10. El rayo que suicida

1

El doctor Niedrig sintió, quizá por primera vez en su vida, una intensa pena. Ante él, en el hospital, en una silla de E ruedas, con la mirada ausente y un ligero hilillo de baba en la comisura, se encontraba Adolf Sturm, su Jefe, el Líder indiscutible, el Hombre Providencial que la nación necesitaba. Las esperanzas de conseguir de una vez para siempre un Nuevo Orden, un estado autoritario y eficaz, eran ya muy remotas.

Se aproximó. Le pareció ver un destello de reconocimiento en su mirada. ¿Real? ¿Imaginado? Se acercó. ¿Querría decirle algo?

Con un hilillo de voz apagada, Adolf Sturm le susurró: «Mañana votaré Nacional Democracia».

Era lo único que retenía aquel cerebro. El formidable impacto de la onda psi había anulado todo lo demás. Consternado, salió. Se dirigió a su despacho en los laboratorios secretos de Industrias Para.

Pensaba, mientras, en los acontecimientos de los últimos días. Y sobre todo en los del día de hoy. La emisión de la onda psi desde el avión. La patética escena, ante todo el país, del desplome de su Jefe y Líder. La vuelta y el rápido aterrizaje del avión en la pista secreta, con el despegue del avión retenido. El desplazamiento, en coche, a la clínica, a la espera del menor resquicio de salvación del plan. Ahora debía ir con cuidado. Pronto comenzaría la actuación de la policía, o de los servicios de información.

Pero para él había algo más importante. Abrió la caja fuerte y sacó un sobre lacrado. Lo colocó sobre la mesa.

Estaba manuscrito por Adolf Sturm. Decía, simplemente: «Al doctor Niedrig. Para abrir sólo en caso de muerte, detención, desaparición o incapacitación de Adolf Sturm».

Tomó un abrecartas y rasgó el sobre. Sacó unas cuartillas, que extendió cuidadosamente sobre la mesa.

Tenía, ante él, todo el programa de su actuación el día siguiente.

2

En el despacho del Secretario de Información la reunión era alegre. Pasada la noche, repuestos ya de los sucesos del día anterior, se comentaban las incidencias pasadas y se seguían los sondeos de opinión sobre las elecciones. En ocasiones consideraban de modo más profundo la tremenda aventura vivida.

—Siempre existe la tentación de recurrir a la violencia —decía el Secretario de Información—. Desde luego, la vía democrática no es fácil, y hay ocasiones en que incluso puede parecer insegura a la colectividad. Y entonces hay una clara tentación a la solución autoritaria.

—Basada en la fuerza —añadió Morgan.

—Desde luego, porque es muy difícil que una opción totalitaria llegue al poder por vía democrática. Debe usar la fuerza, ya sea de una o de otra forma.

—Pero Adolf Sturm no iba a utilizar la fuerza para las elecciones —intervino Melania—. Si acaso una especie de sugestión…

—Una fuerza mental, llámese como se llame —dijo el Secretario de Información—. Una vez más se repite la historia. Estoy seguro de que cualquier mente autoritaria ha pensado utilizar la fuerza más reciente, más sofisticada, para asaltar el poder. No me extrañaría que en otras épocas algunos desaprensivos ya hubieran utilizado la fuerza del vapor, o la de la electricidad, o cualquier otra, como instrumentos de dominio más que como elementos de progreso.

—En este caso —apuntó Marcos—, han sido las fuerzas parapsicologías. Nuevas energías, de terrible eficacia, que se comenzaron a conocer durante el pasado siglo XX y que sólo ahora comenzamos a saber manejar. Pero Adolf Sturm ha sido un adelantado. Ha confiado demasiado en sus técnicos y ha creído que los problemas prácticos estaban totalmente resueltos.

—Entonces, el peligro ya ha terminado —dijo Morgan.

—De momento, sólo de momento —indicó el Secretario de Información—. Ahora nos espera una delicada tarea: registrar completamente las Industrias Para. ¡Ya no tendremos problemas de tipo judicial!, retirar, en absoluto secreto, lo que pueda poner en peligro el orden y la seguridad nacional, y afianzar nuestra democracia para que pueda soportar cualquier otra conjura que pretenda derrocarla.

—Según los sondeos, el Presidente Donovan va a ser reelegido por una mayoría impresionante.

—No es extraño. Los últimos acontecimientos han hecho ver la necesidad de un mando fuerte, pero respetuoso con la Ley. El Presidente Donovan siempre ha actuado dentro de la más estricta legalidad, y por ello condicionado por unas leyes que le han impedido tomar medidas enérgicas. No hay duda de que ahora tendrá el apoyo necesario del Congreso y que terminará este período tan problemático que estamos pasando.

—En el fondo —indicó Marcos—, se enfrentaban dos conceptos del Gobierno. El Presidente Donovan representa la tendencia humanista: respetar el hombre individual como principio básico de la sociedad. Adolf Sturm, por el contrario, deseaba un Gobierno fuerte y autoritario, aun a costa de destruir la libertad de la persona humana.

—Por cierto —intervino Morgan—, los expertos ya nos han proporcionado un resumen de la llamada «Operación Cocoliso». Inmediatamente a su toma de posesión de la Presidencia, Adolf Sturm pensaba repetir su técnica de utilización de fuerzas psi por la televisión para realizar un referéndum, consiguiendo la disolución de los partidos políticos para que sólo quedara la Nacional Democracia. Luego comenzaría la eliminación de oponentes, mediante un intenso tratamiento con fuerzas psi, o, en su caso, mediante programación. Estaban confeccionadas las listas de personas que se deberían programar.

—¿Estoy yo en ellas? —preguntó, curioso el Secretario de Información.

—Por supuesto, señor —dijo Morgan—. Están el Presidente y todo su Consejo, los Secretarios de Departamento y algunos Subsecretarios. También intelectuales, políticos, altos mandos militares, financieros, etc.

—Esto iba a ser, entonces, la Nacional Democracia —dijo el Secretario de Información—. Un inmenso hormiguero con millones de hormigas programadas.

—Desde luego. Era la solución de Adolf Sturm para conseguir el orden y la productividad.

—Pero —dijo Melania—, ¿para qué vivir, entonces? ¿Adónde conduce un estado tan monstruoso? ¿No es el objetivo del estado hacer posible la felicidad humana? Y, ¿qué felicidad se puede encontrar en un mundo sin libertad, donde todos son autómatas?

—Desde luego —indicó Marcos—, hay personas que prefieren lo que llamas la libertad del autómata. Desde Goethe hasta ahora nos preocupa hasta dónde debe llegar la libertad y hasta dónde el orden. La libertad supone riesgos, que se deben afrontar individual y colectivamente. Por otra parte, los sistemas democráticos no excluyen la autoridad, siempre que se trate de una autoridad cedida por los ciudadanos al Estado.

—Todo eso está muy bien —intervino Melania—, pero vivimos en una sociedad real, no ideal. Y nosotros no somos esos seres con libertad absoluta y libertad de elección pura, sino personas que, en mayor o menor grado, estamos condicionadas. Ninguno de nosotros es completamente libre. Nos condiciona el pertenecer a una especie biológica, que aún nos marca con muchas costumbres animales. Nos condicionan nuestro sexo y nuestra edad, nuestro carácter, nuestros hábitos, nuestra educación, nuestra familia, nuestras enfermedades. El concepto de libertad es, en la práctica, muy limitado.

—Entonces —preguntó Morgan—, ¿apoyaría a Adolf Sturm en su intento de anular por completo las posibilidades de ejercer la libertad?

—De ninguna manera; al contrario: lucharía contra todo el que quisiera limitar, de una u otra forma, nuestra libertad, y apoyaría a todo el que mejorara las condiciones para ejercerla. Sólo pido que se trate de libertades reales, pues si el hombre es la única especie animal que goza de libertad espiritual, hay que protegerla para que esta libertad sea auténtica y no se la condicione de ninguna manera.

—Eso es cierto —apoyó Marcos—, la libertad, individual o colectiva, ha sido pisoteada demasiado a menudo. La libertad molesta a muchos. Obliga a informarse, a opinar, a decidir, a tomar partido. La libertad, además, nos hace responsables de nuestros errores. En un sistema autoritario siempre es el superior quien tiene la responsabilidad, y no deja de ser un descanso tener a alguien a quien poder echar todas las culpas. Pero en un sistema libre, si algo no marcha, siempre es, en parte, problema nuestro, y es muy difícil soportar constantemente el peso de nuestros propios fallos.

—Pero la amenaza del totalitarismo ha cesado, por ahora —insistió Morgan.

—Por ahora —recalcó el Secretario de Información—. Sólo por ahora. Estoy seguro que ha habido muchos Adolf Sturm en el pasado y que seguirá habiéndolos en el futuro. Personas que al amparo de una situación política, de una ocasión favorable, buscan el poder con un afán personal de dominio, quizá convencidos de que son providenciales, que son los únicos capaces de ordenar una sociedad descompuesta. E implantan su sistema. Le podréis llamar tiranía o dictadura; lo que no hay duda es que siempre supone un tremendo baño de sangre y que sus consecuencias son, a la larga, más funestas que los males que pretendían resolver.

»Porque el principio de toda dictadura es la utilización del hombre como un instrumento al servicio de una idea: la nación, el espacio vital, la superioridad racial, el orden, la productividad, el futuro paraíso social… Llámese como se llame, si el fin del Gobierno no es el hombre, se está manipulando al hombre. Con el miedo, con la violencia, con la sugestión o con la programación.

Y añadió lentamente:

—Y hemos estado a punto…

3

La entrevista con el Presidente Donovan estaba concertada a las siete de la tarde. Cerrada la jornada electoral a las dos, según las nuevas normas, las computadoras estaban realizando el escrutinio y se sabía que el partido del Presidente poseía ya una abrumadora mayoría. El pueblo aprobaba su difícil gestión en el primer período, y se disponía a prestarle un nuevo soporte legal para la normalización del país.

El despacho daba una impresión de reposo y tranquilidad. Los muebles estilo inglés, con los acogedores butacones de cuero, invitaban a la reflexión. Cuando entraron, Samuel Donovan, Presidente de los Estados Unidos, se levantó de su asiento en la mesa y les invitó a sentarse en las butacas.

—Lo sé todo sobre ustedes —dijo especialmente a Marcos, Melania y Celia—, pero quería saludarles personalmente, y siento no haberlo podido hacer antes. Han realizado algo sin precedentes para el país. Debo indicarles de entrada, la enorme gratitud que les debemos. Y ahora, por favor, cuéntenmelo todo. Con detalle. Tenemos tiempo.

Marcos comenzó su relato, cortado en ocasiones por Melania, que ampliaba alguna explicación, o por Celia, que perfilaba aspectos del carácter de Adolf Sturm, por quien el Presidente mostraba vivo interés. Refirieron su estancia en los laboratorios de las Industrias Para, el plan de investigación de la retroinformación, los autómatas, las experiencias de programación individualizada (Celia mostró su pequeño resalte en el cuello), la explicación de los incidentes de Little Falls y de Santa Mónica, la vigilancia en torno a la antena central de televisión, el avión con su emisor de ondas psi, el casco realizado bajo las instrucciones de Marcos.

—Aquí está, señor Presidente. Es el prototipo, que quiero entregarle porque quizá en el futuro los rayos psi se conviertan en un arma bélica, frente a la que se deban adoptar protecciones adecuadas.

Y fue precisamente en este momento cuando en el cerebro de los reunidos se comenzó a sentir un pequeño y sordo rumor. Primero, indescifrable. Luego subiendo de tono.

—¿Qué pasa? —dijo el Secretario de Información—, ¿no estaremos volviendo a lo mismo…?

Porque la voz interior se perfilaba, cada vez más intensa. Y se concretaba. Dentro de los cerebros se oía: «Suicidio, suicidio, suicidio».

A unos quinientos metros de la verja exterior de la Casa Blanca se encontraba parado un camión con un gran remolque. Externamente no se veía más, pues ninguna inscripción indicaba su destino o su propietario. Pero en el interior había unos asientos funcionales donde los tres Lamas, con sus cascos, repetían la palabra colocada ante ellos con letras gruesas:

«Suicidio, suicidio, suicidio».

Y el doctor Niedrig, dominando el control electrónico, enfocaba la antena parabólica, mediante un visor óptico, a la ventana del despacho presidencial, con un haz de ondas fuertemente localizado.

—Es como si oyera algo —dijo el Presidente—, como un mandato especial.

Marcos reaccionó con rapidez.

—Señor Presidente —dijo, acercándose a él con el casco—. Voy a ponerle este casco. Así estará inmune a las ondas psi. Y podrá avisar en seguida para que localicen el camión en las cercanías y lo aniquilen.

—Pero… —dijo éste.

—Obedezca, señor Presidente —dijo el Secretario de Información—. Nos jugamos de nuevo el destino del país.

El Presidente se puso el casco rápidamente y se lanzó hacia los teléfonos.

—Y ahora —dijo Marcos—, salgamos de aquí.

—No puedo, Marcos —dijo Melania, angustiada—, resuena como una orden; no se puede desobedecer… quiero morir.

—Melania, no te dejes sugestionar…

Pero también en el cerebro de Marcos golpeaba el mandato. Era como el batir de un inmenso tambor, que no dejaba pensar, que impedía rebelarse, que poco a poco hacía factible la idea, la mostraba atrayente, impulsaba sin reservas.

En todas las mentes restallaba, como el ruido del pulso en los oídos, la misma palabra, monótona, persistente, insinuante… suicidio, suicidio, suicidio.

Se miraron angustiados entre sí. Ahora ya no cabía la rebelión. Había que cumplir la orden de la forma más rápida, más eficaz.

—La ventana… —dijo uno de ellos.

Mientras, el Presidente hablaba con las fuerzas de seguridad. Un helicóptero puso en marcha su rotor.

—La ventana… —dijeron. Y se fueron acercando.

Persistía, insistente, la invitación: suicidio, suicidio, suicidio.

Y sintieron un impulso súbito, un deseo irresistible. El Presidente, con un gesto inútil, trató de impedir el lanzamiento mientras daba órdenes por teléfono. Ya rápidamente, frenéticamente, se encaramaron al balcón Morgan y el Secretario de Información. Miraron hacia abajo, sintiéndose liberados, y se lanzaron al espacio.

También Celia se acercó, más lentamente, y miró hacia abajo.

El helicóptero ascendió rápidamente e hizo una amplia curva en torno a la Casa Blanca. Giró e inmediatamente descubrió el camión, a pesar de su camuflaje verde oscuro.

Celia se decidió y se lanzó al vacío. Su cuerpo cruzó el aire y cayó con un sonido sordo.

Del otro lado de la Casa Blanca salieron dos ambulancias con las sirenas ululantes.

Marcos y Melania se subieron al reborde del balcón. Se miraron con cariño, mientras que en sus cerebros repiqueteaba la palabra fatídica: «Suicidio, suicidio, suicidio.»

—Suicidio, pero juntos —dijo Marcos.

Melania aún pudo estrecharle la mano con calor.

—Sí, juntos —dijo—. Siempre juntos.

Se lanzaron al vacío. El Presidente, angustiado, les vio desaparecer y a los pocos segundos oyó el ruido de sus cuerpos al chocar con el suelo.

El helicóptero disparó un cohete. El blanco fue perfecto. El camión pareció levantarse bajo el influjo de una mano poderosa, cayó de nuevo al suelo, partiéndose en dos, y se inflamó rápidamente, despidiendo oscuras nubes de humo. Se vieron unas figuras debatirse entre las llamas. Sólo pudieron escapar el conductor y uno de los técnicos. El resto del equipo, el doctor Niedrig y los tres Lamas fueron identificados carbonizados cuando, poco después, se realizó la primera inspección de los restos.

El Presidente, cuando le avisaron que el peligro había pasado, se quitó el casco. El fin de la aventura había sido trágico. Se dejó caer en su sillón.

Sonó el teléfono.

—El primer informe médico, señor Presidente.

El cirujano militar, tras el saludo respetuoso, resumió:

—El Secretario de Información y el inspector de dicho servicio, señor Morgan, presentan heridas múltiples, fracturas y conmoción cerebral. Pronóstico grave, pero se salvarán. La señorita Celia, conmoción cerebral y fractura de la base del cráneo. Pronóstico grave, pero posiblemente saldrá con vida. En cuanto al ingeniero señor Marcos y la periodista señorita Melania, ambos presentaron fractura de la base del cráneo e ingresaron cadáver en el hospital.

El Presidente no dijo nada. Miró el casco protector y comprendió la magnitud del sacrificio realizado por él y por el país.

—¿Me ha oído, señor? —dijo el cirujano, ante el mutismo del Presidente.

—Sí —dijo éste, contristado—. Muchas gracias.

Y colgó.

Tenía ante él una gran tarea que cumplir en su segundo mandato.

Construir una democracia fuerte, con autoridad derivada del pueblo, pero ejercida en su plenitud. Una democracia que impidiera definitivamente la tentación de la dictadura o la tiranía.

Una democracia que respetara, fundamentalmente, al hombre para quien estaba creada.

Estaba dispuesto a trabajar firmemente para conseguirlo.

Varios hombres habían dado ya su vida por esta esperanza.

Valía la pena.