IX

Lo peor de la vida: que resulte ser exactamente lo que nos habíamos temido. Un Purgatorio en el que somos castigados no propiamente por las faltas cometidas, sino más bien por nuestra adscripción apriorística a tal o cual condena, a tal o cual sector o campo sometido de antemano a determinada clase de castigo. Lo demás, el Paraíso, el Infierno, son sólo los dos términos, por otra parte intercambiables, de una metáfora que hace alusión a ciertas situaciones extremas o en apariencia imaginarias por su analogía con todo lo que se quisiera encontrar y no se encuentra en la aridez del monte; perspectivas opuestas de un mismo accidente del paisaje. ¿Por qué Dante se detuvo en la descripción del décimo cielo, más allá de los nueve cielos móviles y hasta de los nueve coros angélicos, por qué le faltó la fuerza a su elevada fantasía para darnos una imagen de la culminación del Empíreo, por qué la palabra poco es poco para explicarnos con palabras lo que vio en el centro de la Luz, cómo era el fuego del tercer círculo, reflejo de un iris reflejado en un iris, por qué no pudo, igual que un fante che bagni ancor la lingua alla mammella? Porque en el fondo de este fuego descubrió la pupila del Infierno, y entonces comprendió que este último círculo del Paraíso era a la vez el noveno círculo del Infierno o, si se prefiere, el punto de unión entre ambos; que, centro contra centro, eran de hecho una misma cosa, como ante un espejo donde realmente uno no supiera de qué lado queda, donde lo más próximo toca con lo más próximo. Es decir, lo que se temía desde que, llegado al vértice del Infierno, contrariamente a lo que cabía esperar de sus excepcionales dotes de observador puestas al servicio de una delectación sádica, anuncia su resistencia a escribir lo que vio allí arriba, más arriba de lo más profundo, puesto que cuanto dijera al respecto sería poco. Algo que, bien pensado, ya era de suponer para el lector atento del canto número 34, último del Infierno, este canto que como sobrante, al igual que el décimo cielo, parece romper o entrar en contradicción con la simetría y estructura ternaria de la obra, 3 veces 33. ¿Cómo ningún crítico o erudito ha caído todavía en la necesidad de investigar más a fondo el sentido de ese canto sobrante, de ese canto añadido, de ese canto que tiene de más el Infierno sobre el Purgatorio y el Paraíso y que quizá, con más justeza, debiera llevar el número cien, en cuanto nexo de unión o puente entre Paraíso e Infierno, en cuanto que cierra el círculo?

El proceso, el encadenamiento de hechos y, más aún, el motivo inmediato que le habían llevado hasta allí, hasta esa situación, hasta esta forzada actitud, firme como una roca o un militante o un centinela de afilada bayoneta, era en cierto modo una cuestión sin importancia; como un nocturno Comte Arnau que no necesita de los chispazos de su cabalgadura, de aquellos cascos que suenan como cadenas, para saberse condenado, o como el violador Fra Garí en su errabunda vida de alimaña por los riscos de Montserrat, producto no de su sentimiento de culpa, como ingenuamente podría diagnosticarse, sino de una rotunda sanción objetiva, o como un impío Serrallonga en el suplicio, así Raúl sabía que un día u otro aquello tenía que llegar, por más que como en el caso de un Al Capone, que acaba cayendo por perjurio o evasión de impuestos, bien cabía suponer que de otra manera. Tampoco tendría mayor interés, en definitiva, el papel predominante que en todo aquello podían haber jugado determinados rasgos conflictivos de su personalidad –la virtus o la pietas de un Eneas, su capacidad de entrega a un objetivo transpersonal, a una empresa colectiva, ejercitada con la astucia y el cálculo de un Ulises o, muy posiblemente, a la inversa–, sin acertar a explicarnos previamente el porqué de esa personalidad conflictiva; no, no mayor su interés que el de destacar, por ejemplo, el papel decisivo que en su detención jugó Modesto Pírez, el funesto Modesto, el chivato que, sin duda, tampoco debió faltar en la caída de Al Capone, una de las primeras cosas que vio en Jefatura, Modesto Pírez sentado en una silla y con el cinturón puesto, y su mirada de adulto sorprendido en pleno acto de masturbación, la súplica de comprensión contenida en sus desolados ojos, la aceptación de su culpa, la esperanza de que todo se resuelva por el lado cómico. Algún acontecimiento tenía que sacarle de esa vida cotidiana a imagen y semejanza del Purgatorio, imagen de la cual instituciones como la escuela o la mili son, a su vez, imágenes, siempre a la espera del título, del licenciamiento, de la redención final, y entonces todo será diferente. Puesto que así como el elemento natural del enamorado es la cárcel de su amor, o en un místico lo es la cárcel del cuerpo, soporte de sus trances, así, fuego vivificador puede llegar a ser la cárcel real para el condenado, hasta el punto de que, como para el místico o el enamorado, si esa cárcel no existe, se la inventa.

Inmóvil, en posición de firmes ante la puerta abierta de su celda, como un Farinata puesto de pie en su llameante fosa. Pero a diferencia de Farinata, y aunque igualmente aguijoneado por la curiosidad o el tedio, no por voluntad propia, sino –convenientemente encarado– obligado a asistir quisiera o no quisiera, a la ceremonia que, punteada a toques de corneta, se celebraba sobre la plataforma circular del Centro, en el arranque de aquel vasto ámbito, entre nave de catedral y puente de un buque; a mirar sin ver los lejanos destellos morados y el ritual de los movimientos, no menos rigurosos en su ejecución que los que él mismo realizaba en el curso del día, al recorrer la celda en diagonal, por ejemplo, contando los pasos –siete en ésta, como cuatro en la anterior y tres en la primera–, pisando siempre las mismas baldosas, girando siempre del mismo lado –el derecho–, dando con los codos contra las paredes en ángulo cada vez que giraba, y vuelta a empezar, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. O cuando hacía siete enjuagues después de lavarse. O cuando se tomaba su ración de rancho –lentejas, judías, lentejas, garbanzos, lentejas, judías, lentejas, garbanzos, lentejas– en setenta cucharadas justas, siempre susceptibles, por otra parte, de ser graduadas. O, en cada recuento, contar hasta veinte, treinta, cuarenta, según los casos –aunque afinando, arriesgando más cada vez, por aprisa que contara–, antes de ponerse en posición de firmes ante el umbral, en el intervalo que media entre el paso del cabo de galería que va abriendo las celdas y el paso del funcionario entrante o saliente que recuenta y su séquito, intervalo calculado en función de la distancia, cada vez variable, que separaba el paso de aquél del de éstos al recorrer las celdas de enfrente y, sobre todo, cuando llegaban al fondo, a la última del otro lado y pasaban al de aquí, en función de sus voces, 237 uno, 236 uno, 235 uno, más y más próximas a medida que se acercaban, hasta aparecer justo, cada vez más justo, 234 uno, para encontrarse con Raúl en posición de firmes, plantado ante el umbral más de un sobresalto que de un salto, con la expresión crispada y una corriente de aire a su espalda, coreado por la silenciosa expectación de los comunes del otro lado de la galería, donde el cabo de planta, haciendo correr la llave a todo lo largo de la barandilla, iba ya de celda en celda, chapando o simplemente pasando la condena, según el momento. O en la maniática disposición de sus pertenencias detrás de la cabecera, sus cosas de aseo, las camisetas, los calzoncillos, los calcetines, el papel higiénico, el tabaco, la pluma, las cerillas. O en el orden estricto que seguía al vestirse y desnudarse. O en la regularidad con que fumaba un cigarrillo cada media hora sin necesidad de consultar el reloj; un error superior a tres minutos de más o de menos era mala señal. Como un error en el orden de ponerse y quitarse las diversas prendas de ropa, o en el de disponer sus cosas; o como descontarse en sus numeraciones. Y como, en general, también lo eran el mal tiempo, los cielos nublados, la lluvia. Tendencias interpretativas y rituales de claro signo neurótico, desde luego; pero no especialmente agudizadas por las circunstancias. De igual modo que ahora, sin sus pastillas, sin sus somníferos, sin sus tranquilizantes, sin sus estimulantes, no dormía peor que antes ni se sentía más fatigado ni más desanimado. Al contrario. Aunque, por supuesto, si tuviera sus pastillas volvería a tomarlas, no sólo por miedo al insomnio, la fatiga y el desánimo que pudieran asaltarle, como por la mala suerte que le podría traer el no tomarlas. Un insomnio, por otra parte, casi podría decirse que inducido –pese al cuidado con que extendía el abrigo sobre el somier de la litera de encima para que le resguardara de la bombilla, una bombilla empotrada en la pared, sobre la puerta, que permanecía encendida durante toda la noche–, voluntariamente suscitado merced a una metódica batida, a la hora del sueño, en los dominios de su pensamiento, de su memoria, de su imaginación. Insomnio: ojos, círculos, búhos.

No sólo un ritual maniático. No. Una forma, además, de jalonar el tiempo, un sistema personal superpuesto al orden del régimen penitenciario, a sus pautas de ranchos y recuentos, sometiendo la sucesión cronológica a un ritmo hasta entonces inexperimentado, conforme al cual los días pasaban de prisa y las horas despacio y, todavía más despacio, los minutos. Así, se diría que habían sido más lentos los minutos transcurridos con antelación al instante presente, nueve y nueve, si su reloj iban bien, que la semana entera que había pasado desde el domingo anterior a la misma hora, un domingo que prefiguraba, sin duda, lo que iba a ser este domingo; repeticiones que al prolongar el instante trastornan –vértigo o inmovilidad, aceleración o pausa– el desarrollo temporal. Pausas que después de romper bruscamente el curso de sus reflexiones, como un despertador que nos saca del sueño, le hacían volver a ellas con renovada penetración, con renovado distanciamiento, como si en el intervalo la clave presentida se hubiera impuesto por sí sola, precipitando los mecanismos de la conciencia, enriqueciéndolos, lo mismo que otras pausas a las que naturalmente deriva todo hombre sometido al aislamiento: intercambiar el mayor número posible de palabras con los vandálicos distribuidores del rancho; con el siempre más cordial cabo de planta, un tal Barquero o Botero; leer el número más reciente de Redención desde la primera palabra hasta la última, único eco del mundo sublunar; cantar en alta voz canciones que alienten el ánimo o traen buena suerte; dar caza a las arratonadas borlas de polvo que circulaban como dueñas del piso, llevadas por las corrientes de aire; mirar por la ventana, desde la litera de encima, cuando los reclusos salían al patio; o, atento a los ruidos de la galería, a los pasos, a las voces, a los golpes de llamada, a la voz del cabo de planta preguntando el número, ¿numbro?, a los toques de corneta y las risas locas, a los altavoces, pegar el ojo al chivato como a un microscopio, intentando descifrar los peculiares ritmos de vida del lugar; y los diálogos de celda a celda a través del muro, con su vecino, el 233; intentar incluso seguir en lo posible el verbo de la Merche, confusamente repetido por los altavoces, palabras relativas a la próxima Pascua, conmemoración de la pasión y gloria del Señor, Pascua significa travesía y se celebraba antiguamente para conmemorar la travesía del mar Rojo, pero ¿y qué es la vida del hombre sino una travesía, un tránsito hacia su salvación o condenación eterna?; repasar las figuras ya descubiertas en las aguas de las baldosas; seguir el sol en su recorrido por el suelo de la celda, seguir el curso de sus mutaciones desde que entra como una rendija y se ensancha y va tomando formas geométricas, polígonos oblicuos, cuadriláteros irregulares, rombos, rectángulos pronto deformados, rombos, cuadriláteros irregulares, polígonos oblicuos, en sentido opuesto al inicial, adelgazados más hasta desaparecer como por una ranura, geometrías resultantes de la proyección de la reja sobre el suelo, un retículo de sombras superpuesto a la soleada cuadrícula de las baldosas como las líneas de transportes públicos se superponen al plano de una ciudad, un plano como el del Ensanche, de ese Ensanche donde está situada la Cárcel Modelo, en el espacio acotado por las calles Rosellón, Provenza, Entenza y Nicaragua.

¿Cuántas veces no lo había soñado en los últimos tiempos? Un inspector se disponía a detenerle en el Paseo de la Bonanova, o en el jardín de Vallfosca, o –también en Vallfosca– por un recodo del camino aparecía un camión lleno de grises con fusil y casco de acero, como soldados alemanes, o varios policías de paisano le perseguían por las galerías Astoria, situadas en el mismo lugar que había ocupado Almacenes El Siglo, destruido por un incendio pocos años antes de que él naciera, en vísperas de Reyes u otra fecha de similar resonancia. Y él tenía que huir o esconderse y, al disparar, la pistola se le encasquillaba, o al menos las balas no salían. O bien, en una oficina, varios inspectores le preguntaban acerca de algo, un algo siempre difícil de recordar una vez despierto; y él mentía, inventaba coartadas. Lo mismo que cuando fue detenido realmente, mientras era interrogado en sentido literal y no en sentido simbólico, no por policías que de hecho actúan como agentes represivos del superyo. Un sueño que desde la realidad de su detención había dejado de repetirse. Igual que tampoco había vuelto a soñar que, consciente de que no sabía conducir, conducía un coche a gran velocidad y, aunque manejaba los mandos al azar, conseguía siempre no estrellarse. Una sensación más bien excitante, similar en cierto modo a cuando, de niño, montaba con Manolo en los autos de choque de las ferias de barriada; una sensación que no había vuelto a experimentar en sus sueños a partir del momento en que empezó las prácticas para sacar el permiso de conducir, antes incluso de pasar sin problema el examen, aquella fría mañana de enero en Montjuich, cuando angustiado por algo más profundo que el simple nerviosismo propio de la prueba, quizá la situación en sí, infantil y regresiva por lo que tenía en común con otras situaciones ya vividas, como el colegio o el servicio militar. Como si presintiera que ya iba seguido. Porque así debió ser, puesto que la misma policía le había hecho una relación detallada de sus idas y venidas el día de san Raimundo de Penyafort, 23 de enero, fecha anterior a la del examen. Y todo parecía indicar que fue justamente este día cuando comenzaron a seguirle, el día de san Raimundo de Penyafort, jurista insigne, transfetador super undas y patrón de los abogados; a raíz del juicio bufo que se celebró en el patio de Letras contra un estudiante disfrazado de policía, cuando entre los espectadores descubrió a Modesto Pírez y decidió llamarle la atención, no sólo por la mezcla de irritación y malestar que conseguía producirle la personalidad del canario y hasta su misma presencia física, sino porque venía como a confirmar las aprensiones que Leo le había expresado al respecto no hacía mucho, una noche en que salieron a cenar juntos, su preocupación por la confianza que Floreal parecía haber depositado en un charlatán como aquel, cuyo comportamiento no hacía sino incrementar su peligrosidad, moviéndose como se movía, cayendo en casa de todos los amigos de Guillén, compañeros, nombres y direcciones que Guillén sólo pudo haberle facilitado en un momento de ebriedad parisina, de nostalgia irresponsable. Tuvo un aparte con él –sin duda observados no por un estudiante disfrazado de policía sino por un policía disfrazado de estudiante– para advertirle que allí había policía secreta, que su presencia podía llamar la atención por más que viniera con un amigo universitario, sobre todo si se tomaban la molestia de averiguar que no era universitario, que acababa de llegar de Francia y trabajaba en la construcción. No te preocupes, compañero, que antes de hablar me cuelgo del cinturón si hace falta, dijo el canario Modesto Pírez. Una conversación breve, pero que no podía pasar por alto al policía o a los policías que ya entonces seguían a Pírez y que a partir de entonces, probablemente, empezaron a seguirle también a él. Hasta el 12 de febrero, día de santa Eulalia, cuando al poco de llegar a casa después de una salida nocturna en la que afortunadamente no había bebido demasiado, sonó el timbre de la verja.

Porque bien podía haber acabado ni relativamente temprano ni relativamente sereno. Una de esas veces, por ejemplo, que a la mañana siguiente, en la ducha, con la resaca, le hacían prometerse no ceder más, no aceptar más por puro hábito, por el simple hecho de que hasta entonces siempre había aceptado, la propuesta de salir a dar una vuelta aquella noche, cuando hacia media tarde le telefoneaban Nuria, Federico, Fortuny, Pluto, los Adolfos, salidas que no le apetecían, que le aburrían, los lugares, la gente, los amigos, todos, él en primer término, ajustándose al tipo de broma, al papel que les era habitual, parodia de sí mismos y de otras épocas, escenificaciones aterradoras por lo que tenían de reiterativo, de intento degradado de volver atrás o –casi peor– de seguir como siempre. Lo de menos era que sólo en muy contadas ocasiones bajaran hacia las Ramblas, sea por natural agotamiento de la zona, sea por el confort y la calidad del alcohol que, de acuerdo con los precios y la clase de público, caracterizan la vida nocturna de la parte alta de la ciudad. Otros ambientes, otra fauna, pero las mismas bufonadas. Y si la simple llamada telefónica, la propuesta aceptada con tan poca convicción, bastaba para estropearle el trabajo por el resto de la tarde, cuando además bebía, cuando pese a su propósito de no beber más de la cuenta las cosas se liaban y, en un momento dado, a partir de cierto punto, se olvidaba del propósito y de la hora, y de pronto se daba cuenta de que ya amanecía y de que estaba borracho, entonces era todo el día siguiente lo que perdía y, a veces, hasta el otro, niebla en la cabeza y corrosivos en las entrañas, y –lo más persistente– el agotamiento opresivo que produce todo deber incumplido y que únicamente se desvanece al reanudar el trabajo abandonado a raíz de la fatídica llamada telefónica. ¿Qué podría haber llegado a pasar si hubiera sido detenido al volver de una de ésas, no ya por Fin de Año, sino, pongamos por caso, la noche que se encontraron a Montserrat cayéndose por Las Vegas, acompañada de Monsina y de un azorado joven de chaqueta azul marino con botones de plata? ¡Raúl, machote, el mejor de los Ferrer Gaminde: eres cojonudo! Les hizo sentar a todos, casi por la fuerza, y pidió otra botella de whisky. ¿Yo? Pues tan jodida como siempre; en el mal sentido de la palabra, por desgracia. Se volvió hacia la penumbra de otra mesa. ¡Claudio, coño, Claudio, mira qué primo más cojonudo tengo! Mamá es un sol, dijo Monsina. Salió a bailar con el joven de la chaqueta azul marino con botones de plata y Montserrat tiró de Adolfo. Tú, vamos, que no quiero pecar con un primo hermano. Se colgaba de Adolfo, derrumbándose, y volvieron enseguida, Montserrat con unos pasos de tango más bien involuntarios. Se deslizó entre la silla y la mesa, arrastrando algunos vasos al caer. La impresión del batacazo pareció espabilarla, aunque seguía oscilando en la silla con una sonrisa como de sabiduría, excesivamente fija la mirada. Coño, Raúl, a ver cuándo salimos a tomar unas copas mano a mano. Cuando lograron sacudírsela, Raúl se había bebido cuatro o cinco whiskys y ya daba igual seguir y, una vez todo cerrado, acabar en el piso de cualquier asiduo más o menos conocido que iba reclutando gente sobre la marcha.

La noche de la detención, en cambio, la del 12 de febrero, fue demasiado borde desde el principio para ver de contrarrestar nada bebiendo. Un Federico apagado y tendente a irse apagando más y más. Un Eme Eme más pelma que nunca. Y las mujeres tirándose con bala rasa, y Mariculo intentando imponer su tema, el problema de las chachas, y Pluto cortando. Lo malo son las cochinadas. Escupen en la sopa antes de servirla. Se meten los dedos en el culo al hacer albóndigas. Cuando tienen la regla, la mezclan a la salsa de tomate. Es más que sabido. Como lo de los panaderos que se hacen pajas al amasar. Y la Mariculo: el cochino eres tú, puerco, más que puerco, siempre tienes que arreglártelas para fastidiarlo todo. Y Nuria Oller repitiendo, ¿y por qué no vamos al Carmelo? Va, tú, anda, vayamos al Carmelo. Buscando la mirada de Raúl, algún significativo chispazo de entendimiento, al invocar con su insistencia la reactualización de aquella otra noche, hacia finales de octubre, cuando Federico propuso que subieran al Carmelo y, repartidos en tres coches, se persiguieron por las aviesas revueltas hasta lo más cerca posible de la cumbre, y luego, entre portazos, de súbito en la oscuridad quieta, continuaron a pie cogidos de la mano, tanteando, deslumbrados por los resplandores que aureolaban la cima, y una vez allí, contra la cresta, al abrigo del viento norte, como aislados en el espacio, como a mitad de camino entre el cielo frío y la ciudad que, como un cristal, parecía reflejar los relumbres y negruras de allá arriba, recitaron a gritos fragmentos de san Juan de la Cruz y Góngora y Quevedo y de la Epístola Moral a Fabio. Pero fue mientras miraban las constelaciones cuando Raúl sintió el pelo de Nuria acariciándole la mejilla, un roce que si al principio podía juzgarse casual, su misma persistencia, junto con los anodinos comentarios sobre las estrellas dichos junto a su oído, como besándole, no dejaban lugar a duda. Sentir también sus pechos mientras ella, pegada a él, un poco detrás, señalaba a lo alto preguntando algo, fue casi innecesario.

Aunque imprevista, las circunstancias en que tuvo lugar su detención difícilmente podían haber sido más convencionales. ¿Hasta qué punto pudo haberla precipitado el hecho de que Federico, al recoger a Raúl en su coche, hubiera despistado a la policía sin siquiera darse cuenta, de forma que ésta, ante el temor de que se les escapara de las manos, decidiese tirar de la manta, acabar de una vez? No debía ser siquiera la una cuando Federico dijo que se iba a dormir, y Raúl se apuntó enseguida y Nuria terminó por hacer lo mismo, más bien de mala gana. Dejaron primero a Nuria y luego siguieron hasta casa de Raúl. Federico quitó el contacto ante la verja y se recostó en el volante, pero apenas se demoraron hablando, los dos como bajos de tono. Fue unos veinte minutos más tarde –ya estaba en pijama y con una pastilla de somnífero a cuestas– cuando sonó el timbre. Se puso el abrigo sobre el pijama y abrió personalmente: tres inspectores. Fuera quedaron el chófer y un gris, paseando ante la puerta. La noche era muy fría. Mientras se vestía registraron superficialmente la habitación, curiosearon sus papeles. Le pareció que se guardaban algún escrito. Papá salió en bata. Eloísa les observaba desde el fondo del pasillo, un chal blanco sobre un largo camisón blanco en la penumbra. No se preocupen, una diligencia de rutina. Y Raúl: sobre todo, tranquiliza a Nuria. Antes de salir le dejaron mear y volver a su cuarto por el tabaco, pero sin perderle de vista. En el coche le situaron detrás, entre dos inspectores. Si quiere salir al Paseo de la Bonanova, tome la siguiente, dijo al chófer. Ésta no tiene salida. Sí, ya sabemos que conoce pero que muy bien la ciudad, dijo el inspector que se había colocado delante, volviéndose a medias; hay que andar vivo para seguirle. Uno de los de al lado le dio una palmada en el muslo. Pero lo que de veras nos interesa, más que sus conocimientos urbanísticos, es lo que se refiere a sus conocimientos sobre el partido. Y Raúl: ¿qué partido? El de al lado volvió a palmearle: usted sabe mucho mejor que yo que no hay más que un partido. Y Raúl: lo siento, pero no entiendo ni lo que me dicen ni lo que hago yo aquí. Y el de al lado: claro. Cualquiera va a empezar diciendo lo contrario, ¿no? ¿Qué iban a pensar en Moscú? Una sonrisa calculadamente desagradable, una sonrisa que ponía entre paréntesis, sin duda sinceramente, la parte de sinceridad que pudiera haber en la afirmación de Raúl, la realidad de su perplejidad, el significado de una detención producida cuando se hallaba prácticamente al margen de toda vida de partido, la velocidad de las preguntas que se hacía, superior con mucho a la del coche que les llevaba, preguntas que sólo empezó a orientar correctamente cuando, al atravesar las oficinas de Jefatura, se tropezó con Modesto Pírez, sentado en una silla, con el cinturón puesto. La escueta temática de la declaración que acto seguido le tomó un funcionario de hablar cortés, casi tímido, acabó de centrar la cuestión, de aclarar de qué lado venían los tiros. ¿Nombre? ¿Edad? ¿Estado? ¿Profesión? ¿Conocía a Modesto Pírez, alias Salvador, miembro del partido comunista? El declarante contesta que no, repetía en voz alta el funcionario al transcribir la respuesta; tecleaba con lentitud de principiante y no ponía objeción alguna al contenido de las respuestas que iba recibiendo. Profesor de universidad, dijo en un inciso. Debe ser apasionante dedicar la vida a la enseñanza. Ordenó el original y las copias y le rogó que las firmara. Ahora tenga la amabilidad de aguardar aquí, profesor; vamos a ver si les gusta el estilo, dijo, y le hizo un guiño. Le dejó solo en la pieza, un pequeño despacho interior, con tragaluces que permitían ver los neones de las piezas contiguas. Se oían voces y risas en distintas direcciones. En un momento dado se asomó a echarle un vistazo un tipo macizo, sanguíneo, torácico como un negro; se retiró sin dejar de mirarle, igual que un coleccionista mira su última adquisición antes de irse a dormir. Raúl se asomó a su vez al pasillo y preguntó a un funcionario que pasaba de largo si podía telefonear a casa para tranquilizar a la familia. Lo voy a consultar, le dijo el otro, y Raúl volvió a sentarse en espera de la contestación, importante no sólo como índice del ambiente que allí se respiraba, sino también, caso de ser afirmativa, por lo que el hecho de que le permitieran hacerlo podía significar tanto para papá y Eloísa como para los amigos, por más que la llamada telefónica que papá debió hacer a Nuria en cuanto salieron de casa ya debía haber puesto en marcha a estas horas la señal de alerta, Leo ante todo, pero también Fortuny y hasta Federico y Adolfo, dado el confuso origen de todo aquello. Papá, que últimamente, como si presintiera algo, mientras Raúl trabajaba, entreabría la puerta de su habitación y le miraba brevemente antes de volver a cerrar sin decir palabra, como para cerciorarse de que estaba, o tal vez, igual que cuando de noche, al oírle llegar, agitaba una cucharilla en el vaso de sus infusiones, haciéndola sonar para cerciorarse de que era él, no Raúl, sino él, quien estaba.

Yo soy un hombre que, en continua lucha con las circunstancias adversas, se ha entregado de cuerpo entero al cumplimiento de sus deberes de cristiano. He cumplido con Dios. He cumplido como esposo y padre de familia. He cumplido con mi prójimo, trabajando por el progreso industrial y económico del país. Y he recibido tantos golpes de la vida que la parte que pudiera tocarme de purgatorio creo haberla saldado ya de sobras en este mundo con los sufrimientos padecidos. Primero, la pérdida de Jorgito, mi primogénito. Luego, lo de Eulalia, como un mazazo. Luego, la época roja, siempre con el alma en vilo, refugiado allá en un pueblo, con dos hijos que alimentar y sin recursos. Luego, el descalabro de la Anónima. Y ahora, en mi vejez, no diré que con apuros económicos, pero sí teniendo que contar al céntimo. ¡Con el dinero que había llegado a manejar! Habla hundido en un sillón de la salita, como abrumado por la ignominia de haber intentado hacerse el filisteo y no haberlo conseguido. Y Eloísa lo escuchaba desde el pasillo, sentada junto a la puerta, haciendo media. Ay, Señor, dijo. De vez en cuando se llegaba a la cocina, a vigilar el caldo de la cena. Y papá contaba lo de la Anónima pasando por alto no sólo las imputaciones relativas a la supuesta competencia de su gestión al frente de la sociedad –el desorden de su gerencia, su descuidada administración, el carácter fantasioso de sus proyectos–, imputaciones que habían servido de base al consejo de administración para desposeerle de su cargo, sino incluso pasando por alto el hecho de que tal derrocamiento hubiera tenido lugar, dando por bueno el pretexto oficial de jubilación, una jubilación, eso sí, a su entender del todo innecesaria por más que tuviera la edad. Lo que es la ingratitud humana. A mí, el fundador y principal accionista, el hombre que puso en marcha la Anónima, cuando empiezan a verme viejo y enfermo, sin la energía de la juventud ni el aliento de cuando tenía a Eulalia a mi lado, pero todavía en pleno uso de mis facultades, va y me jubilan, como si ya no sirviera para nada, igual que se tira un trasto, abandonado y olvidado de todos, sin ser bueno ninguno ni tan siquiera para felicitarme el santo. Así agradecieron lo que yo había hecho por la Anónima. El error fue haber vendido mis acciones. Creo que ahora están dando mejores dividendos que nunca. Claro que casi es mejor ni presenciar cómo otros cosechan lo que uno ha sembrado con su esfuerzo, con sus relaciones, con su iniciativa, con su asesoramiento jurídico. Y Eloísa: no se preocupe, que también a ellos les ha de llegar la hora del retiro. ¿Y de qué les servirá lo que hayan hecho o dejado de hacer delante de la Esfinge? Y papá: yo, al menos, tengo la conciencia bien tranquila. Y lo que Dios me ha quitado por un lado me lo ha devuelto por otro. Esta casa, por ejemplo, que cuando me casé todo el mundo decía que quedaba tan lejos. La compré por nada y ahora vale una fortuna. Y espero que las ordenanzas municipales autoricen, que acabarán autorizándolo, edificar en altura, como en el Paseo de la Bonanova. Imagínese entonces: una millonada. Recuerde lo que le digo: esta casa ha de ser la hucha de mis hijos. Calló, como entregado a cálculos mentales. Y la finca, apuntó Eloísa; lo que debe valer aquello. Imagínese. La cantidad de hectáreas que hay allí y, hoy día, que todo se vende a palmos; usted misma. La tontería que hizo Gregorius vendiendo su parte. El pobre señor ya no estaba muy en sus cabales. Y, mire, se ve que se le metió esta idea en la cabeza. La lástima es lo de los chopos, que aquello ya no se cultive, que no dé rendimiento. Con lo buenas que eran las patatas de allí, y la verdura, y aquellos pollos que criaba el Polit. ¿Se acuerda de cuando cada semana llegaba el cesto? No me voy a acordar. Aquello sí que era natural; no como lo de ahora, que todo es química. Hubo un silencio. Raúl, ¿y te ves, hijo? Te vas a sacar los ojos. ¿Por qué no enciendes la luz? Calle, que ni las agujas me veo. ¿No será el fin del mundo? Ponga la radio, señor, que esta casa da miedo. Es que hay niebla, mujer. ¿No oye las sirenas del puerto? Está todo tan oscuro. Es que está haciendo un otoño bien malo: nieblas, lluvia, frío. No sé, señor, pero esto es como las doce plagas. ¡Egipto! Eso sí: no quisiera morirme sin conocer Egipto.

Hablaba como quien ante un magnetofón ensaya diversas variantes de un mismo discurso. Y Eloísa, como ese espectador ya entrado en años que no deja de ver el Tenorio cada noviembre, que incluso sabe de memoria párrafos enteros, escuchaba atenta, asentía, se asombraba, ya ves, ya ves. Menos versátil que papá en sus juicios, cuando hacía sol, por ejemplo, y papá plegaba el periódico sentado en el jardín. De todas maneras, Eloísa, nos ha tocado vivir una gran época. Dentro de pocos años iremos a la luna como ahora vamos a Vallfosca. Y el hombre conocerá el sistema solar y el origen de la vida. Nunca las perspectivas han sido tan apasionantes. Y Eloísa: y qué nos importa la luna y el sistema solar a usted ni a nadie, con sólo que nos duela una muela. Eso de la luna y de la ciencia es como la televisión, que si quieres mirar, pues miras, pero por mucho que te distraigas nadie te quita que sigas aquí y no allá, y que tus problemas sean éstos y no aquéllos. Menos versátil, sí, el humor menos variable, salvo cuando venía Nuria, y entonces, por más que hicieran, se cerraba de banda, coriácea, insobornable. No están los tiempos para gastar en flores, decía si Nuria traía flores cuando venía a comer a casa. Y si lo que traía eran bombones y ella no podía resistir la tentación: yo no tengo manías. Yo no soy de estas personas que van diciendo esto me gusta, esto no me gusta. Yo como de todo. Y cuando llegó con la foto en que aparecían juntas en el jardín: no me gustan las fotografías. Para el tiempo que nos toca vivir. Eres joven y, cuando te das cuenta, ya eres vieja. Y ella, que luego se quejaba de los invitados, es decir, de Nuria, como si no tuviera bastante trabajo con los de casa, el día en que se les ocurrió comprar previamente en una mantequería, aparte del postre, un capón relleno, se les plantó en plena cocina. Muy bien. Entonces puedo irme a descansar. Ya veo que estoy de más. Por mí, mejor. Si se las arreglan tan bien sin mí, con irme al Amparo, todos contentos. Si era fiesta o día de salida, se iba sin despedirse, con su abrigo y su bolso y su pañuelo de campesina rusa anudado bajo el mentón. El enfado le duraba aún a su regreso, mientras preparaba la cena en silencio, con estrépito de cacharros, y a veces todo el día siguiente. Y los intentos de papá para calmarla no conseguían sino el efecto contrario, por un principio semejante al que hace que el boxeador arrecie sus golpes al ver la sangre en la ceja abierta del contrincante. Pero Eloísa, hija mía, guapa, ¿no ve que lo han hecho con la mejor intención, para ahorrarle trabajo? Vamos, mujer, por Dios, no se ponga usted así. ¿Trabajo?, saltaba Eloísa. ¿Es ella quien lava la ropa sin lavadora y se apaña con una cocina que da vergüenza y hace la limpieza sin electrodomésticos y le prepara a usted sus potingues? ¿Y daría la cara ella por usted cuando el chico de la farmacia o quien sea trae algo y usted no le da una propina o cuando vienen a cobrar algo y usted me dice que les diga que vuelvan otro día sólo porque sí, para retrasar eso de soltar unas pesetas, y yo ya ni sé qué cara poner, con lo poco que le cuesta en cambio firmar un cheque a cualquier timador de esos del tocomocho que venden enciclopedias por las casas y suscribirse a lo que el primero que caiga le proponga? Ya está bien, ya, que los rusos tengan la bomba atómica. Así acabaremos de una vez. Para lo que vale la pena vivir. Mejor irnos todos a la luna. Y papá, pero Eloísa, Eloísa, no se sulfure, que lo han hecho por su bien. ¿Por mi bien? ¿Lo haría ella por el sueldo que cobro? ¿No sabe usted que las hay que cobran más del doble de lo que yo estoy cobrando? Imagínese, un disparate. El mundo se ha vuelto loco. Hoy día casi da miedo salir a la calle. Pues con no salir, con meterme en el Amparo, sanseacabó. Para estar aquí, preparando los potingues que usted se toma. Y luego todo son corridas al cuarto de baño. Porque estoy enfermo, mujer. ¿Enfermo? ¿Y cómo no va a estarlo con esos potingues que lo están matando? Y desde la cocina, mientras papá iniciaba una prudente retirada hacia la salita, continuaba exclamándose, exponiendo rotundamente su concepción de lo sano, de lo que alimenta, de lo que aprovecha, de lo que conviene al cuerpo, conforme a un esquema cuyas líneas maestras, establecidas por contraposición, serían las siguientes: ante todo, lo sustancioso. Es decir: lo que tiene sustancia frente a lo que no la tiene. Lo especiado y picante frente a lo no especiado. Lo salado frente a lo soso. Lo graso y sabroso frente a lo desgrasado y lo desabrido. Lo dulce frente a lo seco. Lo espeso y cargado frente a lo claro, a lo flojo. Lo astringente frente a lo laxante.

Llegó sin ruido, envuelta en frío, con su abrigo, su gran bolso, su pañuelo de campesina rusa. No rezongaba, no despotricaba. Aguardaba en una silla de la cocina a que cociera la verdura, como si hubiera hasta olvidado sus desplantes a Nuria, el portazo de aquella tarde al irse. Fíjate, Raúl, la suegra de mi sobrino tiene el maligno. Ella no lo sabe, le han dicho que es un reúma y que por eso le dan corrientes. Se ve que hace ya tiempo que, por las noches, oía y todo al bicho, de grande que es, royéndola por dentro; pero no decía nada. Y ahora se ve que le dicen que no, que es el reúma que hace que crujan los huesos. Pero es el maligno. Suspiró. Y habló de la pena del sobrino y de la pena de ella por los dos, por la pobre y por su sobrino, todavía en completa ignorancia de que Raúl, así como sabía que no se llamaba Eloísa sino Eulalia, que había cambiado de nombre porque papá le pidió que lo hiciera cuando entró en casa, sabía igualmente que su sobrino no era su sobrino sino su hijo. Lo demás, las circunstancias del caso, ni ese hijo debía conocerlas. ¿Seducción? ¿Estupro? ¿Violación? ¿Y el padre? ¿El cura en cuya casa comenzó a servir? ¿Un señorito como esos de los seriales? ¿Un padre de familia? ¿El guardia de asalto del que hablaba a veces? Algo que únicamente ella debía saber con exactitud, la parte subterránea de su secreto. Un secreto que sólo semanas más tarde había de descubrir que para Raúl no era tal, en su esencia, desde hacía años; aunque Raúl fuera el pequeño, aunque no fuera el señor como papá ni un sacerdote como Felipe. Fue a raíz de que el José, el Pepe, planteara el problema de que Eloísa se fuera a vivir con ellos. Probablemente, un problema relacionado con el progresivo agravamiento de la suegra, con el problema, cuando ella se fuera –como decía– de quién iba a estar al tanto de los críos mientras los padres atendían el bar; muy probablemente, sí, aunque de esto nada se dijo, claro. Había telefoneado un domingo por la tarde pidiendo por Raúl, aprovechando seguramente que Eloísa estaba con ellos, para tratar personalmente, dijo, un asunto confidencial. El bar estaba situado en el Mercado de Santa Catalina, y el Pepe, el José, le dijo que aquello no era para hacerse millonario, pero que tenía una clientela fija, la suficiente para ahorrar cada mes unas pesetas. Hacía tiempo que Raúl no lo veía, que no venía por casa, desde que se casó, aproximadamente. Estaba cambiado. Debía tener más o menos la edad de Felipe, pero igual podría ser su padre, grueso –aun prescindiendo del mandily casi calvo. Les gustaría que su madre se viniera a vivir con ellos, explicó; se estaba haciendo vieja y allí podría ayudarles sin cansarse demasiado. Cuando la habitación de la madre de mi esposa quede libre, dijo. No es que sea muy espaciosa, pero una vez vuelta a pintar quedará maja. Raúl le dijo que por supuesto estarían de acuerdo con lo que ella decidiera; pero que era él, su hijo, quien tenía que hablarle. Lo hizo a la primera oportunidad, el jueves siguiente. Eloísa volvió a casa antes que de costumbre, descompuesta, enfurecida, quién sabe si por los términos de la propuesta, por la forma probablemente algo tosca de exponérsela, por las palabras probablemente poco afortunadas del José o, más probablemente todavía, por la súbita revelación de que Raúl, el pequeño, también estaba al cabo de la calle en lo que a su secreto se refería. Dijo que se iba, que se iba al Amparo, que ella no quería ser una molestia para nadie. Y papá la seguía por la casa, ¡pero mujer!, ¡pero mujer! Su indignación sólo empezó a ceder cuando se convenció de que la idea no había sido de ellos sino de su hijo, del José, del Pepe. Es tonto. Tonto, siempre lo he dicho. Tonto. Ya lo escarmentaré yo. Ya le enseñaré yo lo que es bueno. Llevaba todavía su pañuelo de campesina rusa, entreabierto el abrigo, únicamente desabotonado, mostrando la agitación de su busto abultado y uniforme, toda ella sofocada, la ira, el calor de la cocina. Yo estoy mejor aquí, con los de esta casa, con los de aquí. Y papá, pero Eloísa, guapa, por Dios, claro que ésta es su casa, si usted es casi como de la familia.

Papá orinando en el jardín, su sexo como una raíz entre las manos. Se volvió al oír los pasos de Raúl sobre la escasa grava. Es muy sano para las plantas, dijo; materia orgánica. Cada día lo hago en una diferente. Se abotonó distraídamente, meneando la cabeza. Pobre Eloísa. Se ha llevado un disgusto tremendo con toda esta historia del dichoso Pepe. Suerte que es una mujer muy entera. Con una tragedia como la suya o como la mía uno sólo puede salvarse a fuerza de entereza. Es tan fácil dejarse ir. Mira Gregorius. Como si yo no hubiera tenido también tentaciones. Pero he sabido resistirlas. No es que quiera meterme con la pobre Leonor, que conste, que por lo demás es una buena mujer y, en cierto modo, es una suerte que haya sido ella y no otra. Pero no es una persona para él, para un hombre de su clase, de su cultura. Y es que Gregorius siempre ha sido un desastre, un comodón, un egoísta, un ser que sólo piensa en sí mismo. No ha luchado como yo, no ha sufrido. Ahora tú compara: un caso completamente diferente. Completamente. El día que vinieron a comer, casi me hace saltar. La pobre Leonor toda cohibida de estar sentada en nuestra mesa, esforzándose en ayudar a Eloísa, en no llamar la atención, y él, en cambio, tan pancho y tan campante, sin preocuparse más que de su comida. Daba un coraje verle. No le quitó el ojo mientras se servía, verdaderos palmetazos sus pupilas, censor, colérico, envarado. Y Gregorius, con la atenta aproximación del miope, iba eligiendo de la fuente sin siquiera enterarse. A mí me gusta lo verde y lo picante, dijo.

Leonor le abrió la puerta y se lo encontró sentado en el recibidor, en camiseta, la mirada abstracta, fija en el globo encendido del techo. Al oír voces le contempló atónito, con una incredulidad y una efusión que sólo podían explicar el hecho de que le hubiera confundido con algún pariente o amigo de su propia infancia, muerto mucho tiempo atrás. Le abrazó repetidamente, apartando a Leonor, que decía que pasaran al living. Deje, déjame, mujer, aquí se está mejor. Le olía mal el aliento. Cuando Leonor supo que Raúl venía a invitarles a comer a casa, en parte por atolondramiento y en parte porque sin duda respondía a una realidad, se apresuró a advertir que, aunque él estaba muy recuperado, todavía no era el de antes. Y como para darle la razón, mientras ella hablaba, Gregorius volvió a la contemplación del globo. Mire, no hay manera de hacerle poner la camisa. Y esto es porque ve que hay sol y entonces dice que tiene calor. Pero si ve que está nublado, por más que estemos en verano, se empeña en salir con abrigo. Y es que se toma pastillas a escondidas y, a la que te descuidas, come y bebe y fuma y hace todo lo que el médico le tiene prohibido, y no hay manera de controlarlo, siempre se las arregla para jugármela. Hasta en el excusado lo he pillado fumando. Los días de cada día, pues lo llevo al Corte Inglés o al Sears o a las exposiciones, y así pasa la tarde. O a la Clínica Barraquer, a la sala de espera, y allí lee las revistas. Pero los domingos, después de misa, ¿dónde le voy a llevar sino al parque? Alguna vez, ahora que hace buen tiempo, lo llevo a la terraza de un bar, pero entonces pide un vermut o un café o Anís del Mono, y si yo digo que no, se pone furioso y agarra una verdadera pataleta, y así hasta que todo el mundo nos mira y acaba saliéndose con la suya. No se le puede dejar solo. Se compra tabaco y embutidos todavía no sé cómo. Y cuando se encierra a fumar en el retrete tiene la malicia de abrir las ventanas para que se vaya el humo. Calla, dijo Gregorius. Tomó del brazo a Raúl, sometiéndole de nuevo a su penetrante halitosis. Oye, ¿piensas ir este verano a Vallfosca? Yo ya tengo ganas de ir. Allí se está más fresco. Y si vamos los dos siempre es más entretenido. Con avisar al Polit para que nos vaya a esperar con la tartana.

A primeros de noviembre, por todos los santos difuntos. Llegaron ya oscuro. Ellos iban con Federico y la Oller venía detrás, en el coche de los Adolfos. Según se acercaban a la casa, en los últimos recodos de la cuesta, los faros ahondaban entre los alcornoques, ramas blancas, años cayendo, fantasmas. Una impresión que no hacía sino acentuarse en la quietud resonante del interior, hostil, se diría, a las voces aquellas, a las risas, a los pasos, que venían a turbar el silencio de los recuerdos, las inasibles imágenes que lo animaban como sombras de un movimiento, apariciones, o mejor aún, desapariciones. Como el paisaje. Las nieblas bajas de la mañana, ceñidas a las hondonadas, aislando las lomas como un bálsamo, igual que cuando años atrás salía de caza al clarear. Y los mismos aromas de otoño, cambiantes, matizados, impregnantes emanaciones del húmedo descenso amarillo, del enfermizo suelo de hojas, suave a la pisada. Mientras los demás dormían se dio una vuelta por los alrededores, los antiguos cultivos, las planas sembradas de chopos jóvenes, grises delgadeces despojadas. En torno a la casa del Polit rondaban los hijos del guarda, un número impreciso de críos que le espiaban desde los rincones. Los vanos del portal y de las ventanas estaban encalados, y estos ribetes, que parecían ahuecar el exterior deteriorado, y los cacharros de flores, daban al edificio un aspecto como de calavera maquillada. Al fondo de la era había ahora un rosal que abatía descuidadamente sus flores sobre las porquerizas vacías y entreabiertas, unas flores de ese rosa ácido tan frecuente en las cercas de los pequeños huertos que los guardagujas y los jefes de estación del pueblo suelen cultivar junto a la vía férrea. Regresó por los senderos serpeantes del jardín, abandonado a las hierbas, invadido de hiedras reptilíneas, zarzas agazapadas, garras secas rechinantes.

Si el tiempo era desapacible, la casa estaba inhóspita, circunstancia que quizá tuvo su influencia en el clima de tensión y malhumor general. La noche anterior, cuando llegaron, al encontrarse en el ambiente más bien caldeado del salón, ante el fuego de la chimenea, después de haber contemplado desde la galería el cielo frío, la luna ya como de invierno, con su halo violeta de medusa, y aquellas estrellas como de un hielo hecho añicos, les entró a todos una alegría insólita, una euforia casi física, pronto reforzada por el alcohol. Recorrieron la casa, y la Rivas propuso desnudarse sobre el altar de la capilla y celebrar una misa negra, siempre que la calentaran con suficientes cirios. Finalmente jugaron al strip-póquer a la luz de la chimenea, y sea porque el efecto del alcohol había llegado hasta el punto en que se hace reversible, sea por las incidencias del juego, por los piques de las mujeres cuando se enfrentan, sus fintas, sus maniobras de prestigio, sus ajustes de cuentas, lo cierto es que el tono de la reunión se fue crispando a la vez que degradando por momentos. Y si, por una parte, el distanciamiento que desde hacía tiempo volvía a manifestarse entre Adolfo y Federico se consagró oficialmente aquella noche, conforme a una dialéctica no muy clara para quien no hubiera seguido el proceso de cerca, por otra, la ruptura de hostilidades entre la Rivas y la Oller se planteó por primera vez de forma abierta. Luego, en la habitación helada, la Rivas se empeñó en hacer el amor bajo aquel montón de mantas, perfectamente consciente, sin duda, de que la Oller, desde la habitación contigua, en la frialdad de su lecho, podría apreciar con toda claridad sus intensas exteriorizaciones de placer.

De hecho, fue la propia Oller la primera en alertar a la Rivas con su poco disimulado comportamiento: la muda relación libidinosa que tendía a establecer respecto a Raúl ante los demás, como si los demás no fueran capaces de advertirlo, o acaso, justamente, calculando que así lo hicieran. Sus enfáticos mensajes que evidenciaban, en el contexto de la reunión, un tácito entendimiento entre ambos, a modo de una de esas consignas adoptadas por los participantes de una conjura, excesivamente burdas para no ser descifradas a tiempo por los organismos de seguridad. ¿Por qué no pones un disco de Brel, Raúl?, dijo. Es decir: no un disco; el disco. El disco concreto que habían oído juntos en tal o cual ocasión. Su disco. Un disco que ahora ella quería oír continuamente, como se oye una marcha nupcial o de victoria. Sólo en un dato, posiblemente, andaba desencaminada la Rivas: concebir como algo que podía suceder lo que en realidad estaba sucediendo. La cita. El taxi. El mueblé. La pericia con que los dedos de la Oller se introducían en la bragueta, el arqueo felino con que, ambos todavía a medio vestir, se deslizaba hacia los pies de la cama, como con prisas por contemplar su obra, entreabriendo ya la boca con la unción de quien se dispone a comulgar. Su obvio conocimiento del erotismo masculino, aunque, cabía suponer, no tanto por natural intuición cuanto por experiencia, casi adelantándose más que acompasándose, como con un deseo de lucimiento, con un exceso de movilidad y ritmo acelerado que podían resultar hasta fastidiosos, por más que sobre la marcha su efectividad fuera indudable y no hubiera lugar para tales consideraciones en pleno ejercicio, ni para otras, el hilo del discurso como perdido entre aquel revolverse, invirtiéndose, entrecruzándose, ahogándose casi entre sus piernas, entre sus nalgas. Después se quedaba dormida. Una noche poco menos que hasta el amanecer. Sus agitados despertares daban idea del grado en que su actuación erótica venía a ser una continuación de ese estado calenturiento, entre sueño y sueño, entre deseos como realidades, penes penetrantes, desnudos bálanos blandidos distributivamente, glandes embistiendo como lechones, y el escroto fascinante, con su aspecto de fruto de mar que aflora entre algas y púas, su viscosa movilidad vegetal preñada de eyaculaciones, perpetuamente como retrayéndose, como respirando, como desplazándose peristáltico, y el empinado tropismo del pene que ella tan bien sabe suscitar al emplearse a fondo, ella, empinando penes empinantes, manipulando, obteniendo empinaciones aparatosas, trempaciones bien templadas, tensas, calientes empalmaduras, el arma de Raúl a su entera disposición. La Oller diciendo no sé lo que me pasa pero te quiero mucho, y Raúl diciendo yo también, y la Oller diciendo quizá yo soy sólo una más, pero tienes que prometerme que si algún día te cansas me lo dirás enseguida, y Raúl diciendo no eres una más y no veo por qué tengo que cansarme, y la Oller diciendo estoy tan bien contigo, y Raúl diciendo yo también, y la Oller, todo es tan raro y complicado pero creo que te quiero, y Raúl, yo también. ¿Y cómo sabes que me quieres? (la Oller). Tautología (Raúl). Estoy bien contigo. Me das como una paz. Pero se te pasará pronto (la Oller). No sé por qué (Raúl). Tú eres el primero en decir que no hay amor que pueda durar (la Oller). Es un decir (Raúl). Diciendo, besándose, chupándose, lamiéndose, abrazándose.

Miraron sus cuerpos desnudos reflejados en el espejo, sobre el desorden de las sábanas. Y yo que pensaba que ya no podría querer a nadie. Y es que yo creo que todo el mundo me ha querido siempre demasiado. Empezando por mi marido. Y no es que no me guste que me quieran, claro. Pero que no sean pegajosos, que no se pongan como borregos. Y mira que Peter tiene un atractivo bárbaro y que nos llevamos muy bien en todos los terrenos. Pero es otra cosa. No sé si entiendes lo que quiero decir. Que sean así, como tú. Es todo tan distinto contigo. A mí todo el mundo me quiere demasiado. Mi padre, mis hermanos, siempre he sido la preferida de la casa, la petita. En cambio, no hay mujer que a la corta o a la larga no me odie. Y más a la corta que a la larga, casi con sólo verme. No sé por qué, pero ya de entrada parecen dar por supuesto que lo único que busco es quitarles sus hombres. Y te aseguro que a veces me entran ganas de darles motivos. Me hacen escenas, hubo una que hasta se me abalanzó en público, arañándome y todo. Y la verdad es que tampoco he tenido tantas aventuras. En todo caso, son ellos quienes se me quieren tirar. No te das cuenta y ya te están metiendo mano, manoseando. No te lo puedes imaginar: dejan a su mujer y antes de cinco minutos están intentando violarte en el mismo coche. Ya de niña me salían siempre exhibicionistas; en la calle, en el cine, en los portales. Algo asqueroso. Yo creo que acabaré puta, tirándomelos a todos a ver si se hartan. A veces me dan verdaderos ataques de nervios. Y es que no puedo soportar que me toquen en este plan. Casi me hacen sentir frígida. Y mira que de eso tengo bien poco. Le hablaba desde el baño, mientras Raúl fumaba tumbado en la cama, todavía desnudo, confidencias acaso no muy apropiadas, en su exaltada exposición, para escucharlas poseído por el estado de ánimo característico del post coitum, cuando, inerte y vacío como el náufrago que, llegado a tierra firme, no se siente siquiera capaz de comprobar si aquella playa es algo más que una isla desierta, como acogotado de cansancio, sin fuerza para moverse, para decidirse a localizar su ropa, uno se hace las preguntas y los reproches más radicales, qué haces aquí, por qué tenías que llegar a decir las tonterías que has dicho. Fastidio que no tardaría en potenciar su impaciencia ante el inacabable y minucioso desarrollo de lo que la Oller llamaba arreglarse, la ducha, el pelo, el maquillaje, proceso tal vez similar en su mecánica a esa obsesión herbicida que se da en ciertos ancianos, la aplicación sistemática con que dedican sus ocios a la tarea de arrancar la mala hierba del jardín, extirparla, raerla, una obsesión sólo interpretable en términos de acto simbólico y compensatorio.

¿Te crees que no me doy cuenta de que ella te busca?, dijo la Rivas. Si basta ver cómo se sienta; lo más abierta de piernas que puede. Nos conocemos de sobras. Ya en Inglaterra no hacía más que mirar de tirarse a todos los tíos de sus amigas. Y te aseguro que Peter es un tipo que está un rato bien. Pero quizá sea mejor para él; así acabará hartándose de tanto cuerno y se la sacudirá de una vez. Como yo esta tarde; le he colgado el teléfono. Bastante tengo con los Plutos para, encima, tener que aguantarla a ella. Estaba irritable, de mal humor; decía que malditas las ganas de ver a los Plutos, que los Plutos eran deprimentes, que no veía por qué estaban obligados a salir con ellos por sistema. Y en la cafetería, mientras esperaban, discutió violentamente con Federico. Pues si Adolfo es el conde, tú serás la condesa (Nuria). De acuerdo. Y el Conde no me gusta. Un problema conyugal (la Condesa). Pues no entiendo por qué. Yo no lo encuentro tan mal (Nuria). Pero yo sí. Lo ideal es el hermafrodita del Louvre. Y el Conde quizá tenga suficiente pene pero en apariencia le falta busto. Lo contrario que en tu caso (la Condesa). Las ambigüedades me resultan penosas; lo que debieras hacer es definirte de una vez, aceptar la realidad de lo que eres (Nuria). Es que la realidad siempre es ambigua. Yo, por ejemplo, sólo empecé a tomar conciencia de travestí al enterarme de que mi madre, cuando era pequeño, me disfrazaba de niña.

La discusión había empezado no a propósito de Adolfo sino de Eme Eme. Memo; no cretino ni idiota ni imbécil ni bobo ni estúpido: memo, dijo Federico. Pero el problema no era Eme Eme. Como el invertido de cierta edad que con los años ha ido adquiriendo la sabiduría sobre las cosas de la vida propia de una tieta, la prudencia un tanto pesimista de quien ha visto ya muchas cosas y se retrae, así, la personalidad de Eme Eme, sus agudezas, sus nostalgias, forzosamente tenían que acabar por cargarles a todos. El problema era Adolfo: la sospecha por parte de Nuria, o tal vez el deseo –un pretexto para dar desahogo a su ansiedad, a su beligerancia contenida– de que los ataques de Federico a Eme Eme fueran de hecho dirigidos a Adolfo, tiros indirectos contra el que había hecho posible la presencia de Eme Eme en sus reuniones. Y la intención de Federico –previa o provocada sobre la marcha por la misma actitud de Nuria– de que así fuese entendido, su voluntad inequívoca de hacer saltar a Nuria. Especulaciones relativas, por ejemplo, a la apetencia de vida mundana que significaba, en el caso de Adolfo, la continuidad de su trato con Eme Eme, no tan grave, en definitiva, por sospechoso que fuese en una persona de pretendida inteligencia creadora y libertad moral, el trato con un memo rico y con la gente de su ambiente, si no la enmascarase de colaboración en un vago proyecto cinematográfico, proyecto que, a su vez, muy posiblemente no enmascaraba otra cosa que su cada día más indisimulada esterilidad literaria, la novela todavía por acabar, el miedo a terminarla, a que su publicación diera fin a un mito fundamentado en la reducida base que pueden ofrecer unos pocos relatos prometedores. Argumentos que no estaban al alcance de los Plutos, que para quienes como ellos desconocían además las motivaciones internas de la discusión carecían incluso de sentido. Sobre todo para Mariculo, a la que ya habían visto en su elemento, embargada de maternidad, enristrando a su bebé con biberones y supositorios, un berreador pipicacoso, eructopedorreante, de rebeldes llantos y vomitaciones.

Pero también para Pluto, un Pluto expansivo y ocurrente, sí, aunque más como papel impuesto que como comportamiento habitual. Un papel –no sería de extrañar– reservado a ellos en exclusiva, a fin de que entre ellos todo siguiera siendo como siempre. Y aun así, como ese enamorado tímido que se insinúa apenas en espera del primer signo de reciprocidad, en determinadas ocasiones, cuando venía rodado, dejaba entrever la realidad: lo jodido que es el mundo de los negocios, levantarse a las siete, pencar de verdad, ir subiendo peldaños sin permitirse un solo paso en falso, ascendiendo a costa de los otros para que los otros no asciendan a costa de ti. Sondeos, ver si captaban su longitud de onda, si los demás habían seguido su misma evolución y sólo faltaba que alguien fuera el primero en romper el hielo. Una evolución que posiblemente se había iniciado poco antes de su boda, con el susto del cheque sin fondos y el peloteo de letras, un asunto resuelto por el futuro suegro a su manera y, sin duda, bajo sus condiciones. Lo demás, sus bromas, sus números, su forma de exasperar a Mariculo, era más bien como la evocación de alguna anécdota del campamento, una especie de peaje que pagaba cuando se juntaba con ellos. Mi suegro es una bellísima persona, dijo. Un hombre de un gran corazón, de una gran polla. Dio un braguetazo tan tremendo que gracias a eso vivimos hasta nosotros. Pero con él hay que hilar fino. Si no le respondes, se abotona la bragueta. Las protestas de Mariculo, la contrarréplica de Pluto, etcétera. Y no obstante, algo fallaba. Raúl se esforzaba en reír de buena gana. Pero Federico se había liado a charlar con un puto, en la barra. Y Nuria: es raro que no os angustie hablar igual que si todavía estuvierais en el campamento. Federico, muy achispado, se vino con el puto e hizo las presentaciones, Raúl, Nuria, los Plutos, mi amigo No sé Cuántos. Y tú cómo te llamas, dijo el puto. Y Federico: la Condesa. Aquí van a cerrar. ¿Por qué no vamos a Castelldefels? Allí no cierran (el puto). No tengo dinero ni para gasolina; pero podemos hacer el taxi en las Ramblas para recoger fondos. Tú por una acera y yo por la otra (la Condesa). Vale (el puto). Lo que les faltaba a los Plutos: que aquellos dos se fueran por su cuenta. Y no tardaron en desaparecer oscuramente, como si temieran verse complicados en algo. O, más posiblemente, como si Pluto temiera que el comportamiento de Mariculo no estuviera a la altura de las circunstancias. Un tipo de reacción que un Leo jamás hubiera tenido, aunque luego le costase horas de explicaciones con Teresa. Y es que igual que cuando el amor se acaba, se acaba definitivamente, y entonces lo que se repite es el esquema del comportamiento amoroso, las mismas pasiones, las mismas pruebas, sólo que con otra persona, toda amistad creada en la primera juventud tiende, en cambio, por encima de distanciamientos y hasta de rupturas, a mantenerse a lo largo de la vida en un nivel de entendimiento inalcanzable para cualquier relación amistosa establecida posteriormente, con Pluto, por ejemplo, con Fortuny, quizá porque, de hecho, la capacidad de hacer nuevos amigos se pierda y pase con ese momento de la primera juventud.

Era como si Leo, desde que había sido rehabilitado, hubiera recuperado no sólo la confianza en sí mismo sino la lucidez y hasta el sentido del humor. Se podía bromear y, por encima de cualquier clase de reserva, hablar francamente, casi como en otros tiempos. Un tipo de relación que sólo meses atrás hubiera parecido imposible que llegara a restablecerse algún día. Decirle, por ejemplo, que lo de su rehabilitación era un caso descarado de nepotismo, influencia de Floreal, un Floreal cuya espectacular carrera política en el exilio, durante su forzada estancia en París, que tanto contrastaba con la decepcionante experiencia de Fortuny, tampoco quedaba al margen de sus irónicas conjeturas. Una carrera que arrancaba de la caída de Obregón, de que entonces hubiera conseguido escapar literalmente de entre las manos de la policía y llegar a París, puesto que sin tales antecedentes, en otra coyuntura, posiblemente nunca hubiera tenido ocasión de tratar con la dirección, de mostrar su completa identidad de criterio, de llegar a integrarse de forma tan perfecta, de volver a Barcelona clandestinamente, convertido sin duda en una de las piezas clave del aparato, todo tan casual como para ese poeta que, manipulando un ripio, se encuentra con una idea profunda. Floreal, un hombre –vino a decir Federico– no tanto del pueblo como de barriada; algo así como uno de esos populares hinchas que desde el graderío orquestan los escándalos con que se anima al equipo local o se desmoraliza al visitante, uno de esos tipos que sea por su físico generalmente grotesco, sea por su atavío más bien estrafalario, sea por sus simiescas ocurrencias, parecen ejercer sobre los espectadores el magnetismo de un hechicero de tribu. Eso sí, su lealtad está fuera de duda. De hecho, tanto en su caso como en el de Fortuny, sus jefes han demostrado una gran penetración sicológica.

¿Y Leo? En lo que a Leo se refiere, como en ese solterón que si nunca ha llegado a casarse es tal vez únicamente por el problema de compartir el cuarto de baño con una mujer, cuestión más de timidez que del egoísmo que comúnmente se le atribuye, así, igualmente equivocado sería calificar de simple oportunismo su posición actual respecto al partido aun en el caso de que él mismo llegara a definirlo en semejantes términos. Ya que, como aquel que en posesión de su horóscopo –que considera no ya halagüeñamente acertado, sino incluso de benéficos efectos estimulantes–, pone lo posible de su parte, de ahí en adelante, para que se cumplan los designios de los astros y en todo encuentra pruebas de que cuanto sucede no es ni más ni menos que lo ya augurado, así, de modo semejante, no sólo Leo o el mismo Floreal, sino, en general, todo militante, tiende a esforzarse en que la imagen que ofrecen de la realidad del país a sus superiores jerárquicos coincida en lo posible con los supuestos teóricos de la línea política por ellos elaborada.

La medida de sus actuales responsabilidades –sobre las que Leo se mostraba muy reservado, aunque no resultaba arriesgado vincularlas a las comisiones de barrio y quién sabe si también al comité de Barcelona– venía dada, como es usual, por detalles. Como el hecho de que fuera él quien le informara de modo confidencial –y más bien risueño– de que Fortuny había caído en desgracia, antes, seguramente, de que el propio Fortuny fuera informado –sin pillarle indudablemente de sorpresa– de que, ahora que volvía a estar en Barcelona, era conveniente que se abstuviera de toda actividad política hasta nueva orden. Dicen –¿quién sino Escala podía haber dicho?– que se han dado cuenta de que sus luces no son superiores a su firmeza, dijo Leo. Una crisis cuya gestación había tenido lugar en París, fruto de lo que en él adivinaron los miembros de la dirección al tratarlo más a fondo, o de lo que él adivinó en ellos, o de ambas cosas a la vez, o de lo que él empezó a contar o comentar, o de lo que ellos supieron que contaba y comentaba. Intimidades cuya difusión, si en un terreno como el conyugal pueden llegar a ocasionar la destrucción del vínculo, ¿cómo no van a ser capaces de destruir también las bases de una relación política? Y es que así como para una joven burguesa recién casada la primera intuición de una realidad distinta a la hogareña, de otro género, suele coincidir con el primer acceso explosivo de términos soeces y vociferaciones barriobajeras que desencadena en el esposo la noticia de algún contratiempo en la marcha de los negocios, asimismo, casi de incredulidad, acostumbra a ser la reacción a las primeras disonancias advertidas por el militante neófito en la vida interna de la organización política a la que pertenece. Cuesta habituarse, qué duda cabe, a esa dimensión inherente a toda forma de trabajo en equipo, transposición objetiva de conflictos personales, de rivalidades soterradas, de preeminencias no tanto protocolarias como relativas a un control efectivo del poder, a la dirección del aparato. Cuesta aceptar que, a semejanza de la divertida discreción con que en el mundillo literario local circulan esos anónimos en forma de rimas burlescas cargadas de alusiones concretas a la persona de tal o cual escritor, obra de cualquier gacetillero de ideales regresivos y aspiraciones frustradas, de una babosa enriquecida en el solitario ejercicio de la procacidad y la maledicencia, saludable desahogo de la cotidiana labor de divulgación periódica, noticiero universal de cuantos valores eternos existen y, en especial, han existido, caso de higiene o caso, acaso, de debilidad mental, así, a su equivalente político, puede llegar a reducirse en ocasiones la vida interna de una organización. Cuesta incluso aprender a respaldar sin reservas la postura acorde con la línea cuando esas sordas tensiones salen a la superficie, al nivel que le corresponda en la estructura de la organización, y se resuelven en una purificadora sanción disciplinaria, apartando al elemento o elementos cuya actitud era errónea –puesto que son sancionados– de cuantas responsabilidades se juzgue oportunas, llegando a la expulsión si es preciso, si la gravedad del caso lo aconseja, cargos que pueden remontarse muy atrás, imputaciones que súbitamente recorren todo su historial o historiales de militancia y que, de golpe, se convierten en motivo de un informe verbal –cuando no de una declaración oficialsobre las actividades desviacionistas de la facción, repetido y unánimemente aprobado de reunión en reunión, de comité por comité, célula por célula, de cada sector directamente implicado por la caída en desgracia del antiguo camarada responsable, un sector donde, lógicamente, su postura errónea hubiera podido cundir y ramificarse, acusaciones expuestas con la excitación y el encarnizamiento con que un anciano del asilo grita al oído de su moribundo compañero de dormitorio, ¡fracasado!, ¡no has sido más que un fracasado!, con esa clase de rencor que resulta de haber tenido que callar demasiado tiempo lo que uno reventaba por decir. Es difícil, por qué negarlo, hacerse a todo eso, pero no menos necesario que, en el matrimonio, hacerse a las pequeñas vulgaridades que supone la convivencia, sin lo cual el fin esencial y el buen funcionamiento de la institución serían poco menos que imposibles.

Hay casos, no obstante, en que por experiencia que uno tenga de la vida de partido, por oportunidades que haya tenido de ejercitar su tacto político, todo lo aprendido puede ser olvidado como bajo el efecto de un trauma o, lo que es peor, resultar inútil. Una reacción subjetiva muy común, en especial cuando el camarada caído en desgracia es uno mismo. Y entonces se dejan de ver las cosas desde dentro, que es como hay que verlas, según se admite generalmente, y empiezan a verse desde fuera. De ahí que sea preciso apreciar con la ponderación oportuna toda versión unilateral de los hechos, los juicios con que cada uno se defiende o ataca, dictados con frecuencia por el apasionamiento, producto de la reacción subjetiva, observada. Así, el estupor de Fortuny, semejante al de la mujer o el marido que, tras una intensa vida erótica extramatrimonial, se entera de pronto, ¡inconcebible!, de que su consorte le pone cuernos. Os aseguro que la categoría intelectual de una buena parte de la dirección no puede ser más baja. Lo único que ahora les preocupa es el problema de los chinos. Y, aunque casi parezca increíble, muchos de esos miembros de la dirección no saben una sola palabra de marxismo. Y Federico: te advierto que esto es más bien una ventaja. Aunque de poco ha de valerles en una situación como la actual, sin unas condiciones objetivas que propicien la formación de una vanguardia revolucionaria capaz de propiciar las condiciones objetivas. ¡Qué tragedia para un Z! Nacer con vocación de héroe revolucionario en una época sin heroísmo revolucionario debe ser casi tan amargo como no haber sabido ser heroico en una coyuntura revolucionaria. Y Fortuny: pero es que imaginaos a Floreal que de buenas a primeras os suelta: ¿has visto qué hijos de puta los chinos? Y tú le preguntas por qué. Y él: coño, porque no hacen más que putadas, y entonces se pone como histérico, y dice que los chinos son unos imperialistas y unos racistas y unos fascistas, que de ellos no se puede esperar nada bueno, que son como los negros, gente que cuando sale uno que vale algo lo pelan ellos mismos, como a Lumumba. En estos términos. Por el amor de Dios, ¿creéis que este lenguaje es digno de un marxista? Y mira que hasta por temperamento soy bien poco sospechoso de chinismo, que personalmente creo ante todo en la lucha sindical. Pero basta que preguntes qué pasa, simplemente por estar al corriente, para que, sobre todo si se enteran de que tratas con Guillén, que ha sido expulsado por pro chino, pero que a pesar de su radicalismo es una de las pocas personas con las que allí se podía hablar, basta eso para que también a ti te consideren pro chino en potencia. Pobre Guillén, con lo jodido que está. Inciso de Federico: pues no sé de qué se queja. Expulsado del partido y sin poder entrar en España; la situación ideal. Y Fortuny: y lo de Cayetano. También se me ocurrió preguntar por él y me dijeron que estaba loco, que la tensión de la lucha había terminado por perturbar sus facultades mentales. Y luego Guillén me contó lo que había pasado. Bueno, ¿os acordáis de Cayetano? Aquel responsable del textil que también tuvo que escapar cuando la caída de Obregón. Un tipo que había pertenecido a las Juventudes durante la República, que luchó en la guerra civil, que hizo el maquis en Francia, que volvió con la guerrilla, que cayó prisionero y fue torturado y condenado a muerte, que a última hora le conmutaron la pena y con los indultos salió a la calle, que con la caída de Marsal volvieron a detenerle y con la de Obregón tuvo que exiliarse. Bueno, pues se ve que en París le fueron con las mismas historias sobre los chinos, y él dijo que no, que a él no le hacían creer que los chinos fueran imperialistas o fascistas, y les llamó de todas y les dijo que una cosa era ser comunista y otra ser ruso, y que él no era ruso, sino comunista. Y se ve que le tuvieron que sacar poco menos que a empujones. Y a mí me dijo: ¿y qué te juegas a que si los chinos dijeran lo que dicen los rusos y los rusos lo que dicen los chinos, serían los rusos los que seguirían teniendo razón? Estaba que se subía por las paredes. Por eso dirán que se ha vuelto loco. Treinta años de militancia y ahora resulta que está loco. Loco. Les miró como sin dar crédito, como si en lugar de verles a ellos estuviera contemplando un díptico gótico, cuyo insólito tema fuera, por ejemplo, san Cayetano martirizado por sus compañeros de martirio; san Cayetano precipitado en los infiernos. Nuevo inciso de Federico: el sovietismo, la enfermedad senil del comunismo. Y Fortuny: y el peor, Z. Lo mismo que luego repiten los Floreales, sólo que con más rigor formal. Ya os lo podéis imaginar.

Y, efectivamente, costaba tan poco imaginarse a Z en acción como imaginar al propio Fortuny viéndose a sí mismo como uno de esos héroes de película, expulsado de una fiesta –generalmente por haber aspirado a un amor muy por encima de su condición social–, que se pierde en la soledad nocturna, mortificado no tanto por la humillación de haber sido puesto de patitas en la calle, por la contundencia de la escena, por el retumbante portazo a su espalda, cuanto por lo que imagina que debe estar sucediendo en el interior de la mansión, el encogimiento de hombros no ya del señor, sino sobre todo de los criados al reajustarse la librea, las conversaciones que se reanudan, la fiesta que sigue. Fulminación del pataleo incoherente. Triunfo de la razón dialéctica. Y Z diciendo, esos voceros del ultraizquierdismo, esos extremistas de ayer y de hoy, maoístas, trotskistas, anarquistas, mentes enfermas y paranoicas, grupúsculos que, desvinculados de las masas, enquistados en su propia impotencia, no tienen otra opción que la violencia ciega y estéril, olvidando que durante la guerra civil no fueron precisamente ellos, sino nosotros, con la generosa y fraternal ayuda soviética, quienes hicimos frente al franquismo y sus aliados italianos y alemanes, lucha de la que hubiéramos salido victoriosos de no haber sido víctimas, además, de una conspiración internacional, de la traición de nuestros presuntos amigos occidentales, de los títeres y marionetas del imperialismo. Ahora pregunto: ¿no serán estos revolucionarios que quieren revolucionar la revolución verdaderos contrarrevolucionarios, aliados objetivos, títeres y marionetas, ellos también, del imperialismo? Pretendidos marxistas españoles, ignorantes tanto del marxismo como de la historia patria al pasar por alto el hecho de que sólo es posible interpretar correctamente la guerra civil española insertándola en el curso general de la lucha del pueblo español por su libertad, ya que decir el Ebro o el Jarama es como decir Bailén o los Bruchs, y tantos otros heroicos combates de nuestro pueblo, el pueblo que inventó la lucha revolucionaria por excelencia, la guerrilla, contra el invasor napoleónico. Y, teniendo en cuenta la utilización por parte de Franco de mercenarios moros, cabría establecer una relación de continuidad hasta con la Reconquista, con los ocho siglos de lucha que los pueblos hispánicos sostuvieron contra el expansionismo árabe, Roncesvalles y las Navas de Tolosa, Mallorca y Sevilla, Valencia y Granada, hitos de nuestra historia que tal vez prefieran pasar por alto los eternos enemigos de España, los solapados peones de la Antiespaña. En otras palabras: nuestra gesta puede y debe ser situada en la línea de las grandes gestas nacionales, de esas singulares empresas cuyos símbolos son el Cid, Isabel la Católica, Don Quijote, Cortés, Pizarro y tantos otros héroes cuyas hazañas ha celebrado nuestro pueblo durante siglos y siglos y que, bien a través de las crónicas, bien a través de la tradición oral, han pasado de generación en generación, y que, también de generación en generación, el pueblo ha reactualizado con nuevas aportaciones de su propia sangre nuestra gloriosa Cruzada de Liberación la más reciente y no inferior a las de antaño, proezas tales como la del Alcázar de Toledo o la batalla del Ebro, proezas que por sus características literalmente milagrosas, bien podrían haber sido propiciadas por la intervención directa del apóstol Santiago. Pues no en vano la Historia de España empieza donde acaba la Historia Sagrada. Una España predilecta ya de Cristo cuando encargó a Santiago su especial conversión, asignando a los españoles futuros la misión de salvar a la Cristiandad así del Islam como de la Reforma, de cualquier clase de reforma y revolución, de cualquier género de subversión, pueblo elegido, nación predesignada desde siempre, desde antes incluso de que existiera como tal, entidad o entelequia genéticamente informada de un espíritu y un papel universales, predestinada a descubrir nuevos mundos y cristianizarlos, destinada a extender su sangre y sus valores hasta extremos y alturas que ningún otro imperio alcanzó ni alcanzará jamás, una historia que ha de concluir con el triunfo de nuestra verdad en el mundo entero, tras el enfrentamiento final entre España, por una parte, y la masonería y el judaísmo internacional, por otra. Espada de Roma y Bastión de Occidente, Defensora de la Fe, sea cual fuere, mientras se halle ortodoxamente expresada, afirmaciones dogmáticas no muy distintas, por otra parte, a las de cualquier otro pueblo entregado a delirios megalómanos o simplemente narcisistas, casos como el de Cataluña, sin ir más lejos, el de ser catalán, calificado de don de Dios por el poeta, infundido acaso como un Teresias, ya que no de evidencias, del don divino de la adivinación.

De acuerdo, dijo Leo. La sociedad soviética tiene actualmente tanto de revolucionaria como su política exterior. Y, en lo que a nosotros se refiere, ni el partido sigue una línea realmente revolucionaria ni aunque la siguiera, en las actuales circunstancias nacionales e internacionales, tendríamos la más mínima posibilidad de hacer la revolución. Ahora bien: propónme una alternativa. ¿Vamos a ser nosotros los primeros en decir que no la hay? ¿Vamos a renunciar a toda actividad y autodisolvernos como quien liquida un comercio? Y otra cosa: ¿qué quieres que haga yo? Yo no soy como Fortuny. Yo soy, o al menos creo ser, una persona que lleva al partido en las venas. Fuera de la política, y concretamente de la política del partido, no hay nada que me interese. ¿Qué podría hacer yo fuera del partido? Quand on n’a pas ce qu’on aime on doit aimer ce qu’on a. Piensa lo que te parezca, pero piensa también en lo que hay detrás de una actitud como la de Fortuny. El cálculo tardío de que el partido no iba a ofrecerle la carrera política que se esperaba. Una carrera que su reposado temperamento socialdemócrata debía imaginar complementada con el ejercicio de la abogacía y, sobre todo, con la famosa cátedra de Laboral. Además, cuando lo de Obregón, vio pasar los tiros muy cerca, y esto debió hacerle recapacitar. Sería mucha casualidad, iría contra todo cálculo de probabilidades, que la próxima vez tuviera la misma suerte. En fin, piensa lo que quieras, pero ten en cuenta que, en todo caso, yo sigo corriendo unos riesgos que para él ya no existen.

Habían quedado en verse a última hora de la tarde. Pero Raúl se había entretenido más de lo previsto en casa de tío Gregorio y llegó tarde. Y, puestos a hablar, decidieron cenar algo en cualquier parte y seguir charlando. Leo llamó a Teresa y le dijo lacónicamente que no cenaba en casa, como para demostrar que, a diferencia de Pluto, él no tenía por qué dar explicaciones a su mujer. Raúl llamó a casa y a Nuria y, curiosamente, fue Nuria la que se puso pesada: que con quién estaba, que por qué no podía ir ella y, finalmente, colgó diciendo que se iba a casa de Adolfo. Mejor así. Se sentían a gusto y locuaces, predispuestos a hablar de intimidades, poseídos de esa impunidad que da el alcohol y que permite hablar de los problemas del partido en la mesa de un bar. En el restorán fueron a mear, y Leo, como si se sintiera algo acalorado, se mojó la cara en el lavabo y se secó con el pañuelo, mirándose después en el espejo con esa expresión que uno pone sólo ante el espejo, más como quisiera verse que como se ve.

¿Qué objetar? ¿Cómo reducir a una palabra lo que está más allá de palabras como sinceridad o cinismo, lucidez o tontería? El temor a lo cotidiano, a la vida diaria de uno, a esa dimensión que uno intuye que le falta y que pretende encontrar en los otros, fuera de uno, en alguien o en algo, colmar o suplir esa ausencia presentida metiéndose en el seminario o haciéndose socio de algún club deportivo o casándose o entrando en el partido. Lo que sea. Lo importante es salirse de esta vida cotidiana sólo comparable, por el tedio que puede llegar a producir, a la lectura de uno de esos poemas de asombros y pasmos, de duda entre el acaso o el tal vez, matización de una simpleza o simplemente de la pequeña experiencia personal, tan pequeña que obliga a considerar la seca mente del autor, el valor de su lenguaje tan memamente manejado, la vaciedad polifacética de su verso, su metropolimemo; así, como tal poema, los hábitos, los tics, los ripios de la vida cotidiana. De ahí el sacerdote que con su labor de apostolado se salva en primer término a sí mismo. El hincha amparado por los colores del club. El militante ínsito en los misterismos de su ideología, en sus postulaciones. El esposo y la esposa instalados en el matrimonio, confortados, reconfortados, fortalecidos, acomodados, repantingados, a salvo de las asechanzas y chanzas del mundo. Todos en todo semejantes a ese militar que, destinado a un fuerte fronterizo –donde le alcanzará la jubilación–, está dispuesto a sacar de la situación todo el partido posible, señor absoluto en su pequeño reino, deidad local y despótica, con sólo una idea en la cabeza mientras, igual que Satán al tomar posesión de sus tenebrosos dominios, pasa revista a las tropas que le rinden honores: convertir el alejamiento en poder y el confinamiento en fuerza; fortificarse. Tendencia al repliegue que no hace sino aumentar con los años, bajo la usura del tiempo. Nada más deprimente, por ejemplo, que ese matrimonio que sigue en la brecha, cada mitad apuntalándose en la otra hasta que la muerte los separe, derrota tras derrota, fracaso tras fracaso, por encima de impotencias y frigideces, por debajo de ruinas y claudicaciones, dos cadáveres en un solo sarcófago.

¿Quién es?, oyó que gritaba Gregorius. Es que lo estoy bañando, dijo Leonor. Que pase, que pase, gritaba Gregorius. Se lo encontró metido en la bañera, sin gafas, desnudo, su mustio capullo aflorando de la espuma. Tráele una silla, dijo. Y Leonor: vamos, húndase más. ¿No ve que está enseñándolo todo? Los dejó solos un rato, pero en su ir y venir por el piso iba anunciando por anticipado los temas de la conversación. Ahora le hablará de Mallorca. Ahora le hablará de América. Ahora le hablará de Vallfosca. Volvió con un ruso bastante raído y con unas zapatillas. Bueno, y ahora cierra la boca, que te va a entrar jabón. Se arrodilló junto a la bañera y, con una ruda esponja, empezó a fregotearlo de la cabeza a los pies. Por su gusto, no se bañaría en la vida, iba diciendo. Y por más que le riñas, ni caso. Hace como que no oye y se pone a silbar al cuclillo ese del reloj que sale cuando dan las horas, como si fuera un pájaro de verdad. No puedo con él, sencillamente no puedo. Mientras un día no le armen un escándalo con esa manía que tiene de acariciar a los niños. Con los que le conocen del parque, aún. Pero, quien no lo conozca, al verle con esta facha puede pensar cualquier cosa. Ni cambiarse de ropa ni lavarse ni afeitarse, por él iría hecho un pordiosero. El otro día tuve que acabar por tirarle toda su ropa y sus zapatos de antes, que era lo único que quería ponerse.

Bajo los enérgicos brazos de Leonor, Gregorius asomó su enjabonada cabeza y, al filo de la bañera, dirigió a Raúl una sonrisa taimada, antes de volver a hundirse, mientras Leonor continuaba despotricando, con la cólera de ese médico de pueblo que, al proceder al examen del miembro del paciente, descubre que la pretendida enfermedad venérea se reduce a una simple irritación local debida a la falta de higiene, cólera sin cesar acrecentada por el modo con que el marrano aquel soporta el chaparrón de invectivas, su sorna cachazuda, su pachorra. De hecho fueron esas invectivas, las quejas de Leonor, más que la charla con Gregorius, de predominante carácter enunciativo, el motivo, de que llegara tarde a su cita con Leo. La última. Y, como si tuviera una premonición, fue precisamente aquella noche cuando Leo le expresó su preocupación por la confianza que Floreal parecía haber puesto en Modesto Pírez, al colocarle en un puesto donde, en caso de caída, podía complicar a mucha gente. Como si adivinara lo que iba a suceder el 12 de febrero, día de santa Eulalia de Sarrià, virgen y mártir, víctima de la cruel represión decretada por el procónsul Daciano contra los cristianos por sus actividades subversivas, azotada, arrancados sus pechos, descoyuntada, descuartizada y quemada a trozos ante el público congregado para no perderse el suplicio en la actual Bajada de Santa Eulalia, aunque tal vez la doncella no era de Sarrià y todo eso no pasó en Barcelona, sino en Mérida, entonces Emerita Augusta. Han pasado tantos años…

Tú, ¿qué haces aquí?, le preguntó un inspector. Eran ya las nueve y parecía llegar de la calle, activo y animado, en posesión de esa energía matutina con que los oficinistas de temperamento dinámico inician su jornada de trabajo. Le dio con el codo, cómplicemente. ¿Y no será que te has llevado alguna chavala a un descampado?

Al poco volvió y, mediante una seña, sin pronunciar palabra, indicó que le siguiera. Le condujo a una oficina muy próxima, igual o casi a la anterior. Quédate aquí, dijo. Desde distintos puntos llegaba un rumor de conversaciones entremezcladas al tecleo de las máquinas de escribir. Luego, unas voces más precisas se fueron imponiendo a todo otro ruido. Tanto por su especial resonancia como porque cada vez se escuchaban más cerca, la charla parecía tener lugar en algún corredor. El tono era como de tertulia, con bromas, con risas, la de alguno casi de mujer. Discutían la conveniencia de dar una mano de pintura. Eso sí, el canario canta que es un primor.

Un índice señalándole desde la puerta. Coño: ¡El Pipa!

Entraron tres o cuatro más. Sí, es él. Y tanto que lo es. Comunista: se nota enseguida. ¡El Pipa! ¡El Pipa! ¡Ya lo tenemos! Fui yo quien lo detuvo; yo. Me has hecho seguirte como si fueras Marilyn Monroe, maricón. La risa de mujer. Dinos algo de Alsina. ¿Alsina? Una bofetada en el oído, hasta el cerebro; el de la risa loca. ¿Tampoco conoces a Matías? ¿Ni a Salvador? Más bofetadas en el oído, en los oídos, desde los lados, a su espalda. ¿Y a Leonardo Tarrés? ¿Sí? Vaya, algo es algo. ¿Y a Floreal Conesa? ¿Y a Modesto Pírez? ¿Al Pírez no? Nueva bofetada. Deja, no preguntes, que sea él quien hable, a ver si nos gusta el tema. Qué va; todo eso lo aclaramos ahora mismo, ya verás. ¿O sea que conoces al Tarrés y al Conesa, pero no conoces ni al Matías ni al Alsina? Un directo en el estómago y, al doblarse, taconazos en los pies. Le sostuvieron para que no cayera. ¿Qué pasa?

Le miraba un tipo calvo y con gafas. Los demás le hicieron sitio. Este hijo de puta, que quiere hacerse el duro. No seas tonto, chico. Aquí todo el mundo habla. Si tus jefes son los primeros, no quieras cobrar tú por ellos. ¿No ves que tu amigo el canario ha cantado como un canario? No se preocupen, que voy a cantar por folías. Así mismo lo ha dicho. Y sin tocarle, te lo juro.

Carcajadas. No conocías al Pírez, ¿eh? Tú nunca le entregaste un solo texto de esos que redactáis los señoritos de mierda de la universidad, ¿no? Se lo pasaban de uno a otro, a empujones, preguntando todos al mismo tiempo. ¿Qué nos cuentas de Floreal Conesa, alias Matías? ¿Qué nos cuentas de tu amigo Tarrés, alias Alsina? Sí, hombre, Alsina; antes le llamabais Serra. ¿Te crees que no lo sabemos todo? ¿Te crees que no han cantado? ¿Te crees que no vas a cantar? ¿No sabías que en el piso del Pírez estaba la multicopista de las comisiones de barrio, verdad? ¿Que allí se tiraban los textos que tú escribías?

Un rodillazo entre las piernas que pudo esquivar hasta cierto punto, ladeándose un poco. Alguien se abrió paso entre los empujones agitando una foto. ¡Mira, aquí tengo la prueba! ¡Tu foto! Era una foto carnet de Raúl.

¿Que qué prueba? Puñetazo en el estómago. Y otro. Vio aparecer una pistola. Ahora forcejeaban con el de la pistola, lo sujetaban. ¡Lo mato! ¡Es que lo mato! ¡Quitádmelo de delante o lo mato!

El calvo de las gafas. Vamos, dejadlo para después. Y tú, ojo con moverte. De pie, sin apoyarse en nada. Que alguien se quede con él.

Miró el reloj; marcaba las once y diez, pero el minutero no corría. La cuerda o algo estaba roto. ¿O sea que tú eres El Pipa?, dijo el que le vigilaba, sentado al otro lado de un escritorio. El famoso El Pipa. Hablaba como por decir algo, para matar el tiempo.

Le trasladaron a otra oficina, contigua al lugar donde se encontraba el calvo de las gafas, quién sabe si su despacho. Se movió unos pasos, justo para controlar parte del pasillo. Vio llegar tres inspectores; apresurados, con esa brusquedad de movimientos que da el mal humor. Los pájaros han volado, les oyó decir. ¿Qué pájaros? El Tarrés y su gachí. Al no recuperar el contacto, nos decidimos a entrar. Y lo que recelábamos: faltan desde anoche. Sonó un portazo. Muy amortiguados, improperios, gritos como de bronca.

Todo fue quedando en calma. La hora de comer, posiblemente. Todavía tenía la ropa mojada de sudor, pegada al cuerpo. Quizá por eso no sentía especiales deseos de mear. De beber, sí. Y, sobre todo, de fumar.

Ven acá, camarada, le dijo un tipo canoso. Nuevo traslado. ¿Un poco cansado, verdad? Pues como te vea mover un pelo las vas a pasar moradas. En Rusia sois duros, pero verás que aquí también sabemos serlo. Traía un transistor: se sentó junto a la puerta y lo puso en marcha. Fútbol. La voz animada del locutor, los sustos, las contrariedades, las ovaciones del público.

Era ya oscuro cuando reapareció el inspector que le había tomado declaración a su llegada; los cristales del corredor cogían reflejos de luces callejeras. ¿Lo ves, Raúl? Si hubieras sido sincero desde el principio, te hubieras ahorrado todo eso. Dijo al del transistor que les dejara solos. Hizo que trajeran a Raúl un vaso de agua, y le ofreció un cigarrillo. Mira, aquí hay que decir la verdad. Tú eres abogado y debes saber que, de cara al juez instructor, tiene casi tanta importancia el informe que hacemos sobre la persona del detenido como la declaración en sí. Pero es que, aparte de esto, el que no adopta una actitud razonable puede pasarlo muy mal. Verás, aquí hay de todo. Hay quien por temperamento, porque es un apasionado, o porque los rojos le fusilaron al padre, o qué sé yo, por prurito profesional, por entrega al oficio o lo que sea, pues empieza y no acaba. Se dispara. Y luego lo que cuesta es pararle. Se pone como un loco y para entonces el otro ya está hecho un primor. Lo que se dice un primor. Hazme caso, créeme. Porque hay cada cacho mula. No sé, casi parece que disfruten.

¿No? Raúl se incorporó a medias para dejar el vaso sobre la mesa. El puñetazo volvió a hundirlo en el asiento. Se miraron como con desconcierto. El vaso debió de haber rodado sobre la mesa y ahora sonó al estrellarse contra el suelo. ¡Vamos, vosotros, venid aquí!, gritó el otro. Entraron en tromba. Se sigue haciendo el duro, dijo el otro. Arturo, tú eres Arturo. Pues a tortas con Arturo. Lo levantaron. Se formó la rueda. Eso, a torturar a Arturo. No, Arturo es otro, pero da igual. Los dos son rojos. Risas. Zarandeos. Tú ya nos has tocado bastante las pelotas. Ahora te las vamos a tocar a ti. Más risas. Empujones. ¿Por qué no jugamos al siete, catorce, veintiuno? Yo ya empezaba a tener ganas de despejarme un poco. ¿Te gusta bailar?

Recomenzaron las preguntas, los golpes. En el estómago y el hígado, sobre todo. Eso, Armando. Dale.

Este Armando siempre es el primero en armarla.

¿Qué dirán tus jefes cuando se enteren de la caída? ¿Qué dirá el Nikita?

¡Tuyo, Armando!

Se animaban mutuamente a pegar, mientras Raúl, por su parte, intentaba mantener las formas en lo posible, respondiendo con tranquilidad, aunque entrecortadamente, sin dar muestras de odio, temor o cólera, como si interrogador e interrogado fueran, por igual, agentes de una fuerza superior que los enfrenta, protagonistas de una situación que, por lo mismo que está por encima de sus respectivas voluntades, conviene tomarse con calma, delito para uno, error para otro, ambos puntos de vista por un igual fatalmente antagónicos. Todo ello en la creencia de que si lo conseguía, si lograba mantener su conducta de acuerdo con esa tónica, mirarles y hablarles con la máxima serenidad de que fuera capaz, había ganado la partida. Hipótesis más de valor moral que científico, es cierto, de probabilidad inversa a la importancia que para quien pregunta tienen las respuestas, pero no por ello –incluso cuando se ve desmentida en la práctica– carente de todo fundamento. La idea de que, fingiendo aceptar la situación impuesta por ellos, les hacía aceptar a ellos, en realidad, la relación planteada por él. Con la certidumbre de que incluso los recursos más elementales de la policía, focos en la cara, etcétera, tienen por objetivo –tal vez sin saberlo siquiera los interrogadores, sin conocer el porqué, sólo por experiencia– no tanto deslumbrar al interrogado, convertir su expresión en mueca, como protegerse a sí mismos de su mirada, del mismo modo que las gafas oscuras, a las que son aficionados, sirven, más que para ofrecer una constante de impasibilidad, para permitirse cualquier violencia sin tener que esforzarse en que la expresión acompañe al acto, en que adquiera la convicción adecuada. Crear una atmósfera no ya insólita, sino irreal. Y, en tanto que irreal, susceptible de romper cualquier línea de conducta, de convertir a la persona objeto del interrogatorio en objeto apenas humano, de transformarle en un ser aterrorizado, en una despreciable alimaña acorralada, abyecta, lloriqueante, suplicante, enloquecida; o, según sea su carácter, encolerizarle, hacerle insolentarse, perder los estribos, insultos y ofensas que la autoridad no puede menos que repeler o castigar; o incluso, conseguir desencadenar su odio y estimular su orgullo, llevarle a proclamarse comunista, amenazándoles con la justicia del pueblo que tarde o temprano les alcanzará, y entonces ellos, ya odiándole, le dan su merecido al rojo aquel, le ajustan las cuentas ahora que lo tienen en sus manos, casi como en defensa propia, cascarle a fondo, patearle, descoyuntarle, darle corrientes como quien le da al telex. Es decir: promover en ellos mismos un estado de exasperación únicamente comparable al que puede alcanzar una madre particularmente crispada respecto al bebé que no la deja en paz y que cuando la deja, cuando al fin está tranquilo, es ella quien lo zarandea y sacude para que vuelva a llorar y así tener motivos para seguir aborreciéndolo. Pues del mismo modo que un sistema pedagógico rico en castigos y puniciones revela por parte del educador, sea un familiar o un maestro, no sólo reprimidas tendencias sadomasoquistas y eventualmente homosexuales y –caso de mediar parentesco– incestuosas, sino, ante todo, un fenómeno de traslación sobre el niño de las propias impotencias y frustraciones, tanto más abrumadoras, por lo general, cuanto más intenso es el castigo aplicado, así, cuando un policía golpea, lo hace, normalmente, ofuscado por los espantos de la propia conciencia.

¿Qué hacer entonces cuando la poli lo hincha a uno a golpes? Lo contrario que uno de esos jugadores de fútbol o de rugby que, tras caer como fulminados y retorcerse aparatosamente en el césped, terminan por incorporarse y, después de cojear doloridos unos pocos pasos, aprietan a correr como lebreles.

Bien porque la praxis avalara la teoría, bien porque los otros se encontraran tirando a cansados, lo cierto es que los golpes no tuvieron la virulencia de los de la mañana, que ni la dureza ni la duración de la ronda fueron como las de entonces. Le contemplaron también jadeantes. Éste no es como El Folías. Éste es un frío. Son los peores. Es que necesita corrientes. ¿No ves que suda frío? Tiene que entrar en calor. Risas. Sí, un poco de electricidad le sentará bien. Eso es: en Rusia pasan frío; le conviene un poco de electricidad.

El que le había tomado declaración al llegar se destacó de los otros y le paseó la brasa del cigarrillo delante de los ojos. Te vamos a machacar; tú lo has querido. Se volvió a los demás. Que me lo bajen a calabozos y esta noche lo subimos. Esto no ha sido más que un ensayo general.

El calabozo, en el último sótano. Una puerta de hierro con mirilla o respiradero. Una bombilla empotrada a la altura del techo. Un banco de obra con una estera. No pudo dormir o no tenía sueño. Y, sin embargo, cuando le subieron, estaba como soñando. Hacía frío: las piernas le temblaban de frío. Los corredores, las oficinas. Tanta luz de repente deslumbraba. Una puerta abierta de par en par: Floreal. ¿Floreal? Estaba sentado en un sillón de madera, descalzo, la cabeza sobre el pecho. Le tiraron del cabello para que Raúl pudiera verle la cara. Los rasgos de un chino. Y las manos agrandadas, como de boxeador. Y al menos en una muñeca, la única visible, un cerco o hendedura entre amarillo y negro. ¿Le conoces? ¿El primo de Leo? Eso ya lo sabíamos, majo. Le pareció que Floreal le guiñaba un ojo, aunque resultaba difícil asegurarlo.

Volvieron a bajarle. Atmósfera cargada; tufillos íntimos, hedores como de urinario. Tampoco entonces durmió. En el cuerpo de guardia le habían quitado el cinturón, la corbata, los cordones de los zapatos, el reloj, la estilográfica, los fósforos. Para fumar tenía que pedir fuego a los grises de guardia. Como para mear: gritaba su número de calabozo, el 18, y el gris le abría y le acompañaba sin perderle de vista. Desde la mirilla vio pasar un cuerpo colgado entre dos agentes, hacia los calabozos del fondo. Llamó al gris de guardia para pedirle fuego. Era un tipo de cierta edad, más bien taciturno. ¿Floreal Conesa? No, hijo, éste es un tranviario. Otra sesión como ésta y se les queda arriba. ¿Floreal Conesa? Aquí no hay nadie que se llame así. Me acordaría por eso de Floreal.