5. Huida definitiva
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Sólo durante la persecución se dieron cuenta de la extensión del castillo. Atravesaron pasillos y salones, comedores y salas de recepción, salas de baile y bibliotecas. El edificio mostraba estancias de diversos estilos y épocas y por todas ellas, al parecer, cruzaron perseguidores y perseguidos. Aproximándose, alejándose, quedándose perplejos ante una bifurcación, ante una escalera, los dos grupos realizaban entradas y salidas improvisadas, giros, ocultaciones y desvíos.
En cierto momento los perseguidos se encontraron ante un largo pasillo en cuyo fondo se divisaba una sólida puerta de roble. Adolphe, Marcos y Melania corrieron hacia ella con la esperanza de encontrar un escondite. Intentaron abrirla. Imposible. Estaba sólidamente cerrada.
A lo lejos se oyó el rumor de los perseguidores que se acercaban.
—Ya no tenemos escape —dijo Adolphe—, y dio un nuevo empujón a la puerta.
De pronto, ésta se abrió. Con la mano aún en el pomo apareció un extraño personaje, altísimo, delgado, de tez aceitunada, vestido con una levita larga, color verdoso, un tanto antigua. Destacaban en su cara unos ojos inquietantes, casi diabólicos.
—¿Quieren hacerme el honor, señores —les preguntó—, de pasar a mi laboratorio?
Los tres le miraron perplejos. Ante su estupor, continuó:
—Permítanme que me presente Giuseppe Balsamo, conde de Cagliostro. Y, si me lo permiten, les invitaré a una taza de té.
Pasaron. Cagliostro cerró la puerta tras ellos y, con la mano les indicó la dirección.
2
—Sí, ya lo sé todo —dijo, cuando hubieron entrado—, sus perseguidores llegarán dentro de poco —lo comentaba como si se tratara de una cuestión puramente académica—. Les abriré, naturalmente. Pero no se preocupen. No les encontrarán, se lo aseguro.
Adolphe miró en derredor la instalación del laboratorio y expresó su asombro:
—¡Un laboratorio químico completísimo! ¡Perfectamente dotado! Permítame, conde, que le pregunte qué investiga y por qué no se ha sumado a nuestra reunión de estos días.
Cagliostro calentaba el agua; alcanzada la ebullición la pasó a una tetera, que colocó en una bandeja donde estaba preparado el resto del servicio. Se acercó con todo ello a una mesita baja, junto al tresillo.
—Como ven —indicó—, el servicio es algo deficiente, por razones, digamos, de discreción. Pero creo haber desviado nuestra conversación. —Y dirigiéndose a Adolphe—: ¿Decía…?
—Decía —siguió Adolphe— que me extraña muchísimo…
—Sí, por supuesto —cortó Cagliostro—, a todos les extraña muchísimo.
Se levantó bruscamente, fue a la mesa de trabajo y comenzó a manipular unos frascos de reactivos.
—Comprendo que les extrañe —dijo—, pero si no toman el té, se les va a enfriar, mis queridos amigos.
Y les fulminó con una extraña mirada.
Adolphe, Marcos y Melania se sentaron y comenzaron a servirse. La escena era extrañamente irreal: perseguidos y angustiados hacía pocos minutos, y ahora tomando el té con la total placidez de una reunión social.
Cagliostro terminó de manipular sus reactivos.
—Monsieur Adolphe —dijo—, me gustaría que viera usted mismo en qué investigo.
Se acercó a la mesa con una probeta llena de líquido en una mano y un vaso de precipitados, parcialmente lleno de líquido, en la otra. Sonrió misteriosamente y dejó sobre la mesa, como quien deja un florero, el vaso de precipitados.
—Y ahora —dijo con aire esotérico—, miren atentamente.
Volcó parte del contenido de la probeta sobre el vaso de precipitados; al unirse ambos líquidos la mezcla comenzó a reaccionar, produciendo un humo blanco, denso, de olor sofocante. Lentamente, en el fondo, se fue formando un precipitado blanquecino sobre el que progresivamente fueron destacando unos finos puntos amarillos.
Adolphe se excitó extraordinariamente al verlos.
—¡Es oro! —dijo—. ¡Lo ha conseguido! ¡Ha dado con el método de sintetizar oro!
Y miró a Cagliostro con gran admiración.
—¡Extraordinario! —exclamaron Marcos y Melania.
Cagliostro escuchaba, orgulloso, los elogios.
—Y con ese oro podría… —comenzó Adolphe, pero de pronto la sospecha cruzó su rostro y se puso repentinamente serio—. Pero dígame, Cagliostro: ¿para quién trabaja? ¿No será para el conde de Fleury?
De pronto Cagliostro estalló en una enorme carcajada, una carcajada siniestra, que rebotó en las bóvedas de piedra del recinto. Casi se contorsionaba, su cuerpo larguísimo y flaco, como si lo encontrara todo enormemente divertido. Ante el repentino e inexplicable cambio de humor, Adolphe, Marcos y Melania le contemplaban airados.
—¿Qué le hace tanta gracia, si puede saberse? —decía Adolphe.
Cagliostro calló de pronto, tan súbitamente como había comenzado, como un muñeco mecánico cuya cuerda se acaba. Se agachó, y con su larguísima mano acarició el vaso de precipitados.
—Bien, creo que debo una explicación a tan ilustres científicos —había un ligero tono de ironía en su voz—. En efecto, estos puntos, como bien han dicho, son de oro.
La expectación era grande.
—¿Entonces es verdad…? —preguntó Melania.
—Sigamos —dijo Cagliostro—. Son granos de oro que he precipitado de una disolución de sales de oro. Como saben, el oro es un metal noble que no se disuelve con casi nada. Pero hay una mezcla especial, realizada con ciertos ácidos en determinadas proporciones, que lo pueden disolver. Por eso el líquido que he vertido contenía previamente oro disuelto. Y, cuando lo he pasado al vaso de precipitados con otra mezcla que ha alterado su estado de disolución, ha precipitado.
—Entonces, el oro que vemos… —comprendía Marcos.
—Estaba previamente contenido en la disolución.
Adolphe le cortó, indignado.
—Entonces, ¿por qué nos ha hecho creer que ha conseguido fabricar oro?
Cagliostro negó enérgicamente; sus manos dibujaban negaciones en el espacio.
—Señores, por favor, no tergiversemos lo ocurrido. Yo sólo he dicho, según creo, «miren atentamente». El resto se lo han dicho ustedes mismos, je croi.
—Es verdad —dijo Melania, que comenzaba a sentir gran curiosidad respecto al misterioso personaje—, el señor Cagliostro nunca ha dicho que él hubiera fabricado oro.
Cagliostro sonrió de nuevo misteriosamente; era apenas una ligerísima incurvación de las comisuras.
—Aclarado el tema —siguió—, quiero contestar a su pregunta, monsieur Adolphe. ¿Por qué he hecho esto? Digamos que para realizar un pequeño experimento… con ustedes. Ustedes son científicos, realizan experiencias a diario con las sustancias y con las fuerzas de la naturaleza, y he aquí que de buenas a primeras, ante un simple truco de principiante, se dejan invadir por su deseo, renuncian a la objetividad y afirman que poseo la piedra filosofal o el arte de la transmutación de la materia.
—Confieso —dijo Adolphe, contrito— que por un momento lo creí. Pero permítame otra pregunta, ¿sabe la verdad el conde de Fleury?
Cagliostro puso las manos sobre las rodillas y miró hacia abajo, piadosamente.
—Digamos que el señor conde de Fleury continúa en la etapa precientífica del conocimiento…
—Oiga, conde —dijo, de súbito, desconfiado, Adolphe—, ¿por qué nos cuenta todo esto? ¿No piensa que lo podríamos difundir y que sería el final de su estancia en el castillo, y aun de toda su carrera?
—Mis queridos amigos —su voz era ahora suave, acariciadora—. Sé que no van a hacer eso —pareció pensar un brevísimo instante—, no —se contestó a sí mismo—, no tienen posibilidad. En cuanto a por qué les cuento todo esto, digamos que también tengo cierto derecho a mi público. Piensen que últimamente he pasado mucho tiempo encerrado en este laboratorio, en casi absoluta soledad. Y, sin embargo, tengo mi pequeña vanidad. Me gusta comunicar mis descubrimientos.
—Pero, ¿qué descubrimientos? —dijo Adolphe, que se irritaba por momentos—. No es usted más que un vanidoso incorregible. Habla como si dominara los secretos de la naturaleza, y sólo sabe hacer unos cuantos juegos de manos…
Cagliostro acusó el golpe. Por un momento sus manos se crisparon y sus nudillos quedaron blanquísimos. Su mirada se hizo glacial.
De pronto, les indicó:
—¡Vengan conmigo!
Se levantaron, siguiéndole. Les condujo a una pequeña mesa lateral, llena de instrumentos, frascos y objetos.
Tomó una pequeña maceta con una planta.
—Miren —dijo misteriosamente—, tomo un ser vivo, una planta.
Alcanzó un pequeño frasco que contenía un líquido rosado y llenó con él un pulverizador. Se acercó a la planta y apretó el pulverizador, cubriéndola con una suave lluvia de finísimas gotas.
—Miren fijamente —dijo.
Miraron atentamente. No ocurría nada. Pero sí, de pronto…
—¡Se está haciendo más pequeña! —dijo Melania.
—¡Es cierto! —confirmó Marcos.
—Es una interpretación, desde luego —dijo Cagliostro—. Yo preferiría decir que se ha hecho más joven.
Accionó otra vez el pulverizador. La planta se redujo de nuevo hasta la cuarta parte de su tamaño original.
—¡Fabuloso! —tuvo que confirmar, también, Adolphe, que, no obstante, miró con desconfianza a Cagliostro—. Pero, ¿no será ningún truco?
—Le prometo que no, monsieur Adolphe —dijo Cagliostro con expresión de completa sinceridad. Y pulverizó nuevamente el líquido.
Un momento después, la planta se fue reduciendo de tamaño hasta desaparecer por completo.
—¡Ha desaparecido! —dijo Marcos.
—De nuevo me temo que son demasiado precipitados en sus conclusiones —dijo Clagiostro—. Esperen un momento.
Tomó un pequeño cuchillo y escarbó en la tierra. Con aire de prestidigitador sacó una semilla y la mostró en la palma de la mano.
—Voilà, messieurs —dijo, esperando su admiración.
—¡Increíble!
—¡Extraordinario!
—¡Maravilloso!
Cagliostro adoptó ahora un aire levemente profesoral.
—Quizá esta pequeña experiencia les aclare algo sobre mis trabajos. Yo investigo las fuerzas secretas de la naturaleza, pero las reales, las únicas, las profundas, las misteriosas. Las que producen la vida y la muerte, la juventud y el envejecimiento, la salud y la enfermedad. Conozco los secretos abismos del cuerpo y de la mente; sé desatar y controlar las pasiones; puedo exaltar y reprimir la fantasía y hasta puedo manejar las profundidades de la bondad y la maldad humanas.
»Pero para continuar mi trabajo necesito dinero, mucho dinero. No para mí; no necesito gran cosa para vivir, pero sí para proseguir en el conocimiento de estos mundos esotéricos, extraordinarios… Y tengo que incitar a algunas personas poderosas a que me ayuden, con uno u otro razonamiento.
—¡Prometiéndoles fabricar oro! —protestó Adolphe.
—Es posible —confesó Cagliostro—. Le confieso, mi querido Adolphe, que no soy excesivamente estricto en esto que llamamos la moral convencional. Y además, cada jugador asume su riesgo.
Siguió manipulando sobre la mesa. Rellenó de nuevo el pulverizador con el líquido rosado del frasco. Preparó un plato hondo, que colocó en el centro de la mesa y sobre el que vertió un poco de agua. Tomó, de una jaula, una rana que colocó en el centro. La rana miraba a todos con sus grandes ojos saltones.
—Veamos el efecto de la pulverización sobre un animal —dijo—. Y roció a la rana con el pulverizador.
La rana disminuyó de tamaño hasta la mitad.
Pulverizó un poco más.
La rana siguió disminuyendo de tamaño, pero variando de aspecto; a medida que se achicaba, se le afilaba el cuerpo y se alargaba comparativamente la cola.
—¡Pero si es un renacuajo! —dijo Melania.
—En efecto —dijo Cagliostro—, es un renacuajo. Así verán cómo no se trata de una mera reducción de tamaño, sino de un rejuvenecimiento.
Hizo una nueva pulverización. El renacuajo desapareció de su vista.
—Ya no me atrevo a afirmar nada —dijo Marcos.
—Y hace bien —dijo Cagliostro, tendiéndole una potente lente de aumento.
Miraron por turno. En el agua se veía un diminuto ser nadando con grandes oscilaciones de la cola.
Cagliostro sonrió triunfal… Pero en aquel momento se oyeron unos tremendos golpes en la puerta.
Adolphe, Marcos y Melania se miraron preocupados.
—Son ellos… —dijo Marcos—. Y parecía que les habíamos despistado. Llevamos aquí un buen rato.
—No tanto rato —aclaró Cagliostro—. Han venido inmediatamente detrás de ustedes. Lo que ocurre es que el tiempo puede alargarse o acortarse. Por supuesto, dentro de ciertos límites.
Los golpes arreciaron. A través de la gruesa puerta se oían los gritos de los perseguidores.
Cagliostro, sin inmutarse, comentó, como pensando en voz alta:
—Me temo que tendremos que abrir a estos caballeros… No obstante, les preparemos una pequeña sorpresa.
Atravesó, rapidísimo, la habitación, y tomó de un estante unos botes llenos de extrañas hierbas. Pareció murmurar algo mientras sus dedos manipulaban, agilísimos, los triturados de plantas. Se acercó a la chimenea, donde quedaban unos rescoldos, y tiró encima un puñado.
Comenzó a difundirse por la habitación un olor pesado y dulzón, semejante a un perfume oriental demasiado intenso.
—¿Qué es eso? —preguntó Adolphe, desconfiado.
—Les dije que podrían escapar, y deben confiar en mí —aseguró Cagliostro.
Los golpes arreciaban y, a partir de cierto momento, comenzaron a ser rítmicos, como si se propusieran derribar la puerta.
—Mejor será que pasen a mis habitaciones privadas —les invitó Cagliostro—, mientras yo converso con estos caballeros.
Abrió una puerta lateral que daba a dos habitaciones unidas. Una era una despacho de estudio, con mesa, sillones y estanterías hasta el techo, abarrotadas de libros. Por la puerta entreabierta de la otra se veía un dormitorio.
Los tres perseguidos pasaron. Cagliostro cerró y se encaminó a la puerta principal del laboratorio.
Abrió suavemente y examinó con disgusto a los perseguidores: los miembros de la Academia se mezclaban con los familiares del conde de Fleury y con los criados de la casa.
Todos estaban sudorosos, las pelucas ladeadas y los trajes en desorden.
Cagliostro los miró con repugnancia.
—¿Deseaban…? —preguntó, correctísimo.
—Señor —dijo el Secretario de la Academia—, buscamos a los autores del atentado contra el conde de Fleury. Creemos que están escondidos en sus aposentos.
—Sí —gritaron los restantes perseguidores—. Venimos a por ellos.
De la chimenea seguía saliendo un humo denso, penetrante.
—En tal caso —dijo Cagliostro con una versallesca reverencia—, pasen y búsquenlos ustedes.
—Inmediatamente… —dijeron.
Entraron como una tromba al recinto del laboratorio y comenzaron a respirar el aire aromatizado.
3
—Marcos, me siento rara —le indicó Melania, asustada—. Como más leve, más liberada. Debe ser por ese extraño aroma.
—Yo también, Melania. Siento algo parecido. Como si fuera a entrar en un mundo de sueños, como si estuviera flotante, eufórico.
—Pues yo también noto algo raro —intervino Adolphe—, y la verdad es que ese misterioso conde no me inspira la menor confianza.
Callaron. Fuera, en el laboratorio, se oían pasos lentos, reposados, que no parecían de perseguidores sino de asistentes a una reunión social.
Y de pronto se abrió la puerta. Apareció el conde de Cagliostro enmarcado por el humo que llenaba el recinto del laboratorio, como un emisario del más allá, como un brujo, como un genio… Su expresión era de dominio, de superioridad indiscutible.
—Pueden pasar —les dijo—, no hay ningún peligro. Es sólo una reunión de amigos.
Desconcertados una vez más en esta larga tarde de sorpresas, pasaron al laboratorio. El humo procedente de la chimenea producía una auténtica bruma que hacía ligeramente imprecisos los contornos. Comenzaron a andar de un lado para otro, y sus ojos se dilataron por la sorpresa.
El emperador Vespasiano se ajustaba la toga mientras escuchaba socarronamente los consejos que Adolf Sturm le daba para gobernar el Imperio con mano firme. Paseando juntos, Franklin y Machinio sostenían una animada conversación sobre las posibilidades del vapor en la propulsión de vehículos; Franklin formulaba preguntas muy agudas y tomaba notas mentalmente cara a futuros experimentos.
Celia estaba elegantísima con su alto peinado, su delicado maquillaje, su finísimo traje blanco con adornos de oro. Sentada en un sillón se dejaba acariciar voluptuosamente por Voltaire, un Voltaire más joven, más irónico, más cortesano, envuelto en su suave coraza de frases galantes.
Marcos paseaba por estas extrañas visiones como por una pesadilla de irrealidad y ensueño.
—La belleza del cuerpo joven es el complemento de la belleza de su alma —oyó tras él; se volvió y vio a Marcial paseando con un joven efebo. Desaparecieron hacia las habitaciones interiores.
También Melania paseaba entre los grupos. Divisó, entre la niebla, a los tres Lamas, unidos, contentos, divertidísimos; se daban palmadas, se empujaban, se sonreían. Algo más allá, el Presidente Donovan conversaba con el conde de Fleury sobre los problemas económicos de los gobiernos; el conde le indicaba que disponía de medios secretos para sanear la economía.
—Es increíble —decía Marcos, frotándose los ojos una vez más—. No puede ser… Todo esto no es más que un sueño, un maldito truco de prestidigitación.
—¿Increíble por qué? —y Cagliostro se plantó ante él, como un enorme murciélago espectral—. La historia se repite, mi querido amigo. Todos somos personajes, todos interpretamos nuestro papel, y, en cierto modo, los papeles se repiten periódicamente…
El doctor Niedrig examinaba el laboratorio con el mayor interés y se detuvo, pensativo, frente a la jaula de las ranas.
Plinio, con aire erudito, explicaba al abate Nollet las propiedades de los peces eléctricos, mientras que Patricia O’Malley trataba con Juvenal de las costumbres de los grupos juveniles romanos.
—No, no puede ser… —exclamó de nuevo Marcos.
—¿Decías, cariño? —y recibió un fuerte beso en la mejilla.
Era Celia-programada, Celia-amorosa, Celia-sensual, pidiendo caricias y abrazos.
Marcos, maquinalmente, le acarició levemente el cuello. Inmediatamente se convirtió en Celia-intelectual, Celia-absorbida-por-la-pasión-de-aprender, que le dejó y se dirigió hacia Lavoisier que contaba, ante un pequeño auditorio, sus experiencias sobre la respiración.
Marcos se sintió solo, en medio del tumulto.
—Melania —preguntó—, ¿dónde estás?
Y Melania, como respondiendo, surgió de la bruma a su lado.
—Estoy aquí, Marcos —dijo—. Contigo, como siempre, como antes, como después.
Resaltaban, en el fondo brumoso, sus ojos y su cabello negrísimo.
—Sí, Melania, siempre juntos —dijo Marcos—. Siento a veces como si hubiera vivido contigo mil vidas distintas.
—Todas muy agitadas, por cierto —dijo ella, sonriendo.
—Desde luego, Melania —reconoció él—, lo nuestro nunca ha sido fácil.
Se miraron con enorme ternura. Iban a besarse cuando sintieron unas manos enérgicas que les empujaban.
—Vamos pareja, vamos… que va a pasar el efecto.
Era Cagliostro, que les empujaba a su estudio donde ya estaba Adolphe. Una vez dentro, Cagliostro cerró la puerta.
—Mis queridos amigos —dijo teatralmente—, dentro de poco cesará el efecto de las hierbas e imagino que estos caballeros manifestarán las intenciones de atraparles que plantearon de entrada. Tenemos que preparar la escapatoria.
—¿Por dónde? —preguntó Adolphe, mirando, con aprensión, los gruesos barrotes de la ventana.
—Oh, hay muchas formas de evadirse del mundo real —dijo Cagliostro vagamente—. Siéntese un momento, por favor.
Obedientes, se sentaron. Cagliostro hablaba consigo mismo, introduciendo la mano en el bolsillo de su casaca.
—No hay más remedio —murmuró—; es la única forma de evitar un penoso final. Un final ideado por el doctor Guillotin, y que dentro de poco dará mucho que hablar a toda Francia.
Y con gesto rápido sacó de su bolsillo el pulverizador y roció a los tres de una impalpable nube rosada.
Que inmediatamente surgió su efecto.
En los sillones, Adolphe, Marcos y Melania comenzaron a disminuir de tamaño. De pronto, el proceso se detuvo: en los asientos había tres adolescentes que se miraban entre sí, perplejos.
—Hace falta un poco más —se dijo Cagliostro. Y les roció de nuevo.
Ahora eran unos niños entre ocho y diez años los que se debatían entre unas ropas demasiado grandes, con aire entre asustado y divertido.
—Todavía más —y Cagliostro apretó de nuevo el pulverizador.
Siguió el rejuvenecimiento: ahora se vieron unos niños en torno a un año, que inmediatamente se pusieron a berrear, inquietos y asustadísimos.
—Bueno, no es para tanto —les consoló Cagliostro—. Y ahora, el impulso final.
Y dio una última y fuerte pulverización, agotando todo el líquido.
El proceso de rejuvenecimiento pareció ahora una película de educación sexual proyectada a la inversa: los niños se convirtieron en fetos y éstos en embriones, que rapidísimamente se transformaron en un diminuto amasijo de células perdidas entre las ropas.
—Cumplí mi promesa —dijo Cagliostro—. Una huida perfecta.
Tomó las tres diminutas masas y las colocó en un tubo. Quedó pensativo.
—Quizás algún día… —murmuró. Lo etiquetó y lo guardó en un cofre.
Seguidamente, escondió los trajes en un armario.
4
Cuando los perseguidores abrieron la puerta vieron a Cagliostro en un sillón, solo, con la mirada en el infinito.
—¿Dónde están? —le preguntaron.
Cagliostro volvió el rostro, con expresión ausente.
—¿Quiénes? —preguntó a su vez.
—Adolphe y sus dos ayudantes, Marcos y Melania.
Cagliostro volvió a mirar al vacío. Se sentía terriblemente cansado.
—Se marcharon —dijo.
—¿Por dónde? —insistieron, inquietos—. ¿Les ha visto huir?
—Sí —dijo Cagliostro—, les he visto huir. Pero volverán.
—¿Cómo? —se preguntaron, desconcertados—. ¿Cuándo volverán?
—Volverán —respondió Cagliostro—. En cualquier época, en cualquier momento, volverán, Adolphe, Marcos y Melania.
Porque siempre habrá hombres que querrán dominar, tiranizar o explotar a los demás. Porque siempre habrá hombres sencillos y buenos que serán engañados y dominados. Porque siempre habrá mujeres que confiarán en un hombre y le amarán intensamente.
»Sí —continuó Cagliostro—, siempre habrá tiranos que confiarán en nuevas fuerzas y nuevas técnicas para establecer su dominio. Utilizarán la espada, el vapor, la pólvora, la electricidad, el petróleo, la propaganda, el dominio de la mente. Emplearán los descubrimientos no para ayudar al hombre, sino para hacerlo su esclavo.
Los perseguidores barruntaron que Cagliostro hablaba más allá del tiempo y del espacio. Callaron respetuosos.
Sólo el Secretario de la Academia preguntó:
—Entonces, ¿siempre habrá dominadores?, ¿siempre habrá dominados?
—Dependerá de nosotros —dijo Cagliostro, lentamente—. Debemos tener conciencia de constituir la gran familia humana, y de que podemos sobrevivir si utilizamos la inteligencia. Debemos unirnos para dominar el mundo y sus recursos, asegurando nuestra subsistencia y evitando desigualdades e injusticias. Debemos tener conciencia de nuestra dignidad y organizamos para impedir, desde sus comienzos, cualquier forma de opresión. Y debemos, sobre todo, dominar la técnica para que sea nuestra servidora y no nuestra dominadora.
»Y ahora —dijo quedamente—, dejadme, por favor. Quisiera descansar.
Respetuosos, los perseguidores se fueron. Cagliostro se sintió, otra vez, tremendamente cansado. Pensó que ya estaba muy viejo.
Maquinalmente, sacó el pulverizador y lo miró.
Estaba vacío.