, al recibir alguna recompensa honorífica por su lealtad, una de esas distinciones establecidas con propósitos publicitarios, una miniatura en cualquier metal precioso, del primer modelo fabricado, por ejemplo, o una medalla, la emoción le embarga en el curso del acto de entrega, culminación de un proceso dialéctico, por cuanto objetiviza la doble relación entre realidad de hecho y sublimación de esa realidad, entre magnificación del objeto poseído y custodia celosa del objeto magnificado, ceremonia para la que como en un día de Navidad celebrado en familia, las lágrimas que confunden su vista parecen facilitar la vertiginosa sucesión de imágenes, las luces, las velas, las canciones, los regalos, la mujer, los hijos, los nietecitos, los presentes todos y todos los ausentes, los muertos, los inviernos, los anocheceres, la vejez, toda una vida de fidelidad y entrega ya casi concluida, mientras las efusiones de que es objeto no hacen sino ahondar en la dulce tristeza y en la contemplación de la bondad de todo; así, a semejanza de este hombre, había encontrado Raúl al padre de Leo.
Espera, dijo. Y sin más explicaciones desplegó sobre la antigua mesa de sastre un plano de Moscú, para retirarse enseguida a un segundo término, aguardando radiante la reacción de Raúl. Lo acababa de traer el yerno de un viejo compañero, un joven ingeniero hispano-soviético que había ido a pasar las Navidades con su familia de allí, la soviética. El viejo compañero había tenido un papel muy destacado durante la guerra civil. Ahora tenía una posición desahogada y estaba retirado de la política, pero eso no quería decir que en el aspecto ideológico no siguiera tan en la brecha como siempre. Tiene un comedor por estrenar desde hace doce años. Ya te puedes imaginar qué día va a inaugurarlo. Y enarcó las cejas cómplicemente.
Le mostró el plano. Éste es el río Neva. La plaza Roja y el Kremlin. El Mausoleo. La Ópera. Se ve que allí las panaderías son verdaderas fábricas de pan. La Universidad, que es una especie de rascacielos. El parque Gorki. Hay mucha afición a patinar sobre el hielo. Los niños sonríen y toman mantecados.
Y así, de pronto, el mundo. La Nueva Sociedad: su necesidad histórica como fatum, como fruto de la voluntad divina revelada (Moisés, Cristo, Mahoma), al igual, en su origen, que cualquier otra de las grandes construcciones de la Historia, Roma, Bizancio, el Islam, el Sacro Imperio, la España Imperial. Y esto, contra cualquier esfuerzo humano por impedirlo, contra cualquier obstáculo en apariencia insalvable. Sobre la dura y brutal represión de la brutal dictadura triunfará siempre el carácter revolucionario de la revolución. Y la Nueva Sociedad será instaurada. Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes nuestros hijos pondrán el nombre de dorados y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de acero tanto se estima, se alcance en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivan ignorarán estas dos palabras de tuyo y mío.
El Miliario. Y su consecuencia o quizás causa: el Hombre Nuevo. Visión que el padre de Leo, en su dificultad expresiva, debía representarse de forma eminentemente plástica, a modo de proyecto de monumento, de uno de esos grupos escultóricos de carácter alegórico, igual que ahora, justo en el momento de la consagración, ante un panorama de reclusos arrodillados, realzado en su solemnidad por el concéntrico silencio inmóvil de las galerías, había también algo de monumento alegórico en aquel preciso instante de la ceremonia celebrada sobre la plataforma del Centro, del que la hostia alzada se convertía a su vez en centro.
Un monumento de composición monolítica, graduado en profundidad y altura. Obra ingente, vigorosa, creación hecha de poder y furor, de amor y piedad, empresa de titanes, de guías emanados de las masas, aquí un joven de mirada airada como un guijarro, allá la arrogante torsión de un anciano mostrando la lapidaria ley del pueblo, ambos destacados contra un fondo en relieve, un amasijo de músculos en feroz batalla, todo ello dominado por la figura de la sibila dialéctica que anuncia la inminencia de una sociedad sin clases ni contradicciones, síntesis de los contrarios, apoteosis o juicio final, que desde lo alto, en el justo fiel de la balanza, aparecía resuelto, en actitud de pensativo sosiego, por la imagen del Hombre Nuevo, igualmente alejado de los extremismos y excesos juveniles, simbolizados por la lascivia adolescente de un cuerpo femenino desnudo, y de los crepusculares y decadentes residuos del pasado, representados por un anciano decrépito hasta la punta del sexo, un Hombre Nuevo que con su serena calma, por encima ya de todo conflicto, parecía presidir como desde un trono, a modo de remate, el monumental conjunto.
Es decir: el momento culminante o salto cualitativo, el de la transubstanciación, cuando Dios desciende y se hace Sagrada Forma. La consagración definitiva de la consolidación de la instauración, de una vez por todas, definitivamente consagrada tras la decisiva lucha final, consolidación de la instauración de las conquistas definitivas, de una vez por todas, finalmente establecidas, como conquista culminante decisiva, como consagración final de la culminación instaurada definitivamente, como instauración de la consagración de una vez por todas, presencia real que conmemora el misterio de la Encarnación, del Dios que se hizo hombre, y fue agarrotado.
La consagración. Requisito indispensable de la comunión, esencia misma del santo sacrificio de la misa, una comunión preparada desde la víspera por la confesión general que había cerrado el ciclo de ejercicios espirituales desarrollado los días precedentes. La confesión o penitencia, un sacramento cuya importancia tanto había señalado la Merche en sus pláticas, tan propio de este tiempo expiativo de Cuaresma, el tiempo que media entre el de Epifanía y el de la Pasión. Hablaba, se diría, no por los altavoces del Centro sino a través de un micrófono, exclusivamente para los reclusos de la sexta formados sin duda en la planta baja, desde un improvisado púlpito, en la luminosidad abstracta de la galería, casi como de templo masónico en la simetría de su arquitectura. A las cuatro en punto, mientras se hacía el silencio, empezaban las pruebas de micrófono. Haló, haló, os habla la Merche. Desde la celda, aunque Raúl pegara el oído al chivato, la audición era confusa. Hablaba del principal negocio para el hombre, su salvación.
Hoy voy a invitaros, queridísimos hijos, a que subáis conmigo al monte Carmelo, a que me sigáis sin caer ni decaer hasta su cumbre. Así, con cuidado, cogidos de la mano. Que el más joven sirva de apoyo al más viejo.
Contemplemos. ¿Qué se ofrece desde aquí a vuestros ojos en los esplendores nocturnos, qué se extiende desde aquí a nuestros pies? Una ciudad. Una ciudad desarrollada en torno a lo que fue Mons Taber, la antigua acrópolis, lugar prominente al que los viajeros de antaño, como el apóstol Santiago, debían acceder en sus ansias de contemplar la ciudad. Sí: ese monte que no se ve. El Mons Taber. No Horeb ni Nebo ni Tabor. Taber. Simplemente Taber. ¿Pero no es eso suficiente, convertido ahora en catedral? Y delante, al fondo, como apuntando al piélago, Montjuich, monte de Júpiter o de los judíos, Sinaí de la ley, talión por talión, muerte por muerte, monte de Dios en todo caso. ¿Y detrás, a nuestra espalda? Esa prominencia de la sierra de Collcerola hoy llamada Tibidabo. Tibidabo o monte del Diablo. Ese monte al que el Tentador trasladó a Cristo y le dijo: todo cuanto ves desde aquí será tuyo. Esto es, queridísimos hijos, un monte desde cuya cima se domina no sólo la ciudad y sus pecados, sino que también se divisa, más lejos, más alto, Montserrat. Desde allí, un anillo de riscos agrupados como torres de un templo, góticas agujas, tubos de un órgano tocado por ángeles, como figuras fijas, en movimiento, arrancando ondeantes, ora a la izquierda, ora a la derecha, como en una danza, en un anillo bello que se hace y deshace. Un monte como aserrado por los propios ángeles, puro erotismo geológico, con sus nidos de fantasmas y sus áureas cascadas de retama y sus racimos de vampiros, relieves y erecciones como trompas y escrotos y culos de elefante, en colosal cópula, lugar donde las vírgenes desfloradas refloran como rosales, monte nacido de las aguas o por partenogénesis, igual que una virgen nace de su violación, o que un precrusoe, un preandrenio o un náufrago cualquiera renacido de las aguas, convierte su naufragio en su santuario.
¿Qué mejor atalaya pues, hijos de mis entrañas, para el alma? ¿Qué mejor puesto de observación para Jaime el Conquistador cuando desde allí proyectaba la toma de Mallorca, perfectamente visible a su penetrante visión más que a su vista? ¿Qué mejor trono para contemplar sus dominios, no ya el próximo Tibidabo, a cuyo amparo se extiende Barcelona, sino igualmente el Montsant, el Montsech y el Montseny, con los blancos Pirineos al fondo, bajo el estímulo de aquel paisaje de esotéricas simas y fálicas protuberancias? ¿Qué mejor morada o celda, en fin, que este paraje que tanto propicia la contemplación, la meditación, la inspiración? Lugar de retiro de conquistadores y profetas y santos y fundadores y descubridores y navegantes, santuario que conserva sus espadas, sus victorias, sus banderas, sus descubrimientos, Lepanto y Mallorca, la Compañía de Jesús y América, Montserrat, primicia de un Nuevo Mundo, a modo de prefiguración simbólica de la Ciudad de Dios. Por eso os incito ahora, hijos queridos, a realizar todos vuestro viaje a Damasco, a cabalgar conmigo como este santo varón que tras una adolescencia libertina en la que se entregaba al juego y a los pequeños hurtos y a pensamientos y prácticas concupiscentes, sin excluir aquellas contra natura, empujado por las malas compañías, robando para ir al fútbol o a los billares o a los bailes o a los baños o a los gimnasios o de putas, cometiendo más tarde atracos a mano armada con premeditación, nocturnidad y alevosía, con desprecio de sexo y en cuadrilla, acabó pervertidor y pervertido, sin fe de clase alguna, blasfemo, sacrílego, diabólico. Y entonces, encarcelado por sus múltiples vicios y desviaciones, en la soledad de la celda, justamente en aquella recogida morada, alejado del ruido del mundo y del pecado, aislado como un ermitaño, allí, a resultas de una llamada divina, allí, tras una lucha interna consigo mismo, justamente allí, superó todas sus maldades y renunció al mundo, al demonio y a la carne, a embriagueces y deshonestidades, y reconociendo sus anteriores miserias, hizo suyo el estandarte de Cristo, entregándose a Él como una esposa al esposo, clamando, caído del caballo, perdón, oh Dios mío, perdón y clemencia, clamando, sí, clamando, Agustín, Pablo, Saulo, Saúl o Raúl o como quiera que te llames. ¡El mundo! ¡La verdadera cárcel, como dijo el filósofo! ¿Y qué son sus tinieblas sino la ceguedad en que viven los malos? ¿Qué cadenas son estas con que están presos sino las fuerzas de las aficiones con que están sus corazones aferrados con las cosas que desordenadamente aman? ¿Y qué hambre es ésta que padecen, sino el apetito insaciable que tienen de infinitas cosas que no alcanzan? Y ellos, estos cautivos, son los que han construido la cárcel donde te encuentras, que, negación de la negación, es afirmación, lugar de salvación y libertad. ¡La celda! Morada de grandeza que el Júpiter benigno que serena el cielo con su rayo, cercado de mil bienes, ha creado para ti. Porque sólo estás en prisión porque el Señor quiere que la vejación te dé entendimiento, por el cual conozcas la debilidad que padeces. Y llegado al conocimiento de la verdad, puedas inducir a cuantos secuaces de tu condenación quieran abominar de ella, con objeto de que no se pierdan y alcancen el paraíso. No es pues tanto por vuestros delitos como por la compasión de Dios por lo que estáis aquí. Para que así, los que llevabais mal camino, podáis redimiros y salvaros. Y ahora repetid conmigo: oh, Señor, ¿no os cansaréis nunca de otorgarme mercedes? Luego cantaremos el Perdón, oh Dios mío.
Fuera, a juzgar por el sol que en rombo oblicuo proyectaba la ventana sobre las baldosas, la mañana debía ser espléndida. Una de esas mañanas de fuerte viento, un viento que escampa la estancada atmósfera ciudadana y disipa los ruidos del tránsito, permitiendo que el sol resplandezca en el aire limpio. Y a uno le entran ganas de tomar, al abrigo del viento, un sol que ya calienta. Un día que le hace olvidar a uno los rigores invernales que todavía han de volver, prefiguración de la primavera que evoca ya el verano. Y mientras él permanecía allí, inmóvil ante la puerta abierta de la celda, presenciando el desarrollo de la ceremonia, todo debía ser en la calle movimiento y luz. Aquel viento soleado desbaratando las suaves cabelleras y las faldas livianas, rachas bruscas y traviesas que someten los rostros a expresiones como de supremo goce o suplicio, cálidos ramalazos que aceleran de golpe el ciclo de las estaciones, la rotación de las raíces, la hinchazón de los brotes y los capullos, lujuria reactivada a flor de piel.
Como aquella mañana en que tomó un campari al sol con Aurora, en la terraza de un bar del Ensanche orientado al mediodía, no lejos de la universidad. Tú no dejarás a Nuria, le había dicho Aurora. Tienes valor para poner una bomba pero no para romper con Nuria. Y Raúl: es que no hay nada que romper. Hemos pasado un tiempo juntos, sin hablar nunca del futuro. Y este tiempo ya pasó. Y Aurora: esto es lo que te hace más difíciles las cosas; haber rehuido hablar del futuro. Y Raúl: no veo por qué. De momento ella está en Inglaterra y yo estoy aquí, contigo. Y Aurora: ¿y este verano? Y Raúl: bueno, no sé. Supongo que nos veremos. Seguimos siendo amigos. Y después de las vacaciones, se volverá a Inglaterra. Y Aurora: haz lo que quieras. No sé si tú estás bien conmigo, pero yo sí lo estoy contigo y, en cambio, no me parece que estés bien con Nuria. Que con ella seas quien eres, quiero decir.
Se equivocaba: tampoco estaba bien con Aurora –lo que ella implícitamente insinuaba– y no tenía la menor intención de que sus relaciones se prolongaran más allá del verano. Y sin embargo, durante aquel verano, cuando empezó a percibir la aproximación Adolfo-Aurora, lejos de la sensación de alivio que hubiera creído experimentar al verse liberado de un lazo que empezaba a cansarle y que, en todo caso, pensaba cortar, la realidad de los hechos le hizo sentirse más bien como víctima de una traición. Una traición que sin duda, al menos por su parte, hizo precipitar el rompimiento, tanto para adelantarse así a los acontecimientos, como para evitar que la observación de los progresos de esta aproximación se convirtiera para él en algo poco menos que obsesivo.
El camino que conduce hasta estas notas escritas sobre la cara satinada de bastas hojas de papel higiénico. Un itinerario largo y enrevesado, a veces como bloqueado, como cortado; a veces perdiéndose como se pierden en el monte los senderos que no llevan a ninguna parte. Y, sin embargo, el primer resultado tangible de aquella imprecisa intuición que tuvo un amanecer, mientras montaba guardia junto al polvorín, a levante del campamento. Intuición o tal vez recuperación de intuiciones olvidadas, justamente de aquello que, cuando niño, en sus redacciones escolares, se esforzaba no tanto en desarrollar como en ocultar, escribiendo no lo que hubiera querido escribir sino lo que suponía que se esperaba que escribiera. De igual modo que tal vez no fue aquella guardia junto al polvorín la decisiva. Ni aquel amanecer. Antes y después hubo otras guardias, otros amaneceres.
Sus primeros experimentos válidos o, al menos, satisfactorios, distintos a cuanto podía haber escrito hasta entonces. Y se entregaba a ellos poseído de esa demencial sensación de realidad de un artificiero que cree haber descubierto una mina indesarmable, capaz de ir explotando indefinidamente, y consume sus noches en montarla con cuidado. Pues como el niño que al atascársele un juguete opta por destruirlo totalmente, así los sadismos infantiles o una temprana afición a la caza o una vocación terrorista más tarde, suelen acabar sublimándose en cualquier actividad concreta, siempre que en tal actividad el individuo encuentre un cauce adecuado para dar expresión satisfactoria a los sentimientos de destructividad que están en el origen de todo; mientras por el contrario, cuando el individuo en cuestión no encuentra el cauce idóneo para dar salida a los sentimientos que en él se engendran, la destructividad acumulada se vuelve entonces contra sí mismo y su mundo más inmediato, dando lugar a la creación, así en las relaciones personales como en las de vecindad o trabajo, de los pequeños infiernos personales.
Era indudable, no obstante, que el campamento había actuado de catalizador en el despertar de aquellas intuiciones imprecisas, hasta entonces dormidas o decantadas, latentes en alguna fase anterior de sus mutaciones. Que su aparición, el último estadio de la metamorfosis, se había visto propiciado por el ambiente allí imperante. Como reacción a un tipo de vida caracterizable, a grandes rasgos, por la bruma mental y el embrutecimiento moral. Un mundo que giraba sobre dos polos –pringar y racanearque por ser a la vez antagónicos y complementarios, tendían a neutralizarse en la práctica, a sintetizarse en una sabia fórmula de compromiso, avalada por la tradición, conforme a la cual lo importante es que todo el mundo sin excepción cumpla estrictamente con su deber de cubrir las apariencias, un como presente aplicado por extensión a los más mínimos detalles del sistema, a las exigencias más obviamente imposibles de conciliar. Un mundo cuyo fruto más prototípico era quizás el vecino de enfermería que le tocó en suerte, cuando al salir de un estado poco menos que delirante producido por las fiebres –gripe o cualquier otra afección vírica, nunca le dieron a conocer el diagnóstico, si es que el comandante médico llegó a establecerlo– se encontró ocupando la penúltima cama de la hilera, entre Fortuny y el rácano aquel que se hacía pasar por más enfermo de lo que estaba para permanecer el máximo tiempo posible en tan sórdido ámbito, leyendo tebeos, y perdida su ligera pátina de hijo de la clase media y futuro médico o abogado o ingeniero, ofrecía más bien el aspecto de un niño enorme y embrutecido, un lelo entre jocoso y acojonado que olía a orines y exudaciones, las manos pegajosas, los mofletes de un bobo, mientras entre borbotones ciclópeos se entregaba a titánicas masturbaciones.
Fue después de su estancia en la enfermería. Montando guardia junto al polvorín. O, de modo más definido, aquel domingo en que, a la vuelta de un permiso, le tocó hacer la cuarta imaginaria. Seguramente entonces. Cuando le despertaron era todavía completamente de noche, pero no tardó en amanecer, levemente verde la claridad quieta hasta que las nubes empezaron a coger luces.
Al regresar de uno de tantos permisos, a la larga resumibles en uno solo. La llegada a Reus, acompañado de Nuria, tras un día de playa: ingemisco tamquam reus. Las últimas vueltas, ya incómodas, bajo los pórticos de la plaza Prim, saludando a los conocidos que no cesaban de congregarse por aquellos contornos, pendientes de la hora. La última copa tomada en la terraza de un bar, a modo de despido de toda forma de vida civil. El embarque, entre adioses de novias y familiares, en un oscuro autocar conducido por un sujeto de torvo aspecto, algo así como un Virgilio degradado, convertido en remero auxiliar de Carón, en su total incapacidad de guiar a nadie a cualquier punto que no fuera la otra orilla del Aqueronte.
Y el nocturno mar de niebla en el que se perdían poco a poco, remontando el monte encastillado, camino de aquel desabrido paraje por el que debían deambular aún los sin permiso, aprovechando las últimas boqueadas de indulgencia dominical, a los compases de la Polca del Barril, que no tardarían en ser silenciados por las primeras rondas de vigilancia nocturna. Y el descenso en la oscuridad, ante un centinela de bayoneta resplandeciente, el momento de saltar a tierra cargados con sus macutos y, nostálgicos y entristecidos, dispersarse en silencio hacia las respectivas compañías tropezando con los tensos vientos, apartando las cuerdas y lonas endurecidas por la lluvia caída, desnudándose a la luz de una vela, entre los reniegos de los compañeros despertados y los propios, provocados por la ausencia de espacio suficiente para extender los charnaques, doblando la guerrera con cuidado a fin de no mancharla de barro, contemplando melancólicamente aquella fecha más tachada en la lona, esto es, una fecha menos, un día menos de estar aquí, saliendo por último a mear, ya en pijama, abrigado con el capote, iluminando el recorrido con una linterna, la tierra empastada y el húmedo relucir de los troncos hasta llegar a las letrinas y, apagando la luz, mirar somnoliento, en tanto suenan bajo el chorro los papeles mojados, mirar la opacidad del cielo anubarrado, buscar inútilmente las estrellas.
Leo había sido detenido y Federico y él podían correr la misma suerte en cualquier momento. Una espera casi como un arrebato o como un éxtasis. La nítida ambigüedad de una llama. La llama aislada de una vela que revela apenas la movediza indeterminación de los contornos circundantes. Que deslumbra tanto como alumbra, designando sobre todo a la persona que la lleva. Aquella negra noche negra como ala de cuervo, qué, qué, que se ciñe y circunvuela destacando mansamente contra el celeste, ala que se cierne y circunvuela y desaparece como esparciéndose al descender y confundirse con las laderas verdinegras en sus círculos descendentes, como hecha peña y pino y monte bajo en movimiento, sólo aquel qué, qué, signos de presagio o invocación o vaticinio, qué, qué, círculos inciertos, interrogaciones, qué. ¿Qué? ¿Destrucción? ¿Creación? ¿Inmolación? Inmolación y creación y destrucción.
Lo había visto varias veces en los corrillos del patio de Letras, al entrar o salir del aula, en el bar. Y le había llamado la atención no sólo por la mordacidad de sus comentarios sino incluso por el desenfado de su actitud y hasta de su presencia.
Se situó a su lado ante las puertas del aula y, en el tumulto de la entrada, comentó que les trataban como a ganado o algo expuesto en términos semejantes, dentro del tipo de humor ácido que gastaba el otro. Y Leo dijo: claro. Lo que menos les interesa es que la gente aprenda a pensar. Raúl se sentó a su lado y, durante toda la clase, analizó los dos extremos de aquella proposición que tanto impacto le había causado: el genérico pero concreto interés que alguien, ese les, esa tercera persona del plural, tenía respecto a ellos, y el que ese interés consistiera, precisamente, en impedirles pensar por su cuenta.
Realmente parecemos borregos, dijo cuando salían. Y Leo: ¿qué quieres? A eso apunta la educación burguesa. Los obreros tienen al menos esta ventaja: que no han sido educados y saben instintivamente lo que les interesa.
Tomaron una cerveza en el bar. Haría falta una minoría preparada, dijo Raúl. Y Leo: si esa minoría no es la vanguardia de la mayoría, de poco sirve. Y Raúl: claro. Nuevo golpe. No se trataba de distinguirse de las mayorías como, sin mucho interés por el problema, hasta entonces había supuesto –quizá por simple traslación del terreno literario al político–, sino, muy al contrario, de capitanearlas.
Federico hablaba poco pero con agudeza: se burlaba de su familia, de la estupidez de las niñas bien, del sentido de la realidad del obrero, mucho más desarrollado que en un miembro de la burguesía, lo mismo que el vigor sexual. Se había hecho amigo de Leo antes que Raúl, pero para Raúl era evidente que entre Leo y él se daba un tipo de comunicación que no existía entre Federico y Leo.
Hablaban horas y horas. Tardes dilatadas coincidiendo, deambulando, descubriendo. La imposibilidad obvia de ser hoy día un verdadero intelectual sin ser marxista. El materialismo dialéctico como clave de la necesaria identificación o síntesis de materia y forma. Hacer compatible libertad y compromiso; mejor aún, de hallar la libertad en el compromiso, etcétera. La revelación de que no estaba solo en su insatisfacción respecto al mundo. Que esa insatisfacción respondía a una realidad objetiva y que esa realidad objetiva tenía su interpretación ideológica. Que esa ideología no se limitaba a interpretar el mundo; que su verdadera finalidad era transformarlo.
Caminaron Ramblas abajo. El contacto con la realidad, la sensación que experimentaba Raúl de haberla palpado, derivada de la localización, en una tasca cualquiera del barrio chino, de algún tipo cuyas expresiones irónicas y animadas o amargadas y destructivas, sus alusiones implícitas y hasta su risa y movimientos, le revelaban inequívocamente, a modo de consigna o santo y seña, como poseedor de conciencia política, la clave explicativa de aquellos bajos fondos organizados en torno al robo, la prostitución, el alcohol y la grifa, cosas que en el mundo familiar de los Ferrer Gaminde eran tenidas por poco menos que míticas de puro remotas, culpable ignorancia con que la burguesía proscribe y exotiza el inevitable resultado de su propia existencia, la otra cara de la moneda, miseria y degradación siempre susceptible de convertirse en precioso material revolucionario en un momento dado –la canaille, la explosiva y espléndida canaille– a partir de una toma de conciencia colectiva, en cuya cristalización, las voces de tipos como éste, convertidos en líderes por las mismas masas de las que habían salido, estaban destinados a servir de clarines, clarines a la vez que mecha. Apreciaciones teóricas sin duda irrefutables, si bien con frecuencia, a la hora de materializarlas, debido a la falta de experiencia propia de la juventud o a cierta precipitación voluntarista en el juicio, asimismo muy propia de la juventud en cuanto tiende a confundir lo que una cosa es con lo que uno quisiera que fuese, fácilmente basadas en algo equívoco; tomar, por ejemplo, por conciencia de clase las rememoranzas de un mitómano o de un desgraciado cualquiera que está algo bebido y que ya no recuerda bien aquella época en la que, de manera fortuita, se había visto implicado de algún modo en la causa republicana; ese hombre que combatió en Teruel o en el Ebro o en Belchite, y conoció, por regla general, a Tito, a Líster, al Campesino, a Clement Atlee, no está muy seguro, y fue felicitado. O lo que no pasa de ser la palabrería de una puta, la maniobra de aproximación a esos tres muchachos con pinta de estudiantes que igual le pagaban una copa, maniobra sólo traicionada en su ingenio y perspicacia de cálculo por ese turbio coqueteo del que hace gala quien no sabe todavía exactamente por dónde van los tiros. Y aunque así fuera, estaría en su derecho, dijo Federico.
Adolfo, en cambio, no caía bien a Leo ni menos aún a Federico, cuyas reservas hacia Adolfo se referían a la persona en sí más que, como en el caso de Leo, a motivaciones ideológicas. Raúl había empezado a tratarle a principios de curso y desde entonces se juntaban de vez en cuando y Adolfo charlaba de Baudelaire, de Sartre, de la novela americana. Pero los argumentos de Leo –¿Quién es libre, en nuestra sociedad, sin dinero? No escribir para el pueblo, ¿no es ser cómplice objetivo de la reacción?– parecían interesarle en la medida en que le hacían mella sus sarcasmos, incisivos, casi desdeñosos, como si a Leo le irritara especialmente la posición en apariencia crítica y hedonista de Adolfo. Ya que, contrariamente a esa grosería pequeño burguesa, particularmente arraigada en Cataluña, esas bromas y chistes de mal gusto que se cuentan a modo de gentileza, para que el interlocutor se sienta cómodo, como en casa, al objeto de favorecer un clima de cordialidad y entendimiento, la actitud de Adolfo, educada pero reservada, parecía apuntar más bien a un clima de distanciamiento y hasta de antipatía, fórmula secreta, acaso, del aura de respeto y prestigio que parecían rodear por anticipado así su persona como sus opiniones y hasta sus proyectos literarios, mientras los hechos no demostrasen lo contrario. Una postura que rozaba la cortesía puntillosa, de carácter reparador, de la que ciertas personas hacen gala el día siguiente de haber agarrado una tranca de la que apenas recuerdan nada. Pero que, desde el punto de vista de Leo, bien podía ser interpretada en términos clasistas.
El caso de Nuria era distinto. Caía bien en general y fue aceptada sin reticencias. Lo que sucedía es que, por motivos difíciles de precisar y pese a su disposición a dar por válidas y compartir todas sus teorías políticas y religiosas y económicas y sociales y sexuales, o tal vez precisamente por eso, no era tomada muy en serio. Al menos no independientemente, no al margen de Raúl.
¿Y Raúl? ¿Cómo podía no haber descubierto antes, contra todo condicionamiento de clase, semejante concepción total del mundo? ¿Cómo podía haberse manejado sin conocerla? Una imagen tan real de todo que cuanto más se ahondaba en ella mayor era la sensación de que no hacía sino descubrir evidencias, revelarse a sí mismo lo que en el fondo había sabido siempre, estar leyendo, en suma, la realidad misma transcrita en palabras. Consecuencia obvia: solicitar la entrada en el partido, en un partido que no por claro que fuera su papel histórico dejaba de ser una incógnita en lo que a su funcionamiento en la práctica se refería, una organización de excitante carácter mistérico tanto por la doble personalidad de sus miembros como por la ubicuidad subterránea de su presencia.
Una decisión que, aparte de representar la consecuencia lógica de sus sentimientos de disgusto y hostilidad respecto al mundo tal cual es, le liberaba de toda responsabilidad objetiva en relación a las verdaderas víctimas de la sociedad actual, obreros y campesinos, desde el momento en que entraba a formar parte de su vanguardia política, el partido comunista. Y, al mismo tiempo, le emancipaba de todos los principios morales propios del medio en que se había criado, que no podía acatar ni, de hecho, había acatado nunca más que en lo externo. Y de todos los odiosos proyectos de solución personal que la burguesía ofrece a sus hijos, carrera, matrimonio, profesión, objetivos ciegos cuando no cómplices y aberrantes frente a una tarea como la que se había propuesto, ante la empresa en cuyo desarrollo iba a tomar parte: la transformación del mundo por la violencia.
Aquella sensación de entrar en contacto con un poder oculto como la que puede experimentarse en el curso de una sesión de espiritismo, cuando la médium empieza a hablar. No hizo falta que Leo le dijera que era aquel hombre. Caminaba delante de ellos, cuesta arriba, por un desierto sendero del Parque Güell, despacio, leyendo el periódico; indudablemente llevaba ya un rato allí, reconociendo el terreno. Y al ser rebasado dijo, salud Daniel, sin aguardar, contra lo que Raúl suponía –condicionado sin duda por los formulismos burgueses–, a que Leo hiciera las presentaciones. Y para cualquiera que pudiera verles desde lejos, el aire de Escala era el de estar diciendo, caramba, chicos, ¿pero qué hacéis por aquí?
Y los primeros resultados de sus actividades, los primeros desórdenes universitarios, las primeras cargas de la policía, que ellos contemplaban frotándose los ojos, por así decir, más que las manos, casi incrédulos de que todo aquello fuese el fruto de la labor de agitación que habían desarrollado conforme a una interpretación correcta de la línea política del partido.
El espaldarazo: representar al partido comunista en una reunión con el representante del partido socialista de Barcelona. La reunión fue propuesta por los socialistas, a fin de establecer un modus operandi, como dijo su enlace, de cara al boicot a los transportes públicos que se preparaba y, eventualmente, a una huelga general.
El contacto tuvo lugar en una chocolatería. Allí estaba el socialista, desayunando chocolate con nata y ensaimadas. Un tipo de edad mediana, tirando a madura. Pareció sorprenderse de la juventud y el aspecto de Raúl hasta que –se leía en sus ojos– encontró la ficha: el típico señorito comunista. El hallazgo debió contribuir a que recuperara la seguridad en sí mismo.
Al grano, dijo; el camarero es de confianza. Pero empezó a divagar. Hablaba de la guerra civil, de la resistencia en Francia, de alcohol y mujeres, todo ello unido a fervientes demostraciones de obrerismo. Conocía bien a los comunistas, dijo. Pero él no estaba dispuesto a ser ningún Kerenski; por esto, durante la guerra, no dejaba su pistola ni para dormir.
Quizás entonces no tuviera tanta barriga. Y lo que era seguro: ahora no llevaba pistola. Y lo de las escuadras de choque, sus comandos de jóvenes socialistas que hablaba de movilizar, pura fantasía. Y el carácter que pretendía dar a la entrevista, como de gángsters que se reparten los sectores de la ciudad, carecía de toda verosimilitud, pese a la ambientación de la chocolatería –elegida sin duda para dar la sensación de que todo había sido calculado al objeto de no despertar sospechas–, pese al público aquel de ancianas señoras voraces y chicas fofas, lechosas, gozosas, cuchicheantes. En la pared, una foto mural de un paisaje pirenaico de nata y mermelada, estampa viva de una Cataluña empalagosa y casta como la clientela misma de la chocolatería, como la Europa socialdemócrata e idílica de la que hablaba aquel fantasmón.
Porque, como España, también Europa temía la verdadera revolución. Y de hecho, para ellos, las normas de vida clandestina, las precauciones que tomaban en Barcelona respecto a las citas, seguían rigiendo en París. París, esa ciudad que llegó a serle tan familiar que, cada vez que se encontraba en la gare d’Austerlitz, tenía la impresión de regresar a casa tras un viaje, una impresión que le lleva a uno a poner como entre paréntesis cuanto ha sucedido desde su partida. Y no obstante, disipar el equívoco inicial requería su tiempo. Pues así como en la Costa Brava, por ejemplo, los nativos, la gente de los pueblos, tardó incluso años en enterarse de que los primeros turistas llegados a sus playas no eran forzosamente unos potentados, contra lo que a primera vista pudiera suponerse, sino, con frecuencia, tenderos y hasta proletarios, así Raúl, en sus primeras salidas, tendía a ver en todo francés la complicidad de un militante de izquierdas. Un equívoco similar al que se le creó con Obregón al cabo de varias entrevistas, cuando se dio cuenta de que la alternativa pacífica, la renuncia a la lucha armada, en cuanto línea política del partido, no respondía tanto a una estratagema como a una imposición real de las circunstancias.
París. Los amigos y las amigas. Y la libertad de hablar en voz alta en las terrazas de los bares del Boulevard Saint Germain. Y de comprar los libros que quisiera en Le Globe. Casi una obligación, como asistir a determinadas sesiones de la cinemathèque, detrás del Panthéon, completamente a sus anchas entre aquel público de jóvenes de inequívoco aspecto izquierdista, con algo de guerrillero y a la vez que de intelectual en la presencia y hasta en el trato con sus compañeras. Ver una película de Eisenstein era como asistir a una ceremonia religiosa. Eisenstein y el cine soviético en general. Así, aquella película que vieron en un cine próximo al Boulevard Montmartre, una película que pasa durante la guerra y, mientras él está en el frente, ella le pone cuernos, y cuando se entera de que él ha muerto, va a la estación y distribuye sus flores entre todos los soldados que regresan, como una Ofelia socialista sólo salvada de la locura por su entrega a las masas. Y al encenderse las luces había que parpadear para despejarse la vista y había que aclararse la garganta y pensar en otra cosa y demostrarse encendiendo un cigarrillo y haciendo como que el humo se le iba a los ojos, y salir diciendo no está mal, sin más comentario, sin insistencias innecesarias, bastante elocuente era ya la identidad de situaciones, la lucha y sus desgarraduras, el problema de los cuernos en la militancia, el sacrificio, la inexorabilidad de todo.
El amor practicado en hoteles sórdidos, de parquet desigual, sobre camas cedidas, de cobertor manchado y cortinas desteñidas, apartando el fardo del traversant que todo el rato se les venía encima, sudorosos y desnudos, de madrugada, a la vuelta del sitio aquel de la Contrescarpe o de alguna estimulante incursión por Montparnase, él y ella, tras dejar a los demás entregados a discusiones abstractas. La excitación de los comienzos: curioseándose, pulsándose, comprobando delicadamente, desnudeces felinas y relamidas, nítidas tetas, el sexo sombrío, el descarado culo. Incluso con Nuria le iba mejor en París que en Barcelona, quizá por lo que aquello tenía de encuentro pasajero, porque Raúl sabía que después cada uno se iría por su lado. La misma causa, seguramente, de que también les fuera bien en Rosas, cuando él hacía las prácticas de alférez en Figueras y, aprovechando cualquier puente, ella se venía desde Inglaterra y él se arreglaba las guardias y la esperaba en la estación y se iban a Rosas. Fue en primavera y, con sol, ya era agradable bañarse.
No como al principio, claro, como en los primeros tiempos, cuando todo parecía concurrir y armonizarse para que hasta sus relaciones con Nuria marcharan perfectamente y la exaltación general que les poseía se reflejaba igualmente en el terreno erótico. Aquella noche, por ejemplo, en que habían bebido bastante y Adolfo se empeñó en que fueran a ver Yerma, y Nuria hizo una paja a Raúl durante el primer acto, al amparo de la gabardina doblada.
Como aquel que tras una noche entera de amor y, en especial si ha sido bien hecho, y lejos de todo agotamiento, muy al contrario, más bien estimulado, contempla insomne la ciudad desde lo alto de un monte y el mismo esplendor de la mañana no parece sino dar realce a sus ansias de actividad, su impaciencia por acelerar el triunfo de la revolución, por abandonar de una vez sus mezquinos estudios jurídicos y entregarse por entero a la tarea de contribuir a la formación –más allá de simples teorías, ya en el terreno de la praxis– de un verdadero ejército popular de liberación, y llegado el momento, reírse del aterrado estupor de la burguesía, abogados, financieros, agentes de la propiedad, notarios, registradores, negociantes, especuladores, gentes que en su cerrazón rutinaria habían creído estar ocupándose de cosas importantes y que, de pronto, veían abrirse la tierra bajo sus pies, la corteza de un mundo que había tomado por real y que súbitamente se revelaba como un mero juego de apariencias hipócritas, así, ante un similar panorama de armonizaciones sincrónicas y respuestas totales, se sentía Raúl por aquel entonces. Así: como un caballero andante o un navegante o un fundador o un profeta, con esa característica voluntad de transcenderse a sí mismo, de transformarse transformando, sólo comparable a la lucidez demente con que un científico se propone destruir el mundo, a su conciencia de que la locura no está en él sino en el mundo.
Y así como Don Juan jamás siente remordimiento o culpa por sus seducciones ni le importa la suerte que puedan correr sus víctimas ya que, como el terrorista o el bandolero, tampoco ignora su inevitable condenación final, así Raúl se sentía igualmente predestinado a llevar hasta sus últimas consecuencias el papel que se había impuesto. Predestinado, casi como un elegido, como ese ser que nacido de las aguas o del limo o del fruto de un árbol o de la cópula de arcángeles o dioses o, a la inversa que en Ovidio, de la metamorfosis de un cactus o un espino en un niño. Y luego, tras una infancia oscura, hecho ya un hombre, concibe un buen día –o se le revela– determinada idea del mundo, de la vida, de sí mismo, un futuro que diseña y llena de imágenes como quien contempla un cielo de poniente o de amanecer, los cúmulos que se configuran como ciudades encastilladas, con templos y murallas y rascacielos reflejados en los mares celestes.
¿Qué importancia podía tener lo demás? Todo era más fácil desde esta perspectiva de entrega y desprendimiento. Incluso los problemas económicos. Vivir al día, sin caer en los cálculos propios de una óptica burguesa. Tener lo suficiente para manejarse y basta. ¿Cómo? Haciendo cualquier cosa, trabajando en lo que fuera, lo justo, para ir tirando. Las traducciones que hacía con Leo, por ejemplo; mal pagadas, claro. ¿Y qué? No valía la pena protestar por esto, no era ésta la explotación que les preocupaba. Tampoco ellos se esforzaban en matizar ni en dar con la expresión exacta si hacerlo les tomaba tiempo. El dinero les bastaba para moverse y eso era lo importante. Y traducir no tenía ese carácter como infantil o poco serio de las únicas soluciones encontradas por Raúl hasta entonces, resultado de la lectura sistemática de los anuncios económicos de La Vanguardia, cómo ganar dinero fácilmente en sus horas libres, etcétera, cultivo de champiñones, soldaditos de plomo, taxidermia, seguros de coche. O comprar a verdadero precio de ganga alguna de las diversas fómulas para hacerse millonario que vendía aquel viejo loco de El Clot a quien quisiera comprarlas, instalado en una lóbrega cocina que olía a petróleo y a tocino rancio, mientras una especie de bruja troceaba y limpiaba unos pescados azules, barat, jureles, seguramente.
Había problemas menores. Lo incómodo que se sentía con Nuria, por ejemplo. No a solas, sino cuando en presencia de los amigos lucía sus indisimulables dejes burgueses, su incoherencia ideológica. Una desazón semejante a la del muchacho que intuyendo la sospecha de sus padres de que frecuenta malas compañías, se atreve finalmente, para desmentirla en lo posible, a traer un amigo a casa y, con angustiada turbación, incapaz de reaccionar, se ve convertido en testigo de cómo el amigo, con sorprendente falta de todo sentido de las situaciones, resultado tal vez de su juvenil jactancia, no hace sino confirmar todos los temores de la familia, para la cual, callada y acechante, sus expresiones y hasta su mero talante, no son sino pruebas concluyentes de las prácticas encanalladas a las que su joven vástago es adicto.
Problemas quizá subjetivos, quizás imaginarios. Pero es que así como en el mundo geofísico la recta y el plano son sólo una ilusión de los sentidos, una apreciación excesivamente próxima e inmediata de lo que en realidad es curvo y esférico, así, igualmente superficial sería explicar el comportamiento amoroso de Raúl, la brevedad de sus entusiasmos, su pronta tendencia al distanciamiento cuando no al abandono –excluida en principio toda hipótesis que tal comportamiento parezca descartar por sí mismo, una exagerada aversión misógina, por ejemplo, o un componente homosexual predominante– en razón del tipo de mujeres con las que se había relacionado, sin preguntarse a continuación por qué se había relacionado precisamente con mujeres de ese tipo; o argüir que lo importante para Raúl era salvaguardar su libertad, sin preguntarse entonces qué clase de libertad era esa que le hacía desechar de antemano cualquier posibilidad de relación continuada voluntariamente; o achacarlo a su creencia, tantas veces expresada, de que no hay amor sin final y los finales raramente son felices, sin preguntarse por último cómo podía suceder de otra manera cuando él era el primero en encargarse de hacer precipitar ese final.
De hecho, la idea del matrimonio le había repugnado siempre. Más aún: la palabra en sí, casarse, suscitaba en él una sensación como de vergüenza. Igual que cuando de niño, sin conocer aún el contenido preciso de atracción sexual implícito en ciertas palabras, le irritaban las bromas de Felipe, que si el Lalo tenía novia, la niña rubita, una niña con la que se cruzaba cada mañana al ir al colegio. Y los mayores hablaban de noviazgos y bodas. Se ve que se le ha declarado, oyó decir a tía Paquita.
No ya la incierta y vergonzante pregunta: ¿te quieres casar conmigo? Simplemente: te quiero. Palabras que nunca podría llegar a pronunciar.
En todo caso, así como en una estación, sentados junto a una ventanilla, la suave llegada de un tren por la vía contigua puede producir la impresión de que somos nosotros quienes partimos, así, a estas alturas era ya difícil de precisar si las relaciones amorosas de Raúl estaban dominadas por determinada fatalidad o si era él, con su comportamiento, quien determinaba el carácter fatal de esas relaciones. Pues así como el joven perteneciente a una familia venida a menos es siempre en potencia un revolucionario, no sólo por el deseo de ver repetida su particular experiencia doméstica de progresiva reducción, de progresivas estrecheces, en todas las familias pertenecientes a su clase social, esto es, por rencor y resentimiento, sino también por la necesidad de encontrar una explicación o justificación de valor objetivo y aplicación general al fenómeno cíclico de esplendor y decadencia de las cosas humanas, así Raúl parecía predispuesto hacia determinado tipo de mujeres o, al menos, a determinado tipo de relación con las mujeres. Pero de igual forma que han de pasar los años para que el seductor de una casada de mediana edad llegue a comprender que la clave del adulterio no reside en él, en sus atributos viriles y en su pericia fornicatoria, ni tampoco en una supuesta inferioridad del marido que dé pie a una fundamentación coherente del propio triunfo, sino en ella y sólo en ella, en la presunta seducida, en el pesado poso de la vida conyugal, en su voluntad de resarcimiento, en las ansias de ver reflejado en otro el no saciado amor hacia sí misma, de manera que casi lo de menos es la capacitación erótica de ese otro, dado que para ella el resultado de la aventura, sobre todo si es corta, será necesariamente feliz, así era de inevitable que Raúl hubiera vivido tanto tiempo sin formularse pregunta alguna relativa a la naturaleza del amor.
Ni conjeturas ni interrogaciones: planes concretos, encaminados a resolver el problema de la forma menos traumática posible. En lo que cabe, en la medida en que, en un joven, las intuiciones a la vez claras e imprecisas se entremezclan confusamente a sentimientos e ideas. Estar con Nuria un tiempo más y luego ir soltando cuerda; que las cosas se calmaran poco a poco y ellos quedaran simplemente como buenos amigos. De ahí el fastidio de que ella, como presintiéndolo, le preguntara tanto si la quería. Sobre todo cuando la situación empezó a prolongarse, sin visos de final próximo, y Raúl descubrió que ante terceros le llamaba mi novio y que como novia se colgaba de su brazo los días de permiso, no bien bajaba del autocar en la plaza de Prim de Reus, evidentemente orgullosa –aunque no lo admitiera, poseída de ese orgullo atávico que suele producir en las mujeres la compañía de un uniforme– de tener también ella su novio. Tu novia y la mía han venido en el mismo tren, le dijo el Ferracollons.
Y entonces, el aborto. La complicación que resultó de todo aquello, la necesidad de continuar con ella todavía un tiempo más. Y el alivio, las perspectivas de solución definitiva que después supuso su idea de irse a estudiar a Inglaterra, quién sabe si con la esperanza –equivocada– de que una separación temporal influiría favorablemente en el curso de sus relaciones con Raúl.
Lo normal, en principio, era que todo discurriese como en esos métodos para aprender idiomas, uno de esos cursos donde, a través de las lecciones, se desarrolla una leve trama argumental, cuyas incidencias sirven para introducir al alumno no sólo en el conocimiento de la lengua sino hasta de las costumbres y el modo de vida del país en cuestión. Llega ella; o él. Es su primera visita, pero una familia amiga de los padres aguarda ya en la estación y tutelará su estancia en el país. Pues ¿qué mejor manera de conocer el país que a través de sus gentes?
A veces, la persona visitante va acompañada de sus padres y, si se trata de una joven, el matrimonio nativo tiene por lo general un hijo, también joven; y viceversa. Los maridos suelen ser malhumorados, tacaños, propensos a la fatiga. Las mujeres, más activas e irritantes, evidencian una profunda insatisfacción sexual. Y, en cualquier caso, las últimas lecciones acostumbran a coincidir con el compromiso matrimonial de la joven pareja. Sólo que, en la realidad, las cosas no tienen por qué suceder como en las lecciones del curso. El padre de la chica, por ejemplo, puede resultar un temible bujarrón que viola a su joven huésped extranjero. O el conductor del coche que recoge a nuestra joven amiga en la carretera, un asesino de autopistas. Y el afectuoso matrimonio que la invita a pasar un fin de semana en el campo, una pareja de sádicos que la someten, en la impunidad del sótano, a todas las torturas, ultrajes y sevicias, de las cien noches. De modo que casi el mal menor y la manera más rápida de aprender el idioma es que Nuria, por voluntad propia, se acueste con cualquiera, y acabe olvidando, con el tiempo y la distancia, toda historia anterior. Pues ¿qué mejor forma de conocer a las gentes de un país que copulando con ellas?
¿Qué otra cosa podía suceder cuando algo semejante había ocurrido ya y el tiempo y la distancia que entonces les separaban eran mucho menores? Con Adolfo, mientras Raúl estaba en el campamento. Estábamos muy borrachos, Pipo. Habíamos salido por ahí y ni sé cómo pasó. Lo que te puedo asegurar es que fue un completo fracaso.
Se lo dijo años después, durante alguno de sus encuentros en París. El último día, en el bar de la gare d’Austerlitz. Uno de esos viajes que hacía en couchette de segunda, cargado con una maleta de doble fondo. Y, pasada la frontera, por la mañana, pensó que esto carecía de importancia en una mujer que nada tenía que ver con él. Desde la ventanilla, como siempre, las jóvenes agudezas del Montseny anunciaban de lejos la estación de Llinás, su estación, tan próxima a Vallfosca, los pinos y las viñas, los paisajes familiares, tierras antiguas, de relieve erosionado. Unos picos que, de hecho, separaban su niñez de su primera infancia.
Tía Margarita. La hermana menor de su madre. Murió poco después de la guerra. Una figura sin rostro, en bata, desayunando en la galería de Vallfosca, seguramente durante alguno de aquellos días que debió pasar con ellos en verano. Un rostro sólo reconstruible con la ayuda de las fotografías escasas que habían quedado. Y la habitación que ocupó, aquella habitación en la que había entrado repentinamente, sin llamar, sorprendiéndola a medio vestir, con los pechos desnudos, y ella le dijo que pasara y cerrase la puerta. Una habitación en la que antes había un lavabo que, por algún motivo, fue posteriormente suprimido. Quedaba el agujero mal disimulado del desagüe, un pequeño boquete con un hoyito cegado con cemento.
Recorrió todas las salas de los prostíbulos, repetidamente, de igual forma que el terrorista solitario reconoce previamente el objetivo elegido, en busca del lugar más adecuado para colocar la bomba. Finalmente se encontró en una cama, asiendo y asido, en acción, atento a lo que hacía como en un corro infantil donde cualquier fallo en el juego fuera penado con la muerte. O como siguiendo las instrucciones de un profesor de gimnasia que, tras advertirnos que es más viejo y más fuerte que nosotros, añadiera que nada debía preocuparnos, no obstante, mientras cumpliéramos al pie de la letra los tiempos y movimientos del ejercicio. O como aquel que sueña reiteradamente ser un galeote y es despertado por el chasquido del látigo junto a su oreja.
Urna sola inhibición: bailar. ¿Por el elemento competitivo que supone? ¿Por su repugnancia a formar parte de un espectáculo en el que, por el mero hecho de saberse observado por los que no están bailando, le iba a situar en inferioridad de condiciones respecto a los otros, a los que saben bailar y les gusta hacerlo? Rechazo, en todo caso, de un terreno operativo –eróticamente marginal– como terreno apropiado, en cuanto sucedáneo y simbólico, para dirimir cuestiones que nada tenían de simbólico ni de sucedáneo. Convertir, en suma, en algo afirmativo el hecho de no saber bailar, de modo semejante a como ese corredor que encabeza la carrera finge una caída ante el temor de verse rebasado en el sprint final. Sería, en cambio, una ligereza referir esa inhibición, al menos por entero, a la época en que le gustaba Celia, por ejemplo; al hecho de verla bailar sabiendo que, dada la diferencia de edad, ella no podía considerar seriamente que un niño se atreviera a sacarla.
Estaban bajo los plátanos de la plaza, repartidos por los bancos, charlando, y las bicis descansaban contra un muro, junto a la fuente. Los habituales, los viejos del pueblo, como desplazados, se habían concentrado en dos o tres de los bancos y hasta delante de la iglesia, sentados en las gradas. Irrumpió entonces un rebañito de perros agitados, rabos vibrantes, orejas tiesas, hocicos arrugados, centelleos de ojos y brillar de dientes, girando en círculo entre gruñidos y gemidos, agrupándose alborotadamente, y en medio del corro, la Diana, divergentemente enganchada a un patanero de orejas gachas, como cohibidos ambos en aquel tenso clima de violencia apenas contenida. Mira qué cuadro, dijo alguno de los viejos. Y una de las chicas hizo la típica pregunta de por qué no les desataban. Y todos hicieron como que no la oían, obstinadamente divagantes. Una vieja se asomó a un portal y en las ventanas aparecieron caras solapadas, cazurras, lascivas, y cayó un cubo de agua que, más que dispersar el tumulto, lo apartó hacia la iglesia, dejando hecho hilachas a un lastimoso perro de lanas. Los viejos reían, y la gente de los portales, y de ventana en ventana. Y uno de los chicos dijo: pero ¿no es ésta vuestra perra? No, dijo Felipe. Y alguien dijo, estos perros. Y entonces Celia pareció renunciar a contener la risa, su expresión de ensimismada como deshaciéndose de golpe, una risa contagiosa, generalizada con el atrevido ya podrían ir a otro sitio que añadió alguien. Y por fin, la observación temida: fijaos qué colorado se ha puesto el Lalo.
Organizaron una excursión a la Font Freda, dos horas y pico de camino. Se llevaban la mochila y cargaban con ella por turno. Los primos y ellos salieron desde Vallfosca y los demás desde el pueblo y se encontraron a mitad de camino. Se habló de cine, de las películas que ya se anunciaban para la próxima temporada. Alguien comentó con una severa sensatez impropia de su edad, reproducción sin duda de algún juicio escuchado en casa, que ya empezaba a estar harto de estas películas sicológicas en las que al final resulta que lo que pasa es que, inconscientemente, el chico está enamorado de su madre y que aunque desprecie al padre en el fondo lo quiere y qué sé yo qué historias. La charla tenía ese tono desenfadado que adoptan las personas reprimidas al hablar del sexo, como si se tratara algo intrascendente y divertido, irreal, superado, algo que no podía tomarse uno más que a broma; como si en sus sudorosas vigilias la presencia del sexo no fuera para ellos una especie de pulpo abrasante del que no hay escapatoria. ¿Se había dado cuenta Celia de que Raúl no le había quitado el ojo de encima un solo instante? Su risa, su mirada irónica, sus movimientos no tanto provocativos como ya lascivos.
Un caso insólito, sin duda, respecto a las chicas de la época. Pues así como cierta ansiedad en los ojos delata a la ninfómana incluso antes de descubrir en el lecho sus carnes prolapsadas, sus vulvas majadas, sus labios distendidos, doblegados, así, de modo semejante, hasta en el inconfundible aspecto exterior, la niña bien de entonces, a diferencia de ahora, era ostensiblemente distinta a cualquier otra joven de su edad pero diverso nivel o condición.
La niña bien de entonces, su recato, su estreñimiento crónico de raíz esencialmente moral, producto natural de aquella burguesía barcelonesa de la posguerra, instalada en su propia ciudad como en plan de veraneo, a modo de prolongación, o mejor, perduración, del truncado verano del 36. Aquella juventud de la posguerra, los pijos de los años cuarenta, mantenidos, gracias a las propicias circunstancias históricas, en un absoluto aislamiento del mundo circundante, el pasado próximo y remoto y el futuro posible, y lo que es peor: el presente del mundo adulto. Optima situación para que, sólo una vez inculcados firmemente los fundamentos morales establecidos, fueran asimilando por sí mismos, sin explicaciones innecesarias, el último y más preciso de los principios: mantener la propia inmoralidad en compartimientos totalmente estancos, como un negocio más, como un aspecto más de la profesión, algo que se desarrolla al margen del hogar, de la vida familiar y social, de los veraneos, esos meses de apacible ocio en los que la gente de su clase lucía el blanco de sus atuendos, un blanco como la inocencia misma, que contrastaba gratamente con las oscuras tonalidades de los pobres, negros, grises, azules payeses que se agazapaban en sus viñedos como pieles rojas, con el fin exclusivo, se diría, de esperar que algún distraído paseante pretendiera probar su fruta, y entonces descender energuménicos, aullando atroces blasfemias, rugosos, desdentados, furtivos, deformes, rapaces, de mirar rencoroso al ser rebasados sus carros por las bicis de los jóvenes veraneantes, no menos hostiles, aunque más familiares a la vida de la colonia veraniega, que los obreros de la ciudad, esos seres andrajosos que se divisaban al atravesar los arrabales de Barcelona o, en los barrios residenciales, en torno a los edificios en construcción, inconcebiblemente difíciles y embrutecidos sus rostros, casi como alienados o deficientes mentales, con su costumbre de comer como salvajes en torno a unas brasas, de cantar, de piropear groseramente, de dormir obscenas siestas tumbados en la acera, y luego, gregariamente, con sus tarteras, con sus ropas malolientes y deslucidas, torpes, parlanchines, gesticulantes, simiescos, reintegrarse a sus arrabales, donde todo es fealdad y convivencia degradada.
La chusma que asesinaba, incendiaba, saqueaba. ¿Por qué tanto sacrilegio? Iban a misa en tartana y conducía el Polit, suaves las riendas en sus manos. Y el Polit, como sintiéndose obligado a justificar su presencia en la quema de alguna iglesia, dijo que, en una de éstas, al acercarse para ver qué pasaba, se encontró con un crucifijo tirado en el suelo, y como le dio pena verlo así, tirado como un trasto, prefirió empujarlo hasta la hoguera. Raúl se situó de pie, contra una columna desde la que podía observar a Celia tan discreta como privilegiadamente.
¿Cuándo empezó a dejar de cabalgar, de sablear y alancear matorrales, de reptar con la carabina de aire comprimido, y las rocas dejaron de ser cimas sobre desfiladeros aptos para emboscados, y selvas con tigres los bosques, con indígenas ocultos en la maleza? ¿Cuándo empezó a apreciar no sólo el atractivo de Celia, sino también el del paisaje, aquel anudamiento de colinas, y los viñedos, los fondos con álamos, la nítida arquitectura de los pinares?
Una mañana de mal tiempo, por Pascua. Y él estaba en la galería poniendo discos, un poco harto de dar cuerda a la gramola, y fue al escuchar la Júpiter cuando sintió, primero, como si aquello ya lo hubiera vivido, la sensación de estar mirando desde una ventana el cielo nublado y revuelto, y después, esa sensación de sentirse una parte de lo que estaba mirando, de los cielos callados y movidos y del monte agrisado y, al mismo tiempo, de algo distante y preciso, de una resonancia que, como esa palabra que tenemos en la punta de la lengua pero que no nos sale, resulta difícil de localizar. Y papá dijo en qué piensas, Lalo, y él, me parece que me voy a dar una vuelta antes de comer, y caminó entre los alcornoques con euforia apacible, sin ganas de jugar a emboscadas ni a nada, evitando pensar que dentro de nueve días se reanudaba el curso.
O quizás antes, la primera vez que al llegar a Vallfosca cobró conciencia del peculiar olor de la casa, el zaguán, la galería, el salón, su dormitorio, estancias en las que, con sólo entrar, entonces igual que cuando ahora se dejaba caer por allí con los amigos, se le agolpaban tantas sensaciones simultáneas. Ese olor de las viejas casas, imposible de suprimir aunque se las remoce y repinte por entero, consiguiéndose a lo sumo añadir un estrato más a ese poso de vidas y vidas, formado por el paso de las generaciones, el deterioro y la desgracia.
La casa, recogida en el jardín como en un claustro. Un jardín de espesuras apacibles, entenebrecidas matizadamente al atardecer. Luego, las oquedades nocturnas, los búhos, el croar de las ranas, el ruido del agua al caer en los estanques, mucho más claro que de día. Tío Gregorio dijo que aquella noche habría lluvia de estrellas y después de la cena salieron todos a la glorieta. Y llovieron estrellas y ellos se entreseñalaban con excitación cada una de aquellas fugaces caídas silenciosas. Mira esta constelación, Raúl, dijo tío Gregorio. Es el Dragón. La más difícil.
En septiembre las noches eran ya demasiado frescas y el cielo no estaba tan limpio. Y desde el jardín se presentía el quedo paso de las zorras y el ociqueo de los jabalíes y de los astutos tejones y, como un fantasma, sonaba localizable el gamarús o gallo carbonero.
Le gustaba pasear las mañanas de calor, sin nubes, con girasoles en el cielo. Seguía los caminos empastados de la riera, rezumantes, recorridos de frescura, entre las cañas ligeras que se cerraban a los lados, a lo largo de las roderas arenosas, en continua disgregación, que centraban el oscurecido reguero de blandas huellas y los tibios excrementos de caballo. Y con el oído atento, dispuesta la carabina de aire comprimido, se adentraba en el bosque, abriéndose paso entre los helechos, bajo la urdimbre de entresombra. O bien por los torrentes, álamos tiesos y precisos en la claridad verde, reflejados en el agua quieta y hojosa. Y, al mediodía, salir al rastrojo agostado, el cielo ya como de zinc, incoloro, caliente, tal una plancha soldada y sin resquicios sobre nuestros cuerpos. Y luego, el sopor y calentura de las tardes, cuando después de comer la casa se acallaba y, en la siesta, todo invitaba a una lánguida paja.
El comienzo de las vacaciones: tres meses por delante. Junio, con sus verdes mullidos y el trino templado de los mirlos palpitando en los matorrales, revolviéndose en las zarzas. Y las tormentas. Se presentía la lluvia en la tensa quietud del aire y la crispación de los pájaros entre las hojas como erizadas; y aquel horizonte de nubes en marcha que sonaba, se diría, como un mar lejano o una caracola aplicada al oído.
Eran, por lo general, chubascos breves, chaparrones retorcidos y burbujeantes, pronto escampados por el viento tibio, por brechas de azul jubiloso, por el arco iris doblado sobre los frutales rebosantes y limpios en el atardecer, con los últimos chillidos de las golondrinas y los primeros de las aves nocturnas.
Antes del fin de curso empezaba ya la emoción de los preparativos del viaje, o mejor, de la expedición a Vallfosca. Baúles, provisiones, ropa, maletas, su maleta, sus lecturas, sus armas, lo imprescindible, todo lo que básicamente iba a utilizar en el curso de los tres próximos meses. Y finalmente, el cierre de persianas y postigos y llaves de paso, de la puerta de entrada y de la verja, ya todo acarreado en el taxi, subir y decir adiós, no sin cierta tristeza, a los árboles, a las casas, al vendedor de helados que ni siquiera les veía pasar, a todo lo que permanecería igual durante su ausencia, reflexiones hechas mientras cruzaban la ciudad por sus calles más céntricas, camino de la estación, donde tomaría el Orient Express, iniciando así un largo recorrido a través de Europa central, los Balkanes, Asia Menor, Turquía; días y noches y más días en tren, Persia, Afganistán y, finalmente, la India, donde le aguardaba un destacamento de caballería, lanceros nativos que, entre abruptos parajes, me daban escolta hasta mi unidad, de cuyo mando debía hacerme cargo.
Una de las primeras cosas que hacía era llegarse a la masía del Mallolet, enterarles de que había vuelto. Una masía con cachorros blancos y calientes, oliendo a meados, tripudos y mamones, y patos bulliciosos que, formados en cuña, abrían el verde velo de la balsa, y pajares con nidos de avispas bajo las tejas, y un caballo de ojos pacientes en la cuadra. Y aquel hálito denso de huerta recién regada, tomates, pimientos, berenjenas, sandías, melones, calabacines.
Aparte del Polit. ¿Por qué aquella intuición premonitoria cuando le dijeron: al Polit le picó un escorpión al coger un haz de forraje, justo sobre el corazón? Y otra pregunta: ¿por qué al Polit le llamaban el Polit si en realidad se llamaba Josep?
Pascua significaba que ya sólo quedaba un trimestre de colegio. Y en Vallfosca apenas se notaba siquiera que fuese Pascua, aparte del Sagrado Corazón de la capilla que tía Paquita velaba de morado, como se vela o encapucha el cuerpo de un agarrotado. Raúl se salía de los oficios religiosos y en casa contaba que lo de visitar monumentos prefería hacerlo solo, en bici, por los pueblos de la comarca. Había mucha gente de la colonia y, aunque las fiestas vinieran adelantadas, aquello era ya un anuncio del verano. Ternezas de abril, estallantes amarillosidades, un rebrotar de aguas, de tonos, de suavidades que se abrían al sol como en cascada. Los caminos de la riera aparecían estriados de largos reflejos. Contempló desde lo alto el serpeo de los álamos, como una boira rosada la tupida trama de ramas en brotación. Cuando los mirlos callaban se oía respirar la hierba.
No era simplemente que la geografía y la historia le prestaran, como el cine, material creador para sus juegos. En su fascinación por la geografía y la historia había que buscar motivaciones más profundas en la medida en que se le ofrecían como realidades absolutas e inapelables, lugares que existían aunque él no llegara a conocerlos nunca, con total independencia del curso de su vida, acontecimientos inmodificables en cuanto ya sucedidos, hechos acaso increíbles pero ciertos e igualmente autónomos e inapelables, susceptibles, con sus elementos míticos y milagrosos, con sus arbitrariedades e incoherencias, con su irrevocable tragedia esencial, de desencadenar, en el espíritu del alumno con predisposiciones imaginativas o neuróticas, las más radicales interrogaciones.
Quizá fuese la contrapartida de su frialdad religiosa. Esa irreligiosidad propia de quien ha tenido un padre sin ninguno de los atributos característicos del padre, un hombre derrotado, enfermo real o imaginario, más necesitado de ayuda que capacitado para prestarla. Eso sí, a veces, en la iglesia del colegio, ante determinada nota exaltante del armonium o las coloraciones oblicuas de los vitrales, la palpitación y el terror hacían presa en él, cielos inefables por un instante abiertos bajo sus pies, sobre su irremediable realidad perversa, predestinada a la condenación. La realidad del diablo, tan superior a la de los dioses.
Ramalazos de corto efecto y basta; de acuerdo. Como al volver a casa, cuando en la penumbra del pasillo practicaba el excitante juego de llegar a producirse pánico a sí mismo ensayando muecas ante el espejo, bastante más aterradoras que el coco, por ejemplo, todo pelos hirsutos en torno a los ojos.
Pero algo persistía, algo había de constante en esos ramalazos. El luto con que le marcaron, como exponiéndole a la compasión pública, cuando murió la abuela, por ejemplo. La vergüenza, la rabia y el rencor hacia cuantos le miraban, entre intimidados y retraídos, en el colegio y en la calle, con su ropa de cada día espantosamente teñida de negro, humillantemente llamativa, no menos delatora que el tétrico tufillo del tinte. O el primer día de colegio, cuando salió de casa acompañado por la abuela, la cartera a la espalda como una mochila, y los plumieres sonando dentro, y los pliegues de la bata asomando.
Al salir del cine, los jueves o los domingos, agradecía el amparo de la oscuridad, abrumado como estaba por la bajeza moral que suele descubrir en sí mismo todo adolescente con mucha mayor claridad en el cine que en la iglesia, al contrastar los castos contactos físicos y elevados sentimientos de que dan muestra los protagonistas en el terreno amoroso, con la tenebrosa indecencia de los propios pensamientos y deseos.
Si la película era policíaca, a la salida hacía como de gángster o espía, ocultándose en los portales para cerciorarse de que no era seguido. Y Manolo le hacía señas desde la otra acera, disimuladamente. O juntos seguían durante un rato a cualquier sospechoso, tal vez un agente doble.
La Calle Mayor de Sarrià, sus Ramblas de entonces, centro de atracción de todos los niños de los barrios residenciales circundantes, Bonanova, Tres Torres, Pedralbes. Eje de aquel núcleo de ocres angosturas, enrevesadas travesías, más de pueblo que de barrio urbano, y una periferia de quietos conventos y gorriones rebotantes, muros de jardines rebasados por trepadoras lánguidas, hiedra y glicina y viña virgen, tupido arbolado de pinos y plátanos y pimenteras y palmeras, dejes ochocentistas en sus torres y en los almendros floridos de sus huertos.
Casi tan de pueblo como siempre el núcleo central, gracias, sin duda, a la misma estrechez de sus calles, todavía con sus olores a panadería, a comercio de comestibles, a portales oscuros. La granja o dulcería, donde compraba polos, ahora cerrada, con visillos en los escaparates, la puerta todavía pintada del mismo azul, pero sin el rótulo sobre el dintel. ¿Sonaría aún aquella campanilla al entrar? Y la mercería donde la abuela, mientras elegía botones, le compró un coche de hojalata al que había que dar cuerda para que corriera como una carraca en breve giro, penosamente renqueante. Y el cine, las películas ahora anunciadas en carteles impresos y no en una pizarra; en el intermedio se llegaban al bar y tomaban whisky o ron según la película fuera de gángsters o vaqueros, o bien de piratas. Y la tienda de revistas donde compraba tebeos y cigarrillos de anís. La mujer, la hija estaba sentada bajo la bombilla polvorienta, sin pantalla, exactamente en el mismo punto y en la misma silla de anea en que se había sentado su madre. Ahora también ella tenía el cabello blanco y, al decirle que ya no se hacían cigarrillos de anís, le miró por encima de las gafas, igual asimismo que su madre, sin reconocerle. Eso era antes. Los de hoy van al estanco y compran tabaco de verdad.
Regresó paseando por las calles de nuevo trazado, una cuadrícula de grandes bloques extendida sobre los cultivos y jardines que, cuando para expresar que se iba al centro de la ciudad se decía voy a Barcelona, aislaban a Sarrià. Nuevas edificaciones cuya geometría implacable se alzaba como una muralla sobre los viejos tejados entramados, altas luces mercuriales recién encendidas en lugar de los antiguos faroles de gas adaptados a la electricidad, tránsito intenso y aceras animadas, con terrazas de bares y un interminable deslumbre de escaparates.
La abuela y Manolo y Emilio y el Mallolet. Pero se acostumbró a jugar solo. Mejor. Lo prefería. Así no había interferencias y todo salía como tenía que salir. Jugar con otros era como ir a ver una película de la que ya todos nos han hablado en el cole y que, ahora que la vemos, nos decepciona: pasa lo que nos han contado, pero no como lo habíamos imaginado. Y como un espía o un agente secreto se aproximaba, se infiltraba en el mundo de los mayores. Por eso, cuando papá le llevaba de visita y en la casa también había niños, tendía a quedarse con los mayores hasta que se producía la inevitable expulsión. Raúl, ¿quieres ir de una vez a jugar con los demás?
Era como si ya entonces intuyera la totalidad del proceso, el momento en que un muchacho, pacientemente trabajado por una formación positiva, aprecia por primera vez el sentido sustancial de algunas palabras clave al pensar en casarse y tener hijos, y comienza a verse a sí mismo bajo una perspectiva histórica, y le empieza a seducir la idea de contar algún día a los chicos que él llegó a conocer la locomotora de vapor o que con veinte duros se hacían tantas y tantas cosas, y más aún la idea de que los chicos cuenten de él todo eso cuando a su vez tengan chicos, llegando incluso a complacerse en seleccionar las futuras anécdotas personales y rasgos de carácter –¡todo un carácter!– conforme a los cuales podría ser tipificada su figura, y así, en lugar de sentirse como cegado ante la visión de los sórdidos círculos de este mundo limitado pero infinito, así, como cumpliendo hasta el fin con aquella primera apropiación del mundo adulto, cerrando ya el ciclo, ya todo calvas, en el cráneo, en la panza, en las nalgas, poder acabar hablando de Peter Pan, de cuando era chico, de sus travesuras, de la nostalgia que le producían los recuerdos de aquella época.
Nada más odioso, nada más antipático, que la figura de Peter Pan, las sublimaciones autocompasivas que implica, su transmutación de las opresiones de la infancia en refugio y paraíso, su negativa a introducirse lo antes posible en el reino de los mayores, hacerse con las claves que, a modo de talismán, van a permitirnos hacer frente al dragón.
El abuelo: un viejo tronco musgoso; sus crujidos recónditos, en reguero prorrumpidor y canoro. Felipe y él lo espiaban desde el pasillo. Fíjate, dijo Felipe: es un cuáquero.
Al acabar de comer producía indefectiblemente un desencadenado rosario de tortuosos ruidos de origen intestinal, sonoridades mal disimuladas con una seca tos, al tiempo que removía la silla que había ocupado como para encajarla en la mesa, tentativas o artificios no siempre afortunados ni realizados en el momento oportuno, aunque, a juzgar por la impertérrita reacción de los presentes, todo contribuyera a hacerle creer que lo había conseguido.
Felipe y los primos y toda la pandilla se mofaban del abuelo como luego se mofarían de la abuela, como los niños se mofan de los viejos, de sus abruptas cavernosidades, de sus rasgos de iguana, mofándose cuando no tiranizándolos, una vez percatados de su vulnerabilidad y extravagancia.
Clasificación y denominación de los pedos según sus grados de sonoridad, duración y pestilencia: cerbatana, chalupa, cornetín, canario y carga de profundidad. Felipe propuso añadir mofeta, teodolito, coscorrón y retruécano. Teodolito era como una máquina de retratar junto a la que aparecían fotografiados tío Pedro y sus compañeros de equipo durante la construcción de algún embalse. Y retruécano era una palabra que empleaba mucho tía Paquita. Como coscorrón. ¿Os gustan los retruécanos?, les dijo. ¿De qué os reís, si se puede saber? Parecéis memos. A ver si empiezo a coscorrones. Y todos huyeron riendo. Y a la faba, dijo Felipe, también se le puede llamar verdugo.
La muerte del abuelo fue justo después de la liberación, apenas regresaron a Barcelona; quizás incluso antes de que acabara la guerra. La abuela se vino a vivir con ellos; probablemente murió años más tarde que tía Margarita. Pero era como si hubiera sido antes, pues hacía tiempo que ya estaba en la casa de salud. Y tío Raimón se presentó en casa para hacerse cargo de aquel dormitorio pesado y lóbrego y de los enseres que había dejado la abuela: un cuello de piel algo pelada, un abrigo teñido de negro, algunos vestidos de estampado, su manguito y sus mitones, sus bolsos enmohecidos por el desuso, una caja con papeles y fotografías, la dentadura.
Era un día de fiesta y Felipe y él fueron a visitarla acompañados por la Nieves. Le llevaban merienda, pasteles. Fíjate qué jardín tan bonito, dijo la Nieves. Una monja les abrió la puerta de la verja, joven, sonriente. Mire qué bien, doña Gloria: tiene usted visita. Pasearon con ella –la monja la llevaba del brazo– por los senderos de grava, entre laureles y acantos y pinos. Una preciosidad de nietos, ya puede estar usted orgullosa, doña Gloria. Merendó sentada en un banco de piedra, y ellos decían lo que la Nieves les decía que dijeran. Ella no les hacía demasiado caso, como si les viera cada día y no le interesaran sus historias, o como si estuviera ocupada, con otras cosas en que pensar, y la hubieran interrumpido. Qué rico el chocolate, ¿verdad?, decía la monja. Hicieron despacio el recorrido inverso, dando un rodeo. Vamos, dígales adiós, doña Gloria. Y la Nieves: anda, y vosotros dadle un beso a la abuelita. Y la abuela dijo adiós, adiós, mirándoles fugazmente. Una vez cerrada la verja, se dio la vuelta enseguida, y la monja tuvo que correr para darle alcance. Las vieron alejarse, ella con sus medias arrugadas y sus zapatillas de fieltro, hablando dócilmente de algún asunto que parecía acuciarla, sendero adelante, en el jardín atardeciente, de verde oscuro y dorados. Para llegar hasta allí había que tomar un tren.
Decir: ese sol en las hojas que soy yo, ese cielo de metal que soy yo, esas roderas en la arena que soy yo; y el ruido del agua en la noche que soy yo y los nevados picos del Montseny que soy yo. Y el peculiar brillo de la tierra en los senderos del jardín cuando le da el sol, casi deslumbrando, seguramente debido a las partículas de mica que contiene aquel viejo terreno de granito en descomposición. Y, sobre todo, la galería, los desvanes, la bodega. Yo.
Imágenes fijas. Imposible pensar en papá o en Gregorius o en Eloísa con un aspecto distinto al actual. Y las figuras de su infancia, la Ramona de entonces, Padritus, el propio Felipe, eran sólo eso, figuras. Figuras sin rostro, como las personas que han desaparecido o muerto hace tiempo, la abuela, el abuelo, la Nieves, la Pilate, la Quilda, tío Pedro. Salvo el Polit, quizás. Porque el Polit siempre había sido igual. ¿O también esta identidad era ilusoria?
Porque igual que una confidencia que sirve no tanto para exponer un móvil como para enmascararlo, así ciertos recuerdos, el mecanismo de la memoria. Su preferencia inicial por ciertos aspectos de Vallfosca, los bosques umbríos, las hondonadas con álamos y, casi como una manía, los puntos desde los que se divisaban las lejanas y agudas cumbres del Montseny. Es decir: los aspectos paisajísticos más afines a los panoramas del propio Montseny que ambientaban sus primeros recuerdos, susceptibles de actuar a modo de puente o nexo, de escenario intermedio entre una y otra época. Y en la medida en que éstos, los más próximos, se afirman y establecen, aquéllos, sus antecedentes, tienden a perder entidad hasta desaparecer, a ser recubiertos por una segunda representación, cuyo atractivo para nosotros bien puede acabar por parecernos inmotivado, arbitrariedad y capricho, cuestión de gustos.
Un paisaje como de cuento: un bosque sombrío, con helechos y piedras verdes y troncos cavernosos y escabrosas ramas con colgajos de musgo y líquenes, escarpados leños secos y, más arriba, huecos estratos de hojas, frondosidades tenebrosas. Y las violetas entre la hierba y la amarga fragancia de las fresas silvestres. Todo muy apto tanto para historias de princesas encantadas como de bandoleros. Y luego, si uno vuelve al cabo de los años, resulta que aquel bosque es simplemente un bosque. De hecho, la umbría del Montseny, en la base de cuya solana quedaba Vallfosca.
De ahí la sugestión que sobre él ejercían los aspectos más recónditos y húmedos de Vallfosca, los más similares a los del otro lado de aquel macizo que, como entre el norte y el sur, se interponía entre uno y otro período de su infancia. Y del mismo modo que desde Vallfosca buscaba la silueta del Montseny, sus inciertas cimas con frecuencia insertas en la niebla, así, tras estas cimas, al pie mismo de Matagalls, desde Viladrau, podían contemplarse, distantes, los picos nevados de los Pirineos, casi como nubes en el sol de la tarde.
El Montseny. Monte de sensatez y de razón. Un macizo montañoso que separaba no sólo dos paisajes, sino también dos épocas, dos mundos. Y la distancia entre los dos puntos, que entonces parecían tan alejados el uno del otro que el viaje a uno u otro desde Barcelona suponía tomar una línea férrea diferente, ahora resultaba que podía hacerse por carreteras de montaña en menos de dos horas de coche. Ir a pasar un fin de semana a Vallfosca, por ejemplo, pasando por Viladrau.
Claro que de igual modo que cuando volvemos al lugar en que transcurrió nuestra primera infancia nos encontramos invariablemente con que todo es menor, más pequeño, más reducido de lo que recordábamos, así, de forma semejante, el adulto tiende a minimizar, a restar importancia y considerar nimios y relegables los problemas que más le habían atormentado durante su infancia, equivocándose con ello por completo, ya que, así como en relación al niño que fue, los objetos que le rodeaban eran enormes y siguen siéndolo en cuanto los evoca, no menos verdaderamente grandes eran para él aquellos problemas, la importancia que tenían y siguen teniendo sus impresiones de entonces.
Había vuelto. Y todo lo veía como a escala reducida, los tamaños, las distancias, de acuerdo. Pero el cruce de la carretera que se divisaba desde casa quedaba, en cualquier caso, bastante lejos. ¿Cómo era posible entonces que hubiera podido percibir con tanta precisión los movimientos de la tropa en aquel cruce, con el detalle con que puede apreciarse a la gente que se encuentra a menos de un tiro de piedra?
Las trampas de la memoria, sus vacíos, sus disfraces, sus apropiaciones. Como con la Nieves. La Pilate tocaba a Padritus y la Nieves a Felipe y a él. Se reía mucho, cuando le acostaba, al verle empalmar a la débil luz que colgaba del plato de la pantalla. Lo mismo que aquella vez que, además, estaba la Quilda y alguna otra mujer del pueblo, todas inclinándose sobre la cama, riendo como confabuladas al meterle un poco de aceite en el culo, igual que si se trata de desplumar un pollo, con esa clase de regocijo que suscita, cuando se juntan varias comadres, el espectáculo del lelo local masturbándose en la plaza de la iglesia, sus colosales, descomunales eyaculaciones.
Por lo demás, ¿cómo estar seguro de que no superponía imágenes? El recuerdo de lo que les contaba Padritus: que la Pilate se la chupaba. Algo que luego Raúl contó en el colegio, atribuyéndoselo, como algo que le había pasado a él.
Y la Pilate y sus novios milicianos, hombres con aspecto como de ferroviario. Y lo que veían cuando espiaban por las ventanas. ¿Eran cosas que había visto personalmente o que los otros contaban que veían o habían visto? La victoria y sus conmemoraciones. El desfile que presenciaban desde el balcón del despacho de tío Pedro, todos los primos reunidos contemplando el paso acompasado de la caballería, capitaneada, se diría, por el propio Santiago, Santiago o Jaime o Jacobo o Yago o Santiago o Sanseacabó, patrón de España, con sus huestes de moros y sus legionarios, y luego los tanques y las piezas de artillería y las grises compañías de policía armada y la guardia civil, ejércitos de tierra, mar y aire, banderas y bandas marciales, marchas sonando mientras ya vienen, ya vienen, los gastadores al frente, aquellas tropas como con paletones erizados al hombro, entre brazos en alto y niños en brazos, canciones y vítores, una orgía acerada de afiladas hojas, suya fue la victoria y la gloria engalanada de rojo y gualda, la foto del joven Caudillo saludando a las apretadas formaciones que se suceden ante su tribuna, en la cubierta de La Vanguardia, a toda plana, contra un cielo florecido de impecables escuadrillas, repetida de año en año la estampa de aquella alegre primavera tempranamente relucida.
Porque sólo hay una clase de guerra comprensible: la guerra civil. La guerra que permite al individuo proyectar sobre la sociedad las cicatrices de su personalidad enferma. La guerra donde uno puede concretar y poner en práctica las abstracciones de la ideología adoptada, por las motivaciones que sean, sin salirse de su pequeño mundo cotidiano, aplicarlas a su vecindario más inmediato. De ahí que las guerras civiles sean las únicas capaces de apasionar al pueblo, y que las otras, las de carácter exterior, sean sólo sentidas en la medida que suponen la prolongación o consolidación de algunos de los elementos en juego en anteriores guerras civiles: la expansión de una creencia religiosa, de una ideología, de un modo de vida, de cualquier rasgo en común de los ciudadanos que se desea imponer a los pueblos limítrofes. O a la inversa: la defensa que hace un pueblo de esos rasgos que le dan cohesión lo mismo que pueden dársela los lazos de lengua o de sangre, su lucha por mantenerse independientes de cuantas expansiones los pongan en peligro, por salvaguardar estos principios que, tras una fase de salvajes contiendas internas, terminaron no por ser impuestas sino por imponerse, por ser aceptadas por todos los ciudadanos. De ahí también que, cuando esas circunstancias no se dan, haya que recurrir a las cadenas como en los antiguos ejércitos de esclavos, y rebroten el antimilitarismo, el pacifismo, la apología de la deserción, el general desentendimiento de una causa cuyos motivos, por demasiado técnicos y ajenos al individuo, son incapaces de prender en el pueblo.
No así en caso de guerra civil. Cuando tiene lugar un fenómeno de doble liberación, entendida no como la victoria aniquiladora de uno de los bandos en liza, como fin del horror, la sangre, la venganza, sino, muy al contrario, como su desencadenamiento. Mejor que el horror: el terror. No el que puede experimentar, antes de caer, el trabajador fusilado simplemente por lo que las callosidades de sus manos atestiguan acerca de su condición; no para quien el mal no representaba nada enteramente nuevo respecto a su vida anterior, hambre y agotamiento y andrajos y desempleo, y la prostitución de la hija como ayuda económica, y la huelga o el boicot o el sabotaje como solución colectiva, con sus inevitables secuelas, comisarías y cuartelillos, cargas a caballo, matracas, descargas, tiros a la barriga, y los matones de la patronal esperándole. No esa clase de terror, en absoluto. Sino el terror que hace presa en el hombre de bien, en el burgués, en el aristócrata, en las personas educadas, honradas, adineradas, con principios, el terror, en los límites de la alucinación, de ese género de personas ante el tiro de gracia, recibido no ya por haber sido un patrón duro o un terrateniente altivo, sino simplemente por ir a misa o a veranear, más aún, por su simple aspecto bonachón y cordial. La arbitrariedad aparente convertida en norma. El crimen hecho espectáculo, el incendio y los cadáveres en las aceras hechos urbanismo y paisaje. El paseo como hábito cotidiano, la locura como lógica al hundirse en los soles negros de la cuneta.
Y es entonces cuando se produce esa doble liberación: activa para el ejecutor, pasiva para su víctima. La liberación que para unos y otros representa todo eso respecto al carácter aberrante de nuestras relaciones con el prójimo y a la pegajosidad de las cosas y a los efectos momificantes de las instituciones.
Liberación frustrada, meta siempre inalcanzada. Y como al náufrago, al que le faltan fuerzas para alcanzar la costa y las energías gastadas le dejan a merced de la deriva, también una sociedad salida de una guerra civil, como de una intensa explosión emocional, parece quedar sin más fuerza que la de la inercia ni más peso que el de la postración, sin capacidad de reaccionar, con la mansedumbre del que ha quedado medio imbécil pero ha salvado la piel, y la violencia punitiva del débil vencedor con el todavía más débil vencido. Una extenuación hasta de los deseos, similar a la que experimenta quien ha practicado el amor excesivo número de veces en una noche, de modo que, al vestirse, lo último que le apetece es un nuevo polvo.
Una vida boba. Más mansa y apacible que realmente pacífica. El cole, la uni, la mili, la novia, la carrera, el matrimonio, la profesión, los hijos, y vuelta a empezar. Como una pesadilla, cuando uno sueña que vuelve a ir al colegio y que el profesor, aunque lleve sotana, es un capitán que tuvo en el campamento.
Entonces, en estas condiciones de agresividad reprimida, bien puede uno aficionarse precozmente a la caza. A cobrarse pieza tras pieza. Incluso antes de la edad reglamentaria. Algo tan clandestino como la fascinación de Raúl por el fuego, cuando creaba lámparas maravillosas quemando alcohol en los jarrones o ensayaba hornos en los cajones de los escritorios.
Tentativas insuficientes. Pues a la inversa de esa paz interior de un cacique rural en noviembre, cuando ya todas las cosechas están almacenadas y en marcha el nuevo ciclo de la siembra, a sabiendas de que ni siquiera un año inclemente conseguiría contra él otra cosa que compensar con el elevado precio de la escasez la penuria del fruto, exactamente a la inversa, angustia en la incertidumbre, la conciencia de Raúl. Igual que cuando en la adolescencia, sin saber bien por qué, uno piensa que en la vida todo acaba fallando y que nada vale la pena, y se siente incluso orgulloso de su lucidez, satisfecho de su perspicacia. Hasta que todo empieza a fallar y realmente nada vale la pena. La realidad del juego.
Esta sensación de estar asistiendo a una representación ritual, por ejemplo. Uno de esos espectáculos entre carnavalescos y litúrgicos, con su profusión así de imágenes como de fuegos artificiales, que enfrenta cada año a moros y cristianos en diversas fiestas del litoral levantino, combates simulados en cuyo desarrollo suele participar el pueblo entero, sin que nadie, por otra parte, sepa a ciencia cierta la gesta que se conmemora. Una parodia que ya ni siquiera se sabe parodia, objetivada, sacralizada, convertida en ceremonia. Una especie de representación consustancial a unos actores que se obstinan en repetirla una y otra vez, aunque sea sin público, en las ruinas de un anfiteatro. O en estas naves rectilíneas donde, desde el 19 de julio de 1936, se han recitado tantas listas, tantos nombres, tantos recuentos de condenados al pelotón, facciosos, fascistas, anarquistas, trotskystas, comunistas, años y años de vidas en capilla; fascistas muertos a tiempo de no presenciar impotentes cómo la disolución contra la que habían luchado socavaba a domicilio los cimientos de la victoria, cómo esa disolución se encarnaba en sus propios hijos, cómo era ilusorio recuperar con las armas el tiempo ya pasado; anarquistas muertos a tiempo de no llegar a conocer al obrero de la sociedad de consumo; trotskystas muertos a tiempo de no ver la revolución echando el ancla nación por nación, de acuerdo con los intereses nacionales de cada pueblo más que con los intereses de clase; comunistas muertos a tiempo de no tener que combatir, para salvar la revolución, contra el propio proletariado, contra la propia vanguardia de ese proletariado, contra la propia dirección de esa vanguardia, contra sí mismos. Pero como si el anfiteatro no estuviera en ruinas, como si resonaran aún los aplausos del público, los actores seguían con su representación, los unos como si todavía pudieran o quisieran hacer la revolución, los otros como si estuvieran impidiendo que se hiciera, como si la disolución de valores que decían contener estuviera allí, encerrada en aquella cárcel, y no instalada en sus propios hogares. Y únicamente el cansancio de los años que pasan les impidiera seguir fusilándose como antaño, del mismo modo que los duelistas habituales, una vez cumplidos todos los requisitos del reglamento, terminan disparando al aire sus pistolas.
Como en un auto sacramental interpretado según el método Stanislawsky, con el verismo que se deriva de la identificación, un auto sacramental en el que los actores se obcecan hasta el punto de seguir adelante con su papel una vez acabada la función, empezando por el propio Autor y, ya fuera de escena, continuaran ajustando su comportamiento al de sus respectivos personajes, paranoico el Rey, esquizofrénico el Labrador. Y sobre todo el Autor, un demente que creyera seguir siendo el Agarrotado, con su barba poblada y su túnica o sayo, ya sudario, sentado todavía contra el poste, una, cruz entre sus rígidas manos, oblicua como un miembro erecto, eyaculante.
¿Número?
Así como Dante, en la exposición de su periplo por las zonas más oscuras de la conciencia –bajo la guía del genial pederasta, cuya personalidad se sublima, conforme progresa el ascenso, hasta transformarse en la pureza inalcanzable de una niña muerta–, no hace sino proyectar sus propias represiones y perversiones venéreas o sádicas y, articulándolas en un sistema, inmortalizar sus rencores y frustraciones con la delectación que le es característica, con el mismo espíritu vengativo que le permite juzgar y condenar no sólo al mundo en general, sino, sobre todo, a su más inmediato contorno, así, de la reclusión y la soledad, puede también extraer quien las soporta el máximo de libertad y clarividencia concebibles.
Y así como la relación cielo-infierno es de inversión coincidente, como la imagen de una mano contra el espejo, continuación una de otra, pero a la inversa, así la relación entre Dios y el Demonio sólo cabe entenderla como de índole esencialmente dialéctica, en cuanto, representando uno el orden armónico y el otro la transgresión, cuando tras varias revueltas fracasadas la sublevación triunfa, y con ella el caos que, al irse posando, al irse asentando, siempre da lugar a un orden nuevo y definitivo, los papeles se truecan, el Demonio, el rebelde victorioso, ocupa el puesto de Dios y, al tiempo que instaura un nuevo orden armónico definitivo, engendra su contrario, un nuevo principio de disolución, un nuevo Demonio, aquel antiguo todopoderoso derrotado, un indómito vencido que desde sus actuales simas tartáricas intentará una y otra vez, fracaso tras fracaso, la reconquista de las cimas olímpicas, el restablecimiento de la perdida Edad de Oro, nuevamente el Demonio contra Dios, Saturno contra Júpiter, las prometidas bondades del orden nuevo convertidas con el tiempo en arbitrariedad tiránica y en horror el bien, mientras las subversiones de ese orden –la transgresión, el mal, el terror– cobran el valor de actos liberadores, y de proezas las añagazas del Tentador, y cualidad de arcángel la naturaleza de sus agentes, como bien sabe aquel que ha descendido a lo más profundo, no como viajero curioso, como Ulises y Eneas y Dante, sino como aquel Prometeo que descendió a los infiernos en busca de su Eurídice, quien se había propuesto dar la libertad al hombre comiendo del fruto prohibido.
De ahí la diversidad de nombres del Creador, la ambigüedad de sus orígenes, sus confusos lazos de parentesco, Júpiter, Jehová, Ormuz, Elhoim, Saturno, Arimán, Él. Es decir, el que no tiene nombre, el innombrable. Aquel que es uno mismo y su contrario.
Este Gran Narciso de juego proclive que, como para hacer ostentación de su poder, al entregarse a uno de esos actos de onanismo de los que brota un mundo, parece complacerse mutilando al hombre, amputándole determinado número de componentes, a fin de que, conforme a un demoníaco cálculo de probabilidades, le sea tan matemáticamente imposible encontrar en el amor su complementario como en el equilibrio cósmico la libertad. Sus leyes lapidarias, que hicieron subir a Moisés a lo alto del Sinaí y gritar al cielo anubarrado: ¡Parla Cane!
Pues de la misma forma que resulta difícil discernir si es más aterrador considerar, por ejemplo, el condicionamiento que para uno suponen hechos tan alejados en el tiempo y en el espacio como la fundación de Roma, la formación de Barcino en el seno del futuro Imperio Romano, su cristianización tras la llegada de Santiago, su reconquista por Wifredo el Velloso, el recibimiento tributado a Colón por la ciudad al regreso del descubrimiento, la partida hacia esa América de un tal Ferrer que allí hizo fortuna y entroncó con una Gaminde, la vuelta a la península de una rama de la familia, el asentamiento del abuelo en Barcelona, la boda de su hijo Jorge con Eulalia Moret, el nacimiento de Raúl, la guerra civil, el colegio, la mili, el partido, Leo y Federico, la Sagrada Familia, Nuria y Aurora, la catedral, Modesto Pírez, la Cárcel Modelo, yo aquí en este instante, o por el contrario, que tal cadena no existe, que la alternativa de un hecho contingente no puede ser sino otro hecho contingente, dominio absoluto de lo arbitrario.
Y es que no menos radical y traumático que esclarecer el dilema es decidirse a romper un buen día, pongamos por caso, con el agobio cotidiano, con sus lazos y servidumbres, familiares a los que no queremos ni ver, conocidos cuyo trato no podemos seguir soportando, mujeres a las que no queremos pero que tampoco acabamos de dejar, el pasado, en fin, que hemos ido acarreando sobre nuestras espaldas, telaraña que envuelve y empolva y enmohece, relaciones que, no obstante, persisten y duran generalmente toda la vida, no tanto por miedo al hecho en sí de romperlas como a la soledad y desamparo que le siguen, a la libertad, de igual modo que lo que nos asusta no es tanto concebir de pronto el progreso como constelación, dibujo obtenido mediante el trazado de una línea imaginaria que enlaza estrellas seleccionadas caprichosamente, figuras, en definitiva, proyectadas por nosotros mismos. Lo que realmente asusta son las consecuencias que se derivan de esta idea en cuanto concepción del mundo.
Porque, así como en la amante de comprobada infidelidad el problema es saber si sus lágrimas corresponden a la vergüenza de haber sido descubierta o a la rabia por la traba que tal descubrimiento representa respecto a la continuidad de sus planes, así, de manera similar, resulta problemático saber, en las diversas fases de la vida, si no es más apropiado considerar fin de la juventud lo que llamamos madurez, o inversamente, generalizando, si lo que creemos principio de una nueva época no es todavía el final, el último coletazo de la precedente.
La gran diferencia que hay entre culpa y condena. El caso del desdichado, por ejemplo, que cuando era joven tuvo una idea brillante, y en articularla y desarrollarla se le fueron pasando los años hasta que se hizo viejo, más que nunca y para siempre atrincherado en sus cuatro chorradas, un sociólogo o un siquiatra o un lingüista o lo que sea, más y más encerrado en su pequeña prisión personal, con el funesto apoyo de la mujer y cuatro amigos incondicionales. Y es entonces cuando la vida se manifiesta con toda nitidez como un monte de piedad y penitencia, de redención, que debemos remontar paso a paso. ¿Qué otra cosa, si no, significan las pirámides escalonadas, los templos budistas? ¿Y las cúpulas de las mezquitas, las torres de las catedrales, la misma predilección que siempre han mostrado los dioses por los montes? Un mundo como un monte cuya cima debemos alcanzar, puesto que, como en lo alto del Purgatorio, allí se encuentra todavía el paraíso terrenal, del que nada más nos separa el cauce cristalino del Leteo, el río del olvido, cuyas aguas ponzoñosas será preciso beber. De modo que, cuando uno ha cumplido su condena, muere. Y el cielo será la inexistencia del infierno y el infierno la inexistencia del cielo.
Por otra parte, así como para nuestro amante traicionado el descubrimiento de la traición puede ser causa, sobre todo si su personalidad es propensa a ello, de una verdadera crisis neurótica, con repercusiones hasta en el propio equilibrio sexual, así para Raúl, la inseguridad derivada de dejar de contemplar el mundo a partir de una determinada ideología en la que toda pregunta tenía su respuesta, en la que todo quedaba explicado, había repercutido momentáneamente, qué duda cabe, no sólo en su estabilidad síquica y sexual, sino, lo que es peor, también en su capacidad creadora, sumiéndole en la incertidumbre, en la indecisión y la impotencia, como si, al igual que la infidelidad de la amada puede suponer una espléndida solución de continuidad en unas relaciones que ya estaban durando demasiado, una ocasión de las que difícilmente se repiten, emanciparse de esa ideología, liberarse de una óptica aceptada no sin esfuerzo, no fuera susceptible, análogamente, de ensanchar su campo visual antes que de reducirlo.
Y esto tanto más cuanto que, si por una parte ni siquiera podía decirse que confiara plenamente en la validez de los puntos de vista que defendía, no menos anestésicos que durante la pasada crisis ideológica habían sido, por otra, durante años, respecto a la agudeza de sus facultades, los efectos de su entrega a la puesta en práctica de la ideología aceptada. Pues lo mismo que el buen burgués compensa su insatisfacción erótica coleccionando tal o cual cosa o reformando sin fin su residencia, o como ese viejo cacique rural que se sobrepone a todas sus frustraciones personales –lo que hubiera podido ser marchándose a tiempo, lo que hubiera podido vivir, lo que hubiera podido ver, lo que hubiera podido amar, de no haberse quedado en aquel maldito rincón– pensando en sus propiedades y, sobre todo, en las que no lo son, en las que todavía le faltan para completar esa especie de dogal que le tiene puesto al pueblo, así en Raúl, a la larga, la rutina de unas actividades políticas en cuya utilidad no creía, el ejercicio de la militancia por la militancia, había suplantado por compensación el desarrollo de sus impulsos creadores, sofocándolos, inhibiéndolos, al amparo, además, de una justificación moral que le respaldaba en la alternativa. Una alternativa que no se planteaba en los primeros tiempos, cuando parecía que todo iba unido, acción y fuerza creadora y libertad y compromiso y amor. Esto es: antes de que acabara por sentirse como ese caballero andante que, tras cumplir con todos los requisitos, realizar todas las pruebas requeridas y atenerse al más estricto ritual que los reglamentos y normas exigen para ingresar en la orden, nombrado ya caballero, cabalga y cabalga sin tropezar con gigante o dragón alguno, ni poder participar en ningún torneo ni entrecruzar desafíos ni salvar reinos ni princesas ni, menos aún, encontrar el Grial perdido.
De igual manera que la persona en cuya infancia el padre jugó un papel casi nulo, por tratarse de un hombre débil y enfermo y deprimido y acabado, lo último capaz de inspirar admiración y temor a un niño, de igual manera que esa persona será siempre, muy probablemente, de una gran frialdad en sus sentimientos religiosos, así Raúl, en su infancia, cuando se sentía movido más por temor al Demonio que por amor a Dios, en razón de la tangibilidad mucho mayor de los poderes maléficos en el mundo, y sobre todo, de su sentimiento de condena, convencido como estaba de su total incapacidad de cumplir los preceptos necesarios para ganar el cielo, dados los oscuros sentimientos de destructividad y venganza que intuía dentro de sí, ya entonces intentaba conjurar en lo posible esa irremediable condena, o cuando menos distanciarla al máximo, por medio de apuestas rituales –llegar a la esquina del paseo de la Bonanova antes de que cruzara un tranvía, terminar de contar siete veces setenta en el momento preciso de entrar en el colegio, etcétera– y, de un modo más general, con su comportamiento cotidiano, entre cuyos rasgos no eran los menos sobresalientes, en cuanto compensatorios de los remordimientos que no sentía, su tendencia a crearse estrictos deberes y responsabilidades en relación a determinadas personas, a determinadas tareas, y al autosacrificio reparador en determinadas situaciones.
Ahora bien: ¿cómo no relacionar esa profunda irreligiosidad en una fase concreta de la vida de una persona con su posterior, no tanto falta de convicción revolucionaria, como insinceridad socialista? Ya que así como en Dante resulta obviamente insincera la mística cristiana de la que hace gala y, en la Commedia, la escolástica es una ideología superpuesta, así, en Raúl, la interpretación marxista del mundo como clave de la realidad más que en una evidencia racional –aunque voluntarista– se había basado desde el principio en una indisimulada voluntad de liberación y aun de terror, lejos de propósito constructivo alguno.
O su indiferencia patriótica, que aunque tardíamente formulada, no por ello dejaba de estar presente ya en la edad escolar, de manifestarse con un sentimiento como de fastidio cuando, sumido en la historia universal, se topaba con España, con la encomiástica estampa que de su papel singular daban fe los textos. De fastidio cuando no de repugnancia. No mayor, por otra parte, no más intensa que la que pueda experimentar un francés, o un ruso o un americano, con cierto sentido crítico respecto a su propia patria. Algo similar a lo que a la larga llega uno a sentir respecto a su propia ciudad cuando se vive en ella, en razón de su misma inmediatez, el ámbito donde se concentran las cargas que pesan sobre la vida de uno. Y si estando lejos se puede recordar Barcelona hasta casi con añoranza, metido en ella, a uno le asalta con frecuencia el deseo de vivir en cualquier parte siempre que sea al norte del Besós, al sur del Llobregat.
Ruptura con los hábitos. Dejar de hacer como que se acepta lo que en realidad no se acepta. Combatir la petrificación con los estímulos, liberar los impulsos creadores. Porque a veces hay algo en uno que no espera, que tiene su tiempo exacto, como un parto, como la muerte, como una bomba de relojería, y entonces sale afuera como la lava de un volcán o la esperma de un orgasmo. Y es que así como sólo tomamos verdadera conciencia del desarrollo de un arbolado que nos es familiar, el de un jardín, una calle, un bosque, al mirar una foto tomada años atrás y hacer comparaciones, comprobar hasta qué punto ha ido destacando, adueñándose de su contorno anterior, así Raúl, sólo tras examinar desde el principio el desarrollo de tales impulsos, podía llegar a establecer el grado al que había terminado por imponérsele su actividad imaginativa, su voluntad creadora.
Y es que, a la inversa de lo que parecen creer los adultos cuando se vuelven hacia el niño diciéndole: así te acordarás, anuncio que suele preludiar la aplicación de un severo castigo corporal, cuánta mayor no es la importancia de los olvidos que la de los recuerdos. Esta selva que está al comienzo de nuestra vida y de la que, cualquiera otra que en el futuro encontremos, será solamente un eco oscuro.
Los caminos de la memoria. Algo así como la visita a una de esas catedrales edificadas sobre otra anterior, construida a su vez con residuos de templos paganos, piedras pertenecientes a esa otra ciudad excavada bajo la ciudad actual, ruinas subterráneas que uno puede recorrer contemplando lo que fueron calles y casas y necrópolis y murallas protectoras, cimentadas casi siempre con restos de ciudades precedentes.
Un recorrido, no obstante, que suele encontrarse no ya en la base del conocimiento de uno mismo, sino además, en la plena realización de todo impulso creador. En estas notas. Pues tal un Eneas que, así como Herakles fundó Barcelona tras un naufragio, fundó Roma tras la destrucción de Troya, así Raúl se enfrentaba no tanto a su pasado como a su futuro al tomar sus notas sobre aquellas hojas de papel higiénico, con la aplicación y el ahínco de un Robinson en recuperar la noción del tiempo o de un Montecristo en horadar la roca. Y lo que allí escribía no era como lo que escribía antes, cuando en lugar de imponerse a las palabras, las palabras se le imponían a modo de material objetivo, de acuerdo, sin duda, con el papel represivo del lenguaje sobre la personalidad, en la medida en que una relación cualquiera entre los nombres y las cosas que designan es a la vez expresión y reflejo de una determinada realidad exterior. Y es a través de esas relaciones del lenguaje como se van conformando, en la mente del niño, las relaciones imperantes en el mundo exterior. Y es así como, al tiempo que se establece ya en la primera infancia un determinado sistema de relaciones entre los nombres y las cosas, se excluye desde entonces cualquier otra posibilidad de sistema de relación.
Tal posibilidad, sin embargo, existe; podemos intuirla durante años, olfatearla, cada vez más próxima, localizarla. Sólo que su realización, esto es, su nacimiento, no es sencillo, ni tiene por qué ser necesariamente afortunado. Y casi parece que para que el fenómeno llegue a producirse sea preciso un naufragio o una destrucción o una condena.
Resultado sorprendente. Por primera vez, al fijar las palabras en sus notas, tenía la sensación de estar creando algo y no –como el actor que una buena noche descubre el tedio de repetir por enésima vez su papel y se pregunta qué hace allí si nunca le ha interesado verdaderamente el teatro y si, en realidad, podría estar dedicándose a cualquier otra cosa menos monótona y repetitiva– la impresión de estar jugando un juego por jugarlo, no porque le interesara de veras. La sensación, en otros términos, de estar creando una realidad nueva en lugar de contar una historia más o menos acomodada a la forma de contar cualquier otra, el triunfo de una huelga que sea al mismo tiempo el triunfo de una toma de conciencia, o el vacío moral de quienes llevan una vida disoluta al margen de todo compromiso con la sociedad y demás cosas que se escriben, descripciones, diálogos, relato, monólogo interior, contrapuntos y puntualizaciones, los qué hay dijo Juan, los encendió un cigarrillo, los ella soltó una carcajada, etcétera, tan pesados de leer como de escribir, incluso cuando se trata de un productivo medio de ganarse la vida.
¿Qué diferencia hay entre una flamencota que, entrevistada en la tele, habla con total desparpajo de su arte, y el escritor salido del anonimato por obra y gracia de algún premio literario, un maestro nacional o el secretario de un pequeño municipio, miope, con cara de rana, cuando se refiere al carácter intimista de su obra o a sus ideas sociales, y entonces, al dar lectura a alguna de sus cosas, sólo entonces descubre el maravillado espectador que bajo la feroz apariencia de aquella Bête que mantiene prisionera a la princesa late un corazón lleno de amor y que, tras aquella cara de rana, hay un hombre que ama y apostrofa, que habla de balcones sangrantes de geranios o del vigor que le alienta del pueblo soberano? No, nada parecido a eso. Al contrario, la sensación de estar configurando, con sólo palabras, una realidad mucho más intensa que la realidad de la que toda esa literatura pretende ser testimonio o réplica.
Más aún: era como si las palabras, una vez escritas, resultaran más precisas que su propósito previo y hasta le aclararan lo que, con anterioridad, sólo de un modo vago intuía que iba a escribir. Un libro que fuera, no referencia de la realidad sino, como la realidad, objeto de posibles referencias, mundo autónomo sobre el cual, teóricamente, un lector con impulsos creadores, pudiera escribir a su vez una novela o un poema, liberador de temas y de formas, creación de creaciones.
Se diría que así como una célula humana fecundada contiene ya en germen todo lo que ha de ser la persona con cuyo nacimiento culminará su desarrollo, hay igualmente instantes en la vida del hombre que, por su fuerza metafórica, vienen a ser resumen o compendio de todas sus percepciones conscientes e inconscientes, la concentración, una dentro de otra, de toda experiencia implícita, instante y duración, un tiempo muy superior, en su elasticidad y amplitud, al tiempo cronológico. Y fijar ese instante, esa duración, supone un desarrollo centrífugo, círculos que se dilatan sucesivos, que se amplian como las ondas que se agrandan en torno a donde la piedra se hundió en el estanque o como una metáfora dentro de una metáfora supone un relato. El momento áureo, la sensación de que por medio de la palabra escrita, no sólo creaba algo autónomo, vivo por sí mismo, sino que en el curso de este proceso de objetivización por la escritura, conseguía al mismo tiempo comprender el mundo a través de sí mismo y conocerse a sí mismo a través del mundo.
Más allá entonces de las palabras, de su enunciado escueto. Algo que no está en ellas sino en nosotros, aunque sean ellas, a su vez, las que nos dan realidad a nosotros. La unión suprema. Los comulgantes subiendo al Centro. Las niñas primero, como maniquíes que echan a andar por la pasarela. Después, sólo algún ser piadoso, encogido, culpable. Y algún valetudinario, o algún viejo de presurosos pies deslizantes, como con miedo de que no le esperasen, de no llegar a tiempo. Y algún tunante con ganas de congraciarse, de enchularse con la Merche. Y las niñas, con las manos juntas y los ojos bajos, se arrodillaban ante el capuchón amoratado del verdugo, y entonces el verdugo levanta la hostia. Y la Merche iba musitando, dejad que las niñas entren en mí, haced esto en memoria mía, decid una sola palabra. Y las niñas: señor, apartad este cáliz de mis labios. Comiendo la verdadera carne y bebiendo la verdadera sangre de un Agarrotado.
Nadie está solo, decía cada uno como para sí, por lo bajo. Entre unos y otros nos vamos haciendo compañía.
Así como en el curso de un largo viaje en tren, el tipo de pasajeros que se suceden va cambiando tan paulatinamente como el paisaje exterior, de modo que la continuidad del trayecto acaba siendo el único punto de contacto entre la partida y la llegada, así, con el paso de los años, casi todo termina por tener vinculación con la muerte y muy pocas cosas con la vida.
Sin embargo, igual que los pájaros se recogen sin asombro al comienzo de un eclipse solar, sin que sus apresurados piares revelen interrogación alguna acerca de la inusitada brevedad del día, así el paso del tiempo durante la juventud, la convicción inocente de que a lo largo de la vida un año más es sólo un año más. Pero lo mismo que la veladura de nuestra respiración empieza a desaparecer no bien apartamos del cristal nuestra cara, así se reduce y se atenúa, igual que el aliento, nuestra vida, mientras fuera, al otro lado de la ventana, lo que estamos mirando sigue ahí, como seguirán ahí las cosas que quisimos dominar en nuestra vida y que incluso creímos haber dominado.
Drama alegórico: la vida es sueño. Salvo, quizá, para quien sueña, entonces, será únicamente el de salir. Ite missa est.
Luego las preces y bendiciones finales, el último evangelio, el último miserere nobis. Y después el himno nacional, y a su compás, el desfile de los reclusos, galería tras galería, ante la plataforma del Centro –convertida ahora en algo así como la tribuna presidencial de la Plaza Roja, donde, en torno al director, se colocaban jerárquicamente las distintas autoridades penitenciarias–, los presos políticos en último término, sin marcar el paso, aunque para entonces, a fin de no crear un innecesario conflicto de forma, el director ya les había dado la espalda, ignorándolos, advertido de su llegada por el grupo precedente, las niñas, quienes, por el contrario, ataviadas y maquilladas lo más exageradamente posible para aquel gran momento, se aproximaban contoneándose provocativamente, no menos conjuntadas y marciales que las chicas del coro en una revista musical.
Y a continuación, mientras a los incomunicados los iban chapando, cada uno en su celda, para los demás, la suelta en los patios, el cine, las niñas detrás de todo, aparte, de acuerdo con la estructura sexual de la organización penitenciaria, tanto menos arbitraria cuanto más ahondáramos en las tinieblas síquicas de sus artífices. Y la paella con aceitunas y una sardina en lugar del rancho de cada día. Y la tarde, el jolgorio, las apuestas, los altavoces, los resultados de la Liga, En un Mercado Persa. Después, otra semana, otro domingo, la declaración ante el juez instructor que, pese a los anuncios de Pedro Botero, terminaría por llegar, tan sólo retrasado unos cuantos días por los atascos y embotellamientos del tránsito. Y la rutina cotidiana de su vida de preso político hasta el consejo de guerra, del que, absuelto o sentenciado a una condena simbólica que de hecho ya habría cumplido, saldría directamente a la calle.
Inmóvil ante la puerta, volvió la vista al interior de la celda vacía, el sol en las baldosas reticulado por la proyección oblicua de la reja. Tenía sueño. ¿No se dejaría vencer por un sueño invencible cuando volviera a encontrarse dentro? ¿O acaso venciendo el sueño invencible, un poco como dopado, tomaría la pluma y se pondría a escribir sobre la cara satinada de una de sus hojas de papel higiénico? Notas deslavazadas, tomadas conforme a un plan todavía muy vago. Nada en común, sin embargo, con sus inconfesados poemas de adolescencia. Ni con la prosa heroica de su época de militancia. Ni con sus frustrados intentos posteriores y, por algún motivo inexplicado, siempre temáticamente infelices, suicidios, amores malogrados, procesos de deterioro. Una pregunta: ¿cuándo empezó a escribir? Otra pregunta: ¿por qué?
¿O, sin ganas de escribir, no dejaría, en ese estado como de vigilia, vagar su mente, pensar en cuando saliera, en su regreso a casa? El jardín caótico, desbaratado por completo su diseño original de arriates y acacias, un desorden de dondiegos y geranios y malvas y flores sin nombre y frutales enanos nacidos espontáneamente y extrañas trepadoras con frutos en forma de calabaza y la hiedra reptilínea y la madreselva invadiéndolo todo, introduciendo sus intencionados tallos entre los hierros, por el entablillado de las persianas, turbadora, envolvente. Muy sano, diría papá. Es como vivir en plena naturaleza. Y aprovechando los escasos huecos existentes en aquel desbordamiento degenerativo, había plantado tomillo y orégano y brótano y romero y ruda, plantas aromáticas, proliferación vegetal que en su conjunto desdibujaba incluso las líneas exteriores de la casa. Y el interior, la sombría humedad de unos espacios donde, no menos presentes que los olores intangibles, como ellos ocupaba cada recuerdo su lugar correspondiente. El ligero tufillo a gas en la entrada, junto a los contadores, especialmente perceptible, igual que aquel olor como a moho, a cerrado, al adentrarse en la planta baja, al irla recorriendo, el vestíbulo, la salita, el comedor y, escaleras arriba, casi hasta el piso alto, cuando llegaban de Vallfosca, acabado el veraneo. Y el armario de su habitación, que olía a escopeta, y a medicinas la cómoda del pasillo y a castañas pilongas la despensa. Y a vacío el cuarto de los abuelos y el de Felipe, los más húmedos. Y a ropa vieja y seda pasada el desván, donde se amontonaba, desmontado y polvoriento, el dormitorio conyugal de papá. Y el cuarto de papá, que olía a hierbas y droguería exactamente igual que el de Vallfosca; y su mesa de despacho, una acumulación de proyectos fracasados e inventos no realizados, de patentes inútiles, de las estafas de que había sido víctima. Y las baldosas estropeadas del piso y los bajos bufados de las paredes, con desconchados y blandas chapas de yeso, y las cañerías salpicadas de soldaduras y las bombillas fundidas y no repuestas de tantas lámparas y la ruina cuidadosamente conservada de la batería de cocina, de los cacharros. Total, para dos ya vale, dijo Eloísa. Sus batas viejas y remendadas, sus delantales raídos, la montura rota de las gafas apañada con esparadrapo, las zapatillas abiertas a los lados para que no le oprimieran los juanetes. Y papá otro desastre: lleno de lamparones, de costuras deshilachadas, como si se aferrara a sus prendas, a sus zapatos más viejos. Era como si durante su ausencia se hubieran dejado ir y, en virtud de esa misma ausencia, se le hiciera más patente a Raúl su grado de abandono. ¿Para qué comprarme nada, hijo? A mi edad es tirar el dinero. Y vendrían los pequeños problemas, las quejas. La manía del señor de ventilarlo todo, de abrir puertas y ventanas de par en par. No sé cómo aún no hemos agarrado una pulmonía, diría Eloísa. Pero acabará llevándonos a todos al otro barrio. Las gafas de Eloísa; ahora no parecía importarle llevarlas todo el día y no únicamente para coser.
¿O tomaría la pluma, como alucinado, para volver a dejarla, adormecido por el resplandor geométrico de aquellos rombos que el sol proyectaba en las baldosas, finalmente vencido por el sueño, por un sueño, una de esas breves cabezadas, que, pronto interrumpidas, no sirven más que para dejarnos con el ánimo menguante y la cabeza espesa para todo el día, como al despertar de una pesadilla que, de momento, tal vez ni siquiera recordamos haber soñado, sueños que no son sueños, que en el recuerdo acaban incluso imponiéndose a la realidad, por desagradable que ésta sea, fijados con más precisión en la memoria?
Un estado semejante al que, tras despertar, había de poseerle años después, una mañana, Vallfosca, la habitación de papá, el sol temprano deslumbrando en las baldosas, papá, evidentemente muerto –¿por qué evidentemente?–, entrando con su sombrero de alas gachas, la gabardina plegada sobre un hombro, sin prestarle atención, como preocupado o abstraído, y Raúl incorporándose en la cama como si acabara de despertarse, gritando o como si gritara, pero qué haces aquí, cómo has vuelto, y papá sin mirarle, husmeando los objetos amontonados sobre su escritorio, como curioseando, pues mira, cada uno tiene sus cosas, distraído y ajeno, buscando algo, se diría, y Raúl, sacudido de palpitaciones, quédate aquí, quédate otra vez, como si el hecho de que papá hubiera muerto tan pocos días antes pudiera facilitar una solución, problema de buena voluntad o empeño, sólo cuatro días antes de que el niño cumpliera un año y a pocos más del cumpleaños del propio Raúl, hecho en el que todos pensaron pero que sólo Eloísa se atrevió a mencionar, la misma mañana del entierro, a la vuelta, cuando vio al niño gateando por el jardín y lo cogió en brazos, y así como el niño no se asombra del adulto sino el adulto del niño, así, entonces ella dijo, pobrecito, qué sabe él de la muerte y de los años, cuatro días antes, relación de fechas que tuvo la virtud de desviar la atención, de hacer olvidar por el momento el tiempo transcurrido entre las primeras manifestaciones del proceso de la enfermedad y las últimas, con sus detalles, las recetas, las inyecciones, el oxígeno, y sobre todo, las frases, las palabras, sus palabras, su preocupación por los dolores de Eloísa cuando aún pasaba parte del tiempo en el sillón, pobre Eloísa, con su reuma y esto de la pierna que debe ser ciática, se lo tendría que hacer ver por un médico, entonces, cuando aún recibían la visita periódica de tío Gregorio y Leonor, y él y tío Gregorio hablaban indefectiblemente de los amigos de su juventud y tío Gregorio le preguntaba cada vez por Arcadio Catarineu, te acuerdas, hace tiempo que no lo veo, y Eloísa y Leonor procuraban que cambiaran de conversación, porque tampoco papá sabía que Arcadio Catarineu había muerto hacía poco, Eloísa había hecho desaparecer la hoja de necrológicas del periódico, y papá decía estás flaco, hijo, debieras esforzarte en comer, y le preguntaba que cuándo acabaría la tesis doctoral, y se interesaba por su trabajo y le decía que había tenido mucha suerte con Nuria, que era una chica de muy buen corazón, y contemplaba los juegos del niño en el centro de la alfombra, hasta que un día fue él mismo el primero en decir que mejor que no lo trajeran más por el momento, que la casa de un enfermo no era sitio para un niño, y cuando se agravó y Felipe compareció de nuevo y anunció que le habían destinado a Barcelona, dijo que se alegraba mucho, haciendo como que lo creía, y a partir del momento en que ya no pudo levantarse de la cama dijo que no quería más visitas, que las atendieran ellos, a quien me hubiera gustado ver es a Gregorio, pero un enfermo siempre impresiona, y con su estado de salud, no creo que le convenga, por más que, muy posiblemente, tío Gregorio ni siquiera llegase a advertir esta alteración en sus hábitos, a lo sumo proponer algún día, de repente, visitar a Jorge, y olvidarse enseguida, y Eloísa decía pobre señor, al salir el médico tras cada visita, al ver que papá aceptaba sin ninguna clase de objeción todas aquellas explicaciones relativas a las fastidiosas complicaciones que se iban presentando, como si estuviera más tranquilo viendo que le veían tranquilo. Sólo al final, cuando empezó a necesitar el oxígeno, aprovechando un momento en que se quedó a solas con Nuria, le dijo, ayúdame a quitarme los anillos ahora. Luego es peor.
Era como si desde que salió de la cárcel se hubiera acelerado el ritmo del tiempo, los acontecimientos, y no sólo para él –su boda, el trabajo que le procuró Amadeo, el hijo– sino como si el fenómeno obedeciera a una ley general, la boda del propio Amadeo con doña Dulce, la boda un poco más precipitada de Monsina, forzada, como su matrimonio con Nuria, por un embarazo, aunque los motivos de conservarlo no fueron los mismos en uno y otro caso –imposición y acuerdo de las respectivas familias en el de Monsina– y el nacimiento de ese niño, el de Monsina, poco antes que el de Nuria, y su inmediata separación, la de Monsina, no menos precipitada que la boda, como un anuncio, también, de su inevitable separación de Nuria, no porque se llevaran mal como en otros tiempos, por la tensión o violencia de sus relaciones, sino más bien por una mutua indiferencia, correcta y hasta respetuosa, aunque sólo fuera por fatiga, pero suficiente para hacerles comprender la falta de sentido de dar continuidad a una convivencia de esta clase, en un piso amueblado de la parte alta de la ciudad que nunca llegó a perder su aire de provisionalidad, una vez resolvieran del mejor modo posible el problema del niño. Una convicción que, curiosamente, pareció cristalizar en ambos a partir del momento en que se encontraron casados.
¿Cómo explicar el proceso? ¿Como si a Raúl, como a tantos, el desamparo de la libertad le hubiera hecho volver momentáneamente al redil? No, no algo tan sencillo y concreto, nada susceptible de ser reducido a una sola cláusula. Más bien como si el simple regreso a los lugares familiares le hubiera cargado de nuevo con los problemas del mundo cotidiano, cuestiones que tenía que resolver y que, sin apenas percibirse, habían terminado por envolverle una vez más, una tras otra, encadenadamente, papá y Eloísa, sus deberes para con ellos, la necesidad de trabajar, la buena disposición de Amadeo al respecto, su deuda con Nuria, etcétera. Como si sólo al cabo de tres años hubiera podido reaccionar, recuperarse, salir de su estupor, decir definitivamente basta. Y volver al libro. Y, de momento, irse unos días a Rosas. Y dejar de fumar en pipa.
Sus notas de la cárcel, aquellas notas tomadas en hojas de papel higiénico, que al salir, con la precipitación de los acontecimientos y el vértigo del tiempo, llegaron casi a parecerle como esas notas que uno toma cuando despierta a media noche, porque las considera de una importancia extraordinaria, pero que por la mañana, si es que tienen algún sentido, nunca suele serlo en relación al contexto previsto. Era como si para que recuperasen su significación fuese necesario que de cuantos elementos personales hubieran servido de base al material literario allí reunido, que de cuantos puntos de referencia respecto a la realidad pudiera haber utilizado, no tuviese que quedar absolutamente nada, reducido todo sólo a eso: palabras; como si todo aquello que había destruido en sus notas tuviera que destruirse también en la realidad para que esas notas cobraran autonomía, entidad propia. Y sólo entonces, aquella caótica recopilación de reflexiones, núcleos argumentales, descripciones, evocaciones, diálogos, etcétera, pudiera recuperar su cohesión y sentido y, sobre todo, como de golpe, se le revelara la idea central: un libro como una de esas pinturas, Las Meninas, por ejemplo, donde la clave de la composición se encuentra, de hecho, fuera del cuadro.
La idea de pasar unos días en Rosas obedecía a esa necesidad que, en ocasiones, siente el escritor de reconocer una vez más algún escenario de su obra. Pero, al mismo tiempo, las notas que había seleccionado para llevarse, que había de utilizar en la redacción del primer capítulo del libro, un libro todavía sin título y sin nombres propios, dado el lugar elegido y el actual estado de sus relaciones con Nuria, cobraban un carácter casi prefigurador, ahora que volvía justamente a Rosas y justamente con Nuria. Un hombre acaba de salir de la cárcel. Su estado síquico es inestable y las relaciones con su amante, críticas. En un último intento de salvar lo insalvable, deciden ir a pasar unos días a Rosas, como en otros tiempos, volver al punto de partida. Así arrancaba el libro.
La visita que hicieron a Eloísa la víspera de su partida, tuvo, qué duda cabe, algo de conjuro. No por la tarde sino por la mañana, sin llevarle el niño, como para evitar –inútilmente– que se repitiera lo de la otra vez, cuando aquel funesto viaje a Ibiza –todo el tiempo lloviendo– cuando la tarde anterior a su marcha, pasaron por casa para que papá viera el niño, pero únicamente a la vuelta, al saber que estaba enfermo, se enteraron también de que ya antes del viaje, aunque nada les dijo, había ido al médico, y sólo entonces Raúl ató cabos, cayó en la cuenta de los síntomas que se habían ido sucediendo, quizás el primero pocos meses atrás, todavía no casado con Nuria, la noche en que, al llegar a casa, se lo había encontrado vomitando en un orinal, anguloso y endeble sobre la cama como un aguilucho en su nido. Son los antibióticos, hijo, que me han deshecho el estómago. Y he tenido que tomar tantos por los dichosos forúnculos. Entonces como ahora habían dejado al niño con la abuela, con doña Dulce. Ahora Felipe vivía en casa para no dejar sola a Eloísa, aunque no paraba casi nunca. Y Eloísa se dormía oyendo el transistor. Le habían comprado un televisor, pero ella decía que le cansaba la vista, que la mareaba, que prefería la radio. Le interesaban sobre todo los sucesos y un día, les dijo, hasta llegó a llamar a la emisora para saber si ya habían encontrado al pobre Antoñito, el niño desaparecido. Resultaba casi inverosímil que no asociara, que no relacionara: el reuma, la ciática, el hígado, la circulación. Escuchaba los diagnósticos que se inventaban sin prestar atención, se diría, a su significado, casi como complacida, como orgullosa, de la atención que le prestaban los médicos, de los aparatos con que la examinaban, del léxico que utilizaban, misterioso, casi, como el de un rezo en latín. La operación es inútil, les había dicho el especialista. Está completamente extendido. Es probable que no pase de tres meses. Pero a su edad nunca se sabe. Igual dura un par de años. Felipe y él acordaron no decir nada por el momento al hijo, al José, al Pepe.
La otra vez, el viaje a Ibiza había sido en enero, en busca –lo que son las cosas– de un poco de buen tiempo; no como ahora, ya en primavera, después de Pascua. Caminaban sin prisas por la calle tranquila, y había un niño cazando lagartijas con una carabina de aire comprimido ante un muro soleado. ¿Te acuerdas?, dijo Nuria. Y Raúl: no sé por qué, pero sabía que ibas a decir exactamente esto. Es como si ya hubiéramos vivido este momento. Fuera de la caverna, claro.
Papá estaba clasificando fotos, anotando en el dorso quién era quién. Les mostró una composición familiar sacada en el salón del chalet de la calle Mallorca: los padres, las nodrizas y los hijos formados como una promoción, Jorge en primer término, sentado sobre un balanceante caballo de cartón. Ésta es Paquita y éste, Gregorio y éste, el pobre Raulito y, aquí, la pobre Cecilia; al fondo, vidrieras emplomadas, tiestos con palmeras, el arranque de una escalinata. Lo apunto, dijo, porque es la única manera de que dentro de unos años se sepa quiénes eran.
Tomó al niño y, ayudado por Raúl, lo sostuvo ante el espejo, mientras el niño contemplaba atónito el desdoblamiento de sus dos servidores, a la vez enfrente y a cada lado, señalando a y apuntando desde, el carácter cínicamente grotesco de la tercera persona que allí aparecía, sólo enfrente, tal vez la solución del misterio.
Salió al jardín a despedirles. Dijo que, por poco que pudiera, iría cada día a ver al nieto. No te preocupes, ya te lo traerán por las mañanas. Bueno, dijo, pues entonces iré por las tardes. Les dijo adiós desde la verja, una concentración de arrugas en torno a los ojos, bajo las cejas blancas, ojos preñados de tarde, cada pupila traspasada de poniente hasta el infinito, con líquenes y ruinas, con lontananzas.
Los martillazos. Desde alguna obra en construcción.
LA BAHÍA. Como dos peces que nadan en sentido contrario. Un modo de ser más que un signo del zodíaco. Explicación de la ambivalencia de nuestra escapada. Con ella: más separados que nunca. A Rosas: un pueblo que está dejando de ser lo que ha sido.
Fuimos al hotel de siempre. Ampliado, estropeado con reformas de mal gusto. La dueña nos abrazó a los dos y, aunque no dijo nada, por la forma de hacerlo y sus ojos líquidos y la barbilla temblona, quedaba claro que sabía lo de la cárcel. Yo abrevié. No era eso lo que venía buscando.
El marido tampoco dijo nada, pero como para contrarrestar su papel de segundo de a bordo en todo, se creyó en la obligación de exclamarse contra el Régimen. Incómodo, por otra parte. El problema del pescador, anarquista de toda la vida, que acaba encontrándose propietario de un próspero hotel en la costa.
TRANSPARENCIA DE LA TRAMONTANA. Para bañarnos, preferíamos no seguir el litoral de la bahía, a la derecha del pueblo, las orillas bajas y continuadas, dunas, hierbajos, arenas orladas por el viento y el calado de la espuma a todo lo largo, breves olas oscurecidas por residuos vegetales en descomposición, algas a la deriva.
Tomábamos el camino del faro, a la izquierda. Al doblar el promontorio, se perdía de vista el pueblo, y la bahía dejaba de parecer un lago según asomaba el mar abierto. A partir de allí, la costa se hacía abrupta, rocas erosionadas, quebrantadas rompientes, pura demolición geológica, con toscos acantilados y calas como de basalto.
También el mar cambiaba de color. Sin la suavidad de tonos de la bahía. Mucho más acentuados y densos, en profundidad.
Nos bañábamos en cualquiera de aquellas calas. Ella tomaba el sol tumbada en la arena y yo exploraba las rocas de ambos lados a nivel del agua, flora espumosa y soleada, con algo como de sexo, de cerveza rubia. El agua estaba bien para dar unas cuantas brazadas y salir, pero demasiado fría para bucear con calma.
Quieta cala quieta. Mineral. Apenas otra gente. Sólo alguna pareja más: turistas, casi siempre. Mejor. Que hablen holandés, noruego.
Al abrigo de la tramontana el romper de las olas queda neutralizado. Y mirando adelante, casi parece que el agua fluya mar adentro, como en un estuario. Un briseo, leve al principio, que arrancando de la brillante orilla, se va ampliando a medida que se aleja, desplegándose en abanicos, libre, acelerado, veladuras metálicas como el vuelo de un pájaro, como la sombra de su vuelo, lejos, cada vez más lejos, hacia la locura blanca de los horizontes, uno tras otro, como de nevisca y crines y vapores salinos arremolinados.
Claridad de la atmósfera con la tramontana. Desde la habitación del hotel, los Pirineos se distinguían perfectamente al fondo de la bahía, casi cercanos, picos nevados, con esplendores de carámbanos.
À QUOI RECHERCHER LE TEMPS RETROUVÉ? Un pueblo de la costa fuera de temporada, agradablemente vacío.
Por la tarde paseábamos, remontábamos la rudeza de los senderos. Entre muros de pizarra y matorrales achaparrados, faldeando por las abiertas laderas de monte bajo, atrás las hondonadas con zarzas y retorcidas higueras malditas.
La primavera venía más adelantada que otros años. Verde y verde la montaña. Y el coralíneo aflorar de las amapolas en los campos. Y los cardos de los márgenes, malvas asteroides, cuerpos celestes. Y el resplandor solar de la retama.
Los paseos. Salíamos del pueblo entre paredes encaladas y un desfallecer de las glicinas de los patios. Y más allá, los blancos, tensos, encintados caminos. Un paisaje de viñas y olivares y serpeantes muros de pizarra. Y las verdes laderas de monte bajo. Al fondo, sobre un promontorio, dominando la entrada de la bahía, las ruinas del castillo de la Trinidad, poco más que un risco erosionado, perfectamente integrado en la pétrea orografía de aquel promontorio, todo él como disgregándose. Un atractivo más para las nuevas superficies urbanizadas.
El interior del pueblo seguía casi intacto. Husmeábamos con detenimiento las calles blancas y despejadas, oliendo a brea igual que entonces, a salazones; y los mismos gatos atusándose en los portales. Y las golondrinas. Su áureo descenso sobre la plaza de la iglesia, lanzándose afiladas, cayendo en picado, piando despiadadas. Su esfumante desaparición en la limpidez vespertina, como atraídas por un vórtice y dispersadas por una fuerza centrífuga, tras su girar y girar rafagueante alrededor de la iglesia.
Caminábamos a lo largo del malecón, recorríamos la fachada marítima del pueblo de punta a punta, como turistas en busca de color local. Una inmensa pupila la puesta de sol en la bahía. Brillos fluidos, crisoles, ágatas abigarrados, del morado al turquesa, tonalidades de crepúsculo, de un crepúsculo de cielos desgarrados como una gloria o rompimiento, los párpados contraídos al máximo. La misma dilatación cromática que debía acompañar al sol en este mismo instante, dondequiera que, según aquí se hundía, estuviese despuntando. Una aurora que es un ocaso.
Nos llegábamos hasta el dique, deambulábamos por el muelle, casi sin vida en esta época. Algún pescador de caña, algún turista aprovechando las últimas luces para sacar su foto de aquel poniente inflamado en la blanca síntesis del tránsito, azules aguas amarillas, rojos cielos azules, verdes rosados, violetas y lilas y añiles y malvas anaranjados, un tornasol de lunares oleosos en la mansa opalina de la bahía, líquido amniótico más que mar aquella calma de la superficie, caldeada aún por los colores en degradación, irisados ya translúcidos, translúcidos ya incoloros, ya grises, ya espesos, ya plomo.
Visitamos las ruinas de la ciudadela o, en el extremo opuesto, del castillo de la Trinidad. Nos internamos en el pueblo, seguimos los senderos que conducen al monte. Paseamos por el malecón. Hasta el dique. La plaza de la iglesia. Las golondrinas.
Regresamos ya oscuro. Era como si en cada paseo buscásemos una nueva prueba del fracaso de nuestras relaciones.
No pude dormir hasta que se hizo de día. Ella tenía un sueño tranquilo, y esto siempre aumenta la agitación del que no puede. Acabé por salir a la terraza arropado con una manta. Se diría que necesitaba ver amanecer. Que se abriera otro paréntesis, y el insomnio quedaría fuera. Invertir los términos de la metáfora.
Una planicie de fosforescencias con reluces, con escameos, poco a poco trocada en difuminaciones azules. Agua quieta, y la estela de una barca como punta de fuga, abriendo el amansado jaspeo de manchas anilladas, círculos más y más coloreados en aquellos albores como de mercurio, más y más ambarinos, el trepidar decreciente del motor pautando el silencio. Y en el contorno cobraban relieve las laderas cobrizas, pulidas, realzadas por el sol temprano.
Sólo entonces me dormí. Hasta el mediodía.
PREDOMINIO DEL PAISAJE. Regresamos ya oscuro. Lisuras de acero al fondo y un descenso de formas nocturnas, lomas como de sal, árboles de cuarzo, ramas graves, la luna confabulando fantasías.
Cielo azul noche. Y las crispaciones del firmamento, alfilerazos cristalinos.
O la luna. La luna floreciendo sobre los pedregosos brotes, rosada y luminosa como una medusa. Y, en el pueblo, un proliferar de ventanas en la acumulación de volúmenes, clarear de cristales, sombras y blancos acoplados.
La descripción debe predominar al principio. Dar sensación de sosiego, de algo apacible y relajante. Lo que él quiere encontrar. En contraposición a los periódicos que no compra, a las radios de las que huye, a la tele, motivo de que abandone un bar cuando la ponen.
Evitar tipismos: la llegada de las barcas, la subasta del pescado, etcétera.
No obstante, ya en el curso del primer capítulo, las descripciones deben ir perdiendo su carácter objetivo, casi enunciativo. Se irán haciendo subjetivas, irreales, en cierto modo. Como los paisajes que uno imagina al contemplar las nubes desde un avión. Repeticiones contradictorias.
En los capítulos siguientes, lo mismo que los diálogos, desaparecerán paulatinamente.
EL CABO. Ir al Cabo Creus en barca, desde Rosas, es un problema. No técnico; simplemente dar con la persona que quiera hacerlo. Pero el dueño del hotel nos encontró un pescador, un viejo dispuesto a llevarnos si el día era bueno.
No es que no me apetezca, al contrario, dijo ella. Pero son tres horas o cuatro con buena mar. Y otras tantas de vuelta. Y yo: pero es que al cabo sólo se puede llegar en barca. Y ella: lo que no entiendo es lo que esperas ver desde allí. Y yo: el otro lado. Y ella: eso ya lo hemos visto: Francia, el golfo de León. Alquilamos un coche y lo vemos todo en una mañana. Y yo: pero no como desde el cabo.
PENTECOSTÉS. Por la mañana hicimos el amor, con el sol en la cama. Nos fue mal.
Un día espléndido, casi de verano. Atmósfera cerúlea, ígnea en el cenit, zarza ardiendo, y la incandescencia movediza de las distancias.
Ideal para que el pueblo pareciera también como en verano, invadido de coches, de paseantes, gente venida de Barcelona en gran parte, y también franceses del Midi. Nos costó trabajo encontrar una mesa libre en la terraza del bar.
Era la hora de su aperitivo al sol. Pequeña burguesía catalana, ávida y porcina, exhibiéndose en plan familiar, obscenamente próspera, con la respetabilidad de apariencias de quienes quieren dejar bien patente su ascensión social, su derecho a ser aceptados por los que ya sí, y junto con ellos cerrar filas ante los que todavía no, respetabilidad propia del que cumple todos los requisitos, la mujer, los hijos, el cochecito, la parcelita, manifestaciones todas ellas, como cierto exceso de peso, del general desarrollo económico del país, pero sobre todo, de su propio triunfo personal, signos externos por los que está dispuesto a pagar, si es preciso, ¡todavía más impuestos!
Pero no sólo salidas de domingueros. El domingo suele ser incluso el mejor día para formalizar determinados negocios. Especuladores, promotores, vendedores, contratistas, hablando de terrenos como de la matanza del cerdo: se le echa el gancho, se le amarra bien amarrado, se le cercena y, luego, longaniza para todos.
En la mesa contigua, parejas de franceses, jóvenes matrimonios seguramente. Mon petit trésor, dijo uno del grupo como en un acceso de efusión, atrayendo, besuqueando, como quien aplica ventosas, a su arisca enjuta, a su desafiante despectiva, contrastadora actitud de los dos elementos de la cópula, derivada, sin duda, de un para ella insatisfactorio desenlace del habitual ejercicio amoroso, inconmovible, en consecuencia, al calor de semejantes transportes, incapaz de compartir cualquier gesto alusivo a tantos placeres no recíprocos, sólo valiosos para él, para él escondidos en aquel cuerpecito obstinado y sólo para él, sus prácticas particulares, sus íntimas manipulaciones, ces petites cochonneries. Erótico anal.
Y los charnegos endomingados. Y las collas de excursionistas, animosos y bullangueros bajo las mochilas. Se diría que más que la conmemoración del descenso del Espíritu Santo en forma de lengua de fuego, hubiera podido a la larga el significado que la fiesta tenía para los judíos, conmemorativa de la subida de Moisés al monte. Y una vez arriba, cagar escaqueados, cada uno tras una mata.
Viejos pajarizados, ahuyentados por todo aquel movimiento. Demasiados años ya para no perder pie, para seguir el ritmo de los cambios experimentados por el pueblo en los últimos tiempos. Lo que han visto, lo que han oído, lo que dice la tele, lo que se construye, los millones que vale la tierra, los millones de turistas que llegan, los hábitos de sus hijos, de sus nietos, el aspecto exterior que han adquirido, también ellos casi como turistas, comprobaciones que han ido haciendo hasta perder toda capacidad de asombro, de discernir lo posible de lo imposible, aceptando así lo imposible sin otro quebranto que una mayor propensión a la paranoia y la megalomanía. Pero pasada la fase eufórica, si es que llega a producirse, los ojos cada vez más redondos y dementes en sus nidos de arruguitas, tanta transformación termina por retraerles, por hacerles sentir, cada verano que pasa, más extraño el mundo y más extraños ellos mismos. Y es entonces cuando se pajarizan: su tez casi córnea; su cuerpo torcido y cojeando de espantajo, hecho para doblarse por los riñones; sus manos hechas para empuñar azadas y tirar de las redes, casi ya empuñaduras; su voz hecha para hablar a gritos, en el campo, en el mar, en casa, gritar a la vieja, a los niños, a los perros, una voz que, con tanto grito, acaba por no ser más que chasquido y ronquera, estridencias que se retuercen entre los pocos dientes ensalivados que nos muestran al sonreír, inseguros de si han sido saludados o no. Por eso, en plena temporada, se atreven a lo sumo a comparecer en la subasta del pescado, haciendo lo posibe, como si intuyeran su papel, por parecer típicos. Los viejos son ya pájaros.
Aquella tarde salí a pasear solo. Lejos. Mirar las nubes que se iban formando: claros estratocúmulos alternando con claros, figurando vastedades orográficas, configurando ínsulas y piélagos, penínsulas, montes o valles como cráteres, crestas, más crestas, ínsulas, penínsulas, litorales, llanuras, ríos, itsmos, cabos, bahías, y abajo cielos nublados y, arriba de todo, entre las grietas, una superficie desvaída, como la del mar cuando uno bucea.
BRONCA NOCTURNA. Ellos sólo vieron el final. Lo demás se lo contaron. Habían bebido bastante y tardaron en enterarse. Hacía frío para estar en las mesas de fuera.
El Roc estaba borracho. El bohemio del pueblo: medio pescador, medio alcohólico, con suficientes dotes artísticas para pintar óleos, copiados de postales, que vendía a los turistas. Había bebido lo suyo en otro bar de por allí y aquella noche le dio por armar escándalo. Entonces entró el sereno. El del bar dijo que no pasaba nada, que aquello lo arreglaba él con el Roc. Pero el sereno se la tenía jurada porque el Roc, cuando bebía, se metía con todo dios y sus madres y daba vivas al comunismo. Alguna vez se las había tenido con la guardia civil, pero siempre habían preferido dejarlo correr, no darse por enterados. Lo que pasa en los pueblos: todo el mundo se conoce. Una noche en el calabozo y ya está.
Y el Roc, dijeron, al ver que el sereno levantaba el chuzo, se lo quitó de un manotazo y lo tiró a la calle, y al sereno se le cayó la gorra de plato. Tipo fuerte, el Roc, macizo. Y entonces el sereno hizo dos disparos al techo y le dijo que afuera, que se colocara contra la fachada, dándole la espalda. Le dio con el chuzo en una rodilla, de canto, y al verle doblarse, en la otra. El Roc se agarró a la reja de una ventana, las piernas como de trapo. Y entonces el sereno le dio primero en una mano y luego en la otra, lo descolgó. Y una vez lo tuvo tumbado en la calle, siguió dándole, pateándolo.
Ellos llegaron en este momento, justo para ver los últimos golpes en el suelo, y como se lo llevaban a rastras cuando llegó la pareja de civiles, escupiendo dientes. La gente miraba en silencio. Un silencio que se hizo hostil cuando oyeron decir: eso es, a cocear la cuadra. Una buena doma es lo que necesita. Un gordo de acento andaluz que fumaba en boquilla.
Volvimos a nuestro bar, a nuestra mesa. Me di cuenta de que ella lloraba contra mí, hundiendo la cara en mi hombro. No aguanto ver pegar así a un hombre. El aborto este, porque lleva pistola y uniforme, pegando así a un hombre. No puedo aguantarlo. No puedo aguantarlo. No puedo aguantarlo. Se fue corriendo al lavabo.
Desarrollar la escena prescindiendo de toda clase de elemento ambiental. Rasgos principales de la prosa que deben irse apuntando ya en este primer capítulo: densidad, tensión, intensidad. Un estirón sintáctico. Un retorcimiento semántico.
METÁFORA. Como contemplar el paisaje desde el faro, las rocas batidas de las rompientes emergiendo apenas de la espuma, chorreantes de anémonas y moluscos y negros erizos, sobrevoladas por las gaviotas, salvajemente batidas, encabritadas de blanco. Y más allá del promontorio derruido, de las ruinas integradas en las pedregosas laderas, la bahía desleída y calma bajo el cielo como salino, y las risueñas medusas flotando a la deriva, llevadas por el aire cefíreo y diáfano. Y el pueblo, entre las ruinas del castillo y las de la ciudadela. Y el puerto, las barcas ancladas al amparo del dique, los embarcaderos, las pasarelas de madera perpendiculares al malecón, y las arboladuras y las antenas del radar y los tejidos de aparejos bordeando las pasarelas, cortinajes de redes y de corchos marrones y de cruda cuerda a lo largo de las pasarelas, y el olor como a orines y a brea y a pintura fresca desde las pasarelas, y los apagados chapoteos bajo las pasarelas, contra los cascos de las barcas, contra las piedras del malecón. Y el pueblo, los muros de cal y las vértebras de los tejados color lagarto; y más lejos, la larga playa sucia, algas secas, sinuosamente acumuladas, y maderos y ramas como de hueso y residuos orgánicos y plásticos indestructibles y pisadas hacia ninguna parte, huellas borradas por los remolinos de arena, socavadas por la delicuescencia.
Las rocas decoloradas al sol del mediodía, bajo el céreo cenit, costa como de salitre o pólvora. Y un frente de nubes avanzando amenazante, como rebaños o polvaredas o las blancas cejas que aguzan la vista de un loco escrutando, escrutando como un faro en la noche, una y otra vez, una y otra vez como un faro que gira, una y otra vez, obsesa mirada que abarca un ángulo de 360 grados, no tanto para ser visto desde el mar intermitente como para escudriñarlo, para vigilarlo como vigila las costas dislocadas, costas que giran como gira una sardana o como gira el ruedo en torno al toro abatido, piedras tumultuosamente dispuestas, masas proteiformes en las que, a un ojo penetrante, no tardan en revelársele, perfectamente identificables, batallas petrificadas, cargas de caballería, murallas asaltadas, naves estrellándose, todo inmovilizado por los siglos en un eterno instante, como Pompeya o Machupichu, todo hecho piedra como en una gruta la gota de agua se hace piedra, fantasmales selvas de estalactitas, rocas caóticas como el cerebro de un loco, demolición eólica y ruina erosionada bajo aquellos cielos iracundos y el oleaje violento, bahía sublevada por el temporal, devastada frontalmente por el levante, aquella tensa línea que en días claros como hoy, con tiempo despejado y calmo, precisa en su extremo, nítidamente perceptibles, las ruinas de Ampurias, piedras ibéricas, griegas, romanas, pueblos barridos por la arena del viento, enterrados por el mar llameante, ese viento y ese mar que trajeron hasta aquí las batallas y los naufragios como naves que se estrellan, caballeros y caballeros galopantes, asaltantes de murallas y murallas, estas aguas y este aire que son apenas una imagen del impulso que les trajo hasta aquí, de los vendavales, de los mares que llevaban dentro, clave última del paisaje. Y el diáfano zafiro del cierzo y el cenit árido sobre el relieve proteiforme de la costa, excrecencias rocosas, pétreas disgregaciones. Y el sucio cielo ceniciento y los brillos negros del agua, escollos, arrecifes, peñascos derrumbándose sobre la llanura inerme, sobre los cabrilleos procelosos, espuma implacable y furor del aire. Y la gris resaca, esa corriente que le aleja a uno de tierra firme, que le lleva mar gris adentro, cerebro adentro.
FIGURAS EN LA PLAYA. No me gusta tomar el sol tendido en la playa, quieto. Ni siquiera me gusta la arena. Prefiero las rocas.
Ella me hablaba tumbada boca abajo, con los tirantes del bikini sueltos. Dijo que no habían podido localizar la casa de cuando veraneaban allí, después de la guerra. Sólo recordaba que era una casa de pescadores, en una de esas calles paralelas al mar del interior del pueblo. Luego empezamos a ir a Lloret. Papá tenía más dinero y le debió parecer más elegante. Pero yo siempre he guardado mejor recuerdo de Rosas.
Es como si en todo tuviese que haber algo que se interpusiera entre nosotros, dije. ¿Por?, dijo ella. Pues porque yo había veraneado justamente al otro lado del cabo, en Port de la Selva. Antes de la guerra. Yo no recuerdo nada, claro. Pero salgo en una foto. Debía tener poco más de un año.
Una playa de guijarros, con barcas. Y yo sobre una barca, y ella aguantándome. Apenas se le notaba pero, por la época, el embarazo debía estar ya muy avanzado. Quizá su última foto. Ella miraba a la cámara, sonriendo más con los ojos que con los labios.