Desde un balcón cualquiera del Ensanche, la ciudad se ofrece al extraño, siempre más atento a la impresión general que al detalle, aproximadamente idéntica a como se la puede ofrecer vista desde cualquier otro, desde un balcón cualquiera de este principal de Mallorca esquina Claris, por ejemplo, en la monótona fachada del edificio de seis plantas levantado cuando la muerte del abuelo en el solar que hasta entonces había ocupado el chalet de los Ferrer Gaminde, según la ya clásica costumbre barcelonesa de ir derribando con la máxima periodicidad posible los edificios para sustituirlos por otros invariablemente más feos, práctica que si por los provechos que reporta en su aspecto especulativo puede considerarse consustancial a toda burguesía, en el caso concreto de Barcelona no hace sino añadir la vulgaridad, el mal gusto y el recato aberrante a la frustración de lo que fue grandioso proyecto decimonónico, anticipación y genialidad de las que sólo quedan atisbos adulterados, suficientes, no obstante, para darnos una idea del grado de mediocridad que caracteriza la realización de lo proyectado y señalar la distancia que va de una generación a las que la siguen, mediocridad extensiva a los mismísimos tempranos embelesos y grotescas ensoñaciones de una alta burguesía convertida en aristocracia a fuerza de imaginarlo, a fuerza de títulos pontificios y de cosmopolitismo provinciano, de mimética fascinación por la nobleza castellana, por sus virtudes y sus dejes, actitud colectiva que, en el terreno económico, tal vez explique el desarrollo en su seno de una marcada tendencia al absentismo y la especulación, bolsa, seguros, financieras, fincas, terrenos, concesiones de servicios públicos, esto es, el negocio limpio, lo mismo que a la situación de privilegio, a la exclusiva, al proteccionismo, así como su alergia a la industria entendida no como cortar cupones, sino como empresa que hay que dirigir y, consecuentemente, su desprecio por el resto de la burguesía catalana, esos industriales y comerciantes con los que una buena familia sólo debe relacionarse en última instancia, si así lo exige el duro imperativo de la necesidad, mediante enlace canónico, gentes que por haber reinvertido sus fortunas, generalmente de idéntico origen ultramarino, en actividades industriales, y por haber inculcado a su descendencia la severa identificación de apellido y producto y de continuidad de la familia y continuidad de la fábrica en aras de una constante superación competitiva, resultan perpetuamente asimiladas a la imagen social del nuevo rico, ser de fácil localización por su indisimulable falta de clase, alcurnia y señorío, su afán de introducirse y relacionarse, sus modales bastos, su fuerte acento catalán, la estridencia de su risa, nada hay en ellos que no sea digno de desprecio, así sus esplendores exhibicionistas como sus batacazos estrepitosos, lo mismo el dinero ganado en circunstancias que por su inmediatez forzosamente resultan turbias, que la ruina vergonzosa, con frecuencia tan rápida y repentina como lo fue la formación del patrimonio, suspensiones de pagos, quiebras fraudulentas, finales, qué duda cabe, de reprobación sin excusa para quienes, en el peor de los casos, con ir vendiendo sus propiedades suntuarias tienen garantizado el declive por unas cuantas generaciones, cada vez más gangosa y nasalizada la pronunciación, más de gilipollas y repipi la presencia y cretina la mente, más leporinos, belfos y ceceantes, más alelados, conforme a la natural trayectoria de las cosas que caen, al movimiento de descenso que conduce desde las alturas antepasadas a los actuales niveles de subnormalización. Formas de decadencia que sus más soberbios y avispados prolongadores, antes que negarlas, las proclaman, convirtiéndolas en su contrario, en distancia y diferenciación respecto a quienes ahora tienen el poder económico en sus manos, en conjeturas sobre lo distinto que sería todo si las cosas hubieran ido de otra manera, inexpugnables en sus nostalgias de lo que no fue, en sus capitulaciones y recapitulaciones, lamentándose sólo de que los antiguos señores feudales de Cataluña, tal vez por una excesiva confianza en los derechos y méritos del propio linaje o por un prurito jerárquico que no podía sino inhibir toda exhuberancia de dignidades nobiliarias donde la máxima autoridad era un conde, pero en cualquier caso con una incalificable falta de previsión, sin una precisa conciencia de que los apellidos pasan, pero las dignidades permanecen, no se hubieran preocupado de dar inmanencia y validez objetiva a sus prerrogativas concretas, de sancionar y matizar con los usuales títulos hereditarios su genérica condición de señores, de ensamblar y articular esos títulos en un cuerpo formalmente inmutable, colocando así a cuantos habían de sucederles en el papel de cabeza de la sociedad catalana, a la aristocracia natural de los siglos futuros, en situación de notoria y lamentable inferioridad frente a la nobleza del resto de España y de Europa, sometiéndola a la justificación, a explicaciones prolijas y enojosas sobre todo en esos tiempos en que nadie tiene demasiado tiempo, condenándoles al recurso, humillante en el fondo por la cualidad sucedánea y la consolación que implican, de lucir un título fin de siglo, cuando no más reciente o pontificio, único medio de superar la noción pedestre, y en alto grado incierta de mero buen apellido; o lamentándose de que, acaso debido al desarrollo polimembre de la Corona y a su precoz apogeo, anterior a cualquier concepción más civil que militar de la ciudad, lo que pudo ser continuado enriquecimiento de la corte barcelonesa y acumulación armónica quedó en vasta dispersión de esfuerzos, logros siempre insuficientes: Palma, Valencia, Zaragoza, alcanzados a costa de la densidad monumental de Barcelona, ciudad desprovista de ese arte hecho calle o plazuela característico de tantas villas italianas de significación y rango incomparablemente menores, no hablemos ya de un Campidoglio, de un Lido, de una piazza del Duomo, altares donde ante los ojos del mundo entero es consagrada una ciudad y ennoblecidos los privilegiados pobladores de tan esplendoroso pasado, una aristocracia para la cual el problema de permanecer en sus antiguas residencias es a lo sumo un problema de impuestos, no como en el caso de nuestros palacios, cuya sobriedad primitiva y pobre magnificencia disculpan hasta cierto punto el general desentendimiento de los barceloneses respecto a su suerte, la consideración de que es asunto del municipio rescatar del abandono y la demolición unas mansiones que han acabado convertidas en conventillos en la medida en que son incapaces de compensar con prestigio la falta de confort propia de toda construcción medieval; o lamentándose de que el rencor indiscriminado de Felipe V contra Cataluña, por justo que fuera su designio de castigar a cuantos se habían opuesto a la instauración de la dinastía borbónica, le hubiera impulsado nada menos que a ordenar la destrucción de todos los castillos del Principado, casi la mitad de los existentes en España, reduciendo a ruina erosionada lo que hoy sería gloria y realce del paisaje y escenario y símbolo de encumbración social; o lamentándose de que la exclusión de sus antepasados, por los motivos que fuera, de toda participación en la conquista de América durante cerca de trescientos años hubiera privado a Cataluña de las proyecciones y resonancias que otras regiones españolas han grabado de modo indeleble en la historia del nuevo continente, proezas y descubrimientos, fundaciones, honores, fortunas, virreinatos, así como del lógico reflujo de riquezas hacia la metrópoli, suntuosidades barrocas aquí, por desgracia, prácticamente inexistidas; o lamentándose de que hubiera gente en Cataluña que, con incomprensible terquedad, se expresara todavía en catalán, estableciendo así, en relación al resto de España, un muro de incomprensión y recelo y automática inquina, que fuerza a quienes nos expresamos en un castellano cuyos giros y acentos delatan inequívocamente el origen, a puntualizar que, a Dios gracias, en Cataluña no todo se reduce a viajantes de comercio y fabricantes textiles, y sobre todo, que una cosa es ser catalán y otra, pero que muy distinta, ser catalanista, individuo minoritario cuya mentalidad pequeña y mezquina nosotros somos los primeros en denunciar y escarnecer, ahora que todas las naciones del mundo hablan de unirse ellos salen con esas, hay que tener miras más altas, ver más allá de la caseta y el hortet de los Macià y Companys, objetivos menos nimios y estrechos, ideales que valga la pena defender con algo más que con el Virolai y la sardana; o lamentándose de la incapacidad política del catalán, entendiendo por tal su ineptitud para llegar a la cima del poder, así como de la menos cacareada y con frecuencia hasta ignorada incapacidad económica, entendiendo por tal no su falta de maña en hacer dinero, sino su rechazo instintivo de cuanto suponga conjugar esfuerzos y fusionar capitales, incapaces de crear no ya verdaderos complejos industriales, acordes al gigantismo que hoy día es cuestión de supervivencia, sino incluso, a diferencia de los vascos, algún gran banco que, con su respaldo a realizaciones de cierta envergadura, contribuyera cuando menos a la remodelación de un panorama económico caracterizado por el minifundio industrial y la descapitalización, fruto todo ello de nuestro individualismo radical y a la larga suicida, y es que somos así y no tenemos remedio, individualistas entre los individualistas, y del mismo modo que lo que aquí había en la época roja no era comunismo sino anarquismo, así en los negocios y en todo, sin que ello obre en demérito nuestro, antes bien al contrario, demasiado caballeros, demasiado señores, carencia de dotes de mercader que nos honra, que nos distingue de tanto nuevo rico y de tanto piojo remontado, que nos exime y purifica de toda confusión con el ambiente circundante hasta tal punto adulterado, capaces como seríamos, como Sansón, de hundir el templo sobre nosotros y perecer antes que transigir –en materia de principios– con los tiempos y los advenedizos, criterios y consideraciones que si de un modo general propician el escepticismo y la desesperanza, la idea de que la historia, por ejemplo, no parece tener un sentido coherente y acaso no tiene por qué tenerlo y, ni mucho menos, un obligado final feliz, propician también una actitud solidaria en el desdén hacia lo que se innueva y en la afrontación acerba de lo que se va perdiendo, en la forma de cerrar filas ante lo trascendente, aquí y ahora, todos, como siempre que las campanas doblan por alguien y los demás acudimos, confortación en el duelo y consuelo en la aflicción, unidos, aunados, unánimes, desfilando uno tras otro conscientes del apoyo que eso representa no sólo para los deudos, sino asimismo para cada uno de los que desfilamos, enfervorizados por el modo en que las presencias se potencian mutuamente y por la hondura que las circunstancias confieren al acto de oprimir una mano, firmar en el libro de las condolencias o ponerse a la entera disposición, sinceramente emocionados, qué duda cabe que sinceramente emocionados, al ofrecernos a los familiares de la difunta, una gran señora con cuya desaparición desaparece para todos un poco de nuestro propio pasado, de lo que usualmente entendemos por nuestra época. Hacia las dos de la madrugada, en el salón ya sólo quedaban hombres, parientes de diverso grado, amistades particularmente allegadas a la familia o caballeros especialmente cumplidores, y Pedro, como para corresponder a lo que sin duda de él se estaba esperando, centraba la atención de una parte de los presentes con sus anécdotas sobre putas, soslayando por medio de ingeniosas y acertadas perífrasis toda palabra hiriente o cruda, deferencia ostensiblemente dirigida bien a la doncella que traía más café y vaciaba los ceniceros, bien a Ramona, que de vez en cuando se aproxima a encender un cigarrillo en su compañía. Pero ¿lo hacen por gusto o por dinero?, dijo Ramona, recogida en un brazo del sofá, sin que la naturalidad del tono empleado ni el gesto sereno y objetivo a la vez que desenvuelto fueran suficientes para que hasta un extraño, hasta una persona que desconociera la pujanza económica que Jacinto Bonet representaba en Barcelona, no lo comprendiera todo de inmediato, su boda, sus deseos imposibles, las razones de esa imposibilidad y, bajo cualquier apariencia de mero interés curioso, no adivinara la fascinación que a todas luces le producía cuanto se refiriera al tema, y más concretamente, la clave del mecanismo erótico, el misterio de una penetración contundente; estimaciones amorosas. También se contaron chistes políticos, no sin criticar esa costumbre tan española de andar siempre criticando al que gobierna, en tanto que los ingleses consideran incorrecto el simple hecho de sacar a colación la política en las reuniones, y se habló de la superioridad del sistema educativo anglosajón, de las posibilidades de nuestro equipo en la Copa Davis, del striptease que se puede ver en Londres, más osado que el del Crazy Horse, temas diversos, adecuados a una situación en la que se tiene la noche por delante y es mejor charlar de cosas entretenidas para conjurar la tensión que inevitablemente produce una presencia yacente en alguna pieza contigua, la cérea penumbra del túmulo. Cuando Raúl se despidió hablaban del terrorista condenado a muerte, coincidiendo además, en lo sustancial, con el criterio que había imperado en casa de Leo en lo que al acto causante de la condena se refiere, la obra de un loco, dramáticamente reactualizada por la noticia de la sentencia aparecida en la prensa de la tarde, si bien aquí la calificación de locura se basaba en la convicción de que sólo un obcecado podía pretender alterar con bombas el progresivo desarrollo económico del país precisamente cuando los frutos de la estabilización comenzaban a llegar a las clases más humildes, mientras que, en casa de Leo, semejante recurso a unos métodos que ya en Los Bakuninistas en Acción, casi cien años antes, habían sido rechazados por contraproducentes, sólo… podía ser considerado como una muestra más de la exasperación de las masas populares, sin que los aspectos negativos y hasta provocadores de la acción fueran obstáculo, sin embargo, para que se formularan todos los pronunciamientos de solidaridad con las víctimas de la represión y, más concretamente, de la brutalidad policíaca, fuera cual fuese su credo político, lo mismo que en casos como el de Marsal o el de Obregón, en el de este pobre chico, seguramente tan lleno de generosidad como equivocado, que si no estaba ya fusilado tras un juicio todavía más urgente y sumarísimo era, sin duda, porque su estado físico le había impedido comparecer con mayor premura ante el consejo de guerra, extremos éstos, o conjeturas, demasiado ajenos a la vida cotidiana de los asistentes a la vela de tía Paquita para que, de haber sido planteados por algún espíritu ingenuo y con escaso sentido de las situaciones, tan sólo una cuestión de sensibilidad o etiqueta les hubiera impedido manifestarse en favor de que, a efectos admonitivos, el suplicio se efectuara en la plaza pública, como con Juan Sala, alias Serrallonga, o cualquier otro facineroso de antaño; Serrallonga, que el 8 de enero de 1634, según consta en las crónicas, fue azotado, desorejado, paseado en carreta, atenazado y despedazado en cuatro, siendo su cabeza expuesta en una de las torres del portal de San Antonio de la presente ciudad. Anima eius requiescat in pace. Amen.

¡Cuándo se acabará el martirologio!, dijo el padre de Leo, y como en una pintura del barroco donde el plano sobrenatural se impone triunfante a los sobrecogidos testigos de una aparición, así, en la pausa meditabunda que siguió a sus palabras, tal implícito y respetuoso homenaje de silencio, se hizo casi palpable la imagen de Obregón colgado por los brazos de una cañería, sus muñecas desolladas, sus pies machacados, su piel punteada por las quemaduras de los cigarros, o la de Marsal esposado a un camastro de hierro que las descargas eléctricas convertían en abismo y alarido, o la del mismo Leo, caído en un corro de golpes, escenas siempre con un algo de inverosímil, tal vez por la sórdida familiaridad de las circunstancias ambientales; oficinas que podían ser las de una notaría, tipos que podrían ser agentes de seguros, todo muy vulgar, desposeído de la plasticidad y la carga mítica de un Sebastián asaetado o de un Savonarola en la hoguera, pero no por ello menos acontecibles y próximas, algo que como para Obregón pudo haberse hecho realidad para Floreal de no haberse escondido a tiempo, algo que nadie dejó de imaginar que fuera ya una realidad para Escala cuando corrió el rumor de su detención, del mismo modo que sólo la suerte de haber llegado antes que la policía al piso donde los del comité de estudiantes tenían la ciclostil había evitado que lo fuera también para Raúl y Federico. Esto es como los últimos días de Pompeya, dijo el padre de Leo. El volcán no tardará en entrar en erupción. Ya en tiempos de Hengel, el gran filósofo alemán cuyos pensamientos, aunque él fuera idealista, sirvieron de base, como si dijéramos, a los de Marx, ya entonces Barcelona era la ciudad del mundo que contaba en su historia con más luchas de barricadas, y ahora se acerca la última batalla. A un lado estarán los poderosos, con sus lujos, sus vicios, sus derroches; al otro, el hambre y la miseria del pueblo. Mientras los ricos son cada vez más ricos, los pobres son cada vez más pobres, y los millonarios y plutócratas ven engrosar constantemente sus pingües beneficios y sus sendos dividendos a expensas del salario del obrero. Por eso la revolución es tarea del obrero, que es el único que no tiene nada que perder, salvo sus cadenas. Pero está previsto que la misma marcha de los acontecimientos vaya demostrando su verdad y que, en su lucha, la clase obrera reciba el apoyo de otras clases y capas sociales, estudiantes demócratas, intelectuales progresistas, pequeña burguesía liberal y burguesía no monopolista, así como amplios sectores del clero y aun del ejército, es decir, de todas las personas de buena voluntad que, ante el fracaso del capitalismo y las perspectivas que el socialismo ofrece para resolver el problema de España, empiezan a ver claro. Nosotros consideramos que la tierra es del que la trabaja, y por eso el campesino, al hacer suyo este principio, se convierte en el aliado natural de la clase obrera. Esto no quiere decir, sin embargo, que seamos contrarios a la propiedad privada, sino al revés, que incluso la defendemos de quienes pretenden acapararla en perjuicio de la comunidad. La prueba es que, en los países socialistas, aun hoy día continúan existiendo diversas formas de propiedad privada. Y con la cuestión de la Iglesia pasa lo mismo, que no tenemos nada en contra de que el católico de buena fe practique su religión. Intervenía Teresa: parece que en Polonia, por ejemplo, decía, la gente va a misa mucho más que en España. Y Leo: además, decía, en realidad ahora tampoco se trata de hacer la revolución, sino de reinstaurar en España la democracia parlamentaria, un régimen de transición en el que estén representadas todas las fuerzas y tendencias democráticas del país. Y lo que os puedo asegurar es que, cuando llegue el momento, no ya los soldados reclutados en el seno del pueblo, sino los mismos miembros de las fuerzas represivas, policía armada y guardia civil, así como gran parte de suboficiales y cabos del ejército y hasta algunos oficiales y jefes, se sumarán a la huelga nacional pacífica. No os podéis hacer cargo del malestar que se respira en las salas de banderas, de los sueldos ridículos que los agentes del orden franquista cobran por hacer un trabajo que les disgusta, de lo raídos que llegan a estar los uniformes de los funcionarios de prisiones. Yo hablaba bastante con uno de mi galería y os aseguro que podemos contar con muchos de ellos no sólo de cara al derrocamiento de la dictadura, sino incluso en la fase del paso al socialismo. Y con la Iglesia igual, dijo el padre de Leo; el bajo clero, que ve de cerca los problemas del obrero, acabará poniéndose de su parte, y la jerarquía no tendrá más remedio que hacer lo mismo. Lo primero que tendrían que hacer los curas es ir con mujeres, dijo Juan. Ahora, con que tienen que ir a escondidas, se vuelven todos maricones. El Plan de Desarrollo fracasará, dijo Leo. Hace poco pillaron a uno allá en Montjuich, por la Tierra Negra, dijo Juan. Y lo del párroco de Pueblo Seco, que metía mano a los niños de la parroquia, y si no llega a ir la policía lo cuelgan. Lo único que hará el Plan de Desarrollo es desarrollar las contradicciones, dijo Leo. Hay demasiadas desavenencias y demasiados intereses antagónicos y fuerzas en conflicto para que pueda marchar. Inflación, paro, depresión, déficit de la balanza de pagos, cuando no es una cosa es otra. Y eso se debe, aparte de que el país está en huelga de brazos caídos, como aquel que dice, desde que acabó la guerra civil y por eso la productividad es tan baja, de hecho un boicot a escala nacional, eso se debe a que el proceso de descomposición del Régimen ha ido tan lejos que ahora son los mismos grupos y grupúsculos que forman la camarilla franquista los primeros en poner palitos al carro. Por lo que se ve, hasta la propia camarilla franquista está dispuesta a apoyar vuestra huelga nacional pacífica contra la dictadura, diría Federico al salir. Y Raúl: casi, te diría Leo. Pues mal asunto, dijo Juan. Si tienen tantos aliados, por algo será. Aquí pasa como con aquello de ganar la guerra antes de hacer la revolución. ¿Para qué y para quién? Pues aquí pasa lo mismo. Hablar de derribar al Régimen con los burgueses es engañar al pueblo. Si para derribar al Hitler y al Mussolini hizo falta una guerra mundial, ¿qué collons queréis conseguir con huelgas pacíficas? Y ellos lo saben de sobras. Que por eso fusilan al pobre chico de las bombas. Armar al pueblo es lo que hace falta, armar al pueblo. Y Leo: el hecho de que lo fusilen es una prueba más de la debilidad del Régimen, dijo; el gato se hace peligroso cuando está patas arriba.

Pregunta obligada: ¿puede un tipo como Leo volverse tonto, es decir, comportarse como si lo fuera, o se trataba más bien de una apariencia propia del estado de desorientación que sin duda experimenta al salir de la cárcel todo el que se ha pasado dentro más de tres años, o tal vez ya era tonto antes y no se habían dado cuenta? Pero no era ésta la única modificación observada en su comportamiento: cierta inestabilidad también, como desazón o inquietud, las maneras nerviosas, la risa algo crispada, o demasiado pronta o demasiado tarda, tras una especie de reacción de estupor, sintomática, se diría, de una relativa ausencia o alejamiento respecto a lo que se estaba hablando. La impaciencia que traslucía su silencio mientras el padre decía, no es porque somos hombres, Fortuny, y es humano que para un padre lo primero sea su hijo, pero el Leo ya ha cumplido y ahora lo que tiene que hacer es dedicarse a sus cosas y esperar, reservarse, que bien se lo ha ganado y esta gente se la tiene jurada. Acabar la carrera, ganarse la vida, casarse, fundar una familia; y aunque para nada se mencionase a Teresa, era como si Teresa empezara a crecer como crece una cámara de neumático según es hinchada y se despliega y endereza y cobra relieve, a dilatarse hasta hacerse perceptible incluso para quien no la estuviera mirando del mismo modo que, no obstante haber caído fuera de nuestro campo visual, se nos hace perceptible una centella. Impaciente, incómodo, cohibido, como dominándose para no soltar alguna inconveniencia o salirse con alguna frase destemplada, con la impotencia exasperada del que sólo calla porque cualquier palabra que pronuncie no hará sino redundar en la prolijidad de un tema cuyo mero planteamiento quisiera haber evitado, de manera que mejor hacerse el distraído, como si Leo no pareciera afectado o como si al menos Raúl no se diera cuenta de que lo parecía, forzando la conversación, desdoblándola, por ejemplo, con cualquier frase dirigida a Leo cuando el padre preguntaba a Fortuny, ¿oi que sí, Raimon?, y Fortuny decía que sí, que un abogado juega ya un importante papel político con el simple ejercicio de su carrera, limitándose estrictamente al aprovechamiento de las posibilidades legales, al margen de toda actividad clandestina, y Federico decía, pues es cierto, defender al humilde de los abusos del poderoso. Y entonces Raúl preguntó a Leo y hablaron de somníferos, o de algún tranquilizante concreto, maniobra de diversión de efecto seguro, uno de los pocos temas sobre los que podían extenderse sin tensiones ni reticencias, una vez mutuamente identificados como personas que tomaban pastillas, es decir –sin que se dijera– que ofrecían, aunque distintamente caracterizado, un cuadro neurótico, más propiamente depresivo en Leo, más bien de ansiedad o angustia en Raúl, con insomnio en ambos casos, y comparar reacciones experimentadas y efectos secundarios de la medicación, prescindiendo siempre, como de tácito acuerdo, de toda referencia a las motivaciones, a la causa de su necesidad de tomar pastillas, asunto siempre muy personal y, en el fondo, no menos ajenos a los dominios de la conciencia que de la voluntad, con independencia de que en un momento dado el fenómeno pudiera agudizarse por razones perfectamente localizables, la caída de Obregón, por ejemplo, en el caso de Leo, y más concretamente la responsabilidad tan involuntaria como efectiva que sin duda le correspondía por el hecho de haber contribuido a engrosar el historial de Obregón, los cargos de los que ahora Obregón debía responder, con su declaración de tres años atrás, al caer con Marsal, cuando él, Leo, sabiendo que Obregón estaba a salvo, y con el fin de reducir al mínimo el ámbito de los interrogatorios, había admitido pertenecer al partido comunista y mantener contactos con Obregón y posteriormente con Marsal, encaminados a intentar, hasta el momento sin éxito, la creación de un comité universitario, declaración no sólo coherente y verosímil, puesto que no constaba ningún otro teléfono de estudiante en las notas en clave encontradas en poder de Marsal, sino que incluso podría haber sido calificada de hábil, en el supuesto de que Leo hubiera tenido la seguridad de que Obregón no caería nunca en manos de la policía, presunción más que cuestionable, como los acontecimientos acababan de demostrar con sobrado énfasis, precisamente Obregón y, entre los sectores afectados, precisamente el universitario, de modo que no sería aventurado suponer, respecto a Leo, que era en la reactualización mental de su propia caída, más que en la caída de Obregón, donde había que buscar el núcleo conflictivo inmediato, del mismo modo que tampoco podía decirse que para Leo el problema fuera propiamente de miedo cuando hizo llegar a Raúl el último encargo de Escala, recibido vía Floreal sólo horas antes de que también él desapareciera a su vez de la circulación, como para mejor subrayar la gravedad y urgencia de los acontecimientos, de una caída que afectaba al metal, universitarios y empleados administrativos, sectores que, al parecer, entre detenidos y escondidos, habían llegado a un total colapso, sin contactos orgánicos de ninguna clase, situación, más que incierta, por momentos más y más alarmante, un derrumbe en cadena ante el que había que reaccionar fuera como fuese si no querían que se convirtiera en verdadera catástrofe. Había que limpiar cuanto antes de papeles comprometedores el piso donde el comité de estudiantes imprimía la propaganda y, en lo posible, salvar la ciclostil, sacarlo todo de allí antes de que llegara la policía, si es que no había llegado ya, un riesgo que era preciso afrontar aquella misma noche, apenas cerraran el portal, cargarlo todo en el coche de Federico, tú y él, entre los dos podéis de sobras, sería contraproducente que yo os acompañara, seguramente me siguen, a mí me conoce toda la brigada social, consideraciones hechas no exactamente por miedo, no al menos por el miedo a una nueva detención, o no solamente por eso, por el miedo a un nuevo y más penoso interrogatorio, al dolor físico, a más años de cárcel, el miedo a lo que podía llegar a decir si cayera otra vez, como el miedo, ante todo, a lo que podía haber llegado a decir tres años atrás con sólo que el interrogatorio se hubiera prolongado un poco más, con sólo que la policía, venciendo su dejadez o la fatiga o la rutina, hubiera insistido un poco más, el párpado contraído como para mejor dominar la ansiedad de la pupila al mirar a Raúl, los labios afinados como para decir si no lo has pasado no hables, si no lo has pasado no puedes ni imaginar lo que es aquello, refiriendo así su actitud a una experiencia que parecía considerar intransferible, muy equivocadamente, sin duda, dado que la reacción de Raúl, como la del aprensivo que por su misma familiarización con el desastre termina por ser capaz de enfrentarlo serenamente, bien podía estar determinada, más que por una imposibilidad de imaginarlo, por haberlo ya imaginado demasiadas veces, e incluso, en los últimos tiempos, casi deseado, encontrarse con la policía al llegar al piso, por ejemplo, la solución de continuidad que hubiera representado respecto a su actual situación, a sus problemas, quién sabe si hasta respecto a sí mismo, y así, de paso, dar un escarmiento a Nuria, que tan buena era para repetir, cuando hay que hacer una cosa, pues se hace, lo único que hay que tener es cojones, igual de resuelta y rotunda que Teresa en sus juicios y mucho más libre en sus expresiones, un léxico que a Teresa, con toda seguridad, debía parecerle tan inconveniente en una mujer como impropio de un contenido revolucionario, huelgas, repartos de octavillas, represión policíaca, manifestaciones, torturas, actos de heroísmo, frases que en labios de Teresa cobraban el valor de un conjuro, el don de convocar el heroísmo del pueblo más que de testimoniarlo, cuando, bien mirado, mejor haría hablando menos, que a fin de cuentas, dijo Escala, la conducta de Leo no ha sido precisamente la de un Dimitrov. Eso es lo máximo que puede decirse en su favor: que se comportó con debilidad. Criado en un medio semiproletario, Serra ha podido estudiar, no obstante, gracias al esfuerzo de sus padres, como cualquier hijo de la burguesía, permitiéndose incluso, también como cualquier hijo de la burguesía, ser un mal estudiante, cuando el prestigio de su actividad política exige justamente lo contrario, que el estudiante comunista sea, además, un buen estudiante. Ni intelectual ni obrero, Daniel, Serra tiene esos defectos del que se ha quedado a mitad del camino, sin el rigor ideológico de un Ferran, por ejemplo, ni la solidez característica de nuestros militantes obreros. Una ambigüedad que forzosamente había de ponerse de manifiesto en una situación extrema, como es una caída. Claro que si en una caída el camarada responsable se desmorona como se desmoronó Marsal, la desmoralización suele contagiarse a los demás detenidos, y eso es lo que pasó entonces; pero ello no quita el hecho objetivo de que el comportamiento de Serra no fuera el correcto. Nadie fue detenido por su culpa, es cierto, pero su comportamiento dista mucho de ser el de un buen militante comunista, de ser un comportamiento ejemplar. Si no se le expulsó del partido, como a Marsal, fue sólo porque su responsabilidad en el partido tampoco era la de Marsal. ¿Qué hizo, a fin de cuentas, Marsal? ¿Convertirse en un traidor, en un confidente de la policía, entregar a la policía la organización de la que era responsable? Por supuesto que no. Dio una dirección: la del lugar donde vivía. Y allí había anotaciones, números de teléfono. Y uno de los números estaba repetido: en clave, como los demás, pero también sin clave. A partir de ahí la policía descifra los restantes, desarticula todos los contactos de Marsal con las distintas células del partido, detiene a los enlaces que no han tenido tiempo de ponerse a salvo. Serra entre ellos. Uno de esos enlaces, el textil, se desmorona, y dice a la policía lo que sabe y parte de lo que no sabe. ¿Resultado? Casi cincuenta detenciones y la necesidad de reconstruir la organización de arriba abajo. ¿Y Serra? ¿Qué hace Serra? ¿Entregarnos a nosotros, sus compañeros de universidad? Tampoco. Serra está solo, él es el único estudiante detenido hasta el momento y sabe que debe seguir siendo el único. Pero no se siente con fuerzas para coger el toro por los cuernos, para enfrentar la cara a la policía, para decirles, en efecto, señores, pertenezco al partido comunista; por tanto, es ocioso decirles que no me van a sacar una sola palabra, los estatutos de mi organización me prohiben revelarles nada. Así, de cara. No se siente con fuerzas y opta por engañarles, por hacer creer a la policía que cede, que está dispuesto a hablar. Habla de Obregón, de cómo lo conoció en París, a través de un estudiante español hijo de exiliados; de los contactos que posteriormente mantuvo aquí con Obregón para estudiar un plan de infiltración en la universidad; de cómo Obregón le presentó a Marsal antes de volverse a marchar. Una declaración ingeniosa; habla sin decir nada útil a la policía, cortando incluso las averiguaciones de la policía respecto a la universidad al confesarse único responsable del partido en este sector. Pero lo ingenioso no es lo mismo que lo correcto. Hay una cuestión de principio, de actitud ante la policía, que no fue que digamos la que adoptó Serra. Pero aún hay más. ¿Cree Serra que realmente no dijo a la policía nada de utilidad, que no comprometió a nadie con su declaración? ¿Imagina que la policía no tiene memoria? ¿Que dejará de utilizar contra Obregón lo que él declaró y firmó si algún día llegan a cogerlo?, reflexiones que, a estas alturas, ya todo el mundo, salvo Teresa, parecía haberse hecho, como si ignorara o hubiera olvidado todos los detalles relativos a la caída de Leo cuando unía su voz a la de Nuria, emulándose ambas con fervor arrebatado en proclamar una integridad militante, una fidelidad política en la que, dada su improcedente insistencia, acaso veían el símbolo despersonalizado de una deseada fidelidad nupcial, Nuria y Teresa totalmente identificadas, por más que separadamente no desperdiciaran ocasión de criticarse, de marcar distancias, de lamentar Teresa, presumiblemente, que Nuria hubiera acabado por atrapar a Raúl, del mismo modo que Nuria lamentaba que Leo, que está muy bien, hubiera acabado por caer en las redes de Teresa; Leo se merecía algo mejor, algo mejor que esta tía que ha estado esperando tres años para ser la primera en metérselo en la cama cuando saliera de la cárcel, para cogerlo por ahí bien cogido y casarse con él y apartarlo de sus amigos de antes, que es lo que está intentando conseguir por todos los medios. Campaña insidiosa de Nuria, fenómeno de contagio o reacción coincidente, el clima hostil que Teresa tenía entre los amigos desde que soltaron a Leo era un hecho que a nadie podía pasar inadvertido, y a Leo menos que a nadie, sensibilizado a la más pequeña alusión, a la más pequeña muestra, ensimismándose, ensombreciéndose, no contradicciones antagónicas, pero sí aspectos de la usura cotidiana que en modo alguno podían contribuir a su estabilidad síquica, una estabilidad sobradamente puesta a prueba en los últimos tiempos por el tránsito que supone pasar de las discusiones ideológicas sobre la realidad española, en la cárcel, al contacto directo con esa realidad, o mejor, con su apariencia, tan irritantemente plagada de particularismos oblicuos, incidencias dispersivas, excepciones desorientadoras y excrecencias parasitarias, que el mero esfuerzo de mantener las ideas claras, de seguir percibiendo bajo semejante maraña las líneas maestras de la verdadera realidad, era algo que tenía su precio, que se pagaba de algún modo, una repentina sensación de cansancio o somnolencia, por ejemplo, una algodonosa amortiguación del intelecto, manifestaciones de postración que Raúl era capaz de reconocer en la medida en que se ajustaban a su propia experiencia, si bien, en lo que a él se refería, contrariamente a lo que cabía presumir respecto a Leo, todo intento de definir la causa, el principio activo de esa clase de malestar, de aislar el hecho concreto, la palabra, el pensamiento que lo había provocado, acababa llevándole, más que a un choque con las deprimentes circunstancias personales en que se debatía, generadoras no tanto de crispada flojera como de petrificación, no tanto sensación como estado, más que a eso, a una discusión ideológica cualquiera, al debate sobre la aplicación en la praxis de algún principio teórico, a la formulación abstracta, argumentaciones que, al modo de un tóxico que penetra en el torrente sanguíneo y se extiende uno tras otro a todos los miembros, parecían dilatarse en su interior y, como una fiebre, distanciarle de lo que se decía, marginarle del curso de la conversación, decantarle, ausentamiento progresivo que a duras penas conseguía revestir de considerativo silencio, a veces como con la impresión de haber vivido ya aquel momento, de saber exactamente lo que iba a pasar y pasaba, el temblequeo de las plumas contra los alambres, el viejo con un pañuelo anudado a la cabeza en el panorama de azoteas vacías, lo que dijo Federico al quitar el contacto y volverse a medias, recostado en el volante, Aurora trayendo hielo, las aceras de cualquier manzana del Ensanche, la terraza de un bar, las palomas aleteantes, el encontronazo con Escala, dos amigos que se tropiezan en plena calle y caminan un rato juntos, lo más normal del mundo, la autocrítica, Daniel, la necesidad de autocrítica, los errores derivados de un exceso de penetración en el análisis, de sobrevalorar la inteligencia del enemigo, su peligrosidad, porque el hecho de que el Plan de Estabilización no haya sido un completo fracaso no significa, ni mucho menos, que el Plan de Desarrollo deba constituir necesariamente un éxito; no vamos a ser nosotros quienes de antemano cedamos al enemigo todos los tantos. La realidad es que existen las condiciones precisas para el triunfo de una huelga nacional pacífica. Pero aunque las condiciones no fueran las óptimas, tampoco íbamos nosotros a hacer el juego al enemigo proclamándolo, ni a cruzarnos de brazos esperando tiempos mejores. Hay ocasiones en que cierta dosis de subjetivismo es no sólo saludable, sino incluso imprescindible. ¿Qué hubiera sido del partido si los camaradas de la dirección no se hubieran dejado llevar por ese saludable subjetivismo cuando, al final de la guerra civil, se encontraron con que era preciso volver a empezar, poco menos que desde el principio, si no hubieran creído que la hora del desquite estaba próxima, si hubieran sabido que iba para tan largo, que a estas alturas, más de veinte años después, iban a estar todavía en la oposición clandestina? ¿No se hubieran visto ganados por el desaliento, por actitudes liquidadoras y derrotistas? ¿Cómo poner en duda que sin la acción constante y entusiasta de ese subjetivismo sobre la realidad política española no hubiera sido posible cubrir, como se ha cubierto, la distancia que media entre la situación de entonces y la de ahora, entre la instauración de la dictadura franquista y su derrocamiento por medio de una huelga nacional pacífica en la que se darán cita todas las fuerzas antioligárquicas sin excepción, conscientes de que de su presencia en la calle dependerá su futuro político? Eso sí, hay que estimular la formación de los grupos católicos, socialistas, catalanistas o simplemente demócratas, ayudarles a que tomen conciencia de los intereses que representan, del papel histórico que les aguarda en cuanto portavoces de las distintas clases y capas sociales, hacerles conocer nuestra alternativa democrática. La alternativa democrática: el derrocamiento; la inmediata formación de un gobierno provisional sin signo institucional y con participación comunista que organice elecciones libres y democráticas, el papel del partido en el nuevo régimen resultante, un régimen de transición caracterizado por la aceptación por parte del partido del juego parlamentario, el triunfo del socialismo por vía pacífica; el centelleo de aquellos lentes, más sustancial, se diría, que adjetivo, como si la verdadera función de los cristales no fuera tanto hacer más precisa su visión como ocultar tras los reflejos su mirada, sus pensamientos, su personalidad secreta. Parece que cuando era estudiante creó la primera célula universitaria comunista de la posguerra, en plena época del maquis, dijo Fortuny. No lo comentes con Federico. Se ve que la cosa no arraigó, hubo alguna caída, pero a él no le pasó nada. En cambio, durante la huelga general del 51, cuando ya era abogado, alguien cantó y le pringó hasta las cejas, y tuvo que largarse de su casa por las azoteas; era responsable de propaganda y hasta llegaron a montar una imprenta en un sótano. Desde entonces está clandestino. Conoce casi todos los países socialistas. La China Popular, lo más maravilloso después de la Unión Soviética. Te diré, Daniel, que, personalmente, pese a mi admiración sin límites por la Unión Soviética, siempre he pensado que todo hubiera sido más fácil si, como suponía Marx, el comunismo hubiera nacido no en Rusia, sino en Alemania. Mayor rigor, sin duda. No obstante, si bien en el plano mundial el dogmatismo representa indiscutiblemente un gran peligro, el revisionismo sigue siendo el mayor peligro en el plano nacional. Y en Cataluña, sobre todo, el titismo, por lo que tiene de halago al espíritu nacionalista y pequeñoburgués. Y el trotskismo o desviacionismo de izquierda. En cuanto a Cuba, el castrismo es sólo un fenómeno episódico; Castro es a Cuba lo que Kerenski fue a la URSS. Como espectáculo, quizá impresione a un Lucas o al majadero de Esteve. Y Federico: o sea, un aventurero, un romántico. Y Floreal: esto mismo; la prueba es que cuando quiere hacer algo en serio tiene que recurrir a los cuadros del partido. Y Juan: pues para mí que el tío es un facha. Y Leo: un fenómeno positivo que será superado por la propia dialéctica de la revolución. Y Federico, en casa de Adolfo, o tal vez en el coche: ¡Abstracciones! ¡Disparates! ¿Te das cuenta? Esto demuestra la peligrosidad de la policía. Si cuando cogen a tipos como Obregón o al Zorro son capaces de matarlos a palos es porque están tan locos como ellos. Acciones de masa en las que no ves más que grises y una vanguardia del proletariado que al parecer está formada, sobre todo, por estudiantes, por hijos de la burguesía, por memazos como tú y como yo. Y Juan: ¿Oi que sí? Señoritos de mierda, sí, señor. Y el padre: no generalicemos. Como en todas partes, hay de todo. Pero yo encuentro que donde el obrero encuentra más comprensión es precisamente en el estudiante. Y esto ¿por qué? Pues porque el estudiante es una persona de cultura. Lo que pasa es que hay que canalizar las enseñanzas de la cultura, que hasta ahora eran privilegio de unos pocos, a todo el pueblo. Dar cultura al pueblo, esto es lo que hay que hacer. Por eso nosotros nos hemos sacrificado, para que el Leo pueda estudiar. Y la hermana: el Leo es diferente. El Leo es, como si dijéramos, un obrero. Y Juan: tú te callas. Tú no hables de lo que no sabes. ¿Tú te crees que los obreros de ahora son como los de antes? Ya les daría yo a los obreros de ahora. Ahora, si el sueldo no llega, pues hacen horas extraordinarias y hablan de fútbol. Pero espera que vuelva la República y verás cómo entonces, que la huelga será legal, te hacen huelga por cualquier cosa. Ya les daría yo entonces con las ametralladoras en los morros a estos castrones de ahora. Y Floreal: ¿y qué tiene de malo que a la juventud le guste el deporte? Seguramente también les gustaba a los jóvenes en el treinta y uno, y ¿quién hubiera dicho, una semana antes del catorce de abril, que iba a venir la República? Lo que pasa es que tú te has parado en la época de la guerra y te piensas que todo hay que hacerlo por la violenta. Pero el mundo ha dado muchas vueltas, y hasta el mismo Lenin, si ahora estuviera aquí, sería partidario de la vía pacífica. Y Juan: el que en realidad hizo la revolución rusa fue Magnus, y luego Lenin lo hizo pelar. Y Leo: el problema no es que el intelectual no pueda ser revolucionario. El problema es que, aunque sea revolucionario, no conoce de verdad a la clase obrera. No está en contacto con las masas, integrado en el pueblo, y su visión es parcial, teórica, exterior a la clase obrera. No conoce la verdadera realidad. Y Floreal: el intelectual revolucionario, por su mayor preparación, tiene actualmente ante sí una gran labor a realizar en ateneos, círculos, peñas y asociaciones de carácter cultural, orfeones, clubs deportivos, centros parroquiales, etcétera. Y el padre: el Leo no puede meterse en líos. Está muy quemado y se la tienen jurada. Y Floreal: pronto lo estaremos todos y entonces querrá decir que ya los tenemos en el saco, palabras que tan breves días después habían de cobrar, como en una celda vacía, ecos sarcásticos para quien atinara a recordarlas, por más que nadie concediera demasiada importancia a las primeras noticias, a los primeros indicios de una caída, la detención de una camarada, empleada administrativa de un laboratorio farmacéutico, golondrina que no hace verano, polvos que no tienen por qué hacer lodos, de igual modo que a nadie preocupa la mirada burlona de la portera al salir a la calle, aunque uno empezará a inquietarse si se tropieza con la misma mirada dondequiera que vaya; en las mecanógrafas del despacho, en el camarero de una cafetería, en los pasajeros del metro, en el personal de los negociados y notarías, en los alumnos de la Facultad, en los acompañantes de un entierro, como empezaron a inquietarse todos a medida que los datos alarmantes proliferaban y se sucedían a un ritmo tal que, por un momento, llegaron a temer que la caída de cuando Marsal sólo hubiera sido como un ensayo de la de ahora, cuyas verdaderas dimensiones se configuraban en círculos cada vez más amplios en torno al punto inicial, la presencia de la policía en el domicilio de la detenida, el registro, las jactancias de un agente en el sentido de que la detenida estaba seguida desde hacía tiempo, de que la habían cogido en plena cita con un pez gordo, con un miembro de la dirección del partido comunista, la confirmación de que dicho pez gordo era Obregón, los rumores de más detenciones, en el sector del metal, en el de oficinistas y empleados de banca, de que, a través de una camarada de la Caja de Ahorros que estudiaba por libre Económicas, la caída se había extendido al grupo universitario, relatos de torturas, de un intento de suicidio, la búsqueda de casas para los que tenían que esconderse, el aviso de que Fortuny no regresara de París hasta que la situación estuviese más clara, la desaparición de Escala, tomada al principio por detención, la huida de Floreal sólo unas horas antes de que la policía se presentara a buscarle, sus últimas instrucciones, la espera en el coche de Federico vigilando el portal, la subida al piso con dos maletas vacías, el instante de abrir, de recoger las máquinas y llenar las maletas de cuantos clichés y escritos encontraron, ya sin pensar siquiera que la policía, como una araña en su tela, podía estar esperando dentro, esperándoles a ellos, a Federico, a Raúl, por más que también pudiera estar esperándoles fuera, en la calle, para pillarnos con las manos en la masa, cargados de tonterías, fíjate, fíjate, octavillas y borradores manuscritos, ejemplares de Realidad y cartas personales, cartitas de amor, fíjate, Estimada Mireya, seguro que es un petardo, cartitas de amor entre camaradas, un nido de amor y revolución, imbéciles, por culpa de estos imbéciles nos van a enganchar como si fuéramos comunistas. ¿O es que tú todavía te crees que sigues siéndolo? ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué hemos venido? ¿Por amor a Leo? ¿Por solidaridad moral? El sudor excesivo, propio de un esfuerzo físico superior al de acarrear todo aquello, los ojos como con un revuelo de palomas espantadas, la misma risa incontenible de cuando se enteró de lo de la novia de Pluto, una risa contagiosa, producto, probablemente, no tanto de las ganas de empreñar que pudiera atribuirle Fortuny, como de un exagerado sentido del ridículo, unido al hábito, no precisamente nuevo, de situarse a sí mismo en el centro de la situación imaginada, convertido en objeto de general escarnio, suplantando, por ejemplo, a un Raúl reo de delito común, militante comunista finalmente encarcelado por complicidad en un aborto, ¿no ves que Pluto, con tal de hacer un chiste, es capaz de irlo contando hasta que os empapelen a todos? Tendría gracia acabar en la cárcel, pero no con los políticos, sino con los chorizos. Y añadió: en todo caso, seguro que se está mejor con ellos que con los políticos, conjetura hecha, ésta sí, como si Fortuny no estuviera esperando en París que se despejara el panorama, sino con ellos, en casa de Adolfo, con Nuria y Aurora y Pluto y Mariconcha hablando de ir a dar una vuelta por las Ramblas, igual que meses atrás, al salir Leo de la cárcel, cuando todavía no iba con Teresa y, si se emborrachaba un poco, aún se ponía hasta como eufórico, casi como en otras épocas, metiéndose con la gente, locuaz e incisivo, aunque con una penosa tendencia, tal vez no del todo nueva, tal vez por eso mismo precisamente penosa, a dar una interpretación política a lo que bien pudiera tratarse de mera manifestación alcohólica, a tomar el pelo, pongamos por caso, a un pobre hortera sin conciencia de clase o a confraternizar en exceso con un presunto proletario en busca de pagano, a partir de cualquier astuta sugerencia, posiblemente tan insincera como intuitiva, la afirmación de que él no le lamía el culo a nadie, o similar signo de politización, actitud, pese a todo, natural, propia del Leo de antaño, no cohibido, no inhibido, sin beber apenas, como en las cada vez más espaciadas ocasiones en que aún les había acompañado desde que empezó a salir con Teresa, aumentando con su circunspección la distancia que de ellos les separaba, consciente de esa distancia, así como de que ellos eran igualmente conscientes, y por lo mismo, con toda evidencia, más y más próximo a Fortuny, ahora que también con él casi habían dejado de verse, sin que el paso de Raúl a la célula de intelectuales y el hecho de que Fortuny se convirtiera en secretario de organización del comité de estudiantes fueran suficientes para explicar por sí solos el cambio, la estrecha relación creada entre Fortuny y Leo, el alejamiento de ambos respecto al grupo, postura reticente a la que sin duda no eran ajenas ciertas observaciones de Escala donde, bajo las explícitas referencias a Federico y Adolfo, cualquier buen entendedor podría descubrir una clara advertencia dirigida a Raúl. La clase obrera no es un obrero, Daniel, sino el proletariado considerado en su conjunto, un todo distinto a la suma de las partes, pero no por ello simple dato teórico, sino, asimismo, eminentemente operativo en el terreno de la praxis. La clase obrera no es uno de esos obreros con los que puedas tropezarte de un modo fortuito y, sobre todo, atípico, un sábado por la noche en cualquier bar del Barrio Chino, la clase obrera es algo más que eso y si alguien tiene derecho a simbolizarla es ese obrero que trabaja sus ocho, diez, doce y hasta catorce horas en talleres, fábricas y construcciones, que se traslada de su casa al tajo y del tajo a su casa en transportes colectivos, metros, tranvías, autobuses, de punta a punta de la ciudad, un trayecto frecuentemente más fatigoso que el propio trabajo, ese obrero que vive en bloques de viviendas como colmenas, cuando no en barracas, en hacinada promiscuidad de padres, hijos, hermanos o cuñados; ese obrero con una mujer que, como verdadera compañera, hace faenas, horas extraordinarias, lo que sea, porque hay que sacar los chicos adelante y el jornal no da para más, esto, esto es la clase obrera. Daniel, la estrechez en la opulencia y no la imagen personal y atípica que puedan haberse formado Esteve o Lucas como consecuencia de sus incursiones nocturnas de señorito rebelde, especialmente Lucas, que a juzgar por lo que escribe se diría que el tajo de los obreros está en el bar, en un bar cualquiera de los que recorre en el curso de sus salidas, de su exploración del arroyo, de sus encuentros con el alcohol y la droga, el homosexualismo y la delincuencia, la prostitución y el lumpen, ejemplo, a lo sumo, de lo que no es un obrero, de lo que nada tiene que ver con la rígida moral y el fino olfato político que caracterizan al obrero, única fauna que uno puede encontrarse en compañía de Adolfo y Federico, un sábado por la noche, por ejemplo, con Aurora, con Nuria, con Pluto, con Mariconcha, con Manolo Moragas, en insana busca del barro necesario para justificar el propio barro, lascivia que justifique la propia lascivia, embriaguez que justifique la propia embriaguez, coincidiendo una vez más ante cualquier otro altar de su ritual peregrinaje, ante una barra fregoteada y unos vasos de borde no previamente secado y quién sabe si tan siquiera limpiado, coincidiendo de nuevo con los dos atípicos, los dos proletarios entregados a celebraciones saturnales, un poco más bebidos que la vez anterior los dos, el charnego batiendo palmas y taconeando, chisteando, triunfando con su traje marengo, su corbata vistosa aunque aflojada, sus zapatos picudos, y el otro, el catalán –a juzgar por el lustre y los negros ribetes de sus uñas, posiblemente un mecánico–, ora coreando todavía las gracias de su compañero, repitiendo sus expresiones más felices, incitándole a nuevos lucimientos, resignado al parecer a su papel de estímulo y comparsa, ora quedando como ausente o absorto, como sumido en barruntaciones, quizás en la admirativa envidia tanto del traje marengo, de la corbata vistosa y los zapatos picudos del andaluz o murciano o extremeño, en humillante contraste con su camisa de franela a cuadros y su chaqueta de paño distinto al de los pantalones, seguramente aprovechada de un traje anterior, como de la diabólica facultad del otro de caer bien a la gente, de hacer gracia a todo el mundo con sus ocurrencias, de ligar con las mujeres con sólo decirles cuatro tonterías, cosas que él no atina a decir ni cuando bebe, otras palabras y, sobre todo, otra manera de decirlas, no de corrido ni con furia, como cuando él bebe y se dispara como una ametralladora y ya no le para nadie y entonces las mujeres terminan por mandarle a paseo y los tíos se encabronan y acaba liándose a hostias con cualquiera, frustrado, incomprendido, bien por su incapacidad de expresión, bien por falta de la audiencia necesaria para hacer humor en catalán, más socarrón, más campesino, basado, por ejemplo, en el elogio exagerado del interlocutor, contrapuesto a una también exagerada minimización de uno mismo, un humor que para su completa efectividad requiere que los oyentes sepan quién es uno y quién es otro, de modo que la respectiva situación de uno y otro en la comunidad se convierta en soporte objetivo e irrebatible de la ironía, pero que donde nadie conoce a nadie y cuando ni siquiera es seguro que entiendan lo que uno está diciendo, se hace tan imposible como imitar con éxito al otro, al andaluz, de un humor más paródico, fundado en la metáfora o calificación burlesca, esencialmente formal y adjetiva, un tipo de humor para cuya práctica al catalán forzosamente han de fallar las palabras, el acento, el retintín y, sobre todo, la facilidad, toscas, bastas aproximaciones que, lejos de engañar a nadie, evidencian la torpeza y mala sombra del gracioso, marginándole, a nivel de relación personal, en cualquier circunstancia en que importe hacer gala de ingenio, rechazado como interlocutor válido, excluido del humor dominante en cuanto humor del idioma dominante, confinado en sus improbablemente apreciadas bromas en catalán, vuelta al elogio exagerado del contrario y al autovituperio, contraposición que al no ser debidamente captada y celebrada ni por el antagonista ni por la concurrencia, puede llegar a acentuarse amenazadoramente, a obligar incluso a una más explícita inversión de términos, haciendo derivar la cuestión hacia extremos peligrosos, a las manos, en la calle, de hombre a hombre. Y es entonces cuando tiene que intervenir el extremeño y poner paz y aclarar las cosas y zanjar el asunto invitando a todos a una copa, el extremeño una vez más polarizador de la atención general, con la desdeñosa seguridad del alfarero que, como sordo al asombro exclamativo de los mirones, se esmera más y más en la portentosa conjugación de movimiento rotativo y sortilegio digital que convierte el barro en formas perfectas, señoreando la situación sin más autoridad que la dimanada de su natural donaire, acatado tal vez no sin reservas ni rencores por el catalán, pero acatado, uno de esos catalanes en los que él tanto admira el que siempre sepan dónde van y, sobre todo, el que vayan, tozudos, tesoneros, capaces siempre de distinguir lo esencial de lo accesorio y de ir detrás de la cosa y de estropearlo todo al final de pura mala leche que gastan, gente que no sabe beber ni tiene facilidad de palabra ni gracia, con eso de ponerse a reír solos, en exceso y por anticipado cuando hacen una gracia que no hace gracia a nadie, y eso porque todo el rato están pensando, porque tienen la cabeza en otra cosa, en lo que han de hacer y dejar de hacer, no en que hoy es sábado, sino en que pasado mañana será lunes. Pero hoy es sábado y no hay que pensar no ya en el lunes por la mañana, sino ni siquiera en la vuelta a casa esta madrugada, dormitando en el primer metro si –lo más probable– no le queda para el taxi, ni en la mujer que le espera malhumorada, ni en los niños, ni en cómo se las arreglarán para pagar el próximo plazo del piso, ni en las excusas que dará a la patrona cuando ella vuelva a pedir los atrasos, ni en qué cara poner mientras su hermano empiece con los reproches que él no ha hecho tantos esfuerzos para que él no haga ninguno, que a este paso no podrá casarse ni tener piso propio nunca, que cuántos hay en el pueblo que ya quisieran, que si cuando traigan la madre, que si cuando se case, y la mujer dirá que si no se hubiera casado con él, y la madre dirá que por qué Dios ha tenido que castigarla con esa cruz de hijo, y los chavales llorarán, y los de la barraca de al lado gritarán que se callen, y los del piso de abajo darán golpes en el techo, así que mejor pedir otro cubalibre y olvidar que no puede seguir así, sin ahorrar, sin piso, sin casarse, viviendo realquilado y saliendo por ahí los sábados por la noche, gastando como los que tienen, él, que no tiene, que no es nadie, que es un desgraciado, con una mujer abnegada que no se merece, con unos chavales como soles que no se merece, con una madre querida que no se merece, que está vieja y gastada, que seguramente morirá sin la tranquilidad de verle encarrilado, porque pasa el tiempo y él no prospera, ni puede prosperar mientras no cambie de vida, mientras viva al día y vaya tirando hasta que ya no valga para nada, si es que antes no tiene un accidente y queda imposibilitado, vivir así no es vivir, lo que hay que hacer es olvidar, no pensar, pensar que hay que olvidar, que la vida es un tango, un soplo, una ruleta, fallando y fallando, no vuelvas a apostar, no con el corazón, te diré, no con el alma en la mano, no así por el mundo, tú eres de los que lo darían todo y entonces se aprovechan, el mundo está lleno de falsos amigos, de malos amigos, de hijos de puta, tu hermano, tu hermana, tu mujer, tu cuñado, tu novia, tu madre, todos unos hijos de puta, todos menos tu amigo, y tienes que decírselo, cogerle del hombro, cantar para él solo, que lo sepa, ese sí que es un amigo, el único, y todos los demás son unos hijos de puta, todos menos ése, un amigo de verdad, ahí, el catalán ese, un ser con un corazón así de grande, pese a su exterior algo abrupto y a las naturales diferencias de carácter, un hombre de risa menos fácil, menos voluble y comunicativo, por lo común más bien ceñudo, con aspecto de persona que cavila, que da vueltas a las cosas, un tipo con ideas, con ambiciones, que va como a tiro hecho, esta tía, aquella moto, gallego si antes de un año no tengo aunque sea una de segunda mano, venga, ésta me plancha las orejas como sea, no saben lo que tienen, si yo fuera mujer vaya puta, todo el día tomando, clases nocturnas, cursos por correspondencia, matricero, técnico en algo, especialista, y entonces se te rifan, y tú, tú sí, dices, tú no, maricón, me voy a esta empresa que me paga más, y si no me paga más me voy a Alemania, te jodes, ya se sabe, tú, así es la vida, como la mili, tú, y entonces todos te respetan y eres alguien y los de la escalera se quedan jodidos, coño, tiene moto, coño, se folla cada tía, coño, se compra un piso y se casa, y dejas la escalera y todos se quedan jodidos, te hacen buena cara y vienen a darte coba, pero se quedan jodidos, y tú, chúpate ésa, toma y toma y toma, a tomar por el culo todos, ya verán entonces, cuando se note que tienes cuartos, que prosperas, casarse y tener un hogar y vigilar a tu mujer como a tu prójimo, que el que no está al tanto mejor que pliegue, tú, en esto hay que tener las ideas claras, es la jungla de asfalto, tú, y el que no se espabila nunca será más que un desgraciado acharnegado y la gente no hará más que meársele encima, meditaciones, sin duda, de contenido distinto a las del murciano, pero de muy semejante valor desde un punto de vista ideológico, a causa, probablemente –la patanería de sus maneras, su pasión sólo atemperada por la desconfianza del que no está seguro del terreno que pisa, los colores de su tez, incluso, delataban que no podía ser de otro modo–, de que, al igual que su compañero –clásico ejemplo de emigración interior, del movimiento sur-norte, del éxodo campo-ciudad, de la asimilación del bracero agrícola al peonaje industrial, al ejército de reserva que para su desenvolvimiento precisa la economía capitalista, mano de obra barata en la medida en que, por su misma miseria y desarraigo, desprovista de conciencia de clase–, también él procedía del campo, de alguna zona atrasada de Cataluña, alguna comarca del interior sumida en la depresión económica, de manera que, aun siendo catalán y encontrándose en Barcelona, su pertenencia a un proletariado de aluvión compuesto casi exclusivamente por gentes de habla castellana, le colocaba en la incómoda y equívoca situación de extraño en su propia tierra, caso tanto o más triste que el del emigrante normal o charnego, y desde luego no menos conflictivo, circunstancia que, en consecuencia, explicaría de forma enteramente satisfactoria su falta de conciencia, su no integración, pese a ser catalán y obrero, en la clase obrera barcelonesa, un proletariado tradicionalmente revolucionario, nacido de la descomposición de las últimas estructuras gremiales, los residuos del espíritu jerarquizante y pactista de otros tiempos tempranamente puestos a prueba por la revolución industrial y su obligada decoración suburbana, adoquines y humo, desamparo y andrajos, hacinamiento, tuberculosis, famélica legión tempranamente enterada de la clase de progreso que para ella significaba la máquina de vapor, pronta a tomarse la justicia por su propia mano, que la burguesía no tardó en proclamar siniestra mano internacional, peligrosamente diestra en el manejo de la pistola y de las bombas, reencarnación de la Antiespaña, enemiga secular de España y de los seculares valores que España representa, algo que viene de fuera a dentro como un microbio y que como un microbio hay que tratar o, mejor aún, prevenir, con las tradicionales reacciones, el derechazo, por ejemplo, derecho de las derechas, verificándose así un fenómeno, más que de aproximación, de identificación de la gran burguesía catalana y la oligarquía española y sus sanos valores antidóticos y terapéuticos, fenómeno paralelo y de sentido inverso al del internacionalismo proletario, realidad, por lo demás, más dialéctica que real, salvo en lo que pudiera suponer de desentendimiento del problema nacional catalán, relegado entre unos y otros, con el tiempo, como la platea del Liceo, a uso exclusivo de las clases medias, significativo índice del elevado nivel político de un proletariado que gracias no tanto al desarrollo económico como a su combatividad reivindicativa ha conseguido alcanzar una posición hasta cierto punto desahogada, de un proletariado que no por encontrarse, debido a su alta cualificación técnica y al hecho de haber sido sustituido en los trabajos más duros por el charnego, en la linde misma de la clase obrera, donde el obrero se convierte en técnico, ha de renunciar a su sensibilizada conciencia de clase, prosperidad relativa que, sin duda, no hace sino acentuar, por contraste, el amargo tono de los pensamientos de nuestro mecánico, del lumpen catalán, del atípico, empujándole a buscar las compensaciones que el sistema capitalista ofrece al pueblo, el vicio barato, la saturnal ronda de coñac y puta, el ansioso ojeo de bar en bar, apostado en la barra, entregado a la operación de seleccionar la pieza, de integrarla, aunque sólo sea mentalmente, en su delirio de cuerpos entrechocados, de eyaculaciones encabritadas, ocupación susceptible, aun independientemente del resultado final, de sustraerle siquiera por unas horas de la realidad de su situación, catalán y pobre, o mejor, catalán no próspero, con un mal humor en todo semejante al mal humor hasta cierto punto inherente a la condición de catalán próspero, pero sin ninguna de las satisfacciones que para el catalán próspero indudablemente se derivan en orden a una mayor respetabilidad, el lógico mal humor de un catalán que ha tenido que emigrar a Barcelona como un charnego y vivir en Barcelona entre charnegos, sin ayuda, sin relaciones, sin figuras de relieve a que arrimarse, algún familiar, algún hijo del mismo pueblo que hubiera triunfado y ahora echase una mano a los paisanos que siguieron sus pasos, o algo por el estilo, nada, todos en situación parecida a la suya, dejando el pueblo como él, con una mano delante y otra detrás, un pueblo de desgraciados que hacía desgraciado a quien tuviera la desgracia de nacer allí, un pueblo sin tierras de cultivo que valieran la pena ni suficientes pastos naturales ni industria ni turismo, allí no se acercaba nadie y al que se acercaba lo corrían a pedradas o poco menos, el quinto coño, un pueblo de montaña, eso sí, muy sano, el aire de montaña, el agua de montaña, la comida de montaña, gente de mucha vida, buenos colores y sangre espesa, ardores que prenden de pasión los ojos y nublan la vista y encienden las venas henchidas por el deseo, el miembro acrecentado hasta extremos con frecuencia inconcebibles, así, ante cualquier estímulo, la polla como un madero, agarrotada, así, mirando a estas tías, la de los pelos sobre todo, si lo supieran, si supieran lo que él era capaz de hacer, cómo llegaban a ponerse con él, con sus golpes, dale y dale y dale, las ponía como locas, si tuviera la oportunidad con una de esas tías con cuartos como la de los pelos, una caprichosa de ésas, y si ella ya no pudiera olvidarlo, y si se lo llevara con ella a ver mundo, en su coche; dadme el mundo y lo levantaré con la polla. La pausa que refresca. Maestro, dos cubalibres más. Gesto dadivoso del otro atípico, del charnego, de nuevo aplicado a encender la ya incombustible faria con cierta lasitud, como momentáneamente adormecido en sus bien ganados laureles, la fijeza reluciente de su mirada, la boca floja después de tanto como dispararse al jalear, un deje de triunfo en la expresión a la vez que de desprecio, desprecio hacia todos los que no podían compartir su triunfo, el triunfo de ser de una tierra que si bien tuvo que abandonar para ganarse la vida y en la que, como todos los que habían emigrado, como todos los que habrían de emigrar, por nada del mundo quisiera volver a encontrar, era, qué duda cabe, una tierra única, niño, el flamenco, la manzanilla, el chanquete, los toros, los almejones, la imperforable cachondez de las mujeres, la gracia y el donaire de la gente, única de verdad, de verdad verdadera, asombro de extranjeros, atracción de turistas de todas las partes del mundo, algo grande, niño, los pueblos blancos, el sol, niño, algo que todo el mundo envidia, y él era de allí, niño, él, afortunado entre los afortunados, andaluz, receptáculo de esa gozosa beatidad sólo equiparable, en cuanto producto de la autocontemplación, a la que pueda albergar otro andaluz, terrateniente o peón, latifundista o bracero, uno de otro únicamente separados, en definitiva, por unos cuantos miles de hectáreas, el cortijo y el palacio barroco, pero uno y otro poseídos por la misma convicción de privilegio existencial y la misma desenfadada y elemental ignorancia respecto a todo lo que no es Andalucía, afinidades cimentadas sobre una singular coincidencia de gustos e identidad de aficiones, cuyo disfrute, para el latifundista, se ofrecerá a modo de maravilla natural de un universo armónico, regalo espontáneo de un dominio donde cada cosa está en su sitio, mientras que para el bracero sólo puede significar algo mucho más inmaterial, un estado más que otra cosa, un estado al que siempre cabe acceder de nuevo, a semejanza de ese ingrávido reposo alcanzable mediante la práctica de diversos ejercicios de yoga, sin que el dónde casi importe cuando se es de la tierra de uno, basta simplemente una favorable disposición de ánimo y un poco de compañía y un poco de cante y unos cuantos vasitos, aunque sean de cubalibre, al alcance de la mano como quien dice, decir allá voy y, como conjurando el ambiente, dar una palmada contra el mostrador, bruscamente reactivado, ea, niño, viva Málaga, otra vez en el centro, también él mirando a Nuria, provocado sin duda por su gesto de sacudirse el pelo, por un momento insistentes sus ojos exultantes, intencionados, como diciéndole, no hagas comedia, nena, ya sé yo lo que a ti te gusta: que te lo coman. La llamada del taconeo, de las redobladas palmas; imposible ya poner atención a otra cosa, propiciando la unción y reverencia precisas para salir ahora por fandangos o cachondeos, malagueño saleroso, noche de ronda y parranda, un tangáy del caráy, ay que me mu con el guirigay, que al Uruguay no me voy, guay, guay, con el marabú, con el ay, sal y pimienta y guindilla y aguardiente, la que se arma. Pero el otro, el Metepollas, el Tragatetas, no estaba para historias, para esperar con los brazos cruzados que el malagueño saleroso concluyera como quien agoniza sus coplas floreadas, y al ver que las tres viciosas aquellas se levantaban con sus acompañantes empezó ya, con ascuas en los ojos, como suele decirse, y las nerviosas manos en los bolsillos, a repasar el resto de las presentes, a valorarlas, a medir posibilidades, firme en su brutal resolución de follar, de agarrar una tía y acabar la saturnal en la cama, los dos al pelo, machihembrando, sin resignarse todavía al desenlace de cada semana, a la materialización habitual, en desdichado comercio, de su deseo, de putas, en la calle Tapias, con algún ser de boca macabra, vientre grabado y esfínteres cedidos, sin renunciar aún a la esperanza, con la fija obstinación con que un oligofrénico con propensiones homosexuales –torvas ansias no por imposibles indiscernibles– abriga el terco propósito de sodomizar algún día al admirable urbano de la esquina, que por las mañanas divisa desde su balcón. Sin renunciar a follarse a una, a jodérsela, picársela, zumbársela, tirársela, calzársela, cepillársela, apalancársela. Sin renunciar a nada, la noche es joven, la vida da muchas vueltas y el mundo es un pañuelo, como lo demuestra, sin ir más lejos, el hecho de que el camino de nuestros dos atípicos se entrecruza de nuevo con el de ellos, ya en la fase final del acostumbrado viacrucis sabático, como diría Pluto, en una de las últimas estaciones, un antro de flamenco y locas, el Metepollas o Tragatetas en torvo ligue con una camarera de la barra, el Malagueño Saleroso desgañitándose para un sujeto con aspecto de mayoral o apoderado y su corte de invitados, en torno a media docena de botellas de manzanilla, una especie de tiranuelo otomano, hierático y coñón, el típico andaluz de silueta acebollada, esponjoso, cetrino, de hocico atocinado y hablar ceceante, un hiposexual, sin lugar a duda. Fueron al Jamboree y a la Venta, a esa hora un poco lóbrega del cierre de los bares, cuando se van apagando los cristales y los peones y caen las persianas metálicas, mientras la gente se reagrupa, frustrada, vacilante, como desorientada, para finalmente acogerse a las dos horas de aplazamiento que supone meterse en un sitio con música, dancings, cabarets, antros de flamenco. Entraron detrás del albino, justo para cerciorarse de que era él y volver a salir, en tanto que las invitaciones a pasar de una macilenta marica concluían, perdida toda esperanza, en grosero envío. Tampoco en el Jamboree habían hecho más que asomarse y salir huyendo, no bien sus ojos se habituaron a la penumbra y el humo, demasiadas caras conocidas para que resultara atractivo permanecer allí, como no fuera con el fin de constituirse en asamblea libre y proceder a la aprobación de un manifiesto de carácter revolucionario, moral y eróticamente solidarizados con los blues de Gloria Stewar. Y fue entonces cuando vieron al albino, caminando algo delante, el memorable albino, aparentemente, de la primera o una de las primeras noches que Leo salió con ellos, después de la cárcel, un albino cegato y muy borracho que, con la elevada ligereza del melómano, tarareaba tangos en aquel bar ennoblecido con cuernos y banderillas y fotos autografiadas de supuestos diestros, y el del bar le dijo, oiga usted, señor, un poco de urbanidad. Y el albino: oiga, que yo no he faltado a nadie. Y el del bar: pues ya me dirá usted, si a usted le parece correcto venir a gasearse a mi casa, tendré que decírselo de otra manera. Dignidad herida. El albino hizo por sobreponerse, apuntalado por la barra, con el rigor de quien bien puede ser una autoridad, persona de influencia, funcionario importante cuyos servicios podemos necesitar algún día y cuya enemiga puede costarnos cara: oiga usted, usted no sabe con quién está hablando, usted. Y el del bar: que con quién, pues con un albino, coño. Expulsión ignominiosa, un incidente que había de poner a prueba el peculiar sentido del humor de Leo: celebrar el triunfo de la superior agudeza del explotado sobre la ridícula presencia del explotador, papeles, en este caso, difíciles de precisar, de relacionar de algún modo con la razón histórica. En realidad, todo eso es bastante triste, dijo Leo, irremontable ya la noche, ineluctables la decepción y el desánimo, por más que al salir de cada sitio discutieran cuál iba a ser el siguiente, como si de que fueran a uno en lugar de a otro dependiera el feliz desarrollo de la salida, como si el propio esfuerzo para que se desarrollara como en los viejos tiempos no agudizara ya en ellos la conciencia del tiempo transcurrido, las bromas de Pluto, por ejemplo, inútiles, extemporáneas, si no contraproducentes, como cuando dijo que si él nunca llegó a entrar en el partido fue por no desprestigiarlo, y la risa de Federico se hizo tan desmedida que forzosamente tenía que acabar provocando, así en Pluto como en Leo, un malestar semejante al que suele crear en toda reunión mundana la interpretación equívoca de un chiste, al advertir un sector de los presentes que su risa obedece a motivos distintos y aun opuestos a los del resto de los reunidos, bochornosa sensación como de burlador burlado, intuición de desfase, introducción en su amistad de un elemento de incertidumbre que no podía sino dejar en todos un recuerdo acerbo, bien lo traslucía la actitud de Pluto, ahora que con lo de Mariconcha volvían a verse con cierta frecuencia, el carácter angustiado de su empeño en ajustarse a toda costa a una imagen de sí mismo convencionalmente aceptable, el alocamiento con que se afanaba en rematar una broma con otra, fluidas, eufóricas, disparatadas, propias del Pluto de antes, y eso, evidentemente, no porque le complaciera la autoparodia ni porque creyera todavía que iba a complacer a nadie, sino, más que nada, por temor al vacío que bien pudiera abrirse entre ellos si, aunque sólo fuera por un instante, cedía en su intento de mantener el tono a cualquier precio, de no dar margen a la discontinuidad bajo ningún concepto, aun a riesgo de encolerizar a Mariconcha o tal vez con el deliberado propósito de excitar su cólera, de explotar el valor espectáculo que acostumbra a encerrar toda escena entre una pareja, efecto suscitable a partir de cualquier expresión obscena o simplemente impúdica, ahí donde la veis, con ese aspecto de no brillar precisamente por su seso, brilla en cambio por su sexo, por sus orgasmos. Y ella: ¿quieres callar, payaso? Y él: el hecho es que, por lo menos en la cama, vacilamos como cocodrilos, ¿verdad, Mariconcha? Y ella: ya está bien, ¿no?, bajando la voz, con la encarnizada contención de quien en realidad quiere decir: ¿qué van a pensar de mí tus amigos?, y si no lo dice es únicamente por miedo al ridículo. Y él: por eso la metimos, por una excesiva delectación o detenimiento en el coitus interruptus, también llamado salto del payés, remedio casero no por lo nefando ni por lo nocivo para el sistema nervioso, menos sancionado por la tradición. De habernos atenido a lo prescrito, no estaríamos, helás, en esas. Es decir, a la regla de la regla, sin intentar forzarla. Pero nuestro problema es lo que podríamos llamar exceso de celo, como en los perros. Que el miembro sea vigoroso, decía san Agustín, y ya ves, por hacerle caso. Ésta, este coño de Maricoña, todavía no se ha acostumbrado al espectáculo, y cada vez se queda como extasiada. Maricoña le soltó un revés fácilmente esquivable, con un enfado como pillo, como divertido en el fondo, que ocultaba apenas su real irritación, la facilidad con que su risa podía resolverse en lágrimas. Realmente, encuentro que a este amigo vuestro le va muy bien lo de Pluto, dijo Manolo Moragas. Es tan simpático como patanero. Un guitarrista y cuatro flamencos tronados, dos gordas con lunares y una especie de anciana, un retaco marica que taconeaba en el centro, pom, pon, tarugo horrendo, porón, y entonces salió una espontánea nórdica, lacia y alucinada, las puntas de la blusa anudadas bajo las tetas, y las lesbianas que la jaleaban y soltaban billetes al guitarrista para que no parara, sus chillidos como de pielroja, sus uñas afiladas, la indignación con que el bailaor de la casa acabó abandonando, furioso, despechado. Y había un marinero como de madera, los ojos de lagarto, ofreciendo un trago a Federico, buscando ligue. Hablaron de santa Luisa. ¿Santa Luisa? La Luisa Valls, ¿os acordáis? Bueno, pues por lo visto es lesbiana. Y Carbonell, aquel tío del SEU, que ha resultado ser marica. ¿Como yo?, dijo Federico. Y Nuria: no me extrañaría nada. Lo que no entiendo es que haya alguna mujer que no sea lesbiana, dijo Adolfo. Y algún hombre que no sea marica, dijo Federico, dirigiéndose evidentemente a Nuria. Es que tú no eres un hombre, sino un hembro, dijo Pluto, pero Nuria no les prestaba atención; siguiendo la dirección de su mirada, Raúl divisó a Mariconcha o Maricoña o Maricona o Maricoño en una mesa del rincón, sola, con la cara entre las manos. Estoy harto de esta coneja histérica, oyó decir a Pluto. Nuria se había semiagazapado junto al asiento de Maricoña y le hablaba, y Maricoña sacudía la cabeza sin apartar las manos de la cara. Se diría que la nórdica estaba efectivamente atada al poste, desnuda, despeinada, los ojos en blanco, y que las lesbianas danzaban en derredor. No quiero que me consueles, dijo Maricoña. No quiero consolarte, dijo Nuria; lo que quiero es que no se te acabe de correr el rímel: mírate. Sacó un espejito del bolso y la forzó a mirarse tomándola del mentón, los ojos borrosos, horrorizados. Maricoña señaló con un gesto a Raúl. ¿Y él? ¿Es buena persona? ¿Éste?, dijo Nuria. Éste es un cabrón. Pues vete, dijo Maricoña. Que se vaya. No quiero verle. Ni a ti tampoco. Ni a nadie, que me lo quiten, lo que quiero es que me lo quiten. Volvió a hundir la cara entre las manos. No faltan ni cuatro días, dijo Raúl. Es que no puedo esperar más, dijo Maricoña. Lo noto crecer. Es como un tumor que te come por dentro. No voy a poder aguantar hasta entonces. Y Nuria: verás como sí que puedes. Y Raúl: mejor que no beba más, ¿no? Y Nuria: ¿por qué? Mejor que duerma. ¿Se mareó la nena?, preguntó una de las brujas de los lunares. Se murió, dijo Nuria. Raúl la ayudó a llevar a Maricoña al señoras; Maricoña tenía las manos mojadas de sudor, propias de la persona atormentada por la angustia, del maniático sexual o político. Estaba en el caballeros, a media meada, y entró un tipo vomitando, dándole tiempo apenas para apartarse de las salpicaduras. En la sala hubo un amago de pelea, entre sillas derribadas, y el jorobado –simplemente cojo, tal vez– que vendía cacahuetes se quejaba de la falta de caridad de la gente, de alguien que le había escupido. Todo, las carcajadas de las mujeres, la insólita locuacidad de Adolfo, las exhibiciones de ingenio de Manolo Moragas, el brillo pegajoso de las pupilas de Aurora, la euforia de Federico, el derrumbre de Pluto, verde, mudo, todo presagiaba el fin, el cierre definitivo, la concentración última en la plaza del Teatro, bajo la presidencia del monumento a Pitarra, culminación saturnal; ritual apogeo, última cita, última oportunidad de ligue, de encontrar entre los allí congregados un pecho fraterno o un sexo complementario, en aquel recodo ciego de las Ramblas, en aquel tenebroso esfínter de la madrugada, ojos, sonrisas, aproximaciones, ansioso acecho bajo aquella pétrea excrecencia como húmeda y eréctil, como lingual o clitórica, punto de confluencia de las turbas nocturnas, noctámbulos habituales o trasnochadores sabáticos, concurriendo desde todas partes, discurriendo en masa por las calles entenebrecidas, en procesión turbulenta, con la progresiva indiscriminación que se establece en el curso de una romería y que acaba por triunfar según los diversos grupos de peregrinos van llegando al santuario, paulatinamente entremezcladas las distintas fuerzas en presencia, a medida que avanzaban en aparatoso despliegue desde sus diversas bases de partida, desde el Paralelo, Tapias y Robadors, por ejemplo, a la izquierda de las Ramblas, por Arco del Teatro, Conde del Asalto, Unión y San Pablo, las heces de la prostitución junto con las mariconas de los cafécantantes, los traficantes de grifa y los hampones, así como algún que otro adicto al consolador en sus diversas presentaciones comerciales; a la derecha, por Escudillers, desde Códols, Serra, Nueva de San Francisco y Plaza Real, la puta relativamente cara y, en general, los sectores de tono más sofisticado, más burgueses en cuanto a clientela, menos populares, invertidos de ambos sexos, aficionados al jazz, estudiantes progresistas, hijas de familia que teóricamente están pasando el fin de semana en el campo invitadas por una amiga; Ramblas abajo, desde la parte alta de la ciudad, como poltronas o carrozas, los homosexuales adinerados, atraídos por el tira y afloja del cierre, cuando los precios bajan, como en todo mercado, con el aumento de la oferta; y los pijos y pijas del Liceo, también Ramblas abajo, arriesgándose apenas a lucir su etiqueta fuera del paseo central, suficientemente estimulados, por otra parte, en su viscosa progresión erótica, por la simple intuición de pecado; y quién sabe desde dónde, los lisiados mendicantes, los subnormales, los adefesios, todos viniendo a incrementar, como los afluentes el caudal de un río, las multitudes ya reunidas en torno al pétreo monumento, donde, a modo de fanatizados adoradores de una deidad obscena, aparte del paseante curioso y de la inevitable presencia de la bofia, se daban cita, en espera de alguna clase de remedio, los representantes activos de toda clase de vicios y desviaciones, crápulas, afeminados, toxicómanos, sadomasoquistas, alcohólicos, coprófagos, viragos, hermafroditas, tumultuosa concentración que un observador superficial o una persona extraña a las costumbres de la ciudad bien pudiera tomar por una manifestación o un mitin político.

Debiéramos esforzarnos en salir menos de noche, dijo Nuria. Antes aguantaba mejor, pero ahora, al día siguiente, me encuentro hecha una mierda. Y Raúl: eres tú la que siempre acaba proponiendo salir a dar una vuelta. Y Nuria: naturalmente que sí. ¿O es que te crees que me divierte el plan de casa de Adolfo, emborracharnos hablando de tonterías, siempre el mismo chismorreo y las mismas coñas? Lo que no entiendo es esa necesidad de ver gente cada noche. ¿Tan difícil es que salgamos por ahí tú y yo solos, tranquilamente? Y Raúl: sabes de sobras que es peor. Lo que sí podrías hacer es no emborracharte tanto y así al día siguiente no te encontrarías hecha una mierda. Y Nuria: ¿y cómo quieres que aguante entonces? Además, lo peor no es el alcohol, sino el tabaco. Bebiendo, se fuma el doble, y yo creo que es lo que más me intoxica. Pero es que sin un vaso y un cigarrillo no aguantaba ni cinco minutos; es casi un problema de expresión, de qué cara poner mientras te hartas de oír cada día lo mismo, las bromitas de Federico, los alardes de ingenio de ese memo de Moragas, los aires que se da Aurora. No entiendo cómo la soportas. Y, sobre todo, esa costumbre de criticar al ausente, que es lo que me pone más nerviosa. Dale con Maricoña toda la noche, con la estupidez de la pobre, una estupidez provocativa, como diría Federico, semejante a la de esas personas que en el cine no hacen más que preguntar a su acompañante, pero ¿ahora qué pasa?, ¿le traiciona?, y que nos conducen al borde de la agresión física. O bien hablando de Pluto, de lo jodido que estaba, o nuevamente de Leo, de Fortuny, quién sabe si de ellos mismos cuando no estaban presentes, de igual modo que empezaron a coñearse de Moragas, apenas había salido, aquella noche en que había asegurado a Federico que el rey era de gauche. De todos modos, dijo Adolfo, mejor un burgués snob que un burgués no snob. Que no te oiga Moragas, dijo Nuria; su rollo sobre las diferencias entre burguesía y aristocracia me lo sé casi de memoria. La que es curiosa es Ana Moragas, dijo Federico; es de esas personas que al principio parecen muy divertidas y luego resulta que lo que son es muy tontas. Aurora se encaró con Federico: ¿y esa chica con la que sales? ¿Por qué no la traes alguna noche? Eso es lo que tú quisieras, dijo Federico. Además, es un caso completamente diferente. Menos tonta que Mariconcha, pero mucho más cursi. Y Aurora: casi ideal, ¿no? Hablaba con aplomo, casi con indiferencia, sin mirar apenas a su interlocutor, como si se dirigiera a otra persona. Yo no le llamaría aplomo, diría Nuria al salir. Lo único que tiene es esa unción de mujer ya instalada, de burguesita que va a casarse y que cierra filas, su Adolfo, la decoración del ático, y para de contar. El que vivan juntos sin estar casados no es más que un número para estar à la page que no influye para nada en lo otro. Si no fuera porque en realidad podría ser perfectamente lesbiana, la consideraría incapaz de todas esas juergas que cuenta de Adolfo y ella. Con lo pava que es, ya me dirás. Pero bastaba la presencia de Aurora, verla moverse por el living, escucharla en sus más bien escasas intervenciones, para que todas las conjeturas y presunciones hechas en su ausencia se esfumaran como ante una evidencia en contra; ni la serenidad casi insolente de Aurora podía ser confundida con la plácida satisfacción de la mujer socialmente asentada, ni su relación con Adolfo tenía nada que ver con la confortable renuncia de la cónyuge a una vida independiente a cambio de la seguridad material y moral implícita en el matrimonio, antes bien con algo mucho más mortificante: la natural dependencia en el amor respecto al ser amado, la inconsciente tendencia a estar en todo momento atenta a sus deseos, la consciente voluntad de llevar en lo posible tal servidumbre más allá del límite de las propias fuerzas. Imposible igualmente intentar recordarla en momentos menos afortunados, revivir su imagen del último verano, por ejemplo, cuando su tobillo roto coincidió con alguna clase de desarreglo que le producía pupas en la boca, y ella les seguía a todas partes con su pata enyesada, sin poder bañarse, pálida, torpe, marginada; cabía recordar los datos, los hechos, pero no su imagen, la estampa actual, superpuesta, era más fuerte, implacablemente reafirmada su belleza con los cambios en su forma de vestir y de arreglarse progresivamente introducidos por Adolfo, toda ella como más hecha y también más sofisticada, con un deje decadente tan sugestivo como hasta entonces insospechado. Salvo la terraza, donde Aurora cuidaba sus plantas como si fueran cachorros, el ático entero denotaba asimismo la influencia de Adolfo, esa cualidad de piso aún por habitar, casi por acabar, blanco, desnudo, sin detalles personalizadores de ninguna clase, los estantes y bancos de obra del living, los cojines, la moqueta, las cortinas, el vasto lecho que se diría abandonado en una habitación vacía, frente a un espejo, la mesa de trabajo totalmente despejada, como sin estrenar, las pipas y los libros dispuestos como para dar verosimilitud a la ambientación, incluso la música, composiciones italianas del barroco, óperas de Mozart, cantatas de Bach. ¿Y el Réquiem?, preguntó Raúl. ¿Ya no lo pones? Lo guardo para cuando trabajo, dijo Adolfo.

Federico salió con ellos. En el coche hablaron de la novela de Adolfo. ¿Creéis que ganará el Nadal?, dijo Federico. Me alegraría por él, dijo Nuria. Pero, aunque sólo conozco fragmentos, creo que Raúl tiene razón. No se puede escribir sobre la realidad sin comprometerse, sin haber militado de veras, sin habérsela jugado. Y Raúl: bueno, yo no me refiero al compromiso político; lo que quiero decir es que no se puede hacer una novela sobre nosotros, que es lo que de hecho es su novela, un roman à clé, limitándose a dar testimonio de una parte de nuestros actos, sin ahondar, sin darle al menos una significación –la que sea– que la haga literariamente válida. Sin eso, el relato queda pobre, chato. La simple transcripción objetiva de nuestro comportamiento, de nuestras borracheras, de nuestros cuernos, por muy bien hecha que esté, no creo que pueda interesar a nadie que no nos conozca. Y Nuria: aparte de que me parece, no sé, como inmoral, presentar a un premio una novela inacabada. Y Federico, pero si el jurado la da por buena. De acuerdo, dijo Nuria. Pero ¿no tiene eso algo de excusa, como dice Raúl? ¿No será que no sabe cómo acabarla? No, no es eso, dijo Raúl. Y Federico: es que sería mucho suponer, ¿no? Y Nuria: aparte de que si la rebeldía del protagonista ha de consistir en irse a vivir a un ático con Aurora, valiente plan. ¿Por qué en lugar de rebelarse contra la sociedad no intenta cambiarla en serio? ¡Irse a un ático con su Aurora, si casi es de risa! Y Federico: coño, qué mala leche. Y sólo entonces pareció Nuria comprender el juego, al advertir la sonrisita divertida de Federico. Indignada, con desmedida violencia, puntualizó que a ella no le gustaban los fingimientos; que si tenía algo que decir de alguien, el primero en saberlo era ese alguien, que nada decía de nadie que no pudiera decirlo a la cara, y Raúl callaba, entre irritado y como con fatiga o sueño. Una vez en su casa sonaría el teléfono y Nuria continuaría con aquel asunto, repetiría de cabo a rabo lo que ahora estaba diciendo, echaría toda la culpa a Federico, y él la dejaría hablar y luego le diría que Federico sólo había hecho una observación sobre el modo que ella tenía de hablar de la gente, sobre su violencia verbal, sobre su crudeza expresiva, y que, sustancialmente, Federico tenía razón, que no se podía hablar mal de todo el mundo a todo el mundo sin que todo el mundo acabara enterándose, y ella protestaría, lo que pasa es que no soy hipócrita y que no sé poner buena cara a gente que en cuanto vuelves la espalda empieza a sacarte la piel, que es lo que hacen ellos; y él, tener sentido del humor no es sacar la piel a nadie; y ella, bueno, pues no tengo sentido del humor; y él, y yo no tengo ganas de discutir tonterías a estas horas, y colgaría, y ella volvería a llamar inmediatamente, amansada, Raúl, por favor, no riñamos; estamos pasando una mala temporada, pero no empeoremos las cosas, ¿y quién es el que las empeora? Yo, ya lo sé, pero es que estoy muy nerviosa, no te enfades conmigo, Raúl, y a la mañana siguiente, si no aquella misma noche, su primera llamada sería, sin duda, para Nuria Oller, y se desahogaría contándole todo durante una hora, la malignidad de Federico, la insustancialidad de Aurora, la equivocación de Adolfo y, sobre todo, la crueldad, peor aún, brutalidad, del comportamiento de Raúl para con ella. Violencia verbal y crudeza expresiva que, indudablemente, no eran ajenas a la expectación que sus palabras solían provocar en los bares y lugares públicos en general, ni al hecho de que la mayor parte de los taxistas acabaran haciéndole proposiciones cuando la llevaban sola, un lenguaje que si cuando Raúl la conoció formaba parte de su encanto espontáneo y apasionado, ahora, por algún motivo que convendría precisar con mayor exactitud, tal vez vivacidad adolescente transmutada en agresividad amarga, constituía un rasgo de su personalidad no sólo poco atractivo, sino incluso desagradable. Y ello por algo más profundo que la depresiva situación en la que se encontraba, la muerte de su padre, las sórdidas circunstancias que la rodearon, el nuevo signo que a partir de entonces habían tomado en el contexto familiar las relaciones de su madre con Amadeo; más profundo incluso que la caótica situación económica creada por la desaparición del señor Rivas, la suspensión de pagos que amenazaba convertirse en quiebra, la intervención de bienes y congelación de cuentas corrientes, ruina tal vez sólo momentánea, pero ruina, pobreza de hecho, un factor menos traumático que el accidente en sí y la repentina solución de continuidad creada respecto al pasado, pero no menos capaz de erosionar la moral con su persistente presencia, no tanto por la alteración de planes que para Nuria pudiera significar de cara al futuro, obligada renuncia a determinados proyectos, necesidad de trabajar, de hacerse cargo, en cuanto hermana mayor, de sus responsabilidades familiares, cuanto por las limitaciones que imponía a su vida presente, recordatorio constante, como el anillo puesto en un dedo distinto al habitual, de la desgracia acaecida, la limitación de tener que contar, de tener que calcular, de cobrar conciencia de pronto, por ejemplo, de que el taxi es realmente más caro que el metro, o de que una copa de ginebra es diez veces más barata que una de whisky, de verse en la necesidad de empeñar sus relojes y joyitas no por capricho, sino para atender a sus pequeños gastos cotidianos, situación particularmente dura para una persona como ella, a la que le era casi imposible salir a la calle sin comprar algo: libros, discos, una prenda cualquiera, media libra de marrón, sin duda no por afán coleccionista o acumulativo, ya que usualmente probaba apenas el marrón, olvidaba los libros, no llegaba a oír los discos y regalaba la prenda comprada aun antes de haberla estrenado, sino más bien por una informulada tendencia a mantener en lo posible las circunstancias exteriores que habían ambientado su infancia. Tanto orgullo, tantos lujos, y ya ves, dijo Eloísa, grave, casi plácida, no exactamente con regocijo, por supuesto, pero sí, en cierto modo, con el alivio de quien presencia, una vez más, el triunfo final de la justicia en el mundo, la implacable oscilación de los dos colosales platillos en busca del punto de equilibrio. Lo miraba desayunar, sentada en el borde de un sillón, las manos en el regazo, todo, la salita sombría, el sol tocando apenas en la pared medianera del jardín, el periódico abierto a la luz de la lámpara, los titulares cuyo contenido intentaba en vano descifrar, todo exactamente igual que días atrás, como si se tratara de la misma conversación o como si la similitud de elementos formales propiciara o prefigurara la similitud de elementos temáticos, cuando mansamente abrumada, sobrecogida, Eloísa le puso al corriente del final de Aquiles. Fíjate, Raúl. ¿Sabes lo que ha pasado? Aquiles. ¿Aquiles? Sí, Aquiles. El jardín al anochecer, el montón de hojas secas, la hoguera y, aquella mañana, al recoger las cenizas, el cuerpo ennegrecido de la tortuga, tiesa, fría, churruscada, pobre animalito, cuánto debió de sufrir el animalito, detalles y reflexiones que bien hubiera podido omitir, por más que ni aun omitiéndolos habría eximido a Raúl de la recurrencia de sus propias reflexiones y detalles, ni alterado en nada su carácter de pésimo augurio. Pésimo augurio, sí, introducido en el panorama de sus tan obstinadamente rechazadas, pero ya no por más tiempo disimulables supersticiones particulares y rituales maniáticos, aflorantes como una primavera inexorable en los más diversos ámbitos de su vida cotidiana, un panorama de gestos obligados y repeticiones sistemáticas, encaminados a neutralizar en lo posible la señal ominosa, el vaticinio adverso: la rigurosa sucesión de actos que constituían su aseo matutino o precedían al descanso nocturno, por ejemplo; la complejidad de operaciones en apariencia tan simples como lavarse las manos o los dientes, la necesidad de que los enjuagues realizados fueran exactamente siete, habida cuenta de que en el caso, no del todo infrecuente, de descontarse, lo más seguro era empezar de nuevo la cuenta, englobado, a efectos de cómputo, el número indeterminado de enjuagues anteriores en el primero de la serie rectificativa, y desglosado el último en siete más, con el fin de tener la certidumbre de no haberse quedado en el número trece; o bien, la conveniencia de franquear los tres peldaños del jardín de un solo salto y con los pies juntos, o de recoger la correspondencia al salir de casa, nunca al volver; o de centrar ante la puerta la estera exterior de todo piso en el que se dispusiera a entrar y sólo después tocar el timbre; o de elegir, ante una serie de objetos idénticos, siempre el del centro, y siempre el de la derecha en caso de ser solamente dos; o de supeditar a inflexibles ciclos rotativos el uso de sus pipas o de sus camisas; o de disponer sus libros y papeles sobre la mesa de trabajo conforme a una distribución no menos rigurosa que la del juego de loza en la bandeja del desayuno, disciplinas sólo observables, claro está, gracias al conocimiento implícito y hasta cómplice de Eloísa, una ayuda tan inestimable como discreta en la tarea de contrarrestar la amenaza derivada no tanto del valor aciago de un hecho objetivo o de una proyección subjetiva –no menos válida en la práctica– como, más propiamente, del incumplimiento –forzado o voluntario– de los rituales necesarios para conjurarlos por anticipado, operación destinada a infundir a la conciencia la fortaleza moral propia de quien atiende sus deberes y obligaciones, instrumento de sentido más exactamente defensivo que expiatorio, al igual que las restantes armas de su panoplia, como la mediación de elementos propiciatorios, personas o cosas, una prenda de vestir, por ejemplo, o el recurso a fórmulas de carácter invocativo, tararear interiormente determinada composición musical, susceptible, en ocasiones, de disparar los mecanismos protectores del espíritu, de provocar un cambio de humor, de remontarnos, tal un licor prodigioso, de la aniquilación, de esa especie de estado post coitum que es la angustia, cuando también en el pecho algo parece haber rebosado al tiempo que la esperma. Todo inútil, sin embargo, cuando como ahora, tras una noche de agitación insomne, sudoroso y encogido sujeto de pesadillas imposibles de reconstruir, los reveses sucedían a los reveses, resbalar en la ducha, verter el café con leche del desayuno, romper la gastada boquilla de la pipa de turno, recoger por toda correspondencia pequeñas facturas y odiosos folletos publicitarios, salir a la calle justo en el momento en que recomenzaba la lluvia, perder el autobús por cuestión de segundos, sobrarle cinco números para que le dieran un billete capicúa en el autobús siguiente, perder también el metro, avisos inequívocos de que hoy, trece de diciembre, martes, día de Santa Lucía, día de los ciegos, las Letras Catalanas y las modistillas, todo iba a resultar inoperante cuando no contraproducente, las estériles vaciedades discutidas en el seminario de sociología, la imposibilidad –se diría– de encontrar en casa a quienquiera que llamase por teléfono, el infructuoso intento de obtener nuevos anticipos sobre futuras traducciones, negativa por lo demás previsible, aunque el director literario de la editorial no supiera que ni siquiera había empezado con la última traducción cobrada, tan previsible por lo menos como la inutilidad de su cita con Curial en la biblioteca del Ateneo, destacando así como único resultado positivo de la mañana, como único y significativo éxito, un certificado de defunción obtenido en el acto, de modo que mejor volver a casa y no moverse hasta mañana en lugar de andar por ahí con las manos en los bolsillos vacíos del abrigo, el mismo abrigo patoso y azul de sus últimos años de colegial, rescatado de la naftalina por Eloísa y vergonzosamente retocado por el señor Vericat, en sustitución del que había perdido semanas atrás, olvidado en el taxi o tal vez en el mismo mueblé, al comienzo de los tempranos fríos, una sustitución que si desde el principio tenía algo de bochornosa, no tardaría en mostrarse, además, regresiva, regresiva literalmente, en cuanto experiencia, volver después de varios años a casa del señor Vericat, un sastre de prestigio sólidamente arraigado en el ámbito familiar, el mejor sastre de Barcelona, como se decía, el más clásico, si bien, curiosamente, fuera de la familia, a nadie pareciera decirle nada su nombre, fenómeno que Raúl tal vez jamás hubiera vuelto a considerar de no haberse visto, forzado por la necesidad, en situación de tener que entrar una vez más en aquel piso silencioso y sombrío, donde en cualquier momento cabía esperar la aparición de un abuelo entre las cortinas, afrontar una vez más, sólo que con otra actitud, la que produce el distanciamiento, más crítica, el jovial asombro del señor Vericat al reconocerle, su hablar maquinal, absorto, como el de un maestro infantilizado a fuerza de tratar con niños, sus dedos temblones, el vaho de tortuosas digestiones que emanaba de su boca entreabierta mientras le tomaba las medidas y le marcaba, y también las menguadas y oscuras piezas de los estantes y los modelos y figurines de la desierta sala de espera, indicios de que, más que clásico, era pasado de moda la expresión que convenía a todo aquello, la ambientación propia de una persona que, arremansada en el inmovilismo de la posguerra, ha rechazado por efímeras las posteriores mutaciones de la moda, en espera de que se vuelva a lo de siempre, y en esa espera continúa, y sólo la identificación de criterios y de suertes, unido a una relativa estabilidad en el precio, es capaz de explicar la fidelidad de quienes, sin duda pocos, siguen siendo todavía sus clientes; y regresiva, además, como símbolo, un apaño que sin duda no engañaba a nadie, pero que aun independientemente de que fuera o no advertido, como el soldado que se sabe lanzado al asalto sin el debido apoyo artillero, le hacía sentirse, en determinadas circunstancias, disminuido de antemano y con la moral mermada, cuando el entierro del padre de Nuria, ante los ojos justipreciadores, como de joyero, de tanto fabricante de Tarrasa, ante el acecho de tantos asistentes que sólo esperaban que fuera depositada la última corona para constituirse en junta de acreedores, gentes a las que obviamente no se les escaparía el detalle y mucho menos, con sorna incrementada, el hecho de que en las primeras entrevistas que sostuvo con ellos siguiera llevando la misma chapuza de abrigo, como tampoco se le escapó al notario ni, en el seminario de sociología, a sus compañeros, por más que lo llevara bajo el brazo todo el tiempo posible o incluso justamente por eso, advertidos por su actitud delatoramente cohibida, y menos aún, en el colegio, a la penetración rapaz de sus alumnos, la satisfacción con que debían verle llegar, presuroso y tronado, perdiendo el culo, sentarse frente a ellos como frente a un jurado, con la alegre hilera de sus pequeños y afelpados abrigos por telón de fondo, situación sonrojante y turbadora no tanto por el grado de conciencia que los chicos pudieran tener del contraste como por la conciencia que él tenía de la identidad del dato de que también él iba con su abrigo de colegial sólo que diez años más tarde, la sensación de no progreso implicada, de que en realidad nada había cambiado tanto, incómodos equívocos y paródicas suplantaciones, papá pidiéndole que pagara el gas o la farmacia, por ejemplo, más que por una verdadera falta de recursos, sin duda, aunque la vida sube tanto, hijo, y tenemos menos entradas que antes del descalabro, ahora la Anónima va viento en popa, nunca debí haberla dejado, pero la pérdida de Eulalia me dejó sin ilusiones, hijo, no tanto por eso como, con toda evidencia, por la satisfacción moral de contar con un hijo que ya trae dinero a casa, que hace traducciones o qué sé yo qué, que da clases, que es abogado, que se prepara para catedrático, así que resultaba preferible tomar la factura y pagarla aunque fuese a costa de venderse libros o un traje usado o de pedirle prestado a Federico hasta que cobrara otro anticipo, antes que aclararle a papá que ni pensaba ser catedrático ni mucho menos dedicarse a la abogacía, o pretender explicar a Federico lo que Federico, como Adolfo, sólo podían pensar que era un decir, que su caso no era el de ellos cuando ellos decían págame el café, tú, estoy sin ni cinco, y ponían gasolina de diez en diez duros y no les importaba comer lo que fuera en cualquier tasca barata, algo que para ellos casi podría ser calificado de excitante, por la impresión de contacto con la realidad que suscita, pero que no correspondía en modo alguno a la situación de él, aunque fuera difícil precisar el matiz, por lo mismo que ya en el colegio resulta difícil para el niño rico advertir la diferencia que le separa del que sólo lo parece, apuros económicos demasiado poco dramáticos para emocionar a nadie, pero lo bastante agudos para agobiarle más aún a uno en días como hoy, ahora, de nuevo en el brillo lascivo de la calle, sin saber exactamente hacia dónde encaminar sus pasos, sin ganas de hacer nada ni de ver a nadie, en ese estado anímico propicio a que un interlocutor cualquiera se convierta en la típica gitana empeñada en echar la buena ventura a un muchacho, seleccionado de entre todos los paseantes por su timidez inerme, y al que fatalmente acabará imponiéndose gracias a su habilidad en la utilización del factor sorpresa, de forma que el desdichado muchacho le pagará lo que sea con tal de que cese el espectáculo, ya sólo ansiando escapar, salirse por la tangente, huir hacia lo alto asido a una paloma, hacia las tétricas alineaciones de cornisas mojadas, sobrevoladas por las palomas, una exageración de oscuros el aire y de dispersas columbraciones metálicas. Volvió sobre sus pasos, en dirección a Puerta del Ángel, no sin antes haber soltado discretamente un poco de saliva en el pañuelo, como cada vez que salía de casa de tía Paquita o, de un modo más general, de los lugares cerrados, de atmósfera cargada, metros, cines, autobuses, etcétera, en dirección a Puerta del Ángel, y a partir de allí, como llevado por el esfuerzo menor que supone seguir calle abajo en lugar de calle arriba, hacia calle dels Arcs y avenida de la Catedral, el peso de la inercia, el peso del dinero en relación inversa a su valor, del mismo modo que nada más ligero ni más estimulante, incluso desde un punto de vista erótico, que sentir contra el pecho, tal presión de una mano alentadora, el cheque por cobrar que palpita en la cartera, en especial para aquel que, aprisionado entre la adversidad y el propio desánimo, se ve impelido –bloqueada su capacidad no ya de acción, sino incluso de decisión– al desgaste de las repeticiones y recurrencias, de las maniobras de compensación, comportamiento autoimpuesto para obligarse, se diría, a no hacer lo que se debe hacer, inhibida la libido como las facultades creadoras, no más brillante ante el papel en blanco que en el blanco de la cama, ayer, con Nuria, ni de hecho en cualquier otro terreno, de ahí sus lapsus, sus olvidos y, sobre todo, su en apariencia impremeditada renuncia a la puntualidad, la propensión a llegar tarde a todas partes, indicativa, con toda obviedad, de que eran realmente nulos sus deseos así de acudir donde fuese como de emprender lo que fuera. ¿Y el insomnio? La dificultad de conciliar el sueño provocada por un recuento sistemático, no bien apagada la luz, de cuantos problemas hubiera capaces de desvelarle. ¿Y por qué no evitar pensar en ellos? Porque de lo que se trata es de no dormir. ¿Por qué? Pues para retardar al máximo el comienzo de otro día como el anterior, que le enfrente de nuevo con los problemas que le desvelan, lentos despertares a la deriva entre lo que reaflora opresivo y el peso en descenso de lo que se reconfigura, sensación que a partir de ahí no dejaba ya de conducirle todo el día como entre dos sueños, encontrarse de pronto caminando por la calle dels Arcs como un Balzac derrotado, no penetrando la realidad como el rayo de Júpiter, no dominándola, sino, antes bien, a merced de ella, injuriado y vejado y hostigado como uno de esos adúlteros de otros siglos, paseados para general regocijo a lomos de un asno por toda la ciudad, desnudos y confesos, entornados de carcajadas anónimas y palos de ciego, sometidos al ensañamiento de una multitud de infames y desdichados de todo género, redimidos de sus frustraciones por la simple oportunidad de proyectar sobre alguien sus desdichas y sus infamias, de materializarlas, de encarnarlas en alguien a quien sacrificar y con su suplicio salvarse, exteriorizando entonces el júbilo y celebrando el hecho por las calles, recorriéndolas como las modistillas las corren y recorren en grupos alborotados, acaso mofándose de su abrigo, bullicio y luces y brillos prenavideños, el estribillo de los villancicos retornando fúnebremente desde los altavoces apostados quién sabe dónde, ceniciento diciembre, sombrío solsticio de Capricornio, tiempo de Adviento, anuncio de Navidad y augurio de Epifanía, curso inexorable de la buena estrella de Adolfo, que en la noche del día de Reyes iba a hacerle ganar el Nadal, oro, incienso y mirra para Los Ángeles, una obra con suficientes atractivos, sin duda, para impresionar al jurado, juventud rebelde y técnica objetiva, corrección formal y crudeza temática, ingredientes convertidos en epítetos, epítetos hechos slogans, no promesa, revelación, no revelación, consagración, y mientras, Raúl persistía en su inmovilidad, postración que ni siquiera en la piedra comporta insensibilidad, en una lápida, por ejemplo, una lápida sobre la que cae la lluvia y que la siente caer y que siente la erosión incontenible, incapaz de decir no ya a Fortuny, sino tampoco a Federico ni a nadie, no que lo que estaba escribiendo era mejor que cuanto hubiera escrito o pudiera escribir Adolfo, sino incapaz incluso de insistir en el simple hecho de que también él escribía, demasiado escéptica la actitud de Federico para que él insistiese o aportara prueba alguna en apoyo de sus pretensiones, no fuera a interpretarse como reacción de rivalidad o despecho por lo de Aurora, de igual modo que la firme confianza de Nuria en sus aptitudes creadoras, sin otra base de criterio que su personal antagonía con Aurora, reducción de un problema de competencia a una competencia de cama, tampoco podía servir de confortación a su innegablemente sensibilizado amor propio, a sus recelosas defensas no exentas de sabia profilaxis ni de la supersticiosa costumbre de no hablar de lo todavía no hecho, inexpugnable en su aislamiento. Mejor no decirlo a nadie y aflorar un día repentina, inesperadamente, con una obra maestra, y pasar de golpe a primer plano, a la inversa que Adolfo, de quien todo el mundo hablaba como de un escritor, pero del que nadie había leído más que relatos o fragmentos de esa novela que nunca acababa de acabar, la confianza en sí mismo particularmente acrecentada desde que se animó a leer el manuscrito de Adolfo, venciendo el temor a que, dadas sus amistades y experiencias comunes, la obra de Adolfo, incidiendo en la suya, se le hubiera anticipado, prueba del fuego de la que no salió sino fortalecido, no sólo porque contrariamente a cuanto cabía suponer a partir de los comentarios y observaciones de los amigos que habían leído el manuscrito inacabado de Los Ángeles, la relación entre lo que uno y otro eran capaces de escribir quedaba apenas circunscrita al ámbito de lo anecdótico, sino sobre todo por la conclusión resultante, la íntima convicción de la superioridad de sus proyectos sobre las realizaciones de Adolfo, la certeza de que Los Ángeles no pasaba de ser una mimesis sublimada de las circunstancias personales de Adolfo carente de verdadero talento, un mundo más como se quisiera que fuese que como es, más inteligente, más libre, casi como si se abrigaran intenciones pedagógicas o, tal vez, como si al describirlo de esa manera, el autor encontrara en la tarea de hacerlo las satisfacciones que la realidad le negaba, una obra que si Raúl no podía menos que alabar, era sólo, dejando aparte el problema de Aurora, para que no se tomara por envidia del oficio lo que a lo sumo era envidia de la suerte, el premio y sus implicaciones y las implicaciones de las implicaciones, no tanto la fama o el dinero, por ejemplo, como la circunstancia de quedar en cierto modo a cubierto de la arbitrariedad policíaca, el premio Nadal que el día de Reyes –mejor darlo por hecho– iba a ser concedido a la novela Los Ángeles, de Adolfo Cuadras, en los salones del Ritz, a más largo plazo, pero no menor exactitud con que esta noche, en los cenáculos del Colón, iban a ser proclamados los premios de las Letras Catalanas, justamente aquí, frente a la catedral, cuando todos esos tenderetes de belenes y ramas estuvieran recogidos y, las aceras, silenciosas y aquietadas a la luz de las farolas, de los fijos reflejos de los coches alineados, sin alegría gregaria ni villancicos, sin esas modistillas que danzaban en corro, cogidas de las manos, en torno a un sobrecogido paseante solitario, esos grupos de modistillas que recorrían la ciudad a la caza del obeso, del lúgubre, terror de viciosos y exhibicionistas, despiadadas correrías, desde la catedral hasta el Parque de la Ciudadela, desde Canaletas hasta el puerto, al abordaje de las golondrinas, al asalto del rompeolas, desafiando la ciudad desde las alborotadas cubiertas, apostrofando el vigor de las grúas, el peso muerto de los buques anclados que rebasaban, el panorama ganando amplitud con la distancia, según se abría y disipaba la estela que dejaban en el agua oleosa, la Puerta de la Paz y sus palomas, el monumento a Colón y su imperioso dedo contra las nubes turbulentas, como llamando al orden a la fachada marítima de la ciudad, oficialidad de alta graduación, Comandancia de Marina, Gobierno Militar, Capitanía, Correos, Gobierno Civil, edificios como formados al conjuro de su enérgico gesto, y la carabela Santa María y la fortificada figura de Monjuí vigilante y, a su amparo, las extendidas arenas, aptas para torneos y galopadas, triunfante Caballero de la Blanca Luna, campeón de leyenda, personificación del mito, proclamación de la realidad de lo imaginado, consagración de la superchería, Troya perdida y reencarnada, Roma en Roma reencontrada, transustanciada en Roma, como un dios puesto donde un dios muerto, bajo otras especies, con los mismos dogales, permanencia de la metamorfosis.

Despertares como sueños o fantasías. Los abismos que se abren en la conciencia de un agente de tráfico cuando, en el curso de uno de esos embotellamientos de circulación que se producen en los lugares céntricos de una ciudad a las horas punta, se descubre a sí mismo soplando el silbato hasta el ahogo, y no con ánimo precisamente de restablecer la fluidez del tránsito sino, muy al contrario, uniendo su silbido al clamor de los cláxones, con una súbita y arrebatada voluntad de capitanear el caos, de ponerse al frente del alboroto, incitando con sus aparatosas gesticulaciones el avance simultáneo y masivo en todas direcciones, más allá de luces y señales y de cualquier norma circulatoria; o, mejor, los abismos de la propia conciencia cuando el guardián que la regenta termina también por impugnar la guardia. Así, con la inseguridad o falta de norte que caracteriza el comportamiento de ese hombre abrumado acaso no tanto por la magnitud de los acontecimientos como por el vértigo interior, dobló a la derecha, desde Arcs, y se adentró por la calle de la Paja, demorándose ante los escaparates de las librerías de lance y los comercios de antigüedades, sin otra motivación aparente que la de preferir al agitado movimiento de la avenida de la Catedral, el sosiego de las sinuosas calles del Casco Antiguo, la ciudad medieval, apretado conjunto construido piedra a piedra, laboriosa, tesoneramente, sin refinamientos ni ostentaciones, sobriedad de un pueblo fiel a su adusta tradición campesina, más determinado por su esforzado empeño que por sus riquezas naturales, poco amigo de la pompa y el despilfarro no compensados, propensión generalizada que también puede ser entendida como avara povertà, y del mismo modo que una fortuna inesperada –herencia, especulación, estraperlo– facilita en las familias una actitud aventurada y pródiga o dilapidadora, que suele conducir a un desastre no menos inesperado y rápido, o, con mucho, al esplendor efímero de escasas generaciones, mientras que unos ingresos constantes, sean modestos o crecidos, sirven de estímulo a las economías y, lo que por su trascendencia en otros órdenes de la vida es aún más importante, originan una marcada tendencia al cálculo que se prolonga con las generaciones, así Barcelona es el resultado de un paciente ahorro colectivo, ciudad sobrevivida gracias más a la propia obstinación que a elemento geopolítico alguno, una ciudad que si no cuenta con el halo dorado de Roma ni con la monárquica geometría absoluta de París ni con la capitalidad acumulada de un imperio como Londres, sí cuenta, al menos, con una positiva cualidad: la solidez. Característica común, en efecto, tanto al Casco Antiguo, imagen y semejanza de la sociedad barcelonesa medieval, como a la Barcelona moderna, el Ensanche decimonónico y las nuevas áreas urbanizadas, cuyo espíritu de frustración es reflejo de la frustración de sus moradores, de sus prejuicios mojigatos, rectitudes burguesas, recatadas apariencias, todo fachada, constantes denotativas, a fin de cuentas, tanto en los palacios góticos como en las mansiones ochocentistas o en las villas residenciales de la posguerra, de que los ricos de aquí siempre fueron menos ricos que los ricos de otras partes, por mucho que la mítica que de por sí desprende y decanta el curso del tiempo –fotos amarillas, anécdotas familiares, crónicas de sociedad, pinturas de época– haga posible en las jóvenes generaciones, a la vuelta de los años, la ilusoria identificación del provinciano y marginado mundo de sus antepasados con algo así como el mundo de Guermantes, lo cual no significa tanto que el mundo de Guermantes no fuera marginado y provinciano como, acaso, que la Barcelona modernista no atinó a encontrar su Marcel Proust, sin mayor suerte que en épocas anteriores, ciudad sin menciones y noticias de mejores viajeros que Festo Avieno y Cosme de Médici, sin otras referencias literarias que las puramente anecdóticas y circunstanciales de un Cervantes o, en plan más golfo, de un Genet, sin más literatura viva que a nivel de auca o aleluya, género como quien dice de barriada, apta, a lo sumo, para el consumo o aplicación local. Y, no obstante, sólida: fruto prototípico de una burguesía esencialmente organizada, cada cosa a su tiempo y cada tiempo en su sitio, con la esposa al Liceo, con la querida al Excelsior y con los amigos a El Dorado o al Edén Concert, más barriobajero, y a modo de compensación espiritual de tanta exhibición social consagradora del soporte material, de la potencia económica, empresas como la Sagrada Familia, templo expiatorio levantado en el corazón del Ensanche, esa expansión urbana trazada a cruz y raya en función de una vida mejor –y, sobre todo, más próspera–, sin que su desarrollo haya sido jamás obstáculo para pensar también en la otra vida, en ese otro ensanche extendido poniente arriba, por las laderas de Montjuich, Cementerio Nuevo destinado a inmortalizar lo perecedero, a magnificar allá arriba el tránsito al más allá, a un otro mundo a imagen y semejanza de éste, póstuma lujuria de mausoleos, de aparatosas erecciones, túmulos y obeliscos y demás alardes monumentales que, junto a un buen asesoramiento en las cuestiones fiscales y a las oportunas disposiciones testamentarias, tanto contribuyen al sosiego de la fatigada conciencia en su enfrentamiento a las crueles interrogaciones, panteones construidos uno por uno, fatalmente, conforme a la estructura de esa conciencia atormentada: un exterior, pongamos por caso, neogótico, algo así como una catedral en miniatura, con sus agujas, sus gárgolas, sus relieves, sus vitrales, su pórtico de acceso a la pequeña capilla, y dentro, en el centro, el pie del altar y del polvoriento dorado de las siemprevivas, bajo la basculante losa de mármol, se abre la escalerilla húmeda y verde que, entre nichos con iniciales y fechas, desciende hasta el fondo, en cuyo suelo, a modo de hito entre la historia y la prehistoria, una última losa de alabastro, más reducida, cuadrada, nos separa del osario. La Esfinge llega para todos, dijo Eloísa. Ya puedes tener millones, que llega igual. Qué fortuna no habrá llegado a gastar la Ramona para salvarla, qué de médicos y medicamentos. Pero de nada sirven todos los millones de Jacinto, ni cien veces más que tuviera, cuando la Esfinge dice basta. Así es la vida: unos viven y otros se van y a unos les toca ir para arriba y a otros para abajo. Y el que hoy está abajo mañana puede estar arriba. Mira la Leonor, que no voy a empezar ahora a llamarla doña Leonor, mira qué recreada está, con todos los requisitos, lavadora, turmix, termostato. A ella sí que no le falta nada. En cambio, en esta casa todo va para abajo: una cocina económica que no tira porque la chimenea se está derrumbando, la calefacción que no marcha porque para cambiar las tuberías hay que levantar todos los suelos, los desagües que se embozan, las bombillas que se funden, la humedad, los escapes, los contactos, aquí nada funciona, todo es viejo, todo está estropeado. Con esta casa, lo mejor sería tirarla abajo y hacer otra nueva, todo moderno. Pero, ah, hay que tener de qué, y como por lo visto no hay, soy yo quien lo paga, quien carga con el trajetreo extra. Como una esclava de los tiempos antiguos, sin lavadora, con una plancha de antes de la guerra, con una nevera que el trapero no se llevaría ni regalada, con la económica que según sea el viento se pone a humear, con un fogón que no da abasto a los potingues del señor, y el señor que se cree que con diez duros se puede hacer la compra, que no se da cuenta de que diez duros de ahora son como uno de antes, que se imagina que doscientas pesetas es un sueldo normal, me gustaría saber a quién iba a encontrar ni por trescientas, si sólo con ver la casa se esgarrifa cualquiera. Como una esclava de los tiempos antiguos, así estoy yo; y es que aquí todo va para abajo. Aunque a mí, ray; con irme al Amparo, sanseacabó. Raúl le preguntó por la muñeca; hablar de la muñeca la ponía de buen humor. Eloísa le mostró la pequeña extensión de punto color rojo caperucita que pendía de unas agujas. Mira, ves, ya casi está. Sólo me falta el gorro. Lo demás ya está, la falda, el abrigo, la blusa, los calcetines. Las braguetas se las dejo. Claro, si es invierno, pobre filla. Se costiparía, ¿eh, nena, que te costiparías? Ahuecó las faldas: guapa, preciosa, quién te quiere a ti. Y la Leonor me dice, pareces loca, me dice. Si a mí no me gusta el cine ni lo entiendo, qué le vamos a hacer. Y prefiero hacer ropita para la muñeca que para la niña, me hace más ilusión. Y la vecina de arriba de mis parientes, vamos, de mi sobrino, pues parece que sí, vamos que dicen que parece que sí. Hace pulseritas y dice que hará una para ella, ¿verdad, reina? Es la vecina de mi sobrino. Y hasta soy capaz de pedirle un collar de perlitas. A la niña que le haga la ropa su madre; si no, por qué se casa. Y la Leonor me dice, mira que eres rara. Y sí que es verdad que lo soy, aunque no lo parezca. No hay cuidado, no, de que salga a la calle con zapatos marrones y bolso negro. En estas cosas soy muy rara. No hay cuidado de que salga así a la calle. Voy los jueves. Los domingos, no. En la casa a donde voy, la de mi sobrino, verdad, ya me esperarían, ya, pero yo me doy cuenta que es la tarde que tienen para ir al cine y no quiero darles la murga. Prefiero estarme aquí, con mis cosas. En cambio, los jueves nos quedamos en la trastienda y, mira, miramos la tele y así pasa la tarde. Porque tienen tele, que hoy día ya no hay ricos ni pobres. La niña ya conoce todos los programas. ¿Verdad que le hará ilusión la muñeca? Es su regalo de Reyes. Extendió la labor sobre la falda, la cabeza algo ladeada. Había empezado a vestir la muñeca hacia mediados de octubre, justo antes de que, como un frío prematuro que junto con las hojas caídas acrecienta las esquelas, comenzara la mala racha. Y aún no había terminado: las enaguas, la bufanda, un traje sastre, una blusa camisera, otro abriguito; las posibilidades de enriquecer el ajuar, de completar el vestuario, no tenían límite. Y el domingo, desolada, cayó en la cuenta de que la muñeca no tenía camisón ni salto de cama. Fíjate, Raúl, ¿qué voy a hacer ahora? Raúl había regresado relativamente temprano. En la salita, sin más luz que la del tablero de la radio y el leve azul del butano, sonaba una aria de ópera, se diría que de Las bodas de Fígaro. Eloísa escuchaba desde la cocina, con la puerta abierta, ocupada en desprender el encaje de una vieja combinación asalmonada. No entiendo cómo puede dormirse al lado de la radio, dijo. La música perdió volumen. ¿Eres tú, Raúl?, llamó papá. Había encendido la lámpara y aguardaba en el sillón, sentado muy tieso. Es Las bodas de Fígaro, desde el Liceo. Pensé que a lo mejor estabas allí. He estado con unos amigos, dijo Raúl. Y papá: ¿cómo se llaman esos amigos que tienen palco? ¿Moragas? Yo había conocido un Moragas, médico. Pero, al menos en mi época, no tenían palco. Yo había ido mucho de joven. Sobre todo, antes de casarme. Allí vi por primera vez a Eulalia y no paré hasta hacérmela presentar. Entonces íbamos a los mejores palcos. La pobre Paquita y yo, quiero decir, los mayores. El divino Mozart. Raúl subió a su habitación. La ventana le ofrecía una sombría reproducción del interior iluminado, no la noche, fuera, la parte de atrás del jardín, las cenizas de la hojarasca como el oscuro cuerpo de un inmenso pájaro abatido. ¿De qué sexo era Aquiles?

El problema planteado por tío Gregorio, cómo darle la noticia, cómo no dársela, dado su actual estado de salud, resultó ser, de hecho, justamente en razón de su estado, de solución bien sencilla. Bastó que Leonor sustrajera del periódico de aquel día la página de necrológicas. Y así como el niño cuya madre muere cuando él es todavía demasiado pequeño para entender siquiera el significado de la palabra muerte, entenderá sólo que ella le ha dejado, sin atinar, no obstante, a explicarse las brutales motivaciones de tal comportamiento, de modo que serán las mismas defensas por él erigidas contra esa injusticia original las que irán tiñendo de indiferencia y hasta de desinterés su progresiva comprensión de lo sucedido, así los viejos, para mayor comodidad de todos, se suelen habituar sin demasiadas preguntas a la desaparición de quienes han formado parte de su mundo, convirtiendo en confortación de estar vivo los claros paulatinos de su contorno, al tiempo que evitan a sus familiares más próximos el insoportable contacto diario con esa conciencia, inexpresada pero presente, de la muerte que ronda. Lo importante, por de pronto, era ahorrarle no sólo la última imagen de tía Paquita, el túmulo, los cuatro cirios, los brazos de náufrago del crucifijo, el velo negro, de pliegues pesados y yertos, que apagaba la cérea fulgidez del féretro y aquel cuerpo bajo el cristal, su presumible calidad de piel de plátano, lacia y vacía, y el olor a steril-air ni tan siquiera dominado por el de tantas flores, sino asimismo, seamos prácticos, la dura prueba de los funerales cantados, aquella ventosa mañana en que los morados de adviento se trocaron en negro, negro el viento y doradas las hojas a la deriva que, como dentro los cantos, se elevaban fuera, a la salida de la iglesia de la Concepción, donde, a la luz avara de los días que se acortan, hubiera tenido que despedir el duelo desde la presidencia, en compañía de su hermano Jorge, de su sobrino Pedro, de su sobrino político Jacinto Bonet, enfrentar su mirada a cada una de aquellas miradas tan contritas como ateridas que desfilaban en interminable sucesión, reverencia por reverencia, mientras los más íntimos –o más deseosos de cumplir– se reagrupaban abrigados y se distribuían por los coches, en espera de salir en imposible cortejo hacia el cementerio de Montjuich y, una vez allí, rehacer el camino ya hecho cuando lo del pobre Pedro, junto al cual Paquita iba ahora a descansar definitivamente, un panteón no como el de los Ferrer Gaminde, céntrico y de gran presencia, sino situado algo más arriba, más marginado, y si bien con una excelente vista de la boca del puerto, mucho más sencillo, una simple lápida de acceso a la cripta, tendida, al pie de un ángel con un dedo en los labios, como reclamando silencio: el convidado de piedra. Para llegar allí había que caminar un trecho entre los cipreses nudosos y las oscurecidas formas de las construcciones funerarias, sosegado panorama que, junto al silencio, sólo roto por los martillazos cada vez más próximos, y al hieratismo de las marmóreas figuras y de los relieves, parecía invitar a la actitud reflexiva, al recogimiento y la meditación, al resignado consuelo, vanitas vanitatis, sic transit gloria mundi. Hay, no obstante, en semejantes ocasiones, una general tendencia en la gente a adelantarse a los acontecimientos, a dar por liquidado lo que todavía se está liquidando, y así, aun antes de llegar al cementerio, en el confortable interior de cada coche pueden ya observarse los primeros síntomas del cambio, hablar de otras cosas, volver a lo cotidiano, a las pequeñas compensaciones de la vida, tan violentamente interpoladas por la realidad del cadáver y poco a poco restablecidas en todo su valor con la complicidad y el alivio de quienes no esperan sino que alguien abra el fuego, acuciados quizá por la terrible justeza de la sentencia, dejad que los muertos entierren a los muertos. Así, un comentario cualquiera relativo a la persona desaparecida, es curioso que al final no soportara la luz, por ejemplo, que no hiciera más que repetir apaga la luz, cierra la puerta, aunque la luz estuviera apagada y la puerta estuviera cerrada, un comentario así, tropieza, por lo general, con un esterilizante clima de vacío, que suele hacer imposible su propagación. La propia Ramona, serena y comedida en todo momento, era la primera en dar la pauta, tanto por su presencia de ánimo como, en un alarde de clase, por su mismo atavío, no mantilla o velo, sino un estilizado sombrero, no ropas siniestramente teñidas, sino pieles negras, sobria elegancia en la indumentaria y tacto en las maneras que hacían presumir y aplaudir una resuelta decisión de superar prontamente la desgracia, de reincorporarse sin más tardanza a la vida de cada día, de recuperar los ritmos habituales, con plena conciencia de estar zafándose de la ruda cuarentena, lejos de lutos anacrónicos, incompatibles con el mundo de hoy, rigores impuestos por la sociedad a modo de medida preventiva, más aún, defensiva, y no, evidentemente, en concepto de aflicción y desconsuelo, como precaución hacia los deudos más que como póstuma distinción al difunto, no tanto emblema de fiel memoria como distintivo fácil o signo externo delator; garantía para la colectividad del acotamiento de las interrogaciones que abre el negro en lo cotidiano, con riesgo grave de alterar su curso normal, de interferirse en los asuntos del prójimo, seguro procedimiento para distinguir y ahuyentar al apenado y entristecido, al sombrío, al callado, al cenizo, en especial de los lugares y ocasiones de un necesario esparcimiento. No era de extrañar, por tanto, que en el cementerio la atmósfera tuviese desde el principio bien poco de opresiva, ni que, como por contagio, según los asistentes volvían a congregarse, se hiciera casi ligera y hasta artificial, en la medida en que todo el mundo se esforzaba en que no decayera el tono y en que, rezado el breve responso, el momento cumbre de la ceremonia –el descenso de la caja– transcurriera lo más discretamente posible. Se hablaba de un pueblo de montaña que alguien había descubierto uno de esos fines de semana, un sitio precioso, igual que en la Edad Media, intacto, con cerdos y gallinas y un restorán para comer, así, en plan payés, costillas a la brasa y conejo y butifarra, todo riquísimo, y tan barato que era de risa, mira, íbamos seis, y la comida, el vino, flan de postre y ocho, no, nueve cafés, ¿cuánto diríais?; apasionada expectación, todos al acecho del anuncio, bajo ese sortilegio que en los ricos produce el ahorro, la satisfacción que experimentan al comprar barato, su afición a las rebajas, a los saldos, a las gangas, no simple fruto de la avaricia ni tampoco mera compensación de su obsesiva idea –no enteramente inmotivada– de que en todas partes les suben los precios porque se les adivina ricos, sino algo al mismo tiempo más sutil y con más cuerpo, la tangibilidad del dinero ahorrado, es decir, ganado personalmente al vendedor, de un modo totalmente directo e inmediato, un dinero de realidad mucho mayor, menos abstracto, que el producido por la mecánica del negocio, de acuerdo con un proceso síquico similar al que hace que los instintos sádicos del soldado encuentren una satisfacción infinitamente más intensa rematando a un solo enemigo con la bayoneta que aniquilando una ciudad entera desde el aire. ¿Cerca de Rupit? No nos lo cuentes, que enseguida se estropeará y, ahora que todo el mundo tiene coche, los fines de semana no se puede ir a ninguna parte. No, qué va, cerca de La Bisbal, a dos pasos de la Costa Brava. Imagínate: la gente empezará a comprar casas y a hacer arreglos, y entonces perderá todo el encanto. Vosotros sí que tenéis una finca preciosa, Vallfosca. Papá asintió. Parecía prestar poca atención a las palabras con que se quería entretenerle, rehuyendo en lo posible el diálogo brindado por aquellos rostros que, como obedeciendo a un sistemático plan de relevos, se destacaban uno tras otro de entre los presentes, ininterrumpidamente, de entre aquella multitud ocupada en intercambiar saludos y darse mutuamente conversación; sin que la fluidez del movimiento ni la cambiante disposición de los grupos, constantemente entre la formación y la dispersión, fuera obstáculo, sin embargo, para que un observador atento pudiese determinar, con escaso margen de error, la relación que, a grandes rasgos, cabía establecer entre los componentes de cada grupo, clasificados bien a partir de su pertenencia o afinidad a tal o cual rama de la familia, bien de acuerdo con las motivaciones de su asistencia al acto. Los Giral, por ejemplo, la incómoda ambigüedad de su postura, a la vez anfitriones, centro de la ceremonia, en cuanto propietarios del panteón, y elemento marginal, relegados a un papel secundario por su vinculación meramente colateral y política con la difunta; a la vez halagados por la calidad de la concurrencia, por su peso social y económico, y amargamente conscientes de que no era precisamente el actual prestigio de su apellido el objeto de semejante movilización, la verdadera causa de que hubieran concurrido, de que, antes bien, con la desaparición de tía Paquita desaparecía asimismo el más directo nexo de unión con esa parte de la familia y se hacía insalvable la distancia que ya les separaba de sus primos y, más concretamente, de Jacinto Bonet y de cuanto Jacinto Bonet representaba, conscientes por completo, con el lúcido pesimismo propio de los desheredados de la fortuna, con la clarividencia y hasta el alivio con que una ruina humana contempla lo revuelto que está el mundo para así disimular y hasta justificar su propia ruina, ya que, como ese desdichado tras cuya concepción catastrófica del universo, al que no puede augurar otra salida que la autoinmolación, no se oculta más que su propio infortunio –fracasos profesionales, desavenencias conyugales, talones sin fondo–, la personal desdicha que, como por causa de fuerza mayor, quisiera ver disuelta en una catástrofe de proporciones universales, así el pesimismo imperante en las familias que, de un modo u otro, no son ya lo que fueron; así incluso, pese a su condición de sacerdote, el padre Giral, de los Sagrados Corazones, al hablar de tía Paquita contemplándoles ya desde el cielo, con la misma artificiosa naturalidad con que un espíritu materialista habla de la muerte o un marica habla a otro marica cuando envejecen juntos. ¿Cómo no adivinar, en su atormentada reserva, que para ellos, para los Giral, cualquier detalle, los nuevos astracanes de la prima Ramona, cualquier observación hecha al azar, cualquier comentario cogido al vuelo, lo bien situado que estaba el despacho del primo Pedro, Cortes esquina Claris, equivalía a la lectura de su propia condena? ¿La impresión subalterna que asimismo parecían experimentar ante los Ferrer Gaminde, quién sabe si a causa de Vallfosca o, más simplemente, como consecuencia de la vertical perspectiva del caído a lo más profundo, que suele derivarse de la propia dinámica de la desmoralización? Papá, distante, taciturno; Raúl, ya abogado y, como era de dominio general en los medios familiares, futuro catedrático de sociología; Montserrat, con sus alusiones al panteón de los Ferrer Gaminde, con su magnificación del abuelo, confundido en la memoria, se diría, con la imagen de uno de esos ancianos irascibles de película, coronel retirado, por ejemplo, debelador implacable de las flaquezas de la juventud de hoy día, autoritario, sarcástico y un tanto mitómano, lo que se dice todo un carácter; el mismo Juanito, que aun y con ser esa nulidad de hombre que en el vacío de su adolescencia, a partir de alguna consideración cortés y casual hecha por cualquier amigo de la familia a propósito de su desvaída personalidad a modo de cumplido, parece un inglés, por ejemplo, encauza y asienta su apariencia física, su indumentaria, sus conocimientos y sus modales, en tal sentido, convirtiendo el celoso mantenimiento de esa apariencia en finalidad de su vida, aun así, ese Juanito, no dejaba por ello de imponer hasta respeto a quien le conociera tan sólo superficialmente. ¿Cómo podían ver de otra manera los Giral, en su decadencia, a los Ferrer Gaminde? Únicamente la figura de tío Raimón, las razones de cuya presencia nadie acababa de explicarse, desentonaba del conjunto, tímido y temeroso, intimidado, como queriendo hacer olvidar con su actitud atenta y respetuosa, sólo traicionada por los detalles, su denigrante condición de corredor de seguros, la empalagosa locuacidad característica del empleo, las sonoras correrías de sus tripas, fruto de un vivir apresurado y difícil, tan difícil como la honorabilidad imposiblemente pretendida; era, sin embargo, de todo punto evidente el disgusto con que papá acogió su presencia y el reticente distanciamiento que mantuvo al respecto, como negándole todo derecho a representar la parte Moret, un apellido que, salvo en el caso de aquel indeseable, en cuanto a clase y reconocimiento social en nada desmerecía del de Ferrer Gaminde. Resultaba innegable, no obstante, que la mayor parte de los allí reunidos lo estaban en virtud de su relación con Jacinto Bonet, potencia económica con suficiente peso en la vida ciudadana para hacer coincidir en torno a su persona –como semanas más tarde había de descubrir Raúlal padre de Nuria y a Amadeo García Fornells, o hacer acudir espontáneamente a ocupadas personalidades venidas a Barcelona en viaje de negocios, como aquel amigo de Madrid tan madrileño, con esa admiración hacia todo lo que se está haciendo en Cataluña sólo comparable a la del catalán ante todo lo que se llega a hacer fuera de Cataluña, enjundioso y rotundo, debidamente provisto del bigotito tipificador y la sotabarba temprana, que, por lo general, distingue a los miembros de la oligarquía monopolista madrileña. El resto de los asistentes pertenecía a esa clase de personas de delimitación más confusa, parientes lejanos o parientes de parientes o amigos de la familia o parientes de amigos de la familia, caballeros respetuosos y cordiales, sometidos a un inexorable proceso de calvicie y abarrigamiento, gente de difícil ubicación, al igual que las señoras, un tanto uniformadas por su común pompa burguesa y su precoz parecido con el Rey Sol, si bien sólo formalmente y a primera vista, sin la aureola, con un algo de Luis XIV, en efecto, pero más comedidas en su seguridad impertinente y pánfila, más empastadas, con esa invertebrada y en definitiva inerte calidad de calamar que, junto con algún que otro rasgo, las peculiariza, la boca como un esfínter, recatadamente cerrada entre las mejillas flojas y golosas, los ojos de viveza escasa, eminentemente ahorrativos, y esas empolvadas arruguitas formadas de tanto sonreír a los pequeños, y las rígidas crepaduras rubiosas del solemne peinado, y la discreta perlita en cada oreja, y sobre todo, al sonreír, los dientes, ya casi los de una calavera; y luego, las preguntas de ese señor que no reconocemos, pero que nos reconoce, tú eres hijo de Jorge, más aseverativo que informativo, todo sabiduría y perspicacia aguda entre sus repliegues de saurio, con el singular conocimiento del alma humana que, aparte de un anciano, sólo puede tener un notario, gracias a su diario contacto con la realidad de la vida y de la muerte, de las transmisiones y sucesiones, de sus vericuetos, de sus intríngulis. Y tú a qué te dedicas, dijo. Montserrat hablaba de la boda de Gregorius, del viaje de Teruel, de la parentela de Leonor de Aragón, son una gente majísima y de bastante posición, de pueblo, pero de posición, con tierras, y como son tantos –los hermanos tienen hasta nietos– y todos empeñados en obsequiarnos y con eso de que Teruel es la tierra del jamón y como yo representaba como si dijéramos la familia del novio, total que nunca he visto comer tanto, lo de menos fue el banquete propiamente dicho, que fue una barbaridad, pero es que era una cuchipanda detrás de otra, y con el vino de allí, que es de los que pegan, tipo cariñena, y para colmo, después de la boda, a uno de los cuñados, que vive en Vinaroz y tiene una agencia de transportes, no se le ocurre más que invitarnos a Vinaroz, a comer langostinos, lo que le faltaba a Gregorius, con lo que le gustan los langostinos. Yo les dejé allí, no iba a estar como de carabina durante el viaje de novios, y parece que llegaron hasta Valencia; y yo no digo que lo de la inyección infectada no contribuyera a desencadenar el patatús, pero lo que os aseguro es que los atracones que se pegó aquellos días bastaban para entrompar de colesterol a un regimiento. La suerte es que, mira, no ha sido más que un susto. Y, sobre todo, suerte de Leonor de Aragón, que es muy buena mujer, con su carácter, con su genio, como todo el mundo, pero con un corazón así de grande. Suerte de ella, que mejor compañía no podía haber encontrado. Ella lo baña, lo asea, lo maneja, lo saca a pasear y, cuando hace mal tiempo, lo lleva a exposiciones, a los grandes almacenes, al Corte Inglés, una vez creo que hasta lo llevó a la inauguración de una estación de metro, se las apaña para entretenerle como sea y, mira, lo cuida, lo vigila y tiene una paciencia de santa, que con las manías de Gregorius y lo descuidado que es y lo habituado que estaba a los barbitúricos, hubo un momento, cuando el ajipipi, que yo pensé que de ésta no salía, que se nos quedaba, y mira que, por desgracia, tengo experiencia en eso de ver estirar la pata. ¿Qué hubiera hecho un desastre de solterón como él, quién le hubiera cuidado como ella le ha cuidado, por mucho que le queramos todos, si no se hubieran casado? A mí, la verdad, me da gusto verles ir del brazo al parque, como dos enamorados. Los amantes de Teruel les llamo yo. Punto escabroso, ya en el límite de lo ventilable en público, allí donde el mero conflicto no antagónico podía convertirse, considerado fuera del seno de la familia, en antagónico, donde el crudo enunciado de los hechos –se casó con la chacha–, desprovisto del calor de su contexto, no podía sino hacer cerrar filas a los Ferrer Gaminde, ya que, en definitiva, a excepción de Juanito –intolerante, yo no me doy por enterado–, era general la postura de considerar tal desenlace como un mal menor, así está más acompañado y, además, de algún modo había que regular su situación. Papá, a partir del susto, incluso había dejado de echar en cara a Gregorius la venta de su parte de Vallfosca a Jacinto Bonet, casi como si le remordiera habérselo recriminado anteriormente, qué quieres, si a él le interesaba vender su parte, la única persona de la familia que podía comprársela era Jacinto Bonet. Mejor él que un extraño. Claro. Yo creo que ha hecho bien; lo que él necesita son rentas fijas. ¿Para qué quiere dejar propiedades que no rentan si no tiene ni ha de tener hijos? ¿Para que el Estado se lleve más de la mitad cuando muera? A mí no me extrañaría que lo hubiera hecho empujado por la Leonor, que entre dejar algo a sus sobrinos o a los sobrinos de Gregorius, habrá preferido dejarlo a los suyos, algo fácilmente liquidable, que sea más fácil de repartir que una parte de un indiviso. Pues yo creo que, más que nada, lo ha hecho porque le debía resultar violento ir allí con ella, en plan de señora. No creas, de hecho hace años que apenas se acerca, y la verdad es que me parece que en los últimos tiempos tampoco andaba tan boyante, económicamente quiero decir, que con lo que antes vivías como un príncipe ahora te da justo para ir tirando. Te advierto que también nosotros vamos poquísimo; Pedro el que más, algún fin de semana, con su pandilla, media docena de coches. Es que el único que sigue yendo de verdad es tío Jorge. Es que a mí, no sé, aquello me da como pena; sobre todo desde que murió el Polit, que era un tunante, un pillastre, un vivales y todo lo que tú quieras, pero, mira, tenía un gran corazón; en Vallfosca era casi como una institución. Ahora, en cambio, con esos andaluces que lo tienen todo tan descuidado, que lo que pasa es que yo creo que no se aclaran, vamos, que no son payeses. No, no es eso, lo que pasa es que el campo ya no rinde. Y, aparte de todo, que payeses de verdad, payeses como los de antes, ya no los hay. Por eso, porque ahora el campo no rinde. Y donde rinde se compran un tractor y lo trabajan por su cuenta; lo que no quieren es trabajar para otro. Oh, eso de los masoveros ya pasó a la historia; hoy día, si encuentras un matrimonio de andaluces que te quieran cuidar un poco la finca, cobrando lo que se les ocurra pedirte, te puedes dar por satisfecho. Te advierto que también los hay mañosos. No es ése el caso de los de Vallfosca, por desgracia, Paco, Pepe o como se llame, que nunca me acuerdo, un extremeño bruto como él solo. Pues, siendo así, casi es mejor que Gregorius ni se acerque, ya que todo está tan abandonado. ¿Gregorius? Si la última vez que estuvo todavía vivía el Polit. Abandonado, sí, ésa era la palabra, abandonado más que descuidado, los cultivos, los campos escalonados, las viñas invadidas por la hierba, el bosque cerrándose en torno a la plana, los senderos perdidos, los caminos que ya no conducían a ninguna parte, abruptos, erosionados, lo que fueron roderas de los carros convertidas en arroyos secos, el jardín enzarzado, la hiedra en expansión, la maleza a duras penas mantenida a distancia de la casa. Y en cuanto al interior, sólo una impresión superficial podía inducir a suponer que se conservaba intacto, no olfatear, no advertir el deterioro que tanto como del uso se deriva del desuso, de la falta del contacto vivificador que para los objetos significa utilizarlos, habitarlos. El vestíbulo, las escaleras, el comedor, el salón, la galería, las habitaciones, sobre todo las habitaciones, progresivamente inmovilizadas, intocadas, como fijadas al destino de sus ocupantes titulares, adscritas a ellos de por vida. La habitación de Gregorius, por ejemplo, con menos desorden que la de papá, pero más destartalada, casi desprovista de elementos personales, como si perteneciera más bien a una pensión de pueblo, con aquel olor como a cigarro apagado que la impregnaba en lugar del olor a droguería que dominaba en la de papá, sin la acumulación caótica de la habitación de papá, sin sus restos de medicinas, ni sus colecciones de insectos, ni sus libros de botánica llenos de hojas secas, ni sus obras jurídicas de cuando era estudiante, ni sus bastones, ni sus prismáticos, ni el acopio de materiales para sus pequeños inventos que desde siempre hacían imposible cerrar el buró. Y entre ambas, la habitación de tía Paquita, cerrada, pero intacta, exactamente igual en apariencia que el último verano en que fue habitada –¿diez?, ¿doce años?–, hasta tal punto idéntica que, sin duda, debía resultar sorprendente no encontrar en la penumbra aquellas pupilas alzadas desde la almohada, los párpados mansos, el hálito dulzaino, las íntimas emanaciones que entibiaban el lecho. Así de exacto todo, sólo que en apariencia. Porque como en las naciones, así en las casas pairales; como en las naciones sujetas a las inevitables fases de esplendor, decadencia y renacimiento, como en esa nación que tras un período de disolución y absentismo, de dimisión de toda responsabilidad hacia la cosa pública, de entrega generalizada a la corrupción de los negocios privados, se hace patente la necesidad de que alguien ponga fin a la disolución y al relajo y, con mano firme, tome las riendas del poder y lo ejerza de un modo absoluto y totalitario, como en esa nación, en las casas pairales, tras toda época de atomización indivisa y de necrosamiento de los lazos familiares, también acaba por imponerse la conveniencia de que la propiedad revierta finalmente a un solo propietario responsable.

Vamos a ver: Raúl Ferrer Gaminde i Moret, hijo de Jorge y de Eulalia. Eso es, se llamaba Jorge. Yo conocía a su padre, tan buena persona como chiflado. ¿Vive todavía? Expedido el 6 de febrero de 1960. También abogado, ¿eh? O sea, que tú representas a la viuda Rivas, de acuerdo con los poderes que doña Dulce otorgó ante mí el pasado cuatro de diciembre, poderes generales a favor, indistintamente, del señor Bellido y de ti.

¿Por qué las oficinas de los notarios tienen siempre un no sé qué de comisaría de policía, si bien es cierto que con algo de casa de un abuelo en el ambiente, tal vez por sus pesados y oscuros elementos decorativos? Eso sí, con una placidez y bonanza poco frecuentes en los despachos, así públicos como privados, por incómoda y larga que sea la espera en la salita, en el recibidor, en los pasillos y hasta entre las pilas de legajos y las máquinas de escribir, junto a la mesa de un oficial encanecido –superior en saber, sin duda, así como en dedicación, al propio notario–, donde hasta las palabras de su dictado y el tecleo de la mecanógrafa, lejos de aturdir, producen en el cliente un efecto más bien sedante y tónico, como en el agricultor las lluvias primaverales, palabras que se oyen como desde casa se oye la lluvia que cae fuera, confortablemente, el alentador misterio de las fórmulas jurídicas, el rigor ritual de la terminología empleada, sonando casi a plegaria, respaldando sicológicamente la confianza que el cliente deposita en la mecánica de la profesión, en su probidad incorruptible, secular defensor de los intereses del particular frente a la Administración y, más concretamente, frente al fisco, según tradición –sobre todo en Cataluña– de singular antigüedad y arraigo, et propter enmendacionem ipsius culpe per hanc scripturam donations nostre damus vobis ipsum Castrum quod dicunt Portus quod est in territorio barchinonensi a parte occidentali predicte urbis ad calcem montis cuiusdam qui vocatur iudaicus in marinis litoribus. Todo ello unido al carácter, más que meramente voluntario, deseado, de los tratos que normalmente se conciertan en las notarías, así como al habitual happy end de los desenlaces, contribuye a que en los rasgos de cuantos allí aguardan ensimismados se trasluzca la paz interior de quien ante la taquilla de una estación recoge con parsimonia la vuelta de su billete, consciente de que él, a diferencia de la mayor parte de los que aguardan impacientemente a su espalda, tomará sin carreras el próximo metro; y a que las charlas de los clientes de carácter más extrovertido con cualquiera de aquellos amanuenses de provecta apariencia tengan ese tono entre conciliatorio y resabiado propio de las ideas generales que tienden a imponerse como tema de conversación en semejantes casos, las ventajas de que el Estado concediera la explotación de la Telefónica o de los ferrocarriles al capital privado, por ejemplo, lo rápido que se tocaría el resultado, lo pronto que mejoraría el servicio, porque el Estado, no, si no hay estímulo, no, si no hay iniciativa, porque robar al Estado no es pecado, porque a un particular por la cuenta que le trae, porque ir con reclamaciones a la burocracia es perder el tiempo, porque la burocracia es una merienda de negros, porque los negros, porque los chinos, porque con media docena de bombas atómicas, porque la cocina china, dejémonos de historias, nosotros ya nos entendemos, nada en la cocina china se puede comparar a un buen plato de butifarra con judías. De ahí la animación y buen humor y los ojos de cuco de aquel sujeto, indudablemente un pequeño industrial, que invitaba a fumar al encanecido oficial mientras echaba una última ojeada a las cláusulas clave de alguna escritura pendiente de firma, enriqueciendo la aridez contractual con vívidos comentarios relativos al desarrollo de las negociaciones cuya culminación y síntesis era el presente contrato, sin dejar de apuntar con sus guiños a la salita de espera, donde, al parecer, aguardaba la otra parte, el comprador, un inversor extranjero, un alemán, representante, por lo visto, de una firma interesada en los terrenos industriales objeto de la venta, interesada y no es arriesgado suponer –puesto que los compraba– que hasta satisfecha de las condiciones de adquisición, condiciones que probablemente juzgaba ventajosas, sin sospechar siquiera que más ventajosas todavía las juzgaba para sí el pequeño industrial vendedor, Bertrán, como decía llamarse, Bertrán o Beltrán, feliz liquidador de una industria cien veces amortizada, de utillaje nunca renovado para no mermar los beneficios, todo a punto desde siempre para que, llegado el momento –como sin duda había llegado– en que las perspectivas pareciesen empeorar, pudiera convertir, sin más, su empresa en empresa ruinosa, recurrir al expediente de crisis y sacudirse así el muerto con la máxima celeridad y limpieza; y entonces, dinero en mano, a otra cosa, contratas de obras públicas, plásticos, urbanizaciones, lo que más represente lo que se dice una ocasión, una oportunidad, lo que resulte mejor, igual que un soldado de fortuna va a donde mejor le paguen, igual que sus gloriosos antepasados medievales iban a Sicilia, a Túnez, a Grecia, a Turquía, los almogávares. Como los almogávares, sí, como ellos ese Bertrán o Beltrán y cuantos como él, hombres de la pequeña y mediana empresa, constituyen la vanguardia de la industria coyuntural catalana; y como en los almogávares, la primera impresión más bien desfavorable o negativa que puede sacarse de ellos, en razón de su presencia, no hace sino facilitar el posterior trueque de esa primera imagen peyorativa en admiración y asombro ante las cualidades de combatividad, rapidez y arrojo que le son propias. Gente de ideas claras, que se ríe de quien no sabe que lo que importa es reír por anticipado y salir con buen pie y pegar el último. Grave error cometería aquel que subestimara sus reacciones y recursos o minimizara su movilidad y olfato, su espíritu de presa, verdaderos almogávares de nuestro tiempo, hombres pugnaces y endurecidos y diestros en ardides y estratagemas, ya Josep Sol i Padrís, el gran poeta del romanticismo valenciano, los cantaba resueltos incluso a que brillaran de nuevo las armas al grito de ¡desperta, ferro!, si así lo requería la defensa de sus empresas. No menospreciemos, pues, al pequeño industrial catalán ni subvaloremos sus atributos positivos en nombre de principios abstractos, ni ignoremos su capacidad de maniobra a partir, por ejemplo, de su pretendido individualismo o de una presunta ausencia de mentalidad asociativa que le impide unirse a otros en la tarea de crear el verdadero imperio industrial, la empresa gigante exigida por la economía de hoy; nada más engañoso que dejarse llevar por esquemas teóricos o por prejuicios relativos a cuestiones accesorias, sus gustos groseros, sus ostentaciones, sus delirios de potentado, la pesadez de sus maneras, características explicables, a fin de cuentas, en virtud de la relación mimética que tiende a establecerse entre el hombre y su negocio, de modo que, así como no es difícil adivinar en la persona del ganadero actitudes y hasta rasgos de su ganado, existe asimismo una evidente correlación entre la machacona marcha de una máquina cualquiera y el comportamiento social de un representante de la pequeña y mediana industria. A nuestro entender, hay un solo rasero oportuno y pertinente para medir la valía de ese pequeño y mediano empresario, de ese industrial coyuntural: su innegable, más aún, su extraordinaria facultad de ganar dinero; cualquier otra base de juicio no sería más adecuada, pongamos por caso, que la de considerar a los almogávares no por su grado de combatividad, sino por su tosco aspecto o por lo rudimentario de su armamento. No fue otro, en definitiva, el error –error que pagó con la vida– de Gualterio de Brionne y de su caballería francesa, a la vista de aquella infantería de miserable apariencia, sin comprender que la falta de escudo de aquella tropa era su mejor escudo, que su ligera túnica era su mejor montura, que su predilección por la piedra entre todas las armas arrojadizas era su mejor fuente de aprovisionamiento y, sobre todo, que esa apariencia miserable era, precisamente, su gran arma secreta: el factor sorpresa. Lo contrario del armiño: el perro que lo caza; pues así el empresario coyuntural, perfectamente sabedor de que, como la caballería francesa, pocas cosas hay más vulnerables que una industria comme il faut, donde, por lo general, su tendón de Aquiles no suele ser otro que su propio prestigio.

Trompas, tabors, senheras e penos et entresenhs e chavals blanc e niers veirem en brieu.

E no pot enser remasut, contra cel no volen tronzo, e que cendat e cisclato e samit no.i sian romput, cordas, tendas, bechas, paisso e trap e pavilho tendut.

Adoncs veirem aur et argen despendre, peirieiras far destrapar e destendre, murs esfondrar, tors baissar e deissandre e.ls enemics enchadenar e prendre.

Tan grans colps los ferrem nos drut.

Lo perdr’er grans e.l grazanhs er sobriers.

Anz sera tics qui tobra volontiers.

Tal vez un tanto charlatanes y jactanciosos, sería no obstante sencillamente suicida tomar su vehemencia por bravuconería o considerar antieconómica la actividad que desarrollan. Muy al contrario: agrupados por lo general en torno a la gran industria, a la industria que pudiéramos llamar estructural, esos hombres de la mediana y pequeña empresa, esos industriales coyunturales, son en verdad la punta de lanza a la vez que el rastrillo de todo desarrollo industrial; fuerzas más fluidas, dinámicas y ligeras, pero en modo alguno inútiles, desdeñables y, mucho menos, condenadas a desaparecer, como harto precipitadamente podría acaso concluir un materialista vulgar, ya que, lejos de ser el pez chico destinado a ser devorado por el pez grande, se asemejan más bien a esos delicados pajarillos que limpian y afilan los dientes del cocodrilo en tácita relación simbiótica, y así como se equivocaría el estratega que, por un exceso de confianza en la eficacia penetradora y demoledora de sus divisiones acorazadas, olvidara en sus planteamientos lógicos el papel decisivo de los infantes que avanzan tras los carros limpiando el terreno, haciéndolo propiamente suyo, así también andaría equivocado el planificador económico que descuidara el papel que en todo proceso de desarrollo corresponde jugar a la mediana y pequeña empresa, y la eficacia y demás virtudes prácticas de la clase de hombres que nos ocupan.

En contraposición al industrial coyuntural podemos ahora tipificar la figura del industrial estructural o gran industrial, atendiendo preferentemente no a su pertenencia a tal o cual sector de la industria, sino al volumen de producción de la empresa, así como a su continuidad –con frecuencia, de siglos–, factores que, por otra parte, dado el tipo de vida que obligadamente conllevan, suelen incidir en la personalidad del sujeto, diferenciándole vigorosamente de los restantes miembros de la alta burguesía, componentes de la burguesía mercantil, financiera o profesional barcelonesa, frente a los cuales, aun en la actualidad, el industrial estructural, por motivos tan fútiles como sofisticados, se diría que –socialmente hablando– goza de menor consideración y audiencia. Injusticia palmaria, es obvio reiterarlo, no sólo hacia uno de los más firmes puntales del progreso de Cataluña, sino incluso hacia la misma calidad humana de los representantes de una clase social preeminente, de una clase social descrita, según las interpretaciones más fieles y más autorizadas por los propios miembros de esa clase, es decir, más ajustadas a los criterios con que se reconstruye un árbol genealógico, más sensibles a los sentimientos magnificadores que cabe atribuir a todo cliente de un gabinete de investigación heráldica, descrita, decíamos, en términos arquetípicos, como capitanes o conquistadores, hombres fundamentalmente sólidos así en su complexión física como espiritual, conscientes de las ventajas, tanto en el orden moral como en el energético, de un prudente exceso de peso, los ojos inocentes y duros del que posee la más límpida convicción en la rectitud y universalidad de sus principios, su concepción del beneficio económico no tanto como derecho o privilegio cuanto como obligación, su militante paternalismo –o, mejor patriarcalismo– social, su inflexible voluntad justiciera de defraudar impuestos, su escasa apetencia de signos externos –más que por motivos puramente fiscales, por su íntima creencia de que sólo una peseta ahorrada es una peseta realmente ganada–; una vida, en suma, trazada a imagen y semejanza de una jornada de domingo, la cópula matutina y la misa, el paseo al sol con los niños y la dilatada sobremesa, la visita a los abuelos, un rato de tele, la cena frugal y el teatro, imagen ejemplar que, señera enseña y patente de conducta, a modo de un manual de urbanidad, ha de servir no sólo para que las jóvenes generaciones acorden el paso al paso de sus mayores sino, en especial, para ofrecer un modelo a los titulares de las nuevas fortunas, afloradas con el flujo y reflujo de la historia, de sus aguas revueltas, fortunas tumultuosas y episódicas, que sólo llegarán a sedimentar si su consolidación económica corre pareja a su integración moral en el medio. Es decir: una mentalidad cuyo antecedente histórico más adecuado podríamos encontrarlo en la propia expansión medieval catalana en el Mediterráneo, una expansión de carácter eminentemente familiar y patrimonial, conquistas que uno hace a modo de adquisición para los hijos, como propiedad o dote nupcial, fortunas que acaso serán disipadas a la muerte de los padres, si los herederos salen pródigos o ineptos, es decir, algo que nada tiene en común no ya con el concepto tradicional de Imperio sino, simplemente, con el de Estado moderno, hecho que si bien no puede contener juicio moral alguno, ni favorable ni adverso, en cuanto acorde con la mentalidad de la época, no deja por ello de imprimir carácter en un pueblo que, por los avatares de la historia, jamás llegó a superar semejante estadio, ni ha conocido las sucesivas fases de desarrollo y decadencia comunes a los restantes pueblos del occidente europeo. Con todo y haber prescindido en nuestra exposición de cualquier elemento sospechoso de parcialidad, de cualquier semblanza de los miembros de la alta burguesía industrial catalana propensa al encomio más que a la objetividad, a presentar como empresa colectiva y de utilidad pública lo que es a lo sumo empresa de utilidad personal, a convertir el apellido industrial en mito, a involucrarlo al cultivo de las artes y de las ciencias por medio de mecenazgos mezquinos y coleccionismos rapaces, a entender la convivencia social como un juego de sociedad, todo, acaso, excesivamente sublimado para la reticente retina contemporánea, del mismo modo que, ante los retratos que componen la Galería de Catalanes Ilustres, un espectador de espíritu crítico relacionará, probablemente, las venerables barbas blanquecinas no tanto con el capitán Acab como con el protagonista de La Venganza de Don Mendo, somos conscientes, con todo, de las limitaciones de la imagen por nosotros esbozada, esencialmente literaria, de los defectos de que adolece desde un punto de vista científico, del carácter provisional de nuestras conclusiones, válidas, a lo sumo, en tanto no sea establecida una interpretación más definitiva y satisfactoria, una interpretación no idealista sino materialista, no metafísica sino dialéctica, esto es, una interpretación que, a diferencia de la presente, sea fruto de algo más que simples intuiciones y observaciones anecdóticas, superficiales e insuficientes, por muy basadas que estén en hechos tan ciertos como, por otra parte, realmente chocantes. Así, Florencio Rivas Fernández: un hombre de los que se han hecho a sí mismos, despierto, dinámico, perspicaz, ganador nato y, no obstante, apenas integrado en el medio social que le era propio, la alta burguesía barcelonesa. Y eso no por falta de peso económico ni menos aún por su particular tren de vida, casi exageradamente alto, como tampoco por sus condiciones personales más bien atractivas, su simpatía, su natural elegancia –y si no natural, asimilada con extraordinaria aptitud–, su aparente buen gusto y, en lo que cabe, hasta su relativamente cultivado espíritu. O mejor dicho: no por motivos económicos, profesionales o personales, pero sí por algo relacionado de algún modo –sobre todo formal– con todo ello, del modo en que se relaciona lo antagónico, el modo con que cualquier interlocutor sagaz adivinaba en él, contra cuanto podía esperarse de un industrial impresor que había llegado a donde había llegado, su indiferencia final por el dinero, esa especial indiferencia del jugador, en cuya pasión el dinero es sólo un medio y el juego el verdadero fin, o el modo en que, aun sin ostentaciones de mal gusto, se evidenciaba su despreocupada negativa a ligar reputación profesional y vida privada, a considerar, ni tan siquiera protocolariamente, la vida privada como prolongación o complemento de la reputación profesional. Un hombre así, es obvio, jamás podría ser plenamente integrado, en razón, sobre todo, de su misma resistencia a integrarse, tanto más cuanto que, en principio, la no integración carecía –o debiera haber carecido– de repercusiones en el normal desarrollo de sus actividades, en la mecánica del mundo de los negocios y sus leyes de solvencia y crédito. Lo de menos eran sus orígenes, o mejor, su historial, su trayectoria: de fracasado editor de ediciones populares de los clásicos a gerente y accionista mayoritario de una de las industrias gráficas más importantes de la ciudad, es decir, del país, todo de modo algo oscuro, durante los oscuros años cuarenta; realmente lo de menos. Lo importante era lo otro, bien demostrado quedó con los comentarios suscitados por las circunstancias de su muerte: lo que en cualquier otro caso, en relación a cualquier otra persona, no hubiera sido considerado, en tanto que accidente, sino como casual y fortuito, fue aquí generalmente juzgado como consecuencia inevitable de una actitud moral, de una línea de conducta; temeridad, desprecio de forma, escándalo. Tenía que acabar así: un amanecer, chocando con una farola, ebrio sin duda, en compañías ni tan siquiera dudosas. Lo que ya sería más difícil de precisar es si, al igual que cuando un hombre que une su vida a la de una mujer con muchas horas de vuelo, el observador imparcial y distanciado no sabrá decir con exactitud si ha sido ella la que ha elegido, la que ha preferido ese hombre a sus amores de hasta entonces o, por el contrario, él ha sido el primero de la serie lo suficientemente cándido como para apechugar con ella, para cargar con el saldo, esto es, la víctima final de la enganchada, así, en el caso de Florencio Rivas Fernández, la duda –por demás estéril– residía en saber si su forma de vivir, especialmente en los últimos tiempos, fue la que le condujo al fatal accidente, o si fue el accidente la causa de que a posteriori se hiciera de dominio público su forma de vida de los últimos tiempos, que, de no haberse producido la desgracia, bien hubiera podido prolongarse indefinidamente.

El teléfono. Un sábado por la noche. Habían salido con Federico, Moragas y los Adolfos, y al dejar a Nuria, ante el portal, habían discutido con esa irritabilidad que a veces da el alcohol, pero cuando llegó a casa se encontró con que ella ya había llamado diciendo que la esperase, que pasaba a recogerle. Papá lo escrutaba con ojos desvelados, entre suspicaz y aprensivo. Parece que su padre ha sufrido un accidente, dijo. En el taxi Nuria le contó que las criadas la habían recibido llorando, diciendo que habían telefoneado del Clínico; su madre y sus hermanos se habían ido a pasar el fin de semana al campo. El enfermero de Urgencias dijo, sí, un accidente de automóvil; ¿son ustedes familiares? Y Nuria: ¿pero cómo está? Y el enfermero: aguarde, mujer, lo primero es saber dónde está. Y se puso a consultar una libreta y a marcar un número de teléfono y, aprovechando que Nuria encendía un cigarrillo, escribió una palabra y se la mostró disimuladamente a Raúl: muerto. Y dijo, pasen, hablarán con el interno. Era el mismo enfermero que luego dijo a Nuria, ¿quiere que se lo saque? ¿El qué? El anillo; saldrá con un poco de jabón. Rígor mortis.

Sin embargo, pese al continuo sonar del teléfono, al amontonamiento de telegramas y a la sucesión de visitas de condolencia que, a la vez que trastorno del tiempo, lo era también del espacio, del domicilio invadido de los Rivas, pronto se vio que había allí, con todo, un cierto trasfondo impropio del clima que habitualmente suele crearse en torno a un fallecimiento. Por debajo de las consabidas expresiones de pésame y de exaltación de la figura del finado y de los vacuos tópicos acerca de los peligros del coche, todo el mundo recordando casos, contando descuidos, horrores, todos un poco como esa viuda que indaga en la vida de los demás por si descubre algún drama en el otro y puede establecer así un nexo de afinidad y comprensión mutua a partir de las respectivas desgracias, por debajo de todo aquello, se intuía más y más la tenebrosa trama de conjeturas y sospechas, bastaba tomar en consideración la misma ausencia de preguntas sobre las circunstancias del accidente y, sobre todo, el inquietante silencio que siguió a una de tantas frases anodinas: es que, hoy día, coger el coche es un verdadero suicidio. Inútil la bienintencionada salida del chistoso de turno: pronto ni podrás tener un accidente tranquilo. Raúl se escabulló al cuarto de baño, a fumarse un cigarrillo; en los bordes de la taza del retrete la loza estaba rayada en dos puntos, uno casi en el centro y el otro muy lateral, huellas residuales que, aunque cuidadosamente limpiadas, delataban la costumbre de uno o varios miembros de la familia de acuclillarse encima, tal vez alguno de los chicos o el propio señor Rivas. El domicilio del señor Rivas ocupaba el ático y el sobreático de unos cuantos pisos, de construcción relativamente reciente, añadidos al vuelo de un edificio modernista de la Rambla de Cataluña, un edificio de exterior horriblemente mutilado, truncada la cúpula y arrancado el grupo escultórico del portal, para disimular, sin duda, en un arrebato de racionalismo –y de rentabilidad– aquel bárbaro pegote de piedra artificial, muy años cincuenta, sobrepuesto a lo que fue armonía asimétrica.

Si la generalizada presunción de un suicidio fue la primera advertencia del ambiente reinante, rumor probablemente fundado en el hecho de que el señor Rivas había suscrito una póliza de seguro de vida muy elevada, del todo inhabitual en un hombre de su posición, que lógicamente ha de confiar más en la buena marcha de sus negocios que en los beneficios de su muerte, a la hora de pensar en el futuro de los hijos, fue Bellido, abrumado, casi lloriqueante, la persona a quien el mismo desarrollo de los acontecimientos, en virtud de su cargo de abogado de la familia, convirtió en heraldo de la catástrofe en ciernes: la más delicada situación económica de la empresa, la actitud más que reticente de los bancos, la posible infidelidad de algún empleado de la casa, la intransigencia de los acreedores, monolítica, maximalista, orquestada, se diría, por el mismo cerebro que había provocado tanto la reacción negativa de los bancos tras la muerte del señor Rivas como la defección de parte del personal hasta entonces considerado de confianza; la necesidad, en suma, de ir a una inmediata supensión de pagos que encubriera, por el momento, lo que bien pudiera acabar en verdadera quiebra. Y con la misma ansiedad y angustia con que, como ante un temblor sísmico, el gobierno de una nación, legalmente constituido o simplemente instaurado en el poder, recibe las iniciales y confusas noticias de lo que más que como un motín se va configurando como golpe de estado, pronunciamiento de la academia militar, adhesión al alzamiento de guarniciones fronterizas y lejanas y de unos cuantos cuerpos especiales, conducta ambigua de la aviación y la propia policía, caída en poder de los sublevados de las emisoras de radio y el palacio presidencial, proclamas radiofónicas, comunicados de prensa, noticias contradictorias relativas a supuestas peticiones de asilo político, detenciones, juicios sumarísimos, ejecuciones, esa hora H en la que todo es irreal en la medida en que todavía incierto, aunque no tanto, por supuesto, como para que sea imposible no concluir que algo grave y hasta irremediable está sucediendo, así, la familia Rivas veía precipitarse los acontecimientos, con la impotencia fatalista con que esos gobiernos de países en vías de desarrollo o francamente subdesarrollados contemplan el violento final de su mandato, lejos, muy lejos, del sereno y solemne ritual sucesorio que, como en la muerte de tía Paquita, está previsto por las constituciones de las democracias tipo occidental, sea electivo o hereditario el nombramiento del Jefe del Estado, tras la defunción de la reina de algún país nórdico, por ejemplo. Y luego, la traición, el golpe bajo, la evidencia de que sólo una persona que en teoría gozaba de la suficiente confianza del señor Rivas como para tener acceso directo a su mesa de despacho podía haber puesto en circulación aquel fajo de fotos encontradas en un cajón –se decía– al clasificar papeles, aquellas fotos cuya existencia, en el plano abstracto de la murmuración, tomó finalmente cuerpo al ser depositadas, con solicitud hipócrita, sobre el bufete de Bellido, enfrentándole, sin duda con toda premeditación, a lo que un Bellido, como a la soga de un condenado, se sentía incapaz de plantar cara: el escándalo. Tanto más cuanto que la identidad de aquella putilla de ojos listos que posaba con alegría en diversas posturas fornicatorias –a gatas, de frente, con los pechos colgándole como a una cabra; a gatas y de espaldas, la cara vuelta hacia la cámara, sonriendo; a gatas y de perfil, acodada en el lecho, el trasero atractivamente destacado, etcétera– fue rápidamente establecida, y sus relaciones con el señor Rivas se revelaron como un secreto a voces entre el personal de la casa, la Mary, la misma mujer, indudablemente, que figuraba en las composiciones de primer plano, reconocible en sus detalles anatómicos pese a la proximidad del objetivo y al esquematismo de los elementos fotografiados, una boca, aquella boca, en trance de sorber simultáneamente dos erectos sexos masculinos, uno de ellos más oscuro, se diría que el de un negro; una mujer –el cabello le tapaba los ojos– entregada a la misma operación con un solo sexo al tiempo que era penetrada por el otro; o, lo que es más curioso o llamativo, la mujer, la misma mujer, aparentemente penetrada por un hombre, penetrado a su vez, inequívocamente, por otro miembro viril, el oscuro. La Mary y el negro. Pero ¿y quién había sacado las fotos? Con todo, más trascendente que la personalidad de los componentes del trío era el esclarecimiento de la personalidad de quien ahora movía los hilos de cuanto estaba sucediendo y de las motivaciones que tenía para moverlos, para crear a los Rivas una situación tan dramática como la que había creado: un nombre, Plans, el industrial papelero, dato lo bastante concreto como para dar pie no ya a conjeturas calenturientas sino a desesperanzadas conclusiones. Y luego otro esclarecimiento: la clase de relación existente entre el señor y la señora Rivas, insospechada para las personas más próximas en razón de su misma proximidad, del mismo modo que son con frecuencia los familiares más inmediatos de un homosexual los últimos en enterarse de sus hábitos; insospechadas más que insospechables, de hecho, algo muy simple, el clásico arreglo conyugal de cuando es demasiado tarde y, aunque mejor que nunca, resulta obvio, por poca lucidez que se tenga, que ya no es posible rehacer ni enderezar nada, salvarse a lo sumo de las abyectas gratificaciones matrimoniales, de su ensañado cumplimiento, de sus licencias tanto más sórdidas cuanto más pasa el tiempo y se acrecientan los crujidos, canas, arrugas, dientes que se mueven y esfínteres que se aflojan, varices, hernias, hemorroides, pero, por encima de todo, el odio mutuo y la repugnancia y la agresividad que se intenta soterrar, en lo que cabe, con esta clase de arreglos. Y el golpe, el golpe bajo, consistía simplemente en que ese arreglo privado se hiciera noticia pública, y en que no sólo Bellido sino también doña Dulce y Nuria, ya que no los pequeños, lo supieran: que se había hecho noticia, con todos los atractivos de una crónica de sucesos. ¿Cómo se atreven a opinar?, diría Nuria. ¿Qué saben ellos de mi padre ni de mi madre y qué les importa el tipo de relaciones que tenían? Ellos, cornudos que van de putas, ¿cómo se atreven a echar la primera piedra? Mi padre hacía lo que le daba la gana y hacía bien. También mi madre tiene un amante: Amadeo García Fornells, lo sabía toda Barcelona, mi padre el primero. Todo estaba claro entre mi padre y mi madre, sin hipocresías, sin mierda. ¿Y eso es todo lo que les interesa? ¿Qué saben de él, de cómo era, de su capacidad de querer? La eficacia del golpe bajo, el objetivo logrado: minar la moral de la familia Rivas, destruir su seguridad, hacer centrar su atención en el problema del buen nombre con el fin de distraerla del problema de fondo, sin duda esencialmente económico, conseguir que, más que la raíz de este problema y las soluciones posibles, preocuparan a los Rivas las reacciones del medio ambiente, que les hiriese y exasperase, por ejemplo, la incongruencia de la gente al rumorear, por una parte, que el accidente parecía ser un suicidio y, por otra, que el señor Rivas, cuando ese accidente se produjo, iba acompañado de amistades inconfesables, cuya presencia había sido escamoteada. Raúl lo adivinó el mismo día del entierro: para alguno de los allí presentes todo aquello no era más que una espera, la pausa que precede al gesto de poner las cartas boca arriba; que terminaran de enterrar al muerto, que a eso habían venido. Y, si no adivinar, sí al menos algo debió presentir la viuda Rivas en el transcurso de la ceremonia, serena y llorosa, sincera e insincera, ilesa y abatida, con la obnubilación y el desamparo que pueden resultar tanto del dolor más profundo como de esa especie de atontamiento culpable –los rasgos borrosos, aflojados– que en la mujer suele seguir, delatoramente, a varias horas de intenso placer carnal, confusa, estupefacta, en su papel de viuda, más que pálida casi translúcida entre los velos negros, con la suficiente intuición residual, no obstante, como para presentir algo, si bien, como el dilapidador que agobiado por las facturas, las letras, los vencimientos, se empeña todavía en buscar una explicación superior a su falta de fondos –un error, un extravío, una estafa, la mala suerte– resistiéndose a aceptar el dato escueto de que ha gastado más de lo que podía gastar, con la misma inocencia, no atinara acaso doña Dulce a explicarse en qué podía fundar ese presentimiento. Imposible concretar nada con ella ni entonces ni en los días sucesivos, según se desarrollaban los acontecimientos, demasiado anulada para aportar no ya ideas o precisiones de cualquier género sino ni tan siquiera un parecer, a las catastróficas previsiones de Bellido, un abogado apto, tal vez, para gestiones y papeleos de rutina, pero no para enfrentarse a una situación como la presente, caracterizada por la celeridad y contundencia conque en estos casos se suceden los hechos: la interrupción por parte de los bancos, pretextando el carácter eminentemente personal de la empresa, de toda clase de crédito y descuento tras la desaparición del señor Rivas; la declaración de suspensión de pagos; la desaparición o, cuando menos, no localización de documentos importantes junto con el papel evasivo, casi de boicot descarado, asumido por más de un alto empleado de la casa; la denuncia de quiebra, de que el pasivo de la sociedad era mayor que el activo; la convocatoria de reuniones y asambleas encaminadas a la constitución de un consejo de acreedores; la mano de Plans, el industrial papelero, detrás de todo aquello, su evidente voluntad, en su condición de accionista minoritario y acreedor principal, de hacerse a precio de saldo con la sociedad para volver a remontarla cuando estuviera bajo su control absoluto. Y Bellido, sabiéndose superado, sabía también sin duda de antemano, como el sargento que en plena acción se queda sin oficiales superiores, que no podía esperar ayuda alguna exterior, que la sugerencia tan balbuceante y atropelladamente expuesta –en exceso para ser una ocurrencia natural– de recurrir a la ayuda de Amadeo, como en modo alguno desprovista de buen sentido, esa sugerencia expuesta con tanta esperanza en su trascendencia, caso de ser aceptada, como desesperanzada de que así sucediera, de que fuera acogida de otro modo del que fue acogida, con el silencio de doña Dulce y la negativa cerrada de Nuria. Nadie allí parecía capaz de proponer una solución intermedia entre la negociación claudicante y el combate numantino que, por ajustarse al terreno elegido por el papelero Plans, suponía a todas luces jugar su juego.

La facilidad con que el hombre de negocios, en el transcurso de una discusión acalorada, puede constituirse en gánsgter o policía, especialmente cuando son varios los que participan en el acoso verbal y se potencian sus ataques a la parte contraria, un deudor moroso, por ejemplo, o un proveedor informal o cualquier otra persona a la que el carácter de la relación comercial le coloca en posición subalterna, de modo que sólo la falta del adecuado cauce o respaldo legal –por negligencia o escrúpulos del legislador– impide que, manos a la obra, pasen directamente a la aplicación del tercer grado; sí, para el pobre Bellido, los primeros escarceos con los hombres de Plans debieron significar una dura prueba. No obstante, cuando Raúl empezó a asistir en su compañía a las entrevistas con la representación legal de los acreedores, más como respaldo moral que por considerarse de alguna utilidad, el tono de éstas no tenía ya el carácter que, de creer a Bellido, había tenido inicialmente, cuando se encontró encerrado en aquellas mismas oficinas, entre una serie de individuos que se agrupaban con el aire resuelto que suele adoptar parte del público al salir del boxeo, como matones en camino de dar un escarmiento a alguien, espoleándose mutuamente con brutales sarcasmos. Bien porque hubieran calado a Bellido, bien porque consideraran que el tiempo trabajaba a su favor y juzgaran cada vez más firme su posición, lo cierto es que ahora parecían estar de acuerdo en adoptar la actitud desahogada y la calma afable del que se sabe en posesión de la llave precisa para cerrar el trato y, en consecuencia, eximido, si le place, de guardar las formas, de resultar simpático, libre de quedar como un caballero o como un canalla. Sobre la marcha, por otra parte, se puso aún más de manifiesto la verdadera talla de Bellido, su escaso fuste para esa clase de lides; como quien prefiere aguardar a que pase un taxi en la esquina de una calle de improbable tránsito a tener que disputar con otros acechantes el derecho de prioridad en el cruce de dos grandes avenidas, así Bellido parecía preferir tratar las propuestas –o mejor, condiciones– de los acreedores como si formaran parte de un negocio normal, aunque no enteramente favorable, a tener que considerarlo como una maniobra sucia, como –pura y simplemente– una marranada, cosa que le hubiera obligado a un comportamiento para el que no estaba hecho, él, Bellido, un ser meticuloso y ordenado, muy trabajador, introducido y comúnmente apreciado en Hacienda, Juzgados, Registros, notarías y oficinas públicas en general, pero siempre a nivel de ujieres, de secretarios, de pasantes, el tipo de persona menos indicado para medirse con hombres de presa como los de Plans, habituados a actuar no ya conforme al principio del que pega primero sino, más bien, al de quien pega el último. Raúl, a su vez, tan bruscamente convertido en abogado en ejercicio, no se sentía con una seguridad superior a la del obrero de la construcción que, de regreso a casa, atraviesa un barrio residencial de la ciudad, impuesto, más aún, sobrecogido, por aquel ambiente suntuoso y reposado y, sobre todo, por el paso elástico y decidido de unas mujeres que no parecen esperar ni temer las expresiones obscenas que él, en cualquier caso, tampoco se hubiera atrevido a dirigirles; así, como con una mano delante y otra detrás, pese a todo su bagaje no ya jurídico sino intelectual, se sentía Raúl entre aquella gente. Lo del abrigo era sólo un elemento más, un detalle –el apaño– que no podía haber escapado a la perspicacia de ninguno de los presentes, algo que, de caer a tiempo en la cuenta, Raúl hubiera podido evitar presentándose sin abrigo y aludiendo, como de pasada, a una caprichosa manía a los abrigos, si bien, para no colocarse todavía más en evidencia, debiera haber tenido asimismo preparada una excusa cualquiera –cosas que hacer por allí cerca, una visita, otra entrevista– para que a la salida no se le preguntara como se le preguntó, dada la crudeza del tiempo, que dónde había dejado el coche, obligándole a admitir, pillado por sorpresa, que no tenía coche, que iba a tomar un taxi, dando pie con ello para que los representantes de la otra parte, los hombres de Plans, triunfales, se ofrecieran a llevarle hasta su casa; lo realmente importante no era eso sino algo mucho más general, la falta de convicción respecto al papel que le correspondía en todo aquello, la escasa confianza en la eficacia de su actuación y hasta en la mera impresión que durante cada entrevista pudiera causar a la gente de Plans, cada vez, al acabar, con la desazón de quien al relatarnos un incidente cualquiera, un diálogo, una disputa, da cuenta de sus palabras diciendo no tanto lo que dijo como lo que, ya todo pasado, meditado, reconstruido, piensa que estaría bien que hubiera dicho pero que no dijo, la respuesta brillante que la situación requería y que no llegó a dar, rápida en la oportunidad y pausada y diáfana en la exposición. Y sin embargo casi sería posible asegurar que, a la larga, las intervenciones de Raúl, si tuvieron algún signo, fueron antes positivas que negativas, en razón de la extrañeza, desorientación y hasta inquietud que producían en los hombres de Plans, por lo inhabituales en la clase de tratos a los que estaban acostumbrados: su cortesía, por ejemplo, en cierto modo impropia de las circunstancias, o su tendencia a hacer preguntas cuya respuesta le tenía en realidad sin cuidado, más característica de un departamento de tren que de una discusión de negocios, fruto, sin duda, de una marginalidad hacia todo ello, de un informulado rechazo del problema que le hacía retrasar en lo posible la entrada en materia, no tanto por cobardía como por repugnancia o vergüenza, no como el reo en capilla que evita pensar en el brillo azul de los fusiles sino más bien como aquel que rehúye el recuerdo de una experiencia sexual bochornosa; de ahí la reacción de los hombres de Plans, impaciente –la impaciencia que en una joven puede provocar la conducta del muchacho que la ronda tiempo y tiempo sin hablar más que de cine o de novelas– a la vez que desconfiada, la misma clase de desconfianza que en una mesa de juego despierta la sangre fría con que el jugador desconocido acoge su inicial racha de pérdidas, el temor de los otros de hallarse en presencia de un profesional que tras soltar cuerda acabará limpiándolos a todos, reacción que muy posiblemente contribuyó de un modo decisivo a que se precipitaran los acontecimientos. Era como si, por incomodidad más que por prisas, hubieran decidido que el asunto estaba ya lo bastante maduro para que fuera necesario seguir entrecruzando propuestas y contrapropuestas, que habían llegado al punto más delicado de toda negociación, el momento de concretar y ajustar, de amarrar de una vez la cosa cuando al margen de lo que se diga o deje de decir, cada parte sabe ya a qué atenerse respecto a la otra, no te queda otro remedio, majo, no es verdad que te hayan hecho otra oferta y sabes que lo sé, y el otro lo sabe y sólo espera que su contrincante no sepa también que, aun siendo unas condiciones más duras que las que inicialmente creía llegar a conseguir, firmaría incluso aunque fueran todavía menos favorables con tal de terminar de una vez, de romper de una vez la tensión que produce lo que está por caer; y con todo, aun a sabiendas de lo que se avecina –igual que cuando, en la guerra de trincheras, para salir del impasse de las líneas estabilizadas, una súbita concentración de fuego anuncia la inminencia del ataque a la bayoneta–, temiendo el instante decisivo, el del bajón, la boca entreabierta, los ojos fijos, adivinando por la en apariencia indiferente expresión del otro lo que iba a decir aun antes de que lo dijera, de que lo pronunciara: el ultimátum. La cantidad justa, esto es, lo justo para que, dadas las circunstancias, sea aceptada, ya que, por mucho que se pierda, más se perdería no aceptando y, en todo caso, ni que decir tiene, usted, como asesor legal, y usted, joven, como intermediario, representante o lo que sea, también tendrá su trozo de butifarra, de eso no se preocupen, que al fin y al cabo se trata de una compra y donde hay compra hay comisión. Eso sí, nos interesa saber su respuesta antes del próximo martes, el señor Rodríguez (¿no era antes el malo?) ha conseguido que el señor Vilá (¿no era antes el bueno?) convenza al señor Plans que espere hasta entonces; parece que el señor Plans tiene cada día menos ganas de cargar con un asunto como éste, digamos tan confuso, tan poco simpático, pero el señor Vilá ha podido convencerle de que ya no viene de una semana, aunque el señor Plans dice que preferiría invertir en otro asunto que se trae entre manos, una verdadera ocasión según parece, y dejar que lo de la quiebra siga su curso legal, que bastante tiempo y dinero lleva ya perdidos el señor Plans con lo de las Gráficas Rivas. Ya está: el trágala perro, el toma del frasco; a encajar. Y Bellido, en una tentativa de ganar tiempo, de justificar, al menos formalmente, el hecho de no rechazar de plano una propuesta que, de acuerdo con sus condiciones mínimas, era de todo punto inaceptable, a poner un poco de vaselina a la cosa, en fin, lo estudiaremos, la señora Rivas, vamos, la viuda Rivas –un poco de dramatismo– tiene la última palabra, y en su situación, una viuda; y los otros, la gente de Plans, claro, claro –también vaselina–, pero usted ya sabe que más valen mil pesetas en determinados momentos que un millón en otros, usted ya sabe, por vaselina no quedará la cosa. El doble error cometido por la gente de Plans: por una parte la precipitación, apretar los tornillos demasiado y demasiado pronto, como secuestradores que, una vez cobrado el rescate, se vuelven sonrientes hacia el pequeño cuerpo del delito, atado a una silla y amordazado, diciendo, y ahora ¡a pelarlo!, sin haberse cerciorado previamente de que no están rodeados por la policía; por otra, falta de decisión o tal vez de cálculo, no pegar en caliente una vez descubierto su juego, dar una semana de plazo en lugar de veinticuatro horas, no pensar que la parte contraria pudiese en ese tiempo empezar a jugar un juego distinto al suyo; en una palabra, dormirse, dormirse como el seductor que promete a la joven víctima una vida de felicidad en su compañía y, realizado el estupro, mientras ella se cobija en sus brazos, él fuma un cigarrillo pensando en la forma más expeditiva de liquidar la ya fastidiosa historia, lejos de imaginar todavía que el desenlace más probable de esa historia sea una boda. De ahí que hasta el propio Bellido se atreviera a insistir de nuevo en la necesidad de ver de recurrir a otras armas, y que hasta la propia Nuria aceptase la conveniencia de consultar con Amadeo, de ponerlo al corriente de la situación.